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Capítulo alfa-gamma 18. Acción en Uruguay – Buenos Aires (1985)

Las gaviotas revoloteaban entre los desechos del puerto, salpicándose mutuamente las alas con restos de podredumbre de peces muertos y tripas arrancadas por los pescadores, que atracaban las barcas, limpiaban y vendían su mercadería en el mismo sitio: el puerto de La Paloma, recalentado a fuego lento por el sol inclemente de febrero. Alonso deambulaba entre los puestos de pescado, buscando una corvina rubia para asar a la parrilla, ajeno al bullicio de fondo y al discurso ininterrumpido de Sonia en primer plano, asintiendo con la cabeza a intervalos regulares, para dar a entender así que estaba siguiendo el desarrollo de la conversación. Su cabeza estaba en otra parte. En su Las Piedras natal, en el recuento desafortunado de otro año de infortunios y dudas, en su hijo Mauricio, que estaba a punto de ver cómo toda su vida se desmoronaba. Marta había sido clara: ese año, solamente conocerlo y charlar con él. El verano siguiente le dirían la verdad. Alonso se preguntaba de qué estaba hecha la verdad, cuál y cómo era esa verdad por la que llevaba tanto tiempo luchando. ¿La verdad era que había sentido miedo? ¿Había sido cobarde? ¿O la verdad era que era demasiado joven, demasiado estúpido? ¿Era su verdad la misma que la de Marta?

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La venganza de las Isoflavonas de Soja

Cuando era un niño, digamos de entre siete y once años, me encantaba ir al supermercado. Todavía no estábamos plagados de Carrefours ni Wal-Marts ni monstruos semejantes. Apenas si existía el Jumbo, y no teníamos costumbre de ir. Entonces se compraba todos los días, o casi todos. Además, vivíamos en un mundo en el que un niño de diez años podía caminar solo cuatrocientos cincuenta metros con algunos pesos apretujados en un puño sudoroso, repitiendo para sí mismo “dos sachets de leche, un paquete de manteca, dos paquetes de fideos mostacholes y una lata de tomate, dos sachets de leche, un paquete de manteca, dos paquetes de fideos mostacholes y una lata de tomate, dos…”, con tal absoluta concentración que no reconocería a su propio padre, y sin embargo el riesgo de que fuese asaltado, secuestrado, asesinado, violado o atropellado continuaba siendo razonablemente bajo. Así las cosas, yo me ofrecía siempre, y mi mamá me mandaba al supermercado. Yo me sentía encantado en aquél mundo pequeño, conocido y abarcable, en el que me movía a mis anchas. En la nevera de lácteos había tres marcas de leche, en versiones normal y descremada, sachet o cartón (que era la que compraban los ricos). Lo mismo pasaba en la de los fideos, había dos marcas: los baratos y los caros.

Después, cuando pasaron algunos años, me hice adolescente (duele recordarlo!), y entonces dejé de ofrecerme para ir a comprar. De hecho, me negaba alegando excusas no siempre creíbles, y no siempre inteligentes. Supongo que mi madre, como tantas otras, de a poco fue resignándose a la disminución progresiva de mi voluntad de colaboración, y a mi preferencia de emplear mi tiempo en actividades de masajeo genital (rascarme los huevos, como quien dice). Pasé algunos años felices sin entrar más que a establecimientos donde comprar tabaco y a veces una botella de cerveza o de gaseosa para tomar con amigos, mientras perdíamos maravillosamente el tiempo en alguna parte, dedicados a la fructífera actividad de ver pasar a los demás y hacernos chistes entre nosotros, con bastante poca gracia. Durante esos años llegaron los hipermercados, y la cultura de compra cambió totalmente.

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El Aprendiz de Brujo y el Supermán Humano

Mi familia es un completo desorden. Ni siquiera hago el intento de disimularlo, hace ya muchos años que estoy resignado a eso. Sería muy largo de explicar en una entrada de blog (por eso estoy escribiendo una novela), pero hay cosas que vale la pena recapitular. Crecí explicando con vergüenza: “Yo tengo dos mamás”. Con vergüenza y un íntimo y secreto sentimiento de culpa hacia mis dos madres por querer a la otra. Culpa de esa que solamente nos pueden hacer sentir las madres a través de un amor que duele y reconforta. De adulto, a veces utilizo la ironía cuando digo: “Yo tengo dos madres, y me sobra una y media”. Lo que no digo es que, más allá de todo, no puedo prescindir de ninguna de las dos. Tuve dos madres y seis abuelos. Tengo cinco hermanos y sin embargo soy hijo único. Algunos de mis hermanos tienen hermanos que no son hermanos míos, desafiando así la transitividad filial que se supone una verdad única.

Y tengo, por supuesto, una infinidad de tíos, primos hermanos, primos segundos y demás cargos entre un entramado demencial de parentela interminable, que a veces estoy tentado de renunciar definitivamente a intentar descifrar. Pero de todos ellos, de toda esa parentela, hoy quiero hablar de mi tío Ramiro. El hermano de una de mis mamás.

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El abogado, el médico y el aprendiz de brujo

Somos nuestras profesiones. Eso y el lugar donde nacimos y /o crecimos. Vivimos en un mundo lleno de clichés, lugares comunes y estereotipos, y todos, en mayor o menor medida, contribuimos a esa banalización progresiva de los conceptos que nos rodean, que cada vez sucede con mayor rapidez. Así las cosas, nos cuesta concebir que la forma de llenar la olla no sea mucho más que eso, y entonces sabemos con certeza que todos los taxistas son charlatanes, que todos los argentinos tenemos labia y un punto atorrante, mentiroso o exagerado, que ninguna persona que haya estudiado cualquier carrera humanística puede tener un trabajo lucrativo relacionado con sus estudios, que todos los abogados defienden a los malos, que a los médicos hay que hacerles caso en todo porque para eso estudiaron y saben más que uno, y que todos los que nos dedicamos a cualquier disciplina abstracta (informáticos, programadores, matemáticos, físicos, etc.) somos una banda de freaks que, pasados los treinta, tenemos la habitación llena de muñecos de La Guerra de las Galaxias, vemos webs porno sin parar, leemos toda la ciencia ficción que nos cae en las manos y no sabemos hablarle a las chicas (“existen dos tipos de hombres: los que saben binario y los que tienen novia”), además de tener el sentido del humor seriamente perjudicado por una visión del mundo drásticamente distorsionada.

No me gustan los estereotipos, pero creo que por algo existen, y que es bueno ser capaz de reírse de ellos, sobre todo cuando nos tocan de cerca. Y a pesar de que no me gustan, estoy obligado a reconocer que existe un fondo de razones que, exageradas una y otra vez por quienes las esgrimen, acaban dándole cierto regusto de verdad al asunto. Y nunca falta, además, (por dar un ejemplo que me toca) el programador al que yo llamo gordo Unix, que ostenta un poderoso sobrepeso, pelo y barba enmarañados, escasas habilidades sociales, marcado mal gusto en el vestir, y solamente puede hablar de temas científicos o de sables láser, y, por supuesto, juega juegos de rol. Cuando aparece uno de estos personajes, verifica frente al mundo entero todos los tópicos habidos y por haber, y entonces es inútil discutirlos, y resulta más fácil sentirse identificado y hacer causa común con el gordo Unix, batiéndonos a brazo partido, espalda contra espalda, enfrentados al resto de los presentes en ese momento, para defender la dignidad de la profesión. Si el gordo Unix, para colmo de males, llega a ser argentino y estamos de este lado del mundo, entonces ya sé antes de empezar que acabaremos malheridos, ahogando nuestras penas en una Quilmes y panqueques con dulce de leche, mientras comentamos en voz baja el último libro de Harry Potter.

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Blog rebautizado como "Reflexiones de Aprendiz de Brujo"

Después de arduos días de estrujarme los sesos, perder el apetito y las ganas de vivir, cegado por el dolor y la falta de un nombre que realmente identificase la impresionante labor humanitaria que estoy llevando a cabo de forma desinteresada al escribir este blog, finalmente dí con el nombre: Reflexiones de Aprendiz de Brujo. A mí me gusta, ¿y a ustedes? Por cierto, para quienes no les diga nada el título, próximamente haré un post donde aparecerá el «Aprendiz de Brujo».

Pilux, 8 de Septiembre de 2009.

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Charlas de mujer a mujer

Quienes hayan leído recientemente el post Charlas de hombre a hombre, recordarán que dejamos a mi hijo Pablo sumido en las terribles tribulaciones de su corazoncito infantil, afectado prematuramente – o al menos eso creíamos sus padres – por un flechazo repentino hacia la bella niña a la que decidimos llamar Celia. Pues bien, tras un par de días de silencio, durante los que algunas personas me preguntaron el desenlace de tal romance, comenzaba a creer que no sabríamos nada de las inclinaciones amorosas de la elegida, cuando una tarde de plaza como tantas otras nos trajo de regalo una sorpresa.

Sentados, como corresponde, en los bancos de la plaza junto a otros padres, Gloria y yo practicábamos el viejo arte de la tertulia, cuando, sin motivo ni razón aparente, se acercó Celia, acompañada de una pequeña amiga a la que, también en aras de preservar su intimidad, nombraremos como Ana. A Ana le encanta conversar con Gloria, y lo hacen con frecuencia durante las tardes de plaza y bicicleta, y esta tarde no fue la excepción. Comenzaron una charla relacionada con un diente flojo y las expectativas beneficiosas de la inminente visita de un tal Ratón Pérez, que al parecer se dedica al comercio de los dientes de los niños con una afición y una disciplina asombrosos. Como las idas y venidas del tan mentado señor Pérez no me interesaban demasiado, no presté mucha atención a la conversación, concentrándome en seguir con la vista como Pablo y Daniel, en medio de una nube de niños, arrastraban una rama de árbol por el medio de la plaza, demostrando así que no solamente son prematuros para la llegada del amor, sino también para desarrollar las habilidades básicas sobre vandalismo vecinal que el ser joven en el mundo de hoy requiere.

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Filosofía Sueca

Hasta que me casé, había vivido feliz en la completa ignorancia de lo que, para mis adentros, y haciendo gala de una gran injusticia para con los nativos de ese país, – por los que, dicho sea de paso, siento un proverbial respeto – he dado en llamar Filosofía Sueca. De soltero, cuando necesitaba una cosa, simplemente la compraba en el negocio más cercano, la primera vez que la encontraba, sin mirar cien millones de precios ni comparar cuarenta y siete negocios distintos. Una de las tantas cosas que descubrí, lleno de asombro y admiración, al casarme, es la increíble capacidad femenina de comparar mentalmente una matriz de precios, detalles minúsculos de los artículos y las tiendas en las que los venden que haría reventar al Excel, e incluso a algunas de las más potentes bases de datos relacionales. Su habilidad es tan natural que se sorprenden cuando uno se exaspera en una góndola de un hipermercado en la que hay ciento diecisiete marcas de atún, y después de mirar atentamente durante nueve minutos eligen sin vacilar la más barata, y que a su vez tiene el pitorrito de abrir la lata diferente y la fecha de vencimiento más lejana, teniendo en cuenta los domingos y festivos a partir de hoy.

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Charlas de hombre a hombre

Hace unos días, durante un anochecer caluroso, insoportable y soporífero, mientras mis hijos veían la tele esperando por la cena, después de un baño calentito, decidí salir al balcón a fumar un cigarro. En el balcón tenemos una mesita con tres sillas, y me gusta sentarme ahí, esperando a ver si atrapo un poquito de brisa que alivie el atardecer. Como pasa muchas veces, al instante los dos vinieron detrás, anunciando su presencia con el repicar de los pasitos de pies descalzos sobre las losas del balcón, palabras entrecortadas y mucho entusiasmo. Normalmente, en esos momentos de relax no tengo demasiadas ganas de que me griten en las orejas,
y suelo volverlos a mandar para adentro a seguir viendo tele, pero ese día me sentía distinto, así que los dejé que salieran al balcón. Súbitamente, sin venir a cuento de nada, recordé que, durante el pasado curso escolar, mi hijo Pablo estaba completamente enamorado de una niña, a la que, de cara a preservar su intimidad, llamaremos, por ejemplo, Celia. Me giré hacia ellos, que estaban mirando hacia abajo y cuchicheando cosas de niños, y le dije a Pablo:

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