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oct 08 2009

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Me gusta, no me gusta

cafe con sonrisa en la espumaMe gusta levantarme cuando aún es de noche, en invierno, y preparar un cappuccino con mucha espuma. Me gusta escuchar el sonido casi imperceptible de cada uno de los granitos de azúcar al penetrar en la espuma, hundiéndose lentamente. No me gusta el sedimento de melaza marrón que queda en el fondo de la taza cuando me termino el café.

Me gusta que una brisa suave me mueva el pelo, despacio, y sentir las puntas haciéndome cosquillas en las mejillas, como una caricia con finísimos dedos sin uñas. No me gusta que el viento se cuele por mi nariz y mi boca, dificultando el flujo normal del aire por las vías respiratorias.

Me gusta acariciar suavemente la piel de alguien a quien quiero, y me gusta que tenga diminutas perlas de sudor fresco, ese que huele al otro levemente, dejando adivinar su presencia en las yemas de mis dedos cuando retiro la mano. No me gusta el contacto físico violento, chocar con otra persona, contactar en diferentes puntos al mismo tiempo, en un caos instantáneo e imposible de traducir en un movimiento coordinado.

Me gusta el sabor a combustible suave que deja en la boca encender un cigarrillo con un encendedor cargado con bencina, como un aliento dulce y orgánico. Me gusta la primera bocanada de humo, sentir cómo se abre paso en mis pulmones, los recorre y los abandona, fluyendo lentamente por la nariz en un vaho de formas caprichosas. No me gusta adivinar cómo mis células pulmonares se corrompen y achicharran con cada calada, ni el rugir interno de mi respiración cuando intento dormir.

Me gusta, como casi nada en este mundo, el sonido sibilante que hace la equiparación de presión cuando se abre despacito una botella de Coca-Cola, y el sonido de chispas invisibles al llenar un vaso desde una botella recién abierta, y las burbujitas rebotando contra mi nariz al beber el primer trago, áspero y dulce. No me gusta la empresa que la fabrica ni lo que sea que haga con el dinero que gana.

Me gusta, me encanta, me seduce y me derrite sentir alrededor de mi cuello los bracitos de alguno de mis hijos, y sus labios frescos cuando me los como a besos. Me gusta la certeza total y absoluta, que no se puede tener con nada más en ese mundo, de la entrega que hay en sus abrazos y en su amor. No me gusta ver que mi barba incipiente les deja marquitas rojas en la cara.

Me gusta, aunque parezca cruel, ver llorar a mis hijos cuando lloran por algo que no es grave. No porque me guste especialmente su llanto, sino porque adoro verlos expresar una emoción genuina, y la intensidad de sus gestos y sus expresiones en esos momentos son únicas, algo para recordar, para no dejar escapar con la cantidad infinita de detalles que cada día se lleva de la memoria sin un respiro para el recuerdo. No me gusta que mis hijos sufran.

Me gustan el olor y el tacto de un libro nuevo, cuando de verdad me apetece leerlo. Me gusta abrirlo por la primera página y sorprenderme porque me atrapa desde la frase inicial. Me gusta tener que luchar tibiamente contra la aspereza y porosidad del papel, que intenta evitar que pueda dar vuelta una página, y conseguirlo y confirmar que también está llena de letras, como la anterior. No me gusta que un libro que me gusta mucho se termine, ni un final que no le hace justicia al resto del relato.

Me gusta reencontrarme con mis amigos, cuando hace mucho que no los veo, y comprobar en cada abrazo y cada gesto, que las cosas verdaderamente importantes se degradan mucho menos a causa del tiempo que las intrascendentes. No me gusta vivir lejos de mis amigos.

Me gusta recibir en brazos a un recién nacido, y darle mi dedo índice para que lo estruje con sus manitas, que suelen tener una fuerza sorprendente para alguien tan pequeño. Me gusta cuando un bebé calma su llanto si lo pongo contra mi pecho, y me encanta dormir con un bebé dormido encima. Odio saber que hay gente que le hace daño a los niños.

Me gusta cuando un recuerdo grato me asalta por sorpresa, y me llena el estómago de pájaros pintados. Me gusta recrearme en ese recuerdo, trabajarlo despacio y saborearlo, saber que es mío y de alguien más que también aparece en él. No me gusta el olvido tan tedioso al que es lamentablemente propensa la raza humana.

Me gusta levantarle a uno de mis hijos la camiseta, y estampar en sus barriguitas suaves una señora pedorreta soplada entre los labios. Me gusta su risa contagiosa y el momento en el que paran de reírse. No me gusta haber dejado de ser niño tan rápidamente.

Me gusta pensar en todos los primeros besos que en mi vida le di a alguna mujer. Me gustan los besos de mi mujer. Me gusta saber que los ojos y los labios son capaces de un lenguaje único para decir secretos sin palabras. No me gusta cuando los besos están hechos de rutina.

Me gusta subir a un avión para iniciar un viaje. Me gusta la presión abdominal y las cosquillas cuando el aparato carretea para despegar, mientras me ilusiono con un destino en el que habrá reencuentros o simplemente cosas nuevas. No me gustan los viajes de vuelta.

Me gusta sentarme a escribir y que las palabras fluyan con naturalidad. Me encanta cuando me puedo sentir orgulloso de un texto mío. Detesto cuando no tengo ideas para escribirlas.

Me gusta mucho mi vida. No me gusta cuando siento que la desperdicio.

PILUX

 

 

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Acerca del autor

Federico Firpo Bodner

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente. Más info en http://www.federicofirpobodner.com/bio/

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