web analytics

«

»

Sep 18 2010

Imprimir esta Entrada

La emoción privada de los objetos

Vivimos trajinando cosas pequeñas, imponiéndoles nuestros biorritmos caprichosos, las delicias involuntarias del tacto, los malos humores instantáneos de despertares indeseables, los gestos imperceptibles de las reacciones mecánicas, las sorpresas predecibles de su temperatura, los tics propios de la vida humana. Desde que nos levantamos hasta que nos volvemos a la cama, manipulamos objetos constantemente, sin pararnos a pensar en ellos. El cepillo de dientes incombustible, con la misma ingrata tarea de cada mañana, la de espantar de nuestra boca el barro espeso de otra noche de mal sueño. La cucharita del café, con su tintineo de campanita humilde, su voz aguda de acero inoxidable, su vientre de mujer, acogedor, pequeño, un reflejo cóncavo y otro convexo de la vida, sin más preguntas que el sentido de su giro perpetuo. El metal percudido de las llaves, con sus arcanos secretos que con la misma indiferencia franquean el paso o lo prohíben, su historia interminable de dedos, de manos, de intentos infructuosos, de silencios metálicos. Después, probablemente, los escalones, con su perfil de espectadores anónimos, el recuerdo pétreo de infinitos tropiezos, la visión en primer plano de muchas suelas sucias, el ritmo ordenado de pasos que suben o bajan, el compás de espera para recuperar el aliento, la marca redonda de goma de un bastón esporádico.

Al llegar al mediodía hemos tocado y compartido automatismos con cien, doscientos, quinientos objetos de naturalezas variadas, materiales sintéticos, orígenes dispersos. Objetos que trajeron desde China su absurdo coste industrial de cero coma cero cero quince euros, el dolor de los dedos de un operario al final de su jornada de catorce horas, su presencia oscura e instantánea en la vida de personas de carne y hueso. Es así. No es triste. No es bueno ni malo ni requiere ningún calificativo que lo valore. Es humano, con su dualidad característica, su pobreza de espíritu o la grandeza infinita de su imaginación, según se mire.

Pero, ¿qué pasaría si esos objetos fuesen capaces de contar su historia? ¿Qué pasaría si, al sentarnos a la mesa en un bar, la fórmica pegajosa y corrupta nos hablase en voz baja de la pareja que, minutos antes, en esta misma mesa, acaba de romper? ¿Qué sentiríamos si nos contase la dureza de las palabras de él, la humedad de las lágrimas de ella, los rincones oscuros de los sentimientos de culpa de ambos? ¿Podríamos continuar desayunando sin más?

A veces juego a imaginar, y me imagino un mundo donde las voces de los objetos hablan de nosotros. Me imagino la narración intermitente del suelo, espectador tartamudo de los pasos que anticipan la tragedia y de los que conducen a la dicha, también. Me imagino la felicidad de las barandas de los puentes, que relatan sin parar cientos y cientos de declaraciones de amor, de peticiones de matrimonio, de besos a escondidas de los padres, de niños sorprendidos, maravillados por el aliento siseante del río, y luego dan paso a lágrimas saladas, para confesar unos cuantos suicidios, algunas rupturas y un accidente automotor. Imagino también las cosquillas de los columpios, borrachos a causa de la risa constante de los niños, y la envidia malhumorada, callada y oscura, de los cercos de madera que suelen rodearlos, no se sabe bien por qué.

Si hago un esfuerzo, puedo escuchar el orgullo incondicional de las pizarras de la escuela de mis hijos, que los ven crecer trimestre a trimestre, despacito, atesorando las legañas de las mañanas, las vocecitas a coro que repiten una y otra vez las mismas letras de siempre, las risas desordenadas cuando alguien se equivoca, los llantos desconsolados que nunca faltan.

Imagino también la burla histriónica de los espejos de los ascensores, relatando cómo el chico de la sexta planta se explota los granitos, para luego esparcir la  grasienta sustancia resultante por su superficie, intentando que no se note, o cómo la señora del cuarto be se acomoda el tetamen desbordante que le presiona las carnes, para que el pico del cuello del suéter coincida con el canalillo sudoroso, o también la satisfacción sorda de las flatulencias solitarias en la cabina de muchos de los vecinos, y por supuesto las exploraciones nasales constantes, el estiramiento de ojos, narices y bocas que se miran de cerca, las decepciones continuas al descubrir nuevas arrugas, el desprecio inocuo de quienes ya se han visto tanto que no se interesan a sí mismos, la vanidad a flor de piel de algunos adolescentes y la vergüenza infinita de otros.

Es lógico creer que todo esto son puras fantasías, que los objetos – sobre todo los de escaso valor monetario – son materia bruta, moléculas muertas en reposo agrupadas según la voluntad caprichosa de los humanos, material inerte sin alma ni más razón de ser que su utilidad primaria, cumplir a rajatabla con aquello para lo que fueron concebidos. Yo también lo creía así, pero ayer me llegó el primer ejemplar de mi primer libro, que si bien es una autoedición sin más mérito que la voluntad de compilarla, era la primera vez que mis palabras tomaban forma de libro. Lo sostuve entre las manos y lo recorrí despacio. Me habló en susurros, me llevó por caminos extraños, me obligó a revivir las emociones que me hicieron escribir cada uno de los textos que contiene, me forzó a cuestionar su estatus indiscutible de objeto.

Entonces pensé en el León de felpa de mi hijo Pablo. Ese muñeco que tiene desde la misma semana en que nació, y que durante los últimos seis años, todas y cada una de las noches, vigiló su sueño de niño, atrapado en un abrazo a sus entrañas rellenas de bolitas. No me costó imaginarme un encontronazo futuro, dentro de veinte, veinticinco años, acomodando cajas de trastos. No me costó imáginarmelo relatándome la infancia de mi hijo, mi propia historia como padre, ni la traducción en el vacío que será, seguramente, que para ese entonces mis hijos ya no vivan en casa, ya no sean niños, ya no reclamen su León de felpa para sentirse seguros para dormir. Pensé en mi hijo Daniel, que cada noche pide un juguete para llevarse a la cama, que elige cada vez un custodio diferente para su noche privada, y me dí cuenta de que los niños hablan con los objetos sin ninguna dificultad, como algo natural. Pensé en la historia vital de cada uno de esos juguetes, muchos de los cuales terminarán rotos en una montaña anónima de basura, y otros guardados como tesoros en una caja amontonada en un desván con una bicicleta vieja, una cama desmontada, una pantalla de ordenador que todavía funciona y dos cajones de fotos y papeles llenos de polvo, cada uno con su propia historia y su propia voz, quebrada por el polvo y el silencio.

Y decidí, ahí mismo, con mi libro en las manos, que me gusta creer que los objetos, por insignificantes que sean, tienen una historia que contar, y una misión sagrada de mantener a salvo de los incrédulos su secreto fundamental, de parecer lo que no son, de obstinarse en su silencio mineral hasta que un día cualquiera, una chispa traviesa de ternura incontrolada les otorgue un permiso fugaz para violar su juramento, y liberar así sus emociones privadas, sólo para quien lo merezca, sólo por una vez, sólo para quien sepa escuchar.

Sobre el Autor

Federico Firpo Bodner

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Más info en http://www.federicofirpobodner.com/bio/

Enlace permanente a este artículo: http://aprendizdebrujo.net/2010/09/18/la-emocion-privada-de-los-objetos/

2 pings

  1. Tweets that mention La emoción privada de los objetos « Reflexiones de un Aprendiz de Brujo -- Topsy.com

    […] This post was mentioned on Twitter by Marcela Puig Sanchez, Federico Firpo. Federico Firpo said: La emoción privada de los objetos http://t.co/MHMpl44 […] United StatesUnited States

  2. BlogESfera.com

    Informaci�n de BlogESfera.com……

    Puedes valorar este post en BlogESfera.com haciendo click aqui…. FranceFrance

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>