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oct 09 2010

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Sobre el confuso oficio de ser Hombre

Para el Padre del Padre de mi Padre, ser hombre era cuestión de proteger a la Familia, expandir el patrimonio, defender a la Patria y honrar a Dios. Era preciso no llorar jamás, tener un bigote espeso y cultivado, porte digno, una panza aristocrática al alcanzar la madurez, y una escopeta de doble caño con la que espantar a quienes tuviesen los hígados de meterse a robar en su huerto. Era fundamental mantener a la esposa en su sitio, ganar el pan con el sudor de su frente y conservar el honor limpio de manchas. El Padre del Padre de mi Padre soñaba con una mesa de treinta cubiertos, y en ese sueño se veía a sí mismo como a un patriarca venerable, una vez pasada la cincuentena, presidiendo un clan infinito de hombres y mujeres jóvenes, adolescentes y niños que lo temiesen y respetasen por igual, acudiendo a él en busca de consejo, aprobación y perdón, dones éstos que otorgaría convenientemente flanqueado por una esposa solícita, experta ama de casa y en alerta permanente a sus necesidades desde la cama hasta el dintel de la tumba. Fantaseaba con padecer una dolencia noble que lo dignificase frente a su extensa parentela, como una vieja herida de guerra propinada por un enemigo innoble, momentos antes de ser abatido con gallardía en un acto de heroísmo memorable, que aumentaría cada vez que fuese relatado, hasta convertirse en un auténtico mito familiar, y si eso no era posible, al menos una gota oportuna en la pierna izquierda, que le permitiese sentarse a fumar en pipa frente al fuego, amarilleando su barba augusta, con la pierna afectada estirada sobre un cojín hecho especialmente, mientras las mujeres indicaban a los niños que debían hacer silencio, que el abuelo estaba tomando su sagrado descanso de veinte minutos después de comer, sentado frente al fuego, y que no, que no dormía, que solo descansaba la vista.

El Padre del Padre de mi Padre no toleraba la insolencia, ni el desaliño en el vestir al sentarse a la mesa. Como era un buen hombre, pegaba a su mujer poquísimo, justo lo imprescindible, y siempre con la mano abierta, más por su propio bien que por castigarla, y en su fuero interior la perdonaba en seguida. Creía que la infancia era un estado mental de inutilidad transitoria, y comenzaba a interesarse por sus hijos varones en el momento en el que eran capaces de sostener una escopeta sin que les temblasen las manos por el peso.

El Padre del Padre de mi Padre supo lo que tenía que hacer, desde que fue consciente de su hombría hasta la muerte, y murió sin faltar una sola vez a sus deberes de hombre y de protector.

Para el Padre de mi Padre, ser hombre se trataba de sabiduría y respeto, de ser el Jefe de la Familia y desempeñar el cargo con dignidad, de levantarse los sábados a las cuatro de la mañana y salir, acompañado de su varón primogénito, con dos escopetas y bastante munición, para volver al atardecer con una sarta de perdices y liebres que ayudasen a conjurar la pobreza durante toda la semana. Era, sobre todo, no permitir que nadie, nunca, pusiese en duda su capacidad para sacar adelante a su esposa y a su prole, ni su honradez militante, ni su anarquismo teórico, ni sus convicciones profundas que, bajo su propio techo, no admitían discusión.

El Padre de mi Padre casi nunca levantaba la mano a su mujer, pero como hombre que era le decía, de la mañana a la noche, lo que debía sentir y pensar, teniendo a mano, para cada ocasión, una de las tantas de una lista de reglas indiscutible que regían la vida en la casa. Ella le decía siempre que sí, esposo querido, y vivía en silencio y a la sombra según sus reglas propias. Jamás lo contradijo en voz alta, pero más de una vez se atrevió a cambiar, en voz baja, frente a sus hijos castigados, los dictámenes inamovibles que él repartía, porque era su deber.

El Padre de mi Padre no creía en la nobleza de sangre, pero sí en la de espíritu. Creía que había hombres mejores que otros, no por la pureza de su sangre, sino por la tradición de su apellido. Fue pobre con orgullo, y con los años se transformó en clase media con dignidad. Observó a su mujer criar a los hijos, quererlos con sus enormes tetas repletas de leche, amamantarlos hasta los cuatro años, y solamente intervino cuando se trataba de disciplina o moral. Intervino para castigar y enderezar, para legislar y para liderar.

El Padre de mi Padre quiso a sus hijos con locura, pero ellos nunca lo escucharon de su boca. El día que murió, mi abuela, por primera vez en su vida, sintió el enorme vértigo de la libertad: ya no había nadie que le dijera lo que tenía que hacer. Y si bien ella nunca lo reconoció – ni siquiera frente a sí misma – , supongo que, en algún lugar, sintió y reprimió algo de alivio.

El Padre de mi Padre sabía cómo ser hombre, lo que se esperaba de él, y así lo hizo desde el primero hasta el último de sus días.

Para mi Padre, ser hombre era luchar por cambiar el mundo. No había nada que hacer. No servía de nada educar a los hijos para vivir en un sistema que estaba condenado a desaparecer. El mundo marchaba inexorablemente hacia el socialismo, y él no iba a permitir que, cuando el gran día llegase, su familia no estuviese preparada. Se esperaba de él que llevase con soltura una barba descuidada, que fumase cigarrillos negros y bebiese aguardientes de alta graduación, que supiese combinar unas bonitas sandalias de cuero con pantalones de pata de elefante y que escuchase atenta y consideradamente a su esposa antes de decirle por qué estaba equivocada.

Mi Padre jamás le levantó la mano a ninguna de sus esposas ni novias, y fue tan comprensivo con la responsabilidad de ella sobre la casa, que cocinaba la mayoría de los domingos y se preocupaba activamente por la escolarización de los niños, mientras los adoctrinaba en voz alta sobre los principios de la Igualdad, la Libertad y la Solidaridad. El resto del tiempo, como corresponde, lo invertía en trabajar como un burro de sol a sol, y ver cómo poco a poco se desmoronaba su sueño de cambiar el mundo.

Mi Padre y sus camaradas de armas estaban tan ocupados intentando cambiar el mundo, que no se dieron del todo cuenta cuando el mundo empezó a cambiar solito, de forma caprichosa y claramente en una dirección diferente de la que ellos esperaban.

A mi Padre le cambiaron las reglas del juego, pero supo adaptarse. En algún momento dejó de esperarse de él todo lo que conocía, y comenzó a esperarse de él que fuese ambicioso, que aumentase su nivel de vida, que tuviese dos televisores a color y varias tarjetas de crédito, y que llevase a toda la familia de vacaciones y pidiese pizza y comida china por teléfono. El mundo había cambiado solo, y los que antes querían cambiarlo habían quedado en fuera de juego.

Mi Padre fue aplicado y aprendió las nuevas reglas. Se volvió a divorciar y aprendió a ser amigo de la madre de sus hijos. Se hizo empresario con honestidad, en un país regido por reglas hechas por deshonestos, para favorecer a los deshonestos. Aprendió a cocinar para recibir a sus hijos adolescentes en su casa de soltero, y lo disfrutó enormemente.

Mi Padre supo cómo tenía que ser hombre porque, cuando se hizo hombre, los hombres tenían tres o cuatro opciones, y todas estaban claras. Después le tocó adaptarse con velocidad o desaparecer. Se adaptó y hoy es un hombre entrañable, que ha sabido revisar los fundamentos de su hombría y traducirlos al ritmo al que la vida se lo fue exigiendo.

Sin lugar a dudas, mi Padre, al igual que su Padre y el Padre de su Padre, cada uno en su tiempo, fueron (o es, en el caso de mi Padre) buenos hombres.

Para mí, ser hombre se trata de… bueno, es algo confuso. Algunos creen que se trata de gritar muy fuerte cuando tu equipo de fútbol marca un gol. Otros piensan que se trata simplemente de ser atractivo para las mujeres, incluso para los hombres, también. Para otros se deben comprender cabalmente las reglas del Rugby, en cuyo caso jamás podé llamarme hombre.

Yo creo que no está claro. Quizás algún día mis hijos tengan perspectiva suficiente para saber qué significó para mí ser hombre, qué significa ser hombre en el año 2010.

Sé que se espera de mí mucho.

Se espera que seas metrosexual, pero sin mariconadas. Es necesario conectarse con las emociones, dar amor a los hijos como lo hicieron nuestras madres con nosotros, estar envueltos en ellos, mezclados con ellos, con entrega profunda, con el alma, pero sin mariconadas. Se debe ser varonil, viril, pero tierno y sensible, y claro, sin mariconadas. Sin ningún género de dudas, se debe trabajar duro para dar soporte económico a la familia, al 50% o más de lo necesario para vivir, y se debe compartir la carga de trabajo del hogar, al 50% o menos de lo necesario para vivir (y antes de que nadie me lo diga, lo reconozco, fallo radicalmente en este punto), y una vez más, sin mariconadas. Debemos proteger a nuestras compañeras, hacerlas sentir seguras, darles un marco de confianza, pero sin ser machistas, y sin mariconadas. Debemos ser comprensivos, cariñosos, cercanos y sensibles, pero no cargantes ni demasiado sensibles ni cercanos de más, y sin mariconadas.

Debemos expulsar de nuestros cuerpos al macho alfa ancestral y dominante, al cazador y al jefe de la manada, al semental reproductor y al  líder, porque todos ellos son machistas y homófobos y golpeadores y violentos, pero debemos hacerlo sin mariconadas, mientras cazamos y protegemos a nuestra compañera y a nuestros cachorros, mientras cumplimos igualmente muchas otras de las funciones, pero por lo bajito, sin hacer alarde y sin enorgullecernos públicamente. Y sin mariconadas.

A veces pienso que todo es igual, solo que vestido de políticamente correcto. En algunos sentidos realmente evolucionamos. Personalmente soy tremendamente feliz porque me haya tocado ser padre en la era de los besos y los abrazos, del contacto físico y la cercanía total con los hijos. Creo que es un espacio que a mi Padre y al Padre de mi Padre, y a su Padre, les estaba cultural y emocionalmente vedado. También me alegro enormemente de vivir en la era de la mujer, y aunque soy plenamente consciente de cuánto nos falta para hablar de plena igualdad de oportunidades (no me gusta hablar de igualdad total, porque celebro la diferencia), es innegable que hemos avanzado. Y es también innegable, como en todos los avances y cambios vertiginosos, que nos estamos equivocando en algunas cosas.

Para mí, ser hombre en esta época empieza a ser difícil. No está nada clara la figura, y los castigos sociales son tremendamente duros, y en algunos casos exagerados. No se puede exigir a los hombres que se involucren con sus hijos en cuerpo y alma, que se entreguen por completo, estigmatizándolos socialmente si no lo hacen, para después, en caso de divorcio, no proporcionarles igualdad de derechos con respecto a la madre. No se puede imponer un ejercicio de apertura emocional total, para después ser considerado culpable por las dudas.

Evolucionamos a los tumbos, y a los hombres nos toca ser hombres en una época en la que estamos siendo juzgados por los errores de todos los hombres a lo largo de la historia de la humanidad. Revisarlos es la única manera de aprender y mejorar, pero si estamos dispuestos, entre todos, a dibujar un nuevo concepto de hombre, entonces debemos revisarlo todo, y eso incluye las recompensas y los castigos, las cosas buenas y las malas. A mí me parece justo. Revisemos la igualdad de oportunidades laborales, exijamos igualdad de trato a las empresas, esforcémonos en repartirnos el esfuerzo total a partes iguales, seamos leales el uno con el otro. Pero hagámoslo también ante la ley, seamos iguales en la fortuna y en la desgracia, para estar juntos y para dejar de estarlo. Para querernos y para dejar de hacerlo.

Y me entusiasma participar de esto. Me entusiasma ser hombre cuando estamos haciendo el nuevo concepto de masculinidad. Me encanta intentar ser el hombre que las nuevas generaciones de hombres deberán imitar para ser mejores personas, y prometo equivocarme con la mejor buena voluntad.

Lo único que pido a cambio es un poco de comprensión y tolerancia, y que me dejen tranquilo querer y proteger a mi mujer y a mis cachorros. El siguiente paso para hacer de este hombre un hombre mejor, es que todos empecemos, de manera auténtica, sin juicios ni prejuicios, a permitirle las mariconadas.


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Acerca del autor

Federico Firpo Bodner

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente. Más info en http://www.federicofirpobodner.com/bio/

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