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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; Acerca de las cosas pequeñas</title>
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		<title>La fragilidad de los sueños</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Nov 2011 10:14:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>A pesar de eso, a pesar del tópico y a riesgo de parecer vencido por él, hoy quiero hablar de soñar despierto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo hago desde muy niño, sin falsos pudores ni orgullos injustificados. Lo hago sin jactancia y sin humildad, sin planificación ni estrategia, a los tumbos, desde un rincón oscuro en el que, solamente a veces, soy capaz de imaginar una vida sin sueños; y entonces, amenazado por un pánico atroz, me entrego a las fantasías más absurdas. De niño fueron, cómo no, héroes y dragones, hazañas mitológicas de desenlace incierto, poderes obvios y fuerza descomunal, pero fueron también diálogos imaginarios, amigos invisibles y vuelos de órbita baja, siempre con una capa roja flameando al viento. Fueron lugares ignotos, pasados y futuros diferentes, amores vencidos que renacían y dolores que, en el sueño, nunca había sentido.</p>
<p><span id="more-1175"></span>Después, de adolescente, los sueños se diversificaron. Algunos, los de hazañas legendarias y repartir justicia, permanecieron allí, no sin cierta vergüenza y bajo el secreto más absoluto, protegidos por un manto de pudor. Pero se abrieron camino entre mis juegos infantiles otros sueños más reales, casi palpables. Soñé el sueño de todos los adolescentes: el de la estrella de rock. Soñé, infinidad de veces, la piel femenina y sus ojos, cerca. Soñé un mundo más justo, también, en cuanto aprendí a reconocer la injusticia. Soñé un liderazgo de masas, y soñé palabras, muchas palabras que, con esfuerzo y poco éxito, intenté atrapar en cuadernos <em>Meridiano</em>.</p>
<p>Entonces, bajo el hechizo de algún par de ojos femenino, como casi todo lo que aprendí en la vida, entendí sin quererlo que los sueños son como las mujeres: si se intenta atraparlos como a moscas, aunque parezca que es posible, se escapan a último momento, esquivando la torpeza de unos dedos que nunca son lo suficientemente rápidos. En cambio, para alcanzarlos, hace falta cortejarlos despacio, seducirlos con delicadeza, conquistarlos lentamente con homenaje y paciencia, haciendo honor a su belleza. Y aún así, muchos de ellos son, de cualquier manera, inalcanzables.</p>
<p>Después, inevitablemente, sucumbí a los sueños pragmáticos de los adultos: una casa, un trabajo mejor, un televisor más grande, un país lejano. En esos días, cuando la adolescencia, como las hojas ocres de un otoño más, se desprende sin dolor del cuerpo y cae al suelo, muerta, un día cualquiera en el que, después comer en un restaurante, te das cuenta de golpe que en algún momento dejaste de pedir banana con dulce de leche de postre, y en cambio te estás comiendo una ensalada de frutas, los sueños de soñar despierto se anestesian un poco. Ya habrá tiempo para soñar, porque la juventud es para siempre, y mientras tanto es necesario hacerse con un lugar en el mundo real.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mentira.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Son pequeñas trampas, engaños sin importancia para postergar los sueños, para dejar de perseguir sombras cuando uno empieza a sentirse cansado, para ejercer en primera persona la ilusión insuficiente de haber crecido, madurado, de asentarse, de ser un hombre de provecho.</p>
<p>Por suerte, al menos en mi caso, los hijos acuden al rescate. Simplemente llegan, sin avisar, como de visita, pero para quedarse. Primero son como un juguete frágil, como un bichito sin más voluntad que la de llorar a gritos y apretar sus puños rosados, para reír después con la boca y los ojitos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero crecen.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces los sueños vuelven a habitar la casa. La recuperan entera, como un territorio hostil para los adultos, sembrado de piezas de plástico repartidas por el suelo y dibujos animados. Entonces hay que volver a aprender a soñar despierto, para permitir que un héroe de diez centímetros luche con otro de veinticinco de igual a igual, y que un dragón de peluche sea tan terrorífico como uno de goma. Los cochecitos vuelan, y corren carreras de igual a igual con arañas de plástico.</p>
<p>Y por las noches, cuando los sueños se van a dormir, abrazados a sus muñecos de felpa, los adultos nos sentamos en el sofá a inclinar la cabeza con ternura, y sintiéndonos, por primera vez en el día, a salvo de la fantasía.</p>
<p>Y recién ahora alcanzo el punto donde puedo empezar a contar la historia que hoy me carga el pecho, la que me hizo volver a pensar en los sueños, volver a sentirlos tan adentro que duele.</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-1177" title="harry-potter-y-la-piedra-filosofal-1" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/harry-potter-y-la-piedra-filosofal-1-300x185.jpg" alt="" width="300" height="185" />Siete años después, de la mano de mi hijo Pablo, <em>Harry Potter</em> entró en mi casa. Es verdad que yo – no me avergüenza decirlo – había leído los libros, y los había disfrutado. Por eso se me ocurrió, después de que Pablo hubiese acabado varios libros de menor entidad (<em>Gaturro, Gerónimo Stilton, etc.</em>), cuando preguntaba, apesadumbrado: <em>“¿Y ahora qué puedo leer?”</em>, ofrecerle <em>Harry Potter y la Piedra Filosofal</em>. <em>“Es muy gordo, y no tiene dibujos”</em>, se quejó, anticipando pucheros. <em>“No te preocupes. Empiézalo. Si te aburres lo dejas”</em>, le respondí, hablándole de tú en lugar de <em>vos</em>, como siempre que quiero ser didáctico.</p>
<p>Aceptó de mala gana. Abrió el libro con la actitud perezosa de quien está obligado a escalar una montaña, resoplando y pensando más en el esfuerzo de coronar la cima que en el disfrute del ascenso.</p>
<p>Y entonces, los sueños desbordaron su cabecita pelirroja, y una chispa mágica – nunca mejor dicho – se afirmó en sus ojos marrones. La carita se le encendió de colores vivos, y supo con total certeza, en su corazón de niño, que había descubierto un mundo nuevo.</p>
<p>Al día siguiente me pidió que viésemos la película. Después de verla, la discutimos largamente, interpretándola, explorando sus razones y la lógica propia de su fantasía. Desde entonces, todas las noches, durante media hora, antes de dormir, regresa al libro, empapándose de él, identificando los detalles que en la película no estaban, y sobre todo, soñando despierto. Él y su hermano se lanzan hechizos mortales con sus varitas imaginarias, se persiguen descalzos y en pijama por toda la casa, escupiendo conjuros a voz en cuello y discutiendo a gritos las consecuencias de los embrujos.</p>
<p>Ayer, después de una semana de <em>Pottermanía</em>, mientras hablábamos un rato en el sofá, antes de irnos a la cama, Pablo me seguía hablando con entusiasmo del momento, para él, mágico, donde <em>Harry Potter</em>, a los once años, se entera de que es un mago porque recibe la carta del <em>Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería</em> que le confirma una plaza para ir a estudiar allí. Con los ojos desorbitados y una sonrisa que debía estar pinchándole las orejas, me dijo:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>-        Papá, si cuando cumpla once años recibo la carta, ¿me dejarás ir?</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo miré a los ojos con mucha ternura, y pude ver en él una ilusión tan profunda, un anhelo tan arraigado, tan fuerte y tan poderoso, que sentí vértigo. El adulto racional se apoderó de mí, y por un instante pude sentir la desilusión que sufriría cuando, al cumplir once años, no le llegase la carta. Me sentí en la obligación de traerlo a la realidad lo más pronto posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Pablo, mi amor, tienes que saber que todo esto es fantasía, hijo. Por mucho que lo desees, la carta no te llegará. <em>Hogwarts</em> no existe.</p>
<p>Sus ojitos se llenaron de lágrimas, y el labio inferior le tembló un poco, como cuando está a punto de llorar. Bajó la mirada, y luego, con un orgullo que le desconocía, se enfrentó a mi, con profunda tristeza:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>-        Ya sé que no existe – me dijo. – Pero tú ni siquiera me dejas creer que existe.</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces me sentí vil. Me di cuenta de golpe de su profunda sabiduría: hay un lugar en el que sabe que todo es fantasía, pero para soñar despierto necesita creer que es verdad, que puede pasarle a él, que <em>va a pasarle a él</em>. Entendí, a los treinta y ocho años y siendo educado por mi hijo de siete, la inmensa fragilidad de los sueños, y que lo verdaderamente importante, para mantenerlos vivos, es creer de verdad en ellos, con la inocencia de un niño. Le acaricié la cabeza, y mirándolo a los ojos, le dije:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        ¿Sabes qué? Vamos a esperar hasta que cumplas los once. Probablemente te llegue la carta. Y si no te llega, entonces capaz que somos <em>muggles</em><sup class='footnote'><a href='#fn-1175-1' id='fnref-1175-1'>1</a></sup>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Su carita volvió a encenderse, y siguió soñando en voz alta, relatándome lo que haría al llegar al Colegio <em>Hogwarts</em> de Magia. Pero yo ya no estaba ahí, sino preguntándome si, con el mismo criterio absurdo de adulto, no habría asesinado también buena parte de mis propios sueños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
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</ol>
</div>
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		<title>Enano Cabezón III: Las nieves del tiempo platearon tu sien</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Oct 2011 08:53:01 +0000</pubDate>
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<p>Es ya el tercer año que, pocos días antes de tu cumpleaños, me siento a pensar en vos, a escribirte, a intentar dejarte un sendero de palabras sinceras que puedan, algún día, ser el mejor regalo; el que te haga descubrir, sin artificios, algunas verdades sobre tu viejo. No hay mejor manera de dejarte saber sobre mis sentimientos, mis dudas y mis miedos, sobre mi rol de padre y mi papel de educador, sobre mi adulto pobre, sobre las lágrimas que te escondo, sobre las palabras que, como los adultos creemos que los niños <em>no entienden</em>, ahora no puedo decirte, pero te voy dejando en alguna parte, custodiadas quién sabe por qué arcano tenebroso, para que puedas recibirlas cuando tu edad sea de dos dígitos, cuando tus ojitos maravillosos ya no amenacen con desbordar tu cara, cuando tus labios encierren otra boca, una que haya cambiado los pucheros adorables que a veces te sacuden por un ansia indomable de besos lenguaraces y palabras mal dibujadas.</p>
<p><span id="more-1171"></span></p>
<p>Como te decía antes de perderme en mi retórica, en esas vueltas dialécticas que suelo dar antes de entrarle de lleno a los temas, es esta carta la tercera conversación que tenemos de hombre a hombre, entre mis palabras y tu silencio, y es hora de que vayas sabiendo algunas cosas que aún no podés saber. Quiero contarte un secreto acerca de mí, pero quiero decírtelo en voz baja, en un susurro apenas audible, en un cónclave sólo para los dos, que nadie me oiga, porque me da pánico: Soy un hombre, mi amor. Sé que a veces creés que tu papá es un héroe, que lo puede todo, que no teme ni padece, y te confieso que me gusta jugar contigo ese juego en el que mi presencia basta para garantizar que nada malo puede pasarte, pero no es verdad, mi amor. A veces, te miro jugar con tu hermano, desparramando fantasías por el salón de casa, y un miedo infame me atenaza, me atormenta y me duele físicamente. Es un miedo sin cara ni nombre, absurdo y abstracto. Un miedo que habla de no estar un día para vos, de no saber claramente cuál es el siguiente paso, de estar errando los valores que quiero enseñarte. Un miedo atroz por la certeza de la presencia física de mis defectos en ustedes dos, la inevitable repetición de mis errores, la reproducción en chiquito, otra vez, de mis fantasmas de niño. Entonces, cuando ese miedo me asalta, con todo lo hombre que soy, con todo lo fuerte que me ves, con mis treinta y ocho otoños cargados a la espalda, siento ganas de llorar. Y no sólo siento ganas de llorar, sino que necesito que seas vos quien me consuele. Necesito llorar entre tus brazos, necesito dejar que mis lágrimas dibujen caprichosamente su rastro salado sobre tu carita infantil, sobre tus hombros, tan chiquitos que parece mentira que puedan sostener tu cabeza.</p>
<p>Pero también, además de la nobleza inherente a la paternidad, la que tengo yo y seguramente cada uno de los padres de tus compañeros de clase, de tus amiguitos y de la mayoría de los niños de este mundo, tengo momentos de auténtico mal padre, mi amor. A veces caminamos por la calle, y voy pensando en mis cosas, apenas consciente del sudor limpio de tu manito infantil apretada entre mis dedos, y entonces vos necesitás compartir tu día de niño, repleto de trivialidades, haciéndolo competir con mis miserias de adulto, los problemas del trabajo, mis anhelos oscuros e inalcanzables, mi mal humor de la tarde. Y caminamos, uno junto al otro, yo con la vista perdida, pensando en mis cosas, y vos sin parar de relatar un suceso nimio, un encontronazo en el patio, una canción que habla de estrellas y de luna, un nuevo otoño que te maravilla porque solamente viste otros cuatro, una conversación con tus abuelos. Vas hablando, mientras tratás de mantener mi paso, de mirar hacia adelante y al mismo tiempo buscás mis ojos con los tuyos. Y yo camino, ignorando tu discurso con unas cuantas acotaciones vacías de <em>“¿Sí?”</em> o <em>“¿En serio?”</em>, mientras íntimamente deseo que te calles de una vez, y que me dejes pensar. Inevitablemente, por la noche recupero esos momentos, y me pregunto cuántas tardes de inocencia nos quedan, cuántos trayectos de tu parloteo simultáneo con el de tu hermano, cuántas canciones de estrellas y lunas tenemos por compartir antes de que tu Dios Padre privado y total se transforme en un hombre de carne y hueso, desmoronándose en tu universo privado hasta que seas capaz de reconstruirlo, como hice yo con el mío, después de varios años de trabajo. Y es entonces cuando me arrepiento de mi silencio y me prometo escucharte con más atención la próxima vez, sabiendo que no voy a ser capaz de hacerlo, porque los adultos, mi amor, siempre tenemos problemas <em>urgentes</em> que sepultan lo verdaderamente <em>importante</em> bajo una montaña de papeles sin sentido. Todos los adultos, hijo, somos ciegos con ojos, hundidos bajo el peso de una realidad que a veces es tan siniestra que mejor ni pensarlo, y por eso solemos perdernos los momentos mágicos de los niños, porque aunque sean mágicos, se repiten, y eso hace que pensemos que ya los veremos la próxima vez.</p>
<p>Y no quiero dejar esta carta hasta el año que viene, mi amor, sin contarte que este año – como todos – hiciste algo que, para mí, fue un poco más especial que las otras cosas especiales que hacés. Este año escuchaste <em><a href="http://www.musica.com/letras.asp?letra=809903" target="_blank">Volver</a></em>, uno de mis tangos preferidos, sobre todo desde que vivo lejos de mi hogar, y te gustó. No me preguntes por qué, no consigo explicármelo, pero <em>Volver</em> te emocionó. Elijo pensar que tu sensibilidad de niño supo captar mi emoción profunda, mi nostalgia dulce y triste, y que esas emociones te hicieron incorporar ese tango desde dentro, sentirlo y reescribirlo para vos. Entonces, no sé bien cómo, acabaste aprendiendo todo el estribillo, e interpretándolo con emoción auténtica.</p>
<p>Y escuchar, mi amor, la dulzura de tu voz de cuatro años, que hablaba seriamente y con sentimiento de <em>Volver, con la frrrrrente marrrchita, las nieves del tiempo, platearon mi sien</em>, una vez más, invocó en mi interior el milagro de la paternidad. Me hizo saber que todo mi dolor, toda mi angustia, todos mis errores, sean de la naturaleza que sean, también constituyen la esencia de tu amor filial. Supe, sin necesidad de preguntártelo, que la Argentina de mis amores que hoy tengo tan lejos tiene también un trocito de tu pecho, una gota de tu sangre, aire en tus pulmones y tu amor de niño.</p>
<p>Y parece estúpido, mi amor, pero en este momento de mi vida, cuando tanta nostalgia siento, que sea precisamente tu voz la que me traiga esos versos, me provoca una emoción que no sé explicar. Solamente quiero agradecértelo. Quiero contarte, dejarte por escrito que, sin saberlo, me devolviste un pedacito de mí que se había quedado en Argentina, me conmoviste, me dejaste ver mi propia niñez a través de tus ojazos.</p>
<p>Quiero decirte, mi amor, con palabras que no sean de papel, sino de sangre y piel, que te adoro, que no importa lo que pase en adelante, porque tu canción dulce, las palabras de Gardel en tu boca que es mía, escribieron ya de forma indeleble, para siempre, tu amor de hijo, tu empatía con mi dolor, tu capacidad de emocionarme. No importa nada más, mi amor. Ahora que, precisamente en este instante, mientras te escribo, <em>las nieves del tiempo platean mi sien</em>, es el mejor momento para decirte, de una vez y para siempre, que con errores y aciertos, con mezquindades y promesas, con todo lo que soy, mi amor de padre es indestructible y total, es tuyo y genuino, y es el refugio perfecto, al que pase lo que pase en tu vida, siempre, siempre y sin necesidad de dar ninguna explicación, vas a poder <em>Volver.</em></p>
<p align="right"><em>Feliz cumpleaños.</em></p>
<p align="right"><em>Te adora,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Papá.</em></p>
<p style="text-align: right;"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Porque lo digo yo, que soy tu padre II: palabra de ex-perroflauta</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jun 2011 17:10:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
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<p>Cuando te escribo es diferente porque sé que ahora no podés oírme, que ahora no podés entender estas palabras, pero que algún día te dirán de tu padre mucho más que lo que entonces seré capaz de contarte, y no porque vaya a estar viejo, sino porque dos hombres – entonces serás un hombre vos también – difícilmente consiguen comunicarse con las palabras y el corazón de un niño.</p>
<p><span id="more-1064"></span>Y me gusta que sea diferente. Al menos una vez al año. Tengo ese derecho de hablarte de vos, de tu hermano, de tu madre y de mí, cada vez que vas cumpliendo años. Tengo ese deber, porque mis palabras, espero, serán algún día el más importante de los legados que podré dejarte. Las palabras, mi amor, pueden ser cajitas vacías encadenadas sin sentido, lugares comunes que los adultos se brindan lentamente, para vivir con cortesía; o pueden también ser el tesoro más preciado, el pacto más sincero entre dos personas, la revelación primera que te ayude, ese día aún lejano, a comprender quién eres. Tu inocencia de niño se diluye de a poco, lentamente, al mismo ritmo que mi candor de padre reciente se va transformando en una lista de reglas y leyes de padre experimentado, que cree que sabe ser padre, cuando en realidad muchas veces pierdo de vista que cada uno de tus días sigue siendo una primera vez para mí. Vas creciendo, mi amor, te vas haciendo más grande, más persona, más niño, más inteligente, más rebelde, más sensible, más Pablo que nunca. Más hijo mío que nunca. Cada día me ponés a prueba con un límite nuevo, con una rebeldía indómita, con una pregunta irreverente, con una sonrisa distinta, que de a poco se va poblando de agujeros y bordes serrados, de nuevos dientes torcidos que suplantan a los blanquísimos y diminutos que te hicieron llorar de bebé.</p>
<p>Es que nuestras vidas, últimamente, parecen más que nunca estar hechas de palabras. Yo escribo y escribo en una soledad artificial, fabricada de cemento y madera, para inventar un espacio silencioso y aislado. Y vos, mi amor, también vas, de a poco, día a día, hilvanando palabras nuevas, mensajes enteros sin cifrar, sin engaños ni trampas. Vas aprendiendo, solito y con mi ayuda, el poder de tu retórica infantil, de tu interés por el mundo, de tus preguntas sin solución y de las respuestas que, entre tu madre y yo, a veces conseguimos darte, y otras te negamos con un argumento universal: <em>eso son cosas de grandes</em>. Vas inventando, sin prisa, una rebeldía incipiente, una voluntad clara, una protesta en voz alta, un enfado de niño grande, de labios apucherados, de llantos explosivos que a veces dan paso a tu risa luminosa, a tus ojitos de castañas asadas e interrogantes vivos.</p>
<p>Y un día cualquiera, en medio de una tormenta social que ahora mismo conmueve a España – porque vas a aprender, también, mi amor, que entre los adultos hay personas poderosas y mezquinas, hay luchas sin sentido y mucha amargura, pobreza, desilusión y fracaso, y también espíritus rebeldes con causas nobles, personas que luchan por los demás y por sí mismos, y en este momento en tu país natal hay una guerra en paz, una pelea que tus padres consideran justa, y que otros consideran un capricho de un montón de <em>perroflautas</em>, hombres y mujeres jóvenes que buscan su espacio en el país como vos lo buscás en casa, con protesta y rebeldía, con amor, con pasión y con un deseo genuino de un futuro mejor. En medio de esa tormenta – te decía, cuando me distraje contándote más cosas de los <em>grandes</em> – apareciste un día con el primer símbolo perfecto de tu voluntad e identidad: te hiciste una trenza de colores pastel en tu pelo rojizo. Con tus seis añitos llegando a su fin, mientras el verano amenazaba con instalarse y resquebrajar el suelo de tu patio escolar, un día decidiste solo, sin consultar con tus papás ni con nadie, que te gustaba una trenza en el pelo. Una seña de identidad típicamente <em>perroflauta</em>, un adorno por el que muchos pagan, en este mundo, el precio del prejuicio ajeno y de la estigmatización. Llegaste de la escuela, y tu madre y yo nos miramos, sorprendidos, divertidos, y nos dijimos con la mirada:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>¡Se nos hizo perroflauta!</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Al día siguiente, en la escuela, el resto de los niños se comportaron contigo como se comportan los adultos cuando alguien hace algo diferente: te señalaron con el dedo. Al son de la burla colectiva, te cantaron: <em>“Pablo es una niña, tiene una trenza!”</em>. Ese mismo día, como si de principios se tratase, te hiciste otra trenza igual, del otro lado de la cabeza. Y volviste a casa decidido y orgulloso de tus trenzas.</p>
<p>Y yo, mi amor, una vez más, sorprendido por tu madurez de niño, por tu intuición precisa de <em>perroflauta </em>en ciernes, no soy capaz de explicarte el orgullo que sentí por tu convicción, por la fuerza de tu identidad, por tu rebeldía encausada, por tu sensibilidad única, por una actitud natural de afirmación de algo en lo que crees. Parece una tontería, pero hoy creo que es una señal, algo que tu madre y yo nos esforzamos mucho en darte, y que en la primera oportunidad que te dio la vida, pusiste en práctica sin ayuda y sin dramatismo: la convicción sobre las ideas propias.</p>
<p>¿Y sabés que? Te voy a contar un secreto: yo fui <em>perroflauta</em>. Cuando era poco más que un niño, no existía esa palabra, pero el concepto es el mismo. En vez de pintarme el pelo me disfrazaba de <em>Che Guevara</em>, con mi atuendo guerrillero, una boina negra de medio lado y fumando tabaco para armar. Y, como vos, tenía el corazón sensible y peleador. Creía en un montón de cosas que vos, todavía, no sabés que existen. Pero lo principal es que era inflexible e indomable. Creía de verdad, y obraba en consecuencia. Y con tu actitud me hiciste acordar a ese casi niño que un día fue tu padre, y que peleaba y protestaba, convencido de estar llamado a cambiar el mundo.</p>
<p>Hoy, mi amor, cuando te veo, cuando veo que sos capaz de sostener tus convicciones, me doy cuenta de cuánto éxito tuve. Cambié el mundo, lo hice un lugar mejor, porque traje a una persona que cree en sus ideas, que tiene voluntad propia y personalidad. Por eso este año, para tus siete añitos, además de otras porquerías envueltas en papel de regalo, quiero regalarte un compromiso a futuro: el de aceptar tus ideas, discutiéndolas si no estoy de acuerdo, pero respetándolas siempre y en cualquier caso. Quiero que tengas, entre tu corazón, tu cabeza y tus manos, la seguridad de que lo mejor que puedes devolverle a tu padre es esa fortaleza de carácter, la convicción de las ideas propias, y la certeza de que sabrás defender tus decisiones cuando sea necesario.</p>
<p>Por todo eso, mi amor, mi chiquitín, además de decirte feliz cumpleaños, hoy quiero prometerte que siempre, pase lo que pase, creas lo que creas, defiendas lo que defiendas, tendrás a tu viejo de tu parte. Palabra de <em>ex–perroflauta</em>.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>¡Feliz cumpleaños!</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Te adora, Papá</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 24 de Junio de 2011</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Las primeras veces siempre fueron buenas</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Jun 2011 09:38:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente hombre, fue cuando me ajusté, de medio lado, un chambergo gris prestado, bajé su ala desgastada, puse un cigarrillo apagado en mis labios y me adiviné en un espejo, haciendo coincidir el borde del ala con los dos focos verdegrises que señalan el centro de mi mirada. Me gustó lo que vi, y decidí que, desde ese momento en adelante, esa sería mi imagen. Ese mismo día, aún con el sombrero y varios cigarrillos más tarde, en una mesa de café, con quien hoy es un amigo entrañable, sellamos nuestra amistad con un pacto sagrado que tiene ya veintitrés años de vigencia: me sentí hombre porque descubrí, al mismo tiempo, mi cara y el significado de la <a title="Sobre la amistad, justo antes de partir" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">amistad de hombre a hombre</a>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1044"></span><a title="Sobre el confuso oficio de ser Hombre" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Después me sentí hombre muchas veces</a>. Me sentí hombre la primera vez que protegí a una mujer de la lluvia, cuando me enfrenté a la policía por defender cosas en las que creía, cuando dije verdades y cuando defendí mentiras por creer que así servía a una causa mayor. Me sentí hombre cuando supe con certeza, en la piel y en la sangre, que amaba a las mujeres en general, y más hombre aún cuando aprendí a amar a una en particular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino no fue cuando me pincharon en la solapa del guardapolvo blanco una escarapela celeste y blanca, rematada en el centro por un botón celeste, ni cuando, rodeado de la solemnidad de cartón piedra del salón de actos de mi escuela, aprendí los versos sincopados del Himno Nacional, mientras la señorita Graciela Amor danzaba con sus manos de marfil sobre las teclas de un piano desafinado. Tampoco fue el dos de abril de 1982, cuando un montón de adolescentes muertos de frío, bajo el mando errante de un general borracho, tomaron por la fuerza las Islas Malvinas, ni poco más tarde, el 20 de junio de ese mismo año, cuando repitiendo palabras huecas que me habían enseñado mis maestras, prometí lealtad a la bandera, preguntándome íntimamente cómo hace un niño para serle leal a un trapo de colores.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino fue cuando, a pesar de contar solamente cinco añitos, me asomé por el techo abierto de un <em>Peugeot 504</em> blanco, flanqueado por mis hermanos, para bañar mi cabecita en papeles de colores, gritando: <em>¡Argentina! ¡Argentina!</em> Habíamos ganado el mundial de 1978, y aunque mi familia era de izquierda y comprometida con la lucha contra la dictadura, nuestra inocencia infantil estaba a salvo de los horrores que tapaba ese triunfo. Me sentí argentino cantando, por los pasillos de la escuela, que veinticinco millones de argentinos ganaríamos ese mundial. Me sentí argentino viendo en blanco y negro los bigotes de Luque, los brazos abiertos del <em>matador</em> Kempes y el casquito de pelo ridículo de Daniel Pasarella. Me sentí argentino viendo a Mario Sapag imitando a Menotti, mientras repetía hasta el cansancio: <em>“No lo pongo a Pernía porque Pernía es triste”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí argentino muchas veces, con diversas emociones y grados de conciencia, pero nunca más volví a experimentar una sensación tan plena, tan claramente infantil, tan abstracta para un niño, y sin embargo tan absolutamente desbordante, enorme, motivo de orgullo y de gloria, de pasión, de emoción y de alegría. Por eso para mí, ser argentino es, sobre todo, ese sentimiento intraducible que, de cuando en cuando, nos une a todos los argentinos con cualquier excusa, pero borrachos del cual nos basta solamente una mirada para saber, sin ninguna duda, que estamos todos en el mismo bando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre no fue cuando me pusieron en brazos un bebé enrojecido, berreando y con la cabeza apepinada por el trabajo de parto. Me invadió una emoción profunda y difícil de explicar, pero en ella había más de miedo y felicidad mezclados que de paternidad. Tampoco fue algunas horas más tarde, cuando, con las manos temblorosas, intentaba despegar de su culito rosado el <em>meconio</em>, pegajoso y casi negro, sosteniéndolo por los tobillos con un miedo animal a rompérselos en pos de mi torpeza. No fue ni siquiera cuando me morí de ternura al verlo intentar mamar por primera vez, ni cuando el hospital dijo: <em>“A casa, buenas tardes”</em>, y salimos por la puerta con un bebé en brazos para el que, a pesar de haber leído concienzudamente, preguntado a nuestros padres, y habernos preocupado más allá de lo razonable, no estábamos preparados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre fue el día que vi a Pablo – mi hijo mayor – con sus piecitos desnudos y sus piernas flaquitas, tambaleándose de puro bebé, y su pelo rojo y lacio y sus dos ojos marrones y enormes, y sus manitos blancas, sus deditos diminutos coronados por uñas de mentira, todo él iluminado de felicidad, chorreando amor por todos lados, señalarme con el dedo e inventar, solo para mí, la palabra <em>Papá</em>. Un impacto en el pecho me dolió profundamente, y supe de una vez para siempre que él me reconocía como tal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí padre muchas veces, y a diferencia de otras cosas, es cada vez, si se puede, más gratificante que la anterior. Al menos por ahora, mientras mis hijos son aún pequeños, y la palabra <em>Papá</em> es sinónimo de héroe, Dios, guapo, listo, fuerte y admirable. En unos años, supongo, lo será de palabras menos elogiosas, pero tan auténticas como lo son éstas ahora mismo, y, espero, me harán sentir igual de padre, aunque probablemente no tan feliz. Por eso para mí, ser padre es, antes que nada, emplearse a fondo, con toda la pasión posible, en el intercambio filial, sin importar de qué se trate, sino la naturaleza del vínculo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor no fue cuando, con el pulso alterado por la emoción, abrí el paquete donde venían los libros con mi nombre en la portada. Tampoco fue el día que puse el punto y final de mi primera novela, ni la primera vez que me felicitaron sinceramente. No fue cuando, por primera vez, vino un periodista a mi casa a entrevistarme, ni cuando, orgulloso y conmovido, presenté mi libro en la biblioteca del pueblo. Ni siquiera fue cuando descubrí que mi cabeza está llena de historias, que voy por la vida narrando para mis adentros todo lo que me conmueve, me divierte o me emociona. No fue tampoco la primera vez que adiviné admiración en la lectura de alguien a quien respeto desde el punto de vista literario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor fue cuando, sentado en una vereda ventosa, bajo un porche gris que me protegía de un cielo encapotado, durante la fiesta de <em><a title="Velando armas: La Rosa, el Dragón, la Espada y la Pluma" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/04/22/velando-armas-la-rosa-el-dragon-la-espada-y-la-pluma/" target="_blank">Sant Jordi</a></em>, por primera vez miré a los ojos a un completo desconocido, le firmé un ejemplar de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> y se lo di en mano, sonriendo y agradeciéndole por apoyar a los escritores independientes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí escritor varias veces más, como cuando<a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona/" target="_blank"> me ofrecieron firmar en el libro de honor de visitantes de la biblioteca</a>, o cuando me entrevistaron por la radio. Me sentí escritor cuando, consultando el catálogo por internet, descubrí que los dos ejemplares de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> de la biblioteca estaban prestados, en casas de desconocidos, siendo leídos por personas de las que no sé más que su filiación bibliotecaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces pensé en las primeras veces, en lo difícil que es identificar esos momentos cuando están sucediendo, cuando son reales, cuando su <em>ahora</em> es tan inmediato y tan fugaz que apenas nos da tiempo para intentar ser nosotros mismos y hacerlo lo mejor posible. Y pensé que es necesario aprender de esa reflexión, e intentar vivir la vida con la ternura a flor de piel, con las emociones bien dispuestas, porque en cualquier momento, detrás de cualquier esquina, dibujada con desparpajo sobre cualquier papel, nos puede asaltar de improviso la vivencia imperdible de una primera vez maravillosa, y supe también que siempre será más importante estar bien dispuesto a vivirla que preparado para reconocerla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sat, 19 Mar 2011 10:46:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Sin embargo, y a pesar de eso, suelo aprovechar los circulitos rojos en el calendario para pensar sobre las cosas, porque nunca está de más dedicar, aunque sea un día al año, a reflexionar acerca de los entresijos de algo aparentemente menor, pero que tiene una importancia, relativa según cada cual, y absoluta en lo particular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y la paternidad es uno de esos temas. Al menos lo es para mí, porque siento que, así como el mundo está cambiando de forma indiscutible para las mujeres, y ese es un tema instalado en la sociedad, y del que se habla muchísimo, el efecto <em>boomerang</em> de esa evolución social es – entre muchos otros – <a title="Sobre el confuso oficio de ser Hombre" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">un profundo cambio en la forma de ejercer la masculinidad, y por lo tanto, la paternidad</a>. Mientras hace apenas cien años, las mujeres no podían votar, los hombres no podían besar a sus hijos. Mientras las mujeres tenían prohibido conducir, los hombres no conocían los detalles cotidianos de la crianza de sus hijos, ni sabían cambiar un pañal, ni disfrutaban de un beso babeado desparramado por toda la cara, ni jugaban juegos con los niños, ni les limpiaban el culo cuando dejaban los pañales, ni perdían la paciencia luchando con una cucharada de puré de verduras, ni escuchaban preguntas imposibles. Los niños empezaban a existir para sus padres al inicio de la escuela primaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-966"></span>Definitivamente, es uno de los grandes avances de nuestro siglo: la implicación total del hombre en la crianza. No tengo dudas de que es bueno para las mujeres, aún mejor para los hombres, e indiscutiblemente fantástico para los niños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entre las cosas que los hombres aprendimos no hace tanto, está el contacto físico con los hijos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>I. </strong><strong>Besos en la boca</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los besos son una más de las convenciones sociales. En Argentina los hombres nos saludamos con un beso en la mejilla. En España no. En Argentina hombres y mujeres nos saludamos con un beso en la mejilla. En España, hombres y mujeres nos saludamos con un beso en cada mejilla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo beso a mis hijos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los besos en la boca son quizás una de las expresiones de intimidad más profundas y hermosas de las que somos capaces los seres humanos. Interviene la mirada, el rostro entero y los labios. Interviene el amor, la dulzura y la cercanía. Los labios son una frontera, que marca el límite del cuerpo a partir del cual no permitimos que cualquiera nos toque. Labios con labios es algo que solamente se puede entre personas que se aman, y ese amor es condición necesaria, pero no suficiente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo beso a mis hijos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los beso en la boca porque no soy capaz de besarlos como beso a una persona que me presentan en una reunión, o como beso a su maestra cuando voy a una reunión en la escuela. Los beso de forma íntima, cercana y total. Y ellos lo viven como algo natural.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mi mujer y yo hemos sido capaces de enseñar a nuestros hijos a expresar el amor. Los cuatro nos besamos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y sin embargo, por alguna razón, no soy capaz de besar a mi padre como beso a mis hijos. A mis casi cuarenta años sigo siendo víctima de algunos tabúes inmemoriales, y eso me hace temer que suceda lo mismo cuando mis hijos sean hombres. Los hombres, entre hombres, no sabemos darnos amor. Nos abrazamos como osos, nos palmeamos las espaldas unos a otros y nos gritamos como gorilas dominantes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tendrán que pasar otros mil años, y quince o veinte revoluciones socioculturales más, para que los hombres aprendamos a darnos amor con naturalidad entre padres e hijos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y aún así, sin importarme el reflejo social que pueda tener, yo beso a mis hijos en la boca, y los seguiré besando hasta que su propia hombría les prohíba a ellos besar a su padre sin sentirse, por eso, menos hombres, como me pasa a mí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>II. </strong><strong>La siesta juntos</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una de las cosas que primero aprendí a disfrutar de la paternidad, antes incluso que los besos en la boca, fueron las siestas con mi bebé dormido en el pecho. Pablo nació en Málaga, en pleno verano. Entonces yo tenía jornada intensiva en el trabajo, y salía disparado para mi casa, bajo el sol inclemente de las tres de la tarde, desesperado por meterme cualquier cosa entre pecho y espalda, y tumbarme en el sofá con mi bebé encima. Él se ovillaba entre mi barbilla y mi panza innoble, y cruzaba sus manitos de bebé por debajo de sus mejillas de bebé, acompasaba su respiración de bebé a mi respiración de padre, y encontraba la paz absoluta: <em>la paz de los bebés</em>. Todos los días dormíamos esa siesta. Yo no descansaba, porque en el fondo temía moverme y tirarlo al suelo, así que cerraba los ojos, con los músculos tensos, y jugaba a ser la cuna de mi bebé. Acariciaba su espalda, su cuello, y escuchaba atento como su respiración profunda purificaba mi propio aire.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero las siestas juntos duran poco. En seguida son más grandes, y ya no duermen en tu pecho. Pablo, con seis años, hace más de dos que se niega a dormir siesta. Daniel, con cuatro, empieza a negarse. Quiere quedarse jugando con su hermano, en vez de dormir conmigo la siesta que todos los sábados y domingos hacemos juntos después de la comida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El domingo pasado, cuando acabamos de comer, y después de fumar en mi balcón el cigarrito ritual, le dije:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Daniel, ¿vamos a dormir una siestita?</p>
<p>-        No quiero. – dijo, firme y convencido.</p>
<p>-        Venga, vamos a dormir juntos un ratito.</p>
<p>-        Quiero quedarme viendo la tele.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Íbamos a salir a un cumpleaños, y yo quería que durmiese, porque luego se cansa y se pone como todos sabemos que se ponen los niños cansados, así que apelé a lo que apelamos los padres cuando queremos convencer sin castigar ni levantar la voz: <em>la culpa</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Daniel, si tú no vienes papá no puede dormir.</p>
<p>-        Pero no quiero – insistió.</p>
<p>-        Hagamos algo – propuse -. Tú no duermas. Solamente ven conmigo a la cama para que yo me pueda dormir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me miró con recelo, pero en seguida se sintió importante, así que sonrió y vino de buen grado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Yo no me voy a tumbar – me dijo –. Me quedaré sentadito hasta que te duermas.</p>
<p>-        Vale.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me acosté, y él se sentó a mi lado, mirándome con picardía. Se tapó las piernitas con la manta y se dispuso a esperar que me durmiera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        No puedo dormir – mentí &#8211; ¿Por qué no me haces mimitos en la cabeza?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Su cara, como siempre, se iluminó de punta a punta, y pareció que la sonrisa se le iba a salir por las mejillas. Se recostó despacito junto a mí, y empezó a acariciarme el pelo con tanto amor y ternura como no estoy seguro de haber sabido hacerlo yo alguna vez. Me miraba fijamente, y cada algunos segundos pegaba su mejilla a la mía, sin dejar de acariciarme, sólo para ofrecerme el contacto de su piel.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nos despertamos abrazados una hora más tarde, y sus ojitos somnolientos dejaban aún adivinar su sonrisa y su felicidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y solamente una semana después, es el día del padre. No me hagan regalos, gracias. Estoy servido.</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>A mis hijos y a mi padre, con todo el amor del mundo.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de marzo de 2011.</em></p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La inconmensurable fe de los enanos</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Feb 2011 10:19:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p><img class="alignright size-medium wp-image-941" title="monjas_ataque" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/monjas_ataque-300x196.jpg" alt="" width="300" height="196" />Mis padres me enseñaron cosas. Muchísimas cosas. Una gran cantidad de ellas proverbialmente inútiles, como levantar la tapa del inodoro para hacer pis, sostener a la perra por el pellejo de la nuca para bañarla, comer la carne con pan – parece ser que así es más digestiva – o a <a title="No Robarás" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/06/no-robaras/" target="_blank">no quedarme con los vueltos</a>. Otras, sin embargo, resultaron fundantes de la persona que soy, erigiéndose en verdaderos pequeños aciertos, entre los que puedo contar, estando seguro de no mentir: ser <em>jipi</em>, de izquierda, profundamente ateo, carnívoro, respetuoso con los mayores, buena persona en general, generoso en particular, solidario – un dechado de virtudes, vea – el amor por los animales – también por mis hermanos –, y seguramente el gusto por las <em>tortafritas</em><sup class='footnote'><a href='#fn-938-1' id='fnref-938-1'>1</a></sup> los domingos de lluvia.</p>
<p>Cuando cumplí los seis años, se dieron cuenta de que habían tenido demasiado éxito inculcándome valores y buenas intenciones. Este descubrimiento los hizo temer por mi posible buen desempeño en la vida adulta, enfrentando los malos tragos que seguramente me depararía; ya que soltar una buena persona al mundo, así, sin más, sin proporcionarle un poco de mala leche para defenderse de los otros, era sin duda una locura injustificable y una irresponsabilidad. Entonces me mandaron a la escuela, donde el gran sistema educativo argentino hizo un excelente trabajo, transformándome en un hombre de provecho. A pesar de los esfuerzos de mis maestros y educadores, algunas de las virtudes originales heredades de mis padres sobreviven aún en mi carácter mundano y cosmopolita. Entre ellas, como no podía ser de otra manera, se cuenta la absoluta carencia de fe religiosa, una arraigada y secreta pasión por el desorden personal, el desaliño en el vestir y la pérdida constante de objetos pequeños en la rutina diaria, y el amor secreto e incondicional por la carne bovina en general, y vacuna en particular – que continúo comiendo con pan, aunque sigo sin creerme del todo que así sea más digestiva –.</p>
<p><span id="more-938"></span>Por supuesto, fueron años felices. Mi herencia familiar, desordenada, impuntual, apasionada y juguetona, resistiendo los envites constantes de una educación para hombres de bien. En el medio, lo único que había, señoras y señores, era un niño.</p>
<p>Los niños – y me permito una explicación breve, para quienes no los conozcan – son esas personas chiquititas que joden y joden, que lloran en los aviones, gritan en los restaurantes, corretean en lugares inoportunos y, sobre todo, nos impiden a los mayores hablar, comunicarnos entre nosotros y vivir nuestras vidas tranquilamente.</p>
<p>Estos <em>enanos</em>, además, tienen otro montón de defectos que es preciso identificar si queremos comprender cabalmente al fenómeno que nos ocupa. Enumeraré a continuación algunas de sus características mas peligrosas para el hombre moderno:</p>
<p>&nbsp;</p>
<ul>
<li>Son aterradoramente <em>espontáneos</em>. Dicen la verdad de lo que se les pasa por la cabeza, sin medir las consecuencias ni preocuparse cívicamente – como corresponde – por no herir, ofender o poner en evidencia a alguien.</li>
<li><em>Juegan</em>. Seguramente una de sus características más temibles. Parecen empeñados en hacer ruido, divertirse y abusar de una espantosa mueca a la que llaman <em>risa</em>, que aturde e impide ver la televisión en condiciones.</li>
<li><em>No esconden lo que sienten</em>.<em> </em>Estos enanos urbanos, que podemos encontrar en casi cualquier casa de familia, tienen la fea costumbre de pregonar en voz alta y sin ningún decoro sus sentimientos más profundos. No conformes con ello, además, lo hacen interpelando en primera persona a gente proba y honorable, que jamás haría gala de una falta de tacto tal como para decir a otro, frente a terceros: <em>“te quiero mucho”</em>, exponiéndolo sin piedad a la obligación social de una respuesta inmediata, al oprobio de expresar públicamente y en voz alta un sentimiento verdadero.</li>
<li><em>Miran a los Ojos</em>. Sin rastro alguno de civilización, constantemente buscan la mirada de los demás, el <em>contacto</em>.</li>
<li><em>Abrazan, besan y tocan</em>.<em> </em>Como aún no están convenientemente enseñados, ceden continuamente a sus incívicos impulsos de abrazar, besar y tocar a otras personas, invadiendo su espacio vital e incomodándolos en las más pintorescas y rocambolescas situaciones.</li>
</ul>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y podría continuar, pero estas características son ya de dominio público, o casi, y en mi reflexión de hoy pretendo focalizarme en el aspecto <em>religioso</em>. Son muchas las corrientes de opinión sobre la fe. Muchos la profesan auténticamente – <a title="Domingos rituales" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/11/14/domingos-rituales/" target="_blank">y vaya para ellos mi admiración y mi envidia</a> –, otros se aprovechan de los primeros y viven de administrar la fe ajena – negocio redondo desde que el mundo es mundo, y es redondo –, y otros, como un servidor, simplemente la negamos. Así, la negamos, y ya está. “Pero señor Aprendiz de Brujo – me preguntan –, ¿usted no cree en Dios? ¿No tiene fe?”. “No – respondo, convencido –. Pero no solamente no creo en Dios, sino en ningún tipo de instrumentación de la fe, en sus muchas formas, de las que el hombre es tan aficionado a profesar. Esto incluye, pero no se limita a: Iglesias, religiones y Dioses de cualquier tipo, forma y color, espectros, fantasmas, ángeles, mesías, chamanes, curanderos, gran parte de los ejercicios de medicina alternativa, gran parte de los ejercicios de la medicina tradicional, ministros, diputados, presidentes, reyes, iluminados, formadores de opinión, periodistas a sueldo, investigadores a sueldo, benefactores a sueldo, beneficiarios en general de la ingenuidad ajena, teleoperadores, compañías de seguros, bancos, el sistema financiero en general, la gripe A, el efecto 2000, la resurrección de la carne, la resurrección de Pinocho, el <em>Feng Shui</em>, <em>Aquaman</em> y que las personas algún día levantarán la caca de sus perros.”</p>
<p>Los religiosos me miran, entre desconcertados y ofendidos. Los administradores de la fe ajena me apuntan con el dedo desde su púlpito dominical. Los demás se ríen bajito, de costado.</p>
<p>Lo cierto es que, desde que terminé mi <em>educación</em>, &#8211; larguísimo período de mi vida durante el cual mis padres y el Ministerio de Educación y Justicia se contradijeron permanentemente –, los restos vitales de mi ética y moral resultantes y yo, convivimos así, en la ausencia de fe y soñando despiertos con <em>tortafritas</em> los domingos de lluvia, por la tarde.</p>
<p>Y entonces, algunos meses después de haber sido padre, un día cualquiera, te das cuenta de que se te ha instalado en casa uno de estos <em>enanos </em>– ahora ya son dos –. Entre sus muchos defectos, algunos de ellos previamente explicados, se cuenta el preguntar y preguntar, sin parar de preguntar.</p>
<p>Y otros meses más tarde, sin que nadie te avise nada, te ves reflejado en dos ojos enormes, abiertos, perplejos, iluminados, que beben con la mirada tus palabras, tu explicación, tu paciencia y tu falta de paciencia, lo poco que te queda de ternura, tu capacidad de asombro, tu falta de sueño, tu <em>status</em> de hombre moderno. Todo eso con dos ojos redondos y grandes. Dos ojos en los que ya no cabe el asombro.</p>
<p>Y te das cuenta, con un dolor en el pecho, que detrás de esos dos ojos, en ese cuerpecito <a title="Enano Cabezón" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/14/enano-cabezon/" target="_blank"><em>enano</em> y muy probablemente <em>cabezón</em></a>, hay un montón de amor. Y ese montón de amor cree que lo sabés todo, que el bastión último de la sabiduría ancestral, la encarnación hecha hombre de la verdad y la justicia, el prototipo de Dios en la tierra, se llama <em>Papá</em>. Te das cuenta que nadie, nunca, te había mirado de esa forma. Ni tus padres, ni tus amigos, ni tu mujer. Nadie había tenido tanta fe en vos. Y te das cuenta también de que nadie, nunca, volverá a tenerla. Ni siquiera tus hijos, cuando descubran que ese dios barrigón y malhumorado es solamente un hombre.</p>
<p>Pero mientras tanto, con todo el bagaje a la espalda, sos Dios en la tierra. No hay manera, humana ni divina, de eludir esa responsabilidad. Sos el Dios depositario de la fe más inconmensurable que puede experimentar el hombre: <em>la fe de los enanos</em>. No existe fe más absoluta y total. Y cada una de tus palabras la impacta, la amplía o la reduce, la educa o la lastima.</p>
<p>Y lo que es indiscutible, es que la fe humana puede con todo. No hay arma más poderosa que la fe. No la fe de la que venden los escribanos, sino esa que brilla en los ojos de los niños, esa que los adultos moldeamos a cada momento, sin darnos cuenta, sin sentir la responsabilidad extrema de estar cimentando el potencial del hombre del futuro.</p>
<p>A mi fe se la llevaron los demonios desde un principio, dejándome ateo y desamparado, pero hoy ha vuelto. Hoy sé que la fe existe. Me la devolvió la mirada de mis hijos, y en esa mirada deposito mi fe nueva. Hay esperanza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<div class='footnotes'>
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		<title>Con Arturito no se juega</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Feb 2011 09:53:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<blockquote><p><em> “¡Con el Plumero no se juega!”</em></p></blockquote>
<p><span id="more-917"></span>El grito era automático, autoritario y potente, y anunciaba una catástrofe. Nos paralizaba. Sabíamos perfectamente que vendría, y aún así nos dejaba en <em>orsai</em>, totalmente indefensos, asustados, con un pánico instantáneo pintado en las pupilas. Era como si hubiésemos tocado el cetro del Rey, la llave de la caja de Pandora, o las botas de Siete Leguas. Mi madre era una madre permisiva, y no solía gritarnos o castigarnos más de lo necesario, sino más bien menos de lo necesario, pero algo inexplicable, oscuro, violento y peligroso le ocurría cuando le tocábamos el plumero. Era como el símbolo de su gobierno del hogar, difuso, alborotado, perdido entre disfraces desparramados en un baúl y frascos de mermelada casera, mezclado con el silencio rasgado por el runrún de un lavarropas vertical de tres aspas, y la mala imitación de una cascada de espuma del fregadero con los platos y vasos de seis personas.</p>
<p>En esa casa, casi todo se podía tocar. Con casi todo se podía jugar, pero en esta vida todo tiene un límite. Podíamos hacer silbar la correa de la perra, revoleándola como una hélice, o jugar con unos palos de escoba cortados  y pintados o con los cojines del sofá. Podíamos saltar y correr dentro de casa. Podíamos atacar los cajones y desparramar la ropa en busca de un disfraz o simplemente una capa para improvisar un <em>Zorro</em> gallardo, valiente e imberbe. Podíamos llenar el suelo de bolitas de colores, y competir a gritos por la <em>japonesa,</em> la <em>lecherita</em>, o el <em>acerito</em>. Podíamos, incluso, jugar con los libros de la biblioteca. Podíamos voltear dos sillones individuales que había para fabricar un quiosco imaginado a la hora de la siesta, y vender desde él golosinas inexistentes con sabor a manos sucias. Podíamos marcar los vidrios de las ventanas con huellas digitales de grasa de pan con manteca y azúcar, y desde el sofá jugar a luchas con la perra, que se apuntaba a todas, ladrando y dejando un rastro inequívoco de goterones de baba. Podíamos gritar, hacer aviones de papel y a veces comer caramelos a deshoras. Podíamos tener secretos, bajar solos a la plaza con la bici o sin ella. Podíamos jugar con dardos verdaderos. Podíamos tener peces, pájaros y reptiles diversos. Podíamos, el mismo día, invitar cada uno a un amigo a dormir, y armar lo que llamábamos <em>“el campamento gitano”</em>, llenado el suelo del <em>living</em> de colchones y bolsas de dormir, y cubriendo las lámparas con telas de colores, para acostarnos todos mezclados, hablando bajito en medio de la noche, y despertar fusionados en una sola montaña de niños somnolientos. Podíamos festejar los cumpleaños en casa. Podíamos pedirle a mi madre que hiciese una montaña de <em>panqueues</em><sup class='footnote'><a href='#fn-917-1' id='fnref-917-1'>1</a></sup>, y otra vez invitar amigos, y decorar las paredes con dulce de leche, ensuciar la mesa y hablar a gritos con la boca llena. Podíamos organizar, una vez a la semana, el <em>día del eructo</em>, durante el cual todos los malos modales imaginables estaban permitidos en la mesa familiar, sin consecuencias para el ejecutante. Podíamos pelearnos, y aún puedo sentir la vergüenza cuando, yendo a delatar a alguno de mis hermanos, mi madre me respondía, simulando enfado: <em>“Vos no seas loro.”</em> Podíamos hacer de todo y más. Éramos indómitos, infinitos, juguetones, traviesos y dispersos. Pero el límite estaba ahí, claro, preciso y tajante: <em>con el Plumero no se juega</em>.</p>
<p>Treinta años después, es una preocupación social omnipresente lo poco que los niños respetan los límites. Lo que no solemos preguntarnos es por qué lo que eran cuatro o cinco límites claros y precisos, se transformaron desordenadamente en una lista interminable y en constante crecimiento de reglas difíciles de cumplir hasta para un monje de clausura. ¿Qué nos pasó? Nuestros hogares han dejado de ser espacios para el juego y el disfrute, y se han convertido en un quirófano que hay que mantener en orden. Hay que quitarse los zapatos al entrar, no se puede comer fuera de la mesa, no se tocan los vidrios, no se trae más de un juguete a la vez al salón, cuidado no tires nada que vas a romper la tele, no toques las paredes que se ensucian, no manches el sofá, en casa no se corre, no grites que vas a molestar a los vecinos, no toques nada, por favor, que no, que te digo que no. El ordenador de papá ni lo mires, no se puede usar si yo no estoy, cuidado con la alfombra, no recortes papel que lo pones todo perdido, con plastilina dentro de la casa no. No pintes fuera del papel. No toques ninguno de esos aparatitos con lucecitas que parpadean y brillan, ni abras las cajas de los trescientos mil cedés que hay en la estantería. Quieto ahí, a mirar dibujos. Pero no mucho, que mucha tele tampoco es bueno.</p>
<p>Y para colmo de males, ya no existen los plumeros. En su lugar, nosotros tenemos un aspirador de mano, y un robot de aspiración <em>Roomba</em>, al que llamamos <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/20/el-teletrabajo-del-padre-de-arturito-y-los-titulos-de-las-peliculas/" target="_blank">Arturito</a></em>. Esta maravilla tecnológica patrulla la casa sin descanso, aspirando puliendo y barriendo, con su luz naranja sobre la espalda, y cuando los niños se acercan a él, fascinados por su autonomía y su habilidad para esquivar obstáculos, tengo que ser yo en lugar de mi madre quien grite, con voz autoritaria y seca:</p>
<blockquote><p><em>“¡Con Arturito no se juega!”</em></p></blockquote>
<p>¿No será que son tantos los límites que es imposible moverse sin traspasar uno?</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class='footnotes'>
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</ol>
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		<title>Desde donde estoy se ve</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Jan 2011 11:07:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En ese pedacito mundo que se ve desde donde estoy hay varias montañas. A veces, cuando hace frío, blanquean sus cimas pintadas de blanco nuclear, refractando los rayos del sol hasta mi ventana. Otras veces esconden sus dientes de roca y tierra entre los vapores oportunos de las brumas matutinas, y me gusta porque sé que la montaña está ahí, y no puedo verla. Es como mis amigos de toda la vida. Sé que están ahí, en las calles de Buenos Aires, en otras ciudades más al norte o más al sur, perdidos muchos de ellos en su exilio privado, y no puedo verlos. Tienen la solidez de la montaña y el misterio de la bruma, la mirada transparente del sol de invierno y las mismas raíces profundas, estables bajo el peso de miles de toneladas de cimientos, sólidas, eternas. Otras veces, cuando la noche llega sigilosa a instalarse en el techo, se transforman en una sombra oscura, una silueta recortada contra un fondo azul marino, que solamente se deja adivinar como la frontera secreta a partir de la cual las estrellas abandonan su parpadeo insomne para retirarse a dormir, al menos por un rato.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un planeta que estornuda su resfrío monumental, apenado, mientras sufre en silencio la soberbia de los seres humanos, que creen tontamente que están destruyéndolo, cuando lo único que están destruyendo son sus posibilidades de sobrevivir en él. Se ve un planeta que sabe que, cuando los humanos terminen de matarse, diez, veinte millones de años después, habrá otra forma de vida, como pasó siempre desde el principio de los tiempos. No es otra cosa que la soberbia lo que va a matarlos. No es otra cosa que soberbia lo que les impide ver.</p>
<p><span id="more-898"></span>Desde donde estoy se ven millones de personas diminutas, sin rostro y sin pelo, que todos los días van a trabajar, vuelven, cenan, se pelean, se perdonan, se odian y se abrazan. Después fornican y dicen a los demás que fornican más de lo que fornican en realidad. Beben cerveza y dicen a los demás que podrían beber más cerveza de la que en realidad pueden beber. Se aburren de sí mismos y dicen a los demás que saben estar solos. Son como sombras recortadas sobre papeles sucios. Aman a las personas que hay en su vida más de lo que están dispuestos a admitir, y no les dicen nada acerca de ese amor, porque prefieren el silencio al vértigo de no saberse correspondidos en exactamente igual medida, o más.</p>
<p>Desde donde estoy se ven ciudades arrasadas por la furia del mar, árboles caídos; soplados hasta la muerte por un viento terminal. Se ven niños descalzos con el barro a la cintura, intentando salvar una cesta de fruta semipodrida, un muñeco de peluche y dos aviones de papel de los destrozos de la inundación. Se ve que la policía y los bomberos no saben qué hacer. Se ve el avión de los ricos tirando en paracaídas la comida que les sobra, mientras desde sus casas confortables se lamentan así: <em>“¡Pobrecitos los pobres!”</em>.</p>
<p>Desde donde estoy se ve el aire cargado de palabras transmitidas exculpando a los culpables. Casi pueden oírse sin esfuerzo, sus letras negras mintiendo las razones turbias de los males, las excusas plausibles de las catástrofes y las frases salpicadas de anestesia de los analistas expertos en pavadas.</p>
<p>Desde donde estoy puedo ver, también, y sin ningún esfuerzo, los demonios pacíficos de mi infancia. El aliento de pasto tierno de mi perra en la cara y el silencio de la hora de la siesta frente a un cuaderno de deberes escolares sin hacer. Un gesto con la lengua, un soplido y un renuncio, justo cuando el grafito de mi lápiz comenzaba a arañar en el papel rayado una suma de líneas temblorosas. Puedo ver, de grande, el regreso previsible de esos demonios alados, que sobrevuelan las camitas de mis hijos sin asustarme, prometiendo con sus ojos rojos más infancia, más dolor de adolescencia, más tiempo y tiempo de fantasías.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un horizonte difuso y borroso, en el límite de un mar que no tiene del otro lado a mi tierra, pero es como si la tuviese, es como si cada una de las olas pudiese deshacer en sus espumarajos un trocito de mi costa infinita, un recuerdo de ballenas y pingüinos, una promesa de mi Uruguay natal, una fiesta de sol y playa con mis hermanos, las pieles de niños oscurecidas por el sol, los sueños intactos, el tiempo aún como una medida infinita de lo que no va a llegar nunca.</p>
<p>Desde donde estoy se ve claramente el miedo. No es el mío. No es el tuyo. Es el miedo de todos y el de nadie. Es el miedo con el que estamos aprendiendo a vivir, al que nos vamos acostumbrando sin protestar. Es un cuerpo espeso y dos alas nervadas, enormes, un paraguas siniestro que tejemos sobre nuestras cabezas con paciencia y cautela, como la mortaja interminable de <em>Amaranta Buendía</em>, una labor primorosa y siniestra, una bolsa de gatos infame donde se mezclan las emisiones de <em>Gran Hermano</em> con media docena de guerras remotas, un brote epidémico de enfermedades mortales y las aberraciones modernas de una ciencia sin mas ética que la financiación renovable año a año.</p>
<p>Desde donde estoy se ven, perfectamente y sin interferencias, las huellas indelebles que me trajeron hasta aquí, mis marcas lloradas a fuego lento sobre aviones y trenes, la decisión lenta de abandonar mi casa, los abrazos de despedida y los pares de labios marcando un adiós temporal que se haría permanente. Se ve el rastro de ese camino, la nostalgia derrochada semana a semana de mi barrio, la falta aguda y diaria de tres medialunas de grasa, el reguero de gotitas de sangre de ternera sobre una parrilla de asado con amigos, la letra y música de <em>Patricio Rey</em>, contando en frases criptográficas el dolor de la partida, y una década después, en las mejillas de mis hijos, se ve el resumen lisito e impoluto de todo lo bueno que me pasó desde la última vez que viví en América.</p>
<p>Desde donde estoy, desde mi ventana, se ve perfectamente el parque de enfrente, una canchita de fútbol, la biblioteca y la plaza en la que vamos a andar en bicicleta. Se ve perfectamente todo lo que rodea mi casa. Se ve que hoy, ahora, ésta es mi casa. Me gusta mi ventana. Me gusta mirar por ella, aunque siempre, a mi espalda, aguarde una pared.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Tenía (léase con tango de fondo)</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Jan 2011 10:42:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>Tenía la propiedad indiscutible de mis silencios, uno tras otro, encadenados, fabricados sin esfuerzo, por mí y para mí, cada vez que necesitaba pensar, dolerme, regocijarme o simplemente escuchar los secretos susurrados del viento. Ahora se los alquilo a mis hijos, con trabajo, pagando una altísima tasa de puertas cerradas y reprimendas con el dedo índice en alto, para convocar un silencio artificial que, pobrecitos, no saben ni quieren ni pueden mantener.</p>
<p>Tenía una cintura menos redonda, de peor diámetro de la que tengo ahora, y más fuerza en las piernas y en los brazos. Tenía los bíceps femorales y los abductores a tono de tanto bailar, moldeados por el tango que solía dibujar con pasos seguros en las noches de los miércoles en <em>La Viruta</em>, y por las sacudidas coordinadas a ritmo de músicas diversas. Tenía ganas de fiesta. Ahora la música está desde otro lado. Mis ganas de fiesta se transformaron en ganas de encuentro. Más tranquilo todo.</p>
<p><span id="more-881"></span>Tenía seis tazones de cerámica avejentados, estampados con publicidades de sopa de los años sesenta. Eran cálidos, ásperos al tacto, y del tamaño justo para una sopa invernal de esas que calientan la nariz. Me gustaba sostenerlos con las dos manos, y poner la nariz cerquita, para que la columna de vapor de caldo me reconfortase de los resfriados con un rescoldo de verduras ligeramente saladas. Me gustaba sentir en el pecho el calor, casi al límite del dolor, que proporciona a lo largo del esófago una sopa bien caliente.</p>
<p>Tenía tres estantes con ciento diez discos compactos, en orden casi demente por el apellido de su autor. Me molestaba que los cambiasen de lugar. Me volvía loco si alguien guardaba un disco en la caja de otro. Llegaba a casa de trabajar, muchas veces pasadas las once de la noche, y me servía un centímetro de <em>whisky</em> con cola, mientras escuchaba música durante quince o veinte minutos, al amparo gélido del humo azulado por la iluminación dicroica de un cigarro póstumo, antes de irme a dormir el sueño pesado de los solteros.</p>
<p>Tenía un <em>Fiat Spazio</em> blanco, al que, todas las mañanas, echaba agua del grifo en la batería, porque de lo contrario no arrancaba. Sus cuatro ruedas podridas fueron testigos giratorios de viajes, de encuentros, de amores y de despedidas.</p>
<p>Tenía una máquina de escribir eléctrica de impacto, roja, hábilmente sustraída a mi padre, en la que solía empezar a escribir grandes novelas. Sospecho que a veces – solamente a veces – escribía simplemente por el placer del tacto de las teclas plásticas en las yemas de mis dedos, por el sonido dopante del tac tac tac contra el tambor, por la magia renovada una y otra vez del cartoncito de <em>liquid paper</em><sup class='footnote'><a href='#fn-881-1' id='fnref-881-1'>1</a></sup> sólido que utilizaba para repasar las letras erradas, que desaparecían sin más misterio que una herida color hueso sobre el papel.</p>
<p>Tenía una perra negra, toda dulzura, hocico húmedo y cola agitada, que murió con ojos tristes, y tuvo el entierro que se merecía.</p>
<p>Tenía un disfraz de <em>Che Guevara</em>, compuesto de chaqueta militar, pantalones de fajina y boina negra de medio lado, cuidadosamente complementado con hebras de tabaco rubio para armar, humedecido con una rodaja de papa cruda, borceguíes negros visiblemente perjudicados y un morral en bandolera.</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-885" title="Ilustración de Ricardo Carpani" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/carpani3.jpeg" alt="Ilustración de Ricardo Carpani" width="200" height="295" />Tenía también cuatro <em>chambergos</em><sup class='footnote'><a href='#fn-881-2' id='fnref-881-2'>2</a></sup> de ala baja, en gris, negro, marrón y gris de nuevo, con sus cintas de raso y una estudiada colección de gestos oculares para insinuar bajo la frontera cercana que marcaba el ala, donde el humo del cigarro permanente colgando de los labios encontraba un techo fugaz antes de perderse en los cielos de todo un año bonaerense, incluyendo veranos tórridos con el cuero cabelludo transpirado e inviernos duros habitados por lluvias de gotas gordas.</p>
<p>Tenía una colección de ceniceros robados, cada uno de ellos con una historia que contar, cada uno con las cicatrices de cientos, si no miles de colillas aplastadas en sus cuerpos de vidrio, cerámica o madera. Y uno de todos preferido: el que había sido de mi abuelo.</p>
<p>Tenía una máquina de hacer sánguches calientes, en la que los preparaba para todos mis amigos los domingos por la tarde, para espantar la resaca de alcohol y fiesta mientras esperábamos que el once inicial de Boca asomase por el túnel del vestuario. Me gustaba prepararlos con jamón, queso fundido y un huevo frito dentro.</p>
<p>Tenía – y afortunadamente conservo – una veintena de cuadernos llenos de letras apretadas, inclinadas, a veces ilegibles, que narran ilusiones y tristezas, penurias, adioses, encuentros y amores. Los más antiguos son los típicos espiralados de estudiante, tapa blanda. Los diez o doce últimos son todos marca <em>Meridiano</em>, todos iguales, y se pueden guardar en una estantería. La mayoría de las páginas están escritas en tinta negra. El resto en tinta violeta.</p>
<p>Tenía un <em>walkman</em> plateado, enorme, al que las pilas le duraban lo justo para escuchar cinco <em>casettes</em>, pero era <em>Sony</em>.</p>
<p>Tenía una bicicleta azul, un par de <em>walkie talkies</em> con código morse, un cubo de <em>miki moco</em> y el álbum de figuritas de <em>Titanes en el Ring</em>, completo. Tenía una lata de <em>Nesquik</em> de medio llena de bolitas, un <em>yo-yo bronko</em> y la pelota <em>armariola</em>.</p>
<p>Tenía un caballito blanco, de plástico, del tamaño de un encendedor, hábilmente montado por un zorro estático e inmóvil, repleto de rebarbas que se confundían con su espada envainada, alterado por un viento petrificado permanente, ordenada al origen de mis fantasías.</p>
<p>Tenía un amigo invisible, al que relataba mis penas de niño mientras acariciaba a mi otra perra, la que era blanca con manchas marrones.</p>
<p>Tenía pañales de tela, y un andar torpe e inseguro.</p>
<p>Y tengo aún, aquí y ahora, vivos los olores, los sabores, el tacto, la emoción de cada una de esas cosas, y más. Tengo la nostalgia a flor de piel, como me pasa en cada comienzo de año, y ganas de abrazar a muchas personas que están lejos. Tengo, por suerte, una historia que atesorar, una mujer que abrazar y dos hijos que me curan la nostalgia a golpe de besos y de abrazos.</p>
<p>Y tengo un par de ideas para nuevos <em>posts</em>, pero ya los escribiré otro día.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class='footnotes'>
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<li id='fn-881-2'>Sombrero típico de tango <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-881-2'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Sobre el escepticismo, la inocencia y la ilusión</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Dec 2010 09:44:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Asomándome peligrosa y sigilosamente a la cuarentena, estoy cansado ya de escucharme proclamar a los cuatro vientos sospechosas virtudes apergaminadas de intelectual de izquierda, ex-bolchevique derrotado y fundamentalista del materialismo histórico, entre las que figuran – pero sin limitarse a – un ateísmo profundo, convencido e indiscutible, la negación paradigmática de cualquier artificio de sobrenaturalidad, magia, brujería, hechicería y en general cualquier disciplina no basada estrictamente en principios científicos contrastados, escepticismo férreo a prueba de balas, siempre a mano y listo para usarse, una ironía aguda como defensa contra cualquier posible cuestionamiento a mis principios, y unos cuantos más que hasta me da vergüenza enumerar, porque contienen palabras de los años setenta, como <em>imperialismo</em>, <em>capitalismo salvaje</em> y <em>clase obrera</em>.</p>
<p>Crecí y viví aferrado a estas convicciones de hormigón armado. Recuerdo, desde que tengo memoria, oír relatar la anécdota no verificada históricamente acerca de Marx. Cuentan que llevaba a sus hijos a oír misa, no por religioso sino porque era prácticamente la única oportunidad de que escuchasen música en directo. Entonces, un domingo cualquiera, uno de sus hijos, señalando a Jesús crucificado, preguntó a su padre: <em>“¿Quién es, Papá?”</em>. Marx, contrariado por tener que responder a una pregunta directa, y a la vez firme en sus convicciones de no mentir a sus hijos, se pasó lentamente la mano por la barba cana, y respondió: <em>“Es el hijo de un carpintero pobre, que lo mataron los ricos.”</em> Independientemente de la veracidad de la anécdota – sinceramente me preocupa poco -, ésta ilustra perfectamente cómo he vivido la relación con las religiones, y de qué forma siempre es posible encontrar una vía adecuada para racionalizar cualquier experiencia vital, sin importar su naturaleza.</p>
<p><span id="more-856"></span>Todavía hoy recuerdo vívidamente una conversación de recreo, durante 1982, año en el que cursaba el tercer grado de la escuela primaria, con mi amigo Martín López, hijo de una familia religiosa y practicante. Él argumentaba la existencia más que probada de su Dios temible y castigador, simplemente como excusa para no sumarse a alguna travesura que yo proponía. Le respondí: <em>“Nada que ver. Si Dios existiera, entonces no habría accidentes de autos, ni guerras, ni robos, ni nada.”</em> Recuerdo, además, claramente, la profunda convicción con que lo dije. Él no supo qué contestar. Esa vez gané la partida.</p>
<p>También recuerdo con amargura el ligero rescoldo de decepción que experimenté la primera vez que reconocí a mi madre debajo del gorro rojo, la barba blanca y la enorme barriga de almohadón de gomaespuma, ensayando unas carcajadas graves y sonoras que no lograban ocultar plenamente el timbre femenino de su voz. Y lo recuerdo vívidamente porque más que una revelación profunda, fue como la confirmación de una sospecha que aún no se había materializado, fue comprender que de alguna forma siempre lo había sabido, y fue decidirme de inmediato por el silencio, para no robarle la ilusión a mis hermanos más pequeños.</p>
<p>A los veinte años, pensaba que estaba todo el pescado vendido. Mi visión del mundo era absolutamente correcta, precisa y fundamentalmente verdadera. La misma certeza acerca de la no existencia de Dios se llevaba por delante cualquier posibilidad de magia en este mundo. La suerte estaba echada, iba a vivir así hasta el fin de mis días, convencido, y convencido de que ese convencimiento era una espada de Damocles, un beneficio impagable en cuanto a lucidez, y un castigo que, al mismo tiempo, me impedía disfrutar plenamente de algunas de las cosas más sencillas y bonitas de la vida.</p>
<p>Diez años después, fui padre.</p>
<h3>II. La inocencia</h3>
<p>Hace unos cuantos días, <a href="http://es.akinator.com/" target="_blank">descubrí un juego en internet que trata de adivinar personajes</a>. La mecánica es simple: la máquina va haciendo preguntas que el jugador responde con sí o no, y acaba adivinando prácticamente cualquier cosa. Obviamente, a mis hijos les encantó el juego, así que nos pasamos largos ratos en el sofá, <em>iPhone</em> en mano, probando, uno por uno, cientos de <em>Pokémons</em>, casi todos los <em>Gormiti</em>, personajes de Disney, y muchas variantes. En uno de los giros del juego, Pablo eligió como personaje a <em>Melchor</em>, dada la cercanía del gran evento. Comenzamos el juego, yo leyendo en voz alta las preguntas, y él respondiendo. Como se pueden elegir tanto personas como personajes de ficción, una de las preguntas típicas del robot es: <em>“¿Su personaje es real?”</em>. Cuando salió, casi presiono automáticamente el botón de <em>“No”</em>, pero un microsegundo de reflejos me hizo detenerme. Hice la pregunta mirando fijamente a los ojos a mi hijo, y pude identificar, muy en el fondo de su mirada de niño, un destello de luz propia, cuando respondía, haciendo un gesto contundente con ambas manos:</p>
<p><em>“¡Claro! ¡Qué pregunta!”</em></p>
<p>Y entonces, una vez más, la número ciento cincuenta mil desde que soy padre, algo volvió a romperse dentro mío: el edificio axiomático sobre el que fabriqué mi persona y mi personaje, rindiéndose nuevamente a la evidencia de la inocencia. En ese momento descubrí varias cosas. Descubrí que me gusta la inocencia de mis hijos, su candidez, la ternura con la que creen en la magia, su sorpresa sincera cuando encuentran las cáscaras de mandarina que dejan los reyes a su paso, la emoción intensa con la que se espera en esta casa la inminente llegada, por primera vez, del <em>Ratoncito Pérez</em>, sus confusiones nebulosas entre lo que ven en los dibujos animados y mi materialismo práctico cuando respondo a sus preguntas fantásticas. Descubrí que disfruto su inocencia muchísimo más de lo que fui capaz de disfrutar la mía propia, a la que decapité sin piedad apenas pude intuir algunos de los males de este mundo. Descubrí que, si existe una razón en esta vida por la que valga la pena alimentar fábulas, contar historias y repetir los cuentos fantásticos que se cuentan desde que el mundo es mundo, esa razón es única y es la mirada de mis hijos, es la pureza que soy capaz de respirar cuando ellos creen en la magia, es un temblor debajo de la piel, una picazón intensa en la nariz porque no quiero llorar, una manito de dedos transpirados y uñas sucias.</p>
<p>Descubrí que la inocencia es un momento de la vida mágico en sí mismo, y que tenemos el deber de preservarla, de alargarla todo lo posible y protegerla.</p>
<p>Descubrí que inocencia es sinónimo de maravilla.</p>
<h3>III. La ilusión</h3>
<p>Y la inocencia, como diría el maestro <em>Yoda</em>, conduce a la ilusión. Cuando puedo palpar la intensidad de la ilusión que mis hijos son capaces de vivir, me siento un discapacitado emocional. Es hablar de los reyes magos, del Ratón Pérez, de su próximo cumpleaños, de la inminente visita de sus abuelos, o simplemente de jugar en familia una partida de <em>Uno</em>, y entonces la piel de sus caritas se enciende, los ojos resplandecen y se les dibuja una sonrisa que es mucho más que auténtica: <em>es inevitable, poderosa y total</em>. Es una sonrisa como los adultos ya no somos capaces de sonreír, una sonrisa a pesar suyo, mas allá de las ganas de sonreír. Es una sonrisa que lo abarca todo, que invade, que explota en el pecho, que baja barreras, que tiende puentes. Y sobre todo, es una sonrisa sincera, que comparte y que habla de amor.</p>
<p>Y es entonces cuando no puedo evitar preguntarme el sentido de luchar toda una vida para volver a obtener lo que de niño tenías tan fácilmente: ilusión y amor. No se consiguen con introspección, ni con materialismo dialéctico. Ni siquiera con sicoanálisis, ni con dinero. Solamente se experimenta ilusión y amor cuando dos seres humanos se encuentran, mas allá de la razón, por debajo de la piel. Entonces se respiran, se disfrutan, se saben incondicionales, aunque sea por un momento, y la ilusión traspasa la piel, exuda, supura, se adueña de todo y es tan grande que te lleva por delante. No hace falta saberlo, se siente, te atropella y te estampa contra la pared del salón.</p>
<p>Y al final, lo que quería decir, es que al reconocer por enésima vez la ilusión que mis hijos desparraman por la casa, descubrí el placer de claudicar sin vergüenza, de poner la rodilla en tierra con naturalidad, de derribar una convicción absoluta con alegría y con un calorcito en el pecho: <em>Sí que existe magia en mi mundo. Y puedo tocarla con las manos y probar un pedacito, solamente cuando soy capaz de compartir la ilusión de mis hijos.</em></p>
<p><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>La Navidad de los Ateos</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Nov 2010 10:11:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Es que, al final, de qué sirve ser Rey si no se pueden tomar medidas autoritarias, absolutistas y caprichosas. Amén de que me declare abiertamente republicano, creo que ser Rey de adorno como Juan Carlos I no sirve de mucho. Demasiados compromisos que cumplir y pocos beneficios (si quitamos la ingente cantidad de dinero público para sufragar la pantomima). Si yo fuera Rey, me gustaría ser Rey de los de verdad. Nombrar Senador a mi caballo, como Calígula, o alterar el calendario a mi gusto para que sea mi cumpleaños una vez por semana, mientras vasallos reverentes me sonríen y me dicen que qué buena idea, Majestad, que al pueblo le va a encantar. Para gobernar ya tendría esbirros serviles que se ocuparían de las nimiedades, como mantener a la población civil conforme con el expolio tributario, educarlos y sanarlos y demás tonterías que hacen falta para que un país, medianamente, funcione.</p>
<p><span id="more-788"></span>Pero sin lugar a dudas, mi primera víctima mortal sería la Navidad. Organizaría una quemazón nerónica de pinos de plástico en la plaza pública, mandaría pasar por el garrote vil a todos los que ponen lucecitas en los balcones y penalizaría con cuarenta latigazos la imagen de Papá Noel.</p>
<p>En algún <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/08/te-matare-bellota/" target="_blank">post antiguo</a> he hablado de la confusión que suponía, de niños, para mis hermanos y para mí, crecer en el seno de una familia declaradamente atea, pero que no se saltaba una sola de las celebraciones rituales de la sociedad occidental y cristiana. El mensaje era contradictorio: <em>Dios no existe, pero vamos a festejar el cumpleaños de su hijo</em>. En cualquier caso, a los niños nos importaban más los regalos y la magia enlatada de la noche navideña que los fundamentos teológicos del ágape, así que tirábamos adelante con el paripé sin demasadias preguntas.</p>
<p>Sin embargo, cuando ya se descubrió el pastel (no cuando supe que Papá Noel son los padres, sino cuando mis padres supieron que yo lo sabía), empecé a vivir las fiestas navideñas con vergüenza ideológica y moral. Empecé a sentirme hipócrita por llenar la mesa en exceso, por desenvolver regalos en un ritual obsceno, frente a medio mundo que no puede celebrar otra cosa que la pobreza, y que, paradójicamente, suele ser mucho más devoto y mucho más sincero en el ejercicio de su fe.</p>
<p>Entonces hice un esfuerzo de autoconvencimiento: decidí que las fiestas no eran más que una excusa crónica para juntarnos, para querernos, para regalarnos, para comer cosas ricas y compartir unas cuantas horas en familia, permitiéndonos una sensibilidad que durante el resto del año se guarda en una caja de madera sin barnizar. Protestando torcido, ladrando bajito y refunfuñando fuerte, asistí todos los años a la cena, compré regalitos y los envolví, los puse debajo del árbol y, a pesar mío, sentí ilusión cada vez que ví a alguien a quien quiero rasgar papel de regalo.</p>
<p>También descubrí que la misma argumentación servía para montar fiestas babilónicas, emborracharnos hasta la frontera final y amanecer en brazos desconocidos, tersos y tibios, con una resaca potente y una nueva batalla que contar a los amigos.</p>
<p>Después me tocó emigrar. Llegar a españa con ventiséis años y una soledad nueva, desconocida e inesperada. Entonces, las fiestas comenzaron a ser un suplicio involuntario. Juntarnos entre varios expatriados y ensayar una alegría forzada, levantar los vasos, brindar por el nuevo año a las cuatro de la mañana y una molestia en el pecho, durante toda la noche, que te recuerda que no deberías estar ahí, sino con tus amigos de siempre, con la familia, arropado, en tu lugar verdadero, el que te vió transformarte en un adulto. Acercarme a la ventana y reconocer fuera un frío tan intenso que casi puede verse, mientras añoraba las fiestas de <em>FM La Tribu</em>, con treinta y siete grados centígrados, y mis amigos más queridos mezclados en una multitud alcoholizada y empática, mala y conocida, o las bacanales ingentes de la <em>Placita Serrano</em>, y su final previsible a botellazos limpios, las veredas patinosas de vómitos múltiples y vino barato, antes de que febo regrese para recordarnos que la vida real se trata de otra cosa. Y después, los infaltables patrullajes por la avenida Santa Fé, buscando algún bar abierto para invocar un café con leche con medialunas de grasa, que nos devolviese salud al cuerpo maltratado, antes de irnos al refugio a yacer en pecado mortal con la compañía de turno.</p>
<p>Pero, como todo en esta vida, la angustia brutal también fue, con los años, disipándose en una nostalgia suave y dulce, y los pasitos descalzos de mis hijos llegaron al rescate, entibiaron de ternura las mañanas heladas del diciembre europeo, y convocaron lentamente a mi vida la ilusión infantil, la emoción profunda de la sorpresa, la explosión instantánea de alegría genuina, de la que solamente son capaces los niños.</p>
<p>Y entonces, sin comerla ni beberla, y siendo más ateo que nunca, y además plenamente consciente de la orquestación política y social de una Operación Consumo Navideño que cada año es más grande, muerto de asco por la eurohipocresía, que pregona a los cuatro vientos solidaridad y preocupación por la pobreza y, con la otra mano, despilfarra millones en lucecitas de colores, me encuentro, nuevamente, esperando la navidad con ilusión.</p>
<p>Ni el niño Dios, ni la generosidad de espíritu, ni la fiesta pantagruélica de ingesta desmesurada, ni las llamadas telefónicas de los seres queridos. Nada de eso me hacía realmente disfrutar de la navidad. Pero las caritas encedidas de mis niños, su dulzura profunda cuando hojean, con la mirada iluminada por un resplandor fantástico, catálogos y más catálogos de juguetes para elegir los que pedirán en su carta a los Reyes, su profunda ignorancia acerca de ser los sujetos objetivo de la mayor campaña de márketing de los últimos dos mil años, la intensidad con la que son capaces de desear algo, la ingenuidad con la que nos miran, a mí y a su madre, mientras especulan sobre lo que los magos traerán este año… todo eso me hace bajar mis puentes levadizos, retroceder un poco en mis convicciones de cemento armado, comprender las razones ancestrales de mis padres y, derrotado, pactar con la navidad una tregua que dure exactamente lo mismo que la inocencia de mis hijos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Por suerte ganan siempre los buenos</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Nov 2010 10:22:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Crecí mirando con respeto las figuras incuestionables de próceres severos e incorruptibles. Los ojos fijos, encerrados en un brillo mate de Domingo Faustino Sarmiento, Don José de San Martín, Mariano Moreno y tantos otros hijos ilustres de la patria custodiaron las largas horas de nuestra educación primaria, siempre presentes, siempre vigilantes y enmarcados en una guarda celeste y blanca, recordándonos que los hombres de bien no ríen ni lloran ni hablan en clase, que están dispuestos a morir por la patria y se casan solamente con mujeres abnegadas que entenderán siempre que sus maridos partan a caballo a erradicar la injusticia de este mundo, y resignadas, un día llorarán su muerte con orgullo y generosidad, contentas porque su muerte fue por una causa noble.</p>
<p>Son hombres especiales. Nunca en su vida dijeron nada banal ni fútil, y crecieron obsesionados, desde niños, por la injusticia y el oprobio. Héroes desde chiquitos, que cuando los hieren mortalmente no se cagan en la puta madre que lo parió al reverendo hijo de puta que me mató, y carajo, cómo duele; sino que dicen cosas como “<em>Muero contento: hemos batido al enemigo</em>”.</p>
<p>Y lo más importante de todo es que nunca pierden. No toman malas decisiones, ni se equivocan, ni se benefician personalmente de sus posiciones de poder, ni sucumben a las tentaciones de la carne, ni son egoístas, ni pecan de soberbios. Y si por alguna razón absurda sufren una derrota, es producto de la incomprensión de los demás, de las circunstancias adversas, de la incompetencia de sus subordinados o de la simple mala suerte.</p>
<p>Ese era el modelo de hombre al que teníamos que aspirar. No podíamos perder.</p>
<p><span id="more-764"></span>II.</p>
<p>Hace un par de días, apoltronado en el sofá como seguramente no solían hacer mis héroes, que no descansaban nunca, y cálidamente flanqueado por mis dos hijos, mirábamos dibujos animados. Daban un capítulo repetido una y mil veces de <em>Gormiti, el regreso de los Señores de la Naturaleza</em>. Afortunadamente, ahora los héroes de nuestros hijos, además de las virtudes inmemoriales clásicas, poseen una conveniente conciencia ecológica y un rechazo teórico hacia la violencia que, inevitablemente, terminan ejerciendo contra los malos, obligados por la imperiosa necesidad de salvar al mundo.</p>
<p>El mundo se revoluciona. La tecnología lo cambia todo y los niños de hoy son máquinas de alto rendimiento. Necesitan acción, velocidad, explosión y colores vivos. Necesitan un ritmo que nosotros, de niños, difícilmente hubiésemos sido capaces de seguir. Vértigo puro, digitalmente inventado con sonido envolvente. Pero por alguna extraña razón, los malos continúan empecinados en explicar su villanía, en detallar sus pérfidos planes, regodeándose antes de aniquilar a sus rivales, aparentemente vencidos, y solazándose en su risa demoníaca.</p>
<p>Invariablemente, los buenos salen airosos, apelan a lo mejor de sí mismos, renuncian a cualquier tipo de reconocimiento o beneficio personal y vuelven a ganar. No conocen la derrota. El bien siempre triunfa.</p>
<p>Los niños lo celebran, entusiasmados. Parece increíble que vuelvan a sorprenderse de la habilidad de sus héroes para resolver las situaciones difíciles.</p>
<p>Y yo, derramado en los almohadones por los confines distantes de mi barriga, pensé, por primera vez en mi vida, que quizás no sea buena idea que ganen siempre los buenos.</p>
<p>III.</p>
<p>Con la inestimable colaboración de padres, profesionales de la educación, autoridades y empresarios, estamos blindando la infancia. Los niños crecen cercados por barreras de seguridad. No hay acceso al mundo real, salvo para los niños que forman parte de él. O estás en la realidad o estás en la fantasía. Hay niños en este planeta que conocen de primera mano la explotación infantil, el hambre, la pobreza y la violencia. El resto cree que el mundo es un sitio casi perfecto. Sus padres no tienen ningún tipo de problema visible, la televisión es un proveedor infinito de situaciones fantásticas, la calle solamente existe en compañía de adultos protectores, los gérmenes están convenientemente mantenidos a raya por una profilaxis que roza la obsesión, y papá y mamá siguien un guión social terriblemente opresor, pero que les indica claramente como proceder en todos los casos. Además, no hacemos más que proporcionarles maneras de evitar el esfuerzo personal, desde pistolas que hacen pompas de jabón sin soplar hasta formularios preimpresos para las tareas escolares, no se vayan a cansar demasiado copiando doce sumas del pizarrón. Y, por supuesto, ganan siempre los buenos. No hay problema. No hay nada que temer.</p>
<p>IV.</p>
<p>Mientras tanto, en el otro rincón, los padres y madres inocentes de este mundo, contrariados, nos compadecemos mutuamente y nos quejamos del calvario que nos toca vivir. Los niños son impertinentes. Son exigentes. No saben jugar solos. Sus caprichos son prácticamente imposibles de gestionar adecuadamente. No saben compartir.</p>
<p>La misma boca pequeña que comparte la denuncia susurrada, de boca de padre a oído de padre, es la que calla y permite todo lo que sucede. Compramos la pistola de pompas de jabón con tal de no escuchar cien veces que Pepito y Marianita la tienen, y que es la moda en el cole, y cedemos a los <em>Gormiti</em> la postestad del silencio y la tranquilidad del hogar, al tiempo que toleramos que la escuela, en lugar de ser una puerta al conocimiento, la apertura y la superación personal, sea una losa de granito que los aplasta bajo un manto de prejuicios, de intereses políticos y de conceptos marchitos. Avalamos que la institución principal de su infancia los equipare en lo peor, sin fomentar sus características individuales positivas, pero potenciando su individualismo. Permitimos que los prepare para un mundo hipotético en el que todo sale bien, en el que no existen los castigos pero sí las recompensas.</p>
<p>V.</p>
<p>Un día, no muy lejano, nos daremos cuenta de que hemos soltado a la calle toda una generación de hombres y mujeres que no toleran la frustración, que no saben perder, que no están acostumbrados a recorrer un camino para obtener algo. Solamente conocen el ya más inmediato, la satisfacción instantánea, el triunfo constante.</p>
<p>Y los recibirá un mundo hostil. Un mundo en el que las reglas están escritas con otra tinta, y donde les arrancarán la cabeza sin piedad ante el menor error. Un mundo en el que nadie les regalará nada, en el que la protección total a la que estaban acostumbrados sucumbirá ante la violencia civil y económica, y en el que la educación que recibieron, más que brindarles garantías de oportunidades, limitará sus opciones y su imaginación para abrirse camino en la vida.</p>
<p>Pero nosotros no seremos responsables. Nosotros habremos hecho todo lo posible, desde el infinito amor que les profesamos, para prepararlos.</p>
<p>Les habremos dejado ganar a las cartas, les habremos hecho gran parte de sus deberes escolares, les habremos permitido televisión sin límites y les habremos protegido de la realidad hasta límite en el que es la misma realidad la que nos supera.</p>
<p>Pero lo más importante de todo, es que tanto nosotros como nuestros hijos, sin ningún tipo de dudas, estamos en el bando de los buenos. Somos los buenos. No podemos perder. Estaremos a salvo siempre que recordemos eso, siempre que no perdamos de vista que en este mundo, por suerte, ganan siempre los buenos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Enano Cabezón II: Mi papá me ama</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Oct 2010 08:33:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Hola, mi amor. Hola otra vez, mi chiquitín. Parece mentira, pero ya pasó otro año, y los pedacitos tiernos y crocantes de tu infancia desaparecen de mis manos como almendras garrapiñadas picoteadas por pájaros rebeldes. Quiero contarte un secreto. Como cuando te acercás y me pedís que me agache, para decirme a la oreja: “Papá, &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/17/enano-cabezon-ii-mi-papa-me-ama/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Quiero contarte un secreto. Como cuando te acercás y me pedís que me agache, para decirme a la oreja: <em>“Papá, ¿te digo un secreto?: Los Dinosaurios están muertos”</em>, me decís, con tu susurro infantil, con tu respiración de niño. Ahora hace ya un año, cuando cumpliste tres, vos y yo iniciamos, sin saberlo, sin quererlo, una tradición doméstica, informal y privada. <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/14/enano-cabezon/" target="_blank">Por tu cumpleaños te escribí una carta</a>, y para mí fue balsámico. Te hablé de mis angustias de padre inexperto, de mis emociones de hombre tonto, de los disfraces con los que los adultos nos enfrentamos a la realidad, de nuestros juegos privados, de tu sonrisa luminosa&#8230; Y hablarte me hizo sentir tan bien, que luego escribí otra a tu hermano por su cumpleaños de seis, y entonces decidí que intentaré hacerlo todos los años, escribirte una carta a vos y otra a tu hermano. Un momento anual de reflexión, un instante íntimo para recapitular, para pensar en lo que va pasando, para contarte cómo te veo, cómo te siento, como te respiro.</p>
<p>Es un regalo hecho hoy, para el futuro. Me encanta pensar que un día podrás comprender la humedad de mis palabras, adivinar el rastro de mis lágrimas de emoción en mi bigote escaso. Entonces te sentarás y leerás, una por una, doce, tal vez quince cartas escritas solamente para vos, una por cada octubre tuyo. Sabrás cómo te ví crecer, al tiempo que yo envejecía un poco, maduraba otro poco, engordaba otro poco, y te adoraba cada vez más, a pesar de que cada vez me parecía imposible adorarte más. Sabrás, siendo ya un muchacho, las palabras que solamente puedo decirte ahora, porque sos todavía un niño, porque tu corazón de algodón de azúcar no tiene vueltas complejas, ni sabe de dobles sentidos, ni busca mensajes ocultos, ni elige lo que las palabras no dicen en vez de lo que intentan decir.</p>
<p><span id="more-717"></span>Quiero aprovechar ésta, la segunda de las cartas que te escribo, para hablarte de vos, para decirte lo que pienso, lo que siento y lo que creo, para contarte cómo me estremecen, de los pies a la cabeza, tus abrazos interminables de niño, tu ternura enorme, tus ojitos que me miran con devoción, con orgullo, con dulzura, tus besos tibios, profundos, sinceros. Y, si puedo, quiero también enseñarte alguna cosa. ¿Sabés? Cuando seas grande, adulto o muchacho, vas a encontrarte con que, sin saber cómo, todo lo que era fácil de niño, la naturalidad de los besos y los abrazos, la ternura directa, la frescura infinita, se recubre poco a poco de respuestas razonadas, de reacciones controladas, de prejuicios inevitables, de malos pensares insufribles, se decora con una cautela emocional incontrolable, se recubre con una armadura hecha de un enorme apego por uno mismo, que muchas veces te impide llegar a los demás, o que los demás lleguen a vos.</p>
<p>Pero, mi amor – y aquí va el segundo secreto del día –, esa ternura que te constituye y te define, sigue ahí, está en vos, es tuya por derecho y por conquista, y aunque la vida te dé sinsabores y dolores varios, aunque las personas no sepamos, muchas veces, verla, siempre, siempre, tenés que guardar en vos un camino secreto para regresar a ella, porque va a ser el talismán que te rescate en los momentos más difíciles, y porque va a ser la estrella que quieras regalar entera el día que descubras que amas a alguien. Es parte de lo mejor que tienes, es lo que más dolor puede causarte, y lo que puede hacer que recibas más amor.</p>
<p>Quizás una de las cosas más asombrosas de ser padre (ojalá lo experimentes algún día) es descubrir, día a día, cuánto se te parecen tus hijos, al mismo tiempo que se revelan tan únicos, tan diferentes que te asustan. La mitad de lo que vos y tu hermano son, puedo reconocerla sin dificultad en tu madre y en mí. La otra mitad es cosecha propia, y nos sorprende todo el tiempo. Es en esa mitad única y auténtica en la que los padres descubrimos que nuestros hijos son mejores personas que nosotros. Es precisamente ahí donde se encuentra eso tan inexplicable que los religiosos llaman alma, y los escépticos como tu padre intentamos nombrar con mil apodos diferentes.</p>
<p>Y en vos esa mitad es magia pura. Tenés el corazón blandito y cómodo, y un talento natural para la felicidad como no he visto jamás en ninguna otra persona. Y el secreto es que sos capaz de ser profundamente feliz con las cosas más pequeñas. No me voy a cansar nunca de ver tu carita iluminada, tu sonrisa desbordante y las chispas de tus ojos cuando me ves, por ejemplo, al regresar de un viaje. Tenés, también, una seguridad sobre tu amor que te permite repartirlo sin cuidado, ir por ahí diciéndole a las personas que querés que las querés, y cuánto las querés. No voy a olvidar nunca una tarde de septiembre en la que estábamos en la plaza, en un banco. Vos estabas sentado entre Santi – sí, Santi, el papá de tu amigo Sergio – y yo, y por alguna razón me dio por apoyar mi cabeza en tu pechito infantil. Quería escuchar tu corazoncito. Entonces pusiste tus manos sobre mi pelo, me acariciaste y se te encendió la carita, te brillaron los ojos, te desbordó tu sonrisa traviesa. Buscaste a Santi con la mirada y le dijiste:</p>
<blockquote><p><em>“¡Mi papá me ama!”</em></p></blockquote>
<p>Lo dijiste con auténtica alegría, con sinceridad infantil. Lo dijiste sin afectación, sin teatro, sin magnificencia. Lo dijiste de verdad, simplemente. Y tu felicidad de niño, tu orgullo de hijo se te notaba a pesar tuyo.</p>
<p>Para mí fue un momento mágico. Pero no tanto por el regalo simplemente maravilloso de tu alegría, sino por haber sido, por primera vez, capaz de palpar tu certeza absoluta sobre mi amor de padre. Esa certeza no tiene precio, mi chiquitín. He visto hombres hechos y derechos, pasados los cuarenta, romper en lágrimas por esa duda palpable, por no conocer de primera mano el amor de sus papás.</p>
<p>Por eso hoy, en tu cumpleaños de cuatro, quiero volver a regalártela. No quiero regalarte mi amor, porque el amor de padre se regala día a día, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo. No hacen falta situaciones especiales. Quiero regalarte, junto a un voto secreto entre nosotros dos de renovarla año a año, la certeza final y absoluta de mi amor. Quiero regalarte ese talismán, un acceso directo a mi corazón, la llave maestra que te permita saber con seguridad, cada vez que lo necesites, que tu papá te ama, que ese amor es incondicional, que nada ni nadie, nunca, podrá cambiar eso.</p>
<p>Quiero regalarte, en un sobre sellado con lacre, la promesa sagrada de que, a lo largo de tu vida, cada vez que lo necesites, estaré ahí para repetirte las claves de mi amor, para decírtelo sin vueltas, para brindarte un espacio en mi pecho que te ayude a rescatar tu sonrisa solar, un refugio tibio en el que, hombre o no, puedas decir, a quien quiera oírlo, sin afectación ni vergüenza, cuánto te ama tu papá.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 16 de Octubre de 2010.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz cumpleaños.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Te adora, </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Papá.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jul 2010 08:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[amistad]]></category>
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<p>El cigarrillo se consumía, y entonces rescaté mi recuerdo más antiguo de un mundial. Fue el 25 de junio de 1978. Yo tenía entonces cinco años, y no se podía decir de mí que sintiese verdadera pasión por los deportes de contacto. Era mas bien un niño tranquilo. Me gustaba leer y armar rompecabezas. Me gustaban las palabras, como ahora.</p>
<p><span id="more-629"></span>La dictadura militar Argentina ocultaba bajo las gradas repletas de hinchas entusiasmados los cuerpos masacrados de los opositores al régimen, pero de esto tampoco me enteraba.</p>
<p>Sin embargo, y a pesar de eso, sucedió.</p>
<p>Argentina fue campeón del mundo.</p>
<p>Y entonces todo fue euforia. No tengo imágenes propias del partido, ni de los jugadores, más allá de los bigotes borrosos del <em>Matador </em>Kempes<sup class='footnote'><a href='#fn-629-1' id='fnref-629-1'>1</a></sup>, y el casquillo de pelo de Daniel Pasarella. Ni siquiera recuerdo en qué momento salimos de casa, ni cómo llegamos a la calle. Pero lo que no olvidaré jamás es la sensación de la alegría desbordada. Cerrando los ojos aún puedo verme, de pie sobre el asiento trasero de un Peugeot 504 blanco, asomando en medio de dos de mis hermanos por la abertura del techo, mientras mi padre conducía a 6 Km/h en medio de una multitud enloquecida, y los papelitos, miles, millones de papelitos volando, revoloteando y tapizando las calles de ilusión y alegría. Y yo viendo el mundo desde mis ojos de niño, gritando, cantando, festejando.</p>
<p>Y a pesar de el campeonato, seguí sin estar interesado en los deportes de contacto.</p>
<p>Cuando me quise acordar, llegó México 86. Tenía trece años.</p>
<p>Todavía puedo sentir la explosión de ira en aquél maravilloso gol de Diego a Italia que empataba definitivamente un partido trabado y aburrido, en un bar abarrotado de adolescentes gritando, cerveza y humo de tabaco. No tengo que hacer ningún esfuerzo para evocar el corazón golpeando fuerte durante la galopada interminable de Maradona para hacer el memorable gol que le endosó a Inglaterra después de quebrarles la cadera a seis jugadores rivales. Y nunca voy a olvidar cuando me desperté, a las 6:30 de la mañana del 29 de junio, con el cuerpo completamente pintado de rojo de la cintura para arriba, cubierto de miles de molestos granitos producto de una inoportuna escarlatina. Mi padre me acostó en su cama, y movió nuestro televisor blanco y negro hitachi de catorce pulgadas a su habitación, para que todos viesen el partido a mi alrededor. Noventa minutos de angustia y magia, y unos ridículos cartelitos sobreimpresos que proclamaban ¡¡¡ARGENTINA CAMPEÓN MUNDIAL!!!, mientras la alegría desbordante se diluía en una frustración infinita al darme cuenta de que me perdería el festejo, la celebración que mareó las calles de Buenos Aires de una borrachera de pelota y gol.</p>
<p>Seguí sin ser demasiado aficionado a los deportes, pero Italia 90 me volvió a encontrar desbordado de emociones, sensaciones, miedos profundos y gritos desgarradores en las interminables tandas de tiros penales que volvieron a llevar a la Argentina a una final. Y todavía, sin esfuerzo, puedo saborear la amargura de la derrota injusta en la final contra Alemania.</p>
<p>Toda mi historia está salpicada de esos momentos. Como cuando nos juntamos varios amigos muy cercanos para ver, de madrugada, en casa de Emilio, el partido de repechaje contra Australia para ir a Estados Unidos 94, o el maravilloso 30 de junio de 1998, en el que eliminamos a Inglaterra por penales en los octavos de final del mundial de Francia.</p>
<p>Y sin embargo, sigo sin practicar deportes de contacto.</p>
<p>Mis hijos tampoco lo hacen demasiado, porque los padres intentamos transmitirles nuestras mejores cosas, muchas veces sin éxito, pero sin querer les transmitimos exitosamente todos nuestros defectos.</p>
<p>La mañana transcurrió sin novedades. Mis hijos se pusieron sus camisetas de Argentina y allá nos fuimos los tres a la plaza, ataviados con nuestras galas de fútbol.</p>
<p>Después de comer, me preparaba para irme a un bar a ver el partido en compañía de un amigo, cuando Pablo se me acercó.</p>
<p>-       Papá, ¿puedo ir contigo a ver el partido?</p>
<p>Una vez más, mi debilidad de hombre moderno, mi superyó políticamente correcto de la era de la hipocresía, me dictó lo que debía decir. Le respondí como un padre:</p>
<p>-       De ninguna manera. Tú te quedas en casa.</p>
<p>-       ¿Por qué? – preguntó, haciendo pucheros.</p>
<p>-       Porque un bar no es un lugar para niños. Estará todo el mundo fumando, y te aburrirás.</p>
<p>-       No, no me aburriré.</p>
<p>-       Pablo, – argumenté – cuando papá ve un partido en casa te aburres como un hongo. Es un partido muy largo, y papá lo quiere ver tranquilo.</p>
<p>-       Es que quiero ver a Argentina.</p>
<p>-       Mi amor, no. Si quieres te llamo cada vez que algún equipo marque un gol.</p>
<p>Mi hijo me miró con profunda decepción. Rompió a llorar con auténtico desconsuelo mientras, entre lágrimas, repetía sin parar: “<em>Es que quiero ver el partido. Quiero ver a Argentina. Quiero ir contigo</em>”. Yo intentaba calmarlo, y convecerlo de que mi decisión era correcta, que no correspondía llevar a un niño de seis años, que se aburriría, que me pediría que lo trajese de vuelta a casa a mitad del primer tiempo, que esto son cosas de <em>grandes</em>.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Continuaba llorando sin parar.</p>
<p>Entonces, de golpe, me dí cuenta de que estaba actuando como un padre, pero lo que mi hijo necesitaba en ese momento no era un padre. Era un hombre. Era un conciliábulo de hombre a hombre. Dos amigos que aguantan juntos la ilusión, los nervios, el nudo en el estómago. Él no percibía el fútbol, sino mis emociones, y no estaba dispuesto a quedarse fuera de eso. Necesitaba un compañero de juergas, un borracho emocionado que le dijese cuánto lo quería, para olvidarlo al día siguiente. Necesitaba un igual con quien compartir su ilusión y su dolor.</p>
<p>-       Ven aquí – lo llamé, emocionado. Se acercó, con el pechito sacudido por espasmos de pena, los ojos brillando al calor inclemente de la tarde y los mocos transparentes perlando su labio superior.</p>
<p>-       ¿Qué? – me respondió, enojado conmigo y con el mundo.</p>
<p>-       ¿Por qué te importa tanto?</p>
<p>-       Porque quiero ver a Argentina contigo.</p>
<p>Le limpié las lágrimas con mis pulgares y lo miré profundamente a los ojos.</p>
<p>-       Está bien, vale – concedí. – Vas a venir conmigo, pero prométeme que te portarás bien, y que si te aburres te aguantas.</p>
<p>Su carita se iluminó de golpe, los ojos se le abrieron grandes, más grandes que nunca, y una felicidad nueva le renació por debajo de la angustia. Su sonrisa repentina amenazó con salirse de su rostro.</p>
<p>-       Búscate un juguete pequeño para llevarlo, así puedes jugar si te aburres.</p>
<p>En dos minutos se plantó ante mí. En una mano tenía un cachirulo para armar que le regaló su abuela por su cumpleaños, y en la otra una libretita con las tapas del Barcelona y un bolígrafo.</p>
<p>-       Llevo esto para anotar los goles.</p>
<p>En una página había escrito: “Argentina   Alemania”, separados por la típica “T” para anotar tanteos.</p>
<p>Allá nos fuimos.</p>
<p>Se sentó como un auténtico hombrecito, algo que no tuve que enseñarle, lo sabía desde antes de nacer, porque aunque no queramos llevamos escrito en la sangre cómo se mira un partido de fútbol, cómo se sufre y como se recuerda. Un codo sobre la mesa, sosteniendo con la misma mano su vaso de té helado, mientras miraba la pantalla gigante dentro de la cual Alemania, lentamente, comenzaba a aplicarnos un doloroso correctivo.</p>
<p>Finalizada la primera parte, yo estaba de mal humor, nervioso, intranquilo. Casi me había olvidado que el tercer hombre de nuestra mesa era mi hijo de seis años. Me había comportado como se comporta un hombre entre hombres. Entonces lo miré, y no pude evitar sonreírle. El sonrió y me dijo:</p>
<p>-       ¿Pedimos algo para picar?</p>
<p>Después, el desastre. Nos pasaron por encima. Grité, me enrabieté. Cuando una sarta irrepetible de insultos brotaban de mi garganta, cerrando el bullicio del tercer gol, mi hijo me trajo de vuelta, diciéndome:</p>
<blockquote><p><em>“Papá, no grites así, que no estamos en casa”.</em></p></blockquote>
<p>Me aguanté como un hombre las ganas de llorar, y pensé que ni siquiera él sabía cuánta razón tenía. Volví a acariciar sus mejillas infantiles, y por primera vez en mi vida sentí alivio durante una derrota de mi selección. No me importó tanto perder, porque me dí cuenta de que no recordaré el 3 de julio de 2010 como el día que Alemania nos humilló frente al mundo entero, echándonos nuevamente en cuartos de final de un mundial, sino como el día en el que mi hijo de seis años me brindó su ilusión, me ofreció como un hombre su corazón de niño, arrimó su hombro al mío para soportar juntos la derrota – que es mucho más difícil de compartir que la victoria – y me hizo saber, a pesar suyo, que aunque viva a diez mil kilómetros de mi casa, siempre puedo contar con él.</p>
<p>Gracias por el fútbol.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-629-1'>Mi amigo <a href="http://joacoramos.wordpress.com/">Joaco Ramos</a> me apunta que el de los bigotes era Luque, y que el Matador nunca llevó bigote. Trampas de la memoria <img src='http://aprendizdebrujo.net/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' />  <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-629-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Porque lo digo yo, que soy tu padre</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jun 2010 09:30:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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		<description><![CDATA[La vida te engaña de todas las maneras que puede. Nada acaba siendo como creías que iba a ser, y sospecho que, en muchos casos, tampoco es como creés que es una vez que empezó. Y perdoname que te escriba en argentino, pero es que aunque parezca un contrasentido, mis palabras más sinceras ocurren en mi pecho con acento rioplatense.

Y cuando digo que la vida te engaña, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.

Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.
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<p>Y cuando digo que <em>la vida te engaña</em>, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.</p>
<p>Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.</p>
<p><span id="more-617"></span>Todos hablamos sobre la paternidad. Los que hemos sido padres y los que aún no lo han sido. Y parece ser que estamos obligados a decir <em>“Es lo mejor que me pasó en la vida” </em>como primera frase. Creo que hay un pacto social tácito al respecto. Probablemente si los padres dijésemos la verdad cuando los que no lo son preguntan, la continuidad de la especie humana se vería seriamente amenazada, mi amor.</p>
<p>Cuando tu madre estaba embarazada, te esperábamos con auténtica ilusión, y yo en particular con muchísima ansiedad. Intentaba poner mi mano sobre la panza grande y rendonda cada vez que podía. Era mi forma de hacer algo para no sentirme fuera del proceso, porque hablarle a una bola redonda y brillante me hacía sentir definitivamente ridículo. Te decía que ponía la mano sobre la panza de mamá, y esperaba hasta que te movías. Entonces eran los únicos momentos en los que íntimamente conseguía sentir que eras real, que venías de verdad, que no era un invento mío.</p>
<p>Durante toda mi vida había creído que el día que naciese mi primer hijo sería el más feliz para mí. Estaba convencido de que, en el momento que te pusiesen en mis brazos no sería capaz de contener la emoción, y sospechaba que tu llegada sería la llave que abriese una puerta mágica a un mundo fantástico y maravilloso.</p>
<p>En lugar de eso, tu llegada fue un acceso a un quirófano aséptico, en el que todo sucedía a una velocidad falseada. Usábamos unos trajes azules que seguramente te harían mucha gracia, y mamá estaba cansada y dolorida. Me puse a su lado y le sostuve la mano, mientras ella aguantaba los dolores de parto y yo me callaba por vergüenza las molestias que me provocaba una pierna dormida y acalambrada.</p>
<p>Entonces naciste.</p>
<p>Te pusieron sobre mamá. Es que a los padres, por razones obvias, todo el mundo nos ignora un poco cuando nace un niño.</p>
<p>La primera vez que te tuve en brazos sentía una expectativa enorme. Esperaba que una luz seráfica me iluminase el rostro, que una paz interior me desbordase por completo y una sensación de ingravidez total. Esperaba un torrente de lágrimas tibias y la creación de un sol propio y privado con el que darte calor. Esperaba ser un hombre nuevo y la revelación final de el secreto mejor guardado: una felicidad sin límites.</p>
<p>En lugar de todo eso me sentí torpe. Te doblabas como un muñeco de trapo en mis manos inexpertas, tenías la cabecita ligeramente ovalada y los piecitos rosados y las piernas flexionadas hacia el vientre. Cuando por fin encontré la forma de sostenerte, bajo la mirada atenta y vigilante de todos los presentes, me quedé muy quieto, esperando el rayo redentor que tenía que entrar por la ventana. En lugar de la maravilla y la felicidad completa, lo único que conseguí identificar plenamente entre una maraña de emociones mezcladas fue una sensación de pánico creciente. Tuve miedo, mi amor, miedo de verdad. Miedo auténtico, del que te deja seco, miedo del que te da mordiscos en las tripas desde adentro, del que hace sentir vértigo. Miedo del que te acecha desde arriba y desde abajo, el que te impide tragar y respirar. Las lágrimas de emoción que esperaba no llegaron, y en lugar de eso me encontré disimulando frente a tus abuelos, ocultando mi miedo, que es lo que hacemos los adultos cuando lo sentimos. Sonreí para la galería y seguí el guión que todos conocemos.</p>
<p>Caminé unos pasos contigo en brazos. Efectivamente, continuaba sintiendo más miedo que otra cosa.</p>
<p>Pero pronto, muy pronto, supe por qué las claves auténticas de la paternidad son el secreto mejor guardado: porque a los pocos días de tenerte, descubrí que el hombre que yo creía ser se había desecho, y en su lugar habitaba mi pecho una señora gorda, tetona y generosa, con una redecilla y ruleros y pinzas en el pelo, vestida permanentemente con una ridícula bata de flores, que solamente quería ser tu mamá y bailar danzas clásicas bajo el sol, contigo en brazos, amamantarte, darte de comer carne de su carne, de mi carne, besarte con ruido y con baba, hacerte saber su amor con palabras cursis, llorar cada una de tus lágrimas, sacramentar tu sueño de bebé y regocijarse en el tufo ácido de tu caca. Y claro, eso no es de hombres. Los hombres – y te lo digo porque vos también vas a ser hombre un día, y vas a estar atado a tus actos por el mismo reglamento absurdo – somos fuertes, somos machos, somos el sustento y la protección. Tenemos que callarnos a la señora gorda y hacer retroceder las lágrimas (las mismas que ahora, en este momento, solo frente a mi pantalla, intento contener mientras te escribo). Los hombres, mi amor, los hombres como vos y yo somos la ley, somos la fuerza y somos los primeros idiotas que nos creemos cazadores y guerreros, que cuidamos la imagen de varón y estigmatizamos la ternura. Las claves principales de la hombría son otra de las grandes mentiras de nuestra cultura, y a pesar de saberlo perfectamente, por alguna razón soy uno más de los que la sostienen, y me hago el hombre cada vez que es necesario.</p>
<p>Me hago el hombre cuando te digo que no llores por eso, que es una tontería, aún sabiendo que a pesar de ser una tontería tu sufrimiento es auténtico. Me hago el hombre cuando te educo, cuando te escucho y cuando te mando callar. Cuando, para poner fin a tu rebeldía, tiro del cargo, diciéndote: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre.”</em> Me hago el hombre para enfrentar tus miedos infantiles por la noche, y en vez de acurrucarme a tu lado te acaricio el pelo y te aseguro que no pasa nada, que no hay que tener miedo. Me hago el hombre cuando escucho tu lucidez de niño, tu tremenda y brutal agudeza emocional, tus cuestionamientos impertinentes, tus juegos de ternura.</p>
<p>Han pasado casi media docena de años, y ahora que estamos a pocos días de tu sexto cumpleaños, puedo decirte que el día que naciste no fue el más feliz de mi vida, sino uno de los que más miedo pasé. Está marcado en mi historia porque me obligaste a hacerme hombre de verdad, renunciando íntimamente a la imagen de hombre en la que hasta entonces creía. Puedo contarte que con tu llegada refundaste para mí el concepto de ternura. Puedo agradecerte que abrieras para mí una nueva dimensión de lo que significa para un hombre el amor.</p>
<p>Quizás debería darte consejos, decirte que te laves las orejas o que te portes bien. Tal vez debería encomendarte que estudies, que seas un hombre de bien, que crezcas en la dirección correcta, que no te comas los mocos y que no le pegues a tu hermano, pero lo que de verdad me sale es agradecerte el haber hecho de mí una persona mejor, el mostrarme un camino diferente para llegar a mí. Lo demás sé que vendrá, porque amén de todo lo que nos equivocamos los padres a pesar nuestro, de hijos criados con amor solamente pueden esperarse buenas personas.</p>
<p>Han pasado media docena de años, mi amor, y dejáme decirte que el miedo sigue ahí, velando mi sueño cada noche, respirando mi aire durante el día. Nada, ni siquiera la muerte, me da más miedo que no ser un buen padre para vos y para tu hermano, pero dejáme que te cuente un secreto: no quiero que el miedo se vaya, porque su presencia es la salvaguarda de todo lo bueno que tenemos. Mientras tenga miedo de no hacerlo bien seguiré intentando hacerlo mejor cada día.</p>
<p>Y sé que desde tus seis añitos de vida, ves a tu padre un escalón por debajo de tus héroes, y muchos por encima del resto de los hombres. Sé que crees que lo sé todo, y que soy capaz de protegerte de todos los males de este mundo, y no soy capaz de decirte con palabras cuánto me enternezco cada vez que me doy cuenta de tu devoción infantil, ni hasta qué punto me siento insignificante cuando no puedo darte las certezas que tus preguntas de niño me piden constantemente. Pero un día, mi amor, dentro de muy poco, empezarás a pensar que tu viejo es imbécil, que se equivoca y que no sabe nada. Será el momento en el que empieces a fabricar tu propio hombre, tu guerrero cazador y macho alfa que sabe que es el líder del mundo libre y que lo que no haga él no estará bien hecho. Solamente espero ser lo suficientemente hombre como para aceptarlo, sabiendo que probablemente, si algún día llegás a ser padre, comiences a pensar, cada vez con más frecuencia: <em>“Cuánta razón tenía papá”.</em> Quizás un día te descubras con las cejas crispadas y el dedo índice señalando a tu propio hijo, mientras le decís: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”,</em> y entonces un ataque de risa te obligue a darte cuenta que somos animales de costumbres, y que lo que tus padres te dan excede la ciencia y la genética, te hace y te constituye.</p>
<p>Y así entre nosotros, mi amor, permitime contarte que convivimos en mi cuerpo los tres: tu padre, el miedo animal y la señora gorda. Nos llevamos bastante bien, porque cada uno hace su trabajo. El miedo me mantiene alerta y vigilante, me corrige cuando me equivoco y me propone treguas para acercarme a vos. La señora gorda es la que te abraza y te llena de besos, la que juega contigo y te protege entre sus tetas descomunales, la que te besa por las noches y te toma la fiebre cuando estás enfermito. Y tu padre soy yo, el que se divide, el que te adora hasta la locura, el que te escribe pobremente lo que no sabe decirte, el que te manda a recoger los juguetes, y el que, cuando protestás, te apunta con el dedo índice, frunce el entrecejo y te dice con voz varonil, de hombre: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz cumpleaños. Te adora, Papá</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de junio de 2010.</em></p>
<p><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a><br />
</em></p>
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		<title>La nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Jun 2010 08:51:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-597"></span>Éramos tan niños que ni una sola vez, durante todos esos años, nos paramos a pensar que esa era la única casa “pobre” del barrio. Durante los dos meses al año que pasábamos allí, en un verano que será perenne en mi memoria, éramos tan felices que ni siquiera advertíamos que no había dinero, que no había parques de diversiones, que no había juguetes nuevos ni viejos, que mi abuela apañaba la comida sancochando arroces y fideos y verduras y trocitos de carne de una forma que a nosotros siempre nos parecía deliciosa, que no sobraba nunca nada. No se tiraba nada, ni mucho menos se despilfarraba. Bebíamos agua fresca y leche.</p>
<p>Y jugábamos. Todo el día. Setenta días seguidos. Dábamos de comer a las gallinas, provocábamos un estruendo de alas y gorjeos en el palomar repleto de torcazas de mi tío, alimentábamos a dos enormes tortugas marinas que habitaban un estanque junto al gallinero, cortábamos delicadamente tres, no, cuatro hojitas de laurel para sazonar el puchero, corríamos de arriba a abajo con <em>Canela, </em><em>Brancia</em> y <em>Nicola</em>, los perros de la casa, arrancábamos de los árboles las ciruelas y los limones, nos comíamos directamente del racimo las uvas recalentadas por el sol, bajo la mirada atenta y vigilante de un halcón plateado que mi tío tenía en el árbol más grande de la finca, y, sobre todo, los adultos nos hacían <em>verdadero</em> caso. Nos trataban como a niños, pero no como si fuésemos tontos o incapaces, sino simplemente como a niños. Nos escuchaban. Jugaban con nosotros. Hablaban con nosotros. Nos involucraban en una vida doméstica en la cual las cosas no eran simplemente un paso necesario para llegar al siguiente, sino un fin en sí mismo. La comida no era una costumbre, sino un ritual. Se preparaba laboriosamente y luego se disfrutaba en conjunto. Confiaban en nosotros, nos dejaban jugar, gritar, correr y pelearnos sin vigilancia continua. Luego, mi tío nos llevaba a la playa. En esas se nos iba el verano entero, y volvíamos a Buenos Aires aindiados, silvestres, morenos por todo el cuerpo menos en la zona del bañador, con las plantas de los pies curtidas por setenta días sin usar zapatos y un olor salino, de sol y de mar, impregado en la piel.</p>
<p>Inevitablemente, durante cada verano llovía alguna vez. Esos días nos poníamos bajo la parra del patio, tan espesa que nos protegía de la lluvia, y organizábamos un negocio de venta de limonada imaginaria con dinero imaginario, llenando de agua la enorme olla del sancocho de mi abuela, y fundamentalmente inundando el tracto digestivo de mi abuelo, que con paciencia infinita se bebía uno tras otro los vasos de latón rebosantes de agua que le llevábamos durante una hora interminable. Después, Ramiro nos llevaba a buscar <em><a href="http://www.glacoxan.com/plagas/Bichocanastobichodecesto.htm" target="_blank">bichos canasto</a></em>, que no eran otra cosa que orugas con su cestito de palillos entretejidos con un finísimo hilo de baba. Buscábamos los más grandes. Cada uno de los niños elegía su campeón, y los disponíamos en una fila sobre la mesa. Entonces comenzaba la trepidante carrera de bichos canasto, que consistía en esperar pacientemente a ver cuál de los cuatro asomaba primero, y avanzaba algo arrastrándose, reptando sobre la mesa con el canastito a cuestas.</p>
<p>Sé que suena tremendamente aburrido, pero nosotros lo vivíamos con auténtica emoción. Vibrábamos esperando que alguno de los gusanos asomase el cuerpecito rechoncho por el agujero del cestito. Gritábamos y sacudíamos las manos. Festejábamos cada milímetro de avance con auténtica pasión. Y entre pitos y flautas, o salía el sol o una tarde lluviosa más se iba para siempre.</p>
<p>Esta mañana, Barcelona amaneció con lluvia. Me despertaron poco después de las siete las vocecitas de mis hijos discutiendo algo que no llegué a descifrar. Semidormido, me preparé un café y me senté en la terraza a ver llover. En seguida, los dos se acercaron. Como tantas otras veces, me pidieron que les contase una historia, y el olor fresco de la lluvia y la temperatura agradable recuperaron de mi memoria las apasionantes carreras de bichos canasto. Les relaté minuciosamente cómo revisábamos los árboles en busca de los corredores, cómo desprendíamos el cestito de la rama, con mucho cuidado para no lastimar a nuestro campeón, como discutíamos y negociábamos cada vez las reglas de la contienda, y cómo esperábamos con el corazón desbocado que alguno de los bichos se moviese aunque sea una milésima de milímetro. Les conté cómo, después del certamen, los devolvíamos a su ambiente sin lastimarlos, y cómo comentábamos los pormenores de la competición hasta la hora de la cena.</p>
<p>Ellos, atentos como siempre, escucharon cada palabra con los dos ojazos abiertos de par en par, intercalando cada tanto alguna pregunta, sonriendo cuando aparecían nombres conocidos, preguntando por otros tíos, riendo de cuando en cuando. Pero al finalizar la historia parecían algo decepcionados, como si no fuesen del todo capaces de hacer suya la emoción de las cuadrigas de bichos canasto.</p>
<p>Entonces pensé que solamente han pasado treinta años, y sin embargo los niños de hoy no tienen nada que ver con los niños que fuimos. Es cierto que son terriblemente más despiertos, inteligentes y agudos, pero es también tristemente cierto que, hagamos lo que hagamos los padres, nuestros hijos han sido picados por el insecto de la ansiedad. Ayer por la tardé les dí <em>danoninos helados</em>, y Daniel no se quería comer el final. Me decía:</p>
<blockquote><p>-       <em>Está bajo en grasa</em>.</p></blockquote>
<p>Y mientras me enseñaba el fondo del bote, entendí que la publicidad dice “<em>bajo en grasa</em>”, y él lo había traducido como “<em>la grasa está abajo</em>”. Los hemos transformado en eso, en animalitos publicitarios, en miembros activos de la sociedad de consumo y su biorritmo insoportable. Pensé también que, hoy por hoy, cuando un día amanece lluvioso, los padres cambiamos miradas asustadas, sintiendo auténtico pánico ante la perspectiva de un domingo de lluvia entero en casa con los niños. Ellos necesitan combustible, necesitan quemar emoción, necesitan todo ya, rápido, dinámico, cambiante, atractivo, de colores, con láseres.</p>
<p>Quizás los padres de ahora deberíamos hacer un esfuerzo y rescatar de nuestro pecho los niños que chapoteaban en los charcos, los que jugaban con bloques de madera, los que tenían las rodillas y las uñas sucias, los que atrapaban ranas con las manos, los que hacían carreras de bichos canasto; y entonces poder enseñarles a los niños de ahora un poco de paz, que la vida puede tener un ritmo más lento sin que por eso sea aburrida, que no hace falta que las cosas brillen, lleven pilas y tengan luces para ser atractivas.</p>
<p>Quizás vaya siendo hora de comenzar una cruzada, una nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Mi Boca</title>
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		<pubDate>Sun, 09 May 2010 09:45:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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		<category><![CDATA[cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
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<p>Estaba medio dormido, pero un miedo irreverente me despertó sin sutilezas de ninguna clase. Asustado, me concentré en repasar cuidadosamente la imagen cruel que estaba frente a mí, mientras recordaba que, cuando cumplí veinte años, mi padre me dijo una vez: <em>“A partir de los veinte años, cada uno es responsable de la cara que tiene”</em>. Recordé también haber leído que un hombre sabe que ha empezado a envejecer cuando comienza a parecerse a su padre. Es un proceso lento, largo y suave, pero hasta en la pendiente más leve hay un punto a partir del cual te das cuenta de que no estás situado horizontalmente.</p>
<p><span id="more-570"></span>Desde que fui padre por primera vez, hace casi seis años ya, soy consciente de escucharme decir en voz alta las mismas frases que decía mi padre, y de ir dándome cuenta, de a trozos, cuánta razón tenía en muchos aspectos, y qué poca en otros. Es algo un poco mágico, porque no recuerdo haber decidido nunca sobre qué cosas acordar con él y en cuáles disentir, y sin embargo, cuando las ocasiones se presentan, emerge claramente una actitud, una respuesta, una decisión segura. No soy capaz de explicar el proceso, pero en ambos casos (cuando repito exactamente lo que decía mi padre y cuando digo lo contrario) soy perfectamente consciente de estar haciéndolo, y siempre, siempre, me parece absolutamente natural.</p>
<p>Después de esta pequeña digresión, volví a centrar mi atención en el espejo, para explorar mejor al hombre nuevo que tenía frente a mí, y solamente entonces reconocí al niño. Esperaba oculto en la mirada. Esfumados ya los últimos rastros del sueño, mis ojos habían recuperado su mirar habitual. Son dos círculos de color verde-grisáceo, que si se miran muy de cerca tienen pintitas pardas y un movimiento de magma errante. Hay algo en ellos que titila, y son mi recurso último cuando intento transmitir confianza o tranquilidad. Son capaces de sostener cualquier mirada, y aunque esa habilidad es entrenada y aprendida, su viveza original es patrimonio indiscutible de mi niñez.</p>
<p>Mis sienes llamaron entonces mi atención. Descubrí muchas nuevas canas restando brillo a mi pelo, opacándolo, quitándole la sensación fresca que solía tener. Lo repasé con cuidado con un cepillo, y entonces afloraron los reflejos que, a los veinte años, me gustaba provocar acomodándomelo con las manos, convencido de que ese gesto seducía y gustaba. Lo importante es que esos reflejos estaban vivos, presentes. Ya no asomaban constantemente, ofreciéndose para la guerra, sino que buscaban refugio entre mis canas, para proteger y tener siempre a mano los brillos caprichosos de mi juventud. Ya no son para seducir, sino para negarme a mí mismo la posibilidad de olvidar lo que fui, lo que soy.</p>
<p>Mi frente, agredida por diez años de agua europea, áspera y repleta de agentes abrasivos, se cruza de lado a lado por cuatro o cinco surcos definidos, profundos, que no llegan aún a ser arrugas, pero se erigen, sin dudarlo, en los cimientos donde esas arrugas que vendrán plantarán sus raíces. Son los anaqueles vivos en los que se atesorarán los testimonios de las batallas ganadas y de las perdidas, junto a las huellas indelebles de todas mis malas y buenas ideas. Y a pesar de eso, sigo reconociéndola como mi frente, la de toda la vida.</p>
<p>Mis cejas me sorprendieron especialmente. Solían ser dos líneas definidas, compuestas por pequeños pelos suaves, parecidos los unos a los otros, casi todos del mismo tamaño, ordenados, mirando siempre hacia el mismo lado. En su lugar encontré dos franjas gruesas de pilosidades alteradas, con un espíritu de maleza errante, una vocación perpetua de expresar raíces, arraigo, fortaleza, como si de alguna manera quisieran negar la evidencia de los años que pasan, y en lugar de conseguirlo, lo certifican.</p>
<p>Mi nariz, definitivamente, da sentido a todo el conjunto. Ya no es un porotito sonrosado en el centro de una carita iluminada. A sus costados, si se mira lo suficientemente bien, se descubren minúsculas venas rojas y azules. Su superficie se ha vuelto extremadamente más porosa, y por sus narinas se asoman en son de burla montones de pelillos negros que antes no existían. Parece una catástrofe, y sin embargo, vista en perspectiva, da carácter a mi gesto. No se puede dudar de que es la nariz de un hombre y no la de un muchacho, pero aún así me gusta.</p>
<p>Mis mejillas aparecen como tierra herida, agredida una y otra vez por el acero inoxidable de un arado constante, con la piel desmigajada, perforada por puntos negros y algunos blancos, también. Su tacto es áspero, sin recuerdos evidentes de niñez, sin rastros detectables de suavidad, y a pesar suyo, me muestran como soy ahora, con una imagen obtenida tras años y años de custodiar los flancos de mi rostro. Son altamente reconocibles, parte de mi identidad, y su aspereza no es otra cosa que el reflejo de la pérdida de la inocencia, la marca indeleble de los desengaños, y las cicatrices de los amores viejos y de los nuevos, también. Mis mejillas son como una bitácora viva de mi rostro.</p>
<p>Y en el centro y al sur de todo está mi boca. Mi Boca. Mis labios son gruesos, siempre lo fueron. Representan la fortaleza final desde la que custodio lo que pienso. Son el arma desde la que disparo mentiras, regalo verdades y prometo promesas. Son la superficie de intercambio de ideas y de adioses, la ventana última desde la que digo lo que quiero decir, y callo lo que quiero callar. Y lo más importante es que es Mi Boca, la boca con la que beso a las personas que quiero, los labios con los que dibujo una caricia sobre las personas de mi vida. Mi Boca es la síntesis de la cara que tengo – de la que soy enteramente responsable –, y es, sin lugar a dudas, la misma que de niño besó a mis padres, la que repitió hasta el cansancio las tablas de multiplicar y la lección de historia, la que cantaba el cumpleaños feliz, la que descubrió el sabor de la carne roja, la que besó por primera vez a una mujer, la que besa a mis hermanos en los reencuentros, la que se despide de mis amigos antes de las ausencias, la que encuentra el camino al corazón de las personas cuando la mirada lo pierde. Mi Boca es mía, y la comparto, cada vez que puedo, con las personas más importantes para mí. Por eso, cada vez que beso a mis hijos, lo hago con cuidado, con delicadeza y suavidad, directamente en los labios. Para dejarles saber, siempre en primera persona, la verdad única del amor absoluto y total que siento por ellos, mano a mano, boca a boca.</p>
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		<title>El juicio de los Jueces y el inmenso orgullo de su Papá</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Apr 2010 09:40:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Solamente seis o siete años después de eso, cuando unos centímetros más de altura, el pelo largo, las boinas al estilo del <em>Che</em> y la plenitud de la adolescencia ya estaba instalada en mi vida, las mismas aficiones, los mismos gustos, la consecuencia inmediata de mis “rarezas” infantiles, me ayudaron a ganarme un espacio en el colegio secundario. Participé en política, trabajábamos haciendo una revista, no me iba del todo mal con las chicas, y hasta gané unas elecciones a delegado del consejo consultivo. Uno nunca sabe qué parte oscura de la personalidad puede esconder sus mejores armas.</p>
<p><span id="more-554"></span>Y ahora hagamos un ejercicio de fantasía. Imaginemos a un niño que iba a la escuela en España a mediados de los años sesenta. Imaginemos que ese niño era callado, en un país oprimido por una dictadura brutal. Yo lo imagino solitario, lector, extremadamente inteligente, lúcido, reflexivo y sensible. Probablemente blanco de las burlas de sus compañeros. Probablemente los maestros del régimen no lo apreciasen demasiado. Probablemente los padres de este niño sufrían por esas características de su hijo, probablemente intentaban hacer que cambie. Probablemente estaban orgullosos de él. Este niño tiene un profundo sentido de lo que está bien y lo que está mal. Y, lo que es más importante aún, este niño tiene su propio criterio a la hora de decidir lo que está bien y lo que está mal. Lo que le dicen sus maestros le parece bien a veces, le parece mal otras. Lo mismo le sucede con sus padres. Me lo imagino en la escuela secundaria, flaco y con gafas, profundizando sus lecturas, y seguramente también con conflictos acerca de lo que está bien y lo que está mal con sus profesores, con el discurso plagado de doctrina de los educadores franquistas.</p>
<p>Ese niño podría haberse llamado Baltasar Garzón. Desconozco su historia, pero no me resulta difícil imaginarla de esa manera.</p>
<p>Cuando comencé este blog, hace ya casi diez meses, hice en secreto un voto silencioso y personal: <em>No hablaría de política</em>.</p>
<p>Y ese voto no se debía a falta de convicciones ni de ideas. Ni siquiera de ganas. Simplemente se debía a que, como he dicho más de una vez y más de dos, considero que para hablar de ciertos temas es mejor que lo hagan quienes verdaderamente trabajan sobre ese ejercicio, dominan sus claves y están al día de la última información disponible. Yo pretendía crear solamente un espacio en el que, manoteando algunos recursos literarios que no se me dan mal, narrar cosas pequeñas, fragmentos de mi vida, emociones sueltas o agrupadas, pedacitos de lo que sueño, de lo que siento y de lo que me gustaría. No obstante, cada dos por tres se me escapa un contenido un poco más ideológico, porque es imposible dejar al margen de uno mismo aquello en lo que creemos de verdad.</p>
<p>Entonces, cuando siento que necesito hablar de algo así, como no soy un analista ni me dedico a esto, intento darle un enfoque personal, narrarlo desde el ángulo enteramente mío y auténtico, el que solamente se ve desde mi rincón del mundo, porque esta es la única manera en la que siento que soy capaz de aportar algo sobre un tema del que puede que ya esté todo dicho.</p>
<p>Hecha esta aclaración, continúo narrando lo que quiero narrar. Es algo que, más que sentir, vengo intuyendo que siento desde hace algunas semanas. Como todos sabrán, en España estamos – como sociedad, porque basta que suceda una cosa así para que todos los ciudadanos, por activa o por pasiva, seamos responsables – a punto de sentar en el banco de los acusados al juez Baltasar Garzón. Para más inri, coincidiendo con el juicio contra altos cargos del Partido Popular por corrupción, en el que este juez tuvo un papel protagónico durante la investigación. Como si esto fuera poco, los demandantes son miembros de la Falange. No puede ser peor. No voy a hacer un análisis político ni moral. Mi mirada es la de un ciudadano avergonzado de no estar protestando en la calle cuando uno de nuestros mejores hombres, reconocido internacionalmente por su integridad, independencia política y honestidad, es señalado con el dedo para crear cortinas de humo que le salven el culo a los auténticos culpables.</p>
<p>Mi mirada es, también, la de un padre. Parece ridículo, Garzón tiene casi veinte años más que yo, y ha demostrado que no necesita un padre, y mucho menos a mí haciendo las veces de. Simplemente imagino a los padres de ese niño, asombrados a diario por sus extravagancias, pero secretamente orgullosos de su singularidad. Imagino como paulatinamente, a medida que el niño crece y se hace hombre, el orgullo de sus padres aumenta y se desborda. Imagino la sensación de profunda injusticia, de vergüenza ajena y de dolor que esos padres pueden estar experimentando hoy.</p>
<p>Me pongo en ese lugar porque Pablo, mi propio hijo – afortunadamente en un contexto social mucho más moderno y menos prejuicioso con los niños que el de entonces – tiene sus señas de identidad, sus extravagancias y singularidades, que a veces me hacen sufrir por él, y otras sentir un miedo intenso y abstracto por su futuro, a la vez que me llenan de orgullo y me hacen reconocerme en él. Temo que sufra algunas de las cosas que yo sufrí, y deseo que sus recursos más genuinos le sirvan, como me sirvieron a mí, para recuperar la mejor versión de sí mismo en algún momento de su vida.</p>
<p>Hace tres días a mi hijo Pablo le regalaron una libreta pequeña con un bolígrafo. El primer día estuvo encantado con la libreta, jugando con ella, dibujando alguna cosa en sus hojas, trayéndola y llevándola. Al atardecer del segundo día, cuando él había vuelto de la escuela y yo abandonaba mi asiento de trabajar, me atajó, emocionado, en cuanto me vio entrar al salón.</p>
<p>-          ¡Papá! – dijo – Mira, he decidido empezar a escribir mi diario.</p>
<p>En sus ojos marrones resplandecían una ilusión nueva, una fantasía infinita y una determinación positiva. Me tendía la libretita, temblando por la emoción y sonriendo. Tomé la libreta, y la abrí por la primera página, para leer, con letras mayúsculas de niño, escrita con pulso tembloroso, una frase épica y reveladora:</p>
<blockquote><p>OIMELOEPASADOPIPA</p></blockquote>
<p>Lo felicité, emocionado, devolviéndole su diario. Al día siguiente se levantó temprano, y cuando lo alcancé en el comedor, me volvió a tender la libreta con orgullo, para invitarme a leer la segunda entrada de su diario:</p>
<blockquote><p>OIEDORMIDOMEGORQENUNCA</p></blockquote>
<p>No puedo evitar un nudo en la garganta cuando me reconozco tanto en él, ni un calorcito de orgullo, de fascinación por su autenticidad. Jamás lo incito a escribir. No le corrijo sus faltas de ortografía ni su estilo, porque me parece que un niño de cinco años debería estar haciendo otras cosas, pero puedo verme de niño a través de los trazos temblorosos de su caligrafía infantil, y entonces temo por él, al mismo tiempo que albergo grandes esperanzas para su futuro.</p>
<p>Yo no soy el padre de Baltasar Garzón. Soy el de Pablo y Daniel Firpo Molina, pero si lo fuese, me sentaría voluntariamente junto a él en el banco de los acusados, diciéndole que, junto a él, soy responsable de lo bueno y de lo malo, de lo que tenga en su interior que lo haya llevado a estar allí, y me declararía ante el juez y el mundo culpable. Culpable de estar – como estoy – orgulloso de mi hijo hasta el infinito. Culpable de sostener hasta el final las cosas en las que creo. Culpable de coherencia, de integridad y de hombría de bien.</p>
<p>Yo no soy el padre de Baltasar Garzón, pero me encantaría poder decirle que entiendo su orgullo de padre, y que nadie que lleve su apellido tiene ningún motivo para bajar la cabeza.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El teletrabajo del Padre de Arturito y los títulos de las películas</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Dec 2009 10:27:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Trabajar desde casa es lo mejor y lo peor a la vez. Al mismo tiempo y sin paliativos. Como viene siendo habitual en las últimas décadas, la incorporación de tecnología a la vida cotidiana nos trae enormes beneficios acompañados de una ingente cantidad de desgracias subyacentes originadas por el tiempo, la energía y la imaginación &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/20/el-teletrabajo-del-padre-de-arturito-y-los-titulos-de-las-peliculas/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>En mi caso particular, el bajo precio del ADSL, la crisis económica mundial producto de las hipotecas <em>subprime</em> y una tendencia difícilmente controlable hacia permanecer sentado el mayor tiempo posible, han traído a mi vida esta nueva maravilla del mundo moderno. Los beneficios son evidentes: Ahorro de tiempo, porque no paso dos horas diarias en el coche para ir y volver del trabajo, como antes. Ahorro de dinero, porque no como más en restaurantes a diario, y un consiguiente aumento del tiempo restante para dedicar a mi familia y a mis aficiones más oscuras, como la de atormentar a los internautas publicando artículos insufribles como éste.</p>
<p>Las desventajas, en cambio, tardan más en aparecer, son más difíciles de identificar claramente y, como la adicción a las drogas psicoactivas, son asimiladas lentamente como rasgos característicos de la personalidad, como si en vez de ser un mal hábito adquirido fuesen un mal congénito inevitable, una desgracia instalada en la tierra por un poder supremo o un mal premio obtenido en una tómbola benéfica.</p>
<p><span id="more-456"></span>Lo primero que se ve afectado es la higiene personal, sobre todo en los hombres, que tenemos una tendencia a adoptar rápidamente inercias negativas y perjudiciales para nuestro buen nombre y fortuna. Así las cosas, cuando en mayo de 2009 acepté trabajar desde casa, comencé a ver como mi impecable aspecto personal se degradaba rápidamente. Lo primero que hice fue dejar de ponerme zapatos. Como no veía a clientes ni personas respetables de ninguna clase, me parecían un accesorio innecesario para una vida cómoda, y el placer ancestral de caminar descalzo rápidamente dominó mis días. Luego, claro está y en consonancia con la falta de necesidad, dejé de afeitarme, porque para qué, total. Mis ciclos de afeitado se modificaron, de rasurarme al ras con una frecuencia de entre dos y tres veces por semana, a un podado mal hecho cada treinta y ocho días si es que me da la gana y el tiempo acompaña.</p>
<p>Lo siguiente fue – y en este aspecto no siento remordimiento alguno – desterrar definitivamente de mi vida a la pérfida y odiosa profesión de los peluqueros. Llevo diez meses sin pisar una peluquería, y entonces es cuando uno empieza a entender la diferencia entre dejarse el pelo largo y simplemente no cortárselo. Los primeros tienen una idea clara sobre su cabeza, mientras que los segundos tenemos un desorden incontrolado de pelo que hace su vida sin que nadie lo moleste, creciendo caprichosamente para donde le da la gana.</p>
<p>Pero la progresiva erosión de las buenas costumbres no se detiene ahí, porque mientras que cuando iba diariamente a una oficina era incapaz de salir de mi casa sin ducharme, y solamente me concedía un descanso uno de los dos días del fin de semana, totalizando así seis duchas semanales como mínimo, desde que trabajo en casa este fue uno de los hábitos más duramente perjudicados, reduciéndose hasta en un cincuenta por ciento. No salgo, no sudo, no me muevo, no me ensucio, ergo no me ducho, y entonces mi mujer me persigue a los gritos por toda la casa, enviándome a bañarme como a los adolescentes, pero peor, porque yo le hago menos caso.</p>
<p>Así las cosas, en poco más de ocho meses experimenté una metamorfosis que, en lugar de convertir a la oruga en mariposa funcionó al revés, y el destacable hombre de negocios, siempre de traje y corbata, siempre impecable, con el pelo y las uñas cortos y cuidados, ha cedido paso a un aborigen salvaje, una especie de <em>hippie</em> de la tecnología, sepultado e irreconocible bajo una mata de pelo descuidado y con unos hábitos de higiene y convivencia que dejan mucho que desear. Por suerte me sigo lavando los dientes.</p>
<p>Y desde que teletrabajo, claro está, paso mucho más tiempo en casa – a decir verdad, salgo lo imprescindible, creo que estoy a punto de sufrir atrofia muscular en el 85% del cuerpo, excluyendo las funciones motoras de los dedos (teclear en el ordenador) y del habla – y, por lo tanto, mis hijos se han acostumbrado a que estoy siempre presente, siempre encerrado en la habitación que uso de despacho. Si a eso le sumamos que los sábados y los domingos utilizo toda la mañana para escribir, la situación de uno de ellos abriendo mi puerta y recibiendo la frase: <em>“Papá está trabajando, ve a jugar al salón”</em> se produce un número impar de veces al día con cada uno.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/4541-450x-r2_1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-461" title="4541-450x-r2_1" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/4541-450x-r2_1.jpg?w=300" alt="" width="300" height="200" /></a>Y antes de continuar, me voy a permitir una breve disgregación que viene al caso. Si bien está claro y es indiscutible que la industria cinematográfica y televisiva en España nunca tuvo nada parecido al sentido del ridículo, y desde tiempos inmemoriales encadenan una herejía tras otra en la traducción de los títulos de las películas, a veces los argentinos también nos hemos cubierto de gloria en este campo. Así, mientras la inmortal <em>After Hour</em> en Argentina se llamó <em>Después de hora</em> – traducción, a mi entender, bastante decorosa – en España la titularon <em>“¡Jo, qué noche!”</em> y se quedaron tan anchos. Presumiblemente fueron los mismos psicópatas que bautizaron <em>Gustavo</em> a la <em>Rana René</em>, luego de designar como <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Muppets" target="_blank">Teleñecos</a></em> a los <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Muppets" target="_blank">Muppets</a></em> y quedar impunes de tal atrocidad. La lista es interminable, pero cada vez que sale el tema, mi mujer me hace callar la boca recordándome que en la primera traducción de <em>La Guerra de las Galaxias</em> que se hizo en Argentina, el mítico y simpático robot <em>R2D2</em> se llamó <em>Arturito</em>, y su dorado amigo, en lugar de <em>C3PO</em> fue bautizado como <em>Citripio</em>, debido a una horrorosa y atroz disfunción fonética de quienes tradujeron el filme. Desde que le conté esto, cada vez que me quejo de una traducción, Gloria me dice <em>“Cállate, Arturito”</em>, y el decoro, la ética y la vergüenza ajena me impiden seguir discutiendo.</p>
<p>Ahora que la familia en pleno está embarcada en el <em>revival</em> de <em>La Guerra de las Galaxias</em>, mis hijos hablan sobre ella y juegan a menudo a representar sus personajes. Tenemos un <em>R2D2</em> de aproximadamente veinticinco centímetros de alto, y otro exactamente igual que no supera los ocho.</p>
<p>Hace unos pocos días Daniel, que apenas tiene los tres añitos, jugaba solo, como hacen los niños cuando están en su mundo y creen que nadie los ve ni escucha. Tenía los dos <em>Arturitos</em> en sus manitas pequeñas, e imaginaba conversaciones y situaciones entre ellos. Yo observaba, enternecido, desde el quicio de la puerta, y escuchaba sus idas y venidas. No tardó en personificarlos como <em>“el papá”</em> y <em>“el hijito”</em>. Entonces, justo en ese momento en el que empezaba a sentirme orgulloso y emocionado a causa de que incluyese a su padre en las fantasías de juego, sus dos <em>R2D2</em> mantuvieron la siguiente conversación:</p>
<blockquote><p>-          Hola Papá.</p>
<p>-          Hola Hijo.</p>
<p>-          ¿Vamos a jugar?</p>
<p>-          No, vete, ahora estoy trabajando.</p></blockquote>
<p>Mi posición de convidado de piedra me había jugado una mala pasada, y no atiné más que a volverme a mi habitación / despacho invadido por mi ancestral sentimiento de culpa judeocristiana – a la que, dicho sea de paso, le importa un pito que yo me declare ateo – a sentarme frente al ordenador, sin poder evitar preguntarme, una y otra vez:</p>
<blockquote><p>-          <em>¿Y no será que el padre de Arturito trabaja demasiado?</em></p></blockquote>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><a href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F12%2F20%2Fel-teletrabajo-del-padre-de-arturito-y-los-titulos-de-las-peliculas%2F&amp;linkname=El%20teletrabajo%20del%20Padre%20de%20Arturito%20y%20los%20t%C3%ADtulos%20de%20las%20pel%C3%ADculas"><img src="http://static.addtoany.com/buttons/share_save_256_24.png" alt="Share" /></a></p>
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		<title>Ideología</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Dec 2009 07:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><blockquote><p>Seguramente <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/26/ideologia/" target="_blank"><em>Ideología</em></a> en su versión original fue uno de los textos de este blog que más gustó y más éxito tuvo. Personalmente creo que no sin razón. A mí también es uno de los textos que más me gusta. Por este motivo lo seleccioné para ser publicado en una revista digital el año que viene. A causa de esa publicación inminente, el texto fue corregido &#8211; creo que mejoró bastante &#8211; e ilustrado por la artista Gabriela Sennes. La razón principal por la que lo vuelvo a publicar aquí es porque creo que la ilustración, que me llegó esta mañana, es preciosa y le hace muchísima justicia al texto, así que no pude resistir la tentación de volver a publicar el artículo. Espero que quienes ya lo hayan leído disfruten de su relectura, y quienes lo lean por primera vez estoy seguro de que también lo disfrutarán. ¡Muchas gracias Gaby!</p></blockquote>
<div id="attachment_732" class="wp-caption alignright" style="width: 379px"><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/Ideologia_by_Gabriela_Sennes.jpg"><img class="size-large wp-image-732   " title="Ilustración original de Gabriela Sennes" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/Ideologia_by_Gabriela_Sennes-652x1024.jpg" alt="Ilustración original de Gabriela Sennes" width="369" height="581" /></a><p class="wp-caption-text">Ilustración original de Gabriela Sennes</p></div>
<p>Desde chico, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde que formaba un lazo. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suave al tacto, mirándome con dos enormes ojos profundos y alegres. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la acurrucaba en el nacimiento de mi cuello, donde se quedaba durante horas al calor de mi niñez. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, de construir un planeta un poco más cuerdo, un poco más justo, un poco menos disparatado. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás, me recordaba mis privilegios, la suerte cotidiana de un plato de comida caliente en la mesa, de una familia orgánica y funcional, de la presencia del amor en mi vida.</p>
<p>Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener buenos sueños. Cuando aparecía un mal sueño, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor, me invitaba a ser parte de una conjura contra el mal de este mundo.</p>
<p>Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres se negaron. “<em>Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”</em>, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Fue ella, mi ideología, la que me llamó a desobedecer, así que no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, satisfecho por el cosquilleo agradable que me hacía su contacto en la piel, agarrándose con sus pequeñas y  suaves manos, rematadas por dedos de uñas romas.</p>
<p>Durante el transcurrir de la mañana me di cuenta de que mi ideología me hacía un niño mejor. Ese día presté mis lápices, no peleé con los demás, y en el recreo, persuadido por ella, decidí compartir las cuatro galletas que llevaba con tres niños que no eran amigos míos, de esos con los que nadie quiere jugar y que siempre están solos en un rincón del patio, mirando cómo juegan los otros, sabiéndose excluidos por ser diferentes. En un acceso de amistad repentina, los invité a mi cumpleaños, a pesar de que no sería hasta varios meses después. Regresé a casa sintiéndome bien, totalmente convencido de que su presencia en mi vida solamente me traería alegrías, la opción diaria de sentirme mejor conmigo mismo.</p>
<p><span id="more-445"></span>Desde entonces nos hicimos completamente inseparables. Bastaba que me vistiese para que ella se me trepara a un bolsillo, dispuesta a venir conmigo a donde fuese. Yo se lo permitía, porque cuando ella estaba cerca me sentía seguro, y mucho mejor que cuando no lo estaba. Nos hicimos socios de juegos, camaradas de travesura, compinches incondicionales para cada cosa que me tocaba vivir.</p>
<p>Llegamos a la adolescencia juntos, casi al mismo tiempo. A ella le salieron unas tetitas incipientes, se le estilizó la figura, se le llenaron los labios y se volvió apasionada y luchadora, generosa con las palabras y siempre dispuesta a regalar consuelo. A mí no me salía la barba, pero por suerte perdí la voz de pito y los demás dejaron de confundirme con una niña, a pesar de llevar el pelo muy largo. Entonces nos preocupábamos mucho por todo el mundo, participábamos en política estudiantil y estábamos – mi ideología y yo – convencidos de estar construyendo un mundo mejor, de estar llamados y destinados a encabezar una rebelión que trajese por fin justicia, una revolución en toda regla.</p>
<p>Una vez nos enfrentamos con la policía, y cuando el escuadrón antidisturbios cargó contra doscientos cincuenta adolescentes temerosos como si fueran mercenarios en pie de guerra, mi ideología y yo nos asustamos mucho. Ella más que yo. Se escondió debajo de mi cama y se negó a salir durante varios días. Recuerdo que fue la primera vez que, juntos, nos preguntamos para qué todo esto, si valía la pena recibir palos en nombre de una guerra que parecía perdida antes de empezar. Al final la convencí, y organizamos una manifestación de protesta que una semana después convocó a varios miles de estudiantes. Al volver a casa, después de esa segunda manifestación, solos en la penumbra de mi habitación la miré con detenimiento, y me di cuenta de que ya era una mujercita. Los labios asomaban entre su pelaje blanco, más rojos que nunca, y sus pintitas de colores estaban en flor. Su rostro estaba serio, pero terriblemente hermoso, y en su mirada podía adivinarse el brillo inmaculado que solamente tienen quienes verdaderamente creen en algo. También descubrí sus primeras cicatrices. Una marca muy fea le cruzaba el pecho y parte del vientre, pero la llevaba con orgullo y elegancia.</p>
<p>Cuando terminé la escuela secundaria, contaba los años por desengaños amorosos y políticos. La Argentina se ultraliberalizaba y yo ampliaba mis horizontes hacia nuevas experiencias vitales. Entonces comencé a no llevarla conmigo siempre que salía de casa, como había hecho toda la vida, sino solamente algunas veces. Cuando me veía con amigos, fumaba porros y me emborrachaba, no la invitaba a venir conmigo. Cuando salía con alguna chica tampoco la traía. Su salud desmejoró. El pelaje blanco perdió brillo, y todas las pintitas de colores vivos de antaño se volvieron de ceniza oscura. Sus cicatrices eran más evidentes que nunca. Ahora le trazaban rutas de dolor en la espalda y en las piernas, pero yo, sin embargo, me sentía intacto.</p>
<p>Después llegó la vida casi adulta. Mi cabeza estaba lo suficientemente separada del suelo como para sentirme <em>grande</em>. Empecé a trabajar para una poderosa corporación multimedios, y comenzó a interesarme seriamente el dinero y los modales recios que lo acompañan. Me compré tres trajes y ocho corbatas de colores serios, y por esos días la guardé de nuevo en la misma cajita de cartón en que me la habían regalado. Puse la caja en lo más alto del armario. Así pude evitar el asco subyacente que me producía la mecánica laboral en la que estaba metido, y dedicarme a crecer profesionalmente. Por primera vez en muchos años, recuperé para mí el hueco junto a mi pecho que antes ocupaba mi ideología de toda la vida, y pude llenarlo de ambición, un coche y televisión por cable. Me fue muy bien. No hice dinero porque trabajando para otros no se hace dinero, pero hice ganar mucho dinero a mis jefes, y me sentía contento y orgulloso de mí mismo. Sin remordimientos ni miradas reprobadoras.</p>
<p>Algunas veces, los domingos por la tarde, solo en mi departamento de soltero, mientras rumiaba silenciosamente la resaca poderosa del fin de semana, recordaba la caja en lo alto del armario, y me sentía tentado de abrirla y tener una conversación seria con ella, pero en seguida me invadía como un torrente la culpa violenta de quien se sabe en falta, y me daba cuenta de que no podría soportar su mirada decepcionada, y mucho menos el perdón absolutorio que estaba seguro de conseguir. Entonces me refugiaba en la televisión. Por suerte, los domingos por la tarde siempre se podía confiar en que un buen partido de fútbol acudiese al rescate, armado de un poco de anestesia.</p>
<p>Cuatro años más tarde, con tres úlceras a cuestas y seis trajes más en mi guardarropa, me sentí agotado. Entonces decidí irme a vivir a España. Fueron momentos difíciles, porque desarmar una casa y una vida, por más que se haga con ilusión, es algo que siempre duele. Revolviendo papeles viejos y trasvasando cajas y cosas acumuladas durante años y varias mudanzas, apareció la cajita de cartón que me habían regalado mis padres. La abrí, con una mezcla amarga de nostalgia, temor y remordimiento, y dentro, contra todo pronóstico, mi ideología seguía viva. Estaba muy desmejorada, eso sí. Se le había caído bastante pelo, y en los claros irregulares entre su pelaje, se adivinaba la piel de un color rosado pálido medio enfermizo, los ojos sin brillo y los labios no tan besables como antaño. Quise acariciarla, pero estaba dolida y ofendida. Por primera vez desde que me la habían regalado, me enseñó los dientes y un gruñido de rabia, así que cerré la caja con un enorme sentimiento de culpa. En el proceso de guardar en cajas lo que no podía traerme a Europa, tuve una duda mortal: ¿La dejaba o la traía? Pensé que hacía tanto tiempo que no la utilizaba que no valía la pena cargar con el peso, porque los dueños de los aviones no entienden nada de recuerdos ni de nostalgia, y mucho menos de buenas ideologías heredadas de los padres de uno. Al final, la certeza de que, aún maltrecha y desmejorada, era el mejor regalo que mis padres me habían hecho, decidí traerla.</p>
<p>Una vez instalado en Barcelona, la cajita fue a parar al fondo de un armario nuevamente, y, ocupado como estaba en abrirme paso en el primer mundo, la olvidé sin culpas.</p>
<p>Luego conocí a Gloria, y un poco de tiempo después llegó el primer embarazo. Pablo nació al principio de un verano caluroso y feliz, durante el que vivíamos temporalmente en Málaga, nuevamente invadidos de cajas de tantas y tantas mudanzas. La primera vez que lo tuve en brazos mi mundo entero tembló, y mi sistema de creencias se tambaleó para volver a afirmarse completamente sobre una simiente nueva. Al ser padre no se puede evitar aprender a sufrir por toda la injusticia contra los niños que hay en este mundo.</p>
<p>A final de ese año nos volvimos a vivir a Barcelona, y volvimos a abrir las cajas tantas veces mudadas y vueltas a mudar. Recuerdo que había armado la cuna de mi hijo, y estaba en su habitación, cubierto de polvo y cansado por el esfuerzo. Había vaciado una caja y me disponía a plegarla para tirarla a la basura, cuando advertí que en el fondo quedaba la cajita de cartón de color madera. Preguntándome cómo habría llegado allí, estiré las manos y me la puse sobre el regazo, temblando, asaltado por una emoción nueva y desconocida. Temí que al abrirla mi ideología estuviese muerta, o que se hubiese transformado en un animal herido, que me saltase a la cara con intención de herirme, con toda razón. En contra de mis malos augurios, cuando desanudé la cinta verde, no la vi como esperaba verla, según la imagen mental de ella que había ido fraguando a lo largo de los años, inconscientemente, sino que la encontré como era cuando me la regalaron, un ovillo blanco brillante y peludo, con sus pintitas de colores renacidas y dos ojazos tiernos y dulces. El corazón me latió fuerte, impulsando una ola de sangre nueva que me navegó las venas como un viento profético. La tomé entre mis manos, sintiendo como ella temblaba de emoción, y la acerqué a mi cara, como tantas otras veces, pero esta vez con lágrimas en los ojos. Ella estiró sus manos pequeñas y suaves, y sin dejar de mirarme a los ojos, recogió en el hueco formado por sus manos una lágrima mía y se lavó lentamente la cara, sacudiéndose las gotitas con un movimiento de cabeza. Después me besó en una mejilla. Me levanté, apretándola suavemente contra mí, y aún con el sabor salado en los labios la deposité suavemente en la cuna de Pablo. Vi que ya no tenía ninguna cicatriz, y que su cuerpo era nuevamente cuerpo de niña. Ella me miró, sonrió y se hizo un ovillo junto al cuello de mi hijo.</p>
<p>Ahora Pablo tiene cinco años, y no se separa de ella para nada. Está saludable y crece otra vez fuerte y bonita como nunca. Pablo no deja que nadie la toque, porque la ha hecho enteramente suya, y a mí me parece bien. Yo hago como si no supiese de su complicidad, ni que la lleva a todas partes como hacía yo. A veces cuando finjo no enterarme, intuyo que mi padre me hacía un juego parecido, para permitirme así conquistarla por pleno derecho y no por la fuerza de un legado. No le hablo de ella, pero observo en segundo plano todo lo que viven juntos. Algunas noches, cuando Pablo duerme y Gloria no me ve, me acerco sigilosamente a su cama y la tengo un rato en mis brazos. Nos miramos profundamente a los ojos, y ya no hacen falta palabras entre nosotros. No quedan heridas abiertas. Simplemente sabe que confío plenamente en ella para que enseñe a mis hijos a ser buenas personas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>¡Te mataré&#8230; Bellota!</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Dec 2009 09:42:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Soy como un observador que carece de la información genética necesaria para interpretar el fenómeno. Estoy inserto en un grupo humano que funciona durante diez meses y medio con relativa normalidad, siguiendo unos patrones de comportamiento y respetando el dictamen irrevocable de un sinnúmero de estadísticas que a veces, en lugar de revelarnos cómo nos comportamos, nos dicen cómo <em>debemos</em> hacerlo.</p>
<p>Entonces, de repente, al acercarse el final del año y sin previo aviso, los emporios comerciales dan el pistoletazo de salida, y comienza el período navideño, que al igual que el desgaste de los polos o las temperaturas medias de la superficie terrestre, desde mi niñez hasta hoy, esta época de crisis colectiva se ha ampliado a razón de cinco o seis horas anuales: antes la navidad duraba dos semanas. Hoy, ya estamos en el mes y medio, y dentro de trescientos años se prevé que dure catorce meses al año, superponiéndose de un año para otro y generando una escasez mundial de juguetes, frutos secos, turrones y muérdago de plástico que llevará a la crisis economía mundial, definitiva y total, que acabará para siempre con la especie humana.</p>
<p><span id="more-432"></span>Para más inri, crecí en un país en el que la navidad se celebra con cuarenta grados de calor, y como se trata de una tradición inamovible, regida por leyes divinas que nadie se atreve a contravenir, nos pasábamos dos o tres semanas desparramando nieve fingida en árboles de plástico, venerando a un macaco rojo y barbudo que nunca nadie supo explicar de dónde había salido, enchufando lucecitas de colores que olían a plástico quemado, y comiendo pavo y turrón y almendras y nueces y bellotas, víctimas de una serie de severas indigestiones y padeciendo un constante exceso de consumo calórico y aún así, haciendo gala de una completa carencia de sentido del ridículo, mirábamos películas invernales y jugábamos a imitar la risa gutural del gordo rojo: <em>Ho ho ho ho!</em></p>
<p>La completa ausencia de fervor religioso en el seno de mi familia completaba el cuadro de confusión general, porque no se hablaba de la tradición, ni de la Virgen María, ni del niño Jesús ni nada de eso. Simplemente <em>“era navidad”</em> y ya está. Entonces los niños observábamos ese repentino giro en las costumbres de mis padres con sorpresa y desconcierto, pero sabiendo como sabíamos, que en la culminación del proceso caían regalos, elegíamos no preguntar demasiado, por si las moscas.</p>
<p>Algunos años después, cuando me hice adulto, la cosa no hizo más que empeorar. No solamente me quedaba fuera del sentimiento colectivo por falta de raíces cristianas, sino por convencimiento personal. Empecé a detestar la última quincena de diciembre, hasta el día treinta, porque la fiesta de año nuevo siempre fue de mis preferidas, mucho menos encorsetada, menos comercializada, menos encerrada en símbolos que no me identifican. Para colmo de males, hace diez años me vine a vivir a Europa, y entonces, a la desazón propia de detestar la fiesta, de estar lejos de la familia y los amigos, se sumaron el desencanto, la indignación y la vergüenza de observar y ser parte de un despilfarro grotesco y absurdo cimentado en la opulencia económica. No es que en la Argentina no sea vergonzoso y disparatado el consumo rabioso de la navidad, pero en Europa la cosa se dispara hasta un límite que supera la imaginación. Las montañas de regalos, las fortunas que gastan los ayuntamientos en llenar las ciudades y los pueblos con – literalmente – millones de lucecitas de colores y motivos navideños, el derroche de energía y la campaña de consumo son completamente babélicos, disparatados, desmesurados y vergonzosos en un continente que se ufana públicamente de preocuparse por la pobreza del tercer mundo y comprometerse con el medio ambiente y la ecología.</p>
<p>Pero todo guerrero tiene su Talón de Aquiles, y el mío, sin lugar a dudas, y sin caer en el despropósito común de utilizarlos como explicación y excusa de algunos de los más sonados disparates del mundo de los adultos, son mis hijos. Cuando son muy pequeños, digamos hasta los tres años, la navidad les resbala como la baba que se les cae de la boca. Ni la entienden, ni les importa, y los adultos nos frustramos viendo cómo, tras sepultarlos bajo una montaña de regalos que los supera en altura, volumen y peso, los niños prefieren jugar con el papel roto de los envoltorios, y casi ni se dan cuenta de que su patrimonio personal se ha visto incrementado considerablemente.</p>
<p>Pero después, cuando son un poquito más grandes, conseguimos convencerlos, y entonces esperan la navidad con ilusión y con verdadera ansiedad. Nosotros llenamos la casa de motivos navideños, y aprovechamos al vuelo la ocasión para el chantaje: <em>“Mirá que los reyes están viendo todo, y si no comés no te van a dejar regalos”</em>, decimos, apuntando con el dedo al pesebre en el que los muñequitos observan con sus miradas petrificadas el despropósito.</p>
<p>Hace un par de navidades, en los días previos a la nochebuena, estábamos un día jugando en una plaza con Pablo y Gloria. Éramos piratas, y él, un héroe espadachín con una vara de sauce. Unos bancos de piedra eran la borda del barco, y corríamos y saltábamos, disfrutando del juego.</p>
<p>Pablo, que por entonces aprendía a saltar desde la sorprendente altura de cuarenta y cinco centímetros, estaba de pie sobre el banco de piedra. Con un gesto atlético y osado, saltó hacia dentro de mi bajel, gritando a voz en cuello:</p>
<blockquote><p>-          ¡Al reportaje!</p></blockquote>
<p>Acto seguido, con valor y gallardía, apuntó su vara de sauce al centro de mi pecho, sin poder evitar que se flexionase ligeramente, pero sin perder por eso su estampa de héroe rescatando a su dama de los malvados piratas. Me miró fijamente a los ojos, y por primera vez en su vida, me amenazó:</p>
<blockquote><p>-          ¡Te mataré&#8230; Bellota!</p></blockquote>
<p>Sus ojitos marrones eran luz y fuego, eran ilusión infinita y, sobre todo, felicidad. Entre risas, lo abracé y lo besé, cosa por supuesto impropia de un auténtico y malvado pirata, me explicaba él intentando zafarse del abrazo para continuar el combate. Ese día entendí que había perdido una batalla conmigo mismo, entendí que a pesar de no estar de acuerdo, que a pesar de no creer y a pesar de la vergüenza y el despilfarro, un solo instante de ilusión en los ojos de mis hijos es suficiente para motivarme a celebrar la navidad, el hanuka y hasta un ritual de sacrificio umbanda, si hace falta. Ojalá sea capaz de encontrar el equilibrio entre alimentar esa ilusión y mantener la cordura y la coherencia.</p>
<p>Ojalá fuésemos capaces, entre todos, de garantizar, al menos una vez al año, y sin importar lo sagrado de la ocasión, un brillo de ilusión genuino en los ojos de cada niño del planeta. Ojalá pudiésemos crear una forma menos vergonzosa, menos opulenta y menos despilfarradora de regalarle ilusión a nuestros hijos, como por ejemplo, jugar con ellos con los trozos de papel de colores, en lugar de enseñarles el aprecio por el valor de los juguetes.</p>
<p style="text-align:right;"><em>Feliz navidad para todos.</em></p>
<p style="text-align:right;"><em>Aprendiz de Brujo.</em></p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Charlas de Hombre a Hombre II: Un nuevo enfoque</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 16:17:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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										</div>Recordarán quienes sigan las vicisitudes de la accidentada vida emocional de mi hijo Pablo (ver Charlas de Hombre a Hombre y Charlas de Mujer a Mujer), que dejamos el relato de sus tribulaciones amorosas en el álgido punto en que su pretendida, acosada por el ímpetu seductor de más de dos y de más de &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/01/charlas-de-hombre-a-hombre-ii-un-nuevo-enfoque/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Ensombrecido por la derrota, Pablo eligió el camino que tantas veces nos hemos prometido algunos a nosotros mismos: <em>“Nunca más me voy a enamorar de nadie”</em>. Simplemente lo decidió y ya está, de un día para otro, Celia quedó borrada para siempre de su dolorido corazón.</p>
<p>Nosotros, como padres modernos y sin prejuicios que somos, siempre le hemos dicho a Pablo que se pueden casar también hombres con hombres y mujeres con mujeres, y que, llegado el caso, pueden adoptar niños. Así que rápidamente halló la solución definitiva y perfecta para su mal de amores:</p>
<p><span id="more-409"></span>-          Papá, ya lo decidí: me voy a casar con el Alex. – es su mejor amigo y compañero de clase.</p>
<p>-          ¿Sí? – pregunté, sorprendido.</p>
<p>-          Sí, total, vamos y buscamos un niño de ésos, y ya está.</p>
<p>-          Vale, me parece perfecto.</p>
<p>Durante varias semanas mantuvo esa postura. El tema salía con relativa frecuencia, y él ya hacía sus planes. Dado que su intento previo de hacerlo su hermano y traerlo a vivir a casa había fracasado repetidas veces frente a nuestra negativa y la de los padres de Alex, había decidido que ni bien pudiesen irían a vivir juntos: vida resuelta. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que una tarde de sábado, mientras perréabamos toda la familia en el sofá, a Gloria y a mí nos dio por besarnos (cosa que por otra parte hacemos con frecuencia y que los niños habían visto ya miles de veces). Algo llamó la atención de Pablo, y preguntó:</p>
<p>-          ¿Por qué os besáis?</p>
<p>-          Bueno&#8230; porque somos novios, y los novios hacen eso: se besan.</p>
<p>-          Ah&#8230; ¿Todos los novios se besan?</p>
<p>-          Claro. Mira, por ejemplo tú, si te vas a casar con Alex, tendrás que dormir con él y darle besos en la boca, como todos los novios.</p>
<p>Primero puso cara de incredulidad, pero la seriedad mía y de su madre le confirmaron que se trataba de una verdad como un templo: <em>Los novios se besan en la boca</em>. Entonces su carita se contrajo y los planes de las últimas semanas quedaron instantáneamente desbaratados con una sola exclamación:</p>
<blockquote><p>-          ¡¡¡¡¡Qué asco!!!!!</p></blockquote>
<p>Su futuro estaba nuevamente oscuro. La boda se suspendió para siempre en el mismo momento en el que supo que entre sus deberes conyugales se encontraba la pernoctación conjunta y el intercambio salival. De nuevo estábamos como al principio&#8230; ¡Cinco años y el pescado sin vender!</p>
<p>Pero el cerebrito inquieto de mi joven <em>padawan</em> no se detiene nunca. Durante los días siguientes a la fatídica conversación durante la que descubrió algunos oscuros secretos de la vida matrimonial, Pablo dedicó largas horas de plaza a mantener cónclaves secretos con Alex y tres miembros más de la cofradía, llamémosles, como siempre, para mantener su anonimato, Xavi, Jorge y Pedro. Sabiendo que tramaban algo, ayer, después del baño, aproveché que estábamos solos, mientras lo secaba y vestía, y le dije:</p>
<p>-          Ahora que no nos escucha mamá, cuéntame: ¿Te gusta alguna chica?</p>
<p>-          No, papá. ¿Por qué siempre quieres que me guste alguna niña? – se enfadó, con toda razón.</p>
<p>-          No, no, no quiero que te guste alguna. Te lo pregunto para saber, para que hablemos de hombre a hombre.</p>
<p>Inmediatamente reconoció el santo y seña de las secretas confesiones masculinas, y sus ojos se iluminaron instantáneamente con ese brillo de travesura y confidencia que solamente los niños logran de manera auténtica. Entonces me abrió su corazón.</p>
<p>-          No, papá. Ya lo tengo todo decidido. Yo, Alex, Xavi, Jorge y Pedro no nos vamos a casar nunca. Vamos a vivir todos juntos en una casa sin novias, donde no pueden entrar las niñas.</p>
<p>-          ¿Ninguna mujer?</p>
<p>-          No.</p>
<p>-          ¿Y qué van a hacer?</p>
<p>-          Vamos a hacer fiestas. Tú podrás venir, y mamá también. Todas nuestras mamás y nuestros papás podrán venir, pero las otras niñas no.</p>
<p>-          Pero Pablo, me parece que cuando sean más grandes van a querer que vayan niñas a las fiestas.</p>
<p>-          No. Ninguna niña.</p>
<p>-          Pero se van a aburrir todos los chicos solos en la casa.</p>
<p>-          No nos vamos a aburrir. Vamos a jugar a todas las cosas que las niñas nunca quieren jugar.</p>
<p>-          ¿Y los otros chicos que tengan novia?</p>
<p>-          Pueden venir, pero tienen que dejar a las novias abajo.</p>
<p>Llegado este punto de la conversación, no pude más que reírme en silencio, para no herirlo, y tuve claras dos enseñanzas de su corazoncito infantil, que son tan obvias que a veces no nos paramos a pensarlas. La primera es lo mucho que el amor tiene de exclusión. Al final importa poco si es un niño, una niña o varios: el asunto es tener un núcleo fuerte de vínculos en los que el resto del mundo queda fuera. De alguna manera él intuye que los seres humanos siempre necesitamos pertenecer a algo especial. Los afortunados encuentran el amor, y si son muy afortunados (como en mi caso particular) uno o dos amigos con los que tener algo tan especial y único que una frontera invisible lo separa del resto de nuestro universo afectivo. La segunda fue que el amor, cuando es verdaderamente puro, como en el caso de los niños, no se detiene a considerar detalles como el sexo o <em>lo que debe ser</em>. Pablo ama verdaderamente a su amigo Alex, y quiere compartir su vida con él. Pongamos las dificultades que pongamos los adultos, él encontrará siempre su camino, y aunque no sea un camino posible, será un camino verdadero.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Dai Verde o la conveniencia de la iniciación temprana en la vida friki</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Nov 2009 16:29:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
		<category><![CDATA[cosas pequeñas]]></category>
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		<category><![CDATA[filosofía]]></category>
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<p>Considero que una de las virtudes de la edad adulta es la disminución de la vergüenza. A mí, por lo menos, hace años ya que no me da vergüenza reconocer públicamente mi afición por este tipo de sagas (espero que nadie tenga el mal gusto de nombrar <em>Star Trek, </em>que no le llega a <em>Star Wars</em> ni a la suela de los zapatos), o que leo con la misma concentración a García Márquez o a Paul Auster que los libros de <em>Harry Potter</em> o <em>La Trilogía de Terramar</em>. Simplemente considero que, a mi edad, es un derecho adquirido. Trabajo, pago mis impuestos, soy un ciudadano modelo y, por lo tanto, tengo derecho legítimo a invertir mi tiempo libre como mejor me parezca, y además, a adoctrinar a mis hijos en la senda de la profunda sabiduría de <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Yoda" target="_blank">Yoda</a></em>.</p>
<p><span id="more-365"></span>Después de más de cinco años víctima del insomnio, la pérdida de apetito y los ataques crónicos de mal humor que me producía escuchar <em>“todavía son muy chiquitos”</em>, al fin hace dos semanas mi querida esposa autorizó el visionado de <em>Star Wars</em> en casa. Ni lerdo ni perezoso, me llevé a mis dos jóvenes <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Padawan#Padawan" target="_blank">padawan</a></em> al sofá y les dije: <em>“¿Quién quiere ver con papá una película de naves espaciales?”</em>. El entusiasmo ante la idea fue total. Mi mujer opinaba que se aburrirían, y yo, en secreto, sospechaba lo mismo. Comenzamos, como corresponde, por el <em>Episodio IV: Una nueva esperanza</em>.</p>
<p>Mis hijos abrieron los ojos como platos. Una vez más, asistí fascinado al prodigio de la herencia genética, y pude disfrutar de la iniciación de mis hijos en el culto a la saga. No solamente se fumaron la película entera sin moverse un milímetro de su asiento, sino que en seguida comenzaron las preguntas y los juegos. Durante toda la semana, Pablo anduvo fascinado por ahí contándole a quien quisiera oírlo que era <em>Luc Escaiuoquer</em>, y Daniel agitaba cualquier cosa que tuviese en la mano proclamando <em>“¡Soy Dai Verde!”</em>.</p>
<p>El primer momento memorable ocurrió el sábado siguiente, cuando, cumpliendo lo prometido, puse mi edición coleccionista, mejorada y remasterizada digitalmente del <em>Episodio V: El Imperio contraataca</em>. Nuevamente los dos se sentaron, uno a cada lado de mi cultivada barriga, y se dispusieron a otras dos horas de aventuras. Recordará el lector (y pido disculpas a los seguidores de la saga porque, por deferencia hacia los lectores que no lo son, explicaré alguna que otra obviedad) el momento culminante en el que <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Luke_Skywalker" target="_blank">Luke</a></em> se enfrenta al malo malísimo <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Darth_Vader" target="_blank">Darth Vader</a></em> en la ciudad gobernada por <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Lando_Calrissian" target="_blank">Lando Calrissian</a></em>. Después de una lucha encarnizada en la que no falta de nada (sables láser, objetos arrojados al enemigo mediante el poder de la fuerza, todo roto por todos lados), <em>Luke</em>, desarmado, discute con <em>Vader</em>. Pablo, nervioso, se aferraba a mi brazo con ambas manos, estrujándomelo, en el momento en el que <em>Vader</em>, vencedor, le dice a <em>Luke</em>:</p>
<blockquote><p>-          <em>Luke</em>, yo soy tu padre.</p></blockquote>
<p>Su rostro pequeño y lampiño se desencajó por completo. Sus ojitos marrones se abrieron más que nunca, y en seguida buscó mi mirada y la de su madre, implorándonos silenciosamente que por favor le dijésemos que no era verdad. No podía ser cierto. Un héroe no puede tener un padre tan malo. No había lugar en su universo infantil para admitir una brutalidad semejante, un despropósito de tal calibre. Finalizada la película, no dejaba de hacer preguntas. Por suerte, su hermano continuaba proclamando que era <em>Dai Verde</em> y luchando con su propia sombra.</p>
<p>Al día siguiente, domingo, preocupado por el efecto devastador que <em>El Imperio contraataca</em> había tenido en el imaginario de mi hijo mayor, decidí que la mejor solución era ver el <em>Episodio VI: El regreso de Jedi</em>. Pensé que verla juntos y discutirla luego lo ayudaría a asumir que, pase lo que pase, un padre siempre querrá a su hijo.</p>
<p>Una vez más, ambos pichones de <em>friki</em> se sentaron con su padre a ver la peli. Esta vez, la reacción de Pablo fue aún más asombrosa. Adoró que <em>Vader</em> volviese a ser bueno una vez más, pero se le hizo insoportable la idea de que muriese en brazos de su hijo. Una vez terminada la película, me dijo y repitió hasta el cansancio:</p>
<p>-          Papá, la última película me encantó, pero la próxima vez que la veamos la quitamos en la parte que se muere <em>Vader</em>. Esa parte no me gusta.</p>
<p>Le prometí que así sería, pero no fue suficiente. Durante toda la semana, los juegos en los que se hace la inevitable distribución de personajes, presentaron un problema para Pablo. Sin lugar a dudas, a él le tocaba ser <em>Luke Skywalker</em>, y por supuesto, a Gloria la <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Princesa_Leia" target="_blank">Princesa </a><em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Princesa_Leia" target="_blank">Leia</a></em>. Daniel, que en un principio había preferido ser <em>Dai Verde</em>, terminó eligiendo ser <em>Han Solo</em> para poder ser el novio de <em>Leia</em>. Quedaba mi personaje. <em>“Yo soy Darth Vader”</em>, me ofrecí. <em>“No”</em>, me corrigió Pablo. <em>“Para ser Darth Vader te tienes que morir”</em>. En otros juegos en los que me tocaba morir nunca hubo problema, pero en este caso el vínculo filial le impedía elegir esa opción. Sencillamente se negaba a matar a su padre por partida doble: la realidad sumada a la ficción era más de lo que podía soportar.</p>
<p>Así que un servidor se tuvo que conformar con ser <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Chewbacca" target="_blank">Chewbacca</a></em> y pasarse toda la semana gruñendo hasta quedarse ronco. Fue una semana especial, en la que tuvimos frecuentes conversaciones acerca del bien y del mal, mezclándolas con la fantasía de la saga, la fabricación de los robots y la posibilidad de que <em>Darth Vader</em> no hubiese sido, en verdad, malo nunca. Su conclusión terminó siendo que <em>“El malo de verdad, el más malo es el Emperador. Darth Vader es menos malo. Es muy malo pero un poquito menos malo que el Emperador</em>”.</p>
<p>Pensé que el asunto estaba zanjado, pero una vez más me equivoqué. Aprovechando que McDonald’s entrega en la cajita feliz juguetes de <em>Star Wars</em>, ayer sábado fuimos a comer los cuatro allí. Tuvimos una comida apacible, y al terminar nos quedamos jugando en la mesa con unos muñequitos de <em>Yoda</em> que salieron en el <em>Happy Meal</em>. La caja de cartón en la que vienen las hamburguesas de los niños tenía una enorme foto de <em>Darth Vader</em>. Pablo, después de una semana de reflexión continua, sosteniendo la caja y mirando la foto de <em>Vader</em> con profunda tristeza, me preguntó:</p>
<blockquote><p>-          Papá, ¿qué es lo que hace que las personas se vuelvan malas?</p></blockquote>
<p>No solamente no supe darle una razón válida, sino que me quedé pensando quién de los dos aprendió más de la película. A pesar de que yo la vi por primera vez con ocho años, creo que ni entonces ni en ninguna de las incontables veces en las que volví a verla, tuve una percepción tan precisa del conflicto. Mi hijo no solamente será mejor <em>friki</em> que yo, sino que seguramente, también será mejor persona. ¡Que la fuerza lo acompañe!</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Sobre la crueldad de los niños y la nariz de mi tía</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Nov 2009 10:38:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>La naturaleza humana es cruel, pero los adultos nos empeñamos en disfrazar esa naturaleza, en matizarla, en vestirla de seda para que no parezca mona. Hace un par de días estábamos en la plaza varios padres con niños de edades entre tres y cinco años. Como solemos hacer, los adultos charlábamos sentados en los bancos mientras los niños jugaban en unas escaleras cercanas. De repente, todos los niños vinieron hacia nosotros gritando asustados. <em>“Un ladrón, un ladrón”</em>. <em>“Es un ladrón de zapatos”. “Tiene una cámara secreta donde guarda lo que roba”</em>.</p>
<p>Ante la avalancha de susto que nos sepultó en dos segundos, cada padre se encaró con sus hijos para intentar averiguar qué pasaba. Sobre todo porque, como ya he dicho alguna vez, vivimos en un pueblo tranquilo en el que solamente roba el ayuntamiento, y desgraciadamente lo hace amparado por la ley.</p>
<p><span id="more-359"></span>Resulta que en la oscuridad de las seis y media de la tarde, por las escaleras en las que jugaban los niños había bajado uno de nuestros vecinos, que es de raza negra. Viendo a los niños jugar les hizo algún tipo de broma que no logramos descifrar del todo, pero que tenía que ver con que era un ladrón o algo por el estilo. Los niños lo tomaron al pie de la letra, se asustaron y vinieron corriendo a buscar consuelo paterno.</p>
<p>Evidentemente, nuestra primera reacción fue reírnos del tema. <em>“Está jugando con ustedes, les está haciendo una broma”.</em> Sin embargo, el miedo de los niños era brutal, real y absoluto. No había manera de convencerlos de que el pobre hombre solamente había querido jugar con ellos. Hay que decir, en favor de los niños, que el hombre en cuestión es altísimo, de espaldas anchas y usa un birrete africano de colores. En la penumbra de la tarde tenía un aspecto imponente. Sin embargo, ante nuestros intentos de consuelo – era asombroso ver como todos los padres reaccionamos igual – los niños seguían en sus trece. Más de uno, para rebatir el argumento nuestro acerca de que era un juego, utilizó la frase: <em>“Pero es que es negro”</em> como demostración total y absoluta de que no existía otra posibilidad que la de que fuese, en efecto, un ladrón.</p>
<p>Finalmente los niños volvieron al juego. Los padres nos miramos entre nosotros, como dudando entre avergonzarnos o divertirnos. Finalmente el episodio se saldó con el acuerdo común y tácito de que la razón de todo el equívoco era que <em>“los niños son crueles”</em>. Entonces comencé a preguntarme si es la razón verdadera. Ninguno de los padres que estábamos allí es racista. Es imposible que ninguno de los niños presentes haya escuchado en su casa un comentario racista. Sin embargo su reacción natural fue racista. Es cierto que no están habituados a ver negros, porque es uno de los pocos que viven en el pueblo, y es cierto también que forma parte de la naturaleza humana desconfiar de lo diferente y desconocido. Pero también es cierto que la reacción podría haber sido de curiosidad y no de miedo unánime, como resultó serlo, y también es cierto que, aunque lo neguemos por activa y por pasiva, vivimos en una sociedad racista. Uno por uno, el 99% de la población blanca y occidental negará ser racista y tendrá diez mil argumentos para refrendarlo, pero es indiscutible que el conjunto resultante lo es.</p>
<p>Y sin embargo, en lugar de preguntarnos qué clase de sociedad somos, en la que los niños que estamos criando reaccionan naturalmente así a la presencia de lo diferente, preferimos mirarnos incómodos entre nosotros y saldar el episodio echando la culpa a la <em>“crueldad de los niños”</em>.</p>
<p>Pero nada más lejos de mi intención, al comenzar este artículo, que teorizar sobre cosas de las que ya se ocupan personas más informadas que yo, que suelo hablar desde la simple observación y no desde los méritos académicos ni desde decenas de libros leídos sobre el tema.</p>
<p>Ayer, mientras cocinaba, estaba recordando el verano – mis hermanos y yo solíamos veranear en Uruguay, con mi tío Ramiro (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/09/11/el-aprendiz-de-brujo-y-el-superman-humano/" target="_blank">El Aprendiz de Brujo y el Supermán Humano</a></em>) – en que conocimos a mi tía Iliana. Me vino a la memoria una de las características de su rostro. Es una mujer hermosa, de piel tostada y un cabello negro azabache y lacio. Su buen humor y su espíritu alegre y juguetón hacían que nuestros veranos en su casa fuesen deliciosos, divertidos e inolvidables.</p>
<p>Cuando la conocimos,  – decía – haciendo gala de la misma falta de disimulo que caracteriza a los niños, no pudimos dejar de advertir un rasgo fundamental en la belleza de mi tía. Su nariz, aparte de ser ligeramente grande en relación con el tamaño de su rostro, es afilada y estilizada, una nariz digna de Cleopatra o de un poema de Quevedo, pero además, tenía una particularidad funcional que la hacía única. Al hablar, la punta de la nariz se retraía en una escala de entre uno y tres milímetros, marcando el compás de su discurso como lo hacen los <em>leds</em> de los ecualizadores con el ritmo de la música.</p>
<p>No tardamos ni dos horas desde que la conocimos en advertir el indicador de nivel de voz que la naturaleza había instalado en su cara, y por supuesto ni cinco segundos más en bromear sobre el tema y reírnos francamente de los movimientos nasales que acompañaban el hablar de mi tía Iliana.</p>
<p>Afortunadamente, ella es una mujer con un sentido del humor extraordinario, y lejos de sentirse incómoda, rápidamente incorporó las bromas sobre su nariz a la liturgia familiar, y desde entonces, cada vez que nos vemos hacemos referencia a ello y nos reímos todos juntos. Pero lo que me hizo pensar en la nariz de mi tía, fue que, por primera vez desde que la conozco, se me ocurrió que pudo haber sido distinto. Pudo haber sido un rasgo que la acomplejase, y entonces nuestra actitud infantil de reírnos de su nariz la hubiese hecho sufrir y la hubiese angustiado, y seguramente, quien la consolase habría apelado a la frase: <em>“Es que los niños son crueles”</em>.</p>
<p>Entonces me pregunté: <em>¿Qué hace diferente la situación de reírnos de la nariz de mi tía a la de todos los niños afirmando que el negro es ladrón?</em></p>
<p>Seguramente la diferencia está en el significado que tiene para cada uno de nosotros cada hecho aislado. Si mi tía hubiese sufrido algún tipo de complejo con su nariz, en lugar de una divertida anécdota familiar y un juego cómplice, ahora tendríamos un episodio que olvidar. Si los niños se asustan tanto solamente porque un negro grandote quiere jugar con ellos en una plaza oscura, quizás deberíamos preguntarnos cuántos de sus padres, a pesar de jurar y perjurar que no somos racistas, al cruzarnos con él a solas en una calle oscura tendríamos aunque sea un mínimo reflejo, un pensamiento primario, un deseo inconfesable de cruzar de acera, solamente por si acaso.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Domingos rituales</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Nov 2009 10:43:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Pero, de todas las cosas que envidio a los religiosos, una de las que más envidia me produce es la capacidad de establecer rituales. Que un hombre serio sea capaz de ponerse una falda larga y una bufanda violeta y un sombrero ridículo, y lentamente, concentrado, se beba su traguito de vino frente a ciento cincuenta personas, y todos se lo tomen en serio, me parece un logro más meritorio que descifrar la <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Cuadratura_del_círculo" target="_blank">cuadratura del círculo</a></em>, o incluso que la llegada a la luna.</p>
<p>Por eso, y haciendo gala de mi mala tolerancia a sentir envidia, soy tremendamente eficaz a la hora de establecer rituales propios. En mi vida personal, con las personas que quiero y, por supuesto, con mis hijos. No es que de repente me dé por decir una misa atea en casa, disfrazado con un vestido de Gloria, ni que siente a mis niños a verme tomar vino, sino un esfuerzo, muchas veces inconsciente, por llenar mi vida de detalles rituales, fórmulas cotidianas que se repiten hasta el cansancio.</p>
<p><span id="more-348"></span>Por citar algunos ejemplos, a veces estamos viendo la tele con Gloria y le digo: <em>“Cada vez hay más publicidad en formato panorámico”</em>. Ella responde, invariablemente: <em>“Es verdad, no me había fijado”</em>. Suena estúpido, pero los dos nos reímos por lo bajito. O, como ya relaté en el <em>post </em><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/14/enano-cabezon/" target="_blank">Enano Cabezón</a></em>, me gusta preguntarle a Daniel: <em>“¿Qué eres más: Enano o Cabezón?”</em>. Él, que entiende de juegos perfectamente, me responde invariablemente: <em>“Cabezón”</em>. Tanto es así, que un día, hace algunos meses, intenté una variante del juego. Estábamos en la plaza y le pregunté: <em>“¿Qué eres más: Tarambana o troglodita?”</em>. Él cambió la vista de un lado a otro, ligeramente desconcertado, antes de reír y responderme: <em>“Cabezón”</em>.</p>
<p>No sé por qué, pero los rituales pequeños, casi invisibles, dan una sensación reconfortante de algo conocido, propio, genuino. Me gusta practicarlos, y me gusta establecerlos. Por eso, desde hace ya un par de años, he establecido un ritual dominical que reemplaza el ir a la iglesia en familia: nosotros compramos pollo al as con papas asadas. Todos los domingos, a las once y un minuto, llamo por teléfono a la pollería (que abre a las once) y reservo un pollo y medio. Las señoras ya me conocen, ya saben que soy yo, me llaman por mi nombre y me preguntan: <em>“¿Qué hay, Federico? ¿Uno y medio para la una y media?”</em>. Yo agradezco y cuelgo. La conversación dura unos veinticinco segundos.</p>
<p>Después voy con Pablo, los dos solos, caminando, a buscar los pollos. Y es otro ritual de domingo. Se llama <em>“ir a buscar los pollos”</em>, y Pablo se lo toma como un deber y como un derecho. Si alguna vez no lo dejo venir porque llueve o hace frío, protesta, patalea y llora. Es como negarle la posibilidad de comulgar.</p>
<p>Los domingos por la tarde-noche, la liturgia familiar impone un baño de los niños, y luego es mi responsabilidad una actividad que llamamos <em>“limpiar el pollo”</em>, que no es otra cosa que picar todo lo que sobró para hacernos una ensalada. El asunto es que Pablo y Daniel siempre me “ayudan”. Traen cada uno un taburete y, trepados a él, uno de cada lado, me van pidiendo trocitos de pollo mientras corto. El juego es que se supone que Gloria nos prohíbe comer pollo mientras lo limpiamos, y finge enfadarse y nosotros juramos que no vamos a comer ni un poco. Pablo me hace gestos con el pulgar hacia arriba cuando supuestamente Gloria no ve, y se desarma de risa cuando ella, con el rostro enfadado, le pregunta: <em>“¿Qué es ese gesto? No iréis a comer pollo, ¿verdad?”</em>.  <em>“No, mamá, ni un poco, te lo prometo”</em> y luego me hace otra vez un gesto cómplice a espaldas de su madre.</p>
<p>Lo sorprendente es que, domingo tras domingo, vivimos una repetición casi calcada de esta pantomima, y a pesar de eso, a pesar de que todos sabemos que es un juego, Pablo y Daniel se mueren de risa con la idea de hacerlo clandestinamente, a espaldas de su madre. Se regocijan en la complicidad conmigo para hacer algo prohibido. Y a mí me hace disfrutar más esa complicidad que cualquier otro ritual de los domingos.</p>
<p>El domingo pasado, después de haber cumplido todos los pasos necesarios, de haber repetido de la misma manera cada uno de los gestos y bromas, estábamos los tres en plena faena. Pablo a mi derecha, Daniel a mi izquierda y yo en el centro, empuñando una cuchilla de carnicero, picando los restos de pollo y dándoles daditos de carne blanca, seca y fría de la pechuga, que ellos devoraban con placer, mientras le gritaban a su madre que no estaban comiendo ni un poco. Entonces Pablo, con su lucidez habitual, hizo una pausa en la ingesta para mirarme a los ojos y declarar:</p>
<blockquote><p>-          ¿Sabes, Papá? A mí no me gusta mucho el pollo. Pero limpiarlo contigo me encanta.</p></blockquote>
<p>Entonces pensé que, una vez más, había encontrado en él algo mío, el gusto por los rituales. Pensé también en la importancia que tiene para él hacer lo mismo cada domingo, ejercer la complicidad padre e hijo. Es una somatización tan positiva de algo nuestro, que hasta le gusta comerse un montón de pollo que sobre la mesa no se comería. Y pensé, para cerrar un nuevo domingo ritual, que el amor verdadero del que tanto se habla, en realidad está hecho de esas cosas, de compartir un secreto, de una complicidad chiquita, de un guiño privado entre dos personas que se aman, de la tranquilidad de volver a encontrar una respuesta afirmativa a la pregunta tantas veces hecha, que no por conocer la respuesta se hace menos importante.</p>
<p>Y mientras enjuagaba la cuchilla de carnicero y tiraba los huesos a la basura, pensé que por fin había conseguido darle a mi familia la paz espiritual que da una religión: la de comer pollo los domingos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El día de la bolsa verde</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Oct 2009 10:40:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Regresamos a casa a la hora de comer, y como hacemos en general los sábados, los niños durmieron la siesta, se levantaron, merendaron y decidimos volver a ir a la plaza. Entonces Gloria me preguntó: <em>“¿Y la bolsa verde?”</em>. Yo argumenté que la genética masculina no está preparada para transportar objetos de mano, razón por la que, por ejemplo, prefiero mojarme antes de llevar un paraguas que seguramente olvidaré en cualquier parte. La veracidad e irrefutabilidad de mi argumento no parecieron ser suficientes para evitar un gesto de amarga decepción en el rostro de mi esposa, que Pablo observó con profunda atención, mientras ella decía: <em>“¡Con lo que me gustaba esa bolsa verde!”</em>. Al bajar a la plaza la rastreamos como mastines de presa, pero no apareció por ningún lado, cosa que nos extrañó porque en general en el pueblo en el que vivimos solamente se roba de las puertas del ayuntamiento para adentro, mientras que el resto del territorio es bastante seguro y respetuoso con la propiedad ajena. Pensé que seguramente alguien habría advertido el olvido y en algún momento traería la dichosa bolsa.</p>
<p><span id="more-304"></span>El domingo por la mañana volví a ir a la plaza con Pablo y Daniel. Esta vez llevaba yo una bolsa blanca, y una preocupación especial por no perderla. He de señalar que, en general, la plaza tiene un público por la mañana y otro diferente por las tardes, por lo tanto, supuse que era probable que alguno de los que estaban en la plaza hubiese encontrado la bolsa, así que recorrí la plaza, perseguido de cerca por mi hijo, que montado en su monopatín (conocido en España, también inexplicablemente, como <em>patinete</em>) hacía suya mi pregunta reiterativa: <em>“Perdona, ¿no has visto si ayer me dejé olvidada una bolsa verde?”</em>. No hubo suerte, así que repetí mi ritual de sentarme en un banco a cavilar sobre nada, mientras mis críos quemaban el exceso de energía básicamente rompiendo los huevos por ahí.</p>
<p>A los pocos minutos, vi a Pablo que, montado en su monopatín, venía velozmente a mi encuentro, con el rostro encendido por el orgullo de un hallazgo.</p>
<p>-          ¡Papá! – gritó al llegar a donde yo estaba, para luego bajar la voz hasta el tono de secreto – Creo que ya sé donde está la bolsa verde. – Sus ojitos señalaban el arenero, en donde un inocente padre al que yo ya había interrogado al respecto, jugaba con su pequeña hija, sacando objetos de una bolsa verde.</p>
<p>-          No, mi amor. – le dije – Esa no es nuestra bolsa.</p>
<p>-          ¡Sí, sí que es! Ve y dile que te la muestre.</p>
<p>-          Pablo, ya le pregunté si vio la bolsa que nos dejamos ayer, y me dijo que no. Además, cuando se lo pregunté, vi la bolsa que tiene y no es la nuestra. ¿Por qué me iba a mentir?</p>
<p>-          Capaz que es un ladrón, y nos quiere robar y quedarse con nuestra bolsa.</p>
<p>-          No, hijo, que no es nuestra bolsa.</p>
<p>-          ¡Sí, sí que es, yo la vi!</p>
<p>Durante los siguientes ocho minutos discutimos acaloradamente sobre el tema. El estaba convencido de que era nuestra bolsa, y yo de que no lo era. Su negativa a aceptar mi palabra me exasperaba.</p>
<p>-          Pablo, es importante que entiendas que si papá te dice una cosa, es porque lo sabe. ¿Tú confías en mí?</p>
<p>-          Sí.</p>
<p>-          Entonces si yo te digo que esa no es nuestra bolsa, me tienes que creer y punto.</p>
<p>-          Pero es que puede ser que sea un ladrón y nos quiera robar la bolsa de mamá – insistía. Perdí los nervios.</p>
<p>-          ¡Basta! Vamos a hacer una cosa. Vamos los dos hasta donde está el señor. Tú le preguntas si es nuestra bolsa y le pides que te la deje ver. Si no es, le pides disculpas por haber pensado que era un mentiroso y un ladrón. ¿Te parece bien?</p>
<p>-          No, ve tú.</p>
<p>-          No, porque yo lo veo a ese hombre siempre en la plaza y le creo. Además, te estoy diciendo que estoy seguro de que no es nuestra bolsa, así que vas tú, le pides que te la deje ver y si no es, le dices: <em>“Perdón, señor, por haber pensado que era un mentiroso y un ladrón”</em>.</p>
<p>Pablo rompió a llorar de frustración, y yo estaba enojado, con él por no confiar en mí, y conmigo mismo por no ser capaz de convencerlo de algo tan simple.</p>
<p>-          Si no vas a hacer lo que te digo, vete a jugar.</p>
<p>Salió en su monopatín, secándose las lágrimas y los mocos con la manga, y comenzó a dar vueltas en círculo por la plaza, acercándose con evidente disimulo al pérfido ladrón que nos ocultaba nuestra preciada bolsa verde. Daba largos rodeos, y luego pasaba lo más cerca posible, intentando ver la bolsa, mientras yo lo observaba, cada vez más ofuscado. Finalmente, volvió a venir hacia mí.</p>
<p>-          Tenías razón, papá. No es nuestra bolsa.</p>
<p>-          ¿Has visto? – dije, aliviado por su reconocimiento. – Espero que hayas aprendido algo. ¿Has aprendido algo?</p>
<p>-          No. ¿Qué?</p>
<p>-          Que cuando papá o mamá te dicen una cosa es porque saben lo que están diciendo. No está bien que no me creas si te digo que estoy seguro de algo. Tienes que confiar más en nosotros. ¿Está claro? ¿Lo has aprendido?</p>
<p>-          Sí. – Bajó la cabeza y se marchó en su monopatín.</p>
<p>Tres semanas después, una noche cualquiera, cenábamos en casa. Ya no recuerdo cómo se inició la discusión, pero Pablo, una vez más, cuestionando mi posición de macho alfa, empleaba toda la capacidad de argumentación de sus cinco años para disentir conmigo sobre alguna menudencia terriblemente obvia. En un intento por ser consecuente con su educación, lo miré fijamente y le dije:</p>
<p>-          Pablo, esto es como lo de la bolsa verde. ¿Te acuerdas del día de la bolsa verde?</p>
<p>-          No. ¿Qué día?</p>
<p>-          El día en la plaza que pensabas que un señor nos había robado la bolsa verde. ¿No te acuerdas?</p>
<p>-          ¡Ah! Sí, me acuerdo.</p>
<p>-          Pues esto es igual. Ese día te dije que esperaba que hubieses aprendido algo. Que papá y mamá cuando te dicen una cosa es porque la saben.</p>
<p>-          Ya – respondió, sonriendo – pero es que hoy no es el día de la bolsa verde.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Ideología</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Oct 2009 18:37:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<blockquote><p>Con motivo de su publicación en una revista digital, este artículo ha sido corregido. Puedes leer la versión nueva haciendo click <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/19/ideologia-version-remasterizada/" target="_self">aquí</a>.</p></blockquote>
<p>Desde chiquito, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas muy pequeñas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suavecito al tacto. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la besaba. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, en un planeta un poco más cuerdo y más justo. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás.</p>
<p>Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener sueños bonitos. Cuando aparecía un sueño malo, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor.</p>
<p>Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres me dijeron que no. “<em>Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”</em>, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Yo no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, contento por el cosquilleo agradable que me hacía en contacto con la piel, agarrándose con sus manitos suaves de ideología buena.</p>
<p><span id="more-295"></span>Durante el transcurrir de la mañana, me di cuenta de que mi ideología me hacía un niño mejor. Ese día presté mis lápices, no peleé con los demás, y en el recreo, persuadido por ella, decidí compartir las cuatro galletas que llevaba con tres niños que no eran amigos míos, de esos con los que nadie quiere jugar y que siempre están solos en un rincón del patio, a los que además, en un acceso de amistad repentina, invité a mi cumpleaños, que no sería hasta varios meses después.</p>
<p>Desde entonces nos hicimos inseparables por completo. Bastaba que me vistiese para que ella se me trepara a un bolsillo, dispuesta a venir conmigo a donde fuese. Yo se lo permitía, porque cuando ella estaba cerca me sentía seguro, y mucho mejor que cuando no lo estaba.</p>
<p>Nos hicimos adolescentes juntos. A ella le salieron unas tetitas incipientes, y se le estilizó la figura. A mí no me salía la barba, pero por suerte perdí la voz de pito y los demás dejaron de confundirme con una niña, a pesar de llevar el pelo muy largo. Entonces nos preocupábamos mucho por los demás, participábamos en política estudiantil y estábamos – mi ideología y yo – convencidos de estar construyendo un mundo mejor, de estar llamados y destinados a encabezar una rebelión que trajese por fin justicia, una revolución en toda regla. Una vez nos enfrentamos con la policía, y cuando el escuadrón antidisturbios cargó contra doscientos cincuenta adolescentes asustados como si fueran mercenarios en pie de guerra, mi ideología y yo nos asustamos mucho. Ella más que yo. Se escondió debajo de mi cama y no quería salir. Recuerdo que fue la primera vez que, juntos, nos preguntamos para qué todo esto. Al final la convencí, y organizamos una manifestación de protesta que una semana después convocó a varios miles de estudiantes. Al volver a casa, después de esa segunda manifestación, solos en la penumbra de mi habitación la miré con detenimiento, y me di cuenta de que ya era una mujercita. Los labios asomaban entre sus pelitos blancos, más rojos que nunca, y sus pintitas de colores estaban en flor. También descubrí sus primeras cicatrices. Una marca muy fea le cruzaba el pecho, pero la llevaba con orgullo y elegancia.</p>
<p>Cuando terminé la escuela secundaria, contaba los años por desengaños amorosos y políticos. La Argentina se ultraliberalizaba y yo ampliaba mis horizontes. Entonces comencé a no llevarla conmigo siempre que salía de casa, como había hecho toda la vida, sino solamente algunas veces. Cuando me veía con amigos, fumaba porros y me emborrachaba no la invitaba a venir conmigo. Su salud desmejoró. El pelaje blanco perdió brillo, y todas las pintitas de colores vivos de antaño se pintaron de ceniza. Sus cicatrices eran más evidentes que nunca, pero yo, sin embargo, me sentía intacto.</p>
<p>Y después llegó la vida casi adulta. Empecé a trabajar en una corporación multimedios, y comenzó a interesarme seriamente el dinero. Me compré tres trajes y ocho corbatas, y por esos días la guardé de nuevo en la misma cajita de cartón en que me la habían regalado, y puse la caja en lo más alto del armario. Así pude evitar el asco que me producía la mecánica empresarial en la que estaba metido, y dedicarme a crecer profesionalmente. Por primera vez, el huequito junto a mi pecho que antes ocupaba mi ideología de toda la vida, pude llenarlo de ambición. Me fue muy bien. No hice dinero porque trabajando para otros no se hace dinero, pero hice ganar mucho dinero a mis jefes, y me sentía contento y orgulloso. Sin remordimientos.</p>
<p>Cuatro años más tarde, con tres úlceras a cuestas y seis trajes más en mi armario, me sentí agotado. Entonces decidí irme a vivir a España. Fueron momentos difíciles, porque desarmar una casa y una vida, por más que se haga con ilusión, es algo que siempre duele. Revolviendo papeles viejos y trasvasando cajas y cosas acumuladas durante años y varias mudanzas, apareció la cajita de cartón que me habían regalado mis padres. La abrí, lleno de nostalgia, y dentro, contra todo pronóstico, mi ideología seguía viva. Estaba muy desmejorada, eso sí. Se le había caído bastante pelo, y tenía la piel de un color rosado pálido medio enfermizo, los ojos sin brillo y los labios no tan besables como antaño. Quise acariciarla, pero estaba dolida y ofendida, así que cerré la caja con un enorme sentimiento de culpa. En el proceso de dejar en cajas lo que no podía traerme a Europa, tuve una duda mortal: ¿La dejaba o la traía? Pensé que hacía tanto tiempo que no la utilizaba que no valía la pena cargar con el peso, porque los dueños de los aviones no entienden nada de recuerdos ni de nostalgia, y mucho menos de buenas ideologías heredadas de los padres de uno. Al final, la certeza de que, aún maltrecha y desmejorada, era el mejor regalo que mis padres me habían hecho, decidí traerla.</p>
<p>Una vez instalado en Barcelona, la cajita fue a parar al fondo de un armario nuevamente, y, ocupado como estaba en abrirme paso en el primer mundo, la olvidé sin culpas.</p>
<p>Luego conocí a Gloria, y un poco de tiempo después llegó el primer embarazo. Pablo nació al principio de un verano caluroso y feliz, durante el que vivíamos temporalmente en Málaga, nuevamente invadidos de cajas de tantas y tantas mudanzas. La primera vez que lo tuve en brazos mi mundo entero tembló, y mi sistema de creencias se tambaleó para volver a cimentarse completamente. Al ser padre no se puede evitar sufrir por toda la injusticia contra los niños que hay en este mundo.</p>
<p>A final de ese año nos volvimos a vivir a Barcelona, y volvimos a abrir las cajas tantas veces mudadas y vueltas a mudar. Recuerdo que había armado la cuna de mi hijo, y estaba solo en su habitación, cubierto de polvo y cansado por el esfuerzo. Había vaciado una caja y me disponía a plegarla para tirarla a la basura, cuando advertí que en el fondo quedaba la cajita de cartón de color madera. Estiré las manos y me la puse sobre el regazo, temblando por una emoción nueva y desconocida. Temí que al abrirla mi ideología se hubiese transformado en un animal herido, que me saltase a la cara con intención de herirme, con toda razón. Contra todo pronóstico, cuando desanudé la cinta verde, la encontré como era cuando me la regalaron, un ovillito blanco brillante y peludo, con sus pintitas de colores renacidas y dos ojazos tiernos y dulces. El corazón me latió fuerte. La tomé entre mis manos y la acerqué a mi cara, como tantas otras veces, pero esta vez con lágrimas en los ojos. Ella estiró sus manitos suaves, recogió una lágrima mía y se lavó lentamente la carita. Después me besó en una mejilla. Me levanté, y con el sabor salado en los labios la deposité suavemente en la cunita de Pablo. Vi que no tenía ninguna cicatriz. Ella me miró, sonrió y se hizo un ovillo junto al cuello de mi hijo.</p>
<p>Ahora Pablo tiene cinco años, y no se separa de ella. Está saludable y crece otra vez fuerte y bonita como nunca. Pablo no deja que nadie la toque, porque la ha hecho suya, pero cuando él duerme y Gloria no me ve, me acerco sigilosamente a su cama y la tengo en mis brazos un ratito. Nos miramos profundamente a los ojos, y ya no hacen falta palabras entre nosotros. No quedan heridas abiertas. Simplemente, ella sabe que confío plenamente en ella para que enseñe a mis hijos a ser buenas personas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Enano Cabezón</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Oct 2009 14:32:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y en la escuela te dirán que es especial. Y vendrá tu abuelo también a decirte que es especial. Y también lo harán tus <em>Yayos</em>, y todas las personas que te vean en la plaza.</p>
<p>Por eso, con treinta y seis años llevados como pude y siendo origen de muchas muescas grabadas con la uña en los revólveres de otros, no puedo evitar pensar en vos y en la <em>Maga Rocamadour</em>, cuando le decía a su bebé: <em><a href="http://www.literaberinto.com/CORTAZAR/rayuela32.htm" target="_blank">“Te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría, o te escribiría cosas importantes”</a></em>. No puedo evitar pensar en el esfuerzo que invertimos los adultos en hacer solemnes las cosas importantes, y en quitar importancia a las que realmente la tienen. Los adultos somos necios y obstinados. Estamos parados sobre un montoncito de creencias absurdas y certezas absolutas que defendemos con la vida, y muchas veces eso nos hace perder la perspectiva.</p>
<p><span id="more-255"></span>Aunque en una carta motivada por el día de tu cumpleaños no sea lo más adecuado, dejame hablarte un poco de tu hermano. Cuando Pablo nació yo no sabía nada. Es sorprendente lo poco que puede saber de niños alguien que ha sido niño no hace tanto. Es otro truco de los grandes: hacer el mejor esfuerzo posible por perder la espontaneidad, y después pagar a un siquiatra para que nos ayude a recuperarla, y tener así una fingida, mucho peor que la original. Pero te hablaba de tu hermano. Cuando él nació mi vida se desbordó, llenándose vertiginosamente de fantasmas novedosos y un miedo animal desconocido. La primera vez que lo tuve en brazos supe que estaba mirando a la única persona por la que sería capaz de morir, aparte de mí mismo (el egoísmo es otra de las especialidades de los <em>grandes</em>), pero sentí también que yo ya había muerto un poco, que ya no estaba entero. Comprobar que en su oreja derecha tiene una marca exactamente igual a la mía, e irme reconociendo en él a medida que empezó a crecer fueron, uno tras otro, momentos en los que volvía a morir un poco más, transfiriendo a él ese pedacito de vida que se me iba. No lo digo como una renuncia, ni como una queja, sino como algo que simplemente ocurre. Cada día de tu vida te parece que tus hijos no pueden importarte más, no se puede quererlos más, y entonces una sonrisa, un abracito, un gesto, un llanto inoportuno, una primera palabra, un paso tambaleante o cualquier otra nimiedad hacen que esa barrera vuelva a romperse, y los querés todavía un poquito más, y siempre hay más espacio para quererlos más, y entonces esa pequeña muerte que va creciendo en el pecho representa la posibilidad de que algo malo les ocurra, el miedo a no estar siendo un buen padre, el terror a no darles <em>lo mejor</em>, como si lo mejor fuese o pudiese ser algo diferente al amor filial, como si se tratara de poner en cifras o en regalos o en grandes actos lo poco que hace falta, que es solamente y nada más que amor.</p>
<p>Cuando naciste vos ya no tenía tanto miedo, había pasado por eso. Sin embargo sí que había un pensamiento que me atormentaba: creía que no iba a poder sentir tan intensamente ese amor que tenía por tu hermano hacia un segundo hijo. No porque no lo deseara, sino porque era tan fuerte y tan absoluto lo que me pasaba, que me parecía imposible que algo tan único se repitiese con tanta facilidad.</p>
<p>Y entonces naciste, un domingo a las tres de la mañana, y te tuve en brazos durante media hora antes de que te llevaran con mamá. Tenías una manchita de nacimiento en la nariz, y la carita manchada de sangre por la cesárea. Tenías dos ojos enormes y los deditos con uñas de papel. Y yo volví a morir en vos. Mi pecho se duplicó sin ninguna piedad, y entonces supe que no importa cuántos hijos tenga, ni siquiera cómo sean, porque siempre aparece esa pequeña muerte que te mata con el sonajero y el chupete, la que te agarra el dedo con las uñas de papel, la que se lleva con el llanto lo que te quedaba dentro, a cambio de un pánico irracional sobre si algo le pasa al bebé.</p>
<p>Y el juego no hacía más que empezar. Te revelaste completamente distinto a tu hermano, Enano Cabezón. Y a veces, complicado en mi visión esquemática del mundo, se me hace difícil entender que dos enanitos tan distintos sean los más lindos del planeta, cada uno por su cuenta, sin pedir permiso.</p>
<p>Y ahora ya hace tres años, y no paro de jugar contigo juegos privados. Supongo que algún día leerás esto y entonces recordarás que varias veces al día te pregunto: <em>“¿Qué eres más: Enano o Cabezón?”</em>, y entonces se te enciende la carita, y una sonrisa interminable te la invade de lado a lado, y riéndote con la risa sincera de los niños me contestás: <em>“Cabezón”</em>, y yo me río, me río como un niño más, y, solamente por unos instantes, permito que el calor de tu pecho ocupe el vacío de la pequeña muerte que hay en el mío. No existe cosa que me devuelva mi propia infancia más en este mundo que las risas, la tuya y la de tu hermano, los juegos del <em>Chancho barato</em>, las fantasías emitidas a media lengua en voz alta, los bracitos buscando consuelo nocturno tras un sueño angustioso, los pasitos de pies descalzos, con los pantalones por los tobillos, cuando me pedís que te suba el pantalón.</p>
<p>No soy capaz, a pesar de llevar ya más de cinco años <em>haciéndome el padre</em>, de hablar de estas cosas sin que una humedad traicionera pueble mis ojos, porque en realidad lo que más me asusta, y la razón primaria por la que te estoy escribiendo, es pensar que algún día perderás al <em>Enano Cabezón</em>, y lo perderás porque el mundo de <em>los grandes</em> presiona y empuja para que los niños sean grandes. Y necesito decirte que no lo hacemos por malos, ni por egoístas. Ni siquiera por cómodos. Lo hacemos porque no somos capaces de enfrentar el terror de vivir con las emociones a flor de piel como lo hacen los niños. No somos capaces de llorar violentamente porque no podemos comer una piruleta antes del almuerzo, ni de transformar ese llanto en una explosión de risa porque otro hizo una mueca estúpida. No somos capaces de vivir según el deseo más inmediato, ni de jugar la mayor parte del día, ni de dejar de lado la vergüenza para hacer las cosas que nos gustan, aunque sean ridículas.</p>
<p>Necesito pedirte perdón por dejar que esa misma pequeña muerte que habita en mí desde el nacimiento tuyo y de tu hermano me obligue a sentir que tengo que prepararlos para la vida, <em>enseñarles</em> a ser adultos y a vivir como buenas personas, aún sabiendo que de a poco eso mismo irá escondiendo a los niños detrás de los jóvenes que van a ser, hasta hacerlos desaparecer casi por completo. Pero algún día tendrás hijos, y descubrirás que solamente ellos son capaces de rescatar al <em>Enano Cabezón</em> del escondite que le habremos hecho los adultos, y entonces quizás un día te emocione tanto como me emociona a mí ahora darte cuenta de que, por más que cuides tu sistema de creencias con tanto celo como lo hacemos todos, con los hijos haces lo que puedes, deseando con todas tus fuerzas que sea suficiente.</p>
<p>Y también quiero pedirte algo, Daniel. Más que pedirte, quiero llamarte a la desobediencia. Quiero que me desobedezcas. A mí, a tu madre, a los maestros de la escuela, a la televisión y a todas las cosas solemnes e importantes, a todas las fuerzas que te pidan que crezcas y que te hagas hombre. Quiero que a pesar de que vas a ser un día un hombre, cuando yo sea un viejo y te vuelva a hacer la pregunta que no te habré hecho durante más de treinta años, me respondas sin vacilar, con una risa franca instalada en la boca y tus ojitos de siempre echando chispas de picardía: <em>“Cabezón”</em>.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Preguntas con futuro</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Oct 2009 14:31:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Mi mujer, que por suerte para ella estudió Historia del Arte, y por lo tanto está a salvo de las trampas de la física, la matemática y otras ciencias algo más profanas que se ocupan de codificar las leyes no escritas que regulan el funcionamiento de las cosas, sufre como una condenada cada vez que estamos en algún sitio y se me dispara el módulo optimizador.  Recuerdo la primera vez que esto sucedió porque con el tiempo se ha transformado en uno de esos <em>gags</em> familiares a los que recurrimos cada vez que queremos ejemplificar algo de manera incontestable, y ella lo solía utilizar para fines incluso más oscuros. Estábamos de novios, no hacía mucho, pero sí lo suficiente como para que yo empezase a dejar de ocultar mi obsesiva afición por los análisis tendenciosos de la realidad. Volvíamos del cine, sentados en el metro, y, sin previo aviso ni advertencia acerca de mi peregrinaje por los páramos de la numerología, le solté una de mis cavilaciones favoritas:</p>
<p><span id="more-232"></span>-          La oficina de coordinación del metro, ¿tendrá en cuenta dónde viven los maquinistas a la hora de asignar los turnos en cada línea?</p>
<p>-          ¿Cómo? – me preguntó, algo desorientada.</p>
<p>-          Supongamos que el maquinista que lleva este tren con dirección a Cornellá (terminal de la línea 5 de metro de Barcelona) vive en Horta (la otra terminal de la misma línea). Sería un desperdicio de recursos que tenga que volver a su casa sentado en el metro, cuando podría volver conduciendo un tren.</p>
<p>Gloria, que hasta ese momento aún ignoraba dónde se había metido, me dio una respuesta de compromiso, seguramente intentando convencerse a sí misma de que la pregunta era una ocurrencia impar, motivada por la bajada de reflejos que produce el cine en versión doblada. Con el paso del tiempo, se fue dando cuenta de que es una forma de vivir. Yo entro en un restaurante y me pregunto cuántos tenedores habrán ensuciado ese día, y cuál será la media mensual de cuchillos que se pierden o que la gente se roba, o cuántas veces al día pregunta el <em>maître</em> si está todo de su gusto, señor, con la misma cara y la misma sonrisa estúpida. Me pregunto cuánto exactamente sumará todo el dinero en efectivo que llevan en los bolsillos los comensales, y si superará o no el total disponible en la caja registradora, y cuál es el número exacto de <em>mostacholes </em>que tiene mi hijo en su plato. Y claro, la hago partícipe de mis cavilaciones, cosa que suele ofuscarla ligeramente, aunque acaba por reírse, diciéndome que siempre igual, que cada vez la reflexión es más tonta, que no paro ni debajo del agua y una larga serie de etcéteras.</p>
<p>A veces, por ejemplo, estamos viendo la televisión, y en seguida me surgen preguntas cuantificadoras sobre cualquier cosa que estén dando. Si dan un documental sobre hormigas, lo primero que quiero saber es cuántas exactamente hay en el hormiguero. Pero no un número aproximado, sino uno exacto. No me es igual que haya entre doscientas y trescientas mil hormigas a saber que hay doscientas veintitresmil ciento catorce. No es lo mismo. Y también quiero saber los detalles morfológicos del hormiguero, la cantidad de material empleado, cuántos túneles tiene exactamente y si le ponen o no televisión por cable. Creo que los que hacen los documentales no tienen ni puta idea de la importancia de los datos exactos pueden tener a la hora de querer dormir con la conciencia tranquila.</p>
<p>Pero volviendo al tema principal del artículo, el hecho indiscutible es que atormento a mis contertulios (mi mujer, por ser la más frecuente, se lleva la peor parte) con preguntas infinitas e ideas peregrinas sobre cómo se podría hacer mejor lo que ya se hace bien, como en el caso del metro, o reflexiones cuantificadoras, como en el caso de las hormigas.</p>
<p>Ahora bien, hasta hace algunos meses, he vivido en la absoluta certeza de que jamás ningún miembro de mi familia apreciaría esta singular característica, sino más bien tienden y tenderán a detestarla o reírse de ella. Sufría en secreto, internamente, pensando que algún día inevitable, cuando mis hijos crezcan y yo deje de ser el mejor y el que más sabe y el más fuerte, me dirán que a quién le importan todas esas preguntas, que no tienen ningún futuro ni van a ninguna parte. Sin embargo, la generosidad, sabiduría y amplitud de criterio de la madre naturaleza, se hicieron presentes una vez más para darme una lección. Habíamos ido con Gloria y los niños a casa de sus abuelos en tren, y al regreso, cuando descendimos en el andén, mi hijo Pablo, que pobrecito no hace otra cosa que demostrar una y otra vez que hereda mis malas costumbres con sorprendente precisión, se detuvo en seco, cavilando por un instante con la mirada perdida, y acto seguido se dirigió a Gloria, para preguntarle, con su vocecita inquisitiva:</p>
<blockquote><p>“<em>Mamá, ¿dónde vive el señor que conduce el tren?</em>”</p></blockquote>
<p>Gloria se volvió instintivamente hacia mí, con el rostro petrificado por el espanto. Había tenido la misma revelación que yo: Mientras exista un gen Firpo respirando sobre la faz de la tierra, habrá una pregunta inútil que hacerse, con ánimo de calcular, optimizar, cuantificar y mejorar el mundo real, o simplemente perder el tiempo de una forma eficaz.</p>
<p>¿A que no saben cuántas palabras, letras y espacios en blanco tiene este artículo?</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
<div id="fb-root"></div><script src="http://connect.facebook.net/en_US/all.js#appId=APP_ID&amp;xfbml=1"></script><fb:send href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/08/preguntas-con-futuro/" font=""></fb:send><div class="shr-publisher-232"></div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><div class='shareaholic-like-buttonset' style='float:none;height:60px;'><a class='shareaholic-fblike' data-shr_layout='box_count' data-shr_showfaces='false' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F10%2F08%2Fpreguntas-con-futuro%2F' data-shr_title='Preguntas+con+futuro'></a><a class='shareaholic-fbsend' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F10%2F08%2Fpreguntas-con-futuro%2F'></a><a class='shareaholic-googleplusone' data-shr_size='tall' data-shr_count='true' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F10%2F08%2Fpreguntas-con-futuro%2F' data-shr_title='Preguntas+con+futuro'></a></div><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><!-- End Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><p>Artículos relacionados:<ol>
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		<title>Sobre la evolución del asco</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Oct 2009 13:45:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Ahora bien, esto me llevó a pensar en el asco. El asco es abstracto, caprichoso. Un día te da asco algo que al día siguiente eres capaz de desear con toda tu alma. De niño no te da asco nada. En principio un gatito bebé es tan acariciable como una bola de pelusa del ombligo, aunque no es difícil darse cuenta de que las bolas de pelusa son menos agradecidas, y no saben jugar a casi nada. A lo primero que te enseñan a tenerle asco es a tu propia caca. Es justo en el momento en el que dejas los pañales y aprendes a caminar. El mundo se abre ante ti como un paraíso lleno de cosas curiosas, de texturas que reconocer, de sabores que intentar, de sensaciones para percibir. Como es lógico, vas por ahí, caminando como puedes debido a lo precario del equilibrio incipiente, intentando tocarlo todo, aprenderlo, descifrar cada superficie de cada objeto que se te cruza. Y dos pasos atrás te persigue tu madre, blandiendo el grito de guerra preferido de los adultos: <em>“¡No, caca!”</em>. Y claro, como has aprendido a tenerle asco a tu propia caca, la de los demás es sensiblemente más asquerosa. Este proceso es responsable de una confusión científica que mina el inicio del proceso de aprendizaje de la mayoría de los niños. Hasta que estudian el aparato digestivo de los mamíferos, suelen creer que la caca es una sustancia mutante, que se camufla adoptando las formas caprichosas de diversas clases de basura u objetos inertes, y que todos esos objetos y formas de caca deben ser rechazados con igual cantidad de asco por los sujetos activos. Hasta que un día, un maestro de primaria explica las maravillas del tracto digestivo y el bolo alimenticio, y entonces un chispazo ilumina la oscuridad: <em>“¡Ah! ¡Pero entonces la caca solamente es mierda!”.</em></p>
<p><span id="more-193"></span>Un día, cuando eres un poco más grande, y estás demasiado ocupado librando la batalla del <em>“No, caca”</em> con tus progenitores, mientras te tomas un respiro, aferrado a la pata de una mesa, buscando qué tocar sin que te digan las dos palabras mágicas, distraídamente te metes un dedo en la nariz, y compruebas que sale una sustancia gelatinosa de un atractivo color que abarca toda la gama de verdes, y además de variadas texturas, desde un verde agua casi líquido hasta un verde oliva con formas rígidas y consistencia crocante. Lo pruebas, y descubres que los mocos son saladitos y sabrosos. Encantado con el hallazgo, vas por ahí con un moco en la punta del dedo índice, invitando a tus seres queridos: <em>“Prueba, prueba, están buenos”</em>. Al menos eso fue lo que hizo Pablo (lamentablemente no recuerdo mi caso particular), hasta que cumplimos con nuestro deber de padres, diciéndole que eso también es caca, y enseñándole a tener asco de sus propios mocos.</p>
<p>Aunque no sea capaz de recordar mi propio descubrimiento con respecto a las mucosas nasales (sí recuerdo claramente la actividad exploradora y el pecado secreto de saborearlos cuando nadie me veía), mi memoria sí que retiene alguna que otra experiencia interesante relativa al asco. Con doce años, es decir, aún en la escuela primaria, percibía a los <em>Homo Erectus</em> de sexo femenino como seres incomprensibles, la mayoría de las veces quejosos y molestos, que sin embargo tenían un misterio que – sabía yo – algún día querría desentrañar. Mientras tanto, cuanto más lejos mejor. De repente, por ventura de algún proceso aún excluido de mi entonces pobre espectro científico, las niñas molestas y quejosas de mi clase comenzaron a redondearse, a adquirir relieves morfológicos misteriosos, atractivos, sumamente interesantes. Casi al mismo tiempo que la mutación geológica de sus cuerpos tenía lugar, perdían completamente el interés por nosotros, y se fijaban en chicos más grandes. Era una injusticia, justo cuando empezaban a dejar de ser un incordio, nos rechazaban sin explicaciones ni escrúpulos.</p>
<p>Con trece años recién cumplidos, mis amigos y yo estábamos obsesionados con la idea de besar a una chica por primera vez. Hablábamos continuamente de eso, y si bien el discurso formal era decidido y valiente, íntimamente la idea de besar a alguien me aterraba. Supongo que el rechazo ancestral, el <em>“No, caca”</em> machacado y vuelto a machacar durante tantos años, de alguna manera me hacía sentir bastante asco hacia las secreciones ajenas de cualquier tipo y naturaleza. No dejaba de imaginar, angustiado y en solitario, una enorme boca, roja y húmeda, en 3D. La gigantesca lengua, cubierta por pequeñas manchas blancas de distribución aleatoria, provocaba mares de saliva, en la que flotaban restos de pollo, lechuga y semillas de sésamo, y cuyas olas tóxicas rompían contra afiladas escolleras de dientes torcidos y manchados, mientras se abría y cerraba expulsando vientos fétidos de carne vacuna en descomposición, y vapores clorhídricos producto de los procesos digestivos. En esas estaba cuando, una tarde en que nos habíamos hecho <em>La Rata</em> del colegio, vagaba por el Parque Lezama con una compañera de curso (la llamaremos Alejandra, para no caer en el chismorreo) que ya había experimentado por completo su correspondiente mutación, y no paraba de lanzarme signos seductores. <em>Lenguaje corporal</em>, que le llaman ahora. Nos sentamos tranquilamente bajo un ombú, hablando de cualquier cosa, mientras yo luchaba internamente entre el atractivo de sus labios y el fantasma de su gigantesca boca en 3D con olor a podrido, no, caca. Moría por besarla, y no podía con mi asco. Finalmente, como la cosa no avanzaba, ella tomó la iniciativa.</p>
<p>Una violenta conmoción se apoderó de mi centro de gravedad, haciéndome sentir auténtico miedo a mi reacción al asco, justo en el momento en que su boca invadía la mía. Una brisa fresca se llevó el asco de allí, y descubrí que a pesar de la terriblemente fea vida microscópica que habita las secreciones bucales, y lo poco decoroso de la función trituradora de alimentos de la boca, y de los residuos que esa función genera, besar a una chica era una actividad poderosamente estimulante, que además de bonito, romántico y sumamente dulce, también producía una serie de reacciones fisiológicas y de secreciones corporales diversas, en forma de sudor frío repentino, y algunas otras menos decorosas. La imagen de la boca gigante desapareció para siempre.</p>
<p>Pero volvamos al asco. Unos años más tarde, la aterradora frecuencia con la que me veía obligado a asistir a alguno de mis amigos, impelido a vomitar por beneficio de una borrachera cruel, me hizo sufrir constantemente arcadas involuntarias, y a pesar de lo habitual de tan provechoso ejercicio, no lograba superar el tremendo asco que el vómito ajeno me producía.</p>
<p>Así llegué a los treinta años, convencido de que el asco a la caca, tan bien enseñado por mis mayores, y el asco al vómito ajeno eran absolutamente insuperables, estaban arraigados en mi forma de ser y de vivir. Lo cual no dejaba de ser una ventaja, porque después de todo es bastante indiscutible que ambas cosas son asquerosas.</p>
<p>Sin embargo, una vez más, la paternidad echó por tierra algunas de mis convicciones más profundas, y una mañana de primavera, mientras estábamos en la terracita de un bar dándole a Pablo su puré de frutas, cucharada a cucharada, el pobrecito se atragantó. Me dí cuenta de que iba a vomitar una fracción de segundo antes de que lo hiciese, y como estábamos en la calle, sin ropita de recambio, e íbamos a alguna parte, sin ni siquiera dudarlo, puse ambas manos debajo de su boca, formando un cuenco, y permití que descargara sobre mis manos el contenido completo de su estómago. En ese instante aprendí dos cosas. La primera fue que es absolutamente impresionante el volumen de materia que cabe en el estómago de un niño de un año y poco, aún siendo flaquito y pequeñajo. La segunda fue que la paternidad es un momento tan clave en la vida de una persona, que puede que sin darte cuenta descubras que has cambiado por completo tu escala de valores, y que lo que te hubiese parecido una tragedia y una desgracia solamente dos años antes, ahora es solamente una anécdota divertida. Si el amor por un hijo puede con el asco, que es una de las reacciones involuntarias más difíciles de controlar y que más violentamente se expresa, entonces, a partir de ahí todo puede suceder. Termino aquí, queridos lectores, no porque no tenga más asco a nada, sino porque tengo que ir a limpiarle el culito a Daniel, que acaba de hacer caca.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Fotocopia de una fantasía</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Sep 2009 13:02:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Hace un par de días, mi hijo Pablo charlaba con mi mujer. Ella le explicaba que cuando era niña, los dibujos animados eran en blanco y negro. Pablo, que no se calla ni debajo del agua, estaba sentado en el inodoro, intentando expulsar de su cuerpo los desechos, con unas gotitas de transpiración en la &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/09/26/fotocopia-de-una-fantasia/">Continuar leyendo &#187;</a>
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