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Artículos etiquetados y‘amor’

Sobre la amistad, justo después de regresar

6 Marzo 2010 6 comentarios

No sé si es la tan mentada madurez, o si se trata de las pequeñas traiciones, cada vez más frecuentes, del cuerpo maltratado, o simplemente de los primeros avisos tempraneros que nos envía la posibilidad, cada vez menos lejana, de morir algún día; pero lo cierto es que cada vez duermo menos. Aquél placer inconmensurable de acostarse a las siete de la mañana, con los músculos doloridos de tanto bailar, el estómago en un puño de tanto beber y los pies doloridos por el exceso de actividad, para dormir sin interrupción hasta las seis de la tarde, y que pensaba que ya no era posible a causa de la paternidad, resulta que no es posible porque me despierto con el día, cuando la luz rompe la noche, en secreto, al otro lado de la cortina pesada que intenta protegerme de todo un mundo ahí fuera.

Y el primer amanecer en México no fue una excepción.

A pesar de estar con el reloj mareado, los ritmos corporales alterados por nada menos que siete horas de diferencia y las emociones alborotadas por los encuentros, el primer sol del Caribe me encontró abriendo los ojos bajo un aplastamiento de cansancio, un hormigueo reptando por las piernas y la cabeza como si me hubiesen dado un mazazo. Llegué – el segundo de los tres amigos en pisar territorio Mexicano – la noche anterior, a medianoche. Me acosté tarde, biológicamente perjudicado por veinticuatro horas de transporte, y abrí los ojos sin piedad a las siete y quince minutos de la mañana, creyendo que estaba a punto de morir de cansancio.

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Sobre la amistad, justo antes de partir

21 Febrero 2010 19 comentarios

Ahora, en este preciso momento, estoy velando mis armas, en vísperas de vísperas de un nuevo viaje. Cada vez que se acerca el momento de abordar un vuelo transoceánico, un mecanismo engrasado y preciso se pone en movimiento, me retrata sigilosamente en un gesto de alerta involuntario, dibujando con mal pulso un silencio de negra en el pentagrama secreto donde escribo la banda sonora de mi vida.

Y no es que tema volar. Probablemente si sumo las horas que he pasado en aeropuertos y aviones, obtendría dos o tres meses de buena vida. No me produce el menor nerviosismo el hecho de sumar mis noventa kilogramos al espeluznante cóctel de más de trescientas cincuenta toneladas de metal, carne humana, combustible altamente inflamable y bandejitas con comida tibia que conforman un vuelo de pasajeros transcontinental. Simplemente altera la línea de tiempo de mi consciencia el compás de espera, las largas horas muertas, el murmullo dormido durante una docena de horas de los motores diciendo su letanía contaminante, los rostros desconocidos por doquier, la suma de pares de ojos que ocultan verdades y vergüenzas variadas, la pantomima de amabilidad y servicio degradadas a un espacio cúbico ínfimo. Y es que no puedo concebir una manera más efectiva de perder el tiempo.

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Volver a la nada de los últimos veinte años

6 Enero 2010 23 comentarios

Serán los números redondos, será el cambio de década o simplemente la nostalgia tópica de los exiliados en época de fiestas, pero lo cierto es que me encuentro reflexivo, nostálgico y tanguero. Desde hace días suena en mi cabeza, en un concierto privado y silencioso, lento, eterno y soñador, con un ataque de bandoneones heridos de invierno, el tango “Volver”. Y es una tontería, porque más que en volver a alguna parte, pienso en los últimos veinte años, que según la genial pieza de Carlitos Gardel no son nada, pero irónicamente vuelven una y otra vez.

Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.

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El año nuevo de la época del dos mil cero

1 Enero 2010 4 comentarios

Hoy no tengo un buen día, al menos desde la perspectiva de las teclas cuadradas con las que suelo armar palabras. He visto amanecer lentamente el primer día del año, desde mi cama. En mi mesa de luz hay un reloj que proyecta la hora en números rojos en el techo al compás de mi insomnio crónico, y es como una cuenta atrás de mi obsesión, a pesar de avanzar tan lentamente. A medida que la nitidez de los números pierde fuerza, mi duermevela sabe interpretar que está amaneciendo, porque en ese estado narcótico y mentalmente inútil no soy capaz de decodificar correctamente cuatro cifras separadas por dos puntos como un momento concreto del día.

Así que me levanté de mal humor, y por primera vez en el año ejecuté automáticamente los rituales diarios de la mañana. El paso por el baño, sin detalles de interés para los lectores – quiero imaginar –, el café, encender la máquina con los ojos enrojecidos frente a la pantalla, un cigarro y entonces mi resurrección privada, íntima, la de cada día, la del primer sorbo de café con leche y la primera calada de vapor cancerígeno, la de la conciencia de mí mismo que aparece lentamente, se propaga por mis dedos y mi piel, me devuelve al mundo de los vivos.

Me puse frente a mis letras, sin lograr conectar la sinapsis en grupos de más de tres neuronas. La resaca del año nuevo, y la sensación absurda que me invade siempre en estas fechas. Desde que existe la cultura occidental no hacemos más que poner fronteras. Alambramos nuestra parcelita de tierra, amurallamos nuestras ciudades, inventamos los países, las provincias, los continentes. A todo le ponemos nombres y límites, es una afición peligrosa. Primero descubrimos algo, algo que ya estaba ahí, pero la soberbia de la especie humana se empeña en que lo que es nuevo a sus ojos debe serlo también para el mundo entero, para el universo y para la verdad. Una vez descubierto ese algo, lo encerramos en un límite real, imaginario o inevitable. Puede ser un alambre de púas, un océano o una cadena de montañas, pero cuando el límite natural no existe y el real es impracticable (no se puede alambrar un país), entonces inventamos un límite imaginario con lápiz y papel. Después escribimos las reglas para pasar ese límite, y esas reglas siempre establecen un valor de comparación. Si es más fácil cruzar ese límite en un sentido que en otro, entonces automáticamente lo que está de un lado se califica por encima de lo que está del otro, y a ninguno de nosotros se le ocurre discutir esa calificación.

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Ideología (versión remasterizada)

19 Diciembre 2009 18 comentarios

Seguramente Ideología en su versión original fue uno de los textos de este blog que más gustó y más éxito tuvo. Personalmente creo que no sin razón. A mí también es uno de los textos que más me gusta. Por este motivo lo seleccioné para ser publicado en una revista digital el año que viene. A causa de esa publicación inminente, el texto fue corregido – creo que mejoró bastante – e ilustrado por la artista Gabriela Sennes. La razón principal por la que lo vuelvo a publicar aquí es porque creo que la ilustración, que me llegó esta mañana, es preciosa y le hace muchísima justicia al texto, así que no pude resistir la tentación de volver a publicar el artículo. Espero que quienes ya lo hayan leído disfruten de su relectura, y quienes lo lean por primera vez estoy seguro de que también lo disfrutarán. ¡Muchas gracias Gaby!

Ilustración original de Gabriela Sennes

Ilustración original de Gabriela Sennes

Desde chico, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde que formaba un lazo. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suave al tacto, mirándome con dos enormes ojos profundos y alegres. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la acurrucaba en el nacimiento de mi cuello, donde se quedaba durante horas al calor de mi niñez. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, de construir un planeta un poco más cuerdo, un poco más justo, un poco menos disparatado. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás, me recordaba mis privilegios, la suerte cotidiana de un plato de comida caliente en la mesa, de una familia orgánica y funcional, de la presencia del amor en mi vida.

Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener buenos sueños. Cuando aparecía un mal sueño, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor, me invitaba a ser parte de una conjura contra el mal de este mundo.

Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres se negaron. “Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Fue ella, mi ideología, la que me llamó a desobedecer, así que no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, satisfecho por el cosquilleo agradable que me hacía su contacto en la piel, agarrándose con sus pequeñas y  suaves manos, rematadas por dedos de uñas romas.

Durante el transcurrir de la mañana me di cuenta de que mi ideología me hacía un niño mejor. Ese día presté mis lápices, no peleé con los demás, y en el recreo, persuadido por ella, decidí compartir las cuatro galletas que llevaba con tres niños que no eran amigos míos, de esos con los que nadie quiere jugar y que siempre están solos en un rincón del patio, mirando cómo juegan los otros, sabiéndose excluidos por ser diferentes. En un acceso de amistad repentina, los invité a mi cumpleaños, a pesar de que no sería hasta varios meses después. Regresé a casa sintiéndome bien, totalmente convencido de que su presencia en mi vida solamente me traería alegrías, la opción diaria de sentirme mejor conmigo mismo.

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El Aprendiz de Brujo y el parecido de la diferencia

13 Diciembre 2009 10 comentarios

Por más que lo intento, y a pesar de que a conciencia, total y absolutamente, acuerdo y suscribo los preceptos de igualdad de género, de oportunidades y de todo lo que sea posible, no consigo ver a las mujeres y a los hombres iguales. De hecho, ni siquiera veo iguales a los hombres y a las mujeres entre sí, y termino pensando que la especie humana es quizás la que tiene más suerte sobre la tierra, al poseer la enorme riqueza de la diversidad más absoluta en cada uno de sus individuos, y el desparpajo y la falta de criterio de no saber capitalizar y disfrutar esa diversidad.

Desde mi punto de vista, es indiscutible que hay patrones de similitud entre grandes grupos de hombres y grandes grupos de mujeres, y es también conocido por todos que nuestra torpeza congénita y la facilidad que tenemos para generalizar ayudan a crear los estereotipos, de los que luego terminamos prisioneros, y viviendo casi en función a unas verdades de andar por casa en las que no terminamos de creer.

Durante los últimos años, cada vez tengo una sensación más fuerte y marcada de vivir en una sociedad que elige mal. Ahora, como hemos demostrado a lo largo de toda la historia de la humanidad que parte del patrón común del grupo mayoritario de hombres tiende a ocupar espacios de poder, a someter y a ordenar, hemos decidido que necesitamos que la ley marque los límites, y hemos, una vez más, sometido a hombres y mujeres a la llamada discriminación positiva.

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Charlas de Hombre a Hombre II: Un nuevo enfoque

1 Diciembre 2009 6 comentarios

Recordarán quienes sigan las vicisitudes de la accidentada vida emocional de mi hijo Pablo (ver Charlas de Hombre a Hombre y Charlas de Mujer a Mujer), que dejamos el relato de sus tribulaciones amorosas en el álgido punto en que su pretendida, acosada por el ímpetu seductor de más de dos y de más de tres pequeños romeos, se decidía por el que la atacaba menos, y le enseñaba el intrincado y fascinante mundo de los gusanos de tierra.

Ensombrecido por la derrota, Pablo eligió el camino que tantas veces nos hemos prometido algunos a nosotros mismos: “Nunca más me voy a enamorar de nadie”. Simplemente lo decidió y ya está, de un día para otro, Celia quedó borrada para siempre de su dolorido corazón.

Nosotros, como padres modernos y sin prejuicios que somos, siempre le hemos dicho a Pablo que se pueden casar también hombres con hombres y mujeres con mujeres, y que, llegado el caso, pueden adoptar niños. Así que rápidamente halló la solución definitiva y perfecta para su mal de amores:

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Capítulo Pi 25. Acción en Barcelona, 2010.

25 Noviembre 2009 Dejar un comentario

Caminar es un bálsamo para el dolor de la memoria. No es que sea especialmente aficionado al ejercicio físico, pero Barcelona ofrece un paisaje espectacular al inicio de la primavera. Es fácil darse a la contemplación, tanto de piedra, argamasa y cemento como de huesos humanos revestidos de carne revestida, a su vez, de ropa, constituyendo una persona. Camino e intento concentrarme en los edificios, en los semáforos, en los desechos orgánicos, presumiblemente caninos, que esporádicamente agreden las suelas de los zapatos de los transeúntes incautos, en la fila interminable de mujeres bellas que caminan, algunas apresuradas, otras remoloneando en las vitrinas de los comercios, muchas esforzándose en extender la influencia de su propio halo de feromonas, y otras consiguiéndolo sin proponérselo. Camino a buen ritmo, y no lo hago para desplazarme ni para llegar a alguna parte. Ni siquiera lo hago por simular un rudimento de ejercicio físico para mi vida. Lo hago para mantener a raya a mis pensamientos que me acosan como soldados entregados al asedio del último enclave. Me hieren, se azuzan con el olor de mi propio miedo, por la visión de los poros de mi piel rezumando ese miedo, transpirándolo despacio. Más de un mes sin noticias de Nadja, y ya la antigua soledad termina de instalarse nuevamente, de poblar los espacios vacíos de mis días y mis noches. Solo entonces soy consciente de haber olvidado la cantidad enorme de minutos inútiles que tiene un día. De los cuatrocientos ochenta que la media de la población mundial utiliza para dormir, yo no suelo dormir más de trescientos. En vez de los otros cuatrocientos ochenta que la mayoría de las personas emplea en trabajar, yo suelo dedicar unos seiscientos treinta. Quedan, otra vez según la supuesta media, otros cuatrocientos ochenta para comer, divertirse, mirar televisión, ir al baño y querer a los demás. Esto quiere decir que si a los diez mil ochenta minutos que tiene una semana le quitamos los tres mil ciento cincuenta que dedico al trabajo, los dos mil cien que logro dormir y, digamos, doscientos cincuenta más de desplazamientos y conversaciones insulsas con personas a las que compro café, tickets de metro, barras de pan y cosas similares, quedan cuatro mil quinientos ochenta minutos a la semana durante los cuales dispongo de lo que sea que signifique hoy por hoy el tiempo libre. Cuatro mil quinientos ochenta minutos semanales a solas con mi cabeza que no se detiene, no para de revisar, calcular, repetir fórmulas, balancear inecuaciones, desgranar la realidad y emitir veredictos de culpabilidad en mi contra. Soy un acusado modelo, la fiscalía y la defensa a la vez, juez y parte y sin embargo siempre resulto culpable.

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Domingos rituales

14 Noviembre 2009 14 comentarios

gran_religionesComo ya he dicho alguna que otra vez, nosotros – mi mujer y yo – no practicamos ninguna religión, ni activa ni pasivamente. Es algo que a veces me produce un cierto malestar, porque sinceramente creo que me aliviaría no solamente de mis propias manías, sino también de encontrar respuestas a preguntas de mis hijos que a veces son muy complejas en términos científicos, mientras que echarle la culpa de todo a un Dios caprichoso y borracho de poder sería sensiblemente más fácil.

Pero, de todas las cosas que envidio a los religiosos, una de las que más envidia me produce es la capacidad de establecer rituales. Que un hombre serio sea capaz de ponerse una falda larga y una bufanda violeta y un sombrero ridículo, y lentamente, concentrado, se beba su traguito de vino frente a ciento cincuenta personas, y todos se lo tomen en serio, me parece un logro más meritorio que descifrar la cuadratura del círculo, o incluso que la llegada a la luna.

Por eso, y haciendo gala de mi mala tolerancia a sentir envidia, soy tremendamente eficaz a la hora de establecer rituales propios. En mi vida personal, con las personas que quiero y, por supuesto, con mis hijos. No es que de repente me dé por decir una misa atea en casa, disfrazado con un vestido de Gloria, ni que siente a mis niños a verme tomar vino, sino un esfuerzo, muchas veces inconsciente, por llenar mi vida de detalles rituales, fórmulas cotidianas que se repiten hasta el cansancio.

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Ideología

26 Octubre 2009 26 comentarios

ideologia

Con motivo de su publicación en una revista digital, este artículo ha sido corregido. Puedes leer la versión nueva haciendo click aquí.

Desde chiquito, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas muy pequeñas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suavecito al tacto. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la besaba. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, en un planeta un poco más cuerdo y más justo. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás.

Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener sueños bonitos. Cuando aparecía un sueño malo, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor.

Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres me dijeron que no. “Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Yo no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, contento por el cosquilleo agradable que me hacía en contacto con la piel, agarrándose con sus manitos suaves de ideología buena.

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Enano Cabezón

14 Octubre 2009 4 comentarios

et1Hola, Enano Cabezón. Hoy es un día especial. Y como es especial, vamos a cagarnos juntos en la literatura, en el género epistolar, en todos los que leen este blog, en las buenas formas y en la manera de decir las cosas, y vamos a hablar sin artificios ni reglas no escritas. Es especial para mí porque soy tu padre, y como soy tu padre todavía tengo la potestad de decidir lo que es especial y lo que no. Y es especial para vos, porque son ya tres años de romper los huevos en este mundo, y también porque todavía no te das cuenta de que es especial. Al menos no de la forma acartonada y formal que tenemos los adultos para los días especiales. Nos vestimos y nos perfumamos y nos preparamos para sentirnos especiales, solamente porque los accesorios de ese día lo son. Te das cuenta que es especial porque ese día mamá te da un beso especial, y yo te lijo la mejilla con besos especiales y te estropeo los huesitos con abrazos especiales, y Pablo también te besa y te dice que es un día especial.

Y en la escuela te dirán que es especial. Y vendrá tu abuelo también a decirte que es especial. Y también lo harán tus Yayos, y todas las personas que te vean en la plaza.

Por eso, con treinta y seis años llevados como pude y siendo origen de muchas muescas grabadas con la uña en los revólveres de otros, no puedo evitar pensar en vos y en la Maga Rocamadour, cuando le decía a su bebé: “Te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría, o te escribiría cosas importantes”. No puedo evitar pensar en el esfuerzo que invertimos los adultos en hacer solemnes las cosas importantes, y en quitar importancia a las que realmente la tienen. Los adultos somos necios y obstinados. Estamos parados sobre un montoncito de creencias absurdas y certezas absolutas que defendemos con la vida, y muchas veces eso nos hace perder la perspectiva.

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El Aprendiz de Brujo y la Ranita Parlanchina (pequeña fábula batracia)

5 Octubre 2009 3 comentarios

principe_ranaLo que narraré a continuación, si bien es de dominio público y conocido por muchos de nosotros, la maldad y falta de escrúpulos de las personas lo ha convertido en nada menos que un vulgar chiste que se cuenta de boca en boca, faltando a la verdad y al honor de nuestra noble profesión. Decidido a mantener en alto el estandarte de los aprendices de brujo, he rescatado la siguiente fábula del saber popular, para contarla aquí tal como me fue narrada de primera mano por su protagonista, con quien no puedo menos que estar de acuerdo, y aprobar públicamente su buen hacer, su fortaleza de carácter y su excelente manera de razonar y elegir ante las disyuntivas de la vida.

El Aprendiz de Brujo paseaba por la orilla de un estanque. Llevaba sus gafas de cuatro dioptrías, con lo que se aseguraba que el paisaje era lo suficientemente claro, que sus ojos no lo engañaban, y que no caería al agua. El estanque estaba precioso, con la tensión superficial del agua lisa reflejando un cielo azul sin nubes, y solamente rota por esporádicos nenúfares que flotaban aquí y allá. Nuestro héroe regresaba a su casa, después de una agotadora partida de rol, de la que había sido desterrado por un hechicero malvado con poderes robados a siete variados y pintorescos habitantes de la tierra media, mediante artificios de magia oscura, claramente reprobables, y cavilando sobre la posibilidad de desarrollar un algoritmo infalible para calcular el intervalo óptimo de tiempo entre masturbación y masturbación, ya que le preocupaba tanto no ceder al vicio como la necesidad de tener la mente libre de pensamientos impuros, para concentrarse así en lo verdaderamente importante. En ésas estaba cuando una vocecita aguda llamó su atención.

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