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Jul 25 2010

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La Muerte y las palabras

La muerte es la última de las cosas de la vida de los adultos a la que uno se acostumbra. Nos acostumbramos antes a trabajar, a pagar impuestos o, en su defecto, evadirlos, a una dosis necesaria de hipocresía, a votar, a mentir con naturalidad y a la idea de que jugar ya no es cosa nuestra.

Por la misma sabiduría de la naturaleza y del orden de la vida, durante la niñez no se muere casi nadie. A medida que uno va creciendo se comienzan a morir personas. Por lógica, primero tus abuelos. Después gente conocida. Después, probablemente, los padres de uno. Luego se empiezan a morir tus iguales, tus amigos, los que tienes cerca. Entonces empiezas a pensar que tu número puede venir en cualquier boleto. Cualquier giro de la ruleta te puede vestir con un traje de madera.

Es el orden natural de las cosas. Es la forma que tiene la vida de prepararnos para la muerte.

En mi caso, cuando murieron mis abuelos, estaba preparado. Lo recuerdo con dolor, pero no con excesiva angustia. Incluso recuerdo los velatorios como un momento de encuentro familiar. Lágrimas, sí. Tristeza, sí. Pero sin drama. Ancianos que habían vivido, fornicado, procreado, sufrido y disfrutado de la vida, y luego habían muerto.

La primera vez que me quebré en un velatorio fue en 1997, cuando murió el “Poyo” Pollini. Uno de los amigos verdaderamente cercanos de mi padre. Una persona entrañable. Había estado presente en toda mi vida. Yo tenía veinticuatro años. Lo quería, pero lo quería como quieren los niños a los amigos de sus padres. Cuando supe la noticia me entristeció, pero no derramé ni una lágrima. Sin embargo, por alguna razón, cuando estuve frente al féretro, algo se me rompió en el pecho. Lloré con amargura, desconsuelo y algo de vergüenza.

Años después, pensando en el tema, me dí cuenta de dos cosas. La primera fue que lo quería mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir, incluso a solas conmigo mismo. La segunda fue que mi angustia y mi llanto eran por él, pero también por mí. Era la primera vez que perdía a alguien fuera del guión. La primera vez que se moría alguien que no tenía por qué haberse muerto. No era un anciano. Era alguien como mi papá. Era una referencia fuerte de mi vida. Fue la primera vez que tuve la certeza de la muerte. Fue un aviso concreto. Fue el día que entendí por fin que todos nos podemos morir en cualquier momento.

Más adelante me he preguntado muchas veces por qué quedan los velatorios en el recuerdo tan difusos. Cuando intento recordar detalles, es bastante complicado. Creo que es porque son situaciones en las que el grupo humano se divide en dos. Por un lado los deudos principales: familiares directos, hijos, hermanos, cónyuges y amigos muy íntimos. Son los que lloran sin vergüenza y relatan a los demás los pormenores de la muerte. Del otro lado, todo el resto de los asistentes que echan mano de las mismas palabras de consuelo, las frases hechas, las palmaditas en el hombro.

Frente a la muerte nunca sabemos qué decir.

¿Qué se le dice a quien acaba de perder a alguien? ¿A un hombre hecho y derecho que se ha quedado huérfano a los cincuenta años? ¿A una anciana que cambia su estado civil a viuda, justo ahora que todo estaba tan tranquilo?

Durante muchos años pensé que era una situación tremendamente hipócrita. Sentía que a quien acaba de morírsele alguien importante, realmente le aporta poco consuelo que una tía de la hermana de su cuñado le diga, compungida, que cuánto lo siente, que hay que ver que injusticia, que nos dejan siempre los mejores. Pensaba que, estando en el sitio del que más sufre, del que se queda, el que aguanta en sus brazos el impacto brutal de la muerte, realmente tenía que ser un calvario aguantar el desfile de caras contritas, los susurros en los rincones, las fronteras de su propia familia cerrando filas para decir, uno tras otro, las mismas palabras vacías encerradas en un perfume de flores frescas. Pensaba que el aliento helado de la muerte se llevaba las palabras verdaderas, y que toda la situación tenía algo de ridículo, de grotesco y de tremenda incomodidad.

Muchas veces me he prometido a mí mismo, cuando estoy del lado de los que repiten la letanía litúrgica de condolencias formales a los deudos, no abrir la boca si no tengo algo sustancial que decir. Creía que era mejor no decir nada que informarle a una persona quebrada por el dolor que lo siento mucho, que acompaño, que estoy allí. Es algo que a pesar de las lágrimas puede verse, y me sonaba falso, vacío, sin contenido. Muchas veces me he quedado callado frente a una persona que lloraba una pérdida. Me he limitado a dar un abrazo, a una sonrisa medida y respetuosa, a una mirada a los ojos, a transmitir un apoyo silencioso, a intentar acompañar desde el tacto y la vista, más que desde el oído.

El jueves de esta semana ocurrió uno de esos casos que me dan rabia y dolor. Esas veces que la muerte se salta el guión, y en lugar de llevarse a alguien que ha vivido su vida, le arrebata el resto a una persona joven, a alguien que solamente ha consumido la mitad de lo que por derecho le correspondía.

Era una lectora de este blog. Una ex compañera de trabajo. La verdad es que nos conocimos más por internet después de dejar de trabajar juntos que cuando nos veíamos frecuentemente. Pero era una persona a la que yo apreciaba especialmente. Era una persona con ángel propio, con una historia repleta de emociones, una persona que tenía palabras bellas que dar. Una persona que me hacía sentir cercano a ella cuando comentaba mis textos, cuando bromeábamos por facebook. Una persona valiente, que no ocultaba ni negaba su drama personal, que lo miraba a la cara, que lo enfrentaba de forma directa, sin más miedo que el miedo necesario, el que no se puede esquivar, el que todos sentimos cuando comprendemos que la muerte ronda.

Una persona con la que me apetecía mucho encontrarme, y llevábamos ocho meses posponiendo una cerveza, siempre por razones prácticas, logísticas.

Una cerveza que ya no podrá ser.

Cuando me enteré –lamentablemente, vivir en otra ciudad me impidió acercarme –, intenté decirle algo a su novio, a quien también aprecio mucho, y de quien también he sido compañero de trabajo. De golpe vinieron a mí todos mis pensamientos sobre las frases comunes de la muerte, sus palabras oscuras y lo difícil que es transmitir apoyo. Quería enviarle un mensaje, decirle algo sincero, y solamente acudían a mí los lugares de siempre, las palabras maltratadas de los pésames prefabricados.

Entonces me dí cuenta de algo. Por primera vez sentí que el desfile de personas cercanas repitiendo fórmulas corteses no era una hipocresía, sino un ritual necesario, una liturgia convenida para dar, juntos, el primer paso de los que nos quedamos. Caí en que, una vez pasado lo peor, lo más difícil es encontrar el camino de vuelta a la normalidad. Seguir viviendo, continuar lo que había, pero sin el que se fue. Entonces, que los que te quieren mucho, los que te quieren bastante, los que te quieren un poco y los que te conocen y les caes simpático se acerquen, te den la mano, te digan lo que sabes que van a decir, te ofrezcan el apoyo que sabes que te van a ofrecer, y te repitan las palabras de la muerte, las que se dicen siempre, es una puerta clara para volver a ese camino, es una demostración de que las cosas siguen funcionando como funcionaban antes del paso de la muerte. Es la evidencia de que la vida sigue, que es lo más importante que pueden recibir los que se quedan.

Por eso hoy, he decidido romper el silencio respetuoso que siempre he guardado en estos casos, y pronunciar, yo también, las palabras de la muerte. Para decir en voz baja que, mientra seamos capaces de recordar a los que se fueron como se merecen, el camino sigue. Hay más lágrimas y más dolor a la vuelta de la esquina, pero también, unos metros más allá, puede que vuelva a salir el sol, puede que una lluvia nos refresque y nos limpie, y probablemente la mejor manera de honrar la memoria de los que se fueron sea vivir la vida con ganas y con vocación de disfrutarla.

A Belén, que ya no está, y a Ricardo, con mucho afecto.

Federico Firpo Bodner

Barcelona, 25 de Julio de 2010


Sobre el Autor

Federico Firpo Bodner

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Más info en http://www.federicofirpobodner.com/bio/

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8 comentarios

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  1. Ana Ram

    Lo más difícil es encontrar el camino de vuelta a la normalidad. Seguir viviendo, continuar lo que había, pero sin el que se fue.
    Federico…… felicidades por tu escrito….. con tu permiso lo comparto……. porque esa persona conocida sólo por facebook también me llegó a mí al alma….. y al corazón….. y a la risa…. y ahora…… al llanto desgarrado y cruel….. el que sale del alma a la vez que de los ojos….. SpainSpain

  2. Ana Ram

    Gracias por expresar con palabras lo que yo por ejemplo expresé con el corazón, con el alma y con los ojos….. con esas lágrimas que salen de dentro, que te dejan exhausta…. que no te explicas por qué salen con tanta facilidad, con tanta pasión…… al igual que salían de mi boca palabras de rabia….. de angustia……. de impotencia……
    Yo sólo la conocía a través de facebook….. pero es de esas personas que no pasan jamás desapercibidas… por su simpatía…. por su sentido del humor… y porque siempre estaba ahí…. con sus comentarios y su presencia arrolladora…..
    Bellísimo escrito para una bellísima persona..
    De nuevo gracias… Un abrazo desde el corazón…. <3 SpainSpain

  3. Lidia Garcia Olonso

    Muchas gracias por tu escrito. Llevo angustiada desde que me enteré que Belén ya no estaba con nosotros y esperaba que alguien dijera algo que llenara mi vacio y tú lo has hecho, con lágrimas en los ojos pero ahora con serenidad en el alma te agradezco profundamente que nos digas eso que nadie puede decir mejor, sobre el tema en el que todos pensamos con eso miedo atroz a pesar de tener que pasar por ello tantas veces a lo largo de la vida, hasta que llegue nuestra hora inevitablemente. Aprovecho para enviar mi sincera condolencia a Ricardo, no tengo otra forma de comunicarme con él. Gracias otra vez. SpainSpain

  4. alba

    un placer leerte, una bella piedrita con brillo en este ciberespacio…
    mucho gusto!

    abrazo ArgentinaArgentina

  5. Belén

    Se me ha ido mi tocaya…con la que siempre hablaba e intercambiaba regalinos del farmville a primera hora…en fin…a mí me ha tocado oír esas palabras vacías cuando no debería de haberme tocado y sinceramente no sé quién sí y quién no las pornunció sólo sentía el calor humano, porque todo el mundo quiso estar al lado de mi familia y mío…gracias por estas palabras tan bonitas para mi tocaya y por expresar por tod@s los componentes de la pandilluqui del FB: ¡¡¡TE ECHAMOS DE MENOS BELÉN!!! besitos SpainSpain

  6. Irene

    Fede, yo acabo de convertirme en “una mujer hecha y derecha” que a los 50 y pico acaba de perder a su mamá.
    No creo que haya sido casualidad que esta reflexión recién la haya podido leer hoy.
    Todas esas palabras de la muerte, esas miradas a los ojos, esos abrazos de quienes están cerca y de los que no, todo eso sirve.
    Tus palabras, como siempre, me conmueven. ArgentinaArgentina

  7. eclipse de luna

    Seguro que ella desde arriba estara orgullosa de ti..
    Un bonito detalle.
    Nunca se llena los vacios que dejan las personas queridas pero pueden llenarse de recuerdos hermosos.

    Un besito y una estrella.
    Mar

    Suerte en el concurso SpainSpain

  8. camino a gaia

    Creo que la muerte solo es muerte absoluta cuando no desemboca en la vida.
    Dicen los psicólogos que el duelo es un ritual necesario. De frases hechas porque nadie tiene que hacer alarde de originalidad. Trascendemos en los que quedan, porque en el fondo un ser humano es eso que llamamos yo, mas nuestra prolongación en hermanos, amigos, parejas, hijos, padres, conocidos…
    Puede que los duelos sean una forma de constatar esa continuidad: la vida sigue, y el entramado de lo que somos no se detiene, solo porque hayamos dejado de respirar. SpainSpain

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