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oct 14 2009

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Enano Cabezón

et1Hola, Enano Cabezón. Hoy es un día especial. Y como es especial, vamos a cagarnos juntos en la literatura, en el género epistolar, en todos los que leen este blog, en las buenas formas y en la manera de decir las cosas, y vamos a hablar sin artificios ni reglas no escritas. Es especial para mí porque soy tu padre, y como soy tu padre todavía tengo la potestad de decidir lo que es especial y lo que no. Y es especial para vos, porque son ya tres años de romper los huevos en este mundo, y también porque todavía no te das cuenta de que es especial. Al menos no de la forma acartonada y formal que tenemos los adultos para los días especiales. Nos vestimos y nos perfumamos y nos preparamos para sentirnos especiales, solamente porque los accesorios de ese día lo son. Te das cuenta que es especial porque ese día mamá te da un beso especial, y yo te lijo la mejilla con besos especiales y te estropeo los huesitos con abrazos especiales, y Pablo también te besa y te dice que es un día especial.

Y en la escuela te dirán que es especial. Y vendrá tu abuelo también a decirte que es especial. Y también lo harán tus Yayos, y todas las personas que te vean en la plaza.

Por eso, con treinta y seis años llevados como pude y siendo origen de muchas muescas grabadas con la uña en los revólveres de otros, no puedo evitar pensar en vos y en la Maga Rocamadour, cuando le decía a su bebé: “Te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría, o te escribiría cosas importantes”. No puedo evitar pensar en el esfuerzo que invertimos los adultos en hacer solemnes las cosas importantes, y en quitar importancia a las que realmente la tienen. Los adultos somos necios y obstinados. Estamos parados sobre un montoncito de creencias absurdas y certezas absolutas que defendemos con la vida, y muchas veces eso nos hace perder la perspectiva.

Aunque en una carta motivada por el día de tu cumpleaños no sea lo más adecuado, dejame hablarte un poco de tu hermano. Cuando Pablo nació yo no sabía nada. Es sorprendente lo poco que puede saber de niños alguien que ha sido niño no hace tanto. Es otro truco de los grandes: hacer el mejor esfuerzo posible por perder la espontaneidad, y después pagar a un siquiatra para que nos ayude a recuperarla, y tener así una fingida, mucho peor que la original. Pero te hablaba de tu hermano. Cuando él nació mi vida se desbordó, llenándose vertiginosamente de fantasmas novedosos y un miedo animal desconocido. La primera vez que lo tuve en brazos supe que estaba mirando a la única persona por la que sería capaz de morir, aparte de mí mismo (el egoísmo es otra de las especialidades de los grandes), pero sentí también que yo ya había muerto un poco, que ya no estaba entero. Comprobar que en su oreja derecha tiene una marca exactamente igual a la mía, e irme reconociendo en él a medida que empezó a crecer fueron, uno tras otro, momentos en los que volvía a morir un poco más, transfiriendo a él ese pedacito de vida que se me iba. No lo digo como una renuncia, ni como una queja, sino como algo que simplemente ocurre. Cada día de tu vida te parece que tus hijos no pueden importarte más, no se puede quererlos más, y entonces una sonrisa, un abracito, un gesto, un llanto inoportuno, una primera palabra, un paso tambaleante o cualquier otra nimiedad hacen que esa barrera vuelva a romperse, y los querés todavía un poquito más, y siempre hay más espacio para quererlos más, y entonces esa pequeña muerte que va creciendo en el pecho representa la posibilidad de que algo malo les ocurra, el miedo a no estar siendo un buen padre, el terror a no darles lo mejor, como si lo mejor fuese o pudiese ser algo diferente al amor filial, como si se tratara de poner en cifras o en regalos o en grandes actos lo poco que hace falta, que es solamente y nada más que amor.

Cuando naciste vos ya no tenía tanto miedo, había pasado por eso. Sin embargo sí que había un pensamiento que me atormentaba: creía que no iba a poder sentir tan intensamente ese amor que tenía por tu hermano hacia un segundo hijo. No porque no lo deseara, sino porque era tan fuerte y tan absoluto lo que me pasaba, que me parecía imposible que algo tan único se repitiese con tanta facilidad.

Y entonces naciste, un domingo a las tres de la mañana, y te tuve en brazos durante media hora antes de que te llevaran con mamá. Tenías una manchita de nacimiento en la nariz, y la carita manchada de sangre por la cesárea. Tenías dos ojos enormes y los deditos con uñas de papel. Y yo volví a morir en vos. Mi pecho se duplicó sin ninguna piedad, y entonces supe que no importa cuántos hijos tenga, ni siquiera cómo sean, porque siempre aparece esa pequeña muerte que te mata con el sonajero y el chupete, la que te agarra el dedo con las uñas de papel, la que se lleva con el llanto lo que te quedaba dentro, a cambio de un pánico irracional sobre si algo le pasa al bebé.

Y el juego no hacía más que empezar. Te revelaste completamente distinto a tu hermano, Enano Cabezón. Y a veces, complicado en mi visión esquemática del mundo, se me hace difícil entender que dos enanitos tan distintos sean los más lindos del planeta, cada uno por su cuenta, sin pedir permiso.

Y ahora ya hace tres años, y no paro de jugar contigo juegos privados. Supongo que algún día leerás esto y entonces recordarás que varias veces al día te pregunto: “¿Qué eres más: Enano o Cabezón?”, y entonces se te enciende la carita, y una sonrisa interminable te la invade de lado a lado, y riéndote con la risa sincera de los niños me contestás: “Cabezón”, y yo me río, me río como un niño más, y, solamente por unos instantes, permito que el calor de tu pecho ocupe el vacío de la pequeña muerte que hay en el mío. No existe cosa que me devuelva mi propia infancia más en este mundo que las risas, la tuya y la de tu hermano, los juegos del Chancho barato, las fantasías emitidas a media lengua en voz alta, los bracitos buscando consuelo nocturno tras un sueño angustioso, los pasitos de pies descalzos, con los pantalones por los tobillos, cuando me pedís que te suba el pantalón.

No soy capaz, a pesar de llevar ya más de cinco años haciéndome el padre, de hablar de estas cosas sin que una humedad traicionera pueble mis ojos, porque en realidad lo que más me asusta, y la razón primaria por la que te estoy escribiendo, es pensar que algún día perderás al Enano Cabezón, y lo perderás porque el mundo de los grandes presiona y empuja para que los niños sean grandes. Y necesito decirte que no lo hacemos por malos, ni por egoístas. Ni siquiera por cómodos. Lo hacemos porque no somos capaces de enfrentar el terror de vivir con las emociones a flor de piel como lo hacen los niños. No somos capaces de llorar violentamente porque no podemos comer una piruleta antes del almuerzo, ni de transformar ese llanto en una explosión de risa porque otro hizo una mueca estúpida. No somos capaces de vivir según el deseo más inmediato, ni de jugar la mayor parte del día, ni de dejar de lado la vergüenza para hacer las cosas que nos gustan, aunque sean ridículas.

Necesito pedirte perdón por dejar que esa misma pequeña muerte que habita en mí desde el nacimiento tuyo y de tu hermano me obligue a sentir que tengo que prepararlos para la vida, enseñarles a ser adultos y a vivir como buenas personas, aún sabiendo que de a poco eso mismo irá escondiendo a los niños detrás de los jóvenes que van a ser, hasta hacerlos desaparecer casi por completo. Pero algún día tendrás hijos, y descubrirás que solamente ellos son capaces de rescatar al Enano Cabezón del escondite que le habremos hecho los adultos, y entonces quizás un día te emocione tanto como me emociona a mí ahora darte cuenta de que, por más que cuides tu sistema de creencias con tanto celo como lo hacemos todos, con los hijos haces lo que puedes, deseando con todas tus fuerzas que sea suficiente.

Y también quiero pedirte algo, Daniel. Más que pedirte, quiero llamarte a la desobediencia. Quiero que me desobedezcas. A mí, a tu madre, a los maestros de la escuela, a la televisión y a todas las cosas solemnes e importantes, a todas las fuerzas que te pidan que crezcas y que te hagas hombre. Quiero que a pesar de que vas a ser un día un hombre, cuando yo sea un viejo y te vuelva a hacer la pregunta que no te habré hecho durante más de treinta años, me respondas sin vacilar, con una risa franca instalada en la boca y tus ojitos de siempre echando chispas de picardía: “Cabezón”.

PILUX

 

 

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Acerca del autor

Federico Firpo Bodner

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Más info en http://www.federicofirpobodner.com/bio/

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4 comentarios

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  1. Sigrid

    Nunca te queda nada tan redondo y sincero como cuando hablas de tus hijos. Un placer, como siempre, leerte y felicidades a Daniel :) SpainSpain

    1. pilux

      Gracias :) Es que cuando hablo de ellos no me puedo extender mucho en el tiempo porque la baba me ahoga ;) SpainSpain

      1. Lorena

        Hola Pilo,
        miles de años! primera vez en tu blog…
        es que a todos los padres nos pasa eso de pensar que no podemos amar tanto al segundo hijo?
        Tengo un enano de 6 años entrando a primer grado y una enana de 5 meses y medio.
        Son increibles!
        Tambien me da vértigo pensar hacia donde los llevamos…. pero por suerte no pienso en eso todo el tiempo y me dejo llevar… y tambien les enseño a desobedecer (no se los digan por favor!)
        un enorme abrazo porteño cargado de 90´s! ArgentinaArgentina

  2. JIMMY

    GRACIAS POR TANSFORMAR EN PALABRAS LO QUE SE SIENTE CON EL CORAZON PeruPeru

  1. Bitacoras.com

    Información Bitacoras.com…

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