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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; amor</title>
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		<title>La Muerte y las palabras</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 09:08:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La muerte es la última de las cosas de la vida de los adultos a la que uno se acostumbra. Nos acostumbramos antes a trabajar, a pagar impuestos o, en su defecto, evadirlos, a una dosis necesaria de hipocresía, a votar, a mentir con naturalidad y a la idea de que jugar ya no es [...]


No existen artículos relacionados.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-657" title="rosa" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/rosa-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />La muerte es la última de las cosas de la vida de los adultos a la que uno se acostumbra. Nos acostumbramos antes a trabajar, a pagar impuestos o, en su defecto, evadirlos, a una dosis necesaria de hipocresía, a votar, a mentir con naturalidad y a la idea de que jugar ya no es cosa nuestra.</p>
<p>Por la misma sabiduría de la naturaleza y del orden de la vida, durante la niñez no se muere casi nadie. A medida que uno va creciendo se comienzan a morir personas. Por lógica, primero tus abuelos. Después gente conocida. Después, probablemente, los padres de uno. Luego se empiezan a morir tus iguales, tus amigos, los que tienes cerca. Entonces empiezas a pensar que tu número puede venir en cualquier boleto. Cualquier giro de la ruleta te puede vestir con un traje de madera.</p>
<p>Es el orden natural de las cosas. Es la forma que tiene la vida de prepararnos para la muerte.</p>
<p>En mi caso, cuando murieron mis abuelos, estaba preparado. Lo recuerdo con dolor, pero no con excesiva angustia. Incluso recuerdo los velatorios como un momento de encuentro familiar. Lágrimas, sí. Tristeza, sí. Pero sin drama. Ancianos que habían vivido, fornicado, procreado, sufrido y disfrutado de la vida, y luego habían muerto.</p>
<p><span id="more-656"></span>La primera vez que me quebré en un velatorio fue en 1997, cuando murió el “Poyo” Pollini. Uno de los amigos verdaderamente cercanos de mi padre. Una persona entrañable. Había estado presente en toda mi vida. Yo tenía veinticuatro años. Lo quería, pero lo quería como quieren los niños a los amigos de sus padres. Cuando supe la noticia me entristeció, pero no derramé ni una lágrima. Sin embargo, por alguna razón, cuando estuve frente al féretro, algo se me rompió en el pecho. Lloré con amargura, desconsuelo y algo de vergüenza.</p>
<p>Años después, pensando en el tema, me dí cuenta de dos cosas. La primera fue que lo quería mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir, incluso a solas conmigo mismo. La segunda fue que mi angustia y mi llanto eran por él, pero también por mí. Era la primera vez que perdía a alguien fuera del guión. La primera vez que se moría alguien que no tenía por qué haberse muerto. No era un anciano. Era alguien como mi papá. Era una referencia fuerte de mi vida. Fue la primera vez que tuve la certeza de la muerte. Fue un aviso concreto. Fue el día que entendí por fin que todos nos podemos morir en cualquier momento.</p>
<p>Más adelante me he preguntado muchas veces por qué quedan los velatorios en el recuerdo tan difusos. Cuando intento recordar detalles, es bastante complicado. Creo que es porque son situaciones en las que el grupo humano se divide en dos. Por un lado los deudos principales: familiares directos, hijos, hermanos, cónyuges y amigos muy íntimos. Son los que lloran sin vergüenza y relatan a los demás los pormenores de la muerte. Del otro lado, todo el resto de los asistentes que echan mano de las mismas palabras de consuelo, las frases hechas, las palmaditas en el hombro.</p>
<p>Frente a la muerte nunca sabemos qué decir.</p>
<p>¿Qué se le dice a quien acaba de perder a alguien? ¿A un hombre hecho y derecho que se ha quedado huérfano a los cincuenta años? ¿A una anciana que cambia su estado civil a viuda, justo ahora que todo estaba tan tranquilo?</p>
<p>Durante muchos años pensé que era una situación tremendamente hipócrita. Sentía que a quien acaba de morírsele alguien importante, realmente le aporta poco consuelo que una tía de la hermana de su cuñado le diga, compungida, que cuánto lo siente, que hay que ver que injusticia, que nos dejan siempre los mejores. Pensaba que, estando en el sitio del que más sufre, del que se queda, el que aguanta en sus brazos el impacto brutal de la muerte, realmente tenía que ser un calvario aguantar el desfile de caras contritas, los susurros en los rincones, las fronteras de su propia familia cerrando filas para decir, uno tras otro, las mismas palabras vacías encerradas en un perfume de flores frescas. Pensaba que el aliento helado de la muerte se llevaba las palabras verdaderas, y que toda la situación tenía algo de ridículo, de grotesco y de tremenda incomodidad.</p>
<p>Muchas veces me he prometido a mí mismo, cuando estoy del lado de los que repiten la letanía litúrgica de condolencias formales a los deudos, no abrir la boca si no tengo algo sustancial que decir. Creía que era mejor no decir nada que informarle a una persona quebrada por el dolor que lo siento mucho, que acompaño, que estoy allí. Es algo que a pesar de las lágrimas puede verse, y me sonaba falso, vacío, sin contenido. Muchas veces me he quedado callado frente a una persona que lloraba una pérdida. Me he limitado a dar un abrazo, a una sonrisa medida y respetuosa, a una mirada a los ojos, a transmitir un apoyo silencioso, a intentar acompañar desde el tacto y la vista, más que desde el oído.</p>
<p>El jueves de esta semana ocurrió uno de esos casos que me dan rabia y dolor. Esas veces que la muerte se salta el guión, y en lugar de llevarse a alguien que ha vivido su vida, le arrebata el resto a una persona joven, a alguien que solamente ha consumido la mitad de lo que por derecho le correspondía.</p>
<p>Era una lectora de este <em>blog</em>. Una ex compañera de trabajo. La verdad es que nos conocimos más por internet después de dejar de trabajar juntos que cuando nos veíamos frecuentemente. Pero era una persona a la que yo apreciaba especialmente. Era una persona con ángel propio, con una historia repleta de emociones, una persona que tenía palabras bellas que dar. Una persona que me hacía sentir cercano a ella cuando comentaba mis textos, cuando bromeábamos por <em>facebook</em>. Una persona valiente, que no ocultaba ni negaba su drama personal, que lo miraba a la cara, que lo enfrentaba de forma directa, sin más miedo que el miedo necesario, el que no se puede esquivar, el que todos sentimos cuando comprendemos que la muerte ronda.</p>
<p>Una persona con la que me apetecía mucho encontrarme, y llevábamos ocho meses posponiendo una cerveza, siempre por razones prácticas, logísticas.</p>
<p>Una cerveza que ya no podrá ser.</p>
<p>Cuando me enteré –lamentablemente, vivir en otra ciudad me impidió acercarme –, intenté decirle algo a su novio, a quien también aprecio mucho, y de quien también he sido compañero de trabajo. De golpe vinieron a mí todos mis pensamientos sobre las frases comunes de la muerte, sus palabras oscuras y lo difícil que es transmitir apoyo. Quería enviarle un mensaje, decirle algo sincero, y solamente acudían a mí los lugares de siempre, las palabras maltratadas de los pésames prefabricados.</p>
<p>Entonces me dí cuenta de algo. Por primera vez sentí que el desfile de personas cercanas repitiendo fórmulas corteses no era una hipocresía, sino un ritual necesario, una liturgia convenida para dar, juntos, el primer paso de los que nos quedamos. Caí en que, una vez pasado lo peor, lo más difícil es encontrar el camino de vuelta a la normalidad. Seguir viviendo, continuar lo que había, pero sin el que se fue. Entonces, que los que te quieren mucho, los que te quieren bastante, los que te quieren un poco y los que te conocen y les caes simpático se acerquen, te den la mano, te digan lo que sabes que van a decir, te ofrezcan el apoyo que sabes que te van a ofrecer, y te repitan las palabras de la muerte, las que se dicen siempre, es una puerta clara para volver a ese camino, es una demostración de que las cosas siguen funcionando como funcionaban antes del paso de la muerte. Es la evidencia de que la vida sigue, que es lo más importante que pueden recibir los que se quedan.</p>
<p>Por eso hoy, he decidido romper el silencio respetuoso que siempre he guardado en estos casos, y pronunciar, yo también, las palabras de la muerte. Para decir en voz baja que, mientra seamos capaces de recordar a los que se fueron como se merecen, el camino sigue. Hay más lágrimas y más dolor a la vuelta de la esquina, pero también, unos metros más allá, puede que vuelva a salir el sol, puede que una lluvia nos refresque y nos limpie, y probablemente la mejor manera de honrar la memoria de los que se fueron sea vivir la vida con ganas y con vocación de disfrutarla.</p>
<p style="text-align: right;"><em>A Belén, que ya no está, y a Ricardo, con mucho afecto.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 25 de Julio de 2010</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>


<p>No existen artículos relacionados.</p>]]></content:encoded>
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		<title>Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jul 2010 08:15:28 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/maradona3629536.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-631" title="maradona3629536" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/maradona3629536-300x204.jpg" alt="" width="300" height="204" /></a>Ayer sábado amaneció soleado. Un sol casi inclemente resquebrajando un cielo de celeste líquido interminable. Un día argentino. Me puse mi camiseta de la Selección Argentina, lamentando parecerme más a Obélix que a Messi, y, como todas las mañanas, me preparé una taza de café y me senté en mi balcón, para bebérmela con el primer cigarrillo del día mientras contemplo cómo el astro rey, lentamente, sobrepasa a las montañas. No soy hombre de supersticiones ni de creencias místicas, pero sin embargo, una sensación rara vagaba por mi pecho. No llegué en ningún momento a identificar un presagio claro, pero estaba presente un insecto molesto y agorero que yo no había invitado al desayuno.</p>
<p>El cigarrillo se consumía, y entonces rescaté mi recuerdo más antiguo de un mundial. Fue el 25 de junio de 1978. Yo tenía entonces cinco años, y no se podía decir de mí que sintiese verdadera pasión por los deportes de contacto. Era mas bien un niño tranquilo. Me gustaba leer y armar rompecabezas. Me gustaban las palabras, como ahora.</p>
<p><span id="more-629"></span>La dictadura militar Argentina ocultaba bajo las gradas repletas de hinchas entusiasmados los cuerpos masacrados de los opositores al régimen, pero de esto tampoco me enteraba.</p>
<p>Sin embargo, y a pesar de eso, sucedió.</p>
<p>Argentina fue campeón del mundo.</p>
<p>Y entonces todo fue euforia. No tengo imágenes propias del partido, ni de los jugadores, más allá de los bigotes borrosos del <em>Matador </em>Kempes<sup class='footnote'><a href='#fn-629-1' id='fnref-629-1'>1</a></sup>, y el casquillo de pelo de Daniel Pasarella. Ni siquiera recuerdo en qué momento salimos de casa, ni cómo llegamos a la calle. Pero lo que no olvidaré jamás es la sensación de la alegría desbordada. Cerrando los ojos aún puedo verme, de pie sobre el asiento trasero de un Peugeot 504 blanco, asomando en medio de dos de mis hermanos por la abertura del techo, mientras mi padre conducía a 6 Km/h en medio de una multitud enloquecida, y los papelitos, miles, millones de papelitos volando, revoloteando y tapizando las calles de ilusión y alegría. Y yo viendo el mundo desde mis ojos de niño, gritando, cantando, festejando.</p>
<p>Y a pesar de el campeonato, seguí sin estar interesado en los deportes de contacto.</p>
<p>Cuando me quise acordar, llegó México 86. Tenía trece años.</p>
<p>Todavía puedo sentir la explosión de ira en aquél maravilloso gol de Diego a Italia que empataba definitivamente un partido trabado y aburrido, en un bar abarrotado de adolescentes gritando, cerveza y humo de tabaco. No tengo que hacer ningún esfuerzo para evocar el corazón golpeando fuerte durante la galopada interminable de Maradona para hacer el memorable gol que le endosó a Inglaterra después de quebrarles la cadera a seis jugadores rivales. Y nunca voy a olvidar cuando me desperté, a las 6:30 de la mañana del 29 de junio, con el cuerpo completamente pintado de rojo de la cintura para arriba, cubierto de miles de molestos granitos producto de una inoportuna escarlatina. Mi padre me acostó en su cama, y movió nuestro televisor blanco y negro hitachi de catorce pulgadas a su habitación, para que todos viesen el partido a mi alrededor. Noventa minutos de angustia y magia, y unos ridículos cartelitos sobreimpresos que proclamaban ¡¡¡ARGENTINA CAMPEÓN MUNDIAL!!!, mientras la alegría desbordante se diluía en una frustración infinita al darme cuenta de que me perdería el festejo, la celebración que mareó las calles de Buenos Aires de una borrachera de pelota y gol.</p>
<p>Seguí sin ser demasiado aficionado a los deportes, pero Italia 90 me volvió a encontrar desbordado de emociones, sensaciones, miedos profundos y gritos desgarradores en las interminables tandas de tiros penales que volvieron a llevar a la Argentina a una final. Y todavía, sin esfuerzo, puedo saborear la amargura de la derrota injusta en la final contra Alemania.</p>
<p>Toda mi historia está salpicada de esos momentos. Como cuando nos juntamos varios amigos muy cercanos para ver, de madrugada, en casa de Emilio, el partido de repechaje contra Australia para ir a Estados Unidos 94, o el maravilloso 30 de junio de 1998, en el que eliminamos a Inglaterra por penales en los octavos de final del mundial de Francia.</p>
<p>Y sin embargo, sigo sin practicar deportes de contacto.</p>
<p>Mis hijos tampoco lo hacen demasiado, porque los padres intentamos transmitirles nuestras mejores cosas, muchas veces sin éxito, pero sin querer les transmitimos exitosamente todos nuestros defectos.</p>
<p>La mañana transcurrió sin novedades. Mis hijos se pusieron sus camisetas de Argentina y allá nos fuimos los tres a la plaza, ataviados con nuestras galas de fútbol.</p>
<p>Después de comer, me preparaba para irme a un bar a ver el partido en compañía de un amigo, cuando Pablo se me acercó.</p>
<p>-       Papá, ¿puedo ir contigo a ver el partido?</p>
<p>Una vez más, mi debilidad de hombre moderno, mi superyó políticamente correcto de la era de la hipocresía, me dictó lo que debía decir. Le respondí como un padre:</p>
<p>-       De ninguna manera. Tú te quedas en casa.</p>
<p>-       ¿Por qué? – preguntó, haciendo pucheros.</p>
<p>-       Porque un bar no es un lugar para niños. Estará todo el mundo fumando, y te aburrirás.</p>
<p>-       No, no me aburriré.</p>
<p>-       Pablo, – argumenté – cuando papá ve un partido en casa te aburres como un hongo. Es un partido muy largo, y papá lo quiere ver tranquilo.</p>
<p>-       Es que quiero ver a Argentina.</p>
<p>-       Mi amor, no. Si quieres te llamo cada vez que algún equipo marque un gol.</p>
<p>Mi hijo me miró con profunda decepción. Rompió a llorar con auténtico desconsuelo mientras, entre lágrimas, repetía sin parar: “<em>Es que quiero ver el partido. Quiero ver a Argentina. Quiero ir contigo</em>”. Yo intentaba calmarlo, y convecerlo de que mi decisión era correcta, que no correspondía llevar a un niño de seis años, que se aburriría, que me pediría que lo trajese de vuelta a casa a mitad del primer tiempo, que esto son cosas de <em>grandes</em>.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Continuaba llorando sin parar.</p>
<p>Entonces, de golpe, me dí cuenta de que estaba actuando como un padre, pero lo que mi hijo necesitaba en ese momento no era un padre. Era un hombre. Era un conciliábulo de hombre a hombre. Dos amigos que aguantan juntos la ilusión, los nervios, el nudo en el estómago. Él no percibía el fútbol, sino mis emociones, y no estaba dispuesto a quedarse fuera de eso. Necesitaba un compañero de juergas, un borracho emocionado que le dijese cuánto lo quería, para olvidarlo al día siguiente. Necesitaba un igual con quien compartir su ilusión y su dolor.</p>
<p>-       Ven aquí – lo llamé, emocionado. Se acercó, con el pechito sacudido por espasmos de pena, los ojos brillando al calor inclemente de la tarde y los mocos transparentes perlando su labio superior.</p>
<p>-       ¿Qué? – me respondió, enojado conmigo y con el mundo.</p>
<p>-       ¿Por qué te importa tanto?</p>
<p>-       Porque quiero ver a Argentina contigo.</p>
<p>Le limpié las lágrimas con mis pulgares y lo miré profundamente a los ojos.</p>
<p>-       Está bien, vale – concedí. – Vas a venir conmigo, pero prométeme que te portarás bien, y que si te aburres te aguantas.</p>
<p>Su carita se iluminó de golpe, los ojos se le abrieron grandes, más grandes que nunca, y una felicidad nueva le renació por debajo de la angustia. Su sonrisa repentina amenazó con salirse de su rostro.</p>
<p>-       Búscate un juguete pequeño para llevarlo, así puedes jugar si te aburres.</p>
<p>En dos minutos se plantó ante mí. En una mano tenía un cachirulo para armar que le regaló su abuela por su cumpleaños, y en la otra una libretita con las tapas del Barcelona y un bolígrafo.</p>
<p>-       Llevo esto para anotar los goles.</p>
<p>En una página había escrito: “Argentina   Alemania”, separados por la típica “T” para anotar tanteos.</p>
<p>Allá nos fuimos.</p>
<p>Se sentó como un auténtico hombrecito, algo que no tuve que enseñarle, lo sabía desde antes de nacer, porque aunque no queramos llevamos escrito en la sangre cómo se mira un partido de fútbol, cómo se sufre y como se recuerda. Un codo sobre la mesa, sosteniendo con la misma mano su vaso de té helado, mientras miraba la pantalla gigante dentro de la cual Alemania, lentamente, comenzaba a aplicarnos un doloroso correctivo.</p>
<p>Finalizada la primera parte, yo estaba de mal humor, nervioso, intranquilo. Casi me había olvidado que el tercer hombre de nuestra mesa era mi hijo de seis años. Me había comportado como se comporta un hombre entre hombres. Entonces lo miré, y no pude evitar sonreírle. El sonrió y me dijo:</p>
<p>-       ¿Pedimos algo para picar?</p>
<p>Después, el desastre. Nos pasaron por encima. Grité, me enrabieté. Cuando una sarta irrepetible de insultos brotaban de mi garganta, cerrando el bullicio del tercer gol, mi hijo me trajo de vuelta, diciéndome:</p>
<blockquote><p><em>“Papá, no grites así, que no estamos en casa”.</em></p></blockquote>
<p>Me aguanté como un hombre las ganas de llorar, y pensé que ni siquiera él sabía cuánta razón tenía. Volví a acariciar sus mejillas infantiles, y por primera vez en mi vida sentí alivio durante una derrota de mi selección. No me importó tanto perder, porque me dí cuenta de que no recordaré el 3 de julio de 2010 como el día que Alemania nos humilló frente al mundo entero, echándonos nuevamente en cuartos de final de un mundial, sino como el día en el que mi hijo de seis años me brindó su ilusión, me ofreció como un hombre su corazón de niño, arrimó su hombro al mío para soportar juntos la derrota – que es mucho más difícil de compartir que la victoria – y me hizo saber, a pesar suyo, que aunque viva a diez mil kilómetros de mi casa, siempre puedo contar con él.</p>
<p>Gracias por el fútbol.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-629-1'>Mi amigo <a href="http://joacoramos.wordpress.com/">Joaco Ramos</a> me apunta que el de los bigotes era Luque, y que el Matador nunca llevó bigote. Trampas de la memoria <img src='http://aprendizdebrujo.net/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' />  <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-629-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>


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		<title>Porque lo digo yo, que soy tu padre</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jun 2010 09:30:46 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La vida te engaña de todas las maneras que puede. Nada acaba siendo como creías que iba a ser, y sospecho que, en muchos casos, tampoco es como creés que es una vez que empezó. Y perdoname que te escriba en argentino, pero es que aunque parezca un contrasentido, mis palabras más sinceras ocurren en mi pecho con acento rioplatense.

Y cuando digo que la vida te engaña, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.

Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.


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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-619" title="Dedo" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/dedo-208x300.jpg" alt="" width="208" height="300" />La vida te engaña de todas las maneras que puede. Nada acaba siendo como creías que iba a ser, y sospecho que, en muchos casos, tampoco es como creés que es una vez que empezó. Y perdoname que te escriba en <em>argentino</em>, pero es que aunque parezca un contrasentido, mis palabras más sinceras ocurren en mi pecho con acento rioplatense.</p>
<p>Y cuando digo que <em>la vida te engaña</em>, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.</p>
<p>Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.</p>
<p><span id="more-617"></span>Todos hablamos sobre la paternidad. Los que hemos sido padres y los que aún no lo han sido. Y parece ser que estamos obligados a decir <em>“Es lo mejor que me pasó en la vida” </em>como primera frase. Creo que hay un pacto social tácito al respecto. Probablemente si los padres dijésemos la verdad cuando los que no lo son preguntan, la continuidad de la especie humana se vería seriamente amenazada, mi amor.</p>
<p>Cuando tu madre estaba embarazada, te esperábamos con auténtica ilusión, y yo en particular con muchísima ansiedad. Intentaba poner mi mano sobre la panza grande y rendonda cada vez que podía. Era mi forma de hacer algo para no sentirme fuera del proceso, porque hablarle a una bola redonda y brillante me hacía sentir definitivamente ridículo. Te decía que ponía la mano sobre la panza de mamá, y esperaba hasta que te movías. Entonces eran los únicos momentos en los que íntimamente conseguía sentir que eras real, que venías de verdad, que no era un invento mío.</p>
<p>Durante toda mi vida había creído que el día que naciese mi primer hijo sería el más feliz para mí. Estaba convencido de que, en el momento que te pusiesen en mis brazos no sería capaz de contener la emoción, y sospechaba que tu llegada sería la llave que abriese una puerta mágica a un mundo fantástico y maravilloso.</p>
<p>En lugar de eso, tu llegada fue un acceso a un quirófano aséptico, en el que todo sucedía a una velocidad falseada. Usábamos unos trajes azules que seguramente te harían mucha gracia, y mamá estaba cansada y dolorida. Me puse a su lado y le sostuve la mano, mientras ella aguantaba los dolores de parto y yo me callaba por vergüenza las molestias que me provocaba una pierna dormida y acalambrada.</p>
<p>Entonces naciste.</p>
<p>Te pusieron sobre mamá. Es que a los padres, por razones obvias, todo el mundo nos ignora un poco cuando nace un niño.</p>
<p>La primera vez que te tuve en brazos sentía una expectativa enorme. Esperaba que una luz seráfica me iluminase el rostro, que una paz interior me desbordase por completo y una sensación de ingravidez total. Esperaba un torrente de lágrimas tibias y la creación de un sol propio y privado con el que darte calor. Esperaba ser un hombre nuevo y la revelación final de el secreto mejor guardado: una felicidad sin límites.</p>
<p>En lugar de todo eso me sentí torpe. Te doblabas como un muñeco de trapo en mis manos inexpertas, tenías la cabecita ligeramente ovalada y los piecitos rosados y las piernas flexionadas hacia el vientre. Cuando por fin encontré la forma de sostenerte, bajo la mirada atenta y vigilante de todos los presentes, me quedé muy quieto, esperando el rayo redentor que tenía que entrar por la ventana. En lugar de la maravilla y la felicidad completa, lo único que conseguí identificar plenamente entre una maraña de emociones mezcladas fue una sensación de pánico creciente. Tuve miedo, mi amor, miedo de verdad. Miedo auténtico, del que te deja seco, miedo del que te da mordiscos en las tripas desde adentro, del que hace sentir vértigo. Miedo del que te acecha desde arriba y desde abajo, el que te impide tragar y respirar. Las lágrimas de emoción que esperaba no llegaron, y en lugar de eso me encontré disimulando frente a tus abuelos, ocultando mi miedo, que es lo que hacemos los adultos cuando lo sentimos. Sonreí para la galería y seguí el guión que todos conocemos.</p>
<p>Caminé unos pasos contigo en brazos. Efectivamente, continuaba sintiendo más miedo que otra cosa.</p>
<p>Pero pronto, muy pronto, supe por qué las claves auténticas de la paternidad son el secreto mejor guardado: porque a los pocos días de tenerte, descubrí que el hombre que yo creía ser se había desecho, y en su lugar habitaba mi pecho una señora gorda, tetona y generosa, con una redecilla y ruleros y pinzas en el pelo, vestida permanentemente con una ridícula bata de flores, que solamente quería ser tu mamá y bailar danzas clásicas bajo el sol, contigo en brazos, amamantarte, darte de comer carne de su carne, de mi carne, besarte con ruido y con baba, hacerte saber su amor con palabras cursis, llorar cada una de tus lágrimas, sacramentar tu sueño de bebé y regocijarse en el tufo ácido de tu caca. Y claro, eso no es de hombres. Los hombres – y te lo digo porque vos también vas a ser hombre un día, y vas a estar atado a tus actos por el mismo reglamento absurdo – somos fuertes, somos machos, somos el sustento y la protección. Tenemos que callarnos a la señora gorda y hacer retroceder las lágrimas (las mismas que ahora, en este momento, solo frente a mi pantalla, intento contener mientras te escribo). Los hombres, mi amor, los hombres como vos y yo somos la ley, somos la fuerza y somos los primeros idiotas que nos creemos cazadores y guerreros, que cuidamos la imagen de varón y estigmatizamos la ternura. Las claves principales de la hombría son otra de las grandes mentiras de nuestra cultura, y a pesar de saberlo perfectamente, por alguna razón soy uno más de los que la sostienen, y me hago el hombre cada vez que es necesario.</p>
<p>Me hago el hombre cuando te digo que no llores por eso, que es una tontería, aún sabiendo que a pesar de ser una tontería tu sufrimiento es auténtico. Me hago el hombre cuando te educo, cuando te escucho y cuando te mando callar. Cuando, para poner fin a tu rebeldía, tiro del cargo, diciéndote: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre.”</em> Me hago el hombre para enfrentar tus miedos infantiles por la noche, y en vez de acurrucarme a tu lado te acaricio el pelo y te aseguro que no pasa nada, que no hay que tener miedo. Me hago el hombre cuando escucho tu lucidez de niño, tu tremenda y brutal agudeza emocional, tus cuestionamientos impertinentes, tus juegos de ternura.</p>
<p>Han pasado casi media docena de años, y ahora que estamos a pocos días de tu sexto cumpleaños, puedo decirte que el día que naciste no fue el más feliz de mi vida, sino uno de los que más miedo pasé. Está marcado en mi historia porque me obligaste a hacerme hombre de verdad, renunciando íntimamente a la imagen de hombre en la que hasta entonces creía. Puedo contarte que con tu llegada refundaste para mí el concepto de ternura. Puedo agradecerte que abrieras para mí una nueva dimensión de lo que significa para un hombre el amor.</p>
<p>Quizás debería darte consejos, decirte que te laves las orejas o que te portes bien. Tal vez debería encomendarte que estudies, que seas un hombre de bien, que crezcas en la dirección correcta, que no te comas los mocos y que no le pegues a tu hermano, pero lo que de verdad me sale es agradecerte el haber hecho de mí una persona mejor, el mostrarme un camino diferente para llegar a mí. Lo demás sé que vendrá, porque amén de todo lo que nos equivocamos los padres a pesar nuestro, de hijos criados con amor solamente pueden esperarse buenas personas.</p>
<p>Han pasado media docena de años, mi amor, y dejáme decirte que el miedo sigue ahí, velando mi sueño cada noche, respirando mi aire durante el día. Nada, ni siquiera la muerte, me da más miedo que no ser un buen padre para vos y para tu hermano, pero dejáme que te cuente un secreto: no quiero que el miedo se vaya, porque su presencia es la salvaguarda de todo lo bueno que tenemos. Mientras tenga miedo de no hacerlo bien seguiré intentando hacerlo mejor cada día.</p>
<p>Y sé que desde tus seis añitos de vida, ves a tu padre un escalón por debajo de tus héroes, y muchos por encima del resto de los hombres. Sé que crees que lo sé todo, y que soy capaz de protegerte de todos los males de este mundo, y no soy capaz de decirte con palabras cuánto me enternezco cada vez que me doy cuenta de tu devoción infantil, ni hasta qué punto me siento insignificante cuando no puedo darte las certezas que tus preguntas de niño me piden constantemente. Pero un día, mi amor, dentro de muy poco, empezarás a pensar que tu viejo es imbécil, que se equivoca y que no sabe nada. Será el momento en el que empieces a fabricar tu propio hombre, tu guerrero cazador y macho alfa que sabe que es el líder del mundo libre y que lo que no haga él no estará bien hecho. Solamente espero ser lo suficientemente hombre como para aceptarlo, sabiendo que probablemente, si algún día llegás a ser padre, comiences a pensar, cada vez con más frecuencia: <em>“Cuánta razón tenía papá”.</em> Quizás un día te descubras con las cejas crispadas y el dedo índice señalando a tu propio hijo, mientras le decís: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”,</em> y entonces un ataque de risa te obligue a darte cuenta que somos animales de costumbres, y que lo que tus padres te dan excede la ciencia y la genética, te hace y te constituye.</p>
<p>Y así entre nosotros, mi amor, permitime contarte que convivimos en mi cuerpo los tres: tu padre, el miedo animal y la señora gorda. Nos llevamos bastante bien, porque cada uno hace su trabajo. El miedo me mantiene alerta y vigilante, me corrige cuando me equivoco y me propone treguas para acercarme a vos. La señora gorda es la que te abraza y te llena de besos, la que juega contigo y te protege entre sus tetas descomunales, la que te besa por las noches y te toma la fiebre cuando estás enfermito. Y tu padre soy yo, el que se divide, el que te adora hasta la locura, el que te escribe pobremente lo que no sabe decirte, el que te manda a recoger los juguetes, y el que, cuando protestás, te apunta con el dedo índice, frunce el entrecejo y te dice con voz varonil, de hombre: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz cumpleaños. Te adora, Papá</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de junio de 2010.</em></p>
<p><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a><br />
</em></p>


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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>


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		<title>La chica que se vestía de japonesa</title>
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		<pubDate>Sun, 23 May 2010 08:41:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/geisha.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-580" title="geisha" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/geisha-300x222.jpg" alt="" width="300" height="222" /></a>Los encuentros tenían un ritual preciso, un argumento tácito, un guión sin escribir que se repetía una y otra vez, sin más recetas que la de la mirada, el tacto, el olfato y el gusto. No hablaban al respecto, no se ponían de acuerdo, simplemente era así. Ella llegaba a casa de él, escondida y furtiva, envuelta en un halo invisible de culpa y secreto, de silencios lentos, de respuestas ocultas, de conversaciones evitadas, abrigada en invierno y sofocada en verano. Él la esperaba ansioso, invocando secretamente sus malas artes de encantador de serpientes, caminando tramos de pocos metros sobre su alfombra gris, fumando con insistencia y furia, mientras repasaba una y otra vez letras de tinta violeta apretadas en hojas de papel rayado, dibujadas, cada una de ellas, con auténtico dolor, y recorría los canales de televisión una y otra vez, sin prestar más atención que la necesaria para certificar el lento paso del tiempo.</p>
<p>Ella entraba con las mejillas encendidas y el corazón golpeando fuerte, le rozaba los labios fugazmente con un beso robado a otro hombre y a otra vida. Recién cuando se quitaba el abrigo, cuando dejaba el bolso a un costado, parecía sacudirse la culpa, el estigma de la traición y la duda, y era otra vez ella misma, a solas con él, refugiada en sus brazos. Sus ojos de blanco y miel encontraban el remanso de la otra mirada, sin pedir más permiso que el que traía en la piel. Entonces le regalaba uno a uno, despacio, sus besos húmedos, sus labios generosos, mientras sus manos pequeñas redibujaban la forma de los hombros, la caída de las mangas, el abrazo reinventado que no fue.</p>
<p><span id="more-579"></span>Él se entorpecía de impulsos contradictorios, de urgencias acumuladas, de palabras sin decir. Necesitaba hablarle, necesitaba besarla, necesitaba contarle, necesitaba pedirle otra vez, de manera definitiva, que abandonase su vida real para vivir juntos una fantasía hecha de paredes, pasión, tinta y papel. Necesitaba amarla y compartirla entre los dos, saberla de ambos. Entonces la desvestía despacio, cediendo a la más animal de sus torpezas, a la más urgente. Le recorría con las yemas de los dedos la piel salpicada de pecas, la espalda blanca y suave, las piernas fuertes de bailarina, el vientre tenso, los brazos estilizados, las nalgas redondas. Adivinaba su pulso alterado bajo la piel, descifraba los jeroglíficos de su respiración pesada, leía su temperatura boca a boca, naufragaba en ella, amándola, sabiéndola fugaz. Ella jugaba con él, con los dos. Le gustaba su tacto y era más generosa con los labios y las manos que con las palabras. Se entregaba entera, definitiva y total, pero solamente por un rato. Él jugaba con ella. Le gustaba su cuerpo pequeño y compacto, su destreza de mujer, los labios esponjosos y confortables, su voz grave y profunda, su pelo enmarañado, su mirada dulce y triste.</p>
<p>Después emergían de un sopor, reposaban juntos una desnudez robada. Se vestían con las manos temblando y hablaban de otra cosa. Ella sabía que una vez más se llevaría las palabras de él en papel rayado, las mismas ideas, las mismas promesas vestidas con letras diferentes. <em>“Estoy ensayando </em>La Japonesa<em>”</em>, le contaba. <em>“Me visto de Japonesa y uso una sombrilla de colores”</em>.<em> </em>Él sabía que se acercaba el momento de perderla una vez más, de verla partir hacia los brazos de otro hombre, la vida de otro hombre, la casa de otro hombre, los labios de otro hombre. Él sabía todo eso y la escuchaba a pesar de de todo eso. La sentía a pesar de todo eso. La deseaba todavía más, a razón de todo eso.</p>
<p><em>“¿Voy a poder ver a </em>La Japonesa<em>”?</em>, preguntaba él, fantaseando con dos espectáculos simultáneos. Uno en el que ella era <em>La Japonesa</em> y bailaba en el escenario, para todos y, secretamente, solo para él. Giraba sobre sí misma, hacía tramoyas indescifrables con la sombrilla. Era ella y era Japonesa, para él y para todos los presentes. En esa primera fantasía ella seducía y subyugaba, el público la adoraba, y él se regodeaba en secreto, sabiendo íntimamente y sin fisuras que <em>La Japonesa</em> se iría a casa con él, le brindaría sus artes a solas, bailaría una noche más sobre su cintura, y dejaría de ser <em>Japonesa</em> en el mismo instante en que la furia de su piel la obligase a ser nuevamente ella misma, transpirada y jadeante, agotada y purificada por su amor. En el segundo espectáculo él era toda la sala, y toda la sala sabía que él era el hombre de <em>La Japonesa</em>. Toda la sala lo admiraba y lo envidiaba, y él sonreía con una sonrisa infinita, mientras abandonaba el teatro llevándose tomada de la mano a <em>La Japonesa</em>, y en la otra mano la sombrilla incombustible, la identidad de tela y alambre de la bailarina oriental.</p>
<p><em>“Puede ser…”</em>, respondía ella.<em> “Pero me da un poco de miedo. Nunca sé si me va a venir a buscar…”</em>. Entonces el encanto se quebraba sin ruido, el aire de la habitación se congelaba y todo volvía a ser absurdamente real, sin artificios para soñar, sin trucos que permitiesen creer, durante un rato más, que eran un hombre y una mujer y nada más. El silencio posterior, invariablemente lo rompía ella. <em>“Ahora me voy, ¿sí? No me llames por un tiempo, tengo miedo. Te llamo yo cuando pueda verte. ¿Si?”</em>. El asentía con la cabeza, mientras apalabraba su silencio sin lágrimas, conteniendo un desgarro íntimo. Volvía a sentirse el único responsable de su dolor, volvía a culparse por elegir la otredad que tanto daño le hacía. La acompañaba en silencio a la parada del autobús, solamente por robarle un beso más, un instante más de sus labios y una mirada triste mientras la mole de metal y caucho se alejaba despidiendo humo. Entonces volvía a casa, cabizbajo, a comenzar a escribir la nueva sarta de pasiones en tinta violeta que le daría durante el próximo encuentro, a sentirse herido, a jurarse a sí mismo que sería la última vez, que cuando ella llamase le diría que no, que no podía seguir, que no tenía espacio en el pecho para otra despedida, que no le quedaba superficie en la piel para otra cicatriz. Ella entendería. Ella siempre entendía. Él siempre volvía a ceder a la tentación de verla.</p>
<p>Pero una vez fue diferente. Ella enfundaba los brazos en una camiseta verde, de mangas largas, preparándose para despedirse, mientras él la observaba, oculto tras un cigarrillo humeante, una línea de defensa pobre contra la ruptura que sabía que venía después del amor. Ella sonrió con una sonrisa llena de dientes, luminosa, con ilusión y brillo en la mirada. Él sintió intriga, y entonces bajó su cigarrillo, desprotegiéndose, interrogando en silencio las razones de esa ruptura en la rutina. <em>“Vas a ver a </em>La Japonesa<em>”</em>, dijo ella, sonriendo. <em>“¿Cuándo?”. “La próxima vez que venga. Voy a traer el kimono, la sombrilla y la música. Lo voy a hacer acá, para vos solo”.</em> Era una solución de compromiso, pero también estaba llena de promesas. Un espectáculo íntimo. Una muestra de amor. <em>“Me encanta”</em>, dijo él.</p>
<p>Esa vez la despidió sin dolor. Había robado algo más que labios y piel. Había robado una promesa, un proyecto, una complicidad casera y fresca. Caminaron hasta la parada del autobús hablando y riendo. Él saboreaba la idea del próximo encuentro, y su sabor le bastaba para conjurar la pena y la ruptura. Era una noche de invierno, estrellada y caótica, ruidosa, llena de presagios. Él vió acercarse el autobús. Entonces hizo como siempre. Tomó el rostro de ella entre ambas manos, memorizándolo, y la besó en los labios. Después le acarició ambas mejillas con suavidad, leyendo con los dedos el tacto sutil de las pecas, la parte invisible de la piel. Se alejó lentamente y dibujó con los labios un último <em>“te quiero”</em>, que ella atrapó con las pupilas, al pie de la escalera de subida al coche. Hizo un ademán de adiós con la mano enguantada, y el rugido del motor se tragó sin piedad la magia de la despedida. Él se quedó de pie, viendo alejarse el autobús, y sientiendo en el pecho el calor de la promesa. Por los reflejos miel en los ojos de ella, sabía sin necesidad de pensarlo que la promesa era cierta, era sentida, era profunda. A pesar de eso, sólo pudo intuír, muchos días después, que algo debió torcerse, porque el pelo asomando bajo el gorro de lana, a través del vidrio sucio de la ventana del autobús que se alejaba,fue lo último que supo de la chica que se vestía de japonesa.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>


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		<title>El lado equivocado de la pasión</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Apr 2010 16:02:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-551" title="llanto20222" src="http://pilux.files.wordpress.com/2010/04/llanto20222.jpg" alt="" width="400" height="354" />Soy un apasionado de la pasión humana. Y valga la redundancia, me apasiona la pasión en sí misma, la fuerza emocional y de voluntad que las personas liberamos a causa de una pasión genuina. De todas las emociones que somos capaces de experimentar, es la pasión y no el amor la encargada de preservar la especie. Es un momento de pasión desesperada y no varios años de amarse en calma lo que engendra un hijo. La pasión es, sin lugar a dudas, una fuerza motora viva, un motivo primario, profundo e invencible. Fue la pasión la que llevó el hombre a la luna, la que nos hizo volar, la que inventó el cine y la que aprendió a fabricar tinta y papel para narrar la pasión propia y la ajena. Fue la pasión la causa última de la muerte de Romeo y Julieta, y fue también la causa raíz de la abolición de la esclavitud, de la legalización del matrimonio homosexual y del hallazgo del uso terapéutico de la penicilina. Sin pasión auténtica y profunda, no tendríamos Novena Sinfonía, ni Don Quijote de La Mancha, ni a Diego Armando Maradona, ni el Tango, ni la saga de Harry Potter. Sin pasión no existiría la poesía, ni el <em>gospel</em>, ni el carnaval, ni el <em>puenting,</em> ni la guerra de almohadas. No habría carreras ni cortejos ni danza ni juegos, ni siquiera ideas nobles que defender. Sin pasión no seríamos humanos.</p>
<p><span id="more-549"></span>Y sin embargo, no puedo pensar en la pasión sin recordar que también gracias a ella existe el armamento nuclear. También, a causa de una pasión desmedida, Atila el Huno, Alejandro Magno y Julio César forjaron imperios sangrientos. La pasión de Cristóbal Colón desencadenó en el apasionado exterminio de culturas indígenas enteras. La pasión de Adolf Hitler produjo la segunda guerra mundial y la matanza organizada de judíos. La pasión de Osama Bin Laden derribó las Torres Gemelas, acabando con varios miles de vidas. La pasión por el dinero de las multinacionales explota a millones de niños en Asia y África, todos los días. La pasión por el sexo es el motor fundamental de la compraventa organizada de carne humana. La pasión por el petróleo mantiene viva la guerra en Iraq, con su altísimo precio en vidas civiles.</p>
<p>Y es que ningún momento del año parece tan bueno como la Semana Santa para reflexionar sobre la pasión. Especialmente durante la de este giro, que tiene poquísimo de semana, y mucho menos de Santa. ¿Cuál era la pasión de Cristo? Y tengo que decir, una vez más, que entiendo la figura de Jesús como un líder rebelde y no como el hijo de un Dios caprichoso en el que me niego a creer. ¿Era su pasión la de gestionar el conocimiento, negándole el acceso al saber a los demás? ¿Era la de demonizar la pasión entre un hombre y una mujer, imponiendo sobre la vida sexual de las personas el mínimo ritmo indispensable para procrear? ¿Era, acaso, una pasión de volver a los ojos de los creyentes sucio lo más puro, o la de condenar a la mujer como instrumento del diablo?</p>
<p>Yo prefiero creer que su pasión era la libertad. Era un hombre que amaba a una mujer, y que creía en que cada uno de nosotros debe poder ejercer su pasión libremente, siempre y cuando no haga daño a los demás. Prefiero creer que su pasión era el amor, la piel, el aire que respiraba, su tierra y sus hermanos, hombres y mujeres como él.</p>
<p>Han pasado dos mil años, y quienes se proclaman sus herederos, quienes gestionan su legado, han sido incapaces de hacer una sola reflexión profunda sobre sus posturas cerradas y arcaicas. No han sabido reconocer la ignorancia que arrastran, que siguen arrastrando a lo largo de veinte siglos. Me llena de vergüenza ajena ver la locura infame de las procesiones de semana santa, las personas vestidas con los trajes de nazarenos, balanceando lentamente cirios humeantes, mientras Benedicto XVI, en el nombre del mismo Dios, continúa emperrado en defender los desechos de la mala gestión de la pasión que su iglesia lleva ejerciendo durante toda la era moderna. Sus pastores, obligados a tragarse sus pasiones carnales sin ayuda, violan su propia ley cuando sus urgencias revientan como pústulas podridas. La iglesia católica es víctima de su intransigencia y de su ignorancia, y lo único que sabe hacer al respecto es ocultarlo, intentar sobornar a las víctimas con dinero proveniente del cepillo, comprando su silencio con la misma mano con la que vuelven a recibir a sus pastores manchados de indecencia, nuevamente en casa, con los brazos abiertos.</p>
<p>Y que se me entienda bien. He dicho por activa y por pasiva que no soy religioso, pero la religión, como todas las expresiones de la fe y la pasión humanas, me parece sumamente respetable. Jamás alzaría mi voz contra las personas que creen, porque su posición me parece, cuando menos, tan válida como la mía, y desde algunos puntos de vista, más rica, con más esperanza. Lo que me indigna, lo que no soy capaz de tolerar, son las barbaridades que hacen y dicen con total impunidad los administradores de la fe ajena. En nombre de todos los católicos del mundo, el Papa encubre a los violadores de la Iglesia – un cinismo que, como mínimo, debería ser tremendamente pecaminoso -, gestiona uno de los fondos de arte más ricos del mundo, y oculta en la sección prohibida de su biblioteca inexpugnable algunos de los fragmentos más exquisitos de la sabiduría de la humanidad. Puedo ser ateo, pero no tengo ninguna duda de que no era éste el legado de Jesús.</p>
<p>Y volviendo a las pasiones humanas, con sus dos caras, una radiante y generadora, la otra oscura y sanguinaria, lo cierto es que la pregunta final que me hago, lo que me preocupa, lo que me llevó a escribir este artículo, es una sensación fuerte y persistente que tengo desde hace años. He comenzado diciendo y proclamando las virtudes de una pasión genuina, y lo sostengo. Moriré creyendo firmemente que la pasión es el principal empuje que lleva a los seres humanos a sus mayores éxitos y logros, y también a las pequeñas victorias cotidianas. Cuando algo nos apasiona somos capaces de todo, tenemos fuerza, empuje y voluntad.</p>
<p>A pesar de eso, observo también que cuando la pasión es negativa (<em>odio a</em>, en lugar de <em>estoy a favor de</em>), suele ser tremendamente más fuerte y efectiva. De alguna manera pareciera ser que estamos mucho más dispuestos a unirnos y luchar para estar en contra de algo que para construir un mundo mejor. Recuerdo que, durante la guerra de Iraq, fuimos capaces de salir a millones a la calle, a estar en contra con verdadera pasión y fervor. Fui uno más. Salí a la calle. Grité hasta quedarme ronco. Todas esas personas lo hicieron, pero por alguna razón que no alcanzo a comprender, sería imposible volver a reunirlos para algo tan simple como estar a favor de la paz, que viene a ser lo mismo, pero expresado en positivo.</p>
<p>Hay algo en nosotros, en los seres humanos, que hace que nuestra fuerza se duplique cuando perseguimos una pasión en positivo, una mujer, una canción o el deseo de volar; y que se multiplique cuando estamos apasionadamente en contra de algo, no importa si es una guerra o una figura televisiva que despierta el odio del público. No examino los motivos, simplemente me preocupa la enorme fuerza de lo negativo en nuestra cultura. Me preocupa el efecto multiplicador del odio, me preocupa que la indignación, la rabia y la desilusión levanten pasiones siempre más fuertes, más colectivas y más imparables que el amor, los sueños y la generosidad.</p>
<p>Cada día de mi vida intento enseñarles a mis hijos a vivir con pasión. De golpe y sin aviso comprendo que, al legarles como herencia en vida mi propia pasión, les estoy dando toda su fuerza constructora, inevitablemente complementada por su lado oscuro y negativo, indivisible. Aún así, elijo ese camino. Debo enseñarles a comprender esa pasión, no a reprimirla.</p>
<p>No soy capaz de imaginar un mundo sin pasión.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Sobre la amistad, justo después de regresar</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Mar 2010 10:02:23 +0000</pubDate>
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<p>Y el primer amanecer en México no fue una excepción.</p>
<p>A pesar de estar con el reloj mareado, los ritmos corporales alterados por nada menos que siete horas de diferencia y las emociones alborotadas por los encuentros, el primer sol del Caribe me encontró abriendo los ojos bajo un aplastamiento de cansancio, un hormigueo reptando por las piernas y la cabeza como si me hubiesen dado un mazazo. Llegué – el segundo de los tres amigos en pisar territorio Mexicano – la noche anterior, a medianoche. Me acosté tarde, biológicamente perjudicado por veinticuatro horas de transporte, y abrí los ojos sin piedad a las siete y quince minutos de la mañana, creyendo que estaba a punto de morir de cansancio.</p>
<p><span id="more-530"></span>Entonces salí al patio, y descubrí una tormenta tropical de gotas gordas, limpias y grandes, que salpicaban con generosidad y salud al impactar contra las hojas de las plantas, grandes como orejas de elefantes verdes que no saben volar, dormidas y frescas. Era imposible negar la evidencia de la vida, frente a la frondosidad y los sonidos líquidos de la lluvia. Insectos desconocidos, grandes como almendras, zumbadores y caprichosos, se sacudían las gotas de las alas revoloteando por el aire, bajo unas nubes desacomplejadamente grises y plomo. Me senté a contemplar el escenario insultantemente abundante, desproporcionado, claramente americano, encendí un cigarrillo y pensé que tenía la fortuna de estar en uno de los pocos lugares de la tierra en donde la naturaleza continúa siendo más próspera que la especie humana.</p>
<p>Y el Caribe es como una mujer joven, de piel dorada bañada por el mar, seductor y ligeramente caprichoso, cambiante. Te inunda de luz y alegría tan pronto como te sepulta bajo una tormenta vengativa y noble, que se disipa rápidamente con un perdón redentor y un reencuentro. Un soplido vivo separó el cielo en dos partes distintas, y se llevó el plomo pesado de las nubes bajas como si fuesen juguetes de papel, instalando en su lugar un sol redondo y grande, protector, alegre, que parece estar más cerca de la tierra que en ningún otro lugar de los que he estado antes. Nos trasladamos desde la ciudad a un <em>Resort</em>, en donde nos reunimos con el mosquetero que faltaba, acabado de aterrizar, y pudimos al fin darnos un abrazo a tres bandas con el equipo completo.</p>
<p>Nos recibió en un mostrador un personaje simpático, orgulloso de estar allí mismo en ese momento, y nos dio la bienvenida al escenario perfecto para la industria de la felicidad alquilada. El hotel ocupaba un solar de un par de kilómetros cuadrados, con edificios repartidos, separados entre sí. Una arquitectura claramente Mexicana, de casas bajas, con balcones y arcos de medio punto, rodeadas de jardines cuidados, y una exagerada profusión de piscinas y restaurantes anticipaban el acceso a una playa extensa, de arena blanca y fina, llena de personas mostrando una diversión prefabricada, exagerada, ineludible, con el vaso infaltable en la mano y nachos con guacamole.</p>
<p>El personal del hotel estaba en todas partes, siempre amable, siempre simpático, siempre sonriente, y sin exagerar. Lo justo. Era sorprendente ver a cientos (muchos cientos) de personas masacrarse bajo un sol poderoso, regándose los tractos digestivos con alcohol abundante durante todo el día, y atentos permanentemente a las instrucciones de la tripulación, que les enseñaba en cada momento lo que debían hacer para divertirse.</p>
<p>Mientras tanto, nosotros tres, atípicos en ese contexto, &#8211; no éramos ni una familia con tres hijos, ni un matrimonio mayor de vacaciones ni una parejita de recién casados –, esquivando el poder solar, pálidos y completamente reencontrados. Buscamos los rincones de brisa fresca, el amparo de las sombrillas de paja, el cobijo de las tumbonas azules, el sonido del mar y los caprichos del clima, y entonces, sabiéndonos privilegiados, con tranquilidad y tiempo por delante, volvimos a encontrarnos. Esta vez no en el calor del abrazo del primer instante, ni en el entusiasmo y la incredulidad de haber podido hacer el viaje, sino en el remanso de lo auténtico, en el placer de conversar escuchando de verdad, y sabiéndonos escuchados. Destejimos nuestras tramas, deshicimos los complejos laberintos de frases hechas que suelen protegernos, aislando lo que verdaderamente nos ocurre del mundo real, y supimos llegar al fondo de cada uno de nosotros. Nos desprendimos de las cáscaras de huevo, de la resaca mineral de las ciudades, del estrépito cotidiano de la vida diaria, del mascarón de proa de las rutinas personales, de los artificios habituales para conjurar el miedo. Aunque estaba escrito en el guión antes de partir, sigue sorprendiéndome que tan cerca de los cuarenta, continuemos siendo capaces de ofrecernos sinceridad total, encuentro, respaldo, y lo más importante de todo, una opinión comprometida, una posición física que puede resultar chocante, dolorosa o cruel, y que por eso mismo solamente puede tener lugar entre grandes amigos.</p>
<p>Cuando tres tipos son tan descarnadamente amigos, cuando se quieren como la mayoría de los hombres no se atreven a decirse que se quieren, entonces el diálogo es diferente. No hay espacio para frases de consuelo. No se puede decir <em>“estoy seguro de que todo va a ir bien”</em>, o <em>“vas a ver como no pasa nada”</em>. La mínima justicia que exige ser capaz de la amistad de hombre a hombre, es tener los hígados suficientes para decir la verdad, para poner el dedo en la llaga con buenas intenciones, y para escucharla, también, sin sentirse agredido, sino agradecido por recibir un martillazo en la frente, una verdad desnuda y dolorosa que solamente es saludable y generosa en boca de un amigo verdadero.</p>
<p>Y hubo tiempo para todo. Pudimos salir de bambalinas, de la zona donde todo es feliz y luminoso, y pisar unos metros cuadrados de México auténtico, donde además de turistas hay pobreza y hay dolor. Pudimos ver que, aún cuando no están trabajando para decirles a los turistas cómo ser felices, los Mexicanos conservan su sonrisa repleta de dientes blancos, y tienen escrito en la piel el orgullo histórico de sus antepasados nobles, de su gente auténtica, de una cultura densa y compleja, que a pesar de los años de invasión y expropiación a manos blancas, conserva intacta su altivez, su dominio celeste, su sabiduría profunda, su religión sin complejos, donde los dioses sanguinarios y los festivos son amigos y se dan la mano. Pudimos ver ruinas Mayas, y lamentar con vergüenza el poco respeto del hombre blanco por su grandeza. Pudimos ver casas de caña y paja, donde la gente duerme colgando hamacas. Pudimos leer los letreros inverosímiles de negocios disparatados que funcionan en domicilios particulares, donde la vida y el comercio se mezclan con el amor y la siesta. Pudimos reconocer que hay otras maneras de vivir.</p>
<p>Y pronto el tiempo se acabó, tuvimos que deshacer lo deshecho, y rehacer las armaduras calcáreas que usamos para la vida diaria, dejando, eso sí, despejado, el espacio de piel necesario para el reencuentro con los hijos, con la mujer, con las sábanas propias, con nuestra casa.</p>
<p>Nos despedimos lentamente, satisfechos, recuperados, reconstituidos, sabiendo una vez más, de primera mano, que somos capaces de una amistad sin fronteras, que no nos hace falta nada más que respirar para querernos estrepitosamente y sin condiciones, que los amigos forman parte de la salud, y que pondremos sobre la mesa, las veces que haga falta, nuestra sangre, nuestro orgullo y nuestros cojones, con tal de repetir el encuentro, de traicionar una vez más la dinámica del olvido, de recuperar los comodines de la suerte de nuestras mangas, y jugar con ellos la partida definitiva, la de vivir la vida con amor.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Sobre la amistad, justo antes de partir</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Feb 2010 10:24:48 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-527" title="avion_papel" src="http://pilux.files.wordpress.com/2010/02/avion_papel.jpg" alt="" width="400" height="213" />Ahora, en este preciso momento, estoy velando mis armas, en vísperas de vísperas de un nuevo viaje. Cada vez que se acerca el momento de abordar un vuelo transoceánico, un mecanismo engrasado y preciso se pone en movimiento, me retrata sigilosamente en un gesto de alerta involuntario, dibujando con mal pulso un silencio de negra en el pentagrama secreto donde escribo la banda sonora de mi vida.</p>
<p>Y no es que tema volar. Probablemente si sumo las horas que he pasado en aeropuertos y aviones, obtendría dos o tres meses de buena vida. No me produce el menor nerviosismo el hecho de sumar mis noventa kilogramos al espeluznante cóctel de más de trescientas cincuenta toneladas de metal, carne humana, combustible altamente inflamable y bandejitas con comida tibia que conforman un vuelo de pasajeros transcontinental. Simplemente altera la línea de tiempo de mi consciencia el compás de espera, las largas horas muertas, el murmullo dormido durante una docena de horas de los motores diciendo su letanía contaminante, los rostros desconocidos por doquier, la suma de pares de ojos que ocultan verdades y vergüenzas variadas, la pantomima de amabilidad y servicio degradadas a un espacio cúbico ínfimo. Y es que no puedo concebir una manera más efectiva de perder el tiempo.</p>
<p><span id="more-525"></span>Lo curioso, sin embargo, es que tamaño despropósito suele compensarse por un resultado posterior. Normalmente un aparato de aviación civil me lleva a un encuentro. Esta vez, con dos amigos.</p>
<p>Éramos tres amigos, en Buenos Aires, en las noches de invierno y en las de verano. En viajes delirantes al sur de la Argentina, mochila al hombro, muchos pasos y pocos pesos, latas de arvejas y linternas sin pilas, lagos fríos, café instantáneo calentito en jarros de peltre. Éramos muchos más, por supuesto, más amigos, más adolescentes, más soñadores, más inquietos.</p>
<p>Pero los naipes son los naipes, y su orden de salida es caprichoso, arbitrario y absurdamente honesto, bajo la permanente sospecha de deshonestidad. La baraja es algo que nadie domina sin hacer trampas. Y los naipes salieron como salieron. Mezcladas entre muchas historias de amigos que se quieren, de amigos que se pelean, de amigos que siguen y de amigos que ya no están, de recuerdos amargos y dulces, de personas imborrables que dejaron una sombra de presencia aunque hayan partido, la historia de estos tres amigos siguió su curso, un derrotero escarpado y misterioso, un río que a veces fluye caudaloso, y otras se transforma en un hilillo de agua tibia, pero que nunca se detiene.</p>
<p>Éramos tres amigos que descubríamos juntos el mundo. La pasión de las palabras, la política, la esperanza y la decepción. Exploramos juntos muchos senderos, por separado otros. El camino de la piel femenina, bajo una emoción intensa cargada de hormonas, de descubrimientos. A veces creo que hacer asomar a un hombre joven desde los huesos de un adolescente no se trata de otra cosa que de aprender que la mayoría de las cosas, cuando suceden, no tienen nada que ver con la idea previa que se construye desde los sueños, la fantasía, los libros y las películas. Así, el amor de una mujer es mucho menos rosa, pero más profundamente maravilloso y misterioso, inabarcable y oscuro, perverso, también. No sólo gratifica, sino que además duele, lastima, castiga y recompensa. El trabajo, por su parte, no es la panacea de la realización personal y las metas conseguidas, sino una larga sucesión de rutinas enredadas, entrelazadas, que se perpetúan a sí mismas, esporádicamente interrumpidas por pequeños avances, por ínfimas conquistas, por batallas ganadas con un tenedor y una cuchara. La paternidad, en cambio, es una sorpresa violenta. Lo que estaba destinado a ser el día más feliz de tu vida, se transforma sin previo aviso en el susto más grande que eres capaz de experimentar, seguido de una vergüenza secreta por creer que no estás viviendo lo que se supone que deberías estar viviendo. Y entonces, cuando empiezas a creer que no sirves para eso, se revela como una tarea de todos los días, como una pequeña comunión cotidiana, en la que las cosas van acomodándose sin permiso, sin advertencias, y también sin remedio, para hacerte feliz, pero también cauteloso, contradictorio, juguetón y claramente insuficiente. Y la amistad, claro está, no puede faltar a la cita. La amistad se transforma, y te vas dando cuenta de que la intensidad que se puede vivir en una amistad a los quince años, está hecha justamente de ese material ingrávido que ocupa el pecho antes de tantas batallas perdidas y desengaños, cuando todavía el mundo es una fruta pendiente de madurar. Después, cuando eres capaz de comprenderlo, ya es tarde. Puedes hacer lo que quieras, lo que te parezca, intentarlo de mil formas diferentes, pero un hombre nunca volverá a ser capaz de abrir su corazón a otro hombre como lo hacía a los quince años.</p>
<p>Cuando, después de tantas millas voladas, de tantas cicatrices invisibles, de tantos golpes arteros, finalmente te das cuenta de cuánto te importa, resulta que hace demasiado tiempo que todo explotó. El reverso de los naipes que cada uno de los amigos tiene en las manos es de diferente color. Están jugando con barajas distintas, y ya no es posible volver a la misma partida.</p>
<p>En la historia de estos tres amigos en particular, uno de ellos tuvo hijos en Buenos Aires. Otro en Montreal, Canadá, y un servidor en Barcelona. Nos hicimos hombres a una distancia de cinco dígitos en kilómetros.</p>
<p>Y sin embargo, la distancia sumada de estas tres ciudades no ha podido con lo más auténtico, con el núcleo vital de lo que nos dimos en su momento, el puñado de confesiones y secretos más antiguo. Desde entonces, cada vez que podemos, coincidimos. Pero esta vez es especial. Hemos hecho un esfuerzo enorme para encontrarnos en un punto intermedio: México.</p>
<p>Cada uno de los tres ha conseguido una pausa en sus trabajos, con sus mujeres, con sus hijos, solamente para robar cinco días completos, ciento veinte horas seguidas para renovar la amistad, para mezclar las tres barajas con reversos de colores distintos y jugar a solas una partida interminable, una tanda de confesiones de hombres que no han olvidado cómo eran de adolescentes, un intercambio sincero de ilusiones vivas, de derrotas personales, de pequeñas victorias, de fantasías de esas que solamente se pueden confesar entre grandes amigos.</p>
<p>Por eso estoy conmovido. Me esperan cinco días que me obligarán a reconocer, sin concesiones, frente a dos <em>amigos</em>, quién soy hoy. Las partidas que he perdido y las que he ganado. Lo que hago bien y lo que hago mal. Lo que soy capaz de dar y lo que soy capaz de recibir, también.</p>
<p>Por eso, queridos lectores, pido disculpas, porque la semana que viene faltaré a la cita religiosa con este <em>blog</em>. Sepan que no habrá <em>post</em>, pero será porque estoy concentrado en reunirme con algo propio, personal, que luego me dará materia prima para muchos otros <em>posts</em>.</p>
<p>Y los tres amigos brindaremos, con alcohol y con café. Fumaremos tabaco rubio y, sobre todo, nos daremos el permiso, entre hombres, de hablar una vez más como chicos. Después, el control de seguridad del aeropuerto de salida, nos obligará a volver a separar las tres barajas por colores, y lo haremos, obedientes, para regresar a nuestras vidas, armadas con esfuerzo y con amor, que nos gustan, a pesar de transcurrir lejos de los amigos. Pero esos cinco días de encuentro nos darán fuerza e ilusión, y de esa fuerza surgirá la habilidad, frente al guardia del aeropuerto, para que cada uno de nosotros, al guardar su baraja, se lleve, oculto en una manga, un comodín de la baraja de cada uno de sus dos amigos.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Volver a la nada de los últimos veinte años</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2010 10:29:54 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-486" title="Volver a la nada de los últimos veinte años" src="http://pilux.files.wordpress.com/2010/01/a762_tango1.jpg" alt="" width="368" height="240" />Serán los números redondos, será el cambio de década o simplemente la nostalgia tópica de los exiliados en época de fiestas, pero lo cierto es que me encuentro reflexivo, nostálgico y tanguero. Desde hace días suena en mi cabeza, en un concierto privado y silencioso, lento, eterno y soñador, con un ataque de bandoneones heridos de invierno, el tango “<em>Volver”.</em> Y es una tontería, porque más que en volver a alguna parte, pienso en los últimos veinte años, que según la genial pieza de Carlitos Gardel no son nada, pero irónicamente vuelven una y otra vez.</p>
<p>Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.</p>
<p><span id="more-485"></span>Hace veinte años entraba en la década de los noventa, y aún creía que nunca iba a cumplir veinte años. Creía que el tango era cosa de viejos, y que nunca jamás me iría de la Argentina. Creía que el amor era como en las películas, y que las películas se parecían a la vida. Creía que la vida era ilimitada, que mis pulmones eran de amianto y mi estómago – plano y musculado, sin ningún esfuerzo – era indestructible. Hace veinte años creía que estaba llamado a ser un líder. Creía que mi inteligencia y mi pasión infinita tenían un destino insoslayable de tinta y papel, de tormenta eléctrica y una primavera perenne de ideas nobles.</p>
<p>Hace veinte años ya, y un poco más quizás, cuando la persona que soy recién empezaba a asomar del cascarón, descubrí de la mano de Pablo y Emilio, mis dos grandes amigos, el verdadero significado de la amistad masculina. No la gran amistad que narra la épica, ni la de las personas sabias que intercambian correspondencia para la posteridad y solaz de los historiadores. Ni siquiera la amistad de los adolescentes, la de darse empujones entre risas durante una noche de invierno en la entrada de un <em>boliche</em>. Descubrí la amistad de andar por casa, la que te hace sentirte cómodo. La amistad calzada con pantuflas y que no teme reconocer que fue ella la que se tiró el pedo. La amistad de las confesiones susurradas a la hora en la que no queda nadie más levantado, sino solamente un par de borrachos que son tan amigos que no tienen nada mejor que hacer que decirse cuánto se quieren, confesarse las vergüenzas más profundas y quejarse de sus padres y sus novias, mientras riegan el amanecer incipiente con sus propias lágrimas de sal.</p>
<p>Hace veinte años también – redondeando – que descubrí la piel. No el envoltorio de los homínidos, sino la superficie de intercambio con el mundo, la máxima expresión de la pequeña frontera que nos define, permitiéndonos compartirnos enteros con quien nos parezca. Descubrí la piel femenina, y que las hormonas alborotadas e impacientes, después de la urgencia de conocer y de saber de qué se trataba eso del sexo, podían y sabían, sin que nadie les enseñe, dejar paso a una emoción profunda, a un misterio oscuro de tacto y suavidad. Descubrí también, al descubrir eso, que no había descubierto nada, que no sabía nada y que tenía que aprender a invocar al silencio, para permitirme escuchar, en un susurro casi inaudible, los secretos que en penumbra cuenta la piel de una mujer cuando se la acaricia con verdadera ternura. Después descubrí también, con amargura, que el amor no estaba hecho de eso. O al menos no solamente: hacía falta entrega, corazón, humildad, complicidad y otro montón de cosas todavía más difíciles.</p>
<p>Hace veinte años descubrí que tenía un enorme talento para sufrir, y un pequeño montón de habilidades moderadas para dar sin esperar recibir, para la generosidad, el egoísmo, la comprensión, la lealtad, la vergüenza, el silencio, las palabras, la contemplación, la sinceridad y la mentira, y sobre todo, para admirar a personas comunes, que es mucho más difícil que admirar a los héroes y a los probos. Hace falta mucho esfuerzo para aprender a admirar el trabajo de nuestros padres, a nuestros amigos, a los viejos, a las mujeres que lo dan todo por sus hijos.</p>
<p>Y como parece ser que hace veinte años de todo, hace también veinte años que empecé a pensar que tenía que deshacerme de mi niño privado, de ese pichón de Aprendiz de Brujo que disfrutaba con la fantasía y la ciencia ficción, que adoraba a <em>Batman</em>, al <em>Zorro</em>, a <em>Flash Gordon</em> y a <em>Spiderman</em>, pero también a <em>Tom Sawyer</em>, a <em>Sandokán, Peter Pan</em> y <em>La Pequeña Lulú</em>. Hice mucho esfuerzo, hasta que lo maté sin ningún sentimiento de culpa y supe que podía dedicarme a hacerme <em>grande</em>. No sospechaba cuánto me iba a arrepentir, ni cuánto trabajo me costaría recuperarlo para mis hijos, de a pedacitos.</p>
<p>Hace la mitad de veinte años que dejé la Argentina, asustado, sintiéndome pequeño e ilusionado, en un avión que transportaba veinticinco toneladas de carne humana y tres valijas con todas mis posesiones terrenales, entre otras cosas. Tenía los sueños torcidos y la ambición a flor de labios. Tenía miedo, valentía y un puñado de cicatrices escondidas detrás de un racimo de amores muertos. Tenía quince discos de <em>Joan Manuel Serrat</em> y cuatro o cinco pequeñas venganzas pendientes. Tenía algunos trajes, y muchos papeles viejos llenos de letras sin sentido aparente. Tenía un tatuaje en el hombro derecho y dos cartones de cigarrillos argentinos.</p>
<p>No podía imaginar que, cuando hubiese pasado la primera mitad de la segunda mitad de esos veinte años, la cabecita rosada y deformada por el esfuerzo del parto de mi primer hijo haría soplar un viento fresco que se llevase las venganzas muertas, como hojas secas, ni que un llanto rojo y espeso me inundaría el pecho para reclamar el regreso al país de nunca jamás, la vuelta definitiva de todos los niños que fui, el perdón absolutorio para todos los pequeños rencores que alimentaba con paciencia. Tampoco sabía que era el primer paso de un camino de vuelta, del regreso a la primera mitad de la primera mitad de esos veinte años, el resurgir de mis palabras apertrechadas. No sabía que, al final de esos veinte años de nada, iba a tener tantos motivos para recuperar de las cenizas la mejor versión de mí mismo, que iba a mudar la piel, como las serpientes, y encontrar debajo una piel nueva, igual a la vieja, pero más sensible y mejor conservada, dispuesta a aprender nuevamente de cada contacto, de cada chispa, de cada golpe.</p>
<p>Y ahora que termina la segunda mitad de la segunda mitad de los últimos veinte años, entonces descubro que peso veinte kilos más, que sigo sin saber nada de todas las cosas de las que no sabía nada hace veinte años, pero en cambio aprendí a recordar que no sé nada antes de equivocarme. Y aunque <em>veinte años no es nada</em>, esa nada me deja entre las manos dos hijos perfectos, la mujer con la que quiero estar, un puñado de amigos de verdad, varios montones de personas a las que quiero cerca y un montón de palabras por decir.</p>
<p>Hace seis días que empezaron los próximos veinte años, y ahora que estoy viviendo la primera mitad de la primera mitad de esos próximos veinte años, no encuentro mejor manera de hacerlo que compartiendo con todos ustedes lo poco que aprendí en la nada de los últimos veinte años, y teniendo siempre presente que no hay mejor manera de vivir que <em>con el alma aferrada</em>, pero no solamente a los dulces recuerdos, no solamente a las lágrimas, sino a lo que viene, a lo que <em>hacemos</em> venir con nuestra energía, con nuestra pasión, con nuestras ideas y nuestras palabras.</p>
<p>Los reyes me trajeron una letra de tango con música de <em>Rock &amp; Roll</em>, ejecutada por una orquesta sinfónica, con coros guturales de conjunto de <em>Gospel</em> y estética <em>Pop</em>, y a pesar de que las partituras están amarillentas y ajadas, son vigentes y frescas, y más allá de la absurda mescolanza, la música resultante suena maravillosamente bien, es dulce y profunda, y hace que sea imposible no sentirse lleno de optimismo.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El año nuevo de la época del dos mil cero</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Jan 2010 10:40:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p>Así que me levanté de mal humor, y por primera vez en el año ejecuté automáticamente los rituales diarios de la mañana. El paso por el baño, sin detalles de interés para los lectores – quiero imaginar –, el café, encender la máquina con los ojos enrojecidos frente a la pantalla, un cigarro y entonces mi resurrección privada, íntima, la de cada día, la del primer sorbo de café con leche y la primera calada de vapor cancerígeno, la de la conciencia de mí mismo que aparece lentamente, se propaga por mis dedos y mi piel, me devuelve al mundo de los vivos.</p>
<p>Me puse frente a mis letras, sin lograr conectar la sinapsis en grupos de más de tres neuronas. La resaca del año nuevo, y la sensación absurda que me invade siempre en estas fechas. Desde que existe la cultura occidental no hacemos más que poner fronteras. Alambramos nuestra parcelita de tierra, amurallamos nuestras ciudades, inventamos los países, las provincias, los continentes. A todo le ponemos nombres y límites, es una afición peligrosa. Primero descubrimos algo, algo que ya estaba ahí, pero la soberbia de la especie humana se empeña en que lo que es nuevo a sus ojos debe serlo también para el mundo entero, para el universo y para la verdad. Una vez descubierto ese algo, lo encerramos en un límite real, imaginario o inevitable. Puede ser un alambre de púas, un océano o una cadena de montañas, pero cuando el límite natural no existe y el real es impracticable (no se puede alambrar un país), entonces inventamos un límite imaginario con lápiz y papel. Después escribimos las reglas para pasar ese límite, y esas reglas siempre establecen un valor de comparación. Si es más fácil cruzar ese límite en un sentido que en otro, entonces automáticamente lo que está de un lado se califica por encima de lo que está del otro, y a ninguno de nosotros se le ocurre discutir esa calificación.</p>
<p><span id="more-479"></span>Con el tiempo hemos hecho lo mismo, hemos numerado los momentos, codificado los instantes para mapear y direccionar correctamente nuestra vida, para organizar los recuerdos, para cuantificar el alcance de nuestra vida, para identificar con una coordenada universal el momento en el que sucedió cualquier cosa, el punto en el que comenzamos a envejecer, el último suspiro de los pulmones, el milagro de los nacimientos. Lo primero que hacemos cuando alguien nace y cuando alguien muere es anotar la hora, en vez de entregarnos al disfrute o al dolor.</p>
<p>Ayer a las doce de la noche cambió el año. Me pasa lo mismo que al cumplir años, es como obedecer una orden superior: a partir de uno&#8230; dos&#8230; tres&#8230; ¡ahora! Hay que sentirse distinto, hemos cruzado una frontera, algo se rompió, tiene que cambiar el paisaje. Es quizás el más arbitrario de los límites imaginarios que nos rodean. A partir de las doce de la noche miles de millones de personas obedecen sin preguntas, todos, sin sombra de dudas, se sienten testigos de un hito, de un momento marcado, de la magia de los contadores puestos a cero. Y lo celebramos, levantamos las copas, nos besamos, nos abrazamos, perpetuando sin dudarlo la obsesión y la estupidez humana.</p>
<p>Así que cuando me levanté estaba de mal humor, como decía. Seguro de haber obedecido otra vez, consciente de formar parte de un álgebra oscura que es a la vez regla y ley, indiscutible, incuestionable. Preparados, listos, ya, año nuevo.</p>
<p>Después de pasar noventa y tres minutos frente a la pantalla sin conseguir una sola letra coherente, transporté mi mal humor a la mesa familiar, al escenario del desayuno. Gloria y yo nos miramos con resaca, los niños alborotaban su mañana como cada día, y compartiendo unos donuts espantosos y grasientos, nos sentamos alrededor de la mesa. Y cómo no, Pablo, con su niñez fresca, con su magia infantil, con sus ojitos de chispas, acudió a mi rescate con una frase que inmediatamente no supe interpretar.</p>
<blockquote><p>-          ¿Sabes en qué época nació Jesús? En la época del dos mil cero.</p></blockquote>
<p>Simplemente me hizo reír. Miré por la ventana y las copas de los árboles en movimiento y un cielo despejado y claro inundado de la luz mágica de invierno disiparon mi mal humor. Terminé de desayunar y volví a mi puesto de escriba aficionado, convencido de que no sería un buen día.</p>
<p>Y entonces la ternura de las palabras de mi hijo me invadió de pronto. Pensé que su cabecita infantil aún no consigue manejar las magnitudes de las fronteras imaginarias del mundo de sus padres. Dos mil diez años de historia judeocristiana son para él lo mismo que saber que tiene exactamente cinco años, seis meses y ocho días: nada. A veces, cuando mi hermana Florencia llama por teléfono desde Buenos Aires, y Pablo y Daniel hablan con su primo Matías, él me insiste:</p>
<blockquote><p>-          ¿Por qué no vamos a Buenos Aires esta tarde?</p></blockquote>
<p>Y a pesar de que sé que recuerda perfectamente los últimos viajes que hicimos a Buenos Aires, por alguna razón lo que está impreso en su memoria son los buenos momentos, y no las veinte horas de ida y las veinte horas de vuelta, ni el precio de los pasajes de avión.</p>
<p>Descubrí, tarde y por segunda vez en mi vida – descubriendo también en el mismo momento que había olvidado la primera – que los seres humanos somos capaces de disfrutar la parte pura y dulce de las numeraciones y los rituales y las fronteras. No son solamente cosas que dividen. Mi hijo, lo que vivió anoche, no fue un cambio de año, sino una ocasión especial, en la que nos juntamos alrededor de una mesa, celebramos, brindamos, nos abrazamos, nos besamos, estuvimos juntos y nos dijimos cosas bonitas. La ocasión le da lo mismo. Le importa un rábano la diferencia entre los dos mil diez años que contamos desde un momento arbitrario. Le da igual saber que a partir de este minuto es otro año. No le importa, cuando vamos a Buenos Aires, que haya que pagar y pasar muchas horas encerrado en un avión y cruzar fronteras y sellar pasaportes. Siempre se queda con lo sustancial, con el encuentro, con las vivencias, con lo que la ocasión propicia y no con el nombre de la ocasión.</p>
<p>¿Por qué perdemos ese talento natural con los años? ¿Por qué él se queda con lo mejor sin ningún esfuerzo, y yo tengo que darme cuenta de eso a través suyo?</p>
<p>Es verdad que estamos encerrados en nuestras propias leyes. Es verdad que las fiestas de fin de año son ocasiones inventadas y vacías. Es verdad que en cada momento, en cada instante se cumple un año, dos, diez mil de otro que hubo en el pasado. Es verdad que uno no envejece a tirones una vez al año, el día de su cumpleaños, sino segundo a segundo y sin celebrarlo.</p>
<p>Pero también es verdad que es delicioso tener tantas excusas, tantos hitos imaginarios que nos hagan recuperar la sensibilidad, producir un momento especial y único, reunirnos, mirarnos a los ojos y decirnos que somos importantes los unos para los otros. Las fronteras, reales o imaginarias, dividen, compartimentan y nos encorsetan, pero también nos brindan la ocasión de cruzarlas juntos, de la mano, de invitar a quienes queremos a que las traspasen, y de saber siempre que, estemos de uno u otro lado de ese límite imaginario, si mantenemos nuestra piel lo suficientemente permeable, siempre habrá alguien que, con un soplo de ternura, una sonrisa o un poco de magia, nos haga darnos cuenta de que lo verdaderamente importante no son los límites, sino lo que contienen.</p>
<p>El año nuevo es especial, es el momento en el que cruzamos la frontera, pero lo que de verdad importa es como vivimos cada uno de sus días, y en este año que entra espero contar nuevamente con los tres pares de ojos que me marcan ese camino. Nunca puede ser malo un año que comienza así, con la inocencia y el amor de un niño marcando el camino. Y el camino no es el espacio vacío entre dos límites, no es lo que sobra contando desde la alambrada, sino la naturalidad necesaria para romperlos, para encontrar un sendero propio, para vivir con el corazón a flor de labios.</p>
<p>2010, bienvenido seas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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