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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; argentina</title>
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		<title>Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jul 2010 08:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div class="TweetButton_button" style="float: right; margin-left: 10px;;height:20px;margin-bottom:5px;"><a href="http://twitter.com/share?url=http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2010%2F07%2F04%2Fcharlas-de-hombre-a-hombre-iii-gracias-por-el-futbol%2F&amp;text=Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol&amp;count=vertical&amp;via=piluxfirpux&amp;lang=es&amp;related=amistad,amor,argentina,cosas+peque%C3%B1as,espa%C3%B1a,exilio,filosof%C3%ADa,f%C3%BAtbol,hijos,nostalgia"><img src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/plugins/tweetbutton-for-wordpress/images/tweet.png" style="border:none" /></a></div>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/maradona3629536.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-631" title="maradona3629536" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/maradona3629536-300x204.jpg" alt="" width="300" height="204" /></a>Ayer sábado amaneció soleado. Un sol casi inclemente resquebrajando un cielo de celeste líquido interminable. Un día argentino. Me puse mi camiseta de la Selección Argentina, lamentando parecerme más a Obélix que a Messi, y, como todas las mañanas, me preparé una taza de café y me senté en mi balcón, para bebérmela con el primer cigarrillo del día mientras contemplo cómo el astro rey, lentamente, sobrepasa a las montañas. No soy hombre de supersticiones ni de creencias místicas, pero sin embargo, una sensación rara vagaba por mi pecho. No llegué en ningún momento a identificar un presagio claro, pero estaba presente un insecto molesto y agorero que yo no había invitado al desayuno.</p>
<p>El cigarrillo se consumía, y entonces rescaté mi recuerdo más antiguo de un mundial. Fue el 25 de junio de 1978. Yo tenía entonces cinco años, y no se podía decir de mí que sintiese verdadera pasión por los deportes de contacto. Era mas bien un niño tranquilo. Me gustaba leer y armar rompecabezas. Me gustaban las palabras, como ahora.</p>
<p><span id="more-629"></span>La dictadura militar Argentina ocultaba bajo las gradas repletas de hinchas entusiasmados los cuerpos masacrados de los opositores al régimen, pero de esto tampoco me enteraba.</p>
<p>Sin embargo, y a pesar de eso, sucedió.</p>
<p>Argentina fue campeón del mundo.</p>
<p>Y entonces todo fue euforia. No tengo imágenes propias del partido, ni de los jugadores, más allá de los bigotes borrosos del <em>Matador </em>Kempes<sup class='footnote'><a href='#fn-629-1' id='fnref-629-1'>1</a></sup>, y el casquillo de pelo de Daniel Pasarella. Ni siquiera recuerdo en qué momento salimos de casa, ni cómo llegamos a la calle. Pero lo que no olvidaré jamás es la sensación de la alegría desbordada. Cerrando los ojos aún puedo verme, de pie sobre el asiento trasero de un Peugeot 504 blanco, asomando en medio de dos de mis hermanos por la abertura del techo, mientras mi padre conducía a 6 Km/h en medio de una multitud enloquecida, y los papelitos, miles, millones de papelitos volando, revoloteando y tapizando las calles de ilusión y alegría. Y yo viendo el mundo desde mis ojos de niño, gritando, cantando, festejando.</p>
<p>Y a pesar de el campeonato, seguí sin estar interesado en los deportes de contacto.</p>
<p>Cuando me quise acordar, llegó México 86. Tenía trece años.</p>
<p>Todavía puedo sentir la explosión de ira en aquél maravilloso gol de Diego a Italia que empataba definitivamente un partido trabado y aburrido, en un bar abarrotado de adolescentes gritando, cerveza y humo de tabaco. No tengo que hacer ningún esfuerzo para evocar el corazón golpeando fuerte durante la galopada interminable de Maradona para hacer el memorable gol que le endosó a Inglaterra después de quebrarles la cadera a seis jugadores rivales. Y nunca voy a olvidar cuando me desperté, a las 6:30 de la mañana del 29 de junio, con el cuerpo completamente pintado de rojo de la cintura para arriba, cubierto de miles de molestos granitos producto de una inoportuna escarlatina. Mi padre me acostó en su cama, y movió nuestro televisor blanco y negro hitachi de catorce pulgadas a su habitación, para que todos viesen el partido a mi alrededor. Noventa minutos de angustia y magia, y unos ridículos cartelitos sobreimpresos que proclamaban ¡¡¡ARGENTINA CAMPEÓN MUNDIAL!!!, mientras la alegría desbordante se diluía en una frustración infinita al darme cuenta de que me perdería el festejo, la celebración que mareó las calles de Buenos Aires de una borrachera de pelota y gol.</p>
<p>Seguí sin ser demasiado aficionado a los deportes, pero Italia 90 me volvió a encontrar desbordado de emociones, sensaciones, miedos profundos y gritos desgarradores en las interminables tandas de tiros penales que volvieron a llevar a la Argentina a una final. Y todavía, sin esfuerzo, puedo saborear la amargura de la derrota injusta en la final contra Alemania.</p>
<p>Toda mi historia está salpicada de esos momentos. Como cuando nos juntamos varios amigos muy cercanos para ver, de madrugada, en casa de Emilio, el partido de repechaje contra Australia para ir a Estados Unidos 94, o el maravilloso 30 de junio de 1998, en el que eliminamos a Inglaterra por penales en los octavos de final del mundial de Francia.</p>
<p>Y sin embargo, sigo sin practicar deportes de contacto.</p>
<p>Mis hijos tampoco lo hacen demasiado, porque los padres intentamos transmitirles nuestras mejores cosas, muchas veces sin éxito, pero sin querer les transmitimos exitosamente todos nuestros defectos.</p>
<p>La mañana transcurrió sin novedades. Mis hijos se pusieron sus camisetas de Argentina y allá nos fuimos los tres a la plaza, ataviados con nuestras galas de fútbol.</p>
<p>Después de comer, me preparaba para irme a un bar a ver el partido en compañía de un amigo, cuando Pablo se me acercó.</p>
<p>-       Papá, ¿puedo ir contigo a ver el partido?</p>
<p>Una vez más, mi debilidad de hombre moderno, mi superyó políticamente correcto de la era de la hipocresía, me dictó lo que debía decir. Le respondí como un padre:</p>
<p>-       De ninguna manera. Tú te quedas en casa.</p>
<p>-       ¿Por qué? – preguntó, haciendo pucheros.</p>
<p>-       Porque un bar no es un lugar para niños. Estará todo el mundo fumando, y te aburrirás.</p>
<p>-       No, no me aburriré.</p>
<p>-       Pablo, – argumenté – cuando papá ve un partido en casa te aburres como un hongo. Es un partido muy largo, y papá lo quiere ver tranquilo.</p>
<p>-       Es que quiero ver a Argentina.</p>
<p>-       Mi amor, no. Si quieres te llamo cada vez que algún equipo marque un gol.</p>
<p>Mi hijo me miró con profunda decepción. Rompió a llorar con auténtico desconsuelo mientras, entre lágrimas, repetía sin parar: “<em>Es que quiero ver el partido. Quiero ver a Argentina. Quiero ir contigo</em>”. Yo intentaba calmarlo, y convecerlo de que mi decisión era correcta, que no correspondía llevar a un niño de seis años, que se aburriría, que me pediría que lo trajese de vuelta a casa a mitad del primer tiempo, que esto son cosas de <em>grandes</em>.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Continuaba llorando sin parar.</p>
<p>Entonces, de golpe, me dí cuenta de que estaba actuando como un padre, pero lo que mi hijo necesitaba en ese momento no era un padre. Era un hombre. Era un conciliábulo de hombre a hombre. Dos amigos que aguantan juntos la ilusión, los nervios, el nudo en el estómago. Él no percibía el fútbol, sino mis emociones, y no estaba dispuesto a quedarse fuera de eso. Necesitaba un compañero de juergas, un borracho emocionado que le dijese cuánto lo quería, para olvidarlo al día siguiente. Necesitaba un igual con quien compartir su ilusión y su dolor.</p>
<p>-       Ven aquí – lo llamé, emocionado. Se acercó, con el pechito sacudido por espasmos de pena, los ojos brillando al calor inclemente de la tarde y los mocos transparentes perlando su labio superior.</p>
<p>-       ¿Qué? – me respondió, enojado conmigo y con el mundo.</p>
<p>-       ¿Por qué te importa tanto?</p>
<p>-       Porque quiero ver a Argentina contigo.</p>
<p>Le limpié las lágrimas con mis pulgares y lo miré profundamente a los ojos.</p>
<p>-       Está bien, vale – concedí. – Vas a venir conmigo, pero prométeme que te portarás bien, y que si te aburres te aguantas.</p>
<p>Su carita se iluminó de golpe, los ojos se le abrieron grandes, más grandes que nunca, y una felicidad nueva le renació por debajo de la angustia. Su sonrisa repentina amenazó con salirse de su rostro.</p>
<p>-       Búscate un juguete pequeño para llevarlo, así puedes jugar si te aburres.</p>
<p>En dos minutos se plantó ante mí. En una mano tenía un cachirulo para armar que le regaló su abuela por su cumpleaños, y en la otra una libretita con las tapas del Barcelona y un bolígrafo.</p>
<p>-       Llevo esto para anotar los goles.</p>
<p>En una página había escrito: “Argentina   Alemania”, separados por la típica “T” para anotar tanteos.</p>
<p>Allá nos fuimos.</p>
<p>Se sentó como un auténtico hombrecito, algo que no tuve que enseñarle, lo sabía desde antes de nacer, porque aunque no queramos llevamos escrito en la sangre cómo se mira un partido de fútbol, cómo se sufre y como se recuerda. Un codo sobre la mesa, sosteniendo con la misma mano su vaso de té helado, mientras miraba la pantalla gigante dentro de la cual Alemania, lentamente, comenzaba a aplicarnos un doloroso correctivo.</p>
<p>Finalizada la primera parte, yo estaba de mal humor, nervioso, intranquilo. Casi me había olvidado que el tercer hombre de nuestra mesa era mi hijo de seis años. Me había comportado como se comporta un hombre entre hombres. Entonces lo miré, y no pude evitar sonreírle. El sonrió y me dijo:</p>
<p>-       ¿Pedimos algo para picar?</p>
<p>Después, el desastre. Nos pasaron por encima. Grité, me enrabieté. Cuando una sarta irrepetible de insultos brotaban de mi garganta, cerrando el bullicio del tercer gol, mi hijo me trajo de vuelta, diciéndome:</p>
<blockquote><p><em>“Papá, no grites así, que no estamos en casa”.</em></p></blockquote>
<p>Me aguanté como un hombre las ganas de llorar, y pensé que ni siquiera él sabía cuánta razón tenía. Volví a acariciar sus mejillas infantiles, y por primera vez en mi vida sentí alivio durante una derrota de mi selección. No me importó tanto perder, porque me dí cuenta de que no recordaré el 3 de julio de 2010 como el día que Alemania nos humilló frente al mundo entero, echándonos nuevamente en cuartos de final de un mundial, sino como el día en el que mi hijo de seis años me brindó su ilusión, me ofreció como un hombre su corazón de niño, arrimó su hombro al mío para soportar juntos la derrota – que es mucho más difícil de compartir que la victoria – y me hizo saber, a pesar suyo, que aunque viva a diez mil kilómetros de mi casa, siempre puedo contar con él.</p>
<p>Gracias por el fútbol.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-629-1'>Mi amigo <a href="http://joacoramos.wordpress.com/">Joaco Ramos</a> me apunta que el de los bigotes era Luque, y que el Matador nunca llevó bigote. Trampas de la memoria <img src='http://aprendizdebrujo.net/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' />  <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-629-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
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<p><img class="alignright size-medium wp-image-588" title="wallpapers-colores" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/wallpapers-colores-300x227.jpg" alt="" width="300" height="227" />Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el <em>Clarín</em> por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: <em>Boca Juniors</em>. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada <em>no es lo mismo</em> en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de <em>bocaditos Holanda, </em>y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena <em>Bombonera</em>, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la <em>Vuelta de Rocha</em>.</p>
<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
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		<title>Sobre la amistad, justo antes de partir</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Feb 2010 10:24:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p><img class="alignright size-full wp-image-527" title="avion_papel" src="http://pilux.files.wordpress.com/2010/02/avion_papel.jpg" alt="" width="400" height="213" />Ahora, en este preciso momento, estoy velando mis armas, en vísperas de vísperas de un nuevo viaje. Cada vez que se acerca el momento de abordar un vuelo transoceánico, un mecanismo engrasado y preciso se pone en movimiento, me retrata sigilosamente en un gesto de alerta involuntario, dibujando con mal pulso un silencio de negra en el pentagrama secreto donde escribo la banda sonora de mi vida.</p>
<p>Y no es que tema volar. Probablemente si sumo las horas que he pasado en aeropuertos y aviones, obtendría dos o tres meses de buena vida. No me produce el menor nerviosismo el hecho de sumar mis noventa kilogramos al espeluznante cóctel de más de trescientas cincuenta toneladas de metal, carne humana, combustible altamente inflamable y bandejitas con comida tibia que conforman un vuelo de pasajeros transcontinental. Simplemente altera la línea de tiempo de mi consciencia el compás de espera, las largas horas muertas, el murmullo dormido durante una docena de horas de los motores diciendo su letanía contaminante, los rostros desconocidos por doquier, la suma de pares de ojos que ocultan verdades y vergüenzas variadas, la pantomima de amabilidad y servicio degradadas a un espacio cúbico ínfimo. Y es que no puedo concebir una manera más efectiva de perder el tiempo.</p>
<p><span id="more-525"></span>Lo curioso, sin embargo, es que tamaño despropósito suele compensarse por un resultado posterior. Normalmente un aparato de aviación civil me lleva a un encuentro. Esta vez, con dos amigos.</p>
<p>Éramos tres amigos, en Buenos Aires, en las noches de invierno y en las de verano. En viajes delirantes al sur de la Argentina, mochila al hombro, muchos pasos y pocos pesos, latas de arvejas y linternas sin pilas, lagos fríos, café instantáneo calentito en jarros de peltre. Éramos muchos más, por supuesto, más amigos, más adolescentes, más soñadores, más inquietos.</p>
<p>Pero los naipes son los naipes, y su orden de salida es caprichoso, arbitrario y absurdamente honesto, bajo la permanente sospecha de deshonestidad. La baraja es algo que nadie domina sin hacer trampas. Y los naipes salieron como salieron. Mezcladas entre muchas historias de amigos que se quieren, de amigos que se pelean, de amigos que siguen y de amigos que ya no están, de recuerdos amargos y dulces, de personas imborrables que dejaron una sombra de presencia aunque hayan partido, la historia de estos tres amigos siguió su curso, un derrotero escarpado y misterioso, un río que a veces fluye caudaloso, y otras se transforma en un hilillo de agua tibia, pero que nunca se detiene.</p>
<p>Éramos tres amigos que descubríamos juntos el mundo. La pasión de las palabras, la política, la esperanza y la decepción. Exploramos juntos muchos senderos, por separado otros. El camino de la piel femenina, bajo una emoción intensa cargada de hormonas, de descubrimientos. A veces creo que hacer asomar a un hombre joven desde los huesos de un adolescente no se trata de otra cosa que de aprender que la mayoría de las cosas, cuando suceden, no tienen nada que ver con la idea previa que se construye desde los sueños, la fantasía, los libros y las películas. Así, el amor de una mujer es mucho menos rosa, pero más profundamente maravilloso y misterioso, inabarcable y oscuro, perverso, también. No sólo gratifica, sino que además duele, lastima, castiga y recompensa. El trabajo, por su parte, no es la panacea de la realización personal y las metas conseguidas, sino una larga sucesión de rutinas enredadas, entrelazadas, que se perpetúan a sí mismas, esporádicamente interrumpidas por pequeños avances, por ínfimas conquistas, por batallas ganadas con un tenedor y una cuchara. La paternidad, en cambio, es una sorpresa violenta. Lo que estaba destinado a ser el día más feliz de tu vida, se transforma sin previo aviso en el susto más grande que eres capaz de experimentar, seguido de una vergüenza secreta por creer que no estás viviendo lo que se supone que deberías estar viviendo. Y entonces, cuando empiezas a creer que no sirves para eso, se revela como una tarea de todos los días, como una pequeña comunión cotidiana, en la que las cosas van acomodándose sin permiso, sin advertencias, y también sin remedio, para hacerte feliz, pero también cauteloso, contradictorio, juguetón y claramente insuficiente. Y la amistad, claro está, no puede faltar a la cita. La amistad se transforma, y te vas dando cuenta de que la intensidad que se puede vivir en una amistad a los quince años, está hecha justamente de ese material ingrávido que ocupa el pecho antes de tantas batallas perdidas y desengaños, cuando todavía el mundo es una fruta pendiente de madurar. Después, cuando eres capaz de comprenderlo, ya es tarde. Puedes hacer lo que quieras, lo que te parezca, intentarlo de mil formas diferentes, pero un hombre nunca volverá a ser capaz de abrir su corazón a otro hombre como lo hacía a los quince años.</p>
<p>Cuando, después de tantas millas voladas, de tantas cicatrices invisibles, de tantos golpes arteros, finalmente te das cuenta de cuánto te importa, resulta que hace demasiado tiempo que todo explotó. El reverso de los naipes que cada uno de los amigos tiene en las manos es de diferente color. Están jugando con barajas distintas, y ya no es posible volver a la misma partida.</p>
<p>En la historia de estos tres amigos en particular, uno de ellos tuvo hijos en Buenos Aires. Otro en Montreal, Canadá, y un servidor en Barcelona. Nos hicimos hombres a una distancia de cinco dígitos en kilómetros.</p>
<p>Y sin embargo, la distancia sumada de estas tres ciudades no ha podido con lo más auténtico, con el núcleo vital de lo que nos dimos en su momento, el puñado de confesiones y secretos más antiguo. Desde entonces, cada vez que podemos, coincidimos. Pero esta vez es especial. Hemos hecho un esfuerzo enorme para encontrarnos en un punto intermedio: México.</p>
<p>Cada uno de los tres ha conseguido una pausa en sus trabajos, con sus mujeres, con sus hijos, solamente para robar cinco días completos, ciento veinte horas seguidas para renovar la amistad, para mezclar las tres barajas con reversos de colores distintos y jugar a solas una partida interminable, una tanda de confesiones de hombres que no han olvidado cómo eran de adolescentes, un intercambio sincero de ilusiones vivas, de derrotas personales, de pequeñas victorias, de fantasías de esas que solamente se pueden confesar entre grandes amigos.</p>
<p>Por eso estoy conmovido. Me esperan cinco días que me obligarán a reconocer, sin concesiones, frente a dos <em>amigos</em>, quién soy hoy. Las partidas que he perdido y las que he ganado. Lo que hago bien y lo que hago mal. Lo que soy capaz de dar y lo que soy capaz de recibir, también.</p>
<p>Por eso, queridos lectores, pido disculpas, porque la semana que viene faltaré a la cita religiosa con este <em>blog</em>. Sepan que no habrá <em>post</em>, pero será porque estoy concentrado en reunirme con algo propio, personal, que luego me dará materia prima para muchos otros <em>posts</em>.</p>
<p>Y los tres amigos brindaremos, con alcohol y con café. Fumaremos tabaco rubio y, sobre todo, nos daremos el permiso, entre hombres, de hablar una vez más como chicos. Después, el control de seguridad del aeropuerto de salida, nos obligará a volver a separar las tres barajas por colores, y lo haremos, obedientes, para regresar a nuestras vidas, armadas con esfuerzo y con amor, que nos gustan, a pesar de transcurrir lejos de los amigos. Pero esos cinco días de encuentro nos darán fuerza e ilusión, y de esa fuerza surgirá la habilidad, frente al guardia del aeropuerto, para que cada uno de nosotros, al guardar su baraja, se lleve, oculto en una manga, un comodín de la baraja de cada uno de sus dos amigos.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Volver a la nada de los últimos veinte años</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2010 10:29:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p><img class="alignright size-full wp-image-486" title="Volver a la nada de los últimos veinte años" src="http://pilux.files.wordpress.com/2010/01/a762_tango1.jpg" alt="" width="368" height="240" />Serán los números redondos, será el cambio de década o simplemente la nostalgia tópica de los exiliados en época de fiestas, pero lo cierto es que me encuentro reflexivo, nostálgico y tanguero. Desde hace días suena en mi cabeza, en un concierto privado y silencioso, lento, eterno y soñador, con un ataque de bandoneones heridos de invierno, el tango “<em>Volver”.</em> Y es una tontería, porque más que en volver a alguna parte, pienso en los últimos veinte años, que según la genial pieza de Carlitos Gardel no son nada, pero irónicamente vuelven una y otra vez.</p>
<p>Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.</p>
<p><span id="more-485"></span>Hace veinte años entraba en la década de los noventa, y aún creía que nunca iba a cumplir veinte años. Creía que el tango era cosa de viejos, y que nunca jamás me iría de la Argentina. Creía que el amor era como en las películas, y que las películas se parecían a la vida. Creía que la vida era ilimitada, que mis pulmones eran de amianto y mi estómago – plano y musculado, sin ningún esfuerzo – era indestructible. Hace veinte años creía que estaba llamado a ser un líder. Creía que mi inteligencia y mi pasión infinita tenían un destino insoslayable de tinta y papel, de tormenta eléctrica y una primavera perenne de ideas nobles.</p>
<p>Hace veinte años ya, y un poco más quizás, cuando la persona que soy recién empezaba a asomar del cascarón, descubrí de la mano de Pablo y Emilio, mis dos grandes amigos, el verdadero significado de la amistad masculina. No la gran amistad que narra la épica, ni la de las personas sabias que intercambian correspondencia para la posteridad y solaz de los historiadores. Ni siquiera la amistad de los adolescentes, la de darse empujones entre risas durante una noche de invierno en la entrada de un <em>boliche</em>. Descubrí la amistad de andar por casa, la que te hace sentirte cómodo. La amistad calzada con pantuflas y que no teme reconocer que fue ella la que se tiró el pedo. La amistad de las confesiones susurradas a la hora en la que no queda nadie más levantado, sino solamente un par de borrachos que son tan amigos que no tienen nada mejor que hacer que decirse cuánto se quieren, confesarse las vergüenzas más profundas y quejarse de sus padres y sus novias, mientras riegan el amanecer incipiente con sus propias lágrimas de sal.</p>
<p>Hace veinte años también – redondeando – que descubrí la piel. No el envoltorio de los homínidos, sino la superficie de intercambio con el mundo, la máxima expresión de la pequeña frontera que nos define, permitiéndonos compartirnos enteros con quien nos parezca. Descubrí la piel femenina, y que las hormonas alborotadas e impacientes, después de la urgencia de conocer y de saber de qué se trataba eso del sexo, podían y sabían, sin que nadie les enseñe, dejar paso a una emoción profunda, a un misterio oscuro de tacto y suavidad. Descubrí también, al descubrir eso, que no había descubierto nada, que no sabía nada y que tenía que aprender a invocar al silencio, para permitirme escuchar, en un susurro casi inaudible, los secretos que en penumbra cuenta la piel de una mujer cuando se la acaricia con verdadera ternura. Después descubrí también, con amargura, que el amor no estaba hecho de eso. O al menos no solamente: hacía falta entrega, corazón, humildad, complicidad y otro montón de cosas todavía más difíciles.</p>
<p>Hace veinte años descubrí que tenía un enorme talento para sufrir, y un pequeño montón de habilidades moderadas para dar sin esperar recibir, para la generosidad, el egoísmo, la comprensión, la lealtad, la vergüenza, el silencio, las palabras, la contemplación, la sinceridad y la mentira, y sobre todo, para admirar a personas comunes, que es mucho más difícil que admirar a los héroes y a los probos. Hace falta mucho esfuerzo para aprender a admirar el trabajo de nuestros padres, a nuestros amigos, a los viejos, a las mujeres que lo dan todo por sus hijos.</p>
<p>Y como parece ser que hace veinte años de todo, hace también veinte años que empecé a pensar que tenía que deshacerme de mi niño privado, de ese pichón de Aprendiz de Brujo que disfrutaba con la fantasía y la ciencia ficción, que adoraba a <em>Batman</em>, al <em>Zorro</em>, a <em>Flash Gordon</em> y a <em>Spiderman</em>, pero también a <em>Tom Sawyer</em>, a <em>Sandokán, Peter Pan</em> y <em>La Pequeña Lulú</em>. Hice mucho esfuerzo, hasta que lo maté sin ningún sentimiento de culpa y supe que podía dedicarme a hacerme <em>grande</em>. No sospechaba cuánto me iba a arrepentir, ni cuánto trabajo me costaría recuperarlo para mis hijos, de a pedacitos.</p>
<p>Hace la mitad de veinte años que dejé la Argentina, asustado, sintiéndome pequeño e ilusionado, en un avión que transportaba veinticinco toneladas de carne humana y tres valijas con todas mis posesiones terrenales, entre otras cosas. Tenía los sueños torcidos y la ambición a flor de labios. Tenía miedo, valentía y un puñado de cicatrices escondidas detrás de un racimo de amores muertos. Tenía quince discos de <em>Joan Manuel Serrat</em> y cuatro o cinco pequeñas venganzas pendientes. Tenía algunos trajes, y muchos papeles viejos llenos de letras sin sentido aparente. Tenía un tatuaje en el hombro derecho y dos cartones de cigarrillos argentinos.</p>
<p>No podía imaginar que, cuando hubiese pasado la primera mitad de la segunda mitad de esos veinte años, la cabecita rosada y deformada por el esfuerzo del parto de mi primer hijo haría soplar un viento fresco que se llevase las venganzas muertas, como hojas secas, ni que un llanto rojo y espeso me inundaría el pecho para reclamar el regreso al país de nunca jamás, la vuelta definitiva de todos los niños que fui, el perdón absolutorio para todos los pequeños rencores que alimentaba con paciencia. Tampoco sabía que era el primer paso de un camino de vuelta, del regreso a la primera mitad de la primera mitad de esos veinte años, el resurgir de mis palabras apertrechadas. No sabía que, al final de esos veinte años de nada, iba a tener tantos motivos para recuperar de las cenizas la mejor versión de mí mismo, que iba a mudar la piel, como las serpientes, y encontrar debajo una piel nueva, igual a la vieja, pero más sensible y mejor conservada, dispuesta a aprender nuevamente de cada contacto, de cada chispa, de cada golpe.</p>
<p>Y ahora que termina la segunda mitad de la segunda mitad de los últimos veinte años, entonces descubro que peso veinte kilos más, que sigo sin saber nada de todas las cosas de las que no sabía nada hace veinte años, pero en cambio aprendí a recordar que no sé nada antes de equivocarme. Y aunque <em>veinte años no es nada</em>, esa nada me deja entre las manos dos hijos perfectos, la mujer con la que quiero estar, un puñado de amigos de verdad, varios montones de personas a las que quiero cerca y un montón de palabras por decir.</p>
<p>Hace seis días que empezaron los próximos veinte años, y ahora que estoy viviendo la primera mitad de la primera mitad de esos próximos veinte años, no encuentro mejor manera de hacerlo que compartiendo con todos ustedes lo poco que aprendí en la nada de los últimos veinte años, y teniendo siempre presente que no hay mejor manera de vivir que <em>con el alma aferrada</em>, pero no solamente a los dulces recuerdos, no solamente a las lágrimas, sino a lo que viene, a lo que <em>hacemos</em> venir con nuestra energía, con nuestra pasión, con nuestras ideas y nuestras palabras.</p>
<p>Los reyes me trajeron una letra de tango con música de <em>Rock &amp; Roll</em>, ejecutada por una orquesta sinfónica, con coros guturales de conjunto de <em>Gospel</em> y estética <em>Pop</em>, y a pesar de que las partituras están amarillentas y ajadas, son vigentes y frescas, y más allá de la absurda mescolanza, la música resultante suena maravillosamente bien, es dulce y profunda, y hace que sea imposible no sentirse lleno de optimismo.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Y en el 2010 también</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Dec 2009 10:50:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p><!-- ckey="2BC19B31" --><img class="alignright size-full wp-image-471" title="cambalache" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/cambalache.jpg" alt="" width="220" height="200" />Que siempre ha habido <em><a title="Chorros: Ladrones" href="http://tangodc.com/lyrics/cambalache.htm" target="_blank">chorros</a></em><a title="Chorros: Ladrones" href="http://tangodc.com/lyrics/cambalache.htm" target="_blank">, maquiavelos y </a><em><a title="Chorros: Ladrones" href="http://tangodc.com/lyrics/cambalache.htm" target="_blank">estafaos</a></em>, a esta altura más que una frase de un tango inmortal es un axioma científicamente comprobado, un versículo que encierra una verdad indiscutible. No hace falta ni siquiera esforzarse para verlos por todas partes, se llamen <a title="Primer Ministro Italiano" href="#">Silvio Berlusconi</a>, <a title="Presidente del Banco Santander" href="#">Emilio Botín</a> o <a title="Presidente de la Asociación de Fútbol Argentino" href="#">Julio Grondona</a>.</p>
<p>Lo que no podía prever <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Santos_Discepolo" target="_blank">Discépolo</a> ni nadie, es que el <em>despliegue de maldad insolente</em> característico del siglo XX se traduciría a sí mismo, refinándose, volviéndose sutil, altamente engañoso y cada vez más escurridizo. No se podía prever que la maldad franca y llana del crimen organizado de principios del siglo pasado evolucionase de esta forma en cinismo e hipocresía, ni que los jefes absolutos de las organizaciones criminales se sintiesen más cómodos en despachos de cargos oficiales que en suburbios impracticables para las personas honradas.</p>
<p>No se podía vislumbrar que las guerras perderían todo su espantoso significado soberanista, conquistador y su pasión por la expansión territorial a manos de un complicado entramado de negocios divididos entre el continuismo de la industria armamentista y los enormes beneficios que proporciona la reconstrucción de los países invadidos y la explotación de sus recursos naturales a manos de las fuerzas de ocupación.</p>
<p>Nadie podía imaginar que el presidente de una de las mayores potencias mundiales, General Máximo de varias guerras en activo, sería premiado con el Nobel de la Paz solamente a causa de un montón de palabras, sin respaldo alguno en los hechos.</p>
<p><span id="more-469"></span>No creo que la primera década del siglo XXI haya sido una sorpresa para nadie. Al menos en lo  que se refiere al rumbo errático y peligroso de la vida pública, el empeoramiento progresivo de las condiciones de vida, el agravamiento de la pobreza y la salud de las personas, que vemos como poco a poco aumenta la esperanza de vida, solamente a efectos de contraer enfermedades que además de mortales y raras, en lugar de tener nombres románticos y literarios como la Tisis o la Tuberculosis, son terriblemente mortales y dolorosas, y se etiquetan con nombres técnicos como HIV o H1N1. Todo es así ahora, codificado, reglamentado y preparado. Todos sabemos cómo comportarnos en función de las nuevas reglas escritas.</p>
<p>Pero a pesar de todo esto y mucho más, que no soy capaz de escribir ni analizar (y como siempre digo, ya hay personas más preparadas e informadas que yo para hablar de estos temas), tanto a nivel personal como público, estos primeros diez años del milenio también traen vientos de cambio y algunas alegrías mezcladas.</p>
<p>Hemos visto cómo poco a poco, sobre todo en América Latina, una izquierda que parecía completamente derrotada desde la caída del muro de Berlín, comenzó a reinventarse, a generar una propuesta socialdemócrata y a ganar espacio en muchos países del cono sur. Personalmente siento diferentes grados de acuerdo con cada uno de los líderes de estos movimientos. Algunos de ellos me dan bastante repelús, pero lo que quiero resaltar, lo que me parece importante, es que hay personas en este mundo que creen que la ultraliberalización no es el único camino posible. El binomio inamovible capitalismo-comunismo se fisura, y aparecen otras posibilidades. Eso me gusta.</p>
<p>También hemos asistido, después de tanto criticar a Estados Unidos y a su gente, como alcanzaban colectivamente la madurez suficiente como para tener por primera vez un presidente negro.</p>
<p>En muchos países Europeos, y en algunos Americanos, se empieza a legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Lamentablemente en muchas ocasiones aparece como una cuestión de <em>“tolerancia”</em> en lugar de <em>“reconocimiento de un derecho”</em>, pero al menos es un avance importante.</p>
<p>Y aunque hay mucho negocio y mucha basura alrededor, el mundo entero parece estar pensando seriamente qué hacer con nuestro planeta. Los cínicos de siempre se enriquecen con esto, pero es un tema del que se habla. Muy lentamente, la responsabilidad individual crece al respecto.</p>
<p>En lo personal, hace diez años mi vida parecía sentenciada. Había dejado de escribir y centraba todos mis esfuerzos en crecer profesionalmente. No era feliz, pero había elegido. Me mudé a Barcelona (hace ya diez años!) y con una segunda oportunidad en la manga, aposté todo al rojo y adelante.</p>
<p>Fue muy difícil. Me sentí muy solo muchas veces. Me sentí de ninguna parte. Me sentí fuera de mi país y un eterno inmigrante en España, donde los Argentinos y Uruguayos ni siquiera somos inmigrantes del todo. Los inmigrantes del resto de Latinoamérica y de África no nos ven en las mismas condiciones que ellos, pero tampoco somos de aquí. Estamos inmersos en un auténtico paréntesis gigante.</p>
<p>Trabajé para empresas pequeñas y para enormes multinacionales. Trabajé miles de horas. Conocí a Gloria, que hoy es mi mujer. Hace cinco años, en la mitad de este periplo, Pablo vino al mundo y me conmocionó entero, me hizo temblar, reír y llorar. Me dio una vida nueva que no era capaz de adivinar que existía. Dos años y medio después Daniel trajo otro montón de ternura y dos ojazos enormes llenos de preguntas.</p>
<p>Todo se precipitó, llegué al punto más alto. Fui Director de Tecnología de una compañía de investigación y desarrollo, con un sueldo increíble y unas condiciones de trabajo que jamás me hubiese atrevido a soñar ocho años antes, cuando partí de ezeiza con tres valijas y una mochila por todo saldo de veintiséis años de vida.</p>
<p>Entonces, esta década de locos reventó, y el mundo entero conoció una crisis sin precedentes. Los beneficios de la hiperinformación y las tecnologías de comunicación jugaron en contra. La crisis se propagó a velocidad alarmante, como nunca antes, y mi trabajo soñado voló junto con los sueños de muchos millones de personas en todo el mundo. Era un punto de quiebre. El último año de la década empezaba y me encontraba desempleado, con dos hijos por los que me sentía capaz de cualquier cosa y unas perspectivas a corto plazo mucho más que negras.</p>
<p>La búsqueda de trabajo era desesperante. Todo estaba parado. Todo a la espera de ver cómo evoluciona la crisis. Yo buscaba algo acorde a lo que venía haciendo. Grandes empresas, sueldos altos, condiciones ventajosas.</p>
<p>Por alguna clase de misterio que no busco comprender, cuando los días se me escapaban uno tras otro caminando en círculos mientras comprobaba cada diez minutos que el teléfono no estuviese roto, porque no sonaba, cuando mi mutismo y mi neurosis alcanzaban un punto máximo, cuando me parecía que iba a volverme loco, se me ocurrió volver a escribir, después de exactamente diez años de haber escrito la última letra.</p>
<p>Empecé a escribir la novela que siempre había querido escribir, que había empezado varias veces sin éxito, y por increíble que parezca, todo empezó a fluir con naturalidad. De pronto me encontré mucho mejor. Me descubrí soñando nuevamente. Me reconocí valorando el apoyo de mi mujer. Miré jugar a mis hijos y me di cuenta de que eran mucho más de lo que había soñado cuando soñaba con ser padre algún día.</p>
<p>Y apareció una oportunidad de trabajo. Un proyecto ambicioso pero modesto. Trabajar desde casa. Nada de mega organizaciones ni coches de empresa ni oficinas de lujo. Mi cuartito de escribir y mucho que hacer.</p>
<p>Luego llegó la idea de <em><a href="#">Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</a></em>, y nuevamente los resultados fueron muchísimo más gratificantes de lo que me atrevía a soñar al iniciarlo.</p>
<p>Ahora, a punto de iniciar la publicación de <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em> (el primer fruto de este gran año), mientras continúo trabajando en <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/category/avances-de-algebra-maldita/" target="_blank">Álgebra Maldita</a></em>, disfrutando de mis hijos, de mi mujer y soltando palabras sin ton ni son en cuanto documento Word se me pone delante, me doy cuenta de cuánto he aprendido.</p>
<p>Esta década loca y enferma me deja como saldo una nueva definición del éxito. Ya no creo que se trate de dinero, sino de hacer las cosas que me hacen feliz. Éxito es que el trabajo que tengo me dé para vivir, permitiéndome tiempo para jugar con mis hijos. Es también disponer de ideas y tiempo para escribir. Es, sin lugar a dudas, que mi mujer crea en lo que hago y me apoye tanto como lo está haciendo. Éxito es ser feliz con la vida que uno tiene.</p>
<p>Éxito es cerrar el año con un número creciente de personas que siguen lo que hago, contento e inquieto. No puedo pedir más.</p>
<p>Diez años de locura y <em>stress</em> resultan hoy, en retrospectiva, un precio bajo para lo que estoy obteniendo a cambio.</p>
<p>Y por eso este <em>post</em> atípico, queridos lectores. Porque sin todas estas palabras previas, el significado de lo que voy a decir no sería el mismo.</p>
<p>Muchas gracias. Por leer, por comentar, por acompañarme, por acordar y desacordar. Muchas gracias por estar ahí, por hacerme sentir que lo que tengo que decir interesa a algunas personas, por devolverme la confianza en mi forma de escribir. Muchas gracias por acompañarme con <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em>, que me produce una ilusión única. Muchas gracias por estos meses juntos, escribiendo, leyendo y compartiendo opiniones. Este <em>post</em> es diferente a lo que suelo hacer, pero no quería dejar escapar el año sin agradecerles, y sin desearles a cada uno de ustedes ese éxito íntimo que tiene que ver con sentirse orgulloso y feliz con lo que uno hace y dice. El valor de las palabras es precisamente ese, reflejar verdades del corazón.</p>
<p>Nada más por este año, salvo pedirles que me acompañen con el mismo calor, con la misma franqueza y con la misma lealtad, que tanto me conmueven, en el 2010 también!</p>
<p style="text-align:right;"><em>Feliz año nuevo para todos!</em></p>
<p style="text-align:right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align:right;"><em>Barcelona, 26 de diciembre de 2009.</em></p>
<p><img class="size-full wp-image-123 alignright" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El teletrabajo del Padre de Arturito y los títulos de las películas</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Dec 2009 10:27:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[argentina]]></category>
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		<description><![CDATA[Trabajar desde casa es lo mejor y lo peor a la vez. Al mismo tiempo y sin paliativos. Como viene siendo habitual en las últimas décadas, la incorporación de tecnología a la vida cotidiana nos trae enormes beneficios acompañados de una ingente cantidad de desgracias subyacentes originadas por el tiempo, la energía y la imaginación [...]


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<p><img class="alignright size-full wp-image-458" title="EvolucionMonoHombrePC" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/evolucionmonohombrepc.jpg" alt="" width="452" height="240" />Trabajar desde casa es lo mejor y lo peor a la vez. Al mismo tiempo y sin paliativos. Como viene siendo habitual en las últimas décadas, la incorporación de tecnología a la vida cotidiana nos trae enormes beneficios acompañados de una ingente cantidad de desgracias subyacentes originadas por el tiempo, la energía y la imaginación sobrantes del esfuerzo necesario para ganarnos el pan, con los que muchas veces no sabemos qué hacer.</p>
<p>En mi caso particular, el bajo precio del ADSL, la crisis económica mundial producto de las hipotecas <em>subprime</em> y una tendencia difícilmente controlable hacia permanecer sentado el mayor tiempo posible, han traído a mi vida esta nueva maravilla del mundo moderno. Los beneficios son evidentes: Ahorro de tiempo, porque no paso dos horas diarias en el coche para ir y volver del trabajo, como antes. Ahorro de dinero, porque no como más en restaurantes a diario, y un consiguiente aumento del tiempo restante para dedicar a mi familia y a mis aficiones más oscuras, como la de atormentar a los internautas publicando artículos insufribles como éste.</p>
<p>Las desventajas, en cambio, tardan más en aparecer, son más difíciles de identificar claramente y, como la adicción a las drogas psicoactivas, son asimiladas lentamente como rasgos característicos de la personalidad, como si en vez de ser un mal hábito adquirido fuesen un mal congénito inevitable, una desgracia instalada en la tierra por un poder supremo o un mal premio obtenido en una tómbola benéfica.</p>
<p><span id="more-456"></span>Lo primero que se ve afectado es la higiene personal, sobre todo en los hombres, que tenemos una tendencia a adoptar rápidamente inercias negativas y perjudiciales para nuestro buen nombre y fortuna. Así las cosas, cuando en mayo de 2009 acepté trabajar desde casa, comencé a ver como mi impecable aspecto personal se degradaba rápidamente. Lo primero que hice fue dejar de ponerme zapatos. Como no veía a clientes ni personas respetables de ninguna clase, me parecían un accesorio innecesario para una vida cómoda, y el placer ancestral de caminar descalzo rápidamente dominó mis días. Luego, claro está y en consonancia con la falta de necesidad, dejé de afeitarme, porque para qué, total. Mis ciclos de afeitado se modificaron, de rasurarme al ras con una frecuencia de entre dos y tres veces por semana, a un podado mal hecho cada treinta y ocho días si es que me da la gana y el tiempo acompaña.</p>
<p>Lo siguiente fue – y en este aspecto no siento remordimiento alguno – desterrar definitivamente de mi vida a la pérfida y odiosa profesión de los peluqueros. Llevo diez meses sin pisar una peluquería, y entonces es cuando uno empieza a entender la diferencia entre dejarse el pelo largo y simplemente no cortárselo. Los primeros tienen una idea clara sobre su cabeza, mientras que los segundos tenemos un desorden incontrolado de pelo que hace su vida sin que nadie lo moleste, creciendo caprichosamente para donde le da la gana.</p>
<p>Pero la progresiva erosión de las buenas costumbres no se detiene ahí, porque mientras que cuando iba diariamente a una oficina era incapaz de salir de mi casa sin ducharme, y solamente me concedía un descanso uno de los dos días del fin de semana, totalizando así seis duchas semanales como mínimo, desde que trabajo en casa este fue uno de los hábitos más duramente perjudicados, reduciéndose hasta en un cincuenta por ciento. No salgo, no sudo, no me muevo, no me ensucio, ergo no me ducho, y entonces mi mujer me persigue a los gritos por toda la casa, enviándome a bañarme como a los adolescentes, pero peor, porque yo le hago menos caso.</p>
<p>Así las cosas, en poco más de ocho meses experimenté una metamorfosis que, en lugar de convertir a la oruga en mariposa funcionó al revés, y el destacable hombre de negocios, siempre de traje y corbata, siempre impecable, con el pelo y las uñas cortos y cuidados, ha cedido paso a un aborigen salvaje, una especie de <em>hippie</em> de la tecnología, sepultado e irreconocible bajo una mata de pelo descuidado y con unos hábitos de higiene y convivencia que dejan mucho que desear. Por suerte me sigo lavando los dientes.</p>
<p>Y desde que teletrabajo, claro está, paso mucho más tiempo en casa – a decir verdad, salgo lo imprescindible, creo que estoy a punto de sufrir atrofia muscular en el 85% del cuerpo, excluyendo las funciones motoras de los dedos (teclear en el ordenador) y del habla – y, por lo tanto, mis hijos se han acostumbrado a que estoy siempre presente, siempre encerrado en la habitación que uso de despacho. Si a eso le sumamos que los sábados y los domingos utilizo toda la mañana para escribir, la situación de uno de ellos abriendo mi puerta y recibiendo la frase: <em>“Papá está trabajando, ve a jugar al salón”</em> se produce un número impar de veces al día con cada uno.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/4541-450x-r2_1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-461" title="4541-450x-r2_1" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/4541-450x-r2_1.jpg?w=300" alt="" width="300" height="200" /></a>Y antes de continuar, me voy a permitir una breve disgregación que viene al caso. Si bien está claro y es indiscutible que la industria cinematográfica y televisiva en España nunca tuvo nada parecido al sentido del ridículo, y desde tiempos inmemoriales encadenan una herejía tras otra en la traducción de los títulos de las películas, a veces los argentinos también nos hemos cubierto de gloria en este campo. Así, mientras la inmortal <em>After Hour</em> en Argentina se llamó <em>Después de hora</em> – traducción, a mi entender, bastante decorosa – en España la titularon <em>“¡Jo, qué noche!”</em> y se quedaron tan anchos. Presumiblemente fueron los mismos psicópatas que bautizaron <em>Gustavo</em> a la <em>Rana René</em>, luego de designar como <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Muppets" target="_blank">Teleñecos</a></em> a los <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Muppets" target="_blank">Muppets</a></em> y quedar impunes de tal atrocidad. La lista es interminable, pero cada vez que sale el tema, mi mujer me hace callar la boca recordándome que en la primera traducción de <em>La Guerra de las Galaxias</em> que se hizo en Argentina, el mítico y simpático robot <em>R2D2</em> se llamó <em>Arturito</em>, y su dorado amigo, en lugar de <em>C3PO</em> fue bautizado como <em>Citripio</em>, debido a una horrorosa y atroz disfunción fonética de quienes tradujeron el filme. Desde que le conté esto, cada vez que me quejo de una traducción, Gloria me dice <em>“Cállate, Arturito”</em>, y el decoro, la ética y la vergüenza ajena me impiden seguir discutiendo.</p>
<p>Ahora que la familia en pleno está embarcada en el <em>revival</em> de <em>La Guerra de las Galaxias</em>, mis hijos hablan sobre ella y juegan a menudo a representar sus personajes. Tenemos un <em>R2D2</em> de aproximadamente veinticinco centímetros de alto, y otro exactamente igual que no supera los ocho.</p>
<p>Hace unos pocos días Daniel, que apenas tiene los tres añitos, jugaba solo, como hacen los niños cuando están en su mundo y creen que nadie los ve ni escucha. Tenía los dos <em>Arturitos</em> en sus manitas pequeñas, e imaginaba conversaciones y situaciones entre ellos. Yo observaba, enternecido, desde el quicio de la puerta, y escuchaba sus idas y venidas. No tardó en personificarlos como <em>“el papá”</em> y <em>“el hijito”</em>. Entonces, justo en ese momento en el que empezaba a sentirme orgulloso y emocionado a causa de que incluyese a su padre en las fantasías de juego, sus dos <em>R2D2</em> mantuvieron la siguiente conversación:</p>
<blockquote><p>-          Hola Papá.</p>
<p>-          Hola Hijo.</p>
<p>-          ¿Vamos a jugar?</p>
<p>-          No, vete, ahora estoy trabajando.</p></blockquote>
<p>Mi posición de convidado de piedra me había jugado una mala pasada, y no atiné más que a volverme a mi habitación / despacho invadido por mi ancestral sentimiento de culpa judeocristiana – a la que, dicho sea de paso, le importa un pito que yo me declare ateo – a sentarme frente al ordenador, sin poder evitar preguntarme, una y otra vez:</p>
<blockquote><p>-          <em>¿Y no será que el padre de Arturito trabaja demasiado?</em></p></blockquote>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
<p><em><br />
</em></p>
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		<title>Capítulo alfa-gamma-delta 05. Acción en Buenos Aires (1986).</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Oct 2009 09:11:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Avances de Álgebra Maldita]]></category>
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		<description><![CDATA[Ernesto comenzó la escuela secundaria en marzo, en un colegio del barrio de Barracas, aturdido por la diferencia entre formar filas ordenadas de niños con guardapolvo blanco para cantar el himno nacional, entre los que él era de los más grandes, y el bullicio de un millar de adolescentes ocupando una calle entera, provocando trastornos [...]


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<p><img class="alignright size-medium wp-image-271" title="mujer_fumando" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/10/mujer_fumando.jpg?w=300" alt="mujer_fumando" width="300" height="200" />Ernesto comenzó la escuela secundaria en marzo, en un colegio del barrio de Barracas, aturdido por la diferencia entre formar filas ordenadas de niños con guardapolvo blanco para cantar el himno nacional, entre los que él era de los más grandes, y el bullicio de un millar de adolescentes ocupando una calle entera, provocando trastornos en la circulación de tráfico rodado mientras fumaban el primer cigarrillo de la mañana, entre los que él era de los más pequeños. El primer descubrimiento que hizo Ernesto en su nueva escuela fue hormonal, instintivo, desde la entrepierna y las tripas, con todo el sistema endócrino alterado, la sangre sublevada y los miles de millones de terminales nerviosos de su cuerpo en estado de alerta permanente. Repentinamente, las niñas peinadas con dos coletas que jugaban a saltar un elástico en los recreos fueron reemplazadas sin piedad por auténticas <em>mujeres</em> con todo en su sitio, caderas redondeadas, pechos explosivos que amenazaban con reventar los botones de las blusas, uñas pintadas, jugosos labios de colores y miradas sugerentes. Fumaban sensualmente y reían con desparpajo. Era como si la vida, en su juego irónico, fuese despiadada con los chicos. Mientras los estudiantes varones de primer año hacían esfuerzos enormes para sacudirse del alma la niñez, jugando a fumar y a tomar cerveza siempre demasiado amarga en el quiosco de la esquina, a la salida de la escuela, y luchando por ocultar sus voces aún infantiles, finitas, deseando más que nada en este mundo que una barba verdadera rompiese al fin sus rostros aún infantiles, las chicas parecían pasar de la infancia a la adolescencia sin transición alguna. Todas tenían tetas. Todas eran sensualidad pura, caídas de ojos hacia los alumnos de quinto, bocas pobladas de dientes blancos, nalgas redondas atrapadas en pantalones ajustados, melenas de pelo movido por la brisa, tirantes de corpiño que asomaban a escotes demasiado abiertos. Era como un anuncio de cigarrillos en el que la protagonista femenina es una mujer sensual, incitante y seductora, y el masculino, en lugar de fumar y luego besarla, extrae de su bolsillo una piruleta y un <em>yo-yo</em>. Ernesto sentía que ninguna de esas hembras auténticas ni siquiera lo miraría hasta que llegase, al menos, al tercer o cuarto año de secundaria, y para eso faltaba media vida.</p>
<p><span id="more-269"></span></p>
<p style="text-align:center;">*                                 *                               *</p>
<p>El veintidós de junio Ernesto se encontraba ya mucho más a gusto en su nuevo papel. Fumaba con naturalidad y había aprendido a apreciar la cerveza casi sin esfuerzo. Estaban en un bar repleto. Las mesas habían sido desplazadas, formando largas hileras, casi como en un aula. Al menos cincuenta estudiantes habían decidido faltar a las clases de la tarde, para vivir juntos el encuentro de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra, dotado de un significado involuntario de revancha por la reciente vergüenza de Malvinas. Se respiraba un ánimo bélico, entusiasta, tenso.</p>
<p>-      Haceme un lugar y dame fuego. – Ernesto levantó la vista para encontrar los ojos pardos de Yésica, una alumna de tercero, vistosa y repleta de feromonas en eclosión. Se apartó ligeramente para compartir su silla, turbado, incómodo.</p>
<p>-      Claro, sentate – dijo, acercando un <em>Bic</em> negro al cigarrillo en la boca de la chica, sin poder evitar advertir los labios gruesos, entreabiertos, una lengua hostil, las manos suaves.</p>
<p>Yésica se apretó contra Ernesto, sosteniendo en la mano izquierda su <em>John Player Special</em> y pasando el brazo derecho sobre los hombros de él, que la buscó con ojos asustados.</p>
<p>-      ¿Qué? Si no me agarro me caigo, <em>gilún</em> – sonrió ella. – No te preocupés, que no te voy a comer.</p>
<p>Ernesto sonrió tímidamente, aspirando el humo que ella dejaba escapar entre sus labios. Los ojos le brillaron, y riéndose, lo besó en la mejilla en el mismo instante en que Peter Shilton era superado de cabeza por Diego Armando Maradona, al sexto minuto del primer tiempo, en el gol histórico que luego fue bautizado por la prensa como <em>La Mano de Dios</em>. El bar entero se puso de pie en un grito único y enrabietado, celebrando en un estallido de manos, ojos y voces el primero de la tarde. Yésica se abrazó a Ernesto, le recorrió la espalda con las manos, aún sosteniendo el cigarrillo a medio fumar, y finalizó en una caricia evidente, con ambas manos, sobre las nalgas de él.</p>
<p>El partido se desdibujó, las personas desaparecieron en una argamasa de contornos borrosos. Ernesto quería que Argentina hiciese otro gol, que Yésica volviese a saltar y a acariciarle el culo, quería sentir un río de adrenalina recorriéndolo entero, una cosquilla profunda naciendo en sus nalgas, habitando su vientre y sus muslos, generando una erección espontánea y dolorosa, una inundación de sangre repentina en sus vasos capilares, y una vergüenza invasiva que le impidió responder a la caricia. Quería que volviese a suceder, quería estar preparado. Solamente tres minutos más tarde, Maradona inició en el centro del campo la jugada que sería recordada como el mejor gol de la historia de los mundiales, y tras eludir a seis adversarios, remató a Shilton con un disparo al primer palo desde el área chica, disipando cualquier duda sobre la validez del gol anterior. El país entero se conmocionó en un grito de guerra. Ernesto fue sorprendido por la marea humana, y sintió nuevamente las manos de Yésica buscándolo, y encontrándolo cuando el aún estaba preparándose para estar preparado. Ni siquiera pudo reaccionar cuando la chica puso ambas manos en sus mejillas y, con los ojos bien abiertos, celebró sobre sus labios un beso redondo, lento y ruidoso. El resto del partido sería para Ernesto una bitácora indescifrable de imágenes superpuestas, perturbadas una y otra vez por el tacto de esos labios, por el recuerdo de los dedos sobre sus mejillas, por su sangre alborotada.</p>
<p style="text-align:center;">*                                 *                               *</p>
<p>La última cerveza se agotó pasadas las ocho de la noche. Papeles, colillas aplastadas y diversos despojos plásticos daban testimonio del festejo improvisado. Todos los compañeros se habían ido marchando, poco a poco. Ernesto había pasado la tarde intentando retomar el contacto de Yésica, que no parecía darse cuenta, mientras fumaba un cigarrillo tras otro y charlaba y bebía cerveza y masticaba <em>beldent</em> de menta, todo al mismo tiempo. Hacía rato que había oscurecido. Ernesto, resignado a ese beso como único trofeo personal de la tarde, se levantó, decidido a regresar a casa camuflando en la victoria colectiva su pequeña derrota particular. Se despidió de todos, uno por uno, dejando a Yésica para el final, con la esperanza de un nuevo regalo de labios y ojos. Cuando se acercó a ella, su voz femenina le susurró al oído: “Estoy un poco borracha. ¿Me acompañás a casa?”. “Claro”, respondió, con el miedo en el cuerpo.</p>
<p>Yésica se despidió del grupo con un saludo general dibujado en el aire con la mano. Al girar la esquina en la Avenida Montes de Oca, miró de reojo a Ernesto, que caminaba a su lado en silencio, intentando calcular los siguientes pasos de un camino que desconocía. Sonrió para sí misma y entrelazó sus dedos con los de él, empapados de sudor frío. Continuaron avanzando, ambos terriblemente conscientes de la superficie de sus dedos en contacto, del frío de él y la piel generosa de ella. Se miraban de reojo. Yésica sonreía. Ernesto exprimía su mente intentando descifrar el siguiente envite. Cuatrocientos metros eternos. Finalmente el portal de un edificio de departamentos.</p>
<p>-      Bueno, ya llegamos – Ernesto bajó la mirada.</p>
<p>-      ¿No vas a subir? ¿Me vas a dejar solita? Mis viejos no están.</p>
<p>-      Es que…</p>
<p>-      Dale, no seas maricón. Subí un minuto.</p>
<p>Ella se giró hacia los ascensores, soltando la puerta, que se cerraba lentamente. Ernesto podía sentir dentro de sus orejas los golpes fuertes de su corazón, desatado, furioso. Una ola de testosterona lo decidió, y siguió a la chica, que esperaba con la puerta del ascensor abierta. Presionó el botón número nueve. Ernesto quieto. Ella le echó los brazos al cuello, y acomodó su boca suavemente sobre la de él. Lo invadió con su lengua, le recorrió los dientes, despacio, lo miró a los ojos.</p>
<p>-      ¿Cómo puede ser que me gustes tanto, <em>pendejito</em>?</p>
<p>-      No sé.</p>
<p>-      Vení, seguime.</p>
<p>Lo arrastró de la mano hasta una habitación, aún de niña. Una cama blanca de una plaza. Peluches. Pósters de <em>Led Zeppelin</em> y <em>Queen</em>. Una foto de ella, solamente unos años antes, con coletas. Cerró la puerta, se quitó el abrigo, arrojándolo al suelo, y se enfrentó a él.</p>
<p>-      Dame una mano – ordenó.</p>
<p>Ernesto le tendió la mano, inquieto. Ella la tomó despacio, y apartando suavemente su camiseta, la apoyó sobre su vientre, estirando la palma y los dedos. Buscó los ojos de él, y los encontró cristalizados de pánico. Sonrió. Se acercó un paso. Comenzó a deslizar la mano de él hacia arriba. Luego metió su propia mano bajo la camiseta, sobre la de él, levantándola ligeramente y moviéndola hasta depositarla suavemente sobre uno de sus pechos, sin dejar de mirarlo a los ojos. Ernesto se sintió morir. Ella lo empujó suavemente sobre la cama. Se quitó la camiseta. Se quitó el corpiño. Le dio de beber sus pezones rosados. Lo besó, lo desvistió suavemente, como a un niño. Ernesto estaba aturdido, se sentía torpe. No podía quitar las manos de los pechos de ella. Ella reía. Ella se desvestía sin pudor. Ernesto sufría por primera vez la vergüenza de su desnudez. Ella lo recorrió despacio con sus manos, lo recibió endurecido, descubriéndolo. Él se sonrojó, presa de los fantasmas del tamaño. Ella reconoció sus armas, tranquila, juguetona. Él tembló entero. Ella lo cabalgó, natural, sin miedo. Él se sintió pequeño, más solo que nunca. Su voluntad lo abandonó sin aviso, y en segundos explotó, se derramo en su interior, entero, vivo, pegajoso, caliente. Ella rió y se recostó sobre él. Lo besó en los labios. “No importa”, le dijo. “Era la primera vez, ¿verdad?”. El recobró la conciencia. Había dejado de ser virgen, casi sin darse cuenta, casi sin querer. “Sí”, confesó. “La próxima va a ser mejor, la primera siempre es una mierda”, lo ilustró ella.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" />
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		<title>Casi casi atrapar una idea</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Oct 2009 18:25:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p><img class="alignright size-medium wp-image-264" title="lluvia" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/10/lluvia.jpg?w=300" alt="lluvia" width="300" height="226" />Estaba sentado en el sofá, mirando por la ventana. Afuera, la lluvia diagonal que solamente aparece cuando el viento empuja su quejido transparente. Dentro, penumbra. Podía escuchar mi respiración, imaginando el aire entrar en mis pulmones, oxigenando mis glóbulos rojos. Era consciente de cada una de las fibras de mi carne en reposo, tensándose en el antebrazo para llevarme el cigarrillo a los labios, relajando el bíceps para dejarlo en el cenicero.</p>
<p>Pasó por mi cabeza el sonido alegre, de chispas pintadas de dorado, de la grasa de vaca burbujeando en la sartén, cuando los domingos de lluvia, por la tarde, mi viejo hacía <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Torta_frita" target="_blank">tortafritas</a></em>. Mis hermanos y yo alrededor, esperando ansiosos. Cucharadas de azúcar que se quedaba pegada en la masa grasienta y crocante, y el recuerdo material de sus manos de hombre en mis manos de niño, una barba oscura que ahora es entrecana. Los ojos, iguales. Lo demás, accesorio.</p>
<p>Me asaltó el recuerdo de una mano femenina investigándome la piel, la curiosidad manifiesta por delante del placer. Una calle del barrio de Palermo en otoño, alfombrada de hojas secas, algunas apelmazadas por lluvias esporádicas, otras combadas, arañando las baldosas sucias con sus uñas ocres, empujadas por el viento. Otra vez dedos de mujer, casi niña, sobre mis párpados, buscando debajo de mis ojos lo que no se transparenta, la verdad única que ni siquiera yo conozco.</p>
<p>Y una lengua húmeda de perro en la cara. Con olor a perro. A pelo sucio, un aliento dulzón, con reminiscencias de carne podrida entre los dientes, las patas sobre el pecho, una cola negra dibujando un vaivén, dos ojos marrones, infinitos, profundos, reflejo de gratitud a cambio de nada, una palmada en la cabeza. Mi perra volvió de la muerte para decirme que aún me adora, a pesar de que la tierra hace rato que absorbió sus huesos, su pelambre, su ternura de perro, su mirada pacífica.</p>
<p>Regresó a mi memoria una noche, hace algunos inviernos. Mi hijo Pablo pequeño. Tenía tos, el pecho cargado. Le pusimos una cebolla partida al medio al lado de la cama. Brujerías de abuela que hacen que respire mejor. Le dejamos una botella de agua. La noche es lenta. Se levantó, castigando el suelo con sus piecitos descalzos. Se pasó a nuestra cama. Traía en sus manos la cebolla, la botella de agua y su león de felpa. Metido en la cama con nosotros no necesitaba nada más.</p>
<p><span id="more-262"></span>Una noche en el patio de la casa de mi vieja, en San Telmo. Una manta bailando al compás del viento otoñal. Mis hermanos, luz amarilla y una cena rica. Que me voy a España, digo. No te vayas, dicen. Me voy, digo. Te apoyamos, dicen. Las voces mezcladas con los vasos que hacen tín tín. Varios pares de ojos que buscan el miedo en los míos, y encuentran ilusión. Y encuentran, también, miedo.</p>
<p>Un mediodía de verano se pasó también por mi sillón. Estaba en la estación de trenes de Retiro. Mi hermano Sergio con un sombrero, llevaba el pelo largo y una camiseta amarilla. Me agradeció los días que pasamos juntos. Se volvería a Brasil. Mis amigos, Pablo y Emilio. Mochilas y un tren rumbo al sur. Canciones y humo de marihuana y tabaco rubio. Vino en <em>Tetra-brik</em> acompañado de guitarras criollas. El inicio de un viaje que nos transformaría en más de lo que hoy somos. Amigos.</p>
<p>Una noche en una playa. Una noche de luna clara, y un faro tajeando la oscuridad con tres rayos de luz que giraban. La espuma sucia brillando a la luz de las hogueras y los faros de un camión alumbrando rostros amigos. Voces compitiendo con el sonido tranquilizador del mar. Tiempo fresco y un amanecer más. Gotas de rocío sobre la piel.</p>
<p>También se convocó a mi presente una fiesta en un bar, al final del invierno. Mucha gente. Mi padre tirando cerveza detrás de la barra. Música de fondo. El primer beso de mi mujer, antes de saber que nos casaríamos, que tendríamos hijos, una vida. Nada de perros. Una caminata por Barcelona a lo largo de una noche fría. Una despedida susurrada en los labios en un portal del barrio de Gràcia.</p>
<p>Volvieron a mí, sin aspavientos, las tardes de naipes en un patio de San Telmo, cuando aprendía a jugar al <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Truco_(juego_de_naipes)" target="_blank">truco</a></em>, y más tarde los dados a solas con mi madre, rumiando sordos sobre un paño verde para no perturbar la siesta, cargados de números de mala y buena suerte.</p>
<p>Y entonces pensé que es placentero dejarse invadir por la melancolía. Los buenos recuerdos tienen la virtud de asomarse solos, sin ser invocados, durante los momentos de paz. Pude adivinar bajo mi piel juventud, pude saber lágrimas por llorar en mis ojos, esperando su momento, y millones de sonrisas atrapadas en mis mandíbulas, pendientes de su turno. Pude intuir apretones de manos, abrazos por venir, magia silenciosa que todavía tengo por vivir, durante muchos años. Pensé también en mis hijos, en los hijos de mis hijos, y en sus hijos. Pensé que hacia atrás hay mucha hermosura, y hacia adelante muchas cosas buenas por vivir, mucho amor por utilizar sin prejuicio. Y entonces pensé en escribir sobre todo eso, pero algo pasó. No pude, y solamente me quedó en la piel y en la mirada una marquita más, la certeza de que esta tarde, casi casi atrapo una idea.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F10%2F22%2Fcasi-casi-atrapar-una-idea%2F&amp;linkname=Casi%20casi%20atrapar%20una%20idea"><img src="http://static.addtoany.com/buttons/share_save_256_24.png" alt="Share" /></a>
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		<pubDate>Tue, 22 Sep 2009 15:05:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p>Si los argentinos y los españoles somos <em>taaaaaan </em>parecidos o <em>taaaaan </em>diferentes es uno de los temas que he escuchado discutir hasta el agotamiento desde que llegué a la Península Ibérica. Personalmente me preocupa poco quién le pone más ajo a las comidas, o si los argentinos hablamos más <em>dulce</em> o los españoles gritan más, si en el <em>Subte</em> huele mejor que en el <em>Metro</em> o si el dulce de leche es más rico que la leche condensada (aunque esto último es absolutamente indiscutible). Soy genéticamente inmune a este tipo de comparaciones, y en general la práctica del deporte <em>Si es mejor allá o es mejor acá</em> sinceramente me aburre por completo. Sin embargo, desde que llegué a Barcelona en el año 2000, me he interesado por las evidentes diferencias culturales, pero con ánimo científico en lugar de comparativo. Me divirtió descubrir que <em>currar</em> significa <em>trabajar</em> para los españoles, mientras que para nosotros es <em>robar</em>, o que <em>chichi</em> es, en argentina, una forma cariñosa e ingenua de designar a una mujer, mientras que del lado español es una clara referencia vaginal. Podría citar un millón de ejemplos de pequeñas diferencias que me he dado a contemplar durante estos años, pero hay cosas que merecen más mi atención, al menos hoy.</p>
<p>Hasta que tuve hijos no me di cuenta de que las madres españolas tienen un gen heredado de sus madres, que a su vez heredaron de sus madres, y que les condiciona la visión general de todo lo relacionado con el crecimiento, salud y alimentación de sus hijos. Es superior a sus fuerzas, no pueden, ni quieren, ni aunque lo desearan con toda su alma, serían capaces de sustraerse al poderoso gen ibérico de la maternidad. Además, aunque mis conocimientos de historia del viejo continente son relativamente pobres, me atrevo a especular sobre la <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_civil_española" target="_blank">Guerra Civil Española</a></em>, y deduzco que la hambruna sufrida por madres y abuelas de las mujeres que son ahora madres, produjo una mutación genética heredable que es la responsable de algunos de los fenómenos observables en las madres Hispánicas.</p>
<p><span id="more-165"></span>Mientras los bebés toman la teta, el gen pasa desapercibido, porque la imposibilidad de ver y evaluar las cantidades de alimento ingeridas por el vástago hace que la preocupación se centre en el tiempo que pasa el niño prendido a la teta, la frecuencia con la que mama y el tamaño y poder de los eructos y regurgitaciones que despide (eso sí, si el niño vomita con frecuencia, ya la hemos cagado). El gen de la maternidad realiza oscuras operaciones polinómicas con estas variables de entrada, y si el valor resultante es que el bebé es como mínimo pellizcable, preferentemente con cierta tendencia a la esfericidad, mucho mejor si está francamente gordo, aura alfa si la madre no lo puede levantar con una sola mano (“<em>Y solo dándole pecho!</em>” – se jactará ante las otras madres, extasiadas, al borde del nirvana), entonces no genera señales de alerta hacia el sujeto de estudio (la madre). Ahora bien, cuando el niño empieza a comer papillas, el gen se vuelve psicoactivo, y lo primero que produce es una alteración en la mecánica cerebral de interpretación volumétrica del sujeto (o sea, la madre). Es decir, por más que el enano se engulla un platazo de puré de las mayores porquerías imaginables (verduras de color naranja oscuro, mezcladas con cosas verdes y pedacitos de alguna fuente proteica, todo pasado por el <em>túrmix</em>, resultando en una pasta color indefinido, que a todos los padres nos resulta increíble que un ser vivo se pueda meter entre pecho y espalda voluntariamente), la madre siempre ve poco en el plato. Además, una vez que el plato está servido, la alteración de la mecánica de interpretación volumétrica juega otra mala pasada: se vuelve inversamente proporcional. Por ejemplo, si el niño se come una quinta parte del contenido del plato, la madre ve que no comió nada. Si en cambio se come la mitad, la madre ve que se ha comido la cuarta parte. Si se come el ochenta por ciento, dirá que no ha comido ni la mitad, y así sucesivamente hasta que no quede en el plato la menor evidencia de una posible inapetencia del crío en cuestión.</p>
<p>La principal fuente de peleas conyugales alrededor de la alimentación no es tanto la reprobación silenciosa y resignada que hacemos los padres, sino el hecho incontestable de que, cuando nos toca a nosotros darle de comer al pequeño, y el pequeño no quiere más, nos aburrimos en seguida, lo cual invariablemente deriva en un desacuerdo básico sobre la cantidad de comida remanente en el plato, agravado por la interpretación volumétrica inversamente proporcional desarrollada por el sujeto (esto es, otra vez, la madre). Es importante destacar la función de La Plaza (sí, con mayúsculas) como fuente inagotable de datos para la investigación. Mediante el método científicamente probado de preguntar a los otros padres su opinión durante las horas pasadas en el laboratorio (La Plaza), he llegado a la conclusión de que todos estamos básicamente de acuerdo en el siguiente axioma: <em>“De hambre no se va a morir”</em>. Pero por alguna razón inescrutable, el gen psicoactivo de la maternidad española vuelve furiosas a las madres al escuchar esa frase, llegando, en algunos casos, (por fortuna no en el mío personal)  a volverse agresivas y hasta peligrosas.</p>
<p>Así, el crecimiento de los pequeños se ve continuamente acosado por los comportamientos emergentes del sujeto de estudio (sí, la madre), expresados fundamentalmente por un vocablo que sube diez decibelios de tono cada tres minutos durante el tiempo que dura la cena: <em>“Come, come, come”</em>.</p>
<p>A pesar de todo lo descrito en el presente estudio, es posible (bastante probable, diría yo) que la vida familiar sea armónica, pacífica y hasta placentera, porque los comportamientos emergentes del sujeto de estudio, generan otro comportamiento emergente de respuesta invariable en los hombres, que estudiaremos más adelante en otro post, llamado <em>“Sí, mi amor”</em>, y que fundamentalmente se expresa presionando al niño para que coma un poco más, mientras de reojo vemos el partido que dan por la tele.</p>
<p>Desde el punto de vista sociológico, lo que más me llama la atención es el funcionamiento característico del conjunto de sujetos de estudio (padres, madres, niños) durante las horas de observación en el laboratorio (La Plaza). Es común en un pueblo como el que vivimos (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/09/17/el-aprendiz-de-brujo-y-los-caprichos-del-mono-loco/">El Aprendiz de Brujo y los caprichos del Mono Loco</a></em>) que a la salida de la escuela vayamos todos a La Plaza. Todas las madres, invariablemente dominadas contra su voluntad por el gen psicoactivo, traen para los pequeños una merienda compuesta por los siguientes elementos:</p>
<p>1)      Bebedizo calcificador o alimenticio en forma de: Leche chocolatada, Actimel, Zumo de Frutas o similar, con un contenido nunca inferior a los doscientos centímetros cúbicos.</p>
<p>2)      Sólido masticable en forma de: Galletas, bocadillo o fruta, en cantidad nunca inferior a los ciento cincuenta gramos.</p>
<p>Lo primero que hace el sujeto de estudio al llegar al laboratorio, es decirle al niño: <em>“Si no tomas la merienda no puedes ir a jugar”</em>, lo que, por supuesto, produce una inmediata mala disposición por parte del pequeño, que ve cómo es retenido contra su voluntad mientras los que comen más rápido que él ya están jugando. La mayoría de las madres solamente son capaces de controlar la compulsión al ocio y al juego de sus pequeños durante el consumo del bebedizo, así que la imagen final es la de una Plaza repleta de niños jugando, cada uno de ellos perseguido por una mujer adulta, con las rodillas levemente flexionadas y la cintura doblada todo lo posible sin perder el equilibrio, que sostiene, en una mano estirada hacia el niño, un sólido masticable mordido y con restos de baba, y va gritando <em>“Pepito, termínate el bocadillo!”</em>, mientras Pepito huye en pos de sus congéneres haciéndose el sordo, y el padre de Pepito permanece sentado en el banco, sonriendo para sus adentros y recordando afectuosa y pasivamente cuando su madre lo perseguía a él, veintiocho o treinta años atrás.</p>
<p>Como conclusión de tan provechoso estudio, solamente cabe apuntar dos cosas. La primera es que un observador imparcial, desconocedor de la existencia del gen psicoactivo, que presenciase la escena final, seguramente interpretaría que es un juego divertidísimo, y que a los padres no nos gusta jugar. La segunda es que la existencia del gen psicoactivo (que hemos demostrado científicamente a lo largo de este artículo) es una alteración de la conducta del sujeto que no condiciona el resto de sus cualidades maternales, pero que los niños rápidamente interpretan como una oportunidad para confirmar una y otra vez el amor descomunal que les profesan sus madres. Las manipulan como quieren, los muy cabrones.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" />
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		<title>Capítulo Pi(-06). Acción en Barcelona, 2006.</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Sep 2009 09:45:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aprendiz de Brujo</dc:creator>
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<p>Conocí a Carla por casualidad, en un bar. Fue el viernes 30 junio de 2006, y los argentinos vagábamos desesperados por las calles buscando lugares donde ver las pobres actuaciones de nuestra selección en el mundial de Alemania. Había salido solo de casa, sin demasiadas esperanzas de pasarlo bien, ni de que el equipo nacional acabara de jugar bien en un mundial en el que, a pesar de estar en cuartos de final, el juego había sido pobre y decepcionante. Finalmente encontré un bar en Sagrada Familia, pequeño y sucio, que en la puerta tenía una pizarra anunciando “<em>Hoy Alemania – Argentina”</em>. Faltaba más de media hora para el partido, así que me senté en una mesa para dos, pedí una cerveza y me dediqué a intentar predecir la dirección que tomaría el humo que desprendían las brasas de los tres cigarrillos que, uno detrás de otro, me ayudaron a matar el tiempo. El bar se llenó lentamente, como siempre que hay buen fútbol. La mayoría argentinos, y si bien me sentía solo, era una soledad arropada por esa hermandad que solamente el fútbol produce: profunda, fuerte, pero fugaz y volátil. Sabía perfectamente que al sonar el pitido final, automáticamente todos volveríamos a ser desconocidos.</p>
<p><span id="more-148"></span>A los trece minutos del primer tiempo, instintivamente giré la mirada hacia la puerta. Carla estaba allí, sola, de pie, buscando con la mirada medio metro cuadrado que le permitiese acomodar su humanidad a las circunstancias. Nuestras miradas se cruzaron, y me interrogó con un gesto ahogado por el murmullo aturdido del local. Hice una seña afirmativa y se acercó, sentándose a mi lado.</p>
<p>-      Gracias, es que no hay ni un lugar libre.</p>
<p>-      No pasa nada – dije.</p>
<p>-      ¿Cómo te llamás?</p>
<p>-      Ernesto. ¿Y vos?</p>
<p>-      Carla.</p>
<p>Me dio dos besos en las mejillas, a la usanza española, murmurando “encantada” sin demasiada convicción. Nos pusimos a ver el partido, en silencio, mirándonos con gestos elocuentes durante las jugadas polémicas o emocionantes. Ni bien terminó el primer tiempo, nos miramos, incómodos. Teníamos quince minutos por delante de publicidad y, posiblemente, silencio.</p>
<p>-      ¿Te puedo invitar una cerveza? Para agradecerte que me hayas aceptado en la mesa, digo. – Sonrió, y entonces por primera vez la miré detenidamente. Llevaba el pelo moreno con un corte <em>carré</em>, que le caía a ambos lados de las orejas con bastante gracia. Tenía un rostro extremadamente bonito, salpicado de clarísimas pecas y dos ojos enormes color té. Decidí que me gustaba.</p>
<p>-      Claro. – dije – Acepto encantado.</p>
<p>Por suerte para la escasez de ideas de que en ese momento disponía en pos de iniciar una conversación interesante, y para mi absoluta conciencia de la disminución de mis habilidades sociales en presencia de una mujer bonita, el gentío provocó que Carla tardase seis minutos cuarenta y ocho segundos en volver con las cervezas. Tenía solventada más de la tercera parte del entretiempo, lo que me dio ánimos. Agradecí la cerveza y me concentré en encender un cigarrillo lo más lentamente posible. Ella inició la conversación.</p>
<p>-      ¿Hace mucho que estás acá?</p>
<p>-      Seis años. Todavía no sé si es mucho.</p>
<p>-      ¿Cómo que no sabés?</p>
<p>-      Mucho es un término relativo. Por ejemplo, mil millones de glóbulos rojos es poco, pero doscientos cerdos en departamento es un montón. En términos de tiempo no lo tengo claro. Seis años, sobre los treinta y tres que tengo, es aproximadamente un diecinueve por ciento de mi vida. Supongo que es bastante, creo. – Sonrió. Me miró con incredulidad.</p>
<p>-      Sos un poco raro, ¿no?</p>
<p>-      ¿En términos absolutos o relativos? – nos reímos los dos &#8211; ¿Y vos? ¿Hace mucho que estás acá?</p>
<p>-      Tres años. Mi respuesta es más fácil. – hizo una pausa y ensayó un gesto de disgusto – Pero estoy harta. Viste cómo son los españoles. No acabo de entenderlos. No me entienden los chistes, qué se yo. Es todo tan difícil… No me como un rosco.</p>
<p>Asentí con la cabeza, hundiendo mi mirada en la espuma casi desaparecida de mi vaso de cerveza, mientras mentalmente la fotografiaba y la archivaba en la categoría “<em>Argentinos Que Se Quejan Pero Igual Se Quedan, Y A Pesar De Que Allá Todo Es Una Mierda, Acá Todo Me Molesta”</em>. Por suerte, el minuto cuatro del segundo tiempo trajo un gol del <em>Ratón</em> Ayala de cabeza, tras centro de Riquelme desde el banderín del córner. Sin darnos cuenta estábamos saltando, nos abrazábamos entusiasmados, hasta que los ojos, por su cuenta, hicieron un encontronazo casual que derivó en choque, y nos volvimos a sentar, incómodos. La alegría duró poco. En el minuto ochenta y uno del encuentro, Miroslav Klose batió al <em>Pato</em> Abbondanzieri, también de cabeza, empatando un partido que acabaría ganando Alemania en los tiros penales por cuatro a dos, con la consiguiente eliminación, una vez más, de la selección argentina de un mundial.</p>
<p>El abatimiento general nos dejó solos rápidamente. Carla estaba cabizbaja, y yo alternaba entre un desánimo profundo y un deseo creciente de no perderla de vista, que no era lo suficientemente grande como para decírselo.</p>
<p>-      Otra vez será, ¿no? – dijo al fin &#8211; ¿Qué te parece si nos vamos a tomar un trago por ahí, para eliminar el mal cuerpo?</p>
<p>-      Dale – me escuché decir. A pesar de mi enorme esfuerzo por dejar que se me notara el entusiasmo, sonó falso y forzado.</p>
<p>-      Si no tenés ganas no pasa nada. Es que pensé que era una buena idea.</p>
<p>-      No, no, claro que tengo ganas. Vamos.</p>
<p>Salimos del bar, a una Barcelona que comenzaba a atardecer sin ninguna piedad para los perdedores, empantanados ambos entre la depresión <em>post-derrota</em> y la tontería neuroquímica que siempre produce a las personas conocer a alguien que, aunque parezca absurdo, les gusta. Carla resultó ser una conversadora afable, y, en general, una persona interesante, culta, con un incipiente exceso de opinión y un número impar de fobias que, bien administradas, al recién conocerla resultaban encantadoras. Protagonizamos un atardecer sonámbulo, caminando sin sentido por unas calles que, al no estar llenas de personas tristes con la camiseta argentina puesta, resultaban un territorio hostil que nos unía. Sobre las nueve y media de la noche, sin saber cómo, nos encontramos compartiendo una tapa de patatas bravas y dos cañas en una fonda pequeña y sucia del borne. Hablábamos con intimidad, cerca uno del otro, adivinando los ojos en la forma que hacían los labios al dibujar las palabras. Aprovechando un silencio, me susurró:</p>
<p>-      ¿Te puedo contar un secreto?</p>
<p>-      Hasta dos – repliqué. Se acercó hasta que pude sentir el roce de sus labios contra mi oreja izquierda, mientras imaginaba su pelo cayendo en picado en un ángulo de treinta y siete grados con respecto a la cabeza.</p>
<p>-      Me gusta mucho tu boca – confesó.</p>
<p>Retrocedí apenas la cabeza, menos de cincuenta milímetros, para mirarla a los ojos. Ella intuyó o adivinó mi sorpresa y, lentamente, sin dejar de mirar fijamente mis pupilas, me mordió con suavidad el labio inferior.</p>
<p style="text-align:center;">*                 *                   *</p>
<p>Me desperté empastado, con la actividad sináptica reducida a su mínima expresión y la nariz habitada por un rescoldo de tabaco agrio y perfume de mujer. Pasaron varios segundos hasta que conseguí identificar positivamente la habitación en la que Carla vivía, en un piso compartido con otra argentina y una dominicana, en el barrio chino de Barcelona. Ella roncaba suavemente a mi izquierda, con el sueño pesado que evidentemente proporciona la conciencia tranquila, una buena borrachera y un polvo decente. Un impulso eléctrico de arrepentimiento recorrió mi sistema nervioso a una velocidad de trescientos doce mil kilómetros por segundo. Antes de alcanzar a darme cuenta, los dedos pulgares de mis pies estaban arrepentidos de haber dormido allí. Encendí la pantalla de mi teléfono móvil. Eran las 06:44 del sábado 1 de julio de 2006. Mierda. Ese día no tenía que ir a trabajar.
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