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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</title>
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	<description>blog de Federico Firpo Bodner</description>
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		<title>La Muerte y las palabras</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 09:08:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
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		<description><![CDATA[La muerte es la última de las cosas de la vida de los adultos a la que uno se acostumbra. Nos acostumbramos antes a trabajar, a pagar impuestos o, en su defecto, evadirlos, a una dosis necesaria de hipocresía, a votar, a mentir con naturalidad y a la idea de que jugar ya no es [...]


No existen artículos relacionados.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-657" title="rosa" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/rosa-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />La muerte es la última de las cosas de la vida de los adultos a la que uno se acostumbra. Nos acostumbramos antes a trabajar, a pagar impuestos o, en su defecto, evadirlos, a una dosis necesaria de hipocresía, a votar, a mentir con naturalidad y a la idea de que jugar ya no es cosa nuestra.</p>
<p>Por la misma sabiduría de la naturaleza y del orden de la vida, durante la niñez no se muere casi nadie. A medida que uno va creciendo se comienzan a morir personas. Por lógica, primero tus abuelos. Después gente conocida. Después, probablemente, los padres de uno. Luego se empiezan a morir tus iguales, tus amigos, los que tienes cerca. Entonces empiezas a pensar que tu número puede venir en cualquier boleto. Cualquier giro de la ruleta te puede vestir con un traje de madera.</p>
<p>Es el orden natural de las cosas. Es la forma que tiene la vida de prepararnos para la muerte.</p>
<p>En mi caso, cuando murieron mis abuelos, estaba preparado. Lo recuerdo con dolor, pero no con excesiva angustia. Incluso recuerdo los velatorios como un momento de encuentro familiar. Lágrimas, sí. Tristeza, sí. Pero sin drama. Ancianos que habían vivido, fornicado, procreado, sufrido y disfrutado de la vida, y luego habían muerto.</p>
<p><span id="more-656"></span>La primera vez que me quebré en un velatorio fue en 1997, cuando murió el “Poyo” Pollini. Uno de los amigos verdaderamente cercanos de mi padre. Una persona entrañable. Había estado presente en toda mi vida. Yo tenía veinticuatro años. Lo quería, pero lo quería como quieren los niños a los amigos de sus padres. Cuando supe la noticia me entristeció, pero no derramé ni una lágrima. Sin embargo, por alguna razón, cuando estuve frente al féretro, algo se me rompió en el pecho. Lloré con amargura, desconsuelo y algo de vergüenza.</p>
<p>Años después, pensando en el tema, me dí cuenta de dos cosas. La primera fue que lo quería mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir, incluso a solas conmigo mismo. La segunda fue que mi angustia y mi llanto eran por él, pero también por mí. Era la primera vez que perdía a alguien fuera del guión. La primera vez que se moría alguien que no tenía por qué haberse muerto. No era un anciano. Era alguien como mi papá. Era una referencia fuerte de mi vida. Fue la primera vez que tuve la certeza de la muerte. Fue un aviso concreto. Fue el día que entendí por fin que todos nos podemos morir en cualquier momento.</p>
<p>Más adelante me he preguntado muchas veces por qué quedan los velatorios en el recuerdo tan difusos. Cuando intento recordar detalles, es bastante complicado. Creo que es porque son situaciones en las que el grupo humano se divide en dos. Por un lado los deudos principales: familiares directos, hijos, hermanos, cónyuges y amigos muy íntimos. Son los que lloran sin vergüenza y relatan a los demás los pormenores de la muerte. Del otro lado, todo el resto de los asistentes que echan mano de las mismas palabras de consuelo, las frases hechas, las palmaditas en el hombro.</p>
<p>Frente a la muerte nunca sabemos qué decir.</p>
<p>¿Qué se le dice a quien acaba de perder a alguien? ¿A un hombre hecho y derecho que se ha quedado huérfano a los cincuenta años? ¿A una anciana que cambia su estado civil a viuda, justo ahora que todo estaba tan tranquilo?</p>
<p>Durante muchos años pensé que era una situación tremendamente hipócrita. Sentía que a quien acaba de morírsele alguien importante, realmente le aporta poco consuelo que una tía de la hermana de su cuñado le diga, compungida, que cuánto lo siente, que hay que ver que injusticia, que nos dejan siempre los mejores. Pensaba que, estando en el sitio del que más sufre, del que se queda, el que aguanta en sus brazos el impacto brutal de la muerte, realmente tenía que ser un calvario aguantar el desfile de caras contritas, los susurros en los rincones, las fronteras de su propia familia cerrando filas para decir, uno tras otro, las mismas palabras vacías encerradas en un perfume de flores frescas. Pensaba que el aliento helado de la muerte se llevaba las palabras verdaderas, y que toda la situación tenía algo de ridículo, de grotesco y de tremenda incomodidad.</p>
<p>Muchas veces me he prometido a mí mismo, cuando estoy del lado de los que repiten la letanía litúrgica de condolencias formales a los deudos, no abrir la boca si no tengo algo sustancial que decir. Creía que era mejor no decir nada que informarle a una persona quebrada por el dolor que lo siento mucho, que acompaño, que estoy allí. Es algo que a pesar de las lágrimas puede verse, y me sonaba falso, vacío, sin contenido. Muchas veces me he quedado callado frente a una persona que lloraba una pérdida. Me he limitado a dar un abrazo, a una sonrisa medida y respetuosa, a una mirada a los ojos, a transmitir un apoyo silencioso, a intentar acompañar desde el tacto y la vista, más que desde el oído.</p>
<p>El jueves de esta semana ocurrió uno de esos casos que me dan rabia y dolor. Esas veces que la muerte se salta el guión, y en lugar de llevarse a alguien que ha vivido su vida, le arrebata el resto a una persona joven, a alguien que solamente ha consumido la mitad de lo que por derecho le correspondía.</p>
<p>Era una lectora de este <em>blog</em>. Una ex compañera de trabajo. La verdad es que nos conocimos más por internet después de dejar de trabajar juntos que cuando nos veíamos frecuentemente. Pero era una persona a la que yo apreciaba especialmente. Era una persona con ángel propio, con una historia repleta de emociones, una persona que tenía palabras bellas que dar. Una persona que me hacía sentir cercano a ella cuando comentaba mis textos, cuando bromeábamos por <em>facebook</em>. Una persona valiente, que no ocultaba ni negaba su drama personal, que lo miraba a la cara, que lo enfrentaba de forma directa, sin más miedo que el miedo necesario, el que no se puede esquivar, el que todos sentimos cuando comprendemos que la muerte ronda.</p>
<p>Una persona con la que me apetecía mucho encontrarme, y llevábamos ocho meses posponiendo una cerveza, siempre por razones prácticas, logísticas.</p>
<p>Una cerveza que ya no podrá ser.</p>
<p>Cuando me enteré –lamentablemente, vivir en otra ciudad me impidió acercarme –, intenté decirle algo a su novio, a quien también aprecio mucho, y de quien también he sido compañero de trabajo. De golpe vinieron a mí todos mis pensamientos sobre las frases comunes de la muerte, sus palabras oscuras y lo difícil que es transmitir apoyo. Quería enviarle un mensaje, decirle algo sincero, y solamente acudían a mí los lugares de siempre, las palabras maltratadas de los pésames prefabricados.</p>
<p>Entonces me dí cuenta de algo. Por primera vez sentí que el desfile de personas cercanas repitiendo fórmulas corteses no era una hipocresía, sino un ritual necesario, una liturgia convenida para dar, juntos, el primer paso de los que nos quedamos. Caí en que, una vez pasado lo peor, lo más difícil es encontrar el camino de vuelta a la normalidad. Seguir viviendo, continuar lo que había, pero sin el que se fue. Entonces, que los que te quieren mucho, los que te quieren bastante, los que te quieren un poco y los que te conocen y les caes simpático se acerquen, te den la mano, te digan lo que sabes que van a decir, te ofrezcan el apoyo que sabes que te van a ofrecer, y te repitan las palabras de la muerte, las que se dicen siempre, es una puerta clara para volver a ese camino, es una demostración de que las cosas siguen funcionando como funcionaban antes del paso de la muerte. Es la evidencia de que la vida sigue, que es lo más importante que pueden recibir los que se quedan.</p>
<p>Por eso hoy, he decidido romper el silencio respetuoso que siempre he guardado en estos casos, y pronunciar, yo también, las palabras de la muerte. Para decir en voz baja que, mientra seamos capaces de recordar a los que se fueron como se merecen, el camino sigue. Hay más lágrimas y más dolor a la vuelta de la esquina, pero también, unos metros más allá, puede que vuelva a salir el sol, puede que una lluvia nos refresque y nos limpie, y probablemente la mejor manera de honrar la memoria de los que se fueron sea vivir la vida con ganas y con vocación de disfrutarla.</p>
<p style="text-align: right;"><em>A Belén, que ya no está, y a Ricardo, con mucho afecto.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 25 de Julio de 2010</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>


<p>No existen artículos relacionados.</p>]]></content:encoded>
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		<title>San Federico y las verdades absolutas del Dios de los ateos</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Jul 2010 09:19:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-643" title="ciencia_y_religion1" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/ciencia_y_religion1-300x182.jpg" alt="" width="300" height="182" />Una de las – en mi opinión, pocas – desventajas de ser tan profundamente ateo es la de perderse algunas celebraciones. Personalmente pienso que no compensa, porque a cambio de esas pocas celebraciones, normalmente, los religiosos tienen que poner sobre la mesa, para empezar, su alma – sea lo que sea que define el concepto –, y luego, si son coherentes en el ejercicio de su fe, obedecer una larga serie de restricciones y conductas ejemplares de las que me sé absolutamente incapaz, además de invertir una enorme cantidad de tiempo para asistir a rituales diversos, misas, rezos colectivos, sacrificios animales, hechizos nocturnos, cónclaves secretos, aquelarres prohibidos y un sinfín de actividades de diversa índole que varían según la potencial cólera fulminante del Dios de turno y su sentido del humor.</p>
<p>Y como además de ateo, me considero de extracción <em>cientificista</em>, no solamente niego la existencia de Dios (vale para cualquiera de sus nombres, cultos, religiones y apodos), sino también la de cualquier tipo de hechicería, la eficacia de los curanderos, los fenómenos paranormales, los milagros caseros, los productos de la teletienda, el pulpo <em>Paul</em> y los emplastos mágicos. Estas mismas convicciones me hacen dudar también del <em>feng shui</em>, la ventaja de orientar la cabecera de la cama según las estrellas, la influencia de las fases de la luna en el crecimiento del pelo, los collares antipulgas, los insecticidas por ultrasonido, los trucos de abuela contra la gripe y la eficacia demostrada de desayunar con semillas.</p>
<p><span id="more-642"></span>Ser tan extremadamente escéptico no es gratis, no vayan a creer: tiene un altísimo coste emocional.</p>
<p>En primer lugar, no podemos echarle la culpa de nuestras desgracias a Dios ni al Diablo ni a ninguno de sus embajadores. Negar la existencia de una mano todopoderosa y superior que guía nuestro destino, obliga a reconocer la responsabilidad de nuestros actos y sus consecuencias. Adicionalmente, la esperanza es un concepto cursi que no tiene sustento si no es demostrable. No podemos esperar que <em>Dios mediante</em> la crisis termine, sino que debemos analizar las cifras macroeconómicas e interpretar sus datos positivamente, lo cual es asombrosamente más difícil que confiar en que todo se arreglará. Por la misma regla de tres, no hay nada en nuestra vida que nos salga o deje de salir <em>si Dios quiere</em>. Simplemente, si nos va mal es que lo hemos hecho mal.</p>
<p>Ser ateo y escéptico a veces es bastante amargo.</p>
<p>Hoy, cuando me senté frente a mi máquina con intención de escribir un post (titulado <em>Hablar por hablar</em>, que abandoné por la mitad y continuaré otro día, <em>si Dios quiere</em>), una persona me felicitó a través de <em>Facebook</em> por mi santo. Hoy es <em>San Federico</em>. Precisamente hoy, que me sentía espeso para escribir. Precisamente hoy, que es el cumpleaños de uno de mis Amigos con Mayúsculas. Precisamente hoy, que se conmemora la independencia del Uruguay, mi país natal. Precisamente hoy, que a pesar de todo es un día como cualquier otro.</p>
<p>Contra lo que muchísimas personas piensan, se puede ser ateo y educado, además de respetuoso con las creencias ajenas, razón por la que agradecí la felicitación sinceramente, y a continuación me puse a pensar.</p>
<p>Aunque probablemente pocas cosas me importen menos que el día de mi <em>santo</em>, es curioso que haya conseguido vivir nada menos que treinta y siete primaveras sin enterarme cuándo es. Y es curioso también que aparezca ahora.</p>
<p>No es curioso porque esté reconsiderando mis creencias – que no lo estoy – ni mis dogmas inamovibles y emperrados en afirmar que la ciencia es la única respuesta.</p>
<p>Es curioso simplemente porque a medida que me hago – no quiero decir viejo, digamos “maduro” – maduro, comienzo a <em>sentir</em> conceptos en lugar de <em>pensarlos</em>. Y de golpe un día me doy cuenta de que, si bien <em>pienso</em> y estoy convencido de que la verdad científica es la única, hay un espacio en el que <em>siento</em> que tal vez esa sea una actitud tan dogmática como la religiosa. Al final todo se reduce a un argumento único y total que lo explica todo. ¿Por qué los seres humanos tenemos esa necesidad del dogma? ¿En qué se diferencia la persona que lo reduce todo a un dogma de fe de la que lo hace con un paradigma científico?</p>
<p>Y entonces pienso en cuántas cosas que sabía definitivas en mi vida han cambiado sin aviso. Cuántas veces tuve que retroceder avergonzado sobre mis propios pasos al darme cuenta de que una de mis afirmaciones categóricas se derrumbaba.</p>
<p>Hoy es <em>San Federico</em>, y aunque evidentemente en mi vida ya es tarde para la religión, para la mística y en general para las creencias de carácter absoluto cuyo único recurso explicativo es la <em>fe</em>, me dí cuenta de pronto que mi rigor argumentativo está aprendiendo a coexistir con algunas cosas que transcurren fuera de las leyes de mi universo algebraico.</p>
<p>Asomandome a la cuarentena, empiezo a creer que a pesar de todo existe magia en el mundo. No la de <em>Mandrake </em>y <em>Fu Man Chú</em>. No la de los adivinos, nigromantes, predictores de futuro a sueldo o sacerdotes de poderes ocultos. Empiezo a advertir la magia espesa que encierra la sonrisa de un niño pobre cuando por sus pies rueda una pelota, la sutil maravilla oscura de redescubrir a mis padres como personas volubles y entrañables, el reto de asomarme a la certeza de la muerte sin miedo a lo que la vida deje inconcluso, la fuente de palabras que libera mi pecho, diez años después de haber fusilado al escritor que quería ser para dedicarme a hacer un profesional de la informática, el silbido imperceptible del sol que todas las mañanas erosiona las montañas que se ven desde mi balcón. Comienzo a entender que la ciencia no basta para explicar la intuición profunda y certera de mis hijos, cuando canjean sus besos y abrazos infantiles por las prendas auténticas de mi amor sin límites. La <em>Teoría de la relatividad</em> no es por sí misma suficiente explicación para el dolor que, cada día, siento por estar lejos de mi tierra, de mis amigos más íntimos, de mi familia. Los miles de millones de divisiones mitóticas que experimenta un cigoto para transformar un óvulo fecundado en un ser humano no alcanzan para explicar la vida, ni cualquier cosa que sea eso que llaman <em>alma</em> y que constituye a un individuo.</p>
<p>Aunque me cueste reconocerlo, más allá de la ciencia, hay magia en el mundo.</p>
<p>Hoy es <em>San Federico</em>, y por poco que me importe, por sospechoso que me resulte lo que en el siglo IX haya hecho este hombre para ganarse la gratitud del Vaticano, mil doscientos años después me ha hecho un regalo. A partir de ahora pienso celebrar anualmente <em>San Federico</em>, pero no porque sea mi santo, ni porque la Santa Madre Iglesia lo diga. Pienso celebrarlo porque es el día de la independencia del Uruguay, porque es el cumpleaños de mi amigo Emilio, y sobre todo, porque es el día en el que me dí cuenta de que las verdades absolutas del Dios de los ateos no son más que otro punto de vista.</p>
<p>Pienso celebrar este día porque a partir de hoy, me siento un poquitín mas sabio, y bastante menos soberbio.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>


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		<title>Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jul 2010 08:15:28 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/maradona3629536.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-631" title="maradona3629536" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/maradona3629536-300x204.jpg" alt="" width="300" height="204" /></a>Ayer sábado amaneció soleado. Un sol casi inclemente resquebrajando un cielo de celeste líquido interminable. Un día argentino. Me puse mi camiseta de la Selección Argentina, lamentando parecerme más a Obélix que a Messi, y, como todas las mañanas, me preparé una taza de café y me senté en mi balcón, para bebérmela con el primer cigarrillo del día mientras contemplo cómo el astro rey, lentamente, sobrepasa a las montañas. No soy hombre de supersticiones ni de creencias místicas, pero sin embargo, una sensación rara vagaba por mi pecho. No llegué en ningún momento a identificar un presagio claro, pero estaba presente un insecto molesto y agorero que yo no había invitado al desayuno.</p>
<p>El cigarrillo se consumía, y entonces rescaté mi recuerdo más antiguo de un mundial. Fue el 25 de junio de 1978. Yo tenía entonces cinco años, y no se podía decir de mí que sintiese verdadera pasión por los deportes de contacto. Era mas bien un niño tranquilo. Me gustaba leer y armar rompecabezas. Me gustaban las palabras, como ahora.</p>
<p><span id="more-629"></span>La dictadura militar Argentina ocultaba bajo las gradas repletas de hinchas entusiasmados los cuerpos masacrados de los opositores al régimen, pero de esto tampoco me enteraba.</p>
<p>Sin embargo, y a pesar de eso, sucedió.</p>
<p>Argentina fue campeón del mundo.</p>
<p>Y entonces todo fue euforia. No tengo imágenes propias del partido, ni de los jugadores, más allá de los bigotes borrosos del <em>Matador </em>Kempes<sup class='footnote'><a href='#fn-629-1' id='fnref-629-1'>1</a></sup>, y el casquillo de pelo de Daniel Pasarella. Ni siquiera recuerdo en qué momento salimos de casa, ni cómo llegamos a la calle. Pero lo que no olvidaré jamás es la sensación de la alegría desbordada. Cerrando los ojos aún puedo verme, de pie sobre el asiento trasero de un Peugeot 504 blanco, asomando en medio de dos de mis hermanos por la abertura del techo, mientras mi padre conducía a 6 Km/h en medio de una multitud enloquecida, y los papelitos, miles, millones de papelitos volando, revoloteando y tapizando las calles de ilusión y alegría. Y yo viendo el mundo desde mis ojos de niño, gritando, cantando, festejando.</p>
<p>Y a pesar de el campeonato, seguí sin estar interesado en los deportes de contacto.</p>
<p>Cuando me quise acordar, llegó México 86. Tenía trece años.</p>
<p>Todavía puedo sentir la explosión de ira en aquél maravilloso gol de Diego a Italia que empataba definitivamente un partido trabado y aburrido, en un bar abarrotado de adolescentes gritando, cerveza y humo de tabaco. No tengo que hacer ningún esfuerzo para evocar el corazón golpeando fuerte durante la galopada interminable de Maradona para hacer el memorable gol que le endosó a Inglaterra después de quebrarles la cadera a seis jugadores rivales. Y nunca voy a olvidar cuando me desperté, a las 6:30 de la mañana del 29 de junio, con el cuerpo completamente pintado de rojo de la cintura para arriba, cubierto de miles de molestos granitos producto de una inoportuna escarlatina. Mi padre me acostó en su cama, y movió nuestro televisor blanco y negro hitachi de catorce pulgadas a su habitación, para que todos viesen el partido a mi alrededor. Noventa minutos de angustia y magia, y unos ridículos cartelitos sobreimpresos que proclamaban ¡¡¡ARGENTINA CAMPEÓN MUNDIAL!!!, mientras la alegría desbordante se diluía en una frustración infinita al darme cuenta de que me perdería el festejo, la celebración que mareó las calles de Buenos Aires de una borrachera de pelota y gol.</p>
<p>Seguí sin ser demasiado aficionado a los deportes, pero Italia 90 me volvió a encontrar desbordado de emociones, sensaciones, miedos profundos y gritos desgarradores en las interminables tandas de tiros penales que volvieron a llevar a la Argentina a una final. Y todavía, sin esfuerzo, puedo saborear la amargura de la derrota injusta en la final contra Alemania.</p>
<p>Toda mi historia está salpicada de esos momentos. Como cuando nos juntamos varios amigos muy cercanos para ver, de madrugada, en casa de Emilio, el partido de repechaje contra Australia para ir a Estados Unidos 94, o el maravilloso 30 de junio de 1998, en el que eliminamos a Inglaterra por penales en los octavos de final del mundial de Francia.</p>
<p>Y sin embargo, sigo sin practicar deportes de contacto.</p>
<p>Mis hijos tampoco lo hacen demasiado, porque los padres intentamos transmitirles nuestras mejores cosas, muchas veces sin éxito, pero sin querer les transmitimos exitosamente todos nuestros defectos.</p>
<p>La mañana transcurrió sin novedades. Mis hijos se pusieron sus camisetas de Argentina y allá nos fuimos los tres a la plaza, ataviados con nuestras galas de fútbol.</p>
<p>Después de comer, me preparaba para irme a un bar a ver el partido en compañía de un amigo, cuando Pablo se me acercó.</p>
<p>-       Papá, ¿puedo ir contigo a ver el partido?</p>
<p>Una vez más, mi debilidad de hombre moderno, mi superyó políticamente correcto de la era de la hipocresía, me dictó lo que debía decir. Le respondí como un padre:</p>
<p>-       De ninguna manera. Tú te quedas en casa.</p>
<p>-       ¿Por qué? – preguntó, haciendo pucheros.</p>
<p>-       Porque un bar no es un lugar para niños. Estará todo el mundo fumando, y te aburrirás.</p>
<p>-       No, no me aburriré.</p>
<p>-       Pablo, – argumenté – cuando papá ve un partido en casa te aburres como un hongo. Es un partido muy largo, y papá lo quiere ver tranquilo.</p>
<p>-       Es que quiero ver a Argentina.</p>
<p>-       Mi amor, no. Si quieres te llamo cada vez que algún equipo marque un gol.</p>
<p>Mi hijo me miró con profunda decepción. Rompió a llorar con auténtico desconsuelo mientras, entre lágrimas, repetía sin parar: “<em>Es que quiero ver el partido. Quiero ver a Argentina. Quiero ir contigo</em>”. Yo intentaba calmarlo, y convecerlo de que mi decisión era correcta, que no correspondía llevar a un niño de seis años, que se aburriría, que me pediría que lo trajese de vuelta a casa a mitad del primer tiempo, que esto son cosas de <em>grandes</em>.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Continuaba llorando sin parar.</p>
<p>Entonces, de golpe, me dí cuenta de que estaba actuando como un padre, pero lo que mi hijo necesitaba en ese momento no era un padre. Era un hombre. Era un conciliábulo de hombre a hombre. Dos amigos que aguantan juntos la ilusión, los nervios, el nudo en el estómago. Él no percibía el fútbol, sino mis emociones, y no estaba dispuesto a quedarse fuera de eso. Necesitaba un compañero de juergas, un borracho emocionado que le dijese cuánto lo quería, para olvidarlo al día siguiente. Necesitaba un igual con quien compartir su ilusión y su dolor.</p>
<p>-       Ven aquí – lo llamé, emocionado. Se acercó, con el pechito sacudido por espasmos de pena, los ojos brillando al calor inclemente de la tarde y los mocos transparentes perlando su labio superior.</p>
<p>-       ¿Qué? – me respondió, enojado conmigo y con el mundo.</p>
<p>-       ¿Por qué te importa tanto?</p>
<p>-       Porque quiero ver a Argentina contigo.</p>
<p>Le limpié las lágrimas con mis pulgares y lo miré profundamente a los ojos.</p>
<p>-       Está bien, vale – concedí. – Vas a venir conmigo, pero prométeme que te portarás bien, y que si te aburres te aguantas.</p>
<p>Su carita se iluminó de golpe, los ojos se le abrieron grandes, más grandes que nunca, y una felicidad nueva le renació por debajo de la angustia. Su sonrisa repentina amenazó con salirse de su rostro.</p>
<p>-       Búscate un juguete pequeño para llevarlo, así puedes jugar si te aburres.</p>
<p>En dos minutos se plantó ante mí. En una mano tenía un cachirulo para armar que le regaló su abuela por su cumpleaños, y en la otra una libretita con las tapas del Barcelona y un bolígrafo.</p>
<p>-       Llevo esto para anotar los goles.</p>
<p>En una página había escrito: “Argentina   Alemania”, separados por la típica “T” para anotar tanteos.</p>
<p>Allá nos fuimos.</p>
<p>Se sentó como un auténtico hombrecito, algo que no tuve que enseñarle, lo sabía desde antes de nacer, porque aunque no queramos llevamos escrito en la sangre cómo se mira un partido de fútbol, cómo se sufre y como se recuerda. Un codo sobre la mesa, sosteniendo con la misma mano su vaso de té helado, mientras miraba la pantalla gigante dentro de la cual Alemania, lentamente, comenzaba a aplicarnos un doloroso correctivo.</p>
<p>Finalizada la primera parte, yo estaba de mal humor, nervioso, intranquilo. Casi me había olvidado que el tercer hombre de nuestra mesa era mi hijo de seis años. Me había comportado como se comporta un hombre entre hombres. Entonces lo miré, y no pude evitar sonreírle. El sonrió y me dijo:</p>
<p>-       ¿Pedimos algo para picar?</p>
<p>Después, el desastre. Nos pasaron por encima. Grité, me enrabieté. Cuando una sarta irrepetible de insultos brotaban de mi garganta, cerrando el bullicio del tercer gol, mi hijo me trajo de vuelta, diciéndome:</p>
<blockquote><p><em>“Papá, no grites así, que no estamos en casa”.</em></p></blockquote>
<p>Me aguanté como un hombre las ganas de llorar, y pensé que ni siquiera él sabía cuánta razón tenía. Volví a acariciar sus mejillas infantiles, y por primera vez en mi vida sentí alivio durante una derrota de mi selección. No me importó tanto perder, porque me dí cuenta de que no recordaré el 3 de julio de 2010 como el día que Alemania nos humilló frente al mundo entero, echándonos nuevamente en cuartos de final de un mundial, sino como el día en el que mi hijo de seis años me brindó su ilusión, me ofreció como un hombre su corazón de niño, arrimó su hombro al mío para soportar juntos la derrota – que es mucho más difícil de compartir que la victoria – y me hizo saber, a pesar suyo, que aunque viva a diez mil kilómetros de mi casa, siempre puedo contar con él.</p>
<p>Gracias por el fútbol.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-629-1'>Mi amigo <a href="http://joacoramos.wordpress.com/">Joaco Ramos</a> me apunta que el de los bigotes era Luque, y que el Matador nunca llevó bigote. Trampas de la memoria <img src='http://aprendizdebrujo.net/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' />  <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-629-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>


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		<title>Porque lo digo yo, que soy tu padre</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jun 2010 09:30:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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		<description><![CDATA[La vida te engaña de todas las maneras que puede. Nada acaba siendo como creías que iba a ser, y sospecho que, en muchos casos, tampoco es como creés que es una vez que empezó. Y perdoname que te escriba en argentino, pero es que aunque parezca un contrasentido, mis palabras más sinceras ocurren en mi pecho con acento rioplatense.

Y cuando digo que la vida te engaña, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.

Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.


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</ol>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-619" title="Dedo" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/dedo-208x300.jpg" alt="" width="208" height="300" />La vida te engaña de todas las maneras que puede. Nada acaba siendo como creías que iba a ser, y sospecho que, en muchos casos, tampoco es como creés que es una vez que empezó. Y perdoname que te escriba en <em>argentino</em>, pero es que aunque parezca un contrasentido, mis palabras más sinceras ocurren en mi pecho con acento rioplatense.</p>
<p>Y cuando digo que <em>la vida te engaña</em>, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.</p>
<p>Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.</p>
<p><span id="more-617"></span>Todos hablamos sobre la paternidad. Los que hemos sido padres y los que aún no lo han sido. Y parece ser que estamos obligados a decir <em>“Es lo mejor que me pasó en la vida” </em>como primera frase. Creo que hay un pacto social tácito al respecto. Probablemente si los padres dijésemos la verdad cuando los que no lo son preguntan, la continuidad de la especie humana se vería seriamente amenazada, mi amor.</p>
<p>Cuando tu madre estaba embarazada, te esperábamos con auténtica ilusión, y yo en particular con muchísima ansiedad. Intentaba poner mi mano sobre la panza grande y rendonda cada vez que podía. Era mi forma de hacer algo para no sentirme fuera del proceso, porque hablarle a una bola redonda y brillante me hacía sentir definitivamente ridículo. Te decía que ponía la mano sobre la panza de mamá, y esperaba hasta que te movías. Entonces eran los únicos momentos en los que íntimamente conseguía sentir que eras real, que venías de verdad, que no era un invento mío.</p>
<p>Durante toda mi vida había creído que el día que naciese mi primer hijo sería el más feliz para mí. Estaba convencido de que, en el momento que te pusiesen en mis brazos no sería capaz de contener la emoción, y sospechaba que tu llegada sería la llave que abriese una puerta mágica a un mundo fantástico y maravilloso.</p>
<p>En lugar de eso, tu llegada fue un acceso a un quirófano aséptico, en el que todo sucedía a una velocidad falseada. Usábamos unos trajes azules que seguramente te harían mucha gracia, y mamá estaba cansada y dolorida. Me puse a su lado y le sostuve la mano, mientras ella aguantaba los dolores de parto y yo me callaba por vergüenza las molestias que me provocaba una pierna dormida y acalambrada.</p>
<p>Entonces naciste.</p>
<p>Te pusieron sobre mamá. Es que a los padres, por razones obvias, todo el mundo nos ignora un poco cuando nace un niño.</p>
<p>La primera vez que te tuve en brazos sentía una expectativa enorme. Esperaba que una luz seráfica me iluminase el rostro, que una paz interior me desbordase por completo y una sensación de ingravidez total. Esperaba un torrente de lágrimas tibias y la creación de un sol propio y privado con el que darte calor. Esperaba ser un hombre nuevo y la revelación final de el secreto mejor guardado: una felicidad sin límites.</p>
<p>En lugar de todo eso me sentí torpe. Te doblabas como un muñeco de trapo en mis manos inexpertas, tenías la cabecita ligeramente ovalada y los piecitos rosados y las piernas flexionadas hacia el vientre. Cuando por fin encontré la forma de sostenerte, bajo la mirada atenta y vigilante de todos los presentes, me quedé muy quieto, esperando el rayo redentor que tenía que entrar por la ventana. En lugar de la maravilla y la felicidad completa, lo único que conseguí identificar plenamente entre una maraña de emociones mezcladas fue una sensación de pánico creciente. Tuve miedo, mi amor, miedo de verdad. Miedo auténtico, del que te deja seco, miedo del que te da mordiscos en las tripas desde adentro, del que hace sentir vértigo. Miedo del que te acecha desde arriba y desde abajo, el que te impide tragar y respirar. Las lágrimas de emoción que esperaba no llegaron, y en lugar de eso me encontré disimulando frente a tus abuelos, ocultando mi miedo, que es lo que hacemos los adultos cuando lo sentimos. Sonreí para la galería y seguí el guión que todos conocemos.</p>
<p>Caminé unos pasos contigo en brazos. Efectivamente, continuaba sintiendo más miedo que otra cosa.</p>
<p>Pero pronto, muy pronto, supe por qué las claves auténticas de la paternidad son el secreto mejor guardado: porque a los pocos días de tenerte, descubrí que el hombre que yo creía ser se había desecho, y en su lugar habitaba mi pecho una señora gorda, tetona y generosa, con una redecilla y ruleros y pinzas en el pelo, vestida permanentemente con una ridícula bata de flores, que solamente quería ser tu mamá y bailar danzas clásicas bajo el sol, contigo en brazos, amamantarte, darte de comer carne de su carne, de mi carne, besarte con ruido y con baba, hacerte saber su amor con palabras cursis, llorar cada una de tus lágrimas, sacramentar tu sueño de bebé y regocijarse en el tufo ácido de tu caca. Y claro, eso no es de hombres. Los hombres – y te lo digo porque vos también vas a ser hombre un día, y vas a estar atado a tus actos por el mismo reglamento absurdo – somos fuertes, somos machos, somos el sustento y la protección. Tenemos que callarnos a la señora gorda y hacer retroceder las lágrimas (las mismas que ahora, en este momento, solo frente a mi pantalla, intento contener mientras te escribo). Los hombres, mi amor, los hombres como vos y yo somos la ley, somos la fuerza y somos los primeros idiotas que nos creemos cazadores y guerreros, que cuidamos la imagen de varón y estigmatizamos la ternura. Las claves principales de la hombría son otra de las grandes mentiras de nuestra cultura, y a pesar de saberlo perfectamente, por alguna razón soy uno más de los que la sostienen, y me hago el hombre cada vez que es necesario.</p>
<p>Me hago el hombre cuando te digo que no llores por eso, que es una tontería, aún sabiendo que a pesar de ser una tontería tu sufrimiento es auténtico. Me hago el hombre cuando te educo, cuando te escucho y cuando te mando callar. Cuando, para poner fin a tu rebeldía, tiro del cargo, diciéndote: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre.”</em> Me hago el hombre para enfrentar tus miedos infantiles por la noche, y en vez de acurrucarme a tu lado te acaricio el pelo y te aseguro que no pasa nada, que no hay que tener miedo. Me hago el hombre cuando escucho tu lucidez de niño, tu tremenda y brutal agudeza emocional, tus cuestionamientos impertinentes, tus juegos de ternura.</p>
<p>Han pasado casi media docena de años, y ahora que estamos a pocos días de tu sexto cumpleaños, puedo decirte que el día que naciste no fue el más feliz de mi vida, sino uno de los que más miedo pasé. Está marcado en mi historia porque me obligaste a hacerme hombre de verdad, renunciando íntimamente a la imagen de hombre en la que hasta entonces creía. Puedo contarte que con tu llegada refundaste para mí el concepto de ternura. Puedo agradecerte que abrieras para mí una nueva dimensión de lo que significa para un hombre el amor.</p>
<p>Quizás debería darte consejos, decirte que te laves las orejas o que te portes bien. Tal vez debería encomendarte que estudies, que seas un hombre de bien, que crezcas en la dirección correcta, que no te comas los mocos y que no le pegues a tu hermano, pero lo que de verdad me sale es agradecerte el haber hecho de mí una persona mejor, el mostrarme un camino diferente para llegar a mí. Lo demás sé que vendrá, porque amén de todo lo que nos equivocamos los padres a pesar nuestro, de hijos criados con amor solamente pueden esperarse buenas personas.</p>
<p>Han pasado media docena de años, mi amor, y dejáme decirte que el miedo sigue ahí, velando mi sueño cada noche, respirando mi aire durante el día. Nada, ni siquiera la muerte, me da más miedo que no ser un buen padre para vos y para tu hermano, pero dejáme que te cuente un secreto: no quiero que el miedo se vaya, porque su presencia es la salvaguarda de todo lo bueno que tenemos. Mientras tenga miedo de no hacerlo bien seguiré intentando hacerlo mejor cada día.</p>
<p>Y sé que desde tus seis añitos de vida, ves a tu padre un escalón por debajo de tus héroes, y muchos por encima del resto de los hombres. Sé que crees que lo sé todo, y que soy capaz de protegerte de todos los males de este mundo, y no soy capaz de decirte con palabras cuánto me enternezco cada vez que me doy cuenta de tu devoción infantil, ni hasta qué punto me siento insignificante cuando no puedo darte las certezas que tus preguntas de niño me piden constantemente. Pero un día, mi amor, dentro de muy poco, empezarás a pensar que tu viejo es imbécil, que se equivoca y que no sabe nada. Será el momento en el que empieces a fabricar tu propio hombre, tu guerrero cazador y macho alfa que sabe que es el líder del mundo libre y que lo que no haga él no estará bien hecho. Solamente espero ser lo suficientemente hombre como para aceptarlo, sabiendo que probablemente, si algún día llegás a ser padre, comiences a pensar, cada vez con más frecuencia: <em>“Cuánta razón tenía papá”.</em> Quizás un día te descubras con las cejas crispadas y el dedo índice señalando a tu propio hijo, mientras le decís: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”,</em> y entonces un ataque de risa te obligue a darte cuenta que somos animales de costumbres, y que lo que tus padres te dan excede la ciencia y la genética, te hace y te constituye.</p>
<p>Y así entre nosotros, mi amor, permitime contarte que convivimos en mi cuerpo los tres: tu padre, el miedo animal y la señora gorda. Nos llevamos bastante bien, porque cada uno hace su trabajo. El miedo me mantiene alerta y vigilante, me corrige cuando me equivoco y me propone treguas para acercarme a vos. La señora gorda es la que te abraza y te llena de besos, la que juega contigo y te protege entre sus tetas descomunales, la que te besa por las noches y te toma la fiebre cuando estás enfermito. Y tu padre soy yo, el que se divide, el que te adora hasta la locura, el que te escribe pobremente lo que no sabe decirte, el que te manda a recoger los juguetes, y el que, cuando protestás, te apunta con el dedo índice, frunce el entrecejo y te dice con voz varonil, de hombre: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz cumpleaños. Te adora, Papá</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de junio de 2010.</em></p>
<p><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a><br />
</em></p>


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		<title>La nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Jun 2010 08:51:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-598" title="bicho_canasto" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/bicho_canasto-224x300.jpg" alt="" width="224" height="300" />Los veranos de finales de los setenta y principios de los ochenta en Montevideo, en casa de mis abuelos, son quizás de los recuerdos que atesoro con más cariño de toda mi infancia. Mis abuelos tenían el enorme privilegio de poseer una casa con terreno en el exclusivo barrio de Carrasco. Era un terreno grande, de al menos quince metros de frente por cincuenta de largo, si la percepción infantil de los espacios no me engaña desde la distancia. Tenía un portón metálico de doble hoja, de medio metro de alto, un galpón y un gallinero al fondo, y en el centro dos casitas. En una vivían mis abuelos. En la otra, <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/09/11/el-aprendiz-de-brujo-y-el-superman-humano/" target="_blank">mi tío Ramiro</a>. Las construcciones eran poco más que ranchos. Paredes de ladrillo, tabiques de un material parecido al cartón corrugado (recuerdo un verano a mi madre tirando tabiques armada solamente de un serrucho) y, si la memoria no me falla, techos de chapa. Dormíamos los cuatro niños amuchados en una habitación, de a dos por cama. Por las mañanas pasaba el camión del lechero, y nos dejaba en la puerta cuatro botellas de vidrio basto y verde, de litro, cada una de ellas con un delicioso tapón de crema por el que luego pelearíamos al destaparlas.</p>
<p><span id="more-597"></span>Éramos tan niños que ni una sola vez, durante todos esos años, nos paramos a pensar que esa era la única casa “pobre” del barrio. Durante los dos meses al año que pasábamos allí, en un verano que será perenne en mi memoria, éramos tan felices que ni siquiera advertíamos que no había dinero, que no había parques de diversiones, que no había juguetes nuevos ni viejos, que mi abuela apañaba la comida sancochando arroces y fideos y verduras y trocitos de carne de una forma que a nosotros siempre nos parecía deliciosa, que no sobraba nunca nada. No se tiraba nada, ni mucho menos se despilfarraba. Bebíamos agua fresca y leche.</p>
<p>Y jugábamos. Todo el día. Setenta días seguidos. Dábamos de comer a las gallinas, provocábamos un estruendo de alas y gorjeos en el palomar repleto de torcazas de mi tío, alimentábamos a dos enormes tortugas marinas que habitaban un estanque junto al gallinero, cortábamos delicadamente tres, no, cuatro hojitas de laurel para sazonar el puchero, corríamos de arriba a abajo con <em>Canela, </em><em>Brancia</em> y <em>Nicola</em>, los perros de la casa, arrancábamos de los árboles las ciruelas y los limones, nos comíamos directamente del racimo las uvas recalentadas por el sol, bajo la mirada atenta y vigilante de un halcón plateado que mi tío tenía en el árbol más grande de la finca, y, sobre todo, los adultos nos hacían <em>verdadero</em> caso. Nos trataban como a niños, pero no como si fuésemos tontos o incapaces, sino simplemente como a niños. Nos escuchaban. Jugaban con nosotros. Hablaban con nosotros. Nos involucraban en una vida doméstica en la cual las cosas no eran simplemente un paso necesario para llegar al siguiente, sino un fin en sí mismo. La comida no era una costumbre, sino un ritual. Se preparaba laboriosamente y luego se disfrutaba en conjunto. Confiaban en nosotros, nos dejaban jugar, gritar, correr y pelearnos sin vigilancia continua. Luego, mi tío nos llevaba a la playa. En esas se nos iba el verano entero, y volvíamos a Buenos Aires aindiados, silvestres, morenos por todo el cuerpo menos en la zona del bañador, con las plantas de los pies curtidas por setenta días sin usar zapatos y un olor salino, de sol y de mar, impregado en la piel.</p>
<p>Inevitablemente, durante cada verano llovía alguna vez. Esos días nos poníamos bajo la parra del patio, tan espesa que nos protegía de la lluvia, y organizábamos un negocio de venta de limonada imaginaria con dinero imaginario, llenando de agua la enorme olla del sancocho de mi abuela, y fundamentalmente inundando el tracto digestivo de mi abuelo, que con paciencia infinita se bebía uno tras otro los vasos de latón rebosantes de agua que le llevábamos durante una hora interminable. Después, Ramiro nos llevaba a buscar <em><a href="http://www.glacoxan.com/plagas/Bichocanastobichodecesto.htm" target="_blank">bichos canasto</a></em>, que no eran otra cosa que orugas con su cestito de palillos entretejidos con un finísimo hilo de baba. Buscábamos los más grandes. Cada uno de los niños elegía su campeón, y los disponíamos en una fila sobre la mesa. Entonces comenzaba la trepidante carrera de bichos canasto, que consistía en esperar pacientemente a ver cuál de los cuatro asomaba primero, y avanzaba algo arrastrándose, reptando sobre la mesa con el canastito a cuestas.</p>
<p>Sé que suena tremendamente aburrido, pero nosotros lo vivíamos con auténtica emoción. Vibrábamos esperando que alguno de los gusanos asomase el cuerpecito rechoncho por el agujero del cestito. Gritábamos y sacudíamos las manos. Festejábamos cada milímetro de avance con auténtica pasión. Y entre pitos y flautas, o salía el sol o una tarde lluviosa más se iba para siempre.</p>
<p>Esta mañana, Barcelona amaneció con lluvia. Me despertaron poco después de las siete las vocecitas de mis hijos discutiendo algo que no llegué a descifrar. Semidormido, me preparé un café y me senté en la terraza a ver llover. En seguida, los dos se acercaron. Como tantas otras veces, me pidieron que les contase una historia, y el olor fresco de la lluvia y la temperatura agradable recuperaron de mi memoria las apasionantes carreras de bichos canasto. Les relaté minuciosamente cómo revisábamos los árboles en busca de los corredores, cómo desprendíamos el cestito de la rama, con mucho cuidado para no lastimar a nuestro campeón, como discutíamos y negociábamos cada vez las reglas de la contienda, y cómo esperábamos con el corazón desbocado que alguno de los bichos se moviese aunque sea una milésima de milímetro. Les conté cómo, después del certamen, los devolvíamos a su ambiente sin lastimarlos, y cómo comentábamos los pormenores de la competición hasta la hora de la cena.</p>
<p>Ellos, atentos como siempre, escucharon cada palabra con los dos ojazos abiertos de par en par, intercalando cada tanto alguna pregunta, sonriendo cuando aparecían nombres conocidos, preguntando por otros tíos, riendo de cuando en cuando. Pero al finalizar la historia parecían algo decepcionados, como si no fuesen del todo capaces de hacer suya la emoción de las cuadrigas de bichos canasto.</p>
<p>Entonces pensé que solamente han pasado treinta años, y sin embargo los niños de hoy no tienen nada que ver con los niños que fuimos. Es cierto que son terriblemente más despiertos, inteligentes y agudos, pero es también tristemente cierto que, hagamos lo que hagamos los padres, nuestros hijos han sido picados por el insecto de la ansiedad. Ayer por la tardé les dí <em>danoninos helados</em>, y Daniel no se quería comer el final. Me decía:</p>
<blockquote><p>-       <em>Está bajo en grasa</em>.</p></blockquote>
<p>Y mientras me enseñaba el fondo del bote, entendí que la publicidad dice “<em>bajo en grasa</em>”, y él lo había traducido como “<em>la grasa está abajo</em>”. Los hemos transformado en eso, en animalitos publicitarios, en miembros activos de la sociedad de consumo y su biorritmo insoportable. Pensé también que, hoy por hoy, cuando un día amanece lluvioso, los padres cambiamos miradas asustadas, sintiendo auténtico pánico ante la perspectiva de un domingo de lluvia entero en casa con los niños. Ellos necesitan combustible, necesitan quemar emoción, necesitan todo ya, rápido, dinámico, cambiante, atractivo, de colores, con láseres.</p>
<p>Quizás los padres de ahora deberíamos hacer un esfuerzo y rescatar de nuestro pecho los niños que chapoteaban en los charcos, los que jugaban con bloques de madera, los que tenían las rodillas y las uñas sucias, los que atrapaban ranas con las manos, los que hacían carreras de bichos canasto; y entonces poder enseñarles a los niños de ahora un poco de paz, que la vida puede tener un ritmo más lento sin que por eso sea aburrida, que no hace falta que las cosas brillen, lleven pilas y tengan luces para ser atractivas.</p>
<p>Quizás vaya siendo hora de comenzar una cruzada, una nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>


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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-588" title="wallpapers-colores" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/wallpapers-colores-300x227.jpg" alt="" width="300" height="227" />Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el <em>Clarín</em> por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: <em>Boca Juniors</em>. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada <em>no es lo mismo</em> en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de <em>bocaditos Holanda, </em>y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena <em>Bombonera</em>, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la <em>Vuelta de Rocha</em>.</p>
<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>


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		<title>La chica que se vestía de japonesa</title>
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		<pubDate>Sun, 23 May 2010 08:41:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/geisha.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-580" title="geisha" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/geisha-300x222.jpg" alt="" width="300" height="222" /></a>Los encuentros tenían un ritual preciso, un argumento tácito, un guión sin escribir que se repetía una y otra vez, sin más recetas que la de la mirada, el tacto, el olfato y el gusto. No hablaban al respecto, no se ponían de acuerdo, simplemente era así. Ella llegaba a casa de él, escondida y furtiva, envuelta en un halo invisible de culpa y secreto, de silencios lentos, de respuestas ocultas, de conversaciones evitadas, abrigada en invierno y sofocada en verano. Él la esperaba ansioso, invocando secretamente sus malas artes de encantador de serpientes, caminando tramos de pocos metros sobre su alfombra gris, fumando con insistencia y furia, mientras repasaba una y otra vez letras de tinta violeta apretadas en hojas de papel rayado, dibujadas, cada una de ellas, con auténtico dolor, y recorría los canales de televisión una y otra vez, sin prestar más atención que la necesaria para certificar el lento paso del tiempo.</p>
<p>Ella entraba con las mejillas encendidas y el corazón golpeando fuerte, le rozaba los labios fugazmente con un beso robado a otro hombre y a otra vida. Recién cuando se quitaba el abrigo, cuando dejaba el bolso a un costado, parecía sacudirse la culpa, el estigma de la traición y la duda, y era otra vez ella misma, a solas con él, refugiada en sus brazos. Sus ojos de blanco y miel encontraban el remanso de la otra mirada, sin pedir más permiso que el que traía en la piel. Entonces le regalaba uno a uno, despacio, sus besos húmedos, sus labios generosos, mientras sus manos pequeñas redibujaban la forma de los hombros, la caída de las mangas, el abrazo reinventado que no fue.</p>
<p><span id="more-579"></span>Él se entorpecía de impulsos contradictorios, de urgencias acumuladas, de palabras sin decir. Necesitaba hablarle, necesitaba besarla, necesitaba contarle, necesitaba pedirle otra vez, de manera definitiva, que abandonase su vida real para vivir juntos una fantasía hecha de paredes, pasión, tinta y papel. Necesitaba amarla y compartirla entre los dos, saberla de ambos. Entonces la desvestía despacio, cediendo a la más animal de sus torpezas, a la más urgente. Le recorría con las yemas de los dedos la piel salpicada de pecas, la espalda blanca y suave, las piernas fuertes de bailarina, el vientre tenso, los brazos estilizados, las nalgas redondas. Adivinaba su pulso alterado bajo la piel, descifraba los jeroglíficos de su respiración pesada, leía su temperatura boca a boca, naufragaba en ella, amándola, sabiéndola fugaz. Ella jugaba con él, con los dos. Le gustaba su tacto y era más generosa con los labios y las manos que con las palabras. Se entregaba entera, definitiva y total, pero solamente por un rato. Él jugaba con ella. Le gustaba su cuerpo pequeño y compacto, su destreza de mujer, los labios esponjosos y confortables, su voz grave y profunda, su pelo enmarañado, su mirada dulce y triste.</p>
<p>Después emergían de un sopor, reposaban juntos una desnudez robada. Se vestían con las manos temblando y hablaban de otra cosa. Ella sabía que una vez más se llevaría las palabras de él en papel rayado, las mismas ideas, las mismas promesas vestidas con letras diferentes. <em>“Estoy ensayando </em>La Japonesa<em>”</em>, le contaba. <em>“Me visto de Japonesa y uso una sombrilla de colores”</em>.<em> </em>Él sabía que se acercaba el momento de perderla una vez más, de verla partir hacia los brazos de otro hombre, la vida de otro hombre, la casa de otro hombre, los labios de otro hombre. Él sabía todo eso y la escuchaba a pesar de de todo eso. La sentía a pesar de todo eso. La deseaba todavía más, a razón de todo eso.</p>
<p><em>“¿Voy a poder ver a </em>La Japonesa<em>”?</em>, preguntaba él, fantaseando con dos espectáculos simultáneos. Uno en el que ella era <em>La Japonesa</em> y bailaba en el escenario, para todos y, secretamente, solo para él. Giraba sobre sí misma, hacía tramoyas indescifrables con la sombrilla. Era ella y era Japonesa, para él y para todos los presentes. En esa primera fantasía ella seducía y subyugaba, el público la adoraba, y él se regodeaba en secreto, sabiendo íntimamente y sin fisuras que <em>La Japonesa</em> se iría a casa con él, le brindaría sus artes a solas, bailaría una noche más sobre su cintura, y dejaría de ser <em>Japonesa</em> en el mismo instante en que la furia de su piel la obligase a ser nuevamente ella misma, transpirada y jadeante, agotada y purificada por su amor. En el segundo espectáculo él era toda la sala, y toda la sala sabía que él era el hombre de <em>La Japonesa</em>. Toda la sala lo admiraba y lo envidiaba, y él sonreía con una sonrisa infinita, mientras abandonaba el teatro llevándose tomada de la mano a <em>La Japonesa</em>, y en la otra mano la sombrilla incombustible, la identidad de tela y alambre de la bailarina oriental.</p>
<p><em>“Puede ser…”</em>, respondía ella.<em> “Pero me da un poco de miedo. Nunca sé si me va a venir a buscar…”</em>. Entonces el encanto se quebraba sin ruido, el aire de la habitación se congelaba y todo volvía a ser absurdamente real, sin artificios para soñar, sin trucos que permitiesen creer, durante un rato más, que eran un hombre y una mujer y nada más. El silencio posterior, invariablemente lo rompía ella. <em>“Ahora me voy, ¿sí? No me llames por un tiempo, tengo miedo. Te llamo yo cuando pueda verte. ¿Si?”</em>. El asentía con la cabeza, mientras apalabraba su silencio sin lágrimas, conteniendo un desgarro íntimo. Volvía a sentirse el único responsable de su dolor, volvía a culparse por elegir la otredad que tanto daño le hacía. La acompañaba en silencio a la parada del autobús, solamente por robarle un beso más, un instante más de sus labios y una mirada triste mientras la mole de metal y caucho se alejaba despidiendo humo. Entonces volvía a casa, cabizbajo, a comenzar a escribir la nueva sarta de pasiones en tinta violeta que le daría durante el próximo encuentro, a sentirse herido, a jurarse a sí mismo que sería la última vez, que cuando ella llamase le diría que no, que no podía seguir, que no tenía espacio en el pecho para otra despedida, que no le quedaba superficie en la piel para otra cicatriz. Ella entendería. Ella siempre entendía. Él siempre volvía a ceder a la tentación de verla.</p>
<p>Pero una vez fue diferente. Ella enfundaba los brazos en una camiseta verde, de mangas largas, preparándose para despedirse, mientras él la observaba, oculto tras un cigarrillo humeante, una línea de defensa pobre contra la ruptura que sabía que venía después del amor. Ella sonrió con una sonrisa llena de dientes, luminosa, con ilusión y brillo en la mirada. Él sintió intriga, y entonces bajó su cigarrillo, desprotegiéndose, interrogando en silencio las razones de esa ruptura en la rutina. <em>“Vas a ver a </em>La Japonesa<em>”</em>, dijo ella, sonriendo. <em>“¿Cuándo?”. “La próxima vez que venga. Voy a traer el kimono, la sombrilla y la música. Lo voy a hacer acá, para vos solo”.</em> Era una solución de compromiso, pero también estaba llena de promesas. Un espectáculo íntimo. Una muestra de amor. <em>“Me encanta”</em>, dijo él.</p>
<p>Esa vez la despidió sin dolor. Había robado algo más que labios y piel. Había robado una promesa, un proyecto, una complicidad casera y fresca. Caminaron hasta la parada del autobús hablando y riendo. Él saboreaba la idea del próximo encuentro, y su sabor le bastaba para conjurar la pena y la ruptura. Era una noche de invierno, estrellada y caótica, ruidosa, llena de presagios. Él vió acercarse el autobús. Entonces hizo como siempre. Tomó el rostro de ella entre ambas manos, memorizándolo, y la besó en los labios. Después le acarició ambas mejillas con suavidad, leyendo con los dedos el tacto sutil de las pecas, la parte invisible de la piel. Se alejó lentamente y dibujó con los labios un último <em>“te quiero”</em>, que ella atrapó con las pupilas, al pie de la escalera de subida al coche. Hizo un ademán de adiós con la mano enguantada, y el rugido del motor se tragó sin piedad la magia de la despedida. Él se quedó de pie, viendo alejarse el autobús, y sientiendo en el pecho el calor de la promesa. Por los reflejos miel en los ojos de ella, sabía sin necesidad de pensarlo que la promesa era cierta, era sentida, era profunda. A pesar de eso, sólo pudo intuír, muchos días después, que algo debió torcerse, porque el pelo asomando bajo el gorro de lana, a través del vidrio sucio de la ventana del autobús que se alejaba,fue lo último que supo de la chica que se vestía de japonesa.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>


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		<title>Mi Boca</title>
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		<pubDate>Sun, 09 May 2010 09:45:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p>Estaba medio dormido, pero un miedo irreverente me despertó sin sutilezas de ninguna clase. Asustado, me concentré en repasar cuidadosamente la imagen cruel que estaba frente a mí, mientras recordaba que, cuando cumplí veinte años, mi padre me dijo una vez: <em>“A partir de los veinte años, cada uno es responsable de la cara que tiene”</em>. Recordé también haber leído que un hombre sabe que ha empezado a envejecer cuando comienza a parecerse a su padre. Es un proceso lento, largo y suave, pero hasta en la pendiente más leve hay un punto a partir del cual te das cuenta de que no estás situado horizontalmente.</p>
<p><span id="more-570"></span>Desde que fui padre por primera vez, hace casi seis años ya, soy consciente de escucharme decir en voz alta las mismas frases que decía mi padre, y de ir dándome cuenta, de a trozos, cuánta razón tenía en muchos aspectos, y qué poca en otros. Es algo un poco mágico, porque no recuerdo haber decidido nunca sobre qué cosas acordar con él y en cuáles disentir, y sin embargo, cuando las ocasiones se presentan, emerge claramente una actitud, una respuesta, una decisión segura. No soy capaz de explicar el proceso, pero en ambos casos (cuando repito exactamente lo que decía mi padre y cuando digo lo contrario) soy perfectamente consciente de estar haciéndolo, y siempre, siempre, me parece absolutamente natural.</p>
<p>Después de esta pequeña digresión, volví a centrar mi atención en el espejo, para explorar mejor al hombre nuevo que tenía frente a mí, y solamente entonces reconocí al niño. Esperaba oculto en la mirada. Esfumados ya los últimos rastros del sueño, mis ojos habían recuperado su mirar habitual. Son dos círculos de color verde-grisáceo, que si se miran muy de cerca tienen pintitas pardas y un movimiento de magma errante. Hay algo en ellos que titila, y son mi recurso último cuando intento transmitir confianza o tranquilidad. Son capaces de sostener cualquier mirada, y aunque esa habilidad es entrenada y aprendida, su viveza original es patrimonio indiscutible de mi niñez.</p>
<p>Mis sienes llamaron entonces mi atención. Descubrí muchas nuevas canas restando brillo a mi pelo, opacándolo, quitándole la sensación fresca que solía tener. Lo repasé con cuidado con un cepillo, y entonces afloraron los reflejos que, a los veinte años, me gustaba provocar acomodándomelo con las manos, convencido de que ese gesto seducía y gustaba. Lo importante es que esos reflejos estaban vivos, presentes. Ya no asomaban constantemente, ofreciéndose para la guerra, sino que buscaban refugio entre mis canas, para proteger y tener siempre a mano los brillos caprichosos de mi juventud. Ya no son para seducir, sino para negarme a mí mismo la posibilidad de olvidar lo que fui, lo que soy.</p>
<p>Mi frente, agredida por diez años de agua europea, áspera y repleta de agentes abrasivos, se cruza de lado a lado por cuatro o cinco surcos definidos, profundos, que no llegan aún a ser arrugas, pero se erigen, sin dudarlo, en los cimientos donde esas arrugas que vendrán plantarán sus raíces. Son los anaqueles vivos en los que se atesorarán los testimonios de las batallas ganadas y de las perdidas, junto a las huellas indelebles de todas mis malas y buenas ideas. Y a pesar de eso, sigo reconociéndola como mi frente, la de toda la vida.</p>
<p>Mis cejas me sorprendieron especialmente. Solían ser dos líneas definidas, compuestas por pequeños pelos suaves, parecidos los unos a los otros, casi todos del mismo tamaño, ordenados, mirando siempre hacia el mismo lado. En su lugar encontré dos franjas gruesas de pilosidades alteradas, con un espíritu de maleza errante, una vocación perpetua de expresar raíces, arraigo, fortaleza, como si de alguna manera quisieran negar la evidencia de los años que pasan, y en lugar de conseguirlo, lo certifican.</p>
<p>Mi nariz, definitivamente, da sentido a todo el conjunto. Ya no es un porotito sonrosado en el centro de una carita iluminada. A sus costados, si se mira lo suficientemente bien, se descubren minúsculas venas rojas y azules. Su superficie se ha vuelto extremadamente más porosa, y por sus narinas se asoman en son de burla montones de pelillos negros que antes no existían. Parece una catástrofe, y sin embargo, vista en perspectiva, da carácter a mi gesto. No se puede dudar de que es la nariz de un hombre y no la de un muchacho, pero aún así me gusta.</p>
<p>Mis mejillas aparecen como tierra herida, agredida una y otra vez por el acero inoxidable de un arado constante, con la piel desmigajada, perforada por puntos negros y algunos blancos, también. Su tacto es áspero, sin recuerdos evidentes de niñez, sin rastros detectables de suavidad, y a pesar suyo, me muestran como soy ahora, con una imagen obtenida tras años y años de custodiar los flancos de mi rostro. Son altamente reconocibles, parte de mi identidad, y su aspereza no es otra cosa que el reflejo de la pérdida de la inocencia, la marca indeleble de los desengaños, y las cicatrices de los amores viejos y de los nuevos, también. Mis mejillas son como una bitácora viva de mi rostro.</p>
<p>Y en el centro y al sur de todo está mi boca. Mi Boca. Mis labios son gruesos, siempre lo fueron. Representan la fortaleza final desde la que custodio lo que pienso. Son el arma desde la que disparo mentiras, regalo verdades y prometo promesas. Son la superficie de intercambio de ideas y de adioses, la ventana última desde la que digo lo que quiero decir, y callo lo que quiero callar. Y lo más importante es que es Mi Boca, la boca con la que beso a las personas que quiero, los labios con los que dibujo una caricia sobre las personas de mi vida. Mi Boca es la síntesis de la cara que tengo – de la que soy enteramente responsable –, y es, sin lugar a dudas, la misma que de niño besó a mis padres, la que repitió hasta el cansancio las tablas de multiplicar y la lección de historia, la que cantaba el cumpleaños feliz, la que descubrió el sabor de la carne roja, la que besó por primera vez a una mujer, la que besa a mis hermanos en los reencuentros, la que se despide de mis amigos antes de las ausencias, la que encuentra el camino al corazón de las personas cuando la mirada lo pierde. Mi Boca es mía, y la comparto, cada vez que puedo, con las personas más importantes para mí. Por eso, cada vez que beso a mis hijos, lo hago con cuidado, con delicadeza y suavidad, directamente en los labios. Para dejarles saber, siempre en primera persona, la verdad única del amor absoluto y total que siento por ellos, mano a mano, boca a boca.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>


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		<title>Los malos de entonces, los malos de ahora y los aprovechados de siempre</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Apr 2010 08:28:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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</ol>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-560" title="miedo45" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/miedo45.jpg" alt="" width="340" height="342" />El Siglo XXI nos trajo de todo. Nos trajo <em>Avatar</em> y <em>Lost</em>, a <em>Larsson</em> y su trilogía policial, a Benedicto XVI, Paris Hilton y una nueva versión de Diego Armando Maradona. Su generosidad no tiene límites. En tan solo diez años hemos tenido t<em>sunamis</em>, terremotos, huracanes y desastres naturales variados a gusto del consumidor, desde torrentes de barro destructivo hasta la más reciente nube de ceniza volcánica anti aeropuertos. Además, hemos salido favorecidos con los alimentos transgénicos, la gripe aviar, el resurgimiento de la piratería naval (de todos los otros posibles tipos de piratería ya estábamos bien servidos, gracias), el aumento del riesgo de melanoma a causa del sol y la repentina e intolerable insolencia de los adolescentes. Pero si hay un factor común entre la gente de mi edad, los de <em>treintitantos</em>, si existe una sensación generalizada, un acuerdo tácito absoluto, es acerca de que el mundo es un lugar seriamente peor de lo que era en nuestra infancia.</p>
<p>Y es que, cuando nosotros éramos chicos, allá por los años setenta y ochenta, las reglas del juego eran claras. Todos respetábamos a los mayores, el mundo era un sitio, en general, amable y poco peligroso, por el que a partir de los seis o siete años podías moverte con cierta fluidez, teniendo siempre presente el “<em>no podés cruzar la calle sin mirar a los dos lados. Y de la avenida ni hablar, hasta los once por lo menos”</em> de tu madre, y lo más importante de todo: <em>Todo el mundo sabía reconocer a los malos.</em> Los malos eran, invariablemente, gente que, o bien por honradez de malo (que en esa época existía), o bien por la torpeza inherente a la maldad de entonces, no tenían forma humana de disimular que eran malos. Ante la menor idea de cometer un acto maligno reían sonoramente, solazándose en la idea de su propia maldad. Invariablemente eran feos, con dientes podridos, ojos torcidos y mal aliento, y venían en dos variantes sociales: o eran extremadamente pobres, si eran malos de poca monta, o inmensamente ricos. Solían vestir de forma que demostrase claramente que eran malos, y era fácil para las madres, abuelas, maestras y demás fuerzas y agentes encargados de la bondad del mundo enseñar a sus protegidos a reconocerlos.</p>
<p><span id="more-556"></span>Mientras tanto, los buenos también eran fáciles de reconocer. Básicamente tenían cara de buenos, y eran todos los que no fuesen malos. Los jueces, por ejemplo, eran siempre ancianos sabios y venerables que llevaban una peluca ridícula, que los hacía todavía más venerables. Ni hablar de los curas, obispos, maestros, médicos y demás personal designado para el custodio de las almas, la educación de los pequeños, el entrenamiento de la mente y el cuidado de la salud: su bondad quedaba fuera del espectro de lo discutible. Su palabra era honrada por definición, y sus intenciones buenas de forma intrínseca. Solamente un peldaño por debajo de la línea de próceres, estos personajes gozaban de inmunidad crítica y social, y del envidiable privilegio de que frecuentemente les cediesen el asiento en el autobús.</p>
<p>La policía era otro cantar. La mayoría de los buenos decían que debíamos confiar ellos, pero en casa no se respiraba ese aire, así que, mientras de niños nunca supimos qué pensar acerca de la bondad o maldad de los uniformes policiales, militares y de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado en general, a partir de la adolescencia aprendimos a temerles e intentar mantenernos lejos. Una visión retrospectiva me dice que fue un acierto, al menos para quienes, como yo, nos hemos criado en la Argentina.</p>
<p>Mientras tanto, en el mundo de hoy parecen proliferar los malos de nuevas y variadas especies. Nos llegan sus noticias a diario, están por todas partes. Por ejemplo los jueces, esos ancianos venerables que ya no usan peluca, ahora resulta que <em>prevarican</em>, se enjuician entre ellos a cuenta de intereses políticos, salen en la foto y aceptan sobres bajo mano. Mientras tanto los médicos, acosados por el fantasma de la mala praxis y la industria de los juicios, se limitan a seguir los protocolos, dejando de lado y para siempre aquello a lo que llamábamos “ojo clínico”. Les preocupa más hacer lo que indica el procedimiento y estar legalmente cubiertos que la salud del ser humano que tienen delante. Los políticos, otrora prohombres, personas públicas y respetadas, viven constantemente bajo la sospecha de enriquecimiento ilícito (lícitamente o no, se enriquecen invariablemente), y los ciudadanos los votamos más veces por ser menos malos que el otro que por sus méritos propios.</p>
<p>Entretanto, los hombres del mundo no paran de matar a sus mujeres a hachazos en la cabeza, los adolescentes se organizan en grupos para violar y matar a sus compañeras, las organizaciones de la droga y la prostitución campan a sus anchas, la policía participa en los negocios gordos de la mafia, la pederastia está a la orden del día y los inocentes barcos pesqueros son acosados por belicosos piratas somalíes en aguas internacionales.</p>
<p>Todos nos hemos vuelto sospechosos. Estamos en la plaza con nuestros hijos, y si una ancianita de aspecto dulce se acerca a hablar a un pequeño, nos ponemos en guardia, esperando que saque de su pequeño bolso una <em>microuzzi</em> y la emprenda a tiros indiscriminados contra el personal. El prójimo es un potencial enemigo, ya no se puede confiar en los maestros, ni en los curas ni en los médicos ni en los vecinos. No nos podemos relajar, porque el peligro acecha. Los nuevos malos vienen con piel de cordero, y están a la vuelta de la esquina, esperando la ocasión para robarnos un niño, un puñado de euros y hasta un riñón si les damos la oportunidad.</p>
<p>Los de <em>treintitantos</em>, mientras tanto, pegados al televisor, vemos la escalera manchada de sangre y restos de masa encefálica que nos ofrece en directo el noticiero de la noche, porque un anciano masacró a golpes de martillo a su vecina ruidosa.  Nos lamentamos con la boca torcida y no permitimos que nuestros niños anden solos por la calle, al menos hasta que tengan una edad en la que sean capaces de <em>agredir</em> al prójimo de igual a igual. Nos hemos vuelto prisioneros del miedo.</p>
<p>Personalmente, como padre, me pregunto si es tan así. Me pregunto si verdaderamente el mundo es tanto más peligroso que hace treinta años, si vale la pena educar y vivir en la desconfianza y el temor, ocultos tras una elegante capa de comunicación con el medio <em>políticamente correcta</em>.</p>
<p>Mi respuesta es no. No creo que el mundo sea un lugar peor. Simplemente somos más. Hay más malos y más buenos. Hay muchos más pobres y hay más ricos. En la edad media los gobernantes se enriquecían a costa de sus pueblos. Los médicos se equivocan y pierden vidas desde que existe la medicina, y también las salvan. Los niños son víctimas de abusos de diverso tipo por parte de adultos desviados desde el principio de los tiempos y, lamentablemente, hay hombres que pegan y matan a sus mujeres desde que hay hombres y mujeres. La administración de justicia está al servicio de los ricos y los poderosos desde que existe la noción misma de justicia, y que haya gente que se organiza para robar, matar y hacer negocio a costa de los demás no es algo que deba sorprendernos.</p>
<p>¿Entonces por qué tenemos esa sensación? ¿Por qué nos sentimos acorralados y en peligro? ¿Por qué sentimos que ahora es todo mucho más grave y frecuente que antes?</p>
<p>Simplemente lo hemos hecho más fácil. Es más fácil moverse, es más fácil averiguar, y es más fácil enterarse de lo que pasa. Y los carroñeros de siempre, los que sacan partido de todo, generosamente lo traen a nuestras casas, lo vemos en directo, al instante y en technicolor. No se nos escapa una. Vemos los destrozos humanos en fotografías de alta resolución. La fantasía popular hace el resto. Los dueños del canal informativo, mientras tanto, se enriquecen vendiendo sus titulares enormes con las fotos exclusivas del asesinato, con los detalles morbosos de la violación.</p>
<p>Es un equilibrio complejo. Jamás se me ocurriría decir ni pensar que no es bueno que sepamos lo que pasa. La denuncia ayuda a la vergüenza de los culpables y disminuye la sensación de impunidad, pero el comercio desmedido de la desgracia ajena la vuelve palpable,  cercana y posible, nos asusta, nos reduce y nos condiciona. El imaginario común fabrica espontáneamente lo que falta para darnos por vencidos. No se puede cambiar. La única alternativa posible es recluirnos, proteger a nuestros cachorros con uñas y dientes y sospechar de todo el mundo.</p>
<p>Yo creo que sí se puede. Creo que tenemos que detener esta locura, volver despacio a ver el mundo como un lugar en el que convivir con los demás, a los vecinos como amigos, a quienes confiamos la educación de nuestros hijos como aliados, y a nosotros mismos como el motor principal de lo que nos ocurre en nuestra vida. El riesgo, el mal que hay en el mundo, la tragedia que nos puede suceder, la desgracia que nos puede tocar, es el mismo que hace veinte años, que hace cien y que hace mil, solo que antes no nos enterábamos.</p>
<p>El riesgo es el mismo, pero las consecuencias del cambio de modo de verlo son drásticas. Sufrimos miedo constante, renunciamos a la solidaridad, nos volvemos más agresivos y nos sentimos amenazados. No quiero criar a mis hijos enseñándoles miedo y desconfianza. No quiero vivir acuartelado a causa del posible mal que aguarda ahí fuera. Quiero salir, compartir, disfrutar con los demás. Quiero creer en el ser humano. Será cuestión de elegir, cada individuo, dejar de comprar la basura que gentilmente nos venden tan barata. No podremos eliminar el mal, pero sí podemos dejar de enriquecer a los aprovechados de siempre.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>


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		<title>El juicio de los Jueces y el inmenso orgullo de su Papá</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Apr 2010 09:40:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2010/04/la-libertad-ama-la-justicia-fd.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-556" title="la-libertad-ama-la-justicia-fd" src="http://pilux.files.wordpress.com/2010/04/la-libertad-ama-la-justicia-fd.jpg" alt="" width="300" height="358" /></a>Muchas veces pienso que algunas de las cosas que más nos hacen sufrir de niños se transforman luego en señas de identidad, en elementos constituyentes de nuestra personalidad, en las claves que nos hacen únicos. En mi caso, fui un niño muy tranquilo, que prefería leer a jugar a la pelota, y los juegos de naipes a los de contacto físico. Eso era raro para los demás niños, y durante toda la escuela primaria fue, para mí, razón de amargura infantil en muchas ocasiones. No pretendo sugerir que mi niñez fuese un calvario – nada más lejos de la realidad –, pero sí contar que, a raíz de tan extrañas y singulares preferencias, en los cumpleaños era de los últimos en ser elegido para cualquier juego de equipo que transcurriese en el plano físico, y era considerado <em>raro</em> en muchas ocasiones. Además, una facilidad natural para la lectura, la escritura y el lenguaje hablado me transformaron automáticamente en candidato a ser de los preferidos de las maestras, cosa que tampoco me sumaba puntos en la dura competición por ser el macho alfa de un grupo de niños de diez años, y me hacía también blanco favorito para burlas, insultos del más variado origen y significado y coscorrones rápidos en la fila del patio.</p>
<p>Solamente seis o siete años después de eso, cuando unos centímetros más de altura, el pelo largo, las boinas al estilo del <em>Che</em> y la plenitud de la adolescencia ya estaba instalada en mi vida, las mismas aficiones, los mismos gustos, la consecuencia inmediata de mis “rarezas” infantiles, me ayudaron a ganarme un espacio en el colegio secundario. Participé en política, trabajábamos haciendo una revista, no me iba del todo mal con las chicas, y hasta gané unas elecciones a delegado del consejo consultivo. Uno nunca sabe qué parte oscura de la personalidad puede esconder sus mejores armas.</p>
<p><span id="more-554"></span>Y ahora hagamos un ejercicio de fantasía. Imaginemos a un niño que iba a la escuela en España a mediados de los años sesenta. Imaginemos que ese niño era callado, en un país oprimido por una dictadura brutal. Yo lo imagino solitario, lector, extremadamente inteligente, lúcido, reflexivo y sensible. Probablemente blanco de las burlas de sus compañeros. Probablemente los maestros del régimen no lo apreciasen demasiado. Probablemente los padres de este niño sufrían por esas características de su hijo, probablemente intentaban hacer que cambie. Probablemente estaban orgullosos de él. Este niño tiene un profundo sentido de lo que está bien y lo que está mal. Y, lo que es más importante aún, este niño tiene su propio criterio a la hora de decidir lo que está bien y lo que está mal. Lo que le dicen sus maestros le parece bien a veces, le parece mal otras. Lo mismo le sucede con sus padres. Me lo imagino en la escuela secundaria, flaco y con gafas, profundizando sus lecturas, y seguramente también con conflictos acerca de lo que está bien y lo que está mal con sus profesores, con el discurso plagado de doctrina de los educadores franquistas.</p>
<p>Ese niño podría haberse llamado Baltasar Garzón. Desconozco su historia, pero no me resulta difícil imaginarla de esa manera.</p>
<p>Cuando comencé este blog, hace ya casi diez meses, hice en secreto un voto silencioso y personal: <em>No hablaría de política</em>.</p>
<p>Y ese voto no se debía a falta de convicciones ni de ideas. Ni siquiera de ganas. Simplemente se debía a que, como he dicho más de una vez y más de dos, considero que para hablar de ciertos temas es mejor que lo hagan quienes verdaderamente trabajan sobre ese ejercicio, dominan sus claves y están al día de la última información disponible. Yo pretendía crear solamente un espacio en el que, manoteando algunos recursos literarios que no se me dan mal, narrar cosas pequeñas, fragmentos de mi vida, emociones sueltas o agrupadas, pedacitos de lo que sueño, de lo que siento y de lo que me gustaría. No obstante, cada dos por tres se me escapa un contenido un poco más ideológico, porque es imposible dejar al margen de uno mismo aquello en lo que creemos de verdad.</p>
<p>Entonces, cuando siento que necesito hablar de algo así, como no soy un analista ni me dedico a esto, intento darle un enfoque personal, narrarlo desde el ángulo enteramente mío y auténtico, el que solamente se ve desde mi rincón del mundo, porque esta es la única manera en la que siento que soy capaz de aportar algo sobre un tema del que puede que ya esté todo dicho.</p>
<p>Hecha esta aclaración, continúo narrando lo que quiero narrar. Es algo que, más que sentir, vengo intuyendo que siento desde hace algunas semanas. Como todos sabrán, en España estamos – como sociedad, porque basta que suceda una cosa así para que todos los ciudadanos, por activa o por pasiva, seamos responsables – a punto de sentar en el banco de los acusados al juez Baltasar Garzón. Para más inri, coincidiendo con el juicio contra altos cargos del Partido Popular por corrupción, en el que este juez tuvo un papel protagónico durante la investigación. Como si esto fuera poco, los demandantes son miembros de la Falange. No puede ser peor. No voy a hacer un análisis político ni moral. Mi mirada es la de un ciudadano avergonzado de no estar protestando en la calle cuando uno de nuestros mejores hombres, reconocido internacionalmente por su integridad, independencia política y honestidad, es señalado con el dedo para crear cortinas de humo que le salven el culo a los auténticos culpables.</p>
<p>Mi mirada es, también, la de un padre. Parece ridículo, Garzón tiene casi veinte años más que yo, y ha demostrado que no necesita un padre, y mucho menos a mí haciendo las veces de. Simplemente imagino a los padres de ese niño, asombrados a diario por sus extravagancias, pero secretamente orgullosos de su singularidad. Imagino como paulatinamente, a medida que el niño crece y se hace hombre, el orgullo de sus padres aumenta y se desborda. Imagino la sensación de profunda injusticia, de vergüenza ajena y de dolor que esos padres pueden estar experimentando hoy.</p>
<p>Me pongo en ese lugar porque Pablo, mi propio hijo – afortunadamente en un contexto social mucho más moderno y menos prejuicioso con los niños que el de entonces – tiene sus señas de identidad, sus extravagancias y singularidades, que a veces me hacen sufrir por él, y otras sentir un miedo intenso y abstracto por su futuro, a la vez que me llenan de orgullo y me hacen reconocerme en él. Temo que sufra algunas de las cosas que yo sufrí, y deseo que sus recursos más genuinos le sirvan, como me sirvieron a mí, para recuperar la mejor versión de sí mismo en algún momento de su vida.</p>
<p>Hace tres días a mi hijo Pablo le regalaron una libreta pequeña con un bolígrafo. El primer día estuvo encantado con la libreta, jugando con ella, dibujando alguna cosa en sus hojas, trayéndola y llevándola. Al atardecer del segundo día, cuando él había vuelto de la escuela y yo abandonaba mi asiento de trabajar, me atajó, emocionado, en cuanto me vio entrar al salón.</p>
<p>-          ¡Papá! – dijo – Mira, he decidido empezar a escribir mi diario.</p>
<p>En sus ojos marrones resplandecían una ilusión nueva, una fantasía infinita y una determinación positiva. Me tendía la libretita, temblando por la emoción y sonriendo. Tomé la libreta, y la abrí por la primera página, para leer, con letras mayúsculas de niño, escrita con pulso tembloroso, una frase épica y reveladora:</p>
<blockquote><p>OIMELOEPASADOPIPA</p></blockquote>
<p>Lo felicité, emocionado, devolviéndole su diario. Al día siguiente se levantó temprano, y cuando lo alcancé en el comedor, me volvió a tender la libreta con orgullo, para invitarme a leer la segunda entrada de su diario:</p>
<blockquote><p>OIEDORMIDOMEGORQENUNCA</p></blockquote>
<p>No puedo evitar un nudo en la garganta cuando me reconozco tanto en él, ni un calorcito de orgullo, de fascinación por su autenticidad. Jamás lo incito a escribir. No le corrijo sus faltas de ortografía ni su estilo, porque me parece que un niño de cinco años debería estar haciendo otras cosas, pero puedo verme de niño a través de los trazos temblorosos de su caligrafía infantil, y entonces temo por él, al mismo tiempo que albergo grandes esperanzas para su futuro.</p>
<p>Yo no soy el padre de Baltasar Garzón. Soy el de Pablo y Daniel Firpo Molina, pero si lo fuese, me sentaría voluntariamente junto a él en el banco de los acusados, diciéndole que, junto a él, soy responsable de lo bueno y de lo malo, de lo que tenga en su interior que lo haya llevado a estar allí, y me declararía ante el juez y el mundo culpable. Culpable de estar – como estoy – orgulloso de mi hijo hasta el infinito. Culpable de sostener hasta el final las cosas en las que creo. Culpable de coherencia, de integridad y de hombría de bien.</p>
<p>Yo no soy el padre de Baltasar Garzón, pero me encantaría poder decirle que entiendo su orgullo de padre, y que nadie que lleve su apellido tiene ningún motivo para bajar la cabeza.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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