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Ago 28 2009

La verdad de la milanesa

Empecé a escribir a los siete u ocho años. Cuentos a veces infantiles y otras pretendiendo ser serios, aunque la mayoría de ellos consiguiendo solamente ser absurdos. De alguna u otra forma, el acto simple de escribir siempre estuvo presente en mi vida. Los libros eran en mi casa una presencia constante, un depósito de secretos del que mi Padre era el ángel guardián, y se les tenía un respeto reverencial, un aprecio infinito que, sin embargo, no los salvaba de ser manipulados, leídos, releídos, comentados a gritos, prestados, traficados y, algunas veces, agredidos, escritos entre líneas o trágicamente rotos.

Para mi cumpleaños de quince, una estadounidense amiga de mi madre, más joven que ella (Jocelyn, que tendría en ese momento veintitantos), que vivió en nuestra casa durante algunos meses por circunstancias que no vienen al caso, y de la que yo estaba secretamente enamorado (aunque sospecho que ese amor estaba más hecho de hormonas que de sentimientos reales), desesperada porque todas las noches le robaba algún cigarrillo, me regaló mi primer cuaderno Meridiano, con una pequeña nota que decía: “Anoche vos fumaste mi último cigarrillo, y yo quería morrirte”. Continue reading

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