Archivo categoría Avances de Álgebra Maldita
Capítulo Pi 25. Acción en Barcelona, 2010.
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 25 noviembre, 2009
Caminar es un bálsamo para el dolor de la memoria. No es que sea especialmente aficionado al ejercicio físico, pero Barcelona ofrece un paisaje espectacular al inicio de la primavera. Es fácil darse a la contemplación, tanto de piedra, argamasa y cemento como de huesos humanos revestidos de carne revestida, a su vez, de ropa, constituyendo una persona. Camino e intento concentrarme en los edificios, en los semáforos, en los desechos orgánicos, presumiblemente caninos, que esporádicamente agreden las suelas de los zapatos de los transeúntes incautos, en la fila interminable de mujeres bellas que caminan, algunas apresuradas, otras remoloneando en las vitrinas de los comercios, muchas esforzándose en extender la influencia de su propio halo de feromonas, y otras consiguiéndolo sin proponérselo. Camino a buen ritmo, y no lo hago para desplazarme ni para llegar a alguna parte. Ni siquiera lo hago por simular un rudimento de ejercicio físico para mi vida. Lo hago para mantener a raya a mis pensamientos que me acosan como soldados entregados al asedio del último enclave. Me hieren, se azuzan con el olor de mi propio miedo, por la visión de los poros de mi piel rezumando ese miedo, transpirándolo despacio. Más de un mes sin noticias de Nadja, y ya la antigua soledad termina de instalarse nuevamente, de poblar los espacios vacíos de mis días y mis noches. Solo entonces soy consciente de haber olvidado la cantidad enorme de minutos inútiles que tiene un día. De los cuatrocientos ochenta que la media de la población mundial utiliza para dormir, yo no suelo dormir más de trescientos. En vez de los otros cuatrocientos ochenta que la mayoría de las personas emplea en trabajar, yo suelo dedicar unos seiscientos treinta. Quedan, otra vez según la supuesta media, otros cuatrocientos ochenta para comer, divertirse, mirar televisión, ir al baño y querer a los demás. Esto quiere decir que si a los diez mil ochenta minutos que tiene una semana le quitamos los tres mil ciento cincuenta que dedico al trabajo, los dos mil cien que logro dormir y, digamos, doscientos cincuenta más de desplazamientos y conversaciones insulsas con personas a las que compro café, tickets de metro, barras de pan y cosas similares, quedan cuatro mil quinientos ochenta minutos a la semana durante los cuales dispongo de lo que sea que signifique hoy por hoy el tiempo libre. Cuatro mil quinientos ochenta minutos semanales a solas con mi cabeza que no se detiene, no para de revisar, calcular, repetir fórmulas, balancear inecuaciones, desgranar la realidad y emitir veredictos de culpabilidad en mi contra. Soy un acusado modelo, la fiscalía y la defensa a la vez, juez y parte y sin embargo siempre resulto culpable.
Capítulo alfa-gamma-delta 05. Acción en Buenos Aires (1986).
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 24 octubre, 2009
Ernesto comenzó la escuela secundaria en marzo, en un colegio del barrio de Barracas, aturdido por la diferencia entre formar filas ordenadas de niños con guardapolvo blanco para cantar el himno nacional, entre los que él era de los más grandes, y el bullicio de un millar de adolescentes ocupando una calle entera, provocando trastornos en la circulación de tráfico rodado mientras fumaban el primer cigarrillo de la mañana, entre los que él era de los más pequeños. El primer descubrimiento que hizo Ernesto en su nueva escuela fue hormonal, instintivo, desde la entrepierna y las tripas, con todo el sistema endócrino alterado, la sangre sublevada y los miles de millones de terminales nerviosos de su cuerpo en estado de alerta permanente. Repentinamente, las niñas peinadas con dos coletas que jugaban a saltar un elástico en los recreos fueron reemplazadas sin piedad por auténticas mujeres con todo en su sitio, caderas redondeadas, pechos explosivos que amenazaban con reventar los botones de las blusas, uñas pintadas, jugosos labios de colores y miradas sugerentes. Fumaban sensualmente y reían con desparpajo. Era como si la vida, en su juego irónico, fuese despiadada con los chicos. Mientras los estudiantes varones de primer año hacían esfuerzos enormes para sacudirse del alma la niñez, jugando a fumar y a tomar cerveza siempre demasiado amarga en el quiosco de la esquina, a la salida de la escuela, y luchando por ocultar sus voces aún infantiles, finitas, deseando más que nada en este mundo que una barba verdadera rompiese al fin sus rostros aún infantiles, las chicas parecían pasar de la infancia a la adolescencia sin transición alguna. Todas tenían tetas. Todas eran sensualidad pura, caídas de ojos hacia los alumnos de quinto, bocas pobladas de dientes blancos, nalgas redondas atrapadas en pantalones ajustados, melenas de pelo movido por la brisa, tirantes de corpiño que asomaban a escotes demasiado abiertos. Era como un anuncio de cigarrillos en el que la protagonista femenina es una mujer sensual, incitante y seductora, y el masculino, en lugar de fumar y luego besarla, extrae de su bolsillo una piruleta y un yo-yo. Ernesto sentía que ninguna de esas hembras auténticas ni siquiera lo miraría hasta que llegase, al menos, al tercer o cuarto año de secundaria, y para eso faltaba media vida.
Capítulo Pi(-05). Acción en Barcelona – Canadá (2006).
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 4 octubre, 2009
Carla abrió los ojos a las 09:38. Para entonces yo llevaba despierto casi tres horas, sin atreverme a mover un músculo, alimentando a oscuras un miedo ancestral a perderme en territorio hostil, fortificando mis defensas, contemplando cómo el día se desperezaba con lentitud, transparentando las cortinas. Se giró hacia mí. Me abrazó, aún dormitando. Me besó en la mejilla, antes de gruñir confusamente en mi oído:
- Buenos días. ¿Desayunamos?
- Claro. – conseguí decir – Pero no nos podemos colgar mucho. Me tengo que ir.
- Hoy es sábado. Nadie se tiene que ir tan temprano un sábado.
Intento estimular mi funcionamiento neuronal, pero su cuerpo desnudo, pegado al mío, refracta mi posibilidad de producir excusas plausibles a una velocidad razonable. Los terminales nerviosos de mi estómago descubren su mano izquierda, buscándome. Intento no reaccionar. Me mordisquea la oreja. Me acomodo en la cama, boca arriba, mientras no puedo evitar un nuevo torrente de sangre que amenaza con inundar mis vasos capilares. “Esperá un momento”, murmuro. Su lengua me recorre suavemente la punta de un pezón por toda respuesta. Su mano me ataca, me rodea, me estremece, me levanta de entre los muertos, me recupera del páramo de fango donde mi terror privado me inmovilizaba. “Parece que te despertaste contento”, dice, pasando su pierna sobre mi cintura. “¿No íbamos a desayunar?”. “Después”, dice, montada sobre mí, mientras neutraliza mi función de habla con sus labios y su lengua.
* * *
Capítulo Pi(-06). Acción en Barcelona, 2006.
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 19 septiembre, 2009
Conocí a Carla por casualidad, en un bar. Fue el viernes 30 junio de 2006, y los argentinos vagábamos desesperados por las calles buscando lugares donde ver las pobres actuaciones de nuestra selección en el mundial de Alemania. Había salido solo de casa, sin demasiadas esperanzas de pasarlo bien, ni de que el equipo nacional acabara de jugar bien en un mundial en el que, a pesar de estar en cuartos de final, el juego había sido pobre y decepcionante. Finalmente encontré un bar en Sagrada Familia, pequeño y sucio, que en la puerta tenía una pizarra anunciando “Hoy Alemania – Argentina”. Faltaba más de media hora para el partido, así que me senté en una mesa para dos, pedí una cerveza y me dediqué a intentar predecir la dirección que tomaría el humo que desprendían las brasas de los tres cigarrillos que, uno detrás de otro, me ayudaron a matar el tiempo. El bar se llenó lentamente, como siempre que hay buen fútbol. La mayoría argentinos, y si bien me sentía solo, era una soledad arropada por esa hermandad que solamente el fútbol produce: profunda, fuerte, pero fugaz y volátil. Sabía perfectamente que al sonar el pitido final, automáticamente todos volveríamos a ser desconocidos.
Capítulo alfa-gamma 18. Acción en Uruguay – Buenos Aires (1985)
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 13 septiembre, 2009
Las gaviotas revoloteaban entre los desechos del puerto, salpicándose mutuamente las alas con restos de podredumbre de peces muertos y tripas arrancadas por los pescadores, que atracaban las barcas, limpiaban y vendían su mercadería en el mismo sitio: el puerto de La Paloma, recalentado a fuego lento por el sol inclemente de febrero. Alonso deambulaba entre los puestos de pescado, buscando una corvina rubia para asar a la parrilla, ajeno al bullicio de fondo y al discurso ininterrumpido de Sonia en primer plano, asintiendo con la cabeza a intervalos regulares, para dar a entender así que estaba siguiendo el desarrollo de la conversación. Su cabeza estaba en otra parte. En su Las Piedras natal, en el recuento desafortunado de otro año de infortunios y dudas, en su hijo Mauricio, que estaba a punto de ver cómo toda su vida se desmoronaba. Marta había sido clara: ese año, solamente conocerlo y charlar con él. El verano siguiente le dirían la verdad. Alonso se preguntaba de qué estaba hecha la verdad, cuál y cómo era esa verdad por la que llevaba tanto tiempo luchando. ¿La verdad era que había sentido miedo? ¿Había sido cobarde? ¿O la verdad era que era demasiado joven, demasiado estúpido? ¿Era su verdad la misma que la de Marta?
Capítulo alfa-gamma 12. (Acción en Buenos Aires, 1983).
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 1 septiembre, 2009
- Este año, la bisabuela Angustias va a pasar las fiestas con nosotros. – había dicho Ricardo.
- ¡No, papá!
- ¡Es una pesada, siempre nos está persiguiendo!
- A mí me obliga a rezar… – dijo Sofía.
- Miren, yo sé que a veces es un poco densa, pero está por cumplir noventa años. No sé cuánto más va a vivir, y me parece que se merece pasar las fiestas con nosotros.
- ¡Ufa!
Durante los últimos años, Ricardo había llevado a los niños con cierta frecuencia (no más de dos o tres veces al año) a visitar a María de las Angustias al hogar de Monjas en Ramos Mejía, donde llevaba viviendo desde principios de los setenta. Estaba muy vieja, gorda y encorvada, pero seguía conservando el fuego en su mirada, que con los años había dejado de ser de color violeta furioso para rodearse de un charco de agua clara, producto de las cataratas. Leer el resto de la entrada »
Capítulo Pi 19. (Acción en Barcelona, 2009)
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 28 agosto, 2009
Estoy en casa de Nadja, haciendo tiempo mientras se viste, maquilla, desviste, vuelve a vestirse, cambia algo, retoca otra cosa y modifica lo de más allá. Abro la nevera, y está tristemente vacía, a excepción de medio limón, un tupper de contenido misterioso que decido no arriesgarme a abrir y un cartón de leche rica en Ácidos Grasos Omega 3. Pareciera ser una ley de la mercadotecnia moderna que cuanto más estrafalario sea el nombre y más recuerde a algo asqueroso, los consumidores lo interpretarán como algo bueno en forma masiva. Leer el resto de la entrada »
Capítulo Pi 12. (Acción en Barcelona, 2009)
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 28 agosto, 2009
05:25. Entresueño, otra vez. Sonrío para mí mismo mientras pienso que los minutos son el cuadrado de la hora. Calculo rápidamente la serie: 01:01, 02:04, 03:09, 04:16, 05:25, 06:36, 07:49, y entonces intento adivinar cómo reaccionaría el sistema numérico horario para el siguiente elemento de la serie. Correspondería 08:64, pero el sistema no lo soporta, así que me pregunto si el siguiente elemento sería 09:04 o su cálculo produciría un overflow. Es un caso típico en que una simulación basada en un sistema decimal, y por lo tanto necesitado de programación para emular las reglas internas de un reloj, obtendría una solución diferente por cada programador que intentase codificarla. Una vez más, he dormido mal. Puedo sentir en el inicio de la garganta un sabor agrio y rasposo que evidencia demasiado tabaco y alcohol la noche anterior, y por mi cerebro no alcanza a tomar plena forma la idea de ir a la cocina a buscar una coca-cola bien fría. Contra el paradigma dominante en el saber popular español, los azúcares de las bebidas carbonatadas son mucho más efectivos que el alcohol contra una resaca potente. El resto de los subsistemas de mi cuerpo que representan cada uno de los sentidos básicos comienzan a responder al Wake-Up adelantado que estoy experimentando, y mi tacto reporta rápidamente dos incidencias al sistema central.
1) Estoy completamente desnudo.
2) Las sábanas están demasiado arrugadas para una cama en la que ha dormido una sola persona, y una fuente de calor cercana aún no identificada corrobora esta tesis.
El subsistema olfato, casi al mismo tiempo, detecta restos de olor a sexo y feromonas en el aire. Giro la cabeza hacia la izquierda, y el subsistema vista informa que a mi lado hay un bulto cuya morfología más probable se corresponde a un ser humano del sexo femenino, teniendo en cuenta la curva de la cintura y el pelo largo y rubio que cubre la nuca que tengo delante de la nariz. El sistema de gestión de persistencia recupera la información de la noche anterior, luego de que un proceso de reconstrucción repare los daños producidos por el alcohol, y súbitamente todo aparece claro. Es Nadja. Está en mi cama. Tuvimos sexo. Mucho sexo. Me gustó. La invité a dormir. Aceptó. Nos dormimos abrazados. El cálculo de probabilidades sugiere que querrá que desayunemos juntos. Kernel panic!
Ya es de día. Estoy en pleno funcionamiento y aún no sé qué voy a hacer cuando Nadja se levante, aunque tengo preparadas las cuatro cápsulas Dolce Gusto necesarias para dos Cappuccinos y estoy cortando rebanadas de una cuña de queso, intentando sin demasiado éxito que cada una de ellas tenga un espesor de entre 1,5 y 2,3 milímetros y que conserven la forma triangular característica, mientras dispongo en orden seis rebanadas de pan de molde esperando turno para la tostadora y verifico que la aceitera está llena. Nadja aparece en la puerta de la cocina. Viste solamente una camiseta mía, que afortunadamente le queda enorme, por lo que le cubre hasta la mitad de los muslos. La idea de que está desnuda debajo de la camiseta me incomoda, me turba y puedo sentir una oleada de sangre acudir al llamado de mi entrepierna. Está despeinada y tiene los ojos y los labios hinchados de dormir. El conjunto, sin embargo, es terriblemente seductor.
- MmmBuenos días – dice, aproximadamente medio segundo antes de estamparme un beso en los labios.
- Hola. ¿Has dormido bien?
- Genial – pesca una rebanada de queso y la monta de cualquier forma sobre otra de pan de molde, sin tostar y sin aceite, lo que me irrita secretamente y me resulta antigeométrico, si es que existe la palabra.
- Espera, que está sin tostar.
- No importa, me apetece un montón así. ¿Preparas café?
- Claro.
Me frota una mano por la espalda, antes de volver hacia el salón rumiando su pan con queso. Me pongo a manipular nerviosamente la cafetera y su puto sistema de cápsulas, perillas y chorritos que sueltan vapor, mientras intento identificar el momento preciso de la noche en el que me pareció buena idea invitarla a casa.
Capítulo Pi 10. (Acción en Barcelona, 2009)
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 28 agosto, 2009
–:–. Decidí apagar la proyección de números en el techo, al menos por esta noche, pero eso no me quitó el insomnio. Esta es la tercera (¿la cuarta?) vez que me despierto esta noche, y estoy agotado. Puedo sentir cómo ocurre la sinapsis entre mis neuronas cerebrales, espesa, pastosa, un intercambio eléctrico varios nanosegundos más lento de lo que debería ser. No soy capaz de generar en este momento la corriente eléctrica para que todo funcione como debería. La lógica de fluidos de mi cuerpo está alterada, algo en mí viaja adelante y atrás en el tiempo, alterando los intercambios energéticos, los procesos mitóticos y los movimientos citoplasmáticos de mi estructura celular.
Mientras despunta el alba inicio mis rituales matutinos de café, azúcar y tabaco. La Dolce Gusto me entrega su brebaje aséptico, jugo exprimido de cápsula plástica sin ensuciar nada (llene el depósito de agua, conecte el interruptor, introduzca la cápsula de Cappuccino en la cazoleta y gire la palanca. Bébase el café). Cada bocanada de humo a esta hora me deja saber dolor en los pulmones, pero no hay nada como esto para despertarse. Es muy temprano así que decido ir caminando a la oficina. Me encierro en mi chaquetón de Caramelo y emprendo la subida por la Rambla del Raval. Esta es una hora extraña en Barcelona. Aún quedan en la calle putas dominicanas y rumanas ofreciendo mamadas de consuelo para cerrar una mala noche por unos cuantos euros, mientras los últimos turistas borrachos regresan perjudicados a sus cuevas, evidencias de que en esta ciudad hay vida nocturna toda la semana. El metro ya está abierto, y en este paisaje urbano se integran de a poco maestras, dentistas, abogados, dependientes, vendedores y toda clase de víctimas del orden social, que van a trabajar temprano para entregar todo su esfuerzo a la continuidad del sistema bancario.
Tuerzo a la derecha por el Carrer del Carme para encontrar la Rambla y en seguida subo hacia Plaça Catalunya. El País de esta mañana habla de crisis. El de ayer hablaba de crisis. El de mañana hablará de crisis, y yo me pregunto cómo se determina una crisis colectiva y qué diferencia tiene con una crisis individual. Me siento en crisis. Tengo la sensación de que hace más de diez años que mi corriente de pensamiento no descansa un solo segundo, pero durante los últimos meses todo se ha agravado. Llevo veintidós semanas sin dormir profundamente más de dos horas seguidas, y empiezo a notar que mis reflejos retroceden, que la realidad va un segundo y medio por delante de mi conciencia y que todo a mi alrededor parece estar sumergido en disolvente refinado, en un líquido transparente de menor densidad que el agua. Las palabras son l e n t a s. Las palabras son el instrumento a través del cual se interpreta la vida, y si su significado transcurre más despacio que su sonido, no se puede evitar llegar tarde a la realidad. Cada vez tardo más en interpretar lo que está sucediendo ahora mismo. Soy capaz de ver a ese hombre que, maletín en mano se acerca rápidamente, preocupado por no llegar tarde a su trabajo, pero la decodificación de esa imagen no ocurre en mí hasta que el hombre se ha perdido en el metro, escaleras abajo. Y sin embargo el pasado es cada vez más nítido. En este mismo instante puedo revivir con altísima precisión el sabor esponjoso de las vainillas con leche tibia que me daba la abuela Rocío y su consistencia granulosa cuando se fragmentaban sobre mi lengua, y el tacto artificial de una alcancía de plástico negro con rebarbas en las junturas, que representaba la figura del Zorro, en la que inicié mis primeros ahorros cuando tenía cinco años. Puedo recordar con exactitud la primera vez que tuve conciencia de la edad, una tarde de domingo de 1980 en la que mi padre leía sentado en un sofá y yo jugaba en el suelo con bolitas de vidrio de colores y la casa estaba sorprendentemente silenciosa. Me acerqué a él.
- ¿Qué leés, Papá?
- Un libro – me respondió sin levantar la vista.
- ¿Qué libro?
- Se llama Historias de Cronopios y de Famas. No es para niños.
Él volvió a su lectura y yo pensé que los niños seríamos niños para siempre. No alcanzaba a abarcar el concepto de siempre, pero yo sería siempre niño, y Papá siempre sería Papá.
- Papá, ¿vos cuántos años tenés? – pregunté. Yo sabía que tenía siete, y que Sofía tenía cinco y que Gabriel tenía nueve y Pablo solamente dos, por lo que esperaba un número significativamente mayor, por ejemplo quince o diecinueve. Mi padre se quitó los lentes de leer con la mano derecha y me miró por encima del libro. Sin saberlo, me reveló que los números eran mucho más de lo que yo podía intuir.
- Tengo treinta y siete. – dijo, antes de volver a su lectura.
Capítulo Pi 02
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 28 agosto, 2009
El café es casi un pedido de perdón por una mala noche más. Enciendo el primer cigarrillo del día mientras con una cucharilla confiscada de un vuelo de Iberia intento disolver demasiado azúcar. Son cuatro cucharadas colmadas. Las tres primeras las dejo caer en el centro exacto de la taza. La cuarta la sumerjo cargada, presionando por el centro el pequeño montón flotante, cuidando de no desbordar la taza. Por la ventana puedo ver como Barcelona se despereza. El barrio del Raval despierta a otro día de comercio, trapicheos y pequeños hurtos. Son calles angostas, y aún después de diez años de vivir aquí no me acostumbro a la antigüedad, a asomarme a la ventana y casi alcanzar con la mano la ropa tendida a secar de los vecinos de enfrente, a la actividad frenética de ecuatorianos, marroquíes y chinos que cada día se buscan la vida para aguantar un día más, a los turistas que pasean. Y sin embargo soy uno de ellos. Soy y no soy. Soy inmigrante, pero inmigrante blanco de ojos claros con papeles. Me cuesta integrarme, pero sin embargo vivo en una sociedad que acepta mucho más fácilmente a un argentino universitario que a un marroquí que vende alfombras. Y es raro, porque los ecuatorianos, marroquíes, chinos e inmigrantes venidos de todas partes que día a día se buscan la vida no me ven como a uno de ellos. Los catalanes y los españoles tampoco, aunque me aceptan más y mejor, porque no me ven como a un inmigrante. Yo soy necesario y aporto, pero no soy de aquí y nunca lo seré. Y entonces es cuando no sé bien cuál es mi papel ni qué estoy haciendo aquí. Es cuando me siento de ninguna parte y de todas un poco, cuando pienso que no puedo volver, que no sabría volver, que ya tampoco me siento de allá. ¿Cómo es que uno se diluye tanto en solo diez años? No son las respuestas, ni siquiera las preguntas. Es que el mundo parece estar en desorden, no encuentro nada donde se supone que debería estar. Desde que estoy aquí parece que tengo dos vidas. En una de ellas soy exitoso, trabajo, me gano bien la vida, disfruto del respeto de mis colegas y de la admiración de las personas que trabajan en mi equipo. En la otra giro como una tuerca con la rosca falseada, mi identidad es un misterio que no sé resolver del todo, y aquí no bastan las metodologías, la organización y la estructuración de los problemas. Esta otra vida comienza al anochecer, cuando salgo del trabajo y recorro las calles y bebo cervezas y fumo cigarrillos rubios y hablo con personas y no me acabo de entender con las personas y temo que se aproxime otra noche de insomnio y pienso en el pasado.
No sé cuál de las dos es real.
¿Lo son las dos?
Capítulo Pi 01 (Inicio de la novela)
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 28 agosto, 2009
03:14. Abro los ojos y la cifra es irónica. Los números rojos en el techo marcan las tres y catorce minutos de la mañana. Pienso que no fue (¿qué no ha sido?) buena idea comprar un despertador que proyecte en rojo la hora en el techo. Debería poder evitar saber la hora hasta diez, doce veces por noche. Y para colmo, la hora es pi, precisamente pi. Un pensamiento fugaz se me cruza en duermevela, quizás sean exactamente las 03:14:16. Sonrío semidormido. No sé cómo llegué a esto. No sé cómo alcancé los treinta y cinco años con un puñado de manías detestables, insomnio crónico, escepticismo agudo, y un cuadro completo de paranoias múltiples.
Quizás deba revisarlo, quizás deba hacer un repaso de la serie de hechos, accidentes, mezquindades propias y ajenas, coyunturas, verdades a medias y mentiras completas que me llevaron hasta aquí, ciento diez años y dos continentes después. ¿Podría evitar darle un enfoque matemático a mi historia? ¿Soy capaz de no deducir conclusiones de premisas, de no buscar para todo una relación causa-efecto? ¿Puedo no someterme a una visión axiomática del pasado?
Me levanto. Mis pasos son inseguros, y aunque detesto no poder dormir de noche, hay algo casi agradable en el funcionamiento semi aletargado de mi cerebro, como si la falta de sueño, de algún modo, pudiese aliviar la presencia de los fantasmas que habitan el presente. El sonido líquido y la fragancia amoníaca de mi propia orina me distrae, mientras lentamente comienzo a percibir que el suelo está verdaderamente frío. Vuelvo a la cama y algo en mí no para de dar vueltas. Los pensamientos son como gatos juguetones, van y vienen, me arañan por dentro con sus juegos, me lastiman sin saberlo.
p a g d
06:34. El techo se vuelve azul pálido. Amanece.






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