La Masacre de los Hipocampos
Desde que tengo uso de razón – y no es que la use demasiado, porque mi mujer no me deja – en mi casa familiar (no la mía de adulto, sino la de niño) hubo, hay y siempre habrá animales de diversas razas, orígenes, familias y categorías. Para mí existen cuatro tipos de animales que pueden, dada una interpretación amplia del concepto, considerarse domésticos, a saber:
- Mascotas: son los animales domésticos típicos, como los perros, gatos, conejos y algunas clases de loros. Con estos animales se da una relación vincular afectuosa, se genera una identificación positiva y hasta se parecen a sus dueños. Son cariñosos y rencorosos, como los seres humanos, traman pequeñas venganzas y grandes recompensas.
- Bichos: en esta categoría clasifico las especies indiferentes, con las que se puede tener una convivencia pacífica, casi sin darse cuenta uno de que existe el otro, incluyendo, pero no limitándose a: hámsters, peces, canarios, tortugas y demás miembros del reino animal que casi podrían pasar por mobiliario. En general suelen ser inocuos, poco ruidosos y cómodos.
- Fieras: animales salvajes que decididamente no están hechos para vivir fuera de su entorno natural, a pesar de tener, en algunos casos, capacidades empáticas parecidas a las de las mascotas. No se adaptan bien al medio urbano y hacen que tu casa huela como una jungla. En esta categoría encontramos a los primates pequeños (monitos), zorros, pumas, cuervos, tucanes, peces exóticos y venenosos, serpientes constrictoras y algunos roedores grandes.
- Alimañas: son la clase de animales que una mujer nunca quiere tener en su casa. Fácilmente podemos encuadrar en esta categoría a culebras, serpientes, roedores varios, reptiles de todas las clases, arácnidos venenosos, murciélagos, escorpiones, cucarachas y especies semejantes. Son viles, agresivos o, en el mejor de los casos, indiferentes.
Caminar es un bálsamo para el dolor de la memoria. No es que sea especialmente aficionado al ejercicio físico, pero Barcelona ofrece un paisaje espectacular al inicio de la primavera. Es fácil darse a la contemplación, tanto de piedra, argamasa y cemento como de huesos humanos revestidos de carne revestida, a su vez, de ropa, constituyendo una persona. Camino e intento concentrarme en los edificios, en los semáforos, en los desechos orgánicos, presumiblemente caninos, que esporádicamente agreden las suelas de los zapatos de los transeúntes incautos, en la fila interminable de mujeres bellas que caminan, algunas apresuradas, otras remoloneando en las vitrinas de los comercios, muchas esforzándose en extender la influencia de su propio halo de feromonas, y otras consiguiéndolo sin proponérselo. Camino a buen ritmo, y no lo hago para desplazarme ni para llegar a alguna parte. Ni siquiera lo hago por simular un rudimento de ejercicio físico para mi vida. Lo hago para mantener a raya a mis pensamientos que me acosan como soldados entregados al asedio del último enclave. Me hieren, se azuzan con el olor de mi propio miedo, por la visión de los poros de mi piel rezumando ese miedo, transpirándolo despacio. Más de un mes sin noticias de Nadja, y ya la antigua soledad termina de instalarse nuevamente, de poblar los espacios vacíos de mis días y mis noches. Solo entonces soy consciente de haber olvidado la cantidad enorme de minutos inútiles que tiene un día. De los cuatrocientos ochenta que la media de la población mundial utiliza para dormir, yo no suelo dormir más de trescientos. En vez de los otros cuatrocientos ochenta que la mayoría de las personas emplea en trabajar, yo suelo dedicar unos seiscientos treinta. Quedan, otra vez según la supuesta media, otros cuatrocientos ochenta para comer, divertirse, mirar televisión, ir al baño y querer a los demás. Esto quiere decir que si a los diez mil ochenta minutos que tiene una semana le quitamos los tres mil ciento cincuenta que dedico al trabajo, los dos mil cien que logro dormir y, digamos, doscientos cincuenta más de desplazamientos y conversaciones insulsas con personas a las que compro café, tickets de metro, barras de pan y cosas similares, quedan cuatro mil quinientos ochenta minutos a la semana durante los cuales dispongo de lo que sea que signifique hoy por hoy el tiempo libre. Cuatro mil quinientos ochenta minutos semanales a solas con mi cabeza que no se detiene, no para de revisar, calcular, repetir fórmulas, balancear inecuaciones, desgranar la realidad y emitir veredictos de culpabilidad en mi contra. Soy un acusado modelo, la fiscalía y la defensa a la vez, juez y parte y sin embargo siempre resulto culpable.
Los Aprendices de Brujo, fanáticos conversos, frikis de diversas calañas, jugadores de rol, programadores a sueldo y seguidores de Star Wars, El Señor de los Anillos o Harry Potter, entre otros estereotipos de dudoso origen, somos propensos a los rituales iniciáticos, los objetos de culto y las ceremonias nocturnas. Nos gusta ser el motor evangelizador de nuestra tribu urbana, sea cual sea, y ganar adeptos para nuestras causas inútiles, sean cuales sean. Ahora bien, cuando llega la paternidad, entonces comienza una guerra en paz con la madre de nuestros hijos, que intenta retrasar todo lo posible la iniciación de nuestros retoños en cualquiera de estas lides, y nosotros, entusiasmados, soñando con el momento de compartir, por primera vez, armados de un cuenco de
“Es que los niños son crueles”. Es una frase que escucho constantemente. No solo la escucho, sino que me he sorprendido a mí mismo diciéndola más de una vez. Sin embargo, hay alguna razón por la que no acabo de estar de acuerdo. Creo que es un tema del que se ha hablado mucho, sin demasiado acierto desde mi punto de vista, porque se tiende a confundir una mezcla de sinceridad cruda, a prueba de balas y sin matices, filtrada por la inocencia, con pura y simple maldad. Lo que es cruel, en mi opinión, es la realidad. Al menos con bastante más frecuencia que los niños.
Como ya he dicho alguna que otra vez, nosotros – mi mujer y yo – no practicamos ninguna religión, ni activa ni pasivamente. Es algo que a veces me produce un cierto malestar, porque sinceramente creo que me aliviaría no solamente de mis propias manías, sino también de encontrar respuestas a preguntas de mis hijos que a veces son muy complejas en términos científicos, mientras que echarle la culpa de todo a un Dios caprichoso y borracho de poder sería sensiblemente más fácil.
Supongo que en todas las familias hay peleas. Son necesarias para el buen funcionamiento cerebral de sus miembros. La mía no era una excepción, ni en este apartado ni en muchos otros no menos enojosos. Me refiero a que a veces no llegábamos a fin de mes, los niños teníamos piojos con mucha más frecuencia de la deseable y los hermanos nos peleábamos a los gritos por cualquier tontería, empleando sin piedad artillería filial pesada y, a veces, hasta objetos contundentes lanzados al aire, afortunadamente con peor puntería que intención.
Desde el principio de los tiempos, los hombres y mujeres comunes necesitamos de héroes en los que creer y confiar, en los que depositar esperanzas, sueños de gloria o deseos de venganza. Personas que sean diferentes, que encarnen la rabia colectiva, que sepan erigirse en íconos de la rebelión y representar a los guías emocionales que lideren nuestras pequeñas batallas diarias.
Hace poco más de dos meses, cuando decidí iniciar el viaje de escribir este blog, expliqué en 






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