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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; Avances de Álgebra Maldita</title>
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		<title>Capítulo Pi 25. Acción en Barcelona, 2010.</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Nov 2009 18:28:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-374"></span>Entro en un bar, y elijo para acodarme en la barra el taburete libre que está justo al lado de una mujer bella. No tengo intención de abordarla, pero sí de regalarme el gusto de la contemplación. Tiene el pelo negro y lacio, diez centímetros por debajo de las clavículas. Lleva unos lentes de armazón de una aleación de metales livianos, presumiblemente con un alto componente de aluminio, y como suele ser común en las mujeres, las manos entorpecidas por múltiples objetos: un bolso de mano de tamaño medio, digamos, unos seis litros de capacidad, un teléfono móvil de gama baja, un paquete de <em>Fortuna</em> a medio fumar, dos libretas de lomo espiralado que, inexplicablemente, no están dentro del bolso. Apoya las libretas sobre la barra, desconfiando de los rastros de sustancias enemigas que abrillantan su superficie, y comienza a estudiar con aspecto concentrado una buena estrategia para introducir el contenido de dos sobres de azúcar en una taza demasiado llena de café con leche. Es evidente que le preocupa la idea de que un rebalse incontrolado de líquido caliente acabe en el plato, y luego gotee sobre su falda color crema clarito. Intento parecer simpático.</p>
<p>-      Parece que el camarero entiende poco del principio de Arquímedes – digo, sintiendo calor en las mejillas mientras intento sonreír.</p>
<p>Levanta la vista. Me mira con dos ojos profundamente celestes, casi transparentes. Una arruga leve se le dibuja en la base de la nariz al fruncir los labios.</p>
<p>-      ¿Qué? – pregunta, sorprendida.</p>
<p>-      Nada. Digo que si el camarero conociese el principio de Arquímedes no llenaría tanto la taza.</p>
<p>-      ¿El principio de <em>Arquímede</em>?</p>
<p>-      “<em>Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta una fuerza vertical de empuje, de abajo hacia arriba, que es igual al peso del volumen de fluido desalojado</em>”. Por el azúcar, lo digo.</p>
<p>-      Ah…</p>
<p>Se concentra en su café, desestimando mi intento de simpatía con todo éxito. Acerca los labios a la taza, aspira un sorbo de café amargo que le provoca un mohín, y luego echa los dos sobres de azúcar, sin inconvenientes. Acto seguido, fija la vista en la estantería de detrás de la barra y comienza a remover el café con aire distraído, pero evidentemente concentrada en ignorar mi presencia. Parece que no le ha hecho gracia mi comentario. Tampoco debe conocer el principio de Arquímedes, lo que me parece extremadamente grave tratándose de una persona que usa dos sobres de azúcar en cada taza de café.</p>
<p>Creo que no voy a volver a fornicar en lo que me queda de vida.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Capítulo alfa-gamma-delta 05. Acción en Buenos Aires (1986).</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Oct 2009 09:11:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p><img class="alignright size-medium wp-image-271" title="mujer_fumando" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/10/mujer_fumando.jpg?w=300" alt="mujer_fumando" width="300" height="200" />Ernesto comenzó la escuela secundaria en marzo, en un colegio del barrio de Barracas, aturdido por la diferencia entre formar filas ordenadas de niños con guardapolvo blanco para cantar el himno nacional, entre los que él era de los más grandes, y el bullicio de un millar de adolescentes ocupando una calle entera, provocando trastornos en la circulación de tráfico rodado mientras fumaban el primer cigarrillo de la mañana, entre los que él era de los más pequeños. El primer descubrimiento que hizo Ernesto en su nueva escuela fue hormonal, instintivo, desde la entrepierna y las tripas, con todo el sistema endócrino alterado, la sangre sublevada y los miles de millones de terminales nerviosos de su cuerpo en estado de alerta permanente. Repentinamente, las niñas peinadas con dos coletas que jugaban a saltar un elástico en los recreos fueron reemplazadas sin piedad por auténticas <em>mujeres</em> con todo en su sitio, caderas redondeadas, pechos explosivos que amenazaban con reventar los botones de las blusas, uñas pintadas, jugosos labios de colores y miradas sugerentes. Fumaban sensualmente y reían con desparpajo. Era como si la vida, en su juego irónico, fuese despiadada con los chicos. Mientras los estudiantes varones de primer año hacían esfuerzos enormes para sacudirse del alma la niñez, jugando a fumar y a tomar cerveza siempre demasiado amarga en el quiosco de la esquina, a la salida de la escuela, y luchando por ocultar sus voces aún infantiles, finitas, deseando más que nada en este mundo que una barba verdadera rompiese al fin sus rostros aún infantiles, las chicas parecían pasar de la infancia a la adolescencia sin transición alguna. Todas tenían tetas. Todas eran sensualidad pura, caídas de ojos hacia los alumnos de quinto, bocas pobladas de dientes blancos, nalgas redondas atrapadas en pantalones ajustados, melenas de pelo movido por la brisa, tirantes de corpiño que asomaban a escotes demasiado abiertos. Era como un anuncio de cigarrillos en el que la protagonista femenina es una mujer sensual, incitante y seductora, y el masculino, en lugar de fumar y luego besarla, extrae de su bolsillo una piruleta y un <em>yo-yo</em>. Ernesto sentía que ninguna de esas hembras auténticas ni siquiera lo miraría hasta que llegase, al menos, al tercer o cuarto año de secundaria, y para eso faltaba media vida.</p>
<p><span id="more-269"></span></p>
<p style="text-align:center;">*                                 *                               *</p>
<p>El veintidós de junio Ernesto se encontraba ya mucho más a gusto en su nuevo papel. Fumaba con naturalidad y había aprendido a apreciar la cerveza casi sin esfuerzo. Estaban en un bar repleto. Las mesas habían sido desplazadas, formando largas hileras, casi como en un aula. Al menos cincuenta estudiantes habían decidido faltar a las clases de la tarde, para vivir juntos el encuentro de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra, dotado de un significado involuntario de revancha por la reciente vergüenza de Malvinas. Se respiraba un ánimo bélico, entusiasta, tenso.</p>
<p>-      Haceme un lugar y dame fuego. – Ernesto levantó la vista para encontrar los ojos pardos de Yésica, una alumna de tercero, vistosa y repleta de feromonas en eclosión. Se apartó ligeramente para compartir su silla, turbado, incómodo.</p>
<p>-      Claro, sentate – dijo, acercando un <em>Bic</em> negro al cigarrillo en la boca de la chica, sin poder evitar advertir los labios gruesos, entreabiertos, una lengua hostil, las manos suaves.</p>
<p>Yésica se apretó contra Ernesto, sosteniendo en la mano izquierda su <em>John Player Special</em> y pasando el brazo derecho sobre los hombros de él, que la buscó con ojos asustados.</p>
<p>-      ¿Qué? Si no me agarro me caigo, <em>gilún</em> – sonrió ella. – No te preocupés, que no te voy a comer.</p>
<p>Ernesto sonrió tímidamente, aspirando el humo que ella dejaba escapar entre sus labios. Los ojos le brillaron, y riéndose, lo besó en la mejilla en el mismo instante en que Peter Shilton era superado de cabeza por Diego Armando Maradona, al sexto minuto del primer tiempo, en el gol histórico que luego fue bautizado por la prensa como <em>La Mano de Dios</em>. El bar entero se puso de pie en un grito único y enrabietado, celebrando en un estallido de manos, ojos y voces el primero de la tarde. Yésica se abrazó a Ernesto, le recorrió la espalda con las manos, aún sosteniendo el cigarrillo a medio fumar, y finalizó en una caricia evidente, con ambas manos, sobre las nalgas de él.</p>
<p>El partido se desdibujó, las personas desaparecieron en una argamasa de contornos borrosos. Ernesto quería que Argentina hiciese otro gol, que Yésica volviese a saltar y a acariciarle el culo, quería sentir un río de adrenalina recorriéndolo entero, una cosquilla profunda naciendo en sus nalgas, habitando su vientre y sus muslos, generando una erección espontánea y dolorosa, una inundación de sangre repentina en sus vasos capilares, y una vergüenza invasiva que le impidió responder a la caricia. Quería que volviese a suceder, quería estar preparado. Solamente tres minutos más tarde, Maradona inició en el centro del campo la jugada que sería recordada como el mejor gol de la historia de los mundiales, y tras eludir a seis adversarios, remató a Shilton con un disparo al primer palo desde el área chica, disipando cualquier duda sobre la validez del gol anterior. El país entero se conmocionó en un grito de guerra. Ernesto fue sorprendido por la marea humana, y sintió nuevamente las manos de Yésica buscándolo, y encontrándolo cuando el aún estaba preparándose para estar preparado. Ni siquiera pudo reaccionar cuando la chica puso ambas manos en sus mejillas y, con los ojos bien abiertos, celebró sobre sus labios un beso redondo, lento y ruidoso. El resto del partido sería para Ernesto una bitácora indescifrable de imágenes superpuestas, perturbadas una y otra vez por el tacto de esos labios, por el recuerdo de los dedos sobre sus mejillas, por su sangre alborotada.</p>
<p style="text-align:center;">*                                 *                               *</p>
<p>La última cerveza se agotó pasadas las ocho de la noche. Papeles, colillas aplastadas y diversos despojos plásticos daban testimonio del festejo improvisado. Todos los compañeros se habían ido marchando, poco a poco. Ernesto había pasado la tarde intentando retomar el contacto de Yésica, que no parecía darse cuenta, mientras fumaba un cigarrillo tras otro y charlaba y bebía cerveza y masticaba <em>beldent</em> de menta, todo al mismo tiempo. Hacía rato que había oscurecido. Ernesto, resignado a ese beso como único trofeo personal de la tarde, se levantó, decidido a regresar a casa camuflando en la victoria colectiva su pequeña derrota particular. Se despidió de todos, uno por uno, dejando a Yésica para el final, con la esperanza de un nuevo regalo de labios y ojos. Cuando se acercó a ella, su voz femenina le susurró al oído: “Estoy un poco borracha. ¿Me acompañás a casa?”. “Claro”, respondió, con el miedo en el cuerpo.</p>
<p>Yésica se despidió del grupo con un saludo general dibujado en el aire con la mano. Al girar la esquina en la Avenida Montes de Oca, miró de reojo a Ernesto, que caminaba a su lado en silencio, intentando calcular los siguientes pasos de un camino que desconocía. Sonrió para sí misma y entrelazó sus dedos con los de él, empapados de sudor frío. Continuaron avanzando, ambos terriblemente conscientes de la superficie de sus dedos en contacto, del frío de él y la piel generosa de ella. Se miraban de reojo. Yésica sonreía. Ernesto exprimía su mente intentando descifrar el siguiente envite. Cuatrocientos metros eternos. Finalmente el portal de un edificio de departamentos.</p>
<p>-      Bueno, ya llegamos – Ernesto bajó la mirada.</p>
<p>-      ¿No vas a subir? ¿Me vas a dejar solita? Mis viejos no están.</p>
<p>-      Es que…</p>
<p>-      Dale, no seas maricón. Subí un minuto.</p>
<p>Ella se giró hacia los ascensores, soltando la puerta, que se cerraba lentamente. Ernesto podía sentir dentro de sus orejas los golpes fuertes de su corazón, desatado, furioso. Una ola de testosterona lo decidió, y siguió a la chica, que esperaba con la puerta del ascensor abierta. Presionó el botón número nueve. Ernesto quieto. Ella le echó los brazos al cuello, y acomodó su boca suavemente sobre la de él. Lo invadió con su lengua, le recorrió los dientes, despacio, lo miró a los ojos.</p>
<p>-      ¿Cómo puede ser que me gustes tanto, <em>pendejito</em>?</p>
<p>-      No sé.</p>
<p>-      Vení, seguime.</p>
<p>Lo arrastró de la mano hasta una habitación, aún de niña. Una cama blanca de una plaza. Peluches. Pósters de <em>Led Zeppelin</em> y <em>Queen</em>. Una foto de ella, solamente unos años antes, con coletas. Cerró la puerta, se quitó el abrigo, arrojándolo al suelo, y se enfrentó a él.</p>
<p>-      Dame una mano – ordenó.</p>
<p>Ernesto le tendió la mano, inquieto. Ella la tomó despacio, y apartando suavemente su camiseta, la apoyó sobre su vientre, estirando la palma y los dedos. Buscó los ojos de él, y los encontró cristalizados de pánico. Sonrió. Se acercó un paso. Comenzó a deslizar la mano de él hacia arriba. Luego metió su propia mano bajo la camiseta, sobre la de él, levantándola ligeramente y moviéndola hasta depositarla suavemente sobre uno de sus pechos, sin dejar de mirarlo a los ojos. Ernesto se sintió morir. Ella lo empujó suavemente sobre la cama. Se quitó la camiseta. Se quitó el corpiño. Le dio de beber sus pezones rosados. Lo besó, lo desvistió suavemente, como a un niño. Ernesto estaba aturdido, se sentía torpe. No podía quitar las manos de los pechos de ella. Ella reía. Ella se desvestía sin pudor. Ernesto sufría por primera vez la vergüenza de su desnudez. Ella lo recorrió despacio con sus manos, lo recibió endurecido, descubriéndolo. Él se sonrojó, presa de los fantasmas del tamaño. Ella reconoció sus armas, tranquila, juguetona. Él tembló entero. Ella lo cabalgó, natural, sin miedo. Él se sintió pequeño, más solo que nunca. Su voluntad lo abandonó sin aviso, y en segundos explotó, se derramo en su interior, entero, vivo, pegajoso, caliente. Ella rió y se recostó sobre él. Lo besó en los labios. “No importa”, le dijo. “Era la primera vez, ¿verdad?”. El recobró la conciencia. Había dejado de ser virgen, casi sin darse cuenta, casi sin querer. “Sí”, confesó. “La próxima va a ser mejor, la primera siempre es una mierda”, lo ilustró ella.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Capítulo Pi(-05). Acción en Barcelona &#8211; Canadá (2006).</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Oct 2009 09:41:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[escribir]]></category>
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<p>-      Buenos días. ¿Desayunamos?</p>
<p>-      Claro. – conseguí decir – Pero no nos podemos colgar mucho. Me tengo que ir.</p>
<p>-      Hoy es sábado. Nadie se tiene que ir tan temprano un sábado.</p>
<p>Intento estimular mi funcionamiento neuronal, pero su cuerpo desnudo, pegado al mío, refracta mi posibilidad de producir excusas plausibles a una velocidad razonable. Los terminales nerviosos de mi estómago descubren su mano izquierda, buscándome. Intento no reaccionar. Me mordisquea la oreja. Me acomodo en la cama, boca arriba, mientras no puedo evitar un nuevo torrente de sangre que amenaza con inundar mis vasos capilares. <em>“Esperá un momento”</em>, murmuro. Su lengua me recorre suavemente la punta de un pezón por toda respuesta. Su mano me ataca, me rodea, me estremece, me levanta de entre los muertos, me recupera del páramo de fango donde mi terror privado me inmovilizaba. <em>“Parece que te despertaste contento”</em>, dice, pasando su pierna sobre mi cintura. <em>“¿No íbamos a desayunar?”. “Después”</em>, dice, montada sobre mí, mientras neutraliza mi función de habla con sus labios y su lengua.</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p><span id="more-200"></span>Pasadas las once logré que todo estuviese dispuesto para el desayuno. Carla bebía su café con leche a sorbos cortos, distraída, relajada, mientras yo intentaba hacer lo mismo, poseído por una tormenta de malos presentimientos, una sensación de haberme dejado atrapar.</p>
<p>-      ¿Cenamos esta noche? – pregunta. Me atormenta la idea de que por haber pasado la noche allí, ella ya de todo por supuesto, sobreentendiendo la naturaleza de cualquier cosa que sea lo que nos une, si es que hay algo más allá de una derrota futbolística.</p>
<p>-      Dale.</p>
<p>-      Si no tenés ganas decilo, no pasa nada.</p>
<p>-      No, no, sí que tengo ganas. Pasa que el martes viajo a Canadá, y tengo que empezar a preparar las valijas, pero no pasa nada, puedo salir a cenar.</p>
<p>-      ¿A Canadá? ¿Qué vas a hacer en Canadá?</p>
<p>-      Me voy de vacaciones. Somos tres amigos desde la secundaria. Uno, Martín, vive todavía en Buenos Aires. El otro, Daniel, acaba de ser nombrado profesor de filosofía en la Universidad Concordia, en Montreal, así que se mudó esta semana. Nos vamos a encontrar los tres allí, para pasar dos semanas juntos. Intentamos vernos los tres al menos una vez al año.</p>
<p>-      ¡Qué bueno! – su mano busca la mía por encima de la mesa – Te voy a extrañar.</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p>Conseguí salir del departamento de Carla a las tres y media de la tarde, jurándome a mí mismo no volver a ir bajo ningún concepto, amenaza o coerción de cualquier naturaleza. Entré a casa con una sensación vaga de culpa hacia el cemento, por no haber dormido allí. Me duché rápidamente, y una vez vestido, busqué una mochila de viaje y comencé a guardar camisetas sin ningún criterio, apilándolas en su interior de acuerdo a una geometría inverosímil que, sin embargo, resultaba funcional. La piel pálida pintada de pecas de Carla volvía a mis dedos una y otra vez. Su boca juguetona, sus exploraciones húmedas sobre mi epidermis, la reacción violenta de mis capilares a su tacto, el secreto de su placer narrado de cerca, piel a piel, la voracidad de sus huesos expresada una y otra vez, la sensación viva de su peso sobre mis caderas. ¿Debía llevarme la afeitadora?</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p>Las ruedas del <em>Boeing 737-800</em> de <em>Air Canada</em> dispersaron el polvo de la pista al tocar tierra en el aeropuerto de Montreal. Después de tres aviones y casi un día de viaje, aterrizaba por fin en la ciudad donde viviría mi amigo. Había pasado los dos últimos días antes del viaje enredado en las extremidades de Carla, y las últimas veinticuatro horas repasando mentalmente los enredos sucesivos, a la vez que intentaba que el compañero de turno en el asiento del avión no se percatase del bulto de carne y sangre a presión que el ejercicio mental me provocaba en el pantalón. Pasé el control de pasaportes sin más incidencias que una larga serie de explicaciones sobre las razones que me llevaron a cargar en mi equipaje casi trescientos cigarrillos rubios para una estadía proyectada de dos semanas. A la salida de los controles me esperaba Daniel, medio dormido por lo criminal de la hora. Nos abrazamos.</p>
<p>-      ¿Qué hacés, maricón?</p>
<p>-      Muerto. Tengo los huevos por el sótano de volar.</p>
<p>-      No puedo creer que estés acá.</p>
<p>-      Yo tampoco – intenté sonreír, aunque la melaza espesa en que se había convertido mi sangre debido a la influencia ininterrumpida de la cabina presurizada dificultaba la expresión de mis muestras de alegría – ¿Cuándo llega Martín?</p>
<p>-      Esta tarde, a las seis.</p>
<p>Salimos del aeropuerto, después de detenernos en la puerta para fumar tres cigarrillos seguidos, con la esperanza de que la concentración de nicotina tuviese algún efecto dinamizador sobre mi destrozado sistema nervioso, agotado por el mal dormir, la ingesta de alimentos en bandejitas de aluminio en un espacio vital de tres mil ochenta centímetros cuadrados y la intensidad de los pensamientos eróticos continuos.</p>
<p>Atravesamos la ciudad en un autobús de media distancia por doce dólares canadienses. Daniel había alquilado un <em>loft</em> a quinientos metros de la estación, que recorrimos a pie, charlando y arrastrando mi mochila, sin prisa. Su <em>loft</em> era un espacio diáfano de ochenta y dos metros cuadrados, al que completaban otros doce de una habitación y los casi cuatro del cuarto de baño. Dos de las paredes estaban completamente cubiertas de ventanales, y el perímetro era poligonal, irregular, y obstaculizado por tres dispersas columnas cuadradas, una mesa y tres sillas blancas, y un colchón sin sábanas en el suelo.</p>
<p>-      Todavía no me llegaron los muebles de Nueva York. Liv alquiló todo esto para que tengamos dónde comer.</p>
<p>-      ¿No era que se iba de viaje?</p>
<p>-      Se va esta tarde, más o menos a la misma hora que llega Martín.</p>
<p>Liv salió de la habitación. Era la primera vez que Daniel estaba con una mujer el tiempo suficiente como para vivir juntos, y sin embargo yo no la conocía. Nos presentamos. Ella era estadounidense, así que hablamos inglés, con lo que la profundidad, naturalidad, interés e inteligencia de mi conversación descendieron rápidamente en una función lineal cartesiana (<em>-x, -y</em>). Sin embargo, conseguí darle poca importancia, mientras alternaba trozos de conversación en castellano con Daniel.</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p>-      Estás completamente <em>agringado</em>. – dijo Martín, molesto por tener que cenar a las siete y media de la tarde.</p>
<p>Daniel comenzó una justificación basada en los procesos digestivos y el bajo rendimiento de las funciones metabólicas del cuerpo durante las horas de sueño, mientras yo me abstraía de la conversación para:</p>
<p style="padding-left:60px;">a)     Evocar la desnudez de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">b)      Pensar en los misterios de la amistad profunda. Nos veíamos los tres una media de 0,82 veces al año, y sin embargo cada vez era una continuación perfecta de las otras, como si el tiempo no fuese capaz de reducir el coeficiente de rozamiento necesario entre seres humanos para forjar una amistad fuerte.</p>
<p style="padding-left:60px;">c)      Evocar los labios de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">d)      Intentar determinar por qué razón los habitantes del norte de América en general sostienen que la carne de vacuno debe ser masacrada y casi carbonizada para servirla en un plato.</p>
<p style="padding-left:60px;">e)      Evocar las manos de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">f)      Observar a mis dos amigos, para darme cuenta sin ninguna piedad de que nunca volveré a tener algo así, mientras la suerte no nos lleve a los tres a volver a vivir en la misma ciudad.</p>
<p style="padding-left:60px;">g)       Evocar los pezones de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">h)     Intentar reinsertarme en la conversación, que en ese momento transitaba un camino complejo sobre la relación de Daniel con Liv, y sabiendo que mis dos amigos considerarían necesario y vital mi aporte, debería irlo pensando.</p>
<p style="padding-left:60px;">i)       Evocar los ojos de Carla.</p>
<p>-      …y está claro que por eso, algunas diferencias culturales entre ella y yo son insalvables, pero aún así me gusta mucho. Vamos a ver qué pasa. ¿Qué opinás, Ernesto?</p>
<p>-      ¿Yo? No mucho, en verdad. Me parece que va a ser bueno para vos no haber venido solo. Además, ella demostró mucha buena voluntad al programarse un viaje para dejarnos solos estas dos semanas, ¿no?</p>
<p>-      Sí, bueno, en realidad digamos que se lo sugerí de una forma bastante enfática. Pero es cierto que accedió de buen grado.</p>
<p>-      Ya me imagino. – dijo Martín – Seguro que la convenciste de que en realidad es ella la que necesita no estar mientras estamos los tres juntos.</p>
<p>-      Obvio. ¿Para qué soy filósofo si no?</p>
<p>-      No sé. Capaz que para generarle preguntas en lugar de entregarle respuestas a preguntas que no se había hecho. A veces pienso que estamos todos como <em>Amaranta Buendía</em>, despegando botones para volver a coserlos. En lugar de solucionar las cosas, no hacemos más que generar nuevos y variados problemas para cada propuesta de solución.</p>
<p>-      ¿Hablás de filosofía o de matemáticas?</p>
<p>-      De las dos cosas. De la vida, en general, y de mis huevos, en particular.</p>
<p>-      Parece que la argentinita nueva te pegó mal, ¿no?</p>
<p>-      Te juro que no estaba dispuesto a que me pasara esto. La mina es terriblemente absorbente, pero es muy inteligente, es culta, está buenísima y tiene un polvo alucinante.</p>
<p>-      ¿Y entonces? ¿Qué es lo que te preocupa? Llevás seis años quejándote de lo solo que estás en Barcelona, y cuando aparece alguien tirás para atrás.</p>
<p>-      No, si un poco tenés razón. Soy un pelotudo, pero lo que pasa es que no aguanto bien perder la exclusiva de mi cabeza.</p>
<p>-      Sos un hinchapelotas, viejo. Si son tontas porque son tontas, si son inteligentes porque son inteligentes. Si cogen poco porque cogen poco y si cogen mucho porque cogen mucho. Así no vamos a ninguna parte.</p>
<p>-      Mirá quien habla. Acá el único que puede hablar es Martín, que lleva con Violeta como mil años. ¿Cuánto hace, Martín?</p>
<p>-      Dieciséis. Pero me parece que el tema no es el tiempo, sino los permisos que se da uno para ser o no ser feliz. Y la felicidad no es necesariamente estar o no estar con una mina, sino la realidad comparada contra las expectativas reales.</p>
<p>-      No te sigo.</p>
<p>-      Claro, al final, parece que el modelo de <em>felicidad</em> es solamente el guión preestablecido. Ganar guita, enamorarse, tener hijos. Pero a veces me pregunto si somos sinceros con nosotros mismos a la hora de decidir qué es lo que nos hace felices. – Martín sacó una birome del bolsillo y escribió en una servilleta de papel:<br />
<img class="aligncenter size-full wp-image-204" title="ecuacion" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/10/ecuacion.jpg" alt="ecuacion" width="119" height="85" /></p>
<p>-      Esta es la fórmula. La <em>Felicidad</em> es igual a la <em>realidad</em> sobre las <em>expectativas</em>. Si el cociente se aproxima a uno, entonces quiere decir que estás contento con tu vida. Si es mayor que uno, la realidad supera la ficción, y si es mucho menor que uno, entonces hay algo que no va. Tus deseos están muy por encima de lo posible. La dificultad es establecer el valor neto de <em>r</em>, y el de <em>e</em>. El de <em>r</em> porque nadie analiza con la objetividad suficiente su propia realidad, y el de <em>e</em> porque nadie es absolutamente sincero con sus propias expectativas.</p>
<p>-      Es claramente la visión de un economista sobre todo el asunto. Para mí, desde un punto de vista estrictamente lógico, deberías incluir una variable <em>s</em>, para las sorpresas, buenas o malas, que te dé la vida, y una variable <em>p</em> para los problemas que tenés. Y seguramente muchas otras. Por ejemplo la variable <em>x</em> puede indicar tu índice de satisfacción sexual, la <em>a</em> podría referirse al valor de tus afectos, etcétera etcétera.</p>
<p>-      No estoy del todo de acuerdo, al menos en lo que respecta a la expresión de la ecuación principal, – intervine – desde el punto de vista estrictamente matemático, <em>F</em> es una función recursiva que se recalcula a cada instante, y <em>r</em> puede descomponerse en infinitos factores, entre los que entrarían tus variables <em>s,</em> <em>p, x </em>y <em>a</em>, pero también muchos otros, como la actualidad política o las catástrofes naturales. La variable <em>e</em> también puede descomponerse en factores que, según te sientas más o menos optimista, pueden variar de magnitud. Al final, la función <em>F</em> debe graficar un histograma en función de tiempo que represente tu nivel de bienestar, y en realidad deberías calcular una media, llamémosla <em>T</em>, que es la curva que representa tu felicidad a lo largo del tiempo.</p>
<p>-      Bueno, pero pajas mentales aparte, ¿cómo estás entonces con esta mina?</p>
<p>-      Digamos que mi variable <em>x</em> está altísima, lo que sube claramente el valor de <em>r</em>, pero al mismo tiempo mis variables <em>m</em> y <em>f </em>se están disparando, y eso baja drásticamente el valor de <em>r</em>.</p>
<p>-      ¿Y qué carajo representan las variables <em>m </em>y <em>f</em>?</p>
<p>-      <em>M</em>iedo y <em>f</em>obia<em>.</em></p>
<p><em><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>Capítulo Pi(-06). Acción en Barcelona, 2006.</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Sep 2009 09:45:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>Conocí a Carla por casualidad, en un bar. Fue el viernes 30 junio de 2006, y los argentinos vagábamos desesperados por las calles buscando lugares donde ver las pobres actuaciones de nuestra selección en el mundial de Alemania. Había salido solo de casa, sin demasiadas esperanzas de pasarlo bien, ni de que el equipo nacional acabara de jugar bien en un mundial en el que, a pesar de estar en cuartos de final, el juego había sido pobre y decepcionante. Finalmente encontré un bar en Sagrada Familia, pequeño y sucio, que en la puerta tenía una pizarra anunciando “<em>Hoy Alemania – Argentina”</em>. Faltaba más de media hora para el partido, así que me senté en una mesa para dos, pedí una cerveza y me dediqué a intentar predecir la dirección que tomaría el humo que desprendían las brasas de los tres cigarrillos que, uno detrás de otro, me ayudaron a matar el tiempo. El bar se llenó lentamente, como siempre que hay buen fútbol. La mayoría argentinos, y si bien me sentía solo, era una soledad arropada por esa hermandad que solamente el fútbol produce: profunda, fuerte, pero fugaz y volátil. Sabía perfectamente que al sonar el pitido final, automáticamente todos volveríamos a ser desconocidos.</p>
<p><span id="more-148"></span>A los trece minutos del primer tiempo, instintivamente giré la mirada hacia la puerta. Carla estaba allí, sola, de pie, buscando con la mirada medio metro cuadrado que le permitiese acomodar su humanidad a las circunstancias. Nuestras miradas se cruzaron, y me interrogó con un gesto ahogado por el murmullo aturdido del local. Hice una seña afirmativa y se acercó, sentándose a mi lado.</p>
<p>-      Gracias, es que no hay ni un lugar libre.</p>
<p>-      No pasa nada – dije.</p>
<p>-      ¿Cómo te llamás?</p>
<p>-      Ernesto. ¿Y vos?</p>
<p>-      Carla.</p>
<p>Me dio dos besos en las mejillas, a la usanza española, murmurando “encantada” sin demasiada convicción. Nos pusimos a ver el partido, en silencio, mirándonos con gestos elocuentes durante las jugadas polémicas o emocionantes. Ni bien terminó el primer tiempo, nos miramos, incómodos. Teníamos quince minutos por delante de publicidad y, posiblemente, silencio.</p>
<p>-      ¿Te puedo invitar una cerveza? Para agradecerte que me hayas aceptado en la mesa, digo. – Sonrió, y entonces por primera vez la miré detenidamente. Llevaba el pelo moreno con un corte <em>carré</em>, que le caía a ambos lados de las orejas con bastante gracia. Tenía un rostro extremadamente bonito, salpicado de clarísimas pecas y dos ojos enormes color té. Decidí que me gustaba.</p>
<p>-      Claro. – dije – Acepto encantado.</p>
<p>Por suerte para la escasez de ideas de que en ese momento disponía en pos de iniciar una conversación interesante, y para mi absoluta conciencia de la disminución de mis habilidades sociales en presencia de una mujer bonita, el gentío provocó que Carla tardase seis minutos cuarenta y ocho segundos en volver con las cervezas. Tenía solventada más de la tercera parte del entretiempo, lo que me dio ánimos. Agradecí la cerveza y me concentré en encender un cigarrillo lo más lentamente posible. Ella inició la conversación.</p>
<p>-      ¿Hace mucho que estás acá?</p>
<p>-      Seis años. Todavía no sé si es mucho.</p>
<p>-      ¿Cómo que no sabés?</p>
<p>-      Mucho es un término relativo. Por ejemplo, mil millones de glóbulos rojos es poco, pero doscientos cerdos en departamento es un montón. En términos de tiempo no lo tengo claro. Seis años, sobre los treinta y tres que tengo, es aproximadamente un diecinueve por ciento de mi vida. Supongo que es bastante, creo. – Sonrió. Me miró con incredulidad.</p>
<p>-      Sos un poco raro, ¿no?</p>
<p>-      ¿En términos absolutos o relativos? – nos reímos los dos &#8211; ¿Y vos? ¿Hace mucho que estás acá?</p>
<p>-      Tres años. Mi respuesta es más fácil. – hizo una pausa y ensayó un gesto de disgusto – Pero estoy harta. Viste cómo son los españoles. No acabo de entenderlos. No me entienden los chistes, qué se yo. Es todo tan difícil… No me como un rosco.</p>
<p>Asentí con la cabeza, hundiendo mi mirada en la espuma casi desaparecida de mi vaso de cerveza, mientras mentalmente la fotografiaba y la archivaba en la categoría “<em>Argentinos Que Se Quejan Pero Igual Se Quedan, Y A Pesar De Que Allá Todo Es Una Mierda, Acá Todo Me Molesta”</em>. Por suerte, el minuto cuatro del segundo tiempo trajo un gol del <em>Ratón</em> Ayala de cabeza, tras centro de Riquelme desde el banderín del córner. Sin darnos cuenta estábamos saltando, nos abrazábamos entusiasmados, hasta que los ojos, por su cuenta, hicieron un encontronazo casual que derivó en choque, y nos volvimos a sentar, incómodos. La alegría duró poco. En el minuto ochenta y uno del encuentro, Miroslav Klose batió al <em>Pato</em> Abbondanzieri, también de cabeza, empatando un partido que acabaría ganando Alemania en los tiros penales por cuatro a dos, con la consiguiente eliminación, una vez más, de la selección argentina de un mundial.</p>
<p>El abatimiento general nos dejó solos rápidamente. Carla estaba cabizbaja, y yo alternaba entre un desánimo profundo y un deseo creciente de no perderla de vista, que no era lo suficientemente grande como para decírselo.</p>
<p>-      Otra vez será, ¿no? – dijo al fin &#8211; ¿Qué te parece si nos vamos a tomar un trago por ahí, para eliminar el mal cuerpo?</p>
<p>-      Dale – me escuché decir. A pesar de mi enorme esfuerzo por dejar que se me notara el entusiasmo, sonó falso y forzado.</p>
<p>-      Si no tenés ganas no pasa nada. Es que pensé que era una buena idea.</p>
<p>-      No, no, claro que tengo ganas. Vamos.</p>
<p>Salimos del bar, a una Barcelona que comenzaba a atardecer sin ninguna piedad para los perdedores, empantanados ambos entre la depresión <em>post-derrota</em> y la tontería neuroquímica que siempre produce a las personas conocer a alguien que, aunque parezca absurdo, les gusta. Carla resultó ser una conversadora afable, y, en general, una persona interesante, culta, con un incipiente exceso de opinión y un número impar de fobias que, bien administradas, al recién conocerla resultaban encantadoras. Protagonizamos un atardecer sonámbulo, caminando sin sentido por unas calles que, al no estar llenas de personas tristes con la camiseta argentina puesta, resultaban un territorio hostil que nos unía. Sobre las nueve y media de la noche, sin saber cómo, nos encontramos compartiendo una tapa de patatas bravas y dos cañas en una fonda pequeña y sucia del borne. Hablábamos con intimidad, cerca uno del otro, adivinando los ojos en la forma que hacían los labios al dibujar las palabras. Aprovechando un silencio, me susurró:</p>
<p>-      ¿Te puedo contar un secreto?</p>
<p>-      Hasta dos – repliqué. Se acercó hasta que pude sentir el roce de sus labios contra mi oreja izquierda, mientras imaginaba su pelo cayendo en picado en un ángulo de treinta y siete grados con respecto a la cabeza.</p>
<p>-      Me gusta mucho tu boca – confesó.</p>
<p>Retrocedí apenas la cabeza, menos de cincuenta milímetros, para mirarla a los ojos. Ella intuyó o adivinó mi sorpresa y, lentamente, sin dejar de mirar fijamente mis pupilas, me mordió con suavidad el labio inferior.</p>
<p style="text-align:center;">*                 *                   *</p>
<p>Me desperté empastado, con la actividad sináptica reducida a su mínima expresión y la nariz habitada por un rescoldo de tabaco agrio y perfume de mujer. Pasaron varios segundos hasta que conseguí identificar positivamente la habitación en la que Carla vivía, en un piso compartido con otra argentina y una dominicana, en el barrio chino de Barcelona. Ella roncaba suavemente a mi izquierda, con el sueño pesado que evidentemente proporciona la conciencia tranquila, una buena borrachera y un polvo decente. Un impulso eléctrico de arrepentimiento recorrió mi sistema nervioso a una velocidad de trescientos doce mil kilómetros por segundo. Antes de alcanzar a darme cuenta, los dedos pulgares de mis pies estaban arrepentidos de haber dormido allí. Encendí la pantalla de mi teléfono móvil. Eran las 06:44 del sábado 1 de julio de 2006. Mierda. Ese día no tenía que ir a trabajar.</p>
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		<title>Capítulo alfa-gamma 18. Acción en Uruguay &#8211; Buenos Aires (1985)</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Sep 2009 09:56:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Avances de Álgebra Maldita]]></category>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>Las gaviotas revoloteaban entre los desechos del puerto, salpicándose mutuamente las alas con restos de podredumbre de peces muertos y tripas arrancadas por los pescadores, que atracaban las barcas, limpiaban y vendían su mercadería en el mismo sitio: el puerto de La Paloma, recalentado a fuego lento por el sol inclemente de febrero. Alonso deambulaba entre los puestos de pescado, buscando una corvina rubia para asar a la parrilla, ajeno al bullicio de fondo y al discurso ininterrumpido de Sonia en primer plano, asintiendo con la cabeza a intervalos regulares, para dar a entender así que estaba siguiendo el desarrollo de la conversación. Su cabeza estaba en otra parte. En su <em>Las Piedras</em> natal, en el recuento desafortunado de otro año de infortunios y dudas, en su hijo Mauricio, que estaba a punto de ver cómo toda su vida se desmoronaba. Marta había sido clara: ese año, solamente conocerlo y charlar con él. El verano siguiente le dirían la verdad. Alonso se preguntaba de qué estaba hecha la verdad, cuál y cómo era esa verdad por la que llevaba tanto tiempo luchando. ¿La verdad era que había sentido miedo? ¿Había sido cobarde? ¿O la verdad era que era demasiado joven, demasiado estúpido? ¿Era su verdad la misma que la de Marta?</p>
<p><span id="more-126"></span>-      …que lo trajimos desde Buenos Aires. ¿No?</p>
<p>-      ¿Qué?</p>
<p>-      Alonso, ¿me estás escuchando?</p>
<p>-      Perdoname, estaba distraído.</p>
<p>Alonso se acercó a un puesto cualquiera. Al final daba lo mismo. Todos estaban recién pescados. Los pescadores se ponían de acuerdo en los precios. Las corvinas y las brótolas colgaban de trozos de cable como racimos de sandías plateadas, en medio de un vaho insoportable e infame, o abiertas en canal sobre tablones de madera sucia, puestos sobre caballetes a modo de improvisado mostrador. Las moscas revoloteaban en una nube oscura y zumbadora que alteraba los nervios descuidadamente, casi sin que se pudiese identificar el origen, porque eran una parte natural del paisaje. Alonso se fijó en una corvina especialmente grande, que descansaba, con los ojos vitrificados por el espanto de una red asesina, sobre la mesa, en medio de un pequeño charco de agua salada ensangrentada.</p>
<p>-      ¿Cuánto por esta?</p>
<p>Al levantar la vista se encontró con un par de ojos asustados. Con la piel cuarteada y herida debajo de una barba poblada y sucia de salitre. Era un hombre bajo. El pelo, castaño, ensortijado, se le descolgaba de la cabeza en rizos agrupados por la grasa de cuatro días a la mar, enmarcándole los ojos.</p>
<p>-      ¿Tú sos Alonso? – preguntó el hombre.</p>
<p>-      Sí.</p>
<p>-      Soy Miguel. – dijo, tendiéndole una mano de uñas sucias de sangre y tripas, después de hacer el gesto de limpiarla en su delantal – Te reconocí en seguida. Se parece a vos.</p>
<p>-      Hola. – dijo Alonso, secamente, visiblemente incómodo. Sonia empujó a dos personas para acomodarse a la izquierda de Alonso, y así poder ver mejor a Miguel.</p>
<p>-      Hola, soy Sonia.</p>
<p>-      Encantado.</p>
<p>Los tres se miraron, como secuestrados por un silencio absurdo, rasgado por el zumbido tenaz de la nube de moscas. Miguel fue el primero en reaccionar. Puso dos hojas de papel de diario, sostuvo la corvina unos segundos, para dejarla gotear su sangre aguada sobre la arena, y la envolvió precariamente, para luego tenderle el paquete, contrahecho y con lamparones de humedad a Alonso, que lo recogió, agradecido por tener algo que decir.</p>
<p>-      ¿Cuánto es?</p>
<p>-      Nada, nada, invita la casa.</p>
<p>-      Insisto. Por favor, dejame pagar.</p>
<p>-      De ninguna manera. Me ofendo. – replicó Miguel.</p>
<p>-      Bueno, muchas gracias entonces. – sonrió Sonia – ¿Nos vemos esta noche?</p>
<p>-      Claro, nos vemos esta noche – dijo Miguel.</p>
<p style="text-align:center;">*                    *                      *</p>
<p>1985 había traído prosperidad a la Argentina. El gobierno de Raúl Alfonsín alcanzaba su máxima popularidad. Juan Vital Sourouille, el nuevo Ministro de Economía, planeaba la puesta en marcha del Plan Austral para mediados de año. Un Austral – la nueva moneda que entraría en vigor – equivaldría a diez mil pesos del actual circulante, y tendría paridad con el dólar, a la vez que se congelarían salarios y precios.</p>
<p>María de las Angustias Matalobos cumplía ese año los ochenta y nueve, y hacía seis años que no hablaba con su hija María del Rocío, desde la lenta y dolorosa muerte de Alberto Ramírez Matalobos a manos de una hemiplejia larga y errática. Estaba más cascarrabias que nunca, con el ánimo cerrado sobre sus propios secretos.</p>
<p>Mientras tanto, Ricardo y Melissa afrontaban el inicio de una crisis matrimonial sin precedentes. Melissa ensayaba una nueva puesta en escena llamada <em>Tango Varsoviano</em> en el teatro de <em>Alberto Félix Alberto</em>, y además se ocupaba de la casa y los niños. Ricardo trabajaba de sol a sol, y después de muchos años de matrimonio, había cedido ocasionalmente a las tentaciones de la carne fuera de casa, y gestionaba la culpa concentrándose en expandir su empresa de telas estampadas. Se había asociado con un armenio, vecino del barrio, de apellido Mournekián, junto con el que había comprado maquinaria pesada y alquilado un enorme local de tres plantas, de las cuales dos estaban en desuso y en la restante trabajaban treinta operarios en dos turnos.</p>
<p>Ernesto, libre de la vigilancia paterna por las circunstancias, comenzaba a explorar el mundo de la mano de algunos chicos mayores. Tamara Binacci, una de las dos hijas del director del <em>Grupo de Teatro Catalinas Sur</em>, salía con un muchacho de dieciséis años llamado Julián Montoro. Julián era el hijo mayor de una familia de escasos recursos. Su padre había muerto algunos años antes y llevaba el peso económico de los suyos descargando camiones de carne para los supermercados <em>Disco</em>. Su hermano menor, Pedro, aún tenía el privilegio de asistir regularmente a la escuela secundaria. Ernesto encontró en ellos un contexto que lo hacía sentir seguro. Aprendió a fumar y a beber cerveza en la calle, y lo más importante, se inició en el lenguaje de códigos secretos que rigen la amistad masculina: un códex sagrado que se transmite de hombre a hombre, sin palabras, solamente con gestos, con actitudes, y sobre todo, con virilidad. Ernesto, sin saberlo, suscribió un pacto inviolable que dictaría las normas silenciosas de sus primeros vínculos de amistad.</p>
<p style="text-align:center;">*                               *                             *</p>
<p>La noche era fresca y agradable, perfumada por un aire de mar salado y techada por un manto de estrellas vivas. El restaurante <em>La Marina</em> estaba ubicado al principio de la Avenida Nicolás Solari, sobre una callejuela adyacente. Dentro, el aire era pesado y denso, contaminado por una fritanga espesa, y el ambiente ruidoso de algarabía y gritos hacía difícil la comunicación. Alonso había estado a punto de no ir. Hasta tres veces le había dicho a Sonia que no quería ir, que no tenía sentido. Habían discutido. Sonia le había reprochado su miedo. Alonso le había reprochado la sublimación de sus problemas en los de él. Sin embargo, ambos estaban allí. Elegantes, mundanos, seguros de sí mismos. Alonso llevaba un pantalón blanco de hilo crudo y mocasines náuticos, modernos. Sonia lucía un vestido escotado, color <em>bordeaux</em>, de media manga, que dejaba adivinar apenas la carne muerta del inicio de la cicatriz del hombro. Llevaba zapatos negros de tacón y un bolso a juego. Marta se sintió incómoda, en contraste. Llevaba un pantalón y una chaqueta livianos, color mostaza, a los que se les veían muchas puestas y dejaban adivinar largas temporadas en una percha cubierta de plástico abarrotado de naftalina. Miguel se había esmerado en domar su pelo rebelde de pescador, y a pesar de vestir sus mejores vaqueros y sus únicos zapatos, era un hombre que siempre parecía fuera de lugar en tierra, como si aún sentado continuase meciéndose al compás de olas inventadas solo para él.</p>
<p>Mauricio era el único desenfadado. Vestía vaqueros, las <em>All Star</em> negras, regalo de Alonso del año anterior, visiblemente perjudicadas por un año de abuso pedestre, y una camiseta limpia y gastada. Llevaba su <em>walkman</em> conectado cuando entró al restaurante, en una clara señal de desacuerdo por su presencia allí. No entendía por qué tenía que ir a cenar con esa gente desconocida, mientras sus amigos lo esperaban en la explanada del Casino para ir de bares, por ahí, al acecho de las <em>gurisas</em> que todos los veranos invadían La Paloma. Su madre y él habían discutido. <em>“Tenés que venir porque lo digo yo. Más adelante lo vas a entender”</em>, había dicho Marta. Ni siquiera esa pequeña traición al ocultamiento de la razón última de la cena había despertado en Mauricio la menor curiosidad. <em>“Ta’bien, voy”</em>, fueron sus últimas palabras antes de introducir en su <em>Walkman</em> un <em>casette</em> grabado con el último trabajo discográfico de <em>Los Estómagos</em>.</p>
<p>El comienzo de la cena había sido tenso y cordial. Mauricio no demostró ningún interés cuando Alonso y Sonia les fueron presentados como “viejos amigos”. Alonso pidió una botella de buen vino, marisco de entrante y una parrillada de lenguado, brótola y corvina negra para todos. Largos intervalos de silencio se sucedían a cortas ráfagas de conversación forzada. Mauricio no parecía advertirlo, concentrado en la manipulación de los cubiertos mientras sonaba, solamente para él, <em>Vals de mi locura</em>.</p>
<p>Cuando solamente las espinas vertebradas y la grasa fría sobre las escamas chamuscadas sobre los platos daban testimonio de la cena, Alonso se armó de valor y se dirigió a su hijo por primera vez en el transcurso de la noche.</p>
<p>-      ¿Y qué tal el colegio, Mauricio?</p>
<p>-      ¿Lo qué? – respondió el adolescente, quitándose al fin los auriculares de las orejas, que dejaron escapar notas desordenadas, fundidas en el ruido de ambiente. Presionó el botón <em>pause</em>, antes de buscar la mirada de Alonso con sus ojos negros. Alonso alcanzó a pensar que era imposible que el joven no se diese cuenta del asombroso parecido entre ambos, antes de repetir la pregunta.</p>
<p>-      Nada, que cómo te va en el colegio.</p>
<p>-      ¡Puf! Horrible. Yo lo quiero dejar para irme a pescar, pero mi madre se emperra que no y que no. No me gusta nada.</p>
<p>-      Te entiendo. A mí tampoco me gustaba. ¿Y qué te gustaría hacer, además de pescar?</p>
<p>-      No sé. Viajar.</p>
<p>-      Me refiero a estudiar. ¿Te gustaría hacer alguna carrera?</p>
<p>-      No sirvo para eso. Mi madre dice que sí, pero no me interesa. Quiero trabajar y ganar plata.</p>
<p>-      Claro…</p>
<p>-      Bueno, si no les molesta, me voy a ir. Me están esperando.</p>
<p>-      No, no, andá nomás – dijo Alonso, mientras Marta fulminaba a su hijo con una mirada de reproche.</p>
<p>Comieron el postre, los cuatro en silencio, aturdidos por la música, la charla a gritos de las mesas vecinas y una incomodidad creciente: ninguno sabía cómo terminar la velada. Al turno de los cafés, Alonso pidió un whisky doble <em>Cutty Sark</em> con mucho hielo, y se entregó a la nube de humo de sus <em>L&amp;M</em> largos, sin pronunciar palabra. Marta pidió un <em>gin tonic</em>, y también se dedicó a fumar sus <em>Coronado Light</em>, para intentar proporcionar una excusa plausible a sus ojos enrojecidos. Sonia charlaba sobre pesca con Miguel. Alonso pagó la cuenta con dólares estadounidenses.</p>
<p>-      Nosotros nos vamos – dijo Marta, apoyando el vaso. Solamente quedaban dos trozos de hielo disminuidos por la graduación del gin y la erosión carbonatada de las burbujas, sobre un fondo de líquido transparente.</p>
<p>-      Esperá. – la detuvo Alonso &#8211; ¿Cómo seguimos?</p>
<p>-      Ahora no, Alonso. Dame una tregua.</p>
<p>Se despidieron sin formalismos. Miguel y Marta abandonaron el restaurante sin mirar atrás. Sonia puso su mano izquierda sobre la derecha de Alonso.</p>
<p>-      ¿Cómo estás? – preguntó.</p>
<p>-      Como el orto – dijo él.</p>
<p><img class="size-full wp-image-123 alignright" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Tue, 01 Sep 2009 14:20:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Avances de Álgebra Maldita]]></category>
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		<category><![CDATA[novela]]></category>

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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>-      Este año, la bisabuela Angustias va a pasar las fiestas con nosotros. – había dicho Ricardo.</p>
<p>-      ¡No, papá!</p>
<p>-      ¡Es una pesada, siempre nos está persiguiendo!</p>
<p>-      A mí me obliga a rezar… &#8211; dijo Sofía.</p>
<p>-      Miren, yo sé que a veces es un poco densa, pero está por cumplir noventa años. No sé cuánto más va a vivir, y me parece que se merece pasar las fiestas con nosotros.</p>
<p>-      ¡Ufa!</p>
<p>Durante los últimos años, Ricardo había llevado a los niños con cierta frecuencia (no más de dos o tres veces al año) a visitar a María de las Angustias al hogar de Monjas en Ramos Mejía, donde llevaba viviendo desde principios de los setenta. Estaba muy vieja, gorda y encorvada, pero seguía conservando el fuego en su mirada, que con los años había dejado de ser de color violeta furioso para rodearse de un charco de agua clara, producto de las cataratas. <span id="more-57"></span>A los niños les gustaba ir al hogar. Había un huerto detrás del caserón enorme en el que malvivían los ancianos, y podían correr entre las plantaciones de tomates y las lechugas incipientes que asomaban. A la entrada del caserón, una imponente escalera de mármol que se bifurcaba llevaba a los dormitorios. Justo en la bifurcación, había un cesto desde el que dos docenas de plumas de pavo real presidían las escalinatas. Los niños alucinaban con las plumas, y siempre querían que Ricardo les permitiese llevarse una. Ricardo, que además de ser profundamente ateo, detestaba todo lo que tuviese que ver, de manera directa o indirecta, con el clero, intentaba que sus hijos no tuviesen contacto con las monjas, y les prohibía pasear solos, recorrer el huerto y, por supuesto, llevarse cualquier cosa que encontrasen en cualquier parte.</p>
<p>Ese día, a finales de diciembre, Angustias llevaba, como durante los últimos treinta años, el pelo recogido en un rodete rígido de color blanco amarillento, y un vestido azul con pequeñísimas flores blancas, suelto, que le llegaba hasta los tobillos. Completaban su atuendo unas zapatillas negras de andar por casa y un bolso negro y grande.</p>
<p>-      Hola, Abuela – dijo Ricardo, tomándola del brazo.</p>
<p>-      Hola, Ricardito, – respondió Angustias, besándolo en la mejilla – eres el único que se acuerda de esta pobre vieja.</p>
<p>-      No diga eso, abuela.</p>
<p>-      Yo te ayudo, abuela – dijo Gabriel, quitándole el bastón y ofreciéndose para tomarla del brazo.</p>
<p>Gabriel era casi tan alto como ella, y siempre se ofrecía a ayudarla a caminar. En realidad no lo hacía por ayudar, ni porque la quisiera especialmente, sino porque le gustaba tocar la piel suave, casi satinada, de los bíceps fláccidos de la anciana, que colgaban como una bolsa de nylon llena de agua cuando el niño le hacía levantar el brazo para apoyarse en él. Sin que nadie lo advirtiese, colocaba la palma de la mano debajo del brazo, sobre el tríceps braquial, empujándolo levemente hacia arriba. La anciana solía tener la piel fría a pesar del calor, y eso le gustaba.</p>
<p>Dentro de la residencia, se respiraba un aire de austeridad total. Los ancianos eran tratados como niños, y su alimentación y costumbres eran frugales y estrictas. Una vida de viejos. Por eso Ricardo, durante los pocos días que traía a la bisabuela de los niños a casa, le permitía casi de todo. Le daba cigarrillos rubios y después de cenar le servía dos o tres medidas de whisky. La anciana se despachaba a gusto durante esos días, pero sin embargo, una culpa ancestral le impedía reconocer ante sí misma que violaba las normas, razón por la que cada uno de estos excesos, a pesar de ser a la vista de todos, era ignorado tanto por los adultos como por los niños, cumpliendo un pacto tácito para permitirle a María de las Angustias disfrutar de sus vacaciones. Aunque en casa de Ricardo no se le prohibía nada, había cosas que la gaditana hacía de todas maneras a escondidas de su nieto.</p>
<p>-      ¿Quiere un tecito, abuela? – ofreció Melissa.</p>
<p>-      Gracias, nena, pero mejor un <em>nesquicito</em>… &#8211; respondió Angustias, haciendo un gesto de disculpa.</p>
<p>Melissa, conteniendo la risa, le preparó una leche bien cargada de chocolate, y la depositó frente a la anciana que, haciéndose la distraída, le agregó hasta cinco cucharadas colmadas de azúcar.</p>
<p>-      ¿Quiere unas galletas? – volvió a ofrecer Melissa.</p>
<p>-      Sí, gracias. O mejor un poquito de pan. – Melissa cortó cuatro rebanadas de pan blanco, que en la residencia era considerado todo un lujo, y las sirvió en un plato. – Y si tienes un poco de mantequilla y dulce de leche, para no comerlo tan seco… ¿no?</p>
<p>-      Tengo ganas de hacer caca. ¿Venís? – digo Gabriel.</p>
<p>-      Bueno, pero llevo el ajedrez – dijo Ernesto.</p>
<p>Llevaron al baño una pequeña silla plegable de <em>camping</em>, y una lata vacía de galletitas <em>Porteñitas</em> para apoyar el tablero. Lo hacían con bastante frecuencia desde que ambos aprendieran a jugar al ajedrez, disputando largas partidas, uno sentado en el inodoro y el otro en la sillita, pensando las jugadas e intentando concentrarse en el ambiente cargado de vapores de mierda humana.</p>
<p>-      Enroque – dijo Gabriel, con la respiración contenida por el esfuerzo, mientras intentaba expulsar otro trozo de caca. Transpiraba y se ponía rojo por el trabajo, y a veces hasta le faltaba el aire.</p>
<p>-      No vale. Esa torre ya la moviste. Tenés que hacer enroque para el otro lado, y te falta sacar el alfil y el caballo.</p>
<p>-      Se puede hacer enroque igual, aunque hayas movido la torre.</p>
<p>-      No, no se puede.</p>
<p>Los golpes secos en la puerta del baño interrumpieron la discusión sobre el reglamento de ajedrez. María de las Angustias aporreaba el bastón contra la puerta cerrada con traba.</p>
<p>-      ¿Qué estáis haciendo tanto tiempo allí dentro? ¡Marranos!</p>
<p>Los dos niños contuvieron la risa, tapándose la boca con las manos, hasta que Gabriel, haciendo un esfuerzo, se aclaró la garganta.</p>
<p>-      ¡El <em>Volkswagen</em>! – susurró Ernesto. La llamaban así porque su espalda encorvada les recordaba al mítico <em>escarabajo</em>.</p>
<p>-      Ahora salimos, Abuela.</p>
<p>-      ¡Abre la puerta!</p>
<p>Gabriel se limpió como pudo, y antes de tirar la cadena liberó el pestillo que bloqueaba la puerta del baño. La anciana empujó la puerta, derribando el tablero de ajedrez y esparciendo las piezas por el suelo, mientras entraba apresurada, apartando a Gabriel de un empujón. Se detuvo frente a la pileta del baño, y evitando mirarse al espejo soltó dos sonoros y largos pedos, que sonaron líquidos y burbujeantes, presionados por la carne fláccida de sus nalgas, y provocaron las risas espontáneas de los niños. María de las Angustias se dio vuelta tan rápido como pudo, y mirándolos con enfado dijo:</p>
<p>-      ¿Qué? El baño es para eso.</p>
<p>Y se fue, dejando la puerta abierta, y a los niños que, muertos de risa, recogían las piezas y el tablero.</p>
<p>Esa noche cenaron pollo con papas fritas. María de las Angustias hizo gala de un apetito que rivalizaba con el de Gabriel, que a sus doce años comía ya como un preadolescente. Se comió dos muslos y una pechuga, sin quitarles la piel, y una generosa ración de patatas.</p>
<p>-      ¿Un poquito de vino, abuela?</p>
<p>-      Un poquito, solo. Es que a mi edad ya no puedo…</p>
<p>Ricardo le sirvió un vaso de vino tinto, que durante la cena le repuso hasta tres veces. De postre sirvieron turrón de alicante y jijona, que la anciana, a pesar de tener todavía su propia dentadura débil, devoró con placer. Al terminar los postres, Melissa acostó a los niños. Ricardo y Angustias se quedaron en la mesa del comedor.</p>
<p>-      ¿Un dedito de whisky, abuela?</p>
<p>-      No, no puedo. Bueno, un dedito solo. Con hielo, por favor, Ricardito. – Melissa regresó a la mesa, y reprochó en voz baja a Ricardo.</p>
<p>-      No le des whisky, la vas a matar.</p>
<p>-      ¿Y? – dijo él – Dejala, tiene mil años. ¿Qué importa que viva un año más o un año menos? Dejala que disfrute. – dicho esto, puso tres dedos de whisky en el vaso, con dos cubitos de hielo, y se lo tendió a la anciana mientras Melissa, ligeramente ofuscada, levantaba los platos.</p>
<p>-      No, no, es mucho.</p>
<p>-      Parece mucho por el hielo, Abuela, pero es lo que me pidió. ¿Un cigarrillo?</p>
<p>-      ¡Huy, no! Bueno, uno solito. Si me viera la madre superiora… &#8211; dijo, riendo, mientras encendía el cigarro.</p>
<p>Conversaron animadamente durante más de una hora, en el transcurso de la cual María de las Angustias despachó otros dos vasos de whisky de igual tamaño y cinco cigarrillos rubios. Ricardo, entre risas, aprovechó el momento para hacer la pregunta que toda la familia quería hacer y nadie se animaba.</p>
<p>-      Abuela, antes de irse a dormir, ¿le puedo preguntar una cosa? Pero dígame la verdad.</p>
<p>-      Lo que quieras, querido.</p>
<p>-      De los cuatro maridos que usted tuvo, ¿a cuántos mató y cuántos se le murieron solos?</p>
<p>La anciana apuró el último vaso de licor, y controlando las lágrimas que querían afluir a sus ojos, acarició la mejilla de su nieto.</p>
<p>-      ¿De verdad te crees que esta pobre vieja puede hacer daño a alguien? – y riendo, se levantó trabajosamente – Hasta mañana, Ricardito, que duermas bien.</p>
<p>Hacia las tres de la mañana, Ernesto se despertó con sed. Como conocía perfectamente la casa, no encendió ninguna luz para dirigirse a la cocina. Al llegar a la puerta, le sorprendió el resplandor de la luz de la nevera. Cuidando de no hacer ruido, se asomó por el quicio de la puerta, justo a tiempo para ver a María de las Angustias, de pie con la puerta de la nevera abierta, sosteniendo en una mano la mantequilla, y una cucharilla de té en la otra, mientras degustaba con evidente placer algo que tenía en la boca.</p>
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		<title>Capítulo Pi 19. (Acción en Barcelona, 2009)</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Aug 2009 13:41:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Avances de Álgebra Maldita]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[novela]]></category>

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										</div>Estoy en casa de Nadja, haciendo tiempo mientras se viste, maquilla, desviste, vuelve a vestirse, cambia algo, retoca otra cosa y modifica lo de más allá. Abro la nevera, y está tristemente vacía, a excepción de medio limón, un tupper de contenido misterioso que decido no arriesgarme a abrir y un cartón de leche rica &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/08/28/capitulo-pi-19-accion-en-barcelona-2009/">Continuar leyendo &#187;</a>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>Estoy en casa de Nadja, haciendo tiempo mientras se viste, maquilla, desviste, vuelve a vestirse, cambia algo, retoca otra cosa y modifica lo de más allá. Abro la nevera, y está tristemente vacía, a excepción de medio limón, un <em>tupper</em> de contenido misterioso que decido no arriesgarme a abrir y un cartón de leche rica en <em>Ácidos Grasos Omega 3</em>. Pareciera ser una ley de la mercadotecnia moderna que cuanto más estrafalario sea el nombre y más recuerde a algo asqueroso, los consumidores lo interpretarán como algo bueno en forma masiva. <span id="more-26"></span>Recuerdo mi niñez, cuando iba al supermercado repitiendo para mis adentros: “dos sachets de leche y un pan de manteca, dos sachets de leche y un pan de manteca”. El supermercado <em>Caprile</em> era un galpón mugriento donde todo era viejo, desde el dueño, <em>Francesco Caprile</em>, hasta los carritos desvencijados y las góndolas metálicas tocadas por el óxido de hierro. Había una única nevera al fondo, con leche SanCor y La Serenísima, entera y descremada, y punto. No existían los <em>Lactobacillus GG</em>, ni las <em>Isoflavonas de Soja</em>, ni los <em>Ácidos Grasos Omega 3</em>, ni los <em>Bífidus Activus</em>, ni la leche semidescremada, ni la parcialmente enriquecida, ni la maternizada. El mundo era mucho más tosco y básico, pero a la vez más auténtico, menos engañoso.</p>
<p>-      Estoy lista. ¿Vamos?</p>
<p>Nadja aparece en la puerta de la cocina, metida dentro de un vestido rojo escotado que le da un aspecto impresionante. Lleva zapatos negros y un bolso minúsculo en el que me cuesta creer que lleve cualquier cosa útil. Los bolsos femeninos solamente existen en dos tipos: los gigantes e imposibles de maniobrar en los que se puede encontrar cualquier cosa, y que suelen pesar varios kilogramos, y los pequeños que parecen un sobrecito de juguete.</p>
<p>-      Vamos – digo.</p>
<p>El taxi nos deja en la explanada de la <em>Estació de França</em>, donde nos bajamos para disfrutar del fresco de la noche durante escasos trescientos metros. Nos dirigimos al <em>Restaurant Suborn</em>, un clásico de la <em>Ciutat Vella</em>, donde hace más de cinco años que no voy, porque es insoportable el ruido y porque detesto que el nombre de la comida tenga más letras que los gramos que pesa lo que hay sobre el plato. Es coqueto, moderno, y de <em>nouvelle</em> <em>cuisine</em>. Hemos quedado con una amiga de Nadja y su novio, que como llegamos tarde, nos están esperando en una mesa para cuatro. Ella se llama Marcia, es profesora de una cosa denominada <em>musicoterapia</em>, que he sido incapaz de identificar en mi espectro personal de ciencias y disciplinas conocidas, y tiene un carácter expansivo y simpático, lo que me alivia porque sé que no tendré que llevar el peso de la conversación. Él se llama Arnau, y trabaja como oficial de grandes cuentas en un banco. Es aburrido, y tenemos en común poco más que el gusto por el fútbol, la buena carne y la microelectrónica. Después de una ronda de saludos y frases de cortesía, nos sentamos, Nadja al lado de Marcia y frente a mí, y yo en la silla contigua a Arnau.</p>
<p>-      ¿Cómo va? – pregunta Arnau.</p>
<p>-      Bien, normal, trabajando.</p>
<p>Marcia y Nadja en seguida se trenzan en la conversación típica de buenas amigas. Yo no tengo humor para esforzarme en conversar con Arnau, así que respondo con monosílabos a sus preguntas, y finjo prestar atención a la conversación de las dos mujeres. Pedimos unos entrantes de pan con tomate y embutidos, entre los que se mezclan potes con <em>humus</em> y potingues comestibles por el estilo. El camarero tarda exactamente treinta y dos minutos desde que retira los primeros hasta que trae los platos principales. Calculo unas treinta mesas con una media de 3,33 personas por mesa, para aproximadamente cien personas en el local, atendido por cuatro camareros, lo que arroja el decepcionante saldo de 7,5 mesas por camarero, que suponiendo, aunque no es verdad, que hagan una ronda cíclica y que entre los dos viajes empleen una media de 2,5 minutos, te tocan cuarenta y cinco segundos de camarero cada 18,75 minutos (es decir, 18 minutos cuarenta y cinco segundos), y más vale que durante tus cuarenta y cinco segundos no dudes sobre lo que vas a pedir, porque entonces deberás esperar al siguiente ciclo. De alguna manera incomprensible, esto es parte de lo que hace a este restaurante tan popular, sumado al ambiente oscuro y ruidoso en el que sirven copas después de la cena.</p>
<p>-      Mi jefe me tiene hasta los huevos – insiste Arnau.</p>
<p>-      ¿Ah, sí?</p>
<p>-      Si. Este año estoy en línea con los objetivos. De hecho, y a pesar de la crisis, voy un cero treinta y siete por ciento por delante de objetivos, pero como la sucursal va un tres ochenta y ocho por ciento abajo, se queja y me presiona más que a los demás, porque sabe que soy de los pocos que pueden levantar el barco.</p>
<p>-      Claro… &#8211; intento imaginar una forma de hacerle saber lo poco que me importan sus objetivos sin herirlo, pero no se me ocurre ninguna.</p>
<p>-      Hoy va y me dice: “Arnau, así no vamos a ninguna parte. Estoy rodeado de incompetentes. Si no sacamos esto a flote entre los dos, nos vamos todos a la puta calle.” Y yo le digo: “Pero jefe, si es que no puedo hacer más. Me estoy dejando la piel.” Y me dice: “Claro que puedes hacer más, Arnau, por eso eres mi delfín.” Y le digo: “Gracias, jefe, pero de verdad le juro que estoy haciendo todo lo que puedo.” Y me dice: “Pues puede más, Arnau, puede más.” Y el muy capullo centra la vista en el ordenador como si yo no estuviera ahí.</p>
<p>-      Ahá…</p>
<p>-      Es que es alucinante, macho, te lo juro…</p>
<p>Por el rabillo del ojo veo que Nadja me lanza una mirada fulminante. Se está dando cuenta de que no le estoy prestando atención, así que decido esforzarme un poco más.</p>
<p>-      Todos los jefes son igual de gilipollas. No te preocupes.</p>
<p>-      No, no me preocupo. ¿Y tú qué tal? – aprovecha mi cambio de actitud, así que decido escarmentarlo.</p>
<p>-      Yo bien. Esta semana por fin dimos con la solución definitiva a la recursividad en los procesos de autopuja. El problema era que el anidamiento del <em>loop </em>principal de control no llevaba un contador de iteraciones, entonces si por alguna razón los argumentos de la función hacían que fuese infinito, salíamos solamente con un <em>Stack Overflow</em>, y encima no estaba blindada la excepción. Al final tuve que implementarlo personalmente, pero me quedó de puta madre.</p>
<p>Durante un rato le detallo los problemas de corrupción en los índices de la base de datos y los pormenores minuciosos de las métricas de rendimiento del sistema. Cuando considero que empieza a estar lo suficientemente aburrido como para dejarme en paz durante el resto de la noche, una segunda mirada de Nadja, con la potencia de un rayo, me llama al orden. A los pocos segundos, Arnau dice:</p>
<p>-      Qué… Parece que Florentino finalmente fichó a Cristiano Ronaldo…</p>
<div id="fb-root"></div><script src="http://connect.facebook.net/en_US/all.js#appId=APP_ID&amp;xfbml=1"></script><fb:send href="http://aprendizdebrujo.net/2009/08/28/capitulo-pi-19-accion-en-barcelona-2009/" font=""></fb:send><div class="shr-publisher-26"></div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><div class='shareaholic-like-buttonset' style='float:none;height:60px;'><a class='shareaholic-fblike' data-shr_layout='box_count' data-shr_showfaces='false' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F08%2F28%2Fcapitulo-pi-19-accion-en-barcelona-2009%2F' data-shr_title='Cap%C3%ADtulo+Pi+19.+%28Acci%C3%B3n+en+Barcelona%2C+2009%29'></a><a class='shareaholic-fbsend' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F08%2F28%2Fcapitulo-pi-19-accion-en-barcelona-2009%2F'></a><a class='shareaholic-googleplusone' data-shr_size='tall' data-shr_count='true' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F08%2F28%2Fcapitulo-pi-19-accion-en-barcelona-2009%2F' data-shr_title='Cap%C3%ADtulo+Pi+19.+%28Acci%C3%B3n+en+Barcelona%2C+2009%29'></a></div><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><!-- End Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><p>Artículos relacionados:<ol>
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		<title>Capítulo Pi 12. (Acción en Barcelona, 2009)</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Aug 2009 13:25:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Avances de Álgebra Maldita]]></category>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>05:25. Entresueño, otra vez. Sonrío para mí mismo mientras pienso que los minutos son el cuadrado de la hora. Calculo rápidamente la serie: 01:01, 02:04, 03:09, 04:16, 05:25, 06:36, 07:49, y entonces intento adivinar cómo reaccionaría el sistema numérico horario para el siguiente elemento de la serie. Correspondería 08:64, pero el sistema no lo soporta, así que me pregunto si el siguiente elemento sería 09:04 o su cálculo produciría un <em>overflow</em>. Es un caso típico en que una simulación basada en un sistema decimal, y por lo tanto necesitado de programación para emular las reglas internas de un reloj, obtendría una solución diferente por cada programador que intentase codificarla. Una vez más, he dormido mal. Puedo sentir en el inicio de la garganta un sabor agrio y rasposo que evidencia demasiado tabaco y alcohol la noche anterior, y por mi cerebro no alcanza a tomar plena forma la idea de ir a la cocina a buscar una coca-cola bien fría. Contra el paradigma dominante en el saber popular español, los azúcares de las bebidas carbonatadas son mucho más efectivos que el alcohol contra una resaca potente. El resto de los subsistemas de mi cuerpo que representan cada uno de los sentidos básicos comienzan a responder al <em>Wake-Up</em> adelantado que estoy experimentando, y mi <em>tacto</em> reporta rápidamente dos incidencias al sistema central.</p>
<p>1)   Estoy completamente desnudo.</p>
<p>2)   Las sábanas están demasiado arrugadas para una cama en la que ha dormido una sola persona, y una fuente de calor cercana aún no identificada corrobora esta tesis.</p>
<p>El subsistema <em>olfato</em>, casi al mismo tiempo, detecta restos de olor a sexo y feromonas en el aire. Giro la cabeza hacia la izquierda, y el subsistema <em>vista</em> informa que a mi lado hay un bulto cuya morfología más probable se corresponde a un ser humano del sexo femenino, teniendo en cuenta la curva de la cintura y el pelo largo y rubio que cubre la nuca que tengo delante de la nariz. El sistema de gestión de persistencia recupera la información de la noche anterior, luego de que un proceso de reconstrucción repare los daños producidos por el alcohol, y súbitamente todo aparece claro. Es Nadja. Está en mi cama. Tuvimos sexo. Mucho sexo. Me gustó. La invité a dormir. Aceptó. Nos dormimos abrazados. El cálculo de probabilidades sugiere que querrá que desayunemos juntos. <em>Kernel panic!</em></p>
<p>Ya es de día. Estoy en pleno funcionamiento y aún no sé qué voy a hacer cuando Nadja se levante, aunque tengo preparadas las cuatro cápsulas <em>Dolce Gusto</em> necesarias para dos <em>Cappuccinos</em> y estoy cortando rebanadas de una cuña de queso, intentando sin demasiado éxito que cada una de ellas tenga un espesor de entre 1,5 y 2,3 milímetros y que conserven la forma triangular característica, mientras dispongo en orden seis rebanadas de pan de molde esperando turno para la tostadora y verifico que la aceitera está llena. Nadja aparece en la puerta de la cocina. Viste <em>solamente</em> una camiseta mía, que afortunadamente le queda enorme, por lo que le cubre hasta la mitad de los muslos. La idea de que está <em>desnuda</em> debajo de la camiseta me incomoda, me turba y puedo sentir una oleada de sangre acudir al llamado de mi entrepierna. Está despeinada y tiene los ojos y los labios hinchados de dormir. El conjunto, sin embargo, es terriblemente seductor.</p>
<p>-      MmmBuenos días – dice, aproximadamente medio segundo antes de estamparme un beso en los labios.</p>
<p>-      Hola. ¿Has dormido bien?</p>
<p>-      Genial – pesca una rebanada de queso y la monta de cualquier forma sobre otra de pan de molde, sin tostar y sin aceite, lo que me irrita secretamente y me resulta <em>antigeométrico</em>, si es que existe la palabra.</p>
<p>-      Espera, que está sin tostar.</p>
<p>-      No importa, me apetece un montón así. ¿Preparas café?</p>
<p>-      Claro.</p>
<p>Me frota una mano por la espalda, antes de volver hacia el salón rumiando su pan con queso. Me pongo a manipular nerviosamente la cafetera y su puto sistema de cápsulas, perillas y chorritos que sueltan vapor, mientras intento identificar el momento preciso de la noche en el que me pareció buena idea invitarla a casa.</p>
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		<pubDate>Fri, 28 Aug 2009 13:23:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>&#8211;:&#8211;. Decidí apagar la proyección de números en el techo, al menos por esta noche, pero eso no me quitó el insomnio. Esta es la tercera (¿la cuarta?) vez que me despierto esta noche, y estoy agotado. Puedo sentir cómo ocurre la sinapsis entre mis neuronas cerebrales, espesa, pastosa, un intercambio eléctrico varios <em>nanosegundos</em> más lento de lo que debería ser. No soy capaz de generar en este momento la corriente eléctrica para que todo funcione como debería. La lógica de fluidos de mi cuerpo está alterada, algo en mí viaja adelante y atrás en el tiempo, alterando los intercambios energéticos, los procesos mitóticos y los movimientos citoplasmáticos de mi estructura celular.</p>
<p>Mientras despunta el alba inicio mis rituales matutinos de café, azúcar y tabaco. La <em>Dolce Gusto</em> me entrega su brebaje aséptico, jugo exprimido de cápsula plástica sin ensuciar nada (llene el depósito de agua, conecte el interruptor, introduzca la cápsula de <em>Cappuccino </em>en la cazoleta y gire la palanca. Bébase el café). Cada bocanada de humo a esta hora me deja saber dolor en los pulmones, pero no hay nada como esto para despertarse. Es muy temprano así que decido ir caminando a la oficina. Me encierro en mi chaquetón de <em>Caramelo</em> y emprendo la subida por la <em>Rambla del Raval</em>. Esta es una hora extraña en Barcelona. Aún quedan en la calle putas dominicanas y rumanas ofreciendo mamadas de consuelo para cerrar una mala noche por unos cuantos euros,  mientras los últimos turistas borrachos regresan perjudicados a sus cuevas, evidencias de que en esta ciudad hay vida nocturna toda la semana. El <em>metro</em> ya está abierto, y en este paisaje urbano se integran de a poco maestras, dentistas, abogados, dependientes, vendedores y toda clase de víctimas del orden social, que van a trabajar temprano para entregar todo su esfuerzo a la continuidad del sistema bancario.</p>
<p>Tuerzo a la derecha por el <em>Carrer del Carme</em> para encontrar la Rambla y en seguida subo hacia <em>Plaça Catalunya</em>. <em>El País</em> de esta mañana habla de <em>crisis</em>. El de ayer hablaba de crisis. El de mañana hablará de crisis, y yo me pregunto cómo se determina una crisis colectiva y qué diferencia tiene con una crisis individual. Me siento en crisis. Tengo la sensación de que hace más de diez años que mi corriente de pensamiento no descansa un solo segundo, pero durante los últimos meses todo se ha agravado. Llevo veintidós semanas sin dormir profundamente más de dos horas seguidas, y empiezo a notar que mis reflejos retroceden, que la realidad va un segundo y medio por delante de mi conciencia y que todo a mi alrededor parece estar sumergido en disolvente refinado, en un líquido transparente de menor densidad que el agua. Las palabras son <em>l e n t a s</em>. Las palabras son el instrumento a través del cual se interpreta la vida, y si su significado transcurre más despacio que su sonido, no se puede evitar llegar tarde a la realidad. Cada vez tardo más en interpretar lo que está sucediendo <em>ahora mismo.</em> Soy capaz de ver a ese hombre que, maletín en mano se acerca rápidamente, preocupado por no llegar tarde a su trabajo, pero la decodificación de esa imagen no ocurre en mí hasta que el hombre se ha perdido en el metro, escaleras abajo. Y sin embargo el pasado es cada vez más nítido. En este mismo instante puedo revivir con altísima precisión el sabor esponjoso de las vainillas con leche tibia que me daba la abuela Rocío y su consistencia granulosa cuando se fragmentaban sobre mi lengua, y el tacto artificial de una alcancía de plástico negro con rebarbas en las junturas, que representaba la figura del <em>Zorro</em>, en la que inicié mis primeros ahorros cuando tenía cinco años. Puedo recordar con exactitud la primera vez que tuve conciencia de la <em>edad</em>, una tarde de domingo de 1980 en la que mi padre leía sentado en un sofá y yo jugaba en el suelo con bolitas de vidrio de colores y la casa estaba sorprendentemente silenciosa. Me acerqué a él.</p>
<p>-      ¿Qué leés, Papá?</p>
<p>-      Un libro – me respondió sin levantar la vista.</p>
<p>-      ¿Qué libro?</p>
<p>-      Se llama <em>Historias de Cronopios y de Famas</em>. No es para niños.</p>
<p>Él volvió a su lectura y yo pensé que los niños seríamos niños para siempre. No alcanzaba a abarcar el concepto de <em>siempre</em>, pero yo sería <em>siempre </em>niño, y Papá <em>siempre</em> sería Papá.</p>
<p>-      Papá, ¿vos cuántos años tenés? – pregunté. Yo sabía que tenía <em>siete</em>, y que Sofía tenía <em>cinco</em> y que Gabriel tenía <em>nueve</em> y Pablo solamente <em>dos</em>, por lo que esperaba un número significativamente mayor, por ejemplo <em>quince </em>o <em>diecinueve</em>. Mi padre se quitó los lentes de leer con la mano derecha y me miró por encima del libro. Sin saberlo, me reveló que los números eran mucho más de lo que yo podía intuir.</p>
<p>-      Tengo <em>treinta y siete</em>. &#8211; dijo, antes de volver a su lectura.</p>
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		<title>Capítulo Pi 02</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Aug 2009 13:06:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Avances de Álgebra Maldita]]></category>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>El café es casi un pedido de perdón por una mala noche más. Enciendo el primer cigarrillo del día mientras con una cucharilla confiscada de un vuelo de Iberia intento disolver demasiado azúcar. Son cuatro cucharadas colmadas. Las tres primeras las dejo caer en el centro exacto de la taza. La cuarta la sumerjo cargada, presionando por el centro el pequeño montón flotante, cuidando de no desbordar la taza. Por la ventana puedo ver como Barcelona se despereza. El barrio del Raval despierta a otro día de comercio, trapicheos y pequeños hurtos. Son calles angostas, y aún después de diez años de vivir aquí no me acostumbro a la antigüedad, a asomarme a la ventana y casi alcanzar con la mano la ropa tendida a secar de los vecinos de enfrente, a la actividad frenética de ecuatorianos, marroquíes y chinos que cada día se buscan la vida para aguantar un día más, a los turistas que pasean. Y sin embargo soy uno de ellos. Soy y no soy. Soy inmigrante, pero inmigrante blanco de ojos claros con papeles. Me cuesta integrarme, pero sin embargo vivo en una sociedad que acepta mucho más fácilmente a un argentino universitario que a un marroquí que vende alfombras. Y es raro, porque los ecuatorianos, marroquíes, chinos e inmigrantes venidos de todas partes que día a día se buscan la vida no me ven como a uno de ellos. Los catalanes y los españoles tampoco, aunque me aceptan más y mejor, porque no me ven como a un inmigrante. Yo soy necesario y aporto, pero no soy de aquí y nunca lo seré. Y entonces es cuando no sé bien cuál es mi papel ni qué estoy haciendo aquí. Es cuando me siento de ninguna parte y de todas un poco, cuando pienso que no puedo volver, que no sabría volver, que ya tampoco me siento de allá. ¿Cómo es que uno se diluye tanto en solo diez años? No son las respuestas, ni siquiera las preguntas. Es que el mundo parece estar en desorden, no encuentro nada donde se supone que debería estar. Desde que estoy aquí parece que tengo dos vidas. En una de ellas soy exitoso, trabajo, me gano bien la vida, disfruto del respeto de mis colegas y de la admiración de las personas que trabajan en mi equipo. En la otra giro como una tuerca con la rosca falseada, mi identidad es un misterio que no sé resolver del todo, y aquí no bastan las metodologías, la organización y la estructuración de los problemas. Esta otra vida comienza al anochecer, cuando salgo del trabajo y recorro las calles y bebo cervezas y fumo cigarrillos rubios y hablo con personas y no me acabo de entender con las personas y temo que se aproxime otra noche de insomnio y pienso en el pasado.</p>
<p>No sé cuál de las dos es real.</p>
<p>¿Lo son las dos?</p>
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		<pubDate>Fri, 28 Aug 2009 13:03:14 +0000</pubDate>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>03:14. Abro los ojos y la cifra es irónica. Los números rojos en el techo marcan las tres y catorce minutos de la mañana. Pienso que no fue (¿qué no <em>ha sido</em>?) buena idea comprar un despertador que proyecte en rojo la hora en el techo. Debería poder evitar saber la hora hasta diez, doce veces por noche. Y para colmo, la hora es <em>pi</em>, precisamente <em>pi</em>. Un pensamiento fugaz se me cruza en duermevela, quizás sean exactamente las 03:14:16. Sonrío semidormido. No sé cómo llegué a esto. No sé cómo alcancé los treinta y cinco años con un puñado de manías detestables, insomnio crónico, escepticismo agudo, y un cuadro completo de paranoias múltiples.</p>
<p>Quizás deba revisarlo, quizás deba hacer un repaso de la serie de hechos, accidentes, mezquindades propias y ajenas, coyunturas, verdades a medias y mentiras completas que me llevaron hasta aquí, ciento diez años y dos continentes después. ¿Podría evitar darle un enfoque matemático a mi historia? ¿Soy capaz de no deducir conclusiones de premisas, de no buscar para todo una relación <em>causa-efecto</em>? ¿Puedo no someterme a una visión axiomática del pasado?</p>
<p>Me levanto. Mis pasos son inseguros, y aunque detesto no poder dormir de noche, hay algo casi agradable en el funcionamiento semi aletargado de mi cerebro, como si la falta de sueño, de algún modo, pudiese aliviar la presencia de los fantasmas que habitan el presente. El sonido líquido y la fragancia amoníaca de mi propia orina me distrae, mientras lentamente comienzo a percibir que el suelo está verdaderamente frío. Vuelvo a la cama y algo en mí no para de dar vueltas. Los pensamientos son como gatos juguetones, van y vienen, me arañan por dentro con sus juegos, me lastiman sin saberlo.</p>
<p><span style="font-family:symbol;">p                             a                             g                              d</span></p>
<p>06:34. El techo se vuelve azul pálido. Amanece.</p>
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