“Papá, yo no había hecho nada malo”.
Al principio ni siquiera lo escuché. Estábamos en el sofá de casa, riendo y charlando, todos juntos. Daniel a mi lado, con sus cinco añitos repletos de ternura e inocencia. Pablo, de pie, explicaba alguna historia desbordante de fantasías, como suele hacer, mientras Gloria y yo le prestábamos atención. Daniel había estado jugando con un cachirulo compuesto de piezas triangulares de plástico, que van unidas por dentro con un cordel de nylon transparente. Uno de esos juguetes de la modernidad, destinados a romperse sin remedio al poco tiempo de uso, fabricados en Asia a quince céntimos la unidad, por mano de obra infantil y eurocomercializados a cero noventa y nueve en las tiendas de los barrios, previa inspección de euroseguridad.
Entonces lo sentí temblar, pegado a mi brazo derecho. Giré mi cara hacia él y, sorprendido, descubrí lagrimones. No lagrimitas. No un llantito, sino un desconsuelo incontenible, un torrente de agua cristalina y espasmos de angustia que sacudían su pechito dulce, mientras continuaba repitiendo, entrecortadamente, como podía, intentando atravesar el sonido trágico de su propio llanto:




Se acerca el invierno.
No es un secreto para nadie: crecí en un país difícil, amargo muchas veces y maravilloso otras, donde en apenas treinta años mi padre vio dos veces escurrirse entre los dedos el producto de una vida de trabajo, y en el que, muchas veces – tantas que la memoria me traiciona si trato de hacer números – escuchamos al vecino gruñir por lo bajo, masticando sin disimulo su amarga ironía: “¡Qué país generoso!”.
Una vez más me encuentro al inicio de una jornada de reflexión previa a unas elecciones generales. A pesar mío, casi sin quererlo, evoco el 29 de octubre de 1983, jornada previa a las primeras elecciones que viví, con diez años, para que la Argentina comenzara a dejar atrás uno de los períodos mas tristes y vergonzosos de su historia reciente: la última dictadura militar. Yo era un niño, pero aún puedo revivir en mi carne las precauciones de mis padres, la sombra alada del miedo en sus ojos, entre nuestros amigos, en la calle. Puedo sentir, también, la rabia, la impotencia, el rastro doloroso de tantos muertos.





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