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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; animales</title>
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		<title>La nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Jun 2010 08:51:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-597"></span>Éramos tan niños que ni una sola vez, durante todos esos años, nos paramos a pensar que esa era la única casa “pobre” del barrio. Durante los dos meses al año que pasábamos allí, en un verano que será perenne en mi memoria, éramos tan felices que ni siquiera advertíamos que no había dinero, que no había parques de diversiones, que no había juguetes nuevos ni viejos, que mi abuela apañaba la comida sancochando arroces y fideos y verduras y trocitos de carne de una forma que a nosotros siempre nos parecía deliciosa, que no sobraba nunca nada. No se tiraba nada, ni mucho menos se despilfarraba. Bebíamos agua fresca y leche.</p>
<p>Y jugábamos. Todo el día. Setenta días seguidos. Dábamos de comer a las gallinas, provocábamos un estruendo de alas y gorjeos en el palomar repleto de torcazas de mi tío, alimentábamos a dos enormes tortugas marinas que habitaban un estanque junto al gallinero, cortábamos delicadamente tres, no, cuatro hojitas de laurel para sazonar el puchero, corríamos de arriba a abajo con <em>Canela, </em><em>Brancia</em> y <em>Nicola</em>, los perros de la casa, arrancábamos de los árboles las ciruelas y los limones, nos comíamos directamente del racimo las uvas recalentadas por el sol, bajo la mirada atenta y vigilante de un halcón plateado que mi tío tenía en el árbol más grande de la finca, y, sobre todo, los adultos nos hacían <em>verdadero</em> caso. Nos trataban como a niños, pero no como si fuésemos tontos o incapaces, sino simplemente como a niños. Nos escuchaban. Jugaban con nosotros. Hablaban con nosotros. Nos involucraban en una vida doméstica en la cual las cosas no eran simplemente un paso necesario para llegar al siguiente, sino un fin en sí mismo. La comida no era una costumbre, sino un ritual. Se preparaba laboriosamente y luego se disfrutaba en conjunto. Confiaban en nosotros, nos dejaban jugar, gritar, correr y pelearnos sin vigilancia continua. Luego, mi tío nos llevaba a la playa. En esas se nos iba el verano entero, y volvíamos a Buenos Aires aindiados, silvestres, morenos por todo el cuerpo menos en la zona del bañador, con las plantas de los pies curtidas por setenta días sin usar zapatos y un olor salino, de sol y de mar, impregado en la piel.</p>
<p>Inevitablemente, durante cada verano llovía alguna vez. Esos días nos poníamos bajo la parra del patio, tan espesa que nos protegía de la lluvia, y organizábamos un negocio de venta de limonada imaginaria con dinero imaginario, llenando de agua la enorme olla del sancocho de mi abuela, y fundamentalmente inundando el tracto digestivo de mi abuelo, que con paciencia infinita se bebía uno tras otro los vasos de latón rebosantes de agua que le llevábamos durante una hora interminable. Después, Ramiro nos llevaba a buscar <em><a href="http://www.glacoxan.com/plagas/Bichocanastobichodecesto.htm" target="_blank">bichos canasto</a></em>, que no eran otra cosa que orugas con su cestito de palillos entretejidos con un finísimo hilo de baba. Buscábamos los más grandes. Cada uno de los niños elegía su campeón, y los disponíamos en una fila sobre la mesa. Entonces comenzaba la trepidante carrera de bichos canasto, que consistía en esperar pacientemente a ver cuál de los cuatro asomaba primero, y avanzaba algo arrastrándose, reptando sobre la mesa con el canastito a cuestas.</p>
<p>Sé que suena tremendamente aburrido, pero nosotros lo vivíamos con auténtica emoción. Vibrábamos esperando que alguno de los gusanos asomase el cuerpecito rechoncho por el agujero del cestito. Gritábamos y sacudíamos las manos. Festejábamos cada milímetro de avance con auténtica pasión. Y entre pitos y flautas, o salía el sol o una tarde lluviosa más se iba para siempre.</p>
<p>Esta mañana, Barcelona amaneció con lluvia. Me despertaron poco después de las siete las vocecitas de mis hijos discutiendo algo que no llegué a descifrar. Semidormido, me preparé un café y me senté en la terraza a ver llover. En seguida, los dos se acercaron. Como tantas otras veces, me pidieron que les contase una historia, y el olor fresco de la lluvia y la temperatura agradable recuperaron de mi memoria las apasionantes carreras de bichos canasto. Les relaté minuciosamente cómo revisábamos los árboles en busca de los corredores, cómo desprendíamos el cestito de la rama, con mucho cuidado para no lastimar a nuestro campeón, como discutíamos y negociábamos cada vez las reglas de la contienda, y cómo esperábamos con el corazón desbocado que alguno de los bichos se moviese aunque sea una milésima de milímetro. Les conté cómo, después del certamen, los devolvíamos a su ambiente sin lastimarlos, y cómo comentábamos los pormenores de la competición hasta la hora de la cena.</p>
<p>Ellos, atentos como siempre, escucharon cada palabra con los dos ojazos abiertos de par en par, intercalando cada tanto alguna pregunta, sonriendo cuando aparecían nombres conocidos, preguntando por otros tíos, riendo de cuando en cuando. Pero al finalizar la historia parecían algo decepcionados, como si no fuesen del todo capaces de hacer suya la emoción de las cuadrigas de bichos canasto.</p>
<p>Entonces pensé que solamente han pasado treinta años, y sin embargo los niños de hoy no tienen nada que ver con los niños que fuimos. Es cierto que son terriblemente más despiertos, inteligentes y agudos, pero es también tristemente cierto que, hagamos lo que hagamos los padres, nuestros hijos han sido picados por el insecto de la ansiedad. Ayer por la tardé les dí <em>danoninos helados</em>, y Daniel no se quería comer el final. Me decía:</p>
<blockquote><p>-       <em>Está bajo en grasa</em>.</p></blockquote>
<p>Y mientras me enseñaba el fondo del bote, entendí que la publicidad dice “<em>bajo en grasa</em>”, y él lo había traducido como “<em>la grasa está abajo</em>”. Los hemos transformado en eso, en animalitos publicitarios, en miembros activos de la sociedad de consumo y su biorritmo insoportable. Pensé también que, hoy por hoy, cuando un día amanece lluvioso, los padres cambiamos miradas asustadas, sintiendo auténtico pánico ante la perspectiva de un domingo de lluvia entero en casa con los niños. Ellos necesitan combustible, necesitan quemar emoción, necesitan todo ya, rápido, dinámico, cambiante, atractivo, de colores, con láseres.</p>
<p>Quizás los padres de ahora deberíamos hacer un esfuerzo y rescatar de nuestro pecho los niños que chapoteaban en los charcos, los que jugaban con bloques de madera, los que tenían las rodillas y las uñas sucias, los que atrapaban ranas con las manos, los que hacían carreras de bichos canasto; y entonces poder enseñarles a los niños de ahora un poco de paz, que la vida puede tener un ritmo más lento sin que por eso sea aburrida, que no hace falta que las cosas brillen, lleven pilas y tengan luces para ser atractivas.</p>
<p>Quizás vaya siendo hora de comenzar una cruzada, una nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>La Masacre de los Hipocampos</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Nov 2009 16:11:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p><img class="alignright size-medium wp-image-380" title="hipocampo" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/11/hipocampo.jpg?w=240" alt="" width="240" height="300" />Desde que tengo uso de razón – y no es que la use demasiado, porque mi mujer no me deja – en mi casa familiar (no la mía de adulto, sino la de niño) hubo, hay y siempre habrá animales de diversas razas, orígenes, familias y categorías. Para mí existen cuatro tipos de animales que pueden, dada una interpretación amplia del concepto, considerarse <em>domésticos</em>, a saber:</p>
<ul>
<li>Mascotas: son los animales domésticos típicos, como los perros, gatos, conejos y algunas clases de loros. Con estos animales se da una relación vincular afectuosa, se genera una identificación positiva y hasta se parecen a sus dueños. Son cariñosos y rencorosos, como los seres humanos, traman pequeñas venganzas y grandes recompensas.</li>
<li>Bichos: en esta categoría clasifico las especies indiferentes, con las que se puede tener una convivencia pacífica, casi sin darse cuenta uno de que existe el otro, incluyendo, pero no limitándose a: <em>hámsters</em>, peces, canarios, tortugas y demás miembros del reino animal que casi podrían pasar por mobiliario. En general suelen ser inocuos, poco ruidosos y cómodos.</li>
<li>Fieras: animales salvajes que decididamente no están hechos para vivir fuera de su entorno natural, a pesar de tener, en algunos casos, capacidades empáticas parecidas a las de las mascotas. No se adaptan bien al medio urbano y hacen que tu casa huela como una jungla. En esta categoría encontramos a los primates pequeños (monitos), zorros, pumas, cuervos, tucanes, peces exóticos y venenosos, serpientes constrictoras y algunos roedores grandes.</li>
<li>Alimañas: son la clase de animales que una mujer nunca quiere tener en su casa. Fácilmente podemos encuadrar en esta categoría a culebras, serpientes, roedores varios, reptiles de todas las clases, arácnidos venenosos, murciélagos, escorpiones, cucarachas y especies semejantes. Son viles, agresivos o, en el mejor de los casos, indiferentes.</li>
</ul>
<p><span id="more-379"></span>Llegado este punto, pensará el lector que exagero diciendo que pueden encontrarse en las casas de los seres humanos. Probablemente tendrá algo de razón, aunque me propongo relatar, escueta y concisamente, cómo he convivido con, al menos, dos representantes de cada categoría, en simultaneidades diversas y con diferentes grados de éxito. Aparte del curioso – por improbable, dada la fauna del hogar – y notable hecho de que todos los miembros de mi familia aún continúen con vida, los desastres hogareños, pequeñas matanzas y carnicerías domésticas fueron una constante durante nuestra infancia y nuestra adolescencia. La compulsión incontrolable de mi hermano mayor (hoy biólogo de profesión, científico loco por naturaleza y delirante por convicción) fue superior a las fuerzas de mis padres, a la resistencia de mi hermana y a la imaginación de cualquier persona normal.</p>
<p>Lo primero que recuerdo es tener una perra, blanca y marrón, llamada Rosa. Por esa época vivía también con nosotros una gata blanca y negra. No sé cómo llegó a casa, pero por esos días mi padre comenzaba a instalarse por su cuenta con una imprenta de serigrafía, así que recibió el ridículo nombre de <em>Tinta</em>. Dada la ejemplar tolerancia de ambas mascotas en lo que a la convivencia se refiere, mi hermano rápidamente se entusiasmó, y apareció con una gatita gris que recibió el nombre de <em>Tintilla</em>, y semanas más tarde con otra, atigrada esta vez, bautizada como <em>Serruchita</em>, tristemente fallecida en un incidente que no vale la pena relatar. Todo iba bien, hasta que una pareja de amigos de mis padres, poseedores de una casa con patio en la que habitaba un monito <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Titi" target="_blank">Tití</a> – originalmente llamado <em>Tití</em> – decidió irse de viaje. Preguntados frente a mi hermano si podían cuidar del mono, y ante el entusiasmo mostrado por él, mis padres no pudieron negarse. El viaje, que inicialmente sería de un mes y medio, se prolongó durante más de seis.</p>
<p>Mi padre no tuvo más remedio que instalar estanterías altas para que el nuevo inquilino del hogar pudiese mantenerse alejado de <em>Tinta</em> y <em>Rosa</em>, que manifestaron una aversión instantánea hacia la fiera y su olor animal de selva fresca. <em>Tití</em>, que tenía un pelo muy gracioso detrás de las orejas y dos ojos saltones y redondos, tenía cara de inocente, pero era un verdadero hijo de puta. Además de provocar sistemáticamente a los cuadrúpedos de la casa con sonidos y movimientos pendencieros, pronto descubrió que su trinchera en alto le permitía arrojar objetos con absoluta impunidad. Teniendo en cuenta que esto sucedía en un departamento de tres ambientes, habitado además por dos adultos y cuatro niños, se imaginará el lector el trámite de la vida diaria en nuestro hogar.</p>
<p><em>Tinta, Tintilla y Rosa</em> murieron en diversas circunstancias, y <em>Tití</em> finalmente regresó con sus dueños. Mis padres decidieron no volver a tener animales. Pasamos un par de años de tranquilidad, durante los cuales lo único que tuvimos fueron unos graciosos pollitos que regalaban en el supermercado, y que acabaron transformándose en pollos grandotes y agresivos, un conejo que hacía bolitas de caca y poco más, y un gorrión que mi hermano encontró herido, cuidó hasta que se repuso y luego liberó. Pancho apareció un día con un gato gordo y grande que encontró en la calle, y lo llamamos Tom, por <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Tom_y_Jerry" target="_blank">Tom &amp; Jerry</a></em>. Al principio mis padres se negaron, pero al final acabaron cediendo, con un suspiro resignado: <em>“Total, por un gatito no va a pasar nada”</em>. Después de varias semanas de llamarlo Tom de acá y Tom de allá, un veterinario lo examinó y nos dijo que Tom era gata, así que pasó, sin más, a llamarse <em>Toma</em>. Por esos días, también, decidió Pancho que quería montar una pecera. Dado lo inofensivo del asunto, mis padres se lo permitieron. Compró entonces un acuario de un metro de largo por cincuenta centímetros de altura y cuarenta de profundidad. Al principio solamente trajo <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Carassius" target="_blank">Carassius</a></em>, <em>Lebistes</em> y esa clase de peces imbéciles y decorativos. Luego ahorró durante no sé cuánto tiempo para comprar unas sales especiales fabricadas en Alemania, que permitían hacer una pecera de agua salada, que rápidamente se habitó con <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Hippocampus" target="_blank">Hipocampos</a></em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Hippocampus" target="_blank"> </a>(caballitos de mar), cangrejitos de agua salada, y algún que otro pez.</p>
<p>Cuando ya había seis peceras de dimensiones similares, una tortuga que a día de hoy desconozco cómo llegó a casa, <em>Toma</em>, otro gato blanco aquejado por una mutación genética que derivaba en tener seis dedos en cada pata, lo que le valió el nombre de <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Mendel" target="_blank">Mendel</a></em>, y nuestra segunda perra, llamada <em>Pacha</em>, que tuvo en cuatro partos consecutivos nada menos que treinta y dos cachorros, la cosa se empezó a complicar. Para colmo, un día, al regresar mi madre de trabajar, se encontró víboras reptando por el pasillo, en número de tres, y a mi hermano persiguiéndolas con más vocación que éxito. Además, paulatinamente los <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ciclidos" target="_blank">Cíclidos</a></em>, peces más agresivos y, en general, carnívoros, fueron reemplazando los bonitos peces de colores en los acuarios.</p>
<p>Para alimentar a los peces carnívoros, en la heladera de casa se podía encontrar siempre un cuenco del tamaño de un puño repleto de minúsculas lombrices, llamadas <em><a href="http://www.elacuarista.com/abc/alimentacion/tubifex.htm" target="_blank">tubifex</a></em>, que al sentir la vibración de la puerta se contraían como un organismo único, semejándose a un corazón en plena sístole. Para rematar,  – y juro que es verdad – como las culebras se murieron, la mejor idea que tuvo mi hermano fue reemplazarlas por una boa constrictora, que animaba las noches de nuestra habitación con un silencio de cazadora insomne y rápidos movimientos de su lengua bífida. Para alimentar al nuevo reptil fue necesario tener ratones, porque resulta que el churrasco no le gustaba y a las ensaladas les hacía ascos. Empezó un período sangriento. Los hámsters se mataban a mordiscos entre ellos, los peces se comían a sus propias crías y cada tres semanas la boa organizaba una orgía carnívora con los ratoncitos blancos muertos de miedo.</p>
<p>Entonces Pancho fue a bucear, y pescó <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Actiniaria" target="_blank">anémonas</a>, que son como unas flores acuáticas carnívoras, que nada más llegar se merendaron a los cangrejos y los hipocampos. La tortuga de tierra, víctima de una depresión brutal a causa de las bajas, se suicidó arrojándose desde el balcón de una planta doce.</p>
<p><em>Pacha</em>, mientras tanto, era la compañera fiel de todas nuestras andanzas. Por las noches salíamos con ella a jugar y correr en la calle, hasta que una noche trágica, mientras perseguíamos un gato, el noble animal intentó treparse a un árbol, mientras nosotros le dábamos ánimo, y solamente cuando estaba en la tercera rama se dio cuenta de que eso no son cosas de perros, precipitándose al suelo, lo que le valió una fractura en la pata delantera derecha, y una renguera de por vida.</p>
<p><em>Mendel</em> tuvo un trágico accidente en un ascensor, y <em>Toma </em>murió por causas que ya no recuerdo. Recuerdo, en cambio, claramente, la muerte de <em>Pacha</em>, la reina absoluta de todo el equipo, y un emocionante funeral que hicimos en la plaza de abajo, donde aún está enterrada y donde pueden verse todavía, paseando, algunos de sus treinta y dos hijos perros.</p>
<p>Lamentablemente, la alta tasa de mortalidad del parque zoológico hizo que la población menguase. Mencionaré por encima algunos otros habitantes de la casa, sólo para dejar testimonio de que existieron, como una cucaracha de seis centímetros de longitud, supuestamente de una especie rara de Borneo o Madagascar, que mi hermano cuidó con esmero hasta su muerte y por la que pagó la exorbitante suma de diez dólares, un escorpión negro, malísimo, un par de canarios, un par de cobayos, una tortuga de agua y alguno seguramente me debo estar olvidando, como otra tortuga de tierra que tuvimos poco tiempo, porque mi hermano Felipe la sacó a pasear y la perdió en la plaza. También vale la pena mencionar algunos intentos fallidos de adoptar mascotas especialmente peligrosas, como un pez escorpión, cuyo veneno mata a un adulto en cuestión de horas, un zorro que mi padre logró impedir a tiempo que mi hermano fuese a buscarlo y reptiles y lagartos en varias ocasiones.</p>
<p>Pasados unos años, cuando mis padres ya se habían separado y solamente sobrevivían algunos de los peces, hubo un pequeño rebrote. Mi padre, Pancho y yo vivíamos entonces en una casa preciosa en San Telmo con un gato siamés llamado <em>Ulises</em>, y mi madre, su marido, Florencia y Felipe en la que había sido la casa familiar (donde hoy vive Pancho, y tiene perro y peces). Resulta que un festejante de mi hermana, desesperado por no encontrar fórmula de seducción válida, tuvo la brillante idea de regalarle un mono <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Saimiri" target="_blank">Saimiri</a> </em>llamado <em>Totó</em>. Previamente, Pancho, a pesar de la oposición de mi padre y mía propia, había instalado en nuestra casa un terrario en el que comenzó a criar tarántulas. Cuando Florencia apareció en su casa con el nuevo mono, se armó un auténtico escándalo. El Negro (apodo cariñoso que recibe el marido de mi madre) aún relata sorprendido que, cuando al ver el mono exclamó:</p>
<blockquote><p><em>“O se va el mono o me voy yo</em>”.</p></blockquote>
<p>Entonces la familia al completo se retiró a deliberar a la cocina, dejándolo en el salón. La decisión final fue, como no, enviar el mono a Pancho. Florencia lo trajo en su jaula, y en principio mi padre intentó negarse también, pero el primate, ni bien lo soltamos dentro de la casa, fue derecho al terrario y se almorzó, una por una, a las tarántulas. Esto le valió la autorización para quedarse, pero luego, su afición por el latrocinio de alimentos, la rotura de libros y fotos, su olor salvaje y su mala costumbre de complacerse en presencia de las señoras le valieron el destierro definitivo en el zoo de Buenos Aires.</p>
<p>Ahora Gloria no me deja tener ni siquiera un gatito, pero todos mis hermanos tienen perros, y cuando Pablo y Daniel los ven, empiezan a pedir que quieren una mascota. Todo llegará, aunque, por supuesto, si alguna vez vuelvo a convivir con animales, solamente serán de la primera categoría.</p>
<p>Y eso sí, que nadie dude, ni por un segundo, de que en mi familia todos, sin excepción, amamos a los animales.</p>
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