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Jun 06 2010

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La nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto

Los veranos de finales de los setenta y principios de los ochenta en Montevideo, en casa de mis abuelos, son quizás de los recuerdos que atesoro con más cariño de toda mi infancia. Mis abuelos tenían el enorme privilegio de poseer una casa con terreno en el exclusivo barrio de Carrasco. Era un terreno grande, de al menos quince metros de frente por cincuenta de largo, si la percepción infantil de los espacios no me engaña desde la distancia. Tenía un portón metálico de doble hoja, de medio metro de alto, un galpón y un gallinero al fondo, y en el centro dos casitas. En una vivían mis abuelos. En la otra, mi tío Ramiro. Las construcciones eran poco más que ranchos. Paredes de ladrillo, tabiques de un material parecido al cartón corrugado (recuerdo un verano a mi madre tirando tabiques armada solamente de un serrucho) y, si la memoria no me falla, techos de chapa. Dormíamos los cuatro niños amuchados en una habitación, de a dos por cama. Por las mañanas pasaba el camión del lechero, y nos dejaba en la puerta cuatro botellas de vidrio basto y verde, de litro, cada una de ellas con un delicioso tapón de crema por el que luego pelearíamos al destaparlas.

Éramos tan niños que ni una sola vez, durante todos esos años, nos paramos a pensar que esa era la única casa “pobre” del barrio. Durante los dos meses al año que pasábamos allí, en un verano que será perenne en mi memoria, éramos tan felices que ni siquiera advertíamos que no había dinero, que no había parques de diversiones, que no había juguetes nuevos ni viejos, que mi abuela apañaba la comida sancochando arroces y fideos y verduras y trocitos de carne de una forma que a nosotros siempre nos parecía deliciosa, que no sobraba nunca nada. No se tiraba nada, ni mucho menos se despilfarraba. Bebíamos agua fresca y leche.

Y jugábamos. Todo el día. Setenta días seguidos. Dábamos de comer a las gallinas, provocábamos un estruendo de alas y gorjeos en el palomar repleto de torcazas de mi tío, alimentábamos a dos enormes tortugas marinas que habitaban un estanque junto al gallinero, cortábamos delicadamente tres, no, cuatro hojitas de laurel para sazonar el puchero, corríamos de arriba a abajo con Canela, Brancia y Nicola, los perros de la casa, arrancábamos de los árboles las ciruelas y los limones, nos comíamos directamente del racimo las uvas recalentadas por el sol, bajo la mirada atenta y vigilante de un halcón plateado que mi tío tenía en el árbol más grande de la finca, y, sobre todo, los adultos nos hacían verdadero caso. Nos trataban como a niños, pero no como si fuésemos tontos o incapaces, sino simplemente como a niños. Nos escuchaban. Jugaban con nosotros. Hablaban con nosotros. Nos involucraban en una vida doméstica en la cual las cosas no eran simplemente un paso necesario para llegar al siguiente, sino un fin en sí mismo. La comida no era una costumbre, sino un ritual. Se preparaba laboriosamente y luego se disfrutaba en conjunto. Confiaban en nosotros, nos dejaban jugar, gritar, correr y pelearnos sin vigilancia continua. Luego, mi tío nos llevaba a la playa. En esas se nos iba el verano entero, y volvíamos a Buenos Aires aindiados, silvestres, morenos por todo el cuerpo menos en la zona del bañador, con las plantas de los pies curtidas por setenta días sin usar zapatos y un olor salino, de sol y de mar, impregado en la piel.

Inevitablemente, durante cada verano llovía alguna vez. Esos días nos poníamos bajo la parra del patio, tan espesa que nos protegía de la lluvia, y organizábamos un negocio de venta de limonada imaginaria con dinero imaginario, llenando de agua la enorme olla del sancocho de mi abuela, y fundamentalmente inundando el tracto digestivo de mi abuelo, que con paciencia infinita se bebía uno tras otro los vasos de latón rebosantes de agua que le llevábamos durante una hora interminable. Después, Ramiro nos llevaba a buscar bichos canasto, que no eran otra cosa que orugas con su cestito de palillos entretejidos con un finísimo hilo de baba. Buscábamos los más grandes. Cada uno de los niños elegía su campeón, y los disponíamos en una fila sobre la mesa. Entonces comenzaba la trepidante carrera de bichos canasto, que consistía en esperar pacientemente a ver cuál de los cuatro asomaba primero, y avanzaba algo arrastrándose, reptando sobre la mesa con el canastito a cuestas.

Sé que suena tremendamente aburrido, pero nosotros lo vivíamos con auténtica emoción. Vibrábamos esperando que alguno de los gusanos asomase el cuerpecito rechoncho por el agujero del cestito. Gritábamos y sacudíamos las manos. Festejábamos cada milímetro de avance con auténtica pasión. Y entre pitos y flautas, o salía el sol o una tarde lluviosa más se iba para siempre.

Esta mañana, Barcelona amaneció con lluvia. Me despertaron poco después de las siete las vocecitas de mis hijos discutiendo algo que no llegué a descifrar. Semidormido, me preparé un café y me senté en la terraza a ver llover. En seguida, los dos se acercaron. Como tantas otras veces, me pidieron que les contase una historia, y el olor fresco de la lluvia y la temperatura agradable recuperaron de mi memoria las apasionantes carreras de bichos canasto. Les relaté minuciosamente cómo revisábamos los árboles en busca de los corredores, cómo desprendíamos el cestito de la rama, con mucho cuidado para no lastimar a nuestro campeón, como discutíamos y negociábamos cada vez las reglas de la contienda, y cómo esperábamos con el corazón desbocado que alguno de los bichos se moviese aunque sea una milésima de milímetro. Les conté cómo, después del certamen, los devolvíamos a su ambiente sin lastimarlos, y cómo comentábamos los pormenores de la competición hasta la hora de la cena.

Ellos, atentos como siempre, escucharon cada palabra con los dos ojazos abiertos de par en par, intercalando cada tanto alguna pregunta, sonriendo cuando aparecían nombres conocidos, preguntando por otros tíos, riendo de cuando en cuando. Pero al finalizar la historia parecían algo decepcionados, como si no fuesen del todo capaces de hacer suya la emoción de las cuadrigas de bichos canasto.

Entonces pensé que solamente han pasado treinta años, y sin embargo los niños de hoy no tienen nada que ver con los niños que fuimos. Es cierto que son terriblemente más despiertos, inteligentes y agudos, pero es también tristemente cierto que, hagamos lo que hagamos los padres, nuestros hijos han sido picados por el insecto de la ansiedad. Ayer por la tardé les dí danoninos helados, y Daniel no se quería comer el final. Me decía:

–       Está bajo en grasa.

Y mientras me enseñaba el fondo del bote, entendí que la publicidad dice “bajo en grasa”, y él lo había traducido como “la grasa está abajo”. Los hemos transformado en eso, en animalitos publicitarios, en miembros activos de la sociedad de consumo y su biorritmo insoportable. Pensé también que, hoy por hoy, cuando un día amanece lluvioso, los padres cambiamos miradas asustadas, sintiendo auténtico pánico ante la perspectiva de un domingo de lluvia entero en casa con los niños. Ellos necesitan combustible, necesitan quemar emoción, necesitan todo ya, rápido, dinámico, cambiante, atractivo, de colores, con láseres.

Quizás los padres de ahora deberíamos hacer un esfuerzo y rescatar de nuestro pecho los niños que chapoteaban en los charcos, los que jugaban con bloques de madera, los que tenían las rodillas y las uñas sucias, los que atrapaban ranas con las manos, los que hacían carreras de bichos canasto; y entonces poder enseñarles a los niños de ahora un poco de paz, que la vida puede tener un ritmo más lento sin que por eso sea aburrida, que no hace falta que las cosas brillen, lleven pilas y tengan luces para ser atractivas.

Quizás vaya siendo hora de comenzar una cruzada, una nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto.

Sobre el Autor

Federico Firpo Bodner

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Más info en http://www.federicofirpobodner.com/bio/

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4 comentarios

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  1. rosa skific

    Pilo:

    Como a todo gran escritor – que sos! – , nada le es ajeno. Estás situado en el diestro ejercicio de arquitecturar puentes,y de ofrecer el cáliz de las
    las palabras.

    Punto y aparte:
    Los bichos canastos fueron la fascinación de mi niñez y a pesar de la crueldad ejercida sobre ellos,por vía de la impía curiosidad infantil,lss sigo guardando un lugar de privilegio.
    Pilo, amo tus reflexiobnes.

    La mejor de las suertes! ArgentinaArgentina

    1. Federico Firpo Bodner

      Muchas gracias Rosa!
      Significa mucho para mí viniendo de vos 🙂

      Y sí, los bichos canasto tienen ese no se que…

      Beso,
      Pilo SpainSpain

  2. Leandro

    La verdad que me encanto el articulo, ahora que vi la fecha en la que fue escrito me doy cuenta que me dormí por un buen tiempo. Igualmente me encanto la historia de los bichos canastos en la chacra del abuelo y la idea de disfrutar de la sana y “natural” diversión sin tener que pasar una tarde lluviosa frente al tele, como hacen muchos chicos hoy en día. Saludos y que andes muy bien! ArgentinaArgentina

  3. adela

    En Uruguay del bicho canasto sólo queda el recuerdo. Y el recuerdo en ciertas generaciones unos añitos para atrás y nunca lo vieron. UruguayUruguay

  1. BlogESfera.com

    Información de BlogESfera.com……

    Puedes valorar este post en BlogESfera.com haciendo click aqui…. FranceFrance

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