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Juntos, mezclados y revueltos

Los recogí un martes cualquiera de principios de junio, a las 5 de la mañana, en la terminal vieja de Barajas. Si los aeropuertos son lugares sin alma, escenario silencioso y austero de negocios, despedidas y reencuentros, en esas coordenadas temporales lo son aún más. Y si se trata de una terminal en retroceso, entonces todavía mas. Había unas pocas personas deambulando palabras sonámbulas en un hall demasiado espacioso, y un montón de orientales que salían, todos igualitos, ordenaditos y prolijitos, escoltando arquitecturas perfectas de maletas montadas en carritos, de un vuelo proveniente de Singapur o Malasia. Había también personas solas, como siempre hay en los aeropuertos.

Y yo estaba casi sin dormir, ansioso por el fantasma mezquino de un oficial de migraciones que, víctima de un estreñimiento inoportuno o una pelea conyugal vespertina, pusiese trabas para el traspaso de mis hermanos de este lado de la tan preciada eurofrontera.

Y de golpe salieron. Ya no era el miedo sino una efervescencia compulsiva de manos, brazos y bocas que saludan, niños que saltan en brazos y hermanos estrepitosamente reencontrados. Si bien en esta familia de locos yo tengo hermanos que no son hermanos entre sí, y ellos a su vez tienen hermanos que no son hermanos míos, este encuentro era de los cuatro hermanos que crecimos juntos, una recreación histórica de la casa familiar, treinta años después, ahora que todos somos padres, para que nuestros hijos sean testigos de un auténtico amor de hermanos.

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Porque lo digo yo, que soy tu padre II: palabra de ex-perroflauta

Otra vez, mi amor, estamos aquí, en este espacio privado donde nos hablamos bajito, sin que te enteres, sin que escuches, por un rato, mi voz de hombre y de papá. No es como si te susurrase, ni como cuando te cuento un secreto haciéndote cosquillas en la oreja, y ambos prometemos no decírselo a mamá. Ni siquiera es como cuando dormís, y te hago un mimo en la frente y derramo sobre tu carita una palabra silenciosa, un pedacito de amor soplado con los labios contritos, ni como cuando, enfadado, finalizo las discusiones con mi argumento superlativo: “Porque lo digo yo, que soy tu padre.

Cuando te escribo es diferente porque sé que ahora no podés oírme, que ahora no podés entender estas palabras, pero que algún día te dirán de tu padre mucho más que lo que entonces seré capaz de contarte, y no porque vaya a estar viejo, sino porque dos hombres – entonces serás un hombre vos también – difícilmente consiguen comunicarse con las palabras y el corazón de un niño.

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El silencio de los Indignados

La sociedad española llevaba en silencio muchos años. Demasiados. Su clase política – como las clases políticas de la mayoría de los países del planeta –, amante de las castas, los privilegios y el control social, estaba feliz. Durante la última década, malas artes políticas y ficciones económicas similares a la ya clásica y argentinísima paridad peso-dólar, encarnadas aquí en paraísos artificiales de cemento y ladrillo, llenaron a paladas los bolsillos de políticos y empresarios: un enriquecimiento insostenible y meteórico, en tan furiosa ebullición que salpicaba, a su pesar, para abajo; permitiendo así que los seres humanos de a pie pescasen algunas escuetas migajas de tan jugoso festín, pero es que no les alcanzaban las manos para recoger todo el dinero.

La tan famosa crisis internacional hipotecaria, sin ninguna piedad, se llevó por delante el sueño de potencia económica de España, y casi todos los beneficios que la década de cemento había generado para la población – no así los de la clase política, a buen resguardo en cuentas numeradas en Suiza –, y entonces algo comenzó a pasar.

 

Se rompió el silencio.

 

Se hizo añicos.

 

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Días de Radio: una voz amiga

Durante el invierno de 1992, mi hermana Florencia, una amiga suya y yo, iniciamos una aventura destinada a la frustración, la miseria, el fracaso y un altísimo nivel de satisfacción personal: un programa de radio independiente. Como siempre en estos casos, había que vender publicidad, producir y escribir el programa, correr de arriba a abajo, y finalmente salir al aire. Lo hacíamos todo nosotros, con mucha ilusión, nula experiencia radiofónica y menos acierto en los aspectos comerciales del asunto. El programa salía al aire los viernes por la noche, en la franja premium, de 21 a 24 horas, en la radio – por entonces – ilegal FM La Boca.

La semana era un auténtico calvario. Visitar a los posibles sponsors, negociar una cuña de 20 segundos por cien o ciento cincuenta pesos, intentar convencerlos por argumento de ventas primero, de sonrisa después, y de llanto, súplica y artificios de magia negra, vudú y amenazas esotéricas por último. Necesitábamos cuatro patrocinadores para sostener el programa sin poner dinero de nuestros paupérrimos bolsillos. Además, mientras tanto, estudiar, trabajar y preparar el guión. Yo revisaba los diarios de la semana en busca de noticias absurdas para comentar, e inspirándome en los horóscopos errantes de los matutinos, me inventaba predicciones verídicas, supuestamente susurradas directamente a mis oídos por un Zodíaco privado, una revelación astrológica absurda y apócrifa, mentirosa, dibujada y parafraseada que ni siquiera ensayaba la pretensión de la verdad: augurábamos desgracias personales, catástrofes naturales, debacles financieras y escándalos amorosos para todo el mundo. Continuar leyendo

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Las primeras veces siempre fueron buenas

La primera vez que me sentí plenamente hombre no fue cuando por fin conseguí desnudar a una mujer. Ni siquiera la primera vez que conseguí desabrochar un corpiño. Tampoco fue la primera vez que sentí calentarse la carne del rostro de otro bajo un golpe de mi mano, ni la primera vez que grité un gol con todas mis fuerzas. No fue cuando, estupefacto, descubrí un largo y único ejemplar negro de vello al costado de mi pubis, ni cuando, emocionado, hurtaba la Phillishave de mi padre para hacerme cosquillas sobre el labio con sus tres cuchillas girando como molinos zumbantes. Ni siquiera se trató de la primera vez que jugué al fútbol, ni de la primera vez que, desobedeciendo a mis padres y al sistema educativo, falté a la escuela por la pura y simple gana de faltar.

 

La primera vez que me sentí plenamente hombre, fue cuando me ajusté, de medio lado, un chambergo gris prestado, bajé su ala desgastada, puse un cigarrillo apagado en mis labios y me adiviné en un espejo, haciendo coincidir el borde del ala con los dos focos verdegrises que señalan el centro de mi mirada. Me gustó lo que vi, y decidí que, desde ese momento en adelante, esa sería mi imagen. Ese mismo día, aún con el sombrero y varios cigarrillos más tarde, en una mesa de café, con quien hoy es un amigo entrañable, sellamos nuestra amistad con un pacto sagrado que tiene ya veintitrés años de vigencia: me sentí hombre porque descubrí, al mismo tiempo, mi cara y el significado de la amistad de hombre a hombre.

 

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El festival higienizante y sangriento de la democracia moribunda (#spanishrevolution)

Ilustración original de Paco Corachán

Ilustración original de Paco Corachán

El domingo pasado, por primera vez en mi vida, experimenté la extraña sensación de ir, en familia, de protesta. Los niños, encantados, recorrían alucinados la Plaça Catalunya, entre familias, turistas, simples curiosos y jóvenes de pelos de colores, pieles tatuadas y metales diversos asomando por los más impensables orificios faciales.

Siendo como soy, rioplatense y nostálgico por definición, no pude evitar rememorar mis días de protesta furibunda, las vueltas interminables a la Plaza de Mayo acompañando a las madres, la carga de la policía contra doscientos cincuenta estudiantes adolescentes, entre los que me encontraba, muerto de miedo y dispuesto a dar la vida por una causa menor, las noches y noches de gritos y cánticos variopintos por las calles de mi amada Buenos Aires, y aún más atrás, el recibimiento multitudinario a la vuelta de la democracia argentina, allá por mil novecientos ochenta y tres, con apenas diez años.

Este domingo, decía, por primera vez era parte de una protesta popular como padre, y me emocionó la certeza inconfundible de poder estar allí con mis hijos pequeños, mientras tres chicas jipis pintaban las caras de mis niños:

–        ¿De qué te pinto, cariño? – preguntó una a Pablo, mi hijo mayor.

–        De monstruo. De Einstein – respondió él.

–        ¿Einstein?

–        Sí, el monstruo verde con la cabeza así – explicó.

–        ¿Frankenstein?

–        ¡¡Ese!!

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Mi bisabuela, novelera y novelada

Muchas veces, a lo largo de mi vida, asistí a presentaciones de libros, y en la inmensa mayoría de ellas me aburrí soberanamente. Bien porque no había leído el libro aún, y temía que escuchar lo que se decía me estropease alguno de sus misterios, bien porque ya lo había leído y no esperaba ninguna revelación si el autor intentaba preservar el placer de su lectura para quienes aún no lo habían hecho. El caso es que, durante las mentadas presentaciones, me dedicaba concienzudamente a identificar las musarañas del local, a contar posibles manchas de humedad o a la identificación positiva de minúsculos insectos, fantaseando activamente sobre como sería, algún día, la presentación de un libro mío.

Así, después de descartar – a mi pesar- las hipótesis más arriesgadas, como el desfile con elefantes, ecuyeres, tragasables y tramoyistas escupiendo llamaradas, los fuegos de artificio pintando mi nombre en letras rojas y violetas sobre un firmamento azul petróleo, y las manifestaciones pasionales de multitudes enloquecidas por la revelación profunda que algún día iba a escribir, me juraba a mí mismo, una y otra vez, que jamás sometería a las personas que me apreciasen lo suficiente como para asistir a mi presentación a un aburrimiento de tales proporciones.

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Pan, Queso, Vergüenza colectiva en la sociedad civil

Cuando yo era niño, el mundo era un lugar mucho más pedestre. La mitad de las cosas que son imprescindibles para la vida hoy aún no se habían inventado, o estaban a medio hacer. El teléfono era un aparato de cuatrocientos cincuenta centímetros cúbicos, atrapado de forma permanente a una pared mediante un cable que siempre se enredaba, había tres marcas de leche y no era posible estar informado sin leer los diarios.

Como la televisión, tímido operador de cinco frecuencias de aire y cero de cable, apenas pasaba dibujos animados un par de horas diarias, distribuidas entre la mañana y la tarde, los niños no teníamos más remedio que jugar. Y jugando y jugando teníamos pifias, aciertos, disputas y enfrentamientos. Una de las situaciones más difíciles a solventar era formar dos equipos para cualquier cosa. Se tratase de fútbol, buenos días, Su Señoría o monta cachurra, la burra, la monto yo! Daba igual, la selección de los miembros de cada bando tenía que pasar por un proceso transparente, que garantizase la equidad en el potencial teórico, al menos a priori, de ambos combinados.

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