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El festival higienizante y sangriento de la democracia moribunda (#spanishrevolution)

Ilustración original de Paco Corachán

Ilustración original de Paco Corachán

El domingo pasado, por primera vez en mi vida, experimenté la extraña sensación de ir, en familia, de protesta. Los niños, encantados, recorrían alucinados la Plaça Catalunya, entre familias, turistas, simples curiosos y jóvenes de pelos de colores, pieles tatuadas y metales diversos asomando por los más impensables orificios faciales.

Siendo como soy, rioplatense y nostálgico por definición, no pude evitar rememorar mis días de protesta furibunda, las vueltas interminables a la Plaza de Mayo acompañando a las madres, la carga de la policía contra doscientos cincuenta estudiantes adolescentes, entre los que me encontraba, muerto de miedo y dispuesto a dar la vida por una causa menor, las noches y noches de gritos y cánticos variopintos por las calles de mi amada Buenos Aires, y aún más atrás, el recibimiento multitudinario a la vuelta de la democracia argentina, allá por mil novecientos ochenta y tres, con apenas diez años.

Este domingo, decía, por primera vez era parte de una protesta popular como padre, y me emocionó la certeza inconfundible de poder estar allí con mis hijos pequeños, mientras tres chicas jipis pintaban las caras de mis niños:

–        ¿De qué te pinto, cariño? – preguntó una a Pablo, mi hijo mayor.

–        De monstruo. De Einstein – respondió él.

–        ¿Einstein?

–        Sí, el monstruo verde con la cabeza así – explicó.

–        ¿Frankenstein?

–        ¡¡Ese!!

Nos reímos con ganas, y no parecía ser muy diferente de estar en una feria, salvo porque se podía respirar en el aire la indignación, las ganas de gritar basta, el orgullo de los jóvenes por la fuerza de su sangre. Y me sorprendió con alegría poder calificar todo ese magma de personas achicharradas bajo un sol de justicia como civilizado, solidario y limpio. Nadie tiraba un papel al suelo, los comerciantes de la zona donaban comida que voluntarios cocinaban para repartir gratuitamente entre los acampados, y una larga lista de etcéteras que, no por excesivamente relatados dejan de maravillarme.

Desde que vivo en España, hace ya once años, no dejan de sorprenderme algunas cosas. Una de ellas es que, superados por su carácter latino, los españoles viven de manera desordenada, sienten las cosas con una pasión descontrolada y caótica, y están más preocupados por beber cerveza y tomar el sol que por la productividad, el modelo económico o las cada vez más variadas e ingeniosas eurocatástrofes. Como contrapartida, el contexto de la Unión Europea los presiona, y los obliga a avergonzarse públicamente y en voz alta de su carácter latino. En consecuencia, el discurso permanente de sus líderes es el de la tolerancia cero, la profesionalidad, el estado de derecho, la democracia, la transparencia y la honestidad.

Esos líderes, en las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo, llevaron más de medio centenar de imputados por corrupción como candidatos en sus listas. Y arropados por su discurso de cartón y sus insustancialidades que, a fuerza de repetirlas parecen creérselas, no solamente no se les cae la cara de vergüenza por presentar como candidatos a una banda de mafiosos, ladrones vulgares y estafadores, sino que además proclaman sus victorias con orgullo, besan niños públicamente y, como diría Joan Manuel Serrat, cuelgan en las escuelas su retrato.

Y mientras un gran número de españoles duermen al aire libre para intentar que alguien se digne a oír su voz, mientras los politicuchos de derecha y de izquierda hacen como que no oyen y como que no ven, la mayoría de los españoles vota, y vota decidiendo su voto con un algoritmo simple, a saber: “Tengo trabajo, me va relativamente bien, voto a los mismos de ahora. No tengo trabajo, me va mal, voto a los otros”. La tan necesaria alternancia democrática, en un país donde los que se dicen de derecha moderada son auténticos fascistas, el Partido Socialista Obrero Español, llenándose la boca con palabras de izquierda y banderas rojas no pasa de ser un partido tibio, socialdemócrata de centro, y los restos lamentables del Partido Comunista (IU) se retuercen como babosas en sal gruesa repitiendo las letanías prosoviéticas de la década de los setenta, se transforma entonces en una farsa que la sociedad civil en su conjunto se esfuerza en creer.

Los vencedores de las elecciones se apuntan el tanto, pregonando la confianza recibida de la mayoría de los ciudadanos y la fe en un supuesto proyecto que, hasta ahora, no se han molestado en explicar, cuando lo que han recogido ha sido un saco de frustraciones, derrotas y votos desesperados, rodeado de silenciosos pero numerosos votos en blanco.

Los perdedores, mientras tanto, echan la culpa a la crisis internacional – que ciertamente jugó y juega un papel importante –, aprovechándose de ella para callarse su quietud, su falta de coraje para gobernar y para pararle los pies a una de las bancas más sanguinarias y voraces del planeta, y su debilidad congénita para cargar con un estigma de improvisación que la derecha fascista de este país endosa siempre a esa izquierda descafeinada, que no tiene ni siquiera identidad suficiente para desmentirlo con hechos.

Con este panorama, cuando a pesar de la resolución de la Corte Electoral de ordenar disolver las diversas acampadas repartidas por la geografía española, con motivo de la jornada de reflexión, el Ministerio del Interior declaró que eran concentraciones pacíficas, y que mientras no hiciesen campaña electoral las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no intervendrían, me dije a mí mismo: “Al menos hay libertad”.

Personalmente creo que el modelo de la democracia representativa está evidentemente caduco. No sirve para más que privilegiar a una clase política engordada, enriquecida y ciega. También es evidente que, si se elimina la representatividad totalmente, entonces un estado jamás podrá volver a tomar una medida impopular. Pero nadie se anima a dar el primer paso hacia un modelo mixto, donde se elimine al aparato político de las tareas de pura y simple gestión, teniendo en su lugar responsables de carrera, que respondan como empresarios por los resultados de su gestión, y un poder público transparente, con mayor control ciudadano, donde, además, los imputados por corrupción queden cesados en sus funciones como medida cautelar, y no al revés.

Y ahí estaba yo, con mis pensamientos de libertad, cuando esta mañana me desayuné con el absurdo de una operación policial digna de Macondo, o si me apuran, del mismísimo General Leopoldo Fortunato Galtieri, poderoso y borracho, mandando machacar manifestantes pacíficos, familias, jóvenes y ancianos por la simple necesidad, según palabras de los represores, de higiene. Hay que limpiar la Plaça Catalunya, y tiene que ser ya. Tiene que ser ya porque mañana el Barça puede ser Campeón de Europa, y qué van a pensar los europeos si nos ven celebrar un título entre un montón de jipis y la plaza toda sucia. Tiene que ser ya porque no va bien a la imagen de la ciudad, o porque le da la gana a alguien que lo decide perpetrado detrás de un escritorio de nogal.

Y entonces, los jipis antisistema, los revoltosos y los violentos levantan sus manos en señal de paz, negándose a abandonar su posición, mientras pegadores entrenados por el estado los machacan a palos.

¿De verdad estos señores van a seguir llenándose la boca con la Democracia y el Estado de Derecho? ¿De verdad les vamos a permitir, en España y en el resto del mundo, que sigan enriqueciéndose al mismo ritmo que mienten, roban, pactan entre ellos e ignoran a sus representados? ¿De verdad no se les cae la cara de vergüenza cuando ordenan un baño de sangre por higiene, mientras los corruptos cuentan billetes ajenos con una mano y juran sus nuevos cargos con la otra? ¿De verdad?

Señoras y Señores, la Democracia se muere. Es hora de que pensemos juntos en una alternativa mejor.

 

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