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jul 19 2012

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Los amigos son unos hijos de puta

Hace dos días, el hijo de puta de uno de mis más grandes amigos cumplió cuarenta años, y no pude estar con él. No pude abrazarlo, besarlo y decirle a la cara que es un hijo de puta. Y hoy es el día del amigo, una boludez del tamaño de un huevo de avestruz, que cuando vivía en Buenos Aires me importaba un carajo, y ahora me hace crujir las tripas de tristeza y nostalgia.

Y como siempre que los fantasmas vuelan bajo, acechando mi montaña privada, esa a la que suelo mirar buscando una inspiración que no llega, que se niega a comparecer y que a veces me asusta con sus presagios premonitorios, una fuerza superior a mí me convoca al teclado, a la descarga emotiva y balsámica de la podredumbre privada de mis vísceras.

Aureliano Babilonia, uno de mis personajes preferidos de Cien años de soledad, que es, por cierto, uno de mis libros favoritos, ahogado en su soledad después de la partida del Sabio Catalán, una noche aulló entre sus propias lágrimas: “Los amigos son unos hijos de puta”. Es una frase que, cada vez que la leí, me golpeó con fuerza.

Tenía doce años la primera vez que me hundí por completo en la lectura de este libro, y aunque no entendí de la misa la mitad, me impresionó enormemente ―entre otras muchas cosas― este concepto. Veintiocho años después, me encuentro pensando en eso, rememorándolo y descubriendo su sentido profético: recién ahora entiendo por qué los amigos son unos hijos de puta.

En la candidez de esos doce años, los hijos de puta de mis amigos chapoteaban sin rumbo en el final de la infancia, en algunos casos feliz, y en otros difícil. Me pasaban a buscar por casa, y tan pronto jugábamos a Flash Gordon como nos perdíamos en la contemplación prohibida de las tetitas incipientes de las hijas de puta de nuestras amigas. Nos movía el alma por igual el reestreno de una película mala de aventuras en el cine Olavarría, de La Boca, que las curvas suaves y redondas que nuestras contemporáneas empezaban a ostentar. Y entonces, nada como los hijos de puta de mis amigos para hacerme pasar vergüenza frente a una niña linda, o para contar secretos de esos que sabe todo el mundo y que hacen que te quieras morir cuando ves que dos chicas hablan en voz muy baja, te miran y se ríen como tontas.

Y durante la primera adolescencia no fue diferente. Me sentí un hombre cuando los hijos de puta de mis amigos me invitaron por primera vez a una cerveza, que se transformó en tres botellas, que se transformaron en un pedo para el recuerdo y en un vómito agrio con la frente apoyada en el tronco de un árbol, y más hombre aún cuando aprendí a imitarlos en cómo mirar torcido a las damas, a exponer en público una virilidad incipiente y más impostada que genuina, a discutir de fútbol a los gritos en los bares, a llorar amargamente las derrotas de la Selección Argentina, y a gritar como un desaforado sus victorias.

Después, con los hijos de puta de mis amigos descubrí la política, las fiestas trasnochadas, la marihuana y los amaneceres en dudoso estado de conciencia, mientras aprendíamos todos juntos a disfrutar de los primeros rayos furtivos del sol sobre los empedrados de Buenos Aires, las caminatas kilométricas para volver a casa cuando nos habíamos gastado hasta el último peso invitando a las chicas con vino de mala calidad, y por supuesto, a comentar entre hombres los triunfos prohibidos de la cacería implacable de corpiños y bombachas.

Entonces los hijos de puta de mis amigos empezaron a trabajar, algunos, y otros sus rutas trasnochadas por universidades en las que se enseñan cosas de esas que ya no le importan a nadie. Estábamos ―los hijos de puta de mis amigos y yo― convencidos de que ya éramos grandes. Todos teníamos más de veinte años y menos kilos de sobra. Todos habíamos salido disparados a comernos el mundo, a demostrarle a esos viejos agrios que veníamos con empuje, con fuerza y con ideas, y que nada ni nadie podría pararnos. ¡Qué hijos de puta! Nos fuimos diluyendo como azúcar en el café. Fuimos encontrando trabajos y moderando nuestros ímpetus. Fuimos teniendo parejas estables, y aprendimos a querernos igual, viéndonos menos. Pero seguíamos siendo estrepitosamente amigos. Seguíamos siendo igual de hijos de puta.

Y llegó lo inevitable. Primero fue el hijo de puta de uno de mis más entrañables amigos, que se fue a estudiar a Nueva York. Después, otros tantos hijos de puta siguieron sus propios caminos. Algunos empezaron a formar familias, otros ―como yo― salimos a buscar fortuna en el viejo mundo. Por suerte, podíamos seguir siendo hijos de puta por mail, por teléfono y por avión, cuando había tres pesos para vernos.

Después, los treinta avanzaron sin piedad sobre todos. Entonces, los hijos de puta de mis amigos, y yo también, empezamos a tener hijos, a quererlos con locura, y a contarles que del otro lado del mundo, tenemos unos amigos que son unos hijos de puta.

El primero de los hijos de puta ya cumplió cuarenta, y a lo largo de los próximos doce meses, casi todos los hijos de puta de mis amigos, y yo mismo, vamos a cumplir cuarenta años. No son más especiales que otros, pero tienen el encanto helado de los números redondos, esa magia sorda que nos encandila sin querer, el tópico social del comienzo de la vida y toda esa basura. Aún así, es importante.

Y yo vivo lejos.

Estoy del otro lado del mundo.

Es entonces cuando vuelvo a mirar mi montaña, que no es la más alta, ni la mejor, ni la más linda, pero es la mía, la que se ve desde mi ventana, y me permito por primera vez desde que vivo acá escuchar plenamente el dolor de mis entrañas, la tristeza cerrada e invencible de tener lejos a los hijos de puta de mis amigos, el silencio de mi pecho, y entiendo, de golpe, como en una revelación, que Aureliano Babilonia tenía toda la razón del mundo. Cada uno elige su camino, y está bien que así sea. Nadie me toca ya el timbre para jugar a Flash Gordon, pero frecuentemente hago videoconferencias con los hijos de puta de mis amigos, y nos mostramos unos a otros nuestros hijos, nos contamos las dolencias del cuerpo y del alma, nos reímos de nosotros mismos por cualquier pavada, y nos dejamos saber, sin ceremonias, que seguimos ahí, juntos, hermanados por una fuerza indisoluble y mucho más genuina que la barba de cualquier Dios: la amistad.

Brindo por vos, Aureliano Babilonia, y por todos mis amigos, estén cerca o lejos, porque me duele tanto la distancia que no me queda más opción que reconocer ante mí mismo que sin amistad no puedo vivir. Levanto mi vaso hacia mi montaña, brindo con un gesto en el aire y suelto sin pudor un grito silencioso: ¡Que hijos de puta!

 

Todo esta terminando, sin embargo los tipos

Se prenden al mármol, eterno testigo

Discuten, se abrazan, recuerdan, sonríen

Es simple junarlos, son viejos amigos

 

Uno tiene en los ojos el humo del billar

Otro a las ilusiones se las llevo el remate

El tercero es el único que se dice normal

Justo él que ha vivido cuidando un empate

 

Jaime Roos. Las luces del estadio (fragmento).


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Acerca del autor

Federico Firpo Bodner

Federico Firpo Bodner, también conocido como Pilo, o Pilux, es, por definición y elección, Rioplatense de nacimiento. Nació en Montevideo, Uruguay, en marzo 1973. A finales de 1974 su familia se instaló en Buenos Aires, donde residió hasta mayo del año 2000, fecha de su traslado a Barcelona, en donde vive actualmente. Más info en http://www.federicofirpobodner.com/bio/

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