Soñar despierto es uno de los tópicos más comunes de la mala literatura desde que el mundo es mundo. Y sin embargo, parece que no hay otra manera de decirlo, que no existe otra imagen capaz de resumir ese concepto, la idea de los sueños presentes en la vigilia, la capacidad de ver y perseguir un horizonte que se dibuja y define mucho más allá de la cintura del planeta.
A pesar de eso, a pesar del tópico y a riesgo de parecer vencido por él, hoy quiero hablar de soñar despierto.
Lo hago desde muy niño, sin falsos pudores ni orgullos injustificados. Lo hago sin jactancia y sin humildad, sin planificación ni estrategia, a los tumbos, desde un rincón oscuro en el que, solamente a veces, soy capaz de imaginar una vida sin sueños; y entonces, amenazado por un pánico atroz, me entrego a las fantasías más absurdas. De niño fueron, cómo no, héroes y dragones, hazañas mitológicas de desenlace incierto, poderes obvios y fuerza descomunal, pero fueron también diálogos imaginarios, amigos invisibles y vuelos de órbita baja, siempre con una capa roja flameando al viento. Fueron lugares ignotos, pasados y futuros diferentes, amores vencidos que renacían y dolores que, en el sueño, nunca había sentido.




Cinco años, mi chiquitín, y daría lo que fuera porque pudieses, tan sólo por un segundo, verte con la mirada de un adulto, cuando extendés tu manito, aún rechoncha, con los cinco deditos intentando alejarse de la palma, dos ojos tan grandes, que se ven tan redondos, tan ojos y tan dulces que te hacen temblar, y tu sonrisa solar, poblada de blanquísimos dientes que ya te van quedando pequeños, que llena la habitación y el pecho de quien la recibe. O cuando luchás tibiamente por conseguir subirte los pantalones con ambas manos, mientras tus calzoncillos se empeñan en enrollarse contra tu culito, aún de bebé. Me es imposible verte, mi amor, sin conmoverme, sin que un dolor profundo me invada de repente, y sin necesitar abrazarte con violencia, estropearte la carita una vez más con el rastro árido de mi barba mientras te beso, mientras siento tus huesos de niño crujir sin falsos pudores bajo la agresión dulce de mi abrazo.
Reflexiones de un Aprendiz de Brujo ha vuelto a cerrar un año de escribir, compartir y disfrutar con los lectores. Una vez más, me pareció que valía la pena reunir todo ese esfuerzo en un libro y ofrecerlo a ustedes, a los que con tanta lealtad me siguen y apoyan desde el principio. Comprar el libro es una forma más de estar cerca, de comunicarnos, y también, claro está, de ayudarme a seguir escribiendo. Sé que nunca pierdo una oportunidad de recordar lo duro y difícil que es ser un escritor independiente. En esta época de liberación de la cultura, y en la que los derechos de autor están en plena discusión pública, no hay muchos caminos a seguir para los que nos queremos dedicar a esto con pasión verdadera y con amor. Yo regalo mi trabajo, pero eso no significa que no me cueste esfuerzo, tiempo, amor, dolor y otras tantas cosas. Son muchas horas de sacrificio, y por eso lo ofrezco también a la venta. No es más que una oportunidad para apoyarme, como ya hacen todos ustedes leyéndome, comentando y compartiendo.
Como ya dije mil y una veces, no soy analista político, ni experto censor de personalidades públicas, ni moralmente ejemplar ni nada que se le parezca. Soy mas bien un inmigrado más, con un ligero exceso de peso y de opinión, y una profunda necesidad de palabra escrita. Muchos fines de semana me enroco entre mis propios fantasmas, inquilinos a veces indeseados y añorados otras; y en una trinchera calurosa e íntima despunto el vicio de las letras, tecla a tecla, click a click. Entonces hablo de la vida, de mis hijos, de mis miedos, de mis sueños, mis miserias, mis tristezas y alegrías.
Es inevitable. Así como el olor de las almendras amargas le recordaba al doctor Juvenal Urbino el destino de los amores contrariados, a mí, algunas veces, cuando la realidad se revela con una sorpresa y me invita a una nueva etapa, se me revuelve el alma tanguera y feroz; un dos por cuatro dibujado en el aire con una sonrisa y un silencio, y más argentino que nunca, sonrío de lado porque nunca, nunca, vi a nadie bailar un tango de verdad mordiendo un clavel – es una fantasía tan enteramente gringa que a veces nos la creemos hasta los argentinos -, pero ahora mismo, si tuviera a mano ese clavel, me comería sus pétalos a mordisquitos suaves, saboreándolo.





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