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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; Acerca de las cosas pequeñas</title>
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	<description>blog de Federico Firpo Bodner</description>
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		<title>Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jul 2010 08:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/maradona3629536.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-631" title="maradona3629536" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/maradona3629536-300x204.jpg" alt="" width="300" height="204" /></a>Ayer sábado amaneció soleado. Un sol casi inclemente resquebrajando un cielo de celeste líquido interminable. Un día argentino. Me puse mi camiseta de la Selección Argentina, lamentando parecerme más a Obélix que a Messi, y, como todas las mañanas, me preparé una taza de café y me senté en mi balcón, para bebérmela con el primer cigarrillo del día mientras contemplo cómo el astro rey, lentamente, sobrepasa a las montañas. No soy hombre de supersticiones ni de creencias místicas, pero sin embargo, una sensación rara vagaba por mi pecho. No llegué en ningún momento a identificar un presagio claro, pero estaba presente un insecto molesto y agorero que yo no había invitado al desayuno.</p>
<p>El cigarrillo se consumía, y entonces rescaté mi recuerdo más antiguo de un mundial. Fue el 25 de junio de 1978. Yo tenía entonces cinco años, y no se podía decir de mí que sintiese verdadera pasión por los deportes de contacto. Era mas bien un niño tranquilo. Me gustaba leer y armar rompecabezas. Me gustaban las palabras, como ahora.</p>
<p><span id="more-629"></span>La dictadura militar Argentina ocultaba bajo las gradas repletas de hinchas entusiasmados los cuerpos masacrados de los opositores al régimen, pero de esto tampoco me enteraba.</p>
<p>Sin embargo, y a pesar de eso, sucedió.</p>
<p>Argentina fue campeón del mundo.</p>
<p>Y entonces todo fue euforia. No tengo imágenes propias del partido, ni de los jugadores, más allá de los bigotes borrosos del <em>Matador </em>Kempes<sup class='footnote'><a href='#fn-629-1' id='fnref-629-1'>1</a></sup>, y el casquillo de pelo de Daniel Pasarella. Ni siquiera recuerdo en qué momento salimos de casa, ni cómo llegamos a la calle. Pero lo que no olvidaré jamás es la sensación de la alegría desbordada. Cerrando los ojos aún puedo verme, de pie sobre el asiento trasero de un Peugeot 504 blanco, asomando en medio de dos de mis hermanos por la abertura del techo, mientras mi padre conducía a 6 Km/h en medio de una multitud enloquecida, y los papelitos, miles, millones de papelitos volando, revoloteando y tapizando las calles de ilusión y alegría. Y yo viendo el mundo desde mis ojos de niño, gritando, cantando, festejando.</p>
<p>Y a pesar de el campeonato, seguí sin estar interesado en los deportes de contacto.</p>
<p>Cuando me quise acordar, llegó México 86. Tenía trece años.</p>
<p>Todavía puedo sentir la explosión de ira en aquél maravilloso gol de Diego a Italia que empataba definitivamente un partido trabado y aburrido, en un bar abarrotado de adolescentes gritando, cerveza y humo de tabaco. No tengo que hacer ningún esfuerzo para evocar el corazón golpeando fuerte durante la galopada interminable de Maradona para hacer el memorable gol que le endosó a Inglaterra después de quebrarles la cadera a seis jugadores rivales. Y nunca voy a olvidar cuando me desperté, a las 6:30 de la mañana del 29 de junio, con el cuerpo completamente pintado de rojo de la cintura para arriba, cubierto de miles de molestos granitos producto de una inoportuna escarlatina. Mi padre me acostó en su cama, y movió nuestro televisor blanco y negro hitachi de catorce pulgadas a su habitación, para que todos viesen el partido a mi alrededor. Noventa minutos de angustia y magia, y unos ridículos cartelitos sobreimpresos que proclamaban ¡¡¡ARGENTINA CAMPEÓN MUNDIAL!!!, mientras la alegría desbordante se diluía en una frustración infinita al darme cuenta de que me perdería el festejo, la celebración que mareó las calles de Buenos Aires de una borrachera de pelota y gol.</p>
<p>Seguí sin ser demasiado aficionado a los deportes, pero Italia 90 me volvió a encontrar desbordado de emociones, sensaciones, miedos profundos y gritos desgarradores en las interminables tandas de tiros penales que volvieron a llevar a la Argentina a una final. Y todavía, sin esfuerzo, puedo saborear la amargura de la derrota injusta en la final contra Alemania.</p>
<p>Toda mi historia está salpicada de esos momentos. Como cuando nos juntamos varios amigos muy cercanos para ver, de madrugada, en casa de Emilio, el partido de repechaje contra Australia para ir a Estados Unidos 94, o el maravilloso 30 de junio de 1998, en el que eliminamos a Inglaterra por penales en los octavos de final del mundial de Francia.</p>
<p>Y sin embargo, sigo sin practicar deportes de contacto.</p>
<p>Mis hijos tampoco lo hacen demasiado, porque los padres intentamos transmitirles nuestras mejores cosas, muchas veces sin éxito, pero sin querer les transmitimos exitosamente todos nuestros defectos.</p>
<p>La mañana transcurrió sin novedades. Mis hijos se pusieron sus camisetas de Argentina y allá nos fuimos los tres a la plaza, ataviados con nuestras galas de fútbol.</p>
<p>Después de comer, me preparaba para irme a un bar a ver el partido en compañía de un amigo, cuando Pablo se me acercó.</p>
<p>-       Papá, ¿puedo ir contigo a ver el partido?</p>
<p>Una vez más, mi debilidad de hombre moderno, mi superyó políticamente correcto de la era de la hipocresía, me dictó lo que debía decir. Le respondí como un padre:</p>
<p>-       De ninguna manera. Tú te quedas en casa.</p>
<p>-       ¿Por qué? – preguntó, haciendo pucheros.</p>
<p>-       Porque un bar no es un lugar para niños. Estará todo el mundo fumando, y te aburrirás.</p>
<p>-       No, no me aburriré.</p>
<p>-       Pablo, – argumenté – cuando papá ve un partido en casa te aburres como un hongo. Es un partido muy largo, y papá lo quiere ver tranquilo.</p>
<p>-       Es que quiero ver a Argentina.</p>
<p>-       Mi amor, no. Si quieres te llamo cada vez que algún equipo marque un gol.</p>
<p>Mi hijo me miró con profunda decepción. Rompió a llorar con auténtico desconsuelo mientras, entre lágrimas, repetía sin parar: “<em>Es que quiero ver el partido. Quiero ver a Argentina. Quiero ir contigo</em>”. Yo intentaba calmarlo, y convecerlo de que mi decisión era correcta, que no correspondía llevar a un niño de seis años, que se aburriría, que me pediría que lo trajese de vuelta a casa a mitad del primer tiempo, que esto son cosas de <em>grandes</em>.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Continuaba llorando sin parar.</p>
<p>Entonces, de golpe, me dí cuenta de que estaba actuando como un padre, pero lo que mi hijo necesitaba en ese momento no era un padre. Era un hombre. Era un conciliábulo de hombre a hombre. Dos amigos que aguantan juntos la ilusión, los nervios, el nudo en el estómago. Él no percibía el fútbol, sino mis emociones, y no estaba dispuesto a quedarse fuera de eso. Necesitaba un compañero de juergas, un borracho emocionado que le dijese cuánto lo quería, para olvidarlo al día siguiente. Necesitaba un igual con quien compartir su ilusión y su dolor.</p>
<p>-       Ven aquí – lo llamé, emocionado. Se acercó, con el pechito sacudido por espasmos de pena, los ojos brillando al calor inclemente de la tarde y los mocos transparentes perlando su labio superior.</p>
<p>-       ¿Qué? – me respondió, enojado conmigo y con el mundo.</p>
<p>-       ¿Por qué te importa tanto?</p>
<p>-       Porque quiero ver a Argentina contigo.</p>
<p>Le limpié las lágrimas con mis pulgares y lo miré profundamente a los ojos.</p>
<p>-       Está bien, vale – concedí. – Vas a venir conmigo, pero prométeme que te portarás bien, y que si te aburres te aguantas.</p>
<p>Su carita se iluminó de golpe, los ojos se le abrieron grandes, más grandes que nunca, y una felicidad nueva le renació por debajo de la angustia. Su sonrisa repentina amenazó con salirse de su rostro.</p>
<p>-       Búscate un juguete pequeño para llevarlo, así puedes jugar si te aburres.</p>
<p>En dos minutos se plantó ante mí. En una mano tenía un cachirulo para armar que le regaló su abuela por su cumpleaños, y en la otra una libretita con las tapas del Barcelona y un bolígrafo.</p>
<p>-       Llevo esto para anotar los goles.</p>
<p>En una página había escrito: “Argentina   Alemania”, separados por la típica “T” para anotar tanteos.</p>
<p>Allá nos fuimos.</p>
<p>Se sentó como un auténtico hombrecito, algo que no tuve que enseñarle, lo sabía desde antes de nacer, porque aunque no queramos llevamos escrito en la sangre cómo se mira un partido de fútbol, cómo se sufre y como se recuerda. Un codo sobre la mesa, sosteniendo con la misma mano su vaso de té helado, mientras miraba la pantalla gigante dentro de la cual Alemania, lentamente, comenzaba a aplicarnos un doloroso correctivo.</p>
<p>Finalizada la primera parte, yo estaba de mal humor, nervioso, intranquilo. Casi me había olvidado que el tercer hombre de nuestra mesa era mi hijo de seis años. Me había comportado como se comporta un hombre entre hombres. Entonces lo miré, y no pude evitar sonreírle. El sonrió y me dijo:</p>
<p>-       ¿Pedimos algo para picar?</p>
<p>Después, el desastre. Nos pasaron por encima. Grité, me enrabieté. Cuando una sarta irrepetible de insultos brotaban de mi garganta, cerrando el bullicio del tercer gol, mi hijo me trajo de vuelta, diciéndome:</p>
<blockquote><p><em>“Papá, no grites así, que no estamos en casa”.</em></p></blockquote>
<p>Me aguanté como un hombre las ganas de llorar, y pensé que ni siquiera él sabía cuánta razón tenía. Volví a acariciar sus mejillas infantiles, y por primera vez en mi vida sentí alivio durante una derrota de mi selección. No me importó tanto perder, porque me dí cuenta de que no recordaré el 3 de julio de 2010 como el día que Alemania nos humilló frente al mundo entero, echándonos nuevamente en cuartos de final de un mundial, sino como el día en el que mi hijo de seis años me brindó su ilusión, me ofreció como un hombre su corazón de niño, arrimó su hombro al mío para soportar juntos la derrota – que es mucho más difícil de compartir que la victoria – y me hizo saber, a pesar suyo, que aunque viva a diez mil kilómetros de mi casa, siempre puedo contar con él.</p>
<p>Gracias por el fútbol.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-629-1'>Mi amigo <a href="http://joacoramos.wordpress.com/">Joaco Ramos</a> me apunta que el de los bigotes era Luque, y que el Matador nunca llevó bigote. Trampas de la memoria <img src='http://aprendizdebrujo.net/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' />  <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-629-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>


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		<title>Porque lo digo yo, que soy tu padre</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jun 2010 09:30:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La vida te engaña de todas las maneras que puede. Nada acaba siendo como creías que iba a ser, y sospecho que, en muchos casos, tampoco es como creés que es una vez que empezó. Y perdoname que te escriba en argentino, pero es que aunque parezca un contrasentido, mis palabras más sinceras ocurren en mi pecho con acento rioplatense.

Y cuando digo que la vida te engaña, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.

Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.


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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-619" title="Dedo" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/dedo-208x300.jpg" alt="" width="208" height="300" />La vida te engaña de todas las maneras que puede. Nada acaba siendo como creías que iba a ser, y sospecho que, en muchos casos, tampoco es como creés que es una vez que empezó. Y perdoname que te escriba en <em>argentino</em>, pero es que aunque parezca un contrasentido, mis palabras más sinceras ocurren en mi pecho con acento rioplatense.</p>
<p>Y cuando digo que <em>la vida te engaña</em>, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.</p>
<p>Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.</p>
<p><span id="more-617"></span>Todos hablamos sobre la paternidad. Los que hemos sido padres y los que aún no lo han sido. Y parece ser que estamos obligados a decir <em>“Es lo mejor que me pasó en la vida” </em>como primera frase. Creo que hay un pacto social tácito al respecto. Probablemente si los padres dijésemos la verdad cuando los que no lo son preguntan, la continuidad de la especie humana se vería seriamente amenazada, mi amor.</p>
<p>Cuando tu madre estaba embarazada, te esperábamos con auténtica ilusión, y yo en particular con muchísima ansiedad. Intentaba poner mi mano sobre la panza grande y rendonda cada vez que podía. Era mi forma de hacer algo para no sentirme fuera del proceso, porque hablarle a una bola redonda y brillante me hacía sentir definitivamente ridículo. Te decía que ponía la mano sobre la panza de mamá, y esperaba hasta que te movías. Entonces eran los únicos momentos en los que íntimamente conseguía sentir que eras real, que venías de verdad, que no era un invento mío.</p>
<p>Durante toda mi vida había creído que el día que naciese mi primer hijo sería el más feliz para mí. Estaba convencido de que, en el momento que te pusiesen en mis brazos no sería capaz de contener la emoción, y sospechaba que tu llegada sería la llave que abriese una puerta mágica a un mundo fantástico y maravilloso.</p>
<p>En lugar de eso, tu llegada fue un acceso a un quirófano aséptico, en el que todo sucedía a una velocidad falseada. Usábamos unos trajes azules que seguramente te harían mucha gracia, y mamá estaba cansada y dolorida. Me puse a su lado y le sostuve la mano, mientras ella aguantaba los dolores de parto y yo me callaba por vergüenza las molestias que me provocaba una pierna dormida y acalambrada.</p>
<p>Entonces naciste.</p>
<p>Te pusieron sobre mamá. Es que a los padres, por razones obvias, todo el mundo nos ignora un poco cuando nace un niño.</p>
<p>La primera vez que te tuve en brazos sentía una expectativa enorme. Esperaba que una luz seráfica me iluminase el rostro, que una paz interior me desbordase por completo y una sensación de ingravidez total. Esperaba un torrente de lágrimas tibias y la creación de un sol propio y privado con el que darte calor. Esperaba ser un hombre nuevo y la revelación final de el secreto mejor guardado: una felicidad sin límites.</p>
<p>En lugar de todo eso me sentí torpe. Te doblabas como un muñeco de trapo en mis manos inexpertas, tenías la cabecita ligeramente ovalada y los piecitos rosados y las piernas flexionadas hacia el vientre. Cuando por fin encontré la forma de sostenerte, bajo la mirada atenta y vigilante de todos los presentes, me quedé muy quieto, esperando el rayo redentor que tenía que entrar por la ventana. En lugar de la maravilla y la felicidad completa, lo único que conseguí identificar plenamente entre una maraña de emociones mezcladas fue una sensación de pánico creciente. Tuve miedo, mi amor, miedo de verdad. Miedo auténtico, del que te deja seco, miedo del que te da mordiscos en las tripas desde adentro, del que hace sentir vértigo. Miedo del que te acecha desde arriba y desde abajo, el que te impide tragar y respirar. Las lágrimas de emoción que esperaba no llegaron, y en lugar de eso me encontré disimulando frente a tus abuelos, ocultando mi miedo, que es lo que hacemos los adultos cuando lo sentimos. Sonreí para la galería y seguí el guión que todos conocemos.</p>
<p>Caminé unos pasos contigo en brazos. Efectivamente, continuaba sintiendo más miedo que otra cosa.</p>
<p>Pero pronto, muy pronto, supe por qué las claves auténticas de la paternidad son el secreto mejor guardado: porque a los pocos días de tenerte, descubrí que el hombre que yo creía ser se había desecho, y en su lugar habitaba mi pecho una señora gorda, tetona y generosa, con una redecilla y ruleros y pinzas en el pelo, vestida permanentemente con una ridícula bata de flores, que solamente quería ser tu mamá y bailar danzas clásicas bajo el sol, contigo en brazos, amamantarte, darte de comer carne de su carne, de mi carne, besarte con ruido y con baba, hacerte saber su amor con palabras cursis, llorar cada una de tus lágrimas, sacramentar tu sueño de bebé y regocijarse en el tufo ácido de tu caca. Y claro, eso no es de hombres. Los hombres – y te lo digo porque vos también vas a ser hombre un día, y vas a estar atado a tus actos por el mismo reglamento absurdo – somos fuertes, somos machos, somos el sustento y la protección. Tenemos que callarnos a la señora gorda y hacer retroceder las lágrimas (las mismas que ahora, en este momento, solo frente a mi pantalla, intento contener mientras te escribo). Los hombres, mi amor, los hombres como vos y yo somos la ley, somos la fuerza y somos los primeros idiotas que nos creemos cazadores y guerreros, que cuidamos la imagen de varón y estigmatizamos la ternura. Las claves principales de la hombría son otra de las grandes mentiras de nuestra cultura, y a pesar de saberlo perfectamente, por alguna razón soy uno más de los que la sostienen, y me hago el hombre cada vez que es necesario.</p>
<p>Me hago el hombre cuando te digo que no llores por eso, que es una tontería, aún sabiendo que a pesar de ser una tontería tu sufrimiento es auténtico. Me hago el hombre cuando te educo, cuando te escucho y cuando te mando callar. Cuando, para poner fin a tu rebeldía, tiro del cargo, diciéndote: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre.”</em> Me hago el hombre para enfrentar tus miedos infantiles por la noche, y en vez de acurrucarme a tu lado te acaricio el pelo y te aseguro que no pasa nada, que no hay que tener miedo. Me hago el hombre cuando escucho tu lucidez de niño, tu tremenda y brutal agudeza emocional, tus cuestionamientos impertinentes, tus juegos de ternura.</p>
<p>Han pasado casi media docena de años, y ahora que estamos a pocos días de tu sexto cumpleaños, puedo decirte que el día que naciste no fue el más feliz de mi vida, sino uno de los que más miedo pasé. Está marcado en mi historia porque me obligaste a hacerme hombre de verdad, renunciando íntimamente a la imagen de hombre en la que hasta entonces creía. Puedo contarte que con tu llegada refundaste para mí el concepto de ternura. Puedo agradecerte que abrieras para mí una nueva dimensión de lo que significa para un hombre el amor.</p>
<p>Quizás debería darte consejos, decirte que te laves las orejas o que te portes bien. Tal vez debería encomendarte que estudies, que seas un hombre de bien, que crezcas en la dirección correcta, que no te comas los mocos y que no le pegues a tu hermano, pero lo que de verdad me sale es agradecerte el haber hecho de mí una persona mejor, el mostrarme un camino diferente para llegar a mí. Lo demás sé que vendrá, porque amén de todo lo que nos equivocamos los padres a pesar nuestro, de hijos criados con amor solamente pueden esperarse buenas personas.</p>
<p>Han pasado media docena de años, mi amor, y dejáme decirte que el miedo sigue ahí, velando mi sueño cada noche, respirando mi aire durante el día. Nada, ni siquiera la muerte, me da más miedo que no ser un buen padre para vos y para tu hermano, pero dejáme que te cuente un secreto: no quiero que el miedo se vaya, porque su presencia es la salvaguarda de todo lo bueno que tenemos. Mientras tenga miedo de no hacerlo bien seguiré intentando hacerlo mejor cada día.</p>
<p>Y sé que desde tus seis añitos de vida, ves a tu padre un escalón por debajo de tus héroes, y muchos por encima del resto de los hombres. Sé que crees que lo sé todo, y que soy capaz de protegerte de todos los males de este mundo, y no soy capaz de decirte con palabras cuánto me enternezco cada vez que me doy cuenta de tu devoción infantil, ni hasta qué punto me siento insignificante cuando no puedo darte las certezas que tus preguntas de niño me piden constantemente. Pero un día, mi amor, dentro de muy poco, empezarás a pensar que tu viejo es imbécil, que se equivoca y que no sabe nada. Será el momento en el que empieces a fabricar tu propio hombre, tu guerrero cazador y macho alfa que sabe que es el líder del mundo libre y que lo que no haga él no estará bien hecho. Solamente espero ser lo suficientemente hombre como para aceptarlo, sabiendo que probablemente, si algún día llegás a ser padre, comiences a pensar, cada vez con más frecuencia: <em>“Cuánta razón tenía papá”.</em> Quizás un día te descubras con las cejas crispadas y el dedo índice señalando a tu propio hijo, mientras le decís: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”,</em> y entonces un ataque de risa te obligue a darte cuenta que somos animales de costumbres, y que lo que tus padres te dan excede la ciencia y la genética, te hace y te constituye.</p>
<p>Y así entre nosotros, mi amor, permitime contarte que convivimos en mi cuerpo los tres: tu padre, el miedo animal y la señora gorda. Nos llevamos bastante bien, porque cada uno hace su trabajo. El miedo me mantiene alerta y vigilante, me corrige cuando me equivoco y me propone treguas para acercarme a vos. La señora gorda es la que te abraza y te llena de besos, la que juega contigo y te protege entre sus tetas descomunales, la que te besa por las noches y te toma la fiebre cuando estás enfermito. Y tu padre soy yo, el que se divide, el que te adora hasta la locura, el que te escribe pobremente lo que no sabe decirte, el que te manda a recoger los juguetes, y el que, cuando protestás, te apunta con el dedo índice, frunce el entrecejo y te dice con voz varonil, de hombre: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz cumpleaños. Te adora, Papá</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de junio de 2010.</em></p>
<p><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a><br />
</em></p>


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		<title>La nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Jun 2010 08:51:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p><span id="more-597"></span>Éramos tan niños que ni una sola vez, durante todos esos años, nos paramos a pensar que esa era la única casa “pobre” del barrio. Durante los dos meses al año que pasábamos allí, en un verano que será perenne en mi memoria, éramos tan felices que ni siquiera advertíamos que no había dinero, que no había parques de diversiones, que no había juguetes nuevos ni viejos, que mi abuela apañaba la comida sancochando arroces y fideos y verduras y trocitos de carne de una forma que a nosotros siempre nos parecía deliciosa, que no sobraba nunca nada. No se tiraba nada, ni mucho menos se despilfarraba. Bebíamos agua fresca y leche.</p>
<p>Y jugábamos. Todo el día. Setenta días seguidos. Dábamos de comer a las gallinas, provocábamos un estruendo de alas y gorjeos en el palomar repleto de torcazas de mi tío, alimentábamos a dos enormes tortugas marinas que habitaban un estanque junto al gallinero, cortábamos delicadamente tres, no, cuatro hojitas de laurel para sazonar el puchero, corríamos de arriba a abajo con <em>Canela, </em><em>Brancia</em> y <em>Nicola</em>, los perros de la casa, arrancábamos de los árboles las ciruelas y los limones, nos comíamos directamente del racimo las uvas recalentadas por el sol, bajo la mirada atenta y vigilante de un halcón plateado que mi tío tenía en el árbol más grande de la finca, y, sobre todo, los adultos nos hacían <em>verdadero</em> caso. Nos trataban como a niños, pero no como si fuésemos tontos o incapaces, sino simplemente como a niños. Nos escuchaban. Jugaban con nosotros. Hablaban con nosotros. Nos involucraban en una vida doméstica en la cual las cosas no eran simplemente un paso necesario para llegar al siguiente, sino un fin en sí mismo. La comida no era una costumbre, sino un ritual. Se preparaba laboriosamente y luego se disfrutaba en conjunto. Confiaban en nosotros, nos dejaban jugar, gritar, correr y pelearnos sin vigilancia continua. Luego, mi tío nos llevaba a la playa. En esas se nos iba el verano entero, y volvíamos a Buenos Aires aindiados, silvestres, morenos por todo el cuerpo menos en la zona del bañador, con las plantas de los pies curtidas por setenta días sin usar zapatos y un olor salino, de sol y de mar, impregado en la piel.</p>
<p>Inevitablemente, durante cada verano llovía alguna vez. Esos días nos poníamos bajo la parra del patio, tan espesa que nos protegía de la lluvia, y organizábamos un negocio de venta de limonada imaginaria con dinero imaginario, llenando de agua la enorme olla del sancocho de mi abuela, y fundamentalmente inundando el tracto digestivo de mi abuelo, que con paciencia infinita se bebía uno tras otro los vasos de latón rebosantes de agua que le llevábamos durante una hora interminable. Después, Ramiro nos llevaba a buscar <em><a href="http://www.glacoxan.com/plagas/Bichocanastobichodecesto.htm" target="_blank">bichos canasto</a></em>, que no eran otra cosa que orugas con su cestito de palillos entretejidos con un finísimo hilo de baba. Buscábamos los más grandes. Cada uno de los niños elegía su campeón, y los disponíamos en una fila sobre la mesa. Entonces comenzaba la trepidante carrera de bichos canasto, que consistía en esperar pacientemente a ver cuál de los cuatro asomaba primero, y avanzaba algo arrastrándose, reptando sobre la mesa con el canastito a cuestas.</p>
<p>Sé que suena tremendamente aburrido, pero nosotros lo vivíamos con auténtica emoción. Vibrábamos esperando que alguno de los gusanos asomase el cuerpecito rechoncho por el agujero del cestito. Gritábamos y sacudíamos las manos. Festejábamos cada milímetro de avance con auténtica pasión. Y entre pitos y flautas, o salía el sol o una tarde lluviosa más se iba para siempre.</p>
<p>Esta mañana, Barcelona amaneció con lluvia. Me despertaron poco después de las siete las vocecitas de mis hijos discutiendo algo que no llegué a descifrar. Semidormido, me preparé un café y me senté en la terraza a ver llover. En seguida, los dos se acercaron. Como tantas otras veces, me pidieron que les contase una historia, y el olor fresco de la lluvia y la temperatura agradable recuperaron de mi memoria las apasionantes carreras de bichos canasto. Les relaté minuciosamente cómo revisábamos los árboles en busca de los corredores, cómo desprendíamos el cestito de la rama, con mucho cuidado para no lastimar a nuestro campeón, como discutíamos y negociábamos cada vez las reglas de la contienda, y cómo esperábamos con el corazón desbocado que alguno de los bichos se moviese aunque sea una milésima de milímetro. Les conté cómo, después del certamen, los devolvíamos a su ambiente sin lastimarlos, y cómo comentábamos los pormenores de la competición hasta la hora de la cena.</p>
<p>Ellos, atentos como siempre, escucharon cada palabra con los dos ojazos abiertos de par en par, intercalando cada tanto alguna pregunta, sonriendo cuando aparecían nombres conocidos, preguntando por otros tíos, riendo de cuando en cuando. Pero al finalizar la historia parecían algo decepcionados, como si no fuesen del todo capaces de hacer suya la emoción de las cuadrigas de bichos canasto.</p>
<p>Entonces pensé que solamente han pasado treinta años, y sin embargo los niños de hoy no tienen nada que ver con los niños que fuimos. Es cierto que son terriblemente más despiertos, inteligentes y agudos, pero es también tristemente cierto que, hagamos lo que hagamos los padres, nuestros hijos han sido picados por el insecto de la ansiedad. Ayer por la tardé les dí <em>danoninos helados</em>, y Daniel no se quería comer el final. Me decía:</p>
<blockquote><p>-       <em>Está bajo en grasa</em>.</p></blockquote>
<p>Y mientras me enseñaba el fondo del bote, entendí que la publicidad dice “<em>bajo en grasa</em>”, y él lo había traducido como “<em>la grasa está abajo</em>”. Los hemos transformado en eso, en animalitos publicitarios, en miembros activos de la sociedad de consumo y su biorritmo insoportable. Pensé también que, hoy por hoy, cuando un día amanece lluvioso, los padres cambiamos miradas asustadas, sintiendo auténtico pánico ante la perspectiva de un domingo de lluvia entero en casa con los niños. Ellos necesitan combustible, necesitan quemar emoción, necesitan todo ya, rápido, dinámico, cambiante, atractivo, de colores, con láseres.</p>
<p>Quizás los padres de ahora deberíamos hacer un esfuerzo y rescatar de nuestro pecho los niños que chapoteaban en los charcos, los que jugaban con bloques de madera, los que tenían las rodillas y las uñas sucias, los que atrapaban ranas con las manos, los que hacían carreras de bichos canasto; y entonces poder enseñarles a los niños de ahora un poco de paz, que la vida puede tener un ritmo más lento sin que por eso sea aburrida, que no hace falta que las cosas brillen, lleven pilas y tengan luces para ser atractivas.</p>
<p>Quizás vaya siendo hora de comenzar una cruzada, una nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>


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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-588" title="wallpapers-colores" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/wallpapers-colores-300x227.jpg" alt="" width="300" height="227" />Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el <em>Clarín</em> por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: <em>Boca Juniors</em>. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada <em>no es lo mismo</em> en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de <em>bocaditos Holanda, </em>y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena <em>Bombonera</em>, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la <em>Vuelta de Rocha</em>.</p>
<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>


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		<title>Mi Boca</title>
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		<pubDate>Sun, 09 May 2010 09:45:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-572" title="mi_boca" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/mi_boca.jpg" alt="" width="353" height="265" />Esta mañana, mi espejo me sorprendió. En lugar de duplicarme sobre el cristal azogado, como había hecho siempre, en vez de reproducir fielmente al niño de piel tersa que fui, o al joven de nariz medida y suave que creía ser, me mostró a un hombre cansado. Tenía el pelo revuelto por una noche de mal sueño. Los ojos agotados, sin brillo, enmarcados por una sombra oscura, y la piel de las mejillas desgastada por el paso frecuente de las cuchillas afiladas que me quitan los rastros de algo que nunca llegó a ser una barba, pero que es suficiente para enrojecer las caritas suaves de mis hijos cuando los beso.</p>
<p>Estaba medio dormido, pero un miedo irreverente me despertó sin sutilezas de ninguna clase. Asustado, me concentré en repasar cuidadosamente la imagen cruel que estaba frente a mí, mientras recordaba que, cuando cumplí veinte años, mi padre me dijo una vez: <em>“A partir de los veinte años, cada uno es responsable de la cara que tiene”</em>. Recordé también haber leído que un hombre sabe que ha empezado a envejecer cuando comienza a parecerse a su padre. Es un proceso lento, largo y suave, pero hasta en la pendiente más leve hay un punto a partir del cual te das cuenta de que no estás situado horizontalmente.</p>
<p><span id="more-570"></span>Desde que fui padre por primera vez, hace casi seis años ya, soy consciente de escucharme decir en voz alta las mismas frases que decía mi padre, y de ir dándome cuenta, de a trozos, cuánta razón tenía en muchos aspectos, y qué poca en otros. Es algo un poco mágico, porque no recuerdo haber decidido nunca sobre qué cosas acordar con él y en cuáles disentir, y sin embargo, cuando las ocasiones se presentan, emerge claramente una actitud, una respuesta, una decisión segura. No soy capaz de explicar el proceso, pero en ambos casos (cuando repito exactamente lo que decía mi padre y cuando digo lo contrario) soy perfectamente consciente de estar haciéndolo, y siempre, siempre, me parece absolutamente natural.</p>
<p>Después de esta pequeña digresión, volví a centrar mi atención en el espejo, para explorar mejor al hombre nuevo que tenía frente a mí, y solamente entonces reconocí al niño. Esperaba oculto en la mirada. Esfumados ya los últimos rastros del sueño, mis ojos habían recuperado su mirar habitual. Son dos círculos de color verde-grisáceo, que si se miran muy de cerca tienen pintitas pardas y un movimiento de magma errante. Hay algo en ellos que titila, y son mi recurso último cuando intento transmitir confianza o tranquilidad. Son capaces de sostener cualquier mirada, y aunque esa habilidad es entrenada y aprendida, su viveza original es patrimonio indiscutible de mi niñez.</p>
<p>Mis sienes llamaron entonces mi atención. Descubrí muchas nuevas canas restando brillo a mi pelo, opacándolo, quitándole la sensación fresca que solía tener. Lo repasé con cuidado con un cepillo, y entonces afloraron los reflejos que, a los veinte años, me gustaba provocar acomodándomelo con las manos, convencido de que ese gesto seducía y gustaba. Lo importante es que esos reflejos estaban vivos, presentes. Ya no asomaban constantemente, ofreciéndose para la guerra, sino que buscaban refugio entre mis canas, para proteger y tener siempre a mano los brillos caprichosos de mi juventud. Ya no son para seducir, sino para negarme a mí mismo la posibilidad de olvidar lo que fui, lo que soy.</p>
<p>Mi frente, agredida por diez años de agua europea, áspera y repleta de agentes abrasivos, se cruza de lado a lado por cuatro o cinco surcos definidos, profundos, que no llegan aún a ser arrugas, pero se erigen, sin dudarlo, en los cimientos donde esas arrugas que vendrán plantarán sus raíces. Son los anaqueles vivos en los que se atesorarán los testimonios de las batallas ganadas y de las perdidas, junto a las huellas indelebles de todas mis malas y buenas ideas. Y a pesar de eso, sigo reconociéndola como mi frente, la de toda la vida.</p>
<p>Mis cejas me sorprendieron especialmente. Solían ser dos líneas definidas, compuestas por pequeños pelos suaves, parecidos los unos a los otros, casi todos del mismo tamaño, ordenados, mirando siempre hacia el mismo lado. En su lugar encontré dos franjas gruesas de pilosidades alteradas, con un espíritu de maleza errante, una vocación perpetua de expresar raíces, arraigo, fortaleza, como si de alguna manera quisieran negar la evidencia de los años que pasan, y en lugar de conseguirlo, lo certifican.</p>
<p>Mi nariz, definitivamente, da sentido a todo el conjunto. Ya no es un porotito sonrosado en el centro de una carita iluminada. A sus costados, si se mira lo suficientemente bien, se descubren minúsculas venas rojas y azules. Su superficie se ha vuelto extremadamente más porosa, y por sus narinas se asoman en son de burla montones de pelillos negros que antes no existían. Parece una catástrofe, y sin embargo, vista en perspectiva, da carácter a mi gesto. No se puede dudar de que es la nariz de un hombre y no la de un muchacho, pero aún así me gusta.</p>
<p>Mis mejillas aparecen como tierra herida, agredida una y otra vez por el acero inoxidable de un arado constante, con la piel desmigajada, perforada por puntos negros y algunos blancos, también. Su tacto es áspero, sin recuerdos evidentes de niñez, sin rastros detectables de suavidad, y a pesar suyo, me muestran como soy ahora, con una imagen obtenida tras años y años de custodiar los flancos de mi rostro. Son altamente reconocibles, parte de mi identidad, y su aspereza no es otra cosa que el reflejo de la pérdida de la inocencia, la marca indeleble de los desengaños, y las cicatrices de los amores viejos y de los nuevos, también. Mis mejillas son como una bitácora viva de mi rostro.</p>
<p>Y en el centro y al sur de todo está mi boca. Mi Boca. Mis labios son gruesos, siempre lo fueron. Representan la fortaleza final desde la que custodio lo que pienso. Son el arma desde la que disparo mentiras, regalo verdades y prometo promesas. Son la superficie de intercambio de ideas y de adioses, la ventana última desde la que digo lo que quiero decir, y callo lo que quiero callar. Y lo más importante es que es Mi Boca, la boca con la que beso a las personas que quiero, los labios con los que dibujo una caricia sobre las personas de mi vida. Mi Boca es la síntesis de la cara que tengo – de la que soy enteramente responsable –, y es, sin lugar a dudas, la misma que de niño besó a mis padres, la que repitió hasta el cansancio las tablas de multiplicar y la lección de historia, la que cantaba el cumpleaños feliz, la que descubrió el sabor de la carne roja, la que besó por primera vez a una mujer, la que besa a mis hermanos en los reencuentros, la que se despide de mis amigos antes de las ausencias, la que encuentra el camino al corazón de las personas cuando la mirada lo pierde. Mi Boca es mía, y la comparto, cada vez que puedo, con las personas más importantes para mí. Por eso, cada vez que beso a mis hijos, lo hago con cuidado, con delicadeza y suavidad, directamente en los labios. Para dejarles saber, siempre en primera persona, la verdad única del amor absoluto y total que siento por ellos, mano a mano, boca a boca.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>


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		<title>El juicio de los Jueces y el inmenso orgullo de su Papá</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Apr 2010 09:40:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2010/04/la-libertad-ama-la-justicia-fd.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-556" title="la-libertad-ama-la-justicia-fd" src="http://pilux.files.wordpress.com/2010/04/la-libertad-ama-la-justicia-fd.jpg" alt="" width="300" height="358" /></a>Muchas veces pienso que algunas de las cosas que más nos hacen sufrir de niños se transforman luego en señas de identidad, en elementos constituyentes de nuestra personalidad, en las claves que nos hacen únicos. En mi caso, fui un niño muy tranquilo, que prefería leer a jugar a la pelota, y los juegos de naipes a los de contacto físico. Eso era raro para los demás niños, y durante toda la escuela primaria fue, para mí, razón de amargura infantil en muchas ocasiones. No pretendo sugerir que mi niñez fuese un calvario – nada más lejos de la realidad –, pero sí contar que, a raíz de tan extrañas y singulares preferencias, en los cumpleaños era de los últimos en ser elegido para cualquier juego de equipo que transcurriese en el plano físico, y era considerado <em>raro</em> en muchas ocasiones. Además, una facilidad natural para la lectura, la escritura y el lenguaje hablado me transformaron automáticamente en candidato a ser de los preferidos de las maestras, cosa que tampoco me sumaba puntos en la dura competición por ser el macho alfa de un grupo de niños de diez años, y me hacía también blanco favorito para burlas, insultos del más variado origen y significado y coscorrones rápidos en la fila del patio.</p>
<p>Solamente seis o siete años después de eso, cuando unos centímetros más de altura, el pelo largo, las boinas al estilo del <em>Che</em> y la plenitud de la adolescencia ya estaba instalada en mi vida, las mismas aficiones, los mismos gustos, la consecuencia inmediata de mis “rarezas” infantiles, me ayudaron a ganarme un espacio en el colegio secundario. Participé en política, trabajábamos haciendo una revista, no me iba del todo mal con las chicas, y hasta gané unas elecciones a delegado del consejo consultivo. Uno nunca sabe qué parte oscura de la personalidad puede esconder sus mejores armas.</p>
<p><span id="more-554"></span>Y ahora hagamos un ejercicio de fantasía. Imaginemos a un niño que iba a la escuela en España a mediados de los años sesenta. Imaginemos que ese niño era callado, en un país oprimido por una dictadura brutal. Yo lo imagino solitario, lector, extremadamente inteligente, lúcido, reflexivo y sensible. Probablemente blanco de las burlas de sus compañeros. Probablemente los maestros del régimen no lo apreciasen demasiado. Probablemente los padres de este niño sufrían por esas características de su hijo, probablemente intentaban hacer que cambie. Probablemente estaban orgullosos de él. Este niño tiene un profundo sentido de lo que está bien y lo que está mal. Y, lo que es más importante aún, este niño tiene su propio criterio a la hora de decidir lo que está bien y lo que está mal. Lo que le dicen sus maestros le parece bien a veces, le parece mal otras. Lo mismo le sucede con sus padres. Me lo imagino en la escuela secundaria, flaco y con gafas, profundizando sus lecturas, y seguramente también con conflictos acerca de lo que está bien y lo que está mal con sus profesores, con el discurso plagado de doctrina de los educadores franquistas.</p>
<p>Ese niño podría haberse llamado Baltasar Garzón. Desconozco su historia, pero no me resulta difícil imaginarla de esa manera.</p>
<p>Cuando comencé este blog, hace ya casi diez meses, hice en secreto un voto silencioso y personal: <em>No hablaría de política</em>.</p>
<p>Y ese voto no se debía a falta de convicciones ni de ideas. Ni siquiera de ganas. Simplemente se debía a que, como he dicho más de una vez y más de dos, considero que para hablar de ciertos temas es mejor que lo hagan quienes verdaderamente trabajan sobre ese ejercicio, dominan sus claves y están al día de la última información disponible. Yo pretendía crear solamente un espacio en el que, manoteando algunos recursos literarios que no se me dan mal, narrar cosas pequeñas, fragmentos de mi vida, emociones sueltas o agrupadas, pedacitos de lo que sueño, de lo que siento y de lo que me gustaría. No obstante, cada dos por tres se me escapa un contenido un poco más ideológico, porque es imposible dejar al margen de uno mismo aquello en lo que creemos de verdad.</p>
<p>Entonces, cuando siento que necesito hablar de algo así, como no soy un analista ni me dedico a esto, intento darle un enfoque personal, narrarlo desde el ángulo enteramente mío y auténtico, el que solamente se ve desde mi rincón del mundo, porque esta es la única manera en la que siento que soy capaz de aportar algo sobre un tema del que puede que ya esté todo dicho.</p>
<p>Hecha esta aclaración, continúo narrando lo que quiero narrar. Es algo que, más que sentir, vengo intuyendo que siento desde hace algunas semanas. Como todos sabrán, en España estamos – como sociedad, porque basta que suceda una cosa así para que todos los ciudadanos, por activa o por pasiva, seamos responsables – a punto de sentar en el banco de los acusados al juez Baltasar Garzón. Para más inri, coincidiendo con el juicio contra altos cargos del Partido Popular por corrupción, en el que este juez tuvo un papel protagónico durante la investigación. Como si esto fuera poco, los demandantes son miembros de la Falange. No puede ser peor. No voy a hacer un análisis político ni moral. Mi mirada es la de un ciudadano avergonzado de no estar protestando en la calle cuando uno de nuestros mejores hombres, reconocido internacionalmente por su integridad, independencia política y honestidad, es señalado con el dedo para crear cortinas de humo que le salven el culo a los auténticos culpables.</p>
<p>Mi mirada es, también, la de un padre. Parece ridículo, Garzón tiene casi veinte años más que yo, y ha demostrado que no necesita un padre, y mucho menos a mí haciendo las veces de. Simplemente imagino a los padres de ese niño, asombrados a diario por sus extravagancias, pero secretamente orgullosos de su singularidad. Imagino como paulatinamente, a medida que el niño crece y se hace hombre, el orgullo de sus padres aumenta y se desborda. Imagino la sensación de profunda injusticia, de vergüenza ajena y de dolor que esos padres pueden estar experimentando hoy.</p>
<p>Me pongo en ese lugar porque Pablo, mi propio hijo – afortunadamente en un contexto social mucho más moderno y menos prejuicioso con los niños que el de entonces – tiene sus señas de identidad, sus extravagancias y singularidades, que a veces me hacen sufrir por él, y otras sentir un miedo intenso y abstracto por su futuro, a la vez que me llenan de orgullo y me hacen reconocerme en él. Temo que sufra algunas de las cosas que yo sufrí, y deseo que sus recursos más genuinos le sirvan, como me sirvieron a mí, para recuperar la mejor versión de sí mismo en algún momento de su vida.</p>
<p>Hace tres días a mi hijo Pablo le regalaron una libreta pequeña con un bolígrafo. El primer día estuvo encantado con la libreta, jugando con ella, dibujando alguna cosa en sus hojas, trayéndola y llevándola. Al atardecer del segundo día, cuando él había vuelto de la escuela y yo abandonaba mi asiento de trabajar, me atajó, emocionado, en cuanto me vio entrar al salón.</p>
<p>-          ¡Papá! – dijo – Mira, he decidido empezar a escribir mi diario.</p>
<p>En sus ojos marrones resplandecían una ilusión nueva, una fantasía infinita y una determinación positiva. Me tendía la libretita, temblando por la emoción y sonriendo. Tomé la libreta, y la abrí por la primera página, para leer, con letras mayúsculas de niño, escrita con pulso tembloroso, una frase épica y reveladora:</p>
<blockquote><p>OIMELOEPASADOPIPA</p></blockquote>
<p>Lo felicité, emocionado, devolviéndole su diario. Al día siguiente se levantó temprano, y cuando lo alcancé en el comedor, me volvió a tender la libreta con orgullo, para invitarme a leer la segunda entrada de su diario:</p>
<blockquote><p>OIEDORMIDOMEGORQENUNCA</p></blockquote>
<p>No puedo evitar un nudo en la garganta cuando me reconozco tanto en él, ni un calorcito de orgullo, de fascinación por su autenticidad. Jamás lo incito a escribir. No le corrijo sus faltas de ortografía ni su estilo, porque me parece que un niño de cinco años debería estar haciendo otras cosas, pero puedo verme de niño a través de los trazos temblorosos de su caligrafía infantil, y entonces temo por él, al mismo tiempo que albergo grandes esperanzas para su futuro.</p>
<p>Yo no soy el padre de Baltasar Garzón. Soy el de Pablo y Daniel Firpo Molina, pero si lo fuese, me sentaría voluntariamente junto a él en el banco de los acusados, diciéndole que, junto a él, soy responsable de lo bueno y de lo malo, de lo que tenga en su interior que lo haya llevado a estar allí, y me declararía ante el juez y el mundo culpable. Culpable de estar – como estoy – orgulloso de mi hijo hasta el infinito. Culpable de sostener hasta el final las cosas en las que creo. Culpable de coherencia, de integridad y de hombría de bien.</p>
<p>Yo no soy el padre de Baltasar Garzón, pero me encantaría poder decirle que entiendo su orgullo de padre, y que nadie que lleve su apellido tiene ningún motivo para bajar la cabeza.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El teletrabajo del Padre de Arturito y los títulos de las películas</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Dec 2009 10:27:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Trabajar desde casa es lo mejor y lo peor a la vez. Al mismo tiempo y sin paliativos. Como viene siendo habitual en las últimas décadas, la incorporación de tecnología a la vida cotidiana nos trae enormes beneficios acompañados de una ingente cantidad de desgracias subyacentes originadas por el tiempo, la energía y la imaginación [...]


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<p>En mi caso particular, el bajo precio del ADSL, la crisis económica mundial producto de las hipotecas <em>subprime</em> y una tendencia difícilmente controlable hacia permanecer sentado el mayor tiempo posible, han traído a mi vida esta nueva maravilla del mundo moderno. Los beneficios son evidentes: Ahorro de tiempo, porque no paso dos horas diarias en el coche para ir y volver del trabajo, como antes. Ahorro de dinero, porque no como más en restaurantes a diario, y un consiguiente aumento del tiempo restante para dedicar a mi familia y a mis aficiones más oscuras, como la de atormentar a los internautas publicando artículos insufribles como éste.</p>
<p>Las desventajas, en cambio, tardan más en aparecer, son más difíciles de identificar claramente y, como la adicción a las drogas psicoactivas, son asimiladas lentamente como rasgos característicos de la personalidad, como si en vez de ser un mal hábito adquirido fuesen un mal congénito inevitable, una desgracia instalada en la tierra por un poder supremo o un mal premio obtenido en una tómbola benéfica.</p>
<p><span id="more-456"></span>Lo primero que se ve afectado es la higiene personal, sobre todo en los hombres, que tenemos una tendencia a adoptar rápidamente inercias negativas y perjudiciales para nuestro buen nombre y fortuna. Así las cosas, cuando en mayo de 2009 acepté trabajar desde casa, comencé a ver como mi impecable aspecto personal se degradaba rápidamente. Lo primero que hice fue dejar de ponerme zapatos. Como no veía a clientes ni personas respetables de ninguna clase, me parecían un accesorio innecesario para una vida cómoda, y el placer ancestral de caminar descalzo rápidamente dominó mis días. Luego, claro está y en consonancia con la falta de necesidad, dejé de afeitarme, porque para qué, total. Mis ciclos de afeitado se modificaron, de rasurarme al ras con una frecuencia de entre dos y tres veces por semana, a un podado mal hecho cada treinta y ocho días si es que me da la gana y el tiempo acompaña.</p>
<p>Lo siguiente fue – y en este aspecto no siento remordimiento alguno – desterrar definitivamente de mi vida a la pérfida y odiosa profesión de los peluqueros. Llevo diez meses sin pisar una peluquería, y entonces es cuando uno empieza a entender la diferencia entre dejarse el pelo largo y simplemente no cortárselo. Los primeros tienen una idea clara sobre su cabeza, mientras que los segundos tenemos un desorden incontrolado de pelo que hace su vida sin que nadie lo moleste, creciendo caprichosamente para donde le da la gana.</p>
<p>Pero la progresiva erosión de las buenas costumbres no se detiene ahí, porque mientras que cuando iba diariamente a una oficina era incapaz de salir de mi casa sin ducharme, y solamente me concedía un descanso uno de los dos días del fin de semana, totalizando así seis duchas semanales como mínimo, desde que trabajo en casa este fue uno de los hábitos más duramente perjudicados, reduciéndose hasta en un cincuenta por ciento. No salgo, no sudo, no me muevo, no me ensucio, ergo no me ducho, y entonces mi mujer me persigue a los gritos por toda la casa, enviándome a bañarme como a los adolescentes, pero peor, porque yo le hago menos caso.</p>
<p>Así las cosas, en poco más de ocho meses experimenté una metamorfosis que, en lugar de convertir a la oruga en mariposa funcionó al revés, y el destacable hombre de negocios, siempre de traje y corbata, siempre impecable, con el pelo y las uñas cortos y cuidados, ha cedido paso a un aborigen salvaje, una especie de <em>hippie</em> de la tecnología, sepultado e irreconocible bajo una mata de pelo descuidado y con unos hábitos de higiene y convivencia que dejan mucho que desear. Por suerte me sigo lavando los dientes.</p>
<p>Y desde que teletrabajo, claro está, paso mucho más tiempo en casa – a decir verdad, salgo lo imprescindible, creo que estoy a punto de sufrir atrofia muscular en el 85% del cuerpo, excluyendo las funciones motoras de los dedos (teclear en el ordenador) y del habla – y, por lo tanto, mis hijos se han acostumbrado a que estoy siempre presente, siempre encerrado en la habitación que uso de despacho. Si a eso le sumamos que los sábados y los domingos utilizo toda la mañana para escribir, la situación de uno de ellos abriendo mi puerta y recibiendo la frase: <em>“Papá está trabajando, ve a jugar al salón”</em> se produce un número impar de veces al día con cada uno.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/4541-450x-r2_1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-461" title="4541-450x-r2_1" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/4541-450x-r2_1.jpg?w=300" alt="" width="300" height="200" /></a>Y antes de continuar, me voy a permitir una breve disgregación que viene al caso. Si bien está claro y es indiscutible que la industria cinematográfica y televisiva en España nunca tuvo nada parecido al sentido del ridículo, y desde tiempos inmemoriales encadenan una herejía tras otra en la traducción de los títulos de las películas, a veces los argentinos también nos hemos cubierto de gloria en este campo. Así, mientras la inmortal <em>After Hour</em> en Argentina se llamó <em>Después de hora</em> – traducción, a mi entender, bastante decorosa – en España la titularon <em>“¡Jo, qué noche!”</em> y se quedaron tan anchos. Presumiblemente fueron los mismos psicópatas que bautizaron <em>Gustavo</em> a la <em>Rana René</em>, luego de designar como <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Muppets" target="_blank">Teleñecos</a></em> a los <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Muppets" target="_blank">Muppets</a></em> y quedar impunes de tal atrocidad. La lista es interminable, pero cada vez que sale el tema, mi mujer me hace callar la boca recordándome que en la primera traducción de <em>La Guerra de las Galaxias</em> que se hizo en Argentina, el mítico y simpático robot <em>R2D2</em> se llamó <em>Arturito</em>, y su dorado amigo, en lugar de <em>C3PO</em> fue bautizado como <em>Citripio</em>, debido a una horrorosa y atroz disfunción fonética de quienes tradujeron el filme. Desde que le conté esto, cada vez que me quejo de una traducción, Gloria me dice <em>“Cállate, Arturito”</em>, y el decoro, la ética y la vergüenza ajena me impiden seguir discutiendo.</p>
<p>Ahora que la familia en pleno está embarcada en el <em>revival</em> de <em>La Guerra de las Galaxias</em>, mis hijos hablan sobre ella y juegan a menudo a representar sus personajes. Tenemos un <em>R2D2</em> de aproximadamente veinticinco centímetros de alto, y otro exactamente igual que no supera los ocho.</p>
<p>Hace unos pocos días Daniel, que apenas tiene los tres añitos, jugaba solo, como hacen los niños cuando están en su mundo y creen que nadie los ve ni escucha. Tenía los dos <em>Arturitos</em> en sus manitas pequeñas, e imaginaba conversaciones y situaciones entre ellos. Yo observaba, enternecido, desde el quicio de la puerta, y escuchaba sus idas y venidas. No tardó en personificarlos como <em>“el papá”</em> y <em>“el hijito”</em>. Entonces, justo en ese momento en el que empezaba a sentirme orgulloso y emocionado a causa de que incluyese a su padre en las fantasías de juego, sus dos <em>R2D2</em> mantuvieron la siguiente conversación:</p>
<blockquote><p>-          Hola Papá.</p>
<p>-          Hola Hijo.</p>
<p>-          ¿Vamos a jugar?</p>
<p>-          No, vete, ahora estoy trabajando.</p></blockquote>
<p>Mi posición de convidado de piedra me había jugado una mala pasada, y no atiné más que a volverme a mi habitación / despacho invadido por mi ancestral sentimiento de culpa judeocristiana – a la que, dicho sea de paso, le importa un pito que yo me declare ateo – a sentarme frente al ordenador, sin poder evitar preguntarme, una y otra vez:</p>
<blockquote><p>-          <em>¿Y no será que el padre de Arturito trabaja demasiado?</em></p></blockquote>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><a href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F12%2F20%2Fel-teletrabajo-del-padre-de-arturito-y-los-titulos-de-las-peliculas%2F&amp;linkname=El%20teletrabajo%20del%20Padre%20de%20Arturito%20y%20los%20t%C3%ADtulos%20de%20las%20pel%C3%ADculas"><img src="http://static.addtoany.com/buttons/share_save_256_24.png" alt="Share" /></a></p>


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		<title>Ideología (versión remasterizada)</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Dec 2009 07:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Seguramente <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/26/ideologia/" target="_blank"><em>Ideología</em></a> en su versión original fue uno de los textos de este blog que más gustó y más éxito tuvo. Personalmente creo que no sin razón. A mí también es uno de los textos que más me gusta. Por este motivo lo seleccioné para ser publicado en una revista digital el año que viene. A causa de esa publicación inminente, el texto fue corregido &#8211; creo que mejoró bastante &#8211; e ilustrado por la artista Gabriela Sennes. La razón principal por la que lo vuelvo a publicar aquí es porque creo que la ilustración, que me llegó esta mañana, es preciosa y le hace muchísima justicia al texto, así que no pude resistir la tentación de volver a publicar el artículo. Espero que quienes ya lo hayan leído disfruten de su relectura, y quienes lo lean por primera vez estoy seguro de que también lo disfrutarán. ¡Muchas gracias Gaby!</p></blockquote>
<div id="attachment_448" class="wp-caption alignright" style="width: 370px"><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/ideologia_by_gabriela_sennes.jpg"><img class="size-full wp-image-448 " title="Ilustración original de Gabriela Sennes" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/ideologia_by_gabriela_sennes.jpg" alt="Ilustración original de Gabriela Sennes" width="360" height="565" /></a><p class="wp-caption-text">Ilustración original de Gabriela Sennes</p></div>
<p>Desde chico, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde que formaba un lazo. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suave al tacto, mirándome con dos enormes ojos profundos y alegres. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la acurrucaba en el nacimiento de mi cuello, donde se quedaba durante horas al calor de mi niñez. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, de construir un planeta un poco más cuerdo, un poco más justo, un poco menos disparatado. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás, me recordaba mis privilegios, la suerte cotidiana de un plato de comida caliente en la mesa, de una familia orgánica y funcional, de la presencia del amor en mi vida.</p>
<p>Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener buenos sueños. Cuando aparecía un mal sueño, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor, me invitaba a ser parte de una conjura contra el mal de este mundo.</p>
<p>Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres se negaron. “<em>Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”</em>, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Fue ella, mi ideología, la que me llamó a desobedecer, así que no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, satisfecho por el cosquilleo agradable que me hacía su contacto en la piel, agarrándose con sus pequeñas y  suaves manos, rematadas por dedos de uñas romas.</p>
<p>Durante el transcurrir de la mañana me di cuenta de que mi ideología me hacía un niño mejor. Ese día presté mis lápices, no peleé con los demás, y en el recreo, persuadido por ella, decidí compartir las cuatro galletas que llevaba con tres niños que no eran amigos míos, de esos con los que nadie quiere jugar y que siempre están solos en un rincón del patio, mirando cómo juegan los otros, sabiéndose excluidos por ser diferentes. En un acceso de amistad repentina, los invité a mi cumpleaños, a pesar de que no sería hasta varios meses después. Regresé a casa sintiéndome bien, totalmente convencido de que su presencia en mi vida solamente me traería alegrías, la opción diaria de sentirme mejor conmigo mismo.</p>
<p><span id="more-445"></span>Desde entonces nos hicimos completamente inseparables. Bastaba que me vistiese para que ella se me trepara a un bolsillo, dispuesta a venir conmigo a donde fuese. Yo se lo permitía, porque cuando ella estaba cerca me sentía seguro, y mucho mejor que cuando no lo estaba. Nos hicimos socios de juegos, camaradas de travesura, compinches incondicionales para cada cosa que me tocaba vivir.</p>
<p>Llegamos a la adolescencia juntos, casi al mismo tiempo. A ella le salieron unas tetitas incipientes, se le estilizó la figura, se le llenaron los labios y se volvió apasionada y luchadora, generosa con las palabras y siempre dispuesta a regalar consuelo. A mí no me salía la barba, pero por suerte perdí la voz de pito y los demás dejaron de confundirme con una niña, a pesar de llevar el pelo muy largo. Entonces nos preocupábamos mucho por todo el mundo, participábamos en política estudiantil y estábamos – mi ideología y yo – convencidos de estar construyendo un mundo mejor, de estar llamados y destinados a encabezar una rebelión que trajese por fin justicia, una revolución en toda regla.</p>
<p>Una vez nos enfrentamos con la policía, y cuando el escuadrón antidisturbios cargó contra doscientos cincuenta adolescentes temerosos como si fueran mercenarios en pie de guerra, mi ideología y yo nos asustamos mucho. Ella más que yo. Se escondió debajo de mi cama y se negó a salir durante varios días. Recuerdo que fue la primera vez que, juntos, nos preguntamos para qué todo esto, si valía la pena recibir palos en nombre de una guerra que parecía perdida antes de empezar. Al final la convencí, y organizamos una manifestación de protesta que una semana después convocó a varios miles de estudiantes. Al volver a casa, después de esa segunda manifestación, solos en la penumbra de mi habitación la miré con detenimiento, y me di cuenta de que ya era una mujercita. Los labios asomaban entre su pelaje blanco, más rojos que nunca, y sus pintitas de colores estaban en flor. Su rostro estaba serio, pero terriblemente hermoso, y en su mirada podía adivinarse el brillo inmaculado que solamente tienen quienes verdaderamente creen en algo. También descubrí sus primeras cicatrices. Una marca muy fea le cruzaba el pecho y parte del vientre, pero la llevaba con orgullo y elegancia.</p>
<p>Cuando terminé la escuela secundaria, contaba los años por desengaños amorosos y políticos. La Argentina se ultraliberalizaba y yo ampliaba mis horizontes hacia nuevas experiencias vitales. Entonces comencé a no llevarla conmigo siempre que salía de casa, como había hecho toda la vida, sino solamente algunas veces. Cuando me veía con amigos, fumaba porros y me emborrachaba, no la invitaba a venir conmigo. Cuando salía con alguna chica tampoco la traía. Su salud desmejoró. El pelaje blanco perdió brillo, y todas las pintitas de colores vivos de antaño se volvieron de ceniza oscura. Sus cicatrices eran más evidentes que nunca. Ahora le trazaban rutas de dolor en la espalda y en las piernas, pero yo, sin embargo, me sentía intacto.</p>
<p>Después llegó la vida casi adulta. Mi cabeza estaba lo suficientemente separada del suelo como para sentirme <em>grande</em>. Empecé a trabajar para una poderosa corporación multimedios, y comenzó a interesarme seriamente el dinero y los modales recios que lo acompañan. Me compré tres trajes y ocho corbatas de colores serios, y por esos días la guardé de nuevo en la misma cajita de cartón en que me la habían regalado. Puse la caja en lo más alto del armario. Así pude evitar el asco subyacente que me producía la mecánica laboral en la que estaba metido, y dedicarme a crecer profesionalmente. Por primera vez en muchos años, recuperé para mí el hueco junto a mi pecho que antes ocupaba mi ideología de toda la vida, y pude llenarlo de ambición, un coche y televisión por cable. Me fue muy bien. No hice dinero porque trabajando para otros no se hace dinero, pero hice ganar mucho dinero a mis jefes, y me sentía contento y orgulloso de mí mismo. Sin remordimientos ni miradas reprobadoras.</p>
<p>Algunas veces, los domingos por la tarde, solo en mi departamento de soltero, mientras rumiaba silenciosamente la resaca poderosa del fin de semana, recordaba la caja en lo alto del armario, y me sentía tentado de abrirla y tener una conversación seria con ella, pero en seguida me invadía como un torrente la culpa violenta de quien se sabe en falta, y me daba cuenta de que no podría soportar su mirada decepcionada, y mucho menos el perdón absolutorio que estaba seguro de conseguir. Entonces me refugiaba en la televisión. Por suerte, los domingos por la tarde siempre se podía confiar en que un buen partido de fútbol acudiese al rescate, armado de un poco de anestesia.</p>
<p>Cuatro años más tarde, con tres úlceras a cuestas y seis trajes más en mi guardarropa, me sentí agotado. Entonces decidí irme a vivir a España. Fueron momentos difíciles, porque desarmar una casa y una vida, por más que se haga con ilusión, es algo que siempre duele. Revolviendo papeles viejos y trasvasando cajas y cosas acumuladas durante años y varias mudanzas, apareció la cajita de cartón que me habían regalado mis padres. La abrí, con una mezcla amarga de nostalgia, temor y remordimiento, y dentro, contra todo pronóstico, mi ideología seguía viva. Estaba muy desmejorada, eso sí. Se le había caído bastante pelo, y en los claros irregulares entre su pelaje, se adivinaba la piel de un color rosado pálido medio enfermizo, los ojos sin brillo y los labios no tan besables como antaño. Quise acariciarla, pero estaba dolida y ofendida. Por primera vez desde que me la habían regalado, me enseñó los dientes y un gruñido de rabia, así que cerré la caja con un enorme sentimiento de culpa. En el proceso de guardar en cajas lo que no podía traerme a Europa, tuve una duda mortal: ¿La dejaba o la traía? Pensé que hacía tanto tiempo que no la utilizaba que no valía la pena cargar con el peso, porque los dueños de los aviones no entienden nada de recuerdos ni de nostalgia, y mucho menos de buenas ideologías heredadas de los padres de uno. Al final, la certeza de que, aún maltrecha y desmejorada, era el mejor regalo que mis padres me habían hecho, decidí traerla.</p>
<p>Una vez instalado en Barcelona, la cajita fue a parar al fondo de un armario nuevamente, y, ocupado como estaba en abrirme paso en el primer mundo, la olvidé sin culpas.</p>
<p>Luego conocí a Gloria, y un poco de tiempo después llegó el primer embarazo. Pablo nació al principio de un verano caluroso y feliz, durante el que vivíamos temporalmente en Málaga, nuevamente invadidos de cajas de tantas y tantas mudanzas. La primera vez que lo tuve en brazos mi mundo entero tembló, y mi sistema de creencias se tambaleó para volver a afirmarse completamente sobre una simiente nueva. Al ser padre no se puede evitar aprender a sufrir por toda la injusticia contra los niños que hay en este mundo.</p>
<p>A final de ese año nos volvimos a vivir a Barcelona, y volvimos a abrir las cajas tantas veces mudadas y vueltas a mudar. Recuerdo que había armado la cuna de mi hijo, y estaba en su habitación, cubierto de polvo y cansado por el esfuerzo. Había vaciado una caja y me disponía a plegarla para tirarla a la basura, cuando advertí que en el fondo quedaba la cajita de cartón de color madera. Preguntándome cómo habría llegado allí, estiré las manos y me la puse sobre el regazo, temblando, asaltado por una emoción nueva y desconocida. Temí que al abrirla mi ideología estuviese muerta, o que se hubiese transformado en un animal herido, que me saltase a la cara con intención de herirme, con toda razón. En contra de mis malos augurios, cuando desanudé la cinta verde, no la vi como esperaba verla, según la imagen mental de ella que había ido fraguando a lo largo de los años, inconscientemente, sino que la encontré como era cuando me la regalaron, un ovillo blanco brillante y peludo, con sus pintitas de colores renacidas y dos ojazos tiernos y dulces. El corazón me latió fuerte, impulsando una ola de sangre nueva que me navegó las venas como un viento profético. La tomé entre mis manos, sintiendo como ella temblaba de emoción, y la acerqué a mi cara, como tantas otras veces, pero esta vez con lágrimas en los ojos. Ella estiró sus manos pequeñas y suaves, y sin dejar de mirarme a los ojos, recogió en el hueco formado por sus manos una lágrima mía y se lavó lentamente la cara, sacudiéndose las gotitas con un movimiento de cabeza. Después me besó en una mejilla. Me levanté, apretándola suavemente contra mí, y aún con el sabor salado en los labios la deposité suavemente en la cuna de Pablo. Vi que ya no tenía ninguna cicatriz, y que su cuerpo era nuevamente cuerpo de niña. Ella me miró, sonrió y se hizo un ovillo junto al cuello de mi hijo.</p>
<p>Ahora Pablo tiene cinco años, y no se separa de ella para nada. Está saludable y crece otra vez fuerte y bonita como nunca. Pablo no deja que nadie la toque, porque la ha hecho enteramente suya, y a mí me parece bien. Yo hago como si no supiese de su complicidad, ni que la lleva a todas partes como hacía yo. A veces cuando finjo no enterarme, intuyo que mi padre me hacía un juego parecido, para permitirme así conquistarla por pleno derecho y no por la fuerza de un legado. No le hablo de ella, pero observo en segundo plano todo lo que viven juntos. Algunas noches, cuando Pablo duerme y Gloria no me ve, me acerco sigilosamente a su cama y la tengo un rato en mis brazos. Nos miramos profundamente a los ojos, y ya no hacen falta palabras entre nosotros. No quedan heridas abiertas. Simplemente sabe que confío plenamente en ella para que enseñe a mis hijos a ser buenas personas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>


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		<pubDate>Tue, 08 Dec 2009 09:42:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p>Soy como un observador que carece de la información genética necesaria para interpretar el fenómeno. Estoy inserto en un grupo humano que funciona durante diez meses y medio con relativa normalidad, siguiendo unos patrones de comportamiento y respetando el dictamen irrevocable de un sinnúmero de estadísticas que a veces, en lugar de revelarnos cómo nos comportamos, nos dicen cómo <em>debemos</em> hacerlo.</p>
<p>Entonces, de repente, al acercarse el final del año y sin previo aviso, los emporios comerciales dan el pistoletazo de salida, y comienza el período navideño, que al igual que el desgaste de los polos o las temperaturas medias de la superficie terrestre, desde mi niñez hasta hoy, esta época de crisis colectiva se ha ampliado a razón de cinco o seis horas anuales: antes la navidad duraba dos semanas. Hoy, ya estamos en el mes y medio, y dentro de trescientos años se prevé que dure catorce meses al año, superponiéndose de un año para otro y generando una escasez mundial de juguetes, frutos secos, turrones y muérdago de plástico que llevará a la crisis economía mundial, definitiva y total, que acabará para siempre con la especie humana.</p>
<p><span id="more-432"></span>Para más inri, crecí en un país en el que la navidad se celebra con cuarenta grados de calor, y como se trata de una tradición inamovible, regida por leyes divinas que nadie se atreve a contravenir, nos pasábamos dos o tres semanas desparramando nieve fingida en árboles de plástico, venerando a un macaco rojo y barbudo que nunca nadie supo explicar de dónde había salido, enchufando lucecitas de colores que olían a plástico quemado, y comiendo pavo y turrón y almendras y nueces y bellotas, víctimas de una serie de severas indigestiones y padeciendo un constante exceso de consumo calórico y aún así, haciendo gala de una completa carencia de sentido del ridículo, mirábamos películas invernales y jugábamos a imitar la risa gutural del gordo rojo: <em>Ho ho ho ho!</em></p>
<p>La completa ausencia de fervor religioso en el seno de mi familia completaba el cuadro de confusión general, porque no se hablaba de la tradición, ni de la Virgen María, ni del niño Jesús ni nada de eso. Simplemente <em>“era navidad”</em> y ya está. Entonces los niños observábamos ese repentino giro en las costumbres de mis padres con sorpresa y desconcierto, pero sabiendo como sabíamos, que en la culminación del proceso caían regalos, elegíamos no preguntar demasiado, por si las moscas.</p>
<p>Algunos años después, cuando me hice adulto, la cosa no hizo más que empeorar. No solamente me quedaba fuera del sentimiento colectivo por falta de raíces cristianas, sino por convencimiento personal. Empecé a detestar la última quincena de diciembre, hasta el día treinta, porque la fiesta de año nuevo siempre fue de mis preferidas, mucho menos encorsetada, menos comercializada, menos encerrada en símbolos que no me identifican. Para colmo de males, hace diez años me vine a vivir a Europa, y entonces, a la desazón propia de detestar la fiesta, de estar lejos de la familia y los amigos, se sumaron el desencanto, la indignación y la vergüenza de observar y ser parte de un despilfarro grotesco y absurdo cimentado en la opulencia económica. No es que en la Argentina no sea vergonzoso y disparatado el consumo rabioso de la navidad, pero en Europa la cosa se dispara hasta un límite que supera la imaginación. Las montañas de regalos, las fortunas que gastan los ayuntamientos en llenar las ciudades y los pueblos con – literalmente – millones de lucecitas de colores y motivos navideños, el derroche de energía y la campaña de consumo son completamente babélicos, disparatados, desmesurados y vergonzosos en un continente que se ufana públicamente de preocuparse por la pobreza del tercer mundo y comprometerse con el medio ambiente y la ecología.</p>
<p>Pero todo guerrero tiene su Talón de Aquiles, y el mío, sin lugar a dudas, y sin caer en el despropósito común de utilizarlos como explicación y excusa de algunos de los más sonados disparates del mundo de los adultos, son mis hijos. Cuando son muy pequeños, digamos hasta los tres años, la navidad les resbala como la baba que se les cae de la boca. Ni la entienden, ni les importa, y los adultos nos frustramos viendo cómo, tras sepultarlos bajo una montaña de regalos que los supera en altura, volumen y peso, los niños prefieren jugar con el papel roto de los envoltorios, y casi ni se dan cuenta de que su patrimonio personal se ha visto incrementado considerablemente.</p>
<p>Pero después, cuando son un poquito más grandes, conseguimos convencerlos, y entonces esperan la navidad con ilusión y con verdadera ansiedad. Nosotros llenamos la casa de motivos navideños, y aprovechamos al vuelo la ocasión para el chantaje: <em>“Mirá que los reyes están viendo todo, y si no comés no te van a dejar regalos”</em>, decimos, apuntando con el dedo al pesebre en el que los muñequitos observan con sus miradas petrificadas el despropósito.</p>
<p>Hace un par de navidades, en los días previos a la nochebuena, estábamos un día jugando en una plaza con Pablo y Gloria. Éramos piratas, y él, un héroe espadachín con una vara de sauce. Unos bancos de piedra eran la borda del barco, y corríamos y saltábamos, disfrutando del juego.</p>
<p>Pablo, que por entonces aprendía a saltar desde la sorprendente altura de cuarenta y cinco centímetros, estaba de pie sobre el banco de piedra. Con un gesto atlético y osado, saltó hacia dentro de mi bajel, gritando a voz en cuello:</p>
<blockquote><p>-          ¡Al reportaje!</p></blockquote>
<p>Acto seguido, con valor y gallardía, apuntó su vara de sauce al centro de mi pecho, sin poder evitar que se flexionase ligeramente, pero sin perder por eso su estampa de héroe rescatando a su dama de los malvados piratas. Me miró fijamente a los ojos, y por primera vez en su vida, me amenazó:</p>
<blockquote><p>-          ¡Te mataré&#8230; Bellota!</p></blockquote>
<p>Sus ojitos marrones eran luz y fuego, eran ilusión infinita y, sobre todo, felicidad. Entre risas, lo abracé y lo besé, cosa por supuesto impropia de un auténtico y malvado pirata, me explicaba él intentando zafarse del abrazo para continuar el combate. Ese día entendí que había perdido una batalla conmigo mismo, entendí que a pesar de no estar de acuerdo, que a pesar de no creer y a pesar de la vergüenza y el despilfarro, un solo instante de ilusión en los ojos de mis hijos es suficiente para motivarme a celebrar la navidad, el hanuka y hasta un ritual de sacrificio umbanda, si hace falta. Ojalá sea capaz de encontrar el equilibrio entre alimentar esa ilusión y mantener la cordura y la coherencia.</p>
<p>Ojalá fuésemos capaces, entre todos, de garantizar, al menos una vez al año, y sin importar lo sagrado de la ocasión, un brillo de ilusión genuino en los ojos de cada niño del planeta. Ojalá pudiésemos crear una forma menos vergonzosa, menos opulenta y menos despilfarradora de regalarle ilusión a nuestros hijos, como por ejemplo, jugar con ellos con los trozos de papel de colores, en lugar de enseñarles el aprecio por el valor de los juguetes.</p>
<p style="text-align:right;"><em>Feliz navidad para todos.</em></p>
<p style="text-align:right;"><em>Aprendiz de Brujo.</em></p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Charlas de Hombre a Hombre II: Un nuevo enfoque</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 16:17:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-410" title="LukeVaderEndor" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/lukevaderendor.jpg?w=300" alt="" width="300" height="213" />Recordarán quienes sigan las vicisitudes de la accidentada vida emocional de mi hijo Pablo (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/09/02/charlas-de-hombre-a-hombre/" target="_blank">Charlas de Hombre a Hombre</a> </em>y <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/09/06/charlas-de-mujer-a-mujer/" target="_blank">Charlas de Mujer a Mujer</a></em>), que dejamos el relato de sus tribulaciones amorosas en el álgido punto en que su pretendida, acosada por el ímpetu seductor de más de dos y de más de tres pequeños romeos, se decidía por el que la atacaba menos, y le enseñaba el intrincado y fascinante mundo de los gusanos de tierra.</p>
<p>Ensombrecido por la derrota, Pablo eligió el camino que tantas veces nos hemos prometido algunos a nosotros mismos: <em>“Nunca más me voy a enamorar de nadie”</em>. Simplemente lo decidió y ya está, de un día para otro, Celia quedó borrada para siempre de su dolorido corazón.</p>
<p>Nosotros, como padres modernos y sin prejuicios que somos, siempre le hemos dicho a Pablo que se pueden casar también hombres con hombres y mujeres con mujeres, y que, llegado el caso, pueden adoptar niños. Así que rápidamente halló la solución definitiva y perfecta para su mal de amores:</p>
<p><span id="more-409"></span>-          Papá, ya lo decidí: me voy a casar con el Alex. – es su mejor amigo y compañero de clase.</p>
<p>-          ¿Sí? – pregunté, sorprendido.</p>
<p>-          Sí, total, vamos y buscamos un niño de ésos, y ya está.</p>
<p>-          Vale, me parece perfecto.</p>
<p>Durante varias semanas mantuvo esa postura. El tema salía con relativa frecuencia, y él ya hacía sus planes. Dado que su intento previo de hacerlo su hermano y traerlo a vivir a casa había fracasado repetidas veces frente a nuestra negativa y la de los padres de Alex, había decidido que ni bien pudiesen irían a vivir juntos: vida resuelta. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que una tarde de sábado, mientras perréabamos toda la familia en el sofá, a Gloria y a mí nos dio por besarnos (cosa que por otra parte hacemos con frecuencia y que los niños habían visto ya miles de veces). Algo llamó la atención de Pablo, y preguntó:</p>
<p>-          ¿Por qué os besáis?</p>
<p>-          Bueno&#8230; porque somos novios, y los novios hacen eso: se besan.</p>
<p>-          Ah&#8230; ¿Todos los novios se besan?</p>
<p>-          Claro. Mira, por ejemplo tú, si te vas a casar con Alex, tendrás que dormir con él y darle besos en la boca, como todos los novios.</p>
<p>Primero puso cara de incredulidad, pero la seriedad mía y de su madre le confirmaron que se trataba de una verdad como un templo: <em>Los novios se besan en la boca</em>. Entonces su carita se contrajo y los planes de las últimas semanas quedaron instantáneamente desbaratados con una sola exclamación:</p>
<blockquote><p>-          ¡¡¡¡¡Qué asco!!!!!</p></blockquote>
<p>Su futuro estaba nuevamente oscuro. La boda se suspendió para siempre en el mismo momento en el que supo que entre sus deberes conyugales se encontraba la pernoctación conjunta y el intercambio salival. De nuevo estábamos como al principio&#8230; ¡Cinco años y el pescado sin vender!</p>
<p>Pero el cerebrito inquieto de mi joven <em>padawan</em> no se detiene nunca. Durante los días siguientes a la fatídica conversación durante la que descubrió algunos oscuros secretos de la vida matrimonial, Pablo dedicó largas horas de plaza a mantener cónclaves secretos con Alex y tres miembros más de la cofradía, llamémosles, como siempre, para mantener su anonimato, Xavi, Jorge y Pedro. Sabiendo que tramaban algo, ayer, después del baño, aproveché que estábamos solos, mientras lo secaba y vestía, y le dije:</p>
<p>-          Ahora que no nos escucha mamá, cuéntame: ¿Te gusta alguna chica?</p>
<p>-          No, papá. ¿Por qué siempre quieres que me guste alguna niña? – se enfadó, con toda razón.</p>
<p>-          No, no, no quiero que te guste alguna. Te lo pregunto para saber, para que hablemos de hombre a hombre.</p>
<p>Inmediatamente reconoció el santo y seña de las secretas confesiones masculinas, y sus ojos se iluminaron instantáneamente con ese brillo de travesura y confidencia que solamente los niños logran de manera auténtica. Entonces me abrió su corazón.</p>
<p>-          No, papá. Ya lo tengo todo decidido. Yo, Alex, Xavi, Jorge y Pedro no nos vamos a casar nunca. Vamos a vivir todos juntos en una casa sin novias, donde no pueden entrar las niñas.</p>
<p>-          ¿Ninguna mujer?</p>
<p>-          No.</p>
<p>-          ¿Y qué van a hacer?</p>
<p>-          Vamos a hacer fiestas. Tú podrás venir, y mamá también. Todas nuestras mamás y nuestros papás podrán venir, pero las otras niñas no.</p>
<p>-          Pero Pablo, me parece que cuando sean más grandes van a querer que vayan niñas a las fiestas.</p>
<p>-          No. Ninguna niña.</p>
<p>-          Pero se van a aburrir todos los chicos solos en la casa.</p>
<p>-          No nos vamos a aburrir. Vamos a jugar a todas las cosas que las niñas nunca quieren jugar.</p>
<p>-          ¿Y los otros chicos que tengan novia?</p>
<p>-          Pueden venir, pero tienen que dejar a las novias abajo.</p>
<p>Llegado este punto de la conversación, no pude más que reírme en silencio, para no herirlo, y tuve claras dos enseñanzas de su corazoncito infantil, que son tan obvias que a veces no nos paramos a pensarlas. La primera es lo mucho que el amor tiene de exclusión. Al final importa poco si es un niño, una niña o varios: el asunto es tener un núcleo fuerte de vínculos en los que el resto del mundo queda fuera. De alguna manera él intuye que los seres humanos siempre necesitamos pertenecer a algo especial. Los afortunados encuentran el amor, y si son muy afortunados (como en mi caso particular) uno o dos amigos con los que tener algo tan especial y único que una frontera invisible lo separa del resto de nuestro universo afectivo. La segunda fue que el amor, cuando es verdaderamente puro, como en el caso de los niños, no se detiene a considerar detalles como el sexo o <em>lo que debe ser</em>. Pablo ama verdaderamente a su amigo Alex, y quiere compartir su vida con él. Pongamos las dificultades que pongamos los adultos, él encontrará siempre su camino, y aunque no sea un camino posible, será un camino verdadero.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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