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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; amistad</title>
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		<title>Inventario de soledad masculina</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Sep 2011 08:37:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Aún hoy, muchos años después, soy incapaz de ver llover sin revivir en mi pecho un Buenos Aires pequeñito, pero igual al de mis veinte años. Puedo sentir, justo al lado de donde mi corazón ejerce de músculo, entre sístoles y diástoles, las hojas marrón y ocre del otoño bonaerense, empapándose lentamente para amontonarse junto a las alcantarillas. Puedo ver, sin ningún esfuerzo de imaginación, los empedrados de Palermo Viejo brillando sus reflejos, lustrándose bajo la lluvia sucia de una ciudad que, aunque no lo sepa, es mía, y aún más mía cuando llueve, y mas mía cuanto más arrecia la tormenta.</p>
<p><span id="more-1149"></span>Revivo, a mi pesar, la emoción violenta de un beso profundo y lenguaraz, con alguna novia ocasional, intentando protegernos de la lluvia bajo algún portal de la avenida Santa Fé, y la tristeza eterna de los sauces de Parque Lezama. Me encarno, sin quererlo pero sin evitarlo, en las farolas de mi San Telmo tanguero y locuaz, testigos invisibles de feria, noche, pasos, bares, personas de carne y hueso, y el repiqueteo sordo de las gotas gordas, grandes, sobre el ala de fieltro de mi sombrero.</p>
<p>Finalmente, como siempre en estos casos, cuando uno, con gusto, se deja atrapar por la memoria, arribo a la Vuelta de Rocha, donde siempre me espera una verdad desnuda. Es la verdad de mi infancia boquense, de mis hermanos sucios de arena de la Plaza Malvinas, de las tardes de lluvia en las que, armados de botas de goma, Mamá nos dejaba bajar a jugar con los charcos, sin supervisión de los adultos ni consejos de seguridad ni más restricciones que volver a casa a la hora de la merienda. Y es esa verdad desnuda la que me interroga cara a cara, y me pregunta de qué está hecho mi inmenso amor por Buenos Aires.</p>
<p>Al principio me sorprendo, o tal vez me hago el sorprendido. El amor por las ciudades no puede estar hecho de otra cosa que hormigón armado y un montón de horas vividas. Pero la lluvia, cuando arrecia, cuando golpea contra las ventanas a tantos kilómetros de tu casa, es como un suero de la verdad. Bajo los ojos, enciendo otro cigarrillo y me dispongo a responder, justo debajo del Puente de La Boca, mientras dudo que esos botes maltrechos y oxidados que flotan ante mis ojos, sean realmente capaces de flotar como lo están haciendo.</p>
<p>Es cierto que Buenos Aires guarda entre sus piedras la historia aburrida de cómo me hice hombre. Sabe de los esfuerzos de mi Padre y de los litigios de amor de mis dos Madres. Sabe de mis hermanos, cerca, y de mis hermanos, lejos, cruzando el río. Buenos Aires conoce al niño que, todos los años, empezaba el primer día de escuela con el pelo engominado de <em>Lord Cheseline</em>, muerto de asco por el tacto helado de la gelatina azul, y del adolescente seguro de sí mismo que un día decidió fumar, que descubrió los porros, la cerveza rubia y las mujeres, sin importar tanto el color de piel o de pelo como el perfil redondo de sus camisetas. Buenos Aires me vio, junto a las Madres y las Abuelas, en casi todas las <em>marchas de la resistencia</em>, y sabe de mis convicciones ideológicas, de mis guerras personales y de mi odio profundo contra tantos, tantos que se llenan los bolsillos sin importar a quién le faltará un vaso de leche por su avaricia, que no vale la pena nombrarlos. Buenos Aires fue testigo, también, de mi pasión futbolera, de los festejos en el obelisco, besando la celeste y blanca con lágrimas en los ojos, de la alegría explosiva del beso histórico entre el Diez y el Pájaro, del fondo azul y oro de mis tardes de domingo, solo o con amigos, pero siempre con el estómago encogido detrás del giro errante de una pelota cualquiera.</p>
<p>Pero lo que mejor sabe Buenos Aires de mí, lo que más conoce, no es ninguna de estas cosas. No es que soy buena o mala persona, ni mis convicciones profundas, ni mi intransigencia sobre algunos temas, ni mis novias de adolescente, ni mis hermanos, ni mi niñez, ni mis tantos colegios. Lo que mejor sabe Buenos Aires de mí es con cuánta intensidad, con cuánto dolor auténtico y qué profundamente quise y quiero a mis amigos. Y por supuesto, aunque Buenos Aires se esfuerce por ignorarlo, es Barcelona la que sabe bien cuánta falta me hacen, la ausencia permanente que me habita desde hace más de una década, la necesidad innombrable de mirarte a los ojos con un cómplice, de costado, para saber en una décima de segundo lo que estamos pensando, lo que estamos sintiendo, lo que vamos a hacer.</p>
<p>Es, sin duda, Barcelona, la que conoce mi plenitud de Padre y de Esposo, la que me vio hacer una familia, y la que conoce el inventario secreto de mi soledad de Hombre, la sombra alargada de la amistad masculina, imprescindible como el agua, y tan lejos que ni siquiera las gaviotas infames del Mediterráneo son capaces de convocarla cuando hace falta.</p>
<p>Y cuando Barcelona decide llover, justo frente a mi balcón, le gusta jugar con mi nostalgia, y entonces se sienta conmigo a mi mesita de madera, se queja bajito de tanta azúcar en mi café, y repasa para mí ese inventario tan temido. Le gusta, cuando la lluvia me humedece los ojos, recordarme que puedo ser feliz como Padre y como Marido, pero que el tiempo solamente agranda el arcón donde escondo mi soledad de Hombre.</p>
<p>Allí, a salvo del polvo y de la humedad, están los amigos de mi primera infancia, con los que descubrí las fantasías soñadas a plena luz, los juegos de superhéroes y los libros de aventuras. Están las noches de sábado, quedándome a dormir en sus casas, conversando asuntos de niños en voz baja, en la oscuridad, y las llamadas de atención de los padres: <em>“¡A dormir, que es muy tarde!”</em>. Están las tardes de domingo, cuando mi madre hacía una pila de panqueques con dulce de leche, y yo me sentía orgulloso y generoso de convidar a mis amigos.</p>
<p>Después, a la misma caja, fueron a parar las primeras fiestas hasta la madrugada, los primeros desayunos de café con leche y medialunas de grasa al amanecer, intentando conjurar una borrachera feroz antes de volver a casa, el descubrimiento sorprendente de la piel femenina y las caminatas eternas, cantando tangos a gritos sobre los adoquines necios de una ciudad dormida. Guardo también, los primeros viajes al Sur Argentino, con mochilas e ilusión, y muy especialmente una noche de 1991, junto a mis dos amigos del alma, acurrucados en una tienda de campaña rota, bajo una lluvia torrencial, empapados, intentando escuchar por la radio cómo estallaba la guerra del Golfo Pérsico, sintiéndonos más cerca que nunca.</p>
<p>Pero lo que más espacio ocupa en ese cofre, el verdadero secreto que atesora, son las claves rioplatenses de la amistad masculina, del amor de hombre a hombre. Son palabras, las charlas interminables regadas con cerveza o con ginebra, los cientos, miles de horas, mano a mano, relatando penurias o escuchándolas, los abrazos, como hermanos. Es la certeza, única, de haber hecho una elección de amistad que durará para siempre, inmune al tiempo, pero que sufre la distancia. Es el recuerdo físico de cada encuentro, de las charlas de café, de los viajes, de los sueños en común.</p>
<p>Y figuran también, en ese inventario, todos los momentos en los que los necesito, y están lejos. Cuando me casé. Las dos veces que fui Padre. Cada vez que conseguí un trabajo. Cuando publiqué mis libros. Cada una de las tardes de lluvia y fútbol. Los momentos donde arrasa la nostalgia. La certeza de una vida por delante extrañando a mis amigos, y, fundamentalmente, los días en los que no pasa nada, pero simplemente me haría bien un café, una palmada en el hombro, un abrazo de oso, el amor de un amigo, de hombre a hombre.</p>
<p>Pero ahora mismo toca levantar la vista, y volver a mi balcón antes de que, sin aviso, la lluvia se detenga, y se cierre la ventana de mi nostalgia profunda. Porque aunque a veces lo perdamos de vista, aunque a veces la tristeza no nos deje ver más allá, es indiscutible que, siempre que llovió, paró.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La Muerte en blanco y negro</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Aug 2011 07:52:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Pero otras veces La Muerte es envidiosa y terca. Otras veces decide matar por puro matar, porque le da la gana, por envidia o por simple aburrimiento. Y entonces mata cuando no toca. Mata a una persona joven, sin explicaciones ni ceremonias, sin justificarse, sin más explicación que la pura muerte, cuando no tocaba.</p>
<p>Esta semana nos visitó La Muerte. Habíamos vuelto de las vacaciones, y los niños se reencontraban con la tele, a nuestro pesar, mientras mi mujer y yo velábamos armas para su vuelta al trabajo, intentábamos conjurar la pereza de poner en marcha la maquinaria de la rutina habitual, sacudirnos el sol de la piel y el salitre del pelo, vaciar las valijas y rehabitar la casa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1133"></span>Entonces sonó el teléfono.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tres semanas antes – solamente tres semanas -, habíamos estado cenando entre amigos. Nada demasiado especial, simplemente una cena de amigos que hace mucho que no se ven. Una terracita, patatas bravas, cerveza rubia y conversaciones. La Muerte no estaba invitada a la cena, y solamente nos sentábamos a la mesa personas jóvenes. Personas con proyectos, con ganas y planes para vivir. Nos sentábamos a la mesa y nos relatábamos esas ganas de vivir de formas variadas, con viajes ya hechos o con itinerarios planeados a futuro, pero ni sombra de la capa oscura de La Parca: fue una noche feliz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Luego, las vacaciones, y a la vuelta sonó el teléfono.</p>
<p>Era La Muerte, que entraba en casa sin permiso y sin invitación, solamente para decirnos que la suerte de una de nuestras amigas ya estaba decidida. Su osamenta pálida refractaba la luz de una luna menguante, y las lágrimas aparecieron por aquí y por allá. Amigos del otro lado del teléfono, intercambiando la incredulidad sobre la línea. Cortamos la comunicación, y La Muerte se instaló en nuestro sofá. Se acomodó la capa, para no manchársela de polvo y no quiso nada para beber. Quiso explicarse, quiso decir que a veces toca a personas jóvenes, quiso hacernos entender, pero le dijimos que no. Le dijimos que nunca, nunca es ley de vida que le toque a una persona joven. Le dijimos rabia e impotencia, le dijimos palabras esdrújulas, le gritamos en silencio y la insultamos a gritos. A pesar de eso, se quedó toda la noche. Estuvo en el sofá y se fue con nosotros a la cama, a dormir en medio de los dos, con su respiración agria y marchita impidiendo renovar el aire pesado de la habitación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El cáncer puede consumir a una persona de menos de cuarenta años en solamente tres semanas.</p>
<p>Una mujer que tenía padres, hermana, amigos.</p>
<p>Una mujer que amaba a un hombre, a un hombre que la amaba a su vez.</p>
<p>Una mujer que planeaba casarse.</p>
<p>Una mujer que planeaba su maternidad.</p>
<p>Una mujer que quería abrir su casa a sus amigos, para contarles, para invitarlos a ese viaje de amor y sueños nuevos, el deseo de pequeños pies descalzos bajando la escalera algún día.</p>
<p>Una mujer que, sin ninguna clase de duda, merecía vivir su vida, tener su tiempo, amar a su hombre y a sus hijos.</p>
<p>Una mujer que, a pesar de todo eso, ya no está.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por primera vez en mis treinta y ocho años, no estoy siendo capaz de asumir y aceptar una muerte. Algo en mí se niega a admitir que es tan fácil como estar hoy y mañana dejar de estar. Vivimos y crecemos adiestrados para planificar a noventa años vista, para creer que un Dios bondadoso dibuja destinos idílicos para cada uno de nosotros, para ser cautos por lo que pueda pasar mañana.</p>
<p>Y en medio de esta rabia ciega y profunda, siento que somos cautos de más. Somos cautos con el dinero y con el placer, porque hay que guardar para después. Pero por inercia somos cautos con el amor y con las palabras. Somos cautos con la amistad y con la manera de brindarnos a los demás. Somos cautos para amar y para ser amados.</p>
<p>Y cualquier día pasa una mala ola y se lleva sin esfuerzo todos los granitos de arena que acumulamos en nuestra orilla particular, guardándolos para después.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por eso esta mañana decidí escribir mi rabia. Decidí convocar a La Muerte a capítulo y decirle que su Dios caprichoso, injusto y perverso no tuvo ni tendrá un cubierto en mi mesa, que puede llevarse a los que queremos, pero la renuncia a su memoria es una opción personal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y yo no renuncio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De nuestra amiga, no me quedaré con la imagen de un cuerpo inerte en una caja de cristal.</p>
<p>Elijo quedarme con su voz grave, de timbres armónicos; con su mirada atenta mientras conversábamos. Elijo su pelo azabache cayendo a dos aguas para enmarcar su rostro. Elijo quedarme con sus dos enormes y preciosos ojos verdes, siempre como sorprendidos, siempre vivaces. Elijo conservar para el resto de mi tiempo la foto de esa cena en la terracita de Cornellá. Elijo estar entre amigos. Siempre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y cuando volvimos del funeral, tristes, con rabia contenida y con el pecho inundado de palabras sin decir, La Muerte seguía en el salón de casa, sentada en el sofá, quieta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La echamos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Conjuramos su resplandor pálido con la risa fresca de mis hijos. Disolvimos el tejido pesado de su capa negra con el amor por nosotros, por nuestra familia, por nuestros amigos.</p>
<p>Y simplemente, decidimos juntarnos la próxima noche estrellada, en la terraza de unos amigos comunes, para hacer una carne a la brasa, consolarnos mutuamente, ayudarnos unos a otros a aceptar la injusticia y a aprender a vivir con ella, y sobre todo para levantar un vaso y brindar por su memoria, por su pelo negro, por sus ojos verdes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La amistad y el mate</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Jul 2011 07:08:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[amistad]]></category>
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<p>Su sabor no es más agradable que su aspecto. Personalmente, un sorbo pequeño me produce arcadas instantáneas, y una enorme necesidad de vomitar. Se bebe en grupos, pasando el <em>mate</em> de mano en mano, todos de la misma bombilla, que, además de ser depositaria de los restos biológicos de todos los participantes de la rueda, quema los labios, produciendo una sensación sumamente desagradable. Es diurético, y favorece el tracto intestinal, por decirlo de manera <em>fina</em>. Vamos, que es un milagro que, cuando hay <em>mate</em>, no se peleen todos a golpes de puño por ir primeros al baño.</p>
<p><span id="more-1089"></span>En Argentina y Uruguay, sobre todo, el <em>mate</em> es mucho más que una infusión para beber en grupo. Es una seña de identidad. Todo el mundo toma <em>mate</em>. Lo toman por las calles, en casa, en la oficina, en la vida privada y en la pública. Es normal, a nadie le llama la atención ver a una persona rellenando una calabaza con un termo de agua caliente a intervalos regulares, para aspirar después por un tubo de metal, produciendo un sonido gorgoriteante, grosero y vulgar. Los Uruguayos, incluso, mucho más aficionados al <em>mate</em> en la vía pública que los Argentinos, han desarrollado la sorprendente habilidad de llevar el <em>mate</em> en la mano izquierda, y simultáneamente sostener el termo entre el bíceps y la musculatura pectoral, con el mismo brazo, de tal manera que la mano derecha queda libre para realizar operaciones mundanas, y el grupo motor del lado izquierdo superior se encarga de suministrar <em>mate</em> regular y precisamente, al ritmo necesario para el organismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>¿Uruguayo y no tomás mate?</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Desde mi más temprana adolescencia, escuché esa pregunta unas catorce millones de veces. Mi disgusto por el <em>mate</em> fue una cruz escarlata en el pecho. Me transformó en la deshonra de mi tierra oriental, y me obligó a dar explicaciones reiteradas sobre el mismo tema: <em>“Es que no tomo infusiones, a menos que sean de grano molido.”</em> Es decir, café.</p>
<p>Ser Uruguayo y no tomar <em>mate</em> es como ser Mexicano y no tomar tequila, o ser Valenciano y que no te guste la paella, o ser Chino y… lo que sea que hagan la gran mayoría de los Chinos. Es una traición a la patria, es la negación más vil de los orígenes, y motivo de condena moral por parte de la población civil. Una vez, hasta me quisieron entrevistar de un conocido matutino. <em>“Uruguayo que no toma mate vive escondido en pleno centro de Buenos Aires.”</em> Por supuesto, me negué, alegando el deseo de permanecer en el anonimato, y solamente confesar mi deficiencia congénita a mis amigos más íntimos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Contra lo que muchas de las personas que me conocen piensan, no tomar <em>mate</em> no me privó de conocerlo, de aprender sus secretos y sus rituales, de saber que los Uruguayos lo toman <em>sin palo </em>y los Argentinos lo toman <em>con palo, </em>mientras, a gritos, se acusan unos a otros de hacerlo mal; de estar presente en las rondas interminables de <em>mates</em> giratorios, ayudándolo a circular, pasándolo entre manos cercanas, entre personas agrupadas con razón o sin ella, alrededor de un fuego o de una mesa, siempre, siempre, entre amigos.</p>
<p>Y es que el <em>mate</em>, además de ser un jugo horrible, cumple una función social única. El <em>mate </em>se toma en grupo, mano a mano, boca a boca, con miradas a los ojos. El <em>mate</em> se <em>comparte</em>, sí o sí. Se hace una rueda, y el <em>cebador</em>, que no es otro que el encargado de meterle el agua, <em>ceba</em> un mate y lo pasa a la persona a la que le toca, de mano en mano. Esa persona se toma el <em>mate</em>, y entonces la bendita calabaza hace el camino inverso, para que el <em>cebador</em> vuelva a llenarla y le toque el turno al siguiente, y así hasta que se acabe el agua o el cuerpo aguante. Mientras tanto, se charla en ronda. El <em>mate</em> rueda de mano en mano, y nadie lo agradece. Pero no por mala educación, sino porque estar sentado en una rueda de <em>mate</em>, aunque, como yo, no tomes, significa ser aceptado por el grupo, quiere decir que estás <em>entre amigos</em>, que las personas en esa rueda aceptan, tácitamente, poner sus labios donde pusiste los tuyos. Estar en una rueda de <em>mate</em>, entre otras cosas, significa que esas personas te quieren y aceptan, sin necesidad de decirlo en voz alta.</p>
<p>Y cuando una de las personas de la rueda no quiere más, al aceptar el último <em>mate</em>, al devolver la calabaza a la rueda, entonces dice, por primera vez desde que comenzó el ritual, <em>“gracias”</em>. Eso significa que en la rueda siguiente ya no beberá. El <em>cebador</em> lo registra, y sin decirle nada, comienza a saltearlo en las ruedas siguientes. Pero lo que se agradece no es el <em>mate</em>, porque el <em>mate</em> es eso que se da entre amigos, y que no necesita agradecimiento, ni genera deudas. El <em>mate</em> es amor del más simple, el amor de sentarse unos junto a otros y compartir una intimidad de acero y agua caliente, de <em>yerba</em>, manos, ojos y bocas. Se dice <em>gracias</em>, simplemente para que los demás sepan que son tus amigos, aunque no haga falta.</p>
<p>A mí no me gusta el <em>mate</em>, pero adoro todo lo relacionado con su ritual, con su magia indígena, con su hermandad instantánea y fugaz, con la invitación a ser parte de algo especial que siempre trae.</p>
<p>Otra de las versiones del <em>mate</em> es entre dos, cuando encontrados en la calle por casualidad, o haciendo planes por teléfono, uno le dice al otro: <em>“¿Te venís a casa a tomar unos mates?”</em>. Mis amigos más cercanos, que saben perfectamente que no me gusta el <em>mate</em>, me han invitado miles de veces, y lo siguen haciendo. Y yo, cuando aún vivía en Buenos Aires, lo hacía también. Lo hacíamos porque esa frase, <em>“¿Te venís a casa a tomar unos mates?”</em>, significa en realidad otra cosa, y debe leerse de otra manera. Cuando alguien te invita a su casa a tomar unos <em>mates</em>, lo que en realidad está diciendo es que quiere celebrar la amistad, la letra subyacente es: <em>“No hace falta ninguna razón especial para que vengas a mi casa, ni necesitamos que haya asuntos que tratar, ni inventar ninguna excusa para vernos”</em>. Invitar a alguien a pasarse por casa a tomar unos <em>mates</em> es, definitivamente, reconocer en voz alta la seriedad de una amistad, es certificar, sin necesidad de decirlo, el amor que une a dos personas, las ganas de verse porque sí, nomás, porque se disfrutan el uno al otro.</p>
<p>Por eso hoy, que en Argentina es el día del amigo, estando tan lejos, me levanté a las siete de la mañana necesitado de <em>mate</em>. Metí en mi pantalla mi <em>yerba</em> personal de palabras, acentos, puntos y comas, y con el agua destilada de mi nostalgia profunda, <em>cebé</em> este <em>mate</em> pequeñito, lavado y mal hecho, pero <em>cebado </em>con todo el amor del que soy capaz, para meterlo en una ronda enorme que de la vuelta al mundo, y hacerlo circular entre mis amigos, que están lejos, y entre todos los que quieran sumarse a la ronda, cerca, lejos o aún más lejos, con las manos, con los ojos, con los labios.</p>
<p><em>            Gracias.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La vida sigue</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 22:34:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Hace once años, yo tenía una existencia de lo más caótica. Trabajaba por ráfagas incontrolables, a veces de hasta treinta horas seguidas, y vivía en un departamento de soltero en el barrio de Palermo, cuando todavía, en lugar de estar dividido entre <em>Palermo Soho </em>y <em>Palermo Hollywood</em>, era el Palermo del lado de las putas y los travestis y el de <em>Juan B. Justo para</em> <em>acá</em>, donde vivían los ciudadanos honrados, las familias normales y yo.</p>
<p>Por ese entonces, mi vida estaba organizada de la siguiente manera: casi morir trabajando para enriquecer aún más a un empresario cuya reputación ya no admitía ninguna duda, intentar meter dentro de mi cama todo lo que se moviese dentro de un corpiño, ver a mis amigos cada vez que la oportunidad se terciaba y, los martes por la noche, cenar con la familia. Podía haber seguido así, o podía haber cambiado. El hecho es que mi vida estaba llena, repleta de personas. Y yo realmente <em>quería </em>a esas personas. Me preocupaban sus problemas, las llamaba por teléfono, me encontraba los sábados por la tarde a tomar café en <em>La Giralda</em>, apuntaba sus cumpleaños en una agenda de papel para saludarlas (¡sí, de papel!), y toda una extensa serie de protocolos sociales fundamentales: creía que la vida en general, y el ser buena persona en particular, estaba hecha de esas cosas, de los encuentros, de las botellas marrones de cerveza transpirando conversación (¿por qué razón, en todo el planeta, la mayoría de las botellas de cerveza son marrones?), de miradas cómplices y de encuentros impostergables.</p>
<p>Y entonces, después de una larga serie de catástrofes personales, decidí que la única solución posible para mi corazón herido era desarmar esa vida, piedra a piedra, y volver a armarla del otro lado del mundo, llena de personas nuevas y verdades nuevas. Me aferré, como muchos de los que emigramos, al discurso de las oportunidades, de la estabilidad y la situación económica, pero la única verdad es que necesitaba romper todo.</p>
<p>Y rompí todo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1085"></span>Me deshice, lentamente, de los compromisos sociales, de mi trabajo y de las largas charlas pactadas de antemano. Vendí todas mis cosas y, encerrado en una habitación cualquiera, escribí una docena de cartas de despedida. En cada una de esas cartas me vacié por completo, me deshilaché en pedazos, confesé mis miedos, mis odios, mis amores rotos y, cómo no hacerlo, dejé caer promesas eternas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una vez plantado en el viejo continente, estaba tan concentrado en crear una nueva vida de este lado, que ni siquiera advertí como las llamadas telefónicas, los emails e incluso los pensamientos nostálgicos iban espaciándose, diluyéndose al mismo ritmo que las chinchetas cansadas iban dejando caer las fotos de tantos amigos que quedaron en el Río de la Plata. Me pasaban cosas, pero cada vez tenía menos que decirle a los de <em>allá</em>. Entonces, en uno de tantos viajes a Buenos Aires, un día, sin aviso, sin razón aparente, me di cuenta de hasta qué punto la vida de todas esas personas había seguido adelante sin mí. Yo ya no formaba parte de lo cotidiano, pero tampoco de lo profundo, ni de las bromas, ni de las miradas cómplices, ni de los planes a futuro. De alguna manera, había mantenido viva la ilusión de que ese mundo mío tan especial permanecía intacto, a la espera, soñando mi vuelta, extrañándome como eje fundamental de un sinfín de encuentros, besos, abrazos y palabras. No era así. Naturalmente no era así, porque la vida de las personas siempre sigue adelante; pero ese día, en ese viaje, fue como cuando se te cae un jarrón de las manos. Lo vi caer, lentamente, girando sobre su eje de gravedad, pude sentir el estruendo de cerámica quebrada al impactar contra el suelo, y lo vi romperse, vi saltar las astillas, vi fragmentarse los fragmentos, y supe, de una vez por todas, que de mi pasado glorioso solamente quedaban un montón de escombros. Bonitos, sí. En los pedazos de bordes cortantes aún podían adivinarse los exquisitos dibujos que un día habían decorado el jarrón, pero el estropicio era insoslayable, imposible de disimular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ese día, a pesar mío, entendí que me había ido para siempre, que el camino no tenía vuelta atrás, que si un día elegía volver, entonces tendría que construir otra vida nueva: recuperar mi Argentina de siempre ya no era posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y seguí remando en la vieja Europa. Me casé y formé mi familia. Mis hijos llenaron mis días y mis noches de sonrisas, de abrazos y de besos, certificando para siempre que este lado del mundo sea irrenunciable para mí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y, nueva crisis mediante, hace dos años reconocí para mí mismo que veinte años atrás, cuando elegí mi camino, abandoné demasiado pronto el sueño de escribir, y que ahora recuperar esa senda es mucho más difícil, porque las segundas oportunidades nunca son gratuitas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Es entonces, cuando invierto muchas horas al día en algo que no es escribir, cuando me dan ganas de romper todo otra vez. O casi todo. Me dan ganas de deconstruirme como profesional, de jugarme en alma y vida por lo que de verdad deseo, y de reformularme otra vez, entero.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No se trata de arrepentirse. Todas y cada una de las decisiones de mi vida fueron correctas si eran el único camino hasta la familia que tengo hoy, mi mujer y mis hijos, mi ventana que da a las montañas y mi nostalgia profunda, que da coraje a mis dedos para traducir el dolor de estar lejos y la felicidad de estar cerca. Se trata de encontrar, en las palabras, en los amigos que están lejos, en los amores que están cerca, en la familia y sobre todo en mí, la fuerza necesaria para rectificar el rumbo, para reinventar mi día a día y redibujar mi propio cauce.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando reflexiono sobre estas cosas, no puedo evitar pensar en todas las personas que, por cualquier razón, abandonan su casa, eligen estudiar algo que no aman, eligen estar con la persona equivocada, quedarse en el sitio errado y no asumir el riesgo de sus propios sueños. Yo, desde mi nuevo lugar, que después de tantos años es el correcto, viviendo con las personas que más amo y dejándome las pestañas para recuperar la senda profesional que nunca debí abandonar, les digo a todos ellos que tomen las decisiones consultando también al corazón, escuchando los susurros secretos del deseo, porque hagas lo que hagas, inevitablemente, con vos o sin vos, la vida sigue, en todas partes.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Escribir sin sentido</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Jul 2011 09:28:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No es que no tenga nada que decir. Ni siquiera se trata de que no haya temas de los que hablar. Se trata simplemente de que hoy me siento así.</p>
<p>Podría escribir sobre las elecciones en mi Buenos Aires del alma, de la esperanza que veo en algunos de mis amigos argentinos con las alternativas que hay, o del hastío que veo en la mayoría de ellos. Podría, incluso, ensayar un análisis político, pero a la distancia, poco a poco, voy dejando de sentirme con derecho a opinar sobre la política de un país en el que hace más de once años que dejé de vivir y sufrir codo a codo con sus habitantes. Y es curioso, porque tampoco termino de sentirme con derecho a opinar sobre política española, aunque llevo once años viviendo y sufriendo codo a codo con sus habitantes. Son los altísimos costes de no ser del todo de ninguna parte.</p>
<p><span id="more-1083"></span>Podría escribir, también, sobre mis hijos. Siempre tengo cosas bellas que decir sobre ellos, sobre sus miradas mágicas, la picardía infantil que se les desborda, se les chorrea por la cara y los descubre, riéndose y jugueteando al mismo tiempo. Y cuando hablo de ellos hablo de amor, de responsabilidad y de pasión, hablo de ternura infinita, de sus manos pequeñas encontrándose con las mías, de mi corazón trastornado cuando algo les pasa, del dolor intenso que me acompaña con cada uno de sus llantos, de los mocos colgando insomnes de sus naricitas diminutas. De todo eso, pero también de la preocupación que siento cuando identifico en sus personalidades casi todos mis defectos, y la alegría que me produce reconocerles algunas de mis virtudes, mejoradas por simple ley de vida. Hablar de mis hijos es hablar de un motivo primario para mejorar como hombre, de una razón fundamental para ganarme el pan, de un secreto a voces sobre el punto más débil de mí como individuo. Hablar de mis hijos es, clara y sencillamente, hablar de amor. Pero hoy me siento especialmente retraído, y no quiero hablar de mis hijos sin hacer justicia a la maravilla luminosa de sus sonrisas.</p>
<p>Podría – por qué no – hablar de mi familia. Tengo, por suerte o por desgracia, una familia única, enredada, donde padres y madres de distintas generaciones se mezclan, se entorpecen, paren hijos como quien corta pizza, y un tropel de hermanas y hermanos repartidos por todo el globo, confundidos entre ellos, tanto que a veces unos no saben de la existencia de los otros, no son hermanos entre ellos, pero están unidos por una cadena absurda, en la que a es hermano de b, b es hermano de c y c es hermano de d. A esto se le suman, por supuesto, una auténtica maraña de tíos y primos, en primer, segundo y tercer grado, y montañas de cuñados, cuñadas, sobrinos y eso que siempre se dice y nunca se sabe bien qué quiere decir: <em>allegados</em>. Y en todo ese desorden abundan las anécdotas, los conflictos y, una vez más, y por sobre todas las cosas, el amor. Seguramente hablar de mi familia sería también bonito, pero especialmente hoy, tengo ganas de soltar palabras y nada más, sin que nadie se ofenda ni se sienta halagado, sin encontrar destinatario fijo. Palabras giratorias, sin más.</p>
<p>Indiscutiblemente podría escribir sobre la amistad. Especialmente sobre la amistad masculina, siempre a medio camino entre los golpes de puño, los abrazos de oso, las demostraciones innecesarias de virilidad y los pocos espacios ocasionalmente abiertos, casi únicos, en los cuales dos hombres podemos querernos de hombre a hombre, abrir el corazón y decirnos la verdad, lejos del fantasma autoritario que aún hoy, en pleno siglo XXI, nos convoca frecuentemente a abandonar el abrazo de un amigo, incómodos, para repetir, a coro: <em>“Sin mariconadas, eh?”</em>. Podría hablar de algunos de mis amigos más entrañables, que están lejos, muy lejos, mucho más de lo que el corazón humano es capaz de tolerar, o podría hablar de otros que están más cerca, que van despacio, pero que poco a poco van descubriendo y dejándose descubrir. Pero, insisto, hoy tampoco es día para eso, sino para jugar con el verbo, entretenernos en rozar los temas serios, pero sin entrar en ellos, escribir por escribir, por simple vicio de las manos, del cuerpo y de la voz.</p>
<p>Podría escribir – cómo no hacerlo – sobre lo mal que está el mundo, sobre las revueltas sociales que recorren Europa, no como el fantasma incorpóreo que en su día predijo Karl Marx, sino como un animal herido, una rabia ciudadana con cara y ojos, una ruptura que  &#8211; espero – sea final entre los europeos y su clase política, muda, sorda y ciega, que no se cansa de llenarse los bolsillos y anteponer la individualidad incluso a los individuos, que están perdiendo sus libertades en pos de la libertad colectiva, que no es otra cosa que la suma de la mínima expresión de la libertad individual. Podría gritar mi dolor latinoamericano, la herida que no cierra, al igual que en otras partes del globo, de ser el montón de personas que pagan con su pobreza el exceso de otros. Podría, sin ninguna duda, pensar en voz alta sobre el camino errante que parece estar tomando todo. Pero tampoco es el momento, al menos hoy.</p>
<p>Hoy quiero, nada más, y solamente, señoras y señores, contarles mi placer de escribir, mi disfrute secreto y silencioso, cada vez que una palabra nueva asoma por las esquinas de mi teclado, cada vez que un caminito caprichoso de hormigas negras ilustra mis papeles para decir cosas. Quiero rescatar, de una vez y para siempre, el solaz íntimo del verbo y la palabra, mi jugueteo errante, a veces demasiado adjetivado, el eco infame que hay en mi santuario privado, donde cada concepto y cada palabra rebota entre las paredes y mi frente, una y otra vez, antes de ser estampado en un papel virtual, tan real que a veces me asusta. Me complace, de manera individual y egoísta, solo para mí, por esta vez, recrearme en mi prosa, dejar que las palabras hagan fila y salgan como quieran, para, por una vez en la vida, escribir por escribir, por el placer del texto, por la construcción sintáctica, por la siguiente oración subordinada, sin demasiado significado, sin hablar de cosas importantes, sin mencionar a los grandes arcanos que me habitan, que me obligan a pensar en voz alta y clara.</p>
<p>Solamente escribir, sin deberle nada a nadie, solamente para mí, solamente esta vez, permitirme escribir sin sentido.</p>
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		<title>Juntos, mezclados y revueltos</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jul 2011 09:21:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y yo estaba casi sin dormir, ansioso por el fantasma mezquino de un oficial de migraciones que, víctima de un estreñimiento inoportuno o una pelea conyugal vespertina, pusiese trabas para el traspaso de mis hermanos de este lado de la tan preciada eurofrontera.</p>
<p>Y de golpe salieron. Ya no era el miedo sino una efervescencia compulsiva de manos, brazos y bocas que saludan, niños que saltan en brazos y hermanos estrepitosamente reencontrados. Si bien en esta familia de locos yo tengo hermanos que no son hermanos entre sí, y ellos a su vez tienen hermanos que no son hermanos míos, este encuentro era de los cuatro hermanos que crecimos juntos, una recreación histórica de la casa familiar, treinta años después, ahora que todos somos padres, para que nuestros hijos sean testigos de un auténtico amor de hermanos.</p>
<p><span id="more-1067"></span>Madrid amaneció a un día caluroso y de buenos presagios. Marchamos todos a casa de Dolly, una amiga de la familia, una abuela postiza que, a pesar de ser mayor – cuando se habla de damas la edad es un detalle grosero, que nos reservaremos esta vez, dada su indiscutible condición de Dama, y otros muchos méritos que la hacen acreedora de tal cortesía – hizo gala de espíritu de cuerpo y juventud de alma, nos abrió su casa madrileña de par en par, permitiéndonos invadir su regreso – ella viajaba en el mismo avión desde Buenos Aires – a gritos, lágrimas, peleas y besos ruidosos. A media mañana partimos hacia Sol, donde la acampada nos recibió con los brazos abiertos, y caminando las calles de Madrid, redescubrimos los bares de tapas, los edificios señoriales y orgullosos, las plazas rectangulares e infinitas, empedradas de malos y buenos recuerdos, y los monumentos blanquísimos desafiando la inclemencia solar con su indolente y petrificada actitud.</p>
<p>Más tarde llegó el menor de los hermanos, que no por vivir en Córdoba se iba a perder el pistoletazo de salida, así que al volante de su furgoneta rebobinó la última distancia que nos separaba, y al fin pudimos decir que – salvo mi Señor Padre -, estábamos todos.</p>
<p>Y para qué detallar de más. Dimos vueltas, hicimos asado en la terraza de Dolly, bajo un cielo estrellado y madrileño, y después partimos. Ellos hacia Córdoba, yo, sólo, hacia Barcelona. Solamente para tomar aire, recoger a mi familia, y precipitar entonces el segundo encuentro, a pleno, en Málaga y Córdoba.</p>
<p>Ahora sí, estábamos todos.</p>
<p>Y como no puede ser de otra manera entre hermanos, nos quisimos y nos peleamos, volvimos a hacer asado y a mortificarnos unos a otros con las mismas cosas que nos mortificaban de niños, pero entre el humo del tabaco, las sierras cordobesas y nuestros hijos revoloteando. Nuestros hijos, primos entre sí, se mortificaban unos a otros entre ellos, igual que lo habían hecho sus padres tres décadas antes, y al igual que nuestros padres entonces, nosotros éramos torpes para intervenir y apaciguar algunas veces, y otras, iluminados por una inspiración seráfica, los hacíamos reír y quererse entre ellos, jugar juntos y reproducirnos en chiquito, ser felices, ser hermanos, piel y piel, sonrisa y sonrisa.</p>
<p>Era como una película de Kusturica, donde un montón de adultos se desparraman en un espacio pensado para una pareja, rodeados de niños que son de todos y de perros que se disputan a dentelladas las sobras de comida. Mi Padre y mi Madre, separados hace ya veinticinco años, orgullosos responsables de una prole ruidosa y en constante estrépito, casi sin querer, casi sin darse cuenta, nos daban una vez más, a todos, el ejemplo vivo de que, a la larga, siempre el amor prevalece sobre las diferencias, y se puede seguir queriéndose con locura para toda la vida, compartiendo los hijos y los nietos, los amores gritados bajo las estrellas, los silencios de siesta y las ruedas de mate y charla que te charla. Era una dinámica imposible, en la que el ochenta por ciento del tiempo vivible de cada uno de los días que pasamos juntos se empleaba en decidir que íbamos a comer, cocinar, comer, alimentar a los niños, limpiar, hacer la sobremesa y vuelta a empezar.</p>
<p>Nos despedimos otra vez entre abrazos, besos y caos, pero solamente para dejar paso al tercer y último asalto de la maratón familiar: Barcelona, mi casa.</p>
<p>Pero el encuentro todavía guardaba en su manga mágica, tramposa y entrañable, una sorpresa más. Y es que, así como he contado más de una vez en este <em>blog</em> que a mí me tocó la extraña suerte de tener dos madres en activo a la vez – cosa que a mis hermanos no -, a mi hermano mayor le tocó la extraña suerte de tener dos padres. Por circunstancias de la vida, uno de ellos no había estado en activo durante muchos, muchos años. Y vive en Barcelona.</p>
<p>Me encontré con él y su mujer en el aeropuerto del Prat, una hora antes de que otro avión depositara a toda la parentela en suelo Catalán. Y a pesar de lo extraño de la situación, esa sensación absurda de <em>“Voy a encontrarme con el otro padre de mi hermano”</em>, una vez más, tuve que volver a aprender que el corazón humano puede con todo. De golpe y sin aviso previo, me encontré en una mesa del bar del aeropuerto, tomando un café con un señor indiscutiblemente uruguayo, del que sabía poco más que eso: el padre de mi hermano. Y me encontré descubriéndolo tan parecido a él, que tuve que ayudarme con mi <em>coca-cola</em> para poder tragarme entera la evidencia incontrastable de la biología. Y me adiviné a mí mismo deseando, antes de que ellos se encontraran, que como dos adultos que son, supiesen aceptarse, llevarse bien, y si es posible, quererse.</p>
<p>Otra vez las puertas correderas del aeropuerto escupieron la procesión interminable de hermanos y sobrinos, y Padre e Hijo se encontraron después de veinte largos años, pudieron abrazarse y empezar, allí mismo, en el aeropuerto, a aceptarse, quererse y llevarse bien. Partimos todos hacia mi casa, y hoy puedo asegurar que la única fórmula para sobrevivir catorce personas durante una semana en noventa metros cuadrados con dos baños es solamente y nada más que el amor.</p>
<p>Parecíamos estar inmersos en una ruleta infame, todo volvía a suceder igual, pero con ligeros cambios de escenario, con nuevos personajes y con un fondo distinto, pero otra vez las deliberaciones interminables para decidir el menú, los ciento setenta y dos minutos de rigor para estar listos para salir hacia cualquier parte, el calor insoportable de Barcelona y yo trabajando en mi cuartito mientras los sobrinos y los hijos corrían por ahí, peleando a gritos, jugando a risotadas y saltándose las normas de dos en dos.</p>
<p>El apogeo final de veinticinco días memorables fue el cumpleaños de mi hijo Pablo, donde además de sus amiguitos y los padres de sus amiguitos, se dieron cita: mi Padre, mi Madre – mi otra Madre estaba demasiado lejos para venir -, tres de mis hermanos, mi cuñada, mis sobrinos, el otro Padre de mi hermano y su Mujer, otro de los hermanos de mi hermano y su mujer, la hermana de mi Padre – mi tía -, y su hija – mi prima –, acompañada de marido e hija, y representando a la línea materna mía – ya que había una de mis madres ausentes – una prima, con marido e hijos, y, por supuesto, mi mujer, mis hijos y mis suegros, sorprendidos ante lo prolífico, mezclado y revuelto de mi clan.</p>
<p>Todos familia.</p>
<p>Todos bien.</p>
<p>Todos riendo.</p>
<p>Todos queriéndonos.</p>
<p>Todos aceptándonos.</p>
<p>Y entonces supe, una vez más, en la piel, el corazón y la sangre, que la familia no tiene más fronteras que la capacidad emocional de sus integrantes, que los niños siempre tienen espacio en su corazón para un abuelo más, que los abuelos siempre tienen espacio en su corazón para un nieto más, y que somos nosotros, la generación de los padres, los responsables de producir el encuentro, de hacer las cosas fáciles y, sobre todo, de permitir que los niños, los grandes y los mayores se quieran desordenadamente, como salga y como puedan, porque es la única manera de que el amor sea sincero, sin reglas, sin imposiciones, sin obligaciones. Cuando somos capaces de algo tan sencillo y tan difícil, entonces todo sale bien.</p>
<p>Y como no podía ser de otra manera, hubo un <em>finale escandalosi</em>, todos llorando a gritos en un aeropuerto más, despidiéndonos quién sabe hasta cuando, emocionados, queriéndonos a golpes y empujones, entre equipajes circenses y relojes de pulsera arañando cuellos, soltando a granel lágrimas legítimas, ignorando cuándo seremos capaces de volver a darnos un abrazo así de grande, en el que, sin importar los caprichos de la biología, la genética y la sangre, todos nosotros, y muchos más que no estaban físicamente allí, somos, indiscutiblemente, de la misma familia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 2 de Julio de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>A mis hermanos, que los quiero con locura</em></p>
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		<title>Días de Radio: una voz amiga</title>
		<link>http://aprendizdebrujo.net/2011/06/12/dias-de-radio-una-voz-amiga/</link>
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		<pubDate>Sun, 12 Jun 2011 12:29:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
		<category><![CDATA[amistad]]></category>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p><img class="alignright size-full wp-image-1048" title="microfono1" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/microfono1.jpeg" alt="" width="312" height="312" />Durante el invierno de 1992, mi hermana Florencia, una amiga suya y yo, iniciamos una aventura destinada a la frustración, la miseria, el fracaso y un altísimo nivel de satisfacción personal: un programa de radio independiente. Como siempre en estos casos, había que vender publicidad, producir y escribir el programa, correr de arriba a abajo, y finalmente salir al aire. Lo hacíamos todo nosotros, con mucha ilusión, nula experiencia radiofónica y menos acierto en los aspectos comerciales del asunto. El programa salía al aire los viernes por la noche, en la franja <em>premium</em>, de 21 a 24 horas, en la radio – por entonces – ilegal <em>FM La Boca</em>.</p>
<p>La semana era un auténtico calvario. Visitar a los posibles <em>sponsors</em>, negociar una cuña de 20 segundos por cien o ciento cincuenta pesos, intentar convencerlos por argumento de ventas primero, de sonrisa después, y de llanto, súplica y artificios de magia negra, vudú y amenazas esotéricas por último. Necesitábamos cuatro patrocinadores para sostener el programa sin poner dinero de nuestros paupérrimos bolsillos. Además, mientras tanto, estudiar, trabajar y preparar el guión. Yo revisaba los diarios de la semana en busca de noticias absurdas para comentar, e inspirándome en los horóscopos errantes de los matutinos, me inventaba predicciones verídicas, supuestamente susurradas directamente a mis oídos por un Zodíaco privado, una revelación astrológica absurda y apócrifa, mentirosa, dibujada y parafraseada que ni siquiera ensayaba la pretensión de la verdad: augurábamos desgracias personales, catástrofes naturales, debacles financieras y escándalos amorosos para todo el mundo. <span id="more-1047"></span>Después, satisfechas las necesidades caprichosas de la futurología, escribía un folletín semanal en forma de radionovela, llamado <em>Perfidia</em>, cuya cortina musical era el conocido bolero. Era un culebrón infumable, irónico y pueril, en el que, para que el rosario de personajes fuese medianamente creíble, debíamos caracterizar cuatro o cinco de ellos cada uno de nosotros. Yo hacía todas las voces masculinas, y para sostener la veracidad en el cambio instantáneo de personajes, el único recurso físico que encontré para no mezclar las voces fue asignarle a cada uno de ellos un <em>set </em>de gesticulación particular, que incluía manos, boca, ojos, dedos y pies. Los amoríos triviales de un montón de frívolos se desencadenaban sobre los micrófonos avejentados de la <em>FM</em>, mientras nuestras voces variaban constantemente de timbre, y mis manos dibujaban el aire, ora trazando caminitos inciertos de peces voladores, ora decorándolo de pájaros pintados. Normalmente, y como debe ser en estos casos, terminábamos todo a último momento, y partíamos a las corridas, a bordo de un taxi, hacia la emisora, sin apenas tiempo para ensayar. En una ocasión introduje un personaje nuevo en los complejos laberintos de <em>Perfidia</em>: un anciano. Mi automatismo gestual le asignó a este anciano perverso y malvado un par de manos temblorosas, que ponía sobre el papel con el guión, vibrando al ritmo de las palabras mientras leía sus líneas. Durante el programa de esa noche, Florencia y Natalia apenas habían leído el guión, y mucho menos habían visto mi nuevo gesto. Comenzamos, como siempre, el folletín en vivo. Todo iba bien hasta que intervino el anciano. Es importante aclarar que yo tenía entonces diecinueve años, el pelo largo y lacio, casi hasta la cintura, y llevaba siempre un sombrero negro, de tango, incluso dentro del caluroso estudio de radio. Cuando imposté la voz de anciano y comencé a leer mis líneas, concentrado en el micrófono y haciendo temblar mis dos manos paralelas, Florencia y Natalia, al sufrir el visionado grotesco de mi post-adolescencia decorada con pelos y sombreros, los gestos rituales y la voz de anciano, estallaron en carcajadas explosivas en medio del episodio. Yo, primero rojo como un tomate y después conquistado por sus risas estrepitosas, me desbarranqué también. El operador del programa acudió al rescate con un tema de los <em>Ratones Paraonicos</em>, para darnos tiempo a calmarnos.</p>
<p>Un tema musical y dos anuncios después, estábamos listos para retomar. Pedimos disculpas a la audiencia y reiniciamos el episodio de <em>Perfidia</em>. Hasta tres veces, porque nuestra juventud, las ganas de divertirnos y la risa se volvían a detonar una y otra vez. Disfrutamos como locos, el programa de esa noche fue horrible, y abandonamos la emisora entre risas y empujones, siendo, más que nunca, lo que éramos por entonces: niños jugando a ser grandes.</p>
<p>Ni siquiera recuerdo cuántos episodios del programa logramos emitir (no creo que hayan sido más de diez), pero me es imposible negar que, desde entonces, quedó en mi pecho el germen de la radio, la magia modulada que comienza en cuanto se enciende la luz piloto que indica aire, el pulso acelerado de la consciencia física que te da intuir, del otro lado, muchos pares de orejas, muchos corazones escuchando palabras soltadas al viento. Como todas las cosas importantes de la vida de todas las personas, nuestra aventura de radio se construyó con ilusiones, con ganas, con algunas buenas ideas y muchas malas ideas, pero sobre todo y por encima de todo, con muchísimo amor y muchísima pasión. No tuvimos un éxito imparable, ni nos hicimos famosos, pero aprendimos que el aire puede transportar amor en frecuencia modulada. Aprendimos que la radio es una magia compartida, un motor que puede acercarnos, entre personas, la maravilla de descubrirnos unos a otros. Dicen que los ojos son las ventanas del alma, y si eso es así, entonces la voz es su sonido, su susurro secreto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Casi veinte años después, volví a pisar un estudio de radio. No fueron las puertas imponentes de los lujosos estudios de la Cadena SER, ni las oficinas alfombradas de un importante grupo multimedios. Fue, nuevamente, un estudio sucuchito, apretadito, pequeño, apretrechado con los muebles que sobraban en casa, donde un puñado de personas jóvenes – mucho más experimentados y mucho más profesionales de lo que éramos nosotros – hacen radio con el mismo espíritu: por pura pasión, por amor a las palabras y a las voces, y, fundamentalmente, porque tienen algo que decir, algo que merece ser escuchado. Fueron los estudios en la Costa del Sol desde donde <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo Mazzolini</a> emite su programa <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a></em>, de, por y para argentinos, pero con espacio en su alma noble para quien quiera acercarse, sin importar su filiación.</p>
<p>Habíamos convenido que estaría allí a las 9:30 de la mañana, porque Pablo me entrevistaría con motivo de la presentación de mi novela <em>Matalobos</em> en la ciudad de Málaga ese mismo día. Apuré un cigarrillo en la vereda, bajo el sol malicioso de junio, y toqué el timbre con el pulso alterado por la certeza de la proximidad de los micrófonos. Como tardaban en responder, volví a tocar. Entonces Pablo bajó corriendo las escaleras, me abrazó con afecto, como si me conociera desde siempre, y me soltó un argentinazo:</p>
<p><em> </em></p>
<blockquote><p><em>Boludo, estoy haciendo el programa, pasá, pasá.</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>En ese mismo instante me sentí parte, y mientras lo seguía escaleras arriba, apretando el paso para continuar la cita ineludible con sus oyentes, supe que estaba de nuevo en casa: radio hecha por seres humanos, con esfuerzo y sacrificio, para otros seres humanos que, más que la verdad, necesitan oír una voz amiga.</p>
<p>Esperé durante algunos minutos, mirando embelesado el trajín de la radio en vivo. Mauricio hablaba de deportes, hablaba de un torneo en el que en Independiente jugaba todavía la <em>Chancha Mazzoni</em>, y me transportó inmediatamente a esa época, a ese Buenos Aires, a esa sensación reconfortante de sentirse entre amigos. Entonces me tocó el turno. Me senté a una mesa oval, sin más lujos que cuatro micrófonos y cuatro pares de auriculares. Enfundé mis orejas y atendí a razones. Comenzaba la entrevista, y Pablo, mientras operaba el programa, los audios almacenados en una computadora, las entradas y salidas de aire, y a la vez me entrevistaba, me hizo sentir como nunca antes en radio: relajado, feliz, entre amigos. Hablamos de todo un poco, de esto y de lo de más allá, de mi novela y de los indignados, de las palabras y de sus significados, de lo bello y de lo bueno. Ni siquiera una sombra oscureció los mejores veintidós minutos de radio que hice en mi vida, y la calidez del ambiente me permitió recuperar instantáneamente el germen vivaz que aún habita mi pecho. Todo apareció de golpe: las noches oscuras de La Boca, las paredes desvencijadas del estudio, las voces radiadas de tres casi niños que buscaban su identidad jugando con aparatos serios, el misterio insondable de los radioescuchas por ahí, por internet, por el aire, por el mundo.</p>
<p>Entonces supe, sin necesidad de que nadie me lo dijese, dos cosas. La primera fue que, veinte años y quince mil kilómetros después, haga lo que haga y me dedique a lo que me dedique, la radio sigue siendo, por derecho y por amor, un poco mi casa. La segunda fue que, en este país repleto de inmigrados argentinos, de personas que nos necesitamos las unas a las otras para salir adelante, y de soledades criminales que, quienes escribimos, hablamos o inventamos cosas siempre queremos combatir, <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo Mazzolini</a> y su <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a></em> tienen y regalan, sin ninguna duda y sin pedir nada a cambio, lo que todos, de una u otra manera, siempre estamos buscando: una voz amiga.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Málaga, 12 de Junio de 2011</em></p>
<blockquote>
<p style="text-align: left;"><a href="http://aprendizdebrujo.net/?attachment_id=1050" target="_blank">Para escuchar el audio de la entrevista, pinchar aquí</a></p>
</blockquote>
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		<title>Las primeras veces siempre fueron buenas</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Jun 2011 09:38:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente hombre, fue cuando me ajusté, de medio lado, un chambergo gris prestado, bajé su ala desgastada, puse un cigarrillo apagado en mis labios y me adiviné en un espejo, haciendo coincidir el borde del ala con los dos focos verdegrises que señalan el centro de mi mirada. Me gustó lo que vi, y decidí que, desde ese momento en adelante, esa sería mi imagen. Ese mismo día, aún con el sombrero y varios cigarrillos más tarde, en una mesa de café, con quien hoy es un amigo entrañable, sellamos nuestra amistad con un pacto sagrado que tiene ya veintitrés años de vigencia: me sentí hombre porque descubrí, al mismo tiempo, mi cara y el significado de la <a title="Sobre la amistad, justo antes de partir" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">amistad de hombre a hombre</a>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1044"></span><a title="Sobre el confuso oficio de ser Hombre" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Después me sentí hombre muchas veces</a>. Me sentí hombre la primera vez que protegí a una mujer de la lluvia, cuando me enfrenté a la policía por defender cosas en las que creía, cuando dije verdades y cuando defendí mentiras por creer que así servía a una causa mayor. Me sentí hombre cuando supe con certeza, en la piel y en la sangre, que amaba a las mujeres en general, y más hombre aún cuando aprendí a amar a una en particular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino no fue cuando me pincharon en la solapa del guardapolvo blanco una escarapela celeste y blanca, rematada en el centro por un botón celeste, ni cuando, rodeado de la solemnidad de cartón piedra del salón de actos de mi escuela, aprendí los versos sincopados del Himno Nacional, mientras la señorita Graciela Amor danzaba con sus manos de marfil sobre las teclas de un piano desafinado. Tampoco fue el dos de abril de 1982, cuando un montón de adolescentes muertos de frío, bajo el mando errante de un general borracho, tomaron por la fuerza las Islas Malvinas, ni poco más tarde, el 20 de junio de ese mismo año, cuando repitiendo palabras huecas que me habían enseñado mis maestras, prometí lealtad a la bandera, preguntándome íntimamente cómo hace un niño para serle leal a un trapo de colores.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino fue cuando, a pesar de contar solamente cinco añitos, me asomé por el techo abierto de un <em>Peugeot 504</em> blanco, flanqueado por mis hermanos, para bañar mi cabecita en papeles de colores, gritando: <em>¡Argentina! ¡Argentina!</em> Habíamos ganado el mundial de 1978, y aunque mi familia era de izquierda y comprometida con la lucha contra la dictadura, nuestra inocencia infantil estaba a salvo de los horrores que tapaba ese triunfo. Me sentí argentino cantando, por los pasillos de la escuela, que veinticinco millones de argentinos ganaríamos ese mundial. Me sentí argentino viendo en blanco y negro los bigotes de Luque, los brazos abiertos del <em>matador</em> Kempes y el casquito de pelo ridículo de Daniel Pasarella. Me sentí argentino viendo a Mario Sapag imitando a Menotti, mientras repetía hasta el cansancio: <em>“No lo pongo a Pernía porque Pernía es triste”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí argentino muchas veces, con diversas emociones y grados de conciencia, pero nunca más volví a experimentar una sensación tan plena, tan claramente infantil, tan abstracta para un niño, y sin embargo tan absolutamente desbordante, enorme, motivo de orgullo y de gloria, de pasión, de emoción y de alegría. Por eso para mí, ser argentino es, sobre todo, ese sentimiento intraducible que, de cuando en cuando, nos une a todos los argentinos con cualquier excusa, pero borrachos del cual nos basta solamente una mirada para saber, sin ninguna duda, que estamos todos en el mismo bando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre no fue cuando me pusieron en brazos un bebé enrojecido, berreando y con la cabeza apepinada por el trabajo de parto. Me invadió una emoción profunda y difícil de explicar, pero en ella había más de miedo y felicidad mezclados que de paternidad. Tampoco fue algunas horas más tarde, cuando, con las manos temblorosas, intentaba despegar de su culito rosado el <em>meconio</em>, pegajoso y casi negro, sosteniéndolo por los tobillos con un miedo animal a rompérselos en pos de mi torpeza. No fue ni siquiera cuando me morí de ternura al verlo intentar mamar por primera vez, ni cuando el hospital dijo: <em>“A casa, buenas tardes”</em>, y salimos por la puerta con un bebé en brazos para el que, a pesar de haber leído concienzudamente, preguntado a nuestros padres, y habernos preocupado más allá de lo razonable, no estábamos preparados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre fue el día que vi a Pablo – mi hijo mayor – con sus piecitos desnudos y sus piernas flaquitas, tambaleándose de puro bebé, y su pelo rojo y lacio y sus dos ojos marrones y enormes, y sus manitos blancas, sus deditos diminutos coronados por uñas de mentira, todo él iluminado de felicidad, chorreando amor por todos lados, señalarme con el dedo e inventar, solo para mí, la palabra <em>Papá</em>. Un impacto en el pecho me dolió profundamente, y supe de una vez para siempre que él me reconocía como tal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí padre muchas veces, y a diferencia de otras cosas, es cada vez, si se puede, más gratificante que la anterior. Al menos por ahora, mientras mis hijos son aún pequeños, y la palabra <em>Papá</em> es sinónimo de héroe, Dios, guapo, listo, fuerte y admirable. En unos años, supongo, lo será de palabras menos elogiosas, pero tan auténticas como lo son éstas ahora mismo, y, espero, me harán sentir igual de padre, aunque probablemente no tan feliz. Por eso para mí, ser padre es, antes que nada, emplearse a fondo, con toda la pasión posible, en el intercambio filial, sin importar de qué se trate, sino la naturaleza del vínculo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor no fue cuando, con el pulso alterado por la emoción, abrí el paquete donde venían los libros con mi nombre en la portada. Tampoco fue el día que puse el punto y final de mi primera novela, ni la primera vez que me felicitaron sinceramente. No fue cuando, por primera vez, vino un periodista a mi casa a entrevistarme, ni cuando, orgulloso y conmovido, presenté mi libro en la biblioteca del pueblo. Ni siquiera fue cuando descubrí que mi cabeza está llena de historias, que voy por la vida narrando para mis adentros todo lo que me conmueve, me divierte o me emociona. No fue tampoco la primera vez que adiviné admiración en la lectura de alguien a quien respeto desde el punto de vista literario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor fue cuando, sentado en una vereda ventosa, bajo un porche gris que me protegía de un cielo encapotado, durante la fiesta de <em><a title="Velando armas: La Rosa, el Dragón, la Espada y la Pluma" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/04/22/velando-armas-la-rosa-el-dragon-la-espada-y-la-pluma/" target="_blank">Sant Jordi</a></em>, por primera vez miré a los ojos a un completo desconocido, le firmé un ejemplar de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> y se lo di en mano, sonriendo y agradeciéndole por apoyar a los escritores independientes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí escritor varias veces más, como cuando<a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona/" target="_blank"> me ofrecieron firmar en el libro de honor de visitantes de la biblioteca</a>, o cuando me entrevistaron por la radio. Me sentí escritor cuando, consultando el catálogo por internet, descubrí que los dos ejemplares de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> de la biblioteca estaban prestados, en casas de desconocidos, siendo leídos por personas de las que no sé más que su filiación bibliotecaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces pensé en las primeras veces, en lo difícil que es identificar esos momentos cuando están sucediendo, cuando son reales, cuando su <em>ahora</em> es tan inmediato y tan fugaz que apenas nos da tiempo para intentar ser nosotros mismos y hacerlo lo mejor posible. Y pensé que es necesario aprender de esa reflexión, e intentar vivir la vida con la ternura a flor de piel, con las emociones bien dispuestas, porque en cualquier momento, detrás de cualquier esquina, dibujada con desparpajo sobre cualquier papel, nos puede asaltar de improviso la vivencia imperdible de una primera vez maravillosa, y supe también que siempre será más importante estar bien dispuesto a vivirla que preparado para reconocerla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>De pobres, ricos, vientos, tempestades, siembras y cosechas.</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Apr 2011 09:58:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos, cuando descubren un lugar cualquiera del mundo en el que la naturaleza ha sido especialmente generosa, se apresuran a encerrarlo con un muro rojo de ladrillo a la vista, y le ponen un enorme portón de hierro a control remoto, en el que cuelgan un cartel que dice: <em>“Todo esto es mío”</em>. Inmediatamente después, llaman por teléfono a sus amigos ricos, para darles el dato, para reírse de ellos porque lo descubrieron primero y tienen la mejor ubicación, y para convencerlos de que encierren con otro muro las zonas colindantes, no sea cosa que el vecindario se llene de pobres y la propiedad se devalúe. Después traen a un ejército de pobres, y les mandan construir una piscina olímpica, una casa con diecisiete habitaciones, varias canchas para deportes de pelota y parquizar los jardines. Cuando todo está listo, van seis fines de semana al año, con cuatro miembros de su familia. El resto del tiempo la casa está cerrada, la belleza del paisaje oculta por un muro, y la servidumbre, ociosa, vigila el patrimonio, pero no puede disfrutar de él.</p>
<p><span id="more-996"></span>Los pobres, cuando descubrimos un lugar cualquiera del mundo en el que la naturaleza ha sido especialmente generosa, nos sentimos muy felices. Entonces nos acercamos con mucho respeto, plantamos una tienda de campaña, cuidando de no romper nada, y pasamos una semana inolvidable bajo las hojas de los árboles. Al volver a casa, le contamos a nuestros amigos pobres lo que hemos visto, así que volvemos pronto, con unos cuantos pobres más, y plantamos diez tiendas de campaña, y hacemos un fuego y por las noches bailamos danzas tontas, creyendo que son tribales, mientras nos emborrachamos con vino peleón. Al día siguiente jugamos un partido de fútbol con arcos delimitados con dos piedras, y todos gritamos: <em>“¡Alto!”</em> cuando la pelota pasa sobre la cabeza del arquero, imaginando cada uno el travesaño a una altura diferente. Luego limpiamos todo, y cuando nos vamos el lugar está recuperado. Pero al volver a casa, todos los amigos le cuentan a sus amigos pobres, que a su vez tienen más amigos pobres. A los seis meses de descubierto, el lugar es una romería. Por las noches el brillo de las fogatas puede verse cada pocos pasos, y por las mañanas un tendal de basura infame testimonia los excesos de la noche, y los arbustos sufren intentando biodegradar los desechos de látex del amor instantáneo y fugaz de las parejas ocasionales, mientras una nube de moscas marca definitivamente la ubicación improvisada de un nuevo basural. Hasta que viene un municipio, y lo encierra con un muro de cemento y argamasa, y le pone un portón enorme con un cartel que dice: <em>“Prohibido el paso”</em>. Después, le dan la explotación de la zona a una empresa turística – suelen llamarlo “<em>concesión”</em>- y los pobres tenemos que pagar para seguir disfrutando del mismo sitio, con una serie de servicios de valor añadido y una colección de prohibiciones de lo más civilizadas, que ayudan a pagar la piscina olímpica de los ricos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>II. Siembra</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos siembran muros, mansiones y envidias entre sus amigos. Siembran la prohibición y los cimientos que someten a la naturaleza y la transforman en zona residencial. Los ricos siembran la pobreza de los pobres, el sonido de motores de alta cilindrada sobre el pavimento con olor a nuevo y la mordida sincopada de las aspas de las hélices de sus helicópteros privados, evitándoles el atasco ritual de la escapada de fin de semana. Los ricos siembran fábricas en las que trabajan niños pobres, hombres pobres y mujeres pobres, fábricas que vomitan su bazofia sin control, protegidas por un soborno y una contribución generosa para una campaña electoral cualquiera. Los ricos educan a sus hijos en colegios caros, y les enseñan a cuidarse de los pobres, a proteger el patrimonio, a expandir el tesoro y a estar de acuerdo con todas aquéllas ideas que perpetúen su riqueza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los pobres sembramos la tierra, respiramos el humo tóxico de las fábricas de los ricos y cultivamos la amistad. Sembramos el germen de disconformidad que rompe las reglas, nos enamoramos estrepitosamente por las calles, nos amamos sin ningún glamour sobre el césped de los parques, y nos desenamoramos a gritos en el salón de casa, al tiempo que hacemos gestos con la mano que significan <em>“no grites tanto, que vas a despertar a los niños”</em>, bajo la escucha atenta de los oídos vecinos, pegados a nuestras paredes de papel. Los pobres sembramos los estadios de abrazos de triunfo y de lágrimas de derrota, nos vaciamos a gritos alentando a los ricos (ex pobres) que juegan sobre un césped más caro que el suelo de nuestras casas de pobre.</p>
<p>Los pobres, entre nosotros, somos horrorosamente amigos. Sembramos la amistad desde chiquitos, nos queremos sin elegancia y cultivamos ese amor por los amigos toda la vida. No podemos confiar en los bancos de los ricos, ni en los ricos que nos gobiernan, ni en la paz armada de los ricos, ni en la nueva <em>política verde</em> de los ricos, que mientras subvenciona vehículos híbridos y multa a los pobres que no reciclan, permite que los ricos emitan gases y trafiquen armas. No podemos confiar en casi nada, pero podemos creer en esa amistad sembrada con tanto amor que dura para siempre, y por eso, lo primero que hacemos los pobres cuando tenemos algo que celebrar, es rodearnos de amigos, beber vino y cerveza de pobres, bailar música de pobres (la música de ricos casi nunca se puede bailar), frotarnos unos contra otros y sucumbir a los abrazos y besos de una borrachera feroz, en la que la verdad última es siempre una confesión de amor.</p>
<p>Los pobres educamos a nuestros hijos en la honradez de la pobreza, en las escuelas de pobres, donde los maestros de pobres no tienen diecisiete títulos colgados en las paredes, y les enseñamos a respetar a los ricos, a votarlos, a comprar las revistas en las que salen fotos de ricos, a creer en las promesas vacías de los políticos de los ricos, solamente porque normalmente son los ricos los que nos dan trabajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>III. Tempestades y cosechas</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos, a pesar de lo perverso de su siembra, cosechan más riqueza. Y como si fuera poco, los brotes reverdecidos de su riqueza producen algunos frutos extra: impunidad ante la justicia, privilegios varios ante las administraciones públicas, en el acceso a la salud y en las colas de los aeropuertos.</p>
<p>Los ricos no pueden confiar en nadie, porque nunca sabrán si son queridos por sus méritos o por su riqueza. Cosechan desconfianza entre ellos, una vida entregada a proteger el dinero que no han ganado con sus manos, y una soledad dorada, un desacuerdo íntimo dentro del cual la verdad final es inmensamente cruel: mueren sin saber quién los quiso de verdad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los pobres, a pesar de lo cándido de nuestra siembra, de la honestidad con la que vivimos nuestras vidas de pobres, cosechamos el maltrato sistemático de los poderosos, el ninguneo organizado de las administraciones públicas y un expolio constante de nuestros impuestos, que no son otra cosa que una colecta que hacemos los pobres para intentar vivir todos un poco mejor, y cometemos, una y otra vez, el error de dársela a los ricos para que la administren, empeñándonos en creer que su riqueza garantiza su honradez.</p>
<p>Pero los pobres cosechamos también, a lo largo de nuestras vidas de pobre, el amor desordenado de nuestra familia y nuestros amigos, el sabor dulce que deja en la boca el ayudarse unos a otros, la conciencia tranquila, al morir en paz, de haber trabajado una vida entera para dar pan y amor a nuestros hijos, y la certeza infalible de la correspondencia del amor de todos a quienes hemos amado, o casi todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>IV. Siembra vientos…</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así, mientras veo desde mi ventana cómo el mundo se despedaza tras las montañas, puedo girar mi silla hacia adentro de mi casa, y escuchar atentamente cómo mis hijos pelean a gritos por unos centímetros de sofá, y cómo a los pocos minutos se abrazan enternecidos, y se quieren como niños.</p>
<p>Por eso, cuando me pregunto qué clase de mundo vamos a dejarles, me tranquiliza saber que los pobres somos más, y al final, a la hora de echar cuentas, siempre, indefectiblemente y con justicia poética, uno cosecha lo que siembra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Volvé que te perdono</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Mar 2011 09:19:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Como no podía ser de otra manera, al llegar al aeropuerto de Barcelona mi equipaje se había perdido, y lo sentí como una venganza, una reprimenda caprichosa de una vieja madre <em>ítalo-judía </em>herida, que en su dolor materno no atiende a razones: el resumen reducido a dos valijas de todo mi pasado había desaparecido. La Argentina no me permitía una huida digna, conservando todas mis piezas. Iba a costarme abandonarla sin más explicaciones que una decepción profunda, un sentimiento apático y la certeza oscura de que, tarde o temprano, la patria celeste y blanca golpea duro y sin piedad a quienes le son leales. Un día un <em>Rodrigazo</em>, otra vez un <em>Corralito</em>, y si hace falta, un <em>Efecto Tequila</em>; el país de Jorge Luis Borges, Diego Armando Maradona y Doña Tota es extremadamente creativo para ser cruel con quienes labran sus tierras, habitan sus rincones, sacrifican y devoran a sus vacas, fornican por todas partes y casi nunca duermen la siesta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-955"></span>Sin embargo, y a pesar de todo, yo me fui.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me fui <em>antes</em> del <em>Corralito, antes </em>de la crisis bestial y última, <em>antes </em>de la estampida brutal que desparramó argentinos por todo el primer mundo. Me fui abrumado por mis derrotas personales, porque no podía ya con el peso permanente en la nuca, ese que se desarrolla cuando nunca podés estar seguro del momento en el que va a llegarte el próximo golpe. Me fui escupiendo sobre mi hombro izquierdo en la puerta de salida, cansado de remar a contracorriente, desencantado del tango, el mate, el dulce de leche, el asado de los domingos, la cancha de boca, el colectivo veintinueve, los bocaditos <em>Holanda</em>, <em>Martín Karadagián</em> y la mar en coche.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me fui para no volver.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces, en diciembre de 2001 explotó todo. Los pedazos saltaron por todas partes. La sangre nos salpicó a todos. Y en medio de esa ola, mi padre, después de 30 años de trabajar como una mula de sol a sol, lo perdía todo por segunda vez, a manos de la ingratitud financiera de un país dominado por usureros y despedazado por buitres, en el que no era de ningún modo buena idea intentar ser un empresario honesto.</p>
<p>Mi padre llegó a Barcelona por esos días, y en marzo de 2002 alquilamos un bar. Lo llamamos <em>Volvé que te perdono</em>. Era un tugurio pequeñito en la Barceloneta, donde besé por primera vez a la mujer que hoy es la madre de mis hijos. Tenía seis mesas, dieciséis sillas y una barra de dudosa limpieza histórica. Barcelona estaba llena de argentinos pidiendo favores. Llena de argentinos expatriados, buscando un hogar y una oportunidad mejor. Algunas veces la conseguían, como por ejemplo Karina, una amiga mía que terminó siendo mi mano derecha en la empresa donde yo trabajaba, y otras veces, muchas otras, personas que en Argentina jamás hubiesen hecho un trabajo que no fuese en su profesión, terminaban amasando pizza en una trastienda sórdida, trabajando en negro y sin papeles, soñando con una amnistía o un matrimonio que arreglase las cosas.</p>
<p>También estaba Barcelona, por ese entonces, llena de amigos. Estaba mi amigo – mi hermano – Pepe, digitando arte en sus monitores de 21 pulgadas, Carolina, Mariana, Matilde Lila, Cecilia, Diego… y muchos, muchos más. Ezeiza escupía argentinos a mayor velocidad que la pereza con la que los aceptaba de vuelta. Y yo los recibía a todos en casa, cuando podía los ayudaba a llegar, cuando no podía los invitaba a comer, al menos. Tapeábamos <em>patatas bravas</em> criticando en voz alta a la madre patria, todos de acuerdo en que la ruptura era final y absoluta: <em>no se puede confiar en ese país</em>.</p>
<p>En algún momento dejaron de llegar, y poco más tarde, comenzaron a volver. Entonces se abrió una etapa de reconciliación. Uno a uno, los amigos que compartían exilio conmigo, fueron replegando las uñas, perdonando con disimulo a la madre voraz, terrible y a la vez amante y hospitalaria, cariñosa y peligrosa, que los recibió envuelta en un manto de lágrimas celeste y blanco, les curó las heridas con una pomada mágica y les permitió tener sueños otra vez.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Argentina se recuperaba, y el resto del mundo empeoraba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para entonces, <em>Volvé que te perdono</em> era solamente un buen recuerdo. Mi padre se había trasladado a Andalucía, encontrando un camino más auténtico y más parecido a su verdadera vocación de empresario de la tinta y el papel. Los sueños de cerveza fría y <em>chivitos uruguayos </em>eran de otro momento y otras personas.</p>
<p>Y yo seguí con mi vida, contemplando con tristeza, silencio y un poco de alegría como mis amigos volvían a sus vidas rioplatenses, cómo cada vez menos argentinos llenaban los bares barceloneses durante los mundiales, con la cara pintada y las camisetas que, años después, siguen llevando el nombre de Maradona en la espalda. Comencé a ver crecer a mis hijos, al mismo ritmo que la nostalgia auténtica de los empedrados de San Telmo se deshacía en jirones, bajo el mismo cielo celeste y blanco que, habiendo protegido la partida de tantos argentinos, les otorgaba su perdón para volver.</p>
<p>Tantas palabras de dolor, tanta rabia contra la tierra primaria, tanta sangre y tanta saliva malgastadas en alimentar sordamente las razones rencorosas de la partida, fueron desapareciendo, pegadas a la piel de los que volvían, enredadas en su pelo, mezcladas con los equipajes vueltos a hacer y deshacer, anudadas en los pañuelos que siempre enjugan las despedidas y los reencuentros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y un día cualquiera, despedí al anteúltimo de mis amigos que volvía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces supe con certeza que yo no volvería nunca. No por rencor, ni rabia, ni dolor, ni tristeza. Solamente porque vivo en la tierra de mis hijos, y eso es algo que debo respetar, que no puedo cambiar, y que es mucho más grande que yo mismo.</p>
<p>Pero esa verdad no impide que lleguen a mis oídos las palabras de esperanza, cuando ahora mismo, los últimos de mis amigos que vuelven, los padres de mi ahijada, están comenzando lentamente a empaquetar sus cosas para poner fin a más de diez años de aventura ibérica, y volver a plantar la bandera de su patria familiar en el barrio de La Boca.</p>
<p>Y como un sortilegio silencioso, hace un par de noches apareció a los pies de mi cama un espectro celeste y blanco. No era una figura terrorífica, sino más bien una abuela dulce llevando un gorro frigio. Me miró durante un rato, y sonrió, con más tristeza que amargura. Se acercó despacio. Pensé que iba a besarme en la frente, pero en cambio, me susurró al oído:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>- &#8220;Volvé, que te perdono.&#8221;</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y comprendí, inmediatamente, que entre la madre Argentina y yo no quedan rencores, ni heridas, ni rabia guardada. Solamente hay un espacio abierto donde lo único que podemos darnos es amor.</p>
<p>No voy a volver, pero es balsámico sentir, de manera plena y total, el alivio absoluto y la paz nueva que uno siente cuando perdona de verdad, con el corazón. <em>No vuelvo, pero yo también te perdono.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Mis palabras, mi silencio y viceversa</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Feb 2011 10:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><strong>I. El silencio</strong></p>
<p>El silencio perpetuo, obligado, encerrado, inerte, me habla de derrota, de batallas perdidas, de amores marchitos, de miedos presentes. Trae hasta mí, desapasionado, el perfil claro del edificio donde transcurrió parte de mi infancia. Un frente de minúsculas baldosas en tonos diferentes de azul y granates oscuros, mezclados con alguna ausencia esporádica disfrazada de hormigón. Y me cuenta, como casi cada día, el caos ilegible del aeropuerto el día que dejé mi casa, un ir y venir de personas desconocidas en traje de sombra. Revive en mi pecho una sensación de anestesia, una fuga hacia adelante de lágrimas que en silencio no saben caer.</p>
<p><span id="more-927"></span>Lo dejo seguir, lo escucho, atento, vigilante. Habla de cosas que no son, pero están. Habla del dolor que ya no duele. El dolor actual, el que todavía duele, vive del lado de las palabras. Los dolores viejos, cuando pierden vigencia, cuando ya no duelen, se suman de a poco a las filas del silencio, mirándome con ojos tristes, como los perros que te siguen durante una noche de lluvia, y con esa tristeza vitrificada suman derrota a mi silencio, aportan ternura, también, y un poco de esa tranquilidad inusual que tiene el final de un episodio vital, cuando ya no puede empeorar ni mejorar; cuando hay una parte de la vida que simplemente deja de ser, por mucho que sus restos sean voluminosos y aseguren la presencia eterna de esa falta.</p>
<p>Y lejos de ser nada más que tristeza, mi silencio atesora voces amigas, palabras dichas hace mucho tiempo, tanto que es casi al inicio; pero dichas con la verdad en los labios, con amor en los dientes. Y esas palabras, convocadas contra su voluntad al silencio perpetuo en el que transcurre la memoria, dibujan rostros, encarnan piel y pelo y uñas, manos y brazos que dan y reciben, hombros que, lejos de ser para llorar, son para apoyarse durante una borrachera feroz, para asegurar una mochila y salir a recorrer mundo, para apuntalar un equilibrio deficiente durante una noche de fiesta o para colgar el abrigo cuando todos los otros soportes se esfuman mágicamente.</p>
<p>Mi silencio guarda también, para tenerlo a mano cuando lo necesite, el olor espeso, tibio y dulce de la <em>cremosa de doña espumosa</em> que mi abuela cocinaba largamente sobre un fuego de gas metano, naranja, con llamitas que lamían para siempre los fogones ennegrecidos de su cocina polvorienta. Y en el mismo sitio, sus respuestas sabias, siempre a mano: <em>“Abuela, me duele la cabeza”. </em>Un silencio, un gesto comprensivo con las cejas y un dedo índice en alto: <em>“Señal de que la tienes, hijo mío. Si no la tuvieras, no te dolería.”</em></p>
<p>Mi silencio, con una chispa en la mirada, me permite observar, cada vez que quiero, como acompañaba, tablero de ajedrez y una sillita de <em>cámping</em> en mano, a mi hermano a hacer caca, y nuestras caras concentradas, ignorando a conciencia el tufo de los vapores fecales humanos, para intentar descifrar el movimiento esquivo de un peón enemigo. Tiene también cada uno de los abrazos de mis hijos, porque cada vez que me abrazan, aunque ya lo sé, un estremecimiento profundo me asalta por sorpresa, y su ternura me deshace por dentro, dejando sólo un calorcito invencible y una razón poderosa para hacer bueno el futuro.</p>
<p><strong>II. Las palabras</strong></p>
<p>Mis palabras, en cambio, son el presente rabioso, la guerra que no acaba, el hambre perpetuo que te obliga a seguir buscando, la furia incansable que no cede al silencio. Están todo el tiempo, gobernando mi corriente de pensamiento, llenándolo de juegos absurdos, de peces en movimiento, de siluetas armónicas y púas sibilantes. Mis palabras se encargan de poblar el momento, de pintar con cuidado las líneas de ida y vuelta, los contornos sinuosos de lo que va sucediendo. Saben relatar la risa de mis hijos y los recuerdos de mis padres.</p>
<p>Y sin proponérselo, constantemente me someten a la tiranía escrupulosa de intentar sostener con hechos lo que digo, de proponerme cumplir con lo que prometo, de trabajar para ser la persona que digo ser.</p>
<p>Mis palabras juegan juegos, también. Hablan de mis ganas de jugar, de la tenacidad con que trabajo para rescatar de mi memoria los hechos que me construyeron, mi pasado menos poético, menos ejemplar, menos heroico, menos memorable. Hay en mis palabras episodios rescatados del silencio. Hay sonidos con la misma voz, para hablar de pasión y para hablar de quedarse sentado en el sofá.</p>
<p>Pero mi boca, bastión principal desde el que las palabras dejan de pertenecerme, se llena de espuma fresca y chispas de chocolate cuando digo palabras que me gustan, como el nombre de mis hijos, como <em>tambor, labiodental, ortorrómbico o flambeado</em>, cuando pronuncio las claves que me delatan amando o disfrutando. Y se me llena de un regusto de pétalos lilas cada vez que pienso en Buenos Aires en primavera, dibujando con los labios un jacarandá en flor, y de un sabor de salitre cuando relato a mis hijos los veranos en mi Montevideo natal, de playas de arena interminable, peces al alcance de la mano y mis tíos tomando mate y cantando. Otro sabor, esta vez de sangre y miel, me desborda hasta los labios cada vez que hablo del silencio, cada vez que las palabras traen desde mi pecho a mis dientes el silencio que me habita.</p>
<p>Pero una vez más, y siempre, son las risas de mis hijos las que acuden al rescate, las que perforan mi silencio, dejando salir las palabras más bonitas que su coraza de latón encierra. Y entonces recupero mis palabras, las reparto, las regalo, las difundo, las arrojo por encima de los muros, las dejo en los bancos de las plazas, las suelto con disimulo en las góndolas del supermercado, las escondo entre las páginas de libros ajenos, para que puedan así asaltar a los lectores por sorpresa, las quemo sobre una torta para que mis hijos, al soplarlas, escuchen mi voz más auténtica celebrando sus cumpleaños, las lanzo por debajo de las puertas, sin saber quién está del otro lado, y aún así poniéndolas a sus pies.</p>
<p>Y cada vez lo sé con mayor certeza: soy mis palabras, y también mi silencio. Mi silencio conserva para mí el pasado, devolviéndomelo de a pedacitos cuando quiero relatarlo. Mis palabras avanzan sobre el futuro. Y yo, aunque parezca lo contrario, ni siquiera por un segundo me divido entre ambos.</p>
<p>Mis palabras no se oponen a mi silencio, y viceversa.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sun, 16 Jan 2011 11:07:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En ese pedacito mundo que se ve desde donde estoy hay varias montañas. A veces, cuando hace frío, blanquean sus cimas pintadas de blanco nuclear, refractando los rayos del sol hasta mi ventana. Otras veces esconden sus dientes de roca y tierra entre los vapores oportunos de las brumas matutinas, y me gusta porque sé que la montaña está ahí, y no puedo verla. Es como mis amigos de toda la vida. Sé que están ahí, en las calles de Buenos Aires, en otras ciudades más al norte o más al sur, perdidos muchos de ellos en su exilio privado, y no puedo verlos. Tienen la solidez de la montaña y el misterio de la bruma, la mirada transparente del sol de invierno y las mismas raíces profundas, estables bajo el peso de miles de toneladas de cimientos, sólidas, eternas. Otras veces, cuando la noche llega sigilosa a instalarse en el techo, se transforman en una sombra oscura, una silueta recortada contra un fondo azul marino, que solamente se deja adivinar como la frontera secreta a partir de la cual las estrellas abandonan su parpadeo insomne para retirarse a dormir, al menos por un rato.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un planeta que estornuda su resfrío monumental, apenado, mientras sufre en silencio la soberbia de los seres humanos, que creen tontamente que están destruyéndolo, cuando lo único que están destruyendo son sus posibilidades de sobrevivir en él. Se ve un planeta que sabe que, cuando los humanos terminen de matarse, diez, veinte millones de años después, habrá otra forma de vida, como pasó siempre desde el principio de los tiempos. No es otra cosa que la soberbia lo que va a matarlos. No es otra cosa que soberbia lo que les impide ver.</p>
<p><span id="more-898"></span>Desde donde estoy se ven millones de personas diminutas, sin rostro y sin pelo, que todos los días van a trabajar, vuelven, cenan, se pelean, se perdonan, se odian y se abrazan. Después fornican y dicen a los demás que fornican más de lo que fornican en realidad. Beben cerveza y dicen a los demás que podrían beber más cerveza de la que en realidad pueden beber. Se aburren de sí mismos y dicen a los demás que saben estar solos. Son como sombras recortadas sobre papeles sucios. Aman a las personas que hay en su vida más de lo que están dispuestos a admitir, y no les dicen nada acerca de ese amor, porque prefieren el silencio al vértigo de no saberse correspondidos en exactamente igual medida, o más.</p>
<p>Desde donde estoy se ven ciudades arrasadas por la furia del mar, árboles caídos; soplados hasta la muerte por un viento terminal. Se ven niños descalzos con el barro a la cintura, intentando salvar una cesta de fruta semipodrida, un muñeco de peluche y dos aviones de papel de los destrozos de la inundación. Se ve que la policía y los bomberos no saben qué hacer. Se ve el avión de los ricos tirando en paracaídas la comida que les sobra, mientras desde sus casas confortables se lamentan así: <em>“¡Pobrecitos los pobres!”</em>.</p>
<p>Desde donde estoy se ve el aire cargado de palabras transmitidas exculpando a los culpables. Casi pueden oírse sin esfuerzo, sus letras negras mintiendo las razones turbias de los males, las excusas plausibles de las catástrofes y las frases salpicadas de anestesia de los analistas expertos en pavadas.</p>
<p>Desde donde estoy puedo ver, también, y sin ningún esfuerzo, los demonios pacíficos de mi infancia. El aliento de pasto tierno de mi perra en la cara y el silencio de la hora de la siesta frente a un cuaderno de deberes escolares sin hacer. Un gesto con la lengua, un soplido y un renuncio, justo cuando el grafito de mi lápiz comenzaba a arañar en el papel rayado una suma de líneas temblorosas. Puedo ver, de grande, el regreso previsible de esos demonios alados, que sobrevuelan las camitas de mis hijos sin asustarme, prometiendo con sus ojos rojos más infancia, más dolor de adolescencia, más tiempo y tiempo de fantasías.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un horizonte difuso y borroso, en el límite de un mar que no tiene del otro lado a mi tierra, pero es como si la tuviese, es como si cada una de las olas pudiese deshacer en sus espumarajos un trocito de mi costa infinita, un recuerdo de ballenas y pingüinos, una promesa de mi Uruguay natal, una fiesta de sol y playa con mis hermanos, las pieles de niños oscurecidas por el sol, los sueños intactos, el tiempo aún como una medida infinita de lo que no va a llegar nunca.</p>
<p>Desde donde estoy se ve claramente el miedo. No es el mío. No es el tuyo. Es el miedo de todos y el de nadie. Es el miedo con el que estamos aprendiendo a vivir, al que nos vamos acostumbrando sin protestar. Es un cuerpo espeso y dos alas nervadas, enormes, un paraguas siniestro que tejemos sobre nuestras cabezas con paciencia y cautela, como la mortaja interminable de <em>Amaranta Buendía</em>, una labor primorosa y siniestra, una bolsa de gatos infame donde se mezclan las emisiones de <em>Gran Hermano</em> con media docena de guerras remotas, un brote epidémico de enfermedades mortales y las aberraciones modernas de una ciencia sin mas ética que la financiación renovable año a año.</p>
<p>Desde donde estoy se ven, perfectamente y sin interferencias, las huellas indelebles que me trajeron hasta aquí, mis marcas lloradas a fuego lento sobre aviones y trenes, la decisión lenta de abandonar mi casa, los abrazos de despedida y los pares de labios marcando un adiós temporal que se haría permanente. Se ve el rastro de ese camino, la nostalgia derrochada semana a semana de mi barrio, la falta aguda y diaria de tres medialunas de grasa, el reguero de gotitas de sangre de ternera sobre una parrilla de asado con amigos, la letra y música de <em>Patricio Rey</em>, contando en frases criptográficas el dolor de la partida, y una década después, en las mejillas de mis hijos, se ve el resumen lisito e impoluto de todo lo bueno que me pasó desde la última vez que viví en América.</p>
<p>Desde donde estoy, desde mi ventana, se ve perfectamente el parque de enfrente, una canchita de fútbol, la biblioteca y la plaza en la que vamos a andar en bicicleta. Se ve perfectamente todo lo que rodea mi casa. Se ve que hoy, ahora, ésta es mi casa. Me gusta mi ventana. Me gusta mirar por ella, aunque siempre, a mi espalda, aguarde una pared.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Once puntos</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Jan 2011 10:44:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Sin lugar a dudas, un cambio de década como el que acabamos de vivir no es más que una fantasía colectiva, una ilusión convencional, una frontera vacía que, entre todos, fijamos mediante un acuerdo tácito y multitudinario en un punto temporal aleatorio, tan indistinguible de los otros por su intrascendencia real como cualquier otro, pero que por un azar caprichoso ha resultado elegido entre todos los demás momentos para ser especial. El año nuevo es como un ganador de la lotería, como un hombre común al que la suerte transforma en inolvidable por alguna razón sin sentido aparente. Una medianoche de todos los días que de pronto se transforma en única.</p>
<p>Y sin embargo, es imposible no dotarlo de significado. Aprovechamos para purgarnos levemente, para sacudirnos la crisis de la piel, para renovar los acuerdos diminutos sobre los que formalizamos nuestras familias y nuestros amores, para refrendar las amistades, a golpe de vista y tacto, para fijarnos nuevamente objetivos que incumplir, para identificar las pérdidas del último giro, e incorporarlas sin ceremonias al estado de cuentas vigente.</p>
<p><span id="more-866"></span>Por eso digo que no hay mejor manera de empezar que escribiendo. Para mí, el año que entra será un año de escribir, de ponerle puntos y rayas a otro montón de palabras, de continuar fabricando, letra a letra, con las yemas de mis dedos, palabras para regalar.</p>
<p><strong>Uno</strong></p>
<p>Mi familia, sin lugar a dudas.</p>
<p>Otro año repleto del amor de mi mujer y mis hijos no es un año que se va, sino una montaña de horas capitalizadas, una colección irrepetible de roces piel a piel, de besos de verdad, de ojitos con ilusión, de risas hechas de <em>pop-rocks</em><sup class='footnote'><a href='#fn-866-1' id='fnref-866-1'>1</a></sup> y cosquillas en la panza.</p>
<p><strong>Dos</strong></p>
<p>Privilegio.</p>
<p>La conciencia brutal de una crisis que se nos escurre entre los dedos, y a pesar de eso tener la suerte de trabajar, de que no nos falte nada, de disponer aún de tiempo para cosas diferentes que pensar en la supervivencia.</p>
<p><strong>Tres</strong></p>
<p>Publicar.</p>
<p>El año en el que publiqué <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/" target="_blank">mis primeros dos libros</a>. Los méritos son, cuando menos, sospechosos, al ser yo y nadie más que yo quien decide qué se publica y qué no. En una época el valor de los editores era precisamente ese, decidir qué era bueno y qué no lo era. Hoy tiene más que ver con ser capaz de decidir qué venderá y qué no, y financiar la operación de distribución y promoción. Y sin embargo, ustedes, los lectores, me acompañaron de cerca, compraron los libros más de lo que pensé que iban a hacerlo. Firmé más libros de los que había soñado al decidir publicarlos. Solamente puedo decir gracias.</p>
<p><strong>Cuatro</strong></p>
<p>La amistad.</p>
<p>Una vez más, a pesar de las distancias, del dinero, de las responsabilidades y de la puta mala suerte que nos llevó a vivir cada uno en un rincón diferente del orbe, <a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">mis amigos del alma y yo fuimos capaces de fabricar un encuentro</a>, de regalarnos cinco días de intimidad para compartir, de inventar un encuentro, un abrazo a tres bandas, un vaso de licor bajo un cielo tropical.</p>
<p><strong>Cinco</strong></p>
<p>Ustedes.</p>
<p><em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> no paró de crecer. Mes a mes, pude ver cómo yo escribía menos y tenía más visitas, cómo mis palabras calaban, llegaban a algunas personas, se compartían, se enviaban por mail, y me devolvían risas, lágrimas y palabras de aliento.</p>
<p><strong>Seis</strong></p>
<p>Matalobos.</p>
<p>Indiscutiblemente, la experiencia de la publicación de <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em> por entregas, y su <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">posterior publicación</a>, fueron artífices de una de las grandes cosas buenas del 2010. Pude sentir un proyecto crecer y culminar. Pude cerrarlo bien, como quise, entero y mío. Pude regalarlo un poco y venderlo otro poco. Impagable.</p>
<p><strong>Siete</strong></p>
<p><em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>.</p>
<p>Me sentí este año más cómodo que nunca escribiendo artículos. De algunos me llegó de vuelta mucho más de lo que esperaba. De otros esperaba más, y volvió menos, pero lo importante es que me sentí bien diciendo lo que creo que tengo que decir, aportando lo que creo que puedo aportar. Lo importante es que disfruté de escribir, que nunca llegó a ser una obligación, que me emocioné, me divertí, hice catarsis de muchas cosas, y descubrí muchas personas. No puedo dejar de mencionar el que, para mí, es el <em>pódium</em> de artículos del año:</p>
<ul>
<li><em><img class="size-medium wp-image-710 alignright" title="David de Miguel Angel 2" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/David-de-Miguel-Angel-2-284x300.jpg" alt="" width="284" height="300" /><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Sobre el confuso oficio de ser Hombre</a></em>: Fue un artículo que trabajé mucho, que pensé mucho y que disfruté mucho al escribir. Fue el artículo más compartido de la historia del blog.</li>
<li><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/07/04/charlas-de-hombre-a-hombre-iii-gracias-por-el-futbol/" target="_blank">Charlas de Hombre a Hombre III: Gracias por el fútbol</a></em>: Este artículo narra la que, para mí, fue una de las experiencias más intensas del año. La derrota de la selección Argentina en cuartos del final del Mundial de Sudáfrica, en compañía de mi hijo Pablo.</li>
<li><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/06/19/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre/" target="_blank">Porque lo digo yo, que soy tu padre</a></em>: Usualmente escribo una carta a cada uno de mis hijos por su cumpleaños. Este año, la que escribí al mayor me conmovió especialmente, y lo sigue haciendo cada vez que la releo.</li>
</ul>
<p><strong>Ocho</strong></p>
<p>Nostalgia.</p>
<p>A medida que pasan los años desde que me fui de Argentina (y van diez), me invaden dos certezas. La primera es que hace tiempo que sé que ya es demasiado tarde para volver. Esta es la tierra de mis hijos. La segunda es la nostalgia profunda de una tierra y una gente que me hizo la persona que soy, para lo bueno y para lo malo, y un deseo casi doloroso en el pecho de volver a pisar el suelo que me vio crecer.</p>
<p><strong>Nueve</strong></p>
<p>Docencia.</p>
<p>Por fin, este año pude hacer realidad mi sueño de ponerme de pie frente a una clase. Fue una experiencia única, gratificante y aleccionadora, que se repetirá en 2011, y espero que durante muchos años más. Es una de las cosas que elijo para mi vida.</p>
<p><strong>Diez</strong></p>
<p>Por supuesto, literatura.</p>
<p>Este año, como siempre, además de intentar producir, también he consumido literatura. De la buena y de la mala. Lo importante es absorber historias, disfrutar del lenguaje ajeno, aprender y descubrir. Me quedo quizás con tres autores este año. Como <em>Rookie</em>, <em>David Monteagudo</em> y su maravilloso <em>FIN</em>, como injusticia reparada, <em>José Saramago</em>, a quien después de negarme con necedad a leer durante muchos años, disfruté enormemente y pienso seguir haciéndolo. Y por último, como revelación anunciada, <em>Roberto Bolaño</em>. Es todo lo que prometía y más.</p>
<p><strong>Once</strong></p>
<p>Futuro.</p>
<p>A salvo de cualquier suspicacia y fuera de toda sombra de duda. Lo mejor, siempre, es lo que vendrá. Trescientos sesenta y cinco días para amar, para escribir, para leer, para trabajar y para inventar, poco a poco, una vida mejor.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Gracias por este año, y que el siguiente nos encuentre aún compartiendo.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 1 de enero de 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="size-full wp-image-563 alignright" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
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		<title>Textos, mentiras y un sueño</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Aug 2010 09:12:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No fue una decisión trivial.</p>
<p>Las palabras, es cierto, me sobraban. Estaba escribiendo una novela (que luego se transformaría en dos, pero aún no lo sabía) y aún así sentía ahogo. Había ideas, pedazos de textos, párrafos enteros, frases astutas, diálogos ingeniosos, tristezas sepultadas que asomaban, recuerdos con luz propia… Todos ellos egoístas, centrados en sí mismos, en su necesidad de abandonar mi piel perforando las yemas de mis dedos. Algunos de ellos más afortunados que otros, algunos más poéticos, otros más cotidianos, algunos con dolor, otros con placer, otros con desconcierto.</p>
<p>Y había un denominador común: el escriba aficionado que guardaba para mí desde la adolescencia se había despertado. Quería traducirse a sí mismo en escritor. Quería descargar toda su rabia, su dolor, su ausencia, pero también su felicidad, sus pequeñas dosis de suerte, sus amores actuales y antiguos, los secretos pálidos de una vida repleta de vaivenes, las migajas crujientes de cientos de miles de horas de observación ilícita y malintencionada del prójimo, los jirones de lenguaje que tejía y destejía en el silencio de su retiro.</p>
<p><span id="more-667"></span>Y créanme: no es fácil mantener callado durante tantos años a un escriba. Las construcciones sintácticas se te escapan en los momentos menos adecuados. Hace juegos de palabras sin tu permiso durante una entrevista de trabajo. Ensaya diálogos humorísticos con personas sin sentido del humor, solamente porque la oportunidad es única. Dota a tus hijos de un verbo aguerrido y contestatario que muchas veces te deja estampado en el sofá, sin saber qué responderle al mocoso atrevido que te acaba de destrozar seis millones de años de evolución y herencia genética en una sola frase. Suelta ironías sutiles en la cola de la carnicería, haciéndote subir involuntariamente los colores mientras todos te miran sin comprender, o comprendiendo y juzgándote fuera de lugar.</p>
<p>No es cómodo. De ninguna manera.</p>
<p>Ni elegante.</p>
<p>Ni, algunas veces, agradable.</p>
<p>Pero así nació <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>. Nació por esa acumulación de palabras, por un desecho tóxico de más de diez años sin escribirlas, dejándolas fermentar en el pecho. Nació por una idea absurda, por un comentario casual en casa de unos amigos. Nació por la necesidad de ser leídos que tenemos los escribas, para recolectar nuevas palabras cada vez que un artículo, ya escrito, te deja vacío. Nació para ser destino final de ideas, confesiones, lágrimas y risas. Nació para ser origen de reflexiones, algunas profundas, triviales otras, inútiles la mayoría. Nació para intentar ganarme por mérito un espacio que no me pertenecía por derecho. Nació para permitirme mentir sin culpa, exagerar sin vergüenza, y confesarme sin pudor, mientras me guardo para mí, de todos los textos, la clave para saber cuáles mienten, cuáles exageran y cuáles confiesan, y solamente los entrego para su disfrute, discusión, acuerdo y disenso.</p>
<p>Y ahora ya pasó un año entero.</p>
<p>Pasó sin piedad.</p>
<p>Estoy más viejo y más gordo; pero por suerte tengo la misma &#8211; o incluso más &#8211; cantidad de pelo.</p>
<p>Y durante este año que pasó, pasó de todo. Recibí comentarios que me hicieron sentir insultado (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/31/el-dia-de-la-bolsa-verde/" target="_blank">El día de la bolsa verde</a></em>), intentos de redención o recuperación de mi alma perdida (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/07/18/san-federico-y-las-verdades-absolutas-del-dios-de-los-ateos/" target="_blank">San Federico y las verdades absolutas del Dios de los ateos</a></em>), y recibí muchos – demasiados – mensajes de apoyo, halagos, palabras amistosas y cariño cibernético.</p>
<p>El resultado del experimento superó todas mis expectativas.</p>
<p>Hoy, solamente un año y treinta y cinco mil páginas vistas después, <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> tiene más de quinientos seguidores habituales, y se ha transformado en una parte fundante de mi vida. Es troncal, constituyente y balsámico. Me permite alzar la voz cuando siento rabia, encontrar palabras amigas cuando estoy triste, deshojar despacio los pétalos multicolores de la maravillosa infancia de mis hijos, decir en voz alta y con total impunidad cualquier cosa que me pase por la cabeza y, sobre todo, sentirme entre amigos.</p>
<p>No es baladí.</p>
<p>Sentirse entre amigos, para alguien que vive a diez mil kilómetros de su casa es un auténtico alto en el camino, un remanso privado, un poco de aire fresco en las mejillas.</p>
<p>Pero sobre todo, y más allá de todo, esta experiencia refundó mi sueño de juventud.</p>
<p>Ahora vuelvo a soñar con ser escritor, tras veinte años programando computadores a oscuras (aunque con verdadera pasión).</p>
<p>Y es curioso cómo suceden las cosas. Mejor dicho, cómo uno consigue, a veces sin proponérselo, que las cosas sucedan.</p>
<p>La pulsión inicial que me llevó a publicar en el blog fue egoísta: es la necesidad de recibir una palmada en la espalda, que los demás te digan lo bien que lo estás haciendo, perderte en la miel de las palabras, los agradecimientos y los halagos ajenos. No pensaba recibir a cambio más que eso.</p>
<p>Y sin embargo, y totalmente gratis, recuperé mi sueño de juventud, el mío más privado, el más personal, ese en el que no puede entrar nadie, ni mi mujer ni mis hijos ni mis amigos ni mis padres. El más íntimo, el de escribir de verdad, el de lograr alguna vez a vivir de la escritura.</p>
<p>No sé si alguna vez llegaré a ser escritor. Tampoco sé cómo se mide eso (¿se mide por la cantidad de gente que te lee o simplemente por lo que uno escribe? ¿Se mide por el éxito en ventas de una novela o por su calidad?), pero en este momento no me importa demasiado.</p>
<p>Quienes no escriban de ustedes, mis queridos lectores, no pueden ni imaginarse lo difícil que es soñar con ser escritor. Se te mezcla todo. A veces crees que estás arañando la soberbia. Otras veces sientes que es del todo imposible. Siempre te preguntas qué van a comer tus hijos, si lo único que quieres es escribir. Casi siempre acabas sintiendo que es una tontería, que mejor concentrarse en lo que te da de comer.</p>
<p>Es frustrante.</p>
<p>Por eso no pude sostener ese sueño. Por eso, en un momento de mi vida, renuncié a él y me dediqué con todas mis energías a programar computadores.</p>
<p>Diez años después, el ejercicio mismo de la escritura, el ritual privado de fin de semana de sentarme a escribir, pulir y corregir un texto, buscar una imagen que lo resuma, publicarlo en el blog y recibir a cambio palabras y más palabras, me permitió descubrir que eso era lo único que me hacía falta para mantener vivo mi sueño: <em>Palabras.</em> Las mías y las de ustedes. Las de aliento y las de desacuerdo.</p>
<p>¿A quién se le agradece?</p>
<p>¿A internet?</p>
<p>¿A mí solo?</p>
<p>¿A ustedes?</p>
<p>¿A mi mujer y a mis hijos?</p>
<p>¿A todos?</p>
<p>No lo sé, pero tampoco me importa demasiado en este momento. Lo que quiero es que celebremos juntos. Hay mucho que celebrar. El primer año de vida de <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> es un buen motivo, pero lo verdaderamente importante es el espacio en el que nos encontramos todos, escribiendo y leyendo, llorando y riendo, recuperando nuestros sueños, compartiéndolos y, sobre todo, creyendo que, poco a poco, los vamos haciendo realidad.</p>
<p>Gracias por leer.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, Agosto de 2010.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>La Muerte y las palabras</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 09:08:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Por la misma sabiduría de la naturaleza y del orden de la vida, durante la niñez no se muere casi nadie. A medida que uno va creciendo se comienzan a morir personas. Por lógica, primero tus abuelos. Después gente conocida. Después, probablemente, los padres de uno. Luego se empiezan a morir tus iguales, tus amigos, los que tienes cerca. Entonces empiezas a pensar que tu número puede venir en cualquier boleto. Cualquier giro de la ruleta te puede vestir con un traje de madera.</p>
<p>Es el orden natural de las cosas. Es la forma que tiene la vida de prepararnos para la muerte.</p>
<p>En mi caso, cuando murieron mis abuelos, estaba preparado. Lo recuerdo con dolor, pero no con excesiva angustia. Incluso recuerdo los velatorios como un momento de encuentro familiar. Lágrimas, sí. Tristeza, sí. Pero sin drama. Ancianos que habían vivido, fornicado, procreado, sufrido y disfrutado de la vida, y luego habían muerto.</p>
<p><span id="more-656"></span>La primera vez que me quebré en un velatorio fue en 1997, cuando murió el “Poyo” Pollini. Uno de los amigos verdaderamente cercanos de mi padre. Una persona entrañable. Había estado presente en toda mi vida. Yo tenía veinticuatro años. Lo quería, pero lo quería como quieren los niños a los amigos de sus padres. Cuando supe la noticia me entristeció, pero no derramé ni una lágrima. Sin embargo, por alguna razón, cuando estuve frente al féretro, algo se me rompió en el pecho. Lloré con amargura, desconsuelo y algo de vergüenza.</p>
<p>Años después, pensando en el tema, me dí cuenta de dos cosas. La primera fue que lo quería mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir, incluso a solas conmigo mismo. La segunda fue que mi angustia y mi llanto eran por él, pero también por mí. Era la primera vez que perdía a alguien fuera del guión. La primera vez que se moría alguien que no tenía por qué haberse muerto. No era un anciano. Era alguien como mi papá. Era una referencia fuerte de mi vida. Fue la primera vez que tuve la certeza de la muerte. Fue un aviso concreto. Fue el día que entendí por fin que todos nos podemos morir en cualquier momento.</p>
<p>Más adelante me he preguntado muchas veces por qué quedan los velatorios en el recuerdo tan difusos. Cuando intento recordar detalles, es bastante complicado. Creo que es porque son situaciones en las que el grupo humano se divide en dos. Por un lado los deudos principales: familiares directos, hijos, hermanos, cónyuges y amigos muy íntimos. Son los que lloran sin vergüenza y relatan a los demás los pormenores de la muerte. Del otro lado, todo el resto de los asistentes que echan mano de las mismas palabras de consuelo, las frases hechas, las palmaditas en el hombro.</p>
<p>Frente a la muerte nunca sabemos qué decir.</p>
<p>¿Qué se le dice a quien acaba de perder a alguien? ¿A un hombre hecho y derecho que se ha quedado huérfano a los cincuenta años? ¿A una anciana que cambia su estado civil a viuda, justo ahora que todo estaba tan tranquilo?</p>
<p>Durante muchos años pensé que era una situación tremendamente hipócrita. Sentía que a quien acaba de morírsele alguien importante, realmente le aporta poco consuelo que una tía de la hermana de su cuñado le diga, compungida, que cuánto lo siente, que hay que ver que injusticia, que nos dejan siempre los mejores. Pensaba que, estando en el sitio del que más sufre, del que se queda, el que aguanta en sus brazos el impacto brutal de la muerte, realmente tenía que ser un calvario aguantar el desfile de caras contritas, los susurros en los rincones, las fronteras de su propia familia cerrando filas para decir, uno tras otro, las mismas palabras vacías encerradas en un perfume de flores frescas. Pensaba que el aliento helado de la muerte se llevaba las palabras verdaderas, y que toda la situación tenía algo de ridículo, de grotesco y de tremenda incomodidad.</p>
<p>Muchas veces me he prometido a mí mismo, cuando estoy del lado de los que repiten la letanía litúrgica de condolencias formales a los deudos, no abrir la boca si no tengo algo sustancial que decir. Creía que era mejor no decir nada que informarle a una persona quebrada por el dolor que lo siento mucho, que acompaño, que estoy allí. Es algo que a pesar de las lágrimas puede verse, y me sonaba falso, vacío, sin contenido. Muchas veces me he quedado callado frente a una persona que lloraba una pérdida. Me he limitado a dar un abrazo, a una sonrisa medida y respetuosa, a una mirada a los ojos, a transmitir un apoyo silencioso, a intentar acompañar desde el tacto y la vista, más que desde el oído.</p>
<p>El jueves de esta semana ocurrió uno de esos casos que me dan rabia y dolor. Esas veces que la muerte se salta el guión, y en lugar de llevarse a alguien que ha vivido su vida, le arrebata el resto a una persona joven, a alguien que solamente ha consumido la mitad de lo que por derecho le correspondía.</p>
<p>Era una lectora de este <em>blog</em>. Una ex compañera de trabajo. La verdad es que nos conocimos más por internet después de dejar de trabajar juntos que cuando nos veíamos frecuentemente. Pero era una persona a la que yo apreciaba especialmente. Era una persona con ángel propio, con una historia repleta de emociones, una persona que tenía palabras bellas que dar. Una persona que me hacía sentir cercano a ella cuando comentaba mis textos, cuando bromeábamos por <em>facebook</em>. Una persona valiente, que no ocultaba ni negaba su drama personal, que lo miraba a la cara, que lo enfrentaba de forma directa, sin más miedo que el miedo necesario, el que no se puede esquivar, el que todos sentimos cuando comprendemos que la muerte ronda.</p>
<p>Una persona con la que me apetecía mucho encontrarme, y llevábamos ocho meses posponiendo una cerveza, siempre por razones prácticas, logísticas.</p>
<p>Una cerveza que ya no podrá ser.</p>
<p>Cuando me enteré –lamentablemente, vivir en otra ciudad me impidió acercarme –, intenté decirle algo a su novio, a quien también aprecio mucho, y de quien también he sido compañero de trabajo. De golpe vinieron a mí todos mis pensamientos sobre las frases comunes de la muerte, sus palabras oscuras y lo difícil que es transmitir apoyo. Quería enviarle un mensaje, decirle algo sincero, y solamente acudían a mí los lugares de siempre, las palabras maltratadas de los pésames prefabricados.</p>
<p>Entonces me dí cuenta de algo. Por primera vez sentí que el desfile de personas cercanas repitiendo fórmulas corteses no era una hipocresía, sino un ritual necesario, una liturgia convenida para dar, juntos, el primer paso de los que nos quedamos. Caí en que, una vez pasado lo peor, lo más difícil es encontrar el camino de vuelta a la normalidad. Seguir viviendo, continuar lo que había, pero sin el que se fue. Entonces, que los que te quieren mucho, los que te quieren bastante, los que te quieren un poco y los que te conocen y les caes simpático se acerquen, te den la mano, te digan lo que sabes que van a decir, te ofrezcan el apoyo que sabes que te van a ofrecer, y te repitan las palabras de la muerte, las que se dicen siempre, es una puerta clara para volver a ese camino, es una demostración de que las cosas siguen funcionando como funcionaban antes del paso de la muerte. Es la evidencia de que la vida sigue, que es lo más importante que pueden recibir los que se quedan.</p>
<p>Por eso hoy, he decidido romper el silencio respetuoso que siempre he guardado en estos casos, y pronunciar, yo también, las palabras de la muerte. Para decir en voz baja que, mientra seamos capaces de recordar a los que se fueron como se merecen, el camino sigue. Hay más lágrimas y más dolor a la vuelta de la esquina, pero también, unos metros más allá, puede que vuelva a salir el sol, puede que una lluvia nos refresque y nos limpie, y probablemente la mejor manera de honrar la memoria de los que se fueron sea vivir la vida con ganas y con vocación de disfrutarla.</p>
<p style="text-align: right;"><em>A Belén, que ya no está, y a Ricardo, con mucho afecto.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 25 de Julio de 2010</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jul 2010 08:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>El cigarrillo se consumía, y entonces rescaté mi recuerdo más antiguo de un mundial. Fue el 25 de junio de 1978. Yo tenía entonces cinco años, y no se podía decir de mí que sintiese verdadera pasión por los deportes de contacto. Era mas bien un niño tranquilo. Me gustaba leer y armar rompecabezas. Me gustaban las palabras, como ahora.</p>
<p><span id="more-629"></span>La dictadura militar Argentina ocultaba bajo las gradas repletas de hinchas entusiasmados los cuerpos masacrados de los opositores al régimen, pero de esto tampoco me enteraba.</p>
<p>Sin embargo, y a pesar de eso, sucedió.</p>
<p>Argentina fue campeón del mundo.</p>
<p>Y entonces todo fue euforia. No tengo imágenes propias del partido, ni de los jugadores, más allá de los bigotes borrosos del <em>Matador </em>Kempes<sup class='footnote'><a href='#fn-629-1' id='fnref-629-1'>1</a></sup>, y el casquillo de pelo de Daniel Pasarella. Ni siquiera recuerdo en qué momento salimos de casa, ni cómo llegamos a la calle. Pero lo que no olvidaré jamás es la sensación de la alegría desbordada. Cerrando los ojos aún puedo verme, de pie sobre el asiento trasero de un Peugeot 504 blanco, asomando en medio de dos de mis hermanos por la abertura del techo, mientras mi padre conducía a 6 Km/h en medio de una multitud enloquecida, y los papelitos, miles, millones de papelitos volando, revoloteando y tapizando las calles de ilusión y alegría. Y yo viendo el mundo desde mis ojos de niño, gritando, cantando, festejando.</p>
<p>Y a pesar de el campeonato, seguí sin estar interesado en los deportes de contacto.</p>
<p>Cuando me quise acordar, llegó México 86. Tenía trece años.</p>
<p>Todavía puedo sentir la explosión de ira en aquél maravilloso gol de Diego a Italia que empataba definitivamente un partido trabado y aburrido, en un bar abarrotado de adolescentes gritando, cerveza y humo de tabaco. No tengo que hacer ningún esfuerzo para evocar el corazón golpeando fuerte durante la galopada interminable de Maradona para hacer el memorable gol que le endosó a Inglaterra después de quebrarles la cadera a seis jugadores rivales. Y nunca voy a olvidar cuando me desperté, a las 6:30 de la mañana del 29 de junio, con el cuerpo completamente pintado de rojo de la cintura para arriba, cubierto de miles de molestos granitos producto de una inoportuna escarlatina. Mi padre me acostó en su cama, y movió nuestro televisor blanco y negro hitachi de catorce pulgadas a su habitación, para que todos viesen el partido a mi alrededor. Noventa minutos de angustia y magia, y unos ridículos cartelitos sobreimpresos que proclamaban ¡¡¡ARGENTINA CAMPEÓN MUNDIAL!!!, mientras la alegría desbordante se diluía en una frustración infinita al darme cuenta de que me perdería el festejo, la celebración que mareó las calles de Buenos Aires de una borrachera de pelota y gol.</p>
<p>Seguí sin ser demasiado aficionado a los deportes, pero Italia 90 me volvió a encontrar desbordado de emociones, sensaciones, miedos profundos y gritos desgarradores en las interminables tandas de tiros penales que volvieron a llevar a la Argentina a una final. Y todavía, sin esfuerzo, puedo saborear la amargura de la derrota injusta en la final contra Alemania.</p>
<p>Toda mi historia está salpicada de esos momentos. Como cuando nos juntamos varios amigos muy cercanos para ver, de madrugada, en casa de Emilio, el partido de repechaje contra Australia para ir a Estados Unidos 94, o el maravilloso 30 de junio de 1998, en el que eliminamos a Inglaterra por penales en los octavos de final del mundial de Francia.</p>
<p>Y sin embargo, sigo sin practicar deportes de contacto.</p>
<p>Mis hijos tampoco lo hacen demasiado, porque los padres intentamos transmitirles nuestras mejores cosas, muchas veces sin éxito, pero sin querer les transmitimos exitosamente todos nuestros defectos.</p>
<p>La mañana transcurrió sin novedades. Mis hijos se pusieron sus camisetas de Argentina y allá nos fuimos los tres a la plaza, ataviados con nuestras galas de fútbol.</p>
<p>Después de comer, me preparaba para irme a un bar a ver el partido en compañía de un amigo, cuando Pablo se me acercó.</p>
<p>-       Papá, ¿puedo ir contigo a ver el partido?</p>
<p>Una vez más, mi debilidad de hombre moderno, mi superyó políticamente correcto de la era de la hipocresía, me dictó lo que debía decir. Le respondí como un padre:</p>
<p>-       De ninguna manera. Tú te quedas en casa.</p>
<p>-       ¿Por qué? – preguntó, haciendo pucheros.</p>
<p>-       Porque un bar no es un lugar para niños. Estará todo el mundo fumando, y te aburrirás.</p>
<p>-       No, no me aburriré.</p>
<p>-       Pablo, – argumenté – cuando papá ve un partido en casa te aburres como un hongo. Es un partido muy largo, y papá lo quiere ver tranquilo.</p>
<p>-       Es que quiero ver a Argentina.</p>
<p>-       Mi amor, no. Si quieres te llamo cada vez que algún equipo marque un gol.</p>
<p>Mi hijo me miró con profunda decepción. Rompió a llorar con auténtico desconsuelo mientras, entre lágrimas, repetía sin parar: “<em>Es que quiero ver el partido. Quiero ver a Argentina. Quiero ir contigo</em>”. Yo intentaba calmarlo, y convecerlo de que mi decisión era correcta, que no correspondía llevar a un niño de seis años, que se aburriría, que me pediría que lo trajese de vuelta a casa a mitad del primer tiempo, que esto son cosas de <em>grandes</em>.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Continuaba llorando sin parar.</p>
<p>Entonces, de golpe, me dí cuenta de que estaba actuando como un padre, pero lo que mi hijo necesitaba en ese momento no era un padre. Era un hombre. Era un conciliábulo de hombre a hombre. Dos amigos que aguantan juntos la ilusión, los nervios, el nudo en el estómago. Él no percibía el fútbol, sino mis emociones, y no estaba dispuesto a quedarse fuera de eso. Necesitaba un compañero de juergas, un borracho emocionado que le dijese cuánto lo quería, para olvidarlo al día siguiente. Necesitaba un igual con quien compartir su ilusión y su dolor.</p>
<p>-       Ven aquí – lo llamé, emocionado. Se acercó, con el pechito sacudido por espasmos de pena, los ojos brillando al calor inclemente de la tarde y los mocos transparentes perlando su labio superior.</p>
<p>-       ¿Qué? – me respondió, enojado conmigo y con el mundo.</p>
<p>-       ¿Por qué te importa tanto?</p>
<p>-       Porque quiero ver a Argentina contigo.</p>
<p>Le limpié las lágrimas con mis pulgares y lo miré profundamente a los ojos.</p>
<p>-       Está bien, vale – concedí. – Vas a venir conmigo, pero prométeme que te portarás bien, y que si te aburres te aguantas.</p>
<p>Su carita se iluminó de golpe, los ojos se le abrieron grandes, más grandes que nunca, y una felicidad nueva le renació por debajo de la angustia. Su sonrisa repentina amenazó con salirse de su rostro.</p>
<p>-       Búscate un juguete pequeño para llevarlo, así puedes jugar si te aburres.</p>
<p>En dos minutos se plantó ante mí. En una mano tenía un cachirulo para armar que le regaló su abuela por su cumpleaños, y en la otra una libretita con las tapas del Barcelona y un bolígrafo.</p>
<p>-       Llevo esto para anotar los goles.</p>
<p>En una página había escrito: “Argentina   Alemania”, separados por la típica “T” para anotar tanteos.</p>
<p>Allá nos fuimos.</p>
<p>Se sentó como un auténtico hombrecito, algo que no tuve que enseñarle, lo sabía desde antes de nacer, porque aunque no queramos llevamos escrito en la sangre cómo se mira un partido de fútbol, cómo se sufre y como se recuerda. Un codo sobre la mesa, sosteniendo con la misma mano su vaso de té helado, mientras miraba la pantalla gigante dentro de la cual Alemania, lentamente, comenzaba a aplicarnos un doloroso correctivo.</p>
<p>Finalizada la primera parte, yo estaba de mal humor, nervioso, intranquilo. Casi me había olvidado que el tercer hombre de nuestra mesa era mi hijo de seis años. Me había comportado como se comporta un hombre entre hombres. Entonces lo miré, y no pude evitar sonreírle. El sonrió y me dijo:</p>
<p>-       ¿Pedimos algo para picar?</p>
<p>Después, el desastre. Nos pasaron por encima. Grité, me enrabieté. Cuando una sarta irrepetible de insultos brotaban de mi garganta, cerrando el bullicio del tercer gol, mi hijo me trajo de vuelta, diciéndome:</p>
<blockquote><p><em>“Papá, no grites así, que no estamos en casa”.</em></p></blockquote>
<p>Me aguanté como un hombre las ganas de llorar, y pensé que ni siquiera él sabía cuánta razón tenía. Volví a acariciar sus mejillas infantiles, y por primera vez en mi vida sentí alivio durante una derrota de mi selección. No me importó tanto perder, porque me dí cuenta de que no recordaré el 3 de julio de 2010 como el día que Alemania nos humilló frente al mundo entero, echándonos nuevamente en cuartos de final de un mundial, sino como el día en el que mi hijo de seis años me brindó su ilusión, me ofreció como un hombre su corazón de niño, arrimó su hombro al mío para soportar juntos la derrota – que es mucho más difícil de compartir que la victoria – y me hizo saber, a pesar suyo, que aunque viva a diez mil kilómetros de mi casa, siempre puedo contar con él.</p>
<p>Gracias por el fútbol.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
<div class='footnotes'>
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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/05/30/el-color-de-los-recuerdos/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
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		<title>Sobre la amistad, justo antes de partir</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Feb 2010 10:24:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y no es que tema volar. Probablemente si sumo las horas que he pasado en aeropuertos y aviones, obtendría dos o tres meses de buena vida. No me produce el menor nerviosismo el hecho de sumar mis noventa kilogramos al espeluznante cóctel de más de trescientas cincuenta toneladas de metal, carne humana, combustible altamente inflamable y bandejitas con comida tibia que conforman un vuelo de pasajeros transcontinental. Simplemente altera la línea de tiempo de mi consciencia el compás de espera, las largas horas muertas, el murmullo dormido durante una docena de horas de los motores diciendo su letanía contaminante, los rostros desconocidos por doquier, la suma de pares de ojos que ocultan verdades y vergüenzas variadas, la pantomima de amabilidad y servicio degradadas a un espacio cúbico ínfimo. Y es que no puedo concebir una manera más efectiva de perder el tiempo.</p>
<p><span id="more-525"></span>Lo curioso, sin embargo, es que tamaño despropósito suele compensarse por un resultado posterior. Normalmente un aparato de aviación civil me lleva a un encuentro. Esta vez, con dos amigos.</p>
<p>Éramos tres amigos, en Buenos Aires, en las noches de invierno y en las de verano. En viajes delirantes al sur de la Argentina, mochila al hombro, muchos pasos y pocos pesos, latas de arvejas y linternas sin pilas, lagos fríos, café instantáneo calentito en jarros de peltre. Éramos muchos más, por supuesto, más amigos, más adolescentes, más soñadores, más inquietos.</p>
<p>Pero los naipes son los naipes, y su orden de salida es caprichoso, arbitrario y absurdamente honesto, bajo la permanente sospecha de deshonestidad. La baraja es algo que nadie domina sin hacer trampas. Y los naipes salieron como salieron. Mezcladas entre muchas historias de amigos que se quieren, de amigos que se pelean, de amigos que siguen y de amigos que ya no están, de recuerdos amargos y dulces, de personas imborrables que dejaron una sombra de presencia aunque hayan partido, la historia de estos tres amigos siguió su curso, un derrotero escarpado y misterioso, un río que a veces fluye caudaloso, y otras se transforma en un hilillo de agua tibia, pero que nunca se detiene.</p>
<p>Éramos tres amigos que descubríamos juntos el mundo. La pasión de las palabras, la política, la esperanza y la decepción. Exploramos juntos muchos senderos, por separado otros. El camino de la piel femenina, bajo una emoción intensa cargada de hormonas, de descubrimientos. A veces creo que hacer asomar a un hombre joven desde los huesos de un adolescente no se trata de otra cosa que de aprender que la mayoría de las cosas, cuando suceden, no tienen nada que ver con la idea previa que se construye desde los sueños, la fantasía, los libros y las películas. Así, el amor de una mujer es mucho menos rosa, pero más profundamente maravilloso y misterioso, inabarcable y oscuro, perverso, también. No sólo gratifica, sino que además duele, lastima, castiga y recompensa. El trabajo, por su parte, no es la panacea de la realización personal y las metas conseguidas, sino una larga sucesión de rutinas enredadas, entrelazadas, que se perpetúan a sí mismas, esporádicamente interrumpidas por pequeños avances, por ínfimas conquistas, por batallas ganadas con un tenedor y una cuchara. La paternidad, en cambio, es una sorpresa violenta. Lo que estaba destinado a ser el día más feliz de tu vida, se transforma sin previo aviso en el susto más grande que eres capaz de experimentar, seguido de una vergüenza secreta por creer que no estás viviendo lo que se supone que deberías estar viviendo. Y entonces, cuando empiezas a creer que no sirves para eso, se revela como una tarea de todos los días, como una pequeña comunión cotidiana, en la que las cosas van acomodándose sin permiso, sin advertencias, y también sin remedio, para hacerte feliz, pero también cauteloso, contradictorio, juguetón y claramente insuficiente. Y la amistad, claro está, no puede faltar a la cita. La amistad se transforma, y te vas dando cuenta de que la intensidad que se puede vivir en una amistad a los quince años, está hecha justamente de ese material ingrávido que ocupa el pecho antes de tantas batallas perdidas y desengaños, cuando todavía el mundo es una fruta pendiente de madurar. Después, cuando eres capaz de comprenderlo, ya es tarde. Puedes hacer lo que quieras, lo que te parezca, intentarlo de mil formas diferentes, pero un hombre nunca volverá a ser capaz de abrir su corazón a otro hombre como lo hacía a los quince años.</p>
<p>Cuando, después de tantas millas voladas, de tantas cicatrices invisibles, de tantos golpes arteros, finalmente te das cuenta de cuánto te importa, resulta que hace demasiado tiempo que todo explotó. El reverso de los naipes que cada uno de los amigos tiene en las manos es de diferente color. Están jugando con barajas distintas, y ya no es posible volver a la misma partida.</p>
<p>En la historia de estos tres amigos en particular, uno de ellos tuvo hijos en Buenos Aires. Otro en Montreal, Canadá, y un servidor en Barcelona. Nos hicimos hombres a una distancia de cinco dígitos en kilómetros.</p>
<p>Y sin embargo, la distancia sumada de estas tres ciudades no ha podido con lo más auténtico, con el núcleo vital de lo que nos dimos en su momento, el puñado de confesiones y secretos más antiguo. Desde entonces, cada vez que podemos, coincidimos. Pero esta vez es especial. Hemos hecho un esfuerzo enorme para encontrarnos en un punto intermedio: México.</p>
<p>Cada uno de los tres ha conseguido una pausa en sus trabajos, con sus mujeres, con sus hijos, solamente para robar cinco días completos, ciento veinte horas seguidas para renovar la amistad, para mezclar las tres barajas con reversos de colores distintos y jugar a solas una partida interminable, una tanda de confesiones de hombres que no han olvidado cómo eran de adolescentes, un intercambio sincero de ilusiones vivas, de derrotas personales, de pequeñas victorias, de fantasías de esas que solamente se pueden confesar entre grandes amigos.</p>
<p>Por eso estoy conmovido. Me esperan cinco días que me obligarán a reconocer, sin concesiones, frente a dos <em>amigos</em>, quién soy hoy. Las partidas que he perdido y las que he ganado. Lo que hago bien y lo que hago mal. Lo que soy capaz de dar y lo que soy capaz de recibir, también.</p>
<p>Por eso, queridos lectores, pido disculpas, porque la semana que viene faltaré a la cita religiosa con este <em>blog</em>. Sepan que no habrá <em>post</em>, pero será porque estoy concentrado en reunirme con algo propio, personal, que luego me dará materia prima para muchos otros <em>posts</em>.</p>
<p>Y los tres amigos brindaremos, con alcohol y con café. Fumaremos tabaco rubio y, sobre todo, nos daremos el permiso, entre hombres, de hablar una vez más como chicos. Después, el control de seguridad del aeropuerto de salida, nos obligará a volver a separar las tres barajas por colores, y lo haremos, obedientes, para regresar a nuestras vidas, armadas con esfuerzo y con amor, que nos gustan, a pesar de transcurrir lejos de los amigos. Pero esos cinco días de encuentro nos darán fuerza e ilusión, y de esa fuerza surgirá la habilidad, frente al guardia del aeropuerto, para que cada uno de nosotros, al guardar su baraja, se lleve, oculto en una manga, un comodín de la baraja de cada uno de sus dos amigos.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2010 10:29:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.</p>
<p><span id="more-485"></span>Hace veinte años entraba en la década de los noventa, y aún creía que nunca iba a cumplir veinte años. Creía que el tango era cosa de viejos, y que nunca jamás me iría de la Argentina. Creía que el amor era como en las películas, y que las películas se parecían a la vida. Creía que la vida era ilimitada, que mis pulmones eran de amianto y mi estómago – plano y musculado, sin ningún esfuerzo – era indestructible. Hace veinte años creía que estaba llamado a ser un líder. Creía que mi inteligencia y mi pasión infinita tenían un destino insoslayable de tinta y papel, de tormenta eléctrica y una primavera perenne de ideas nobles.</p>
<p>Hace veinte años ya, y un poco más quizás, cuando la persona que soy recién empezaba a asomar del cascarón, descubrí de la mano de Pablo y Emilio, mis dos grandes amigos, el verdadero significado de la amistad masculina. No la gran amistad que narra la épica, ni la de las personas sabias que intercambian correspondencia para la posteridad y solaz de los historiadores. Ni siquiera la amistad de los adolescentes, la de darse empujones entre risas durante una noche de invierno en la entrada de un <em>boliche</em>. Descubrí la amistad de andar por casa, la que te hace sentirte cómodo. La amistad calzada con pantuflas y que no teme reconocer que fue ella la que se tiró el pedo. La amistad de las confesiones susurradas a la hora en la que no queda nadie más levantado, sino solamente un par de borrachos que son tan amigos que no tienen nada mejor que hacer que decirse cuánto se quieren, confesarse las vergüenzas más profundas y quejarse de sus padres y sus novias, mientras riegan el amanecer incipiente con sus propias lágrimas de sal.</p>
<p>Hace veinte años también – redondeando – que descubrí la piel. No el envoltorio de los homínidos, sino la superficie de intercambio con el mundo, la máxima expresión de la pequeña frontera que nos define, permitiéndonos compartirnos enteros con quien nos parezca. Descubrí la piel femenina, y que las hormonas alborotadas e impacientes, después de la urgencia de conocer y de saber de qué se trataba eso del sexo, podían y sabían, sin que nadie les enseñe, dejar paso a una emoción profunda, a un misterio oscuro de tacto y suavidad. Descubrí también, al descubrir eso, que no había descubierto nada, que no sabía nada y que tenía que aprender a invocar al silencio, para permitirme escuchar, en un susurro casi inaudible, los secretos que en penumbra cuenta la piel de una mujer cuando se la acaricia con verdadera ternura. Después descubrí también, con amargura, que el amor no estaba hecho de eso. O al menos no solamente: hacía falta entrega, corazón, humildad, complicidad y otro montón de cosas todavía más difíciles.</p>
<p>Hace veinte años descubrí que tenía un enorme talento para sufrir, y un pequeño montón de habilidades moderadas para dar sin esperar recibir, para la generosidad, el egoísmo, la comprensión, la lealtad, la vergüenza, el silencio, las palabras, la contemplación, la sinceridad y la mentira, y sobre todo, para admirar a personas comunes, que es mucho más difícil que admirar a los héroes y a los probos. Hace falta mucho esfuerzo para aprender a admirar el trabajo de nuestros padres, a nuestros amigos, a los viejos, a las mujeres que lo dan todo por sus hijos.</p>
<p>Y como parece ser que hace veinte años de todo, hace también veinte años que empecé a pensar que tenía que deshacerme de mi niño privado, de ese pichón de Aprendiz de Brujo que disfrutaba con la fantasía y la ciencia ficción, que adoraba a <em>Batman</em>, al <em>Zorro</em>, a <em>Flash Gordon</em> y a <em>Spiderman</em>, pero también a <em>Tom Sawyer</em>, a <em>Sandokán, Peter Pan</em> y <em>La Pequeña Lulú</em>. Hice mucho esfuerzo, hasta que lo maté sin ningún sentimiento de culpa y supe que podía dedicarme a hacerme <em>grande</em>. No sospechaba cuánto me iba a arrepentir, ni cuánto trabajo me costaría recuperarlo para mis hijos, de a pedacitos.</p>
<p>Hace la mitad de veinte años que dejé la Argentina, asustado, sintiéndome pequeño e ilusionado, en un avión que transportaba veinticinco toneladas de carne humana y tres valijas con todas mis posesiones terrenales, entre otras cosas. Tenía los sueños torcidos y la ambición a flor de labios. Tenía miedo, valentía y un puñado de cicatrices escondidas detrás de un racimo de amores muertos. Tenía quince discos de <em>Joan Manuel Serrat</em> y cuatro o cinco pequeñas venganzas pendientes. Tenía algunos trajes, y muchos papeles viejos llenos de letras sin sentido aparente. Tenía un tatuaje en el hombro derecho y dos cartones de cigarrillos argentinos.</p>
<p>No podía imaginar que, cuando hubiese pasado la primera mitad de la segunda mitad de esos veinte años, la cabecita rosada y deformada por el esfuerzo del parto de mi primer hijo haría soplar un viento fresco que se llevase las venganzas muertas, como hojas secas, ni que un llanto rojo y espeso me inundaría el pecho para reclamar el regreso al país de nunca jamás, la vuelta definitiva de todos los niños que fui, el perdón absolutorio para todos los pequeños rencores que alimentaba con paciencia. Tampoco sabía que era el primer paso de un camino de vuelta, del regreso a la primera mitad de la primera mitad de esos veinte años, el resurgir de mis palabras apertrechadas. No sabía que, al final de esos veinte años de nada, iba a tener tantos motivos para recuperar de las cenizas la mejor versión de mí mismo, que iba a mudar la piel, como las serpientes, y encontrar debajo una piel nueva, igual a la vieja, pero más sensible y mejor conservada, dispuesta a aprender nuevamente de cada contacto, de cada chispa, de cada golpe.</p>
<p>Y ahora que termina la segunda mitad de la segunda mitad de los últimos veinte años, entonces descubro que peso veinte kilos más, que sigo sin saber nada de todas las cosas de las que no sabía nada hace veinte años, pero en cambio aprendí a recordar que no sé nada antes de equivocarme. Y aunque <em>veinte años no es nada</em>, esa nada me deja entre las manos dos hijos perfectos, la mujer con la que quiero estar, un puñado de amigos de verdad, varios montones de personas a las que quiero cerca y un montón de palabras por decir.</p>
<p>Hace seis días que empezaron los próximos veinte años, y ahora que estoy viviendo la primera mitad de la primera mitad de esos próximos veinte años, no encuentro mejor manera de hacerlo que compartiendo con todos ustedes lo poco que aprendí en la nada de los últimos veinte años, y teniendo siempre presente que no hay mejor manera de vivir que <em>con el alma aferrada</em>, pero no solamente a los dulces recuerdos, no solamente a las lágrimas, sino a lo que viene, a lo que <em>hacemos</em> venir con nuestra energía, con nuestra pasión, con nuestras ideas y nuestras palabras.</p>
<p>Los reyes me trajeron una letra de tango con música de <em>Rock &amp; Roll</em>, ejecutada por una orquesta sinfónica, con coros guturales de conjunto de <em>Gospel</em> y estética <em>Pop</em>, y a pesar de que las partituras están amarillentas y ajadas, son vigentes y frescas, y más allá de la absurda mescolanza, la música resultante suena maravillosamente bien, es dulce y profunda, y hace que sea imposible no sentirse lleno de optimismo.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Charlas de Hombre a Hombre II: Un nuevo enfoque</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 16:17:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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										</div>Recordarán quienes sigan las vicisitudes de la accidentada vida emocional de mi hijo Pablo (ver Charlas de Hombre a Hombre y Charlas de Mujer a Mujer), que dejamos el relato de sus tribulaciones amorosas en el álgido punto en que su pretendida, acosada por el ímpetu seductor de más de dos y de más de &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/01/charlas-de-hombre-a-hombre-ii-un-nuevo-enfoque/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Ensombrecido por la derrota, Pablo eligió el camino que tantas veces nos hemos prometido algunos a nosotros mismos: <em>“Nunca más me voy a enamorar de nadie”</em>. Simplemente lo decidió y ya está, de un día para otro, Celia quedó borrada para siempre de su dolorido corazón.</p>
<p>Nosotros, como padres modernos y sin prejuicios que somos, siempre le hemos dicho a Pablo que se pueden casar también hombres con hombres y mujeres con mujeres, y que, llegado el caso, pueden adoptar niños. Así que rápidamente halló la solución definitiva y perfecta para su mal de amores:</p>
<p><span id="more-409"></span>-          Papá, ya lo decidí: me voy a casar con el Alex. – es su mejor amigo y compañero de clase.</p>
<p>-          ¿Sí? – pregunté, sorprendido.</p>
<p>-          Sí, total, vamos y buscamos un niño de ésos, y ya está.</p>
<p>-          Vale, me parece perfecto.</p>
<p>Durante varias semanas mantuvo esa postura. El tema salía con relativa frecuencia, y él ya hacía sus planes. Dado que su intento previo de hacerlo su hermano y traerlo a vivir a casa había fracasado repetidas veces frente a nuestra negativa y la de los padres de Alex, había decidido que ni bien pudiesen irían a vivir juntos: vida resuelta. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que una tarde de sábado, mientras perréabamos toda la familia en el sofá, a Gloria y a mí nos dio por besarnos (cosa que por otra parte hacemos con frecuencia y que los niños habían visto ya miles de veces). Algo llamó la atención de Pablo, y preguntó:</p>
<p>-          ¿Por qué os besáis?</p>
<p>-          Bueno&#8230; porque somos novios, y los novios hacen eso: se besan.</p>
<p>-          Ah&#8230; ¿Todos los novios se besan?</p>
<p>-          Claro. Mira, por ejemplo tú, si te vas a casar con Alex, tendrás que dormir con él y darle besos en la boca, como todos los novios.</p>
<p>Primero puso cara de incredulidad, pero la seriedad mía y de su madre le confirmaron que se trataba de una verdad como un templo: <em>Los novios se besan en la boca</em>. Entonces su carita se contrajo y los planes de las últimas semanas quedaron instantáneamente desbaratados con una sola exclamación:</p>
<blockquote><p>-          ¡¡¡¡¡Qué asco!!!!!</p></blockquote>
<p>Su futuro estaba nuevamente oscuro. La boda se suspendió para siempre en el mismo momento en el que supo que entre sus deberes conyugales se encontraba la pernoctación conjunta y el intercambio salival. De nuevo estábamos como al principio&#8230; ¡Cinco años y el pescado sin vender!</p>
<p>Pero el cerebrito inquieto de mi joven <em>padawan</em> no se detiene nunca. Durante los días siguientes a la fatídica conversación durante la que descubrió algunos oscuros secretos de la vida matrimonial, Pablo dedicó largas horas de plaza a mantener cónclaves secretos con Alex y tres miembros más de la cofradía, llamémosles, como siempre, para mantener su anonimato, Xavi, Jorge y Pedro. Sabiendo que tramaban algo, ayer, después del baño, aproveché que estábamos solos, mientras lo secaba y vestía, y le dije:</p>
<p>-          Ahora que no nos escucha mamá, cuéntame: ¿Te gusta alguna chica?</p>
<p>-          No, papá. ¿Por qué siempre quieres que me guste alguna niña? – se enfadó, con toda razón.</p>
<p>-          No, no, no quiero que te guste alguna. Te lo pregunto para saber, para que hablemos de hombre a hombre.</p>
<p>Inmediatamente reconoció el santo y seña de las secretas confesiones masculinas, y sus ojos se iluminaron instantáneamente con ese brillo de travesura y confidencia que solamente los niños logran de manera auténtica. Entonces me abrió su corazón.</p>
<p>-          No, papá. Ya lo tengo todo decidido. Yo, Alex, Xavi, Jorge y Pedro no nos vamos a casar nunca. Vamos a vivir todos juntos en una casa sin novias, donde no pueden entrar las niñas.</p>
<p>-          ¿Ninguna mujer?</p>
<p>-          No.</p>
<p>-          ¿Y qué van a hacer?</p>
<p>-          Vamos a hacer fiestas. Tú podrás venir, y mamá también. Todas nuestras mamás y nuestros papás podrán venir, pero las otras niñas no.</p>
<p>-          Pero Pablo, me parece que cuando sean más grandes van a querer que vayan niñas a las fiestas.</p>
<p>-          No. Ninguna niña.</p>
<p>-          Pero se van a aburrir todos los chicos solos en la casa.</p>
<p>-          No nos vamos a aburrir. Vamos a jugar a todas las cosas que las niñas nunca quieren jugar.</p>
<p>-          ¿Y los otros chicos que tengan novia?</p>
<p>-          Pueden venir, pero tienen que dejar a las novias abajo.</p>
<p>Llegado este punto de la conversación, no pude más que reírme en silencio, para no herirlo, y tuve claras dos enseñanzas de su corazoncito infantil, que son tan obvias que a veces no nos paramos a pensarlas. La primera es lo mucho que el amor tiene de exclusión. Al final importa poco si es un niño, una niña o varios: el asunto es tener un núcleo fuerte de vínculos en los que el resto del mundo queda fuera. De alguna manera él intuye que los seres humanos siempre necesitamos pertenecer a algo especial. Los afortunados encuentran el amor, y si son muy afortunados (como en mi caso particular) uno o dos amigos con los que tener algo tan especial y único que una frontera invisible lo separa del resto de nuestro universo afectivo. La segunda fue que el amor, cuando es verdaderamente puro, como en el caso de los niños, no se detiene a considerar detalles como el sexo o <em>lo que debe ser</em>. Pablo ama verdaderamente a su amigo Alex, y quiere compartir su vida con él. Pongamos las dificultades que pongamos los adultos, él encontrará siempre su camino, y aunque no sea un camino posible, será un camino verdadero.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Capítulo Pi(-05). Acción en Barcelona &#8211; Canadá (2006).</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Oct 2009 09:41:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Avances de Álgebra Maldita]]></category>
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<p>-      Buenos días. ¿Desayunamos?</p>
<p>-      Claro. – conseguí decir – Pero no nos podemos colgar mucho. Me tengo que ir.</p>
<p>-      Hoy es sábado. Nadie se tiene que ir tan temprano un sábado.</p>
<p>Intento estimular mi funcionamiento neuronal, pero su cuerpo desnudo, pegado al mío, refracta mi posibilidad de producir excusas plausibles a una velocidad razonable. Los terminales nerviosos de mi estómago descubren su mano izquierda, buscándome. Intento no reaccionar. Me mordisquea la oreja. Me acomodo en la cama, boca arriba, mientras no puedo evitar un nuevo torrente de sangre que amenaza con inundar mis vasos capilares. <em>“Esperá un momento”</em>, murmuro. Su lengua me recorre suavemente la punta de un pezón por toda respuesta. Su mano me ataca, me rodea, me estremece, me levanta de entre los muertos, me recupera del páramo de fango donde mi terror privado me inmovilizaba. <em>“Parece que te despertaste contento”</em>, dice, pasando su pierna sobre mi cintura. <em>“¿No íbamos a desayunar?”. “Después”</em>, dice, montada sobre mí, mientras neutraliza mi función de habla con sus labios y su lengua.</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p><span id="more-200"></span>Pasadas las once logré que todo estuviese dispuesto para el desayuno. Carla bebía su café con leche a sorbos cortos, distraída, relajada, mientras yo intentaba hacer lo mismo, poseído por una tormenta de malos presentimientos, una sensación de haberme dejado atrapar.</p>
<p>-      ¿Cenamos esta noche? – pregunta. Me atormenta la idea de que por haber pasado la noche allí, ella ya de todo por supuesto, sobreentendiendo la naturaleza de cualquier cosa que sea lo que nos une, si es que hay algo más allá de una derrota futbolística.</p>
<p>-      Dale.</p>
<p>-      Si no tenés ganas decilo, no pasa nada.</p>
<p>-      No, no, sí que tengo ganas. Pasa que el martes viajo a Canadá, y tengo que empezar a preparar las valijas, pero no pasa nada, puedo salir a cenar.</p>
<p>-      ¿A Canadá? ¿Qué vas a hacer en Canadá?</p>
<p>-      Me voy de vacaciones. Somos tres amigos desde la secundaria. Uno, Martín, vive todavía en Buenos Aires. El otro, Daniel, acaba de ser nombrado profesor de filosofía en la Universidad Concordia, en Montreal, así que se mudó esta semana. Nos vamos a encontrar los tres allí, para pasar dos semanas juntos. Intentamos vernos los tres al menos una vez al año.</p>
<p>-      ¡Qué bueno! – su mano busca la mía por encima de la mesa – Te voy a extrañar.</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p>Conseguí salir del departamento de Carla a las tres y media de la tarde, jurándome a mí mismo no volver a ir bajo ningún concepto, amenaza o coerción de cualquier naturaleza. Entré a casa con una sensación vaga de culpa hacia el cemento, por no haber dormido allí. Me duché rápidamente, y una vez vestido, busqué una mochila de viaje y comencé a guardar camisetas sin ningún criterio, apilándolas en su interior de acuerdo a una geometría inverosímil que, sin embargo, resultaba funcional. La piel pálida pintada de pecas de Carla volvía a mis dedos una y otra vez. Su boca juguetona, sus exploraciones húmedas sobre mi epidermis, la reacción violenta de mis capilares a su tacto, el secreto de su placer narrado de cerca, piel a piel, la voracidad de sus huesos expresada una y otra vez, la sensación viva de su peso sobre mis caderas. ¿Debía llevarme la afeitadora?</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p>Las ruedas del <em>Boeing 737-800</em> de <em>Air Canada</em> dispersaron el polvo de la pista al tocar tierra en el aeropuerto de Montreal. Después de tres aviones y casi un día de viaje, aterrizaba por fin en la ciudad donde viviría mi amigo. Había pasado los dos últimos días antes del viaje enredado en las extremidades de Carla, y las últimas veinticuatro horas repasando mentalmente los enredos sucesivos, a la vez que intentaba que el compañero de turno en el asiento del avión no se percatase del bulto de carne y sangre a presión que el ejercicio mental me provocaba en el pantalón. Pasé el control de pasaportes sin más incidencias que una larga serie de explicaciones sobre las razones que me llevaron a cargar en mi equipaje casi trescientos cigarrillos rubios para una estadía proyectada de dos semanas. A la salida de los controles me esperaba Daniel, medio dormido por lo criminal de la hora. Nos abrazamos.</p>
<p>-      ¿Qué hacés, maricón?</p>
<p>-      Muerto. Tengo los huevos por el sótano de volar.</p>
<p>-      No puedo creer que estés acá.</p>
<p>-      Yo tampoco – intenté sonreír, aunque la melaza espesa en que se había convertido mi sangre debido a la influencia ininterrumpida de la cabina presurizada dificultaba la expresión de mis muestras de alegría – ¿Cuándo llega Martín?</p>
<p>-      Esta tarde, a las seis.</p>
<p>Salimos del aeropuerto, después de detenernos en la puerta para fumar tres cigarrillos seguidos, con la esperanza de que la concentración de nicotina tuviese algún efecto dinamizador sobre mi destrozado sistema nervioso, agotado por el mal dormir, la ingesta de alimentos en bandejitas de aluminio en un espacio vital de tres mil ochenta centímetros cuadrados y la intensidad de los pensamientos eróticos continuos.</p>
<p>Atravesamos la ciudad en un autobús de media distancia por doce dólares canadienses. Daniel había alquilado un <em>loft</em> a quinientos metros de la estación, que recorrimos a pie, charlando y arrastrando mi mochila, sin prisa. Su <em>loft</em> era un espacio diáfano de ochenta y dos metros cuadrados, al que completaban otros doce de una habitación y los casi cuatro del cuarto de baño. Dos de las paredes estaban completamente cubiertas de ventanales, y el perímetro era poligonal, irregular, y obstaculizado por tres dispersas columnas cuadradas, una mesa y tres sillas blancas, y un colchón sin sábanas en el suelo.</p>
<p>-      Todavía no me llegaron los muebles de Nueva York. Liv alquiló todo esto para que tengamos dónde comer.</p>
<p>-      ¿No era que se iba de viaje?</p>
<p>-      Se va esta tarde, más o menos a la misma hora que llega Martín.</p>
<p>Liv salió de la habitación. Era la primera vez que Daniel estaba con una mujer el tiempo suficiente como para vivir juntos, y sin embargo yo no la conocía. Nos presentamos. Ella era estadounidense, así que hablamos inglés, con lo que la profundidad, naturalidad, interés e inteligencia de mi conversación descendieron rápidamente en una función lineal cartesiana (<em>-x, -y</em>). Sin embargo, conseguí darle poca importancia, mientras alternaba trozos de conversación en castellano con Daniel.</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p>-      Estás completamente <em>agringado</em>. – dijo Martín, molesto por tener que cenar a las siete y media de la tarde.</p>
<p>Daniel comenzó una justificación basada en los procesos digestivos y el bajo rendimiento de las funciones metabólicas del cuerpo durante las horas de sueño, mientras yo me abstraía de la conversación para:</p>
<p style="padding-left:60px;">a)     Evocar la desnudez de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">b)      Pensar en los misterios de la amistad profunda. Nos veíamos los tres una media de 0,82 veces al año, y sin embargo cada vez era una continuación perfecta de las otras, como si el tiempo no fuese capaz de reducir el coeficiente de rozamiento necesario entre seres humanos para forjar una amistad fuerte.</p>
<p style="padding-left:60px;">c)      Evocar los labios de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">d)      Intentar determinar por qué razón los habitantes del norte de América en general sostienen que la carne de vacuno debe ser masacrada y casi carbonizada para servirla en un plato.</p>
<p style="padding-left:60px;">e)      Evocar las manos de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">f)      Observar a mis dos amigos, para darme cuenta sin ninguna piedad de que nunca volveré a tener algo así, mientras la suerte no nos lleve a los tres a volver a vivir en la misma ciudad.</p>
<p style="padding-left:60px;">g)       Evocar los pezones de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">h)     Intentar reinsertarme en la conversación, que en ese momento transitaba un camino complejo sobre la relación de Daniel con Liv, y sabiendo que mis dos amigos considerarían necesario y vital mi aporte, debería irlo pensando.</p>
<p style="padding-left:60px;">i)       Evocar los ojos de Carla.</p>
<p>-      …y está claro que por eso, algunas diferencias culturales entre ella y yo son insalvables, pero aún así me gusta mucho. Vamos a ver qué pasa. ¿Qué opinás, Ernesto?</p>
<p>-      ¿Yo? No mucho, en verdad. Me parece que va a ser bueno para vos no haber venido solo. Además, ella demostró mucha buena voluntad al programarse un viaje para dejarnos solos estas dos semanas, ¿no?</p>
<p>-      Sí, bueno, en realidad digamos que se lo sugerí de una forma bastante enfática. Pero es cierto que accedió de buen grado.</p>
<p>-      Ya me imagino. – dijo Martín – Seguro que la convenciste de que en realidad es ella la que necesita no estar mientras estamos los tres juntos.</p>
<p>-      Obvio. ¿Para qué soy filósofo si no?</p>
<p>-      No sé. Capaz que para generarle preguntas en lugar de entregarle respuestas a preguntas que no se había hecho. A veces pienso que estamos todos como <em>Amaranta Buendía</em>, despegando botones para volver a coserlos. En lugar de solucionar las cosas, no hacemos más que generar nuevos y variados problemas para cada propuesta de solución.</p>
<p>-      ¿Hablás de filosofía o de matemáticas?</p>
<p>-      De las dos cosas. De la vida, en general, y de mis huevos, en particular.</p>
<p>-      Parece que la argentinita nueva te pegó mal, ¿no?</p>
<p>-      Te juro que no estaba dispuesto a que me pasara esto. La mina es terriblemente absorbente, pero es muy inteligente, es culta, está buenísima y tiene un polvo alucinante.</p>
<p>-      ¿Y entonces? ¿Qué es lo que te preocupa? Llevás seis años quejándote de lo solo que estás en Barcelona, y cuando aparece alguien tirás para atrás.</p>
<p>-      No, si un poco tenés razón. Soy un pelotudo, pero lo que pasa es que no aguanto bien perder la exclusiva de mi cabeza.</p>
<p>-      Sos un hinchapelotas, viejo. Si son tontas porque son tontas, si son inteligentes porque son inteligentes. Si cogen poco porque cogen poco y si cogen mucho porque cogen mucho. Así no vamos a ninguna parte.</p>
<p>-      Mirá quien habla. Acá el único que puede hablar es Martín, que lleva con Violeta como mil años. ¿Cuánto hace, Martín?</p>
<p>-      Dieciséis. Pero me parece que el tema no es el tiempo, sino los permisos que se da uno para ser o no ser feliz. Y la felicidad no es necesariamente estar o no estar con una mina, sino la realidad comparada contra las expectativas reales.</p>
<p>-      No te sigo.</p>
<p>-      Claro, al final, parece que el modelo de <em>felicidad</em> es solamente el guión preestablecido. Ganar guita, enamorarse, tener hijos. Pero a veces me pregunto si somos sinceros con nosotros mismos a la hora de decidir qué es lo que nos hace felices. – Martín sacó una birome del bolsillo y escribió en una servilleta de papel:<br />
<img class="aligncenter size-full wp-image-204" title="ecuacion" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/10/ecuacion.jpg" alt="ecuacion" width="119" height="85" /></p>
<p>-      Esta es la fórmula. La <em>Felicidad</em> es igual a la <em>realidad</em> sobre las <em>expectativas</em>. Si el cociente se aproxima a uno, entonces quiere decir que estás contento con tu vida. Si es mayor que uno, la realidad supera la ficción, y si es mucho menor que uno, entonces hay algo que no va. Tus deseos están muy por encima de lo posible. La dificultad es establecer el valor neto de <em>r</em>, y el de <em>e</em>. El de <em>r</em> porque nadie analiza con la objetividad suficiente su propia realidad, y el de <em>e</em> porque nadie es absolutamente sincero con sus propias expectativas.</p>
<p>-      Es claramente la visión de un economista sobre todo el asunto. Para mí, desde un punto de vista estrictamente lógico, deberías incluir una variable <em>s</em>, para las sorpresas, buenas o malas, que te dé la vida, y una variable <em>p</em> para los problemas que tenés. Y seguramente muchas otras. Por ejemplo la variable <em>x</em> puede indicar tu índice de satisfacción sexual, la <em>a</em> podría referirse al valor de tus afectos, etcétera etcétera.</p>
<p>-      No estoy del todo de acuerdo, al menos en lo que respecta a la expresión de la ecuación principal, – intervine – desde el punto de vista estrictamente matemático, <em>F</em> es una función recursiva que se recalcula a cada instante, y <em>r</em> puede descomponerse en infinitos factores, entre los que entrarían tus variables <em>s,</em> <em>p, x </em>y <em>a</em>, pero también muchos otros, como la actualidad política o las catástrofes naturales. La variable <em>e</em> también puede descomponerse en factores que, según te sientas más o menos optimista, pueden variar de magnitud. Al final, la función <em>F</em> debe graficar un histograma en función de tiempo que represente tu nivel de bienestar, y en realidad deberías calcular una media, llamémosla <em>T</em>, que es la curva que representa tu felicidad a lo largo del tiempo.</p>
<p>-      Bueno, pero pajas mentales aparte, ¿cómo estás entonces con esta mina?</p>
<p>-      Digamos que mi variable <em>x</em> está altísima, lo que sube claramente el valor de <em>r</em>, pero al mismo tiempo mis variables <em>m</em> y <em>f </em>se están disparando, y eso baja drásticamente el valor de <em>r</em>.</p>
<p>-      ¿Y qué carajo representan las variables <em>m </em>y <em>f</em>?</p>
<p>-      <em>M</em>iedo y <em>f</em>obia<em>.</em></p>
<p><em><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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