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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; exilio</title>
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		<title>Diciembre sin sol</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Dec 2011 10:30:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No es nuevo para nadie que la Argentina arrastra un caos congénito y vital, una herencia maldita y poderosa a la vez, que la hace única. Y esa herencia, esa marca indeleble, ese <em>no se qué</em> distintivo del que nos enorgullecemos los argentinos y del que, muchas veces, recelan los demás, no está hecho de sus llanuras interminables, ni de las Cataratas del Iguazú. No se puede encontrar en la cima del <em>Aconcagua</em>, ni en la rompiente del glaciar Perito Moreno. No es de hierba ni de tierra, no es de cuero ni de sangre, no es el viento <em>pampero</em> que arrecia, ni la <em>sudestada</em> infame que anega de mierda líquida los barrios pobres.</p>
<p>Ese <em>plus</em>, ese algo intangible y esquivo, puede encontrarse en los ojos de la gente, en las manos, en los abrazos, en los silencios, en los encuentros y, sobre todo, en las ausencias. Se puede encontrar en las miradas de las Madres de Plaza de Mayo, en las voces que aún resuenan de treinta mil almas truncadas por la infamia, pero también en la sonrisa y los dedos blanquecinos de harina del que te vende el pan, en el abrazo tembloroso de cualquier reencuentro entre amigos de verdad, en los cuerpos que se entrechocan en el caos urbanita de la calle <em>Florida</em>, en la mirada profunda con que cualquier <em>ex profesor</em> reconoce a cualquier <em>ex alumno</em>, en todos y cada uno de los domingos por la tarde, viendo fútbol en un bar cualquiera.</p>
<p><span id="more-1184"></span>La Argentina es un país de personas de carne y hueso, de rostros y voces, de piel y tacto. Es un país con demasiados muertos enterrados, pero también con muchas ganas de vivir. Es un país de gente que te mira a los ojos, hombres y mujeres que pueden y saben escuchar cuando les hablan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero, sobre todo, la Argentina es un país donde diciembre trae, indefectiblemente,  treinta y un días de sol.</p>
<p>Treinta y un días de cielos líquidos, limpios, salpicados de nubes que lo dibujan de celeste y blanco.</p>
<p>Treinta y un días de sofoco, de calores tórridos que aplastan Buenos Aires con furia, pero invitando a los porteños a desnudarse el torso, a reconocer en propia piel el sudor, a saber del otro en carne propia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y no es trivial. Supersticiosos o no, religiosos o no, practicantes de rituales que creíamos piadosos, y que están hoy prostituidos por la voracidad infame de la industria, o no, lo cierto es que no podemos – no puedo – evitar hacer balances en diciembre, pensar la vida, pensar el año que se va y el que viene, los pocos aciertos y los muchos errores, los días de tu vida que pasan, empaquetados de a trescientos sesenta y cinco, mientras lo único que aparentemente cambia es la altura de los hijos, lo incisivo de sus preguntas, el tamaño de sus manos ya no tan pequeñas, lo redondo de sus ojitos asombrados, cada vez más redondos, cada vez más asombrados.</p>
<p>Entonces me siento en mi balcón, desde donde las montañas presiden la llegada del invierno a una tierra hermosa, pero con la memoria histórica repleta de malos recuerdos, las manos enchastradas hasta los codos de sangre derramada en nombre de Dios, o en nombre del oro necesario para pagar las guerras de Dios, que viene a ser lo mismo; y enciendo uno más de tantos cigarrillos, con los dedos congelados, con el rostro que se vuelve de cristal bajo el arañazo infame y traidor de las uñas filosas de un viento helado, y contemplo los cielos encapotados de mi diciembre particular.</p>
<p>Bajo mi techo, es verdad, no falta sopa. No falta ni sopa ni amor. Pero es amargo reconocer en voz alta que me siento agradecido por tener lo que me he ganado con justicia. La sopa está tinta en sangre de una España que hoy tiene la cabeza gacha, derrotada en Europa por la consecuencia infame de su carácter latino, y en las urnas por la pereza de algunos, la cobardía de otros y el fascismo de unos cuantos. La sopa reconforta por su calor, pero tiene el sabor metálico de muchos otros platos vacíos. Mientras tanto, el amor es siempre un regalo, pero también un premio merecido a una vida vivida con honradez.</p>
<p>Mi diciembre particular trae, este año, por primera vez en los últimos once, miedo ambiental.</p>
<p>Miedo porque una vez más, la intolerancia se abandera de votos que, aunque insuficientes, le dan derecho a gobernar con la voz autoritaria de algunos, sobre el silencio de todos los demás.</p>
<p>Miedo porque la promesa del primer mundo que hace ya más de una década me trajo a estas tierras se desmorona, se despedaza, embarullada en medio de un terremoto en cámara lenta, mientras la gente pierde lo que queda del bienestar que el estado repartía cuando sobraba pan y no alcanzaban las manos para llenarse los bolsillos, y los de siempre caen de pie, y también los de siempre – los otros de siempre – sufren la falta de esperanza.</p>
<p>Miedo porque todas las mañanas me pregunto cual será la mala noticia del día.</p>
<p>Miedo porque, a pesar de todo, la anestesia social sigue en el <em>top ten</em> en la lista de los más vendidos, y hacemos entonces gala de una extrema pasividad para aceptar la desgracia y la derrota.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No puedo evitar, a pesar de ser este un otoño suave y soleado, ver mi diciembre repleto de cielos oscuros, un horizonte de nubes negras, y mucha, mucha melancolía.</p>
<p>Tampoco puedo, ni quiero evitar, el recuerdo transparente de los diciembres argentinos, con su luz particular, con su brillo. Eran otros tiempos y otras voces, pero a pesar de que también en Argentina, en su día, el balance del año que se iba era negro, a pesar de tener también la memoria manchada de sangre, a pesar de que, sin lugar a dudas, la falta de pan alrededor fue siempre allá mucho más grave, es imposible sustraerse al encanto tórrido de los cielos de diciembre, a las noches azul marino alfombradas de gargantas entonando fiesta, los pasos de pies al descubierto bailando una danza narcótica que espante los fantasmas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo que quiero decir, lo que quería decir antes de enredarme en la retórica de siempre, es que la fortuna y la memoria suelen conjurarse para mal de muchos, de este y de aquél lado del océano. Todos tenemos manchas en el expediente, y las vacas gordas se mudan de barrio cada vez que a un montón de ladrones con corbata y <em>carnet </em>les da la gana. Pero cuando llega el momento de echar cuentas, cuando la vida te sugiere una de esas pausas arbitrarias que el tiempo marca en un calendario para pensar, no es lo mismo un diciembre frío y lluvioso que un verano incipiente que te sugiere que desbordes las pasiones.</p>
<p>No es igual enfrentarte a otro año que promete ser miserable cuando estás refugiado en tu casa, comiendo algo caliente y compartiendo tu esperanza en familia, que hacerlo volcado en la calle, en una romería de vino, amigos y música gritada a las estrellas.</p>
<p>Se acaba el año, y no puedo ni quiero renunciar a la nostalgia de los diciembres soleados, de las voces recibiendo el año nuevo a grito pelado bajo un cielo interminable y generoso, danzando danzas guerreras con mucha piel al descubierto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No es, ni será nunca, ni remotamente parecido, enfrentarse al comienzo de un año difícil tapado con una manta hasta los ojos, o saltando sin camiseta, empapado de sudor, rodeado de piel y brazos y manos y labios y ojos. No es lo mismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por suerte para mí, en las manos de mi mujer y en los ojos redondos y grandotes de mis hijos, aún soy capaz de adivinar el celeste y blanco infinito de los cielos soleados de mi diciembre más auténtico. Y aunque las cosas pinten negras en esta España castigada, no renuncio a creer que, entre todos, podemos convocar un rayito de sol, pálido y genuino, para que ilumine este diciembre negro.</p>
<p>La realidad, la verdad y la crisis no son más que un punto de vista. Hay otros. Solamente hay que aprender a verlos, solamente hay que aprender a permitir que el rayo de sol convocado entre todos aporte una luz distinta, que nos permita imaginar, en la piel y en la sangre, que otro diciembre es posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Enano Cabezón III: Las nieves del tiempo platearon tu sien</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Oct 2011 08:53:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Es ya el tercer año que, pocos días antes de tu cumpleaños, me siento a pensar en vos, a escribirte, a intentar dejarte un sendero de palabras sinceras que puedan, algún día, ser el mejor regalo; el que te haga descubrir, sin artificios, algunas verdades sobre tu viejo. No hay mejor manera de dejarte saber sobre mis sentimientos, mis dudas y mis miedos, sobre mi rol de padre y mi papel de educador, sobre mi adulto pobre, sobre las lágrimas que te escondo, sobre las palabras que, como los adultos creemos que los niños <em>no entienden</em>, ahora no puedo decirte, pero te voy dejando en alguna parte, custodiadas quién sabe por qué arcano tenebroso, para que puedas recibirlas cuando tu edad sea de dos dígitos, cuando tus ojitos maravillosos ya no amenacen con desbordar tu cara, cuando tus labios encierren otra boca, una que haya cambiado los pucheros adorables que a veces te sacuden por un ansia indomable de besos lenguaraces y palabras mal dibujadas.</p>
<p><span id="more-1171"></span></p>
<p>Como te decía antes de perderme en mi retórica, en esas vueltas dialécticas que suelo dar antes de entrarle de lleno a los temas, es esta carta la tercera conversación que tenemos de hombre a hombre, entre mis palabras y tu silencio, y es hora de que vayas sabiendo algunas cosas que aún no podés saber. Quiero contarte un secreto acerca de mí, pero quiero decírtelo en voz baja, en un susurro apenas audible, en un cónclave sólo para los dos, que nadie me oiga, porque me da pánico: Soy un hombre, mi amor. Sé que a veces creés que tu papá es un héroe, que lo puede todo, que no teme ni padece, y te confieso que me gusta jugar contigo ese juego en el que mi presencia basta para garantizar que nada malo puede pasarte, pero no es verdad, mi amor. A veces, te miro jugar con tu hermano, desparramando fantasías por el salón de casa, y un miedo infame me atenaza, me atormenta y me duele físicamente. Es un miedo sin cara ni nombre, absurdo y abstracto. Un miedo que habla de no estar un día para vos, de no saber claramente cuál es el siguiente paso, de estar errando los valores que quiero enseñarte. Un miedo atroz por la certeza de la presencia física de mis defectos en ustedes dos, la inevitable repetición de mis errores, la reproducción en chiquito, otra vez, de mis fantasmas de niño. Entonces, cuando ese miedo me asalta, con todo lo hombre que soy, con todo lo fuerte que me ves, con mis treinta y ocho otoños cargados a la espalda, siento ganas de llorar. Y no sólo siento ganas de llorar, sino que necesito que seas vos quien me consuele. Necesito llorar entre tus brazos, necesito dejar que mis lágrimas dibujen caprichosamente su rastro salado sobre tu carita infantil, sobre tus hombros, tan chiquitos que parece mentira que puedan sostener tu cabeza.</p>
<p>Pero también, además de la nobleza inherente a la paternidad, la que tengo yo y seguramente cada uno de los padres de tus compañeros de clase, de tus amiguitos y de la mayoría de los niños de este mundo, tengo momentos de auténtico mal padre, mi amor. A veces caminamos por la calle, y voy pensando en mis cosas, apenas consciente del sudor limpio de tu manito infantil apretada entre mis dedos, y entonces vos necesitás compartir tu día de niño, repleto de trivialidades, haciéndolo competir con mis miserias de adulto, los problemas del trabajo, mis anhelos oscuros e inalcanzables, mi mal humor de la tarde. Y caminamos, uno junto al otro, yo con la vista perdida, pensando en mis cosas, y vos sin parar de relatar un suceso nimio, un encontronazo en el patio, una canción que habla de estrellas y de luna, un nuevo otoño que te maravilla porque solamente viste otros cuatro, una conversación con tus abuelos. Vas hablando, mientras tratás de mantener mi paso, de mirar hacia adelante y al mismo tiempo buscás mis ojos con los tuyos. Y yo camino, ignorando tu discurso con unas cuantas acotaciones vacías de <em>“¿Sí?”</em> o <em>“¿En serio?”</em>, mientras íntimamente deseo que te calles de una vez, y que me dejes pensar. Inevitablemente, por la noche recupero esos momentos, y me pregunto cuántas tardes de inocencia nos quedan, cuántos trayectos de tu parloteo simultáneo con el de tu hermano, cuántas canciones de estrellas y lunas tenemos por compartir antes de que tu Dios Padre privado y total se transforme en un hombre de carne y hueso, desmoronándose en tu universo privado hasta que seas capaz de reconstruirlo, como hice yo con el mío, después de varios años de trabajo. Y es entonces cuando me arrepiento de mi silencio y me prometo escucharte con más atención la próxima vez, sabiendo que no voy a ser capaz de hacerlo, porque los adultos, mi amor, siempre tenemos problemas <em>urgentes</em> que sepultan lo verdaderamente <em>importante</em> bajo una montaña de papeles sin sentido. Todos los adultos, hijo, somos ciegos con ojos, hundidos bajo el peso de una realidad que a veces es tan siniestra que mejor ni pensarlo, y por eso solemos perdernos los momentos mágicos de los niños, porque aunque sean mágicos, se repiten, y eso hace que pensemos que ya los veremos la próxima vez.</p>
<p>Y no quiero dejar esta carta hasta el año que viene, mi amor, sin contarte que este año – como todos – hiciste algo que, para mí, fue un poco más especial que las otras cosas especiales que hacés. Este año escuchaste <em><a href="http://www.musica.com/letras.asp?letra=809903" target="_blank">Volver</a></em>, uno de mis tangos preferidos, sobre todo desde que vivo lejos de mi hogar, y te gustó. No me preguntes por qué, no consigo explicármelo, pero <em>Volver</em> te emocionó. Elijo pensar que tu sensibilidad de niño supo captar mi emoción profunda, mi nostalgia dulce y triste, y que esas emociones te hicieron incorporar ese tango desde dentro, sentirlo y reescribirlo para vos. Entonces, no sé bien cómo, acabaste aprendiendo todo el estribillo, e interpretándolo con emoción auténtica.</p>
<p>Y escuchar, mi amor, la dulzura de tu voz de cuatro años, que hablaba seriamente y con sentimiento de <em>Volver, con la frrrrrente marrrchita, las nieves del tiempo, platearon mi sien</em>, una vez más, invocó en mi interior el milagro de la paternidad. Me hizo saber que todo mi dolor, toda mi angustia, todos mis errores, sean de la naturaleza que sean, también constituyen la esencia de tu amor filial. Supe, sin necesidad de preguntártelo, que la Argentina de mis amores que hoy tengo tan lejos tiene también un trocito de tu pecho, una gota de tu sangre, aire en tus pulmones y tu amor de niño.</p>
<p>Y parece estúpido, mi amor, pero en este momento de mi vida, cuando tanta nostalgia siento, que sea precisamente tu voz la que me traiga esos versos, me provoca una emoción que no sé explicar. Solamente quiero agradecértelo. Quiero contarte, dejarte por escrito que, sin saberlo, me devolviste un pedacito de mí que se había quedado en Argentina, me conmoviste, me dejaste ver mi propia niñez a través de tus ojazos.</p>
<p>Quiero decirte, mi amor, con palabras que no sean de papel, sino de sangre y piel, que te adoro, que no importa lo que pase en adelante, porque tu canción dulce, las palabras de Gardel en tu boca que es mía, escribieron ya de forma indeleble, para siempre, tu amor de hijo, tu empatía con mi dolor, tu capacidad de emocionarme. No importa nada más, mi amor. Ahora que, precisamente en este instante, mientras te escribo, <em>las nieves del tiempo platean mi sien</em>, es el mejor momento para decirte, de una vez y para siempre, que con errores y aciertos, con mezquindades y promesas, con todo lo que soy, mi amor de padre es indestructible y total, es tuyo y genuino, y es el refugio perfecto, al que pase lo que pase en tu vida, siempre, siempre y sin necesidad de dar ninguna explicación, vas a poder <em>Volver.</em></p>
<p align="right"><em>Feliz cumpleaños.</em></p>
<p align="right"><em>Te adora,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Papá.</em></p>
<p style="text-align: right;"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Inventario de soledad masculina</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Sep 2011 08:37:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Aún hoy, muchos años después, soy incapaz de ver llover sin revivir en mi pecho un Buenos Aires pequeñito, pero igual al de mis veinte años. Puedo sentir, justo al lado de donde mi corazón ejerce de músculo, entre sístoles y diástoles, las hojas marrón y ocre del otoño bonaerense, empapándose lentamente para amontonarse junto a las alcantarillas. Puedo ver, sin ningún esfuerzo de imaginación, los empedrados de Palermo Viejo brillando sus reflejos, lustrándose bajo la lluvia sucia de una ciudad que, aunque no lo sepa, es mía, y aún más mía cuando llueve, y mas mía cuanto más arrecia la tormenta.</p>
<p><span id="more-1149"></span>Revivo, a mi pesar, la emoción violenta de un beso profundo y lenguaraz, con alguna novia ocasional, intentando protegernos de la lluvia bajo algún portal de la avenida Santa Fé, y la tristeza eterna de los sauces de Parque Lezama. Me encarno, sin quererlo pero sin evitarlo, en las farolas de mi San Telmo tanguero y locuaz, testigos invisibles de feria, noche, pasos, bares, personas de carne y hueso, y el repiqueteo sordo de las gotas gordas, grandes, sobre el ala de fieltro de mi sombrero.</p>
<p>Finalmente, como siempre en estos casos, cuando uno, con gusto, se deja atrapar por la memoria, arribo a la Vuelta de Rocha, donde siempre me espera una verdad desnuda. Es la verdad de mi infancia boquense, de mis hermanos sucios de arena de la Plaza Malvinas, de las tardes de lluvia en las que, armados de botas de goma, Mamá nos dejaba bajar a jugar con los charcos, sin supervisión de los adultos ni consejos de seguridad ni más restricciones que volver a casa a la hora de la merienda. Y es esa verdad desnuda la que me interroga cara a cara, y me pregunta de qué está hecho mi inmenso amor por Buenos Aires.</p>
<p>Al principio me sorprendo, o tal vez me hago el sorprendido. El amor por las ciudades no puede estar hecho de otra cosa que hormigón armado y un montón de horas vividas. Pero la lluvia, cuando arrecia, cuando golpea contra las ventanas a tantos kilómetros de tu casa, es como un suero de la verdad. Bajo los ojos, enciendo otro cigarrillo y me dispongo a responder, justo debajo del Puente de La Boca, mientras dudo que esos botes maltrechos y oxidados que flotan ante mis ojos, sean realmente capaces de flotar como lo están haciendo.</p>
<p>Es cierto que Buenos Aires guarda entre sus piedras la historia aburrida de cómo me hice hombre. Sabe de los esfuerzos de mi Padre y de los litigios de amor de mis dos Madres. Sabe de mis hermanos, cerca, y de mis hermanos, lejos, cruzando el río. Buenos Aires conoce al niño que, todos los años, empezaba el primer día de escuela con el pelo engominado de <em>Lord Cheseline</em>, muerto de asco por el tacto helado de la gelatina azul, y del adolescente seguro de sí mismo que un día decidió fumar, que descubrió los porros, la cerveza rubia y las mujeres, sin importar tanto el color de piel o de pelo como el perfil redondo de sus camisetas. Buenos Aires me vio, junto a las Madres y las Abuelas, en casi todas las <em>marchas de la resistencia</em>, y sabe de mis convicciones ideológicas, de mis guerras personales y de mi odio profundo contra tantos, tantos que se llenan los bolsillos sin importar a quién le faltará un vaso de leche por su avaricia, que no vale la pena nombrarlos. Buenos Aires fue testigo, también, de mi pasión futbolera, de los festejos en el obelisco, besando la celeste y blanca con lágrimas en los ojos, de la alegría explosiva del beso histórico entre el Diez y el Pájaro, del fondo azul y oro de mis tardes de domingo, solo o con amigos, pero siempre con el estómago encogido detrás del giro errante de una pelota cualquiera.</p>
<p>Pero lo que mejor sabe Buenos Aires de mí, lo que más conoce, no es ninguna de estas cosas. No es que soy buena o mala persona, ni mis convicciones profundas, ni mi intransigencia sobre algunos temas, ni mis novias de adolescente, ni mis hermanos, ni mi niñez, ni mis tantos colegios. Lo que mejor sabe Buenos Aires de mí es con cuánta intensidad, con cuánto dolor auténtico y qué profundamente quise y quiero a mis amigos. Y por supuesto, aunque Buenos Aires se esfuerce por ignorarlo, es Barcelona la que sabe bien cuánta falta me hacen, la ausencia permanente que me habita desde hace más de una década, la necesidad innombrable de mirarte a los ojos con un cómplice, de costado, para saber en una décima de segundo lo que estamos pensando, lo que estamos sintiendo, lo que vamos a hacer.</p>
<p>Es, sin duda, Barcelona, la que conoce mi plenitud de Padre y de Esposo, la que me vio hacer una familia, y la que conoce el inventario secreto de mi soledad de Hombre, la sombra alargada de la amistad masculina, imprescindible como el agua, y tan lejos que ni siquiera las gaviotas infames del Mediterráneo son capaces de convocarla cuando hace falta.</p>
<p>Y cuando Barcelona decide llover, justo frente a mi balcón, le gusta jugar con mi nostalgia, y entonces se sienta conmigo a mi mesita de madera, se queja bajito de tanta azúcar en mi café, y repasa para mí ese inventario tan temido. Le gusta, cuando la lluvia me humedece los ojos, recordarme que puedo ser feliz como Padre y como Marido, pero que el tiempo solamente agranda el arcón donde escondo mi soledad de Hombre.</p>
<p>Allí, a salvo del polvo y de la humedad, están los amigos de mi primera infancia, con los que descubrí las fantasías soñadas a plena luz, los juegos de superhéroes y los libros de aventuras. Están las noches de sábado, quedándome a dormir en sus casas, conversando asuntos de niños en voz baja, en la oscuridad, y las llamadas de atención de los padres: <em>“¡A dormir, que es muy tarde!”</em>. Están las tardes de domingo, cuando mi madre hacía una pila de panqueques con dulce de leche, y yo me sentía orgulloso y generoso de convidar a mis amigos.</p>
<p>Después, a la misma caja, fueron a parar las primeras fiestas hasta la madrugada, los primeros desayunos de café con leche y medialunas de grasa al amanecer, intentando conjurar una borrachera feroz antes de volver a casa, el descubrimiento sorprendente de la piel femenina y las caminatas eternas, cantando tangos a gritos sobre los adoquines necios de una ciudad dormida. Guardo también, los primeros viajes al Sur Argentino, con mochilas e ilusión, y muy especialmente una noche de 1991, junto a mis dos amigos del alma, acurrucados en una tienda de campaña rota, bajo una lluvia torrencial, empapados, intentando escuchar por la radio cómo estallaba la guerra del Golfo Pérsico, sintiéndonos más cerca que nunca.</p>
<p>Pero lo que más espacio ocupa en ese cofre, el verdadero secreto que atesora, son las claves rioplatenses de la amistad masculina, del amor de hombre a hombre. Son palabras, las charlas interminables regadas con cerveza o con ginebra, los cientos, miles de horas, mano a mano, relatando penurias o escuchándolas, los abrazos, como hermanos. Es la certeza, única, de haber hecho una elección de amistad que durará para siempre, inmune al tiempo, pero que sufre la distancia. Es el recuerdo físico de cada encuentro, de las charlas de café, de los viajes, de los sueños en común.</p>
<p>Y figuran también, en ese inventario, todos los momentos en los que los necesito, y están lejos. Cuando me casé. Las dos veces que fui Padre. Cada vez que conseguí un trabajo. Cuando publiqué mis libros. Cada una de las tardes de lluvia y fútbol. Los momentos donde arrasa la nostalgia. La certeza de una vida por delante extrañando a mis amigos, y, fundamentalmente, los días en los que no pasa nada, pero simplemente me haría bien un café, una palmada en el hombro, un abrazo de oso, el amor de un amigo, de hombre a hombre.</p>
<p>Pero ahora mismo toca levantar la vista, y volver a mi balcón antes de que, sin aviso, la lluvia se detenga, y se cierre la ventana de mi nostalgia profunda. Porque aunque a veces lo perdamos de vista, aunque a veces la tristeza no nos deje ver más allá, es indiscutible que, siempre que llovió, paró.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Tue, 06 Sep 2011 15:36:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p><em>Chorro</em>. Chorro porque sin disimulo ni arrepentimiento, me dispongo a robarles, durante un ratito, el silencio de las mañanas de los lunes. Apertrechados en algunas magias de abnegados chamanes tecnológicos y vibrantes palabras lanzadas al aire, un grupo de argentinos hace desde 2009 un programa de radio en España. Se llama, cómo no, <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a></em>, y solamente dos años después es la referencia principal durante las mañanas de radio para los argentinos en la Península Ibérica.</p>
<p><span id="more-1139"></span>Y ocurre que <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo Mazzolini</a>, conductor del programa, me invitó a participar en una tertulia radiofónica que se emitirá los lunes, de 9:10 a 9:30, comenzando este próximo lunes 12 de septiembre.</p>
<p>Y cómo no, acepté encantado. Ni siquiera me hice el difícil un poquito, ni les pedí que hablaran con mi agente – que no tengo, pero podría haberle pedido a uno de mis cuñados que se hiciera pasar por él, y que dijera que no lo sabía, que mi agenda y qué se yo que mas -, ni siquiera dije que lo tenía que consultar con mi mujer: solamente acepté.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Maquiavelo</em>. Maquiavelo porque, hace unos pocos meses, cuando estaba presentando <em>Matalobos</em> en Málaga, <em>Cambalache</em> me recibió en su estudio, donde <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo</a> y su equipo trabajan cuidadosamente la magia de la radio día tras día. Me sentí como en casa. <a title="Días de Radio: una voz amiga" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/06/12/dias-de-radio-una-voz-amiga/" target="_blank">Sentí como, poco a poco, comenzaba a picarme el estómago, a renacer en mi interior mi propio animal de radio</a>. Y entonces, sin ninguna vergüenza ni piedad para con los compatriotas que diariamente comienzan la mañana con tango y voces amigas, pensé:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>            <em>”Yo quiero hacer algo con estos pibes”</em>.</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Antes de abandonar Málaga, una vez pasada la presentación del libro – donde, por cierto, <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo</a> ofició desinteresadamente de maestro de ceremonias (y digo desinteresadamente porque lo hizo gratis, no porque no le interesara el acto, no vayan a pensar mal, que nos conocemos) –, le lancé al locutor una terrible amenaza: <em>“Voy a proponerte cosas hasta que hagamos algo juntos”.</em></p>
<p>Así que fue deseado, pensado, esperado y premeditado. Maquiavélico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>“Estafao”</em>. Estafao porque a pesar de trazar malévolos planes maquiavélicos, en realidad todo fue como tiene que ser entre <em>buenos argentinos </em>- como dice <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo</a> -. Alegre, suave y sin lucha: a <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo</a> le encantó la idea y la puso en marcha, sin más, sin tener que convencerlo, perseguirlo ni machacarlo.</p>
<p>Recuerden, <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a> </em>va de lunes a viernes de 8:00 a 10:00. La tertulia irá los lunes de 9:10 a 9:30. Estará también Robi Bertasi, artista argentino residente en Valencia, y semanalmente habrá un tercer argentino sorpresa. Para escucharlo, las alternativas son:</p>
<p>&nbsp;</p>
<ul>
<li>En la zona de Málaga, por aire sintonizando el dial 95.8 FM</li>
<li>En el resto de mundo, en directo en <a href="http://www.estacionargentina.com/" target="_blank">http://www.estacionargentina.com</a></li>
<li>Si te lo perdiste, se puede escuchar, una vez finalizado el programa, en <a href="http://www.ivoox.com/escuchar-audios-cambalache_al_16060_1.html" target="_blank">http://www.ivoox.com/escuchar-audios-cambalache_al_16060_1.html</a></li>
</ul>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Chorro, Maquiavelo y Estafao</em>, pero contento. Y es entonces cuando puedo sentir que una nueva etapa comienza. Por eso, acobardado por la importancia del reto y entusiasmado por las posibilidades que se abren, una vez más les escribo para pedirles apoyo y escucha, porque nada será tan satisfactorio como la certeza de intuir a mis lectores escuchando la radio, mezclados definitivamente con los oyentes habituales de <em>Cambalache</em>, compartiendo un momento a viva voz, acompañándome una vez mas en un camino de sueños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><em>Gracias por leer, por comentar, por estar ahí.<br />
Federico Firpo Bodner<br />
Barcelona, 6 de Septiembre de 2011</em></p>
<p align="right"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La amistad y el mate</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Jul 2011 07:08:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Su sabor no es más agradable que su aspecto. Personalmente, un sorbo pequeño me produce arcadas instantáneas, y una enorme necesidad de vomitar. Se bebe en grupos, pasando el <em>mate</em> de mano en mano, todos de la misma bombilla, que, además de ser depositaria de los restos biológicos de todos los participantes de la rueda, quema los labios, produciendo una sensación sumamente desagradable. Es diurético, y favorece el tracto intestinal, por decirlo de manera <em>fina</em>. Vamos, que es un milagro que, cuando hay <em>mate</em>, no se peleen todos a golpes de puño por ir primeros al baño.</p>
<p><span id="more-1089"></span>En Argentina y Uruguay, sobre todo, el <em>mate</em> es mucho más que una infusión para beber en grupo. Es una seña de identidad. Todo el mundo toma <em>mate</em>. Lo toman por las calles, en casa, en la oficina, en la vida privada y en la pública. Es normal, a nadie le llama la atención ver a una persona rellenando una calabaza con un termo de agua caliente a intervalos regulares, para aspirar después por un tubo de metal, produciendo un sonido gorgoriteante, grosero y vulgar. Los Uruguayos, incluso, mucho más aficionados al <em>mate</em> en la vía pública que los Argentinos, han desarrollado la sorprendente habilidad de llevar el <em>mate</em> en la mano izquierda, y simultáneamente sostener el termo entre el bíceps y la musculatura pectoral, con el mismo brazo, de tal manera que la mano derecha queda libre para realizar operaciones mundanas, y el grupo motor del lado izquierdo superior se encarga de suministrar <em>mate</em> regular y precisamente, al ritmo necesario para el organismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>¿Uruguayo y no tomás mate?</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Desde mi más temprana adolescencia, escuché esa pregunta unas catorce millones de veces. Mi disgusto por el <em>mate</em> fue una cruz escarlata en el pecho. Me transformó en la deshonra de mi tierra oriental, y me obligó a dar explicaciones reiteradas sobre el mismo tema: <em>“Es que no tomo infusiones, a menos que sean de grano molido.”</em> Es decir, café.</p>
<p>Ser Uruguayo y no tomar <em>mate</em> es como ser Mexicano y no tomar tequila, o ser Valenciano y que no te guste la paella, o ser Chino y… lo que sea que hagan la gran mayoría de los Chinos. Es una traición a la patria, es la negación más vil de los orígenes, y motivo de condena moral por parte de la población civil. Una vez, hasta me quisieron entrevistar de un conocido matutino. <em>“Uruguayo que no toma mate vive escondido en pleno centro de Buenos Aires.”</em> Por supuesto, me negué, alegando el deseo de permanecer en el anonimato, y solamente confesar mi deficiencia congénita a mis amigos más íntimos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Contra lo que muchas de las personas que me conocen piensan, no tomar <em>mate</em> no me privó de conocerlo, de aprender sus secretos y sus rituales, de saber que los Uruguayos lo toman <em>sin palo </em>y los Argentinos lo toman <em>con palo, </em>mientras, a gritos, se acusan unos a otros de hacerlo mal; de estar presente en las rondas interminables de <em>mates</em> giratorios, ayudándolo a circular, pasándolo entre manos cercanas, entre personas agrupadas con razón o sin ella, alrededor de un fuego o de una mesa, siempre, siempre, entre amigos.</p>
<p>Y es que el <em>mate</em>, además de ser un jugo horrible, cumple una función social única. El <em>mate </em>se toma en grupo, mano a mano, boca a boca, con miradas a los ojos. El <em>mate</em> se <em>comparte</em>, sí o sí. Se hace una rueda, y el <em>cebador</em>, que no es otro que el encargado de meterle el agua, <em>ceba</em> un mate y lo pasa a la persona a la que le toca, de mano en mano. Esa persona se toma el <em>mate</em>, y entonces la bendita calabaza hace el camino inverso, para que el <em>cebador</em> vuelva a llenarla y le toque el turno al siguiente, y así hasta que se acabe el agua o el cuerpo aguante. Mientras tanto, se charla en ronda. El <em>mate</em> rueda de mano en mano, y nadie lo agradece. Pero no por mala educación, sino porque estar sentado en una rueda de <em>mate</em>, aunque, como yo, no tomes, significa ser aceptado por el grupo, quiere decir que estás <em>entre amigos</em>, que las personas en esa rueda aceptan, tácitamente, poner sus labios donde pusiste los tuyos. Estar en una rueda de <em>mate</em>, entre otras cosas, significa que esas personas te quieren y aceptan, sin necesidad de decirlo en voz alta.</p>
<p>Y cuando una de las personas de la rueda no quiere más, al aceptar el último <em>mate</em>, al devolver la calabaza a la rueda, entonces dice, por primera vez desde que comenzó el ritual, <em>“gracias”</em>. Eso significa que en la rueda siguiente ya no beberá. El <em>cebador</em> lo registra, y sin decirle nada, comienza a saltearlo en las ruedas siguientes. Pero lo que se agradece no es el <em>mate</em>, porque el <em>mate</em> es eso que se da entre amigos, y que no necesita agradecimiento, ni genera deudas. El <em>mate</em> es amor del más simple, el amor de sentarse unos junto a otros y compartir una intimidad de acero y agua caliente, de <em>yerba</em>, manos, ojos y bocas. Se dice <em>gracias</em>, simplemente para que los demás sepan que son tus amigos, aunque no haga falta.</p>
<p>A mí no me gusta el <em>mate</em>, pero adoro todo lo relacionado con su ritual, con su magia indígena, con su hermandad instantánea y fugaz, con la invitación a ser parte de algo especial que siempre trae.</p>
<p>Otra de las versiones del <em>mate</em> es entre dos, cuando encontrados en la calle por casualidad, o haciendo planes por teléfono, uno le dice al otro: <em>“¿Te venís a casa a tomar unos mates?”</em>. Mis amigos más cercanos, que saben perfectamente que no me gusta el <em>mate</em>, me han invitado miles de veces, y lo siguen haciendo. Y yo, cuando aún vivía en Buenos Aires, lo hacía también. Lo hacíamos porque esa frase, <em>“¿Te venís a casa a tomar unos mates?”</em>, significa en realidad otra cosa, y debe leerse de otra manera. Cuando alguien te invita a su casa a tomar unos <em>mates</em>, lo que en realidad está diciendo es que quiere celebrar la amistad, la letra subyacente es: <em>“No hace falta ninguna razón especial para que vengas a mi casa, ni necesitamos que haya asuntos que tratar, ni inventar ninguna excusa para vernos”</em>. Invitar a alguien a pasarse por casa a tomar unos <em>mates</em> es, definitivamente, reconocer en voz alta la seriedad de una amistad, es certificar, sin necesidad de decirlo, el amor que une a dos personas, las ganas de verse porque sí, nomás, porque se disfrutan el uno al otro.</p>
<p>Por eso hoy, que en Argentina es el día del amigo, estando tan lejos, me levanté a las siete de la mañana necesitado de <em>mate</em>. Metí en mi pantalla mi <em>yerba</em> personal de palabras, acentos, puntos y comas, y con el agua destilada de mi nostalgia profunda, <em>cebé</em> este <em>mate</em> pequeñito, lavado y mal hecho, pero <em>cebado </em>con todo el amor del que soy capaz, para meterlo en una ronda enorme que de la vuelta al mundo, y hacerlo circular entre mis amigos, que están lejos, y entre todos los que quieran sumarse a la ronda, cerca, lejos o aún más lejos, con las manos, con los ojos, con los labios.</p>
<p><em>            Gracias.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La vida sigue</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 22:34:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Hace once años, yo tenía una existencia de lo más caótica. Trabajaba por ráfagas incontrolables, a veces de hasta treinta horas seguidas, y vivía en un departamento de soltero en el barrio de Palermo, cuando todavía, en lugar de estar dividido entre <em>Palermo Soho </em>y <em>Palermo Hollywood</em>, era el Palermo del lado de las putas y los travestis y el de <em>Juan B. Justo para</em> <em>acá</em>, donde vivían los ciudadanos honrados, las familias normales y yo.</p>
<p>Por ese entonces, mi vida estaba organizada de la siguiente manera: casi morir trabajando para enriquecer aún más a un empresario cuya reputación ya no admitía ninguna duda, intentar meter dentro de mi cama todo lo que se moviese dentro de un corpiño, ver a mis amigos cada vez que la oportunidad se terciaba y, los martes por la noche, cenar con la familia. Podía haber seguido así, o podía haber cambiado. El hecho es que mi vida estaba llena, repleta de personas. Y yo realmente <em>quería </em>a esas personas. Me preocupaban sus problemas, las llamaba por teléfono, me encontraba los sábados por la tarde a tomar café en <em>La Giralda</em>, apuntaba sus cumpleaños en una agenda de papel para saludarlas (¡sí, de papel!), y toda una extensa serie de protocolos sociales fundamentales: creía que la vida en general, y el ser buena persona en particular, estaba hecha de esas cosas, de los encuentros, de las botellas marrones de cerveza transpirando conversación (¿por qué razón, en todo el planeta, la mayoría de las botellas de cerveza son marrones?), de miradas cómplices y de encuentros impostergables.</p>
<p>Y entonces, después de una larga serie de catástrofes personales, decidí que la única solución posible para mi corazón herido era desarmar esa vida, piedra a piedra, y volver a armarla del otro lado del mundo, llena de personas nuevas y verdades nuevas. Me aferré, como muchos de los que emigramos, al discurso de las oportunidades, de la estabilidad y la situación económica, pero la única verdad es que necesitaba romper todo.</p>
<p>Y rompí todo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1085"></span>Me deshice, lentamente, de los compromisos sociales, de mi trabajo y de las largas charlas pactadas de antemano. Vendí todas mis cosas y, encerrado en una habitación cualquiera, escribí una docena de cartas de despedida. En cada una de esas cartas me vacié por completo, me deshilaché en pedazos, confesé mis miedos, mis odios, mis amores rotos y, cómo no hacerlo, dejé caer promesas eternas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una vez plantado en el viejo continente, estaba tan concentrado en crear una nueva vida de este lado, que ni siquiera advertí como las llamadas telefónicas, los emails e incluso los pensamientos nostálgicos iban espaciándose, diluyéndose al mismo ritmo que las chinchetas cansadas iban dejando caer las fotos de tantos amigos que quedaron en el Río de la Plata. Me pasaban cosas, pero cada vez tenía menos que decirle a los de <em>allá</em>. Entonces, en uno de tantos viajes a Buenos Aires, un día, sin aviso, sin razón aparente, me di cuenta de hasta qué punto la vida de todas esas personas había seguido adelante sin mí. Yo ya no formaba parte de lo cotidiano, pero tampoco de lo profundo, ni de las bromas, ni de las miradas cómplices, ni de los planes a futuro. De alguna manera, había mantenido viva la ilusión de que ese mundo mío tan especial permanecía intacto, a la espera, soñando mi vuelta, extrañándome como eje fundamental de un sinfín de encuentros, besos, abrazos y palabras. No era así. Naturalmente no era así, porque la vida de las personas siempre sigue adelante; pero ese día, en ese viaje, fue como cuando se te cae un jarrón de las manos. Lo vi caer, lentamente, girando sobre su eje de gravedad, pude sentir el estruendo de cerámica quebrada al impactar contra el suelo, y lo vi romperse, vi saltar las astillas, vi fragmentarse los fragmentos, y supe, de una vez por todas, que de mi pasado glorioso solamente quedaban un montón de escombros. Bonitos, sí. En los pedazos de bordes cortantes aún podían adivinarse los exquisitos dibujos que un día habían decorado el jarrón, pero el estropicio era insoslayable, imposible de disimular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ese día, a pesar mío, entendí que me había ido para siempre, que el camino no tenía vuelta atrás, que si un día elegía volver, entonces tendría que construir otra vida nueva: recuperar mi Argentina de siempre ya no era posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y seguí remando en la vieja Europa. Me casé y formé mi familia. Mis hijos llenaron mis días y mis noches de sonrisas, de abrazos y de besos, certificando para siempre que este lado del mundo sea irrenunciable para mí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y, nueva crisis mediante, hace dos años reconocí para mí mismo que veinte años atrás, cuando elegí mi camino, abandoné demasiado pronto el sueño de escribir, y que ahora recuperar esa senda es mucho más difícil, porque las segundas oportunidades nunca son gratuitas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Es entonces, cuando invierto muchas horas al día en algo que no es escribir, cuando me dan ganas de romper todo otra vez. O casi todo. Me dan ganas de deconstruirme como profesional, de jugarme en alma y vida por lo que de verdad deseo, y de reformularme otra vez, entero.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No se trata de arrepentirse. Todas y cada una de las decisiones de mi vida fueron correctas si eran el único camino hasta la familia que tengo hoy, mi mujer y mis hijos, mi ventana que da a las montañas y mi nostalgia profunda, que da coraje a mis dedos para traducir el dolor de estar lejos y la felicidad de estar cerca. Se trata de encontrar, en las palabras, en los amigos que están lejos, en los amores que están cerca, en la familia y sobre todo en mí, la fuerza necesaria para rectificar el rumbo, para reinventar mi día a día y redibujar mi propio cauce.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando reflexiono sobre estas cosas, no puedo evitar pensar en todas las personas que, por cualquier razón, abandonan su casa, eligen estudiar algo que no aman, eligen estar con la persona equivocada, quedarse en el sitio errado y no asumir el riesgo de sus propios sueños. Yo, desde mi nuevo lugar, que después de tantos años es el correcto, viviendo con las personas que más amo y dejándome las pestañas para recuperar la senda profesional que nunca debí abandonar, les digo a todos ellos que tomen las decisiones consultando también al corazón, escuchando los susurros secretos del deseo, porque hagas lo que hagas, inevitablemente, con vos o sin vos, la vida sigue, en todas partes.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Escribir sin sentido</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Jul 2011 09:28:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No es que no tenga nada que decir. Ni siquiera se trata de que no haya temas de los que hablar. Se trata simplemente de que hoy me siento así.</p>
<p>Podría escribir sobre las elecciones en mi Buenos Aires del alma, de la esperanza que veo en algunos de mis amigos argentinos con las alternativas que hay, o del hastío que veo en la mayoría de ellos. Podría, incluso, ensayar un análisis político, pero a la distancia, poco a poco, voy dejando de sentirme con derecho a opinar sobre la política de un país en el que hace más de once años que dejé de vivir y sufrir codo a codo con sus habitantes. Y es curioso, porque tampoco termino de sentirme con derecho a opinar sobre política española, aunque llevo once años viviendo y sufriendo codo a codo con sus habitantes. Son los altísimos costes de no ser del todo de ninguna parte.</p>
<p><span id="more-1083"></span>Podría escribir, también, sobre mis hijos. Siempre tengo cosas bellas que decir sobre ellos, sobre sus miradas mágicas, la picardía infantil que se les desborda, se les chorrea por la cara y los descubre, riéndose y jugueteando al mismo tiempo. Y cuando hablo de ellos hablo de amor, de responsabilidad y de pasión, hablo de ternura infinita, de sus manos pequeñas encontrándose con las mías, de mi corazón trastornado cuando algo les pasa, del dolor intenso que me acompaña con cada uno de sus llantos, de los mocos colgando insomnes de sus naricitas diminutas. De todo eso, pero también de la preocupación que siento cuando identifico en sus personalidades casi todos mis defectos, y la alegría que me produce reconocerles algunas de mis virtudes, mejoradas por simple ley de vida. Hablar de mis hijos es hablar de un motivo primario para mejorar como hombre, de una razón fundamental para ganarme el pan, de un secreto a voces sobre el punto más débil de mí como individuo. Hablar de mis hijos es, clara y sencillamente, hablar de amor. Pero hoy me siento especialmente retraído, y no quiero hablar de mis hijos sin hacer justicia a la maravilla luminosa de sus sonrisas.</p>
<p>Podría – por qué no – hablar de mi familia. Tengo, por suerte o por desgracia, una familia única, enredada, donde padres y madres de distintas generaciones se mezclan, se entorpecen, paren hijos como quien corta pizza, y un tropel de hermanas y hermanos repartidos por todo el globo, confundidos entre ellos, tanto que a veces unos no saben de la existencia de los otros, no son hermanos entre ellos, pero están unidos por una cadena absurda, en la que a es hermano de b, b es hermano de c y c es hermano de d. A esto se le suman, por supuesto, una auténtica maraña de tíos y primos, en primer, segundo y tercer grado, y montañas de cuñados, cuñadas, sobrinos y eso que siempre se dice y nunca se sabe bien qué quiere decir: <em>allegados</em>. Y en todo ese desorden abundan las anécdotas, los conflictos y, una vez más, y por sobre todas las cosas, el amor. Seguramente hablar de mi familia sería también bonito, pero especialmente hoy, tengo ganas de soltar palabras y nada más, sin que nadie se ofenda ni se sienta halagado, sin encontrar destinatario fijo. Palabras giratorias, sin más.</p>
<p>Indiscutiblemente podría escribir sobre la amistad. Especialmente sobre la amistad masculina, siempre a medio camino entre los golpes de puño, los abrazos de oso, las demostraciones innecesarias de virilidad y los pocos espacios ocasionalmente abiertos, casi únicos, en los cuales dos hombres podemos querernos de hombre a hombre, abrir el corazón y decirnos la verdad, lejos del fantasma autoritario que aún hoy, en pleno siglo XXI, nos convoca frecuentemente a abandonar el abrazo de un amigo, incómodos, para repetir, a coro: <em>“Sin mariconadas, eh?”</em>. Podría hablar de algunos de mis amigos más entrañables, que están lejos, muy lejos, mucho más de lo que el corazón humano es capaz de tolerar, o podría hablar de otros que están más cerca, que van despacio, pero que poco a poco van descubriendo y dejándose descubrir. Pero, insisto, hoy tampoco es día para eso, sino para jugar con el verbo, entretenernos en rozar los temas serios, pero sin entrar en ellos, escribir por escribir, por simple vicio de las manos, del cuerpo y de la voz.</p>
<p>Podría escribir – cómo no hacerlo – sobre lo mal que está el mundo, sobre las revueltas sociales que recorren Europa, no como el fantasma incorpóreo que en su día predijo Karl Marx, sino como un animal herido, una rabia ciudadana con cara y ojos, una ruptura que  &#8211; espero – sea final entre los europeos y su clase política, muda, sorda y ciega, que no se cansa de llenarse los bolsillos y anteponer la individualidad incluso a los individuos, que están perdiendo sus libertades en pos de la libertad colectiva, que no es otra cosa que la suma de la mínima expresión de la libertad individual. Podría gritar mi dolor latinoamericano, la herida que no cierra, al igual que en otras partes del globo, de ser el montón de personas que pagan con su pobreza el exceso de otros. Podría, sin ninguna duda, pensar en voz alta sobre el camino errante que parece estar tomando todo. Pero tampoco es el momento, al menos hoy.</p>
<p>Hoy quiero, nada más, y solamente, señoras y señores, contarles mi placer de escribir, mi disfrute secreto y silencioso, cada vez que una palabra nueva asoma por las esquinas de mi teclado, cada vez que un caminito caprichoso de hormigas negras ilustra mis papeles para decir cosas. Quiero rescatar, de una vez y para siempre, el solaz íntimo del verbo y la palabra, mi jugueteo errante, a veces demasiado adjetivado, el eco infame que hay en mi santuario privado, donde cada concepto y cada palabra rebota entre las paredes y mi frente, una y otra vez, antes de ser estampado en un papel virtual, tan real que a veces me asusta. Me complace, de manera individual y egoísta, solo para mí, por esta vez, recrearme en mi prosa, dejar que las palabras hagan fila y salgan como quieran, para, por una vez en la vida, escribir por escribir, por el placer del texto, por la construcción sintáctica, por la siguiente oración subordinada, sin demasiado significado, sin hablar de cosas importantes, sin mencionar a los grandes arcanos que me habitan, que me obligan a pensar en voz alta y clara.</p>
<p>Solamente escribir, sin deberle nada a nadie, solamente para mí, solamente esta vez, permitirme escribir sin sentido.</p>
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		<title>Juntos, mezclados y revueltos</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jul 2011 09:21:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y yo estaba casi sin dormir, ansioso por el fantasma mezquino de un oficial de migraciones que, víctima de un estreñimiento inoportuno o una pelea conyugal vespertina, pusiese trabas para el traspaso de mis hermanos de este lado de la tan preciada eurofrontera.</p>
<p>Y de golpe salieron. Ya no era el miedo sino una efervescencia compulsiva de manos, brazos y bocas que saludan, niños que saltan en brazos y hermanos estrepitosamente reencontrados. Si bien en esta familia de locos yo tengo hermanos que no son hermanos entre sí, y ellos a su vez tienen hermanos que no son hermanos míos, este encuentro era de los cuatro hermanos que crecimos juntos, una recreación histórica de la casa familiar, treinta años después, ahora que todos somos padres, para que nuestros hijos sean testigos de un auténtico amor de hermanos.</p>
<p><span id="more-1067"></span>Madrid amaneció a un día caluroso y de buenos presagios. Marchamos todos a casa de Dolly, una amiga de la familia, una abuela postiza que, a pesar de ser mayor – cuando se habla de damas la edad es un detalle grosero, que nos reservaremos esta vez, dada su indiscutible condición de Dama, y otros muchos méritos que la hacen acreedora de tal cortesía – hizo gala de espíritu de cuerpo y juventud de alma, nos abrió su casa madrileña de par en par, permitiéndonos invadir su regreso – ella viajaba en el mismo avión desde Buenos Aires – a gritos, lágrimas, peleas y besos ruidosos. A media mañana partimos hacia Sol, donde la acampada nos recibió con los brazos abiertos, y caminando las calles de Madrid, redescubrimos los bares de tapas, los edificios señoriales y orgullosos, las plazas rectangulares e infinitas, empedradas de malos y buenos recuerdos, y los monumentos blanquísimos desafiando la inclemencia solar con su indolente y petrificada actitud.</p>
<p>Más tarde llegó el menor de los hermanos, que no por vivir en Córdoba se iba a perder el pistoletazo de salida, así que al volante de su furgoneta rebobinó la última distancia que nos separaba, y al fin pudimos decir que – salvo mi Señor Padre -, estábamos todos.</p>
<p>Y para qué detallar de más. Dimos vueltas, hicimos asado en la terraza de Dolly, bajo un cielo estrellado y madrileño, y después partimos. Ellos hacia Córdoba, yo, sólo, hacia Barcelona. Solamente para tomar aire, recoger a mi familia, y precipitar entonces el segundo encuentro, a pleno, en Málaga y Córdoba.</p>
<p>Ahora sí, estábamos todos.</p>
<p>Y como no puede ser de otra manera entre hermanos, nos quisimos y nos peleamos, volvimos a hacer asado y a mortificarnos unos a otros con las mismas cosas que nos mortificaban de niños, pero entre el humo del tabaco, las sierras cordobesas y nuestros hijos revoloteando. Nuestros hijos, primos entre sí, se mortificaban unos a otros entre ellos, igual que lo habían hecho sus padres tres décadas antes, y al igual que nuestros padres entonces, nosotros éramos torpes para intervenir y apaciguar algunas veces, y otras, iluminados por una inspiración seráfica, los hacíamos reír y quererse entre ellos, jugar juntos y reproducirnos en chiquito, ser felices, ser hermanos, piel y piel, sonrisa y sonrisa.</p>
<p>Era como una película de Kusturica, donde un montón de adultos se desparraman en un espacio pensado para una pareja, rodeados de niños que son de todos y de perros que se disputan a dentelladas las sobras de comida. Mi Padre y mi Madre, separados hace ya veinticinco años, orgullosos responsables de una prole ruidosa y en constante estrépito, casi sin querer, casi sin darse cuenta, nos daban una vez más, a todos, el ejemplo vivo de que, a la larga, siempre el amor prevalece sobre las diferencias, y se puede seguir queriéndose con locura para toda la vida, compartiendo los hijos y los nietos, los amores gritados bajo las estrellas, los silencios de siesta y las ruedas de mate y charla que te charla. Era una dinámica imposible, en la que el ochenta por ciento del tiempo vivible de cada uno de los días que pasamos juntos se empleaba en decidir que íbamos a comer, cocinar, comer, alimentar a los niños, limpiar, hacer la sobremesa y vuelta a empezar.</p>
<p>Nos despedimos otra vez entre abrazos, besos y caos, pero solamente para dejar paso al tercer y último asalto de la maratón familiar: Barcelona, mi casa.</p>
<p>Pero el encuentro todavía guardaba en su manga mágica, tramposa y entrañable, una sorpresa más. Y es que, así como he contado más de una vez en este <em>blog</em> que a mí me tocó la extraña suerte de tener dos madres en activo a la vez – cosa que a mis hermanos no -, a mi hermano mayor le tocó la extraña suerte de tener dos padres. Por circunstancias de la vida, uno de ellos no había estado en activo durante muchos, muchos años. Y vive en Barcelona.</p>
<p>Me encontré con él y su mujer en el aeropuerto del Prat, una hora antes de que otro avión depositara a toda la parentela en suelo Catalán. Y a pesar de lo extraño de la situación, esa sensación absurda de <em>“Voy a encontrarme con el otro padre de mi hermano”</em>, una vez más, tuve que volver a aprender que el corazón humano puede con todo. De golpe y sin aviso previo, me encontré en una mesa del bar del aeropuerto, tomando un café con un señor indiscutiblemente uruguayo, del que sabía poco más que eso: el padre de mi hermano. Y me encontré descubriéndolo tan parecido a él, que tuve que ayudarme con mi <em>coca-cola</em> para poder tragarme entera la evidencia incontrastable de la biología. Y me adiviné a mí mismo deseando, antes de que ellos se encontraran, que como dos adultos que son, supiesen aceptarse, llevarse bien, y si es posible, quererse.</p>
<p>Otra vez las puertas correderas del aeropuerto escupieron la procesión interminable de hermanos y sobrinos, y Padre e Hijo se encontraron después de veinte largos años, pudieron abrazarse y empezar, allí mismo, en el aeropuerto, a aceptarse, quererse y llevarse bien. Partimos todos hacia mi casa, y hoy puedo asegurar que la única fórmula para sobrevivir catorce personas durante una semana en noventa metros cuadrados con dos baños es solamente y nada más que el amor.</p>
<p>Parecíamos estar inmersos en una ruleta infame, todo volvía a suceder igual, pero con ligeros cambios de escenario, con nuevos personajes y con un fondo distinto, pero otra vez las deliberaciones interminables para decidir el menú, los ciento setenta y dos minutos de rigor para estar listos para salir hacia cualquier parte, el calor insoportable de Barcelona y yo trabajando en mi cuartito mientras los sobrinos y los hijos corrían por ahí, peleando a gritos, jugando a risotadas y saltándose las normas de dos en dos.</p>
<p>El apogeo final de veinticinco días memorables fue el cumpleaños de mi hijo Pablo, donde además de sus amiguitos y los padres de sus amiguitos, se dieron cita: mi Padre, mi Madre – mi otra Madre estaba demasiado lejos para venir -, tres de mis hermanos, mi cuñada, mis sobrinos, el otro Padre de mi hermano y su Mujer, otro de los hermanos de mi hermano y su mujer, la hermana de mi Padre – mi tía -, y su hija – mi prima –, acompañada de marido e hija, y representando a la línea materna mía – ya que había una de mis madres ausentes – una prima, con marido e hijos, y, por supuesto, mi mujer, mis hijos y mis suegros, sorprendidos ante lo prolífico, mezclado y revuelto de mi clan.</p>
<p>Todos familia.</p>
<p>Todos bien.</p>
<p>Todos riendo.</p>
<p>Todos queriéndonos.</p>
<p>Todos aceptándonos.</p>
<p>Y entonces supe, una vez más, en la piel, el corazón y la sangre, que la familia no tiene más fronteras que la capacidad emocional de sus integrantes, que los niños siempre tienen espacio en su corazón para un abuelo más, que los abuelos siempre tienen espacio en su corazón para un nieto más, y que somos nosotros, la generación de los padres, los responsables de producir el encuentro, de hacer las cosas fáciles y, sobre todo, de permitir que los niños, los grandes y los mayores se quieran desordenadamente, como salga y como puedan, porque es la única manera de que el amor sea sincero, sin reglas, sin imposiciones, sin obligaciones. Cuando somos capaces de algo tan sencillo y tan difícil, entonces todo sale bien.</p>
<p>Y como no podía ser de otra manera, hubo un <em>finale escandalosi</em>, todos llorando a gritos en un aeropuerto más, despidiéndonos quién sabe hasta cuando, emocionados, queriéndonos a golpes y empujones, entre equipajes circenses y relojes de pulsera arañando cuellos, soltando a granel lágrimas legítimas, ignorando cuándo seremos capaces de volver a darnos un abrazo así de grande, en el que, sin importar los caprichos de la biología, la genética y la sangre, todos nosotros, y muchos más que no estaban físicamente allí, somos, indiscutiblemente, de la misma familia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 2 de Julio de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>A mis hermanos, que los quiero con locura</em></p>
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		<title>Días de Radio: una voz amiga</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jun 2011 12:29:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Durante el invierno de 1992, mi hermana Florencia, una amiga suya y yo, iniciamos una aventura destinada a la frustración, la miseria, el fracaso y un altísimo nivel de satisfacción personal: un programa de radio independiente. Como siempre en estos casos, había que vender publicidad, producir y escribir el programa, correr de arriba a abajo, &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/06/12/dias-de-radio-una-voz-amiga/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>La semana era un auténtico calvario. Visitar a los posibles <em>sponsors</em>, negociar una cuña de 20 segundos por cien o ciento cincuenta pesos, intentar convencerlos por argumento de ventas primero, de sonrisa después, y de llanto, súplica y artificios de magia negra, vudú y amenazas esotéricas por último. Necesitábamos cuatro patrocinadores para sostener el programa sin poner dinero de nuestros paupérrimos bolsillos. Además, mientras tanto, estudiar, trabajar y preparar el guión. Yo revisaba los diarios de la semana en busca de noticias absurdas para comentar, e inspirándome en los horóscopos errantes de los matutinos, me inventaba predicciones verídicas, supuestamente susurradas directamente a mis oídos por un Zodíaco privado, una revelación astrológica absurda y apócrifa, mentirosa, dibujada y parafraseada que ni siquiera ensayaba la pretensión de la verdad: augurábamos desgracias personales, catástrofes naturales, debacles financieras y escándalos amorosos para todo el mundo. <span id="more-1047"></span>Después, satisfechas las necesidades caprichosas de la futurología, escribía un folletín semanal en forma de radionovela, llamado <em>Perfidia</em>, cuya cortina musical era el conocido bolero. Era un culebrón infumable, irónico y pueril, en el que, para que el rosario de personajes fuese medianamente creíble, debíamos caracterizar cuatro o cinco de ellos cada uno de nosotros. Yo hacía todas las voces masculinas, y para sostener la veracidad en el cambio instantáneo de personajes, el único recurso físico que encontré para no mezclar las voces fue asignarle a cada uno de ellos un <em>set </em>de gesticulación particular, que incluía manos, boca, ojos, dedos y pies. Los amoríos triviales de un montón de frívolos se desencadenaban sobre los micrófonos avejentados de la <em>FM</em>, mientras nuestras voces variaban constantemente de timbre, y mis manos dibujaban el aire, ora trazando caminitos inciertos de peces voladores, ora decorándolo de pájaros pintados. Normalmente, y como debe ser en estos casos, terminábamos todo a último momento, y partíamos a las corridas, a bordo de un taxi, hacia la emisora, sin apenas tiempo para ensayar. En una ocasión introduje un personaje nuevo en los complejos laberintos de <em>Perfidia</em>: un anciano. Mi automatismo gestual le asignó a este anciano perverso y malvado un par de manos temblorosas, que ponía sobre el papel con el guión, vibrando al ritmo de las palabras mientras leía sus líneas. Durante el programa de esa noche, Florencia y Natalia apenas habían leído el guión, y mucho menos habían visto mi nuevo gesto. Comenzamos, como siempre, el folletín en vivo. Todo iba bien hasta que intervino el anciano. Es importante aclarar que yo tenía entonces diecinueve años, el pelo largo y lacio, casi hasta la cintura, y llevaba siempre un sombrero negro, de tango, incluso dentro del caluroso estudio de radio. Cuando imposté la voz de anciano y comencé a leer mis líneas, concentrado en el micrófono y haciendo temblar mis dos manos paralelas, Florencia y Natalia, al sufrir el visionado grotesco de mi post-adolescencia decorada con pelos y sombreros, los gestos rituales y la voz de anciano, estallaron en carcajadas explosivas en medio del episodio. Yo, primero rojo como un tomate y después conquistado por sus risas estrepitosas, me desbarranqué también. El operador del programa acudió al rescate con un tema de los <em>Ratones Paraonicos</em>, para darnos tiempo a calmarnos.</p>
<p>Un tema musical y dos anuncios después, estábamos listos para retomar. Pedimos disculpas a la audiencia y reiniciamos el episodio de <em>Perfidia</em>. Hasta tres veces, porque nuestra juventud, las ganas de divertirnos y la risa se volvían a detonar una y otra vez. Disfrutamos como locos, el programa de esa noche fue horrible, y abandonamos la emisora entre risas y empujones, siendo, más que nunca, lo que éramos por entonces: niños jugando a ser grandes.</p>
<p>Ni siquiera recuerdo cuántos episodios del programa logramos emitir (no creo que hayan sido más de diez), pero me es imposible negar que, desde entonces, quedó en mi pecho el germen de la radio, la magia modulada que comienza en cuanto se enciende la luz piloto que indica aire, el pulso acelerado de la consciencia física que te da intuir, del otro lado, muchos pares de orejas, muchos corazones escuchando palabras soltadas al viento. Como todas las cosas importantes de la vida de todas las personas, nuestra aventura de radio se construyó con ilusiones, con ganas, con algunas buenas ideas y muchas malas ideas, pero sobre todo y por encima de todo, con muchísimo amor y muchísima pasión. No tuvimos un éxito imparable, ni nos hicimos famosos, pero aprendimos que el aire puede transportar amor en frecuencia modulada. Aprendimos que la radio es una magia compartida, un motor que puede acercarnos, entre personas, la maravilla de descubrirnos unos a otros. Dicen que los ojos son las ventanas del alma, y si eso es así, entonces la voz es su sonido, su susurro secreto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Casi veinte años después, volví a pisar un estudio de radio. No fueron las puertas imponentes de los lujosos estudios de la Cadena SER, ni las oficinas alfombradas de un importante grupo multimedios. Fue, nuevamente, un estudio sucuchito, apretadito, pequeño, apretrechado con los muebles que sobraban en casa, donde un puñado de personas jóvenes – mucho más experimentados y mucho más profesionales de lo que éramos nosotros – hacen radio con el mismo espíritu: por pura pasión, por amor a las palabras y a las voces, y, fundamentalmente, porque tienen algo que decir, algo que merece ser escuchado. Fueron los estudios en la Costa del Sol desde donde <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo Mazzolini</a> emite su programa <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a></em>, de, por y para argentinos, pero con espacio en su alma noble para quien quiera acercarse, sin importar su filiación.</p>
<p>Habíamos convenido que estaría allí a las 9:30 de la mañana, porque Pablo me entrevistaría con motivo de la presentación de mi novela <em>Matalobos</em> en la ciudad de Málaga ese mismo día. Apuré un cigarrillo en la vereda, bajo el sol malicioso de junio, y toqué el timbre con el pulso alterado por la certeza de la proximidad de los micrófonos. Como tardaban en responder, volví a tocar. Entonces Pablo bajó corriendo las escaleras, me abrazó con afecto, como si me conociera desde siempre, y me soltó un argentinazo:</p>
<p><em> </em></p>
<blockquote><p><em>Boludo, estoy haciendo el programa, pasá, pasá.</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>En ese mismo instante me sentí parte, y mientras lo seguía escaleras arriba, apretando el paso para continuar la cita ineludible con sus oyentes, supe que estaba de nuevo en casa: radio hecha por seres humanos, con esfuerzo y sacrificio, para otros seres humanos que, más que la verdad, necesitan oír una voz amiga.</p>
<p>Esperé durante algunos minutos, mirando embelesado el trajín de la radio en vivo. Mauricio hablaba de deportes, hablaba de un torneo en el que en Independiente jugaba todavía la <em>Chancha Mazzoni</em>, y me transportó inmediatamente a esa época, a ese Buenos Aires, a esa sensación reconfortante de sentirse entre amigos. Entonces me tocó el turno. Me senté a una mesa oval, sin más lujos que cuatro micrófonos y cuatro pares de auriculares. Enfundé mis orejas y atendí a razones. Comenzaba la entrevista, y Pablo, mientras operaba el programa, los audios almacenados en una computadora, las entradas y salidas de aire, y a la vez me entrevistaba, me hizo sentir como nunca antes en radio: relajado, feliz, entre amigos. Hablamos de todo un poco, de esto y de lo de más allá, de mi novela y de los indignados, de las palabras y de sus significados, de lo bello y de lo bueno. Ni siquiera una sombra oscureció los mejores veintidós minutos de radio que hice en mi vida, y la calidez del ambiente me permitió recuperar instantáneamente el germen vivaz que aún habita mi pecho. Todo apareció de golpe: las noches oscuras de La Boca, las paredes desvencijadas del estudio, las voces radiadas de tres casi niños que buscaban su identidad jugando con aparatos serios, el misterio insondable de los radioescuchas por ahí, por internet, por el aire, por el mundo.</p>
<p>Entonces supe, sin necesidad de que nadie me lo dijese, dos cosas. La primera fue que, veinte años y quince mil kilómetros después, haga lo que haga y me dedique a lo que me dedique, la radio sigue siendo, por derecho y por amor, un poco mi casa. La segunda fue que, en este país repleto de inmigrados argentinos, de personas que nos necesitamos las unas a las otras para salir adelante, y de soledades criminales que, quienes escribimos, hablamos o inventamos cosas siempre queremos combatir, <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo Mazzolini</a> y su <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a></em> tienen y regalan, sin ninguna duda y sin pedir nada a cambio, lo que todos, de una u otra manera, siempre estamos buscando: una voz amiga.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Málaga, 12 de Junio de 2011</em></p>
<blockquote>
<p style="text-align: left;"><a href="http://aprendizdebrujo.net/?attachment_id=1050" target="_blank">Para escuchar el audio de la entrevista, pinchar aquí</a></p>
</blockquote>
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		<title>Mi bisabuela, novelera y novelada</title>
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		<pubDate>Fri, 20 May 2011 06:52:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Así, después de descartar – a mi pesar- las hipótesis más arriesgadas, como el desfile con elefantes, <em>ecuyeres, </em>tragasables y tramoyistas escupiendo llamaradas, los fuegos de artificio pintando mi nombre en letras rojas y violetas sobre un firmamento azul petróleo, y las manifestaciones pasionales de multitudes enloquecidas por la revelación profunda que algún día iba a escribir, me juraba a mí mismo, una y otra vez, que jamás sometería a las personas que me apreciasen lo suficiente como para asistir a mi presentación a un aburrimiento de tales proporciones.</p>
<p><span id="more-1029"></span>Es por eso que hoy he decidido saltarme la parte de las citas eruditas y las astutas referencias literarias, para simplemente celebrar la maravilla de haber llegado hasta aquí, de haber conseguido escribir <em>Matalobos</em>, publicarla y recibir sólo buenas cosas de quienes lo han leído. He decidido saltarme la parte en la que hablo de mi carrera de escritor, la parte en la que hablo de literatura universal, la parte en la que honro a los escritores que admiro, reconociendo sus influencias sobre mi libro, y la parte en la que hablo de <em>Matalobos</em>, que ustedes ya habrán leído o leerán, si se da la oportunidad. La parte que no puedo, ni quiero, ni sería justo saltarme, es la que habla de las razones de <em>Matalobos</em>, del enorme esfuerzo que supuso escribirlo, y de la porción de mérito que corresponde a otras personas, que no han pulsado directamente las teclas que dibujaron sus palabras, pero aún así han hecho posible que yo la escribiese, sufriendo conmigo, personaje a personaje, sílaba a sílaba, aguantándome mientras escribía, ayudándome con opiniones sinceras, o simplemente queriéndome mientras necesitaba tiempo y espacio para pensar solamente en María de las Angustias Matalobos.</p>
<p>Crecí en el contexto caótico de una familia de locos. Un puñado generoso de hermanos, tan en movimiento que aún hoy son difíciles de contar, aunque conozco perfectamente el número final: cinco, que a su vez tienen varios más, que tienen otros hermanos, totalizando nueve. Además, dos madres en activo a la vez, una comparsa inacabable de tíos y primos, y las historias rocambolescas que siempre circulan alrededor. Y como en toda familia de locos que se precie, en la mía no faltaban las historias, los rumores y los personajes pintorescos.</p>
<p>Por supuesto, yo veía todo este familión con la naturalidad cándida de los niños, sin preocuparme demasiado por las diferencias entre los parentescos sanguíneos y los que estaban hechos por el roce, por el cariño o por la simple costumbre: al final, en todos ellos subyace el amor. Entre toda esta maraña de personajes, no podía faltar el tío jovial al que todos admirábamos, la tía estricta que, durante los veranos en su casa nos hacía marcar el paso, la abuela que guisaba dulce, cantando y contando historias de abuela, con los lentes montados en la punta de la nariz, y la bisabuela casi centenaria, mujer profundamente religiosa, que se empeñaba en llamar <em>Florinda</em> a mi hermana Florencia, sabiendo perfectamente su nombre, pero negándose a pronunciarlo por considerarlo impropio de una dama, mientras la perseguía por la casa, instándola a cumplir su deber femenino de rezar varias veces al día. La misma anciana diminuta y encorvada que por las noches tórridas de las fiestas navideñas del cono sur, asaltaba la heladera, armada de una cucharita de café, para hundirla sin piedad en la mantequilla, en el dulce de leche, y en todo aquello que le gustase, sin importar el estado hepático, el orden normal entre lo dulce y lo salado, ni la mezcla estomacal resultante. La misma de la cual, mi padre, con su sentido del humor de siempre, nos relataba: <em>“La Bisa mató cuatro maridos. Por eso cuando viene en navidad yo la emborracho, a ver si alguna vez confiesa la verdad”.</em> La misma anciana que es origen y razón de mi novela. La misma que no confesó nunca, que se llevó a la tumba el secreto, junto a un puñado de rosarios y novenas rezados en voz baja, y diversos recuerdos familiares labrados en plata barata.</p>
<p>La ví cumplir noventa y cinco años, perfectamente lúcida, los ojos claros encharcados por unas cataratas sin solución, la espalda vencida por el peso de los años, la piel tan desgastada que parecía de ceniza apelmazada y papel encerado. La oí cantar sevillanas con la voz cascada por los años, durante más de una nochebuena, recuperando para nosotros su sangre andaluza, su vitalidad legendaria y su alegría de anciana, animándose incluso a levantar varios centímetros sus vestidos estampados de flores, enseñándonos las pantorrillas labradas de caminitos de arañas, que luego supe que se llamaban várices, y sus enaguas blancas, casi grises de tanto lavarlas con jabón <em>Federal</em> en el piletón del patio.</p>
<p>Los adultos disfrutaban, y los niños nos moríamos de aburrimiento, sin entender por qué razón debíamos guardar silencio mientras la vieja cantaba con lo que parecía su último aliento, apenas haciéndose oír sobre el estruendo caótico de los petardos navideños, el sonido sibilante que produce el calor húmedo en las noches de verano y los ladridos de los perros, aterrados por los estallidos, la pólvora y el olor a azufre que, en mi tierra, certifica durante la navidad la presencia casi palpable del diablo, susurrándonos al oído malas ideas para divertirnos.</p>
<p>Las navidades de mi infancia están todas pobladas de recuerdos parecidos. Calor, petardos, ladridos, noches diáfanas, alegría y l<em>a Bisa</em> de visita, molestándonos porque había que cederle una cama, persiguiéndonos para obligarnos a rezar letanías que, en el ateísmo profundo de la familia, desconocíamos por completo, golpeando la puerta del baño con la empuñadura de su bastón, horrorizada ante la sola idea de lo que podríamos estar haciendo, tanto tiempo encerrados en el baño. Por cierto, lo único que hacíamos por ese entonces era leer cómics y jugar interminables partidas de ajedrez, uno sentado en el váter, el otro en una sillita de <em>cámping</em>, y a intentar concentrarse entre los vapores de caca y los golpes feroces de <em>la Bisa</em> en la puerta del baño, invocando una decencia que, en nuestra niñez, no tenía razón de ser.</p>
<p>En 1993, con diecinueve años, me tocó llevar al hombro su ataúd, y enterrarla casi sin pena, casi como quien hace un trámite. Tengo un recuerdo vívido de sorpresa física ante el poco peso de la caja de madera, con una cruz de bronce en la tapa. No la lloré porque hasta el día de su muerte, no había hecho más que pellizcarme las mejillas y reprimirme, intentar evangelizarme y castigarme, a mí y a mis hermanos. No la lloré porque desconocía su pasado, su valentía de mujer sola, el poder andaluz de su sangre casi centenaria y los secretos que se llevó a la tumba. No la lloré porque a los diecinueve años la muerte es una idea incomprensible para la mayoría de nosotros.</p>
<p>Después pasaron algunos años, y cuando mi cabeza empezó a asentarse sobre mis hombros, me descubrí más de una vez pensando en ella con nostalgia y con cariño. Tarde, me dí cuenta de cuánto lamentaba no haber tenido con ella una oportunidad de adulto, una tarde entera para escucharla hablar, para que me contase de su Cádiz natal, de sus maridos muertos, de su alegría inquebrantable, y también de su soledad final. Tarde advertí que, si tan sólo hubiese vivido cinco o seis años más, habríamos podido encontrarnos, hablar, ser amigos, ser bisabuela y bisnieto.</p>
<p>Entonces comencé a pensar en ella, no como la ancianita encorvada que yo conocía, sino como la mujer imponente que todos en la familia decían que había sido. Lentamente, la mezcla de la frase ritual de mi padre: <em>“La Bisa mató cuatro maridos.”</em>, los testimonios de una fuerza de carácter indiscutible, y la falta de datos reales sobre ella, fueron fabricando en mi mente una mujer fabulosa, fuerte, una superviviente. Una mujer obligada a vivir su vida durante la primera mitad del siglo XX, cuando las mujeres aún estaban a medio camino entre el derecho al voto y el fregadero de la cocina. La imaginé egoísta, sensual, increíblemente atractiva, luchadora, indómita, con clase. La imaginé aventurera y más propensa a ser amada que a amar. La imaginé fuerte, enteramente andaluza, orgullosa de su origen y completamente dueña de sus silencios. Y lo que es más importante, imaginé cómo sería la vida de una mujer que, en esas condiciones, no estaba dispuesta a aceptar que nadie le dijese cómo debía vivir. Atrapada en su doble moral, y abriéndose paso en un mundo en el que, todavía, no había lugar para las mujeres como ella.</p>
<p>No me importa demasiado, a esta altura, qué parte de toda mi historia imaginada es verdad, ni qué parte es ficción. Me importa saber, íntimamente, que no hay mejor tributo a las tardes de té con galletas que no pudieron ser, a la sangre que me dio la posibilidad de vivir hoy en esta tierra, a sus raíces andaluzas y a la fantasía colectiva de mi familia, que esta novela que, aunque pueda de algún modo ensuciar su ya dudosa reputación, sin ninguna duda honra su apellido: <em>Matalobos</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>* Nota: este texto fué escrito para la presentación de la novela <em>Matalobos</em>, y fué leído por el autor durante la misma. <a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona" target="_blank">Los vídeos del evento pueden verse aquí.</a></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de Mayo de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El 38!</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Mar 2011 07:41:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Como decía, agarré y nací. Decidí nacer porque estaba aburrido de flotar en líquido amniótico – suponiendo que flotase y que ese líquido fuese realmente amniótico, palabra de la que me siento orgulloso de desconocer su origen y significado, aunque todos sabemos que es algo relativo a los embarazos y al líquido –, y pensaba que el mundo exterior ofrecería una alternativa mejor para un bebé dispuesto a comérselo. Al final resultó que nací <em>pa ná</em>, porque fui a dar a una cuna, rodeado de muñequitos y mirando el techo todo el día, para que de cuando en cuando apareciese algún adulto haciendo morisquetas y soltando palabras en tonos de voz melosos. Así que, aburrido del techo, agarré y crecí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y cuando crecí, me topé de frente con mis hermanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-976"></span>Mis hermanos, para quienes no lo sepan, son ésos con los que me peleé todo lo que pude y más, librando descarnadas guerras fraticidas por un botín tan exiguo como una lata de <em>bolitas</em>, un macaquito cualquiera o un par de patines. También son esos con los que lloré, hombro a hombro, la muerte de mis dos perras y de mis abuelos; esos con los que viajé una y otra vez en alíscafos destartalados, vomitando de a parejas, a vivir veranos inolvidables en las playas orientales – orientales del Uruguay, que a las orientales de oriente no las vimos ni en pintura –, y con los que disputé, centímetro cúbico a centímetro cúbico, una botella de <em>Coca-Cola</em> de litro (en vidrio, que la grosería del plástico todavía no estaba inventada), solamente algunos domingos especiales, cuando mis padres creían que sobraban dos vintenes y nos habíamos portado lo suficientemente bien como para permitir la entrada de la corrupción imperialista en nuestro santo – e intelectual de izquierda &#8211; hogar. Son esos enanos con los que compartí fantasías de papel pintado al descubrir los cómics, y los mismos con los que aprendí a pescar, a competir por cualquier cosa y a estar siempre disponible cuando el otro nos necesitaba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y crecí un poquito más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y otra vez, mis hermanos estaban ahí, cuando me hice adolescente y me compré un disfraz de <em>Che Guevara</em> y otro de <em>Tanguero Mini</em>, compuesto de tres sombreros en tonos gris, negro y marrón, y una buena media docena de chalecos de vestir. Cuando me esforzaba en tener voz de hombre y seguía teniendo voz de niño y no me salía barba. También estaban cuando me emborraché la primera vez y cuando me fumé los primeros porros, cuando tuve la primera novia, a la que, entre beso y beso, abandonaba para escaparme a ver <em>El Zorro</em>. También estaban ahí mis hermanos cuando reventó el <em>Challenger</em>, liquidando a una Solitaria Vaca Cubana, que vestida luego de pentagramas sería el emblema musical de mi adolescencia, durante la cual, por cierto, mis hermanos estaban ahí. Los que vivían en Argentina, todos los días. Los que vivían en Uruguay, como podían. Todos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces, agarré y volví a crecer.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y sorprendentemente – <em>anque</em> previsiblemente -, mis hermanos seguían ahí. Me estaba transformando en un hombre. Me gustaba el vino blanco y las fiestas ruidosas. Mis hermanos estaban ahí cuando tuve mi primer trabajo fuera de la empresa familiar. Me vieron abandonar las camisetas estampadas a manos de un traje serio y camisas planchadas los domingos por la tarde. Me vieron dejar la boina negra ladeada sobre un estante de la biblioteca, y atarme el pelo en una coleta formal. Me vieron comprar mi primer coche – un Ford Taunus color <em>Beige</em> (caca clarito, para ser sincero) del año 1983 -, y estaban ahí cuando yo empecé a creerme grande, para burlarse de mí con cariño, y quererme todavía con más cariño, a pesar de mí mismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y crecí otro poco más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me transformé en <em>Jefe de Departamento</em>, cosa que aún hoy, dieciocho años después, continúo sin saber qué significaba. Pero tenía un montón de responsabilidades, un montón de estrés y a pulso y regla me gané un montón de úlceras. Y sé que nadie sería capaz de adivinarlo, pero mis hermanos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces agarré y me cansé.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me cansé de las fiestas ruidosas y de las responsabilidades y de mí mismo. Me cansé de la Argentina que tanto amo y que tanto amaba. Me cansé de las cenas de los martes y del cine de los miércoles. Me cansé del fútbol de los domingos, de la <em>Plaza Dorrego</em>, de los empedrados de <em>Palermo</em>, que entonces no era ni <em>Hollywood </em>ni <em>Soho</em> ni nada que se le parezca, sino un barrio arbolado de calles empedradas, de las que también me cansé. Hice un concilio secreto con mis amigos del alma y les confesé mi cansancio, y entonces decidí dejar el Río de la Plata para entregarme a la seducción milenaria de la vieja Europa, y una vez más, mis hermanos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y me fui, mientras crecía otro poco, para los costados y para el hemisferio norte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Europa me recibió a tontas y a locas. Caminé Barcelona de arriba a abajo, vaciándome de lágrimas y de recuerdos que hoy, arrepentido, atesoro. Patrullé las noches del Raval, el <em>Passeig de Gràcia</em> y los trenes interminables decorados con <em>graffiti</em>. Conocí muchas personas, y aprendí a aferrarme a cualquier rastro de mi pasado sin entristecerme, a incorporarlas a mi vida y a dejarlas ir, también. Y por teléfono, por email, por señales de humo y mensajes cifrados en un cielo opuesto, mis hermanos estaban ahí, incansables, lejanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces agarré y me casé y tuve un hijo y después otro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los dos embarazos de mi mujer se quedaron en mi barriga. Las pieles tersas, los ojos enormes y asombrados y la respiración plácida de mis hijos se quedaron en mí, impregnados, mezclados con lo que había sido yo hasta entonces y con lo que jamás podría dejar de ser: su papá. Me mudé tres veces de ciudad, cambié de trabajos y estrujé a mis hijos a besos, aprovechando el poco tiempo que me queda antes de que empiecen a creer que soy un idiota, para volver a valorarme unos años después. Y mis hermanos, una vez más, estaban ahí, emborronándose, haciéndose difusos en la niebla de la distancia, pero intensos cada vez que nos veíamos. Estaban ahí, peleándose conmigo como cuando éramos niños, queriéndome con violencia, con espanto, con dulzura, con mar y aire de por medio, con hermandad de la buena.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces, de mis cinco hermanos, los dos que quedan en Argentina, agarraron y este verano vienen, familias al hombro, a visitarnos. Van a estar aquí. Vamos a recuperar el espíritu socarrón de las cenas de los martes. Vamos a querernos a gritos en medio del desorden y a alterar los horarios de las comidas y a decirnos las verdades que podamos, y perdonarnos las mentiras que no podamos. Vamos a gritar y a llorar y a reír, y por supuesto, a tocarnos las manos, a mirarnos a los ojos, a sabernos cerca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo importante es que hoy, porque me da la gana, agarro y cumplo treinta y ocho años, y sé que mi mujer va a estar ahí, mis hijos van a estar ahí, mis padres van a estar ahí, y mis hermanos, cómo no, van a estar ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y yo voy a estar acá, tranquilo, esperando para abrazarlos a todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Volvé que te perdono</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Mar 2011 09:19:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Como no podía ser de otra manera, al llegar al aeropuerto de Barcelona mi equipaje se había perdido, y lo sentí como una venganza, una reprimenda caprichosa de una vieja madre <em>ítalo-judía </em>herida, que en su dolor materno no atiende a razones: el resumen reducido a dos valijas de todo mi pasado había desaparecido. La Argentina no me permitía una huida digna, conservando todas mis piezas. Iba a costarme abandonarla sin más explicaciones que una decepción profunda, un sentimiento apático y la certeza oscura de que, tarde o temprano, la patria celeste y blanca golpea duro y sin piedad a quienes le son leales. Un día un <em>Rodrigazo</em>, otra vez un <em>Corralito</em>, y si hace falta, un <em>Efecto Tequila</em>; el país de Jorge Luis Borges, Diego Armando Maradona y Doña Tota es extremadamente creativo para ser cruel con quienes labran sus tierras, habitan sus rincones, sacrifican y devoran a sus vacas, fornican por todas partes y casi nunca duermen la siesta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-955"></span>Sin embargo, y a pesar de todo, yo me fui.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me fui <em>antes</em> del <em>Corralito, antes </em>de la crisis bestial y última, <em>antes </em>de la estampida brutal que desparramó argentinos por todo el primer mundo. Me fui abrumado por mis derrotas personales, porque no podía ya con el peso permanente en la nuca, ese que se desarrolla cuando nunca podés estar seguro del momento en el que va a llegarte el próximo golpe. Me fui escupiendo sobre mi hombro izquierdo en la puerta de salida, cansado de remar a contracorriente, desencantado del tango, el mate, el dulce de leche, el asado de los domingos, la cancha de boca, el colectivo veintinueve, los bocaditos <em>Holanda</em>, <em>Martín Karadagián</em> y la mar en coche.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me fui para no volver.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces, en diciembre de 2001 explotó todo. Los pedazos saltaron por todas partes. La sangre nos salpicó a todos. Y en medio de esa ola, mi padre, después de 30 años de trabajar como una mula de sol a sol, lo perdía todo por segunda vez, a manos de la ingratitud financiera de un país dominado por usureros y despedazado por buitres, en el que no era de ningún modo buena idea intentar ser un empresario honesto.</p>
<p>Mi padre llegó a Barcelona por esos días, y en marzo de 2002 alquilamos un bar. Lo llamamos <em>Volvé que te perdono</em>. Era un tugurio pequeñito en la Barceloneta, donde besé por primera vez a la mujer que hoy es la madre de mis hijos. Tenía seis mesas, dieciséis sillas y una barra de dudosa limpieza histórica. Barcelona estaba llena de argentinos pidiendo favores. Llena de argentinos expatriados, buscando un hogar y una oportunidad mejor. Algunas veces la conseguían, como por ejemplo Karina, una amiga mía que terminó siendo mi mano derecha en la empresa donde yo trabajaba, y otras veces, muchas otras, personas que en Argentina jamás hubiesen hecho un trabajo que no fuese en su profesión, terminaban amasando pizza en una trastienda sórdida, trabajando en negro y sin papeles, soñando con una amnistía o un matrimonio que arreglase las cosas.</p>
<p>También estaba Barcelona, por ese entonces, llena de amigos. Estaba mi amigo – mi hermano – Pepe, digitando arte en sus monitores de 21 pulgadas, Carolina, Mariana, Matilde Lila, Cecilia, Diego… y muchos, muchos más. Ezeiza escupía argentinos a mayor velocidad que la pereza con la que los aceptaba de vuelta. Y yo los recibía a todos en casa, cuando podía los ayudaba a llegar, cuando no podía los invitaba a comer, al menos. Tapeábamos <em>patatas bravas</em> criticando en voz alta a la madre patria, todos de acuerdo en que la ruptura era final y absoluta: <em>no se puede confiar en ese país</em>.</p>
<p>En algún momento dejaron de llegar, y poco más tarde, comenzaron a volver. Entonces se abrió una etapa de reconciliación. Uno a uno, los amigos que compartían exilio conmigo, fueron replegando las uñas, perdonando con disimulo a la madre voraz, terrible y a la vez amante y hospitalaria, cariñosa y peligrosa, que los recibió envuelta en un manto de lágrimas celeste y blanco, les curó las heridas con una pomada mágica y les permitió tener sueños otra vez.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Argentina se recuperaba, y el resto del mundo empeoraba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para entonces, <em>Volvé que te perdono</em> era solamente un buen recuerdo. Mi padre se había trasladado a Andalucía, encontrando un camino más auténtico y más parecido a su verdadera vocación de empresario de la tinta y el papel. Los sueños de cerveza fría y <em>chivitos uruguayos </em>eran de otro momento y otras personas.</p>
<p>Y yo seguí con mi vida, contemplando con tristeza, silencio y un poco de alegría como mis amigos volvían a sus vidas rioplatenses, cómo cada vez menos argentinos llenaban los bares barceloneses durante los mundiales, con la cara pintada y las camisetas que, años después, siguen llevando el nombre de Maradona en la espalda. Comencé a ver crecer a mis hijos, al mismo ritmo que la nostalgia auténtica de los empedrados de San Telmo se deshacía en jirones, bajo el mismo cielo celeste y blanco que, habiendo protegido la partida de tantos argentinos, les otorgaba su perdón para volver.</p>
<p>Tantas palabras de dolor, tanta rabia contra la tierra primaria, tanta sangre y tanta saliva malgastadas en alimentar sordamente las razones rencorosas de la partida, fueron desapareciendo, pegadas a la piel de los que volvían, enredadas en su pelo, mezcladas con los equipajes vueltos a hacer y deshacer, anudadas en los pañuelos que siempre enjugan las despedidas y los reencuentros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y un día cualquiera, despedí al anteúltimo de mis amigos que volvía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces supe con certeza que yo no volvería nunca. No por rencor, ni rabia, ni dolor, ni tristeza. Solamente porque vivo en la tierra de mis hijos, y eso es algo que debo respetar, que no puedo cambiar, y que es mucho más grande que yo mismo.</p>
<p>Pero esa verdad no impide que lleguen a mis oídos las palabras de esperanza, cuando ahora mismo, los últimos de mis amigos que vuelven, los padres de mi ahijada, están comenzando lentamente a empaquetar sus cosas para poner fin a más de diez años de aventura ibérica, y volver a plantar la bandera de su patria familiar en el barrio de La Boca.</p>
<p>Y como un sortilegio silencioso, hace un par de noches apareció a los pies de mi cama un espectro celeste y blanco. No era una figura terrorífica, sino más bien una abuela dulce llevando un gorro frigio. Me miró durante un rato, y sonrió, con más tristeza que amargura. Se acercó despacio. Pensé que iba a besarme en la frente, pero en cambio, me susurró al oído:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>- &#8220;Volvé, que te perdono.&#8221;</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y comprendí, inmediatamente, que entre la madre Argentina y yo no quedan rencores, ni heridas, ni rabia guardada. Solamente hay un espacio abierto donde lo único que podemos darnos es amor.</p>
<p>No voy a volver, pero es balsámico sentir, de manera plena y total, el alivio absoluto y la paz nueva que uno siente cuando perdona de verdad, con el corazón. <em>No vuelvo, pero yo también te perdono.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Mis palabras, mi silencio y viceversa</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Feb 2011 10:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><strong>I. El silencio</strong></p>
<p>El silencio perpetuo, obligado, encerrado, inerte, me habla de derrota, de batallas perdidas, de amores marchitos, de miedos presentes. Trae hasta mí, desapasionado, el perfil claro del edificio donde transcurrió parte de mi infancia. Un frente de minúsculas baldosas en tonos diferentes de azul y granates oscuros, mezclados con alguna ausencia esporádica disfrazada de hormigón. Y me cuenta, como casi cada día, el caos ilegible del aeropuerto el día que dejé mi casa, un ir y venir de personas desconocidas en traje de sombra. Revive en mi pecho una sensación de anestesia, una fuga hacia adelante de lágrimas que en silencio no saben caer.</p>
<p><span id="more-927"></span>Lo dejo seguir, lo escucho, atento, vigilante. Habla de cosas que no son, pero están. Habla del dolor que ya no duele. El dolor actual, el que todavía duele, vive del lado de las palabras. Los dolores viejos, cuando pierden vigencia, cuando ya no duelen, se suman de a poco a las filas del silencio, mirándome con ojos tristes, como los perros que te siguen durante una noche de lluvia, y con esa tristeza vitrificada suman derrota a mi silencio, aportan ternura, también, y un poco de esa tranquilidad inusual que tiene el final de un episodio vital, cuando ya no puede empeorar ni mejorar; cuando hay una parte de la vida que simplemente deja de ser, por mucho que sus restos sean voluminosos y aseguren la presencia eterna de esa falta.</p>
<p>Y lejos de ser nada más que tristeza, mi silencio atesora voces amigas, palabras dichas hace mucho tiempo, tanto que es casi al inicio; pero dichas con la verdad en los labios, con amor en los dientes. Y esas palabras, convocadas contra su voluntad al silencio perpetuo en el que transcurre la memoria, dibujan rostros, encarnan piel y pelo y uñas, manos y brazos que dan y reciben, hombros que, lejos de ser para llorar, son para apoyarse durante una borrachera feroz, para asegurar una mochila y salir a recorrer mundo, para apuntalar un equilibrio deficiente durante una noche de fiesta o para colgar el abrigo cuando todos los otros soportes se esfuman mágicamente.</p>
<p>Mi silencio guarda también, para tenerlo a mano cuando lo necesite, el olor espeso, tibio y dulce de la <em>cremosa de doña espumosa</em> que mi abuela cocinaba largamente sobre un fuego de gas metano, naranja, con llamitas que lamían para siempre los fogones ennegrecidos de su cocina polvorienta. Y en el mismo sitio, sus respuestas sabias, siempre a mano: <em>“Abuela, me duele la cabeza”. </em>Un silencio, un gesto comprensivo con las cejas y un dedo índice en alto: <em>“Señal de que la tienes, hijo mío. Si no la tuvieras, no te dolería.”</em></p>
<p>Mi silencio, con una chispa en la mirada, me permite observar, cada vez que quiero, como acompañaba, tablero de ajedrez y una sillita de <em>cámping</em> en mano, a mi hermano a hacer caca, y nuestras caras concentradas, ignorando a conciencia el tufo de los vapores fecales humanos, para intentar descifrar el movimiento esquivo de un peón enemigo. Tiene también cada uno de los abrazos de mis hijos, porque cada vez que me abrazan, aunque ya lo sé, un estremecimiento profundo me asalta por sorpresa, y su ternura me deshace por dentro, dejando sólo un calorcito invencible y una razón poderosa para hacer bueno el futuro.</p>
<p><strong>II. Las palabras</strong></p>
<p>Mis palabras, en cambio, son el presente rabioso, la guerra que no acaba, el hambre perpetuo que te obliga a seguir buscando, la furia incansable que no cede al silencio. Están todo el tiempo, gobernando mi corriente de pensamiento, llenándolo de juegos absurdos, de peces en movimiento, de siluetas armónicas y púas sibilantes. Mis palabras se encargan de poblar el momento, de pintar con cuidado las líneas de ida y vuelta, los contornos sinuosos de lo que va sucediendo. Saben relatar la risa de mis hijos y los recuerdos de mis padres.</p>
<p>Y sin proponérselo, constantemente me someten a la tiranía escrupulosa de intentar sostener con hechos lo que digo, de proponerme cumplir con lo que prometo, de trabajar para ser la persona que digo ser.</p>
<p>Mis palabras juegan juegos, también. Hablan de mis ganas de jugar, de la tenacidad con que trabajo para rescatar de mi memoria los hechos que me construyeron, mi pasado menos poético, menos ejemplar, menos heroico, menos memorable. Hay en mis palabras episodios rescatados del silencio. Hay sonidos con la misma voz, para hablar de pasión y para hablar de quedarse sentado en el sofá.</p>
<p>Pero mi boca, bastión principal desde el que las palabras dejan de pertenecerme, se llena de espuma fresca y chispas de chocolate cuando digo palabras que me gustan, como el nombre de mis hijos, como <em>tambor, labiodental, ortorrómbico o flambeado</em>, cuando pronuncio las claves que me delatan amando o disfrutando. Y se me llena de un regusto de pétalos lilas cada vez que pienso en Buenos Aires en primavera, dibujando con los labios un jacarandá en flor, y de un sabor de salitre cuando relato a mis hijos los veranos en mi Montevideo natal, de playas de arena interminable, peces al alcance de la mano y mis tíos tomando mate y cantando. Otro sabor, esta vez de sangre y miel, me desborda hasta los labios cada vez que hablo del silencio, cada vez que las palabras traen desde mi pecho a mis dientes el silencio que me habita.</p>
<p>Pero una vez más, y siempre, son las risas de mis hijos las que acuden al rescate, las que perforan mi silencio, dejando salir las palabras más bonitas que su coraza de latón encierra. Y entonces recupero mis palabras, las reparto, las regalo, las difundo, las arrojo por encima de los muros, las dejo en los bancos de las plazas, las suelto con disimulo en las góndolas del supermercado, las escondo entre las páginas de libros ajenos, para que puedan así asaltar a los lectores por sorpresa, las quemo sobre una torta para que mis hijos, al soplarlas, escuchen mi voz más auténtica celebrando sus cumpleaños, las lanzo por debajo de las puertas, sin saber quién está del otro lado, y aún así poniéndolas a sus pies.</p>
<p>Y cada vez lo sé con mayor certeza: soy mis palabras, y también mi silencio. Mi silencio conserva para mí el pasado, devolviéndomelo de a pedacitos cuando quiero relatarlo. Mis palabras avanzan sobre el futuro. Y yo, aunque parezca lo contrario, ni siquiera por un segundo me divido entre ambos.</p>
<p>Mis palabras no se oponen a mi silencio, y viceversa.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Desde donde estoy se ve</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Jan 2011 11:07:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En ese pedacito mundo que se ve desde donde estoy hay varias montañas. A veces, cuando hace frío, blanquean sus cimas pintadas de blanco nuclear, refractando los rayos del sol hasta mi ventana. Otras veces esconden sus dientes de roca y tierra entre los vapores oportunos de las brumas matutinas, y me gusta porque sé que la montaña está ahí, y no puedo verla. Es como mis amigos de toda la vida. Sé que están ahí, en las calles de Buenos Aires, en otras ciudades más al norte o más al sur, perdidos muchos de ellos en su exilio privado, y no puedo verlos. Tienen la solidez de la montaña y el misterio de la bruma, la mirada transparente del sol de invierno y las mismas raíces profundas, estables bajo el peso de miles de toneladas de cimientos, sólidas, eternas. Otras veces, cuando la noche llega sigilosa a instalarse en el techo, se transforman en una sombra oscura, una silueta recortada contra un fondo azul marino, que solamente se deja adivinar como la frontera secreta a partir de la cual las estrellas abandonan su parpadeo insomne para retirarse a dormir, al menos por un rato.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un planeta que estornuda su resfrío monumental, apenado, mientras sufre en silencio la soberbia de los seres humanos, que creen tontamente que están destruyéndolo, cuando lo único que están destruyendo son sus posibilidades de sobrevivir en él. Se ve un planeta que sabe que, cuando los humanos terminen de matarse, diez, veinte millones de años después, habrá otra forma de vida, como pasó siempre desde el principio de los tiempos. No es otra cosa que la soberbia lo que va a matarlos. No es otra cosa que soberbia lo que les impide ver.</p>
<p><span id="more-898"></span>Desde donde estoy se ven millones de personas diminutas, sin rostro y sin pelo, que todos los días van a trabajar, vuelven, cenan, se pelean, se perdonan, se odian y se abrazan. Después fornican y dicen a los demás que fornican más de lo que fornican en realidad. Beben cerveza y dicen a los demás que podrían beber más cerveza de la que en realidad pueden beber. Se aburren de sí mismos y dicen a los demás que saben estar solos. Son como sombras recortadas sobre papeles sucios. Aman a las personas que hay en su vida más de lo que están dispuestos a admitir, y no les dicen nada acerca de ese amor, porque prefieren el silencio al vértigo de no saberse correspondidos en exactamente igual medida, o más.</p>
<p>Desde donde estoy se ven ciudades arrasadas por la furia del mar, árboles caídos; soplados hasta la muerte por un viento terminal. Se ven niños descalzos con el barro a la cintura, intentando salvar una cesta de fruta semipodrida, un muñeco de peluche y dos aviones de papel de los destrozos de la inundación. Se ve que la policía y los bomberos no saben qué hacer. Se ve el avión de los ricos tirando en paracaídas la comida que les sobra, mientras desde sus casas confortables se lamentan así: <em>“¡Pobrecitos los pobres!”</em>.</p>
<p>Desde donde estoy se ve el aire cargado de palabras transmitidas exculpando a los culpables. Casi pueden oírse sin esfuerzo, sus letras negras mintiendo las razones turbias de los males, las excusas plausibles de las catástrofes y las frases salpicadas de anestesia de los analistas expertos en pavadas.</p>
<p>Desde donde estoy puedo ver, también, y sin ningún esfuerzo, los demonios pacíficos de mi infancia. El aliento de pasto tierno de mi perra en la cara y el silencio de la hora de la siesta frente a un cuaderno de deberes escolares sin hacer. Un gesto con la lengua, un soplido y un renuncio, justo cuando el grafito de mi lápiz comenzaba a arañar en el papel rayado una suma de líneas temblorosas. Puedo ver, de grande, el regreso previsible de esos demonios alados, que sobrevuelan las camitas de mis hijos sin asustarme, prometiendo con sus ojos rojos más infancia, más dolor de adolescencia, más tiempo y tiempo de fantasías.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un horizonte difuso y borroso, en el límite de un mar que no tiene del otro lado a mi tierra, pero es como si la tuviese, es como si cada una de las olas pudiese deshacer en sus espumarajos un trocito de mi costa infinita, un recuerdo de ballenas y pingüinos, una promesa de mi Uruguay natal, una fiesta de sol y playa con mis hermanos, las pieles de niños oscurecidas por el sol, los sueños intactos, el tiempo aún como una medida infinita de lo que no va a llegar nunca.</p>
<p>Desde donde estoy se ve claramente el miedo. No es el mío. No es el tuyo. Es el miedo de todos y el de nadie. Es el miedo con el que estamos aprendiendo a vivir, al que nos vamos acostumbrando sin protestar. Es un cuerpo espeso y dos alas nervadas, enormes, un paraguas siniestro que tejemos sobre nuestras cabezas con paciencia y cautela, como la mortaja interminable de <em>Amaranta Buendía</em>, una labor primorosa y siniestra, una bolsa de gatos infame donde se mezclan las emisiones de <em>Gran Hermano</em> con media docena de guerras remotas, un brote epidémico de enfermedades mortales y las aberraciones modernas de una ciencia sin mas ética que la financiación renovable año a año.</p>
<p>Desde donde estoy se ven, perfectamente y sin interferencias, las huellas indelebles que me trajeron hasta aquí, mis marcas lloradas a fuego lento sobre aviones y trenes, la decisión lenta de abandonar mi casa, los abrazos de despedida y los pares de labios marcando un adiós temporal que se haría permanente. Se ve el rastro de ese camino, la nostalgia derrochada semana a semana de mi barrio, la falta aguda y diaria de tres medialunas de grasa, el reguero de gotitas de sangre de ternera sobre una parrilla de asado con amigos, la letra y música de <em>Patricio Rey</em>, contando en frases criptográficas el dolor de la partida, y una década después, en las mejillas de mis hijos, se ve el resumen lisito e impoluto de todo lo bueno que me pasó desde la última vez que viví en América.</p>
<p>Desde donde estoy, desde mi ventana, se ve perfectamente el parque de enfrente, una canchita de fútbol, la biblioteca y la plaza en la que vamos a andar en bicicleta. Se ve perfectamente todo lo que rodea mi casa. Se ve que hoy, ahora, ésta es mi casa. Me gusta mi ventana. Me gusta mirar por ella, aunque siempre, a mi espalda, aguarde una pared.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>En mi casa no te morís, carajo</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Jan 2011 19:01:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En mi casa siempre hubo muchos animales, pero hubo uno, con permiso de mis dos perras, reinas absolutas del zoofondo de casa, que fue especial para mí y para mis hermanos. Fue <em>Dailan Kifki</em>, con su dueña atolondrada que paseaba su malvón (y recuerdo con mucha ternura que el libro comience precisamente cuando ella sale a pasear su malvón. De niño me parecía lo más normal del mundo, porque no tenía ni idea de lo que era un malvón), y el bombero que siempre hablaba en rima, y el hermano Roberto, que siempre decía: <em>“Estamos fritos!”</em>, y la sopita de avena, y el club de remontadores de barriletes, y la tía Clodomira, y tanta magia en tan pocas páginas…</p>
<p><em>Dailan Kifki</em> aterciopeló las noches de mi primera infancia, con la voz suave de mi madre leyéndolo en voz alta, debajo de un cuadro que teníamos en el que podía verse un hipopótamo enorme, lleno de corazones, con un cartel que decía “<em>Te quiero tanto que duele</em>”. Teníamos el clásico ejemplar de tapas amarillas, destrozado de leerlo y releerlo, de intercambiarlo con <em>Chaucha y Palito</em>, con <em>El Reino del Revés</em>, y esos dibujos de niños siempre con cuatro pelos en la cabeza.</p>
<p><em><span id="more-891"></span>El twist del Mono Liso</em>, <em>El Brujito de Gulubú</em> y tantas otras constituyen la banda sonora de mi escuela primaria, los primeros recuerdos. Siempre estuviste ahí, con tu música, con tu alegría, con el corazón herido de tu <em>Pájara Pinta</em>, los temblores de miedo de la <em>Reina Batata</em> y un mundo repleto de riqueza que, hoy, treinta años después, sé que es parte de lo que soy, que me constituyó como persona, que me aportó algunos de los valores que trato de enseñar a mis hijos.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Justo cuando hace poco más de un año, leímos en voz alta, con mis hijos, <em>Dailan Kifki</em>, y pude palpar sus fantasías de papel, sus caritas de ilusión, la ternura sabia que drenaban sus páginas. Por primera vez pude imaginar parte de lo que debían sentir mis padres al leerlo para nosotros. Pude compartir con ellos, en silencio, con un secreto pactado también contigo, la maravilla de ilusionar a los niños, de relatarles fantasía, de enseñarles a querer casi sin querer, de costadito. Entendí, ya grande, de qué está hecha toda esa ternura.</p>
<p>Y sí, te tuviste que morir, carajo.</p>
<p>No te conocí personalmente. No pude decirte que tuve que ser padre para entender lo importante que fuiste para mí. Dejame darme ese lujo ahora, sin ser pretencioso. Porque sin saberlo, pero queriendo, con tus canciones me regalaste parte de lo que ahora doy a mis hijos. Justo este fin de año pasamos las vacaciones de navidad escuchando una y otra vez tus canciones. Mi hijo Daniel, de cuatro años, canta <em>El twist del Mono Liso</em> a todas horas, llenándome de orgullo y de ternura.</p>
<p>Y fue ahora, justo ahora, que entendí la subversión callada de tus letras, el llamado pacífico a la rebeldía, el poder infinito de tu ternura. Fue ahora que pude comprender que, si puedo llamarme buen padre, parte del mérito es tuyo.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Tu partida me encontró solo en Madrid, en una habitación de hotel, con treinta y siete años y en viaje de trabajo. Me arrancó lágrimas de verdad, un picor en la nariz (que por suerte no se me cayó dentro de la taza) y en los ojos, profundo, cavernoso. Me sentí muy solo, y con una tremenda necesidad de abrazar a mis hijos, de decirles lo afortunados que son por el simple hecho de que una vez, su papá, cuando era niño, escuchó tus canciones, leyó tus libros y te hizo parte de su vida. Sentí necesidad de apretujarlos, de bajarles la luna en camisón, de bañarlos en un charquito con jabón, de regalarles tu perro pequinés que se cae para arriba y no puede bajar después. Quise invocar el tesón de Manuelita para ir, un poquito caminando y otro poquitito a pié, hasta Barcelona, solamente para besarlos, para decirles que es en la corte del rey donde siempre se oculta la naranja paseandera que a todos nos roban cuando dejamos de ser niños. Quise ir en tranvía a Tucumán, para regocijarme una última vez en tu gato y chacarera, y a la vuelta pasar por la quebrada de Humahuaca, donde la Vaca continúa rumiando sola la lección, y volver aquí, manejando un <em>cuatrimotor</em>.</p>
<p>Y te moriste nomás, carajo.</p>
<p>Entonces recordé que soy un hombre, que los hombres no lloramos, y que sabemos que la muerte es parte de la vida. Intenté dejarte ir, y otra vez la distancia de mi tierra y la nostalgia de tu voz rompieron mis lágrimas.</p>
<p>Y entonces decidí que en mi casa no te morís, carajo.</p>
<p>Porque cada una de las millones de lágrimas de todos los que fuimos niños y supimos de tu grandeza, de tu ternura y de tu magia nos obligan a mantenerte viva para nuestros hijos. Ahora y siempre, María Elena.</p>
<p>En mi casa no te morís. No te doy permiso.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Tenía (léase con tango de fondo)</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Jan 2011 10:42:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Tenía la propiedad indiscutible de mis silencios, uno tras otro, encadenados, fabricados sin esfuerzo, por mí y para mí, cada vez que necesitaba pensar, dolerme, regocijarme o simplemente escuchar los secretos susurrados del viento. Ahora se los alquilo a mis hijos, con trabajo, pagando una altísima tasa de puertas cerradas y reprimendas con el dedo índice en alto, para convocar un silencio artificial que, pobrecitos, no saben ni quieren ni pueden mantener.</p>
<p>Tenía una cintura menos redonda, de peor diámetro de la que tengo ahora, y más fuerza en las piernas y en los brazos. Tenía los bíceps femorales y los abductores a tono de tanto bailar, moldeados por el tango que solía dibujar con pasos seguros en las noches de los miércoles en <em>La Viruta</em>, y por las sacudidas coordinadas a ritmo de músicas diversas. Tenía ganas de fiesta. Ahora la música está desde otro lado. Mis ganas de fiesta se transformaron en ganas de encuentro. Más tranquilo todo.</p>
<p><span id="more-881"></span>Tenía seis tazones de cerámica avejentados, estampados con publicidades de sopa de los años sesenta. Eran cálidos, ásperos al tacto, y del tamaño justo para una sopa invernal de esas que calientan la nariz. Me gustaba sostenerlos con las dos manos, y poner la nariz cerquita, para que la columna de vapor de caldo me reconfortase de los resfriados con un rescoldo de verduras ligeramente saladas. Me gustaba sentir en el pecho el calor, casi al límite del dolor, que proporciona a lo largo del esófago una sopa bien caliente.</p>
<p>Tenía tres estantes con ciento diez discos compactos, en orden casi demente por el apellido de su autor. Me molestaba que los cambiasen de lugar. Me volvía loco si alguien guardaba un disco en la caja de otro. Llegaba a casa de trabajar, muchas veces pasadas las once de la noche, y me servía un centímetro de <em>whisky</em> con cola, mientras escuchaba música durante quince o veinte minutos, al amparo gélido del humo azulado por la iluminación dicroica de un cigarro póstumo, antes de irme a dormir el sueño pesado de los solteros.</p>
<p>Tenía un <em>Fiat Spazio</em> blanco, al que, todas las mañanas, echaba agua del grifo en la batería, porque de lo contrario no arrancaba. Sus cuatro ruedas podridas fueron testigos giratorios de viajes, de encuentros, de amores y de despedidas.</p>
<p>Tenía una máquina de escribir eléctrica de impacto, roja, hábilmente sustraída a mi padre, en la que solía empezar a escribir grandes novelas. Sospecho que a veces – solamente a veces – escribía simplemente por el placer del tacto de las teclas plásticas en las yemas de mis dedos, por el sonido dopante del tac tac tac contra el tambor, por la magia renovada una y otra vez del cartoncito de <em>liquid paper</em><sup class='footnote'><a href='#fn-881-1' id='fnref-881-1'>1</a></sup> sólido que utilizaba para repasar las letras erradas, que desaparecían sin más misterio que una herida color hueso sobre el papel.</p>
<p>Tenía una perra negra, toda dulzura, hocico húmedo y cola agitada, que murió con ojos tristes, y tuvo el entierro que se merecía.</p>
<p>Tenía un disfraz de <em>Che Guevara</em>, compuesto de chaqueta militar, pantalones de fajina y boina negra de medio lado, cuidadosamente complementado con hebras de tabaco rubio para armar, humedecido con una rodaja de papa cruda, borceguíes negros visiblemente perjudicados y un morral en bandolera.</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-885" title="Ilustración de Ricardo Carpani" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/carpani3.jpeg" alt="Ilustración de Ricardo Carpani" width="200" height="295" />Tenía también cuatro <em>chambergos</em><sup class='footnote'><a href='#fn-881-2' id='fnref-881-2'>2</a></sup> de ala baja, en gris, negro, marrón y gris de nuevo, con sus cintas de raso y una estudiada colección de gestos oculares para insinuar bajo la frontera cercana que marcaba el ala, donde el humo del cigarro permanente colgando de los labios encontraba un techo fugaz antes de perderse en los cielos de todo un año bonaerense, incluyendo veranos tórridos con el cuero cabelludo transpirado e inviernos duros habitados por lluvias de gotas gordas.</p>
<p>Tenía una colección de ceniceros robados, cada uno de ellos con una historia que contar, cada uno con las cicatrices de cientos, si no miles de colillas aplastadas en sus cuerpos de vidrio, cerámica o madera. Y uno de todos preferido: el que había sido de mi abuelo.</p>
<p>Tenía una máquina de hacer sánguches calientes, en la que los preparaba para todos mis amigos los domingos por la tarde, para espantar la resaca de alcohol y fiesta mientras esperábamos que el once inicial de Boca asomase por el túnel del vestuario. Me gustaba prepararlos con jamón, queso fundido y un huevo frito dentro.</p>
<p>Tenía – y afortunadamente conservo – una veintena de cuadernos llenos de letras apretadas, inclinadas, a veces ilegibles, que narran ilusiones y tristezas, penurias, adioses, encuentros y amores. Los más antiguos son los típicos espiralados de estudiante, tapa blanda. Los diez o doce últimos son todos marca <em>Meridiano</em>, todos iguales, y se pueden guardar en una estantería. La mayoría de las páginas están escritas en tinta negra. El resto en tinta violeta.</p>
<p>Tenía un <em>walkman</em> plateado, enorme, al que las pilas le duraban lo justo para escuchar cinco <em>casettes</em>, pero era <em>Sony</em>.</p>
<p>Tenía una bicicleta azul, un par de <em>walkie talkies</em> con código morse, un cubo de <em>miki moco</em> y el álbum de figuritas de <em>Titanes en el Ring</em>, completo. Tenía una lata de <em>Nesquik</em> de medio llena de bolitas, un <em>yo-yo bronko</em> y la pelota <em>armariola</em>.</p>
<p>Tenía un caballito blanco, de plástico, del tamaño de un encendedor, hábilmente montado por un zorro estático e inmóvil, repleto de rebarbas que se confundían con su espada envainada, alterado por un viento petrificado permanente, ordenada al origen de mis fantasías.</p>
<p>Tenía un amigo invisible, al que relataba mis penas de niño mientras acariciaba a mi otra perra, la que era blanca con manchas marrones.</p>
<p>Tenía pañales de tela, y un andar torpe e inseguro.</p>
<p>Y tengo aún, aquí y ahora, vivos los olores, los sabores, el tacto, la emoción de cada una de esas cosas, y más. Tengo la nostalgia a flor de piel, como me pasa en cada comienzo de año, y ganas de abrazar a muchas personas que están lejos. Tengo, por suerte, una historia que atesorar, una mujer que abrazar y dos hijos que me curan la nostalgia a golpe de besos y de abrazos.</p>
<p>Y tengo un par de ideas para nuevos <em>posts</em>, pero ya los escribiré otro día.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-881-1'>En España <em>Tipex</em> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-881-1'>&#8617;</a></span></li>
<li id='fn-881-2'>Sombrero típico de tango <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-881-2'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<pubDate>Sat, 01 Jan 2011 10:44:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Difícilmente seré capaz de pensar una manera más apropiada de empezar el año que escribiendo. Y una vez más, que no se me malentienda. Probablemente depurar lentamente la resaca hepática, vegetando en el sofá junto a mi mujer e hijos, sería una decisión más entrañable, más inteligente, más acertada, sin lugar a dudas más correcta, &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/01/01/once-puntos/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Sin lugar a dudas, un cambio de década como el que acabamos de vivir no es más que una fantasía colectiva, una ilusión convencional, una frontera vacía que, entre todos, fijamos mediante un acuerdo tácito y multitudinario en un punto temporal aleatorio, tan indistinguible de los otros por su intrascendencia real como cualquier otro, pero que por un azar caprichoso ha resultado elegido entre todos los demás momentos para ser especial. El año nuevo es como un ganador de la lotería, como un hombre común al que la suerte transforma en inolvidable por alguna razón sin sentido aparente. Una medianoche de todos los días que de pronto se transforma en única.</p>
<p>Y sin embargo, es imposible no dotarlo de significado. Aprovechamos para purgarnos levemente, para sacudirnos la crisis de la piel, para renovar los acuerdos diminutos sobre los que formalizamos nuestras familias y nuestros amores, para refrendar las amistades, a golpe de vista y tacto, para fijarnos nuevamente objetivos que incumplir, para identificar las pérdidas del último giro, e incorporarlas sin ceremonias al estado de cuentas vigente.</p>
<p><span id="more-866"></span>Por eso digo que no hay mejor manera de empezar que escribiendo. Para mí, el año que entra será un año de escribir, de ponerle puntos y rayas a otro montón de palabras, de continuar fabricando, letra a letra, con las yemas de mis dedos, palabras para regalar.</p>
<p><strong>Uno</strong></p>
<p>Mi familia, sin lugar a dudas.</p>
<p>Otro año repleto del amor de mi mujer y mis hijos no es un año que se va, sino una montaña de horas capitalizadas, una colección irrepetible de roces piel a piel, de besos de verdad, de ojitos con ilusión, de risas hechas de <em>pop-rocks</em><sup class='footnote'><a href='#fn-866-1' id='fnref-866-1'>1</a></sup> y cosquillas en la panza.</p>
<p><strong>Dos</strong></p>
<p>Privilegio.</p>
<p>La conciencia brutal de una crisis que se nos escurre entre los dedos, y a pesar de eso tener la suerte de trabajar, de que no nos falte nada, de disponer aún de tiempo para cosas diferentes que pensar en la supervivencia.</p>
<p><strong>Tres</strong></p>
<p>Publicar.</p>
<p>El año en el que publiqué <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/" target="_blank">mis primeros dos libros</a>. Los méritos son, cuando menos, sospechosos, al ser yo y nadie más que yo quien decide qué se publica y qué no. En una época el valor de los editores era precisamente ese, decidir qué era bueno y qué no lo era. Hoy tiene más que ver con ser capaz de decidir qué venderá y qué no, y financiar la operación de distribución y promoción. Y sin embargo, ustedes, los lectores, me acompañaron de cerca, compraron los libros más de lo que pensé que iban a hacerlo. Firmé más libros de los que había soñado al decidir publicarlos. Solamente puedo decir gracias.</p>
<p><strong>Cuatro</strong></p>
<p>La amistad.</p>
<p>Una vez más, a pesar de las distancias, del dinero, de las responsabilidades y de la puta mala suerte que nos llevó a vivir cada uno en un rincón diferente del orbe, <a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">mis amigos del alma y yo fuimos capaces de fabricar un encuentro</a>, de regalarnos cinco días de intimidad para compartir, de inventar un encuentro, un abrazo a tres bandas, un vaso de licor bajo un cielo tropical.</p>
<p><strong>Cinco</strong></p>
<p>Ustedes.</p>
<p><em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> no paró de crecer. Mes a mes, pude ver cómo yo escribía menos y tenía más visitas, cómo mis palabras calaban, llegaban a algunas personas, se compartían, se enviaban por mail, y me devolvían risas, lágrimas y palabras de aliento.</p>
<p><strong>Seis</strong></p>
<p>Matalobos.</p>
<p>Indiscutiblemente, la experiencia de la publicación de <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em> por entregas, y su <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">posterior publicación</a>, fueron artífices de una de las grandes cosas buenas del 2010. Pude sentir un proyecto crecer y culminar. Pude cerrarlo bien, como quise, entero y mío. Pude regalarlo un poco y venderlo otro poco. Impagable.</p>
<p><strong>Siete</strong></p>
<p><em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>.</p>
<p>Me sentí este año más cómodo que nunca escribiendo artículos. De algunos me llegó de vuelta mucho más de lo que esperaba. De otros esperaba más, y volvió menos, pero lo importante es que me sentí bien diciendo lo que creo que tengo que decir, aportando lo que creo que puedo aportar. Lo importante es que disfruté de escribir, que nunca llegó a ser una obligación, que me emocioné, me divertí, hice catarsis de muchas cosas, y descubrí muchas personas. No puedo dejar de mencionar el que, para mí, es el <em>pódium</em> de artículos del año:</p>
<ul>
<li><em><img class="size-medium wp-image-710 alignright" title="David de Miguel Angel 2" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/David-de-Miguel-Angel-2-284x300.jpg" alt="" width="284" height="300" /><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Sobre el confuso oficio de ser Hombre</a></em>: Fue un artículo que trabajé mucho, que pensé mucho y que disfruté mucho al escribir. Fue el artículo más compartido de la historia del blog.</li>
<li><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/07/04/charlas-de-hombre-a-hombre-iii-gracias-por-el-futbol/" target="_blank">Charlas de Hombre a Hombre III: Gracias por el fútbol</a></em>: Este artículo narra la que, para mí, fue una de las experiencias más intensas del año. La derrota de la selección Argentina en cuartos del final del Mundial de Sudáfrica, en compañía de mi hijo Pablo.</li>
<li><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/06/19/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre/" target="_blank">Porque lo digo yo, que soy tu padre</a></em>: Usualmente escribo una carta a cada uno de mis hijos por su cumpleaños. Este año, la que escribí al mayor me conmovió especialmente, y lo sigue haciendo cada vez que la releo.</li>
</ul>
<p><strong>Ocho</strong></p>
<p>Nostalgia.</p>
<p>A medida que pasan los años desde que me fui de Argentina (y van diez), me invaden dos certezas. La primera es que hace tiempo que sé que ya es demasiado tarde para volver. Esta es la tierra de mis hijos. La segunda es la nostalgia profunda de una tierra y una gente que me hizo la persona que soy, para lo bueno y para lo malo, y un deseo casi doloroso en el pecho de volver a pisar el suelo que me vio crecer.</p>
<p><strong>Nueve</strong></p>
<p>Docencia.</p>
<p>Por fin, este año pude hacer realidad mi sueño de ponerme de pie frente a una clase. Fue una experiencia única, gratificante y aleccionadora, que se repetirá en 2011, y espero que durante muchos años más. Es una de las cosas que elijo para mi vida.</p>
<p><strong>Diez</strong></p>
<p>Por supuesto, literatura.</p>
<p>Este año, como siempre, además de intentar producir, también he consumido literatura. De la buena y de la mala. Lo importante es absorber historias, disfrutar del lenguaje ajeno, aprender y descubrir. Me quedo quizás con tres autores este año. Como <em>Rookie</em>, <em>David Monteagudo</em> y su maravilloso <em>FIN</em>, como injusticia reparada, <em>José Saramago</em>, a quien después de negarme con necedad a leer durante muchos años, disfruté enormemente y pienso seguir haciéndolo. Y por último, como revelación anunciada, <em>Roberto Bolaño</em>. Es todo lo que prometía y más.</p>
<p><strong>Once</strong></p>
<p>Futuro.</p>
<p>A salvo de cualquier suspicacia y fuera de toda sombra de duda. Lo mejor, siempre, es lo que vendrá. Trescientos sesenta y cinco días para amar, para escribir, para leer, para trabajar y para inventar, poco a poco, una vida mejor.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Gracias por este año, y que el siguiente nos encuentre aún compartiendo.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 1 de enero de 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="size-full wp-image-563 alignright" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-866-1'>Peta-zetas, en España <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-866-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Matalobos: Un nuevo recorrido</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Dec 2010 20:06:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Pero como todo en esta vida, esa etapa necesitaba un cierre, y para mí, el mejor cierre posible era la publicación de <em>Matalobos</em> en formato libro. Por supuesto es una autopublicación, lo que significa que no hay editorial de por medio, pero no por eso me siento menos orgulloso de ella.</p>
<p>El camino que se abre es ese en el que lo que hemos escrito ya no nos pertenece: <em>Matalobos</em> pertenece a quienes la leyeron y a quienes la van a leer, y esa propiedad es indiscutible. Por esa razón, <a href="http://www.matalobos.net">la novela permanecerá disponible, de forma gratuita, para su lectura en el blog</a>. Ahora bien, también es importante y gratificante, para quienes escribimos, recibir una compensación económica, por pequeña que sea. No es por el dinero, sino porque esa compensación certifica que a alguien le ha gustado lo suficiente como para pagar por ella. Los invito a comprar <em>Matalobos</em> como un acto de soporte a los escritores independientes en general, y a mí en particular.</p>
<p>Independientemente del volumen de ventas que tenga, aprovecho la ocasión para agradecer, una vez más, a todos los lectores de <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>, y para renovar mi compromiso con cada uno de ustedes. Mientras tenga fuerza seguiré escribiendo, y seguiré luchando porque la escritura pueda transformarse, alguna vez, en un medio de vida digno para mí, que me permita dedicarme pura y exclusivamente a repartir mis palabras entre quienes quieran leerlas.</p>
<p>Quienes quieran comprar <em>Matalobos</em>, solamente tienen que pinchar <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_self">aquí</a> y seguir las instrucciones en pantalla.</p>
<p>Muchas gracias a todos, una vez más.</p>
<p style="text-align: right;"><em><br />
</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 2 de diciembre de 2010</em></p>
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>La Navidad de los Ateos</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Nov 2010 10:11:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Es que, al final, de qué sirve ser Rey si no se pueden tomar medidas autoritarias, absolutistas y caprichosas. Amén de que me declare abiertamente republicano, creo que ser Rey de adorno como Juan Carlos I no sirve de mucho. Demasiados compromisos que cumplir y pocos beneficios (si quitamos la ingente cantidad de dinero público para sufragar la pantomima). Si yo fuera Rey, me gustaría ser Rey de los de verdad. Nombrar Senador a mi caballo, como Calígula, o alterar el calendario a mi gusto para que sea mi cumpleaños una vez por semana, mientras vasallos reverentes me sonríen y me dicen que qué buena idea, Majestad, que al pueblo le va a encantar. Para gobernar ya tendría esbirros serviles que se ocuparían de las nimiedades, como mantener a la población civil conforme con el expolio tributario, educarlos y sanarlos y demás tonterías que hacen falta para que un país, medianamente, funcione.</p>
<p><span id="more-788"></span>Pero sin lugar a dudas, mi primera víctima mortal sería la Navidad. Organizaría una quemazón nerónica de pinos de plástico en la plaza pública, mandaría pasar por el garrote vil a todos los que ponen lucecitas en los balcones y penalizaría con cuarenta latigazos la imagen de Papá Noel.</p>
<p>En algún <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/08/te-matare-bellota/" target="_blank">post antiguo</a> he hablado de la confusión que suponía, de niños, para mis hermanos y para mí, crecer en el seno de una familia declaradamente atea, pero que no se saltaba una sola de las celebraciones rituales de la sociedad occidental y cristiana. El mensaje era contradictorio: <em>Dios no existe, pero vamos a festejar el cumpleaños de su hijo</em>. En cualquier caso, a los niños nos importaban más los regalos y la magia enlatada de la noche navideña que los fundamentos teológicos del ágape, así que tirábamos adelante con el paripé sin demasadias preguntas.</p>
<p>Sin embargo, cuando ya se descubrió el pastel (no cuando supe que Papá Noel son los padres, sino cuando mis padres supieron que yo lo sabía), empecé a vivir las fiestas navideñas con vergüenza ideológica y moral. Empecé a sentirme hipócrita por llenar la mesa en exceso, por desenvolver regalos en un ritual obsceno, frente a medio mundo que no puede celebrar otra cosa que la pobreza, y que, paradójicamente, suele ser mucho más devoto y mucho más sincero en el ejercicio de su fe.</p>
<p>Entonces hice un esfuerzo de autoconvencimiento: decidí que las fiestas no eran más que una excusa crónica para juntarnos, para querernos, para regalarnos, para comer cosas ricas y compartir unas cuantas horas en familia, permitiéndonos una sensibilidad que durante el resto del año se guarda en una caja de madera sin barnizar. Protestando torcido, ladrando bajito y refunfuñando fuerte, asistí todos los años a la cena, compré regalitos y los envolví, los puse debajo del árbol y, a pesar mío, sentí ilusión cada vez que ví a alguien a quien quiero rasgar papel de regalo.</p>
<p>También descubrí que la misma argumentación servía para montar fiestas babilónicas, emborracharnos hasta la frontera final y amanecer en brazos desconocidos, tersos y tibios, con una resaca potente y una nueva batalla que contar a los amigos.</p>
<p>Después me tocó emigrar. Llegar a españa con ventiséis años y una soledad nueva, desconocida e inesperada. Entonces, las fiestas comenzaron a ser un suplicio involuntario. Juntarnos entre varios expatriados y ensayar una alegría forzada, levantar los vasos, brindar por el nuevo año a las cuatro de la mañana y una molestia en el pecho, durante toda la noche, que te recuerda que no deberías estar ahí, sino con tus amigos de siempre, con la familia, arropado, en tu lugar verdadero, el que te vió transformarte en un adulto. Acercarme a la ventana y reconocer fuera un frío tan intenso que casi puede verse, mientras añoraba las fiestas de <em>FM La Tribu</em>, con treinta y siete grados centígrados, y mis amigos más queridos mezclados en una multitud alcoholizada y empática, mala y conocida, o las bacanales ingentes de la <em>Placita Serrano</em>, y su final previsible a botellazos limpios, las veredas patinosas de vómitos múltiples y vino barato, antes de que febo regrese para recordarnos que la vida real se trata de otra cosa. Y después, los infaltables patrullajes por la avenida Santa Fé, buscando algún bar abierto para invocar un café con leche con medialunas de grasa, que nos devolviese salud al cuerpo maltratado, antes de irnos al refugio a yacer en pecado mortal con la compañía de turno.</p>
<p>Pero, como todo en esta vida, la angustia brutal también fue, con los años, disipándose en una nostalgia suave y dulce, y los pasitos descalzos de mis hijos llegaron al rescate, entibiaron de ternura las mañanas heladas del diciembre europeo, y convocaron lentamente a mi vida la ilusión infantil, la emoción profunda de la sorpresa, la explosión instantánea de alegría genuina, de la que solamente son capaces los niños.</p>
<p>Y entonces, sin comerla ni beberla, y siendo más ateo que nunca, y además plenamente consciente de la orquestación política y social de una Operación Consumo Navideño que cada año es más grande, muerto de asco por la eurohipocresía, que pregona a los cuatro vientos solidaridad y preocupación por la pobreza y, con la otra mano, despilfarra millones en lucecitas de colores, me encuentro, nuevamente, esperando la navidad con ilusión.</p>
<p>Ni el niño Dios, ni la generosidad de espíritu, ni la fiesta pantagruélica de ingesta desmesurada, ni las llamadas telefónicas de los seres queridos. Nada de eso me hacía realmente disfrutar de la navidad. Pero las caritas encedidas de mis niños, su dulzura profunda cuando hojean, con la mirada iluminada por un resplandor fantástico, catálogos y más catálogos de juguetes para elegir los que pedirán en su carta a los Reyes, su profunda ignorancia acerca de ser los sujetos objetivo de la mayor campaña de márketing de los últimos dos mil años, la intensidad con la que son capaces de desear algo, la ingenuidad con la que nos miran, a mí y a su madre, mientras especulan sobre lo que los magos traerán este año… todo eso me hace bajar mis puentes levadizos, retroceder un poco en mis convicciones de cemento armado, comprender las razones ancestrales de mis padres y, derrotado, pactar con la navidad una tregua que dure exactamente lo mismo que la inocencia de mis hijos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Textos, mentiras y un sueño</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Aug 2010 09:12:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No fue una decisión trivial.</p>
<p>Las palabras, es cierto, me sobraban. Estaba escribiendo una novela (que luego se transformaría en dos, pero aún no lo sabía) y aún así sentía ahogo. Había ideas, pedazos de textos, párrafos enteros, frases astutas, diálogos ingeniosos, tristezas sepultadas que asomaban, recuerdos con luz propia… Todos ellos egoístas, centrados en sí mismos, en su necesidad de abandonar mi piel perforando las yemas de mis dedos. Algunos de ellos más afortunados que otros, algunos más poéticos, otros más cotidianos, algunos con dolor, otros con placer, otros con desconcierto.</p>
<p>Y había un denominador común: el escriba aficionado que guardaba para mí desde la adolescencia se había despertado. Quería traducirse a sí mismo en escritor. Quería descargar toda su rabia, su dolor, su ausencia, pero también su felicidad, sus pequeñas dosis de suerte, sus amores actuales y antiguos, los secretos pálidos de una vida repleta de vaivenes, las migajas crujientes de cientos de miles de horas de observación ilícita y malintencionada del prójimo, los jirones de lenguaje que tejía y destejía en el silencio de su retiro.</p>
<p><span id="more-667"></span>Y créanme: no es fácil mantener callado durante tantos años a un escriba. Las construcciones sintácticas se te escapan en los momentos menos adecuados. Hace juegos de palabras sin tu permiso durante una entrevista de trabajo. Ensaya diálogos humorísticos con personas sin sentido del humor, solamente porque la oportunidad es única. Dota a tus hijos de un verbo aguerrido y contestatario que muchas veces te deja estampado en el sofá, sin saber qué responderle al mocoso atrevido que te acaba de destrozar seis millones de años de evolución y herencia genética en una sola frase. Suelta ironías sutiles en la cola de la carnicería, haciéndote subir involuntariamente los colores mientras todos te miran sin comprender, o comprendiendo y juzgándote fuera de lugar.</p>
<p>No es cómodo. De ninguna manera.</p>
<p>Ni elegante.</p>
<p>Ni, algunas veces, agradable.</p>
<p>Pero así nació <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>. Nació por esa acumulación de palabras, por un desecho tóxico de más de diez años sin escribirlas, dejándolas fermentar en el pecho. Nació por una idea absurda, por un comentario casual en casa de unos amigos. Nació por la necesidad de ser leídos que tenemos los escribas, para recolectar nuevas palabras cada vez que un artículo, ya escrito, te deja vacío. Nació para ser destino final de ideas, confesiones, lágrimas y risas. Nació para ser origen de reflexiones, algunas profundas, triviales otras, inútiles la mayoría. Nació para intentar ganarme por mérito un espacio que no me pertenecía por derecho. Nació para permitirme mentir sin culpa, exagerar sin vergüenza, y confesarme sin pudor, mientras me guardo para mí, de todos los textos, la clave para saber cuáles mienten, cuáles exageran y cuáles confiesan, y solamente los entrego para su disfrute, discusión, acuerdo y disenso.</p>
<p>Y ahora ya pasó un año entero.</p>
<p>Pasó sin piedad.</p>
<p>Estoy más viejo y más gordo; pero por suerte tengo la misma &#8211; o incluso más &#8211; cantidad de pelo.</p>
<p>Y durante este año que pasó, pasó de todo. Recibí comentarios que me hicieron sentir insultado (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/31/el-dia-de-la-bolsa-verde/" target="_blank">El día de la bolsa verde</a></em>), intentos de redención o recuperación de mi alma perdida (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/07/18/san-federico-y-las-verdades-absolutas-del-dios-de-los-ateos/" target="_blank">San Federico y las verdades absolutas del Dios de los ateos</a></em>), y recibí muchos – demasiados – mensajes de apoyo, halagos, palabras amistosas y cariño cibernético.</p>
<p>El resultado del experimento superó todas mis expectativas.</p>
<p>Hoy, solamente un año y treinta y cinco mil páginas vistas después, <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> tiene más de quinientos seguidores habituales, y se ha transformado en una parte fundante de mi vida. Es troncal, constituyente y balsámico. Me permite alzar la voz cuando siento rabia, encontrar palabras amigas cuando estoy triste, deshojar despacio los pétalos multicolores de la maravillosa infancia de mis hijos, decir en voz alta y con total impunidad cualquier cosa que me pase por la cabeza y, sobre todo, sentirme entre amigos.</p>
<p>No es baladí.</p>
<p>Sentirse entre amigos, para alguien que vive a diez mil kilómetros de su casa es un auténtico alto en el camino, un remanso privado, un poco de aire fresco en las mejillas.</p>
<p>Pero sobre todo, y más allá de todo, esta experiencia refundó mi sueño de juventud.</p>
<p>Ahora vuelvo a soñar con ser escritor, tras veinte años programando computadores a oscuras (aunque con verdadera pasión).</p>
<p>Y es curioso cómo suceden las cosas. Mejor dicho, cómo uno consigue, a veces sin proponérselo, que las cosas sucedan.</p>
<p>La pulsión inicial que me llevó a publicar en el blog fue egoísta: es la necesidad de recibir una palmada en la espalda, que los demás te digan lo bien que lo estás haciendo, perderte en la miel de las palabras, los agradecimientos y los halagos ajenos. No pensaba recibir a cambio más que eso.</p>
<p>Y sin embargo, y totalmente gratis, recuperé mi sueño de juventud, el mío más privado, el más personal, ese en el que no puede entrar nadie, ni mi mujer ni mis hijos ni mis amigos ni mis padres. El más íntimo, el de escribir de verdad, el de lograr alguna vez a vivir de la escritura.</p>
<p>No sé si alguna vez llegaré a ser escritor. Tampoco sé cómo se mide eso (¿se mide por la cantidad de gente que te lee o simplemente por lo que uno escribe? ¿Se mide por el éxito en ventas de una novela o por su calidad?), pero en este momento no me importa demasiado.</p>
<p>Quienes no escriban de ustedes, mis queridos lectores, no pueden ni imaginarse lo difícil que es soñar con ser escritor. Se te mezcla todo. A veces crees que estás arañando la soberbia. Otras veces sientes que es del todo imposible. Siempre te preguntas qué van a comer tus hijos, si lo único que quieres es escribir. Casi siempre acabas sintiendo que es una tontería, que mejor concentrarse en lo que te da de comer.</p>
<p>Es frustrante.</p>
<p>Por eso no pude sostener ese sueño. Por eso, en un momento de mi vida, renuncié a él y me dediqué con todas mis energías a programar computadores.</p>
<p>Diez años después, el ejercicio mismo de la escritura, el ritual privado de fin de semana de sentarme a escribir, pulir y corregir un texto, buscar una imagen que lo resuma, publicarlo en el blog y recibir a cambio palabras y más palabras, me permitió descubrir que eso era lo único que me hacía falta para mantener vivo mi sueño: <em>Palabras.</em> Las mías y las de ustedes. Las de aliento y las de desacuerdo.</p>
<p>¿A quién se le agradece?</p>
<p>¿A internet?</p>
<p>¿A mí solo?</p>
<p>¿A ustedes?</p>
<p>¿A mi mujer y a mis hijos?</p>
<p>¿A todos?</p>
<p>No lo sé, pero tampoco me importa demasiado en este momento. Lo que quiero es que celebremos juntos. Hay mucho que celebrar. El primer año de vida de <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> es un buen motivo, pero lo verdaderamente importante es el espacio en el que nos encontramos todos, escribiendo y leyendo, llorando y riendo, recuperando nuestros sueños, compartiéndolos y, sobre todo, creyendo que, poco a poco, los vamos haciendo realidad.</p>
<p>Gracias por leer.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, Agosto de 2010.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jul 2010 08:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>El cigarrillo se consumía, y entonces rescaté mi recuerdo más antiguo de un mundial. Fue el 25 de junio de 1978. Yo tenía entonces cinco años, y no se podía decir de mí que sintiese verdadera pasión por los deportes de contacto. Era mas bien un niño tranquilo. Me gustaba leer y armar rompecabezas. Me gustaban las palabras, como ahora.</p>
<p><span id="more-629"></span>La dictadura militar Argentina ocultaba bajo las gradas repletas de hinchas entusiasmados los cuerpos masacrados de los opositores al régimen, pero de esto tampoco me enteraba.</p>
<p>Sin embargo, y a pesar de eso, sucedió.</p>
<p>Argentina fue campeón del mundo.</p>
<p>Y entonces todo fue euforia. No tengo imágenes propias del partido, ni de los jugadores, más allá de los bigotes borrosos del <em>Matador </em>Kempes<sup class='footnote'><a href='#fn-629-1' id='fnref-629-1'>1</a></sup>, y el casquillo de pelo de Daniel Pasarella. Ni siquiera recuerdo en qué momento salimos de casa, ni cómo llegamos a la calle. Pero lo que no olvidaré jamás es la sensación de la alegría desbordada. Cerrando los ojos aún puedo verme, de pie sobre el asiento trasero de un Peugeot 504 blanco, asomando en medio de dos de mis hermanos por la abertura del techo, mientras mi padre conducía a 6 Km/h en medio de una multitud enloquecida, y los papelitos, miles, millones de papelitos volando, revoloteando y tapizando las calles de ilusión y alegría. Y yo viendo el mundo desde mis ojos de niño, gritando, cantando, festejando.</p>
<p>Y a pesar de el campeonato, seguí sin estar interesado en los deportes de contacto.</p>
<p>Cuando me quise acordar, llegó México 86. Tenía trece años.</p>
<p>Todavía puedo sentir la explosión de ira en aquél maravilloso gol de Diego a Italia que empataba definitivamente un partido trabado y aburrido, en un bar abarrotado de adolescentes gritando, cerveza y humo de tabaco. No tengo que hacer ningún esfuerzo para evocar el corazón golpeando fuerte durante la galopada interminable de Maradona para hacer el memorable gol que le endosó a Inglaterra después de quebrarles la cadera a seis jugadores rivales. Y nunca voy a olvidar cuando me desperté, a las 6:30 de la mañana del 29 de junio, con el cuerpo completamente pintado de rojo de la cintura para arriba, cubierto de miles de molestos granitos producto de una inoportuna escarlatina. Mi padre me acostó en su cama, y movió nuestro televisor blanco y negro hitachi de catorce pulgadas a su habitación, para que todos viesen el partido a mi alrededor. Noventa minutos de angustia y magia, y unos ridículos cartelitos sobreimpresos que proclamaban ¡¡¡ARGENTINA CAMPEÓN MUNDIAL!!!, mientras la alegría desbordante se diluía en una frustración infinita al darme cuenta de que me perdería el festejo, la celebración que mareó las calles de Buenos Aires de una borrachera de pelota y gol.</p>
<p>Seguí sin ser demasiado aficionado a los deportes, pero Italia 90 me volvió a encontrar desbordado de emociones, sensaciones, miedos profundos y gritos desgarradores en las interminables tandas de tiros penales que volvieron a llevar a la Argentina a una final. Y todavía, sin esfuerzo, puedo saborear la amargura de la derrota injusta en la final contra Alemania.</p>
<p>Toda mi historia está salpicada de esos momentos. Como cuando nos juntamos varios amigos muy cercanos para ver, de madrugada, en casa de Emilio, el partido de repechaje contra Australia para ir a Estados Unidos 94, o el maravilloso 30 de junio de 1998, en el que eliminamos a Inglaterra por penales en los octavos de final del mundial de Francia.</p>
<p>Y sin embargo, sigo sin practicar deportes de contacto.</p>
<p>Mis hijos tampoco lo hacen demasiado, porque los padres intentamos transmitirles nuestras mejores cosas, muchas veces sin éxito, pero sin querer les transmitimos exitosamente todos nuestros defectos.</p>
<p>La mañana transcurrió sin novedades. Mis hijos se pusieron sus camisetas de Argentina y allá nos fuimos los tres a la plaza, ataviados con nuestras galas de fútbol.</p>
<p>Después de comer, me preparaba para irme a un bar a ver el partido en compañía de un amigo, cuando Pablo se me acercó.</p>
<p>-       Papá, ¿puedo ir contigo a ver el partido?</p>
<p>Una vez más, mi debilidad de hombre moderno, mi superyó políticamente correcto de la era de la hipocresía, me dictó lo que debía decir. Le respondí como un padre:</p>
<p>-       De ninguna manera. Tú te quedas en casa.</p>
<p>-       ¿Por qué? – preguntó, haciendo pucheros.</p>
<p>-       Porque un bar no es un lugar para niños. Estará todo el mundo fumando, y te aburrirás.</p>
<p>-       No, no me aburriré.</p>
<p>-       Pablo, – argumenté – cuando papá ve un partido en casa te aburres como un hongo. Es un partido muy largo, y papá lo quiere ver tranquilo.</p>
<p>-       Es que quiero ver a Argentina.</p>
<p>-       Mi amor, no. Si quieres te llamo cada vez que algún equipo marque un gol.</p>
<p>Mi hijo me miró con profunda decepción. Rompió a llorar con auténtico desconsuelo mientras, entre lágrimas, repetía sin parar: “<em>Es que quiero ver el partido. Quiero ver a Argentina. Quiero ir contigo</em>”. Yo intentaba calmarlo, y convecerlo de que mi decisión era correcta, que no correspondía llevar a un niño de seis años, que se aburriría, que me pediría que lo trajese de vuelta a casa a mitad del primer tiempo, que esto son cosas de <em>grandes</em>.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Continuaba llorando sin parar.</p>
<p>Entonces, de golpe, me dí cuenta de que estaba actuando como un padre, pero lo que mi hijo necesitaba en ese momento no era un padre. Era un hombre. Era un conciliábulo de hombre a hombre. Dos amigos que aguantan juntos la ilusión, los nervios, el nudo en el estómago. Él no percibía el fútbol, sino mis emociones, y no estaba dispuesto a quedarse fuera de eso. Necesitaba un compañero de juergas, un borracho emocionado que le dijese cuánto lo quería, para olvidarlo al día siguiente. Necesitaba un igual con quien compartir su ilusión y su dolor.</p>
<p>-       Ven aquí – lo llamé, emocionado. Se acercó, con el pechito sacudido por espasmos de pena, los ojos brillando al calor inclemente de la tarde y los mocos transparentes perlando su labio superior.</p>
<p>-       ¿Qué? – me respondió, enojado conmigo y con el mundo.</p>
<p>-       ¿Por qué te importa tanto?</p>
<p>-       Porque quiero ver a Argentina contigo.</p>
<p>Le limpié las lágrimas con mis pulgares y lo miré profundamente a los ojos.</p>
<p>-       Está bien, vale – concedí. – Vas a venir conmigo, pero prométeme que te portarás bien, y que si te aburres te aguantas.</p>
<p>Su carita se iluminó de golpe, los ojos se le abrieron grandes, más grandes que nunca, y una felicidad nueva le renació por debajo de la angustia. Su sonrisa repentina amenazó con salirse de su rostro.</p>
<p>-       Búscate un juguete pequeño para llevarlo, así puedes jugar si te aburres.</p>
<p>En dos minutos se plantó ante mí. En una mano tenía un cachirulo para armar que le regaló su abuela por su cumpleaños, y en la otra una libretita con las tapas del Barcelona y un bolígrafo.</p>
<p>-       Llevo esto para anotar los goles.</p>
<p>En una página había escrito: “Argentina   Alemania”, separados por la típica “T” para anotar tanteos.</p>
<p>Allá nos fuimos.</p>
<p>Se sentó como un auténtico hombrecito, algo que no tuve que enseñarle, lo sabía desde antes de nacer, porque aunque no queramos llevamos escrito en la sangre cómo se mira un partido de fútbol, cómo se sufre y como se recuerda. Un codo sobre la mesa, sosteniendo con la misma mano su vaso de té helado, mientras miraba la pantalla gigante dentro de la cual Alemania, lentamente, comenzaba a aplicarnos un doloroso correctivo.</p>
<p>Finalizada la primera parte, yo estaba de mal humor, nervioso, intranquilo. Casi me había olvidado que el tercer hombre de nuestra mesa era mi hijo de seis años. Me había comportado como se comporta un hombre entre hombres. Entonces lo miré, y no pude evitar sonreírle. El sonrió y me dijo:</p>
<p>-       ¿Pedimos algo para picar?</p>
<p>Después, el desastre. Nos pasaron por encima. Grité, me enrabieté. Cuando una sarta irrepetible de insultos brotaban de mi garganta, cerrando el bullicio del tercer gol, mi hijo me trajo de vuelta, diciéndome:</p>
<blockquote><p><em>“Papá, no grites así, que no estamos en casa”.</em></p></blockquote>
<p>Me aguanté como un hombre las ganas de llorar, y pensé que ni siquiera él sabía cuánta razón tenía. Volví a acariciar sus mejillas infantiles, y por primera vez en mi vida sentí alivio durante una derrota de mi selección. No me importó tanto perder, porque me dí cuenta de que no recordaré el 3 de julio de 2010 como el día que Alemania nos humilló frente al mundo entero, echándonos nuevamente en cuartos de final de un mundial, sino como el día en el que mi hijo de seis años me brindó su ilusión, me ofreció como un hombre su corazón de niño, arrimó su hombro al mío para soportar juntos la derrota – que es mucho más difícil de compartir que la victoria – y me hizo saber, a pesar suyo, que aunque viva a diez mil kilómetros de mi casa, siempre puedo contar con él.</p>
<p>Gracias por el fútbol.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
<div class='footnotes'>
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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/05/30/el-color-de-los-recuerdos/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
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		<title>Volver a la nada de los últimos veinte años</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2010 10:29:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.</p>
<p><span id="more-485"></span>Hace veinte años entraba en la década de los noventa, y aún creía que nunca iba a cumplir veinte años. Creía que el tango era cosa de viejos, y que nunca jamás me iría de la Argentina. Creía que el amor era como en las películas, y que las películas se parecían a la vida. Creía que la vida era ilimitada, que mis pulmones eran de amianto y mi estómago – plano y musculado, sin ningún esfuerzo – era indestructible. Hace veinte años creía que estaba llamado a ser un líder. Creía que mi inteligencia y mi pasión infinita tenían un destino insoslayable de tinta y papel, de tormenta eléctrica y una primavera perenne de ideas nobles.</p>
<p>Hace veinte años ya, y un poco más quizás, cuando la persona que soy recién empezaba a asomar del cascarón, descubrí de la mano de Pablo y Emilio, mis dos grandes amigos, el verdadero significado de la amistad masculina. No la gran amistad que narra la épica, ni la de las personas sabias que intercambian correspondencia para la posteridad y solaz de los historiadores. Ni siquiera la amistad de los adolescentes, la de darse empujones entre risas durante una noche de invierno en la entrada de un <em>boliche</em>. Descubrí la amistad de andar por casa, la que te hace sentirte cómodo. La amistad calzada con pantuflas y que no teme reconocer que fue ella la que se tiró el pedo. La amistad de las confesiones susurradas a la hora en la que no queda nadie más levantado, sino solamente un par de borrachos que son tan amigos que no tienen nada mejor que hacer que decirse cuánto se quieren, confesarse las vergüenzas más profundas y quejarse de sus padres y sus novias, mientras riegan el amanecer incipiente con sus propias lágrimas de sal.</p>
<p>Hace veinte años también – redondeando – que descubrí la piel. No el envoltorio de los homínidos, sino la superficie de intercambio con el mundo, la máxima expresión de la pequeña frontera que nos define, permitiéndonos compartirnos enteros con quien nos parezca. Descubrí la piel femenina, y que las hormonas alborotadas e impacientes, después de la urgencia de conocer y de saber de qué se trataba eso del sexo, podían y sabían, sin que nadie les enseñe, dejar paso a una emoción profunda, a un misterio oscuro de tacto y suavidad. Descubrí también, al descubrir eso, que no había descubierto nada, que no sabía nada y que tenía que aprender a invocar al silencio, para permitirme escuchar, en un susurro casi inaudible, los secretos que en penumbra cuenta la piel de una mujer cuando se la acaricia con verdadera ternura. Después descubrí también, con amargura, que el amor no estaba hecho de eso. O al menos no solamente: hacía falta entrega, corazón, humildad, complicidad y otro montón de cosas todavía más difíciles.</p>
<p>Hace veinte años descubrí que tenía un enorme talento para sufrir, y un pequeño montón de habilidades moderadas para dar sin esperar recibir, para la generosidad, el egoísmo, la comprensión, la lealtad, la vergüenza, el silencio, las palabras, la contemplación, la sinceridad y la mentira, y sobre todo, para admirar a personas comunes, que es mucho más difícil que admirar a los héroes y a los probos. Hace falta mucho esfuerzo para aprender a admirar el trabajo de nuestros padres, a nuestros amigos, a los viejos, a las mujeres que lo dan todo por sus hijos.</p>
<p>Y como parece ser que hace veinte años de todo, hace también veinte años que empecé a pensar que tenía que deshacerme de mi niño privado, de ese pichón de Aprendiz de Brujo que disfrutaba con la fantasía y la ciencia ficción, que adoraba a <em>Batman</em>, al <em>Zorro</em>, a <em>Flash Gordon</em> y a <em>Spiderman</em>, pero también a <em>Tom Sawyer</em>, a <em>Sandokán, Peter Pan</em> y <em>La Pequeña Lulú</em>. Hice mucho esfuerzo, hasta que lo maté sin ningún sentimiento de culpa y supe que podía dedicarme a hacerme <em>grande</em>. No sospechaba cuánto me iba a arrepentir, ni cuánto trabajo me costaría recuperarlo para mis hijos, de a pedacitos.</p>
<p>Hace la mitad de veinte años que dejé la Argentina, asustado, sintiéndome pequeño e ilusionado, en un avión que transportaba veinticinco toneladas de carne humana y tres valijas con todas mis posesiones terrenales, entre otras cosas. Tenía los sueños torcidos y la ambición a flor de labios. Tenía miedo, valentía y un puñado de cicatrices escondidas detrás de un racimo de amores muertos. Tenía quince discos de <em>Joan Manuel Serrat</em> y cuatro o cinco pequeñas venganzas pendientes. Tenía algunos trajes, y muchos papeles viejos llenos de letras sin sentido aparente. Tenía un tatuaje en el hombro derecho y dos cartones de cigarrillos argentinos.</p>
<p>No podía imaginar que, cuando hubiese pasado la primera mitad de la segunda mitad de esos veinte años, la cabecita rosada y deformada por el esfuerzo del parto de mi primer hijo haría soplar un viento fresco que se llevase las venganzas muertas, como hojas secas, ni que un llanto rojo y espeso me inundaría el pecho para reclamar el regreso al país de nunca jamás, la vuelta definitiva de todos los niños que fui, el perdón absolutorio para todos los pequeños rencores que alimentaba con paciencia. Tampoco sabía que era el primer paso de un camino de vuelta, del regreso a la primera mitad de la primera mitad de esos veinte años, el resurgir de mis palabras apertrechadas. No sabía que, al final de esos veinte años de nada, iba a tener tantos motivos para recuperar de las cenizas la mejor versión de mí mismo, que iba a mudar la piel, como las serpientes, y encontrar debajo una piel nueva, igual a la vieja, pero más sensible y mejor conservada, dispuesta a aprender nuevamente de cada contacto, de cada chispa, de cada golpe.</p>
<p>Y ahora que termina la segunda mitad de la segunda mitad de los últimos veinte años, entonces descubro que peso veinte kilos más, que sigo sin saber nada de todas las cosas de las que no sabía nada hace veinte años, pero en cambio aprendí a recordar que no sé nada antes de equivocarme. Y aunque <em>veinte años no es nada</em>, esa nada me deja entre las manos dos hijos perfectos, la mujer con la que quiero estar, un puñado de amigos de verdad, varios montones de personas a las que quiero cerca y un montón de palabras por decir.</p>
<p>Hace seis días que empezaron los próximos veinte años, y ahora que estoy viviendo la primera mitad de la primera mitad de esos próximos veinte años, no encuentro mejor manera de hacerlo que compartiendo con todos ustedes lo poco que aprendí en la nada de los últimos veinte años, y teniendo siempre presente que no hay mejor manera de vivir que <em>con el alma aferrada</em>, pero no solamente a los dulces recuerdos, no solamente a las lágrimas, sino a lo que viene, a lo que <em>hacemos</em> venir con nuestra energía, con nuestra pasión, con nuestras ideas y nuestras palabras.</p>
<p>Los reyes me trajeron una letra de tango con música de <em>Rock &amp; Roll</em>, ejecutada por una orquesta sinfónica, con coros guturales de conjunto de <em>Gospel</em> y estética <em>Pop</em>, y a pesar de que las partituras están amarillentas y ajadas, son vigentes y frescas, y más allá de la absurda mescolanza, la música resultante suena maravillosamente bien, es dulce y profunda, y hace que sea imposible no sentirse lleno de optimismo.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sat, 26 Dec 2009 10:50:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Lo que no podía prever <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Santos_Discepolo" target="_blank">Discépolo</a> ni nadie, es que el <em>despliegue de maldad insolente</em> característico del siglo XX se traduciría a sí mismo, refinándose, volviéndose sutil, altamente engañoso y cada vez más escurridizo. No se podía prever que la maldad franca y llana del crimen organizado de principios del siglo pasado evolucionase de esta forma en cinismo e hipocresía, ni que los jefes absolutos de las organizaciones criminales se sintiesen más cómodos en despachos de cargos oficiales que en suburbios impracticables para las personas honradas.</p>
<p>No se podía vislumbrar que las guerras perderían todo su espantoso significado soberanista, conquistador y su pasión por la expansión territorial a manos de un complicado entramado de negocios divididos entre el continuismo de la industria armamentista y los enormes beneficios que proporciona la reconstrucción de los países invadidos y la explotación de sus recursos naturales a manos de las fuerzas de ocupación.</p>
<p>Nadie podía imaginar que el presidente de una de las mayores potencias mundiales, General Máximo de varias guerras en activo, sería premiado con el Nobel de la Paz solamente a causa de un montón de palabras, sin respaldo alguno en los hechos.</p>
<p><span id="more-469"></span>No creo que la primera década del siglo XXI haya sido una sorpresa para nadie. Al menos en lo  que se refiere al rumbo errático y peligroso de la vida pública, el empeoramiento progresivo de las condiciones de vida, el agravamiento de la pobreza y la salud de las personas, que vemos como poco a poco aumenta la esperanza de vida, solamente a efectos de contraer enfermedades que además de mortales y raras, en lugar de tener nombres románticos y literarios como la Tisis o la Tuberculosis, son terriblemente mortales y dolorosas, y se etiquetan con nombres técnicos como HIV o H1N1. Todo es así ahora, codificado, reglamentado y preparado. Todos sabemos cómo comportarnos en función de las nuevas reglas escritas.</p>
<p>Pero a pesar de todo esto y mucho más, que no soy capaz de escribir ni analizar (y como siempre digo, ya hay personas más preparadas e informadas que yo para hablar de estos temas), tanto a nivel personal como público, estos primeros diez años del milenio también traen vientos de cambio y algunas alegrías mezcladas.</p>
<p>Hemos visto cómo poco a poco, sobre todo en América Latina, una izquierda que parecía completamente derrotada desde la caída del muro de Berlín, comenzó a reinventarse, a generar una propuesta socialdemócrata y a ganar espacio en muchos países del cono sur. Personalmente siento diferentes grados de acuerdo con cada uno de los líderes de estos movimientos. Algunos de ellos me dan bastante repelús, pero lo que quiero resaltar, lo que me parece importante, es que hay personas en este mundo que creen que la ultraliberalización no es el único camino posible. El binomio inamovible capitalismo-comunismo se fisura, y aparecen otras posibilidades. Eso me gusta.</p>
<p>También hemos asistido, después de tanto criticar a Estados Unidos y a su gente, como alcanzaban colectivamente la madurez suficiente como para tener por primera vez un presidente negro.</p>
<p>En muchos países Europeos, y en algunos Americanos, se empieza a legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Lamentablemente en muchas ocasiones aparece como una cuestión de <em>“tolerancia”</em> en lugar de <em>“reconocimiento de un derecho”</em>, pero al menos es un avance importante.</p>
<p>Y aunque hay mucho negocio y mucha basura alrededor, el mundo entero parece estar pensando seriamente qué hacer con nuestro planeta. Los cínicos de siempre se enriquecen con esto, pero es un tema del que se habla. Muy lentamente, la responsabilidad individual crece al respecto.</p>
<p>En lo personal, hace diez años mi vida parecía sentenciada. Había dejado de escribir y centraba todos mis esfuerzos en crecer profesionalmente. No era feliz, pero había elegido. Me mudé a Barcelona (hace ya diez años!) y con una segunda oportunidad en la manga, aposté todo al rojo y adelante.</p>
<p>Fue muy difícil. Me sentí muy solo muchas veces. Me sentí de ninguna parte. Me sentí fuera de mi país y un eterno inmigrante en España, donde los Argentinos y Uruguayos ni siquiera somos inmigrantes del todo. Los inmigrantes del resto de Latinoamérica y de África no nos ven en las mismas condiciones que ellos, pero tampoco somos de aquí. Estamos inmersos en un auténtico paréntesis gigante.</p>
<p>Trabajé para empresas pequeñas y para enormes multinacionales. Trabajé miles de horas. Conocí a Gloria, que hoy es mi mujer. Hace cinco años, en la mitad de este periplo, Pablo vino al mundo y me conmocionó entero, me hizo temblar, reír y llorar. Me dio una vida nueva que no era capaz de adivinar que existía. Dos años y medio después Daniel trajo otro montón de ternura y dos ojazos enormes llenos de preguntas.</p>
<p>Todo se precipitó, llegué al punto más alto. Fui Director de Tecnología de una compañía de investigación y desarrollo, con un sueldo increíble y unas condiciones de trabajo que jamás me hubiese atrevido a soñar ocho años antes, cuando partí de ezeiza con tres valijas y una mochila por todo saldo de veintiséis años de vida.</p>
<p>Entonces, esta década de locos reventó, y el mundo entero conoció una crisis sin precedentes. Los beneficios de la hiperinformación y las tecnologías de comunicación jugaron en contra. La crisis se propagó a velocidad alarmante, como nunca antes, y mi trabajo soñado voló junto con los sueños de muchos millones de personas en todo el mundo. Era un punto de quiebre. El último año de la década empezaba y me encontraba desempleado, con dos hijos por los que me sentía capaz de cualquier cosa y unas perspectivas a corto plazo mucho más que negras.</p>
<p>La búsqueda de trabajo era desesperante. Todo estaba parado. Todo a la espera de ver cómo evoluciona la crisis. Yo buscaba algo acorde a lo que venía haciendo. Grandes empresas, sueldos altos, condiciones ventajosas.</p>
<p>Por alguna clase de misterio que no busco comprender, cuando los días se me escapaban uno tras otro caminando en círculos mientras comprobaba cada diez minutos que el teléfono no estuviese roto, porque no sonaba, cuando mi mutismo y mi neurosis alcanzaban un punto máximo, cuando me parecía que iba a volverme loco, se me ocurrió volver a escribir, después de exactamente diez años de haber escrito la última letra.</p>
<p>Empecé a escribir la novela que siempre había querido escribir, que había empezado varias veces sin éxito, y por increíble que parezca, todo empezó a fluir con naturalidad. De pronto me encontré mucho mejor. Me descubrí soñando nuevamente. Me reconocí valorando el apoyo de mi mujer. Miré jugar a mis hijos y me di cuenta de que eran mucho más de lo que había soñado cuando soñaba con ser padre algún día.</p>
<p>Y apareció una oportunidad de trabajo. Un proyecto ambicioso pero modesto. Trabajar desde casa. Nada de mega organizaciones ni coches de empresa ni oficinas de lujo. Mi cuartito de escribir y mucho que hacer.</p>
<p>Luego llegó la idea de <em><a href="#">Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</a></em>, y nuevamente los resultados fueron muchísimo más gratificantes de lo que me atrevía a soñar al iniciarlo.</p>
<p>Ahora, a punto de iniciar la publicación de <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em> (el primer fruto de este gran año), mientras continúo trabajando en <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/category/avances-de-algebra-maldita/" target="_blank">Álgebra Maldita</a></em>, disfrutando de mis hijos, de mi mujer y soltando palabras sin ton ni son en cuanto documento Word se me pone delante, me doy cuenta de cuánto he aprendido.</p>
<p>Esta década loca y enferma me deja como saldo una nueva definición del éxito. Ya no creo que se trate de dinero, sino de hacer las cosas que me hacen feliz. Éxito es que el trabajo que tengo me dé para vivir, permitiéndome tiempo para jugar con mis hijos. Es también disponer de ideas y tiempo para escribir. Es, sin lugar a dudas, que mi mujer crea en lo que hago y me apoye tanto como lo está haciendo. Éxito es ser feliz con la vida que uno tiene.</p>
<p>Éxito es cerrar el año con un número creciente de personas que siguen lo que hago, contento e inquieto. No puedo pedir más.</p>
<p>Diez años de locura y <em>stress</em> resultan hoy, en retrospectiva, un precio bajo para lo que estoy obteniendo a cambio.</p>
<p>Y por eso este <em>post</em> atípico, queridos lectores. Porque sin todas estas palabras previas, el significado de lo que voy a decir no sería el mismo.</p>
<p>Muchas gracias. Por leer, por comentar, por acompañarme, por acordar y desacordar. Muchas gracias por estar ahí, por hacerme sentir que lo que tengo que decir interesa a algunas personas, por devolverme la confianza en mi forma de escribir. Muchas gracias por acompañarme con <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em>, que me produce una ilusión única. Muchas gracias por estos meses juntos, escribiendo, leyendo y compartiendo opiniones. Este <em>post</em> es diferente a lo que suelo hacer, pero no quería dejar escapar el año sin agradecerles, y sin desearles a cada uno de ustedes ese éxito íntimo que tiene que ver con sentirse orgulloso y feliz con lo que uno hace y dice. El valor de las palabras es precisamente ese, reflejar verdades del corazón.</p>
<p>Nada más por este año, salvo pedirles que me acompañen con el mismo calor, con la misma franqueza y con la misma lealtad, que tanto me conmueven, en el 2010 también!</p>
<p style="text-align:right;"><em>Feliz año nuevo para todos!</em></p>
<p style="text-align:right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align:right;"><em>Barcelona, 26 de diciembre de 2009.</em></p>
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		<title>Ideología</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Dec 2009 07:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Seguramente Ideología en su versión original fue uno de los textos de este blog que más gustó y más éxito tuvo. Personalmente creo que no sin razón. A mí también es uno de los textos que más me gusta. Por este motivo lo seleccioné para ser publicado en una revista digital el año que viene. &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/19/ideologia-version-remasterizada/">Continuar leyendo &#187;</a>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><blockquote><p>Seguramente <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/26/ideologia/" target="_blank"><em>Ideología</em></a> en su versión original fue uno de los textos de este blog que más gustó y más éxito tuvo. Personalmente creo que no sin razón. A mí también es uno de los textos que más me gusta. Por este motivo lo seleccioné para ser publicado en una revista digital el año que viene. A causa de esa publicación inminente, el texto fue corregido &#8211; creo que mejoró bastante &#8211; e ilustrado por la artista Gabriela Sennes. La razón principal por la que lo vuelvo a publicar aquí es porque creo que la ilustración, que me llegó esta mañana, es preciosa y le hace muchísima justicia al texto, así que no pude resistir la tentación de volver a publicar el artículo. Espero que quienes ya lo hayan leído disfruten de su relectura, y quienes lo lean por primera vez estoy seguro de que también lo disfrutarán. ¡Muchas gracias Gaby!</p></blockquote>
<div id="attachment_732" class="wp-caption alignright" style="width: 379px"><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/Ideologia_by_Gabriela_Sennes.jpg"><img class="size-large wp-image-732   " title="Ilustración original de Gabriela Sennes" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/Ideologia_by_Gabriela_Sennes-652x1024.jpg" alt="Ilustración original de Gabriela Sennes" width="369" height="581" /></a><p class="wp-caption-text">Ilustración original de Gabriela Sennes</p></div>
<p>Desde chico, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde que formaba un lazo. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suave al tacto, mirándome con dos enormes ojos profundos y alegres. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la acurrucaba en el nacimiento de mi cuello, donde se quedaba durante horas al calor de mi niñez. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, de construir un planeta un poco más cuerdo, un poco más justo, un poco menos disparatado. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás, me recordaba mis privilegios, la suerte cotidiana de un plato de comida caliente en la mesa, de una familia orgánica y funcional, de la presencia del amor en mi vida.</p>
<p>Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener buenos sueños. Cuando aparecía un mal sueño, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor, me invitaba a ser parte de una conjura contra el mal de este mundo.</p>
<p>Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres se negaron. “<em>Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”</em>, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Fue ella, mi ideología, la que me llamó a desobedecer, así que no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, satisfecho por el cosquilleo agradable que me hacía su contacto en la piel, agarrándose con sus pequeñas y  suaves manos, rematadas por dedos de uñas romas.</p>
<p>Durante el transcurrir de la mañana me di cuenta de que mi ideología me hacía un niño mejor. Ese día presté mis lápices, no peleé con los demás, y en el recreo, persuadido por ella, decidí compartir las cuatro galletas que llevaba con tres niños que no eran amigos míos, de esos con los que nadie quiere jugar y que siempre están solos en un rincón del patio, mirando cómo juegan los otros, sabiéndose excluidos por ser diferentes. En un acceso de amistad repentina, los invité a mi cumpleaños, a pesar de que no sería hasta varios meses después. Regresé a casa sintiéndome bien, totalmente convencido de que su presencia en mi vida solamente me traería alegrías, la opción diaria de sentirme mejor conmigo mismo.</p>
<p><span id="more-445"></span>Desde entonces nos hicimos completamente inseparables. Bastaba que me vistiese para que ella se me trepara a un bolsillo, dispuesta a venir conmigo a donde fuese. Yo se lo permitía, porque cuando ella estaba cerca me sentía seguro, y mucho mejor que cuando no lo estaba. Nos hicimos socios de juegos, camaradas de travesura, compinches incondicionales para cada cosa que me tocaba vivir.</p>
<p>Llegamos a la adolescencia juntos, casi al mismo tiempo. A ella le salieron unas tetitas incipientes, se le estilizó la figura, se le llenaron los labios y se volvió apasionada y luchadora, generosa con las palabras y siempre dispuesta a regalar consuelo. A mí no me salía la barba, pero por suerte perdí la voz de pito y los demás dejaron de confundirme con una niña, a pesar de llevar el pelo muy largo. Entonces nos preocupábamos mucho por todo el mundo, participábamos en política estudiantil y estábamos – mi ideología y yo – convencidos de estar construyendo un mundo mejor, de estar llamados y destinados a encabezar una rebelión que trajese por fin justicia, una revolución en toda regla.</p>
<p>Una vez nos enfrentamos con la policía, y cuando el escuadrón antidisturbios cargó contra doscientos cincuenta adolescentes temerosos como si fueran mercenarios en pie de guerra, mi ideología y yo nos asustamos mucho. Ella más que yo. Se escondió debajo de mi cama y se negó a salir durante varios días. Recuerdo que fue la primera vez que, juntos, nos preguntamos para qué todo esto, si valía la pena recibir palos en nombre de una guerra que parecía perdida antes de empezar. Al final la convencí, y organizamos una manifestación de protesta que una semana después convocó a varios miles de estudiantes. Al volver a casa, después de esa segunda manifestación, solos en la penumbra de mi habitación la miré con detenimiento, y me di cuenta de que ya era una mujercita. Los labios asomaban entre su pelaje blanco, más rojos que nunca, y sus pintitas de colores estaban en flor. Su rostro estaba serio, pero terriblemente hermoso, y en su mirada podía adivinarse el brillo inmaculado que solamente tienen quienes verdaderamente creen en algo. También descubrí sus primeras cicatrices. Una marca muy fea le cruzaba el pecho y parte del vientre, pero la llevaba con orgullo y elegancia.</p>
<p>Cuando terminé la escuela secundaria, contaba los años por desengaños amorosos y políticos. La Argentina se ultraliberalizaba y yo ampliaba mis horizontes hacia nuevas experiencias vitales. Entonces comencé a no llevarla conmigo siempre que salía de casa, como había hecho toda la vida, sino solamente algunas veces. Cuando me veía con amigos, fumaba porros y me emborrachaba, no la invitaba a venir conmigo. Cuando salía con alguna chica tampoco la traía. Su salud desmejoró. El pelaje blanco perdió brillo, y todas las pintitas de colores vivos de antaño se volvieron de ceniza oscura. Sus cicatrices eran más evidentes que nunca. Ahora le trazaban rutas de dolor en la espalda y en las piernas, pero yo, sin embargo, me sentía intacto.</p>
<p>Después llegó la vida casi adulta. Mi cabeza estaba lo suficientemente separada del suelo como para sentirme <em>grande</em>. Empecé a trabajar para una poderosa corporación multimedios, y comenzó a interesarme seriamente el dinero y los modales recios que lo acompañan. Me compré tres trajes y ocho corbatas de colores serios, y por esos días la guardé de nuevo en la misma cajita de cartón en que me la habían regalado. Puse la caja en lo más alto del armario. Así pude evitar el asco subyacente que me producía la mecánica laboral en la que estaba metido, y dedicarme a crecer profesionalmente. Por primera vez en muchos años, recuperé para mí el hueco junto a mi pecho que antes ocupaba mi ideología de toda la vida, y pude llenarlo de ambición, un coche y televisión por cable. Me fue muy bien. No hice dinero porque trabajando para otros no se hace dinero, pero hice ganar mucho dinero a mis jefes, y me sentía contento y orgulloso de mí mismo. Sin remordimientos ni miradas reprobadoras.</p>
<p>Algunas veces, los domingos por la tarde, solo en mi departamento de soltero, mientras rumiaba silenciosamente la resaca poderosa del fin de semana, recordaba la caja en lo alto del armario, y me sentía tentado de abrirla y tener una conversación seria con ella, pero en seguida me invadía como un torrente la culpa violenta de quien se sabe en falta, y me daba cuenta de que no podría soportar su mirada decepcionada, y mucho menos el perdón absolutorio que estaba seguro de conseguir. Entonces me refugiaba en la televisión. Por suerte, los domingos por la tarde siempre se podía confiar en que un buen partido de fútbol acudiese al rescate, armado de un poco de anestesia.</p>
<p>Cuatro años más tarde, con tres úlceras a cuestas y seis trajes más en mi guardarropa, me sentí agotado. Entonces decidí irme a vivir a España. Fueron momentos difíciles, porque desarmar una casa y una vida, por más que se haga con ilusión, es algo que siempre duele. Revolviendo papeles viejos y trasvasando cajas y cosas acumuladas durante años y varias mudanzas, apareció la cajita de cartón que me habían regalado mis padres. La abrí, con una mezcla amarga de nostalgia, temor y remordimiento, y dentro, contra todo pronóstico, mi ideología seguía viva. Estaba muy desmejorada, eso sí. Se le había caído bastante pelo, y en los claros irregulares entre su pelaje, se adivinaba la piel de un color rosado pálido medio enfermizo, los ojos sin brillo y los labios no tan besables como antaño. Quise acariciarla, pero estaba dolida y ofendida. Por primera vez desde que me la habían regalado, me enseñó los dientes y un gruñido de rabia, así que cerré la caja con un enorme sentimiento de culpa. En el proceso de guardar en cajas lo que no podía traerme a Europa, tuve una duda mortal: ¿La dejaba o la traía? Pensé que hacía tanto tiempo que no la utilizaba que no valía la pena cargar con el peso, porque los dueños de los aviones no entienden nada de recuerdos ni de nostalgia, y mucho menos de buenas ideologías heredadas de los padres de uno. Al final, la certeza de que, aún maltrecha y desmejorada, era el mejor regalo que mis padres me habían hecho, decidí traerla.</p>
<p>Una vez instalado en Barcelona, la cajita fue a parar al fondo de un armario nuevamente, y, ocupado como estaba en abrirme paso en el primer mundo, la olvidé sin culpas.</p>
<p>Luego conocí a Gloria, y un poco de tiempo después llegó el primer embarazo. Pablo nació al principio de un verano caluroso y feliz, durante el que vivíamos temporalmente en Málaga, nuevamente invadidos de cajas de tantas y tantas mudanzas. La primera vez que lo tuve en brazos mi mundo entero tembló, y mi sistema de creencias se tambaleó para volver a afirmarse completamente sobre una simiente nueva. Al ser padre no se puede evitar aprender a sufrir por toda la injusticia contra los niños que hay en este mundo.</p>
<p>A final de ese año nos volvimos a vivir a Barcelona, y volvimos a abrir las cajas tantas veces mudadas y vueltas a mudar. Recuerdo que había armado la cuna de mi hijo, y estaba en su habitación, cubierto de polvo y cansado por el esfuerzo. Había vaciado una caja y me disponía a plegarla para tirarla a la basura, cuando advertí que en el fondo quedaba la cajita de cartón de color madera. Preguntándome cómo habría llegado allí, estiré las manos y me la puse sobre el regazo, temblando, asaltado por una emoción nueva y desconocida. Temí que al abrirla mi ideología estuviese muerta, o que se hubiese transformado en un animal herido, que me saltase a la cara con intención de herirme, con toda razón. En contra de mis malos augurios, cuando desanudé la cinta verde, no la vi como esperaba verla, según la imagen mental de ella que había ido fraguando a lo largo de los años, inconscientemente, sino que la encontré como era cuando me la regalaron, un ovillo blanco brillante y peludo, con sus pintitas de colores renacidas y dos ojazos tiernos y dulces. El corazón me latió fuerte, impulsando una ola de sangre nueva que me navegó las venas como un viento profético. La tomé entre mis manos, sintiendo como ella temblaba de emoción, y la acerqué a mi cara, como tantas otras veces, pero esta vez con lágrimas en los ojos. Ella estiró sus manos pequeñas y suaves, y sin dejar de mirarme a los ojos, recogió en el hueco formado por sus manos una lágrima mía y se lavó lentamente la cara, sacudiéndose las gotitas con un movimiento de cabeza. Después me besó en una mejilla. Me levanté, apretándola suavemente contra mí, y aún con el sabor salado en los labios la deposité suavemente en la cuna de Pablo. Vi que ya no tenía ninguna cicatriz, y que su cuerpo era nuevamente cuerpo de niña. Ella me miró, sonrió y se hizo un ovillo junto al cuello de mi hijo.</p>
<p>Ahora Pablo tiene cinco años, y no se separa de ella para nada. Está saludable y crece otra vez fuerte y bonita como nunca. Pablo no deja que nadie la toque, porque la ha hecho enteramente suya, y a mí me parece bien. Yo hago como si no supiese de su complicidad, ni que la lleva a todas partes como hacía yo. A veces cuando finjo no enterarme, intuyo que mi padre me hacía un juego parecido, para permitirme así conquistarla por pleno derecho y no por la fuerza de un legado. No le hablo de ella, pero observo en segundo plano todo lo que viven juntos. Algunas noches, cuando Pablo duerme y Gloria no me ve, me acerco sigilosamente a su cama y la tengo un rato en mis brazos. Nos miramos profundamente a los ojos, y ya no hacen falta palabras entre nosotros. No quedan heridas abiertas. Simplemente sabe que confío plenamente en ella para que enseñe a mis hijos a ser buenas personas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Ideología</title>
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		<comments>http://aprendizdebrujo.net/2009/10/26/ideologia/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 26 Oct 2009 18:37:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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										</div>Con motivo de su publicación en una revista digital, este artículo ha sido corregido. Puedes leer la versión nueva haciendo click aquí. Desde chiquito, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/26/ideologia/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<blockquote><p>Con motivo de su publicación en una revista digital, este artículo ha sido corregido. Puedes leer la versión nueva haciendo click <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/19/ideologia-version-remasterizada/" target="_self">aquí</a>.</p></blockquote>
<p>Desde chiquito, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas muy pequeñas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suavecito al tacto. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la besaba. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, en un planeta un poco más cuerdo y más justo. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás.</p>
<p>Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener sueños bonitos. Cuando aparecía un sueño malo, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor.</p>
<p>Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres me dijeron que no. “<em>Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”</em>, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Yo no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, contento por el cosquilleo agradable que me hacía en contacto con la piel, agarrándose con sus manitos suaves de ideología buena.</p>
<p><span id="more-295"></span>Durante el transcurrir de la mañana, me di cuenta de que mi ideología me hacía un niño mejor. Ese día presté mis lápices, no peleé con los demás, y en el recreo, persuadido por ella, decidí compartir las cuatro galletas que llevaba con tres niños que no eran amigos míos, de esos con los que nadie quiere jugar y que siempre están solos en un rincón del patio, a los que además, en un acceso de amistad repentina, invité a mi cumpleaños, que no sería hasta varios meses después.</p>
<p>Desde entonces nos hicimos inseparables por completo. Bastaba que me vistiese para que ella se me trepara a un bolsillo, dispuesta a venir conmigo a donde fuese. Yo se lo permitía, porque cuando ella estaba cerca me sentía seguro, y mucho mejor que cuando no lo estaba.</p>
<p>Nos hicimos adolescentes juntos. A ella le salieron unas tetitas incipientes, y se le estilizó la figura. A mí no me salía la barba, pero por suerte perdí la voz de pito y los demás dejaron de confundirme con una niña, a pesar de llevar el pelo muy largo. Entonces nos preocupábamos mucho por los demás, participábamos en política estudiantil y estábamos – mi ideología y yo – convencidos de estar construyendo un mundo mejor, de estar llamados y destinados a encabezar una rebelión que trajese por fin justicia, una revolución en toda regla. Una vez nos enfrentamos con la policía, y cuando el escuadrón antidisturbios cargó contra doscientos cincuenta adolescentes asustados como si fueran mercenarios en pie de guerra, mi ideología y yo nos asustamos mucho. Ella más que yo. Se escondió debajo de mi cama y no quería salir. Recuerdo que fue la primera vez que, juntos, nos preguntamos para qué todo esto. Al final la convencí, y organizamos una manifestación de protesta que una semana después convocó a varios miles de estudiantes. Al volver a casa, después de esa segunda manifestación, solos en la penumbra de mi habitación la miré con detenimiento, y me di cuenta de que ya era una mujercita. Los labios asomaban entre sus pelitos blancos, más rojos que nunca, y sus pintitas de colores estaban en flor. También descubrí sus primeras cicatrices. Una marca muy fea le cruzaba el pecho, pero la llevaba con orgullo y elegancia.</p>
<p>Cuando terminé la escuela secundaria, contaba los años por desengaños amorosos y políticos. La Argentina se ultraliberalizaba y yo ampliaba mis horizontes. Entonces comencé a no llevarla conmigo siempre que salía de casa, como había hecho toda la vida, sino solamente algunas veces. Cuando me veía con amigos, fumaba porros y me emborrachaba no la invitaba a venir conmigo. Su salud desmejoró. El pelaje blanco perdió brillo, y todas las pintitas de colores vivos de antaño se pintaron de ceniza. Sus cicatrices eran más evidentes que nunca, pero yo, sin embargo, me sentía intacto.</p>
<p>Y después llegó la vida casi adulta. Empecé a trabajar en una corporación multimedios, y comenzó a interesarme seriamente el dinero. Me compré tres trajes y ocho corbatas, y por esos días la guardé de nuevo en la misma cajita de cartón en que me la habían regalado, y puse la caja en lo más alto del armario. Así pude evitar el asco que me producía la mecánica empresarial en la que estaba metido, y dedicarme a crecer profesionalmente. Por primera vez, el huequito junto a mi pecho que antes ocupaba mi ideología de toda la vida, pude llenarlo de ambición. Me fue muy bien. No hice dinero porque trabajando para otros no se hace dinero, pero hice ganar mucho dinero a mis jefes, y me sentía contento y orgulloso. Sin remordimientos.</p>
<p>Cuatro años más tarde, con tres úlceras a cuestas y seis trajes más en mi armario, me sentí agotado. Entonces decidí irme a vivir a España. Fueron momentos difíciles, porque desarmar una casa y una vida, por más que se haga con ilusión, es algo que siempre duele. Revolviendo papeles viejos y trasvasando cajas y cosas acumuladas durante años y varias mudanzas, apareció la cajita de cartón que me habían regalado mis padres. La abrí, lleno de nostalgia, y dentro, contra todo pronóstico, mi ideología seguía viva. Estaba muy desmejorada, eso sí. Se le había caído bastante pelo, y tenía la piel de un color rosado pálido medio enfermizo, los ojos sin brillo y los labios no tan besables como antaño. Quise acariciarla, pero estaba dolida y ofendida, así que cerré la caja con un enorme sentimiento de culpa. En el proceso de dejar en cajas lo que no podía traerme a Europa, tuve una duda mortal: ¿La dejaba o la traía? Pensé que hacía tanto tiempo que no la utilizaba que no valía la pena cargar con el peso, porque los dueños de los aviones no entienden nada de recuerdos ni de nostalgia, y mucho menos de buenas ideologías heredadas de los padres de uno. Al final, la certeza de que, aún maltrecha y desmejorada, era el mejor regalo que mis padres me habían hecho, decidí traerla.</p>
<p>Una vez instalado en Barcelona, la cajita fue a parar al fondo de un armario nuevamente, y, ocupado como estaba en abrirme paso en el primer mundo, la olvidé sin culpas.</p>
<p>Luego conocí a Gloria, y un poco de tiempo después llegó el primer embarazo. Pablo nació al principio de un verano caluroso y feliz, durante el que vivíamos temporalmente en Málaga, nuevamente invadidos de cajas de tantas y tantas mudanzas. La primera vez que lo tuve en brazos mi mundo entero tembló, y mi sistema de creencias se tambaleó para volver a cimentarse completamente. Al ser padre no se puede evitar sufrir por toda la injusticia contra los niños que hay en este mundo.</p>
<p>A final de ese año nos volvimos a vivir a Barcelona, y volvimos a abrir las cajas tantas veces mudadas y vueltas a mudar. Recuerdo que había armado la cuna de mi hijo, y estaba solo en su habitación, cubierto de polvo y cansado por el esfuerzo. Había vaciado una caja y me disponía a plegarla para tirarla a la basura, cuando advertí que en el fondo quedaba la cajita de cartón de color madera. Estiré las manos y me la puse sobre el regazo, temblando por una emoción nueva y desconocida. Temí que al abrirla mi ideología se hubiese transformado en un animal herido, que me saltase a la cara con intención de herirme, con toda razón. Contra todo pronóstico, cuando desanudé la cinta verde, la encontré como era cuando me la regalaron, un ovillito blanco brillante y peludo, con sus pintitas de colores renacidas y dos ojazos tiernos y dulces. El corazón me latió fuerte. La tomé entre mis manos y la acerqué a mi cara, como tantas otras veces, pero esta vez con lágrimas en los ojos. Ella estiró sus manitos suaves, recogió una lágrima mía y se lavó lentamente la carita. Después me besó en una mejilla. Me levanté, y con el sabor salado en los labios la deposité suavemente en la cunita de Pablo. Vi que no tenía ninguna cicatriz. Ella me miró, sonrió y se hizo un ovillo junto al cuello de mi hijo.</p>
<p>Ahora Pablo tiene cinco años, y no se separa de ella. Está saludable y crece otra vez fuerte y bonita como nunca. Pablo no deja que nadie la toque, porque la ha hecho suya, pero cuando él duerme y Gloria no me ve, me acerco sigilosamente a su cama y la tengo en mis brazos un ratito. Nos miramos profundamente a los ojos, y ya no hacen falta palabras entre nosotros. No quedan heridas abiertas. Simplemente, ella sabe que confío plenamente en ella para que enseñe a mis hijos a ser buenas personas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
<p><a href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F10%2F26%2Fideologia%2F&amp;linkname=Ideolog%C3%ADa"><img src="http://static.addtoany.com/buttons/share_save_256_24.png" alt="Share" /></a></p>
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		<title>Casi casi atrapar una idea</title>
		<link>http://aprendizdebrujo.net/2009/10/22/casi-casi-atrapar-una-idea/</link>
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		<pubDate>Thu, 22 Oct 2009 18:25:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
		<category><![CDATA[argentina]]></category>
		<category><![CDATA[buenos aires]]></category>
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<p>Pasó por mi cabeza el sonido alegre, de chispas pintadas de dorado, de la grasa de vaca burbujeando en la sartén, cuando los domingos de lluvia, por la tarde, mi viejo hacía <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Torta_frita" target="_blank">tortafritas</a></em>. Mis hermanos y yo alrededor, esperando ansiosos. Cucharadas de azúcar que se quedaba pegada en la masa grasienta y crocante, y el recuerdo material de sus manos de hombre en mis manos de niño, una barba oscura que ahora es entrecana. Los ojos, iguales. Lo demás, accesorio.</p>
<p>Me asaltó el recuerdo de una mano femenina investigándome la piel, la curiosidad manifiesta por delante del placer. Una calle del barrio de Palermo en otoño, alfombrada de hojas secas, algunas apelmazadas por lluvias esporádicas, otras combadas, arañando las baldosas sucias con sus uñas ocres, empujadas por el viento. Otra vez dedos de mujer, casi niña, sobre mis párpados, buscando debajo de mis ojos lo que no se transparenta, la verdad única que ni siquiera yo conozco.</p>
<p>Y una lengua húmeda de perro en la cara. Con olor a perro. A pelo sucio, un aliento dulzón, con reminiscencias de carne podrida entre los dientes, las patas sobre el pecho, una cola negra dibujando un vaivén, dos ojos marrones, infinitos, profundos, reflejo de gratitud a cambio de nada, una palmada en la cabeza. Mi perra volvió de la muerte para decirme que aún me adora, a pesar de que la tierra hace rato que absorbió sus huesos, su pelambre, su ternura de perro, su mirada pacífica.</p>
<p>Regresó a mi memoria una noche, hace algunos inviernos. Mi hijo Pablo pequeño. Tenía tos, el pecho cargado. Le pusimos una cebolla partida al medio al lado de la cama. Brujerías de abuela que hacen que respire mejor. Le dejamos una botella de agua. La noche es lenta. Se levantó, castigando el suelo con sus piecitos descalzos. Se pasó a nuestra cama. Traía en sus manos la cebolla, la botella de agua y su león de felpa. Metido en la cama con nosotros no necesitaba nada más.</p>
<p><span id="more-262"></span>Una noche en el patio de la casa de mi vieja, en San Telmo. Una manta bailando al compás del viento otoñal. Mis hermanos, luz amarilla y una cena rica. Que me voy a España, digo. No te vayas, dicen. Me voy, digo. Te apoyamos, dicen. Las voces mezcladas con los vasos que hacen tín tín. Varios pares de ojos que buscan el miedo en los míos, y encuentran ilusión. Y encuentran, también, miedo.</p>
<p>Un mediodía de verano se pasó también por mi sillón. Estaba en la estación de trenes de Retiro. Mi hermano Sergio con un sombrero, llevaba el pelo largo y una camiseta amarilla. Me agradeció los días que pasamos juntos. Se volvería a Brasil. Mis amigos, Pablo y Emilio. Mochilas y un tren rumbo al sur. Canciones y humo de marihuana y tabaco rubio. Vino en <em>Tetra-brik</em> acompañado de guitarras criollas. El inicio de un viaje que nos transformaría en más de lo que hoy somos. Amigos.</p>
<p>Una noche en una playa. Una noche de luna clara, y un faro tajeando la oscuridad con tres rayos de luz que giraban. La espuma sucia brillando a la luz de las hogueras y los faros de un camión alumbrando rostros amigos. Voces compitiendo con el sonido tranquilizador del mar. Tiempo fresco y un amanecer más. Gotas de rocío sobre la piel.</p>
<p>También se convocó a mi presente una fiesta en un bar, al final del invierno. Mucha gente. Mi padre tirando cerveza detrás de la barra. Música de fondo. El primer beso de mi mujer, antes de saber que nos casaríamos, que tendríamos hijos, una vida. Nada de perros. Una caminata por Barcelona a lo largo de una noche fría. Una despedida susurrada en los labios en un portal del barrio de Gràcia.</p>
<p>Volvieron a mí, sin aspavientos, las tardes de naipes en un patio de San Telmo, cuando aprendía a jugar al <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Truco_(juego_de_naipes)" target="_blank">truco</a></em>, y más tarde los dados a solas con mi madre, rumiando sordos sobre un paño verde para no perturbar la siesta, cargados de números de mala y buena suerte.</p>
<p>Y entonces pensé que es placentero dejarse invadir por la melancolía. Los buenos recuerdos tienen la virtud de asomarse solos, sin ser invocados, durante los momentos de paz. Pude adivinar bajo mi piel juventud, pude saber lágrimas por llorar en mis ojos, esperando su momento, y millones de sonrisas atrapadas en mis mandíbulas, pendientes de su turno. Pude intuir apretones de manos, abrazos por venir, magia silenciosa que todavía tengo por vivir, durante muchos años. Pensé también en mis hijos, en los hijos de mis hijos, y en sus hijos. Pensé que hacia atrás hay mucha hermosura, y hacia adelante muchas cosas buenas por vivir, mucho amor por utilizar sin prejuicio. Y entonces pensé en escribir sobre todo eso, pero algo pasó. No pude, y solamente me quedó en la piel y en la mirada una marquita más, la certeza de que esta tarde, casi casi atrapo una idea.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Oquensio</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Sep 2009 14:40:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mentiras Verdaderas]]></category>
		<category><![CDATA[buenos aires]]></category>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>Cuando era niño vivía una realidad ligeramente diferente a las de los demás niños. Desde muy chico tuve claro que mis padres eran <em>exiliados</em> provenientes del Uruguay. Había una cierta cantidad de cosas que los hijos de exiliados sabíamos perfectamente. Sabíamos que en la escuela no se podía hablar de ciertos temas, sabíamos que los <em>exiliados</em> teníamos el deber moral de ser <em>solidarios </em>entre nosotros,  – sea lo que sea que significase eso – y sabíamos que, en la práctica, la repercusión más común de este tipo de solidaridad era que, con relativa frecuencia, teníamos que dormir dos niños en la misma cama para ceder la nuestra a alguien que necesitaba “un par de noches” hasta que encontrase un lugar. Hablamos de los 70’s y 80’s, y en esa época desfilaban por mi casa una serie de personajes de lo más pintoresco y variopinto, desde los que eran terriblemente intelectuales, que solían tener poca o ninguna afición por los niños, y hablaban un idioma incomprensible que resultó ser castellano “culto”, hasta los parranderos inagotables que, después de la cena, animados por un vaso de vino, empuñaban la guitarra y cantaban canciones de protesta hasta el amanecer, libres de todo compromiso laboral o escolar. Recuerdo especialmente un cantautor, cuyo nombre mantendremos en el anonimato, que al menos una vez al año – cuando su mujer lo ponía de patitas en la calle – llegaba a casa, como de visita, sin previo aviso, y se quedaba con la parranda y la guitarra semanas y semanas, hasta que un ataque de asma provocaba que lo retirasen en ambulancia, y bajaba los puentes levadizos de la esposa, que entonces le permitía volver.</p>
<p><span id="more-135"></span>Mis hermanos y yo vivíamos este auténtico catálogo de refugiados temporales con naturalidad, curiosidad y hasta diversión, y a pesar de las pequeñas incomodidades que a veces producían, en general lo recuerdo con alegría y afecto. Además, me valió la inapreciable oportunidad de aprender desde niño canciones como <em><a href="http://lyricsplayground.com/alpha/songs/c/comandantecheguevara.shtml" target="_blank">“Comandante Che Guevara”</a></em>,  o <em><a href="http://www.cancioneros.com/nc/7050/2/pobre-martin-georges-brassens" target="_blank">“Pobre Martín”</a></em>, de las que nadie puede poner en duda su incalculable valor educativo. Eso, sumado a la insistente determinación de mis padres en darnos discos del <em><a href="http://www.promusicarosario.org.ar/" target="_blank">Conjunto Pro Música de Rosario</a></em> cada vez que pedíamos los Parchís o similar, condicionó seriamente mis gustos musicales de por vida.</p>
<p>Pensará el lector que, dado que los seres humanos aprenden de las experiencias vividas, y teniendo en cuenta que el mundo ha cambiado terriblemente durante los últimos treinta años, el riesgo de vivir una situación parecida durante el nuevo milenio es altamente improbable. Pues no. Cuando llegué a vivir a Barcelona, en mayo del año 2000, desgastado por los esfuerzos recientes para tener los sistemas informáticos listos para una debacle que al final no se produjo, me instalé en un departamento grande, feo, sucio – esto sí que era mi responsabilidad – y bastante cómodo en el barrio de Gràcia. Me había jurado a mí mismo aceptar solamente amigos cercanos en mi casa, pero algo se torció, y al año de vivir en Barcelona habían desfilado por mi casa el 0,4% de los inmigrantes ilegales sudamericanos que por esos días llegaban a miles a la ciudad Condal. En justicia para la mayoría de mis huéspedes, debo decir que la mayor parte de las experiencias fueron positivas, a pesar de la extraña sensación de <em>deja vù</em> que tuve durante mucho tiempo, consciente de estar viviendo una nueva etapa de éxodos masivos, y de lo privilegiado de mi posición en ese contexto (papeles y trabajo, nada menos).</p>
<p>Una vez más, las palabras surgen y me aparto del tema inicial del que quería hablar. Decía que la galería de personajes que pasaban, tanto por mi casa (vivíamos mi padre, mi madre, mis tres hermanos y yo), como por la casa de mi madre (ya he dicho en otro <em>post</em> que tengo dos) era variada y pintoresca, pero en general estaban cortados por un mismo molde: eran exiliados políticos, gente comprometida con causas perdidas, luchadores mordiendo la lona por los golpes certeros de la dictadura uruguaya. Sin embargo, un día llegó a casa de mi madre uno que era diferente. Le llamaremos Pepe, por llamarle de alguna forma.</p>
<p>Pepe era un auténtico <em>primo del campo</em> del marido de mi madre. No era un exiliado político, venía a Buenos Aires a buscar trabajo y a intentar sobrevivir, como tantos otros también en esa época. Supongo que por esa época, Pepe no debería tener más de veinticinco años, pero yo lo recuerdo como todo un hombre, de barba gruesa a pesar de estar recién afeitado, y abundante pelo negro peinado hacia atrás. Hablaba a los gritos, atropellando las palabras a la salida de la garganta, mezclando insultos inocentes con barbaridades de diccionario sin el menor conflicto.</p>
<p>Una de las primeras actividades, cuando llegaban exiliados, era buscarles trabajo. Con Pepe era especialmente difícil, porque además de no tener oficio conocido, echaba por tierra con autoridad cualquier intento de algo parecido a modales. Sin embargo, su nobleza de corazón hizo posible que la enmarañada red de uruguayos que por esos días se ayudaban unos a otros en Buenos Aires, le consiguiese un trabajo como camarero en un bar coqueto de La Recoleta.</p>
<p>Mi madre y su marido pasaron algunas tardes intentando reeducar a Pepe, enseñándole a sostener una bandeja, a preguntar qué quiere el caballero, qué desea la dama y demás formalismos de clase media. Pepe no demostraba excesivo talento para el asunto, pero ponía un empeño y unas ganas admirables. Finalmente llegó el gran día. Allá fue Pepe, con su chaqueta blanca y su pajarita puestas desde casa, no fuera a no saber ponérselas en el bar. Contra todo pronóstico, no solo no lo despidieron sino que trabajó allí muchos años, hasta que a fuerza de tesón llegó a ser propietario de su propio bar, pero volviendo al día que nos ocupa, cuando regresó, pletórico de anécdotas de su primer día, trajo consigo un profundo misterio.</p>
<p>-          No sabés, tío. – dijo Pepe – Me enseñaron una palabra en <em>francé</em>, que vos se la decís a los turistas y te dan propina.</p>
<p>-          ¿Qué palabra?</p>
<p>-          <em>Oquensio</em>.</p>
<p>-          <em>¿Oquensio?</em> – intervino mi madre – Yo no sé mucho francés, pero no me suena.<em> </em></p>
<p>-          Sí, sí, te lo juro. Cuando viene un gringo, le decís <em>Oquensio</em> y te da plata.<em></em></p>
<p>-          ¿Estás seguro Pepe? ¿Por qué no lo preguntás de nuevo mañana?<em></em></p>
<p>Ahorraré al lector las idas y venidas de la pregunta, las largas especulaciones filológicas y etimológicas acerca de la palabra, dado que no vienen al caso. Durante varios días, la polémica se instaló. Mi madre y su marido se negaban a creer en el término mágico, y Pepe porfiaba una y otra vez que con su particular <em>abracadabra</em> gastronómico obtenía mejores propinas. Finalmente, la luz se hizo una tarde en la que la polémica recrudecía.</p>
<p>-          Te digo que es <em>Oquensio</em>, tío – se emperraba Pepe. Mi madre, que habla un inglés muy bueno, de repente vio la luz y preguntó:</p>
<p>-          ¿Y no será <em>Okay, Sir</em>?</p>
<p>-          ¡¡¡¡ESO!!!! – gritó Pepe, entusiasmado &#8211; ¡Oquensio!</p>
<p>Han pasado muchos años, pero para toda la familia, dejó en ese mismo instante de llamarse Pepe para llamarse Oquensio. Por eso decidí escribir esta crónica, para impedir que la acuñación de tan exquisito término no quede en el olvido. <em>¿Oquensio?<img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></em></p>
<p><em><br />
</em></p>
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		<title>La venganza de las Isoflavonas de Soja</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Sep 2009 15:27:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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										</div>Cuando era un niño, digamos de entre siete y once años, me encantaba ir al supermercado. Todavía no estábamos plagados de Carrefours ni Wal-Marts ni monstruos semejantes. Apenas si existía el Jumbo, y no teníamos costumbre de ir. Entonces se compraba todos los días, o casi todos. Además, vivíamos en un mundo en el que &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/09/12/la-venganza-de-las-isoflavonas-de-soja/">Continuar leyendo &#187;</a>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>Cuando era un niño, digamos de entre siete y once años, me encantaba ir al supermercado. Todavía no estábamos plagados de <em>Carrefours</em> ni <em>Wal-Marts</em> ni monstruos semejantes. Apenas si existía el <em>Jumbo</em>, y no teníamos costumbre de ir. Entonces se compraba todos los días, o casi todos. Además, vivíamos en un mundo en el que un niño de diez años podía caminar solo cuatrocientos cincuenta metros con algunos pesos apretujados en un puño sudoroso, repitiendo para sí mismo “<em>dos sachets de leche, un paquete de manteca, dos paquetes de fideos mostacholes y una lata de tomate, dos sachets de leche, un paquete de manteca, dos paquetes de fideos mostacholes y una lata de tomate, dos…”</em>, con tal absoluta concentración que no reconocería a su propio padre, y sin embargo el riesgo de que fuese asaltado, secuestrado, asesinado, violado o atropellado continuaba siendo razonablemente bajo.<em> </em>Así las cosas, yo me ofrecía siempre, y mi mamá me mandaba al supermercado. Yo me sentía encantado en aquél mundo pequeño, conocido y abarcable, en el que me movía a mis anchas. En la nevera de lácteos había tres marcas de leche, en versiones normal y descremada, <em>sachet</em> o cartón (que era la que compraban los ricos). Lo mismo pasaba en la de los fideos, había dos marcas: los baratos y los caros.</p>
<p>Después, cuando pasaron algunos años, me hice adolescente (duele recordarlo!), y entonces dejé de ofrecerme para ir a comprar. De hecho, me negaba alegando excusas no siempre creíbles, y no siempre inteligentes. Supongo que mi madre, como tantas otras, de a poco fue resignándose a la disminución progresiva de mi voluntad de colaboración, y a mi preferencia de emplear mi tiempo en actividades de masajeo genital (rascarme los huevos, como quien dice). Pasé algunos años felices sin entrar más que a establecimientos donde comprar tabaco y a veces una botella de cerveza o de gaseosa para tomar con amigos, mientras perdíamos maravillosamente el tiempo en alguna parte, dedicados a la fructífera actividad de ver pasar a los demás y hacernos chistes entre nosotros, con bastante poca gracia. Durante esos años llegaron los hipermercados, y la cultura de compra cambió totalmente.</p>
<p><span id="more-120"></span>Poco después de cumplir diecinueve, haciendo uso de una de las pocas ventajas de ser Aprendiz de Brujo, que es que se ganan sueldos relativamente decentes, me fui a vivir solo. Le alquilé un departamentito pequeño a una viejecita dulce en San Telmo, y allí me instalé. Después de algunos meses de comer sistemáticamente alternando el bar de abajo (DesNivel, o para algunos, simplemente <em>La Parrillita</em>) y el <em>McDonald’s</em> de la otra esquina, salpicado de esporádica comida china, advertí que comenzaba a ganar algo de peso (tendencia, por cierto, que a pesar de las diferentes técnicas empleadas hasta hoy, se mantiene, a mi pesar, ascendente). Decidido a mejorar la calidad de mi alimentación, y por lo tanto, de mi vida, comencé a observar lo que hacían las personas de mi entorno que llevaban bien una casa. Desafortunadamente, mis colegas de profesión (teniendo en cuenta solamente a los que ya no vivían con sus padres) se dividían en dos grupos: los que comían igual o peor que yo (tengamos en cuenta que en mis primeros cinco años de vivir solo, jamás encendí el horno) y los que tenían esposa, mujer o concubina de alguna clase. Esta segunda alternativa estaba bastante lejos de mi ánimo por aquéllos días, así que opté por observar a mis padres. Fruto de esta observación descubrí una de las principales costumbres de la clase media en las sociedades civilizadas: <em>hacer la compra del mes</em>. “Esto debe ser sencillo”, me dije a mí mismo, que aparentemente, a pesar de ser capaz de gestionar y programar sistemas informáticos de alta complejidad, era genéticamente inútil para la rutina doméstica… “Solamente tengo que hacer la compra del mes, y todo irá mejor”.</p>
<p>Allá fui.</p>
<p>El mes siguiente, nada más cobrar el sueldo, me subí al coche y me fui al <em>Carrefour San Lorenzo</em>. Hacía al menos siete años que no <em>iba a comprar</em>, así que lo tomé como una excursión. Grande fue mi sorpresa al descubrir que, durante mi ausencia del mundo de la alimentación, habían reemplazado los tradicionales supermercados de barrio por auténticas catedrales dedicadas al consumo. Al entrar por primera vez a un <em>Carrefour</em>, un abismo de productos se abrió ante mí: pasillos y más pasillos y góndolas y más góndolas, cuya disposición, temática, ubicación y utilidad se volatilizaban de mi cerebro al salir de allí, impidiéndome conservar información útil de una visita a otra. En la práctica, el resultado fue dramático. Cada principio de mes iba al <em>Carrefour San Lorenzo</em>. Me armaba de un carro y de bastante valor y entraba a la jungla indomable de productos perecederos y no perecederos. Intentaba tomármelo con calma, pero resulta que había cosas, como por ejemplo los <em>packs</em> de dieciséis rollos de papel higiénico, que compraba en cada una de mis visitas, ante la imposibilidad orgánica de recordar claramente cuáles eran mis existencias actuales, con el triste resultado de una acumulación lenta y persistente de papel higiénico que ya no tenía donde guardar. Sistemáticamente también cedía a la tentación de comprar alguna cosa absurda y cara, como un <em>pack</em> de cintas vírgenes de vídeo que no necesitaba, o un set de sartenes que pensaba que me ayudaría a cocinar más. Al final, mi tolerancia al sitio se reducía siempre a un rango de entre veintidós y treinta y cuatro minutos, al cabo de los cuales pagaba entre doscientos cincuenta y trescientos cincuenta pesos por un carro que apenas superaba la mitad de su capacidad en contenido. Llegaba a casa, escondía todo lo que había comprado en los armarios de la cocina, descansaba media hora, y luego comenzaba a abrir las puertas buscando algo que comer: nunca había nada, así que me iba a comer a <em>La Parrillita</em>, resignado y con trescientos pesos menos. Me prometía que al mes siguiente lo haría mejor.</p>
<p>Al cabo de varios años de intermitentes esfuerzos improductivos por mejorar mi inteligencia de consumo, me fui a vivir con una japonesa, de la que no revelaré el nombre para preservar su intimidad, pero a efectos prácticos supondremos que se llamaba Kim. Kim era una amiga mía que tenía un problema temporal de vivienda, así que le ofrecí que se quedase en casa durante un par de meses. Nos liamos el mismo día que se mudó, con lo que me encontré viviendo en concubinato completamente a traición, sin poder hacer nada para remediarlo. En un principio eso me asustó. Hasta que, cuando llegó el principio del mes siguiente, le dije: “Kim, tenemos que hacer la <em>compra del mes</em>”. “Claro” dijo ella. Llegamos al <em>Carrefour</em>, y en cuanto me arrebató el carrito sin ningún tipo de miramientos supe que algo diferente iba a suceder. Recorrimos los pasillos durante más de una hora, mientras ella seleccionaba cuidadosamente los productos y yo descubría nacer en mi interior una impaciencia nueva, y un hastío completamente desconocido, que me produjo una enorme incomodidad. Cuando llegamos a la caja, el carro rebosaba de cosas, simulando de perfil la silueta de una isla con un volcán en el centro. “Esto va a costar una fortuna”, dije. Kim asintió, con un gesto grave, y no dijo nada más. Cuando la cajera terminó de jugar con su maquinita de hacer pitidos, me miró y dijo: “Son ciento treinta y cuatro con veintidós”. “No puede ser”, le dije, “si estamos comprando mucho más”. Me miró, entre confundida, divertida o simplemente no interesada, y me dijo: “¿Efectivo o tarjeta?”. Le di la tarjeta mientras, para mis adentros, comprendía por fin que la compra me era un arte ajeno. Cuando llegamos a casa, Kim ordenó todo perfectamente, y hubo comida durante muchos días. Entendí por fin por qué le decían <em>la compra del mes</em>.</p>
<p>Después me separé de Kim, y naturalmente volví a caer en mi rutina de no ir a los mega-supermercados. Cuando me mudé a Barcelona, mi desesperación fue en aumento. En los supermercados españoles, la <em>manteca</em> es una grasa de cerdo incomible, y hay que elegir el paquete que dice <em>mantequilla</em>, como comprobé asustado tras un primer mordisco al pan. Las marcas eran distintas, los envases también, y para peor, el primer mundo parecía estar ocupado en una actividad febril de diversificación de productos. Le leche, que antes era entera o descremada, ahora tenía miles de versiones:<em> </em>La entera de siempre, semidescremada, descremada, enriquecida con calcio, con ácidos grasos omega tres, con isoflavonas de soja (que, dicho sea de paso, nunca supe qué son ni para que sirven), con lactobacillus ge ge. Descubrí que los supermercados eran mucho más hostiles que durante mi infancia, y que elegir una lata de paté se había vuelto una tarea casi imposible.</p>
<p>Ahora estoy casado, y <em>la compra del mes</em> la hace mi mujer por internet, y nos la traen a casa, pero aún así sigo temiendo los días en los que tenemos que ir al supermercado. Y secretamente sospecho que, además de estar enamorado, del deseo de formar una familia y de las ganas de compartir mi vida, una de las razones ocultas por las que me casé fue para tener a mi lado a alguien fuerte, alguien con entereza de carácter. Alguien que me proteja de la venganza de las Isoflavonas de soja.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El Aprendiz de Brujo y el Supermán Humano</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Sep 2009 00:43:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>Mi familia es un completo desorden. Ni siquiera hago el intento de disimularlo, hace ya muchos años que estoy resignado a eso. Sería muy largo de explicar en una entrada de blog (por eso estoy escribiendo una novela), pero hay cosas que vale la pena recapitular. Crecí explicando con vergüenza: <em>“Yo tengo dos mamás”. </em>Con vergüenza y un íntimo y secreto sentimiento de culpa hacia mis dos madres por querer a la otra. Culpa de esa que solamente nos pueden hacer sentir las madres a través de un amor que duele y reconforta. De adulto, a veces utilizo la ironía cuando digo: <em>“Yo tengo dos madres, y me sobra una y media”</em>. Lo que no digo es que, más allá de todo, no puedo prescindir de ninguna de las dos. Tuve dos madres y seis abuelos. Tengo cinco hermanos y sin embargo soy hijo único. Algunos de mis hermanos tienen hermanos que no son hermanos míos, desafiando así la transitividad filial que se supone una verdad única.</p>
<p>Y tengo, por supuesto, una infinidad de tíos, primos hermanos, primos segundos y demás cargos entre un entramado demencial de parentela interminable, que a veces estoy tentado de renunciar definitivamente a intentar descifrar. Pero de todos ellos, de toda esa parentela, hoy quiero hablar de mi tío Ramiro. El hermano de una de mis mamás.</p>
<p><span id="more-112"></span>Me crié en una casa en la que vivíamos cuatro hermanos (con dos de mis hermanos nunca tuve la suerte de vivir), y muchos de los veranos pasábamos dos meses en casa de mis abuelos, en Montevideo. Mi tío Ramiro tendría entonces veinte o veintipocos años, y para mí y para mis hermanos era Supermán. Pero era un Supermán de carne y hueso, cercano, humano de verdad. En toda mi infancia no recuerdo un adulto que nos dedicara tan plenamente y durante tantas horas su completa atención. Era fuerte, invencible y alegre, y estaba siempre rodeado de un halo de admiración que aún de adulto, cuando lo veo, me parece reconocer en él.</p>
<p>Mi tío Ramiro andaba descalzo todo el verano. Iba descalzo a hacer la compra, iba descalzo a la playa, y salvo para ir al centro, creo que no se ponía calzado de ningún tipo durante toda la temporada de calor. Nosotros queríamos ser como él. Salíamos de la casa de mis abuelos, descalzos, sufriendo por un caminito de piedrecillas de unos treinta metros que había hasta la calle, y luego caminábamos tras Ramiro sobre las aceras recalentadas por el sol del verano, corriendo de sombra en sombra, y sin quejarnos a pesar del dolor. Ramiro nos llevaba las chancletas en la mano, se reía y nos las ofrecía. Nosotros nos negábamos por orgullo, y al llegar a la playa la arena tibia en los pies era un auténtico descanso.</p>
<p>Mi tío Ramiro me enseñó a dormir en una hamaca, en las noches de verano, bajo el cielo estrellado del patio, y a conjurar el miedo a la noche y al susurro oscuro y secreto de los árboles. Y cuando, alguna vez, una lluvia inoportuna quebró el silencio del amanecer, se levantó a buscarme, a arroparme dormido y meterme dentro de la casa para que no me mojara. Me enseñó también a poner una lombriz en un anzuelo, y a <em>pescar la encandilada</em>. Nos llevaba de noche a la playa, con un farol de gas, a recoger con un mediomundo decenas de pececitos plateados que mi abuela rebozaba y nos comíamos “con cabeza y cola”, orgullosos por la aventura nocturna. Aún lo puedo recordar, acuclillado, con un cigarrillo negro humeando en los labios, intentando encender el farol a pesar del viento de la playa.</p>
<p>Mi tío Ramiro tenía un halcón, un palomar lleno de palomas, un gallinero y un estanque con dos enormes tortugas de agua dulce, y nos enseñaba a darles de comer fiambre cortado en tiras, quitando rápido la mano para que las tortugas no nos mordiesen los dedos.</p>
<p>Mi tío Ramiro me enseñó a disfrutar de los juegos de mesa. Las primeras veces que recuerdo en mi vida que nos dejaran, después de cenar, quedarnos con los grandes a jugar fueron en su casa (ahora que soy padre y tío sé que hay cosas que los tíos y los abuelos pueden permitir, y que lamentablemente los padres no podemos). Jugábamos a <em>El Bancario</em>, una versión localizada a la uruguaya del <em>Monopoly</em>, que en Argentina se llamó <em>El Estanciero</em>. Había una propiedad llamada <em>La Gruta de los Cuervos</em>, que a mi hermano Pancho le encantaba. No sabía por qué, pero le encantaba. Era una propiedad de mierda, no valía nada, pero Ramiro siempre la compraba, para luego vendérsela a él por un precio desorbitado. Pancho lo pagaba, olvidando el objetivo final del juego, y buena parte de la velada giraba en torno a la posesión de <em>La Gruta de los Cuervos</em>.</p>
<p>Mi tío Ramiro una vez se compró una moto. Habíamos ido los cuatro a la playa con mi mamá, y Ramiro llegó en la moto, conduciendo sin camiseta (o al menos lo recuerdo así). Yo no debía tener más de seis o siete años. Todos queríamos volver a la casa con él en la moto. Lo sorteamos y gané, pero resulta que tenía el bañador mojado, y Ramiro no quería mojar el asiento de la moto nueva. Entonces mi tío Ramiro fue rápidamente hasta la casa, buscó unos pantaloncitos cortos verdes míos, y a los diez minutos lo vimos volver, aún sin camiseta, en la moto, con el pantaloncito en la cabeza, flameando. Fue la primera vez que me subí a una moto.</p>
<p>Mi tío Ramiro formó una familia. Una esposa maravillosa (se merece un <em>post</em> aparte) y cuatro hijos, el mayor de la edad del menor de mis hermanos. Y también tuvieron, durante muchos años, una perra peluda llamada <em>Pacha</em>, con la que jugábamos todos los veranos. Por alguna razón o por simple casualidad, <em>Pacha </em>murió durante una de mis visitas, y pude acompañar a Ramiro ese día. Amaneció muerta una mañana, y no se me borra de la memoria mi tío Ramiro, otra vez acuclillado, sobre la perra, tocándola, acariciándola, mientras sus lágrimas salpicaban el suelo de terrazo. Fue la primera y única vez que vi llorar a mi tío Ramiro.</p>
<p>Cuando éramos chicos, en Uruguay se usaba mucho el canje de libros. Cada verano, mi tío Ramiro nos llevaba al canje <em>Rubens</em>, en la feria de <em>Tristán Narvaja</em>. Cada año dejábamos un montón de libros y nos traíamos otro montón, y era tan mágico como comprar sin dinero. Íbamos a la feria todos, Ramiro, Iliana, sus cuatro hijos y los cuatro sobrinos, y era un milagro que no nos perdiésemos en un mundo de gente y compra venta de las cosas más absurdas. Volvíamos contentos, en el autobús, cantando <em>“En la feria de Tristán, me compré una cafetera, chú chú la cafetera…”</em>.</p>
<p>Los recuerdo más antiguos que tengo de mi tío Ramiro, en uno de esos veranos en los que no había dinero ni para mentir, pero no importaba, son dos: el primero fue un día, paseando por no sé dónde, que vi por primera vez un <em>Scalextric</em>, y me pareció la cosa más deseable del mundo en su caja roja. Durante muchos años creí que solamente se podían comprar en Uruguay. El segundo (si será antiguo, que solamente estábamos mi hermano mayor y yo) fue para carnaval, en febrero. Habíamos pasado por una tienda en la que había máscaras, y Pancho y yo habíamos deseado con todas nuestras fuerzas unas caretas de cartón que representaban una calavera. No éramos niños de andar pidiendo cosas, pero no pudimos ocultar el deseo. Ramiro las compró y pudimos “asustar” a mi abuela, y luego a nuestros padres, una vez de vuelta en Buenos Aires.</p>
<p>La última vez que vi a Ramiro fue durante uno de los viajes a Buenos Aires con mi hijo Pablo, que estaba en plena edad del porqué (ver post <a href="http://pilux.wordpress.com/2009/08/28/asi-es-la-vida/"><em>Así es la vida</em></a>). Ramiro e Iliana vinieron desde Montevideo para vernos, y una noche, mientras todos charlábamos en casa de mi hermano Pancho, Ramiro se pasó más de una hora en el balcón, a solas con Pablo sentado en sus rodillas, respondiendo todas sus preguntas y hablándole del cielo y las estrellas, y aunque no se lo dije entonces, contemplarlos me hizo revivir de golpe y sin anestesia toda la ternura, el amor y la ilusión que sentía de niño al ver a mi tío. Desde esa noche me acompaña una emoción intensa cada vez que evoco ese recuerdo.</p>
<p>El tiempo pasó, y a medida que me hice grande, fui viendo a Ramiro cada vez un poco menos Supermán y un poco más humano, hasta que finalmente logré, de adulto, verlo como un humano completo, y uno de los más humanos que conozco.</p>
<p>Hace unas pocas semanas mi tío Ramiro sufrió un infarto. Y le pasó estando yo tan lejos. Durante los días que pasó en el hospital, lo llamé varias veces, y aunque sonaba tranquilo y me aseguraba una y otra vez que se sentía perfectamente, yo no podía dejar de imaginar que debía estar asustado, como cualquiera en un trance así. Las conversaciones fueron muy cariñosas, y no dejamos de decirnos que nos queremos. Sin embargo, y no por ser hombre, sino por ser adulto, no fui capaz de decirle que mi primera sensación fue de rabia contra él. Pensé que el hijo de una gran puta tuvo el mal gusto de arriesgarse a morir a traición, sin darme siquiera la oportunidad de decirle, cara a cara, lo importante que fue y es en mi vida, lo profundo de los sentimientos que tengo por él, la riqueza enorme de los recuerdos que nuestra vida juntos me ha dejado, y, sobre todo, ahora que no soy un niño, sino un hombre que se ha convertido en Aprendiz de Brujo, que para mí sigue siendo el Supermán mas humano, ese que aún cuando es hombre, y tiene menos pelo y arrugas alrededor de los ojos, y es evidente que como cualquier otro hombre, un día se puede morir, a pesar de todo eso, es más admirable que nunca. La próxima vez que lo vea se lo voy a decir.</p>
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		<title>Así es la vida</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Aug 2009 14:24:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[argentina]]></category>
		<category><![CDATA[buenos aires]]></category>
		<category><![CDATA[cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[exilio]]></category>
		<category><![CDATA[hijos]]></category>

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		<description><![CDATA[Antes de tener hijos yo pensaba que todo iba a ser maravilloso cuando llegaran. Y que se me entienda bien, el pretérito del verbo pensar no quiere decir necesariamente que ya no crea que son de las mejores cosas que hubo, hay y habrá en mi vida. Simplemente significa que pienso que hay una parte oscura del asunto, algo que, por alguna razón misteriosa, todos los padres nos empeñamos en callar y en no advertir a quienes se embarcan sin saberlo en el viaje de los hijos. Es como si al descubrirlo, de alguna forma perversa y secreta, quisiéramos dejar que cada uno se estrelle solo contra la realidad y descubra sin ayuda que no todo es maravilloso, que la falta de sueño a veces te agobia, que la paciencia que creías que iba a ser infinita de repente se revela sorprendentemente corta, y sobre todo, que  a medida que tus hijos crecen, descubres en ellos cosas que no te gustan, y esas cosas no hacen más que reflejar las que no te gustan de ti mismo, con una exactitud asombrosa y terrible, una precisión calcada de tus defectos y tus miedos, sumados a los de su otro progenitor. Ellos tienen todo lo bueno y todo lo malo de ambos, y quizás por eso a medida que pasan los años los niños son cada vez más inteligentes y más rápidos, y también más terribles e inmanejables.
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p>Antes de tener hijos yo pensaba que todo iba a ser maravilloso cuando llegaran. Y que se me entienda bien, el pretérito del verbo <em>pensar</em> no quiere decir necesariamente que ya no crea que son de las mejores cosas que hubo, hay y habrá en mi vida. Simplemente significa que pienso que hay una parte oscura del asunto, algo que, por alguna razón misteriosa, todos los padres nos empeñamos en callar y en no advertir a quienes se embarcan sin saberlo en el viaje de los hijos. Es como si al descubrirlo, de alguna forma perversa y secreta, quisiéramos dejar que cada uno se estrelle solo contra la realidad y descubra sin ayuda que no todo es maravilloso, que la falta de sueño a veces te agobia, que la paciencia que creías que iba a ser infinita de repente se revela sorprendentemente corta, y sobre todo, que  a medida que tus hijos crecen, descubres en ellos cosas que no te gustan, y esas cosas no hacen más que reflejar las que no te gustan de ti mismo, con una exactitud asombrosa y terrible, una precisión calcada de tus defectos y tus miedos, sumados a los de su otro progenitor. Ellos tienen todo lo bueno y todo lo malo de ambos, y quizás por eso a medida que pasan los años los niños son cada vez más inteligentes y más rápidos, y también más terribles e inmanejables.</p>
<p><span id="more-33"></span></p>
<p>De todas maneras, haciendo caso omiso de los pequeños sinsabores que trae a tu vida la paternidad, los padres nos centramos maniáticamente en las anécdotas divertidas y en la multitud de pequeñas sorpresas que los hijos nos muestran cada día, y que al final hacen que todas las noches, al irte a dormir, te des cuenta de que continúas creyendo que tenerlos es lo mejor que has hecho y que lo volverías a hacer una y otra vez, aún sabiendo que no todo es perfecto, porque precisamente eso es lo que te obliga a esforzarte continuamente en ser una persona mejor, para darles un padre mejor.</p>
<p>Cuando mi hijo Pablo tenía tres años fuimos todos a Buenos Aires de vacaciones, como hacemos cada vez que el euribor lo permite. Pablo estaba en plena época de <em>porqué</em>. La etapa del <em>porqué</em> es algo que todos sabemos que existe. Todos los padres te cuentan que sus hijos pasan por el <em>porqué</em>. La cultura popular está llena de referencias al <em>porqué</em>. Inclusive, <em>Les Luthiers</em>, haciendo gala de enorme talento y maestría en su inmortal <em>“La gallinita dijo Eureka”</em>, dan una noción bastante acertada del asunto. No es ningún secreto para nadie, y no lo era tampoco para mí. Sin embargo, y a pesar de que la vida me había llenado de advertencias al respecto, siempre pensé que yo sabría manejar el <em>porqué</em>, y que hasta me gustaría sumergirme en largas e infinitas series de preguntas y respuestas, teniendo en cuenta cómo he sido yo de niño y mi propia avidez de conocimiento y respuestas.</p>
<p>La realidad fue otra. Tus hijos te superan en todo, a pesar tuyo. La etapa del <em>porqué</em> de Pablo era de una persistencia pasmosa. Comenzaba por la mañana y durante todo el día se sucedían preguntas, a veces muy profundas. Contra mi pronóstico y mi convicción personal de que para mí sería fácil satisfacer sus dudas, me agotaba responder una y otra vez a las preguntas, y más de una vez su lucidez y su agudeza me dejaban sin respuestas. Entonces desarrollé un método que consistía en que, cada vez que me tenía contra las cuerdas, derrotado y sin más sabiduría que ofrecerle, yo cerraba la conversación con una respuesta categórica: <em>“Porque así es la vida”</em>. Pablo, que como he dicho antes ya a los tres años me superaba en agilidad física y mental, rápidamente comprendió que, cuando llegaba esa frase, no podía continuar la serie de <em>porqués</em> que nos habían llevado hasta ese punto, lo que me produjo una enorme satisfacción: contaba con una herramienta infalible a prueba de <em>porqués</em>.</p>
<p>La felicidad duró poco. Al tercer o cuarto día de haber comenzado a utilizar mi arma secreta, una noche, después de un largo día de eternos <em>porqués</em> terminados secamente en <em>“Porque así es la vida”</em>, y probablemente porque debido a que, dada su comodidad, seguramente comencé a abusar de la fórmula, cuando estaba con Pablo preparándolo para irse a dormir, los dos solos, en la habitación en penumbra y después de un rato de agradable silencio, mi hijo levantó la vista, como finalizando una larga reflexión, y me preguntó:</p>
<p>-          Papá, ¿por qué es así la vida?</p>
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