Vivimos tiempos aciagos para los escritores no consagrados. La Industria Editorial, que históricamente ha sido un nido de mafiosos, hoy se encuentra en jaque por las nuevas tecnologías. Al igual que la Industria Musical y que la Audiovisual, la Editorial no está sabiendo leer el cariz de los tiempos que corren, ni adaptar su modelo de negocio a las nuevas tecnologías. Como todos los avaros, cuando les entra el pánico pretenden ganar cuanto antes todo lo posible, por si vinieran mal dadas, y en lugar de apostar por un modelo más accesible a los consumidores y más justo para los autores, se atrincheran detrás de sus contratos y sus despachos y corbatas, como han hecho toda la vida.
Como resultado de la combinación letal de su mezquindad y sus pañales sucios, los primeros perjudicados son los lectores, y los segundos, los autores, entre los que me cuento. Actualmente, de un libro que llega al público con un precio de tapa de 20 €, el autor recibe entre 1,50 y 2 €, quitando a los súper ventas, que tienen por sí mismos fuerza suficiente para firmar otro tipo de contratos. Por si no bastara con eso, además, las editoriales liquidan las ventas con un margen de error que suele favorecerlas, y en el medio, los grandes distribuidores se quedan con diez de esos veinte euros. Mientras tanto, los lectores pagan un precio desorbitado por los libros.
Y como no podía ser de otra manera, de a poco surgen iniciativas que plantan cara a los de siempre. El mejor ejemplo – para mí – es la Editorial Orsai, proyecto de Hernán Casciari (recomiendo a todos que inviertan veinte minutos en ver el vídeo explicativo que encontrarán en http://www.editorialorsai.com).





Se acerca el invierno.
No es un secreto para nadie: crecí en un país difícil, amargo muchas veces y maravilloso otras, donde en apenas treinta años mi padre vio dos veces escurrirse entre los dedos el producto de una vida de trabajo, y en el que, muchas veces – tantas que la memoria me traiciona si trato de hacer números – escuchamos al vecino gruñir por lo bajo, masticando sin disimulo su amarga ironía: “¡Qué país generoso!”.
Una vez más me encuentro al inicio de una jornada de reflexión previa a unas elecciones generales. A pesar mío, casi sin quererlo, evoco el 29 de octubre de 1983, jornada previa a las primeras elecciones que viví, con diez años, para que la Argentina comenzara a dejar atrás uno de los períodos mas tristes y vergonzosos de su historia reciente: la última dictadura militar. Yo era un niño, pero aún puedo revivir en mi carne las precauciones de mis padres, la sombra alada del miedo en sus ojos, entre nuestros amigos, en la calle. Puedo sentir, también, la rabia, la impotencia, el rastro doloroso de tantos muertos.
Soñar despierto es uno de los tópicos más comunes de la mala literatura desde que el mundo es mundo. Y sin embargo, parece que no hay otra manera de decirlo, que no existe otra imagen capaz de resumir ese concepto, la idea de los sueños presentes en la vigilia, la capacidad de ver y perseguir un horizonte que se dibuja y define mucho más allá de la cintura del planeta.







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