Archivo categoría Pensamiento Científico
San Federico y las verdades absolutas del Dios de los ateos
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 18 julio, 2010
Una de las – en mi opinión, pocas – desventajas de ser tan profundamente ateo es la de perderse algunas celebraciones. Personalmente pienso que no compensa, porque a cambio de esas pocas celebraciones, normalmente, los religiosos tienen que poner sobre la mesa, para empezar, su alma – sea lo que sea que define el concepto –, y luego, si son coherentes en el ejercicio de su fe, obedecer una larga serie de restricciones y conductas ejemplares de las que me sé absolutamente incapaz, además de invertir una enorme cantidad de tiempo para asistir a rituales diversos, misas, rezos colectivos, sacrificios animales, hechizos nocturnos, cónclaves secretos, aquelarres prohibidos y un sinfín de actividades de diversa índole que varían según la potencial cólera fulminante del Dios de turno y su sentido del humor.
Y como además de ateo, me considero de extracción cientificista, no solamente niego la existencia de Dios (vale para cualquiera de sus nombres, cultos, religiones y apodos), sino también la de cualquier tipo de hechicería, la eficacia de los curanderos, los fenómenos paranormales, los milagros caseros, los productos de la teletienda, el pulpo Paul y los emplastos mágicos. Estas mismas convicciones me hacen dudar también del feng shui, la ventaja de orientar la cabecera de la cama según las estrellas, la influencia de las fases de la luna en el crecimiento del pelo, los collares antipulgas, los insecticidas por ultrasonido, los trucos de abuela contra la gripe y la eficacia demostrada de desayunar con semillas.
Los malos de entonces, los malos de ahora y los aprovechados de siempre
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 25 abril, 2010
El Siglo XXI nos trajo de todo. Nos trajo Avatar y Lost, a Larsson y su trilogía policial, a Benedicto XVI, Paris Hilton y una nueva versión de Diego Armando Maradona. Su generosidad no tiene límites. En tan solo diez años hemos tenido tsunamis, terremotos, huracanes y desastres naturales variados a gusto del consumidor, desde torrentes de barro destructivo hasta la más reciente nube de ceniza volcánica anti aeropuertos. Además, hemos salido favorecidos con los alimentos transgénicos, la gripe aviar, el resurgimiento de la piratería naval (de todos los otros posibles tipos de piratería ya estábamos bien servidos, gracias), el aumento del riesgo de melanoma a causa del sol y la repentina e intolerable insolencia de los adolescentes. Pero si hay un factor común entre la gente de mi edad, los de treintitantos, si existe una sensación generalizada, un acuerdo tácito absoluto, es acerca de que el mundo es un lugar seriamente peor de lo que era en nuestra infancia.
Y es que, cuando nosotros éramos chicos, allá por los años setenta y ochenta, las reglas del juego eran claras. Todos respetábamos a los mayores, el mundo era un sitio, en general, amable y poco peligroso, por el que a partir de los seis o siete años podías moverte con cierta fluidez, teniendo siempre presente el “no podés cruzar la calle sin mirar a los dos lados. Y de la avenida ni hablar, hasta los once por lo menos” de tu madre, y lo más importante de todo: Todo el mundo sabía reconocer a los malos. Los malos eran, invariablemente, gente que, o bien por honradez de malo (que en esa época existía), o bien por la torpeza inherente a la maldad de entonces, no tenían forma humana de disimular que eran malos. Ante la menor idea de cometer un acto maligno reían sonoramente, solazándose en la idea de su propia maldad. Invariablemente eran feos, con dientes podridos, ojos torcidos y mal aliento, y venían en dos variantes sociales: o eran extremadamente pobres, si eran malos de poca monta, o inmensamente ricos. Solían vestir de forma que demostrase claramente que eran malos, y era fácil para las madres, abuelas, maestras y demás fuerzas y agentes encargados de la bondad del mundo enseñar a sus protegidos a reconocerlos.
El juicio de los Jueces y el inmenso orgullo de su Papá
Por Aprendiz de Brujo - Acerca de las cosas pequeñas, Pensamiento Científico - 11 abril, 2010
Muchas veces pienso que algunas de las cosas que más nos hacen sufrir de niños se transforman luego en señas de identidad, en elementos constituyentes de nuestra personalidad, en las claves que nos hacen únicos. En mi caso, fui un niño muy tranquilo, que prefería leer a jugar a la pelota, y los juegos de naipes a los de contacto físico. Eso era raro para los demás niños, y durante toda la escuela primaria fue, para mí, razón de amargura infantil en muchas ocasiones. No pretendo sugerir que mi niñez fuese un calvario – nada más lejos de la realidad –, pero sí contar que, a raíz de tan extrañas y singulares preferencias, en los cumpleaños era de los últimos en ser elegido para cualquier juego de equipo que transcurriese en el plano físico, y era considerado raro en muchas ocasiones. Además, una facilidad natural para la lectura, la escritura y el lenguaje hablado me transformaron automáticamente en candidato a ser de los preferidos de las maestras, cosa que tampoco me sumaba puntos en la dura competición por ser el macho alfa de un grupo de niños de diez años, y me hacía también blanco favorito para burlas, insultos del más variado origen y significado y coscorrones rápidos en la fila del patio.
Solamente seis o siete años después de eso, cuando unos centímetros más de altura, el pelo largo, las boinas al estilo del Che y la plenitud de la adolescencia ya estaba instalada en mi vida, las mismas aficiones, los mismos gustos, la consecuencia inmediata de mis “rarezas” infantiles, me ayudaron a ganarme un espacio en el colegio secundario. Participé en política, trabajábamos haciendo una revista, no me iba del todo mal con las chicas, y hasta gané unas elecciones a delegado del consejo consultivo. Uno nunca sabe qué parte oscura de la personalidad puede esconder sus mejores armas.
El lado equivocado de la pasión
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 2 abril, 2010
Soy un apasionado de la pasión humana. Y valga la redundancia, me apasiona la pasión en sí misma, la fuerza emocional y de voluntad que las personas liberamos a causa de una pasión genuina. De todas las emociones que somos capaces de experimentar, es la pasión y no el amor la encargada de preservar la especie. Es un momento de pasión desesperada y no varios años de amarse en calma lo que engendra un hijo. La pasión es, sin lugar a dudas, una fuerza motora viva, un motivo primario, profundo e invencible. Fue la pasión la que llevó el hombre a la luna, la que nos hizo volar, la que inventó el cine y la que aprendió a fabricar tinta y papel para narrar la pasión propia y la ajena. Fue la pasión la causa última de la muerte de Romeo y Julieta, y fue también la causa raíz de la abolición de la esclavitud, de la legalización del matrimonio homosexual y del hallazgo del uso terapéutico de la penicilina. Sin pasión auténtica y profunda, no tendríamos Novena Sinfonía, ni Don Quijote de La Mancha, ni a Diego Armando Maradona, ni el Tango, ni la saga de Harry Potter. Sin pasión no existiría la poesía, ni el gospel, ni el carnaval, ni el puenting, ni la guerra de almohadas. No habría carreras ni cortejos ni danza ni juegos, ni siquiera ideas nobles que defender. Sin pasión no seríamos humanos.
Lo verdaderamente absurdo es que exista la Sandía
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 20 marzo, 2010
Conducía desde Madrid a Barcelona, y como cuento entre mis numerosos defectos el ser fumador, pero entre mis escasas virtudes la de no fumar en el coche, me detuve en un área de descanso cualquiera, para alterar mi sistema nervioso con un poco de cafeína en botella y unas cuantas bocanadas de cáncer potencial. Una familia consumía de cualquier manera comestibles y agua sentados en un murito de piedra. Bajé del coche, botella de medio litro de Coca-Cola en mano, y encendí mi cigarro, mientras me ponía a caminar sin ton ni son por delante del coche, fumando y alternando traguitos cortos de mi botella contaminante. Por alguna razón absurda, me dio pudor observar comer a toda una familia, que fingía no notar mi presencia, así que centré mi atención en el suelo, intentando pensar acerca de algunas opciones tecnológicas sobre el proyecto en el que estoy trabajando actualmente. Pero no pude. Me distrajo un patrón caótico y gigantesco de colillas de cigarrillos muertas sobre la frontera final del pavimento, justo donde la tierra comienza a mostrar las huellas de su existencia. Las había a cientos, si no miles. Algunas, evidentemente recientes. Otras, oscurecidas por la intemperie, con el filtro herido por un pisotón infame, restos de carmín de labios, rastros invisibles de ADN humano, alguna que otra hebra de tabaco rubio escapado a través de un papel de arroz rasgado con infortunio.
El Aprendiz de Brujo y el Arte de la Conversación
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 13 marzo, 2010
Muchos en mi círculo de relaciones personales más cercanas se atreven a señalarme como ligeramente maniático, o hasta definitivamente obsesivo compulsivo (ver post ¿Maniático yo?). Mi mujer, incluso, me acusa – injustamente – de ser como Sheldon Cooper. Sin embargo, y aunque a efectos de hacerlo constar frente al mundo en general y frente a mis amigos, familiares y conocidos en particular, niego rotundamente cualquier posible parecido con el protagonista de The Big Bang Theory, he de reconocer que, aunque en cantidad menor, algunos rasgos característicos sí que se dejan adivinar en mi personalidad. Ciertas manías excesivamente geométricas, algunos ligeros trastornos de índole alimenticia, una estética levemente freak, un prisma excesivamente científico para entender e interpretar el mundo, y una profunda pasión – que ya no me molesto en esconder – hacia Star Wars, Batman, Spiderman y demás exponentes de la ciencia ficción moderna y los cómics clásicos.
Pero seguramente en lo que más me parezco al simpático personaje ya mencionado, es en ostentar una intransigente, exagerada e imposible de ocultar intolerancia hacia los homo-habilis que muestran ciertos rasgos de falta de relieve emocional, baja profundidad en las relaciones humanas y proverbial falta de respeto hacia sus interlocutores.
Sobre la amistad, justo después de regresar
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 6 marzo, 2010
No sé si es la tan mentada madurez, o si se trata de las pequeñas traiciones, cada vez más frecuentes, del cuerpo maltratado, o simplemente de los primeros avisos tempraneros que nos envía la posibilidad, cada vez menos lejana, de morir algún día; pero lo cierto es que cada vez duermo menos. Aquél placer inconmensurable de acostarse a las siete de la mañana, con los músculos doloridos de tanto bailar, el estómago en un puño de tanto beber y los pies doloridos por el exceso de actividad, para dormir sin interrupción hasta las seis de la tarde, y que pensaba que ya no era posible a causa de la paternidad, resulta que no es posible porque me despierto con el día, cuando la luz rompe la noche, en secreto, al otro lado de la cortina pesada que intenta protegerme de todo un mundo ahí fuera.
Y el primer amanecer en México no fue una excepción.
A pesar de estar con el reloj mareado, los ritmos corporales alterados por nada menos que siete horas de diferencia y las emociones alborotadas por los encuentros, el primer sol del Caribe me encontró abriendo los ojos bajo un aplastamiento de cansancio, un hormigueo reptando por las piernas y la cabeza como si me hubiesen dado un mazazo. Llegué – el segundo de los tres amigos en pisar territorio Mexicano – la noche anterior, a medianoche. Me acosté tarde, biológicamente perjudicado por veinticuatro horas de transporte, y abrí los ojos sin piedad a las siete y quince minutos de la mañana, creyendo que estaba a punto de morir de cansancio.
Sobre la amistad, justo antes de partir
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 21 febrero, 2010
Ahora, en este preciso momento, estoy velando mis armas, en vísperas de vísperas de un nuevo viaje. Cada vez que se acerca el momento de abordar un vuelo transoceánico, un mecanismo engrasado y preciso se pone en movimiento, me retrata sigilosamente en un gesto de alerta involuntario, dibujando con mal pulso un silencio de negra en el pentagrama secreto donde escribo la banda sonora de mi vida.
Y no es que tema volar. Probablemente si sumo las horas que he pasado en aeropuertos y aviones, obtendría dos o tres meses de buena vida. No me produce el menor nerviosismo el hecho de sumar mis noventa kilogramos al espeluznante cóctel de más de trescientas cincuenta toneladas de metal, carne humana, combustible altamente inflamable y bandejitas con comida tibia que conforman un vuelo de pasajeros transcontinental. Simplemente altera la línea de tiempo de mi consciencia el compás de espera, las largas horas muertas, el murmullo dormido durante una docena de horas de los motores diciendo su letanía contaminante, los rostros desconocidos por doquier, la suma de pares de ojos que ocultan verdades y vergüenzas variadas, la pantomima de amabilidad y servicio degradadas a un espacio cúbico ínfimo. Y es que no puedo concebir una manera más efectiva de perder el tiempo.
Mi Furia
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 13 febrero, 2010
Mi furia está hecha de pedacitos de caparazón de bicho bolita. Puede cerrarse sobre sí misma para volverse impenetrable, ciega y sorda, o puede abrirse despacio y con cautela, exploradora, curiosa, lenta y precisa. Nos llevamos bien. Ella permite que yo la convoque a un sueño cómodo y letárgico cada vez que necesito cumplir con mis obligaciones, ver un noticiero o comprar regalos de navidad. Yo le permito que se asome por las noches, sigilosamente, haciendo trizas mi sueño con sus pequeñas tenazas de acero inoxidable. Ella no me deja dormir, mientras daña suavemente el edificio de verdades absolutas que oculto bajo mi cama. Primero desgasta un poco la democracia representativa, riéndose de la farsa indignante de trescientos cincuenta tipos disfrazados de guardianes de la libertad, que debaten sin intención de debatir, acuerdan sin intención de acordar, y se tapan unos a otros las vergüenzas después de repartirse las migas del banquete del Estado de Bienestar. Después destruye una parte de la sociedad occidental y cristiana, metiendo el dedo en la llaga de los fanatismos religiosos, cuando el muerto se ríe del degollado mientras los blancos, horrorizados durante las procesiones de semana santa, se flagelan unos a otros con látigos de papel, al mismo tiempo que, con la boca torcida, acusan de fanáticos a los moros, de caníbales a los negros y de ladrones a los gitanos.
El Paraíso de los Opinólogos y la especialización de los especialistas
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 24 enero, 2010
Siento nostalgia – aunque no lo llegué a conocer – de un mundo menos abstracto, en el que los seres humanos teníamos profesiones concretas. Cada pueblo tenía un herrero, un médico, un cura y, con suerte, un enterrador, un sastre y un maestro. Gente común que desempeñaba tareas comunes y necesarias. Sin embargo, la modernidad y la tecnología – de la que me confieso usuario, constructor y ferviente admirador – nos han ido regalando la terrible perversión del tiempo libre, un remanente enorme de horas que es preciso llenar de algo para no entrar en pánico. Lo que a simple vista debería ser algo para disfrutar y vivir, se ha transformado de alguna manera en el azote de la vida moderna: tenemos más miedo del aburrimiento que del cáncer de pulmón, el sida y la gripe A juntas.
Puede sonar un poco cínico, pero lo siento así. Millones de personas en el mundo no renuncian al hábito de fumar por miedo al cáncer de pulmón, ni usan sistemáticamente condones por temor a las enfermedades de transmisión sexual, pero la perspectiva de un fin de semana sin otra cosa que hacer que mirar el techo las llena de pavor. Desesperados, llamamos a amigos, conocidos y vecinos, si hace falta, con tal de tener un plan, algo que hacer, un lugar a donde ir en el que nos vendan un tramo de entretenimiento enlatado para nosotros especialmente.
La telebasura es el gran beneficiario del miedo, y también uno de los grandes empleadores de mano de obra ociosa a causa de la tecnología. Muchas personas que hace doscientos años no hubiesen sido ni líderes naturales, ni espirituales, ni especialmente respetados por su sabiduría, y por lo tanto hubiesen estado condenados a desempeñar oficios manuales y honrados, como limpiar pescado o herrar caballos o plantar naranjas, hoy han encontrado, por la perversa combinación de tecnología y miedo al aburrimiento, una nueva, generosamente remunerada y prestigiosa profesión: Opinólogos.
Los pequeños escondites de mi casa
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 17 enero, 2010
Mi casa está repleta de pequeños escondites invisibles, habitados silenciosamente por objetos inocentes, ignorantes de ser escondidos. Y es que las personas escondemos cosas constantemente. A veces, sin intención, protegiéndolas de nosotros mismos, del paso del tiempo y de los errores involuntarios de la memoria, y otras, directamente sin darnos cuenta. Escondemos cosas importantes, cosas que creemos que serán importantes y que al encontrarlas, años después, ni siquiera recordamos qué eran, y cosas insignificantes que ni siquiera pretendíamos esconder.
Mi casa está repleta de fantasmas ocultos, trampas del recuerdo que esperan, agazapadas, para aparecer cuando uno menos se lo espera. Un día cualquiera abrí una cajita de cartón en la que tengo cosas que siempre estoy por revisar, y encontré una vieja billetera en desuso, repleta de papelitos, entre los que aparecieron, sin piedad con mi nostalgia, un billete de un Real brasileño que me regaló mi hermano Sergio en 1991, un boleto de tren que en su día me debe haber llevado a algún lugar importante, pero no recuerdo dónde, ni por qué era importante, y un ticket de acceso al mirador de las torres gemelas en febrero del año 2000, entre otras cosas pequeñas, castigadas, que de golpe y sin previo aviso pueden cobrar un significado tremendo y brutal, o transformarse simplemente en basura pendiente de tirar.
Volver a la nada de los últimos veinte años
Por Aprendiz de Brujo - Pensamiento Científico - 6 enero, 2010
Serán los números redondos, será el cambio de década o simplemente la nostalgia tópica de los exiliados en época de fiestas, pero lo cierto es que me encuentro reflexivo, nostálgico y tanguero. Desde hace días suena en mi cabeza, en un concierto privado y silencioso, lento, eterno y soñador, con un ataque de bandoneones heridos de invierno, el tango “Volver”. Y es una tontería, porque más que en volver a alguna parte, pienso en los últimos veinte años, que según la genial pieza de Carlitos Gardel no son nada, pero irónicamente vuelven una y otra vez.
Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.






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