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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</title>
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	<description>blog de Federico Firpo Bodner</description>
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		<title>Declaración de Principios</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 12:05:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
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<p>Como resultado de la combinación letal de su mezquindad y sus pañales sucios, los primeros perjudicados son los lectores, y los segundos, los autores, entre los que me cuento. Actualmente, de un libro que llega al público con un precio de tapa de 20 €, el autor recibe entre 1,50 y 2 €, quitando a los <em>súper ventas</em>, que tienen por sí mismos fuerza suficiente para firmar otro tipo de contratos. Por si no bastara con eso, además, las editoriales liquidan las ventas con un margen de error que suele favorecerlas, y en el medio, los grandes distribuidores se quedan con diez de esos veinte euros. Mientras tanto, los lectores pagan un precio desorbitado por los libros.</p>
<p>Y como no podía ser de otra manera, de a poco surgen iniciativas que plantan cara a los de siempre. El mejor ejemplo – para mí – es la <em>Editorial Orsai</em>, proyecto de <em>Hernán Casciari </em>(recomiendo a todos que inviertan veinte minutos en ver el vídeo explicativo que encontrarán en <a href="http://www.editorialorsai.com" target="_blank">http://www.editorialorsai.com</a>).</p>
<p><span id="more-1201"></span>En medio de este maremágnum, yo, como autor que intenta abrirse paso en un mundo feroz, miraba con cariño estas iniciativas, pero pensaba que no era el momento para mí. Pensaba que, siendo un autor casi desconocido – y digo casi porque son casi dos mil las personas que me leen habitualmente –, si regalaba mi obra me estaba auto condenando a no poder vivir nunca de ella.</p>
<p>Sin embargo, tras mucho reflexionar, me di cuenta de dos cosas fundamentales. La primera es que la Industria Editorial es mucho más que mezquina, ya que obliga a pagar por algo que desconocemos totalmente, y una vez que lo conocemos, nadie nos devolverá el dinero si no nos gustó un libro. La segunda es que, personalmente, estaba errando el concepto y el camino. El camino porque quería hacerme lo suficientemente conocido como para poder vender bien mis libros <em>antes</em> de permitir la descarga digital gratuita. Y el concepto porque creía que permitir esa descarga era <em>regalar</em> mi material.</p>
<p>Yo trabajo mucho y muy duro para escribir. Quisiera poder vivir de eso algún día, y por lo tanto, no estoy dispuesto a regalarlo. Sin embargo, me parece justo que la gente pueda leerlo antes de pagar por él. Por eso, decidí colgar todos mis libros para descarga digital gratuita, pidiendo a los lectores que respeten un pacto sagrado autor-lector antes de la descarga. El pacto consiste en lo siguiente:</p>
<ul>
<li>Quienes no disfruten de la lectura de mis libros, no me deberán absolutamente nada.</li>
<li>A quienes les gusten mis libros, les pido como contribución que me ayuden a difundirlos, que los compartan, que los envíen a sus amigos, que los recomienden.</li>
<li>A quienes les gusten mucho, pero mucho, les sugiero entonces que se acerquen a mi blog y hagan una donación de dinero a través de <em>PayPal</em>. Piensen que, si mis libros estuviesen publicados por una gran editorial, entonces difícilmente recibiría dos euros por ejemplar vendido, así que ninguna donación es poco. La donación puede hacerse desde <a href="http://aprendizdebrujo.net/donacion/">http://aprendizdebrujo.net/donacion/</a></li>
<li>A quienes les gusten muchísimo mis libros, les sugiero la compra de un ejemplar en papel, que puede además estar firmado. La compra de ejemplares en formato papel puede hacerse desde <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/">http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/</a></li>
</ul>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me parece un trato justo, y como en todos los tratos, hay que empezar por hacer un gesto, extender una mano, tender un puente. Por eso, a partir de hoy, mis libros están disponibles gratuitamente en formato digital, en <a href="http://aprendizdebrujo.net/descargas/">http://aprendizdebrujo.net/descargas/</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><em>Muchas gracias a todos los lectores por suscribir este acuerdo, por entender y por apoyarme.</em></p>
<p align="right"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p align="right"><em>Barcelona, 12 de enero de 2012.</em></p>
<p align="right"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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</ol></p>]]></content:encoded>
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		<title>2012: Ensayo sobre el fin del mundo</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Dec 2011 10:47:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[fantasía]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Por supuesto, no pasó nada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tan solo una década y migas después, se acerca el temido 2012. Amén de las archiconocidas profecías Mayas sobre el fin de su calendario – archiconocidas de <em>nombre</em>, porque pocos de sus <em>archiconocedores</em> las conocen realmente – existen bastantes numerologías de diversos orígenes que intentan aludir a la verdadera ciencia para fundamentar sus razones matemáticas, astrológicas y físicas, profetizando un <em>cambio de ciclo</em>, una posible destrucción de especies, la muerte del mundo tal y como lo conocemos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1193"></span>Personalmente, doy un crédito menor que cero a todas – absolutamente todas – las predicciones de estos profetas de la catástrofe, y me inclino a creer que es especialmente redituable alimentar la ignorancia humana: a la gente le encanta comprar libros sobre el fin del mundo, sentirse <em>informada</em>, comentar con sus amigos en las reuniones sociales tal o cual secreto de los chamanes, de los brujos de la tribu y las formidables coincidencias matemáticas que hacen del 2012 un año tan especial. Entretanto, los predicadores a sueldo del nuevo apocalipsis se llenan los bolsillos, y no se molestarán en devolver el dinero el primero de enero de 2013, cuando sus profecías huecas caigan por su propio peso.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Sin embargo, no puedo evitar recordar que, pisándole los talones a la cuarentena, hace tiempo ya que decidí intentar ser más abierto de mente, y a pesar de todo, me parece interesante detenerse un segundo a pensar en esa posibilidad:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>¿Y si estuviese a punto de llegar el fin del mundo?</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>En primer lugar, la enorme soberbia de la especie humana, solamente comparable a su infinita incompetencia, se ha empeñado durante miles de años en asociar su desaparición con el fin del mundo. Nada más falso. Los dinosaurios se extinguieron, sí, pero la Tierra sobrevivió tan campante. No estoy tan seguro de que la destrucción de los humanos sea lo peor que le puede pasar al planeta, más bien lo contrario. Pero de lo que sí estoy seguro, es de que si finalmente conseguimos aquello en lo que tanto nos empeñamos: desertizar la tierra por deforestación, envenenar definitivamente los ríos, desequilibrar los ecosistemas y demás perlas que tan rentables resultan a unos pocos, entonces los humanos desapareceremos de la faz de la Tierra, y lentamente, dentro de un millón de años, o dos, o cien, otra forma de vida tendrá su oportunidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No somos capaces de destruir el planeta. Solamente conseguiremos hacerlo inhabitable durante el tiempo suficiente para extinguirnos, nada más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En segundo lugar, tenemos por delante una excelente oportunidad para pensar en voz alta si nos merecemos o no ese final con el aire envenenado.</p>
<p>Hoy, la Tierra es un planeta repleto de individuos encantadores. Vistos uno por uno, a corta distancia, la inmensa mayoría de los seres humanos tiene rasgos entrañables, un perrito tierno al que sacarle fotos, un amor conmovedor por los suyos, ganas de vivir, alguna que otra idea noble y media docena de convicciones profundas que, erradas o no, solamente persiguen el bien común.</p>
<p>Sin embargo, al alejar la cámara, cuando los rostros de los individuos pierden definición y lo que se ve es una multitud, entonces los seres humanos nos volvemos ignorantes, intolerantes, temerosos, xenófobos, embrutecidos, pendencieros, beligerantes, egoístas y salvajes. Toda la bondad y la poca o mucha sabiduría de los individuos se diluye por completo en las masas. Sólo sabemos compartir lo negativo. Somos una especie capaz de unirse solamente por obligación o por odio. Nos uniremos para la guerra, para evitar que los del país vecino vengan a vivir a nuestro país, para imponer nuestra religión y moral a los otros, pero jamás para compartir, para recibir a los demás en nuestra casa, para hacer del mundo un lugar mejor.</p>
<p>Somos los responsables de dos guerras mundiales.</p>
<p>Somos los inventores de las bombas de hidrógeno.</p>
<p>Somos los creadores de las leyes de mercado.</p>
<p>Somos los culpables de la pobreza.</p>
<p>Somos la causa directa de la desaparición de cientos de miles de especies.</p>
<p>Somos los únicos, en este planeta, que hemos matado en nombre de Dios, de la Ley o del Rey.</p>
<p>Somos los únicos capaces de matar por razones diferentes a la estricta supervivencia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero antes de condenar a la especie humana, volvamos a manipular la cámara, y enfoquemos otra vez hasta donde se distinguen los rostros, hasta donde se escuchan las voces, hasta donde estamos al alcance de los abrazos.</p>
<p>Entonces la nitidez nos descubre el otro rostro de los seres humanos, el de las personas que inventaron la música y descubrieron el uso de la penicilina, el de los pintores, actores, médicos y astronautas, el de los que soñaron con volar como pájaros y lo consiguieron, el de quienes desearon nadar como peces, y lo consiguieron. Miremos a la cara tantos rostros, escuchemos tantas voces de los que desearon contar historias, bailar para deleite de los demás, liberar a la piedra de sus demonios esculpidos.</p>
<p>Y sí.</p>
<p>Somos los creadores de gran parte de las cosas bellas de este mundo.</p>
<p>Somos los que aprendieron a escuchar, a mirar con otros ojos y a contar cuentos.</p>
<p>Somos también los que supieron hacer de los animales algunos de los mejores compañeros.</p>
<p>Somos quienes disfrutan con el aire limpio.</p>
<p>Somos dos adolescentes con el corazón golpeando fuerte, mientras caminan de la mano en una ciudad cualquiera, intentando adivinar como mirarse a los ojos sin morir de vergüenza.</p>
<p>Somos los que, según decimos, queremos un mundo mejor para los niños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No puedo evitar sentirme desorientado en medio de tanta contradicción, no puedo evitar que mi piel y mi sangre llame a la vida de los individuos y a la condenación de las masas. No puedo evitar sentirme lleno de rabia, a la vez que conmovido y desbordado de amor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces recuerdo la pregunta: ¿Nos merecemos nuestro final, como especie?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por suerte, recuerdo también mi promesa de intentar ser menos categórico, más amplio de miras, menos convencido acerca de mí mismo y mas dispuesto a escuchar a los otros. Y más pronto que tarde, comprendo que no soy capaz de encontrar la respuesta. Es demasiada responsabilidad, y la pregunta tiene demasiadas aristas, es demasiado filosa, amante y traicionera, espada y capa a la vez.</p>
<p>Quizás la respuesta sea sencillamente esa. Me quedo con esa idea: Aún no hemos hecho méritos suficientes para merecer indiscutiblemente la extinción, pero es muy probable que sea el momento de entonar un profundo <em>mea culpa</em>, de pensar de nuevo las razones de todo lo que hacemos, y de pedir, de implorar con humildad, a quienes comparten el planeta con nosotros, 2012 años de prórroga, para tener tiempo de demostrar que, por fin, aprendimos algo.</p>
<p>Y si no, el fin del mundo será en el año 4024.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz 2012, y gracias una vez más por haberme acompañado otro año.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em></em><em>Barcelona, 26 de diciembre de 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner.</em></p>
<p style="text-align: right;"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Se acerca el invierno</title>
		<link>http://aprendizdebrujo.net/2011/12/17/se-acerca-el-invierno/</link>
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		<pubDate>Sat, 17 Dec 2011 10:50:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Para los seguidores de la saga <em>Game of Thrones</em>, la frase <em>“Se acerca el invierno”</em> estará repleta de significados. Para los demás, probablemente resultará poco más que una obviedad del hemisferio norte. De alguna manera lo es, pero así como en la ya mentada saga, la frase alude simbólicamente a las desgracias que se ciernen sobre el reino, en la vieja Europa pasa algo parecido. No es simbólico. Se acerca el invierno en muchos sentidos.</p>
<p>En España en particular, el nuevo gobierno <em>conservador</em> – ojalá fuese conservador, es mucho, pero mucho más que eso – aún antes de asumir ya está imponiendo su intolerancia política en el Congreso de los Diputados, impidiendo que la Izquierda Abertzale – tampoco santo de mi devoción, por cierto – tenga, como ha conseguido en las urnas, grupo propio en el hemiciclo. Y no solo impondrán su intolerancia, sino un absurdo credo absolutista según el cual, aparentemente, el discutiblemente legítimo derecho a gobernar proporciona, adicionalmente, la prerrogativa de decidir por todos lo que está bien y lo que está mal.</p>
<p><span id="more-1190"></span>Es una simple anécdota, de las que, estoy seguro, cuatro y probablemente ocho años de gobierno de extrema derecha nos proporcionarán a miles, lamentablemente.</p>
<p>Lo que no es una anécdota es que la sociedad moderna parece evolucionar en contra de los paradigmas que se proclaman como verdades. Mientras los Paladines de la Democracia anuncian a los cuatro vientos su pluralidad, cada vez es menos posible la diversidad de ideas. Después de cuarenta años de exigir que los independentistas Vascos renuncien a las armas y hagan política en el marco de su amada <em>democracia</em>, cuando por fin lo hacen son vergonzosamente traicionados, les cambian las reglas del juego y los intentan dejar fuera del pastel. Los que se dicen más demócratas se rasgan las vestiduras porque una parte de la sociedad vasca – que evidentemente no les gusta, pero que indiscutiblemente existe y es numerosa – tiene representación parlamentaria.</p>
<p>El mismo tipo de artificio puede reconocerse en casi todas las democracias occidentales, donde por fuerza estamos reducidos ideológicamente a estar a favor o en contra, conmigo o contra mí, a querer más a mamá o a papá. Se espera de nosotros que optemos por una de las opciones existentes, pero en ningún caso que creemos opciones nuevas.</p>
<p>A pesar de las diferencias teóricas, las fuerzas políticas <em>aceptables</em> para los demócratas occidentales se homogenizan a una velocidad alarmante, y esa igualación ostenta el espíritu del temor de los poderosos a perder su poder: condena la pluralidad y la diferencia, denostando cualquier forma de pensamiento que difiera un ápice de lo que está escrito en los libros que ellos mismos han redactado.</p>
<p>Solamente han cambiado los instrumentos. La telebasura ha reemplazado a la Santa Madre Iglesia en la labor de adoctrinamiento de los corderos, y la opinión pública al Santo Oficio en el arduo menester de perseguir, humillar, reprimir y castigar la diferencia. De la misma manera, nuevos valores occidentales reemplazan los ancestrales. La deshonestidad y el dinero sobre el honor, la estupidez sobre la ilustración, la igualación al nivel más bajo sobre la singularidad y la violencia sobre la valentía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y no sucede solamente en política.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El invierno se acerca también en los valores sociales, y en la cultura. Como padre, asisto horrorizado al deplorable y continuo espectáculo televisivo, mientras los Paladines de la Democracia se disputan a dentelladas el derecho a adoctrinar que da el control de la educación, y se ocupan de regular el lenguaje adulto, fomentan sin pudor el culto a la imbecilidad, la pobreza de espíritu, y la chatura de conceptos. <em>Tom &amp; Jerry</em> o <em>La Pantera Rosa </em>ya no son bien vistos, por el exceso de violencia de sus argumentos. En cambio ocupan su lugar en la pequeña pantalla decenas de personajes deplorables, como <em>Bob Esponja</em>, orgullosos portaestandartes de su propia idiotez, que no conformes con degradar el valor de la inteligencia y el conocimiento, destrozan también, cuidadosamente, los conceptos de amistad, trabajo, honradez y, por supuesto, rebeldía bien entendida.</p>
<p>Mientras tanto, la maquinaria legislativa de los vencedores, puesta al servicio de la <em>Libertad</em>, la retrata, ridiculizándola, reduciéndola al mínimo común denominador, según el cual solamente somos libres si podemos hablar por teléfono móvil en la cima de una montaña, aunque no podamos cancelar el contrato con la compañía telefónica.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Se acerca el invierno.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se acerca el invierno porque nunca antes los poderosos tuvieron tan bien aceitados los mecanismos que los perpetúan en el poder. A lo largo de los siglos, han conseguido cambiar el origen teórico de su poder, que provenía de Dios cuando eran Reyes y Nobles, a la soberanía popular, ahora que se fundamenta en los votos. Nos han convencido de que la diferencia es sustancial, pero yo creo que no es más que el cuento de hadas que la mayoría de nosotros necesita comprar para creer en un futuro mejor. Simplemente cambian los roles, los instrumentos y los argumentos, para servir a un único fin: mantener la casta de poderosos que manda, que permanece impune, que se enriquece con el trabajo de todos, y que, continuamente, sigue decidiendo por los demás lo que está bien y lo que está mal.</p>
<p>Se acerca el invierno porque, como sociedad, como conjunto, nos hemos envilecido. Somos más vagos, más cómodos, y hemos abrazado la mercadotecnia como una religión absoluta. Los cruzados estaban dispuestos a morir por Dios, mientras nosotros estamos dispuestos a vivir para el nuevo Dios moderno, que necesita pilas, electrónica y yogures envasados, amortizaciones, intereses sobre saldo y préstamos prendarios. Es un Dios difuso, que a veces se viste de neón naranja y otras se oculta entre papeles timbrados que dan fe, pero al final es tan incomprensible, arbitrario y caprichoso como el otro. La diferencia es la sinceridad: mientras el primero quería que los hombres muriésemos en su nombre, por orgullo, el segundo quiere que los mortales vivamos en su nombre, para calmar su codicia.</p>
<p>Se acerca el invierno porque la inocencia de los niños dura cada vez menos, porque la obscenidad pública de los poderosos es cada vez más ostentosa, porque la estupidez continúa a lo alto de las listas de los más vendidos. Se acerca el invierno porque ya los empresarios son venerados a su muerte como inventores o creadores, y porque el cinismo público alcanza niveles que lo hacen invisible a los ojos. Se acerca el invierno porque las ideas ya no son un valor en activo, sino un entretenimiento de majaderos, y porque un deportista tiene más prestigio social que un pensador o que un médico, y a todos nos parece normal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Sencillamente, se acerca el invierno.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Personalmente, no creo que sea del todo malo. Por muy largos que sean los inviernos, por muy duros que sean, por muchos muertos que siembren en sus nevadas inclementes, al final siempre nos espera una primavera. Solamente espero que este invierno sea como la caída de Roma en poder de los Turcos Otomanos, como el fin del Feudalismo o como la derrota de Napoleón: el apogeo de la vileza de una sociedad, y la catástrofe que la lleva a reinventarse a sí misma.</p>
<p>Lo he dicho antes y lo repito. No tengo ninguna duda: hay esperanza. Puedo verla en los ojos de mis hijos, puedo sentirla bajo mis dedos cuando escribo, puedo adivinarla en el hartazgo contagioso de unos pocos, que empieza a sonar como <em>tam-tams</em> guerreros, bajito, al final de la noche, augurando un nuevo día que tal vez – sólo tal vez – anuncie la llegada de la primavera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Diciembre sin sol</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Dec 2011 10:30:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No es nuevo para nadie que la Argentina arrastra un caos congénito y vital, una herencia maldita y poderosa a la vez, que la hace única. Y esa herencia, esa marca indeleble, ese <em>no se qué</em> distintivo del que nos enorgullecemos los argentinos y del que, muchas veces, recelan los demás, no está hecho de sus llanuras interminables, ni de las Cataratas del Iguazú. No se puede encontrar en la cima del <em>Aconcagua</em>, ni en la rompiente del glaciar Perito Moreno. No es de hierba ni de tierra, no es de cuero ni de sangre, no es el viento <em>pampero</em> que arrecia, ni la <em>sudestada</em> infame que anega de mierda líquida los barrios pobres.</p>
<p>Ese <em>plus</em>, ese algo intangible y esquivo, puede encontrarse en los ojos de la gente, en las manos, en los abrazos, en los silencios, en los encuentros y, sobre todo, en las ausencias. Se puede encontrar en las miradas de las Madres de Plaza de Mayo, en las voces que aún resuenan de treinta mil almas truncadas por la infamia, pero también en la sonrisa y los dedos blanquecinos de harina del que te vende el pan, en el abrazo tembloroso de cualquier reencuentro entre amigos de verdad, en los cuerpos que se entrechocan en el caos urbanita de la calle <em>Florida</em>, en la mirada profunda con que cualquier <em>ex profesor</em> reconoce a cualquier <em>ex alumno</em>, en todos y cada uno de los domingos por la tarde, viendo fútbol en un bar cualquiera.</p>
<p><span id="more-1184"></span>La Argentina es un país de personas de carne y hueso, de rostros y voces, de piel y tacto. Es un país con demasiados muertos enterrados, pero también con muchas ganas de vivir. Es un país de gente que te mira a los ojos, hombres y mujeres que pueden y saben escuchar cuando les hablan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero, sobre todo, la Argentina es un país donde diciembre trae, indefectiblemente,  treinta y un días de sol.</p>
<p>Treinta y un días de cielos líquidos, limpios, salpicados de nubes que lo dibujan de celeste y blanco.</p>
<p>Treinta y un días de sofoco, de calores tórridos que aplastan Buenos Aires con furia, pero invitando a los porteños a desnudarse el torso, a reconocer en propia piel el sudor, a saber del otro en carne propia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y no es trivial. Supersticiosos o no, religiosos o no, practicantes de rituales que creíamos piadosos, y que están hoy prostituidos por la voracidad infame de la industria, o no, lo cierto es que no podemos – no puedo – evitar hacer balances en diciembre, pensar la vida, pensar el año que se va y el que viene, los pocos aciertos y los muchos errores, los días de tu vida que pasan, empaquetados de a trescientos sesenta y cinco, mientras lo único que aparentemente cambia es la altura de los hijos, lo incisivo de sus preguntas, el tamaño de sus manos ya no tan pequeñas, lo redondo de sus ojitos asombrados, cada vez más redondos, cada vez más asombrados.</p>
<p>Entonces me siento en mi balcón, desde donde las montañas presiden la llegada del invierno a una tierra hermosa, pero con la memoria histórica repleta de malos recuerdos, las manos enchastradas hasta los codos de sangre derramada en nombre de Dios, o en nombre del oro necesario para pagar las guerras de Dios, que viene a ser lo mismo; y enciendo uno más de tantos cigarrillos, con los dedos congelados, con el rostro que se vuelve de cristal bajo el arañazo infame y traidor de las uñas filosas de un viento helado, y contemplo los cielos encapotados de mi diciembre particular.</p>
<p>Bajo mi techo, es verdad, no falta sopa. No falta ni sopa ni amor. Pero es amargo reconocer en voz alta que me siento agradecido por tener lo que me he ganado con justicia. La sopa está tinta en sangre de una España que hoy tiene la cabeza gacha, derrotada en Europa por la consecuencia infame de su carácter latino, y en las urnas por la pereza de algunos, la cobardía de otros y el fascismo de unos cuantos. La sopa reconforta por su calor, pero tiene el sabor metálico de muchos otros platos vacíos. Mientras tanto, el amor es siempre un regalo, pero también un premio merecido a una vida vivida con honradez.</p>
<p>Mi diciembre particular trae, este año, por primera vez en los últimos once, miedo ambiental.</p>
<p>Miedo porque una vez más, la intolerancia se abandera de votos que, aunque insuficientes, le dan derecho a gobernar con la voz autoritaria de algunos, sobre el silencio de todos los demás.</p>
<p>Miedo porque la promesa del primer mundo que hace ya más de una década me trajo a estas tierras se desmorona, se despedaza, embarullada en medio de un terremoto en cámara lenta, mientras la gente pierde lo que queda del bienestar que el estado repartía cuando sobraba pan y no alcanzaban las manos para llenarse los bolsillos, y los de siempre caen de pie, y también los de siempre – los otros de siempre – sufren la falta de esperanza.</p>
<p>Miedo porque todas las mañanas me pregunto cual será la mala noticia del día.</p>
<p>Miedo porque, a pesar de todo, la anestesia social sigue en el <em>top ten</em> en la lista de los más vendidos, y hacemos entonces gala de una extrema pasividad para aceptar la desgracia y la derrota.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No puedo evitar, a pesar de ser este un otoño suave y soleado, ver mi diciembre repleto de cielos oscuros, un horizonte de nubes negras, y mucha, mucha melancolía.</p>
<p>Tampoco puedo, ni quiero evitar, el recuerdo transparente de los diciembres argentinos, con su luz particular, con su brillo. Eran otros tiempos y otras voces, pero a pesar de que también en Argentina, en su día, el balance del año que se iba era negro, a pesar de tener también la memoria manchada de sangre, a pesar de que, sin lugar a dudas, la falta de pan alrededor fue siempre allá mucho más grave, es imposible sustraerse al encanto tórrido de los cielos de diciembre, a las noches azul marino alfombradas de gargantas entonando fiesta, los pasos de pies al descubierto bailando una danza narcótica que espante los fantasmas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo que quiero decir, lo que quería decir antes de enredarme en la retórica de siempre, es que la fortuna y la memoria suelen conjurarse para mal de muchos, de este y de aquél lado del océano. Todos tenemos manchas en el expediente, y las vacas gordas se mudan de barrio cada vez que a un montón de ladrones con corbata y <em>carnet </em>les da la gana. Pero cuando llega el momento de echar cuentas, cuando la vida te sugiere una de esas pausas arbitrarias que el tiempo marca en un calendario para pensar, no es lo mismo un diciembre frío y lluvioso que un verano incipiente que te sugiere que desbordes las pasiones.</p>
<p>No es igual enfrentarte a otro año que promete ser miserable cuando estás refugiado en tu casa, comiendo algo caliente y compartiendo tu esperanza en familia, que hacerlo volcado en la calle, en una romería de vino, amigos y música gritada a las estrellas.</p>
<p>Se acaba el año, y no puedo ni quiero renunciar a la nostalgia de los diciembres soleados, de las voces recibiendo el año nuevo a grito pelado bajo un cielo interminable y generoso, danzando danzas guerreras con mucha piel al descubierto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No es, ni será nunca, ni remotamente parecido, enfrentarse al comienzo de un año difícil tapado con una manta hasta los ojos, o saltando sin camiseta, empapado de sudor, rodeado de piel y brazos y manos y labios y ojos. No es lo mismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por suerte para mí, en las manos de mi mujer y en los ojos redondos y grandotes de mis hijos, aún soy capaz de adivinar el celeste y blanco infinito de los cielos soleados de mi diciembre más auténtico. Y aunque las cosas pinten negras en esta España castigada, no renuncio a creer que, entre todos, podemos convocar un rayito de sol, pálido y genuino, para que ilumine este diciembre negro.</p>
<p>La realidad, la verdad y la crisis no son más que un punto de vista. Hay otros. Solamente hay que aprender a verlos, solamente hay que aprender a permitir que el rayo de sol convocado entre todos aporte una luz distinta, que nos permita imaginar, en la piel y en la sangre, que otro diciembre es posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Siete mentiras capitales</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Nov 2011 10:02:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Y, por supuesto, no necesito documentación histórica ni ninguna clase de sortilegio de memoria para revivir en la piel esa jornada previa, sus días anteriores, la campaña electoral, la euforia de la gente. No necesito que nadie me recuerde el olor dulce de la esperanza, que volvía a flotar en el aire.</p>
<p>Solamente veintiocho años después, por primera vez en mi vida, no siento ninguna esperanza, pero tampoco expectativas. Ni siquiera curiosidad. Solamente consigo experimentar miedo y frustración. Ahora que la democracia es, por fin, indiscutible, es cuando menos calidad tiene, menos espíritu participativo y menos verdad en el alma. La sociedad occidental de hoy está basada en siete mentiras capitales.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><span id="more-1181"></span>I. La democracia</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La democracia hoy no es más que un juego perverso, en el que el que no quiere jugar también juega, y al final ganan siempre los mismos. Es un entramado regulatorio, leguleyo y tramposo, que lo único que certifica y salvaguarda es el poder perpetuo para la clase política, para los empresarios oscuros que la financian y para poderosos sin nombre ni rostro. El mantra de ser acusado de <em>antidemocrático</em> tiene tal fuerza pública que nadie se anima a decir en voz alta, seriamente, que es un modelo caduco y que debe ser reemplazada por otra cosa. Mientras tanto, las opciones diferentes no tienen representación, y la voz de muchos se queda sin expresión.</p>
<p>La perversidad de la democracia es tal, que permite a los vencedores usufructuar un supuesto mandato popular que no es tal. Los candidatos no se molestan en explicar su programa, si no más bien se esfuerzan en blandir miedos y en exorcizar fantasmas en voz alta, para luego atribuirse el derecho de decidir por la mayoría.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>II. Cambiar el sistema desde dentro</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los resortes del sistema democrático están tan engrasados, que la primera acusación que se enrostra a los rebeldes, a los que verdaderamente intentan hacer algo diferente, es la de <em>antisistema</em>. Los medios de comunicación enarbolan esa bandera, y suena como si fueran verdaderas amenazas. Los políticos, interrogados sobre los <em>antisistema</em>, los invitan gentilmente a <em>Cambiar el sistema desde dentro</em>. Y lo hacen porque saben, porque han vivido en carne propia, que el proceso, el largo camino desde que una persona se hace militante de un partido, hasta que se transforma en dirigente, corrompe. Cualquiera que intente <em>cambiar el sistema desde dentro</em> será devorado por la codicia inherente al ser humano, por sus propias debilidades, y por una clase política infestada de buitres, de carroña y de culpables que se tapan las vergüenzas entre ellos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>III. La soberanía</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Otro de los conceptos-fuerza de los Paladines de la Democracia es la Soberanía. Un concepto casi tan viejo como el de Estado, pero muchísimo más pervertido por manoseos corruptos y tratos sobre ella a espaldas de quienes la ejercen, o al menos deberían ejercerla. La clase política del mundo occidental, entera y sin excepciones, ha depositado la soberanía de los Estados a plazo fijo en manos de la banca. Nos han hecho rehenes de la banca a todos los ciudadanos, y se niegan a reconocerlo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>IV. La libertad</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nos la han prometido. La han vendido barata, regalado en bolsitas sorpresa después de las fiestas patrias, ofertado a voz en cuello en los mercados. Nos han querido hacer creer que es necesario regularla, porque <em>nuestra libertad comienza donde termina la de los demás</em>. La han legislado tanto, la han maniatado tanto, que ya no es reconocible. Y no lo es porque, desde el principio de los tiempos, quienes legislan y regulan se niegan a reconocer la naturaleza humana.</p>
<p>Cada día somos menos libres, porque la ley, en lugar de buscar asegurar la libertad de todos, en lugar de ampliarla, la está reduciendo al mínimo común denominador: somos totalmente libres de no hacer nunca nada, ni la más mínima cosa que pueda importunar a alguien en alguna parte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>V. Los mercados</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con la crisis y demás eurobasura, se pusieron de moda <em>Los Mercados</em>. Resulta que tenemos que hacer una serie de sacrificios para contentar a <em>Los Mercados</em>. Tenemos que renunciar a derechos sociales, a prestaciones públicas, rebajar la calidad de la enseñanza de nuestros hijos, minar la salud pública y permitir que sea más fácil despedirnos. Todo para no enfadar a <em>Los Mercados</em>, que aparentemente son un ente anónimo imposible de controlar.</p>
<p>Los famosos <em>Mercados</em> son una banda de especuladores inescrupulosos con nombre y apellido, cuyo único objetivo es ganar más dinero a costa de los demás, y que son los tenedores de la inmensa deuda de los Estados, que sometidos a su voluntad, y avergonzados, no queriendo reconocer públicamente la debacle financiera a la que nos ha llevado la clase política, no tienen más opción que ceder a las exigencias de la peor carroña del panorama político y económico mundial.</p>
<p>No hay voluntad política ni cojones para pararles los pies, pero no es verdad que en la práctica estemos tan sometidos a ellos como quieren hacernos creer. Si por una sola vez, en lugar de cambiarnos las reglas del juego a nosotros, se las cambiasen a ellos, entonces veríamos si son tan <em>Mercados</em> y tan <em>Libres</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>VI. La educación</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Otro de los caballitos de batalla de la democracia es, y siempre ha sido, la educación. No hace falta más que observar, en España, cómo la Administración del Estado y las Comunidades Autónomas batallan con absoluta deslealtad, desvergüenza y ferocidad por el control de la educación pública; para darse cuenta de que las escuelas ya no están para educar, ni para aglutinar, ni para intentar eliminar las diferencias de clase social.</p>
<p>Hoy, al menos en España, las escuelas no son más que usinas de adoctrinamiento. Fábricas de futuros adultos que no protesten, que repitan como loros una lección aprendida sin razones, marcada y grabada para siempre con un cincel de miedo abstracto, profundamente arraigado.</p>
<p>Las escuelas ya no enseñan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>VII. La información</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y por último, pero no menos importante, la prensa. La información dejó de existir hace tiempo. No existe ni un solo medio de comunicación, ni de derecha, ni de izquierda, ni de grandes monopolios, ni de pequeños emprendimientos, que informe.</p>
<p>Es imposible encontrar en la prensa un artículo que se limite a narrar los hechos objetivos y contrastables. Ni en política, ni en economía, ni en sociedad. Ni siquiera en deportes.</p>
<p>De la información televisada directamente me niego a hablar, superado por el asco.</p>
<p>La información ha muerto, asesinada por la opinión.</p>
<p>Y la opinión, lamentablemente, ya no pertenece a los individuos que la emiten, sino a los orgullosos y felices propietarios del cadáver contaminado y podrido de la información.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El futuro</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero no todo es tan apocalíptico ni tan terrible. Quizás lo es para nosotros y para nuestros hijos y nietos, pero en términos históricos no creo que lo sea. Al igual que el Imperio Romano, la Democracia Representativa parece estar alcanzando su nivel máximo de corrupción y vileza, y por lo tanto, estar acercándose a su triste final. Serán veinte años, serán cincuenta o serán cien, pero poco falta para certificar que esta pantomima, esta farsa occidental y cristiana, está definitivamente muerta.</p>
<p>Y entonces, tal vez, sólo tal vez, la humanidad sea capaz de reconocer sus errores de una vez por todas; de parir, con esfuerzo y con dolor, un sistema de organización común que sea equitativo y justo, en el que no pierdan siempre los mismos.</p>
<p>Ojalá.</p>
<p>De nosotros depende.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La fragilidad de los sueños</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Nov 2011 10:14:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
		<category><![CDATA[cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[filosofía]]></category>
		<category><![CDATA[hijos]]></category>
		<category><![CDATA[infancia]]></category>
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<p>A pesar de eso, a pesar del tópico y a riesgo de parecer vencido por él, hoy quiero hablar de soñar despierto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo hago desde muy niño, sin falsos pudores ni orgullos injustificados. Lo hago sin jactancia y sin humildad, sin planificación ni estrategia, a los tumbos, desde un rincón oscuro en el que, solamente a veces, soy capaz de imaginar una vida sin sueños; y entonces, amenazado por un pánico atroz, me entrego a las fantasías más absurdas. De niño fueron, cómo no, héroes y dragones, hazañas mitológicas de desenlace incierto, poderes obvios y fuerza descomunal, pero fueron también diálogos imaginarios, amigos invisibles y vuelos de órbita baja, siempre con una capa roja flameando al viento. Fueron lugares ignotos, pasados y futuros diferentes, amores vencidos que renacían y dolores que, en el sueño, nunca había sentido.</p>
<p><span id="more-1175"></span>Después, de adolescente, los sueños se diversificaron. Algunos, los de hazañas legendarias y repartir justicia, permanecieron allí, no sin cierta vergüenza y bajo el secreto más absoluto, protegidos por un manto de pudor. Pero se abrieron camino entre mis juegos infantiles otros sueños más reales, casi palpables. Soñé el sueño de todos los adolescentes: el de la estrella de rock. Soñé, infinidad de veces, la piel femenina y sus ojos, cerca. Soñé un mundo más justo, también, en cuanto aprendí a reconocer la injusticia. Soñé un liderazgo de masas, y soñé palabras, muchas palabras que, con esfuerzo y poco éxito, intenté atrapar en cuadernos <em>Meridiano</em>.</p>
<p>Entonces, bajo el hechizo de algún par de ojos femenino, como casi todo lo que aprendí en la vida, entendí sin quererlo que los sueños son como las mujeres: si se intenta atraparlos como a moscas, aunque parezca que es posible, se escapan a último momento, esquivando la torpeza de unos dedos que nunca son lo suficientemente rápidos. En cambio, para alcanzarlos, hace falta cortejarlos despacio, seducirlos con delicadeza, conquistarlos lentamente con homenaje y paciencia, haciendo honor a su belleza. Y aún así, muchos de ellos son, de cualquier manera, inalcanzables.</p>
<p>Después, inevitablemente, sucumbí a los sueños pragmáticos de los adultos: una casa, un trabajo mejor, un televisor más grande, un país lejano. En esos días, cuando la adolescencia, como las hojas ocres de un otoño más, se desprende sin dolor del cuerpo y cae al suelo, muerta, un día cualquiera en el que, después comer en un restaurante, te das cuenta de golpe que en algún momento dejaste de pedir banana con dulce de leche de postre, y en cambio te estás comiendo una ensalada de frutas, los sueños de soñar despierto se anestesian un poco. Ya habrá tiempo para soñar, porque la juventud es para siempre, y mientras tanto es necesario hacerse con un lugar en el mundo real.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mentira.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Son pequeñas trampas, engaños sin importancia para postergar los sueños, para dejar de perseguir sombras cuando uno empieza a sentirse cansado, para ejercer en primera persona la ilusión insuficiente de haber crecido, madurado, de asentarse, de ser un hombre de provecho.</p>
<p>Por suerte, al menos en mi caso, los hijos acuden al rescate. Simplemente llegan, sin avisar, como de visita, pero para quedarse. Primero son como un juguete frágil, como un bichito sin más voluntad que la de llorar a gritos y apretar sus puños rosados, para reír después con la boca y los ojitos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero crecen.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces los sueños vuelven a habitar la casa. La recuperan entera, como un territorio hostil para los adultos, sembrado de piezas de plástico repartidas por el suelo y dibujos animados. Entonces hay que volver a aprender a soñar despierto, para permitir que un héroe de diez centímetros luche con otro de veinticinco de igual a igual, y que un dragón de peluche sea tan terrorífico como uno de goma. Los cochecitos vuelan, y corren carreras de igual a igual con arañas de plástico.</p>
<p>Y por las noches, cuando los sueños se van a dormir, abrazados a sus muñecos de felpa, los adultos nos sentamos en el sofá a inclinar la cabeza con ternura, y sintiéndonos, por primera vez en el día, a salvo de la fantasía.</p>
<p>Y recién ahora alcanzo el punto donde puedo empezar a contar la historia que hoy me carga el pecho, la que me hizo volver a pensar en los sueños, volver a sentirlos tan adentro que duele.</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-1177" title="harry-potter-y-la-piedra-filosofal-1" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/harry-potter-y-la-piedra-filosofal-1-300x185.jpg" alt="" width="300" height="185" />Siete años después, de la mano de mi hijo Pablo, <em>Harry Potter</em> entró en mi casa. Es verdad que yo – no me avergüenza decirlo – había leído los libros, y los había disfrutado. Por eso se me ocurrió, después de que Pablo hubiese acabado varios libros de menor entidad (<em>Gaturro, Gerónimo Stilton, etc.</em>), cuando preguntaba, apesadumbrado: <em>“¿Y ahora qué puedo leer?”</em>, ofrecerle <em>Harry Potter y la Piedra Filosofal</em>. <em>“Es muy gordo, y no tiene dibujos”</em>, se quejó, anticipando pucheros. <em>“No te preocupes. Empiézalo. Si te aburres lo dejas”</em>, le respondí, hablándole de tú en lugar de <em>vos</em>, como siempre que quiero ser didáctico.</p>
<p>Aceptó de mala gana. Abrió el libro con la actitud perezosa de quien está obligado a escalar una montaña, resoplando y pensando más en el esfuerzo de coronar la cima que en el disfrute del ascenso.</p>
<p>Y entonces, los sueños desbordaron su cabecita pelirroja, y una chispa mágica – nunca mejor dicho – se afirmó en sus ojos marrones. La carita se le encendió de colores vivos, y supo con total certeza, en su corazón de niño, que había descubierto un mundo nuevo.</p>
<p>Al día siguiente me pidió que viésemos la película. Después de verla, la discutimos largamente, interpretándola, explorando sus razones y la lógica propia de su fantasía. Desde entonces, todas las noches, durante media hora, antes de dormir, regresa al libro, empapándose de él, identificando los detalles que en la película no estaban, y sobre todo, soñando despierto. Él y su hermano se lanzan hechizos mortales con sus varitas imaginarias, se persiguen descalzos y en pijama por toda la casa, escupiendo conjuros a voz en cuello y discutiendo a gritos las consecuencias de los embrujos.</p>
<p>Ayer, después de una semana de <em>Pottermanía</em>, mientras hablábamos un rato en el sofá, antes de irnos a la cama, Pablo me seguía hablando con entusiasmo del momento, para él, mágico, donde <em>Harry Potter</em>, a los once años, se entera de que es un mago porque recibe la carta del <em>Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería</em> que le confirma una plaza para ir a estudiar allí. Con los ojos desorbitados y una sonrisa que debía estar pinchándole las orejas, me dijo:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>-        Papá, si cuando cumpla once años recibo la carta, ¿me dejarás ir?</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo miré a los ojos con mucha ternura, y pude ver en él una ilusión tan profunda, un anhelo tan arraigado, tan fuerte y tan poderoso, que sentí vértigo. El adulto racional se apoderó de mí, y por un instante pude sentir la desilusión que sufriría cuando, al cumplir once años, no le llegase la carta. Me sentí en la obligación de traerlo a la realidad lo más pronto posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Pablo, mi amor, tienes que saber que todo esto es fantasía, hijo. Por mucho que lo desees, la carta no te llegará. <em>Hogwarts</em> no existe.</p>
<p>Sus ojitos se llenaron de lágrimas, y el labio inferior le tembló un poco, como cuando está a punto de llorar. Bajó la mirada, y luego, con un orgullo que le desconocía, se enfrentó a mi, con profunda tristeza:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>-        Ya sé que no existe – me dijo. – Pero tú ni siquiera me dejas creer que existe.</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces me sentí vil. Me di cuenta de golpe de su profunda sabiduría: hay un lugar en el que sabe que todo es fantasía, pero para soñar despierto necesita creer que es verdad, que puede pasarle a él, que <em>va a pasarle a él</em>. Entendí, a los treinta y ocho años y siendo educado por mi hijo de siete, la inmensa fragilidad de los sueños, y que lo verdaderamente importante, para mantenerlos vivos, es creer de verdad en ellos, con la inocencia de un niño. Le acaricié la cabeza, y mirándolo a los ojos, le dije:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        ¿Sabes qué? Vamos a esperar hasta que cumplas los once. Probablemente te llegue la carta. Y si no te llega, entonces capaz que somos <em>muggles</em><sup class='footnote'><a href='#fn-1175-1' id='fnref-1175-1'>1</a></sup>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Su carita volvió a encenderse, y siguió soñando en voz alta, relatándome lo que haría al llegar al Colegio <em>Hogwarts</em> de Magia. Pero yo ya no estaba ahí, sino preguntándome si, con el mismo criterio absurdo de adulto, no habría asesinado también buena parte de mis propios sueños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-1175-1'>Para los magos, personas que no son mágicas <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-1175-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Enano Cabezón III: Las nieves del tiempo platearon tu sien</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Oct 2011 08:53:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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		<description><![CDATA[Cinco años, mi chiquitín, y daría lo que fuera porque pudieses, tan sólo por un segundo, verte con la mirada de un adulto, cuando extendés tu manito, aún rechoncha, con los cinco deditos intentando alejarse de la palma, dos ojos tan grandes, que se ven tan redondos, tan ojos y tan dulces que te hacen &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/10/12/enano-cabezon-iii-las-nieves-del-tiempo-platearon-tu-sien/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Es ya el tercer año que, pocos días antes de tu cumpleaños, me siento a pensar en vos, a escribirte, a intentar dejarte un sendero de palabras sinceras que puedan, algún día, ser el mejor regalo; el que te haga descubrir, sin artificios, algunas verdades sobre tu viejo. No hay mejor manera de dejarte saber sobre mis sentimientos, mis dudas y mis miedos, sobre mi rol de padre y mi papel de educador, sobre mi adulto pobre, sobre las lágrimas que te escondo, sobre las palabras que, como los adultos creemos que los niños <em>no entienden</em>, ahora no puedo decirte, pero te voy dejando en alguna parte, custodiadas quién sabe por qué arcano tenebroso, para que puedas recibirlas cuando tu edad sea de dos dígitos, cuando tus ojitos maravillosos ya no amenacen con desbordar tu cara, cuando tus labios encierren otra boca, una que haya cambiado los pucheros adorables que a veces te sacuden por un ansia indomable de besos lenguaraces y palabras mal dibujadas.</p>
<p><span id="more-1171"></span></p>
<p>Como te decía antes de perderme en mi retórica, en esas vueltas dialécticas que suelo dar antes de entrarle de lleno a los temas, es esta carta la tercera conversación que tenemos de hombre a hombre, entre mis palabras y tu silencio, y es hora de que vayas sabiendo algunas cosas que aún no podés saber. Quiero contarte un secreto acerca de mí, pero quiero decírtelo en voz baja, en un susurro apenas audible, en un cónclave sólo para los dos, que nadie me oiga, porque me da pánico: Soy un hombre, mi amor. Sé que a veces creés que tu papá es un héroe, que lo puede todo, que no teme ni padece, y te confieso que me gusta jugar contigo ese juego en el que mi presencia basta para garantizar que nada malo puede pasarte, pero no es verdad, mi amor. A veces, te miro jugar con tu hermano, desparramando fantasías por el salón de casa, y un miedo infame me atenaza, me atormenta y me duele físicamente. Es un miedo sin cara ni nombre, absurdo y abstracto. Un miedo que habla de no estar un día para vos, de no saber claramente cuál es el siguiente paso, de estar errando los valores que quiero enseñarte. Un miedo atroz por la certeza de la presencia física de mis defectos en ustedes dos, la inevitable repetición de mis errores, la reproducción en chiquito, otra vez, de mis fantasmas de niño. Entonces, cuando ese miedo me asalta, con todo lo hombre que soy, con todo lo fuerte que me ves, con mis treinta y ocho otoños cargados a la espalda, siento ganas de llorar. Y no sólo siento ganas de llorar, sino que necesito que seas vos quien me consuele. Necesito llorar entre tus brazos, necesito dejar que mis lágrimas dibujen caprichosamente su rastro salado sobre tu carita infantil, sobre tus hombros, tan chiquitos que parece mentira que puedan sostener tu cabeza.</p>
<p>Pero también, además de la nobleza inherente a la paternidad, la que tengo yo y seguramente cada uno de los padres de tus compañeros de clase, de tus amiguitos y de la mayoría de los niños de este mundo, tengo momentos de auténtico mal padre, mi amor. A veces caminamos por la calle, y voy pensando en mis cosas, apenas consciente del sudor limpio de tu manito infantil apretada entre mis dedos, y entonces vos necesitás compartir tu día de niño, repleto de trivialidades, haciéndolo competir con mis miserias de adulto, los problemas del trabajo, mis anhelos oscuros e inalcanzables, mi mal humor de la tarde. Y caminamos, uno junto al otro, yo con la vista perdida, pensando en mis cosas, y vos sin parar de relatar un suceso nimio, un encontronazo en el patio, una canción que habla de estrellas y de luna, un nuevo otoño que te maravilla porque solamente viste otros cuatro, una conversación con tus abuelos. Vas hablando, mientras tratás de mantener mi paso, de mirar hacia adelante y al mismo tiempo buscás mis ojos con los tuyos. Y yo camino, ignorando tu discurso con unas cuantas acotaciones vacías de <em>“¿Sí?”</em> o <em>“¿En serio?”</em>, mientras íntimamente deseo que te calles de una vez, y que me dejes pensar. Inevitablemente, por la noche recupero esos momentos, y me pregunto cuántas tardes de inocencia nos quedan, cuántos trayectos de tu parloteo simultáneo con el de tu hermano, cuántas canciones de estrellas y lunas tenemos por compartir antes de que tu Dios Padre privado y total se transforme en un hombre de carne y hueso, desmoronándose en tu universo privado hasta que seas capaz de reconstruirlo, como hice yo con el mío, después de varios años de trabajo. Y es entonces cuando me arrepiento de mi silencio y me prometo escucharte con más atención la próxima vez, sabiendo que no voy a ser capaz de hacerlo, porque los adultos, mi amor, siempre tenemos problemas <em>urgentes</em> que sepultan lo verdaderamente <em>importante</em> bajo una montaña de papeles sin sentido. Todos los adultos, hijo, somos ciegos con ojos, hundidos bajo el peso de una realidad que a veces es tan siniestra que mejor ni pensarlo, y por eso solemos perdernos los momentos mágicos de los niños, porque aunque sean mágicos, se repiten, y eso hace que pensemos que ya los veremos la próxima vez.</p>
<p>Y no quiero dejar esta carta hasta el año que viene, mi amor, sin contarte que este año – como todos – hiciste algo que, para mí, fue un poco más especial que las otras cosas especiales que hacés. Este año escuchaste <em><a href="http://www.musica.com/letras.asp?letra=809903" target="_blank">Volver</a></em>, uno de mis tangos preferidos, sobre todo desde que vivo lejos de mi hogar, y te gustó. No me preguntes por qué, no consigo explicármelo, pero <em>Volver</em> te emocionó. Elijo pensar que tu sensibilidad de niño supo captar mi emoción profunda, mi nostalgia dulce y triste, y que esas emociones te hicieron incorporar ese tango desde dentro, sentirlo y reescribirlo para vos. Entonces, no sé bien cómo, acabaste aprendiendo todo el estribillo, e interpretándolo con emoción auténtica.</p>
<p>Y escuchar, mi amor, la dulzura de tu voz de cuatro años, que hablaba seriamente y con sentimiento de <em>Volver, con la frrrrrente marrrchita, las nieves del tiempo, platearon mi sien</em>, una vez más, invocó en mi interior el milagro de la paternidad. Me hizo saber que todo mi dolor, toda mi angustia, todos mis errores, sean de la naturaleza que sean, también constituyen la esencia de tu amor filial. Supe, sin necesidad de preguntártelo, que la Argentina de mis amores que hoy tengo tan lejos tiene también un trocito de tu pecho, una gota de tu sangre, aire en tus pulmones y tu amor de niño.</p>
<p>Y parece estúpido, mi amor, pero en este momento de mi vida, cuando tanta nostalgia siento, que sea precisamente tu voz la que me traiga esos versos, me provoca una emoción que no sé explicar. Solamente quiero agradecértelo. Quiero contarte, dejarte por escrito que, sin saberlo, me devolviste un pedacito de mí que se había quedado en Argentina, me conmoviste, me dejaste ver mi propia niñez a través de tus ojazos.</p>
<p>Quiero decirte, mi amor, con palabras que no sean de papel, sino de sangre y piel, que te adoro, que no importa lo que pase en adelante, porque tu canción dulce, las palabras de Gardel en tu boca que es mía, escribieron ya de forma indeleble, para siempre, tu amor de hijo, tu empatía con mi dolor, tu capacidad de emocionarme. No importa nada más, mi amor. Ahora que, precisamente en este instante, mientras te escribo, <em>las nieves del tiempo platean mi sien</em>, es el mejor momento para decirte, de una vez y para siempre, que con errores y aciertos, con mezquindades y promesas, con todo lo que soy, mi amor de padre es indestructible y total, es tuyo y genuino, y es el refugio perfecto, al que pase lo que pase en tu vida, siempre, siempre y sin necesidad de dar ninguna explicación, vas a poder <em>Volver.</em></p>
<p align="right"><em>Feliz cumpleaños.</em></p>
<p align="right"><em>Te adora,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Papá.</em></p>
<p style="text-align: right;"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo Volumen II, publicado en formato papel y electrónico</title>
		<link>http://aprendizdebrujo.net/2011/10/05/reflexiones-de-un-aprendiz-de-brujo-volumen-ii-publicado-en-formato-papel-y-electronico/</link>
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		<pubDate>Wed, 05 Oct 2011 17:55:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
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		<description><![CDATA[Reflexiones de un Aprendiz de Brujo ha vuelto a cerrar un año de escribir, compartir y disfrutar con los lectores. Una vez más, me pareció que valía la pena reunir todo ese esfuerzo en un libro y ofrecerlo a ustedes, a los que con tanta lealtad me siguen y apoyan desde el principio. Comprar el &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/10/05/reflexiones-de-un-aprendiz-de-brujo-volumen-ii-publicado-en-formato-papel-y-electronico/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Esta vez, como novedad, además <a title="Reflexiones de un Aprendiz de Brujo Volumen II" href="http://aprendizdebrujo.net/libro/reflexiones-de-un-aprendiz-de-brujo-volumen-ii/">del libro en formato papel</a>, también está disponible en <a title="Reflexiones de un Aprendiz de Brujo Volumen II (e-Book)" href="http://aprendizdebrujo.net/libro/reflexiones-de-un-aprendiz-de-brujo-volumen-ii-e-book/">variados formatos electrónicos (PDF, EPUB y MOBI)</a>, lo que lo hace susceptible de ser impreso o leído en la mayoría de e-Books. Además, este formato ofrece la posibilidad al comprador de elegir el precio, desde los 3 € a los 50 €, de acuerdo a sus posibilidades y al apoyo que quiera brindarme.</p>
<p>Quiero aprovechar este post para agradecer a mi amigo y excelente ilustrador, <a href="http://www.facebook.com/paco.corachan" target="_blank">Paco Corachán</a>, por cederme una maravillosa ilustración, primero para un artículo y luego para la portada del libro.</p>
<p><span id="more-1168"></span>El contenido de este libro son los siguientes artículos:</p>
<ul>
<li>Pensamiento Científico
<ul>
<li>La emoción privada de los objetos</li>
<li>Sobre el confuso oficio de ser Hombre</li>
<li>Lo Ridículamente Correcto o llamar a las cosas por su nombre</li>
<li>Por suerte ganan siempre los buenos</li>
<li>El suicidio de la Opinión Privada</li>
<li>La ley del miedo y el miedo a la ley</li>
<li>Mis palabras, mi silencio y viceversa</li>
<li>Pan, Queso, Vergüenza colectiva en la sociedad civil</li>
<li>El festival higienizante y sangriento de la democracia moribunda (#spanishrevolution)</li>
<li>La vida sigue</li>
</ul>
</li>
<li>Acerca de las cosas pequeñas
<ul>
<li>Enano Cabezón II: Mi papá me ama</li>
<li>La Navidad de los Ateos</li>
<li>Tenía (léase con tango de fondo)</li>
<li>Desde donde estoy se ve</li>
<li>Con Arturito no se juega</li>
<li>La inconmensurable fe de los enanos</li>
<li>Besos en la boca o la siesta juntos</li>
<li>Las primeras veces siempre fueron buenas</li>
<li>Porque lo digo yo, que soy tu padre II: palabra de ex-perroflauta</li>
</ul>
</li>
<li>Imposible de clasificar
<ul>
<li>En mi casa no te morís, carajo</li>
<li>Volvé que te perdono</li>
<li>El 38!</li>
<li>Mi bisabuela, novelera y novelada</li>
<li>Días de Radio: una voz amiga</li>
<li>Juntos, mezclados y revueltos</li>
<li>La amistad y el mate</li>
<li>La Muerte en blanco y negro</li>
</ul>
</li>
<li>Relatos</li>
<ul>
<li>La mano húmeda de Marina y un vasito de aguardiente de caña</li>
</ul>
</ul>
<div>Para comprar el libro en formato papel, <a title="Reflexiones de un Aprendiz de Brujo Volumen II" href="http://aprendizdebrujo.net/libro/reflexiones-de-un-aprendiz-de-brujo-volumen-ii/">hacer click aquí.</a></div>
<div>Para comprar el libro en formato electrónico, <a title="Reflexiones de un Aprendiz de Brujo Volumen II (e-Book)" href="http://aprendizdebrujo.net/libro/reflexiones-de-un-aprendiz-de-brujo-volumen-ii-e-book/">hacer click aquí.</a></div>
<div>Desde ya, una vez más, muchas gracias a todos por la lealtad y el apoyo. Ojalá Reflexiones de un Aprendiz de Brujo pueda estar en el aire mucho tiempo más, compartiendo ideas, acuerdos, disensos e ilusión. No puedo decir mas que gracias, por todo lo que recibo de ustedes, por la gratificación constante de sus palabras, y por su compañía virtual, que es mi principal motivo para seguir escribiendo.</div>
<div style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></div>
<div style="text-align: right;"><em>Barcelona</em></div>
<div style="text-align: right;"><em>5 de Octubre de 2011</em></div>
<div style="text-align: right;"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></div>
<div id="fb-root"></div><script src="http://connect.facebook.net/en_US/all.js#appId=APP_ID&amp;xfbml=1"></script><fb:send href="http://aprendizdebrujo.net/2011/10/05/reflexiones-de-un-aprendiz-de-brujo-volumen-ii-publicado-en-formato-papel-y-electronico/" font=""></fb:send><div class="shr-publisher-1168"></div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><div class='shareaholic-like-buttonset' style='float:none;height:60px;'><a class='shareaholic-fblike' data-shr_layout='box_count' data-shr_showfaces='false' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F10%2F05%2Freflexiones-de-un-aprendiz-de-brujo-volumen-ii-publicado-en-formato-papel-y-electronico%2F' data-shr_title='Reflexiones+de+un+Aprendiz+de+Brujo+Volumen+II%2C+publicado+en+formato+papel+y+electr%C3%B3nico'></a><a class='shareaholic-fbsend' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F10%2F05%2Freflexiones-de-un-aprendiz-de-brujo-volumen-ii-publicado-en-formato-papel-y-electronico%2F'></a><a class='shareaholic-googleplusone' data-shr_size='tall' data-shr_count='true' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F10%2F05%2Freflexiones-de-un-aprendiz-de-brujo-volumen-ii-publicado-en-formato-papel-y-electronico%2F' data-shr_title='Reflexiones+de+un+Aprendiz+de+Brujo+Volumen+II%2C+publicado+en+formato+papel+y+electr%C3%B3nico'></a></div><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><!-- End Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><p>Artículos relacionados:<ol>
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		<title>Inventario de soledad masculina</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Sep 2011 08:37:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Aún hoy, muchos años después, soy incapaz de ver llover sin revivir en mi pecho un Buenos Aires pequeñito, pero igual al de mis veinte años. Puedo sentir, justo al lado de donde mi corazón ejerce de músculo, entre sístoles y diástoles, las hojas marrón y ocre del otoño bonaerense, empapándose lentamente para amontonarse junto a las alcantarillas. Puedo ver, sin ningún esfuerzo de imaginación, los empedrados de Palermo Viejo brillando sus reflejos, lustrándose bajo la lluvia sucia de una ciudad que, aunque no lo sepa, es mía, y aún más mía cuando llueve, y mas mía cuanto más arrecia la tormenta.</p>
<p><span id="more-1149"></span>Revivo, a mi pesar, la emoción violenta de un beso profundo y lenguaraz, con alguna novia ocasional, intentando protegernos de la lluvia bajo algún portal de la avenida Santa Fé, y la tristeza eterna de los sauces de Parque Lezama. Me encarno, sin quererlo pero sin evitarlo, en las farolas de mi San Telmo tanguero y locuaz, testigos invisibles de feria, noche, pasos, bares, personas de carne y hueso, y el repiqueteo sordo de las gotas gordas, grandes, sobre el ala de fieltro de mi sombrero.</p>
<p>Finalmente, como siempre en estos casos, cuando uno, con gusto, se deja atrapar por la memoria, arribo a la Vuelta de Rocha, donde siempre me espera una verdad desnuda. Es la verdad de mi infancia boquense, de mis hermanos sucios de arena de la Plaza Malvinas, de las tardes de lluvia en las que, armados de botas de goma, Mamá nos dejaba bajar a jugar con los charcos, sin supervisión de los adultos ni consejos de seguridad ni más restricciones que volver a casa a la hora de la merienda. Y es esa verdad desnuda la que me interroga cara a cara, y me pregunta de qué está hecho mi inmenso amor por Buenos Aires.</p>
<p>Al principio me sorprendo, o tal vez me hago el sorprendido. El amor por las ciudades no puede estar hecho de otra cosa que hormigón armado y un montón de horas vividas. Pero la lluvia, cuando arrecia, cuando golpea contra las ventanas a tantos kilómetros de tu casa, es como un suero de la verdad. Bajo los ojos, enciendo otro cigarrillo y me dispongo a responder, justo debajo del Puente de La Boca, mientras dudo que esos botes maltrechos y oxidados que flotan ante mis ojos, sean realmente capaces de flotar como lo están haciendo.</p>
<p>Es cierto que Buenos Aires guarda entre sus piedras la historia aburrida de cómo me hice hombre. Sabe de los esfuerzos de mi Padre y de los litigios de amor de mis dos Madres. Sabe de mis hermanos, cerca, y de mis hermanos, lejos, cruzando el río. Buenos Aires conoce al niño que, todos los años, empezaba el primer día de escuela con el pelo engominado de <em>Lord Cheseline</em>, muerto de asco por el tacto helado de la gelatina azul, y del adolescente seguro de sí mismo que un día decidió fumar, que descubrió los porros, la cerveza rubia y las mujeres, sin importar tanto el color de piel o de pelo como el perfil redondo de sus camisetas. Buenos Aires me vio, junto a las Madres y las Abuelas, en casi todas las <em>marchas de la resistencia</em>, y sabe de mis convicciones ideológicas, de mis guerras personales y de mi odio profundo contra tantos, tantos que se llenan los bolsillos sin importar a quién le faltará un vaso de leche por su avaricia, que no vale la pena nombrarlos. Buenos Aires fue testigo, también, de mi pasión futbolera, de los festejos en el obelisco, besando la celeste y blanca con lágrimas en los ojos, de la alegría explosiva del beso histórico entre el Diez y el Pájaro, del fondo azul y oro de mis tardes de domingo, solo o con amigos, pero siempre con el estómago encogido detrás del giro errante de una pelota cualquiera.</p>
<p>Pero lo que mejor sabe Buenos Aires de mí, lo que más conoce, no es ninguna de estas cosas. No es que soy buena o mala persona, ni mis convicciones profundas, ni mi intransigencia sobre algunos temas, ni mis novias de adolescente, ni mis hermanos, ni mi niñez, ni mis tantos colegios. Lo que mejor sabe Buenos Aires de mí es con cuánta intensidad, con cuánto dolor auténtico y qué profundamente quise y quiero a mis amigos. Y por supuesto, aunque Buenos Aires se esfuerce por ignorarlo, es Barcelona la que sabe bien cuánta falta me hacen, la ausencia permanente que me habita desde hace más de una década, la necesidad innombrable de mirarte a los ojos con un cómplice, de costado, para saber en una décima de segundo lo que estamos pensando, lo que estamos sintiendo, lo que vamos a hacer.</p>
<p>Es, sin duda, Barcelona, la que conoce mi plenitud de Padre y de Esposo, la que me vio hacer una familia, y la que conoce el inventario secreto de mi soledad de Hombre, la sombra alargada de la amistad masculina, imprescindible como el agua, y tan lejos que ni siquiera las gaviotas infames del Mediterráneo son capaces de convocarla cuando hace falta.</p>
<p>Y cuando Barcelona decide llover, justo frente a mi balcón, le gusta jugar con mi nostalgia, y entonces se sienta conmigo a mi mesita de madera, se queja bajito de tanta azúcar en mi café, y repasa para mí ese inventario tan temido. Le gusta, cuando la lluvia me humedece los ojos, recordarme que puedo ser feliz como Padre y como Marido, pero que el tiempo solamente agranda el arcón donde escondo mi soledad de Hombre.</p>
<p>Allí, a salvo del polvo y de la humedad, están los amigos de mi primera infancia, con los que descubrí las fantasías soñadas a plena luz, los juegos de superhéroes y los libros de aventuras. Están las noches de sábado, quedándome a dormir en sus casas, conversando asuntos de niños en voz baja, en la oscuridad, y las llamadas de atención de los padres: <em>“¡A dormir, que es muy tarde!”</em>. Están las tardes de domingo, cuando mi madre hacía una pila de panqueques con dulce de leche, y yo me sentía orgulloso y generoso de convidar a mis amigos.</p>
<p>Después, a la misma caja, fueron a parar las primeras fiestas hasta la madrugada, los primeros desayunos de café con leche y medialunas de grasa al amanecer, intentando conjurar una borrachera feroz antes de volver a casa, el descubrimiento sorprendente de la piel femenina y las caminatas eternas, cantando tangos a gritos sobre los adoquines necios de una ciudad dormida. Guardo también, los primeros viajes al Sur Argentino, con mochilas e ilusión, y muy especialmente una noche de 1991, junto a mis dos amigos del alma, acurrucados en una tienda de campaña rota, bajo una lluvia torrencial, empapados, intentando escuchar por la radio cómo estallaba la guerra del Golfo Pérsico, sintiéndonos más cerca que nunca.</p>
<p>Pero lo que más espacio ocupa en ese cofre, el verdadero secreto que atesora, son las claves rioplatenses de la amistad masculina, del amor de hombre a hombre. Son palabras, las charlas interminables regadas con cerveza o con ginebra, los cientos, miles de horas, mano a mano, relatando penurias o escuchándolas, los abrazos, como hermanos. Es la certeza, única, de haber hecho una elección de amistad que durará para siempre, inmune al tiempo, pero que sufre la distancia. Es el recuerdo físico de cada encuentro, de las charlas de café, de los viajes, de los sueños en común.</p>
<p>Y figuran también, en ese inventario, todos los momentos en los que los necesito, y están lejos. Cuando me casé. Las dos veces que fui Padre. Cada vez que conseguí un trabajo. Cuando publiqué mis libros. Cada una de las tardes de lluvia y fútbol. Los momentos donde arrasa la nostalgia. La certeza de una vida por delante extrañando a mis amigos, y, fundamentalmente, los días en los que no pasa nada, pero simplemente me haría bien un café, una palmada en el hombro, un abrazo de oso, el amor de un amigo, de hombre a hombre.</p>
<p>Pero ahora mismo toca levantar la vista, y volver a mi balcón antes de que, sin aviso, la lluvia se detenga, y se cierre la ventana de mi nostalgia profunda. Porque aunque a veces lo perdamos de vista, aunque a veces la tristeza no nos deje ver más allá, es indiscutible que, siempre que llovió, paró.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>De rodillas ante los verdaderos Reyes</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Sep 2011 08:28:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y es solamente algunas veces, como hoy, cuando cedo a la tentación de profanar este espacio íntimo con política. Es cuando me indigno una vez más, cuando las cosas superan mi límite de tolerancia y resignación, cuando necesito sentirme entre amigos para decir basta.</p>
<p>La crisis económica que castiga a España por estos días, además de ser dramática desde el punto de vista social – lo cual es indiscutible, y tengo poco que aportar al respecto -, está siendo especialmente reveladora en otros aspectos que hacen a la vida pública en la península Ibérica.</p>
<p><span id="more-1142"></span>Hace once años, cuando pisé por primera vez estas tierras, dispuesto a instalarme, una de las primeras cosas que me sorprendió de la vida política española fue el esfuerzo de sus líderes por <em>“deslatinizarse”</em>, por transmitir una imagen seria, empresarial y rígida. La presunta izquierda forzaba con dudosos méritos una apariencia formal, empapada de un mensaje estético: <em>“No somos el Che Guevara. No somos latinos. Somos como los Finlandeses. Somos de Izquierda pero podemos ser empresarios serios. Sabemos gestionar.”</em>. Lustraban sus corbatas y defendían el <em>statu quo</em>, aferrados a una nostalgia del poder que, cuando lo consiguieron, pareció transformarse rápidamente en nostalgia de aspiración al poder: no supieron qué hacer con él. Mientras tanto, en la otra esquina, una derecha rancia y medievalista se atrincheraba detrás de discursos envejecidos pero tristemente vigentes: <em>“No se puede llamar matrimonio si son dos hombres o dos mujeres. Mano dura. Mano dura. No a la inmigración. Iglesia y Estado.”</em>. Hombres adustos vestidos con trajes impecables y barbas recortadas, acompañados de mujeres de peluquería y alta costura, esposas ejemplares defendiendo el papel de la mujer en la sociedad.</p>
<p>Pero en boca de unos y de otros, enfangados en las descarnadas disputas territoriales que sufre España a título de argumentar la ambición desmedida de sus administraciones por el control del dinero público, siempre destacó la presencia de dos argumentos-fuerza: la vigencia indiscutible del Estado de Derecho y el “Amplio consenso y legitimidad de la Constitución de 1978”. La sola mención de la Constitución bastaba para hacer cuadrarse a todo el mundo. En un panorama político inmaduro, donde el Congreso de los Diputados solamente vota en bloque y no hay el mínimo espacio para el disenso y el debate sano y democrático dentro de las formaciones políticas, quien alza la voz es instantáneamente neutralizado con estos dos argumentos a prueba de todo.</p>
<p>En este contexto, otro síntoma sorprendente es la deslealtad política que ejercen los dos grandes partidos. El mandato civil traducido en votos, en cualquier democracia exige y comanda un criterio básico de defensa del bien común. Asistido por la ideología, bien es cierto, pero debe primar el bien de la ciudadanía. En España este precepto sagrado – desde mi punto de vista – es constantemente traicionado por las dos principales fuerzas políticas, a título de cualquier nimiedad. El intercambio político básicamente se basa en responderse mutuamente <em>“no a todo”</em>. Nunca jamás la oposición apoya al gobierno en nada, y viceversa. No importa la gravedad del asunto ni la necesidad del país de salir adelante. Todo son palos en la rueda, otra vez con el objetivo último de hacerse con el control del dinero público mediante el desprestigio del adversario. Es vergonzoso y hueco, porque no hay una sola idea noble detrás del teatro que hacen en ciclos de cuatro años para la ciudadanía, y es la razón principal del estado de indignación popular que hay en el país.</p>
<p>Y a pesar de todo eso, es sorprendente como ahora, con una facilidad sorprendente, los dos bandos pierden sin pudor alguno su intransigencia de cartón piedra para acordar, de forma trapera e indecorosa, una reforma <em>express</em> de la Constitución. Esa misma Constitución que tantas veces declararon en voz alta como imposible de reformar, que expusieron hasta el cansancio lo imposible de lograr nuevamente el amplísimo concierto social que requiere su modificación. Ocurre que <em>“los Mercados”</em> necesitan una <em>señal</em>. Eso que llaman <em>“los Mercados”</em> una y otra vez, como si fueran un ente anónimo con el que no se puede razonar, se trata en realidad de especuladores con nombre y apellido, ratas de despacho que juegan con lo ajeno para multiplicar lo propio, carroñeros que muerden con más fuerza allí donde sangra, empresarios sin escrúpulos ni patria ni interés alguno diferente al del dinero. Por desgracia son los que pueden aumentar o reducir el desempleo, los que financian con dinero negro la trastienda de las campañas electorales, los que no tienen amigos ni enemigos, porque solamente se ocupan de ser necesarios, de que los poderosos les deban favores.</p>
<p>La reforma de la Constitución es completamente inútil. Frente a la vergüenza de haber derrochado el dinero público cuando abundaba, y de no saber gestionar el déficit fiscal espeluznante cuando no abunda, lo único que se les ocurre a los paladines de la seriedad institucional es poner cara de buenos y prometerle a papá <em>Mercados</em>: <em>“No lo voy a volver a hacer”</em>. Entonces agregamos a la ley fundamental que rige la convivencia, a la base legal, jurídica y emocional que fundamenta un país entero, la ridiculez de limitar el déficit del estado constitucionalmente, solamente para ganar un par de puntos en la calificación de la deuda española. El precio de la reforma es la traición más grave a la población española desde el franquismo, y su beneficio comparado es mínimo. En las últimas elecciones generales, ninguno de los dos partidos precursores de esta modificación la llevaba en su rosario de mentiras electoralistas: nadie la votó, lo que significa que es <em>legal</em> pero no <em>legítima</em>. Es modificar las reglas básicas del juego a espaldas de los participantes. Nadie que haga esto merece recibir nuevamente la confianza de los ciudadanos.</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-1144" title="traicion" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/traicion-300x216.jpg" alt="" width="300" height="216" />Lamentablemente, estamos acorralados, víctimas de un juego perverso en el que los ciudadanos siempre pierden. Perdemos si votamos y perdemos si no lo hacemos. Perdemos si ganan unos y perdemos si ganan otros. Y si decidimos votar a los que vienen mas atrás, perderemos también, porque es el mismo ejercicio del poder el que te prepara para la traición, y porque aunque nadie quiera reconocerlo, son los <em>Mercados</em> los que gobiernan, hacen y deshacen, doblegando a quien sea que gobierne con sus demostraciones de poder en la bolsa de valores.</p>
<p>Los defensores de la libertad, paladines de la seriedad y prohombres de la vida pública, están obligando a todos los españoles a ponerse de rodillas una vez más. Pero esta vez no es frente a la inútil monarquía que pagamos entre todos y no le sirve a nadie. Esta vez, gracias a su ineptitud, cobardía y traición, estamos por fin, de manera explícita, de rodillas ante los <em>Mercados</em>, los verdaderos Reyes. Que nunca más se atrevan a hablar de Soberanía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Chorro, Maquiavelo y “Estafao”</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Sep 2011 15:36:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p><em>Chorro</em>. Chorro porque sin disimulo ni arrepentimiento, me dispongo a robarles, durante un ratito, el silencio de las mañanas de los lunes. Apertrechados en algunas magias de abnegados chamanes tecnológicos y vibrantes palabras lanzadas al aire, un grupo de argentinos hace desde 2009 un programa de radio en España. Se llama, cómo no, <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a></em>, y solamente dos años después es la referencia principal durante las mañanas de radio para los argentinos en la Península Ibérica.</p>
<p><span id="more-1139"></span>Y ocurre que <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo Mazzolini</a>, conductor del programa, me invitó a participar en una tertulia radiofónica que se emitirá los lunes, de 9:10 a 9:30, comenzando este próximo lunes 12 de septiembre.</p>
<p>Y cómo no, acepté encantado. Ni siquiera me hice el difícil un poquito, ni les pedí que hablaran con mi agente – que no tengo, pero podría haberle pedido a uno de mis cuñados que se hiciera pasar por él, y que dijera que no lo sabía, que mi agenda y qué se yo que mas -, ni siquiera dije que lo tenía que consultar con mi mujer: solamente acepté.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Maquiavelo</em>. Maquiavelo porque, hace unos pocos meses, cuando estaba presentando <em>Matalobos</em> en Málaga, <em>Cambalache</em> me recibió en su estudio, donde <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo</a> y su equipo trabajan cuidadosamente la magia de la radio día tras día. Me sentí como en casa. <a title="Días de Radio: una voz amiga" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/06/12/dias-de-radio-una-voz-amiga/" target="_blank">Sentí como, poco a poco, comenzaba a picarme el estómago, a renacer en mi interior mi propio animal de radio</a>. Y entonces, sin ninguna vergüenza ni piedad para con los compatriotas que diariamente comienzan la mañana con tango y voces amigas, pensé:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>            <em>”Yo quiero hacer algo con estos pibes”</em>.</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Antes de abandonar Málaga, una vez pasada la presentación del libro – donde, por cierto, <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo</a> ofició desinteresadamente de maestro de ceremonias (y digo desinteresadamente porque lo hizo gratis, no porque no le interesara el acto, no vayan a pensar mal, que nos conocemos) –, le lancé al locutor una terrible amenaza: <em>“Voy a proponerte cosas hasta que hagamos algo juntos”.</em></p>
<p>Así que fue deseado, pensado, esperado y premeditado. Maquiavélico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>“Estafao”</em>. Estafao porque a pesar de trazar malévolos planes maquiavélicos, en realidad todo fue como tiene que ser entre <em>buenos argentinos </em>- como dice <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo</a> -. Alegre, suave y sin lucha: a <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo</a> le encantó la idea y la puso en marcha, sin más, sin tener que convencerlo, perseguirlo ni machacarlo.</p>
<p>Recuerden, <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a> </em>va de lunes a viernes de 8:00 a 10:00. La tertulia irá los lunes de 9:10 a 9:30. Estará también Robi Bertasi, artista argentino residente en Valencia, y semanalmente habrá un tercer argentino sorpresa. Para escucharlo, las alternativas son:</p>
<p>&nbsp;</p>
<ul>
<li>En la zona de Málaga, por aire sintonizando el dial 95.8 FM</li>
<li>En el resto de mundo, en directo en <a href="http://www.estacionargentina.com/" target="_blank">http://www.estacionargentina.com</a></li>
<li>Si te lo perdiste, se puede escuchar, una vez finalizado el programa, en <a href="http://www.ivoox.com/escuchar-audios-cambalache_al_16060_1.html" target="_blank">http://www.ivoox.com/escuchar-audios-cambalache_al_16060_1.html</a></li>
</ul>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Chorro, Maquiavelo y Estafao</em>, pero contento. Y es entonces cuando puedo sentir que una nueva etapa comienza. Por eso, acobardado por la importancia del reto y entusiasmado por las posibilidades que se abren, una vez más les escribo para pedirles apoyo y escucha, porque nada será tan satisfactorio como la certeza de intuir a mis lectores escuchando la radio, mezclados definitivamente con los oyentes habituales de <em>Cambalache</em>, compartiendo un momento a viva voz, acompañándome una vez mas en un camino de sueños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><em>Gracias por leer, por comentar, por estar ahí.<br />
Federico Firpo Bodner<br />
Barcelona, 6 de Septiembre de 2011</em></p>
<p align="right"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La Muerte en blanco y negro</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Aug 2011 07:52:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Pero otras veces La Muerte es envidiosa y terca. Otras veces decide matar por puro matar, porque le da la gana, por envidia o por simple aburrimiento. Y entonces mata cuando no toca. Mata a una persona joven, sin explicaciones ni ceremonias, sin justificarse, sin más explicación que la pura muerte, cuando no tocaba.</p>
<p>Esta semana nos visitó La Muerte. Habíamos vuelto de las vacaciones, y los niños se reencontraban con la tele, a nuestro pesar, mientras mi mujer y yo velábamos armas para su vuelta al trabajo, intentábamos conjurar la pereza de poner en marcha la maquinaria de la rutina habitual, sacudirnos el sol de la piel y el salitre del pelo, vaciar las valijas y rehabitar la casa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1133"></span>Entonces sonó el teléfono.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tres semanas antes – solamente tres semanas -, habíamos estado cenando entre amigos. Nada demasiado especial, simplemente una cena de amigos que hace mucho que no se ven. Una terracita, patatas bravas, cerveza rubia y conversaciones. La Muerte no estaba invitada a la cena, y solamente nos sentábamos a la mesa personas jóvenes. Personas con proyectos, con ganas y planes para vivir. Nos sentábamos a la mesa y nos relatábamos esas ganas de vivir de formas variadas, con viajes ya hechos o con itinerarios planeados a futuro, pero ni sombra de la capa oscura de La Parca: fue una noche feliz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Luego, las vacaciones, y a la vuelta sonó el teléfono.</p>
<p>Era La Muerte, que entraba en casa sin permiso y sin invitación, solamente para decirnos que la suerte de una de nuestras amigas ya estaba decidida. Su osamenta pálida refractaba la luz de una luna menguante, y las lágrimas aparecieron por aquí y por allá. Amigos del otro lado del teléfono, intercambiando la incredulidad sobre la línea. Cortamos la comunicación, y La Muerte se instaló en nuestro sofá. Se acomodó la capa, para no manchársela de polvo y no quiso nada para beber. Quiso explicarse, quiso decir que a veces toca a personas jóvenes, quiso hacernos entender, pero le dijimos que no. Le dijimos que nunca, nunca es ley de vida que le toque a una persona joven. Le dijimos rabia e impotencia, le dijimos palabras esdrújulas, le gritamos en silencio y la insultamos a gritos. A pesar de eso, se quedó toda la noche. Estuvo en el sofá y se fue con nosotros a la cama, a dormir en medio de los dos, con su respiración agria y marchita impidiendo renovar el aire pesado de la habitación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El cáncer puede consumir a una persona de menos de cuarenta años en solamente tres semanas.</p>
<p>Una mujer que tenía padres, hermana, amigos.</p>
<p>Una mujer que amaba a un hombre, a un hombre que la amaba a su vez.</p>
<p>Una mujer que planeaba casarse.</p>
<p>Una mujer que planeaba su maternidad.</p>
<p>Una mujer que quería abrir su casa a sus amigos, para contarles, para invitarlos a ese viaje de amor y sueños nuevos, el deseo de pequeños pies descalzos bajando la escalera algún día.</p>
<p>Una mujer que, sin ninguna clase de duda, merecía vivir su vida, tener su tiempo, amar a su hombre y a sus hijos.</p>
<p>Una mujer que, a pesar de todo eso, ya no está.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por primera vez en mis treinta y ocho años, no estoy siendo capaz de asumir y aceptar una muerte. Algo en mí se niega a admitir que es tan fácil como estar hoy y mañana dejar de estar. Vivimos y crecemos adiestrados para planificar a noventa años vista, para creer que un Dios bondadoso dibuja destinos idílicos para cada uno de nosotros, para ser cautos por lo que pueda pasar mañana.</p>
<p>Y en medio de esta rabia ciega y profunda, siento que somos cautos de más. Somos cautos con el dinero y con el placer, porque hay que guardar para después. Pero por inercia somos cautos con el amor y con las palabras. Somos cautos con la amistad y con la manera de brindarnos a los demás. Somos cautos para amar y para ser amados.</p>
<p>Y cualquier día pasa una mala ola y se lleva sin esfuerzo todos los granitos de arena que acumulamos en nuestra orilla particular, guardándolos para después.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por eso esta mañana decidí escribir mi rabia. Decidí convocar a La Muerte a capítulo y decirle que su Dios caprichoso, injusto y perverso no tuvo ni tendrá un cubierto en mi mesa, que puede llevarse a los que queremos, pero la renuncia a su memoria es una opción personal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y yo no renuncio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De nuestra amiga, no me quedaré con la imagen de un cuerpo inerte en una caja de cristal.</p>
<p>Elijo quedarme con su voz grave, de timbres armónicos; con su mirada atenta mientras conversábamos. Elijo su pelo azabache cayendo a dos aguas para enmarcar su rostro. Elijo quedarme con sus dos enormes y preciosos ojos verdes, siempre como sorprendidos, siempre vivaces. Elijo conservar para el resto de mi tiempo la foto de esa cena en la terracita de Cornellá. Elijo estar entre amigos. Siempre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y cuando volvimos del funeral, tristes, con rabia contenida y con el pecho inundado de palabras sin decir, La Muerte seguía en el salón de casa, sentada en el sofá, quieta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La echamos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Conjuramos su resplandor pálido con la risa fresca de mis hijos. Disolvimos el tejido pesado de su capa negra con el amor por nosotros, por nuestra familia, por nuestros amigos.</p>
<p>Y simplemente, decidimos juntarnos la próxima noche estrellada, en la terraza de unos amigos comunes, para hacer una carne a la brasa, consolarnos mutuamente, ayudarnos unos a otros a aceptar la injusticia y a aprender a vivir con ella, y sobre todo para levantar un vaso y brindar por su memoria, por su pelo negro, por sus ojos verdes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sun, 21 Aug 2011 08:48:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/sombrero_autobus.jpeg"><img class="alignright size-medium wp-image-1105" title="sombrero_autobus" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/sombrero_autobus-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /></a>El <em>clac</em> mecánico del reloj lo rescató del ensueño de las primeras horas de la tarde a bordo del ómnibus 142, como todos los días durante los últimos quince de los treinta y dos años que llevaba trabajando para <em>El Observador Oriental</em>. Miró distraídamente la ficha amarillenta, solamente para comprobar lo que ya sabía: 14:31, con el cuatro apenas desplazado hacia arriba, y su esquina superior ligeramente borrada, los guarismos azulados, imprecisos. Con un casi imperceptible movimiento de cabeza, Fausto saludó a Ramírez, el conserje, que a su vez replicó con un saludo tácito, inexistente, sobrante entre dos personas que, durante tantos años, se cruzan en el mismo vestíbulo todos los días a la misma hora, y no se tienen especial simpatía mutua. Abrió la puerta de madera, con un ventanuco cuadrado de vidrio esmerilado, que daba acceso a la redacción, y tras cerrarla giró a la derecha, pegado a la pared, para bajar al sótano donde Jacopo, ya sexagenario, se desempeñaba como linotipista desde hacía veintiocho años, silbando bajito ritmos alegres del sur de Italia, que para Fausto eran imposibles de distinguir entre sí. <em>“Otra vez con la tarantela”</em>, pensó para sus adentros, mientras repetía el gesto austero de saludo, esta vez dirigido al napolitano, al mismo tiempo que colgaba en el perchero su gabardina eterna, que de tan usada había acabado por tener un color indistinguible, entre el ocre y un crema pálido, percudida de mugre casi invisible en los puños y las solapas. Se quitó el sombrero de ala angosta, colgándolo sobre el abrigo, y sin levantar la vista una sola vez, se dispuso a corregir los artículos que se publicarían en la próxima edición del matutino.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1104"></span>Se llamaba Juan José Laporte, pero todos le decían <em>Fausto</em>. Sus amigos más cercanos le decían <em>Fausto</em>. Su mujer, de apellidos griegos y maneras soviéticas, lo llamaba <em>Fausto</em>, y sus dos hijos lo llamaban <em>Fausto</em>. A él le resultaba irónico. Una infausta infancia, seguida de una lucha a brazo partido contra la pobreza y quizás – tan sólo quizás – la mala suerte le habían impedido dedicarse por completo a su vocación de escritor. Es verdad que había publicado tres novelas, pero ninguna había sido un éxito de crítica, y mucho menos de público. Así que, desde principios de siglo, se empleaba en el diario <em>El Observador Oriental</em>, el segundo más importante del Uruguay, corrigiendo la basura que escribían otros. Acudía allí día tras día, perseguido por el fantasma de la pobreza, adorado en silencio por su esposa taciturna, alentado por amigos escasos, amado por sus hijos, pero aún así escondiendo una tristeza profunda, la nostalgia de todas las novelas que no había escrito, el silencio añorado de muchas tardes a solas con su <em>Remington</em> maltratando el papel tac tac tac.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para certificar el cierre de la jornada, otro <em>clac</em> metálico, seco, abstracto. Retiró la ficha: 23:02. Se encasquetó el <em>Stetson</em> hasta las orejas y se enfrentó al viento frío de las noches montevideanas de invierno, caminando hacia la Avenida General Rivera. Cien metros y a la izquierda, otros cien metros, hasta la parada. Esperó nueve minutos, como todas las noches durante los últimos treinta y dos años, hasta que el ómnibus se detuvo con un resoplido de frenos de aire. Era el mismo <em>Leyland</em> de fabricación inglesa, blindado de acero y remaches a la vista. Hacía once años que CUTCSA había renovado la flota, y desde entonces, ni un solo día había tomado un coche diferente. La puerta se abrió con su soplido característico, y Fausto, cansado, se encaramó a los peldaños, quitándose el sombrero, más por educación que por superstición. El mismo chófer. El mismo guarda. Los mismos tres pasajeros de todas las noches. Hizo una inclinación imperceptible, con la cabeza descubierta, en señal de reconocimiento. Recorrió despacio la primera mitad del interior del coche, hasta el asiento del guarda. Puso en su mano dos monedas de a peso, con la vista fija en las uñas sucias del hombre, que cortó el boleto y se lo regresó, acompañado de tres vintenes. Un nuevo asentimiento tímido, silencioso, y se sentó en el mismo asiento que usaba todas las noches para volver a casa, poniéndose el sombrero, mientras intentaba reflexionar, esforzándose en no escuchar la cháchara inconsistente del chófer y el guarda, pero escuchándola con atención, a su pesar: que si Nacional, que si Peñarol, que si <em>Los Colorados</em> o <em>Los Blancos</em>. Que qué cara está la vida. Que adónde vamos a parar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Una semana más y se acaba, viejo – lo animó Marina, llenándole por segunda vez la taza de café negro, sin azúcar. Fausto asintió. Le gustaba tomarse el café en silencio, mientras por la ventanita de la cocina adivinaba las formas caprichosas que la escarcha del amanecer esparcía por el jardín. Esa noche había helado, como casi todas las noches de invierno. Dejó perderse su vista más allá, por el caminito de piedras que llevaba al portón de entrada. Una semana más y estaría jubilado. Entonces podría escribir todas las novelas que tenía pendientes.</p>
<p>Se preguntó a sí mismo cuántos de los empleados de <em>El Observador Oriental</em> notarían su ausencia. Se lo preguntó sin afectación ni tristeza, sin nostalgia y sin pudor. Solamente una pregunta. Sabía que no era de los que hacen muchos amigos. <em>“Pocos pero buenos”</em>, solía pensar. Sabía que no era de los que acaban la jornada laboral con una cerveza en los bares de 18 de julio, ni frecuentaba las carreras de <em>Sulkys</em> con los amigos, ni se apuntaba a los torneos de truco que se jugaban el tercer domingo de cada mes. No le importaba. Fausto prefería su cocina pequeña, humilde, con una bombilla de 40 vatios desnuda y la mano húmeda de su mujer en la penumbra, mientras tomaban un aguardiente de caña cada uno antes de irse a la cama. Prefería el silencio de su jardín de árboles frutales, el cielo limpio y claro del Montevideo de sus amores y sus cavilaciones errantes. Pero no podía dejar de preguntarse si él extrañaría el día a día del periódico. Desde luego no a Ramírez, pero Cícero Jiménez era un buen periodista, y le gustaba corregir sus artículos. Seguramente echaría de menos, también, las cortas y ocasionales charlas con Rivero, el de deportes, que aunque sabía perfectamente que Fausto no distinguía entre un <em>penal</em> que no fue y un tiro libre indirecto, insistía en comentar con el los pormenores del <em>Danubio</em>, el <em>Defensor</em> o el <em>Fénix.</em> <em>“Es que si hablamos solamente de Nacional o Peñarol, entonces los demás van a desaparecer, no creés, Fausto?”</em>. Fausto asentía en silencio, dejándole al otro decidir su posición, mientras pensaba que en su casa de Carrasco lo esperaba Marina, con la mano húmeda y un vasito de caña o <em>Grappa</em>, y su <em>Remington</em> incombustible, engrasada y lista para revelar la próxima historia inconfesable.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La semana siguiente llegó, llena de días iguales. El lunes fue como todos los lunes, con las crónicas deportivas y los artículos de opinión política que abrían la semana. El martes fue igual que el lunes, pero no se habló tanto de deportes, y, en cambio, sí de economía y de política internacional. El miércoles fue igual que el martes, pero Rivero pasó por su escritorio para recordarle que tenía razón, que <em>Nacional</em> había vencido al <em>Club Atlético Cerro </em>por dos goles, como seguramente recordaría que le había dicho la semana anterior, y Fausto le dijo que sí, que lo recordaba, y que tenía razón. El jueves estuvo lluvioso, pero por lo demás, fue igual al miércoles.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El viernes por la mañana, el café le supo a achicoria, y el <em>La Paz</em> negro y sin filtro con el que solía acompañarlo, a pasto seco quemado. Había dormido mal, atenazado por una sensación vaga en el centro del pecho. Marina, ofuscada por los resoplidos nocturnos de Fausto, se había levantado antes del amanecer, y para cuando él asomó por la puerta de la cocina, dos tazones de café negro ya humeaban sobre la mesa. A las siete menos cuarto ya estaba sentado frente a la <em>Remington</em>, sin nada que decir. La mañana se pasó, fugaz, mientras él encendía un cigarrillo tras otro y llenaba la papelera de hojas con tres o cuatro líneas mecanografiadas. Mientras tanto, contempló extasiado como un sol tímido e invernal deshacía los copos blanquecinos de escarcha sobre el césped, creyó por dos veces adivinar el graznido hambriento de las gaviotas sobrevolando el islote de Playa Carrasco, aún sabiendo que era muy improbable en pleno julio, invirtió varios pares de minutos en contemplar los jugueteos de <em>Brancia </em>y <em>Canela</em>, cachorras, revolcándose por el pasto, y acompañó mentalmente la rutina matinal de Marina, que hizo las camas, redistribuyó el polvo del porche en un simulacro de barrido que ejecutaba cada dos días, pasó el trapo por el suelo del baño, alimentó a las gallinas, regresando con dos huevos cubiertos de caca seca y polvo, alimentó a las perras, cortó un limón para el mediodía y tres hojas de laurel, repasó el estanque de las tortugas y después, satisfecha, se preparó un mate que cebó una y otra vez, sola, sentada bajo el alero del porche a pesar del frío, porque había sol, y le gustaba el porche cuando había sol. Cuando se acabó el mate, lo remató con una medidita de <em>Grappa</em> marca <em>Ancap</em>.</p>
<p>A eso de las doce y cuarto almorzaron arroz con trocitos de ternera, cocido con sal y las hojitas de laurel que había cortado Marina. Comieron en silencio, como tantas otras veces. Después, Fausto hizo su siesta de quince minutos, se enfundó la gabardina y el sombrero con la sensación extraña de estar condenado a muerte, besó a su mujer en un lugar indefinido entre la nariz y el labio superior, y perezoso, se encaminó hacia las oficinas de <em>El Observador Oriental</em> para cumplir con su último día de trabajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ramírez lo observó fichar, esperando su turno para asentir con la cabeza. Fausto se detuvo un segundo más de lo habitual, para regodearse en el sonido mecánico del reloj mientras introducía la ficha. La miró con atención: 14:02, igual o muy parecido a todos los días durante los últimos treinta y dos años. Dejó la ficha en el fichero que colgaba de la pared, y recién entonces ejecutó el saludo ritual para el conserje.</p>
<p>Sobre su mesa de trabajo lo esperaban tres artículos mecanografiados. Evidentemente, el resto del trabajo se lo habrían dado ya a los nuevos correctores. Al sentarse, por primera vez en sus tres décadas en el periódico, se le ocurrió comparar su mesa con las de sus compañeros. Era una mesa de madera barata, barnizada sin amor por un carpintero sin oficio. Sobre ella no había nada. Ni fotos de familiares, ni papeles desordenados. Ni siquiera una estampita religiosa. Nada. Solamente una fina capa de polvo mostraba herida el rastro que habían dejado los tres artículos al aterrizar sobre su superficie. Pensó en la mesa de Fazio, con las fotos de sus hijas – dos gemelas bastante feas – y su mujer, una pila de diarios viejos y, enmarcado para sobremesa, el primer artículo que había publicado en <em>El Observador Oriental</em>. Montalbán tenía muchos papeles y carpetas, también fotos de su esposa y su perro y un rosario con cuentas de madera de cedro. Rivero tenía fotos de un montón de tipos en pantalón corto posando detrás de una pelota, con varias firmas en tinta azul, y un marco de plata con la foto de su madre.</p>
<p>Fausto no tenía nada.</p>
<p>Pero no le importó, ni se sintió diferente. Simplemente no tenía nada porque los objetos que no eran de trabajo le molestaban sobre la mesa.</p>
<p>Estudió durante un rato a Jacopo, que transportaba los tipos de plomo con pinzas metálicas, componiendo cada una de las páginas del periódico para su impresión. Le fascinaba la velocidad asombrosa del italiano manipulando las piezas, y su facilidad para leer en espejo y con el texto cabeza abajo. Usaba unas lentes gruesas, y sobre su bigote cano siempre humeaba un <em>Nevada</em>. Luego, sonrió sin amargura y se dispuso a corregir los artículos.</p>
<p>A las 22:45 hacía ya varias horas que esperaba con los codos apoyados sobre la mesa. Había terminado su trabajo, y esperaba el fin de la jornada para irse a casa por última vez, cuando Rivero, Jacopo, Fazio, Martínez y algunos más se acercaron con una botella de <em>Old Smuggler</em> recién abierta y varios vasos.</p>
<p>-        Hielo no hay, Fausto, pero no te vas sin brindar con los amigos – dijo Rivero. Fausto se sintió íntimamente agradecido, pero en cambio solamente sonrió con una mueca ligeramente torcida.</p>
<p>-        Para mí un dedo, nomás, que si no me mareo en el ómnibus. – Mentía, pero no quería llegar a casa oliendo a <em>whisky</em>. No lo había hecho en treinta y dos años, y no lo iba a hacer el último día.</p>
<p>Rivero le sirvió bastante más de un dedo. Dos dedos y medio, quizás. Fausto se levantó de su mesa, y fue al lavabo con el vaso en la mano. Una vez allí, volcó un poco de <em>whisky</em> en la pileta, y rellenó el vaso con un chorrito de agua. Regresó, y se sintió ligeramente triste al comprobar que sus compañeros charlaban entre ellos, como si se celebrase su partida en lugar de lamentarla, como si fuera un alivio, después de tantos años, que dejase de acudir diariamente a la redacción. Finalmente, Rivero lo vio, por el rabillo del ojo, parado a un costadito, como tratando de no molestar.</p>
<p>-        ¡Bueno, che, un brindis por el amigo Fausto! – dijo, en voz muy alta, para imponerse al murmullo general &#8211; ¡Que nos deja después de un montón de años!</p>
<p>Todos levantaron el vaso. Fausto lo hizo también, sintiéndose agradecido hacia Rivero.</p>
<p>-        ¡Que hable! ¡Que hable! – varias voces se elevaban sobre el estallido suave de los aplausos y el tintineo de los vasos.</p>
<p>-        No, no… &#8211; murmuró Fausto, pero era tarde. Rivero le daba unas palmaditas en la espalda, y todos hacían silencio para oírlo hablar. Carraspeó, y repasó la concurrencia con la mirada fija a la altura del pecho de los demás. No eran ni diez. Podía hacerlo, se dijo. Se aclaró la garganta una vez más.</p>
<p>-        Este… Gracias. Muchas gracias – un silencio inesperado lo inmovilizó. Retrocedió un paso, dio un sorbito al vaso de <em>whisky</em>, y entonces notó que la emoción le trepaba el pecho, así que apuró el resto del vaso, para disimular las lágrimas -. Muchas gracias, de verdad. Nunca los voy a olvidar, compañeros.</p>
<p>Dejó el vaso sobre su ya antigua mesa, dándose a sí mismo ligeras palmaditas en el pecho, para recuperarse del licor y de la emoción, y fue hacia el perchero. Con parsimonia, se puso por última vez la gabardina y el sombrero, siendo brutalmente consciente de que era la última vez. Respiró profundo, giró sobre sí mismo, y se acercó a sus compañeros, para darles la mano uno a uno, y agradecerles la despedida.</p>
<p>-        Esperá, Fausto, que voy con vos – dijo Rivero – Vas para Rivera, no?</p>
<p>-        Sí, sí, claro &#8211; respondió.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Salieron al frío invernal de Montevideo como dos figuras fantasmales. Fausto empotrado en las solapas alzadas de su gabardina atemporal, y Rivero, diez o quince años más joven, guiándolo con una mano en el codo izquierdo, como si fuera un abuelo necesitado de ayuda, que no lo era.</p>
<p>-        Yo me voy caminando – dijo Rivero. &#8211; ¿Por qué no te tomás el 142 en la parada siguiente, así me acompañás un par de cuadras?</p>
<p>-        No sé – dijo Fausto, receloso. Ya iban un par de minutos tarde, y temía perder el último 142, lo que le supondría volver a casa en taxi, difíciles de encontrar y mucho, muchísimo más caros.</p>
<p>-        No me seas maricón, Fausto, que es tu último día – sentenció Rivero, comenzando a caminar, y arrastrando al otro por el codo. Fausto se resignó.</p>
<p>Avanzaron despacio, atormentados por un viento gélido que subía desde el Río de la Plata, allí donde se confunde con el aire salado, proveniente del Océano Atlántico. Rivero hablaba de cualquier cosa, sin necesidad de ayuda, como siempre. Fausto solamente pensaba en llegar a casa, en la mano húmeda de Marina y en el último vasito de caña antes de irse a la cama. Doblaron a la derecha por la Avenida General Rivera, alejándose de la parada habitual en la que Fausto abordaba siempre el 142. Ciento cincuenta metros más adelante, un poste indicaba una nueva parada. Fausto se sintió extraño. En treinta y dos años, nunca había tomado el 142 en esa parada. Siempre en la anterior. Eso lo incomodaba.</p>
<p>-        Bueno, Fausto, te dejo. Fue un placer trabajar contigo. No te pierdas – Rivero lo abrazó. <em>“Los hombres no nos abrazamos</em>”, alcanzó a pensar Fausto, incómodo con el contacto físico del otro. Finalmente, le dio una palmada en el hombro, y continuó su camino por General Rivera, hacia Carrasco, en la misma dirección en la que Fausto tomaría el ómnibus.</p>
<p>Desde donde estaba, veía claramente su parada habitual, y estuvo tentado de recorrer los doscientos cincuenta metros que lo separaban de ella. Consultó el reloj. Quedaban menos de dos minutos para que llegase el ómnibus, y, si lo hacía, corría el riesgo de perderlo, por primera vez en treinta y dos años. Suspiró, resignado, y se dispuso a esperar. En seguida divisó la mole de acero gris, con el número 142 levemente iluminado en su pequeña marquesina. El coche se detuvo en la parada anterior, en su parada habitual. A Fausto le pareció extraño, porque nadie esperaba allí, y nadie descendió – ni descendía nunca – del coche. El ómnibus permaneció allí, detenido, con las puertas cerradas. Fausto se acomodó los lentes sobre la nariz, y haciendo un pequeño esfuerzo, pudo distinguir al chófer de siempre, que consultaba su reloj de pulsera. Pudo ver al guarda, inquieto, mirando por las ventanillas.</p>
<p>No sabía qué hacer. El coche llevaba dos o tres minutos detenido. Si caminaba hacia allí, podía ser que el ómnibus arrancara, y entonces lo perdería. ¿Cuánto se tardaba en recorrer esos doscientos cincuenta metros? Calculó entre tres y cuatro minutos, a paso cansado. Y ya habían pasado casi cinco. Distinguía claramente las siluetas del chófer y el guarda, y también las de los tres pasajeros habituales de la línea, que no parecían inquietarse por la demora, permaneciendo en sus asientos de siempre.</p>
<p>Finalmente, tras casi once minutos de espera, el ómnibus se puso en marcha. Fausto, aliviado, descendió a la calzada y extendió el brazo, para que el chófer detuviese el ómnibus. Como siempre, le gustó escuchar el silbido grave de los frenos de aire, y el chasquido metálico de las puertas al accionarse. Con cuidado, se aferró del pasamanos exterior, y subió al coche.</p>
<p>-        ¡Menos mal! – exclamó el guarda, abriendo los brazos. En seguida sonrió, satisfecho. – Lo estábamos esperando en la otra parada, en la de siempre.</p>
<p>Fausto, sorprendido, solamente atinó a agradecer en voz baja, consciente de su inoportuno sonrojo.</p>
<p>-        ¿Sabe que pasa? – continuó el guarda – Es que hoy me jubilo, y me daba pena jubilarme sin despedirme de usted. Le decía aquí a mi compañero, a Juan Carlos: <em>“¿Dónde estará el señor del sombrero? Me daría mucha pena no despedirme de él.”</em> Pase, pase, que hoy no le cobro el boleto.</p>
<p>-        No, por favor, cóbreme – dijo Fausto, intentando darle las dos monedas de un peso.</p>
<p>-        De ninguna manera, no me ofenda. – El guarda fingió su ofensa, acomodando el cuerpo rechoncho al vaivén acompasado del ómnibus, ya en marcha.</p>
<p>-        Bueno, bueno, muchas gracias. Y que tenga una feliz jubilación – dijo Fausto, tendiéndole la mano.</p>
<p>El guarda se la estrechó, palmeándole el hombro con la otra, y también le agradeció y habló durante unos minutos, aún cuando Fausto ya se había sentado en el asiento de siempre, aún cuando era evidente que, mientras intentaba contener las lágrimas de emoción, pensaba más en la mano húmeda de Marina, en su vasito de caña y en el porche íntimo de su casa de Carrasco que en la jubilación del guarda.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Como agua entre los dedos</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Aug 2011 09:27:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p><img class="alignright size-medium wp-image-1097" title="Agua entre las manos" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/Agua-entre-las-manos-289x300.jpg" alt="" width="289" height="300" />Esta mañana, antes de lavarme la cara, con el agua pintando de esmerilado la pileta del baño y mis propias manos, pude verla escurrirse entre mis dedos, como siempre, como todas las mañanas desde que aprendí a lavarme la cara solo. Pensé que era como el esfuerzo, día tras día, de vivir bajo las reglas absurdas de un sistema injusto, caduco y medio muerto, en el que todos bailamos sin saber por qué al son caprichoso de la música histérica de un puñado de cínicos que se enriquecen para nada, para usar sus montañas de dinero con el innoble fin de ganar más montañas de dinero, mientras miles de millones vivimos, aterrados, una vida que nos alquilan a cambio de absolutamente todo lo que sobra una vez cubiertas las necesidades mínimas para la supervivencia. Por más agua que seamos capaces de hacer salir del grifo, lo que retendremos en nuestras manos es apenas lo imprescindible para humedecernos las cuencas de los ojos, la frente y el labio superior. Si somos muy hábiles, entonces quizás – y solo quizás – conseguiremos beber un sorbo o salpicarnos la barriga.</p>
<p>Como todos los años, a una semana de empezar mis vacaciones de verano, y por lo tanto alcanzar la frontera que divide dos períodos arbitrarios de trabajo, colegio de los niños, cuotas de la hipoteca y compras de súper, no puedo evitar hacer las cuentas de la vieja, y reconocer para mí mismo, una vez más, que el saldo económico del año es, nuevamente, igual a cero. Hemos vivido doce meses, y hemos alimentado a los niños, que desgraciadamente ya es bastante más de lo que muchos pueden decir. Hemos ido al cine, paseado y comido afuera. <a title="Juntos, mezclados y revueltos" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/07/02/juntos-mezclados-y-revueltos/" target="_blank">Hemos podido recibir a la familia en casa e invitarles con café y jamón de medio pelo</a>, y hasta nos vamos a poder pagar una semanita en un <em>Bungalow</em> en alguna parte de Palamós. Tenemos una miserable lista de posesiones nuevas – cosas que no necesitábamos pero que deseábamos -, y debemos un poquito menos de otras tantas deudas. Esa es toda la ganancia neta, en términos monetarios, de un año de esfuerzo y trabajo duro de todo el núcleo familiar.</p>
<p><span id="more-1096"></span>Sin embargo, y como todos los años también, me resisto a tener una visión meramente contable del año que se va, y terco como un perro viejo y gruñón, me empeño en encontrar otras cosas que hagan que valga la pena vivir y seguir luchando. Hace dos años y medio – nada más y nada menos que treinta meses -, después de diez años de silencio, recuperé para mi vida el viejo hábito y placer de escribir, aprovechando que la crisis me había dejado sin trabajo y que disponía de mucho &#8211; pero mucho &#8211; tiempo libre. Entonces descubrí que, no solamente el viejo vicio de castigar teclados con pavadas de rutina seguía vivo, intacto entre mis dedos, conociendo sin mi ayuda los caminos inciertos que dibujan palabras por el único arte de la memoria táctil, sino que, además, sentía renacer la vieja pasión, el placer íntimo de narrar historias, de deshilachar pensamientos, de mentir con elegancia y naturalidad. Reencontré en mi garganta el sabor dulce de algunas palabras y el tacto áspero de otras, liberé muchas de mis oscuridades ancestrales, invitando a los mezquinos fantasmas que me habitan a sentarse a mi mesa, a hundir su cuchara innoble en mi alimento único. Rescaté, casi sin proponérmelo, el dolor constante, el aliento helado que te empuja a la tinta y al papel una y otra vez, y pude identificar sus razones nuevamente. Las razones de ese dolor, múltiples, mutantes, hechas muchas veces de mi propia historia, y otras tantas de la historia del planeta, de los niños que pasan hambre, de las guerras del petróleo, de la Iglesia rechazando preservativos para gente que se muere de SIDA, siempre en el nombre de Dios, de las atalayas desde donde los poderosos contabilizan su cinismo, de la injusticia en general y la pobreza en particular.</p>
<p>Descubrí, además, ayudado por la vida dos punto cero, la satisfacción de compartir, de ser leído por muchos pares de ojos que, a su vez, tienen ideas, pensamientos, respuestas y más preguntas.</p>
<p>Ayer, víctima de un ataque repentino de frustración por no poder dedicarme por entero a escribir, me preguntaba públicamente si, debido a la falta de rentabilidad de la profesión de escritor, habría que dedicarse definitivamente a otra cosa. No era más que un mensaje en una botella, algo lanzado al aire por pura rabia, porque muchas veces siento que sería justo y merecido poder vivir de mi pasión. Inmediatamente después reflexiono y me doy cuenta de que, amén de la base injusta que rige el intercambio de bienes, servicios y pasiones de este mundo, en otro orden de cosas subyace una justicia anónima, regida por un ente superior que no es otro que la suma de los individuos que componemos la humanidad, y según esas leyes, casi todos estamos, más o menos, aproximadamente donde debemos estar. Por esa misma ley, tarde o temprano, si de verdad uno lo merece, podrá vivir de lo que le apasiona, y si no, deberá admitir entonces que no lo merece. En medio de esas tribulaciones, Nelson, un entrañable amigo de mi padre que, además, es lector habitual de este <em>blog</em>, me decía, no sin sabiduría, que siguiera adelante, pero sin olvidar el <em>Plan B</em>, porque es necesario sobrevivir. Le respondí con amargura que, la mayoría de las veces, el <em>Plan B</em> es tan costoso en tiempo y energía como el <em>A</em>, o más, tal era la razón fundamental de mi rabia. Entonces pensé en toda la gente válida que hay por el mundo haciendo cosas, creando, desangrándose de pasión y esfuerzo en ilusiones, en proyectos irrealizables, en quimeras inalcanzables, y sin embargo no renuncian, no se caen, siguen ahí, con sus planes <em>A</em> y <em>B</em>, aguantando, persiguiendo sueños vaporosos día tras día, sin que sea tan importante llegar como transitar el camino.</p>
<p>Y como siempre en tiempos de reflexión y de echar cuentas, llegué al mismo callejón sin salida. Tras treinta meses y más de dos mil páginas escritas, tras cuatrocientos ejemplares vendidos a puro esfuerzo, a labor de hormiga, tras dos presentaciones de mi novela, tras más de mil quinientos seguidores habituales de mis devaneos, no puedo quejarme. La paciencia es la principal virtud de la araña que consigue atrapar una presa en su tela. La constancia es la principal virtud de la hormiga que consigue su refugio para pasar el invierno. Y el trabajo, sin lugar a dudas, es la principal virtud de todos aquéllos que consiguen salir adelante, sea de la forma que sea.</p>
<p>Estos treinta meses, durante veinticuatro de los cuales he publicado un artículo semanal en este <em>blog</em>, han operado sobre mí un cambio fundamental. Ya no creo que el éxito pueda medirse solamente por la ganancia neta sobre los años vividos. Aprendí, con dolor y con placer, que el éxito es también levantarse cada mañana con la conciencia tranquila, sabiendo que la pasión privada, los sueños personales y la verdadera vocación tienen un lugar privilegiado en mi día a día. Invierto, semana tras semana, una montaña de horas y de esfuerzo – horas que dejo de pasar con mi mujer y con mis hijos – en escribir, sin recibir a cambio más que palabras. Palabras de todos ustedes. Comentarios públicos en el <em>blog</em>, y muchos, muchos emails por vía privada. Si lo sigo haciendo, semana tras semana, es porque el ejercicio de mi pasión, sumado a la retribución en especie, hace que valga la pena.</p>
<p>Vale la pena el tiempo, vale la pena cada una de las palabras de ida, y cada una de las palabras de vuelta. Vale la pena soñar, creer en que un día, si hago las cosas bien, podré saber bajo mi piel que puedo alimentar a mis hijos solamente haciendo lo que más me gusta. Vale la pena la esperanza, cuando puedo leer en los ojos de mis <a href="http://taller.federicofirpobodner.com" target="_blank">alumnos del Taller Literario</a> que les gustan mis clases, que los ayudo con su inspiración y su motivación. Vale la pena dormir menos, descansar menos y correr sin parar detrás de una zanahoria que parece inalcanzable, porque siempre acabo recibiendo soplos de aire fresco. Vale la pena otro año, un año más de horas y horas solo frente a mi pantalla, llenando papeles virtuales de letras reales, porque del otro lado de mi línea de fuego existen cientos de personas que, como pueden y quieren, me hacen saber que mis palabras, además de reales son útiles algunas veces y bellas otras. Vale la pena mi rabia, porque no es rabia de frustración, sino rabia de saber en carne propia cuánto duelen las manos cuando uno tiene que construir su propio camino.</p>
<p>Definitivamente, vale la pena, a pesar de que, un año más, el dinero se escape como agua entre los dedos. Vale la pena porque las palabras, por sí mismas, son indiscutiblemente mucho más valiosas, y de ésas tengo muchas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><em>Gracias a todos por seguir “Reflexiones de un Aprendiz de Brujo” un año más.</em></p>
<p align="right"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p align="right"><em>Barcelona, Agosto de 2011.</em></p>
<p align="right"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>A la salud de Don Cosme</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jul 2011 08:50:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Los médicos <em>públicos</em>, profesionales, concienzudos, me revisaron de pies a cabeza, me hicieron desnudar, e incluso me palparon de forma bastante poco decorosa, de la que ahorraré a los lectores los detalles. Al final, un doctor simpático me dijo: <em>“Vestite, salí a llamar por teléfono a tus papás y volvé en seguida, que en veinte minutos entrás a quirófano para una apendicectomía. ¿Tenés plata para una ficha de teléfono?”</em>.</p>
<p>Obedecí. Sin tiempo para que llegase mi familia, me operaron. Sin mostrar siquiera el DNI. Sin firmar papeles de descargo, sin autorización de mis padres. Los médicos hicieron lo que había que hacer, sin dudas, remordimientos ni preocupaciones.</p>
<p><span id="more-1092"></span>El Hospital <strong>Dr. Cosme Argerich</strong>, una mole de cemento y hormigón de ocho plantas, estaba lleno, así que desperté en una cama de <em>la guardia</em>, a la espera de que, en planta, alguien dejase una cama libre. Era una habitación grande, en la que había cuatro camas, una en cada esquina. A mi izquierda, un señor mayor y poco dado a la conversación, padecía dolencias intestinales sin identificar. En diagonal conmigo, un joven extranjero, apuñalado de arma blanca, intentaba negociar con mi madre que llamase de su parte a un número de teléfono y pidiese ropa, para escapar del Hospital cuanto antes. Frente a mí, un hombre de unos cincuenta años, interno de la Cárcel de Caseros, se arrancaba los puntos de su herida para no volver al penal. Aparentemente, la dura vida de la cárcel hizo que este señor, durante los desayunos en prisión, fuese apropiándose indebidamente de algunas cucharillas de café. Cuando se hizo con cuatro, doblándolas pacientemente, les arrancó la pala, obteniendo así cuatro mangos de metal, que se tragó uno tras otro para ser operado de urgencia. Constantemente gritaba a todo el mundo, se arrancaba los goteos intravenosos, tiraba de sus puntos hasta hacerse sangrar, y cada vez que se acercaban las enfermeras las obsequiaba con una ristra de insultos de lo más variada. Por supuesto, no tenía reparo alguno en encender cada dos por tres <em>Parisiennes</em> negros, sin preguntar siquiera si el humo molestaba al resto de los enfermos que compartíamos la habitación. La policía entraba y salía constantemente, custodiándolo a él y al herido de arma blanca, que durante la madrugada, ayudado por una novia furtiva, consiguió escapar sin dejar datos sobre su paradero.</p>
<p>Mientras tanto, mi madre, sentada a la derecha de mi cama, no se sorprendía de nada. Ni siquiera nos quejamos del ambiente, agradecidos como estábamos por la atención médica recibida.</p>
<p>A la mañana siguiente se desocupó una cama en la octava planta, y los médicos entendieron que mi recuperación sería mejor y más rápida lejos de esas malas compañías, así que me subieron de inmediato. Era una habitación pequeña, con dos camas. A mí me tocaba la del lado de la ventana, desde donde podía verse la calle <em>Pi i Maragall</em> y su curva de entrada al barrio de Catalinas Sur. La otra cama, la del lado de la pared, estaba ocupada por un anciano ancianísimo, encorvadito y minúsculo, extremadamente pulcro, con un bigotito sutil y manos de ardilla roedora. Era la imagen misma de la bondad. Apenas hablaba, pero nos miraba con simpatía. Mi madre, al verlo, me susurró: <em>“Tan viejito y en la planta de arriba de todo. Debe ser Cosme Argerich.”</em>. Así que, a partir de ese momento, lo bautizamos como <em>Don Cosme</em>. Durante el resto de mi estadía en el Hospital, <em>Don Cosme</em> fue uno de nuestros temas de conversación. Mis hermanos llegaban de visita, y me preguntaban, hablando bajito: <em>“¿Cómo pasó la noche Don Cosme?”</em>. Yo decía que bien, y nos reíamos, intentando contener la carcajada. Cuando me fui, Don Cosme seguía allí, frágil, menudo, ancianísimo, pero vivo.</p>
<p>Abandoné el Hospital como había llegado, sin firmar papeles, sin pagar un centavo y dando las gracias a médicos y enfermeras.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Argentina y España tienen sistemas de Salud Pública parecidos, gratuitos para el ciudadano y basados en la necesidad y el derecho de todas las personas a acceder a la sanidad, independientemente de su nivel socioeconómico. Desconozco cómo está actualmente el sistema en Argentina, después de once años de vivir fuera.</p>
<p>En España, una de las cosas que me llamó poderosamente la atención desde que llegué, es que el sistema de Salud Pública ha transformado a sus médicos en Administrativos con carné. Quitando las situaciones de urgencias <em>reales</em> y los partos, todas las experiencias con un sistema de salud que tiene un presupuesto millonario han sido terriblemente frustrantes. El médico es un funcionario que no mira ni toca a sus pacientes, sino que sigue un guión de preguntas y respuestas dictado por un sistema informático en el que completa un expediente imprescindible. Inmediatamente después, manda al paciente a hacer la batería de pruebas que ordena el sistema, asociadas, por razones más o menos remotas, a la sintomatología que presenta. Es un trabajo que podría hacer yo mismo, sin haber estudiado medicina. Se trata de leer en una pantalla, repetir las preguntas en voz alta, cargar las respuestas y emitir un veredicto preliminar que esté de acuerdo con el protocolo establecido. Ocasionalmente, te tocan un poco o te auscultan.</p>
<p>La pujante industria de <em>juicios por cualquier cosa</em> que se extiende en el primer mundo es, en gran parte, responsable de esto. La primera preocupación del Sistema de Salud Pública no es la salud de sus pacientes, sino protegerse a sí misma de los juicios por mala praxis. Como consecuencia, a los médicos se les exige dejar de lado su criterio profesional y su <em>ojo clínico</em>, para obedecer un protocolo creado, otra vez, pensando más en descartar todas las posibilidades de error que en ofrecer un diagnóstico certero. Quizás se nos muera un paciente, pero no tendremos, en ningún caso, la culpa. Como corolario, se efectúan mensualmente decenas de miles de pruebas médicas innecesarias, para descartar patologías que se le puedan haber pasado por alto al galeno de turno. Por supuesto, la batería de pruebas innecesaria supone un gasto total muchísimo mayor al que habría que hacer frente si se perdiesen <strong>todos</strong> los juicios por mala praxis derivados de los errores que todos los profesionales cometen en el ejercicio normal de sus funciones. Es completamente absurdo.</p>
<p>Como segundo componente, todas las pruebas <em>realmente</em> caras, como análisis, <em>scanners</em>, rayos y demás cacharros tecnológicos, están externalizados en manos de empresas privadas, terriblemente voraces a la hora de mamar de la enorme teta del Estado de Bienestar, y poseedoras de una evidente y total falta de escrúpulos. Los políticos y gestores del sistema, utilizan este negocio millonario para pagar deudas contraídas en tiempos de campaña electoral, haciendo la vista gorda en los precios abusivos que paga el sistema (muchas veces, la factura que paga la salud pública a los hospitales es bastante más cara que la que pagaría el paciente siendo atendido directamente a título privado, o que lo que pagan las mutuas o compañías de medicina prepaga), y adjudicando estos servicios a empresas <em>amigas</em>, propiedad de quienes los apoyan en su destino errante de gestores del patrimonio público.</p>
<p>Y finalmente, nosotros, <em>el pueblo</em>, la sociedad civil, hacemos un uso abusivo, torpe e irresponsable del servicio. Total, <em>como es gratis…</em> Colapsamos la salud pública con minucias, dolencias imaginarias y resfriados de verano. Es extremadamente raro en España que una sala de espera de cualquier servicio de salud no esté repleta de gente más aburrida que enferma, de niños con solamente un poquito de moco, de ancianos que el único mal que tienen, además de la edad, se llama soledad.</p>
<p>Entre todos, entre la voracidad carroñera de los buitres del sistema judicial, la impericia calculada y lucrativa de los administradores públicos, la pasividad de los médicos que no alzan la voz y la irresponsabilidad final de los ciudadanos, estamos consiguiendo destruir la salud pública. A este paso vamos a quedar definitivamente en manos de empresarios – como siempre – inescrupulosos, que no dudarán en operar si su clínica no llega a hacer frente a la cuota de la hipoteca de ese mes.</p>
<p>No hace tanto que el criterio era otro. Yo lo viví. ¿Qué nos pasó?</p>
<p>Va siendo hora de empezar a comportarnos con responsabilidad en el uso de los servicios públicos, teniendo en cuenta que los pagamos entre todos, y solamente desde ese lugar, exigir y controlar el despilfarro de nuestro dinero que hacen las administraciones públicas, de la mano de los inescrupulosos de siempre. Protestar y expulsar a los aprovechados del sistema, sí, pero desde la conciencia tranquila que da el uso responsable del patrimonio público.</p>
<p>Tenemos que hacerlo por nuestro propio bien, pensando en nuestros hijos, en nuestros padres y en nosotros mismos. Tenemos que hacerlo por el bien público, cambiar el criterio, volver a confiar en los médicos humanos, los que se equivocan pero aprenden de la experiencia, los que escuchan al paciente, lo miran, lo tocan y saben qué le pasa sin necesidad de brujería electrónica, y usar entonces la tecnología solamente para lo que debe ser. Tenemos que aprender a usar los servicios de salud, y en general todos los servicios públicos, solamente cuando es realmente necesario.</p>
<p>Espero vivir para verlo, para ver un sistema racional, que gestione bien sus recursos, que atienda bien a sus enfermos y que revalorice a sus médicos. Espero, antes de morirme, poder levantar mi copa, una vez más, a la salud de <em>Don Cosme</em>. Entonces sabré que el mundo ha vuelto a ser un lugar razonable.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La amistad y el mate</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Jul 2011 07:08:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Su sabor no es más agradable que su aspecto. Personalmente, un sorbo pequeño me produce arcadas instantáneas, y una enorme necesidad de vomitar. Se bebe en grupos, pasando el <em>mate</em> de mano en mano, todos de la misma bombilla, que, además de ser depositaria de los restos biológicos de todos los participantes de la rueda, quema los labios, produciendo una sensación sumamente desagradable. Es diurético, y favorece el tracto intestinal, por decirlo de manera <em>fina</em>. Vamos, que es un milagro que, cuando hay <em>mate</em>, no se peleen todos a golpes de puño por ir primeros al baño.</p>
<p><span id="more-1089"></span>En Argentina y Uruguay, sobre todo, el <em>mate</em> es mucho más que una infusión para beber en grupo. Es una seña de identidad. Todo el mundo toma <em>mate</em>. Lo toman por las calles, en casa, en la oficina, en la vida privada y en la pública. Es normal, a nadie le llama la atención ver a una persona rellenando una calabaza con un termo de agua caliente a intervalos regulares, para aspirar después por un tubo de metal, produciendo un sonido gorgoriteante, grosero y vulgar. Los Uruguayos, incluso, mucho más aficionados al <em>mate</em> en la vía pública que los Argentinos, han desarrollado la sorprendente habilidad de llevar el <em>mate</em> en la mano izquierda, y simultáneamente sostener el termo entre el bíceps y la musculatura pectoral, con el mismo brazo, de tal manera que la mano derecha queda libre para realizar operaciones mundanas, y el grupo motor del lado izquierdo superior se encarga de suministrar <em>mate</em> regular y precisamente, al ritmo necesario para el organismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>¿Uruguayo y no tomás mate?</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Desde mi más temprana adolescencia, escuché esa pregunta unas catorce millones de veces. Mi disgusto por el <em>mate</em> fue una cruz escarlata en el pecho. Me transformó en la deshonra de mi tierra oriental, y me obligó a dar explicaciones reiteradas sobre el mismo tema: <em>“Es que no tomo infusiones, a menos que sean de grano molido.”</em> Es decir, café.</p>
<p>Ser Uruguayo y no tomar <em>mate</em> es como ser Mexicano y no tomar tequila, o ser Valenciano y que no te guste la paella, o ser Chino y… lo que sea que hagan la gran mayoría de los Chinos. Es una traición a la patria, es la negación más vil de los orígenes, y motivo de condena moral por parte de la población civil. Una vez, hasta me quisieron entrevistar de un conocido matutino. <em>“Uruguayo que no toma mate vive escondido en pleno centro de Buenos Aires.”</em> Por supuesto, me negué, alegando el deseo de permanecer en el anonimato, y solamente confesar mi deficiencia congénita a mis amigos más íntimos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Contra lo que muchas de las personas que me conocen piensan, no tomar <em>mate</em> no me privó de conocerlo, de aprender sus secretos y sus rituales, de saber que los Uruguayos lo toman <em>sin palo </em>y los Argentinos lo toman <em>con palo, </em>mientras, a gritos, se acusan unos a otros de hacerlo mal; de estar presente en las rondas interminables de <em>mates</em> giratorios, ayudándolo a circular, pasándolo entre manos cercanas, entre personas agrupadas con razón o sin ella, alrededor de un fuego o de una mesa, siempre, siempre, entre amigos.</p>
<p>Y es que el <em>mate</em>, además de ser un jugo horrible, cumple una función social única. El <em>mate </em>se toma en grupo, mano a mano, boca a boca, con miradas a los ojos. El <em>mate</em> se <em>comparte</em>, sí o sí. Se hace una rueda, y el <em>cebador</em>, que no es otro que el encargado de meterle el agua, <em>ceba</em> un mate y lo pasa a la persona a la que le toca, de mano en mano. Esa persona se toma el <em>mate</em>, y entonces la bendita calabaza hace el camino inverso, para que el <em>cebador</em> vuelva a llenarla y le toque el turno al siguiente, y así hasta que se acabe el agua o el cuerpo aguante. Mientras tanto, se charla en ronda. El <em>mate</em> rueda de mano en mano, y nadie lo agradece. Pero no por mala educación, sino porque estar sentado en una rueda de <em>mate</em>, aunque, como yo, no tomes, significa ser aceptado por el grupo, quiere decir que estás <em>entre amigos</em>, que las personas en esa rueda aceptan, tácitamente, poner sus labios donde pusiste los tuyos. Estar en una rueda de <em>mate</em>, entre otras cosas, significa que esas personas te quieren y aceptan, sin necesidad de decirlo en voz alta.</p>
<p>Y cuando una de las personas de la rueda no quiere más, al aceptar el último <em>mate</em>, al devolver la calabaza a la rueda, entonces dice, por primera vez desde que comenzó el ritual, <em>“gracias”</em>. Eso significa que en la rueda siguiente ya no beberá. El <em>cebador</em> lo registra, y sin decirle nada, comienza a saltearlo en las ruedas siguientes. Pero lo que se agradece no es el <em>mate</em>, porque el <em>mate</em> es eso que se da entre amigos, y que no necesita agradecimiento, ni genera deudas. El <em>mate</em> es amor del más simple, el amor de sentarse unos junto a otros y compartir una intimidad de acero y agua caliente, de <em>yerba</em>, manos, ojos y bocas. Se dice <em>gracias</em>, simplemente para que los demás sepan que son tus amigos, aunque no haga falta.</p>
<p>A mí no me gusta el <em>mate</em>, pero adoro todo lo relacionado con su ritual, con su magia indígena, con su hermandad instantánea y fugaz, con la invitación a ser parte de algo especial que siempre trae.</p>
<p>Otra de las versiones del <em>mate</em> es entre dos, cuando encontrados en la calle por casualidad, o haciendo planes por teléfono, uno le dice al otro: <em>“¿Te venís a casa a tomar unos mates?”</em>. Mis amigos más cercanos, que saben perfectamente que no me gusta el <em>mate</em>, me han invitado miles de veces, y lo siguen haciendo. Y yo, cuando aún vivía en Buenos Aires, lo hacía también. Lo hacíamos porque esa frase, <em>“¿Te venís a casa a tomar unos mates?”</em>, significa en realidad otra cosa, y debe leerse de otra manera. Cuando alguien te invita a su casa a tomar unos <em>mates</em>, lo que en realidad está diciendo es que quiere celebrar la amistad, la letra subyacente es: <em>“No hace falta ninguna razón especial para que vengas a mi casa, ni necesitamos que haya asuntos que tratar, ni inventar ninguna excusa para vernos”</em>. Invitar a alguien a pasarse por casa a tomar unos <em>mates</em> es, definitivamente, reconocer en voz alta la seriedad de una amistad, es certificar, sin necesidad de decirlo, el amor que une a dos personas, las ganas de verse porque sí, nomás, porque se disfrutan el uno al otro.</p>
<p>Por eso hoy, que en Argentina es el día del amigo, estando tan lejos, me levanté a las siete de la mañana necesitado de <em>mate</em>. Metí en mi pantalla mi <em>yerba</em> personal de palabras, acentos, puntos y comas, y con el agua destilada de mi nostalgia profunda, <em>cebé</em> este <em>mate</em> pequeñito, lavado y mal hecho, pero <em>cebado </em>con todo el amor del que soy capaz, para meterlo en una ronda enorme que de la vuelta al mundo, y hacerlo circular entre mis amigos, que están lejos, y entre todos los que quieran sumarse a la ronda, cerca, lejos o aún más lejos, con las manos, con los ojos, con los labios.</p>
<p><em>            Gracias.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La vida sigue</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 22:34:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[amistad]]></category>
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		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
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<p>Hace once años, yo tenía una existencia de lo más caótica. Trabajaba por ráfagas incontrolables, a veces de hasta treinta horas seguidas, y vivía en un departamento de soltero en el barrio de Palermo, cuando todavía, en lugar de estar dividido entre <em>Palermo Soho </em>y <em>Palermo Hollywood</em>, era el Palermo del lado de las putas y los travestis y el de <em>Juan B. Justo para</em> <em>acá</em>, donde vivían los ciudadanos honrados, las familias normales y yo.</p>
<p>Por ese entonces, mi vida estaba organizada de la siguiente manera: casi morir trabajando para enriquecer aún más a un empresario cuya reputación ya no admitía ninguna duda, intentar meter dentro de mi cama todo lo que se moviese dentro de un corpiño, ver a mis amigos cada vez que la oportunidad se terciaba y, los martes por la noche, cenar con la familia. Podía haber seguido así, o podía haber cambiado. El hecho es que mi vida estaba llena, repleta de personas. Y yo realmente <em>quería </em>a esas personas. Me preocupaban sus problemas, las llamaba por teléfono, me encontraba los sábados por la tarde a tomar café en <em>La Giralda</em>, apuntaba sus cumpleaños en una agenda de papel para saludarlas (¡sí, de papel!), y toda una extensa serie de protocolos sociales fundamentales: creía que la vida en general, y el ser buena persona en particular, estaba hecha de esas cosas, de los encuentros, de las botellas marrones de cerveza transpirando conversación (¿por qué razón, en todo el planeta, la mayoría de las botellas de cerveza son marrones?), de miradas cómplices y de encuentros impostergables.</p>
<p>Y entonces, después de una larga serie de catástrofes personales, decidí que la única solución posible para mi corazón herido era desarmar esa vida, piedra a piedra, y volver a armarla del otro lado del mundo, llena de personas nuevas y verdades nuevas. Me aferré, como muchos de los que emigramos, al discurso de las oportunidades, de la estabilidad y la situación económica, pero la única verdad es que necesitaba romper todo.</p>
<p>Y rompí todo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1085"></span>Me deshice, lentamente, de los compromisos sociales, de mi trabajo y de las largas charlas pactadas de antemano. Vendí todas mis cosas y, encerrado en una habitación cualquiera, escribí una docena de cartas de despedida. En cada una de esas cartas me vacié por completo, me deshilaché en pedazos, confesé mis miedos, mis odios, mis amores rotos y, cómo no hacerlo, dejé caer promesas eternas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una vez plantado en el viejo continente, estaba tan concentrado en crear una nueva vida de este lado, que ni siquiera advertí como las llamadas telefónicas, los emails e incluso los pensamientos nostálgicos iban espaciándose, diluyéndose al mismo ritmo que las chinchetas cansadas iban dejando caer las fotos de tantos amigos que quedaron en el Río de la Plata. Me pasaban cosas, pero cada vez tenía menos que decirle a los de <em>allá</em>. Entonces, en uno de tantos viajes a Buenos Aires, un día, sin aviso, sin razón aparente, me di cuenta de hasta qué punto la vida de todas esas personas había seguido adelante sin mí. Yo ya no formaba parte de lo cotidiano, pero tampoco de lo profundo, ni de las bromas, ni de las miradas cómplices, ni de los planes a futuro. De alguna manera, había mantenido viva la ilusión de que ese mundo mío tan especial permanecía intacto, a la espera, soñando mi vuelta, extrañándome como eje fundamental de un sinfín de encuentros, besos, abrazos y palabras. No era así. Naturalmente no era así, porque la vida de las personas siempre sigue adelante; pero ese día, en ese viaje, fue como cuando se te cae un jarrón de las manos. Lo vi caer, lentamente, girando sobre su eje de gravedad, pude sentir el estruendo de cerámica quebrada al impactar contra el suelo, y lo vi romperse, vi saltar las astillas, vi fragmentarse los fragmentos, y supe, de una vez por todas, que de mi pasado glorioso solamente quedaban un montón de escombros. Bonitos, sí. En los pedazos de bordes cortantes aún podían adivinarse los exquisitos dibujos que un día habían decorado el jarrón, pero el estropicio era insoslayable, imposible de disimular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ese día, a pesar mío, entendí que me había ido para siempre, que el camino no tenía vuelta atrás, que si un día elegía volver, entonces tendría que construir otra vida nueva: recuperar mi Argentina de siempre ya no era posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y seguí remando en la vieja Europa. Me casé y formé mi familia. Mis hijos llenaron mis días y mis noches de sonrisas, de abrazos y de besos, certificando para siempre que este lado del mundo sea irrenunciable para mí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y, nueva crisis mediante, hace dos años reconocí para mí mismo que veinte años atrás, cuando elegí mi camino, abandoné demasiado pronto el sueño de escribir, y que ahora recuperar esa senda es mucho más difícil, porque las segundas oportunidades nunca son gratuitas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Es entonces, cuando invierto muchas horas al día en algo que no es escribir, cuando me dan ganas de romper todo otra vez. O casi todo. Me dan ganas de deconstruirme como profesional, de jugarme en alma y vida por lo que de verdad deseo, y de reformularme otra vez, entero.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No se trata de arrepentirse. Todas y cada una de las decisiones de mi vida fueron correctas si eran el único camino hasta la familia que tengo hoy, mi mujer y mis hijos, mi ventana que da a las montañas y mi nostalgia profunda, que da coraje a mis dedos para traducir el dolor de estar lejos y la felicidad de estar cerca. Se trata de encontrar, en las palabras, en los amigos que están lejos, en los amores que están cerca, en la familia y sobre todo en mí, la fuerza necesaria para rectificar el rumbo, para reinventar mi día a día y redibujar mi propio cauce.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando reflexiono sobre estas cosas, no puedo evitar pensar en todas las personas que, por cualquier razón, abandonan su casa, eligen estudiar algo que no aman, eligen estar con la persona equivocada, quedarse en el sitio errado y no asumir el riesgo de sus propios sueños. Yo, desde mi nuevo lugar, que después de tantos años es el correcto, viviendo con las personas que más amo y dejándome las pestañas para recuperar la senda profesional que nunca debí abandonar, les digo a todos ellos que tomen las decisiones consultando también al corazón, escuchando los susurros secretos del deseo, porque hagas lo que hagas, inevitablemente, con vos o sin vos, la vida sigue, en todas partes.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sun, 10 Jul 2011 09:28:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No es que no tenga nada que decir. Ni siquiera se trata de que no haya temas de los que hablar. Se trata simplemente de que hoy me siento así.</p>
<p>Podría escribir sobre las elecciones en mi Buenos Aires del alma, de la esperanza que veo en algunos de mis amigos argentinos con las alternativas que hay, o del hastío que veo en la mayoría de ellos. Podría, incluso, ensayar un análisis político, pero a la distancia, poco a poco, voy dejando de sentirme con derecho a opinar sobre la política de un país en el que hace más de once años que dejé de vivir y sufrir codo a codo con sus habitantes. Y es curioso, porque tampoco termino de sentirme con derecho a opinar sobre política española, aunque llevo once años viviendo y sufriendo codo a codo con sus habitantes. Son los altísimos costes de no ser del todo de ninguna parte.</p>
<p><span id="more-1083"></span>Podría escribir, también, sobre mis hijos. Siempre tengo cosas bellas que decir sobre ellos, sobre sus miradas mágicas, la picardía infantil que se les desborda, se les chorrea por la cara y los descubre, riéndose y jugueteando al mismo tiempo. Y cuando hablo de ellos hablo de amor, de responsabilidad y de pasión, hablo de ternura infinita, de sus manos pequeñas encontrándose con las mías, de mi corazón trastornado cuando algo les pasa, del dolor intenso que me acompaña con cada uno de sus llantos, de los mocos colgando insomnes de sus naricitas diminutas. De todo eso, pero también de la preocupación que siento cuando identifico en sus personalidades casi todos mis defectos, y la alegría que me produce reconocerles algunas de mis virtudes, mejoradas por simple ley de vida. Hablar de mis hijos es hablar de un motivo primario para mejorar como hombre, de una razón fundamental para ganarme el pan, de un secreto a voces sobre el punto más débil de mí como individuo. Hablar de mis hijos es, clara y sencillamente, hablar de amor. Pero hoy me siento especialmente retraído, y no quiero hablar de mis hijos sin hacer justicia a la maravilla luminosa de sus sonrisas.</p>
<p>Podría – por qué no – hablar de mi familia. Tengo, por suerte o por desgracia, una familia única, enredada, donde padres y madres de distintas generaciones se mezclan, se entorpecen, paren hijos como quien corta pizza, y un tropel de hermanas y hermanos repartidos por todo el globo, confundidos entre ellos, tanto que a veces unos no saben de la existencia de los otros, no son hermanos entre ellos, pero están unidos por una cadena absurda, en la que a es hermano de b, b es hermano de c y c es hermano de d. A esto se le suman, por supuesto, una auténtica maraña de tíos y primos, en primer, segundo y tercer grado, y montañas de cuñados, cuñadas, sobrinos y eso que siempre se dice y nunca se sabe bien qué quiere decir: <em>allegados</em>. Y en todo ese desorden abundan las anécdotas, los conflictos y, una vez más, y por sobre todas las cosas, el amor. Seguramente hablar de mi familia sería también bonito, pero especialmente hoy, tengo ganas de soltar palabras y nada más, sin que nadie se ofenda ni se sienta halagado, sin encontrar destinatario fijo. Palabras giratorias, sin más.</p>
<p>Indiscutiblemente podría escribir sobre la amistad. Especialmente sobre la amistad masculina, siempre a medio camino entre los golpes de puño, los abrazos de oso, las demostraciones innecesarias de virilidad y los pocos espacios ocasionalmente abiertos, casi únicos, en los cuales dos hombres podemos querernos de hombre a hombre, abrir el corazón y decirnos la verdad, lejos del fantasma autoritario que aún hoy, en pleno siglo XXI, nos convoca frecuentemente a abandonar el abrazo de un amigo, incómodos, para repetir, a coro: <em>“Sin mariconadas, eh?”</em>. Podría hablar de algunos de mis amigos más entrañables, que están lejos, muy lejos, mucho más de lo que el corazón humano es capaz de tolerar, o podría hablar de otros que están más cerca, que van despacio, pero que poco a poco van descubriendo y dejándose descubrir. Pero, insisto, hoy tampoco es día para eso, sino para jugar con el verbo, entretenernos en rozar los temas serios, pero sin entrar en ellos, escribir por escribir, por simple vicio de las manos, del cuerpo y de la voz.</p>
<p>Podría escribir – cómo no hacerlo – sobre lo mal que está el mundo, sobre las revueltas sociales que recorren Europa, no como el fantasma incorpóreo que en su día predijo Karl Marx, sino como un animal herido, una rabia ciudadana con cara y ojos, una ruptura que  &#8211; espero – sea final entre los europeos y su clase política, muda, sorda y ciega, que no se cansa de llenarse los bolsillos y anteponer la individualidad incluso a los individuos, que están perdiendo sus libertades en pos de la libertad colectiva, que no es otra cosa que la suma de la mínima expresión de la libertad individual. Podría gritar mi dolor latinoamericano, la herida que no cierra, al igual que en otras partes del globo, de ser el montón de personas que pagan con su pobreza el exceso de otros. Podría, sin ninguna duda, pensar en voz alta sobre el camino errante que parece estar tomando todo. Pero tampoco es el momento, al menos hoy.</p>
<p>Hoy quiero, nada más, y solamente, señoras y señores, contarles mi placer de escribir, mi disfrute secreto y silencioso, cada vez que una palabra nueva asoma por las esquinas de mi teclado, cada vez que un caminito caprichoso de hormigas negras ilustra mis papeles para decir cosas. Quiero rescatar, de una vez y para siempre, el solaz íntimo del verbo y la palabra, mi jugueteo errante, a veces demasiado adjetivado, el eco infame que hay en mi santuario privado, donde cada concepto y cada palabra rebota entre las paredes y mi frente, una y otra vez, antes de ser estampado en un papel virtual, tan real que a veces me asusta. Me complace, de manera individual y egoísta, solo para mí, por esta vez, recrearme en mi prosa, dejar que las palabras hagan fila y salgan como quieran, para, por una vez en la vida, escribir por escribir, por el placer del texto, por la construcción sintáctica, por la siguiente oración subordinada, sin demasiado significado, sin hablar de cosas importantes, sin mencionar a los grandes arcanos que me habitan, que me obligan a pensar en voz alta y clara.</p>
<p>Solamente escribir, sin deberle nada a nadie, solamente para mí, solamente esta vez, permitirme escribir sin sentido.</p>
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		<title>Juntos, mezclados y revueltos</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jul 2011 09:21:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
		<category><![CDATA[amistad]]></category>
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<p>Y yo estaba casi sin dormir, ansioso por el fantasma mezquino de un oficial de migraciones que, víctima de un estreñimiento inoportuno o una pelea conyugal vespertina, pusiese trabas para el traspaso de mis hermanos de este lado de la tan preciada eurofrontera.</p>
<p>Y de golpe salieron. Ya no era el miedo sino una efervescencia compulsiva de manos, brazos y bocas que saludan, niños que saltan en brazos y hermanos estrepitosamente reencontrados. Si bien en esta familia de locos yo tengo hermanos que no son hermanos entre sí, y ellos a su vez tienen hermanos que no son hermanos míos, este encuentro era de los cuatro hermanos que crecimos juntos, una recreación histórica de la casa familiar, treinta años después, ahora que todos somos padres, para que nuestros hijos sean testigos de un auténtico amor de hermanos.</p>
<p><span id="more-1067"></span>Madrid amaneció a un día caluroso y de buenos presagios. Marchamos todos a casa de Dolly, una amiga de la familia, una abuela postiza que, a pesar de ser mayor – cuando se habla de damas la edad es un detalle grosero, que nos reservaremos esta vez, dada su indiscutible condición de Dama, y otros muchos méritos que la hacen acreedora de tal cortesía – hizo gala de espíritu de cuerpo y juventud de alma, nos abrió su casa madrileña de par en par, permitiéndonos invadir su regreso – ella viajaba en el mismo avión desde Buenos Aires – a gritos, lágrimas, peleas y besos ruidosos. A media mañana partimos hacia Sol, donde la acampada nos recibió con los brazos abiertos, y caminando las calles de Madrid, redescubrimos los bares de tapas, los edificios señoriales y orgullosos, las plazas rectangulares e infinitas, empedradas de malos y buenos recuerdos, y los monumentos blanquísimos desafiando la inclemencia solar con su indolente y petrificada actitud.</p>
<p>Más tarde llegó el menor de los hermanos, que no por vivir en Córdoba se iba a perder el pistoletazo de salida, así que al volante de su furgoneta rebobinó la última distancia que nos separaba, y al fin pudimos decir que – salvo mi Señor Padre -, estábamos todos.</p>
<p>Y para qué detallar de más. Dimos vueltas, hicimos asado en la terraza de Dolly, bajo un cielo estrellado y madrileño, y después partimos. Ellos hacia Córdoba, yo, sólo, hacia Barcelona. Solamente para tomar aire, recoger a mi familia, y precipitar entonces el segundo encuentro, a pleno, en Málaga y Córdoba.</p>
<p>Ahora sí, estábamos todos.</p>
<p>Y como no puede ser de otra manera entre hermanos, nos quisimos y nos peleamos, volvimos a hacer asado y a mortificarnos unos a otros con las mismas cosas que nos mortificaban de niños, pero entre el humo del tabaco, las sierras cordobesas y nuestros hijos revoloteando. Nuestros hijos, primos entre sí, se mortificaban unos a otros entre ellos, igual que lo habían hecho sus padres tres décadas antes, y al igual que nuestros padres entonces, nosotros éramos torpes para intervenir y apaciguar algunas veces, y otras, iluminados por una inspiración seráfica, los hacíamos reír y quererse entre ellos, jugar juntos y reproducirnos en chiquito, ser felices, ser hermanos, piel y piel, sonrisa y sonrisa.</p>
<p>Era como una película de Kusturica, donde un montón de adultos se desparraman en un espacio pensado para una pareja, rodeados de niños que son de todos y de perros que se disputan a dentelladas las sobras de comida. Mi Padre y mi Madre, separados hace ya veinticinco años, orgullosos responsables de una prole ruidosa y en constante estrépito, casi sin querer, casi sin darse cuenta, nos daban una vez más, a todos, el ejemplo vivo de que, a la larga, siempre el amor prevalece sobre las diferencias, y se puede seguir queriéndose con locura para toda la vida, compartiendo los hijos y los nietos, los amores gritados bajo las estrellas, los silencios de siesta y las ruedas de mate y charla que te charla. Era una dinámica imposible, en la que el ochenta por ciento del tiempo vivible de cada uno de los días que pasamos juntos se empleaba en decidir que íbamos a comer, cocinar, comer, alimentar a los niños, limpiar, hacer la sobremesa y vuelta a empezar.</p>
<p>Nos despedimos otra vez entre abrazos, besos y caos, pero solamente para dejar paso al tercer y último asalto de la maratón familiar: Barcelona, mi casa.</p>
<p>Pero el encuentro todavía guardaba en su manga mágica, tramposa y entrañable, una sorpresa más. Y es que, así como he contado más de una vez en este <em>blog</em> que a mí me tocó la extraña suerte de tener dos madres en activo a la vez – cosa que a mis hermanos no -, a mi hermano mayor le tocó la extraña suerte de tener dos padres. Por circunstancias de la vida, uno de ellos no había estado en activo durante muchos, muchos años. Y vive en Barcelona.</p>
<p>Me encontré con él y su mujer en el aeropuerto del Prat, una hora antes de que otro avión depositara a toda la parentela en suelo Catalán. Y a pesar de lo extraño de la situación, esa sensación absurda de <em>“Voy a encontrarme con el otro padre de mi hermano”</em>, una vez más, tuve que volver a aprender que el corazón humano puede con todo. De golpe y sin aviso previo, me encontré en una mesa del bar del aeropuerto, tomando un café con un señor indiscutiblemente uruguayo, del que sabía poco más que eso: el padre de mi hermano. Y me encontré descubriéndolo tan parecido a él, que tuve que ayudarme con mi <em>coca-cola</em> para poder tragarme entera la evidencia incontrastable de la biología. Y me adiviné a mí mismo deseando, antes de que ellos se encontraran, que como dos adultos que son, supiesen aceptarse, llevarse bien, y si es posible, quererse.</p>
<p>Otra vez las puertas correderas del aeropuerto escupieron la procesión interminable de hermanos y sobrinos, y Padre e Hijo se encontraron después de veinte largos años, pudieron abrazarse y empezar, allí mismo, en el aeropuerto, a aceptarse, quererse y llevarse bien. Partimos todos hacia mi casa, y hoy puedo asegurar que la única fórmula para sobrevivir catorce personas durante una semana en noventa metros cuadrados con dos baños es solamente y nada más que el amor.</p>
<p>Parecíamos estar inmersos en una ruleta infame, todo volvía a suceder igual, pero con ligeros cambios de escenario, con nuevos personajes y con un fondo distinto, pero otra vez las deliberaciones interminables para decidir el menú, los ciento setenta y dos minutos de rigor para estar listos para salir hacia cualquier parte, el calor insoportable de Barcelona y yo trabajando en mi cuartito mientras los sobrinos y los hijos corrían por ahí, peleando a gritos, jugando a risotadas y saltándose las normas de dos en dos.</p>
<p>El apogeo final de veinticinco días memorables fue el cumpleaños de mi hijo Pablo, donde además de sus amiguitos y los padres de sus amiguitos, se dieron cita: mi Padre, mi Madre – mi otra Madre estaba demasiado lejos para venir -, tres de mis hermanos, mi cuñada, mis sobrinos, el otro Padre de mi hermano y su Mujer, otro de los hermanos de mi hermano y su mujer, la hermana de mi Padre – mi tía -, y su hija – mi prima –, acompañada de marido e hija, y representando a la línea materna mía – ya que había una de mis madres ausentes – una prima, con marido e hijos, y, por supuesto, mi mujer, mis hijos y mis suegros, sorprendidos ante lo prolífico, mezclado y revuelto de mi clan.</p>
<p>Todos familia.</p>
<p>Todos bien.</p>
<p>Todos riendo.</p>
<p>Todos queriéndonos.</p>
<p>Todos aceptándonos.</p>
<p>Y entonces supe, una vez más, en la piel, el corazón y la sangre, que la familia no tiene más fronteras que la capacidad emocional de sus integrantes, que los niños siempre tienen espacio en su corazón para un abuelo más, que los abuelos siempre tienen espacio en su corazón para un nieto más, y que somos nosotros, la generación de los padres, los responsables de producir el encuentro, de hacer las cosas fáciles y, sobre todo, de permitir que los niños, los grandes y los mayores se quieran desordenadamente, como salga y como puedan, porque es la única manera de que el amor sea sincero, sin reglas, sin imposiciones, sin obligaciones. Cuando somos capaces de algo tan sencillo y tan difícil, entonces todo sale bien.</p>
<p>Y como no podía ser de otra manera, hubo un <em>finale escandalosi</em>, todos llorando a gritos en un aeropuerto más, despidiéndonos quién sabe hasta cuando, emocionados, queriéndonos a golpes y empujones, entre equipajes circenses y relojes de pulsera arañando cuellos, soltando a granel lágrimas legítimas, ignorando cuándo seremos capaces de volver a darnos un abrazo así de grande, en el que, sin importar los caprichos de la biología, la genética y la sangre, todos nosotros, y muchos más que no estaban físicamente allí, somos, indiscutiblemente, de la misma familia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 2 de Julio de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>A mis hermanos, que los quiero con locura</em></p>
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		<pubDate>Thu, 23 Jun 2011 17:10:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
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<p>Cuando te escribo es diferente porque sé que ahora no podés oírme, que ahora no podés entender estas palabras, pero que algún día te dirán de tu padre mucho más que lo que entonces seré capaz de contarte, y no porque vaya a estar viejo, sino porque dos hombres – entonces serás un hombre vos también – difícilmente consiguen comunicarse con las palabras y el corazón de un niño.</p>
<p><span id="more-1064"></span>Y me gusta que sea diferente. Al menos una vez al año. Tengo ese derecho de hablarte de vos, de tu hermano, de tu madre y de mí, cada vez que vas cumpliendo años. Tengo ese deber, porque mis palabras, espero, serán algún día el más importante de los legados que podré dejarte. Las palabras, mi amor, pueden ser cajitas vacías encadenadas sin sentido, lugares comunes que los adultos se brindan lentamente, para vivir con cortesía; o pueden también ser el tesoro más preciado, el pacto más sincero entre dos personas, la revelación primera que te ayude, ese día aún lejano, a comprender quién eres. Tu inocencia de niño se diluye de a poco, lentamente, al mismo ritmo que mi candor de padre reciente se va transformando en una lista de reglas y leyes de padre experimentado, que cree que sabe ser padre, cuando en realidad muchas veces pierdo de vista que cada uno de tus días sigue siendo una primera vez para mí. Vas creciendo, mi amor, te vas haciendo más grande, más persona, más niño, más inteligente, más rebelde, más sensible, más Pablo que nunca. Más hijo mío que nunca. Cada día me ponés a prueba con un límite nuevo, con una rebeldía indómita, con una pregunta irreverente, con una sonrisa distinta, que de a poco se va poblando de agujeros y bordes serrados, de nuevos dientes torcidos que suplantan a los blanquísimos y diminutos que te hicieron llorar de bebé.</p>
<p>Es que nuestras vidas, últimamente, parecen más que nunca estar hechas de palabras. Yo escribo y escribo en una soledad artificial, fabricada de cemento y madera, para inventar un espacio silencioso y aislado. Y vos, mi amor, también vas, de a poco, día a día, hilvanando palabras nuevas, mensajes enteros sin cifrar, sin engaños ni trampas. Vas aprendiendo, solito y con mi ayuda, el poder de tu retórica infantil, de tu interés por el mundo, de tus preguntas sin solución y de las respuestas que, entre tu madre y yo, a veces conseguimos darte, y otras te negamos con un argumento universal: <em>eso son cosas de grandes</em>. Vas inventando, sin prisa, una rebeldía incipiente, una voluntad clara, una protesta en voz alta, un enfado de niño grande, de labios apucherados, de llantos explosivos que a veces dan paso a tu risa luminosa, a tus ojitos de castañas asadas e interrogantes vivos.</p>
<p>Y un día cualquiera, en medio de una tormenta social que ahora mismo conmueve a España – porque vas a aprender, también, mi amor, que entre los adultos hay personas poderosas y mezquinas, hay luchas sin sentido y mucha amargura, pobreza, desilusión y fracaso, y también espíritus rebeldes con causas nobles, personas que luchan por los demás y por sí mismos, y en este momento en tu país natal hay una guerra en paz, una pelea que tus padres consideran justa, y que otros consideran un capricho de un montón de <em>perroflautas</em>, hombres y mujeres jóvenes que buscan su espacio en el país como vos lo buscás en casa, con protesta y rebeldía, con amor, con pasión y con un deseo genuino de un futuro mejor. En medio de esa tormenta – te decía, cuando me distraje contándote más cosas de los <em>grandes</em> – apareciste un día con el primer símbolo perfecto de tu voluntad e identidad: te hiciste una trenza de colores pastel en tu pelo rojizo. Con tus seis añitos llegando a su fin, mientras el verano amenazaba con instalarse y resquebrajar el suelo de tu patio escolar, un día decidiste solo, sin consultar con tus papás ni con nadie, que te gustaba una trenza en el pelo. Una seña de identidad típicamente <em>perroflauta</em>, un adorno por el que muchos pagan, en este mundo, el precio del prejuicio ajeno y de la estigmatización. Llegaste de la escuela, y tu madre y yo nos miramos, sorprendidos, divertidos, y nos dijimos con la mirada:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>¡Se nos hizo perroflauta!</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Al día siguiente, en la escuela, el resto de los niños se comportaron contigo como se comportan los adultos cuando alguien hace algo diferente: te señalaron con el dedo. Al son de la burla colectiva, te cantaron: <em>“Pablo es una niña, tiene una trenza!”</em>. Ese mismo día, como si de principios se tratase, te hiciste otra trenza igual, del otro lado de la cabeza. Y volviste a casa decidido y orgulloso de tus trenzas.</p>
<p>Y yo, mi amor, una vez más, sorprendido por tu madurez de niño, por tu intuición precisa de <em>perroflauta </em>en ciernes, no soy capaz de explicarte el orgullo que sentí por tu convicción, por la fuerza de tu identidad, por tu rebeldía encausada, por tu sensibilidad única, por una actitud natural de afirmación de algo en lo que crees. Parece una tontería, pero hoy creo que es una señal, algo que tu madre y yo nos esforzamos mucho en darte, y que en la primera oportunidad que te dio la vida, pusiste en práctica sin ayuda y sin dramatismo: la convicción sobre las ideas propias.</p>
<p>¿Y sabés que? Te voy a contar un secreto: yo fui <em>perroflauta</em>. Cuando era poco más que un niño, no existía esa palabra, pero el concepto es el mismo. En vez de pintarme el pelo me disfrazaba de <em>Che Guevara</em>, con mi atuendo guerrillero, una boina negra de medio lado y fumando tabaco para armar. Y, como vos, tenía el corazón sensible y peleador. Creía en un montón de cosas que vos, todavía, no sabés que existen. Pero lo principal es que era inflexible e indomable. Creía de verdad, y obraba en consecuencia. Y con tu actitud me hiciste acordar a ese casi niño que un día fue tu padre, y que peleaba y protestaba, convencido de estar llamado a cambiar el mundo.</p>
<p>Hoy, mi amor, cuando te veo, cuando veo que sos capaz de sostener tus convicciones, me doy cuenta de cuánto éxito tuve. Cambié el mundo, lo hice un lugar mejor, porque traje a una persona que cree en sus ideas, que tiene voluntad propia y personalidad. Por eso este año, para tus siete añitos, además de otras porquerías envueltas en papel de regalo, quiero regalarte un compromiso a futuro: el de aceptar tus ideas, discutiéndolas si no estoy de acuerdo, pero respetándolas siempre y en cualquier caso. Quiero que tengas, entre tu corazón, tu cabeza y tus manos, la seguridad de que lo mejor que puedes devolverle a tu padre es esa fortaleza de carácter, la convicción de las ideas propias, y la certeza de que sabrás defender tus decisiones cuando sea necesario.</p>
<p>Por todo eso, mi amor, mi chiquitín, además de decirte feliz cumpleaños, hoy quiero prometerte que siempre, pase lo que pase, creas lo que creas, defiendas lo que defiendas, tendrás a tu viejo de tu parte. Palabra de <em>ex–perroflauta</em>.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>¡Feliz cumpleaños!</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Te adora, Papá</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 24 de Junio de 2011</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El silencio de los Indignados</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Jun 2011 18:27:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
		<category><![CDATA[argentina]]></category>
		<category><![CDATA[asco]]></category>
		<category><![CDATA[comunicación]]></category>
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<p>La tan famosa crisis internacional hipotecaria, sin ninguna piedad, se llevó por delante el sueño de potencia económica de España, y casi todos los beneficios que la década de cemento había generado para la población – no así los de la clase política, a buen resguardo en cuentas numeradas en Suiza –, y entonces algo comenzó a pasar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se rompió el silencio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se hizo añicos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1057"></span>Una sociedad quebrada – cinco millones de desempleados no admiten otro adjetivo – que, sin embargo, sale a la calle con cuentagotas. Y entonces las muchas protestas pacíficas y los inevitables incidentes de dudosa procedencia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y ahora, además de contemplar estupefactos cómo los políticos se hacen los sordos y miran para otro lado de pura ceguera, nos toca escuchar lecciones de democracia, sabia y generosamente impartidas por estos paladines de la vida pública y la riqueza privada. Es democracia que muchas personas se junten para vitorear a un político que gana unas elecciones. Es antidemocrático que muchas personas se junten para abuchear a los políticos por no cumplir el mandato soberano de su voto. Es democrático quedarse con los vueltos, no imponer condiciones de funcionamiento a una banca voraz y sanguinaria, aún después de rescatar su negocio impúdico con dinero público. No es democrático querer cambiar las cosas de una manera diferente a la que figura en la constitución.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y yo creo que la pregunta es si esta Democracia Con Mayúsculas de la que tanto se enorgullecen los políticos es realmente lo que todos queremos. Nadie cuestiona si la democracia es el camino, si es realmente la mejor de las opciones posibles. Actualmente, los españoles son rehenes de la constitución, creada por la clase política y que contempla mecanismos de cambio que aseguran el poder a perpetuidad para esa misma clase política. Los partidos políticos son rehenes de la banca, que les financia las campañas y les cobra en favores. La banca es rehén de su voracidad infinita, su impudicia y su falta de humanidad.</p>
<p>El mensaje es que, al votar es cuando expresamos nuestra opinión, y eso es un sistema perverso, porque solamente los podemos votar a ellos, y no es posible llegar a ser votado sin convertirse en eso mismo, porque el camino está corrupto desde dentro, los mecanismos son tan automáticos que el bien común se pierde de vista en el segundo peldaño.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El mensaje es que, hacer oír la voz indignada ante el despilfarro, los privilegios, la impunidad de los poderosos y la falta de respeto y de decoro con que se gestiona el enorme poder que da el voto popular es antidemocrático. Lo democrático es hablar una vez cada cuatro años, pero solamente se puede responder a una pregunta: <em>¿Querés más a tu papá o a tu mamá?</em></p>
<p>No hay matiz posible, hay que elegir entre los malos, los peores, los que son un poco ladrones, los que son muy ladrones, los que les importa casi nada la gente, los que la gente no les importa para nada y aquéllos a los que lo único que les importa es su bolsillo. Son todos iguales pero distintos, y el engranaje altamente democrático que han creado está preparado para transformar en eso a cualquiera que intente llegar: la perversión del sistema está por encima de los hombres.</p>
<p>Y en este contexto, los medios de comunicación, que son las putas mantenidas – con mis disculpas para tan noble profesión, pero cobrar por determinadas cosas no puede llamarse de otra forma – de la banca y de la clase política, emprenden una campaña de desprestigio contra los Indignados, porque aunque se hagan los ciegos, los sordos y defiendan su democracia de mentira a capa y espada, lo que no han podido evitar es darse cuenta, de una vez por todas, del alto valor del silencio que habían comprado con sangre de ladrillo.</p>
<p>Pero aunque nos manden callar a palos, con trucos baratos de desprestigio y con mentiras televisadas, el silencio resultante será un silencio nuevo, un silencio cargado de desprecio y de protesta, un silencio especial, único y luchador: El Silencio de los Indignados, al que me sumo a partir del próximo punto final.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Días de Radio: una voz amiga</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jun 2011 12:29:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
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<p>La semana era un auténtico calvario. Visitar a los posibles <em>sponsors</em>, negociar una cuña de 20 segundos por cien o ciento cincuenta pesos, intentar convencerlos por argumento de ventas primero, de sonrisa después, y de llanto, súplica y artificios de magia negra, vudú y amenazas esotéricas por último. Necesitábamos cuatro patrocinadores para sostener el programa sin poner dinero de nuestros paupérrimos bolsillos. Además, mientras tanto, estudiar, trabajar y preparar el guión. Yo revisaba los diarios de la semana en busca de noticias absurdas para comentar, e inspirándome en los horóscopos errantes de los matutinos, me inventaba predicciones verídicas, supuestamente susurradas directamente a mis oídos por un Zodíaco privado, una revelación astrológica absurda y apócrifa, mentirosa, dibujada y parafraseada que ni siquiera ensayaba la pretensión de la verdad: augurábamos desgracias personales, catástrofes naturales, debacles financieras y escándalos amorosos para todo el mundo. <span id="more-1047"></span>Después, satisfechas las necesidades caprichosas de la futurología, escribía un folletín semanal en forma de radionovela, llamado <em>Perfidia</em>, cuya cortina musical era el conocido bolero. Era un culebrón infumable, irónico y pueril, en el que, para que el rosario de personajes fuese medianamente creíble, debíamos caracterizar cuatro o cinco de ellos cada uno de nosotros. Yo hacía todas las voces masculinas, y para sostener la veracidad en el cambio instantáneo de personajes, el único recurso físico que encontré para no mezclar las voces fue asignarle a cada uno de ellos un <em>set </em>de gesticulación particular, que incluía manos, boca, ojos, dedos y pies. Los amoríos triviales de un montón de frívolos se desencadenaban sobre los micrófonos avejentados de la <em>FM</em>, mientras nuestras voces variaban constantemente de timbre, y mis manos dibujaban el aire, ora trazando caminitos inciertos de peces voladores, ora decorándolo de pájaros pintados. Normalmente, y como debe ser en estos casos, terminábamos todo a último momento, y partíamos a las corridas, a bordo de un taxi, hacia la emisora, sin apenas tiempo para ensayar. En una ocasión introduje un personaje nuevo en los complejos laberintos de <em>Perfidia</em>: un anciano. Mi automatismo gestual le asignó a este anciano perverso y malvado un par de manos temblorosas, que ponía sobre el papel con el guión, vibrando al ritmo de las palabras mientras leía sus líneas. Durante el programa de esa noche, Florencia y Natalia apenas habían leído el guión, y mucho menos habían visto mi nuevo gesto. Comenzamos, como siempre, el folletín en vivo. Todo iba bien hasta que intervino el anciano. Es importante aclarar que yo tenía entonces diecinueve años, el pelo largo y lacio, casi hasta la cintura, y llevaba siempre un sombrero negro, de tango, incluso dentro del caluroso estudio de radio. Cuando imposté la voz de anciano y comencé a leer mis líneas, concentrado en el micrófono y haciendo temblar mis dos manos paralelas, Florencia y Natalia, al sufrir el visionado grotesco de mi post-adolescencia decorada con pelos y sombreros, los gestos rituales y la voz de anciano, estallaron en carcajadas explosivas en medio del episodio. Yo, primero rojo como un tomate y después conquistado por sus risas estrepitosas, me desbarranqué también. El operador del programa acudió al rescate con un tema de los <em>Ratones Paraonicos</em>, para darnos tiempo a calmarnos.</p>
<p>Un tema musical y dos anuncios después, estábamos listos para retomar. Pedimos disculpas a la audiencia y reiniciamos el episodio de <em>Perfidia</em>. Hasta tres veces, porque nuestra juventud, las ganas de divertirnos y la risa se volvían a detonar una y otra vez. Disfrutamos como locos, el programa de esa noche fue horrible, y abandonamos la emisora entre risas y empujones, siendo, más que nunca, lo que éramos por entonces: niños jugando a ser grandes.</p>
<p>Ni siquiera recuerdo cuántos episodios del programa logramos emitir (no creo que hayan sido más de diez), pero me es imposible negar que, desde entonces, quedó en mi pecho el germen de la radio, la magia modulada que comienza en cuanto se enciende la luz piloto que indica aire, el pulso acelerado de la consciencia física que te da intuir, del otro lado, muchos pares de orejas, muchos corazones escuchando palabras soltadas al viento. Como todas las cosas importantes de la vida de todas las personas, nuestra aventura de radio se construyó con ilusiones, con ganas, con algunas buenas ideas y muchas malas ideas, pero sobre todo y por encima de todo, con muchísimo amor y muchísima pasión. No tuvimos un éxito imparable, ni nos hicimos famosos, pero aprendimos que el aire puede transportar amor en frecuencia modulada. Aprendimos que la radio es una magia compartida, un motor que puede acercarnos, entre personas, la maravilla de descubrirnos unos a otros. Dicen que los ojos son las ventanas del alma, y si eso es así, entonces la voz es su sonido, su susurro secreto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Casi veinte años después, volví a pisar un estudio de radio. No fueron las puertas imponentes de los lujosos estudios de la Cadena SER, ni las oficinas alfombradas de un importante grupo multimedios. Fue, nuevamente, un estudio sucuchito, apretadito, pequeño, apretrechado con los muebles que sobraban en casa, donde un puñado de personas jóvenes – mucho más experimentados y mucho más profesionales de lo que éramos nosotros – hacen radio con el mismo espíritu: por pura pasión, por amor a las palabras y a las voces, y, fundamentalmente, porque tienen algo que decir, algo que merece ser escuchado. Fueron los estudios en la Costa del Sol desde donde <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo Mazzolini</a> emite su programa <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a></em>, de, por y para argentinos, pero con espacio en su alma noble para quien quiera acercarse, sin importar su filiación.</p>
<p>Habíamos convenido que estaría allí a las 9:30 de la mañana, porque Pablo me entrevistaría con motivo de la presentación de mi novela <em>Matalobos</em> en la ciudad de Málaga ese mismo día. Apuré un cigarrillo en la vereda, bajo el sol malicioso de junio, y toqué el timbre con el pulso alterado por la certeza de la proximidad de los micrófonos. Como tardaban en responder, volví a tocar. Entonces Pablo bajó corriendo las escaleras, me abrazó con afecto, como si me conociera desde siempre, y me soltó un argentinazo:</p>
<p><em> </em></p>
<blockquote><p><em>Boludo, estoy haciendo el programa, pasá, pasá.</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>En ese mismo instante me sentí parte, y mientras lo seguía escaleras arriba, apretando el paso para continuar la cita ineludible con sus oyentes, supe que estaba de nuevo en casa: radio hecha por seres humanos, con esfuerzo y sacrificio, para otros seres humanos que, más que la verdad, necesitan oír una voz amiga.</p>
<p>Esperé durante algunos minutos, mirando embelesado el trajín de la radio en vivo. Mauricio hablaba de deportes, hablaba de un torneo en el que en Independiente jugaba todavía la <em>Chancha Mazzoni</em>, y me transportó inmediatamente a esa época, a ese Buenos Aires, a esa sensación reconfortante de sentirse entre amigos. Entonces me tocó el turno. Me senté a una mesa oval, sin más lujos que cuatro micrófonos y cuatro pares de auriculares. Enfundé mis orejas y atendí a razones. Comenzaba la entrevista, y Pablo, mientras operaba el programa, los audios almacenados en una computadora, las entradas y salidas de aire, y a la vez me entrevistaba, me hizo sentir como nunca antes en radio: relajado, feliz, entre amigos. Hablamos de todo un poco, de esto y de lo de más allá, de mi novela y de los indignados, de las palabras y de sus significados, de lo bello y de lo bueno. Ni siquiera una sombra oscureció los mejores veintidós minutos de radio que hice en mi vida, y la calidez del ambiente me permitió recuperar instantáneamente el germen vivaz que aún habita mi pecho. Todo apareció de golpe: las noches oscuras de La Boca, las paredes desvencijadas del estudio, las voces radiadas de tres casi niños que buscaban su identidad jugando con aparatos serios, el misterio insondable de los radioescuchas por ahí, por internet, por el aire, por el mundo.</p>
<p>Entonces supe, sin necesidad de que nadie me lo dijese, dos cosas. La primera fue que, veinte años y quince mil kilómetros después, haga lo que haga y me dedique a lo que me dedique, la radio sigue siendo, por derecho y por amor, un poco mi casa. La segunda fue que, en este país repleto de inmigrados argentinos, de personas que nos necesitamos las unas a las otras para salir adelante, y de soledades criminales que, quienes escribimos, hablamos o inventamos cosas siempre queremos combatir, <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo Mazzolini</a> y su <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a></em> tienen y regalan, sin ninguna duda y sin pedir nada a cambio, lo que todos, de una u otra manera, siempre estamos buscando: una voz amiga.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Málaga, 12 de Junio de 2011</em></p>
<blockquote>
<p style="text-align: left;"><a href="http://aprendizdebrujo.net/?attachment_id=1050" target="_blank">Para escuchar el audio de la entrevista, pinchar aquí</a></p>
</blockquote>
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		<title>Las primeras veces siempre fueron buenas</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Jun 2011 09:38:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La primera vez que me sentí plenamente hombre no fue cuando por fin conseguí desnudar a una mujer. Ni siquiera la primera vez que conseguí desabrochar un corpiño. Tampoco fue la primera vez que sentí calentarse la carne del rostro de otro bajo un golpe de mi mano, ni la primera vez que grité un &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/06/04/las-primeras-veces-siempre-fueron-buenas/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente hombre, fue cuando me ajusté, de medio lado, un chambergo gris prestado, bajé su ala desgastada, puse un cigarrillo apagado en mis labios y me adiviné en un espejo, haciendo coincidir el borde del ala con los dos focos verdegrises que señalan el centro de mi mirada. Me gustó lo que vi, y decidí que, desde ese momento en adelante, esa sería mi imagen. Ese mismo día, aún con el sombrero y varios cigarrillos más tarde, en una mesa de café, con quien hoy es un amigo entrañable, sellamos nuestra amistad con un pacto sagrado que tiene ya veintitrés años de vigencia: me sentí hombre porque descubrí, al mismo tiempo, mi cara y el significado de la <a title="Sobre la amistad, justo antes de partir" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">amistad de hombre a hombre</a>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1044"></span><a title="Sobre el confuso oficio de ser Hombre" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Después me sentí hombre muchas veces</a>. Me sentí hombre la primera vez que protegí a una mujer de la lluvia, cuando me enfrenté a la policía por defender cosas en las que creía, cuando dije verdades y cuando defendí mentiras por creer que así servía a una causa mayor. Me sentí hombre cuando supe con certeza, en la piel y en la sangre, que amaba a las mujeres en general, y más hombre aún cuando aprendí a amar a una en particular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino no fue cuando me pincharon en la solapa del guardapolvo blanco una escarapela celeste y blanca, rematada en el centro por un botón celeste, ni cuando, rodeado de la solemnidad de cartón piedra del salón de actos de mi escuela, aprendí los versos sincopados del Himno Nacional, mientras la señorita Graciela Amor danzaba con sus manos de marfil sobre las teclas de un piano desafinado. Tampoco fue el dos de abril de 1982, cuando un montón de adolescentes muertos de frío, bajo el mando errante de un general borracho, tomaron por la fuerza las Islas Malvinas, ni poco más tarde, el 20 de junio de ese mismo año, cuando repitiendo palabras huecas que me habían enseñado mis maestras, prometí lealtad a la bandera, preguntándome íntimamente cómo hace un niño para serle leal a un trapo de colores.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino fue cuando, a pesar de contar solamente cinco añitos, me asomé por el techo abierto de un <em>Peugeot 504</em> blanco, flanqueado por mis hermanos, para bañar mi cabecita en papeles de colores, gritando: <em>¡Argentina! ¡Argentina!</em> Habíamos ganado el mundial de 1978, y aunque mi familia era de izquierda y comprometida con la lucha contra la dictadura, nuestra inocencia infantil estaba a salvo de los horrores que tapaba ese triunfo. Me sentí argentino cantando, por los pasillos de la escuela, que veinticinco millones de argentinos ganaríamos ese mundial. Me sentí argentino viendo en blanco y negro los bigotes de Luque, los brazos abiertos del <em>matador</em> Kempes y el casquito de pelo ridículo de Daniel Pasarella. Me sentí argentino viendo a Mario Sapag imitando a Menotti, mientras repetía hasta el cansancio: <em>“No lo pongo a Pernía porque Pernía es triste”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí argentino muchas veces, con diversas emociones y grados de conciencia, pero nunca más volví a experimentar una sensación tan plena, tan claramente infantil, tan abstracta para un niño, y sin embargo tan absolutamente desbordante, enorme, motivo de orgullo y de gloria, de pasión, de emoción y de alegría. Por eso para mí, ser argentino es, sobre todo, ese sentimiento intraducible que, de cuando en cuando, nos une a todos los argentinos con cualquier excusa, pero borrachos del cual nos basta solamente una mirada para saber, sin ninguna duda, que estamos todos en el mismo bando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre no fue cuando me pusieron en brazos un bebé enrojecido, berreando y con la cabeza apepinada por el trabajo de parto. Me invadió una emoción profunda y difícil de explicar, pero en ella había más de miedo y felicidad mezclados que de paternidad. Tampoco fue algunas horas más tarde, cuando, con las manos temblorosas, intentaba despegar de su culito rosado el <em>meconio</em>, pegajoso y casi negro, sosteniéndolo por los tobillos con un miedo animal a rompérselos en pos de mi torpeza. No fue ni siquiera cuando me morí de ternura al verlo intentar mamar por primera vez, ni cuando el hospital dijo: <em>“A casa, buenas tardes”</em>, y salimos por la puerta con un bebé en brazos para el que, a pesar de haber leído concienzudamente, preguntado a nuestros padres, y habernos preocupado más allá de lo razonable, no estábamos preparados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre fue el día que vi a Pablo – mi hijo mayor – con sus piecitos desnudos y sus piernas flaquitas, tambaleándose de puro bebé, y su pelo rojo y lacio y sus dos ojos marrones y enormes, y sus manitos blancas, sus deditos diminutos coronados por uñas de mentira, todo él iluminado de felicidad, chorreando amor por todos lados, señalarme con el dedo e inventar, solo para mí, la palabra <em>Papá</em>. Un impacto en el pecho me dolió profundamente, y supe de una vez para siempre que él me reconocía como tal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí padre muchas veces, y a diferencia de otras cosas, es cada vez, si se puede, más gratificante que la anterior. Al menos por ahora, mientras mis hijos son aún pequeños, y la palabra <em>Papá</em> es sinónimo de héroe, Dios, guapo, listo, fuerte y admirable. En unos años, supongo, lo será de palabras menos elogiosas, pero tan auténticas como lo son éstas ahora mismo, y, espero, me harán sentir igual de padre, aunque probablemente no tan feliz. Por eso para mí, ser padre es, antes que nada, emplearse a fondo, con toda la pasión posible, en el intercambio filial, sin importar de qué se trate, sino la naturaleza del vínculo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor no fue cuando, con el pulso alterado por la emoción, abrí el paquete donde venían los libros con mi nombre en la portada. Tampoco fue el día que puse el punto y final de mi primera novela, ni la primera vez que me felicitaron sinceramente. No fue cuando, por primera vez, vino un periodista a mi casa a entrevistarme, ni cuando, orgulloso y conmovido, presenté mi libro en la biblioteca del pueblo. Ni siquiera fue cuando descubrí que mi cabeza está llena de historias, que voy por la vida narrando para mis adentros todo lo que me conmueve, me divierte o me emociona. No fue tampoco la primera vez que adiviné admiración en la lectura de alguien a quien respeto desde el punto de vista literario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor fue cuando, sentado en una vereda ventosa, bajo un porche gris que me protegía de un cielo encapotado, durante la fiesta de <em><a title="Velando armas: La Rosa, el Dragón, la Espada y la Pluma" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/04/22/velando-armas-la-rosa-el-dragon-la-espada-y-la-pluma/" target="_blank">Sant Jordi</a></em>, por primera vez miré a los ojos a un completo desconocido, le firmé un ejemplar de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> y se lo di en mano, sonriendo y agradeciéndole por apoyar a los escritores independientes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí escritor varias veces más, como cuando<a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona/" target="_blank"> me ofrecieron firmar en el libro de honor de visitantes de la biblioteca</a>, o cuando me entrevistaron por la radio. Me sentí escritor cuando, consultando el catálogo por internet, descubrí que los dos ejemplares de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> de la biblioteca estaban prestados, en casas de desconocidos, siendo leídos por personas de las que no sé más que su filiación bibliotecaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces pensé en las primeras veces, en lo difícil que es identificar esos momentos cuando están sucediendo, cuando son reales, cuando su <em>ahora</em> es tan inmediato y tan fugaz que apenas nos da tiempo para intentar ser nosotros mismos y hacerlo lo mejor posible. Y pensé que es necesario aprender de esa reflexión, e intentar vivir la vida con la ternura a flor de piel, con las emociones bien dispuestas, porque en cualquier momento, detrás de cualquier esquina, dibujada con desparpajo sobre cualquier papel, nos puede asaltar de improviso la vivencia imperdible de una primera vez maravillosa, y supe también que siempre será más importante estar bien dispuesto a vivirla que preparado para reconocerla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El festival higienizante y sangriento de la democracia moribunda (#spanishrevolution)</title>
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		<pubDate>Fri, 27 May 2011 18:26:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>El domingo pasado, por primera vez en mi vida, experimenté la extraña sensación de ir, en familia, <em>de protesta</em>. Los niños, encantados, recorrían alucinados la <em>Plaça Catalunya</em>, entre familias, turistas, simples curiosos y jóvenes de pelos de colores, pieles tatuadas y metales diversos asomando por los más impensables orificios faciales.</p>
<p>Siendo como soy, rioplatense y nostálgico por definición, no pude evitar rememorar mis días de protesta furibunda, las vueltas interminables a la Plaza de Mayo acompañando a las madres, la carga de la policía contra doscientos cincuenta estudiantes adolescentes, entre los que me encontraba, muerto de miedo y dispuesto a dar la vida por una causa menor, las noches y noches de gritos y cánticos variopintos por las calles de mi amada Buenos Aires, y aún más atrás, el recibimiento multitudinario a la vuelta de la democracia argentina, allá por mil novecientos ochenta y tres, con apenas diez años.</p>
<p>Este domingo, decía, por primera vez era parte de una protesta popular como padre, y me emocionó la certeza inconfundible de poder estar allí con mis hijos pequeños, mientras tres chicas <em>jipis</em> pintaban las caras de mis niños:</p>
<p>-        ¿De qué te pinto, cariño? – preguntó una a Pablo, mi hijo mayor.</p>
<p>-        De monstruo. De Einstein – respondió él.</p>
<p>-        ¿Einstein?</p>
<p>-        Sí, el monstruo verde con la cabeza así – explicó.</p>
<p>-        ¿<em>Frankenstein</em>?</p>
<p>-        ¡¡Ese!!</p>
<p><span id="more-1040"></span>Nos reímos con ganas, y no parecía ser muy diferente de estar en una feria, salvo porque se podía respirar en el aire la indignación, las ganas de gritar <em>basta</em>, el orgullo de los jóvenes por la fuerza de su sangre. Y me sorprendió con alegría poder calificar todo ese magma de personas achicharradas bajo un sol de justicia como <em>civilizado, solidario y limpio</em>. Nadie tiraba un papel al suelo, los comerciantes de la zona donaban comida que voluntarios cocinaban para repartir gratuitamente entre los acampados, y una larga lista de etcéteras que, no por excesivamente relatados dejan de maravillarme.</p>
<p>Desde que vivo en España, hace ya once años, no dejan de sorprenderme algunas cosas. Una de ellas es que, superados por su carácter latino, los españoles viven de manera desordenada, sienten las cosas con una pasión descontrolada y caótica, y están más preocupados por beber cerveza y tomar el sol que por la <em>productividad</em>, el modelo económico o las cada vez más variadas e ingeniosas eurocatástrofes. Como contrapartida, el contexto de la Unión Europea los presiona, y los obliga a avergonzarse públicamente y en voz alta de su carácter latino. En consecuencia, el discurso permanente de sus líderes es el de la <em>tolerancia cero</em>, la profesionalidad, el estado de derecho, la democracia, la transparencia y la honestidad.</p>
<p>Esos líderes, en las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo, llevaron más de medio centenar de imputados por corrupción como candidatos en sus listas. Y arropados por su discurso de cartón y sus insustancialidades que, a fuerza de repetirlas parecen creérselas, no solamente no se les cae la cara de vergüenza por presentar como candidatos a una banda de mafiosos, ladrones vulgares y estafadores, sino que además proclaman sus victorias con orgullo, besan niños públicamente y, como diría <em>Joan Manuel Serrat</em>, cuelgan en las escuelas su retrato.</p>
<p>Y mientras un gran número de españoles duermen al aire libre para intentar que alguien se digne a oír su voz, mientras los politicuchos de derecha y de izquierda hacen como que no oyen y como que no ven, la mayoría de los españoles vota, y vota decidiendo su voto con un algoritmo simple, a saber: <em>“Tengo trabajo, me va relativamente bien, voto a los mismos de ahora. No tengo trabajo, me va mal, voto a los otros”</em>. La tan necesaria alternancia democrática, en un país donde los que se dicen de derecha moderada son auténticos fascistas, el Partido Socialista Obrero Español, llenándose la boca con palabras de izquierda y banderas rojas no pasa de ser un partido tibio, socialdemócrata de centro, y los restos lamentables del Partido Comunista (IU) se retuercen como babosas en sal gruesa repitiendo las letanías prosoviéticas de la década de los setenta, se transforma entonces en una farsa que la sociedad civil en su conjunto se esfuerza en creer.</p>
<p>Los vencedores de las elecciones se apuntan el tanto, pregonando la confianza recibida de la mayoría de los ciudadanos y la fe en un supuesto proyecto que, hasta ahora, no se han molestado en explicar, cuando lo que han recogido ha sido un saco de frustraciones, derrotas y votos desesperados, rodeado de silenciosos pero numerosos votos en blanco.</p>
<p>Los perdedores, mientras tanto, echan la culpa a la crisis internacional – que ciertamente jugó y juega un papel importante –, aprovechándose de ella para callarse su quietud, su falta de coraje para gobernar y para pararle los pies a una de las bancas más sanguinarias y voraces del planeta, y su debilidad congénita para cargar con un estigma de improvisación que la derecha fascista de este país endosa siempre a esa izquierda descafeinada, que no tiene ni siquiera identidad suficiente para desmentirlo con hechos.</p>
<p>Con este panorama, cuando a pesar de la resolución de la Corte Electoral de ordenar disolver las diversas acampadas repartidas por la geografía española, con motivo de la jornada de reflexión, el Ministerio del Interior declaró que eran concentraciones pacíficas, y que mientras no hiciesen campaña electoral las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no intervendrían, me dije a mí mismo: <em>“Al menos hay libertad”</em>.</p>
<p>Personalmente creo que el modelo de la democracia representativa está evidentemente caduco. No sirve para más que privilegiar a una clase política engordada, enriquecida y ciega. También es evidente que, si se elimina la representatividad totalmente, entonces un estado jamás podrá volver a tomar una medida impopular. Pero nadie se anima a dar el primer paso hacia un modelo mixto, donde se elimine al aparato político de las tareas de pura y simple gestión, teniendo en su lugar responsables de carrera, que respondan como empresarios por los resultados de su gestión, y un poder público transparente, con mayor control ciudadano, donde, además, los imputados por corrupción queden cesados en sus funciones como medida cautelar, y no al revés.</p>
<p>Y ahí estaba yo, con mis pensamientos de libertad, cuando esta mañana me desayuné con el absurdo de una operación policial digna de Macondo, o si me apuran, del mismísimo General Leopoldo Fortunato Galtieri, poderoso y borracho, mandando machacar manifestantes pacíficos, familias, jóvenes y ancianos por la simple necesidad, según palabras de los represores, de <em>higiene</em>. Hay que limpiar la <em>Plaça Catalunya</em>, y tiene que ser ya. Tiene que ser ya porque mañana el <em>Barça</em> puede ser Campeón de Europa, y qué van a pensar los europeos si nos ven celebrar un título entre un montón de <em>jipis</em> y la plaza toda sucia. Tiene que ser ya porque no va bien a la imagen de la ciudad, o porque le da la gana a alguien que lo decide perpetrado detrás de un escritorio de nogal.</p>
<p>Y entonces, los<em> jipis antisistema</em>, los <em>revoltosos</em> y los <em>violentos</em> levantan sus manos en señal de paz, negándose a abandonar su posición, mientras pegadores entrenados por el estado los machacan a palos.</p>
<p>¿De verdad estos señores van a seguir llenándose la boca con la Democracia y el Estado de Derecho? ¿De verdad les vamos a permitir, en España y en el resto del mundo, que sigan enriqueciéndose al mismo ritmo que mienten, roban, pactan entre ellos e ignoran a sus <em>representados</em>? ¿De verdad no se les cae la cara de vergüenza cuando ordenan un baño de sangre por <em>higiene</em>, mientras los corruptos cuentan billetes ajenos con una mano y juran sus nuevos cargos con la otra? ¿De verdad?</p>
<p>Señoras y Señores, la Democracia se muere. Es hora de que pensemos juntos en una alternativa mejor.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Mi bisabuela, novelera y novelada</title>
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		<pubDate>Fri, 20 May 2011 06:52:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Así, después de descartar – a mi pesar- las hipótesis más arriesgadas, como el desfile con elefantes, <em>ecuyeres, </em>tragasables y tramoyistas escupiendo llamaradas, los fuegos de artificio pintando mi nombre en letras rojas y violetas sobre un firmamento azul petróleo, y las manifestaciones pasionales de multitudes enloquecidas por la revelación profunda que algún día iba a escribir, me juraba a mí mismo, una y otra vez, que jamás sometería a las personas que me apreciasen lo suficiente como para asistir a mi presentación a un aburrimiento de tales proporciones.</p>
<p><span id="more-1029"></span>Es por eso que hoy he decidido saltarme la parte de las citas eruditas y las astutas referencias literarias, para simplemente celebrar la maravilla de haber llegado hasta aquí, de haber conseguido escribir <em>Matalobos</em>, publicarla y recibir sólo buenas cosas de quienes lo han leído. He decidido saltarme la parte en la que hablo de mi carrera de escritor, la parte en la que hablo de literatura universal, la parte en la que honro a los escritores que admiro, reconociendo sus influencias sobre mi libro, y la parte en la que hablo de <em>Matalobos</em>, que ustedes ya habrán leído o leerán, si se da la oportunidad. La parte que no puedo, ni quiero, ni sería justo saltarme, es la que habla de las razones de <em>Matalobos</em>, del enorme esfuerzo que supuso escribirlo, y de la porción de mérito que corresponde a otras personas, que no han pulsado directamente las teclas que dibujaron sus palabras, pero aún así han hecho posible que yo la escribiese, sufriendo conmigo, personaje a personaje, sílaba a sílaba, aguantándome mientras escribía, ayudándome con opiniones sinceras, o simplemente queriéndome mientras necesitaba tiempo y espacio para pensar solamente en María de las Angustias Matalobos.</p>
<p>Crecí en el contexto caótico de una familia de locos. Un puñado generoso de hermanos, tan en movimiento que aún hoy son difíciles de contar, aunque conozco perfectamente el número final: cinco, que a su vez tienen varios más, que tienen otros hermanos, totalizando nueve. Además, dos madres en activo a la vez, una comparsa inacabable de tíos y primos, y las historias rocambolescas que siempre circulan alrededor. Y como en toda familia de locos que se precie, en la mía no faltaban las historias, los rumores y los personajes pintorescos.</p>
<p>Por supuesto, yo veía todo este familión con la naturalidad cándida de los niños, sin preocuparme demasiado por las diferencias entre los parentescos sanguíneos y los que estaban hechos por el roce, por el cariño o por la simple costumbre: al final, en todos ellos subyace el amor. Entre toda esta maraña de personajes, no podía faltar el tío jovial al que todos admirábamos, la tía estricta que, durante los veranos en su casa nos hacía marcar el paso, la abuela que guisaba dulce, cantando y contando historias de abuela, con los lentes montados en la punta de la nariz, y la bisabuela casi centenaria, mujer profundamente religiosa, que se empeñaba en llamar <em>Florinda</em> a mi hermana Florencia, sabiendo perfectamente su nombre, pero negándose a pronunciarlo por considerarlo impropio de una dama, mientras la perseguía por la casa, instándola a cumplir su deber femenino de rezar varias veces al día. La misma anciana diminuta y encorvada que por las noches tórridas de las fiestas navideñas del cono sur, asaltaba la heladera, armada de una cucharita de café, para hundirla sin piedad en la mantequilla, en el dulce de leche, y en todo aquello que le gustase, sin importar el estado hepático, el orden normal entre lo dulce y lo salado, ni la mezcla estomacal resultante. La misma de la cual, mi padre, con su sentido del humor de siempre, nos relataba: <em>“La Bisa mató cuatro maridos. Por eso cuando viene en navidad yo la emborracho, a ver si alguna vez confiesa la verdad”.</em> La misma anciana que es origen y razón de mi novela. La misma que no confesó nunca, que se llevó a la tumba el secreto, junto a un puñado de rosarios y novenas rezados en voz baja, y diversos recuerdos familiares labrados en plata barata.</p>
<p>La ví cumplir noventa y cinco años, perfectamente lúcida, los ojos claros encharcados por unas cataratas sin solución, la espalda vencida por el peso de los años, la piel tan desgastada que parecía de ceniza apelmazada y papel encerado. La oí cantar sevillanas con la voz cascada por los años, durante más de una nochebuena, recuperando para nosotros su sangre andaluza, su vitalidad legendaria y su alegría de anciana, animándose incluso a levantar varios centímetros sus vestidos estampados de flores, enseñándonos las pantorrillas labradas de caminitos de arañas, que luego supe que se llamaban várices, y sus enaguas blancas, casi grises de tanto lavarlas con jabón <em>Federal</em> en el piletón del patio.</p>
<p>Los adultos disfrutaban, y los niños nos moríamos de aburrimiento, sin entender por qué razón debíamos guardar silencio mientras la vieja cantaba con lo que parecía su último aliento, apenas haciéndose oír sobre el estruendo caótico de los petardos navideños, el sonido sibilante que produce el calor húmedo en las noches de verano y los ladridos de los perros, aterrados por los estallidos, la pólvora y el olor a azufre que, en mi tierra, certifica durante la navidad la presencia casi palpable del diablo, susurrándonos al oído malas ideas para divertirnos.</p>
<p>Las navidades de mi infancia están todas pobladas de recuerdos parecidos. Calor, petardos, ladridos, noches diáfanas, alegría y l<em>a Bisa</em> de visita, molestándonos porque había que cederle una cama, persiguiéndonos para obligarnos a rezar letanías que, en el ateísmo profundo de la familia, desconocíamos por completo, golpeando la puerta del baño con la empuñadura de su bastón, horrorizada ante la sola idea de lo que podríamos estar haciendo, tanto tiempo encerrados en el baño. Por cierto, lo único que hacíamos por ese entonces era leer cómics y jugar interminables partidas de ajedrez, uno sentado en el váter, el otro en una sillita de <em>cámping</em>, y a intentar concentrarse entre los vapores de caca y los golpes feroces de <em>la Bisa</em> en la puerta del baño, invocando una decencia que, en nuestra niñez, no tenía razón de ser.</p>
<p>En 1993, con diecinueve años, me tocó llevar al hombro su ataúd, y enterrarla casi sin pena, casi como quien hace un trámite. Tengo un recuerdo vívido de sorpresa física ante el poco peso de la caja de madera, con una cruz de bronce en la tapa. No la lloré porque hasta el día de su muerte, no había hecho más que pellizcarme las mejillas y reprimirme, intentar evangelizarme y castigarme, a mí y a mis hermanos. No la lloré porque desconocía su pasado, su valentía de mujer sola, el poder andaluz de su sangre casi centenaria y los secretos que se llevó a la tumba. No la lloré porque a los diecinueve años la muerte es una idea incomprensible para la mayoría de nosotros.</p>
<p>Después pasaron algunos años, y cuando mi cabeza empezó a asentarse sobre mis hombros, me descubrí más de una vez pensando en ella con nostalgia y con cariño. Tarde, me dí cuenta de cuánto lamentaba no haber tenido con ella una oportunidad de adulto, una tarde entera para escucharla hablar, para que me contase de su Cádiz natal, de sus maridos muertos, de su alegría inquebrantable, y también de su soledad final. Tarde advertí que, si tan sólo hubiese vivido cinco o seis años más, habríamos podido encontrarnos, hablar, ser amigos, ser bisabuela y bisnieto.</p>
<p>Entonces comencé a pensar en ella, no como la ancianita encorvada que yo conocía, sino como la mujer imponente que todos en la familia decían que había sido. Lentamente, la mezcla de la frase ritual de mi padre: <em>“La Bisa mató cuatro maridos.”</em>, los testimonios de una fuerza de carácter indiscutible, y la falta de datos reales sobre ella, fueron fabricando en mi mente una mujer fabulosa, fuerte, una superviviente. Una mujer obligada a vivir su vida durante la primera mitad del siglo XX, cuando las mujeres aún estaban a medio camino entre el derecho al voto y el fregadero de la cocina. La imaginé egoísta, sensual, increíblemente atractiva, luchadora, indómita, con clase. La imaginé aventurera y más propensa a ser amada que a amar. La imaginé fuerte, enteramente andaluza, orgullosa de su origen y completamente dueña de sus silencios. Y lo que es más importante, imaginé cómo sería la vida de una mujer que, en esas condiciones, no estaba dispuesta a aceptar que nadie le dijese cómo debía vivir. Atrapada en su doble moral, y abriéndose paso en un mundo en el que, todavía, no había lugar para las mujeres como ella.</p>
<p>No me importa demasiado, a esta altura, qué parte de toda mi historia imaginada es verdad, ni qué parte es ficción. Me importa saber, íntimamente, que no hay mejor tributo a las tardes de té con galletas que no pudieron ser, a la sangre que me dio la posibilidad de vivir hoy en esta tierra, a sus raíces andaluzas y a la fantasía colectiva de mi familia, que esta novela que, aunque pueda de algún modo ensuciar su ya dudosa reputación, sin ninguna duda honra su apellido: <em>Matalobos</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>* Nota: este texto fué escrito para la presentación de la novela <em>Matalobos</em>, y fué leído por el autor durante la misma. <a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona" target="_blank">Los vídeos del evento pueden verse aquí.</a></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de Mayo de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Pan, Queso, Vergüenza colectiva en la sociedad civil</title>
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		<pubDate>Sun, 01 May 2011 09:14:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Como la televisión, tímido operador de cinco frecuencias de aire y cero de cable, apenas pasaba dibujos animados un par de horas diarias, distribuidas entre la mañana y la tarde, los niños no teníamos más remedio que jugar. Y jugando y jugando teníamos pifias, aciertos, disputas y enfrentamientos. Una de las situaciones más difíciles a solventar era formar dos equipos para cualquier cosa. Se tratase de fútbol, <em>buenos días, Su Señoría</em> o <em>monta cachurra, la burra, la monto yo!</em> Daba igual, la selección de los miembros de cada bando tenía que pasar por un proceso transparente, que garantizase la equidad en el potencial teórico, al menos <em>a priori</em>, de ambos combinados.</p>
<p><span id="more-1018"></span>El proceso habitual, al menos en Argentina, se llamaba <em>Pan, Queso</em>. Nunca jamás escuché a nadie explicar las reglas del <em>Pan, Queso</em>, ni nadie me las explicó a mí. Era una ley indiscutible, que todo el mundo, sencillamente, no podía desconocer. Consistía en nombrar dos capitanes/líderes/representantes o lo que fuera, que se ponían a una distancia prudencial uno del otro, mirándose a los ojos con desafío, aguerridos, valientes, gallardos. El primero de ellos daba un paso hacia el otro, pero no cualquier paso. Ponía un pie a continuación del otro, sin ninguna separación, en línea recta hacia su rival, diciendo en voz alta, clara y viril: <em>“Pan”</em>. El Capitán adversario, sin dejarse intimidar, hacía a continuación un movimiento igual y contrario, enunciando con voz de batalla la fórmula ritual: <em>“Queso”</em>. La operación se repetía, acercándose a una velocidad directamente proporcional al largo de los pies, hasta que, inevitablemente, uno pisaba al otro. Eso daba derecho a elegir primero. A continuación, por turnos, cada uno de los capitanes iba eligiendo jugadores para su bando, hasta que quedaban solamente los que usaban gafas, eran gordos o corríamos con los pies cruzados, como yo, que siempre era elegido anteúltimo o último, dependiendo de qué tan amigo fuese de uno de los dos capitanes. La igualdad de los equipos estaba garantizada.</p>
<p>En esa misma época, el traspaso de Diego Armando Maradona al FC Barcelona, por la delirante suma de ocho millones de dólares era un disparate que recorría el mundo.</p>
<p>Treinta años después, quiere el destino que el FC Barcelona y el Real Madrid, quizás los dos clubes de fútbol más poderosos del mundo, con presupuestos anuales que superan los cuatrocientos millones de euros – cada uno -, y empleados con sueldos de siete y hasta ocho dígitos, hayan tenido que medirse hasta en cuatro oportunidades en el plazo de un mes. Estos superhombres mediáticos, paladines de los buenos valores del deporte y la honestidad, y ejemplo inevitable para nuestros niños, son también, en muchos casos, el espejo en el que se mira buena parte de la sociedad civil.</p>
<p>Ganan las fortunas indecentes que ganan, y tienen los privilegios indecentes que tienen, porque los hombres y mujeres comunes de nuestro tiempo les profesan una devoción absoluta, que va mucho más allá de lo razonable. Ya no admiramos deportistas, ya no esperamos a que uno de ellos se retire para transformarlo en leyenda, sino que los consumimos vivos, los elevamos a una subcategoría de dioses semi adolescentes y los catapultamos a una fama insoportable, y luego los destruimos y descartamos con la misma facilidad.</p>
<p>El Real Madrid pagó noventa y seis millones de euros por el traspaso de Cristiano Ronaldo, y el escándalo fue mucho menor al del traspaso de Maradona. En rigor de verdad, buena parte de la prensa deportiva justificó la obscenidad del traspaso, así como justifican día a día los sueldos millonarios que pagan los clubes, hundiéndose más y más en deudas impagables.</p>
<p>Y a pesar de todo esto, estos señores, que debajo de sus musculaturas y sus camisetas de colores son personas de carne y hueso, se dan el lujo de protagonizar la trifulca más desagradable que he visto en mi vida, enterrando y defenestrando el fútbol, la deportividad, la caballerosidad, la verdad y la dignidad.</p>
<p>Estamos asistiendo, estupefactos, a una guerra propia de la prensa rosa entre tipos que tienen una responsabilidad con la sociedad civil: la de dar el ejemplo, y la de responder por sus privilegios y sus sueldos millonarios.</p>
<p>Yo soy un gran aficionado al fútbol, lo vivo con mucha pasión, pero en este caso me da igual quién gane y quién pierda. Me da igual si fue amarilla, roja, naranja, fuera de juego o dentro del campo. No me importa la posteridad, la historia ni las tapas de los diarios de mañana. Simplemente me horroriza que veintidós malcriados acostumbrados a todo lo mejor, para ejemplo de mil millones de personas que los ven en directo por televisión, destruyan los valores nobles del deporte, cosiéndose a patadas como si estuvieran en la guerra, negándose el saludo, pegándose en el entretiempo, reaccionando como niños malcriados, mintiendo y rechazando sus responsabilidades.</p>
<p>Y como si no fuese suficiente, la prensa, en vez de volver a llevar las cosas a su cauce, los azuza como a gallos de pelea, le cuentan a uno lo que dijo el otro, los provocan, los ensalzan, justifican sus mentiras, desmienten sus pocas verdades, manipulan imágenes, declaraciones y la realidad, cargándose también de un plumazo todos los valores nobles del oficio de periodista.</p>
<p>Y sobre todos ellos, los dos entrenadores peleando en público como protagonistas de un culebrón, llorando para las cámaras y perpetrando la payasada y la fantochada. Señores que ganan diez millones de euros al año, sea cual sea su color, no se pueden permitir semejante vergüenza.</p>
<p>Y al final estamos nosotros, la sociedad civil, que en lugar de morirnos de asco, apagar los televisores, dejar de comprar los diarios y volver a nuestras vidas normales, nos ponemos apasionadamente a favor de unos y en contra de otros, discutimos con nuestros amigos, nos peleamos a gritos en los bares y compramos, una a una, todas las distintas formas en que nos quieran vender la vergüenza más grande de la historia del fútbol.</p>
<p>Yo creo que es un punto límite. Todos los actores involucrados deberían entonar un <em>mea culpa</em> y reflexionar.</p>
<p>Los técnicos y jugadores, mercenarios a sueldo de la industria del embrutecimiento, deberían sentir vergüenza de envilecer los valores del deporte frente a una sociedad que los admira, los encumbra y los protege.</p>
<p>Los periodistas deberían avergonzarse de haber renunciado definitivamente a la verdad, actuando como anticelestinas, malmetiendo, provocando y mintiendo descaradamente con el único objetivo de aumentar las ventas.</p>
<p>La televisión en su conjunto, sentada sobre su montaña de millones, debería replantearse ser el instrumento mundial de la corrupción en el deporte.</p>
<p>Y por último nosotros, los espectadores de a pie, que somos los responsables últimos, al ser quienes verdaderamente pagamos todo el <em>show</em>, deberíamos avergonzarnos de repetir como macacos amaestrados la sarta mitológica de mentiras, de defender lo indefendible solamente porque admiramos a quien lo dice, apagar el televisor y salir a la calle, buscar a alguien del equipo contrario y resolverlo, definitivamente, de una vez por todas, jugando al <em>Pan, Queso.</em></p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Velando armas: La Rosa, el Dragón, la Espada y la Pluma</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Apr 2011 10:38:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>El asunto es que, desde el punto de vista de la civilización occidental, que mal que nos pese es, a esta altura, la nuestra, la Argentina es un país joven, y por lo tanto no tiene tradiciones milenarias, ni héroes medievales, ni princesas atrapadas en castillos, ni rancios linajes de reyes anacrónicos. No se narra la historia de cómo Sir Moncho Perales derrotó a una vaca de tres toneladas de peso, rescatando a diecisiete gauchos y chinas aterrados, para luego carnearla con sus propias manos, valiéndose sólo de su <em>facón</em> de doble filo, y asarla con el fuego de sus ojos, repartiendo tres mil kilogramos de tira de asado entre la población local, ni la tradición milenaria de ejércitos feudales jugándose el honor en encarnizados torneos de <em>pato</em>. Nuestra épica más antigua se remite a <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Mart%C3%ADn_Fierro" target="_blank">Martín Fierro</a>, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Moreira_(gaucho)" target="_blank">Juan Moreira</a></em>, <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Facundo_Quiroga" target="_blank">Facundo Quiroga</a>,</em> <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Chacho_Pe%C3%B1aloza" target="_blank">El Chacho Peñaloza</a></em> y <em>Vicente López y Planes</em>. El resto de las cosas las solucionamos con un asado, ensalada y un torneo de truco previo al partidito de solteros contra casados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1005"></span>Cuando llegué a España me encontré con una cultura repleta de leyendas, mitos y tradiciones, y aunque me pone de mal humor el acuerdo tácito entre la mayoría de la población y el estado, que no permite discutir ninguna cosa que se haga así desde hace más de doscientos años (esto ha sido así, <em>“de toda la vida”</em>), es cierto que esa riqueza tiene una amplia galería de personajes, héroes olvidados, gestas épicas y sueños al alcance de la mano. Y aunque en muchas de estas tradiciones se puede palpar la mano oscura y manipuladora de masas de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, lo cierto es que son pintorescas, alegres, muchas de ellas divertidas y algo salvajes otras, como la de lanzar una cabra viva desde lo alto de un campanario en el pueblo zamorano de <em>Maganenses de la Polverosa</em>, con motivo de las fiestas patronales en honor a San Vicente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una de las leyendas que, cuando vives en Barcelona, escuchas durante el primer año, es la de Sant Jordi. Para quienes no la conocen, me tomaré el atrevimiento de hacer un pequeño resumen. Parece ser que Sant Jordi (también conocido como San Jorge en círculos íntimos) era un Caballero Cruzado – quizás de los caballeros a los que menos simpatía les tengo, encargados de expandir la Fe Única a base de sangre, fuego y muerte –, que regresaba del frente de batalla. En su periplo, fue a dar a un reino acosado por un Dragón malvado, que como precio por no destruir completamente la ciudad y a todos sus habitantes, exigía la vida de la joven y bella princesa. El Rey, deshecho en lágrimas, antepuso la vida de sus súbditos a la de su hija – lo que nos alerta de que esto es nada más que una leyenda, porque los reyes suelen ser vanidosos y egoístas, y la mayoría de las veces cederían cien millones de vidas plebeyas antes que una vida noble -, y entregó a su hija, quien, además, en un acto de generosidad sin par, estuvo de acuerdo con la difícil decisión. Sant Jordi, al enterarse de semejante tropelía, galopa raudo y veloz, guarnecido por su bruñida armadura, su afilada espada y su cruz roja, a enfrentarse con la bestia. Afortunadamente, encuentra al Dragón justo antes de que éste pueda devorar a la princesa, y tiene lugar un combate épico y brutal, en el que, a punto de ser devorado, con el último aliento, Sant Jordi tiene la valentía y la fortuna de clavar su espada en el negro corazón del monstruo. Sobre el cadáver enorme y humeante, la princesa, agradecida, ofrece entre lágrimas su reino, su vida y su amor al valiente Caballero. Quiso la fortuna que una de las lágrimas de la bella fuese a caer sobre la sangre del Dragón, y la mezcla de ambas produjo, por arte de magia, la rosa más bella que se había visto jamás. Sant Jordi tomó la rosa, y la ofreció a la princesa, junto con su renuncia de Caballero a una vida en común, rechazando así su amor y su reino, y después de dejarla junto al Rey, partió, solitario, sin detenerse a disfrutar ninguna recompensa.</p>
<p>Esta leyenda dio lugar a una tradición catalana. Todos los 23 de abril, día de Sant Jordi, los hombres regalan a las mujeres una rosa, y ellas regalan a ellos un libro. Esta tradición resulta curiosa, porque la rosa en cuestión fue símbolo de un amor no correspondido, y el libro de la sabiduría y la fuerza de un hombre que abandonó a su dama. Ahora bien, el paso del tiempo y el cambio de criterios sobre la igualdad de género decidió que, además, era una tradición machista, y que había que regalar un libro a las mujeres también. Por esta razón, a día de hoy, las mujeres reciben una rosa y un libro, y los hombres solamente un libro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como no podía ser de otra manera, la tradición incorporó también a los escritores. Por eso, durante este día, por toda Barcelona hay autores firmando sus libros. En centros comerciales, en librerías, en puestitos en la calle. Por todas partes. La ciudad se llena de rosas y de libros. Es un día de fiesta, todo el mundo sale, y se respira un aire de flores frescas, tinta y papel.</p>
<p>Desde hace más de diez años, viviendo en esta ciudad, camino sus calles el 23 de abril, viviendo en carne propia el ambiente literario, casi fabuloso, respirando sus miles y miles de páginas, trajinando sus pétalos abiertos, sus esquinas características, sus monumentos milenarios, y soñando en secreto con ser un día parte de la fiesta, con tener mi mesita, mi puestito, mis libros y mi público, con dibujar mi firma con tinta de sangre de Dragón en muchas primeras páginas.</p>
<p>Por primera vez, este año, mi épica personal encontrará campo de batalla. Es cierto que mis libros son autopublicados, sí. Es cierto que los firmaré en una mesa hecha de dos caballetes y una tabla, en el quiosco librería de mi pueblo, sí. Pero no es menos cierto que el esfuerzo y el amor que se necesitan para escribir un libro son los mismos si se trata de un <em>best-seller</em> que si se trata de un autor independiente. No es menos cierto que muchos de los grandes empezaron así.</p>
<p>Por eso esta noche pienso recuperar una de las bellas tradiciones de los Caballeros: la de velar las armas. Pienso afilar mi pluma, inventariar mis libros, disponerlos en un orden ficticio, ofrecerlos a mi dios insomne, que en vísperas de cualquier evento importante de mi vida, aparece para cobrarse el tributo de mi sueño, y representar mañana con gallardía y orgullo mi papel de escritor. No importa si firmo un libro o si firmo cien. No importa si llueve y truena y paso el día contemplando la tormenta bajo un alero con goteras, secando de las portadas de mis libros las gotas ocasionales.</p>
<p>Lo que importa es la épica. Lo que verdaderamente importa es marcar con un puntito rojo mi calendario de batallas ganadas, ofrecer a mis vecinos y amigos la ofrenda sin rosa de mi sangre, y poder recordar para siempre cómo empezó todo – termine como termine -, mi primera novela, mi primer Sant Jordi y mi guerra personal: ser un escritor.</p>
<p>Silencio, por favor. Estoy velando mis armas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>De pobres, ricos, vientos, tempestades, siembras y cosechas.</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Apr 2011 09:58:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos, cuando descubren un lugar cualquiera del mundo en el que la naturaleza ha sido especialmente generosa, se apresuran a encerrarlo con un muro rojo de ladrillo a la vista, y le ponen un enorme portón de hierro a control remoto, en el que cuelgan un cartel que dice: <em>“Todo esto es mío”</em>. Inmediatamente después, llaman por teléfono a sus amigos ricos, para darles el dato, para reírse de ellos porque lo descubrieron primero y tienen la mejor ubicación, y para convencerlos de que encierren con otro muro las zonas colindantes, no sea cosa que el vecindario se llene de pobres y la propiedad se devalúe. Después traen a un ejército de pobres, y les mandan construir una piscina olímpica, una casa con diecisiete habitaciones, varias canchas para deportes de pelota y parquizar los jardines. Cuando todo está listo, van seis fines de semana al año, con cuatro miembros de su familia. El resto del tiempo la casa está cerrada, la belleza del paisaje oculta por un muro, y la servidumbre, ociosa, vigila el patrimonio, pero no puede disfrutar de él.</p>
<p><span id="more-996"></span>Los pobres, cuando descubrimos un lugar cualquiera del mundo en el que la naturaleza ha sido especialmente generosa, nos sentimos muy felices. Entonces nos acercamos con mucho respeto, plantamos una tienda de campaña, cuidando de no romper nada, y pasamos una semana inolvidable bajo las hojas de los árboles. Al volver a casa, le contamos a nuestros amigos pobres lo que hemos visto, así que volvemos pronto, con unos cuantos pobres más, y plantamos diez tiendas de campaña, y hacemos un fuego y por las noches bailamos danzas tontas, creyendo que son tribales, mientras nos emborrachamos con vino peleón. Al día siguiente jugamos un partido de fútbol con arcos delimitados con dos piedras, y todos gritamos: <em>“¡Alto!”</em> cuando la pelota pasa sobre la cabeza del arquero, imaginando cada uno el travesaño a una altura diferente. Luego limpiamos todo, y cuando nos vamos el lugar está recuperado. Pero al volver a casa, todos los amigos le cuentan a sus amigos pobres, que a su vez tienen más amigos pobres. A los seis meses de descubierto, el lugar es una romería. Por las noches el brillo de las fogatas puede verse cada pocos pasos, y por las mañanas un tendal de basura infame testimonia los excesos de la noche, y los arbustos sufren intentando biodegradar los desechos de látex del amor instantáneo y fugaz de las parejas ocasionales, mientras una nube de moscas marca definitivamente la ubicación improvisada de un nuevo basural. Hasta que viene un municipio, y lo encierra con un muro de cemento y argamasa, y le pone un portón enorme con un cartel que dice: <em>“Prohibido el paso”</em>. Después, le dan la explotación de la zona a una empresa turística – suelen llamarlo “<em>concesión”</em>- y los pobres tenemos que pagar para seguir disfrutando del mismo sitio, con una serie de servicios de valor añadido y una colección de prohibiciones de lo más civilizadas, que ayudan a pagar la piscina olímpica de los ricos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>II. Siembra</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos siembran muros, mansiones y envidias entre sus amigos. Siembran la prohibición y los cimientos que someten a la naturaleza y la transforman en zona residencial. Los ricos siembran la pobreza de los pobres, el sonido de motores de alta cilindrada sobre el pavimento con olor a nuevo y la mordida sincopada de las aspas de las hélices de sus helicópteros privados, evitándoles el atasco ritual de la escapada de fin de semana. Los ricos siembran fábricas en las que trabajan niños pobres, hombres pobres y mujeres pobres, fábricas que vomitan su bazofia sin control, protegidas por un soborno y una contribución generosa para una campaña electoral cualquiera. Los ricos educan a sus hijos en colegios caros, y les enseñan a cuidarse de los pobres, a proteger el patrimonio, a expandir el tesoro y a estar de acuerdo con todas aquéllas ideas que perpetúen su riqueza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los pobres sembramos la tierra, respiramos el humo tóxico de las fábricas de los ricos y cultivamos la amistad. Sembramos el germen de disconformidad que rompe las reglas, nos enamoramos estrepitosamente por las calles, nos amamos sin ningún glamour sobre el césped de los parques, y nos desenamoramos a gritos en el salón de casa, al tiempo que hacemos gestos con la mano que significan <em>“no grites tanto, que vas a despertar a los niños”</em>, bajo la escucha atenta de los oídos vecinos, pegados a nuestras paredes de papel. Los pobres sembramos los estadios de abrazos de triunfo y de lágrimas de derrota, nos vaciamos a gritos alentando a los ricos (ex pobres) que juegan sobre un césped más caro que el suelo de nuestras casas de pobre.</p>
<p>Los pobres, entre nosotros, somos horrorosamente amigos. Sembramos la amistad desde chiquitos, nos queremos sin elegancia y cultivamos ese amor por los amigos toda la vida. No podemos confiar en los bancos de los ricos, ni en los ricos que nos gobiernan, ni en la paz armada de los ricos, ni en la nueva <em>política verde</em> de los ricos, que mientras subvenciona vehículos híbridos y multa a los pobres que no reciclan, permite que los ricos emitan gases y trafiquen armas. No podemos confiar en casi nada, pero podemos creer en esa amistad sembrada con tanto amor que dura para siempre, y por eso, lo primero que hacemos los pobres cuando tenemos algo que celebrar, es rodearnos de amigos, beber vino y cerveza de pobres, bailar música de pobres (la música de ricos casi nunca se puede bailar), frotarnos unos contra otros y sucumbir a los abrazos y besos de una borrachera feroz, en la que la verdad última es siempre una confesión de amor.</p>
<p>Los pobres educamos a nuestros hijos en la honradez de la pobreza, en las escuelas de pobres, donde los maestros de pobres no tienen diecisiete títulos colgados en las paredes, y les enseñamos a respetar a los ricos, a votarlos, a comprar las revistas en las que salen fotos de ricos, a creer en las promesas vacías de los políticos de los ricos, solamente porque normalmente son los ricos los que nos dan trabajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>III. Tempestades y cosechas</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos, a pesar de lo perverso de su siembra, cosechan más riqueza. Y como si fuera poco, los brotes reverdecidos de su riqueza producen algunos frutos extra: impunidad ante la justicia, privilegios varios ante las administraciones públicas, en el acceso a la salud y en las colas de los aeropuertos.</p>
<p>Los ricos no pueden confiar en nadie, porque nunca sabrán si son queridos por sus méritos o por su riqueza. Cosechan desconfianza entre ellos, una vida entregada a proteger el dinero que no han ganado con sus manos, y una soledad dorada, un desacuerdo íntimo dentro del cual la verdad final es inmensamente cruel: mueren sin saber quién los quiso de verdad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los pobres, a pesar de lo cándido de nuestra siembra, de la honestidad con la que vivimos nuestras vidas de pobres, cosechamos el maltrato sistemático de los poderosos, el ninguneo organizado de las administraciones públicas y un expolio constante de nuestros impuestos, que no son otra cosa que una colecta que hacemos los pobres para intentar vivir todos un poco mejor, y cometemos, una y otra vez, el error de dársela a los ricos para que la administren, empeñándonos en creer que su riqueza garantiza su honradez.</p>
<p>Pero los pobres cosechamos también, a lo largo de nuestras vidas de pobre, el amor desordenado de nuestra familia y nuestros amigos, el sabor dulce que deja en la boca el ayudarse unos a otros, la conciencia tranquila, al morir en paz, de haber trabajado una vida entera para dar pan y amor a nuestros hijos, y la certeza infalible de la correspondencia del amor de todos a quienes hemos amado, o casi todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>IV. Siembra vientos…</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así, mientras veo desde mi ventana cómo el mundo se despedaza tras las montañas, puedo girar mi silla hacia adentro de mi casa, y escuchar atentamente cómo mis hijos pelean a gritos por unos centímetros de sofá, y cómo a los pocos minutos se abrazan enternecidos, y se quieren como niños.</p>
<p>Por eso, cuando me pregunto qué clase de mundo vamos a dejarles, me tranquiliza saber que los pobres somos más, y al final, a la hora de echar cuentas, siempre, indefectiblemente y con justicia poética, uno cosecha lo que siembra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La demagogia 2.0 y la vida binaria</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Apr 2011 08:30:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Ahora, gracias a las nuevas tecnologías y la fuerza de empuje creciente de la vida 2.0, todos somos un poco públicos. Todos tenemos una voz que suena con timbre propio en un universo de sonidos infinitos, y la utilizamos sin plantearnos las consecuencias finales de los ecos. Utilizamos esa voz 2.0 con criterios de comunicación 1.0. De esta manera, comentarios, opiniones y pareceres que otrora despachábamos para un auditorio reducido y cercano, sin pensarlo dos veces, caen al torrente público y masivo de las redes sociales. En algunos casos es fantástico, porque se consigue una ilusión colectiva de intimidad en masa. Una persona sensible y con buenos valores puede emitir mensajes altamente personales que identifiquen a muchísimas otras, que les aporten un punto de vista, una emoción ajena, un sentimiento verdadero.</p>
<p><span id="more-984"></span>En otras ocasiones, sin embargo, es peligroso. Vengo observando, con pánico creciente, una tendencia binaria generalizada. No importa el tema, ni los argumentos, ni la cantidad de gente afectada. La cuestión es que cada vez es más difícil tener una posición que no sea sencillamente estar <em>totalmente</em> a favor o <em>totalmente </em>en contra de algo. Esa misma expresión pública de <em>andar por casa</em>, nos somete en equipo a las reglas caprichosas de la pasión privada. Entonces todo se mezcla y se celebra a gritos, sin importar las consecuencias finales de las voces que alzamos.</p>
<p>Así, los grandes temas sociales son interpretados por los individuos con un prisma excesivamente personal, y se pierde de vista la regla antiquísima de que el bien común no necesariamente es igual a la ventaja individual, ni mucho menos. Lo que me conviene a mí no tiene por qué ser lo mejor para todos, aunque así me lo parezca. A veces, para estar todos un poquito mejor, cada uno tiene que renunciar a algo, y cada vez más, los individuos se niegan estrepitosamente a ver menguadas sus ventajas o privilegios. Sobre todo en el primer mundo.</p>
<p>Un ejemplo claro es el de la edad de jubilación en España. La esperanza de vida ha aumentado en quince o veinte años desde la última legislación al respecto, de la mano de medidas sociales y sanitarias tomadas en función del bien común. Todos queremos cobrar una pensión decente al retirarnos, pero la gente pone el grito en el cielo y arma un escándalo cuando el gobierno decide aumentar en dos años la vida laboral. El ochenta por ciento de los españoles está en contra de trabajar dos años más para que todos puedan cobrar su pensión.</p>
<p>Otro caso extremadamente grave -  desde mi punto de vista – es el de la famosa <em>Ley Sinde</em>. Básicamente – lo explico para quienes están fuera de España -, el gobierno impulsó una ley, muy desafortunada, para proteger los derechos de autor. Es desafortunada por dos razones fundamentalmente: La primera y más grave – siempre a mi humilde entender – es que se pretende tomar decisiones de carácter judicial –penalizar la piratería- sin llevar adelante un juicio y sin la intervención de un juez, y eso cambia las reglas del juego básicas sobre las que tenemos montado todo el derecho que regula nuestras vidas. La segunda es que el espíritu de la ley está más orientado a proteger las ganancias de las distribuidoras y grandes imperios del entretenimiento que a los creadores de contenidos, y esto, viniendo de un gobierno que se dice socialista, es bastante absurdo. Evidentemente Shakira, Alejandro Sanz o Arturo Pérez Reverte no necesitan que nadie vele por sus cuartillos, que ya lo tienen bien montado. Los que sufren – los que sufrimos – somos quienes creamos contenidos que no son de consumo masivo, y por lo tanto tenemos que luchar cada centavo que podamos ganar a partir de las creaciones – músicos, escritores, realizadores de cine independiente, etc.-. Ahora bien, durante el proceso de aprobación de la tan mentada ley, las personas de a pie, detrás de su traje 2.0 (<em>Twitter, Facebook, etc.</em>) armaron un escándalo de proporciones dantescas sobre esta ley. En <em>Twitter</em> no paraban de aparecer mensajes <em>absolutamente</em> contrarios, y casi fundamentalistas, en contra de la ley, e incluso manifiestas agresiones personificadas sobre la ministra Ángeles González Sinde – que independientemente de lo mucho o poco que uno esté de acuerdo con ella, era solamente la cara visible de un acuerdo entre el gobierno y los empresarios del entretenimiento, y probablemente la víctima de una larguísima serie de presiones políticas-. Sin embargo, si alguien se detenía a comprender minuciosamente las quejas y los comentarios, al final el motivo principal del escándalo es que nadie quería dejar de descargarse gratis la música que le gusta, las series que ve y los libros que lee. No se trata de un atropello contra los derechos constitucionales, ni de una defensa de los creadores que admiramos frente a la industria. Se trata de que no me toquen el bolsillo. En todo el proceso, exceptuando algunos periódicos y unos pocos casos aislados, no escuché una sola voz que plantease que es necesario reformar el modelo de la industria del entretenimiento, ni una reflexión acerca de que, si el público no paga una cifra – que debe ser racionalizada, por supuesto – al consumir contenidos, entonces un día no habrá más artistas, porque no tendrán de qué vivir. No escuché a nadie decir que, si te gusta el trabajo de una persona, es necesario darle soporte, y pagar por los derechos de autor de ese trabajo.</p>
<p>Y es que, en el contexto de esta discusión, era imposible alzar la voz para nada que no fuese estar<em> totalmente a favor</em> o <em>totalmente en contra</em>, porque el mismo contexto 2.0 te molía a palos. La gran ironía de la era de la libertad de información y opinión es precisamente esta: Cuando supuestamente más democráticos deberíamos ser, la masa pública resultante es intolerante y autoritaria, y no hay espacio para una posición que no sea una de las dos en puja. Cuando más deberíamos aprovechar la posibilidad de tener una opinión propia y diferente, más nos masificamos, opinando todos igual, para no dejar de caer en gracia al resto. No se puede estar en desacuerdo con la Ley Sinde y al mismo tiempo pensar que es necesario proteger los derechos de autor de alguna forma, redefinir el papel de los editores y revisar los costes de la cadena de distribución. No está bien visto que no tomes totalmente partido por una u otra posición, porque entonces no se te puede apoyar totalmente o atacar totalmente.</p>
<p>Es en este escenario donde los individuos, no acostumbrados a manejar su poca o mucha influencia pública con responsabilidad (<em>Twitter</em> es un fenómeno mediante el cual, repentinamente, una maestra de escuela o un <em>blogger</em> anónimo puede tener cientos o miles de seguidores, y por lo tanto una repercusión con la que jamás había soñado), se encuentran cómodos lanzando mensajes demagógicos, replicándolos y repitiéndolos. Súbitamente, personas que no conocen la industria de los contenidos, que ignoran la cantidad de esfuerzo, horas hombre, infraestructuras tecnológicas y recursos específicos que hacen falta para producir contenidos y hacerlos llegar al gran público, defenestran cualquier iniciativa destinada a proteger los derechos de autor. Y esto vale para cualquier medida impopular que sea necesario tomar, desde el aumento de la edad de jubilación hasta una simple subida de impuestos.</p>
<p>Es cierto que es mucho más fácil caer en gracia con las opiniones y los discursos absolutos, pero no es menos cierto que esa demagogia individual es precisamente la que degrada la calidad global de la red que todos defendemos, su libertad de opinión y expresión y la humanidad de los individuos que la conforman. Aún estamos a tiempo de aprender a utilizar este recurso con responsabilidad, de acostumbrarnos a pensar profundamente los temas antes de opinar en un foro donde no seremos capaces de medir las consecuencias de nuestra opinión. Y lo más importante, creo que es vital que, casi religiosamente, defendamos con transparencia, humildad y honestidad nuestras ideas, sin importar lo que piense la mayoría, porque esta es precisamente la riqueza potencial de la red, y su parte más saludable. No nos sirve de nada intercambiar ideas si tenemos que, forzosamente, estar todos de acuerdo por una postura u otra. Lo interesante, señoras y señores, es la pluralidad, la diversidad, los matices, las diferencias de opinión y el debate honesto, porque ese es el único espacio en el que, las personas honradas e inteligentes, serán capaces de cambiar de opinión si descubren que no tienen razón.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El 38!</title>
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		<comments>http://aprendizdebrujo.net/2011/03/27/el-38/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 27 Mar 2011 07:41:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
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		<description><![CDATA[Un día, el veintisiete de marzo de mil novecientos setenta y tres, para quienes gusten de la exactitud en las referencias, decidí nacer. Y nací, nomás. O como se diría en algunos círculos no especialmente aficionados al correcto uso de la palabra, ni en su forma oral ni mucho menos en la escrita: agarré y &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/03/27/el-38/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Como decía, agarré y nací. Decidí nacer porque estaba aburrido de flotar en líquido amniótico – suponiendo que flotase y que ese líquido fuese realmente amniótico, palabra de la que me siento orgulloso de desconocer su origen y significado, aunque todos sabemos que es algo relativo a los embarazos y al líquido –, y pensaba que el mundo exterior ofrecería una alternativa mejor para un bebé dispuesto a comérselo. Al final resultó que nací <em>pa ná</em>, porque fui a dar a una cuna, rodeado de muñequitos y mirando el techo todo el día, para que de cuando en cuando apareciese algún adulto haciendo morisquetas y soltando palabras en tonos de voz melosos. Así que, aburrido del techo, agarré y crecí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y cuando crecí, me topé de frente con mis hermanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-976"></span>Mis hermanos, para quienes no lo sepan, son ésos con los que me peleé todo lo que pude y más, librando descarnadas guerras fraticidas por un botín tan exiguo como una lata de <em>bolitas</em>, un macaquito cualquiera o un par de patines. También son esos con los que lloré, hombro a hombro, la muerte de mis dos perras y de mis abuelos; esos con los que viajé una y otra vez en alíscafos destartalados, vomitando de a parejas, a vivir veranos inolvidables en las playas orientales – orientales del Uruguay, que a las orientales de oriente no las vimos ni en pintura –, y con los que disputé, centímetro cúbico a centímetro cúbico, una botella de <em>Coca-Cola</em> de litro (en vidrio, que la grosería del plástico todavía no estaba inventada), solamente algunos domingos especiales, cuando mis padres creían que sobraban dos vintenes y nos habíamos portado lo suficientemente bien como para permitir la entrada de la corrupción imperialista en nuestro santo – e intelectual de izquierda &#8211; hogar. Son esos enanos con los que compartí fantasías de papel pintado al descubrir los cómics, y los mismos con los que aprendí a pescar, a competir por cualquier cosa y a estar siempre disponible cuando el otro nos necesitaba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y crecí un poquito más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y otra vez, mis hermanos estaban ahí, cuando me hice adolescente y me compré un disfraz de <em>Che Guevara</em> y otro de <em>Tanguero Mini</em>, compuesto de tres sombreros en tonos gris, negro y marrón, y una buena media docena de chalecos de vestir. Cuando me esforzaba en tener voz de hombre y seguía teniendo voz de niño y no me salía barba. También estaban cuando me emborraché la primera vez y cuando me fumé los primeros porros, cuando tuve la primera novia, a la que, entre beso y beso, abandonaba para escaparme a ver <em>El Zorro</em>. También estaban ahí mis hermanos cuando reventó el <em>Challenger</em>, liquidando a una Solitaria Vaca Cubana, que vestida luego de pentagramas sería el emblema musical de mi adolescencia, durante la cual, por cierto, mis hermanos estaban ahí. Los que vivían en Argentina, todos los días. Los que vivían en Uruguay, como podían. Todos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces, agarré y volví a crecer.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y sorprendentemente – <em>anque</em> previsiblemente -, mis hermanos seguían ahí. Me estaba transformando en un hombre. Me gustaba el vino blanco y las fiestas ruidosas. Mis hermanos estaban ahí cuando tuve mi primer trabajo fuera de la empresa familiar. Me vieron abandonar las camisetas estampadas a manos de un traje serio y camisas planchadas los domingos por la tarde. Me vieron dejar la boina negra ladeada sobre un estante de la biblioteca, y atarme el pelo en una coleta formal. Me vieron comprar mi primer coche – un Ford Taunus color <em>Beige</em> (caca clarito, para ser sincero) del año 1983 -, y estaban ahí cuando yo empecé a creerme grande, para burlarse de mí con cariño, y quererme todavía con más cariño, a pesar de mí mismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y crecí otro poco más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me transformé en <em>Jefe de Departamento</em>, cosa que aún hoy, dieciocho años después, continúo sin saber qué significaba. Pero tenía un montón de responsabilidades, un montón de estrés y a pulso y regla me gané un montón de úlceras. Y sé que nadie sería capaz de adivinarlo, pero mis hermanos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces agarré y me cansé.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me cansé de las fiestas ruidosas y de las responsabilidades y de mí mismo. Me cansé de la Argentina que tanto amo y que tanto amaba. Me cansé de las cenas de los martes y del cine de los miércoles. Me cansé del fútbol de los domingos, de la <em>Plaza Dorrego</em>, de los empedrados de <em>Palermo</em>, que entonces no era ni <em>Hollywood </em>ni <em>Soho</em> ni nada que se le parezca, sino un barrio arbolado de calles empedradas, de las que también me cansé. Hice un concilio secreto con mis amigos del alma y les confesé mi cansancio, y entonces decidí dejar el Río de la Plata para entregarme a la seducción milenaria de la vieja Europa, y una vez más, mis hermanos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y me fui, mientras crecía otro poco, para los costados y para el hemisferio norte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Europa me recibió a tontas y a locas. Caminé Barcelona de arriba a abajo, vaciándome de lágrimas y de recuerdos que hoy, arrepentido, atesoro. Patrullé las noches del Raval, el <em>Passeig de Gràcia</em> y los trenes interminables decorados con <em>graffiti</em>. Conocí muchas personas, y aprendí a aferrarme a cualquier rastro de mi pasado sin entristecerme, a incorporarlas a mi vida y a dejarlas ir, también. Y por teléfono, por email, por señales de humo y mensajes cifrados en un cielo opuesto, mis hermanos estaban ahí, incansables, lejanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces agarré y me casé y tuve un hijo y después otro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los dos embarazos de mi mujer se quedaron en mi barriga. Las pieles tersas, los ojos enormes y asombrados y la respiración plácida de mis hijos se quedaron en mí, impregnados, mezclados con lo que había sido yo hasta entonces y con lo que jamás podría dejar de ser: su papá. Me mudé tres veces de ciudad, cambié de trabajos y estrujé a mis hijos a besos, aprovechando el poco tiempo que me queda antes de que empiecen a creer que soy un idiota, para volver a valorarme unos años después. Y mis hermanos, una vez más, estaban ahí, emborronándose, haciéndose difusos en la niebla de la distancia, pero intensos cada vez que nos veíamos. Estaban ahí, peleándose conmigo como cuando éramos niños, queriéndome con violencia, con espanto, con dulzura, con mar y aire de por medio, con hermandad de la buena.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces, de mis cinco hermanos, los dos que quedan en Argentina, agarraron y este verano vienen, familias al hombro, a visitarnos. Van a estar aquí. Vamos a recuperar el espíritu socarrón de las cenas de los martes. Vamos a querernos a gritos en medio del desorden y a alterar los horarios de las comidas y a decirnos las verdades que podamos, y perdonarnos las mentiras que no podamos. Vamos a gritar y a llorar y a reír, y por supuesto, a tocarnos las manos, a mirarnos a los ojos, a sabernos cerca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo importante es que hoy, porque me da la gana, agarro y cumplo treinta y ocho años, y sé que mi mujer va a estar ahí, mis hijos van a estar ahí, mis padres van a estar ahí, y mis hermanos, cómo no, van a estar ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y yo voy a estar acá, tranquilo, esperando para abrazarlos a todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Besos en la boca o la siesta juntos</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Mar 2011 10:46:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>Sin embargo, y a pesar de eso, suelo aprovechar los circulitos rojos en el calendario para pensar sobre las cosas, porque nunca está de más dedicar, aunque sea un día al año, a reflexionar acerca de los entresijos de algo aparentemente menor, pero que tiene una importancia, relativa según cada cual, y absoluta en lo particular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y la paternidad es uno de esos temas. Al menos lo es para mí, porque siento que, así como el mundo está cambiando de forma indiscutible para las mujeres, y ese es un tema instalado en la sociedad, y del que se habla muchísimo, el efecto <em>boomerang</em> de esa evolución social es – entre muchos otros – <a title="Sobre el confuso oficio de ser Hombre" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">un profundo cambio en la forma de ejercer la masculinidad, y por lo tanto, la paternidad</a>. Mientras hace apenas cien años, las mujeres no podían votar, los hombres no podían besar a sus hijos. Mientras las mujeres tenían prohibido conducir, los hombres no conocían los detalles cotidianos de la crianza de sus hijos, ni sabían cambiar un pañal, ni disfrutaban de un beso babeado desparramado por toda la cara, ni jugaban juegos con los niños, ni les limpiaban el culo cuando dejaban los pañales, ni perdían la paciencia luchando con una cucharada de puré de verduras, ni escuchaban preguntas imposibles. Los niños empezaban a existir para sus padres al inicio de la escuela primaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-966"></span>Definitivamente, es uno de los grandes avances de nuestro siglo: la implicación total del hombre en la crianza. No tengo dudas de que es bueno para las mujeres, aún mejor para los hombres, e indiscutiblemente fantástico para los niños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entre las cosas que los hombres aprendimos no hace tanto, está el contacto físico con los hijos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>I. </strong><strong>Besos en la boca</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los besos son una más de las convenciones sociales. En Argentina los hombres nos saludamos con un beso en la mejilla. En España no. En Argentina hombres y mujeres nos saludamos con un beso en la mejilla. En España, hombres y mujeres nos saludamos con un beso en cada mejilla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo beso a mis hijos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los besos en la boca son quizás una de las expresiones de intimidad más profundas y hermosas de las que somos capaces los seres humanos. Interviene la mirada, el rostro entero y los labios. Interviene el amor, la dulzura y la cercanía. Los labios son una frontera, que marca el límite del cuerpo a partir del cual no permitimos que cualquiera nos toque. Labios con labios es algo que solamente se puede entre personas que se aman, y ese amor es condición necesaria, pero no suficiente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo beso a mis hijos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los beso en la boca porque no soy capaz de besarlos como beso a una persona que me presentan en una reunión, o como beso a su maestra cuando voy a una reunión en la escuela. Los beso de forma íntima, cercana y total. Y ellos lo viven como algo natural.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mi mujer y yo hemos sido capaces de enseñar a nuestros hijos a expresar el amor. Los cuatro nos besamos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y sin embargo, por alguna razón, no soy capaz de besar a mi padre como beso a mis hijos. A mis casi cuarenta años sigo siendo víctima de algunos tabúes inmemoriales, y eso me hace temer que suceda lo mismo cuando mis hijos sean hombres. Los hombres, entre hombres, no sabemos darnos amor. Nos abrazamos como osos, nos palmeamos las espaldas unos a otros y nos gritamos como gorilas dominantes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tendrán que pasar otros mil años, y quince o veinte revoluciones socioculturales más, para que los hombres aprendamos a darnos amor con naturalidad entre padres e hijos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y aún así, sin importarme el reflejo social que pueda tener, yo beso a mis hijos en la boca, y los seguiré besando hasta que su propia hombría les prohíba a ellos besar a su padre sin sentirse, por eso, menos hombres, como me pasa a mí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>II. </strong><strong>La siesta juntos</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una de las cosas que primero aprendí a disfrutar de la paternidad, antes incluso que los besos en la boca, fueron las siestas con mi bebé dormido en el pecho. Pablo nació en Málaga, en pleno verano. Entonces yo tenía jornada intensiva en el trabajo, y salía disparado para mi casa, bajo el sol inclemente de las tres de la tarde, desesperado por meterme cualquier cosa entre pecho y espalda, y tumbarme en el sofá con mi bebé encima. Él se ovillaba entre mi barbilla y mi panza innoble, y cruzaba sus manitos de bebé por debajo de sus mejillas de bebé, acompasaba su respiración de bebé a mi respiración de padre, y encontraba la paz absoluta: <em>la paz de los bebés</em>. Todos los días dormíamos esa siesta. Yo no descansaba, porque en el fondo temía moverme y tirarlo al suelo, así que cerraba los ojos, con los músculos tensos, y jugaba a ser la cuna de mi bebé. Acariciaba su espalda, su cuello, y escuchaba atento como su respiración profunda purificaba mi propio aire.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero las siestas juntos duran poco. En seguida son más grandes, y ya no duermen en tu pecho. Pablo, con seis años, hace más de dos que se niega a dormir siesta. Daniel, con cuatro, empieza a negarse. Quiere quedarse jugando con su hermano, en vez de dormir conmigo la siesta que todos los sábados y domingos hacemos juntos después de la comida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El domingo pasado, cuando acabamos de comer, y después de fumar en mi balcón el cigarrito ritual, le dije:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Daniel, ¿vamos a dormir una siestita?</p>
<p>-        No quiero. – dijo, firme y convencido.</p>
<p>-        Venga, vamos a dormir juntos un ratito.</p>
<p>-        Quiero quedarme viendo la tele.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Íbamos a salir a un cumpleaños, y yo quería que durmiese, porque luego se cansa y se pone como todos sabemos que se ponen los niños cansados, así que apelé a lo que apelamos los padres cuando queremos convencer sin castigar ni levantar la voz: <em>la culpa</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Daniel, si tú no vienes papá no puede dormir.</p>
<p>-        Pero no quiero – insistió.</p>
<p>-        Hagamos algo – propuse -. Tú no duermas. Solamente ven conmigo a la cama para que yo me pueda dormir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me miró con recelo, pero en seguida se sintió importante, así que sonrió y vino de buen grado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Yo no me voy a tumbar – me dijo –. Me quedaré sentadito hasta que te duermas.</p>
<p>-        Vale.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me acosté, y él se sentó a mi lado, mirándome con picardía. Se tapó las piernitas con la manta y se dispuso a esperar que me durmiera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        No puedo dormir – mentí &#8211; ¿Por qué no me haces mimitos en la cabeza?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Su cara, como siempre, se iluminó de punta a punta, y pareció que la sonrisa se le iba a salir por las mejillas. Se recostó despacito junto a mí, y empezó a acariciarme el pelo con tanto amor y ternura como no estoy seguro de haber sabido hacerlo yo alguna vez. Me miraba fijamente, y cada algunos segundos pegaba su mejilla a la mía, sin dejar de acariciarme, sólo para ofrecerme el contacto de su piel.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nos despertamos abrazados una hora más tarde, y sus ojitos somnolientos dejaban aún adivinar su sonrisa y su felicidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y solamente una semana después, es el día del padre. No me hagan regalos, gracias. Estoy servido.</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>A mis hijos y a mi padre, con todo el amor del mundo.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de marzo de 2011.</em></p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Volvé que te perdono</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Mar 2011 09:19:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Como no podía ser de otra manera, al llegar al aeropuerto de Barcelona mi equipaje se había perdido, y lo sentí como una venganza, una reprimenda caprichosa de una vieja madre <em>ítalo-judía </em>herida, que en su dolor materno no atiende a razones: el resumen reducido a dos valijas de todo mi pasado había desaparecido. La Argentina no me permitía una huida digna, conservando todas mis piezas. Iba a costarme abandonarla sin más explicaciones que una decepción profunda, un sentimiento apático y la certeza oscura de que, tarde o temprano, la patria celeste y blanca golpea duro y sin piedad a quienes le son leales. Un día un <em>Rodrigazo</em>, otra vez un <em>Corralito</em>, y si hace falta, un <em>Efecto Tequila</em>; el país de Jorge Luis Borges, Diego Armando Maradona y Doña Tota es extremadamente creativo para ser cruel con quienes labran sus tierras, habitan sus rincones, sacrifican y devoran a sus vacas, fornican por todas partes y casi nunca duermen la siesta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-955"></span>Sin embargo, y a pesar de todo, yo me fui.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me fui <em>antes</em> del <em>Corralito, antes </em>de la crisis bestial y última, <em>antes </em>de la estampida brutal que desparramó argentinos por todo el primer mundo. Me fui abrumado por mis derrotas personales, porque no podía ya con el peso permanente en la nuca, ese que se desarrolla cuando nunca podés estar seguro del momento en el que va a llegarte el próximo golpe. Me fui escupiendo sobre mi hombro izquierdo en la puerta de salida, cansado de remar a contracorriente, desencantado del tango, el mate, el dulce de leche, el asado de los domingos, la cancha de boca, el colectivo veintinueve, los bocaditos <em>Holanda</em>, <em>Martín Karadagián</em> y la mar en coche.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me fui para no volver.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces, en diciembre de 2001 explotó todo. Los pedazos saltaron por todas partes. La sangre nos salpicó a todos. Y en medio de esa ola, mi padre, después de 30 años de trabajar como una mula de sol a sol, lo perdía todo por segunda vez, a manos de la ingratitud financiera de un país dominado por usureros y despedazado por buitres, en el que no era de ningún modo buena idea intentar ser un empresario honesto.</p>
<p>Mi padre llegó a Barcelona por esos días, y en marzo de 2002 alquilamos un bar. Lo llamamos <em>Volvé que te perdono</em>. Era un tugurio pequeñito en la Barceloneta, donde besé por primera vez a la mujer que hoy es la madre de mis hijos. Tenía seis mesas, dieciséis sillas y una barra de dudosa limpieza histórica. Barcelona estaba llena de argentinos pidiendo favores. Llena de argentinos expatriados, buscando un hogar y una oportunidad mejor. Algunas veces la conseguían, como por ejemplo Karina, una amiga mía que terminó siendo mi mano derecha en la empresa donde yo trabajaba, y otras veces, muchas otras, personas que en Argentina jamás hubiesen hecho un trabajo que no fuese en su profesión, terminaban amasando pizza en una trastienda sórdida, trabajando en negro y sin papeles, soñando con una amnistía o un matrimonio que arreglase las cosas.</p>
<p>También estaba Barcelona, por ese entonces, llena de amigos. Estaba mi amigo – mi hermano – Pepe, digitando arte en sus monitores de 21 pulgadas, Carolina, Mariana, Matilde Lila, Cecilia, Diego… y muchos, muchos más. Ezeiza escupía argentinos a mayor velocidad que la pereza con la que los aceptaba de vuelta. Y yo los recibía a todos en casa, cuando podía los ayudaba a llegar, cuando no podía los invitaba a comer, al menos. Tapeábamos <em>patatas bravas</em> criticando en voz alta a la madre patria, todos de acuerdo en que la ruptura era final y absoluta: <em>no se puede confiar en ese país</em>.</p>
<p>En algún momento dejaron de llegar, y poco más tarde, comenzaron a volver. Entonces se abrió una etapa de reconciliación. Uno a uno, los amigos que compartían exilio conmigo, fueron replegando las uñas, perdonando con disimulo a la madre voraz, terrible y a la vez amante y hospitalaria, cariñosa y peligrosa, que los recibió envuelta en un manto de lágrimas celeste y blanco, les curó las heridas con una pomada mágica y les permitió tener sueños otra vez.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Argentina se recuperaba, y el resto del mundo empeoraba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para entonces, <em>Volvé que te perdono</em> era solamente un buen recuerdo. Mi padre se había trasladado a Andalucía, encontrando un camino más auténtico y más parecido a su verdadera vocación de empresario de la tinta y el papel. Los sueños de cerveza fría y <em>chivitos uruguayos </em>eran de otro momento y otras personas.</p>
<p>Y yo seguí con mi vida, contemplando con tristeza, silencio y un poco de alegría como mis amigos volvían a sus vidas rioplatenses, cómo cada vez menos argentinos llenaban los bares barceloneses durante los mundiales, con la cara pintada y las camisetas que, años después, siguen llevando el nombre de Maradona en la espalda. Comencé a ver crecer a mis hijos, al mismo ritmo que la nostalgia auténtica de los empedrados de San Telmo se deshacía en jirones, bajo el mismo cielo celeste y blanco que, habiendo protegido la partida de tantos argentinos, les otorgaba su perdón para volver.</p>
<p>Tantas palabras de dolor, tanta rabia contra la tierra primaria, tanta sangre y tanta saliva malgastadas en alimentar sordamente las razones rencorosas de la partida, fueron desapareciendo, pegadas a la piel de los que volvían, enredadas en su pelo, mezcladas con los equipajes vueltos a hacer y deshacer, anudadas en los pañuelos que siempre enjugan las despedidas y los reencuentros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y un día cualquiera, despedí al anteúltimo de mis amigos que volvía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces supe con certeza que yo no volvería nunca. No por rencor, ni rabia, ni dolor, ni tristeza. Solamente porque vivo en la tierra de mis hijos, y eso es algo que debo respetar, que no puedo cambiar, y que es mucho más grande que yo mismo.</p>
<p>Pero esa verdad no impide que lleguen a mis oídos las palabras de esperanza, cuando ahora mismo, los últimos de mis amigos que vuelven, los padres de mi ahijada, están comenzando lentamente a empaquetar sus cosas para poner fin a más de diez años de aventura ibérica, y volver a plantar la bandera de su patria familiar en el barrio de La Boca.</p>
<p>Y como un sortilegio silencioso, hace un par de noches apareció a los pies de mi cama un espectro celeste y blanco. No era una figura terrorífica, sino más bien una abuela dulce llevando un gorro frigio. Me miró durante un rato, y sonrió, con más tristeza que amargura. Se acercó despacio. Pensé que iba a besarme en la frente, pero en cambio, me susurró al oído:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>- &#8220;Volvé, que te perdono.&#8221;</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y comprendí, inmediatamente, que entre la madre Argentina y yo no quedan rencores, ni heridas, ni rabia guardada. Solamente hay un espacio abierto donde lo único que podemos darnos es amor.</p>
<p>No voy a volver, pero es balsámico sentir, de manera plena y total, el alivio absoluto y la paz nueva que uno siente cuando perdona de verdad, con el corazón. <em>No vuelvo, pero yo también te perdono.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Sorteo de dos ejemplares firmados de Matalobos</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Mar 2011 08:53:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Se acerca Sant Jordi, y para celebrar otro año muy bueno con los lectores de Reflexiones de un Aprendiz de Brujo, me apetece repetir la experiencia del sorteo, pero esta vez con la novela. Volveré sortear, entre todos los suscriptores por email del blog, dos ejemplares dedicados de Matalobos. Cómo participar Participar es muy sencillo. Solamente &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/03/06/sorteo-de-dos-ejemplares-firmados-de-matalobos/">Continuar leyendo &#187;</a>
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Volveré sortear, entre todos los suscriptores por email del blog, dos ejemplares dedicados de <em>Matalobos</em>.</p>
<h2>Cómo participar</h2>
<p>Participar es muy sencillo. Solamente hay que estar suscrito por email para recibir los posts de <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> el día del sorteo (¡Atención! Las suscripciones viejas de WordPress.com no valen, tienen que ser las actuales de FeedBurner).<br />
Para suscribirse hay que seguir los siguientes pasos:</p>
<ul>
<li>Escribir tu dirección de mail en la caja del recuadro inferior</li>
<li>Presionar el botón <strong>Suscribirme</strong></li>
<li>Revisar tu bandeja de entrada (ojo, que a veces el mail de confirmación va a parar a las carpetas de SPAM)</li>
<li>Pinchar en el enlace de confirmación recibido</li>
<li>Como debajo de la caja de suscripción hay un <em>FeedCount</em> provisto por <em>Google FeedBurner</em>, todos saben cuántos participantes habrá (el contador se actualiza cada 24 horas, no te preocupes si no aumenta inmediatamente después de suscribirte)</li>
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<h2>Mecánica del sorteo</h2>
<p>Como la idea es que sea un regalo de Sant Jordi, hay tiempo para suscribirse hasta el domingo 10 de abril a las 18:00 hora peninsular Española.</p>
<p>Luego, imprimiré todas las direcciones de email suscritas, y por el viejo y conocido mecanismo de doblar papelitos y meterlos en una bolsa, las manos inocentes de mis hijos Pablo y Daniel extraerán los dos emails ganadores. Inmediatamente enviaré un email a los dos ganadores, quienes responderán con sus datos postales para proceder a la dedicatoria y el envío por correo certificado.</p>
<p>No participarán en el sorteo familiares directos.</p>
<p><strong>Ganadores:</strong></p>
<ul>
<li><strong>Adriana Di Bella. </strong>(San Martín de los Andes, Argentina).</li>
<li><strong>Javier Nadra. </strong>(Chacarita, Buenos Aires, Argentina).</li>
</ul>
<p style="text-align: right;"><em>Gracias a todos ustedes, por leer, por acompañar, por estar ahí, por hacérmelo sentir.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, marzo de 2011</em></p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La inconmensurable fe de los enanos</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Feb 2011 10:19:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>Cuando cumplí los seis años, se dieron cuenta de que habían tenido demasiado éxito inculcándome valores y buenas intenciones. Este descubrimiento los hizo temer por mi posible buen desempeño en la vida adulta, enfrentando los malos tragos que seguramente me depararía; ya que soltar una buena persona al mundo, así, sin más, sin proporcionarle un poco de mala leche para defenderse de los otros, era sin duda una locura injustificable y una irresponsabilidad. Entonces me mandaron a la escuela, donde el gran sistema educativo argentino hizo un excelente trabajo, transformándome en un hombre de provecho. A pesar de los esfuerzos de mis maestros y educadores, algunas de las virtudes originales heredades de mis padres sobreviven aún en mi carácter mundano y cosmopolita. Entre ellas, como no podía ser de otra manera, se cuenta la absoluta carencia de fe religiosa, una arraigada y secreta pasión por el desorden personal, el desaliño en el vestir y la pérdida constante de objetos pequeños en la rutina diaria, y el amor secreto e incondicional por la carne bovina en general, y vacuna en particular – que continúo comiendo con pan, aunque sigo sin creerme del todo que así sea más digestiva –.</p>
<p><span id="more-938"></span>Por supuesto, fueron años felices. Mi herencia familiar, desordenada, impuntual, apasionada y juguetona, resistiendo los envites constantes de una educación para hombres de bien. En el medio, lo único que había, señoras y señores, era un niño.</p>
<p>Los niños – y me permito una explicación breve, para quienes no los conozcan – son esas personas chiquititas que joden y joden, que lloran en los aviones, gritan en los restaurantes, corretean en lugares inoportunos y, sobre todo, nos impiden a los mayores hablar, comunicarnos entre nosotros y vivir nuestras vidas tranquilamente.</p>
<p>Estos <em>enanos</em>, además, tienen otro montón de defectos que es preciso identificar si queremos comprender cabalmente al fenómeno que nos ocupa. Enumeraré a continuación algunas de sus características mas peligrosas para el hombre moderno:</p>
<p>&nbsp;</p>
<ul>
<li>Son aterradoramente <em>espontáneos</em>. Dicen la verdad de lo que se les pasa por la cabeza, sin medir las consecuencias ni preocuparse cívicamente – como corresponde – por no herir, ofender o poner en evidencia a alguien.</li>
<li><em>Juegan</em>. Seguramente una de sus características más temibles. Parecen empeñados en hacer ruido, divertirse y abusar de una espantosa mueca a la que llaman <em>risa</em>, que aturde e impide ver la televisión en condiciones.</li>
<li><em>No esconden lo que sienten</em>.<em> </em>Estos enanos urbanos, que podemos encontrar en casi cualquier casa de familia, tienen la fea costumbre de pregonar en voz alta y sin ningún decoro sus sentimientos más profundos. No conformes con ello, además, lo hacen interpelando en primera persona a gente proba y honorable, que jamás haría gala de una falta de tacto tal como para decir a otro, frente a terceros: <em>“te quiero mucho”</em>, exponiéndolo sin piedad a la obligación social de una respuesta inmediata, al oprobio de expresar públicamente y en voz alta un sentimiento verdadero.</li>
<li><em>Miran a los Ojos</em>. Sin rastro alguno de civilización, constantemente buscan la mirada de los demás, el <em>contacto</em>.</li>
<li><em>Abrazan, besan y tocan</em>.<em> </em>Como aún no están convenientemente enseñados, ceden continuamente a sus incívicos impulsos de abrazar, besar y tocar a otras personas, invadiendo su espacio vital e incomodándolos en las más pintorescas y rocambolescas situaciones.</li>
</ul>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y podría continuar, pero estas características son ya de dominio público, o casi, y en mi reflexión de hoy pretendo focalizarme en el aspecto <em>religioso</em>. Son muchas las corrientes de opinión sobre la fe. Muchos la profesan auténticamente – <a title="Domingos rituales" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/11/14/domingos-rituales/" target="_blank">y vaya para ellos mi admiración y mi envidia</a> –, otros se aprovechan de los primeros y viven de administrar la fe ajena – negocio redondo desde que el mundo es mundo, y es redondo –, y otros, como un servidor, simplemente la negamos. Así, la negamos, y ya está. “Pero señor Aprendiz de Brujo – me preguntan –, ¿usted no cree en Dios? ¿No tiene fe?”. “No – respondo, convencido –. Pero no solamente no creo en Dios, sino en ningún tipo de instrumentación de la fe, en sus muchas formas, de las que el hombre es tan aficionado a profesar. Esto incluye, pero no se limita a: Iglesias, religiones y Dioses de cualquier tipo, forma y color, espectros, fantasmas, ángeles, mesías, chamanes, curanderos, gran parte de los ejercicios de medicina alternativa, gran parte de los ejercicios de la medicina tradicional, ministros, diputados, presidentes, reyes, iluminados, formadores de opinión, periodistas a sueldo, investigadores a sueldo, benefactores a sueldo, beneficiarios en general de la ingenuidad ajena, teleoperadores, compañías de seguros, bancos, el sistema financiero en general, la gripe A, el efecto 2000, la resurrección de la carne, la resurrección de Pinocho, el <em>Feng Shui</em>, <em>Aquaman</em> y que las personas algún día levantarán la caca de sus perros.”</p>
<p>Los religiosos me miran, entre desconcertados y ofendidos. Los administradores de la fe ajena me apuntan con el dedo desde su púlpito dominical. Los demás se ríen bajito, de costado.</p>
<p>Lo cierto es que, desde que terminé mi <em>educación</em>, &#8211; larguísimo período de mi vida durante el cual mis padres y el Ministerio de Educación y Justicia se contradijeron permanentemente –, los restos vitales de mi ética y moral resultantes y yo, convivimos así, en la ausencia de fe y soñando despiertos con <em>tortafritas</em> los domingos de lluvia, por la tarde.</p>
<p>Y entonces, algunos meses después de haber sido padre, un día cualquiera, te das cuenta de que se te ha instalado en casa uno de estos <em>enanos </em>– ahora ya son dos –. Entre sus muchos defectos, algunos de ellos previamente explicados, se cuenta el preguntar y preguntar, sin parar de preguntar.</p>
<p>Y otros meses más tarde, sin que nadie te avise nada, te ves reflejado en dos ojos enormes, abiertos, perplejos, iluminados, que beben con la mirada tus palabras, tu explicación, tu paciencia y tu falta de paciencia, lo poco que te queda de ternura, tu capacidad de asombro, tu falta de sueño, tu <em>status</em> de hombre moderno. Todo eso con dos ojos redondos y grandes. Dos ojos en los que ya no cabe el asombro.</p>
<p>Y te das cuenta, con un dolor en el pecho, que detrás de esos dos ojos, en ese cuerpecito <a title="Enano Cabezón" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/14/enano-cabezon/" target="_blank"><em>enano</em> y muy probablemente <em>cabezón</em></a>, hay un montón de amor. Y ese montón de amor cree que lo sabés todo, que el bastión último de la sabiduría ancestral, la encarnación hecha hombre de la verdad y la justicia, el prototipo de Dios en la tierra, se llama <em>Papá</em>. Te das cuenta que nadie, nunca, te había mirado de esa forma. Ni tus padres, ni tus amigos, ni tu mujer. Nadie había tenido tanta fe en vos. Y te das cuenta también de que nadie, nunca, volverá a tenerla. Ni siquiera tus hijos, cuando descubran que ese dios barrigón y malhumorado es solamente un hombre.</p>
<p>Pero mientras tanto, con todo el bagaje a la espalda, sos Dios en la tierra. No hay manera, humana ni divina, de eludir esa responsabilidad. Sos el Dios depositario de la fe más inconmensurable que puede experimentar el hombre: <em>la fe de los enanos</em>. No existe fe más absoluta y total. Y cada una de tus palabras la impacta, la amplía o la reduce, la educa o la lastima.</p>
<p>Y lo que es indiscutible, es que la fe humana puede con todo. No hay arma más poderosa que la fe. No la fe de la que venden los escribanos, sino esa que brilla en los ojos de los niños, esa que los adultos moldeamos a cada momento, sin darnos cuenta, sin sentir la responsabilidad extrema de estar cimentando el potencial del hombre del futuro.</p>
<p>A mi fe se la llevaron los demonios desde un principio, dejándome ateo y desamparado, pero hoy ha vuelto. Hoy sé que la fe existe. Me la devolvió la mirada de mis hijos, y en esa mirada deposito mi fe nueva. Hay esperanza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-938-1'>Torta de masa frita en grasa de vaca, con azúcar <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-938-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Mis palabras, mi silencio y viceversa</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Feb 2011 10:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><strong>I. El silencio</strong></p>
<p>El silencio perpetuo, obligado, encerrado, inerte, me habla de derrota, de batallas perdidas, de amores marchitos, de miedos presentes. Trae hasta mí, desapasionado, el perfil claro del edificio donde transcurrió parte de mi infancia. Un frente de minúsculas baldosas en tonos diferentes de azul y granates oscuros, mezclados con alguna ausencia esporádica disfrazada de hormigón. Y me cuenta, como casi cada día, el caos ilegible del aeropuerto el día que dejé mi casa, un ir y venir de personas desconocidas en traje de sombra. Revive en mi pecho una sensación de anestesia, una fuga hacia adelante de lágrimas que en silencio no saben caer.</p>
<p><span id="more-927"></span>Lo dejo seguir, lo escucho, atento, vigilante. Habla de cosas que no son, pero están. Habla del dolor que ya no duele. El dolor actual, el que todavía duele, vive del lado de las palabras. Los dolores viejos, cuando pierden vigencia, cuando ya no duelen, se suman de a poco a las filas del silencio, mirándome con ojos tristes, como los perros que te siguen durante una noche de lluvia, y con esa tristeza vitrificada suman derrota a mi silencio, aportan ternura, también, y un poco de esa tranquilidad inusual que tiene el final de un episodio vital, cuando ya no puede empeorar ni mejorar; cuando hay una parte de la vida que simplemente deja de ser, por mucho que sus restos sean voluminosos y aseguren la presencia eterna de esa falta.</p>
<p>Y lejos de ser nada más que tristeza, mi silencio atesora voces amigas, palabras dichas hace mucho tiempo, tanto que es casi al inicio; pero dichas con la verdad en los labios, con amor en los dientes. Y esas palabras, convocadas contra su voluntad al silencio perpetuo en el que transcurre la memoria, dibujan rostros, encarnan piel y pelo y uñas, manos y brazos que dan y reciben, hombros que, lejos de ser para llorar, son para apoyarse durante una borrachera feroz, para asegurar una mochila y salir a recorrer mundo, para apuntalar un equilibrio deficiente durante una noche de fiesta o para colgar el abrigo cuando todos los otros soportes se esfuman mágicamente.</p>
<p>Mi silencio guarda también, para tenerlo a mano cuando lo necesite, el olor espeso, tibio y dulce de la <em>cremosa de doña espumosa</em> que mi abuela cocinaba largamente sobre un fuego de gas metano, naranja, con llamitas que lamían para siempre los fogones ennegrecidos de su cocina polvorienta. Y en el mismo sitio, sus respuestas sabias, siempre a mano: <em>“Abuela, me duele la cabeza”. </em>Un silencio, un gesto comprensivo con las cejas y un dedo índice en alto: <em>“Señal de que la tienes, hijo mío. Si no la tuvieras, no te dolería.”</em></p>
<p>Mi silencio, con una chispa en la mirada, me permite observar, cada vez que quiero, como acompañaba, tablero de ajedrez y una sillita de <em>cámping</em> en mano, a mi hermano a hacer caca, y nuestras caras concentradas, ignorando a conciencia el tufo de los vapores fecales humanos, para intentar descifrar el movimiento esquivo de un peón enemigo. Tiene también cada uno de los abrazos de mis hijos, porque cada vez que me abrazan, aunque ya lo sé, un estremecimiento profundo me asalta por sorpresa, y su ternura me deshace por dentro, dejando sólo un calorcito invencible y una razón poderosa para hacer bueno el futuro.</p>
<p><strong>II. Las palabras</strong></p>
<p>Mis palabras, en cambio, son el presente rabioso, la guerra que no acaba, el hambre perpetuo que te obliga a seguir buscando, la furia incansable que no cede al silencio. Están todo el tiempo, gobernando mi corriente de pensamiento, llenándolo de juegos absurdos, de peces en movimiento, de siluetas armónicas y púas sibilantes. Mis palabras se encargan de poblar el momento, de pintar con cuidado las líneas de ida y vuelta, los contornos sinuosos de lo que va sucediendo. Saben relatar la risa de mis hijos y los recuerdos de mis padres.</p>
<p>Y sin proponérselo, constantemente me someten a la tiranía escrupulosa de intentar sostener con hechos lo que digo, de proponerme cumplir con lo que prometo, de trabajar para ser la persona que digo ser.</p>
<p>Mis palabras juegan juegos, también. Hablan de mis ganas de jugar, de la tenacidad con que trabajo para rescatar de mi memoria los hechos que me construyeron, mi pasado menos poético, menos ejemplar, menos heroico, menos memorable. Hay en mis palabras episodios rescatados del silencio. Hay sonidos con la misma voz, para hablar de pasión y para hablar de quedarse sentado en el sofá.</p>
<p>Pero mi boca, bastión principal desde el que las palabras dejan de pertenecerme, se llena de espuma fresca y chispas de chocolate cuando digo palabras que me gustan, como el nombre de mis hijos, como <em>tambor, labiodental, ortorrómbico o flambeado</em>, cuando pronuncio las claves que me delatan amando o disfrutando. Y se me llena de un regusto de pétalos lilas cada vez que pienso en Buenos Aires en primavera, dibujando con los labios un jacarandá en flor, y de un sabor de salitre cuando relato a mis hijos los veranos en mi Montevideo natal, de playas de arena interminable, peces al alcance de la mano y mis tíos tomando mate y cantando. Otro sabor, esta vez de sangre y miel, me desborda hasta los labios cada vez que hablo del silencio, cada vez que las palabras traen desde mi pecho a mis dientes el silencio que me habita.</p>
<p>Pero una vez más, y siempre, son las risas de mis hijos las que acuden al rescate, las que perforan mi silencio, dejando salir las palabras más bonitas que su coraza de latón encierra. Y entonces recupero mis palabras, las reparto, las regalo, las difundo, las arrojo por encima de los muros, las dejo en los bancos de las plazas, las suelto con disimulo en las góndolas del supermercado, las escondo entre las páginas de libros ajenos, para que puedan así asaltar a los lectores por sorpresa, las quemo sobre una torta para que mis hijos, al soplarlas, escuchen mi voz más auténtica celebrando sus cumpleaños, las lanzo por debajo de las puertas, sin saber quién está del otro lado, y aún así poniéndolas a sus pies.</p>
<p>Y cada vez lo sé con mayor certeza: soy mis palabras, y también mi silencio. Mi silencio conserva para mí el pasado, devolviéndomelo de a pedacitos cuando quiero relatarlo. Mis palabras avanzan sobre el futuro. Y yo, aunque parezca lo contrario, ni siquiera por un segundo me divido entre ambos.</p>
<p>Mis palabras no se oponen a mi silencio, y viceversa.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Con Arturito no se juega</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Feb 2011 09:53:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
		<category><![CDATA[cosas pequeñas]]></category>
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<blockquote><p><em> “¡Con el Plumero no se juega!”</em></p></blockquote>
<p><span id="more-917"></span>El grito era automático, autoritario y potente, y anunciaba una catástrofe. Nos paralizaba. Sabíamos perfectamente que vendría, y aún así nos dejaba en <em>orsai</em>, totalmente indefensos, asustados, con un pánico instantáneo pintado en las pupilas. Era como si hubiésemos tocado el cetro del Rey, la llave de la caja de Pandora, o las botas de Siete Leguas. Mi madre era una madre permisiva, y no solía gritarnos o castigarnos más de lo necesario, sino más bien menos de lo necesario, pero algo inexplicable, oscuro, violento y peligroso le ocurría cuando le tocábamos el plumero. Era como el símbolo de su gobierno del hogar, difuso, alborotado, perdido entre disfraces desparramados en un baúl y frascos de mermelada casera, mezclado con el silencio rasgado por el runrún de un lavarropas vertical de tres aspas, y la mala imitación de una cascada de espuma del fregadero con los platos y vasos de seis personas.</p>
<p>En esa casa, casi todo se podía tocar. Con casi todo se podía jugar, pero en esta vida todo tiene un límite. Podíamos hacer silbar la correa de la perra, revoleándola como una hélice, o jugar con unos palos de escoba cortados  y pintados o con los cojines del sofá. Podíamos saltar y correr dentro de casa. Podíamos atacar los cajones y desparramar la ropa en busca de un disfraz o simplemente una capa para improvisar un <em>Zorro</em> gallardo, valiente e imberbe. Podíamos llenar el suelo de bolitas de colores, y competir a gritos por la <em>japonesa,</em> la <em>lecherita</em>, o el <em>acerito</em>. Podíamos, incluso, jugar con los libros de la biblioteca. Podíamos voltear dos sillones individuales que había para fabricar un quiosco imaginado a la hora de la siesta, y vender desde él golosinas inexistentes con sabor a manos sucias. Podíamos marcar los vidrios de las ventanas con huellas digitales de grasa de pan con manteca y azúcar, y desde el sofá jugar a luchas con la perra, que se apuntaba a todas, ladrando y dejando un rastro inequívoco de goterones de baba. Podíamos gritar, hacer aviones de papel y a veces comer caramelos a deshoras. Podíamos tener secretos, bajar solos a la plaza con la bici o sin ella. Podíamos jugar con dardos verdaderos. Podíamos tener peces, pájaros y reptiles diversos. Podíamos, el mismo día, invitar cada uno a un amigo a dormir, y armar lo que llamábamos <em>“el campamento gitano”</em>, llenado el suelo del <em>living</em> de colchones y bolsas de dormir, y cubriendo las lámparas con telas de colores, para acostarnos todos mezclados, hablando bajito en medio de la noche, y despertar fusionados en una sola montaña de niños somnolientos. Podíamos festejar los cumpleaños en casa. Podíamos pedirle a mi madre que hiciese una montaña de <em>panqueues</em><sup class='footnote'><a href='#fn-917-1' id='fnref-917-1'>1</a></sup>, y otra vez invitar amigos, y decorar las paredes con dulce de leche, ensuciar la mesa y hablar a gritos con la boca llena. Podíamos organizar, una vez a la semana, el <em>día del eructo</em>, durante el cual todos los malos modales imaginables estaban permitidos en la mesa familiar, sin consecuencias para el ejecutante. Podíamos pelearnos, y aún puedo sentir la vergüenza cuando, yendo a delatar a alguno de mis hermanos, mi madre me respondía, simulando enfado: <em>“Vos no seas loro.”</em> Podíamos hacer de todo y más. Éramos indómitos, infinitos, juguetones, traviesos y dispersos. Pero el límite estaba ahí, claro, preciso y tajante: <em>con el Plumero no se juega</em>.</p>
<p>Treinta años después, es una preocupación social omnipresente lo poco que los niños respetan los límites. Lo que no solemos preguntarnos es por qué lo que eran cuatro o cinco límites claros y precisos, se transformaron desordenadamente en una lista interminable y en constante crecimiento de reglas difíciles de cumplir hasta para un monje de clausura. ¿Qué nos pasó? Nuestros hogares han dejado de ser espacios para el juego y el disfrute, y se han convertido en un quirófano que hay que mantener en orden. Hay que quitarse los zapatos al entrar, no se puede comer fuera de la mesa, no se tocan los vidrios, no se trae más de un juguete a la vez al salón, cuidado no tires nada que vas a romper la tele, no toques las paredes que se ensucian, no manches el sofá, en casa no se corre, no grites que vas a molestar a los vecinos, no toques nada, por favor, que no, que te digo que no. El ordenador de papá ni lo mires, no se puede usar si yo no estoy, cuidado con la alfombra, no recortes papel que lo pones todo perdido, con plastilina dentro de la casa no. No pintes fuera del papel. No toques ninguno de esos aparatitos con lucecitas que parpadean y brillan, ni abras las cajas de los trescientos mil cedés que hay en la estantería. Quieto ahí, a mirar dibujos. Pero no mucho, que mucha tele tampoco es bueno.</p>
<p>Y para colmo de males, ya no existen los plumeros. En su lugar, nosotros tenemos un aspirador de mano, y un robot de aspiración <em>Roomba</em>, al que llamamos <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/20/el-teletrabajo-del-padre-de-arturito-y-los-titulos-de-las-peliculas/" target="_blank">Arturito</a></em>. Esta maravilla tecnológica patrulla la casa sin descanso, aspirando puliendo y barriendo, con su luz naranja sobre la espalda, y cuando los niños se acercan a él, fascinados por su autonomía y su habilidad para esquivar obstáculos, tengo que ser yo en lugar de mi madre quien grite, con voz autoritaria y seca:</p>
<blockquote><p><em>“¡Con Arturito no se juega!”</em></p></blockquote>
<p>¿No será que son tantos los límites que es imposible moverse sin traspasar uno?</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class='footnotes'>
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</ol>
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		<title>Federico Firpo Bodner anuncia la creación de su Taller de Narrativa en Barcelona</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Jan 2011 10:38:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
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		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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		<description><![CDATA[Durante el curso 2011 se iniciará la actividad del Taller Literario de Federico Firpo Bodner en Barcelona. El Taller será un espacio de escritura creativa, coordinado por Federico Firpo Bodner, quien acredita, además de su experiencia docente, más de diez años de participación en talleres similares en Buenos Aires, Argentina, a cargo de los coordinadores &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/01/23/federico-firpo-bodner-anuncia-la-creacion-de-su-taller-de-narrativa-en-barcelona/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>El Taller será un espacio de escritura creativa, coordinado por Federico Firpo Bodner, quien acredita, además de su experiencia docente, más de diez años de participación en talleres similares en Buenos Aires, Argentina, a cargo de los coordinadores Hebe Solves, Mirta Botta, Diana Bellesi y Alberto Laiseca.</p>
<p>Se trabajará sobre el crecimiento literario de los participantes en el ámbito narrativo, haciendo especial foco en los relatos cortos y la novela. La propuesta es fundamentalmente escribir, escribir y escribir, en un entorno distendido e informal, en el que se analizarán los textos producidos por los participantes, se harán críticas profundas y se buscará relación de continuidad en la producción literaria.</p>
<p>Los cursos no son estructurados, sino evolutivos. Esto significa que se trabaja continuamente ensayando técnicas, recursos de estilo y propuestas novedosas, además de hacer seguimiento de cerca de la producción individual de los participantes.</p>
<p>Para más información, <a href="http://www.federicofirpobodner.com/taller-de-narrativa/">visita la sección Taller de Narrativa</a>. También puedes solicitar información ampliada desde el <a href="http://www.federicofirpobodner.com/taller-de-narrativa/contactar/">formulario de contacto</a>.</p>
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		<title>Desde donde estoy se ve</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Jan 2011 11:07:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[amistad]]></category>
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		<category><![CDATA[argentina]]></category>
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		<category><![CDATA[nostalgia]]></category>
		<category><![CDATA[uruguay]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p><img class="alignright size-full wp-image-900" title="Dalí: Muchacha en la ventana" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/muchacha-en-la-ventana.jpeg" alt="" width="300" height="425" />Estoy en un lugar del mundo que al principio no era el mío. Nunca termino de saber si uno es de la tierra donde tiene sus hijos, o de aquélla donde entierra sus muertos. En cualquier caso, sin prisa por enterrar muertos, y sin pausa en la maravilla de ver crecer a mis hijos, este es ahora mi lugar, al menos el lugar que me toca. Y desde donde estoy, por una ventana de ángulos de noventa grados, se ve un mundo que se extiende en trescientos sesenta, para allá, para allá y para allá. Sospecho que para allá también, pero no veo porque cuando me asomo a la ventana, invariablemente, detrás de mí hay una pared.</p>
<p>En ese pedacito mundo que se ve desde donde estoy hay varias montañas. A veces, cuando hace frío, blanquean sus cimas pintadas de blanco nuclear, refractando los rayos del sol hasta mi ventana. Otras veces esconden sus dientes de roca y tierra entre los vapores oportunos de las brumas matutinas, y me gusta porque sé que la montaña está ahí, y no puedo verla. Es como mis amigos de toda la vida. Sé que están ahí, en las calles de Buenos Aires, en otras ciudades más al norte o más al sur, perdidos muchos de ellos en su exilio privado, y no puedo verlos. Tienen la solidez de la montaña y el misterio de la bruma, la mirada transparente del sol de invierno y las mismas raíces profundas, estables bajo el peso de miles de toneladas de cimientos, sólidas, eternas. Otras veces, cuando la noche llega sigilosa a instalarse en el techo, se transforman en una sombra oscura, una silueta recortada contra un fondo azul marino, que solamente se deja adivinar como la frontera secreta a partir de la cual las estrellas abandonan su parpadeo insomne para retirarse a dormir, al menos por un rato.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un planeta que estornuda su resfrío monumental, apenado, mientras sufre en silencio la soberbia de los seres humanos, que creen tontamente que están destruyéndolo, cuando lo único que están destruyendo son sus posibilidades de sobrevivir en él. Se ve un planeta que sabe que, cuando los humanos terminen de matarse, diez, veinte millones de años después, habrá otra forma de vida, como pasó siempre desde el principio de los tiempos. No es otra cosa que la soberbia lo que va a matarlos. No es otra cosa que soberbia lo que les impide ver.</p>
<p><span id="more-898"></span>Desde donde estoy se ven millones de personas diminutas, sin rostro y sin pelo, que todos los días van a trabajar, vuelven, cenan, se pelean, se perdonan, se odian y se abrazan. Después fornican y dicen a los demás que fornican más de lo que fornican en realidad. Beben cerveza y dicen a los demás que podrían beber más cerveza de la que en realidad pueden beber. Se aburren de sí mismos y dicen a los demás que saben estar solos. Son como sombras recortadas sobre papeles sucios. Aman a las personas que hay en su vida más de lo que están dispuestos a admitir, y no les dicen nada acerca de ese amor, porque prefieren el silencio al vértigo de no saberse correspondidos en exactamente igual medida, o más.</p>
<p>Desde donde estoy se ven ciudades arrasadas por la furia del mar, árboles caídos; soplados hasta la muerte por un viento terminal. Se ven niños descalzos con el barro a la cintura, intentando salvar una cesta de fruta semipodrida, un muñeco de peluche y dos aviones de papel de los destrozos de la inundación. Se ve que la policía y los bomberos no saben qué hacer. Se ve el avión de los ricos tirando en paracaídas la comida que les sobra, mientras desde sus casas confortables se lamentan así: <em>“¡Pobrecitos los pobres!”</em>.</p>
<p>Desde donde estoy se ve el aire cargado de palabras transmitidas exculpando a los culpables. Casi pueden oírse sin esfuerzo, sus letras negras mintiendo las razones turbias de los males, las excusas plausibles de las catástrofes y las frases salpicadas de anestesia de los analistas expertos en pavadas.</p>
<p>Desde donde estoy puedo ver, también, y sin ningún esfuerzo, los demonios pacíficos de mi infancia. El aliento de pasto tierno de mi perra en la cara y el silencio de la hora de la siesta frente a un cuaderno de deberes escolares sin hacer. Un gesto con la lengua, un soplido y un renuncio, justo cuando el grafito de mi lápiz comenzaba a arañar en el papel rayado una suma de líneas temblorosas. Puedo ver, de grande, el regreso previsible de esos demonios alados, que sobrevuelan las camitas de mis hijos sin asustarme, prometiendo con sus ojos rojos más infancia, más dolor de adolescencia, más tiempo y tiempo de fantasías.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un horizonte difuso y borroso, en el límite de un mar que no tiene del otro lado a mi tierra, pero es como si la tuviese, es como si cada una de las olas pudiese deshacer en sus espumarajos un trocito de mi costa infinita, un recuerdo de ballenas y pingüinos, una promesa de mi Uruguay natal, una fiesta de sol y playa con mis hermanos, las pieles de niños oscurecidas por el sol, los sueños intactos, el tiempo aún como una medida infinita de lo que no va a llegar nunca.</p>
<p>Desde donde estoy se ve claramente el miedo. No es el mío. No es el tuyo. Es el miedo de todos y el de nadie. Es el miedo con el que estamos aprendiendo a vivir, al que nos vamos acostumbrando sin protestar. Es un cuerpo espeso y dos alas nervadas, enormes, un paraguas siniestro que tejemos sobre nuestras cabezas con paciencia y cautela, como la mortaja interminable de <em>Amaranta Buendía</em>, una labor primorosa y siniestra, una bolsa de gatos infame donde se mezclan las emisiones de <em>Gran Hermano</em> con media docena de guerras remotas, un brote epidémico de enfermedades mortales y las aberraciones modernas de una ciencia sin mas ética que la financiación renovable año a año.</p>
<p>Desde donde estoy se ven, perfectamente y sin interferencias, las huellas indelebles que me trajeron hasta aquí, mis marcas lloradas a fuego lento sobre aviones y trenes, la decisión lenta de abandonar mi casa, los abrazos de despedida y los pares de labios marcando un adiós temporal que se haría permanente. Se ve el rastro de ese camino, la nostalgia derrochada semana a semana de mi barrio, la falta aguda y diaria de tres medialunas de grasa, el reguero de gotitas de sangre de ternera sobre una parrilla de asado con amigos, la letra y música de <em>Patricio Rey</em>, contando en frases criptográficas el dolor de la partida, y una década después, en las mejillas de mis hijos, se ve el resumen lisito e impoluto de todo lo bueno que me pasó desde la última vez que viví en América.</p>
<p>Desde donde estoy, desde mi ventana, se ve perfectamente el parque de enfrente, una canchita de fútbol, la biblioteca y la plaza en la que vamos a andar en bicicleta. Se ve perfectamente todo lo que rodea mi casa. Se ve que hoy, ahora, ésta es mi casa. Me gusta mi ventana. Me gusta mirar por ella, aunque siempre, a mi espalda, aguarde una pared.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>En mi casa no te morís, carajo</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Jan 2011 19:01:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Siempre es así. La gente se muere sin avisar, de puro morirse, nomás. Nunca estás preparado para que se muera nadie. Nunca es el momento correcto para la muerte. Y sin embargo, van y se mueren. Así, sin nada más que dejar de respirar. En mi casa siempre hubo muchos animales, pero hubo uno, con &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/01/10/en-mi-casa-no-te-moris-carajo/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>En mi casa siempre hubo muchos animales, pero hubo uno, con permiso de mis dos perras, reinas absolutas del zoofondo de casa, que fue especial para mí y para mis hermanos. Fue <em>Dailan Kifki</em>, con su dueña atolondrada que paseaba su malvón (y recuerdo con mucha ternura que el libro comience precisamente cuando ella sale a pasear su malvón. De niño me parecía lo más normal del mundo, porque no tenía ni idea de lo que era un malvón), y el bombero que siempre hablaba en rima, y el hermano Roberto, que siempre decía: <em>“Estamos fritos!”</em>, y la sopita de avena, y el club de remontadores de barriletes, y la tía Clodomira, y tanta magia en tan pocas páginas…</p>
<p><em>Dailan Kifki</em> aterciopeló las noches de mi primera infancia, con la voz suave de mi madre leyéndolo en voz alta, debajo de un cuadro que teníamos en el que podía verse un hipopótamo enorme, lleno de corazones, con un cartel que decía “<em>Te quiero tanto que duele</em>”. Teníamos el clásico ejemplar de tapas amarillas, destrozado de leerlo y releerlo, de intercambiarlo con <em>Chaucha y Palito</em>, con <em>El Reino del Revés</em>, y esos dibujos de niños siempre con cuatro pelos en la cabeza.</p>
<p><em><span id="more-891"></span>El twist del Mono Liso</em>, <em>El Brujito de Gulubú</em> y tantas otras constituyen la banda sonora de mi escuela primaria, los primeros recuerdos. Siempre estuviste ahí, con tu música, con tu alegría, con el corazón herido de tu <em>Pájara Pinta</em>, los temblores de miedo de la <em>Reina Batata</em> y un mundo repleto de riqueza que, hoy, treinta años después, sé que es parte de lo que soy, que me constituyó como persona, que me aportó algunos de los valores que trato de enseñar a mis hijos.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Justo cuando hace poco más de un año, leímos en voz alta, con mis hijos, <em>Dailan Kifki</em>, y pude palpar sus fantasías de papel, sus caritas de ilusión, la ternura sabia que drenaban sus páginas. Por primera vez pude imaginar parte de lo que debían sentir mis padres al leerlo para nosotros. Pude compartir con ellos, en silencio, con un secreto pactado también contigo, la maravilla de ilusionar a los niños, de relatarles fantasía, de enseñarles a querer casi sin querer, de costadito. Entendí, ya grande, de qué está hecha toda esa ternura.</p>
<p>Y sí, te tuviste que morir, carajo.</p>
<p>No te conocí personalmente. No pude decirte que tuve que ser padre para entender lo importante que fuiste para mí. Dejame darme ese lujo ahora, sin ser pretencioso. Porque sin saberlo, pero queriendo, con tus canciones me regalaste parte de lo que ahora doy a mis hijos. Justo este fin de año pasamos las vacaciones de navidad escuchando una y otra vez tus canciones. Mi hijo Daniel, de cuatro años, canta <em>El twist del Mono Liso</em> a todas horas, llenándome de orgullo y de ternura.</p>
<p>Y fue ahora, justo ahora, que entendí la subversión callada de tus letras, el llamado pacífico a la rebeldía, el poder infinito de tu ternura. Fue ahora que pude comprender que, si puedo llamarme buen padre, parte del mérito es tuyo.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Tu partida me encontró solo en Madrid, en una habitación de hotel, con treinta y siete años y en viaje de trabajo. Me arrancó lágrimas de verdad, un picor en la nariz (que por suerte no se me cayó dentro de la taza) y en los ojos, profundo, cavernoso. Me sentí muy solo, y con una tremenda necesidad de abrazar a mis hijos, de decirles lo afortunados que son por el simple hecho de que una vez, su papá, cuando era niño, escuchó tus canciones, leyó tus libros y te hizo parte de su vida. Sentí necesidad de apretujarlos, de bajarles la luna en camisón, de bañarlos en un charquito con jabón, de regalarles tu perro pequinés que se cae para arriba y no puede bajar después. Quise invocar el tesón de Manuelita para ir, un poquito caminando y otro poquitito a pié, hasta Barcelona, solamente para besarlos, para decirles que es en la corte del rey donde siempre se oculta la naranja paseandera que a todos nos roban cuando dejamos de ser niños. Quise ir en tranvía a Tucumán, para regocijarme una última vez en tu gato y chacarera, y a la vuelta pasar por la quebrada de Humahuaca, donde la Vaca continúa rumiando sola la lección, y volver aquí, manejando un <em>cuatrimotor</em>.</p>
<p>Y te moriste nomás, carajo.</p>
<p>Entonces recordé que soy un hombre, que los hombres no lloramos, y que sabemos que la muerte es parte de la vida. Intenté dejarte ir, y otra vez la distancia de mi tierra y la nostalgia de tu voz rompieron mis lágrimas.</p>
<p>Y entonces decidí que en mi casa no te morís, carajo.</p>
<p>Porque cada una de las millones de lágrimas de todos los que fuimos niños y supimos de tu grandeza, de tu ternura y de tu magia nos obligan a mantenerte viva para nuestros hijos. Ahora y siempre, María Elena.</p>
<p>En mi casa no te morís. No te doy permiso.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Tenía (léase con tango de fondo)</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Jan 2011 10:42:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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