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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; amistad</title>
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		<title>Textos, mentiras y un sueño</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Aug 2010 09:12:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/manos.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-669" title="manos" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/manos.jpg" alt="" width="320" height="267" /></a>El veintiocho de agosto de 2009 decidí, sin más razón que la necesidad de repartir unas cuantas palabras que me sobraban, agregar uno más a la población mundial de blogs, que por aquél entonces superaba ya los 300 millones.</p>
<p>No fue una decisión trivial.</p>
<p>Las palabras, es cierto, me sobraban. Estaba escribiendo una novela (que luego se transformaría en dos, pero aún no lo sabía) y aún así sentía ahogo. Había ideas, pedazos de textos, párrafos enteros, frases astutas, diálogos ingeniosos, tristezas sepultadas que asomaban, recuerdos con luz propia… Todos ellos egoístas, centrados en sí mismos, en su necesidad de abandonar mi piel perforando las yemas de mis dedos. Algunos de ellos más afortunados que otros, algunos más poéticos, otros más cotidianos, algunos con dolor, otros con placer, otros con desconcierto.</p>
<p>Y había un denominador común: el escriba aficionado que guardaba para mí desde la adolescencia se había despertado. Quería traducirse a sí mismo en escritor. Quería descargar toda su rabia, su dolor, su ausencia, pero también su felicidad, sus pequeñas dosis de suerte, sus amores actuales y antiguos, los secretos pálidos de una vida repleta de vaivenes, las migajas crujientes de cientos de miles de horas de observación ilícita y malintencionada del prójimo, los jirones de lenguaje que tejía y destejía en el silencio de su retiro.</p>
<p><span id="more-667"></span>Y créanme: no es fácil mantener callado durante tantos años a un escriba. Las construcciones sintácticas se te escapan en los momentos menos adecuados. Hace juegos de palabras sin tu permiso durante una entrevista de trabajo. Ensaya diálogos humorísticos con personas sin sentido del humor, solamente porque la oportunidad es única. Dota a tus hijos de un verbo aguerrido y contestatario que muchas veces te deja estampado en el sofá, sin saber qué responderle al mocoso atrevido que te acaba de destrozar seis millones de años de evolución y herencia genética en una sola frase. Suelta ironías sutiles en la cola de la carnicería, haciéndote subir involuntariamente los colores mientras todos te miran sin comprender, o comprendiendo y juzgándote fuera de lugar.</p>
<p>No es cómodo. De ninguna manera.</p>
<p>Ni elegante.</p>
<p>Ni, algunas veces, agradable.</p>
<p>Pero así nació <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>. Nació por esa acumulación de palabras, por un desecho tóxico de más de diez años sin escribirlas, dejándolas fermentar en el pecho. Nació por una idea absurda, por un comentario casual en casa de unos amigos. Nació por la necesidad de ser leídos que tenemos los escribas, para recolectar nuevas palabras cada vez que un artículo, ya escrito, te deja vacío. Nació para ser destino final de ideas, confesiones, lágrimas y risas. Nació para ser origen de reflexiones, algunas profundas, triviales otras, inútiles la mayoría. Nació para intentar ganarme por mérito un espacio que no me pertenecía por derecho. Nació para permitirme mentir sin culpa, exagerar sin vergüenza, y confesarme sin pudor, mientras me guardo para mí, de todos los textos, la clave para saber cuáles mienten, cuáles exageran y cuáles confiesan, y solamente los entrego para su disfrute, discusión, acuerdo y disenso.</p>
<p>Y ahora ya pasó un año entero.</p>
<p>Pasó sin piedad.</p>
<p>Estoy más viejo y más gordo; pero por suerte tengo la misma &#8211; o incluso más &#8211; cantidad de pelo.</p>
<p>Y durante este año que pasó, pasó de todo. Recibí comentarios que me hicieron sentir insultado (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/31/el-dia-de-la-bolsa-verde/" target="_blank">El día de la bolsa verde</a></em>), intentos de redención o recuperación de mi alma perdida (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/07/18/san-federico-y-las-verdades-absolutas-del-dios-de-los-ateos/" target="_blank">San Federico y las verdades absolutas del Dios de los ateos</a></em>), y recibí muchos – demasiados – mensajes de apoyo, halagos, palabras amistosas y cariño cibernético.</p>
<p>El resultado del experimento superó todas mis expectativas.</p>
<p>Hoy, solamente un año y treinta y cinco mil páginas vistas después, <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> tiene más de quinientos seguidores habituales, y se ha transformado en una parte fundante de mi vida. Es troncal, constituyente y balsámico. Me permite alzar la voz cuando siento rabia, encontrar palabras amigas cuando estoy triste, deshojar despacio los pétalos multicolores de la maravillosa infancia de mis hijos, decir en voz alta y con total impunidad cualquier cosa que me pase por la cabeza y, sobre todo, sentirme entre amigos.</p>
<p>No es baladí.</p>
<p>Sentirse entre amigos, para alguien que vive a diez mil kilómetros de su casa es un auténtico alto en el camino, un remanso privado, un poco de aire fresco en las mejillas.</p>
<p>Pero sobre todo, y más allá de todo, esta experiencia refundó mi sueño de juventud.</p>
<p>Ahora vuelvo a soñar con ser escritor, tras veinte años programando computadores a oscuras (aunque con verdadera pasión).</p>
<p>Y es curioso cómo suceden las cosas. Mejor dicho, cómo uno consigue, a veces sin proponérselo, que las cosas sucedan.</p>
<p>La pulsión inicial que me llevó a publicar en el blog fue egoísta: es la necesidad de recibir una palmada en la espalda, que los demás te digan lo bien que lo estás haciendo, perderte en la miel de las palabras, los agradecimientos y los halagos ajenos. No pensaba recibir a cambio más que eso.</p>
<p>Y sin embargo, y totalmente gratis, recuperé mi sueño de juventud, el mío más privado, el más personal, ese en el que no puede entrar nadie, ni mi mujer ni mis hijos ni mis amigos ni mis padres. El más íntimo, el de escribir de verdad, el de lograr alguna vez a vivir de la escritura.</p>
<p>No sé si alguna vez llegaré a ser escritor. Tampoco sé cómo se mide eso (¿se mide por la cantidad de gente que te lee o simplemente por lo que uno escribe? ¿Se mide por el éxito en ventas de una novela o por su calidad?), pero en este momento no me importa demasiado.</p>
<p>Quienes no escriban de ustedes, mis queridos lectores, no pueden ni imaginarse lo difícil que es soñar con ser escritor. Se te mezcla todo. A veces crees que estás arañando la soberbia. Otras veces sientes que es del todo imposible. Siempre te preguntas qué van a comer tus hijos, si lo único que quieres es escribir. Casi siempre acabas sintiendo que es una tontería, que mejor concentrarse en lo que te da de comer.</p>
<p>Es frustrante.</p>
<p>Por eso no pude sostener ese sueño. Por eso, en un momento de mi vida, renuncié a él y me dediqué con todas mis energías a programar computadores.</p>
<p>Diez años después, el ejercicio mismo de la escritura, el ritual privado de fin de semana de sentarme a escribir, pulir y corregir un texto, buscar una imagen que lo resuma, publicarlo en el blog y recibir a cambio palabras y más palabras, me permitió descubrir que eso era lo único que me hacía falta para mantener vivo mi sueño: <em>Palabras.</em> Las mías y las de ustedes. Las de aliento y las de desacuerdo.</p>
<p>¿A quién se le agradece?</p>
<p>¿A internet?</p>
<p>¿A mí solo?</p>
<p>¿A ustedes?</p>
<p>¿A mi mujer y a mis hijos?</p>
<p>¿A todos?</p>
<p>No lo sé, pero tampoco me importa demasiado en este momento. Lo que quiero es que celebremos juntos. Hay mucho que celebrar. El primer año de vida de <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> es un buen motivo, pero lo verdaderamente importante es el espacio en el que nos encontramos todos, escribiendo y leyendo, llorando y riendo, recuperando nuestros sueños, compartiéndolos y, sobre todo, creyendo que, poco a poco, los vamos haciendo realidad.</p>
<p>Gracias por leer.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, Agosto de 2010.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>La Muerte y las palabras</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 09:08:49 +0000</pubDate>
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<p><img class="alignright size-medium wp-image-657" title="rosa" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/rosa-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />La muerte es la última de las cosas de la vida de los adultos a la que uno se acostumbra. Nos acostumbramos antes a trabajar, a pagar impuestos o, en su defecto, evadirlos, a una dosis necesaria de hipocresía, a votar, a mentir con naturalidad y a la idea de que jugar ya no es cosa nuestra.</p>
<p>Por la misma sabiduría de la naturaleza y del orden de la vida, durante la niñez no se muere casi nadie. A medida que uno va creciendo se comienzan a morir personas. Por lógica, primero tus abuelos. Después gente conocida. Después, probablemente, los padres de uno. Luego se empiezan a morir tus iguales, tus amigos, los que tienes cerca. Entonces empiezas a pensar que tu número puede venir en cualquier boleto. Cualquier giro de la ruleta te puede vestir con un traje de madera.</p>
<p>Es el orden natural de las cosas. Es la forma que tiene la vida de prepararnos para la muerte.</p>
<p>En mi caso, cuando murieron mis abuelos, estaba preparado. Lo recuerdo con dolor, pero no con excesiva angustia. Incluso recuerdo los velatorios como un momento de encuentro familiar. Lágrimas, sí. Tristeza, sí. Pero sin drama. Ancianos que habían vivido, fornicado, procreado, sufrido y disfrutado de la vida, y luego habían muerto.</p>
<p><span id="more-656"></span>La primera vez que me quebré en un velatorio fue en 1997, cuando murió el “Poyo” Pollini. Uno de los amigos verdaderamente cercanos de mi padre. Una persona entrañable. Había estado presente en toda mi vida. Yo tenía veinticuatro años. Lo quería, pero lo quería como quieren los niños a los amigos de sus padres. Cuando supe la noticia me entristeció, pero no derramé ni una lágrima. Sin embargo, por alguna razón, cuando estuve frente al féretro, algo se me rompió en el pecho. Lloré con amargura, desconsuelo y algo de vergüenza.</p>
<p>Años después, pensando en el tema, me dí cuenta de dos cosas. La primera fue que lo quería mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir, incluso a solas conmigo mismo. La segunda fue que mi angustia y mi llanto eran por él, pero también por mí. Era la primera vez que perdía a alguien fuera del guión. La primera vez que se moría alguien que no tenía por qué haberse muerto. No era un anciano. Era alguien como mi papá. Era una referencia fuerte de mi vida. Fue la primera vez que tuve la certeza de la muerte. Fue un aviso concreto. Fue el día que entendí por fin que todos nos podemos morir en cualquier momento.</p>
<p>Más adelante me he preguntado muchas veces por qué quedan los velatorios en el recuerdo tan difusos. Cuando intento recordar detalles, es bastante complicado. Creo que es porque son situaciones en las que el grupo humano se divide en dos. Por un lado los deudos principales: familiares directos, hijos, hermanos, cónyuges y amigos muy íntimos. Son los que lloran sin vergüenza y relatan a los demás los pormenores de la muerte. Del otro lado, todo el resto de los asistentes que echan mano de las mismas palabras de consuelo, las frases hechas, las palmaditas en el hombro.</p>
<p>Frente a la muerte nunca sabemos qué decir.</p>
<p>¿Qué se le dice a quien acaba de perder a alguien? ¿A un hombre hecho y derecho que se ha quedado huérfano a los cincuenta años? ¿A una anciana que cambia su estado civil a viuda, justo ahora que todo estaba tan tranquilo?</p>
<p>Durante muchos años pensé que era una situación tremendamente hipócrita. Sentía que a quien acaba de morírsele alguien importante, realmente le aporta poco consuelo que una tía de la hermana de su cuñado le diga, compungida, que cuánto lo siente, que hay que ver que injusticia, que nos dejan siempre los mejores. Pensaba que, estando en el sitio del que más sufre, del que se queda, el que aguanta en sus brazos el impacto brutal de la muerte, realmente tenía que ser un calvario aguantar el desfile de caras contritas, los susurros en los rincones, las fronteras de su propia familia cerrando filas para decir, uno tras otro, las mismas palabras vacías encerradas en un perfume de flores frescas. Pensaba que el aliento helado de la muerte se llevaba las palabras verdaderas, y que toda la situación tenía algo de ridículo, de grotesco y de tremenda incomodidad.</p>
<p>Muchas veces me he prometido a mí mismo, cuando estoy del lado de los que repiten la letanía litúrgica de condolencias formales a los deudos, no abrir la boca si no tengo algo sustancial que decir. Creía que era mejor no decir nada que informarle a una persona quebrada por el dolor que lo siento mucho, que acompaño, que estoy allí. Es algo que a pesar de las lágrimas puede verse, y me sonaba falso, vacío, sin contenido. Muchas veces me he quedado callado frente a una persona que lloraba una pérdida. Me he limitado a dar un abrazo, a una sonrisa medida y respetuosa, a una mirada a los ojos, a transmitir un apoyo silencioso, a intentar acompañar desde el tacto y la vista, más que desde el oído.</p>
<p>El jueves de esta semana ocurrió uno de esos casos que me dan rabia y dolor. Esas veces que la muerte se salta el guión, y en lugar de llevarse a alguien que ha vivido su vida, le arrebata el resto a una persona joven, a alguien que solamente ha consumido la mitad de lo que por derecho le correspondía.</p>
<p>Era una lectora de este <em>blog</em>. Una ex compañera de trabajo. La verdad es que nos conocimos más por internet después de dejar de trabajar juntos que cuando nos veíamos frecuentemente. Pero era una persona a la que yo apreciaba especialmente. Era una persona con ángel propio, con una historia repleta de emociones, una persona que tenía palabras bellas que dar. Una persona que me hacía sentir cercano a ella cuando comentaba mis textos, cuando bromeábamos por <em>facebook</em>. Una persona valiente, que no ocultaba ni negaba su drama personal, que lo miraba a la cara, que lo enfrentaba de forma directa, sin más miedo que el miedo necesario, el que no se puede esquivar, el que todos sentimos cuando comprendemos que la muerte ronda.</p>
<p>Una persona con la que me apetecía mucho encontrarme, y llevábamos ocho meses posponiendo una cerveza, siempre por razones prácticas, logísticas.</p>
<p>Una cerveza que ya no podrá ser.</p>
<p>Cuando me enteré –lamentablemente, vivir en otra ciudad me impidió acercarme –, intenté decirle algo a su novio, a quien también aprecio mucho, y de quien también he sido compañero de trabajo. De golpe vinieron a mí todos mis pensamientos sobre las frases comunes de la muerte, sus palabras oscuras y lo difícil que es transmitir apoyo. Quería enviarle un mensaje, decirle algo sincero, y solamente acudían a mí los lugares de siempre, las palabras maltratadas de los pésames prefabricados.</p>
<p>Entonces me dí cuenta de algo. Por primera vez sentí que el desfile de personas cercanas repitiendo fórmulas corteses no era una hipocresía, sino un ritual necesario, una liturgia convenida para dar, juntos, el primer paso de los que nos quedamos. Caí en que, una vez pasado lo peor, lo más difícil es encontrar el camino de vuelta a la normalidad. Seguir viviendo, continuar lo que había, pero sin el que se fue. Entonces, que los que te quieren mucho, los que te quieren bastante, los que te quieren un poco y los que te conocen y les caes simpático se acerquen, te den la mano, te digan lo que sabes que van a decir, te ofrezcan el apoyo que sabes que te van a ofrecer, y te repitan las palabras de la muerte, las que se dicen siempre, es una puerta clara para volver a ese camino, es una demostración de que las cosas siguen funcionando como funcionaban antes del paso de la muerte. Es la evidencia de que la vida sigue, que es lo más importante que pueden recibir los que se quedan.</p>
<p>Por eso hoy, he decidido romper el silencio respetuoso que siempre he guardado en estos casos, y pronunciar, yo también, las palabras de la muerte. Para decir en voz baja que, mientra seamos capaces de recordar a los que se fueron como se merecen, el camino sigue. Hay más lágrimas y más dolor a la vuelta de la esquina, pero también, unos metros más allá, puede que vuelva a salir el sol, puede que una lluvia nos refresque y nos limpie, y probablemente la mejor manera de honrar la memoria de los que se fueron sea vivir la vida con ganas y con vocación de disfrutarla.</p>
<p style="text-align: right;"><em>A Belén, que ya no está, y a Ricardo, con mucho afecto.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 25 de Julio de 2010</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jul 2010 08:15:28 +0000</pubDate>
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<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/maradona3629536.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-631" title="maradona3629536" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/maradona3629536-300x204.jpg" alt="" width="300" height="204" /></a>Ayer sábado amaneció soleado. Un sol casi inclemente resquebrajando un cielo de celeste líquido interminable. Un día argentino. Me puse mi camiseta de la Selección Argentina, lamentando parecerme más a Obélix que a Messi, y, como todas las mañanas, me preparé una taza de café y me senté en mi balcón, para bebérmela con el primer cigarrillo del día mientras contemplo cómo el astro rey, lentamente, sobrepasa a las montañas. No soy hombre de supersticiones ni de creencias místicas, pero sin embargo, una sensación rara vagaba por mi pecho. No llegué en ningún momento a identificar un presagio claro, pero estaba presente un insecto molesto y agorero que yo no había invitado al desayuno.</p>
<p>El cigarrillo se consumía, y entonces rescaté mi recuerdo más antiguo de un mundial. Fue el 25 de junio de 1978. Yo tenía entonces cinco años, y no se podía decir de mí que sintiese verdadera pasión por los deportes de contacto. Era mas bien un niño tranquilo. Me gustaba leer y armar rompecabezas. Me gustaban las palabras, como ahora.</p>
<p><span id="more-629"></span>La dictadura militar Argentina ocultaba bajo las gradas repletas de hinchas entusiasmados los cuerpos masacrados de los opositores al régimen, pero de esto tampoco me enteraba.</p>
<p>Sin embargo, y a pesar de eso, sucedió.</p>
<p>Argentina fue campeón del mundo.</p>
<p>Y entonces todo fue euforia. No tengo imágenes propias del partido, ni de los jugadores, más allá de los bigotes borrosos del <em>Matador </em>Kempes<sup class='footnote'><a href='#fn-629-1' id='fnref-629-1'>1</a></sup>, y el casquillo de pelo de Daniel Pasarella. Ni siquiera recuerdo en qué momento salimos de casa, ni cómo llegamos a la calle. Pero lo que no olvidaré jamás es la sensación de la alegría desbordada. Cerrando los ojos aún puedo verme, de pie sobre el asiento trasero de un Peugeot 504 blanco, asomando en medio de dos de mis hermanos por la abertura del techo, mientras mi padre conducía a 6 Km/h en medio de una multitud enloquecida, y los papelitos, miles, millones de papelitos volando, revoloteando y tapizando las calles de ilusión y alegría. Y yo viendo el mundo desde mis ojos de niño, gritando, cantando, festejando.</p>
<p>Y a pesar de el campeonato, seguí sin estar interesado en los deportes de contacto.</p>
<p>Cuando me quise acordar, llegó México 86. Tenía trece años.</p>
<p>Todavía puedo sentir la explosión de ira en aquél maravilloso gol de Diego a Italia que empataba definitivamente un partido trabado y aburrido, en un bar abarrotado de adolescentes gritando, cerveza y humo de tabaco. No tengo que hacer ningún esfuerzo para evocar el corazón golpeando fuerte durante la galopada interminable de Maradona para hacer el memorable gol que le endosó a Inglaterra después de quebrarles la cadera a seis jugadores rivales. Y nunca voy a olvidar cuando me desperté, a las 6:30 de la mañana del 29 de junio, con el cuerpo completamente pintado de rojo de la cintura para arriba, cubierto de miles de molestos granitos producto de una inoportuna escarlatina. Mi padre me acostó en su cama, y movió nuestro televisor blanco y negro hitachi de catorce pulgadas a su habitación, para que todos viesen el partido a mi alrededor. Noventa minutos de angustia y magia, y unos ridículos cartelitos sobreimpresos que proclamaban ¡¡¡ARGENTINA CAMPEÓN MUNDIAL!!!, mientras la alegría desbordante se diluía en una frustración infinita al darme cuenta de que me perdería el festejo, la celebración que mareó las calles de Buenos Aires de una borrachera de pelota y gol.</p>
<p>Seguí sin ser demasiado aficionado a los deportes, pero Italia 90 me volvió a encontrar desbordado de emociones, sensaciones, miedos profundos y gritos desgarradores en las interminables tandas de tiros penales que volvieron a llevar a la Argentina a una final. Y todavía, sin esfuerzo, puedo saborear la amargura de la derrota injusta en la final contra Alemania.</p>
<p>Toda mi historia está salpicada de esos momentos. Como cuando nos juntamos varios amigos muy cercanos para ver, de madrugada, en casa de Emilio, el partido de repechaje contra Australia para ir a Estados Unidos 94, o el maravilloso 30 de junio de 1998, en el que eliminamos a Inglaterra por penales en los octavos de final del mundial de Francia.</p>
<p>Y sin embargo, sigo sin practicar deportes de contacto.</p>
<p>Mis hijos tampoco lo hacen demasiado, porque los padres intentamos transmitirles nuestras mejores cosas, muchas veces sin éxito, pero sin querer les transmitimos exitosamente todos nuestros defectos.</p>
<p>La mañana transcurrió sin novedades. Mis hijos se pusieron sus camisetas de Argentina y allá nos fuimos los tres a la plaza, ataviados con nuestras galas de fútbol.</p>
<p>Después de comer, me preparaba para irme a un bar a ver el partido en compañía de un amigo, cuando Pablo se me acercó.</p>
<p>-       Papá, ¿puedo ir contigo a ver el partido?</p>
<p>Una vez más, mi debilidad de hombre moderno, mi superyó políticamente correcto de la era de la hipocresía, me dictó lo que debía decir. Le respondí como un padre:</p>
<p>-       De ninguna manera. Tú te quedas en casa.</p>
<p>-       ¿Por qué? – preguntó, haciendo pucheros.</p>
<p>-       Porque un bar no es un lugar para niños. Estará todo el mundo fumando, y te aburrirás.</p>
<p>-       No, no me aburriré.</p>
<p>-       Pablo, – argumenté – cuando papá ve un partido en casa te aburres como un hongo. Es un partido muy largo, y papá lo quiere ver tranquilo.</p>
<p>-       Es que quiero ver a Argentina.</p>
<p>-       Mi amor, no. Si quieres te llamo cada vez que algún equipo marque un gol.</p>
<p>Mi hijo me miró con profunda decepción. Rompió a llorar con auténtico desconsuelo mientras, entre lágrimas, repetía sin parar: “<em>Es que quiero ver el partido. Quiero ver a Argentina. Quiero ir contigo</em>”. Yo intentaba calmarlo, y convecerlo de que mi decisión era correcta, que no correspondía llevar a un niño de seis años, que se aburriría, que me pediría que lo trajese de vuelta a casa a mitad del primer tiempo, que esto son cosas de <em>grandes</em>.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Continuaba llorando sin parar.</p>
<p>Entonces, de golpe, me dí cuenta de que estaba actuando como un padre, pero lo que mi hijo necesitaba en ese momento no era un padre. Era un hombre. Era un conciliábulo de hombre a hombre. Dos amigos que aguantan juntos la ilusión, los nervios, el nudo en el estómago. Él no percibía el fútbol, sino mis emociones, y no estaba dispuesto a quedarse fuera de eso. Necesitaba un compañero de juergas, un borracho emocionado que le dijese cuánto lo quería, para olvidarlo al día siguiente. Necesitaba un igual con quien compartir su ilusión y su dolor.</p>
<p>-       Ven aquí – lo llamé, emocionado. Se acercó, con el pechito sacudido por espasmos de pena, los ojos brillando al calor inclemente de la tarde y los mocos transparentes perlando su labio superior.</p>
<p>-       ¿Qué? – me respondió, enojado conmigo y con el mundo.</p>
<p>-       ¿Por qué te importa tanto?</p>
<p>-       Porque quiero ver a Argentina contigo.</p>
<p>Le limpié las lágrimas con mis pulgares y lo miré profundamente a los ojos.</p>
<p>-       Está bien, vale – concedí. – Vas a venir conmigo, pero prométeme que te portarás bien, y que si te aburres te aguantas.</p>
<p>Su carita se iluminó de golpe, los ojos se le abrieron grandes, más grandes que nunca, y una felicidad nueva le renació por debajo de la angustia. Su sonrisa repentina amenazó con salirse de su rostro.</p>
<p>-       Búscate un juguete pequeño para llevarlo, así puedes jugar si te aburres.</p>
<p>En dos minutos se plantó ante mí. En una mano tenía un cachirulo para armar que le regaló su abuela por su cumpleaños, y en la otra una libretita con las tapas del Barcelona y un bolígrafo.</p>
<p>-       Llevo esto para anotar los goles.</p>
<p>En una página había escrito: “Argentina   Alemania”, separados por la típica “T” para anotar tanteos.</p>
<p>Allá nos fuimos.</p>
<p>Se sentó como un auténtico hombrecito, algo que no tuve que enseñarle, lo sabía desde antes de nacer, porque aunque no queramos llevamos escrito en la sangre cómo se mira un partido de fútbol, cómo se sufre y como se recuerda. Un codo sobre la mesa, sosteniendo con la misma mano su vaso de té helado, mientras miraba la pantalla gigante dentro de la cual Alemania, lentamente, comenzaba a aplicarnos un doloroso correctivo.</p>
<p>Finalizada la primera parte, yo estaba de mal humor, nervioso, intranquilo. Casi me había olvidado que el tercer hombre de nuestra mesa era mi hijo de seis años. Me había comportado como se comporta un hombre entre hombres. Entonces lo miré, y no pude evitar sonreírle. El sonrió y me dijo:</p>
<p>-       ¿Pedimos algo para picar?</p>
<p>Después, el desastre. Nos pasaron por encima. Grité, me enrabieté. Cuando una sarta irrepetible de insultos brotaban de mi garganta, cerrando el bullicio del tercer gol, mi hijo me trajo de vuelta, diciéndome:</p>
<blockquote><p><em>“Papá, no grites así, que no estamos en casa”.</em></p></blockquote>
<p>Me aguanté como un hombre las ganas de llorar, y pensé que ni siquiera él sabía cuánta razón tenía. Volví a acariciar sus mejillas infantiles, y por primera vez en mi vida sentí alivio durante una derrota de mi selección. No me importó tanto perder, porque me dí cuenta de que no recordaré el 3 de julio de 2010 como el día que Alemania nos humilló frente al mundo entero, echándonos nuevamente en cuartos de final de un mundial, sino como el día en el que mi hijo de seis años me brindó su ilusión, me ofreció como un hombre su corazón de niño, arrimó su hombro al mío para soportar juntos la derrota – que es mucho más difícil de compartir que la victoria – y me hizo saber, a pesar suyo, que aunque viva a diez mil kilómetros de mi casa, siempre puedo contar con él.</p>
<p>Gracias por el fútbol.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-629-1'>Mi amigo <a href="http://joacoramos.wordpress.com/">Joaco Ramos</a> me apunta que el de los bigotes era Luque, y que el Matador nunca llevó bigote. Trampas de la memoria <img src='http://aprendizdebrujo.net/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' />  <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-629-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p><img class="alignright size-medium wp-image-588" title="wallpapers-colores" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/wallpapers-colores-300x227.jpg" alt="" width="300" height="227" />Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el <em>Clarín</em> por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: <em>Boca Juniors</em>. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada <em>no es lo mismo</em> en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de <em>bocaditos Holanda, </em>y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena <em>Bombonera</em>, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la <em>Vuelta de Rocha</em>.</p>
<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" />
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		<title>Sobre la amistad, justo antes de partir</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Feb 2010 10:24:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p><img class="alignright size-full wp-image-527" title="avion_papel" src="http://pilux.files.wordpress.com/2010/02/avion_papel.jpg" alt="" width="400" height="213" />Ahora, en este preciso momento, estoy velando mis armas, en vísperas de vísperas de un nuevo viaje. Cada vez que se acerca el momento de abordar un vuelo transoceánico, un mecanismo engrasado y preciso se pone en movimiento, me retrata sigilosamente en un gesto de alerta involuntario, dibujando con mal pulso un silencio de negra en el pentagrama secreto donde escribo la banda sonora de mi vida.</p>
<p>Y no es que tema volar. Probablemente si sumo las horas que he pasado en aeropuertos y aviones, obtendría dos o tres meses de buena vida. No me produce el menor nerviosismo el hecho de sumar mis noventa kilogramos al espeluznante cóctel de más de trescientas cincuenta toneladas de metal, carne humana, combustible altamente inflamable y bandejitas con comida tibia que conforman un vuelo de pasajeros transcontinental. Simplemente altera la línea de tiempo de mi consciencia el compás de espera, las largas horas muertas, el murmullo dormido durante una docena de horas de los motores diciendo su letanía contaminante, los rostros desconocidos por doquier, la suma de pares de ojos que ocultan verdades y vergüenzas variadas, la pantomima de amabilidad y servicio degradadas a un espacio cúbico ínfimo. Y es que no puedo concebir una manera más efectiva de perder el tiempo.</p>
<p><span id="more-525"></span>Lo curioso, sin embargo, es que tamaño despropósito suele compensarse por un resultado posterior. Normalmente un aparato de aviación civil me lleva a un encuentro. Esta vez, con dos amigos.</p>
<p>Éramos tres amigos, en Buenos Aires, en las noches de invierno y en las de verano. En viajes delirantes al sur de la Argentina, mochila al hombro, muchos pasos y pocos pesos, latas de arvejas y linternas sin pilas, lagos fríos, café instantáneo calentito en jarros de peltre. Éramos muchos más, por supuesto, más amigos, más adolescentes, más soñadores, más inquietos.</p>
<p>Pero los naipes son los naipes, y su orden de salida es caprichoso, arbitrario y absurdamente honesto, bajo la permanente sospecha de deshonestidad. La baraja es algo que nadie domina sin hacer trampas. Y los naipes salieron como salieron. Mezcladas entre muchas historias de amigos que se quieren, de amigos que se pelean, de amigos que siguen y de amigos que ya no están, de recuerdos amargos y dulces, de personas imborrables que dejaron una sombra de presencia aunque hayan partido, la historia de estos tres amigos siguió su curso, un derrotero escarpado y misterioso, un río que a veces fluye caudaloso, y otras se transforma en un hilillo de agua tibia, pero que nunca se detiene.</p>
<p>Éramos tres amigos que descubríamos juntos el mundo. La pasión de las palabras, la política, la esperanza y la decepción. Exploramos juntos muchos senderos, por separado otros. El camino de la piel femenina, bajo una emoción intensa cargada de hormonas, de descubrimientos. A veces creo que hacer asomar a un hombre joven desde los huesos de un adolescente no se trata de otra cosa que de aprender que la mayoría de las cosas, cuando suceden, no tienen nada que ver con la idea previa que se construye desde los sueños, la fantasía, los libros y las películas. Así, el amor de una mujer es mucho menos rosa, pero más profundamente maravilloso y misterioso, inabarcable y oscuro, perverso, también. No sólo gratifica, sino que además duele, lastima, castiga y recompensa. El trabajo, por su parte, no es la panacea de la realización personal y las metas conseguidas, sino una larga sucesión de rutinas enredadas, entrelazadas, que se perpetúan a sí mismas, esporádicamente interrumpidas por pequeños avances, por ínfimas conquistas, por batallas ganadas con un tenedor y una cuchara. La paternidad, en cambio, es una sorpresa violenta. Lo que estaba destinado a ser el día más feliz de tu vida, se transforma sin previo aviso en el susto más grande que eres capaz de experimentar, seguido de una vergüenza secreta por creer que no estás viviendo lo que se supone que deberías estar viviendo. Y entonces, cuando empiezas a creer que no sirves para eso, se revela como una tarea de todos los días, como una pequeña comunión cotidiana, en la que las cosas van acomodándose sin permiso, sin advertencias, y también sin remedio, para hacerte feliz, pero también cauteloso, contradictorio, juguetón y claramente insuficiente. Y la amistad, claro está, no puede faltar a la cita. La amistad se transforma, y te vas dando cuenta de que la intensidad que se puede vivir en una amistad a los quince años, está hecha justamente de ese material ingrávido que ocupa el pecho antes de tantas batallas perdidas y desengaños, cuando todavía el mundo es una fruta pendiente de madurar. Después, cuando eres capaz de comprenderlo, ya es tarde. Puedes hacer lo que quieras, lo que te parezca, intentarlo de mil formas diferentes, pero un hombre nunca volverá a ser capaz de abrir su corazón a otro hombre como lo hacía a los quince años.</p>
<p>Cuando, después de tantas millas voladas, de tantas cicatrices invisibles, de tantos golpes arteros, finalmente te das cuenta de cuánto te importa, resulta que hace demasiado tiempo que todo explotó. El reverso de los naipes que cada uno de los amigos tiene en las manos es de diferente color. Están jugando con barajas distintas, y ya no es posible volver a la misma partida.</p>
<p>En la historia de estos tres amigos en particular, uno de ellos tuvo hijos en Buenos Aires. Otro en Montreal, Canadá, y un servidor en Barcelona. Nos hicimos hombres a una distancia de cinco dígitos en kilómetros.</p>
<p>Y sin embargo, la distancia sumada de estas tres ciudades no ha podido con lo más auténtico, con el núcleo vital de lo que nos dimos en su momento, el puñado de confesiones y secretos más antiguo. Desde entonces, cada vez que podemos, coincidimos. Pero esta vez es especial. Hemos hecho un esfuerzo enorme para encontrarnos en un punto intermedio: México.</p>
<p>Cada uno de los tres ha conseguido una pausa en sus trabajos, con sus mujeres, con sus hijos, solamente para robar cinco días completos, ciento veinte horas seguidas para renovar la amistad, para mezclar las tres barajas con reversos de colores distintos y jugar a solas una partida interminable, una tanda de confesiones de hombres que no han olvidado cómo eran de adolescentes, un intercambio sincero de ilusiones vivas, de derrotas personales, de pequeñas victorias, de fantasías de esas que solamente se pueden confesar entre grandes amigos.</p>
<p>Por eso estoy conmovido. Me esperan cinco días que me obligarán a reconocer, sin concesiones, frente a dos <em>amigos</em>, quién soy hoy. Las partidas que he perdido y las que he ganado. Lo que hago bien y lo que hago mal. Lo que soy capaz de dar y lo que soy capaz de recibir, también.</p>
<p>Por eso, queridos lectores, pido disculpas, porque la semana que viene faltaré a la cita religiosa con este <em>blog</em>. Sepan que no habrá <em>post</em>, pero será porque estoy concentrado en reunirme con algo propio, personal, que luego me dará materia prima para muchos otros <em>posts</em>.</p>
<p>Y los tres amigos brindaremos, con alcohol y con café. Fumaremos tabaco rubio y, sobre todo, nos daremos el permiso, entre hombres, de hablar una vez más como chicos. Después, el control de seguridad del aeropuerto de salida, nos obligará a volver a separar las tres barajas por colores, y lo haremos, obedientes, para regresar a nuestras vidas, armadas con esfuerzo y con amor, que nos gustan, a pesar de transcurrir lejos de los amigos. Pero esos cinco días de encuentro nos darán fuerza e ilusión, y de esa fuerza surgirá la habilidad, frente al guardia del aeropuerto, para que cada uno de nosotros, al guardar su baraja, se lleve, oculto en una manga, un comodín de la baraja de cada uno de sus dos amigos.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2010 10:29:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Serán los números redondos, será el cambio de década o simplemente la nostalgia tópica de los exiliados en época de fiestas, pero lo cierto es que me encuentro reflexivo, nostálgico y tanguero. Desde hace días suena en mi cabeza, en un concierto privado y silencioso, lento, eterno y soñador, con un ataque de bandoneones heridos [...]


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<p><img class="alignright size-full wp-image-486" title="Volver a la nada de los últimos veinte años" src="http://pilux.files.wordpress.com/2010/01/a762_tango1.jpg" alt="" width="368" height="240" />Serán los números redondos, será el cambio de década o simplemente la nostalgia tópica de los exiliados en época de fiestas, pero lo cierto es que me encuentro reflexivo, nostálgico y tanguero. Desde hace días suena en mi cabeza, en un concierto privado y silencioso, lento, eterno y soñador, con un ataque de bandoneones heridos de invierno, el tango “<em>Volver”.</em> Y es una tontería, porque más que en volver a alguna parte, pienso en los últimos veinte años, que según la genial pieza de Carlitos Gardel no son nada, pero irónicamente vuelven una y otra vez.</p>
<p>Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.</p>
<p><span id="more-485"></span>Hace veinte años entraba en la década de los noventa, y aún creía que nunca iba a cumplir veinte años. Creía que el tango era cosa de viejos, y que nunca jamás me iría de la Argentina. Creía que el amor era como en las películas, y que las películas se parecían a la vida. Creía que la vida era ilimitada, que mis pulmones eran de amianto y mi estómago – plano y musculado, sin ningún esfuerzo – era indestructible. Hace veinte años creía que estaba llamado a ser un líder. Creía que mi inteligencia y mi pasión infinita tenían un destino insoslayable de tinta y papel, de tormenta eléctrica y una primavera perenne de ideas nobles.</p>
<p>Hace veinte años ya, y un poco más quizás, cuando la persona que soy recién empezaba a asomar del cascarón, descubrí de la mano de Pablo y Emilio, mis dos grandes amigos, el verdadero significado de la amistad masculina. No la gran amistad que narra la épica, ni la de las personas sabias que intercambian correspondencia para la posteridad y solaz de los historiadores. Ni siquiera la amistad de los adolescentes, la de darse empujones entre risas durante una noche de invierno en la entrada de un <em>boliche</em>. Descubrí la amistad de andar por casa, la que te hace sentirte cómodo. La amistad calzada con pantuflas y que no teme reconocer que fue ella la que se tiró el pedo. La amistad de las confesiones susurradas a la hora en la que no queda nadie más levantado, sino solamente un par de borrachos que son tan amigos que no tienen nada mejor que hacer que decirse cuánto se quieren, confesarse las vergüenzas más profundas y quejarse de sus padres y sus novias, mientras riegan el amanecer incipiente con sus propias lágrimas de sal.</p>
<p>Hace veinte años también – redondeando – que descubrí la piel. No el envoltorio de los homínidos, sino la superficie de intercambio con el mundo, la máxima expresión de la pequeña frontera que nos define, permitiéndonos compartirnos enteros con quien nos parezca. Descubrí la piel femenina, y que las hormonas alborotadas e impacientes, después de la urgencia de conocer y de saber de qué se trataba eso del sexo, podían y sabían, sin que nadie les enseñe, dejar paso a una emoción profunda, a un misterio oscuro de tacto y suavidad. Descubrí también, al descubrir eso, que no había descubierto nada, que no sabía nada y que tenía que aprender a invocar al silencio, para permitirme escuchar, en un susurro casi inaudible, los secretos que en penumbra cuenta la piel de una mujer cuando se la acaricia con verdadera ternura. Después descubrí también, con amargura, que el amor no estaba hecho de eso. O al menos no solamente: hacía falta entrega, corazón, humildad, complicidad y otro montón de cosas todavía más difíciles.</p>
<p>Hace veinte años descubrí que tenía un enorme talento para sufrir, y un pequeño montón de habilidades moderadas para dar sin esperar recibir, para la generosidad, el egoísmo, la comprensión, la lealtad, la vergüenza, el silencio, las palabras, la contemplación, la sinceridad y la mentira, y sobre todo, para admirar a personas comunes, que es mucho más difícil que admirar a los héroes y a los probos. Hace falta mucho esfuerzo para aprender a admirar el trabajo de nuestros padres, a nuestros amigos, a los viejos, a las mujeres que lo dan todo por sus hijos.</p>
<p>Y como parece ser que hace veinte años de todo, hace también veinte años que empecé a pensar que tenía que deshacerme de mi niño privado, de ese pichón de Aprendiz de Brujo que disfrutaba con la fantasía y la ciencia ficción, que adoraba a <em>Batman</em>, al <em>Zorro</em>, a <em>Flash Gordon</em> y a <em>Spiderman</em>, pero también a <em>Tom Sawyer</em>, a <em>Sandokán, Peter Pan</em> y <em>La Pequeña Lulú</em>. Hice mucho esfuerzo, hasta que lo maté sin ningún sentimiento de culpa y supe que podía dedicarme a hacerme <em>grande</em>. No sospechaba cuánto me iba a arrepentir, ni cuánto trabajo me costaría recuperarlo para mis hijos, de a pedacitos.</p>
<p>Hace la mitad de veinte años que dejé la Argentina, asustado, sintiéndome pequeño e ilusionado, en un avión que transportaba veinticinco toneladas de carne humana y tres valijas con todas mis posesiones terrenales, entre otras cosas. Tenía los sueños torcidos y la ambición a flor de labios. Tenía miedo, valentía y un puñado de cicatrices escondidas detrás de un racimo de amores muertos. Tenía quince discos de <em>Joan Manuel Serrat</em> y cuatro o cinco pequeñas venganzas pendientes. Tenía algunos trajes, y muchos papeles viejos llenos de letras sin sentido aparente. Tenía un tatuaje en el hombro derecho y dos cartones de cigarrillos argentinos.</p>
<p>No podía imaginar que, cuando hubiese pasado la primera mitad de la segunda mitad de esos veinte años, la cabecita rosada y deformada por el esfuerzo del parto de mi primer hijo haría soplar un viento fresco que se llevase las venganzas muertas, como hojas secas, ni que un llanto rojo y espeso me inundaría el pecho para reclamar el regreso al país de nunca jamás, la vuelta definitiva de todos los niños que fui, el perdón absolutorio para todos los pequeños rencores que alimentaba con paciencia. Tampoco sabía que era el primer paso de un camino de vuelta, del regreso a la primera mitad de la primera mitad de esos veinte años, el resurgir de mis palabras apertrechadas. No sabía que, al final de esos veinte años de nada, iba a tener tantos motivos para recuperar de las cenizas la mejor versión de mí mismo, que iba a mudar la piel, como las serpientes, y encontrar debajo una piel nueva, igual a la vieja, pero más sensible y mejor conservada, dispuesta a aprender nuevamente de cada contacto, de cada chispa, de cada golpe.</p>
<p>Y ahora que termina la segunda mitad de la segunda mitad de los últimos veinte años, entonces descubro que peso veinte kilos más, que sigo sin saber nada de todas las cosas de las que no sabía nada hace veinte años, pero en cambio aprendí a recordar que no sé nada antes de equivocarme. Y aunque <em>veinte años no es nada</em>, esa nada me deja entre las manos dos hijos perfectos, la mujer con la que quiero estar, un puñado de amigos de verdad, varios montones de personas a las que quiero cerca y un montón de palabras por decir.</p>
<p>Hace seis días que empezaron los próximos veinte años, y ahora que estoy viviendo la primera mitad de la primera mitad de esos próximos veinte años, no encuentro mejor manera de hacerlo que compartiendo con todos ustedes lo poco que aprendí en la nada de los últimos veinte años, y teniendo siempre presente que no hay mejor manera de vivir que <em>con el alma aferrada</em>, pero no solamente a los dulces recuerdos, no solamente a las lágrimas, sino a lo que viene, a lo que <em>hacemos</em> venir con nuestra energía, con nuestra pasión, con nuestras ideas y nuestras palabras.</p>
<p>Los reyes me trajeron una letra de tango con música de <em>Rock &amp; Roll</em>, ejecutada por una orquesta sinfónica, con coros guturales de conjunto de <em>Gospel</em> y estética <em>Pop</em>, y a pesar de que las partituras están amarillentas y ajadas, son vigentes y frescas, y más allá de la absurda mescolanza, la música resultante suena maravillosamente bien, es dulce y profunda, y hace que sea imposible no sentirse lleno de optimismo.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Charlas de Hombre a Hombre II: Un nuevo enfoque</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 16:17:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p><img class="alignright size-medium wp-image-410" title="LukeVaderEndor" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/lukevaderendor.jpg?w=300" alt="" width="300" height="213" />Recordarán quienes sigan las vicisitudes de la accidentada vida emocional de mi hijo Pablo (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/09/02/charlas-de-hombre-a-hombre/" target="_blank">Charlas de Hombre a Hombre</a> </em>y <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/09/06/charlas-de-mujer-a-mujer/" target="_blank">Charlas de Mujer a Mujer</a></em>), que dejamos el relato de sus tribulaciones amorosas en el álgido punto en que su pretendida, acosada por el ímpetu seductor de más de dos y de más de tres pequeños romeos, se decidía por el que la atacaba menos, y le enseñaba el intrincado y fascinante mundo de los gusanos de tierra.</p>
<p>Ensombrecido por la derrota, Pablo eligió el camino que tantas veces nos hemos prometido algunos a nosotros mismos: <em>“Nunca más me voy a enamorar de nadie”</em>. Simplemente lo decidió y ya está, de un día para otro, Celia quedó borrada para siempre de su dolorido corazón.</p>
<p>Nosotros, como padres modernos y sin prejuicios que somos, siempre le hemos dicho a Pablo que se pueden casar también hombres con hombres y mujeres con mujeres, y que, llegado el caso, pueden adoptar niños. Así que rápidamente halló la solución definitiva y perfecta para su mal de amores:</p>
<p><span id="more-409"></span>-          Papá, ya lo decidí: me voy a casar con el Alex. – es su mejor amigo y compañero de clase.</p>
<p>-          ¿Sí? – pregunté, sorprendido.</p>
<p>-          Sí, total, vamos y buscamos un niño de ésos, y ya está.</p>
<p>-          Vale, me parece perfecto.</p>
<p>Durante varias semanas mantuvo esa postura. El tema salía con relativa frecuencia, y él ya hacía sus planes. Dado que su intento previo de hacerlo su hermano y traerlo a vivir a casa había fracasado repetidas veces frente a nuestra negativa y la de los padres de Alex, había decidido que ni bien pudiesen irían a vivir juntos: vida resuelta. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que una tarde de sábado, mientras perréabamos toda la familia en el sofá, a Gloria y a mí nos dio por besarnos (cosa que por otra parte hacemos con frecuencia y que los niños habían visto ya miles de veces). Algo llamó la atención de Pablo, y preguntó:</p>
<p>-          ¿Por qué os besáis?</p>
<p>-          Bueno&#8230; porque somos novios, y los novios hacen eso: se besan.</p>
<p>-          Ah&#8230; ¿Todos los novios se besan?</p>
<p>-          Claro. Mira, por ejemplo tú, si te vas a casar con Alex, tendrás que dormir con él y darle besos en la boca, como todos los novios.</p>
<p>Primero puso cara de incredulidad, pero la seriedad mía y de su madre le confirmaron que se trataba de una verdad como un templo: <em>Los novios se besan en la boca</em>. Entonces su carita se contrajo y los planes de las últimas semanas quedaron instantáneamente desbaratados con una sola exclamación:</p>
<blockquote><p>-          ¡¡¡¡¡Qué asco!!!!!</p></blockquote>
<p>Su futuro estaba nuevamente oscuro. La boda se suspendió para siempre en el mismo momento en el que supo que entre sus deberes conyugales se encontraba la pernoctación conjunta y el intercambio salival. De nuevo estábamos como al principio&#8230; ¡Cinco años y el pescado sin vender!</p>
<p>Pero el cerebrito inquieto de mi joven <em>padawan</em> no se detiene nunca. Durante los días siguientes a la fatídica conversación durante la que descubrió algunos oscuros secretos de la vida matrimonial, Pablo dedicó largas horas de plaza a mantener cónclaves secretos con Alex y tres miembros más de la cofradía, llamémosles, como siempre, para mantener su anonimato, Xavi, Jorge y Pedro. Sabiendo que tramaban algo, ayer, después del baño, aproveché que estábamos solos, mientras lo secaba y vestía, y le dije:</p>
<p>-          Ahora que no nos escucha mamá, cuéntame: ¿Te gusta alguna chica?</p>
<p>-          No, papá. ¿Por qué siempre quieres que me guste alguna niña? – se enfadó, con toda razón.</p>
<p>-          No, no, no quiero que te guste alguna. Te lo pregunto para saber, para que hablemos de hombre a hombre.</p>
<p>Inmediatamente reconoció el santo y seña de las secretas confesiones masculinas, y sus ojos se iluminaron instantáneamente con ese brillo de travesura y confidencia que solamente los niños logran de manera auténtica. Entonces me abrió su corazón.</p>
<p>-          No, papá. Ya lo tengo todo decidido. Yo, Alex, Xavi, Jorge y Pedro no nos vamos a casar nunca. Vamos a vivir todos juntos en una casa sin novias, donde no pueden entrar las niñas.</p>
<p>-          ¿Ninguna mujer?</p>
<p>-          No.</p>
<p>-          ¿Y qué van a hacer?</p>
<p>-          Vamos a hacer fiestas. Tú podrás venir, y mamá también. Todas nuestras mamás y nuestros papás podrán venir, pero las otras niñas no.</p>
<p>-          Pero Pablo, me parece que cuando sean más grandes van a querer que vayan niñas a las fiestas.</p>
<p>-          No. Ninguna niña.</p>
<p>-          Pero se van a aburrir todos los chicos solos en la casa.</p>
<p>-          No nos vamos a aburrir. Vamos a jugar a todas las cosas que las niñas nunca quieren jugar.</p>
<p>-          ¿Y los otros chicos que tengan novia?</p>
<p>-          Pueden venir, pero tienen que dejar a las novias abajo.</p>
<p>Llegado este punto de la conversación, no pude más que reírme en silencio, para no herirlo, y tuve claras dos enseñanzas de su corazoncito infantil, que son tan obvias que a veces no nos paramos a pensarlas. La primera es lo mucho que el amor tiene de exclusión. Al final importa poco si es un niño, una niña o varios: el asunto es tener un núcleo fuerte de vínculos en los que el resto del mundo queda fuera. De alguna manera él intuye que los seres humanos siempre necesitamos pertenecer a algo especial. Los afortunados encuentran el amor, y si son muy afortunados (como en mi caso particular) uno o dos amigos con los que tener algo tan especial y único que una frontera invisible lo separa del resto de nuestro universo afectivo. La segunda fue que el amor, cuando es verdaderamente puro, como en el caso de los niños, no se detiene a considerar detalles como el sexo o <em>lo que debe ser</em>. Pablo ama verdaderamente a su amigo Alex, y quiere compartir su vida con él. Pongamos las dificultades que pongamos los adultos, él encontrará siempre su camino, y aunque no sea un camino posible, será un camino verdadero.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Capítulo Pi(-05). Acción en Barcelona &#8211; Canadá (2006).</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Oct 2009 09:41:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div class="TweetButton_button" style="float: right; margin-left: 10px;;height:20px;margin-bottom:5px;"><a href="http://twitter.com/share?url=http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F10%2F04%2Fcapitulo-pi-05-accion-en-barcelona-canada-2006%2F&amp;text=Capítulo Pi(-05). Acción en Barcelona &#8211; Canadá (2006).&amp;count=vertical&amp;via=piluxfirpux&amp;lang=es&amp;related=amistad,amor,escribir,filosof%C3%ADa,literatura,matem%C3%A1ticas,novela"><img src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/plugins/tweetbutton-for-wordpress/images/tweet.png" style="border:none" /></a></div>
<p style="text-align:left;"><img class="alignright size-medium wp-image-210" title="equa1" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/10/equa1.jpg?w=300" alt="equa1" width="300" height="183" />Carla abrió los ojos a las 09:38. Para entonces yo llevaba despierto casi tres horas, sin atreverme a mover un músculo, alimentando a oscuras un miedo ancestral a perderme en territorio hostil, fortificando mis defensas, contemplando cómo el día se desperezaba con lentitud, transparentando las cortinas. Se giró hacia mí. Me abrazó, aún dormitando. Me besó en la mejilla, antes de gruñir confusamente en mi oído:</p>
<p>-      Buenos días. ¿Desayunamos?</p>
<p>-      Claro. – conseguí decir – Pero no nos podemos colgar mucho. Me tengo que ir.</p>
<p>-      Hoy es sábado. Nadie se tiene que ir tan temprano un sábado.</p>
<p>Intento estimular mi funcionamiento neuronal, pero su cuerpo desnudo, pegado al mío, refracta mi posibilidad de producir excusas plausibles a una velocidad razonable. Los terminales nerviosos de mi estómago descubren su mano izquierda, buscándome. Intento no reaccionar. Me mordisquea la oreja. Me acomodo en la cama, boca arriba, mientras no puedo evitar un nuevo torrente de sangre que amenaza con inundar mis vasos capilares. <em>“Esperá un momento”</em>, murmuro. Su lengua me recorre suavemente la punta de un pezón por toda respuesta. Su mano me ataca, me rodea, me estremece, me levanta de entre los muertos, me recupera del páramo de fango donde mi terror privado me inmovilizaba. <em>“Parece que te despertaste contento”</em>, dice, pasando su pierna sobre mi cintura. <em>“¿No íbamos a desayunar?”. “Después”</em>, dice, montada sobre mí, mientras neutraliza mi función de habla con sus labios y su lengua.</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p><span id="more-200"></span>Pasadas las once logré que todo estuviese dispuesto para el desayuno. Carla bebía su café con leche a sorbos cortos, distraída, relajada, mientras yo intentaba hacer lo mismo, poseído por una tormenta de malos presentimientos, una sensación de haberme dejado atrapar.</p>
<p>-      ¿Cenamos esta noche? – pregunta. Me atormenta la idea de que por haber pasado la noche allí, ella ya de todo por supuesto, sobreentendiendo la naturaleza de cualquier cosa que sea lo que nos une, si es que hay algo más allá de una derrota futbolística.</p>
<p>-      Dale.</p>
<p>-      Si no tenés ganas decilo, no pasa nada.</p>
<p>-      No, no, sí que tengo ganas. Pasa que el martes viajo a Canadá, y tengo que empezar a preparar las valijas, pero no pasa nada, puedo salir a cenar.</p>
<p>-      ¿A Canadá? ¿Qué vas a hacer en Canadá?</p>
<p>-      Me voy de vacaciones. Somos tres amigos desde la secundaria. Uno, Martín, vive todavía en Buenos Aires. El otro, Daniel, acaba de ser nombrado profesor de filosofía en la Universidad Concordia, en Montreal, así que se mudó esta semana. Nos vamos a encontrar los tres allí, para pasar dos semanas juntos. Intentamos vernos los tres al menos una vez al año.</p>
<p>-      ¡Qué bueno! – su mano busca la mía por encima de la mesa – Te voy a extrañar.</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p>Conseguí salir del departamento de Carla a las tres y media de la tarde, jurándome a mí mismo no volver a ir bajo ningún concepto, amenaza o coerción de cualquier naturaleza. Entré a casa con una sensación vaga de culpa hacia el cemento, por no haber dormido allí. Me duché rápidamente, y una vez vestido, busqué una mochila de viaje y comencé a guardar camisetas sin ningún criterio, apilándolas en su interior de acuerdo a una geometría inverosímil que, sin embargo, resultaba funcional. La piel pálida pintada de pecas de Carla volvía a mis dedos una y otra vez. Su boca juguetona, sus exploraciones húmedas sobre mi epidermis, la reacción violenta de mis capilares a su tacto, el secreto de su placer narrado de cerca, piel a piel, la voracidad de sus huesos expresada una y otra vez, la sensación viva de su peso sobre mis caderas. ¿Debía llevarme la afeitadora?</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p>Las ruedas del <em>Boeing 737-800</em> de <em>Air Canada</em> dispersaron el polvo de la pista al tocar tierra en el aeropuerto de Montreal. Después de tres aviones y casi un día de viaje, aterrizaba por fin en la ciudad donde viviría mi amigo. Había pasado los dos últimos días antes del viaje enredado en las extremidades de Carla, y las últimas veinticuatro horas repasando mentalmente los enredos sucesivos, a la vez que intentaba que el compañero de turno en el asiento del avión no se percatase del bulto de carne y sangre a presión que el ejercicio mental me provocaba en el pantalón. Pasé el control de pasaportes sin más incidencias que una larga serie de explicaciones sobre las razones que me llevaron a cargar en mi equipaje casi trescientos cigarrillos rubios para una estadía proyectada de dos semanas. A la salida de los controles me esperaba Daniel, medio dormido por lo criminal de la hora. Nos abrazamos.</p>
<p>-      ¿Qué hacés, maricón?</p>
<p>-      Muerto. Tengo los huevos por el sótano de volar.</p>
<p>-      No puedo creer que estés acá.</p>
<p>-      Yo tampoco – intenté sonreír, aunque la melaza espesa en que se había convertido mi sangre debido a la influencia ininterrumpida de la cabina presurizada dificultaba la expresión de mis muestras de alegría – ¿Cuándo llega Martín?</p>
<p>-      Esta tarde, a las seis.</p>
<p>Salimos del aeropuerto, después de detenernos en la puerta para fumar tres cigarrillos seguidos, con la esperanza de que la concentración de nicotina tuviese algún efecto dinamizador sobre mi destrozado sistema nervioso, agotado por el mal dormir, la ingesta de alimentos en bandejitas de aluminio en un espacio vital de tres mil ochenta centímetros cuadrados y la intensidad de los pensamientos eróticos continuos.</p>
<p>Atravesamos la ciudad en un autobús de media distancia por doce dólares canadienses. Daniel había alquilado un <em>loft</em> a quinientos metros de la estación, que recorrimos a pie, charlando y arrastrando mi mochila, sin prisa. Su <em>loft</em> era un espacio diáfano de ochenta y dos metros cuadrados, al que completaban otros doce de una habitación y los casi cuatro del cuarto de baño. Dos de las paredes estaban completamente cubiertas de ventanales, y el perímetro era poligonal, irregular, y obstaculizado por tres dispersas columnas cuadradas, una mesa y tres sillas blancas, y un colchón sin sábanas en el suelo.</p>
<p>-      Todavía no me llegaron los muebles de Nueva York. Liv alquiló todo esto para que tengamos dónde comer.</p>
<p>-      ¿No era que se iba de viaje?</p>
<p>-      Se va esta tarde, más o menos a la misma hora que llega Martín.</p>
<p>Liv salió de la habitación. Era la primera vez que Daniel estaba con una mujer el tiempo suficiente como para vivir juntos, y sin embargo yo no la conocía. Nos presentamos. Ella era estadounidense, así que hablamos inglés, con lo que la profundidad, naturalidad, interés e inteligencia de mi conversación descendieron rápidamente en una función lineal cartesiana (<em>-x, -y</em>). Sin embargo, conseguí darle poca importancia, mientras alternaba trozos de conversación en castellano con Daniel.</p>
<p style="text-align:center;">*                     *                     *</p>
<p>-      Estás completamente <em>agringado</em>. – dijo Martín, molesto por tener que cenar a las siete y media de la tarde.</p>
<p>Daniel comenzó una justificación basada en los procesos digestivos y el bajo rendimiento de las funciones metabólicas del cuerpo durante las horas de sueño, mientras yo me abstraía de la conversación para:</p>
<p style="padding-left:60px;">a)     Evocar la desnudez de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">b)      Pensar en los misterios de la amistad profunda. Nos veíamos los tres una media de 0,82 veces al año, y sin embargo cada vez era una continuación perfecta de las otras, como si el tiempo no fuese capaz de reducir el coeficiente de rozamiento necesario entre seres humanos para forjar una amistad fuerte.</p>
<p style="padding-left:60px;">c)      Evocar los labios de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">d)      Intentar determinar por qué razón los habitantes del norte de América en general sostienen que la carne de vacuno debe ser masacrada y casi carbonizada para servirla en un plato.</p>
<p style="padding-left:60px;">e)      Evocar las manos de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">f)      Observar a mis dos amigos, para darme cuenta sin ninguna piedad de que nunca volveré a tener algo así, mientras la suerte no nos lleve a los tres a volver a vivir en la misma ciudad.</p>
<p style="padding-left:60px;">g)       Evocar los pezones de Carla.</p>
<p style="padding-left:60px;">h)     Intentar reinsertarme en la conversación, que en ese momento transitaba un camino complejo sobre la relación de Daniel con Liv, y sabiendo que mis dos amigos considerarían necesario y vital mi aporte, debería irlo pensando.</p>
<p style="padding-left:60px;">i)       Evocar los ojos de Carla.</p>
<p>-      …y está claro que por eso, algunas diferencias culturales entre ella y yo son insalvables, pero aún así me gusta mucho. Vamos a ver qué pasa. ¿Qué opinás, Ernesto?</p>
<p>-      ¿Yo? No mucho, en verdad. Me parece que va a ser bueno para vos no haber venido solo. Además, ella demostró mucha buena voluntad al programarse un viaje para dejarnos solos estas dos semanas, ¿no?</p>
<p>-      Sí, bueno, en realidad digamos que se lo sugerí de una forma bastante enfática. Pero es cierto que accedió de buen grado.</p>
<p>-      Ya me imagino. – dijo Martín – Seguro que la convenciste de que en realidad es ella la que necesita no estar mientras estamos los tres juntos.</p>
<p>-      Obvio. ¿Para qué soy filósofo si no?</p>
<p>-      No sé. Capaz que para generarle preguntas en lugar de entregarle respuestas a preguntas que no se había hecho. A veces pienso que estamos todos como <em>Amaranta Buendía</em>, despegando botones para volver a coserlos. En lugar de solucionar las cosas, no hacemos más que generar nuevos y variados problemas para cada propuesta de solución.</p>
<p>-      ¿Hablás de filosofía o de matemáticas?</p>
<p>-      De las dos cosas. De la vida, en general, y de mis huevos, en particular.</p>
<p>-      Parece que la argentinita nueva te pegó mal, ¿no?</p>
<p>-      Te juro que no estaba dispuesto a que me pasara esto. La mina es terriblemente absorbente, pero es muy inteligente, es culta, está buenísima y tiene un polvo alucinante.</p>
<p>-      ¿Y entonces? ¿Qué es lo que te preocupa? Llevás seis años quejándote de lo solo que estás en Barcelona, y cuando aparece alguien tirás para atrás.</p>
<p>-      No, si un poco tenés razón. Soy un pelotudo, pero lo que pasa es que no aguanto bien perder la exclusiva de mi cabeza.</p>
<p>-      Sos un hinchapelotas, viejo. Si son tontas porque son tontas, si son inteligentes porque son inteligentes. Si cogen poco porque cogen poco y si cogen mucho porque cogen mucho. Así no vamos a ninguna parte.</p>
<p>-      Mirá quien habla. Acá el único que puede hablar es Martín, que lleva con Violeta como mil años. ¿Cuánto hace, Martín?</p>
<p>-      Dieciséis. Pero me parece que el tema no es el tiempo, sino los permisos que se da uno para ser o no ser feliz. Y la felicidad no es necesariamente estar o no estar con una mina, sino la realidad comparada contra las expectativas reales.</p>
<p>-      No te sigo.</p>
<p>-      Claro, al final, parece que el modelo de <em>felicidad</em> es solamente el guión preestablecido. Ganar guita, enamorarse, tener hijos. Pero a veces me pregunto si somos sinceros con nosotros mismos a la hora de decidir qué es lo que nos hace felices. – Martín sacó una birome del bolsillo y escribió en una servilleta de papel:<br />
<img class="aligncenter size-full wp-image-204" title="ecuacion" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/10/ecuacion.jpg" alt="ecuacion" width="119" height="85" /></p>
<p>-      Esta es la fórmula. La <em>Felicidad</em> es igual a la <em>realidad</em> sobre las <em>expectativas</em>. Si el cociente se aproxima a uno, entonces quiere decir que estás contento con tu vida. Si es mayor que uno, la realidad supera la ficción, y si es mucho menor que uno, entonces hay algo que no va. Tus deseos están muy por encima de lo posible. La dificultad es establecer el valor neto de <em>r</em>, y el de <em>e</em>. El de <em>r</em> porque nadie analiza con la objetividad suficiente su propia realidad, y el de <em>e</em> porque nadie es absolutamente sincero con sus propias expectativas.</p>
<p>-      Es claramente la visión de un economista sobre todo el asunto. Para mí, desde un punto de vista estrictamente lógico, deberías incluir una variable <em>s</em>, para las sorpresas, buenas o malas, que te dé la vida, y una variable <em>p</em> para los problemas que tenés. Y seguramente muchas otras. Por ejemplo la variable <em>x</em> puede indicar tu índice de satisfacción sexual, la <em>a</em> podría referirse al valor de tus afectos, etcétera etcétera.</p>
<p>-      No estoy del todo de acuerdo, al menos en lo que respecta a la expresión de la ecuación principal, – intervine – desde el punto de vista estrictamente matemático, <em>F</em> es una función recursiva que se recalcula a cada instante, y <em>r</em> puede descomponerse en infinitos factores, entre los que entrarían tus variables <em>s,</em> <em>p, x </em>y <em>a</em>, pero también muchos otros, como la actualidad política o las catástrofes naturales. La variable <em>e</em> también puede descomponerse en factores que, según te sientas más o menos optimista, pueden variar de magnitud. Al final, la función <em>F</em> debe graficar un histograma en función de tiempo que represente tu nivel de bienestar, y en realidad deberías calcular una media, llamémosla <em>T</em>, que es la curva que representa tu felicidad a lo largo del tiempo.</p>
<p>-      Bueno, pero pajas mentales aparte, ¿cómo estás entonces con esta mina?</p>
<p>-      Digamos que mi variable <em>x</em> está altísima, lo que sube claramente el valor de <em>r</em>, pero al mismo tiempo mis variables <em>m</em> y <em>f </em>se están disparando, y eso baja drásticamente el valor de <em>r</em>.</p>
<p>-      ¿Y qué carajo representan las variables <em>m </em>y <em>f</em>?</p>
<p>-      <em>M</em>iedo y <em>f</em>obia<em>.</em></p>
<p><em><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /><br />
</em>
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