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El Aprendiz de Brujo en edición de bolsillo

Parece mentira que ya haya pasado un año. Ha sido un año productivo, emocionante, lleno de variantes y de experiencias. Basta leer “Textos, mentiras y un sueño” para saber lo que pienso al respecto.

Ha sido muy importante en mi vida. Ha sido un año de cambios y, sobre todo, de palabras. Por esta razón, he pensado que sería bonito recopilar en un libro los artículos que más me gustan de este año. De los 78 artículos que he escrito a lo largo de los últimos doce meses, he seleccionado 35 para compilar un volumen conmemorativo, que está disponible para su venta en http://piluxfirpux.bubok.com.

Desde ya, todos los artículos permanecerán accesibles de forma permanente y gratuita en el blog, pero quienes quieran tenerlos impresos en un libro, podrán hacerlo a partir de hoy. Si bien la lectura y los buenos comentarios son mi única recompensa, estaré eternamente agradecido a quienes hagan el esfuerzo de comprar el libro, que los escritores aficionados también tenemos que vivir de algo…

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Cuatro treinta y seis

Abrí los ojos. Las cuatro treinta y seis. La desesperación se apoderó de mí en una oleada violenta y absurda, como una rabia sin dueño. Intenté concentrarme en no concentrarme. Intenté olvidar que había abierto los ojos y el despertador marcaba claramente, con sus números fantasmas de color turquesa, en su pantalla insomne, las cuatro treinta y seis minutos. Otra vez. Una vez más, las cuatro treinta y seis. Intenté no pensar, intenté no llevar la cuenta, pero era imposible. Doscientas cuarenta y siete. Llevaba, con esa, doscientas cuarenta y siete noche seguidas abriendo los ojos con ansia a las cuatro treinta y seis minutos de la mañana. Doscientos cuarenta y seis días sospechando y temiendo que la noche siguiente se sumase a las anteriores. Me despertaba en un sobresalto, completamente lúcido, con la mente clara y como movido por un presagio oscuro. Y siempre, todas y cada una de las noches, el reloj marcaba las cuatro y treinta y seis minutos.

No sabía por qué había empezado.

No sabía cómo terminar con aquello.

Solamente sabía, a ciencia cierta, que durante las últimas doscientas cuarenta y siete noches, un relámpago inclemente me había interrumpido el sueño a las cuatro y treinta y seis minutos. Algunas noches conseguía conciliar el sueño inmediatamente, convencido sin lugar a dudas de que era imposible, por puro cálculo de probabilidades, que volviese a despertarme a la misma hora. Otras veces me levantaba por un vaso de agua, desalentado y confuso, derrotado. Durante el verano, solía salir desnudo al balcón, y fumar un cigarrillo admirando la geometría inabarcable y caprichosa de las volutas de humo en contraste con las noches claras, mientras imaginaba a las vecinas escandalizadas por mi desnudez pálida y antiestética, cubierta de vellos rebeldes, adiposidades ingratas y curvas caprichosas.

Pero la mayoría de las noches no.

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Textos, mentiras y un sueño

El veintiocho de agosto de 2009 decidí, sin más razón que la necesidad de repartir unas cuantas palabras que me sobraban, agregar uno más a la población mundial de blogs, que por aquél entonces superaba ya los 300 millones.

No fue una decisión trivial.

Las palabras, es cierto, me sobraban. Estaba escribiendo una novela (que luego se transformaría en dos, pero aún no lo sabía) y aún así sentía ahogo. Había ideas, pedazos de textos, párrafos enteros, frases astutas, diálogos ingeniosos, tristezas sepultadas que asomaban, recuerdos con luz propia… Todos ellos egoístas, centrados en sí mismos, en su necesidad de abandonar mi piel perforando las yemas de mis dedos. Algunos de ellos más afortunados que otros, algunos más poéticos, otros más cotidianos, algunos con dolor, otros con placer, otros con desconcierto.

Y había un denominador común: el escriba aficionado que guardaba para mí desde la adolescencia se había despertado. Quería traducirse a sí mismo en escritor. Quería descargar toda su rabia, su dolor, su ausencia, pero también su felicidad, sus pequeñas dosis de suerte, sus amores actuales y antiguos, los secretos pálidos de una vida repleta de vaivenes, las migajas crujientes de cientos de miles de horas de observación ilícita y malintencionada del prójimo, los jirones de lenguaje que tejía y destejía en el silencio de su retiro.

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La chica que se vestía de japonesa

Los encuentros tenían un ritual preciso, un argumento tácito, un guión sin escribir que se repetía una y otra vez, sin más recetas que la de la mirada, el tacto, el olfato y el gusto. No hablaban al respecto, no se ponían de acuerdo, simplemente era así. Ella llegaba a casa de él, escondida y furtiva, envuelta en un halo invisible de culpa y secreto, de silencios lentos, de respuestas ocultas, de conversaciones evitadas, abrigada en invierno y sofocada en verano. Él la esperaba ansioso, invocando secretamente sus malas artes de encantador de serpientes, caminando tramos de pocos metros sobre su alfombra gris, fumando con insistencia y furia, mientras repasaba una y otra vez letras de tinta violeta apretadas en hojas de papel rayado, dibujadas, cada una de ellas, con auténtico dolor, y recorría los canales de televisión una y otra vez, sin prestar más atención que la necesaria para certificar el lento paso del tiempo.

Ella entraba con las mejillas encendidas y el corazón golpeando fuerte, le rozaba los labios fugazmente con un beso robado a otro hombre y a otra vida. Recién cuando se quitaba el abrigo, cuando dejaba el bolso a un costado, parecía sacudirse la culpa, el estigma de la traición y la duda, y era otra vez ella misma, a solas con él, refugiada en sus brazos. Sus ojos de blanco y miel encontraban el remanso de la otra mirada, sin pedir más permiso que el que traía en la piel. Entonces le regalaba uno a uno, despacio, sus besos húmedos, sus labios generosos, mientras sus manos pequeñas redibujaban la forma de los hombros, la caída de las mangas, el abrazo reinventado que no fue.

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Mi Boca

Esta mañana, mi espejo me sorprendió. En lugar de duplicarme sobre el cristal azogado, como había hecho siempre, en vez de reproducir fielmente al niño de piel tersa que fui, o al joven de nariz medida y suave que creía ser, me mostró a un hombre cansado. Tenía el pelo revuelto por una noche de mal sueño. Los ojos agotados, sin brillo, enmarcados por una sombra oscura, y la piel de las mejillas desgastada por el paso frecuente de las cuchillas afiladas que me quitan los rastros de algo que nunca llegó a ser una barba, pero que es suficiente para enrojecer las caritas suaves de mis hijos cuando los beso.

Estaba medio dormido, pero un miedo irreverente me despertó sin sutilezas de ninguna clase. Asustado, me concentré en repasar cuidadosamente la imagen cruel que estaba frente a mí, mientras recordaba que, cuando cumplí veinte años, mi padre me dijo una vez: “A partir de los veinte años, cada uno es responsable de la cara que tiene”. Recordé también haber leído que un hombre sabe que ha empezado a envejecer cuando comienza a parecerse a su padre. Es un proceso lento, largo y suave, pero hasta en la pendiente más leve hay un punto a partir del cual te das cuenta de que no estás situado horizontalmente.

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El lado equivocado de la pasión

Soy un apasionado de la pasión humana. Y valga la redundancia, me apasiona la pasión en sí misma, la fuerza emocional y de voluntad que las personas liberamos a causa de una pasión genuina. De todas las emociones que somos capaces de experimentar, es la pasión y no el amor la encargada de preservar la especie. Es un momento de pasión desesperada y no varios años de amarse en calma lo que engendra un hijo. La pasión es, sin lugar a dudas, una fuerza motora viva, un motivo primario, profundo e invencible. Fue la pasión la que llevó el hombre a la luna, la que nos hizo volar, la que inventó el cine y la que aprendió a fabricar tinta y papel para narrar la pasión propia y la ajena. Fue la pasión la causa última de la muerte de Romeo y Julieta, y fue también la causa raíz de la abolición de la esclavitud, de la legalización del matrimonio homosexual y del hallazgo del uso terapéutico de la penicilina. Sin pasión auténtica y profunda, no tendríamos Novena Sinfonía, ni Don Quijote de La Mancha, ni a Diego Armando Maradona, ni el Tango, ni la saga de Harry Potter. Sin pasión no existiría la poesía, ni el gospel, ni el carnaval, ni el puenting, ni la guerra de almohadas. No habría carreras ni cortejos ni danza ni juegos, ni siquiera ideas nobles que defender. Sin pasión no seríamos humanos.

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Lo verdaderamente absurdo es que exista la Sandía

Conducía desde Madrid a Barcelona, y como cuento entre mis numerosos defectos el ser fumador, pero entre mis escasas virtudes la de no fumar en el coche, me detuve en un área de descanso cualquiera, para alterar mi sistema nervioso con un poco de cafeína en botella y unas cuantas bocanadas de cáncer potencial. Una familia consumía de cualquier manera comestibles y agua sentados en un murito de piedra. Bajé del coche, botella de medio litro de Coca-Cola en mano, y encendí mi cigarro, mientras me ponía a caminar sin ton ni son por delante del coche, fumando y alternando traguitos cortos de mi botella contaminante. Por alguna razón absurda, me dio pudor observar comer a toda una familia, que fingía no notar mi presencia, así que centré mi atención en el suelo, intentando pensar acerca de algunas opciones tecnológicas sobre el proyecto en el que estoy trabajando actualmente. Pero no pude. Me distrajo un patrón caótico y gigantesco de colillas de cigarrillos muertas sobre la frontera final del pavimento, justo donde la tierra comienza a mostrar las huellas de su existencia. Las había a cientos, si no miles. Algunas, evidentemente recientes. Otras, oscurecidas por la intemperie, con el filtro herido por un pisotón infame, restos de carmín de labios, rastros invisibles de ADN humano, alguna que otra hebra de tabaco rubio escapado a través de un papel de arroz rasgado con infortunio.

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Sobre la amistad, justo después de regresar

No sé si es la tan mentada madurez, o si se trata de las pequeñas traiciones, cada vez más frecuentes, del cuerpo maltratado, o simplemente de los primeros avisos tempraneros que nos envía la posibilidad, cada vez menos lejana, de morir algún día; pero lo cierto es que cada vez duermo menos. Aquél placer inconmensurable de acostarse a las siete de la mañana, con los músculos doloridos de tanto bailar, el estómago en un puño de tanto beber y los pies doloridos por el exceso de actividad, para dormir sin interrupción hasta las seis de la tarde, y que pensaba que ya no era posible a causa de la paternidad, resulta que no es posible porque me despierto con el día, cuando la luz rompe la noche, en secreto, al otro lado de la cortina pesada que intenta protegerme de todo un mundo ahí fuera.

Y el primer amanecer en México no fue una excepción.

A pesar de estar con el reloj mareado, los ritmos corporales alterados por nada menos que siete horas de diferencia y las emociones alborotadas por los encuentros, el primer sol del Caribe me encontró abriendo los ojos bajo un aplastamiento de cansancio, un hormigueo reptando por las piernas y la cabeza como si me hubiesen dado un mazazo. Llegué – el segundo de los tres amigos en pisar territorio Mexicano – la noche anterior, a medianoche. Me acosté tarde, biológicamente perjudicado por veinticuatro horas de transporte, y abrí los ojos sin piedad a las siete y quince minutos de la mañana, creyendo que estaba a punto de morir de cansancio.

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Mi Furia

Mi furia está hecha de pedacitos de caparazón de bicho bolita. Puede cerrarse sobre sí misma para volverse impenetrable, ciega y sorda, o puede abrirse despacio y con cautela, exploradora, curiosa, lenta y precisa. Nos llevamos bien. Ella permite que yo la convoque a un sueño cómodo y letárgico cada vez que necesito cumplir con mis obligaciones, ver un noticiero o comprar regalos de navidad. Yo le permito que se asome por las noches, sigilosamente, haciendo trizas mi sueño con sus pequeñas tenazas de acero inoxidable. Ella no me deja dormir, mientras daña suavemente el edificio de verdades absolutas que oculto bajo mi cama. Primero desgasta un poco la democracia representativa, riéndose de la farsa indignante de trescientos cincuenta tipos disfrazados de guardianes de la libertad, que debaten sin intención de debatir, acuerdan sin intención de acordar, y se tapan unos a otros las vergüenzas después de repartirse las migas del banquete del Estado de Bienestar. Después destruye una parte de la sociedad occidental y cristiana, metiendo el dedo en la llaga de los fanatismos religiosos, cuando el muerto se ríe del degollado mientras los blancos, horrorizados durante las procesiones de semana santa, se flagelan unos a otros con látigos de papel, al mismo tiempo que, con la boca torcida, acusan de fanáticos a los moros, de caníbales a los negros y de ladrones a los gitanos.

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Volver a la nada de los últimos veinte años

Serán los números redondos, será el cambio de década o simplemente la nostalgia tópica de los exiliados en época de fiestas, pero lo cierto es que me encuentro reflexivo, nostálgico y tanguero. Desde hace días suena en mi cabeza, en un concierto privado y silencioso, lento, eterno y soñador, con un ataque de bandoneones heridos de invierno, el tango “Volver”. Y es una tontería, porque más que en volver a alguna parte, pienso en los últimos veinte años, que según la genial pieza de Carlitos Gardel no son nada, pero irónicamente vuelven una y otra vez.

Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.

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El año nuevo de la época del dos mil cero

Hoy no tengo un buen día, al menos desde la perspectiva de las teclas cuadradas con las que suelo armar palabras. He visto amanecer lentamente el primer día del año, desde mi cama. En mi mesa de luz hay un reloj que proyecta la hora en números rojos en el techo al compás de mi insomnio crónico, y es como una cuenta atrás de mi obsesión, a pesar de avanzar tan lentamente. A medida que la nitidez de los números pierde fuerza, mi duermevela sabe interpretar que está amaneciendo, porque en ese estado narcótico y mentalmente inútil no soy capaz de decodificar correctamente cuatro cifras separadas por dos puntos como un momento concreto del día.

Así que me levanté de mal humor, y por primera vez en el año ejecuté automáticamente los rituales diarios de la mañana. El paso por el baño, sin detalles de interés para los lectores – quiero imaginar –, el café, encender la máquina con los ojos enrojecidos frente a la pantalla, un cigarro y entonces mi resurrección privada, íntima, la de cada día, la del primer sorbo de café con leche y la primera calada de vapor cancerígeno, la de la conciencia de mí mismo que aparece lentamente, se propaga por mis dedos y mi piel, me devuelve al mundo de los vivos.

Me puse frente a mis letras, sin lograr conectar la sinapsis en grupos de más de tres neuronas. La resaca del año nuevo, y la sensación absurda que me invade siempre en estas fechas. Desde que existe la cultura occidental no hacemos más que poner fronteras. Alambramos nuestra parcelita de tierra, amurallamos nuestras ciudades, inventamos los países, las provincias, los continentes. A todo le ponemos nombres y límites, es una afición peligrosa. Primero descubrimos algo, algo que ya estaba ahí, pero la soberbia de la especie humana se empeña en que lo que es nuevo a sus ojos debe serlo también para el mundo entero, para el universo y para la verdad. Una vez descubierto ese algo, lo encerramos en un límite real, imaginario o inevitable. Puede ser un alambre de púas, un océano o una cadena de montañas, pero cuando el límite natural no existe y el real es impracticable (no se puede alambrar un país), entonces inventamos un límite imaginario con lápiz y papel. Después escribimos las reglas para pasar ese límite, y esas reglas siempre establecen un valor de comparación. Si es más fácil cruzar ese límite en un sentido que en otro, entonces automáticamente lo que está de un lado se califica por encima de lo que está del otro, y a ninguno de nosotros se le ocurre discutir esa calificación.

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Y en el 2010 también

Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, a esta altura más que una frase de un tango inmortal es un axioma científicamente comprobado, un versículo que encierra una verdad indiscutible. No hace falta ni siquiera esforzarse para verlos por todas partes, se llamen Silvio Berlusconi, Emilio Botín o Julio Grondona.

Lo que no podía prever Discépolo ni nadie, es que el despliegue de maldad insolente característico del siglo XX se traduciría a sí mismo, refinándose, volviéndose sutil, altamente engañoso y cada vez más escurridizo. No se podía prever que la maldad franca y llana del crimen organizado de principios del siglo pasado evolucionase de esta forma en cinismo e hipocresía, ni que los jefes absolutos de las organizaciones criminales se sintiesen más cómodos en despachos de cargos oficiales que en suburbios impracticables para las personas honradas.

No se podía vislumbrar que las guerras perderían todo su espantoso significado soberanista, conquistador y su pasión por la expansión territorial a manos de un complicado entramado de negocios divididos entre el continuismo de la industria armamentista y los enormes beneficios que proporciona la reconstrucción de los países invadidos y la explotación de sus recursos naturales a manos de las fuerzas de ocupación.

Nadie podía imaginar que el presidente de una de las mayores potencias mundiales, General Máximo de varias guerras en activo, sería premiado con el Nobel de la Paz solamente a causa de un montón de palabras, sin respaldo alguno en los hechos.

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