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Charlas de Hombre a Hombre II: Un nuevo enfoque
Por Aprendiz de Brujo - Acerca de las cosas pequeñas - 1 diciembre, 2009
Recordarán quienes sigan las vicisitudes de la accidentada vida emocional de mi hijo Pablo (ver Charlas de Hombre a Hombre y Charlas de Mujer a Mujer), que dejamos el relato de sus tribulaciones amorosas en el álgido punto en que su pretendida, acosada por el ímpetu seductor de más de dos y de más de tres pequeños romeos, se decidía por el que la atacaba menos, y le enseñaba el intrincado y fascinante mundo de los gusanos de tierra.
Ensombrecido por la derrota, Pablo eligió el camino que tantas veces nos hemos prometido algunos a nosotros mismos: “Nunca más me voy a enamorar de nadie”. Simplemente lo decidió y ya está, de un día para otro, Celia quedó borrada para siempre de su dolorido corazón.
Nosotros, como padres modernos y sin prejuicios que somos, siempre le hemos dicho a Pablo que se pueden casar también hombres con hombres y mujeres con mujeres, y que, llegado el caso, pueden adoptar niños. Así que rápidamente halló la solución definitiva y perfecta para su mal de amores:
Capítulo Pi 25. Acción en Barcelona, 2010.
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 25 noviembre, 2009
Caminar es un bálsamo para el dolor de la memoria. No es que sea especialmente aficionado al ejercicio físico, pero Barcelona ofrece un paisaje espectacular al inicio de la primavera. Es fácil darse a la contemplación, tanto de piedra, argamasa y cemento como de huesos humanos revestidos de carne revestida, a su vez, de ropa, constituyendo una persona. Camino e intento concentrarme en los edificios, en los semáforos, en los desechos orgánicos, presumiblemente caninos, que esporádicamente agreden las suelas de los zapatos de los transeúntes incautos, en la fila interminable de mujeres bellas que caminan, algunas apresuradas, otras remoloneando en las vitrinas de los comercios, muchas esforzándose en extender la influencia de su propio halo de feromonas, y otras consiguiéndolo sin proponérselo. Camino a buen ritmo, y no lo hago para desplazarme ni para llegar a alguna parte. Ni siquiera lo hago por simular un rudimento de ejercicio físico para mi vida. Lo hago para mantener a raya a mis pensamientos que me acosan como soldados entregados al asedio del último enclave. Me hieren, se azuzan con el olor de mi propio miedo, por la visión de los poros de mi piel rezumando ese miedo, transpirándolo despacio. Más de un mes sin noticias de Nadja, y ya la antigua soledad termina de instalarse nuevamente, de poblar los espacios vacíos de mis días y mis noches. Solo entonces soy consciente de haber olvidado la cantidad enorme de minutos inútiles que tiene un día. De los cuatrocientos ochenta que la media de la población mundial utiliza para dormir, yo no suelo dormir más de trescientos. En vez de los otros cuatrocientos ochenta que la mayoría de las personas emplea en trabajar, yo suelo dedicar unos seiscientos treinta. Quedan, otra vez según la supuesta media, otros cuatrocientos ochenta para comer, divertirse, mirar televisión, ir al baño y querer a los demás. Esto quiere decir que si a los diez mil ochenta minutos que tiene una semana le quitamos los tres mil ciento cincuenta que dedico al trabajo, los dos mil cien que logro dormir y, digamos, doscientos cincuenta más de desplazamientos y conversaciones insulsas con personas a las que compro café, tickets de metro, barras de pan y cosas similares, quedan cuatro mil quinientos ochenta minutos a la semana durante los cuales dispongo de lo que sea que signifique hoy por hoy el tiempo libre. Cuatro mil quinientos ochenta minutos semanales a solas con mi cabeza que no se detiene, no para de revisar, calcular, repetir fórmulas, balancear inecuaciones, desgranar la realidad y emitir veredictos de culpabilidad en mi contra. Soy un acusado modelo, la fiscalía y la defensa a la vez, juez y parte y sin embargo siempre resulto culpable.
Domingos rituales
Por Aprendiz de Brujo - Acerca de las cosas pequeñas, Pensamiento Científico - 14 noviembre, 2009
Como ya he dicho alguna que otra vez, nosotros – mi mujer y yo – no practicamos ninguna religión, ni activa ni pasivamente. Es algo que a veces me produce un cierto malestar, porque sinceramente creo que me aliviaría no solamente de mis propias manías, sino también de encontrar respuestas a preguntas de mis hijos que a veces son muy complejas en términos científicos, mientras que echarle la culpa de todo a un Dios caprichoso y borracho de poder sería sensiblemente más fácil.
Pero, de todas las cosas que envidio a los religiosos, una de las que más envidia me produce es la capacidad de establecer rituales. Que un hombre serio sea capaz de ponerse una falda larga y una bufanda violeta y un sombrero ridículo, y lentamente, concentrado, se beba su traguito de vino frente a ciento cincuenta personas, y todos se lo tomen en serio, me parece un logro más meritorio que descifrar la cuadratura del círculo, o incluso que la llegada a la luna.
Por eso, y haciendo gala de mi mala tolerancia a sentir envidia, soy tremendamente eficaz a la hora de establecer rituales propios. En mi vida personal, con las personas que quiero y, por supuesto, con mis hijos. No es que de repente me dé por decir una misa atea en casa, disfrazado con un vestido de Gloria, ni que siente a mis niños a verme tomar vino, sino un esfuerzo, muchas veces inconsciente, por llenar mi vida de detalles rituales, fórmulas cotidianas que se repiten hasta el cansancio.
Ideología
Por Aprendiz de Brujo - Acerca de las cosas pequeñas, Pensamiento Científico - 26 octubre, 2009

Con motivo de su publicación en una revista digital, este artículo ha sido corregido. Puedes leer la versión nueva haciendo click aquí.
Desde chiquito, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas muy pequeñas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suavecito al tacto. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la besaba. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, en un planeta un poco más cuerdo y más justo. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás.
Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener sueños bonitos. Cuando aparecía un sueño malo, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor.
Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres me dijeron que no. “Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Yo no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, contento por el cosquilleo agradable que me hacía en contacto con la piel, agarrándose con sus manitos suaves de ideología buena.
Enano Cabezón
Por Aprendiz de Brujo - Acerca de las cosas pequeñas - 14 octubre, 2009
Hola, Enano Cabezón. Hoy es un día especial. Y como es especial, vamos a cagarnos juntos en la literatura, en el género epistolar, en todos los que leen este blog, en las buenas formas y en la manera de decir las cosas, y vamos a hablar sin artificios ni reglas no escritas. Es especial para mí porque soy tu padre, y como soy tu padre todavía tengo la potestad de decidir lo que es especial y lo que no. Y es especial para vos, porque son ya tres años de romper los huevos en este mundo, y también porque todavía no te das cuenta de que es especial. Al menos no de la forma acartonada y formal que tenemos los adultos para los días especiales. Nos vestimos y nos perfumamos y nos preparamos para sentirnos especiales, solamente porque los accesorios de ese día lo son. Te das cuenta que es especial porque ese día mamá te da un beso especial, y yo te lijo la mejilla con besos especiales y te estropeo los huesitos con abrazos especiales, y Pablo también te besa y te dice que es un día especial.
Y en la escuela te dirán que es especial. Y vendrá tu abuelo también a decirte que es especial. Y también lo harán tus Yayos, y todas las personas que te vean en la plaza.
Por eso, con treinta y seis años llevados como pude y siendo origen de muchas muescas grabadas con la uña en los revólveres de otros, no puedo evitar pensar en vos y en la Maga Rocamadour, cuando le decía a su bebé: “Te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría, o te escribiría cosas importantes”. No puedo evitar pensar en el esfuerzo que invertimos los adultos en hacer solemnes las cosas importantes, y en quitar importancia a las que realmente la tienen. Los adultos somos necios y obstinados. Estamos parados sobre un montoncito de creencias absurdas y certezas absolutas que defendemos con la vida, y muchas veces eso nos hace perder la perspectiva.
El Aprendiz de Brujo y la Ranita Parlanchina (pequeña fábula batracia)
Por Aprendiz de Brujo - Mentiras Verdaderas - 5 octubre, 2009
Lo que narraré a continuación, si bien es de dominio público y conocido por muchos de nosotros, la maldad y falta de escrúpulos de las personas lo ha convertido en nada menos que un vulgar chiste que se cuenta de boca en boca, faltando a la verdad y al honor de nuestra noble profesión. Decidido a mantener en alto el estandarte de los aprendices de brujo, he rescatado la siguiente fábula del saber popular, para contarla aquí tal como me fue narrada de primera mano por su protagonista, con quien no puedo menos que estar de acuerdo, y aprobar públicamente su buen hacer, su fortaleza de carácter y su excelente manera de razonar y elegir ante las disyuntivas de la vida.
El Aprendiz de Brujo paseaba por la orilla de un estanque. Llevaba sus gafas de cuatro dioptrías, con lo que se aseguraba que el paisaje era lo suficientemente claro, que sus ojos no lo engañaban, y que no caería al agua. El estanque estaba precioso, con la tensión superficial del agua lisa reflejando un cielo azul sin nubes, y solamente rota por esporádicos nenúfares que flotaban aquí y allá. Nuestro héroe regresaba a su casa, después de una agotadora partida de rol, de la que había sido desterrado por un hechicero malvado con poderes robados a siete variados y pintorescos habitantes de la tierra media, mediante artificios de magia oscura, claramente reprobables, y cavilando sobre la posibilidad de desarrollar un algoritmo infalible para calcular el intervalo óptimo de tiempo entre masturbación y masturbación, ya que le preocupaba tanto no ceder al vicio como la necesidad de tener la mente libre de pensamientos impuros, para concentrarse así en lo verdaderamente importante. En ésas estaba cuando una vocecita aguda llamó su atención.
Capítulo Pi(-05). Acción en Barcelona – Canadá (2006).
Por Aprendiz de Brujo - Avances de Álgebra Maldita - 4 octubre, 2009
Carla abrió los ojos a las 09:38. Para entonces yo llevaba despierto casi tres horas, sin atreverme a mover un músculo, alimentando a oscuras un miedo ancestral a perderme en territorio hostil, fortificando mis defensas, contemplando cómo el día se desperezaba con lentitud, transparentando las cortinas. Se giró hacia mí. Me abrazó, aún dormitando. Me besó en la mejilla, antes de gruñir confusamente en mi oído:
- Buenos días. ¿Desayunamos?
- Claro. – conseguí decir – Pero no nos podemos colgar mucho. Me tengo que ir.
- Hoy es sábado. Nadie se tiene que ir tan temprano un sábado.
Intento estimular mi funcionamiento neuronal, pero su cuerpo desnudo, pegado al mío, refracta mi posibilidad de producir excusas plausibles a una velocidad razonable. Los terminales nerviosos de mi estómago descubren su mano izquierda, buscándome. Intento no reaccionar. Me mordisquea la oreja. Me acomodo en la cama, boca arriba, mientras no puedo evitar un nuevo torrente de sangre que amenaza con inundar mis vasos capilares. “Esperá un momento”, murmuro. Su lengua me recorre suavemente la punta de un pezón por toda respuesta. Su mano me ataca, me rodea, me estremece, me levanta de entre los muertos, me recupera del páramo de fango donde mi terror privado me inmovilizaba. “Parece que te despertaste contento”, dice, pasando su pierna sobre mi cintura. “¿No íbamos a desayunar?”. “Después”, dice, montada sobre mí, mientras neutraliza mi función de habla con sus labios y su lengua.
* * *
El Aprendiz de Brujo y el Supermán Humano
Por Aprendiz de Brujo - Imposible de clasificar - 11 septiembre, 2009
Mi familia es un completo desorden. Ni siquiera hago el intento de disimularlo, hace ya muchos años que estoy resignado a eso. Sería muy largo de explicar en una entrada de blog (por eso estoy escribiendo una novela), pero hay cosas que vale la pena recapitular. Crecí explicando con vergüenza: “Yo tengo dos mamás”. Con vergüenza y un íntimo y secreto sentimiento de culpa hacia mis dos madres por querer a la otra. Culpa de esa que solamente nos pueden hacer sentir las madres a través de un amor que duele y reconforta. De adulto, a veces utilizo la ironía cuando digo: “Yo tengo dos madres, y me sobra una y media”. Lo que no digo es que, más allá de todo, no puedo prescindir de ninguna de las dos. Tuve dos madres y seis abuelos. Tengo cinco hermanos y sin embargo soy hijo único. Algunos de mis hermanos tienen hermanos que no son hermanos míos, desafiando así la transitividad filial que se supone una verdad única.
Y tengo, por supuesto, una infinidad de tíos, primos hermanos, primos segundos y demás cargos entre un entramado demencial de parentela interminable, que a veces estoy tentado de renunciar definitivamente a intentar descifrar. Pero de todos ellos, de toda esa parentela, hoy quiero hablar de mi tío Ramiro. El hermano de una de mis mamás.
Charlas de mujer a mujer
Por Aprendiz de Brujo - Acerca de las cosas pequeñas - 6 septiembre, 2009
Quienes hayan leído recientemente el post Charlas de hombre a hombre, recordarán que dejamos a mi hijo Pablo sumido en las terribles tribulaciones de su corazoncito infantil, afectado prematuramente – o al menos eso creíamos sus padres – por un flechazo repentino hacia la bella niña a la que decidimos llamar Celia. Pues bien, tras un par de días de silencio, durante los que algunas personas me preguntaron el desenlace de tal romance, comenzaba a creer que no sabríamos nada de las inclinaciones amorosas de la elegida, cuando una tarde de plaza como tantas otras nos trajo de regalo una sorpresa.
Sentados, como corresponde, en los bancos de la plaza junto a otros padres, Gloria y yo practicábamos el viejo arte de la tertulia, cuando, sin motivo ni razón aparente, se acercó Celia, acompañada de una pequeña amiga a la que, también en aras de preservar su intimidad, nombraremos como Ana. A Ana le encanta conversar con Gloria, y lo hacen con frecuencia durante las tardes de plaza y bicicleta, y esta tarde no fue la excepción. Comenzaron una charla relacionada con un diente flojo y las expectativas beneficiosas de la inminente visita de un tal Ratón Pérez, que al parecer se dedica al comercio de los dientes de los niños con una afición y una disciplina asombrosos. Como las idas y venidas del tan mentado señor Pérez no me interesaban demasiado, no presté mucha atención a la conversación, concentrándome en seguir con la vista como Pablo y Daniel, en medio de una nube de niños, arrastraban una rama de árbol por el medio de la plaza, demostrando así que no solamente son prematuros para la llegada del amor, sino también para desarrollar las habilidades básicas sobre vandalismo vecinal que el ser joven en el mundo de hoy requiere.
Charlas de hombre a hombre
Por Aprendiz de Brujo - Acerca de las cosas pequeñas - 2 septiembre, 2009
Hace unos días, durante un anochecer caluroso, insoportable y soporífero, mientras mis hijos veían la tele esperando por la cena, después de un baño calentito, decidí salir al balcón a fumar un cigarro. En el balcón tenemos una mesita con tres sillas, y me gusta sentarme ahí, esperando a ver si atrapo un poquito de brisa que alivie el atardecer. Como pasa muchas veces, al instante los dos vinieron detrás, anunciando su presencia con el repicar de los pasitos de pies descalzos sobre las losas del balcón, palabras entrecortadas y mucho entusiasmo. Normalmente, en esos momentos de relax no tengo demasiadas ganas de que me griten en las orejas,
y suelo volverlos a mandar para adentro a seguir viendo tele, pero ese día me sentía distinto, así que los dejé que salieran al balcón. Súbitamente, sin venir a cuento de nada, recordé que, durante el pasado curso escolar, mi hijo Pablo estaba completamente enamorado de una niña, a la que, de cara a preservar su intimidad, llamaremos, por ejemplo, Celia. Me giré hacia ellos, que estaban mirando hacia abajo y cuchicheando cosas de niños, y le dije a Pablo:






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