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Abr 09 2011

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La demagogia 2.0 y la vida binaria

La demagogia solía ser una más de las tantas malas artes de políticos, líderes, próceres, nobles, héroes coyunturales y demás hombres y mujeres públicos. Un arcano oculto y secreto, difícil de dominar y utilizar con elegancia. Una herramienta dialéctica, peligrosa y altamente rentable si se utilizaba con delicadeza y sabiduría. Por supuesto, siempre fue moralmente cuestionable, y era un serio tropiezo para su carrera cuando uno de estos prohombres era sorprendido ejerciéndola.

Ahora, gracias a las nuevas tecnologías y la fuerza de empuje creciente de la vida 2.0, todos somos un poco públicos. Todos tenemos una voz que suena con timbre propio en un universo de sonidos infinitos, y la utilizamos sin plantearnos las consecuencias finales de los ecos. Utilizamos esa voz 2.0 con criterios de comunicación 1.0. De esta manera, comentarios, opiniones y pareceres que otrora despachábamos para un auditorio reducido y cercano, sin pensarlo dos veces, caen al torrente público y masivo de las redes sociales. En algunos casos es fantástico, porque se consigue una ilusión colectiva de intimidad en masa. Una persona sensible y con buenos valores puede emitir mensajes altamente personales que identifiquen a muchísimas otras, que les aporten un punto de vista, una emoción ajena, un sentimiento verdadero.

En otras ocasiones, sin embargo, es peligroso. Vengo observando, con pánico creciente, una tendencia binaria generalizada. No importa el tema, ni los argumentos, ni la cantidad de gente afectada. La cuestión es que cada vez es más difícil tener una posición que no sea sencillamente estar totalmente a favor o totalmente en contra de algo. Esa misma expresión pública de andar por casa, nos somete en equipo a las reglas caprichosas de la pasión privada. Entonces todo se mezcla y se celebra a gritos, sin importar las consecuencias finales de las voces que alzamos.

Así, los grandes temas sociales son interpretados por los individuos con un prisma excesivamente personal, y se pierde de vista la regla antiquísima de que el bien común no necesariamente es igual a la ventaja individual, ni mucho menos. Lo que me conviene a mí no tiene por qué ser lo mejor para todos, aunque así me lo parezca. A veces, para estar todos un poquito mejor, cada uno tiene que renunciar a algo, y cada vez más, los individuos se niegan estrepitosamente a ver menguadas sus ventajas o privilegios. Sobre todo en el primer mundo.

Un ejemplo claro es el de la edad de jubilación en España. La esperanza de vida ha aumentado en quince o veinte años desde la última legislación al respecto, de la mano de medidas sociales y sanitarias tomadas en función del bien común. Todos queremos cobrar una pensión decente al retirarnos, pero la gente pone el grito en el cielo y arma un escándalo cuando el gobierno decide aumentar en dos años la vida laboral. El ochenta por ciento de los españoles está en contra de trabajar dos años más para que todos puedan cobrar su pensión.

Otro caso extremadamente grave –  desde mi punto de vista – es el de la famosa Ley Sinde. Básicamente – lo explico para quienes están fuera de España -, el gobierno impulsó una ley, muy desafortunada, para proteger los derechos de autor. Es desafortunada por dos razones fundamentalmente: La primera y más grave – siempre a mi humilde entender – es que se pretende tomar decisiones de carácter judicial –penalizar la piratería- sin llevar adelante un juicio y sin la intervención de un juez, y eso cambia las reglas del juego básicas sobre las que tenemos montado todo el derecho que regula nuestras vidas. La segunda es que el espíritu de la ley está más orientado a proteger las ganancias de las distribuidoras y grandes imperios del entretenimiento que a los creadores de contenidos, y esto, viniendo de un gobierno que se dice socialista, es bastante absurdo. Evidentemente Shakira, Alejandro Sanz o Arturo Pérez Reverte no necesitan que nadie vele por sus cuartillos, que ya lo tienen bien montado. Los que sufren – los que sufrimos – somos quienes creamos contenidos que no son de consumo masivo, y por lo tanto tenemos que luchar cada centavo que podamos ganar a partir de las creaciones – músicos, escritores, realizadores de cine independiente, etc.-. Ahora bien, durante el proceso de aprobación de la tan mentada ley, las personas de a pie, detrás de su traje 2.0 (Twitter, Facebook, etc.) armaron un escándalo de proporciones dantescas sobre esta ley. En Twitter no paraban de aparecer mensajes absolutamente contrarios, y casi fundamentalistas, en contra de la ley, e incluso manifiestas agresiones personificadas sobre la ministra Ángeles González Sinde – que independientemente de lo mucho o poco que uno esté de acuerdo con ella, era solamente la cara visible de un acuerdo entre el gobierno y los empresarios del entretenimiento, y probablemente la víctima de una larguísima serie de presiones políticas-. Sin embargo, si alguien se detenía a comprender minuciosamente las quejas y los comentarios, al final el motivo principal del escándalo es que nadie quería dejar de descargarse gratis la música que le gusta, las series que ve y los libros que lee. No se trata de un atropello contra los derechos constitucionales, ni de una defensa de los creadores que admiramos frente a la industria. Se trata de que no me toquen el bolsillo. En todo el proceso, exceptuando algunos periódicos y unos pocos casos aislados, no escuché una sola voz que plantease que es necesario reformar el modelo de la industria del entretenimiento, ni una reflexión acerca de que, si el público no paga una cifra – que debe ser racionalizada, por supuesto – al consumir contenidos, entonces un día no habrá más artistas, porque no tendrán de qué vivir. No escuché a nadie decir que, si te gusta el trabajo de una persona, es necesario darle soporte, y pagar por los derechos de autor de ese trabajo.

Y es que, en el contexto de esta discusión, era imposible alzar la voz para nada que no fuese estar totalmente a favor o totalmente en contra, porque el mismo contexto 2.0 te molía a palos. La gran ironía de la era de la libertad de información y opinión es precisamente esta: Cuando supuestamente más democráticos deberíamos ser, la masa pública resultante es intolerante y autoritaria, y no hay espacio para una posición que no sea una de las dos en puja. Cuando más deberíamos aprovechar la posibilidad de tener una opinión propia y diferente, más nos masificamos, opinando todos igual, para no dejar de caer en gracia al resto. No se puede estar en desacuerdo con la Ley Sinde y al mismo tiempo pensar que es necesario proteger los derechos de autor de alguna forma, redefinir el papel de los editores y revisar los costes de la cadena de distribución. No está bien visto que no tomes totalmente partido por una u otra posición, porque entonces no se te puede apoyar totalmente o atacar totalmente.

Es en este escenario donde los individuos, no acostumbrados a manejar su poca o mucha influencia pública con responsabilidad (Twitter es un fenómeno mediante el cual, repentinamente, una maestra de escuela o un blogger anónimo puede tener cientos o miles de seguidores, y por lo tanto una repercusión con la que jamás había soñado), se encuentran cómodos lanzando mensajes demagógicos, replicándolos y repitiéndolos. Súbitamente, personas que no conocen la industria de los contenidos, que ignoran la cantidad de esfuerzo, horas hombre, infraestructuras tecnológicas y recursos específicos que hacen falta para producir contenidos y hacerlos llegar al gran público, defenestran cualquier iniciativa destinada a proteger los derechos de autor. Y esto vale para cualquier medida impopular que sea necesario tomar, desde el aumento de la edad de jubilación hasta una simple subida de impuestos.

Es cierto que es mucho más fácil caer en gracia con las opiniones y los discursos absolutos, pero no es menos cierto que esa demagogia individual es precisamente la que degrada la calidad global de la red que todos defendemos, su libertad de opinión y expresión y la humanidad de los individuos que la conforman. Aún estamos a tiempo de aprender a utilizar este recurso con responsabilidad, de acostumbrarnos a pensar profundamente los temas antes de opinar en un foro donde no seremos capaces de medir las consecuencias de nuestra opinión. Y lo más importante, creo que es vital que, casi religiosamente, defendamos con transparencia, humildad y honestidad nuestras ideas, sin importar lo que piense la mayoría, porque esta es precisamente la riqueza potencial de la red, y su parte más saludable. No nos sirve de nada intercambiar ideas si tenemos que, forzosamente, estar todos de acuerdo por una postura u otra. Lo interesante, señoras y señores, es la pluralidad, la diversidad, los matices, las diferencias de opinión y el debate honesto, porque ese es el único espacio en el que, las personas honradas e inteligentes, serán capaces de cambiar de opinión si descubren que no tienen razón.

 

 

Sobre el Autor

Federico Firpo Bodner

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente.
Más info en http://www.federicofirpobodner.com/bio/

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  1. Inma Terol (@InmaTerol)

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