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Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol

Ayer sábado amaneció soleado. Un sol casi inclemente resquebrajando un cielo de celeste líquido interminable. Un día argentino. Me puse mi camiseta de la Selección Argentina, lamentando parecerme más a Obélix que a Messi, y, como todas las mañanas, me preparé una taza de café y me senté en mi balcón, para bebérmela con el primer cigarrillo del día mientras contemplo cómo el astro rey, lentamente, sobrepasa a las montañas. No soy hombre de supersticiones ni de creencias místicas, pero sin embargo, una sensación rara vagaba por mi pecho. No llegué en ningún momento a identificar un presagio claro, pero estaba presente un insecto molesto y agorero que yo no había invitado al desayuno.

El cigarrillo se consumía, y entonces rescaté mi recuerdo más antiguo de un mundial. Fue el 25 de junio de 1978. Yo tenía entonces cinco años, y no se podía decir de mí que sintiese verdadera pasión por los deportes de contacto. Era mas bien un niño tranquilo. Me gustaba leer y armar rompecabezas. Me gustaban las palabras, como ahora.

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El color de los recuerdos

Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.

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Sobre la amistad, justo antes de partir

Ahora, en este preciso momento, estoy velando mis armas, en vísperas de vísperas de un nuevo viaje. Cada vez que se acerca el momento de abordar un vuelo transoceánico, un mecanismo engrasado y preciso se pone en movimiento, me retrata sigilosamente en un gesto de alerta involuntario, dibujando con mal pulso un silencio de negra en el pentagrama secreto donde escribo la banda sonora de mi vida.

Y no es que tema volar. Probablemente si sumo las horas que he pasado en aeropuertos y aviones, obtendría dos o tres meses de buena vida. No me produce el menor nerviosismo el hecho de sumar mis noventa kilogramos al espeluznante cóctel de más de trescientas cincuenta toneladas de metal, carne humana, combustible altamente inflamable y bandejitas con comida tibia que conforman un vuelo de pasajeros transcontinental. Simplemente altera la línea de tiempo de mi consciencia el compás de espera, las largas horas muertas, el murmullo dormido durante una docena de horas de los motores diciendo su letanía contaminante, los rostros desconocidos por doquier, la suma de pares de ojos que ocultan verdades y vergüenzas variadas, la pantomima de amabilidad y servicio degradadas a un espacio cúbico ínfimo. Y es que no puedo concebir una manera más efectiva de perder el tiempo.

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Volver a la nada de los últimos veinte años

Serán los números redondos, será el cambio de década o simplemente la nostalgia tópica de los exiliados en época de fiestas, pero lo cierto es que me encuentro reflexivo, nostálgico y tanguero. Desde hace días suena en mi cabeza, en un concierto privado y silencioso, lento, eterno y soñador, con un ataque de bandoneones heridos de invierno, el tango “Volver”. Y es una tontería, porque más que en volver a alguna parte, pienso en los últimos veinte años, que según la genial pieza de Carlitos Gardel no son nada, pero irónicamente vuelven una y otra vez.

Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.

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Y en el 2010 también

Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, a esta altura más que una frase de un tango inmortal es un axioma científicamente comprobado, un versículo que encierra una verdad indiscutible. No hace falta ni siquiera esforzarse para verlos por todas partes, se llamen Silvio Berlusconi, Emilio Botín o Julio Grondona.

Lo que no podía prever Discépolo ni nadie, es que el despliegue de maldad insolente característico del siglo XX se traduciría a sí mismo, refinándose, volviéndose sutil, altamente engañoso y cada vez más escurridizo. No se podía prever que la maldad franca y llana del crimen organizado de principios del siglo pasado evolucionase de esta forma en cinismo e hipocresía, ni que los jefes absolutos de las organizaciones criminales se sintiesen más cómodos en despachos de cargos oficiales que en suburbios impracticables para las personas honradas.

No se podía vislumbrar que las guerras perderían todo su espantoso significado soberanista, conquistador y su pasión por la expansión territorial a manos de un complicado entramado de negocios divididos entre el continuismo de la industria armamentista y los enormes beneficios que proporciona la reconstrucción de los países invadidos y la explotación de sus recursos naturales a manos de las fuerzas de ocupación.

Nadie podía imaginar que el presidente de una de las mayores potencias mundiales, General Máximo de varias guerras en activo, sería premiado con el Nobel de la Paz solamente a causa de un montón de palabras, sin respaldo alguno en los hechos.

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El teletrabajo del Padre de Arturito y los títulos de las películas

Trabajar desde casa es lo mejor y lo peor a la vez. Al mismo tiempo y sin paliativos. Como viene siendo habitual en las últimas décadas, la incorporación de tecnología a la vida cotidiana nos trae enormes beneficios acompañados de una ingente cantidad de desgracias subyacentes originadas por el tiempo, la energía y la imaginación sobrantes del esfuerzo necesario para ganarnos el pan, con los que muchas veces no sabemos qué hacer.

En mi caso particular, el bajo precio del ADSL, la crisis económica mundial producto de las hipotecas subprime y una tendencia difícilmente controlable hacia permanecer sentado el mayor tiempo posible, han traído a mi vida esta nueva maravilla del mundo moderno. Los beneficios son evidentes: Ahorro de tiempo, porque no paso dos horas diarias en el coche para ir y volver del trabajo, como antes. Ahorro de dinero, porque no como más en restaurantes a diario, y un consiguiente aumento del tiempo restante para dedicar a mi familia y a mis aficiones más oscuras, como la de atormentar a los internautas publicando artículos insufribles como éste.

Las desventajas, en cambio, tardan más en aparecer, son más difíciles de identificar claramente y, como la adicción a las drogas psicoactivas, son asimiladas lentamente como rasgos característicos de la personalidad, como si en vez de ser un mal hábito adquirido fuesen un mal congénito inevitable, una desgracia instalada en la tierra por un poder supremo o un mal premio obtenido en una tómbola benéfica.

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Capítulo alfa-gamma-delta 05. Acción en Buenos Aires (1986).

mujer_fumandoErnesto comenzó la escuela secundaria en marzo, en un colegio del barrio de Barracas, aturdido por la diferencia entre formar filas ordenadas de niños con guardapolvo blanco para cantar el himno nacional, entre los que él era de los más grandes, y el bullicio de un millar de adolescentes ocupando una calle entera, provocando trastornos en la circulación de tráfico rodado mientras fumaban el primer cigarrillo de la mañana, entre los que él era de los más pequeños. El primer descubrimiento que hizo Ernesto en su nueva escuela fue hormonal, instintivo, desde la entrepierna y las tripas, con todo el sistema endócrino alterado, la sangre sublevada y los miles de millones de terminales nerviosos de su cuerpo en estado de alerta permanente. Repentinamente, las niñas peinadas con dos coletas que jugaban a saltar un elástico en los recreos fueron reemplazadas sin piedad por auténticas mujeres con todo en su sitio, caderas redondeadas, pechos explosivos que amenazaban con reventar los botones de las blusas, uñas pintadas, jugosos labios de colores y miradas sugerentes. Fumaban sensualmente y reían con desparpajo. Era como si la vida, en su juego irónico, fuese despiadada con los chicos. Mientras los estudiantes varones de primer año hacían esfuerzos enormes para sacudirse del alma la niñez, jugando a fumar y a tomar cerveza siempre demasiado amarga en el quiosco de la esquina, a la salida de la escuela, y luchando por ocultar sus voces aún infantiles, finitas, deseando más que nada en este mundo que una barba verdadera rompiese al fin sus rostros aún infantiles, las chicas parecían pasar de la infancia a la adolescencia sin transición alguna. Todas tenían tetas. Todas eran sensualidad pura, caídas de ojos hacia los alumnos de quinto, bocas pobladas de dientes blancos, nalgas redondas atrapadas en pantalones ajustados, melenas de pelo movido por la brisa, tirantes de corpiño que asomaban a escotes demasiado abiertos. Era como un anuncio de cigarrillos en el que la protagonista femenina es una mujer sensual, incitante y seductora, y el masculino, en lugar de fumar y luego besarla, extrae de su bolsillo una piruleta y un yo-yo. Ernesto sentía que ninguna de esas hembras auténticas ni siquiera lo miraría hasta que llegase, al menos, al tercer o cuarto año de secundaria, y para eso faltaba media vida.

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Casi casi atrapar una idea

lluviaEstaba sentado en el sofá, mirando por la ventana. Afuera, la lluvia diagonal que solamente aparece cuando el viento empuja su quejido transparente. Dentro, penumbra. Podía escuchar mi respiración, imaginando el aire entrar en mis pulmones, oxigenando mis glóbulos rojos. Era consciente de cada una de las fibras de mi carne en reposo, tensándose en el antebrazo para llevarme el cigarrillo a los labios, relajando el bíceps para dejarlo en el cenicero.

Pasó por mi cabeza el sonido alegre, de chispas pintadas de dorado, de la grasa de vaca burbujeando en la sartén, cuando los domingos de lluvia, por la tarde, mi viejo hacía tortafritas. Mis hermanos y yo alrededor, esperando ansiosos. Cucharadas de azúcar que se quedaba pegada en la masa grasienta y crocante, y el recuerdo material de sus manos de hombre en mis manos de niño, una barba oscura que ahora es entrecana. Los ojos, iguales. Lo demás, accesorio.

Me asaltó el recuerdo de una mano femenina investigándome la piel, la curiosidad manifiesta por delante del placer. Una calle del barrio de Palermo en otoño, alfombrada de hojas secas, algunas apelmazadas por lluvias esporádicas, otras combadas, arañando las baldosas sucias con sus uñas ocres, empujadas por el viento. Otra vez dedos de mujer, casi niña, sobre mis párpados, buscando debajo de mis ojos lo que no se transparenta, la verdad única que ni siquiera yo conozco.

Y una lengua húmeda de perro en la cara. Con olor a perro. A pelo sucio, un aliento dulzón, con reminiscencias de carne podrida entre los dientes, las patas sobre el pecho, una cola negra dibujando un vaivén, dos ojos marrones, infinitos, profundos, reflejo de gratitud a cambio de nada, una palmada en la cabeza. Mi perra volvió de la muerte para decirme que aún me adora, a pesar de que la tierra hace rato que absorbió sus huesos, su pelambre, su ternura de perro, su mirada pacífica.

Regresó a mi memoria una noche, hace algunos inviernos. Mi hijo Pablo pequeño. Tenía tos, el pecho cargado. Le pusimos una cebolla partida al medio al lado de la cama. Brujerías de abuela que hacen que respire mejor. Le dejamos una botella de agua. La noche es lenta. Se levantó, castigando el suelo con sus piecitos descalzos. Se pasó a nuestra cama. Traía en sus manos la cebolla, la botella de agua y su león de felpa. Metido en la cama con nosotros no necesitaba nada más.

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El Aprendiz de Brujo y el gen psicoactivo de la maternidad española

Si los argentinos y los españoles somos taaaaaan parecidos o taaaaan diferentes es uno de los temas que he escuchado discutir hasta el agotamiento desde que llegué a la Península Ibérica. Personalmente me preocupa poco quién le pone más ajo a las comidas, o si los argentinos hablamos más dulce o los españoles gritan más, si en el Subte huele mejor que en el Metro o si el dulce de leche es más rico que la leche condensada (aunque esto último es absolutamente indiscutible). Soy genéticamente inmune a este tipo de comparaciones, y en general la práctica del deporte Si es mejor allá o es mejor acá sinceramente me aburre por completo. Sin embargo, desde que llegué a Barcelona en el año 2000, me he interesado por las evidentes diferencias culturales, pero con ánimo científico en lugar de comparativo. Me divirtió descubrir que currar significa trabajar para los españoles, mientras que para nosotros es robar, o que chichi es, en argentina, una forma cariñosa e ingenua de designar a una mujer, mientras que del lado español es una clara referencia vaginal. Podría citar un millón de ejemplos de pequeñas diferencias que me he dado a contemplar durante estos años, pero hay cosas que merecen más mi atención, al menos hoy.

Hasta que tuve hijos no me di cuenta de que las madres españolas tienen un gen heredado de sus madres, que a su vez heredaron de sus madres, y que les condiciona la visión general de todo lo relacionado con el crecimiento, salud y alimentación de sus hijos. Es superior a sus fuerzas, no pueden, ni quieren, ni aunque lo desearan con toda su alma, serían capaces de sustraerse al poderoso gen ibérico de la maternidad. Además, aunque mis conocimientos de historia del viejo continente son relativamente pobres, me atrevo a especular sobre la Guerra Civil Española, y deduzco que la hambruna sufrida por madres y abuelas de las mujeres que son ahora madres, produjo una mutación genética heredable que es la responsable de algunos de los fenómenos observables en las madres Hispánicas.

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Capítulo Pi(-06). Acción en Barcelona, 2006.

Conocí a Carla por casualidad, en un bar. Fue el viernes 30 junio de 2006, y los argentinos vagábamos desesperados por las calles buscando lugares donde ver las pobres actuaciones de nuestra selección en el mundial de Alemania. Había salido solo de casa, sin demasiadas esperanzas de pasarlo bien, ni de que el equipo nacional acabara de jugar bien en un mundial en el que, a pesar de estar en cuartos de final, el juego había sido pobre y decepcionante. Finalmente encontré un bar en Sagrada Familia, pequeño y sucio, que en la puerta tenía una pizarra anunciando “Hoy Alemania – Argentina”. Faltaba más de media hora para el partido, así que me senté en una mesa para dos, pedí una cerveza y me dediqué a intentar predecir la dirección que tomaría el humo que desprendían las brasas de los tres cigarrillos que, uno detrás de otro, me ayudaron a matar el tiempo. El bar se llenó lentamente, como siempre que hay buen fútbol. La mayoría argentinos, y si bien me sentía solo, era una soledad arropada por esa hermandad que solamente el fútbol produce: profunda, fuerte, pero fugaz y volátil. Sabía perfectamente que al sonar el pitido final, automáticamente todos volveríamos a ser desconocidos.

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El Aprendiz de Brujo y los caprichos del Mono Loco

Hay momentos en los que no alcanzo a saber si la paranoia es colectiva o si soy yo solo, pero cada vez más creo en las oscuras conspiraciones ocultas del estado de derecho. Como muchos de ustedes saben, y probablemente los que estén fuera de España ignoren, esta semana empezaron las clases de mis dos peques. Allá fuimos tan contentos, Gloria, – mi mujer – Pablo, Daniel y el que suscribe. Resulta que vivimos en un pueblo que, además de achicharrarnos a impuestos con los que nos hacen la vida imposible rompiendo las calles que estaban bien, para luego dejarlas igual, y encima molestos hacernos sentir estúpidos, es conocido por la cantidad de niños que hay. Aparecen niños por todos lados. No hay manera de dar una vuelta por el pueblo sin ver niños, lo que hace pensar que el índice de actividad sexual (y por lo tanto es esperable que también de satisfacción)  es de los más altos de Europa. En consecuencia, la escuela (una de las tres que hay) es un enorme y deformado bloque prefabricado, sin ningún respeto por la estética ni la geometría, al que resulta evidente que todos los veranos le agregan un pedazo, conectándolo como pueden a lo que ya había, de tal manera que parece hecho por un niño jugando con cubos. Tiene una entrada principal, por la que el año pasado entraban todos los niños, y otra cincuenta metros a la derecha y doblando la esquina, por la que entran los más pequeños.

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El abogado, el médico y el aprendiz de brujo

Somos nuestras profesiones. Eso y el lugar donde nacimos y /o crecimos. Vivimos en un mundo lleno de clichés, lugares comunes y estereotipos, y todos, en mayor o menor medida, contribuimos a esa banalización progresiva de los conceptos que nos rodean, que cada vez sucede con mayor rapidez. Así las cosas, nos cuesta concebir que la forma de llenar la olla no sea mucho más que eso, y entonces sabemos con certeza que todos los taxistas son charlatanes, que todos los argentinos tenemos labia y un punto atorrante, mentiroso o exagerado, que ninguna persona que haya estudiado cualquier carrera humanística puede tener un trabajo lucrativo relacionado con sus estudios, que todos los abogados defienden a los malos, que a los médicos hay que hacerles caso en todo porque para eso estudiaron y saben más que uno, y que todos los que nos dedicamos a cualquier disciplina abstracta (informáticos, programadores, matemáticos, físicos, etc.) somos una banda de freaks que, pasados los treinta, tenemos la habitación llena de muñecos de La Guerra de las Galaxias, vemos webs porno sin parar, leemos toda la ciencia ficción que nos cae en las manos y no sabemos hablarle a las chicas (“existen dos tipos de hombres: los que saben binario y los que tienen novia”), además de tener el sentido del humor seriamente perjudicado por una visión del mundo drásticamente distorsionada.

No me gustan los estereotipos, pero creo que por algo existen, y que es bueno ser capaz de reírse de ellos, sobre todo cuando nos tocan de cerca. Y a pesar de que no me gustan, estoy obligado a reconocer que existe un fondo de razones que, exageradas una y otra vez por quienes las esgrimen, acaban dándole cierto regusto de verdad al asunto. Y nunca falta, además, (por dar un ejemplo que me toca) el programador al que yo llamo gordo Unix, que ostenta un poderoso sobrepeso, pelo y barba enmarañados, escasas habilidades sociales, marcado mal gusto en el vestir, y solamente puede hablar de temas científicos o de sables láser, y, por supuesto, juega juegos de rol. Cuando aparece uno de estos personajes, verifica frente al mundo entero todos los tópicos habidos y por haber, y entonces es inútil discutirlos, y resulta más fácil sentirse identificado y hacer causa común con el gordo Unix, batiéndonos a brazo partido, espalda contra espalda, enfrentados al resto de los presentes en ese momento, para defender la dignidad de la profesión. Si el gordo Unix, para colmo de males, llega a ser argentino y estamos de este lado del mundo, entonces ya sé antes de empezar que acabaremos malheridos, ahogando nuestras penas en una Quilmes y panqueques con dulce de leche, mientras comentamos en voz baja el último libro de Harry Potter.

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