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Chorro, Maquiavelo y “Estafao”

Es inevitable. Así como el olor de las almendras amargas le recordaba al doctor Juvenal Urbino el destino de los amores contrariados, a mí, algunas veces, cuando la realidad se revela con una sorpresa y me invita a una nueva etapa, se me revuelve el alma tanguera y feroz; un dos por cuatro dibujado en el aire con una sonrisa y un silencio, y más argentino que nunca, sonrío de lado porque nunca, nunca, vi a nadie bailar un tango de verdad mordiendo un clavel – es una fantasía tan enteramente gringa que a veces nos la creemos hasta los argentinos -, pero ahora mismo, si tuviera a mano ese clavel, me comería sus pétalos a mordisquitos suaves, saboreándolo.

 

Chorro. Chorro porque sin disimulo ni arrepentimiento, me dispongo a robarles, durante un ratito, el silencio de las mañanas de los lunes. Apertrechados en algunas magias de abnegados chamanes tecnológicos y vibrantes palabras lanzadas al aire, un grupo de argentinos hace desde 2009 un programa de radio en España. Se llama, cómo no, Cambalache, y solamente dos años después es la referencia principal durante las mañanas de radio para los argentinos en la Península Ibérica.

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La Muerte en blanco y negro

La Muerte, contra lo que muchos piensan, no es negra. Es blanca. Es de un blanco nuclear, amarfilado, pálido y refractario. Por eso usa capucha y capa negras, para intentar que no la vean llegar. Y además de blanca es vieja y envidiosa. No se puede decir que sea mala, hace su trabajo. La mayoría de las veces es ley de vida, los hijos entierran a sus padres, que un día habían enterrado a sus abuelos, que a su vez, mucho antes, enterraron a sus bisabuelos, y la rueda gira.

Pero otras veces La Muerte es envidiosa y terca. Otras veces decide matar por puro matar, porque le da la gana, por envidia o por simple aburrimiento. Y entonces mata cuando no toca. Mata a una persona joven, sin explicaciones ni ceremonias, sin justificarse, sin más explicación que la pura muerte, cuando no tocaba.

Esta semana nos visitó La Muerte. Habíamos vuelto de las vacaciones, y los niños se reencontraban con la tele, a nuestro pesar, mientras mi mujer y yo velábamos armas para su vuelta al trabajo, intentábamos conjurar la pereza de poner en marcha la maquinaria de la rutina habitual, sacudirnos el sol de la piel y el salitre del pelo, vaciar las valijas y rehabitar la casa.

 

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La mano húmeda de Marina y un vasito de aguardiente de caña

El clac mecánico del reloj lo rescató del ensueño de las primeras horas de la tarde a bordo del ómnibus 142, como todos los días durante los últimos quince de los treinta y dos años que llevaba trabajando para El Observador Oriental. Miró distraídamente la ficha amarillenta, solamente para comprobar lo que ya sabía: 14:31, con el cuatro apenas desplazado hacia arriba, y su esquina superior ligeramente borrada, los guarismos azulados, imprecisos. Con un casi imperceptible movimiento de cabeza, Fausto saludó a Ramírez, el conserje, que a su vez replicó con un saludo tácito, inexistente, sobrante entre dos personas que, durante tantos años, se cruzan en el mismo vestíbulo todos los días a la misma hora, y no se tienen especial simpatía mutua. Abrió la puerta de madera, con un ventanuco cuadrado de vidrio esmerilado, que daba acceso a la redacción, y tras cerrarla giró a la derecha, pegado a la pared, para bajar al sótano donde Jacopo, ya sexagenario, se desempeñaba como linotipista desde hacía veintiocho años, silbando bajito ritmos alegres del sur de Italia, que para Fausto eran imposibles de distinguir entre sí. “Otra vez con la tarantela”, pensó para sus adentros, mientras repetía el gesto austero de saludo, esta vez dirigido al napolitano, al mismo tiempo que colgaba en el perchero su gabardina eterna, que de tan usada había acabado por tener un color indistinguible, entre el ocre y un crema pálido, percudida de mugre casi invisible en los puños y las solapas. Se quitó el sombrero de ala angosta, colgándolo sobre el abrigo, y sin levantar la vista una sola vez, se dispuso a corregir los artículos que se publicarían en la próxima edición del matutino.

 

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Como agua entre los dedos

Esta mañana, antes de lavarme la cara, con el agua pintando de esmerilado la pileta del baño y mis propias manos, pude verla escurrirse entre mis dedos, como siempre, como todas las mañanas desde que aprendí a lavarme la cara solo. Pensé que era como el esfuerzo, día tras día, de vivir bajo las reglas absurdas de un sistema injusto, caduco y medio muerto, en el que todos bailamos sin saber por qué al son caprichoso de la música histérica de un puñado de cínicos que se enriquecen para nada, para usar sus montañas de dinero con el innoble fin de ganar más montañas de dinero, mientras miles de millones vivimos, aterrados, una vida que nos alquilan a cambio de absolutamente todo lo que sobra una vez cubiertas las necesidades mínimas para la supervivencia. Por más agua que seamos capaces de hacer salir del grifo, lo que retendremos en nuestras manos es apenas lo imprescindible para humedecernos las cuencas de los ojos, la frente y el labio superior. Si somos muy hábiles, entonces quizás – y solo quizás – conseguiremos beber un sorbo o salpicarnos la barriga.

Como todos los años, a una semana de empezar mis vacaciones de verano, y por lo tanto alcanzar la frontera que divide dos períodos arbitrarios de trabajo, colegio de los niños, cuotas de la hipoteca y compras de súper, no puedo evitar hacer las cuentas de la vieja, y reconocer para mí mismo, una vez más, que el saldo económico del año es, nuevamente, igual a cero. Hemos vivido doce meses, y hemos alimentado a los niños, que desgraciadamente ya es bastante más de lo que muchos pueden decir. Hemos ido al cine, paseado y comido afuera. Hemos podido recibir a la familia en casa e invitarles con café y jamón de medio pelo, y hasta nos vamos a poder pagar una semanita en un Bungalow en alguna parte de Palamós. Tenemos una miserable lista de posesiones nuevas – cosas que no necesitábamos pero que deseábamos -, y debemos un poquito menos de otras tantas deudas. Esa es toda la ganancia neta, en términos monetarios, de un año de esfuerzo y trabajo duro de todo el núcleo familiar.

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A la salud de Don Cosme

Corría Octubre del año mil novecientos noventa y ocho. Parece que hace siglos, pero no es tanto. Son años suficientes para fabricar un adulto, pero no como para que ese adulto se sienta viejo. Tenía por entonces quince años, y un lunes cualquiera, después de una tarde de teatro y cervezas, amanecí con un sorprendente dolor abdominal. Intenté hacer vida normal durante toda la mañana, hasta que, finalmente, pasado el mediodía, el dolor pudo conmigo. Mis padres trabajaban en esa época de sol a sol, así que, pasadas las tres de la tarde, entré por mi propio pie a Urgencias (la guardia, que le decimos en Argentina) del Hospital Dr. Cosme Argerich, en el porteño barrio de La Boca.

Los médicos públicos, profesionales, concienzudos, me revisaron de pies a cabeza, me hicieron desnudar, e incluso me palparon de forma bastante poco decorosa, de la que ahorraré a los lectores los detalles. Al final, un doctor simpático me dijo: “Vestite, salí a llamar por teléfono a tus papás y volvé en seguida, que en veinte minutos entrás a quirófano para una apendicectomía. ¿Tenés plata para una ficha de teléfono?”.

Obedecí. Sin tiempo para que llegase mi familia, me operaron. Sin mostrar siquiera el DNI. Sin firmar papeles de descargo, sin autorización de mis padres. Los médicos hicieron lo que había que hacer, sin dudas, remordimientos ni preocupaciones.

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La amistad y el mate

El mate (llex paraguayensis), para quienes aún no lo sepan, es un caldo infame, amargo y asqueroso, que se toma en Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile y algunos países más. Consiste, técnicamente, en una especie de calabaza a la que se deja secar, se le practica un agujero en la parte superior, se cura por dentro con malas artes de hechicería casera, y, una vez lista, se rellena con un pasto espantoso llamado yerba mate, se le clava una bombilla, que viene a ser como una pajita, pero de metal, y se le echa agua caliente – casi hirviendo, pero no hirviendo -, para sorber luego por la bombilla y escurrir el líquido, pudiendo así repetir la operación muchas veces con la misma yerba.

Su sabor no es más agradable que su aspecto. Personalmente, un sorbo pequeño me produce arcadas instantáneas, y una enorme necesidad de vomitar. Se bebe en grupos, pasando el mate de mano en mano, todos de la misma bombilla, que, además de ser depositaria de los restos biológicos de todos los participantes de la rueda, quema los labios, produciendo una sensación sumamente desagradable. Es diurético, y favorece el tracto intestinal, por decirlo de manera fina. Vamos, que es un milagro que, cuando hay mate, no se peleen todos a golpes de puño por ir primeros al baño.

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La vida sigue

No es por soberbia. Ni siquiera es por descuido. Es por simple ley de vida que las personas organizamos nuestro mundo alrededor del propio ombligo.

Hace once años, yo tenía una existencia de lo más caótica. Trabajaba por ráfagas incontrolables, a veces de hasta treinta horas seguidas, y vivía en un departamento de soltero en el barrio de Palermo, cuando todavía, en lugar de estar dividido entre Palermo Soho y Palermo Hollywood, era el Palermo del lado de las putas y los travestis y el de Juan B. Justo para acá, donde vivían los ciudadanos honrados, las familias normales y yo.

Por ese entonces, mi vida estaba organizada de la siguiente manera: casi morir trabajando para enriquecer aún más a un empresario cuya reputación ya no admitía ninguna duda, intentar meter dentro de mi cama todo lo que se moviese dentro de un corpiño, ver a mis amigos cada vez que la oportunidad se terciaba y, los martes por la noche, cenar con la familia. Podía haber seguido así, o podía haber cambiado. El hecho es que mi vida estaba llena, repleta de personas. Y yo realmente quería a esas personas. Me preocupaban sus problemas, las llamaba por teléfono, me encontraba los sábados por la tarde a tomar café en La Giralda, apuntaba sus cumpleaños en una agenda de papel para saludarlas (¡sí, de papel!), y toda una extensa serie de protocolos sociales fundamentales: creía que la vida en general, y el ser buena persona en particular, estaba hecha de esas cosas, de los encuentros, de las botellas marrones de cerveza transpirando conversación (¿por qué razón, en todo el planeta, la mayoría de las botellas de cerveza son marrones?), de miradas cómplices y de encuentros impostergables.

Y entonces, después de una larga serie de catástrofes personales, decidí que la única solución posible para mi corazón herido era desarmar esa vida, piedra a piedra, y volver a armarla del otro lado del mundo, llena de personas nuevas y verdades nuevas. Me aferré, como muchos de los que emigramos, al discurso de las oportunidades, de la estabilidad y la situación económica, pero la única verdad es que necesitaba romper todo.

Y rompí todo.

 

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Escribir sin sentido

Hoy tengo ganas de escribir sin sentido, de escribir por escribir, nomás, por juguetear un rato con palabras, por dibujar puntos, comas, palitos y rayas solamente para ver cómo quedan en el papel. Tengo ganas de sentarme y dejar que mis dedos arquitecturen palabras porque sí, encadenándolas una detrás de otra, como fingiendo respetar el sentido primario de la escritura, su razón primigenia y sus reglas sociales no establecidas.

No es que no tenga nada que decir. Ni siquiera se trata de que no haya temas de los que hablar. Se trata simplemente de que hoy me siento así.

Podría escribir sobre las elecciones en mi Buenos Aires del alma, de la esperanza que veo en algunos de mis amigos argentinos con las alternativas que hay, o del hastío que veo en la mayoría de ellos. Podría, incluso, ensayar un análisis político, pero a la distancia, poco a poco, voy dejando de sentirme con derecho a opinar sobre la política de un país en el que hace más de once años que dejé de vivir y sufrir codo a codo con sus habitantes. Y es curioso, porque tampoco termino de sentirme con derecho a opinar sobre política española, aunque llevo once años viviendo y sufriendo codo a codo con sus habitantes. Son los altísimos costes de no ser del todo de ninguna parte.

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