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Archivo para la Categoría "Acerca de las cosas pequeñas"

El teletrabajo del Padre de Arturito y los títulos de las películas

20 Diciembre 2009 10 comentarios

Trabajar desde casa es lo mejor y lo peor a la vez. Al mismo tiempo y sin paliativos. Como viene siendo habitual en las últimas décadas, la incorporación de tecnología a la vida cotidiana nos trae enormes beneficios acompañados de una ingente cantidad de desgracias subyacentes originadas por el tiempo, la energía y la imaginación sobrantes del esfuerzo necesario para ganarnos el pan, con los que muchas veces no sabemos qué hacer.

En mi caso particular, el bajo precio del ADSL, la crisis económica mundial producto de las hipotecas subprime y una tendencia difícilmente controlable hacia permanecer sentado el mayor tiempo posible, han traído a mi vida esta nueva maravilla del mundo moderno. Los beneficios son evidentes: Ahorro de tiempo, porque no paso dos horas diarias en el coche para ir y volver del trabajo, como antes. Ahorro de dinero, porque no como más en restaurantes a diario, y un consiguiente aumento del tiempo restante para dedicar a mi familia y a mis aficiones más oscuras, como la de atormentar a los internautas publicando artículos insufribles como éste.

Las desventajas, en cambio, tardan más en aparecer, son más difíciles de identificar claramente y, como la adicción a las drogas psicoactivas, son asimiladas lentamente como rasgos característicos de la personalidad, como si en vez de ser un mal hábito adquirido fuesen un mal congénito inevitable, una desgracia instalada en la tierra por un poder supremo o un mal premio obtenido en una tómbola benéfica.

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Ideología (versión remasterizada)

19 Diciembre 2009 18 comentarios

Seguramente Ideología en su versión original fue uno de los textos de este blog que más gustó y más éxito tuvo. Personalmente creo que no sin razón. A mí también es uno de los textos que más me gusta. Por este motivo lo seleccioné para ser publicado en una revista digital el año que viene. A causa de esa publicación inminente, el texto fue corregido – creo que mejoró bastante – e ilustrado por la artista Gabriela Sennes. La razón principal por la que lo vuelvo a publicar aquí es porque creo que la ilustración, que me llegó esta mañana, es preciosa y le hace muchísima justicia al texto, así que no pude resistir la tentación de volver a publicar el artículo. Espero que quienes ya lo hayan leído disfruten de su relectura, y quienes lo lean por primera vez estoy seguro de que también lo disfrutarán. ¡Muchas gracias Gaby!

Ilustración original de Gabriela Sennes

Ilustración original de Gabriela Sennes

Desde chico, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde que formaba un lazo. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suave al tacto, mirándome con dos enormes ojos profundos y alegres. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la acurrucaba en el nacimiento de mi cuello, donde se quedaba durante horas al calor de mi niñez. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, de construir un planeta un poco más cuerdo, un poco más justo, un poco menos disparatado. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás, me recordaba mis privilegios, la suerte cotidiana de un plato de comida caliente en la mesa, de una familia orgánica y funcional, de la presencia del amor en mi vida.

Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener buenos sueños. Cuando aparecía un mal sueño, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor, me invitaba a ser parte de una conjura contra el mal de este mundo.

Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres se negaron. “Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Fue ella, mi ideología, la que me llamó a desobedecer, así que no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, satisfecho por el cosquilleo agradable que me hacía su contacto en la piel, agarrándose con sus pequeñas y  suaves manos, rematadas por dedos de uñas romas.

Durante el transcurrir de la mañana me di cuenta de que mi ideología me hacía un niño mejor. Ese día presté mis lápices, no peleé con los demás, y en el recreo, persuadido por ella, decidí compartir las cuatro galletas que llevaba con tres niños que no eran amigos míos, de esos con los que nadie quiere jugar y que siempre están solos en un rincón del patio, mirando cómo juegan los otros, sabiéndose excluidos por ser diferentes. En un acceso de amistad repentina, los invité a mi cumpleaños, a pesar de que no sería hasta varios meses después. Regresé a casa sintiéndome bien, totalmente convencido de que su presencia en mi vida solamente me traería alegrías, la opción diaria de sentirme mejor conmigo mismo.

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¡Te mataré… Bellota!

8 Diciembre 2009 7 comentarios

Si en algo no estoy del todo feliz al haber crecido en una familia de ateos convencidos, es con la celebración de las fiestas navideñas. No es que en mi casa no se celebrasen, jamás faltó la fiesta, jamás faltó un regalito para cada uno de los niños ni la decoración al uso, ni el muérdago en la puerta. Simplemente es que nunca conseguí comprender del todo eso que los yanquis venden al por mayor, y se llama “Espíritu navideño”. Yo no tengo de eso, ni siquiera sé lo que es.

Soy como un observador que carece de la información genética necesaria para interpretar el fenómeno. Estoy inserto en un grupo humano que funciona durante diez meses y medio con relativa normalidad, siguiendo unos patrones de comportamiento y respetando el dictamen irrevocable de un sinnúmero de estadísticas que a veces, en lugar de revelarnos cómo nos comportamos, nos dicen cómo debemos hacerlo.

Entonces, de repente, al acercarse el final del año y sin previo aviso, los emporios comerciales dan el pistoletazo de salida, y comienza el período navideño, que al igual que el desgaste de los polos o las temperaturas medias de la superficie terrestre, desde mi niñez hasta hoy, esta época de crisis colectiva se ha ampliado a razón de cinco o seis horas anuales: antes la navidad duraba dos semanas. Hoy, ya estamos en el mes y medio, y dentro de trescientos años se prevé que dure catorce meses al año, superponiéndose de un año para otro y generando una escasez mundial de juguetes, frutos secos, turrones y muérdago de plástico que llevará a la crisis economía mundial, definitiva y total, que acabará para siempre con la especie humana.

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Charlas de Hombre a Hombre II: Un nuevo enfoque

1 Diciembre 2009 6 comentarios

Recordarán quienes sigan las vicisitudes de la accidentada vida emocional de mi hijo Pablo (ver Charlas de Hombre a Hombre y Charlas de Mujer a Mujer), que dejamos el relato de sus tribulaciones amorosas en el álgido punto en que su pretendida, acosada por el ímpetu seductor de más de dos y de más de tres pequeños romeos, se decidía por el que la atacaba menos, y le enseñaba el intrincado y fascinante mundo de los gusanos de tierra.

Ensombrecido por la derrota, Pablo eligió el camino que tantas veces nos hemos prometido algunos a nosotros mismos: “Nunca más me voy a enamorar de nadie”. Simplemente lo decidió y ya está, de un día para otro, Celia quedó borrada para siempre de su dolorido corazón.

Nosotros, como padres modernos y sin prejuicios que somos, siempre le hemos dicho a Pablo que se pueden casar también hombres con hombres y mujeres con mujeres, y que, llegado el caso, pueden adoptar niños. Así que rápidamente halló la solución definitiva y perfecta para su mal de amores:

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Dai Verde o la conveniencia de la iniciación temprana en la vida friki

22 Noviembre 2009 5 comentarios

Los Aprendices de Brujo, fanáticos conversos, frikis de diversas calañas, jugadores de rol, programadores a sueldo y seguidores de Star Wars, El Señor de los Anillos o Harry Potter, entre otros estereotipos de dudoso origen, somos propensos a los rituales iniciáticos, los objetos de culto y las ceremonias nocturnas. Nos gusta ser el motor evangelizador de nuestra tribu urbana, sea cual sea, y ganar adeptos para nuestras causas inútiles, sean cuales sean. Ahora bien, cuando llega la paternidad, entonces comienza una guerra en paz con la madre de nuestros hijos, que intenta retrasar todo lo posible la iniciación de nuestros retoños en cualquiera de estas lides, y nosotros, entusiasmados, soñando con el momento de compartir, por primera vez, armados de un cuenco de pochoclo, frente a una pantalla lo más grande posible, aquéllas piezas de celuloide que hace treinta años nos dispararon la imaginación y el deseo de poseer poderes sobrenaturales con nuestros pequeños.

Considero que una de las virtudes de la edad adulta es la disminución de la vergüenza. A mí, por lo menos, hace años ya que no me da vergüenza reconocer públicamente mi afición por este tipo de sagas (espero que nadie tenga el mal gusto de nombrar Star Trek, que no le llega a Star Wars ni a la suela de los zapatos), o que leo con la misma concentración a García Márquez o a Paul Auster que los libros de Harry Potter o La Trilogía de Terramar. Simplemente considero que, a mi edad, es un derecho adquirido. Trabajo, pago mis impuestos, soy un ciudadano modelo y, por lo tanto, tengo derecho legítimo a invertir mi tiempo libre como mejor me parezca, y además, a adoctrinar a mis hijos en la senda de la profunda sabiduría de Yoda.

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Sobre la crueldad de los niños y la nariz de mi tía

21 Noviembre 2009 6 comentarios

“Es que los niños son crueles”. Es una frase que escucho constantemente. No solo la escucho, sino que me he sorprendido a mí mismo diciéndola más de una vez. Sin embargo, hay alguna razón por la que no acabo de estar de acuerdo. Creo que es un tema del que se ha hablado mucho, sin demasiado acierto desde mi punto de vista, porque se tiende a confundir una mezcla de sinceridad cruda, a prueba de balas y sin matices, filtrada por la inocencia, con pura y simple maldad. Lo que es cruel, en mi opinión, es la realidad. Al menos con bastante más frecuencia que los niños.

La naturaleza humana es cruel, pero los adultos nos empeñamos en disfrazar esa naturaleza, en matizarla, en vestirla de seda para que no parezca mona. Hace un par de días estábamos en la plaza varios padres con niños de edades entre tres y cinco años. Como solemos hacer, los adultos charlábamos sentados en los bancos mientras los niños jugaban en unas escaleras cercanas. De repente, todos los niños vinieron hacia nosotros gritando asustados. “Un ladrón, un ladrón”. “Es un ladrón de zapatos”. “Tiene una cámara secreta donde guarda lo que roba”.

Ante la avalancha de susto que nos sepultó en dos segundos, cada padre se encaró con sus hijos para intentar averiguar qué pasaba. Sobre todo porque, como ya he dicho alguna vez, vivimos en un pueblo tranquilo en el que solamente roba el ayuntamiento, y desgraciadamente lo hace amparado por la ley.

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Domingos rituales

14 Noviembre 2009 14 comentarios

gran_religionesComo ya he dicho alguna que otra vez, nosotros – mi mujer y yo – no practicamos ninguna religión, ni activa ni pasivamente. Es algo que a veces me produce un cierto malestar, porque sinceramente creo que me aliviaría no solamente de mis propias manías, sino también de encontrar respuestas a preguntas de mis hijos que a veces son muy complejas en términos científicos, mientras que echarle la culpa de todo a un Dios caprichoso y borracho de poder sería sensiblemente más fácil.

Pero, de todas las cosas que envidio a los religiosos, una de las que más envidia me produce es la capacidad de establecer rituales. Que un hombre serio sea capaz de ponerse una falda larga y una bufanda violeta y un sombrero ridículo, y lentamente, concentrado, se beba su traguito de vino frente a ciento cincuenta personas, y todos se lo tomen en serio, me parece un logro más meritorio que descifrar la cuadratura del círculo, o incluso que la llegada a la luna.

Por eso, y haciendo gala de mi mala tolerancia a sentir envidia, soy tremendamente eficaz a la hora de establecer rituales propios. En mi vida personal, con las personas que quiero y, por supuesto, con mis hijos. No es que de repente me dé por decir una misa atea en casa, disfrazado con un vestido de Gloria, ni que siente a mis niños a verme tomar vino, sino un esfuerzo, muchas veces inconsciente, por llenar mi vida de detalles rituales, fórmulas cotidianas que se repiten hasta el cansancio.

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El día de la bolsa verde

31 Octubre 2009 8 comentarios

la_gran_bolsa_verdeEl día de la bolsa verde estábamos con Pablo y Daniel en la plaza, como tantas otras veces.  Como seguramente no hace falta que explique, mientras los seres humanos del sexo femenino tienen una inexplicable tendencia a desplazarse cargados con diversos objetos entre los que se cuentan bolsos, bolsitas de mano, carteras, chaquetas de los hijos y demás pertrechos, los del sexo masculino tenemos una muy marcada preferencia por no tener nada en las manos. Somos capaces de llevar los bolsillos de los pantalones a reventar, mientras nos clavamos las llaves en los muslos a cada paso y se nos raya la pantalla del teléfono móvil, con tal de no cargar con nada. Así las cosas, el día de la bolsa verde, cuando me disponía a ir a la plaza solo con mis dos hijos, Gloria me recordó que los niños hacen inevitablemente necesaria una extensa provisión de artículos de primerísima necesidad, que incluye, pero no se limita a: una botella de agua, galletas de al menos dos tipos diferentes, pañuelos de papel, toallitas húmedas, curitas (conocidas en España bajo el nombre inverosímil de tiritas, que es un genérico que no define, a mi gusto, de qué son), muñequitos diversos, cochecitos, etc. Muy a mi pesar, me llevé la bolsa verde, y una vez en la plaza la colgué del respaldo del banco de madera, para que no me molestase mientras me dedicaba a una noble tarea de rascamiento genital, observando jugar a mis hijos.

Regresamos a casa a la hora de comer, y como hacemos en general los sábados, los niños durmieron la siesta, se levantaron, merendaron y decidimos volver a ir a la plaza. Entonces Gloria me preguntó: “¿Y la bolsa verde?”. Yo argumenté que la genética masculina no está preparada para transportar objetos de mano, razón por la que, por ejemplo, prefiero mojarme antes de llevar un paraguas que seguramente olvidaré en cualquier parte. La veracidad e irrefutabilidad de mi argumento no parecieron ser suficientes para evitar un gesto de amarga decepción en el rostro de mi esposa, que Pablo observó con profunda atención, mientras ella decía: “¡Con lo que me gustaba esa bolsa verde!”. Al bajar a la plaza la rastreamos como mastines de presa, pero no apareció por ningún lado, cosa que nos extrañó porque en general en el pueblo en el que vivimos solamente se roba de las puertas del ayuntamiento para adentro, mientras que el resto del territorio es bastante seguro y respetuoso con la propiedad ajena. Pensé que seguramente alguien habría advertido el olvido y en algún momento traería la dichosa bolsa.

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Ideología

26 Octubre 2009 26 comentarios

ideologia

Con motivo de su publicación en una revista digital, este artículo ha sido corregido. Puedes leer la versión nueva haciendo click aquí.

Desde chiquito, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas muy pequeñas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suavecito al tacto. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la besaba. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, en un planeta un poco más cuerdo y más justo. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás.

Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener sueños bonitos. Cuando aparecía un sueño malo, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor.

Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres me dijeron que no. “Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Yo no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, contento por el cosquilleo agradable que me hacía en contacto con la piel, agarrándose con sus manitos suaves de ideología buena.

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Enano Cabezón

14 Octubre 2009 4 comentarios

et1Hola, Enano Cabezón. Hoy es un día especial. Y como es especial, vamos a cagarnos juntos en la literatura, en el género epistolar, en todos los que leen este blog, en las buenas formas y en la manera de decir las cosas, y vamos a hablar sin artificios ni reglas no escritas. Es especial para mí porque soy tu padre, y como soy tu padre todavía tengo la potestad de decidir lo que es especial y lo que no. Y es especial para vos, porque son ya tres años de romper los huevos en este mundo, y también porque todavía no te das cuenta de que es especial. Al menos no de la forma acartonada y formal que tenemos los adultos para los días especiales. Nos vestimos y nos perfumamos y nos preparamos para sentirnos especiales, solamente porque los accesorios de ese día lo son. Te das cuenta que es especial porque ese día mamá te da un beso especial, y yo te lijo la mejilla con besos especiales y te estropeo los huesitos con abrazos especiales, y Pablo también te besa y te dice que es un día especial.

Y en la escuela te dirán que es especial. Y vendrá tu abuelo también a decirte que es especial. Y también lo harán tus Yayos, y todas las personas que te vean en la plaza.

Por eso, con treinta y seis años llevados como pude y siendo origen de muchas muescas grabadas con la uña en los revólveres de otros, no puedo evitar pensar en vos y en la Maga Rocamadour, cuando le decía a su bebé: “Te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría, o te escribiría cosas importantes”. No puedo evitar pensar en el esfuerzo que invertimos los adultos en hacer solemnes las cosas importantes, y en quitar importancia a las que realmente la tienen. Los adultos somos necios y obstinados. Estamos parados sobre un montoncito de creencias absurdas y certezas absolutas que defendemos con la vida, y muchas veces eso nos hace perder la perspectiva.

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Preguntas con futuro

8 Octubre 2009 10 comentarios

preguntasProbablemente una de las desviaciones patológicas más incontrolables que provoca la profesión de Aprendiz de Brujo sea una incontrolable afición a numerar, estimar y optimizar el mundo real. No es que verdaderamente sea posible, ni siquiera probable, que el desgaste energético de estar permanentemente calculando datos inútiles mejore en algo el mundo imperfecto que existe fuera de los circuitos impresos que la microelectrónica nos brinda en forma de computadores, pero al menos calma los nervios, ocupa la mente y ocasionalmente nos brinda un buen tema de conversación.

Mi mujer, que por suerte para ella estudió Historia del Arte, y por lo tanto está a salvo de las trampas de la física, la matemática y otras ciencias algo más profanas que se ocupan de codificar las leyes no escritas que regulan el funcionamiento de las cosas, sufre como una condenada cada vez que estamos en algún sitio y se me dispara el módulo optimizador.  Recuerdo la primera vez que esto sucedió porque con el tiempo se ha transformado en uno de esos gags familiares a los que recurrimos cada vez que queremos ejemplificar algo de manera incontestable, y ella lo solía utilizar para fines incluso más oscuros. Estábamos de novios, no hacía mucho, pero sí lo suficiente como para que yo empezase a dejar de ocultar mi obsesiva afición por los análisis tendenciosos de la realidad. Volvíamos del cine, sentados en el metro, y, sin previo aviso ni advertencia acerca de mi peregrinaje por los páramos de la numerología, le solté una de mis cavilaciones favoritas:

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Sobre la evolución del asco

1 Octubre 2009 12 comentarios

cagandoSi antes de ser padre alguien con poder de clarividencia me hubiese dicho que un día celebraría con sincera alegría el hecho de que un Homo Erectus de sexo masculino haya hecho sus deposiciones sólidas con éxito y satisfactoriamente, o que el mismo primate superior ha lanzado un potente eructo con aroma agrio de leche, seguido de una sonata de flatulencia auténtica y generosa, me hubiese reído mucho, además de apelar a la ciencia para descalificar completamente la profecía. Sin embargo, en esta vida he pecado muchas veces de absoluta certeza, para luego, años, meses o incluso días más tarde, verme obligado a retractarme internamente (nunca estuve demasiado dispuesto a reconocer en público una falla tectónica de tal calibre en mi sistema de creencias).

Ahora bien, esto me llevó a pensar en el asco. El asco es abstracto, caprichoso. Un día te da asco algo que al día siguiente eres capaz de desear con toda tu alma. De niño no te da asco nada. En principio un gatito bebé es tan acariciable como una bola de pelusa del ombligo, aunque no es difícil darse cuenta de que las bolas de pelusa son menos agradecidas, y no saben jugar a casi nada. A lo primero que te enseñan a tenerle asco es a tu propia caca. Es justo en el momento en el que dejas los pañales y aprendes a caminar. El mundo se abre ante ti como un paraíso lleno de cosas curiosas, de texturas que reconocer, de sabores que intentar, de sensaciones para percibir. Como es lógico, vas por ahí, caminando como puedes debido a lo precario del equilibrio incipiente, intentando tocarlo todo, aprenderlo, descifrar cada superficie de cada objeto que se te cruza. Y dos pasos atrás te persigue tu madre, blandiendo el grito de guerra preferido de los adultos: “¡No, caca!”. Y claro, como has aprendido a tenerle asco a tu propia caca, la de los demás es sensiblemente más asquerosa. Este proceso es responsable de una confusión científica que mina el inicio del proceso de aprendizaje de la mayoría de los niños. Hasta que estudian el aparato digestivo de los mamíferos, suelen creer que la caca es una sustancia mutante, que se camufla adoptando las formas caprichosas de diversas clases de basura u objetos inertes, y que todos esos objetos y formas de caca deben ser rechazados con igual cantidad de asco por los sujetos activos. Hasta que un día, un maestro de primaria explica las maravillas del tracto digestivo y el bolo alimenticio, y entonces un chispazo ilumina la oscuridad: “¡Ah! ¡Pero entonces la caca solamente es mierda!”.

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