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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; familia</title>
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		<title>Diciembre sin sol</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Dec 2011 10:30:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No es nuevo para nadie que la Argentina arrastra un caos congénito y vital, una herencia maldita y poderosa a la vez, que la hace única. Y esa herencia, esa marca indeleble, ese <em>no se qué</em> distintivo del que nos enorgullecemos los argentinos y del que, muchas veces, recelan los demás, no está hecho de sus llanuras interminables, ni de las Cataratas del Iguazú. No se puede encontrar en la cima del <em>Aconcagua</em>, ni en la rompiente del glaciar Perito Moreno. No es de hierba ni de tierra, no es de cuero ni de sangre, no es el viento <em>pampero</em> que arrecia, ni la <em>sudestada</em> infame que anega de mierda líquida los barrios pobres.</p>
<p>Ese <em>plus</em>, ese algo intangible y esquivo, puede encontrarse en los ojos de la gente, en las manos, en los abrazos, en los silencios, en los encuentros y, sobre todo, en las ausencias. Se puede encontrar en las miradas de las Madres de Plaza de Mayo, en las voces que aún resuenan de treinta mil almas truncadas por la infamia, pero también en la sonrisa y los dedos blanquecinos de harina del que te vende el pan, en el abrazo tembloroso de cualquier reencuentro entre amigos de verdad, en los cuerpos que se entrechocan en el caos urbanita de la calle <em>Florida</em>, en la mirada profunda con que cualquier <em>ex profesor</em> reconoce a cualquier <em>ex alumno</em>, en todos y cada uno de los domingos por la tarde, viendo fútbol en un bar cualquiera.</p>
<p><span id="more-1184"></span>La Argentina es un país de personas de carne y hueso, de rostros y voces, de piel y tacto. Es un país con demasiados muertos enterrados, pero también con muchas ganas de vivir. Es un país de gente que te mira a los ojos, hombres y mujeres que pueden y saben escuchar cuando les hablan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero, sobre todo, la Argentina es un país donde diciembre trae, indefectiblemente,  treinta y un días de sol.</p>
<p>Treinta y un días de cielos líquidos, limpios, salpicados de nubes que lo dibujan de celeste y blanco.</p>
<p>Treinta y un días de sofoco, de calores tórridos que aplastan Buenos Aires con furia, pero invitando a los porteños a desnudarse el torso, a reconocer en propia piel el sudor, a saber del otro en carne propia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y no es trivial. Supersticiosos o no, religiosos o no, practicantes de rituales que creíamos piadosos, y que están hoy prostituidos por la voracidad infame de la industria, o no, lo cierto es que no podemos – no puedo – evitar hacer balances en diciembre, pensar la vida, pensar el año que se va y el que viene, los pocos aciertos y los muchos errores, los días de tu vida que pasan, empaquetados de a trescientos sesenta y cinco, mientras lo único que aparentemente cambia es la altura de los hijos, lo incisivo de sus preguntas, el tamaño de sus manos ya no tan pequeñas, lo redondo de sus ojitos asombrados, cada vez más redondos, cada vez más asombrados.</p>
<p>Entonces me siento en mi balcón, desde donde las montañas presiden la llegada del invierno a una tierra hermosa, pero con la memoria histórica repleta de malos recuerdos, las manos enchastradas hasta los codos de sangre derramada en nombre de Dios, o en nombre del oro necesario para pagar las guerras de Dios, que viene a ser lo mismo; y enciendo uno más de tantos cigarrillos, con los dedos congelados, con el rostro que se vuelve de cristal bajo el arañazo infame y traidor de las uñas filosas de un viento helado, y contemplo los cielos encapotados de mi diciembre particular.</p>
<p>Bajo mi techo, es verdad, no falta sopa. No falta ni sopa ni amor. Pero es amargo reconocer en voz alta que me siento agradecido por tener lo que me he ganado con justicia. La sopa está tinta en sangre de una España que hoy tiene la cabeza gacha, derrotada en Europa por la consecuencia infame de su carácter latino, y en las urnas por la pereza de algunos, la cobardía de otros y el fascismo de unos cuantos. La sopa reconforta por su calor, pero tiene el sabor metálico de muchos otros platos vacíos. Mientras tanto, el amor es siempre un regalo, pero también un premio merecido a una vida vivida con honradez.</p>
<p>Mi diciembre particular trae, este año, por primera vez en los últimos once, miedo ambiental.</p>
<p>Miedo porque una vez más, la intolerancia se abandera de votos que, aunque insuficientes, le dan derecho a gobernar con la voz autoritaria de algunos, sobre el silencio de todos los demás.</p>
<p>Miedo porque la promesa del primer mundo que hace ya más de una década me trajo a estas tierras se desmorona, se despedaza, embarullada en medio de un terremoto en cámara lenta, mientras la gente pierde lo que queda del bienestar que el estado repartía cuando sobraba pan y no alcanzaban las manos para llenarse los bolsillos, y los de siempre caen de pie, y también los de siempre – los otros de siempre – sufren la falta de esperanza.</p>
<p>Miedo porque todas las mañanas me pregunto cual será la mala noticia del día.</p>
<p>Miedo porque, a pesar de todo, la anestesia social sigue en el <em>top ten</em> en la lista de los más vendidos, y hacemos entonces gala de una extrema pasividad para aceptar la desgracia y la derrota.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No puedo evitar, a pesar de ser este un otoño suave y soleado, ver mi diciembre repleto de cielos oscuros, un horizonte de nubes negras, y mucha, mucha melancolía.</p>
<p>Tampoco puedo, ni quiero evitar, el recuerdo transparente de los diciembres argentinos, con su luz particular, con su brillo. Eran otros tiempos y otras voces, pero a pesar de que también en Argentina, en su día, el balance del año que se iba era negro, a pesar de tener también la memoria manchada de sangre, a pesar de que, sin lugar a dudas, la falta de pan alrededor fue siempre allá mucho más grave, es imposible sustraerse al encanto tórrido de los cielos de diciembre, a las noches azul marino alfombradas de gargantas entonando fiesta, los pasos de pies al descubierto bailando una danza narcótica que espante los fantasmas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo que quiero decir, lo que quería decir antes de enredarme en la retórica de siempre, es que la fortuna y la memoria suelen conjurarse para mal de muchos, de este y de aquél lado del océano. Todos tenemos manchas en el expediente, y las vacas gordas se mudan de barrio cada vez que a un montón de ladrones con corbata y <em>carnet </em>les da la gana. Pero cuando llega el momento de echar cuentas, cuando la vida te sugiere una de esas pausas arbitrarias que el tiempo marca en un calendario para pensar, no es lo mismo un diciembre frío y lluvioso que un verano incipiente que te sugiere que desbordes las pasiones.</p>
<p>No es igual enfrentarte a otro año que promete ser miserable cuando estás refugiado en tu casa, comiendo algo caliente y compartiendo tu esperanza en familia, que hacerlo volcado en la calle, en una romería de vino, amigos y música gritada a las estrellas.</p>
<p>Se acaba el año, y no puedo ni quiero renunciar a la nostalgia de los diciembres soleados, de las voces recibiendo el año nuevo a grito pelado bajo un cielo interminable y generoso, danzando danzas guerreras con mucha piel al descubierto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No es, ni será nunca, ni remotamente parecido, enfrentarse al comienzo de un año difícil tapado con una manta hasta los ojos, o saltando sin camiseta, empapado de sudor, rodeado de piel y brazos y manos y labios y ojos. No es lo mismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por suerte para mí, en las manos de mi mujer y en los ojos redondos y grandotes de mis hijos, aún soy capaz de adivinar el celeste y blanco infinito de los cielos soleados de mi diciembre más auténtico. Y aunque las cosas pinten negras en esta España castigada, no renuncio a creer que, entre todos, podemos convocar un rayito de sol, pálido y genuino, para que ilumine este diciembre negro.</p>
<p>La realidad, la verdad y la crisis no son más que un punto de vista. Hay otros. Solamente hay que aprender a verlos, solamente hay que aprender a permitir que el rayo de sol convocado entre todos aporte una luz distinta, que nos permita imaginar, en la piel y en la sangre, que otro diciembre es posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Enano Cabezón III: Las nieves del tiempo platearon tu sien</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Oct 2011 08:53:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Es ya el tercer año que, pocos días antes de tu cumpleaños, me siento a pensar en vos, a escribirte, a intentar dejarte un sendero de palabras sinceras que puedan, algún día, ser el mejor regalo; el que te haga descubrir, sin artificios, algunas verdades sobre tu viejo. No hay mejor manera de dejarte saber sobre mis sentimientos, mis dudas y mis miedos, sobre mi rol de padre y mi papel de educador, sobre mi adulto pobre, sobre las lágrimas que te escondo, sobre las palabras que, como los adultos creemos que los niños <em>no entienden</em>, ahora no puedo decirte, pero te voy dejando en alguna parte, custodiadas quién sabe por qué arcano tenebroso, para que puedas recibirlas cuando tu edad sea de dos dígitos, cuando tus ojitos maravillosos ya no amenacen con desbordar tu cara, cuando tus labios encierren otra boca, una que haya cambiado los pucheros adorables que a veces te sacuden por un ansia indomable de besos lenguaraces y palabras mal dibujadas.</p>
<p><span id="more-1171"></span></p>
<p>Como te decía antes de perderme en mi retórica, en esas vueltas dialécticas que suelo dar antes de entrarle de lleno a los temas, es esta carta la tercera conversación que tenemos de hombre a hombre, entre mis palabras y tu silencio, y es hora de que vayas sabiendo algunas cosas que aún no podés saber. Quiero contarte un secreto acerca de mí, pero quiero decírtelo en voz baja, en un susurro apenas audible, en un cónclave sólo para los dos, que nadie me oiga, porque me da pánico: Soy un hombre, mi amor. Sé que a veces creés que tu papá es un héroe, que lo puede todo, que no teme ni padece, y te confieso que me gusta jugar contigo ese juego en el que mi presencia basta para garantizar que nada malo puede pasarte, pero no es verdad, mi amor. A veces, te miro jugar con tu hermano, desparramando fantasías por el salón de casa, y un miedo infame me atenaza, me atormenta y me duele físicamente. Es un miedo sin cara ni nombre, absurdo y abstracto. Un miedo que habla de no estar un día para vos, de no saber claramente cuál es el siguiente paso, de estar errando los valores que quiero enseñarte. Un miedo atroz por la certeza de la presencia física de mis defectos en ustedes dos, la inevitable repetición de mis errores, la reproducción en chiquito, otra vez, de mis fantasmas de niño. Entonces, cuando ese miedo me asalta, con todo lo hombre que soy, con todo lo fuerte que me ves, con mis treinta y ocho otoños cargados a la espalda, siento ganas de llorar. Y no sólo siento ganas de llorar, sino que necesito que seas vos quien me consuele. Necesito llorar entre tus brazos, necesito dejar que mis lágrimas dibujen caprichosamente su rastro salado sobre tu carita infantil, sobre tus hombros, tan chiquitos que parece mentira que puedan sostener tu cabeza.</p>
<p>Pero también, además de la nobleza inherente a la paternidad, la que tengo yo y seguramente cada uno de los padres de tus compañeros de clase, de tus amiguitos y de la mayoría de los niños de este mundo, tengo momentos de auténtico mal padre, mi amor. A veces caminamos por la calle, y voy pensando en mis cosas, apenas consciente del sudor limpio de tu manito infantil apretada entre mis dedos, y entonces vos necesitás compartir tu día de niño, repleto de trivialidades, haciéndolo competir con mis miserias de adulto, los problemas del trabajo, mis anhelos oscuros e inalcanzables, mi mal humor de la tarde. Y caminamos, uno junto al otro, yo con la vista perdida, pensando en mis cosas, y vos sin parar de relatar un suceso nimio, un encontronazo en el patio, una canción que habla de estrellas y de luna, un nuevo otoño que te maravilla porque solamente viste otros cuatro, una conversación con tus abuelos. Vas hablando, mientras tratás de mantener mi paso, de mirar hacia adelante y al mismo tiempo buscás mis ojos con los tuyos. Y yo camino, ignorando tu discurso con unas cuantas acotaciones vacías de <em>“¿Sí?”</em> o <em>“¿En serio?”</em>, mientras íntimamente deseo que te calles de una vez, y que me dejes pensar. Inevitablemente, por la noche recupero esos momentos, y me pregunto cuántas tardes de inocencia nos quedan, cuántos trayectos de tu parloteo simultáneo con el de tu hermano, cuántas canciones de estrellas y lunas tenemos por compartir antes de que tu Dios Padre privado y total se transforme en un hombre de carne y hueso, desmoronándose en tu universo privado hasta que seas capaz de reconstruirlo, como hice yo con el mío, después de varios años de trabajo. Y es entonces cuando me arrepiento de mi silencio y me prometo escucharte con más atención la próxima vez, sabiendo que no voy a ser capaz de hacerlo, porque los adultos, mi amor, siempre tenemos problemas <em>urgentes</em> que sepultan lo verdaderamente <em>importante</em> bajo una montaña de papeles sin sentido. Todos los adultos, hijo, somos ciegos con ojos, hundidos bajo el peso de una realidad que a veces es tan siniestra que mejor ni pensarlo, y por eso solemos perdernos los momentos mágicos de los niños, porque aunque sean mágicos, se repiten, y eso hace que pensemos que ya los veremos la próxima vez.</p>
<p>Y no quiero dejar esta carta hasta el año que viene, mi amor, sin contarte que este año – como todos – hiciste algo que, para mí, fue un poco más especial que las otras cosas especiales que hacés. Este año escuchaste <em><a href="http://www.musica.com/letras.asp?letra=809903" target="_blank">Volver</a></em>, uno de mis tangos preferidos, sobre todo desde que vivo lejos de mi hogar, y te gustó. No me preguntes por qué, no consigo explicármelo, pero <em>Volver</em> te emocionó. Elijo pensar que tu sensibilidad de niño supo captar mi emoción profunda, mi nostalgia dulce y triste, y que esas emociones te hicieron incorporar ese tango desde dentro, sentirlo y reescribirlo para vos. Entonces, no sé bien cómo, acabaste aprendiendo todo el estribillo, e interpretándolo con emoción auténtica.</p>
<p>Y escuchar, mi amor, la dulzura de tu voz de cuatro años, que hablaba seriamente y con sentimiento de <em>Volver, con la frrrrrente marrrchita, las nieves del tiempo, platearon mi sien</em>, una vez más, invocó en mi interior el milagro de la paternidad. Me hizo saber que todo mi dolor, toda mi angustia, todos mis errores, sean de la naturaleza que sean, también constituyen la esencia de tu amor filial. Supe, sin necesidad de preguntártelo, que la Argentina de mis amores que hoy tengo tan lejos tiene también un trocito de tu pecho, una gota de tu sangre, aire en tus pulmones y tu amor de niño.</p>
<p>Y parece estúpido, mi amor, pero en este momento de mi vida, cuando tanta nostalgia siento, que sea precisamente tu voz la que me traiga esos versos, me provoca una emoción que no sé explicar. Solamente quiero agradecértelo. Quiero contarte, dejarte por escrito que, sin saberlo, me devolviste un pedacito de mí que se había quedado en Argentina, me conmoviste, me dejaste ver mi propia niñez a través de tus ojazos.</p>
<p>Quiero decirte, mi amor, con palabras que no sean de papel, sino de sangre y piel, que te adoro, que no importa lo que pase en adelante, porque tu canción dulce, las palabras de Gardel en tu boca que es mía, escribieron ya de forma indeleble, para siempre, tu amor de hijo, tu empatía con mi dolor, tu capacidad de emocionarme. No importa nada más, mi amor. Ahora que, precisamente en este instante, mientras te escribo, <em>las nieves del tiempo platean mi sien</em>, es el mejor momento para decirte, de una vez y para siempre, que con errores y aciertos, con mezquindades y promesas, con todo lo que soy, mi amor de padre es indestructible y total, es tuyo y genuino, y es el refugio perfecto, al que pase lo que pase en tu vida, siempre, siempre y sin necesidad de dar ninguna explicación, vas a poder <em>Volver.</em></p>
<p align="right"><em>Feliz cumpleaños.</em></p>
<p align="right"><em>Te adora,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Papá.</em></p>
<p style="text-align: right;"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Inventario de soledad masculina</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Sep 2011 08:37:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Aún hoy, muchos años después, soy incapaz de ver llover sin revivir en mi pecho un Buenos Aires pequeñito, pero igual al de mis veinte años. Puedo sentir, justo al lado de donde mi corazón ejerce de músculo, entre sístoles y diástoles, las hojas marrón y ocre del otoño bonaerense, empapándose lentamente para amontonarse junto a las alcantarillas. Puedo ver, sin ningún esfuerzo de imaginación, los empedrados de Palermo Viejo brillando sus reflejos, lustrándose bajo la lluvia sucia de una ciudad que, aunque no lo sepa, es mía, y aún más mía cuando llueve, y mas mía cuanto más arrecia la tormenta.</p>
<p><span id="more-1149"></span>Revivo, a mi pesar, la emoción violenta de un beso profundo y lenguaraz, con alguna novia ocasional, intentando protegernos de la lluvia bajo algún portal de la avenida Santa Fé, y la tristeza eterna de los sauces de Parque Lezama. Me encarno, sin quererlo pero sin evitarlo, en las farolas de mi San Telmo tanguero y locuaz, testigos invisibles de feria, noche, pasos, bares, personas de carne y hueso, y el repiqueteo sordo de las gotas gordas, grandes, sobre el ala de fieltro de mi sombrero.</p>
<p>Finalmente, como siempre en estos casos, cuando uno, con gusto, se deja atrapar por la memoria, arribo a la Vuelta de Rocha, donde siempre me espera una verdad desnuda. Es la verdad de mi infancia boquense, de mis hermanos sucios de arena de la Plaza Malvinas, de las tardes de lluvia en las que, armados de botas de goma, Mamá nos dejaba bajar a jugar con los charcos, sin supervisión de los adultos ni consejos de seguridad ni más restricciones que volver a casa a la hora de la merienda. Y es esa verdad desnuda la que me interroga cara a cara, y me pregunta de qué está hecho mi inmenso amor por Buenos Aires.</p>
<p>Al principio me sorprendo, o tal vez me hago el sorprendido. El amor por las ciudades no puede estar hecho de otra cosa que hormigón armado y un montón de horas vividas. Pero la lluvia, cuando arrecia, cuando golpea contra las ventanas a tantos kilómetros de tu casa, es como un suero de la verdad. Bajo los ojos, enciendo otro cigarrillo y me dispongo a responder, justo debajo del Puente de La Boca, mientras dudo que esos botes maltrechos y oxidados que flotan ante mis ojos, sean realmente capaces de flotar como lo están haciendo.</p>
<p>Es cierto que Buenos Aires guarda entre sus piedras la historia aburrida de cómo me hice hombre. Sabe de los esfuerzos de mi Padre y de los litigios de amor de mis dos Madres. Sabe de mis hermanos, cerca, y de mis hermanos, lejos, cruzando el río. Buenos Aires conoce al niño que, todos los años, empezaba el primer día de escuela con el pelo engominado de <em>Lord Cheseline</em>, muerto de asco por el tacto helado de la gelatina azul, y del adolescente seguro de sí mismo que un día decidió fumar, que descubrió los porros, la cerveza rubia y las mujeres, sin importar tanto el color de piel o de pelo como el perfil redondo de sus camisetas. Buenos Aires me vio, junto a las Madres y las Abuelas, en casi todas las <em>marchas de la resistencia</em>, y sabe de mis convicciones ideológicas, de mis guerras personales y de mi odio profundo contra tantos, tantos que se llenan los bolsillos sin importar a quién le faltará un vaso de leche por su avaricia, que no vale la pena nombrarlos. Buenos Aires fue testigo, también, de mi pasión futbolera, de los festejos en el obelisco, besando la celeste y blanca con lágrimas en los ojos, de la alegría explosiva del beso histórico entre el Diez y el Pájaro, del fondo azul y oro de mis tardes de domingo, solo o con amigos, pero siempre con el estómago encogido detrás del giro errante de una pelota cualquiera.</p>
<p>Pero lo que mejor sabe Buenos Aires de mí, lo que más conoce, no es ninguna de estas cosas. No es que soy buena o mala persona, ni mis convicciones profundas, ni mi intransigencia sobre algunos temas, ni mis novias de adolescente, ni mis hermanos, ni mi niñez, ni mis tantos colegios. Lo que mejor sabe Buenos Aires de mí es con cuánta intensidad, con cuánto dolor auténtico y qué profundamente quise y quiero a mis amigos. Y por supuesto, aunque Buenos Aires se esfuerce por ignorarlo, es Barcelona la que sabe bien cuánta falta me hacen, la ausencia permanente que me habita desde hace más de una década, la necesidad innombrable de mirarte a los ojos con un cómplice, de costado, para saber en una décima de segundo lo que estamos pensando, lo que estamos sintiendo, lo que vamos a hacer.</p>
<p>Es, sin duda, Barcelona, la que conoce mi plenitud de Padre y de Esposo, la que me vio hacer una familia, y la que conoce el inventario secreto de mi soledad de Hombre, la sombra alargada de la amistad masculina, imprescindible como el agua, y tan lejos que ni siquiera las gaviotas infames del Mediterráneo son capaces de convocarla cuando hace falta.</p>
<p>Y cuando Barcelona decide llover, justo frente a mi balcón, le gusta jugar con mi nostalgia, y entonces se sienta conmigo a mi mesita de madera, se queja bajito de tanta azúcar en mi café, y repasa para mí ese inventario tan temido. Le gusta, cuando la lluvia me humedece los ojos, recordarme que puedo ser feliz como Padre y como Marido, pero que el tiempo solamente agranda el arcón donde escondo mi soledad de Hombre.</p>
<p>Allí, a salvo del polvo y de la humedad, están los amigos de mi primera infancia, con los que descubrí las fantasías soñadas a plena luz, los juegos de superhéroes y los libros de aventuras. Están las noches de sábado, quedándome a dormir en sus casas, conversando asuntos de niños en voz baja, en la oscuridad, y las llamadas de atención de los padres: <em>“¡A dormir, que es muy tarde!”</em>. Están las tardes de domingo, cuando mi madre hacía una pila de panqueques con dulce de leche, y yo me sentía orgulloso y generoso de convidar a mis amigos.</p>
<p>Después, a la misma caja, fueron a parar las primeras fiestas hasta la madrugada, los primeros desayunos de café con leche y medialunas de grasa al amanecer, intentando conjurar una borrachera feroz antes de volver a casa, el descubrimiento sorprendente de la piel femenina y las caminatas eternas, cantando tangos a gritos sobre los adoquines necios de una ciudad dormida. Guardo también, los primeros viajes al Sur Argentino, con mochilas e ilusión, y muy especialmente una noche de 1991, junto a mis dos amigos del alma, acurrucados en una tienda de campaña rota, bajo una lluvia torrencial, empapados, intentando escuchar por la radio cómo estallaba la guerra del Golfo Pérsico, sintiéndonos más cerca que nunca.</p>
<p>Pero lo que más espacio ocupa en ese cofre, el verdadero secreto que atesora, son las claves rioplatenses de la amistad masculina, del amor de hombre a hombre. Son palabras, las charlas interminables regadas con cerveza o con ginebra, los cientos, miles de horas, mano a mano, relatando penurias o escuchándolas, los abrazos, como hermanos. Es la certeza, única, de haber hecho una elección de amistad que durará para siempre, inmune al tiempo, pero que sufre la distancia. Es el recuerdo físico de cada encuentro, de las charlas de café, de los viajes, de los sueños en común.</p>
<p>Y figuran también, en ese inventario, todos los momentos en los que los necesito, y están lejos. Cuando me casé. Las dos veces que fui Padre. Cada vez que conseguí un trabajo. Cuando publiqué mis libros. Cada una de las tardes de lluvia y fútbol. Los momentos donde arrasa la nostalgia. La certeza de una vida por delante extrañando a mis amigos, y, fundamentalmente, los días en los que no pasa nada, pero simplemente me haría bien un café, una palmada en el hombro, un abrazo de oso, el amor de un amigo, de hombre a hombre.</p>
<p>Pero ahora mismo toca levantar la vista, y volver a mi balcón antes de que, sin aviso, la lluvia se detenga, y se cierre la ventana de mi nostalgia profunda. Porque aunque a veces lo perdamos de vista, aunque a veces la tristeza no nos deje ver más allá, es indiscutible que, siempre que llovió, paró.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La Muerte en blanco y negro</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Aug 2011 07:52:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Pero otras veces La Muerte es envidiosa y terca. Otras veces decide matar por puro matar, porque le da la gana, por envidia o por simple aburrimiento. Y entonces mata cuando no toca. Mata a una persona joven, sin explicaciones ni ceremonias, sin justificarse, sin más explicación que la pura muerte, cuando no tocaba.</p>
<p>Esta semana nos visitó La Muerte. Habíamos vuelto de las vacaciones, y los niños se reencontraban con la tele, a nuestro pesar, mientras mi mujer y yo velábamos armas para su vuelta al trabajo, intentábamos conjurar la pereza de poner en marcha la maquinaria de la rutina habitual, sacudirnos el sol de la piel y el salitre del pelo, vaciar las valijas y rehabitar la casa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1133"></span>Entonces sonó el teléfono.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tres semanas antes – solamente tres semanas -, habíamos estado cenando entre amigos. Nada demasiado especial, simplemente una cena de amigos que hace mucho que no se ven. Una terracita, patatas bravas, cerveza rubia y conversaciones. La Muerte no estaba invitada a la cena, y solamente nos sentábamos a la mesa personas jóvenes. Personas con proyectos, con ganas y planes para vivir. Nos sentábamos a la mesa y nos relatábamos esas ganas de vivir de formas variadas, con viajes ya hechos o con itinerarios planeados a futuro, pero ni sombra de la capa oscura de La Parca: fue una noche feliz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Luego, las vacaciones, y a la vuelta sonó el teléfono.</p>
<p>Era La Muerte, que entraba en casa sin permiso y sin invitación, solamente para decirnos que la suerte de una de nuestras amigas ya estaba decidida. Su osamenta pálida refractaba la luz de una luna menguante, y las lágrimas aparecieron por aquí y por allá. Amigos del otro lado del teléfono, intercambiando la incredulidad sobre la línea. Cortamos la comunicación, y La Muerte se instaló en nuestro sofá. Se acomodó la capa, para no manchársela de polvo y no quiso nada para beber. Quiso explicarse, quiso decir que a veces toca a personas jóvenes, quiso hacernos entender, pero le dijimos que no. Le dijimos que nunca, nunca es ley de vida que le toque a una persona joven. Le dijimos rabia e impotencia, le dijimos palabras esdrújulas, le gritamos en silencio y la insultamos a gritos. A pesar de eso, se quedó toda la noche. Estuvo en el sofá y se fue con nosotros a la cama, a dormir en medio de los dos, con su respiración agria y marchita impidiendo renovar el aire pesado de la habitación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El cáncer puede consumir a una persona de menos de cuarenta años en solamente tres semanas.</p>
<p>Una mujer que tenía padres, hermana, amigos.</p>
<p>Una mujer que amaba a un hombre, a un hombre que la amaba a su vez.</p>
<p>Una mujer que planeaba casarse.</p>
<p>Una mujer que planeaba su maternidad.</p>
<p>Una mujer que quería abrir su casa a sus amigos, para contarles, para invitarlos a ese viaje de amor y sueños nuevos, el deseo de pequeños pies descalzos bajando la escalera algún día.</p>
<p>Una mujer que, sin ninguna clase de duda, merecía vivir su vida, tener su tiempo, amar a su hombre y a sus hijos.</p>
<p>Una mujer que, a pesar de todo eso, ya no está.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por primera vez en mis treinta y ocho años, no estoy siendo capaz de asumir y aceptar una muerte. Algo en mí se niega a admitir que es tan fácil como estar hoy y mañana dejar de estar. Vivimos y crecemos adiestrados para planificar a noventa años vista, para creer que un Dios bondadoso dibuja destinos idílicos para cada uno de nosotros, para ser cautos por lo que pueda pasar mañana.</p>
<p>Y en medio de esta rabia ciega y profunda, siento que somos cautos de más. Somos cautos con el dinero y con el placer, porque hay que guardar para después. Pero por inercia somos cautos con el amor y con las palabras. Somos cautos con la amistad y con la manera de brindarnos a los demás. Somos cautos para amar y para ser amados.</p>
<p>Y cualquier día pasa una mala ola y se lleva sin esfuerzo todos los granitos de arena que acumulamos en nuestra orilla particular, guardándolos para después.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por eso esta mañana decidí escribir mi rabia. Decidí convocar a La Muerte a capítulo y decirle que su Dios caprichoso, injusto y perverso no tuvo ni tendrá un cubierto en mi mesa, que puede llevarse a los que queremos, pero la renuncia a su memoria es una opción personal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y yo no renuncio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De nuestra amiga, no me quedaré con la imagen de un cuerpo inerte en una caja de cristal.</p>
<p>Elijo quedarme con su voz grave, de timbres armónicos; con su mirada atenta mientras conversábamos. Elijo su pelo azabache cayendo a dos aguas para enmarcar su rostro. Elijo quedarme con sus dos enormes y preciosos ojos verdes, siempre como sorprendidos, siempre vivaces. Elijo conservar para el resto de mi tiempo la foto de esa cena en la terracita de Cornellá. Elijo estar entre amigos. Siempre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y cuando volvimos del funeral, tristes, con rabia contenida y con el pecho inundado de palabras sin decir, La Muerte seguía en el salón de casa, sentada en el sofá, quieta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La echamos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Conjuramos su resplandor pálido con la risa fresca de mis hijos. Disolvimos el tejido pesado de su capa negra con el amor por nosotros, por nuestra familia, por nuestros amigos.</p>
<p>Y simplemente, decidimos juntarnos la próxima noche estrellada, en la terraza de unos amigos comunes, para hacer una carne a la brasa, consolarnos mutuamente, ayudarnos unos a otros a aceptar la injusticia y a aprender a vivir con ella, y sobre todo para levantar un vaso y brindar por su memoria, por su pelo negro, por sus ojos verdes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Como agua entre los dedos</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Aug 2011 09:27:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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		<category><![CDATA[escribir]]></category>
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<p>Como todos los años, a una semana de empezar mis vacaciones de verano, y por lo tanto alcanzar la frontera que divide dos períodos arbitrarios de trabajo, colegio de los niños, cuotas de la hipoteca y compras de súper, no puedo evitar hacer las cuentas de la vieja, y reconocer para mí mismo, una vez más, que el saldo económico del año es, nuevamente, igual a cero. Hemos vivido doce meses, y hemos alimentado a los niños, que desgraciadamente ya es bastante más de lo que muchos pueden decir. Hemos ido al cine, paseado y comido afuera. <a title="Juntos, mezclados y revueltos" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/07/02/juntos-mezclados-y-revueltos/" target="_blank">Hemos podido recibir a la familia en casa e invitarles con café y jamón de medio pelo</a>, y hasta nos vamos a poder pagar una semanita en un <em>Bungalow</em> en alguna parte de Palamós. Tenemos una miserable lista de posesiones nuevas – cosas que no necesitábamos pero que deseábamos -, y debemos un poquito menos de otras tantas deudas. Esa es toda la ganancia neta, en términos monetarios, de un año de esfuerzo y trabajo duro de todo el núcleo familiar.</p>
<p><span id="more-1096"></span>Sin embargo, y como todos los años también, me resisto a tener una visión meramente contable del año que se va, y terco como un perro viejo y gruñón, me empeño en encontrar otras cosas que hagan que valga la pena vivir y seguir luchando. Hace dos años y medio – nada más y nada menos que treinta meses -, después de diez años de silencio, recuperé para mi vida el viejo hábito y placer de escribir, aprovechando que la crisis me había dejado sin trabajo y que disponía de mucho &#8211; pero mucho &#8211; tiempo libre. Entonces descubrí que, no solamente el viejo vicio de castigar teclados con pavadas de rutina seguía vivo, intacto entre mis dedos, conociendo sin mi ayuda los caminos inciertos que dibujan palabras por el único arte de la memoria táctil, sino que, además, sentía renacer la vieja pasión, el placer íntimo de narrar historias, de deshilachar pensamientos, de mentir con elegancia y naturalidad. Reencontré en mi garganta el sabor dulce de algunas palabras y el tacto áspero de otras, liberé muchas de mis oscuridades ancestrales, invitando a los mezquinos fantasmas que me habitan a sentarse a mi mesa, a hundir su cuchara innoble en mi alimento único. Rescaté, casi sin proponérmelo, el dolor constante, el aliento helado que te empuja a la tinta y al papel una y otra vez, y pude identificar sus razones nuevamente. Las razones de ese dolor, múltiples, mutantes, hechas muchas veces de mi propia historia, y otras tantas de la historia del planeta, de los niños que pasan hambre, de las guerras del petróleo, de la Iglesia rechazando preservativos para gente que se muere de SIDA, siempre en el nombre de Dios, de las atalayas desde donde los poderosos contabilizan su cinismo, de la injusticia en general y la pobreza en particular.</p>
<p>Descubrí, además, ayudado por la vida dos punto cero, la satisfacción de compartir, de ser leído por muchos pares de ojos que, a su vez, tienen ideas, pensamientos, respuestas y más preguntas.</p>
<p>Ayer, víctima de un ataque repentino de frustración por no poder dedicarme por entero a escribir, me preguntaba públicamente si, debido a la falta de rentabilidad de la profesión de escritor, habría que dedicarse definitivamente a otra cosa. No era más que un mensaje en una botella, algo lanzado al aire por pura rabia, porque muchas veces siento que sería justo y merecido poder vivir de mi pasión. Inmediatamente después reflexiono y me doy cuenta de que, amén de la base injusta que rige el intercambio de bienes, servicios y pasiones de este mundo, en otro orden de cosas subyace una justicia anónima, regida por un ente superior que no es otro que la suma de los individuos que componemos la humanidad, y según esas leyes, casi todos estamos, más o menos, aproximadamente donde debemos estar. Por esa misma ley, tarde o temprano, si de verdad uno lo merece, podrá vivir de lo que le apasiona, y si no, deberá admitir entonces que no lo merece. En medio de esas tribulaciones, Nelson, un entrañable amigo de mi padre que, además, es lector habitual de este <em>blog</em>, me decía, no sin sabiduría, que siguiera adelante, pero sin olvidar el <em>Plan B</em>, porque es necesario sobrevivir. Le respondí con amargura que, la mayoría de las veces, el <em>Plan B</em> es tan costoso en tiempo y energía como el <em>A</em>, o más, tal era la razón fundamental de mi rabia. Entonces pensé en toda la gente válida que hay por el mundo haciendo cosas, creando, desangrándose de pasión y esfuerzo en ilusiones, en proyectos irrealizables, en quimeras inalcanzables, y sin embargo no renuncian, no se caen, siguen ahí, con sus planes <em>A</em> y <em>B</em>, aguantando, persiguiendo sueños vaporosos día tras día, sin que sea tan importante llegar como transitar el camino.</p>
<p>Y como siempre en tiempos de reflexión y de echar cuentas, llegué al mismo callejón sin salida. Tras treinta meses y más de dos mil páginas escritas, tras cuatrocientos ejemplares vendidos a puro esfuerzo, a labor de hormiga, tras dos presentaciones de mi novela, tras más de mil quinientos seguidores habituales de mis devaneos, no puedo quejarme. La paciencia es la principal virtud de la araña que consigue atrapar una presa en su tela. La constancia es la principal virtud de la hormiga que consigue su refugio para pasar el invierno. Y el trabajo, sin lugar a dudas, es la principal virtud de todos aquéllos que consiguen salir adelante, sea de la forma que sea.</p>
<p>Estos treinta meses, durante veinticuatro de los cuales he publicado un artículo semanal en este <em>blog</em>, han operado sobre mí un cambio fundamental. Ya no creo que el éxito pueda medirse solamente por la ganancia neta sobre los años vividos. Aprendí, con dolor y con placer, que el éxito es también levantarse cada mañana con la conciencia tranquila, sabiendo que la pasión privada, los sueños personales y la verdadera vocación tienen un lugar privilegiado en mi día a día. Invierto, semana tras semana, una montaña de horas y de esfuerzo – horas que dejo de pasar con mi mujer y con mis hijos – en escribir, sin recibir a cambio más que palabras. Palabras de todos ustedes. Comentarios públicos en el <em>blog</em>, y muchos, muchos emails por vía privada. Si lo sigo haciendo, semana tras semana, es porque el ejercicio de mi pasión, sumado a la retribución en especie, hace que valga la pena.</p>
<p>Vale la pena el tiempo, vale la pena cada una de las palabras de ida, y cada una de las palabras de vuelta. Vale la pena soñar, creer en que un día, si hago las cosas bien, podré saber bajo mi piel que puedo alimentar a mis hijos solamente haciendo lo que más me gusta. Vale la pena la esperanza, cuando puedo leer en los ojos de mis <a href="http://taller.federicofirpobodner.com" target="_blank">alumnos del Taller Literario</a> que les gustan mis clases, que los ayudo con su inspiración y su motivación. Vale la pena dormir menos, descansar menos y correr sin parar detrás de una zanahoria que parece inalcanzable, porque siempre acabo recibiendo soplos de aire fresco. Vale la pena otro año, un año más de horas y horas solo frente a mi pantalla, llenando papeles virtuales de letras reales, porque del otro lado de mi línea de fuego existen cientos de personas que, como pueden y quieren, me hacen saber que mis palabras, además de reales son útiles algunas veces y bellas otras. Vale la pena mi rabia, porque no es rabia de frustración, sino rabia de saber en carne propia cuánto duelen las manos cuando uno tiene que construir su propio camino.</p>
<p>Definitivamente, vale la pena, a pesar de que, un año más, el dinero se escape como agua entre los dedos. Vale la pena porque las palabras, por sí mismas, son indiscutiblemente mucho más valiosas, y de ésas tengo muchas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><em>Gracias a todos por seguir “Reflexiones de un Aprendiz de Brujo” un año más.</em></p>
<p align="right"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p align="right"><em>Barcelona, Agosto de 2011.</em></p>
<p align="right"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La vida sigue</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 22:34:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Hace once años, yo tenía una existencia de lo más caótica. Trabajaba por ráfagas incontrolables, a veces de hasta treinta horas seguidas, y vivía en un departamento de soltero en el barrio de Palermo, cuando todavía, en lugar de estar dividido entre <em>Palermo Soho </em>y <em>Palermo Hollywood</em>, era el Palermo del lado de las putas y los travestis y el de <em>Juan B. Justo para</em> <em>acá</em>, donde vivían los ciudadanos honrados, las familias normales y yo.</p>
<p>Por ese entonces, mi vida estaba organizada de la siguiente manera: casi morir trabajando para enriquecer aún más a un empresario cuya reputación ya no admitía ninguna duda, intentar meter dentro de mi cama todo lo que se moviese dentro de un corpiño, ver a mis amigos cada vez que la oportunidad se terciaba y, los martes por la noche, cenar con la familia. Podía haber seguido así, o podía haber cambiado. El hecho es que mi vida estaba llena, repleta de personas. Y yo realmente <em>quería </em>a esas personas. Me preocupaban sus problemas, las llamaba por teléfono, me encontraba los sábados por la tarde a tomar café en <em>La Giralda</em>, apuntaba sus cumpleaños en una agenda de papel para saludarlas (¡sí, de papel!), y toda una extensa serie de protocolos sociales fundamentales: creía que la vida en general, y el ser buena persona en particular, estaba hecha de esas cosas, de los encuentros, de las botellas marrones de cerveza transpirando conversación (¿por qué razón, en todo el planeta, la mayoría de las botellas de cerveza son marrones?), de miradas cómplices y de encuentros impostergables.</p>
<p>Y entonces, después de una larga serie de catástrofes personales, decidí que la única solución posible para mi corazón herido era desarmar esa vida, piedra a piedra, y volver a armarla del otro lado del mundo, llena de personas nuevas y verdades nuevas. Me aferré, como muchos de los que emigramos, al discurso de las oportunidades, de la estabilidad y la situación económica, pero la única verdad es que necesitaba romper todo.</p>
<p>Y rompí todo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1085"></span>Me deshice, lentamente, de los compromisos sociales, de mi trabajo y de las largas charlas pactadas de antemano. Vendí todas mis cosas y, encerrado en una habitación cualquiera, escribí una docena de cartas de despedida. En cada una de esas cartas me vacié por completo, me deshilaché en pedazos, confesé mis miedos, mis odios, mis amores rotos y, cómo no hacerlo, dejé caer promesas eternas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una vez plantado en el viejo continente, estaba tan concentrado en crear una nueva vida de este lado, que ni siquiera advertí como las llamadas telefónicas, los emails e incluso los pensamientos nostálgicos iban espaciándose, diluyéndose al mismo ritmo que las chinchetas cansadas iban dejando caer las fotos de tantos amigos que quedaron en el Río de la Plata. Me pasaban cosas, pero cada vez tenía menos que decirle a los de <em>allá</em>. Entonces, en uno de tantos viajes a Buenos Aires, un día, sin aviso, sin razón aparente, me di cuenta de hasta qué punto la vida de todas esas personas había seguido adelante sin mí. Yo ya no formaba parte de lo cotidiano, pero tampoco de lo profundo, ni de las bromas, ni de las miradas cómplices, ni de los planes a futuro. De alguna manera, había mantenido viva la ilusión de que ese mundo mío tan especial permanecía intacto, a la espera, soñando mi vuelta, extrañándome como eje fundamental de un sinfín de encuentros, besos, abrazos y palabras. No era así. Naturalmente no era así, porque la vida de las personas siempre sigue adelante; pero ese día, en ese viaje, fue como cuando se te cae un jarrón de las manos. Lo vi caer, lentamente, girando sobre su eje de gravedad, pude sentir el estruendo de cerámica quebrada al impactar contra el suelo, y lo vi romperse, vi saltar las astillas, vi fragmentarse los fragmentos, y supe, de una vez por todas, que de mi pasado glorioso solamente quedaban un montón de escombros. Bonitos, sí. En los pedazos de bordes cortantes aún podían adivinarse los exquisitos dibujos que un día habían decorado el jarrón, pero el estropicio era insoslayable, imposible de disimular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ese día, a pesar mío, entendí que me había ido para siempre, que el camino no tenía vuelta atrás, que si un día elegía volver, entonces tendría que construir otra vida nueva: recuperar mi Argentina de siempre ya no era posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y seguí remando en la vieja Europa. Me casé y formé mi familia. Mis hijos llenaron mis días y mis noches de sonrisas, de abrazos y de besos, certificando para siempre que este lado del mundo sea irrenunciable para mí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y, nueva crisis mediante, hace dos años reconocí para mí mismo que veinte años atrás, cuando elegí mi camino, abandoné demasiado pronto el sueño de escribir, y que ahora recuperar esa senda es mucho más difícil, porque las segundas oportunidades nunca son gratuitas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Es entonces, cuando invierto muchas horas al día en algo que no es escribir, cuando me dan ganas de romper todo otra vez. O casi todo. Me dan ganas de deconstruirme como profesional, de jugarme en alma y vida por lo que de verdad deseo, y de reformularme otra vez, entero.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No se trata de arrepentirse. Todas y cada una de las decisiones de mi vida fueron correctas si eran el único camino hasta la familia que tengo hoy, mi mujer y mis hijos, mi ventana que da a las montañas y mi nostalgia profunda, que da coraje a mis dedos para traducir el dolor de estar lejos y la felicidad de estar cerca. Se trata de encontrar, en las palabras, en los amigos que están lejos, en los amores que están cerca, en la familia y sobre todo en mí, la fuerza necesaria para rectificar el rumbo, para reinventar mi día a día y redibujar mi propio cauce.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando reflexiono sobre estas cosas, no puedo evitar pensar en todas las personas que, por cualquier razón, abandonan su casa, eligen estudiar algo que no aman, eligen estar con la persona equivocada, quedarse en el sitio errado y no asumir el riesgo de sus propios sueños. Yo, desde mi nuevo lugar, que después de tantos años es el correcto, viviendo con las personas que más amo y dejándome las pestañas para recuperar la senda profesional que nunca debí abandonar, les digo a todos ellos que tomen las decisiones consultando también al corazón, escuchando los susurros secretos del deseo, porque hagas lo que hagas, inevitablemente, con vos o sin vos, la vida sigue, en todas partes.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Escribir sin sentido</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Jul 2011 09:28:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No es que no tenga nada que decir. Ni siquiera se trata de que no haya temas de los que hablar. Se trata simplemente de que hoy me siento así.</p>
<p>Podría escribir sobre las elecciones en mi Buenos Aires del alma, de la esperanza que veo en algunos de mis amigos argentinos con las alternativas que hay, o del hastío que veo en la mayoría de ellos. Podría, incluso, ensayar un análisis político, pero a la distancia, poco a poco, voy dejando de sentirme con derecho a opinar sobre la política de un país en el que hace más de once años que dejé de vivir y sufrir codo a codo con sus habitantes. Y es curioso, porque tampoco termino de sentirme con derecho a opinar sobre política española, aunque llevo once años viviendo y sufriendo codo a codo con sus habitantes. Son los altísimos costes de no ser del todo de ninguna parte.</p>
<p><span id="more-1083"></span>Podría escribir, también, sobre mis hijos. Siempre tengo cosas bellas que decir sobre ellos, sobre sus miradas mágicas, la picardía infantil que se les desborda, se les chorrea por la cara y los descubre, riéndose y jugueteando al mismo tiempo. Y cuando hablo de ellos hablo de amor, de responsabilidad y de pasión, hablo de ternura infinita, de sus manos pequeñas encontrándose con las mías, de mi corazón trastornado cuando algo les pasa, del dolor intenso que me acompaña con cada uno de sus llantos, de los mocos colgando insomnes de sus naricitas diminutas. De todo eso, pero también de la preocupación que siento cuando identifico en sus personalidades casi todos mis defectos, y la alegría que me produce reconocerles algunas de mis virtudes, mejoradas por simple ley de vida. Hablar de mis hijos es hablar de un motivo primario para mejorar como hombre, de una razón fundamental para ganarme el pan, de un secreto a voces sobre el punto más débil de mí como individuo. Hablar de mis hijos es, clara y sencillamente, hablar de amor. Pero hoy me siento especialmente retraído, y no quiero hablar de mis hijos sin hacer justicia a la maravilla luminosa de sus sonrisas.</p>
<p>Podría – por qué no – hablar de mi familia. Tengo, por suerte o por desgracia, una familia única, enredada, donde padres y madres de distintas generaciones se mezclan, se entorpecen, paren hijos como quien corta pizza, y un tropel de hermanas y hermanos repartidos por todo el globo, confundidos entre ellos, tanto que a veces unos no saben de la existencia de los otros, no son hermanos entre ellos, pero están unidos por una cadena absurda, en la que a es hermano de b, b es hermano de c y c es hermano de d. A esto se le suman, por supuesto, una auténtica maraña de tíos y primos, en primer, segundo y tercer grado, y montañas de cuñados, cuñadas, sobrinos y eso que siempre se dice y nunca se sabe bien qué quiere decir: <em>allegados</em>. Y en todo ese desorden abundan las anécdotas, los conflictos y, una vez más, y por sobre todas las cosas, el amor. Seguramente hablar de mi familia sería también bonito, pero especialmente hoy, tengo ganas de soltar palabras y nada más, sin que nadie se ofenda ni se sienta halagado, sin encontrar destinatario fijo. Palabras giratorias, sin más.</p>
<p>Indiscutiblemente podría escribir sobre la amistad. Especialmente sobre la amistad masculina, siempre a medio camino entre los golpes de puño, los abrazos de oso, las demostraciones innecesarias de virilidad y los pocos espacios ocasionalmente abiertos, casi únicos, en los cuales dos hombres podemos querernos de hombre a hombre, abrir el corazón y decirnos la verdad, lejos del fantasma autoritario que aún hoy, en pleno siglo XXI, nos convoca frecuentemente a abandonar el abrazo de un amigo, incómodos, para repetir, a coro: <em>“Sin mariconadas, eh?”</em>. Podría hablar de algunos de mis amigos más entrañables, que están lejos, muy lejos, mucho más de lo que el corazón humano es capaz de tolerar, o podría hablar de otros que están más cerca, que van despacio, pero que poco a poco van descubriendo y dejándose descubrir. Pero, insisto, hoy tampoco es día para eso, sino para jugar con el verbo, entretenernos en rozar los temas serios, pero sin entrar en ellos, escribir por escribir, por simple vicio de las manos, del cuerpo y de la voz.</p>
<p>Podría escribir – cómo no hacerlo – sobre lo mal que está el mundo, sobre las revueltas sociales que recorren Europa, no como el fantasma incorpóreo que en su día predijo Karl Marx, sino como un animal herido, una rabia ciudadana con cara y ojos, una ruptura que  &#8211; espero – sea final entre los europeos y su clase política, muda, sorda y ciega, que no se cansa de llenarse los bolsillos y anteponer la individualidad incluso a los individuos, que están perdiendo sus libertades en pos de la libertad colectiva, que no es otra cosa que la suma de la mínima expresión de la libertad individual. Podría gritar mi dolor latinoamericano, la herida que no cierra, al igual que en otras partes del globo, de ser el montón de personas que pagan con su pobreza el exceso de otros. Podría, sin ninguna duda, pensar en voz alta sobre el camino errante que parece estar tomando todo. Pero tampoco es el momento, al menos hoy.</p>
<p>Hoy quiero, nada más, y solamente, señoras y señores, contarles mi placer de escribir, mi disfrute secreto y silencioso, cada vez que una palabra nueva asoma por las esquinas de mi teclado, cada vez que un caminito caprichoso de hormigas negras ilustra mis papeles para decir cosas. Quiero rescatar, de una vez y para siempre, el solaz íntimo del verbo y la palabra, mi jugueteo errante, a veces demasiado adjetivado, el eco infame que hay en mi santuario privado, donde cada concepto y cada palabra rebota entre las paredes y mi frente, una y otra vez, antes de ser estampado en un papel virtual, tan real que a veces me asusta. Me complace, de manera individual y egoísta, solo para mí, por esta vez, recrearme en mi prosa, dejar que las palabras hagan fila y salgan como quieran, para, por una vez en la vida, escribir por escribir, por el placer del texto, por la construcción sintáctica, por la siguiente oración subordinada, sin demasiado significado, sin hablar de cosas importantes, sin mencionar a los grandes arcanos que me habitan, que me obligan a pensar en voz alta y clara.</p>
<p>Solamente escribir, sin deberle nada a nadie, solamente para mí, solamente esta vez, permitirme escribir sin sentido.</p>
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		<title>Juntos, mezclados y revueltos</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jul 2011 09:21:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y yo estaba casi sin dormir, ansioso por el fantasma mezquino de un oficial de migraciones que, víctima de un estreñimiento inoportuno o una pelea conyugal vespertina, pusiese trabas para el traspaso de mis hermanos de este lado de la tan preciada eurofrontera.</p>
<p>Y de golpe salieron. Ya no era el miedo sino una efervescencia compulsiva de manos, brazos y bocas que saludan, niños que saltan en brazos y hermanos estrepitosamente reencontrados. Si bien en esta familia de locos yo tengo hermanos que no son hermanos entre sí, y ellos a su vez tienen hermanos que no son hermanos míos, este encuentro era de los cuatro hermanos que crecimos juntos, una recreación histórica de la casa familiar, treinta años después, ahora que todos somos padres, para que nuestros hijos sean testigos de un auténtico amor de hermanos.</p>
<p><span id="more-1067"></span>Madrid amaneció a un día caluroso y de buenos presagios. Marchamos todos a casa de Dolly, una amiga de la familia, una abuela postiza que, a pesar de ser mayor – cuando se habla de damas la edad es un detalle grosero, que nos reservaremos esta vez, dada su indiscutible condición de Dama, y otros muchos méritos que la hacen acreedora de tal cortesía – hizo gala de espíritu de cuerpo y juventud de alma, nos abrió su casa madrileña de par en par, permitiéndonos invadir su regreso – ella viajaba en el mismo avión desde Buenos Aires – a gritos, lágrimas, peleas y besos ruidosos. A media mañana partimos hacia Sol, donde la acampada nos recibió con los brazos abiertos, y caminando las calles de Madrid, redescubrimos los bares de tapas, los edificios señoriales y orgullosos, las plazas rectangulares e infinitas, empedradas de malos y buenos recuerdos, y los monumentos blanquísimos desafiando la inclemencia solar con su indolente y petrificada actitud.</p>
<p>Más tarde llegó el menor de los hermanos, que no por vivir en Córdoba se iba a perder el pistoletazo de salida, así que al volante de su furgoneta rebobinó la última distancia que nos separaba, y al fin pudimos decir que – salvo mi Señor Padre -, estábamos todos.</p>
<p>Y para qué detallar de más. Dimos vueltas, hicimos asado en la terraza de Dolly, bajo un cielo estrellado y madrileño, y después partimos. Ellos hacia Córdoba, yo, sólo, hacia Barcelona. Solamente para tomar aire, recoger a mi familia, y precipitar entonces el segundo encuentro, a pleno, en Málaga y Córdoba.</p>
<p>Ahora sí, estábamos todos.</p>
<p>Y como no puede ser de otra manera entre hermanos, nos quisimos y nos peleamos, volvimos a hacer asado y a mortificarnos unos a otros con las mismas cosas que nos mortificaban de niños, pero entre el humo del tabaco, las sierras cordobesas y nuestros hijos revoloteando. Nuestros hijos, primos entre sí, se mortificaban unos a otros entre ellos, igual que lo habían hecho sus padres tres décadas antes, y al igual que nuestros padres entonces, nosotros éramos torpes para intervenir y apaciguar algunas veces, y otras, iluminados por una inspiración seráfica, los hacíamos reír y quererse entre ellos, jugar juntos y reproducirnos en chiquito, ser felices, ser hermanos, piel y piel, sonrisa y sonrisa.</p>
<p>Era como una película de Kusturica, donde un montón de adultos se desparraman en un espacio pensado para una pareja, rodeados de niños que son de todos y de perros que se disputan a dentelladas las sobras de comida. Mi Padre y mi Madre, separados hace ya veinticinco años, orgullosos responsables de una prole ruidosa y en constante estrépito, casi sin querer, casi sin darse cuenta, nos daban una vez más, a todos, el ejemplo vivo de que, a la larga, siempre el amor prevalece sobre las diferencias, y se puede seguir queriéndose con locura para toda la vida, compartiendo los hijos y los nietos, los amores gritados bajo las estrellas, los silencios de siesta y las ruedas de mate y charla que te charla. Era una dinámica imposible, en la que el ochenta por ciento del tiempo vivible de cada uno de los días que pasamos juntos se empleaba en decidir que íbamos a comer, cocinar, comer, alimentar a los niños, limpiar, hacer la sobremesa y vuelta a empezar.</p>
<p>Nos despedimos otra vez entre abrazos, besos y caos, pero solamente para dejar paso al tercer y último asalto de la maratón familiar: Barcelona, mi casa.</p>
<p>Pero el encuentro todavía guardaba en su manga mágica, tramposa y entrañable, una sorpresa más. Y es que, así como he contado más de una vez en este <em>blog</em> que a mí me tocó la extraña suerte de tener dos madres en activo a la vez – cosa que a mis hermanos no -, a mi hermano mayor le tocó la extraña suerte de tener dos padres. Por circunstancias de la vida, uno de ellos no había estado en activo durante muchos, muchos años. Y vive en Barcelona.</p>
<p>Me encontré con él y su mujer en el aeropuerto del Prat, una hora antes de que otro avión depositara a toda la parentela en suelo Catalán. Y a pesar de lo extraño de la situación, esa sensación absurda de <em>“Voy a encontrarme con el otro padre de mi hermano”</em>, una vez más, tuve que volver a aprender que el corazón humano puede con todo. De golpe y sin aviso previo, me encontré en una mesa del bar del aeropuerto, tomando un café con un señor indiscutiblemente uruguayo, del que sabía poco más que eso: el padre de mi hermano. Y me encontré descubriéndolo tan parecido a él, que tuve que ayudarme con mi <em>coca-cola</em> para poder tragarme entera la evidencia incontrastable de la biología. Y me adiviné a mí mismo deseando, antes de que ellos se encontraran, que como dos adultos que son, supiesen aceptarse, llevarse bien, y si es posible, quererse.</p>
<p>Otra vez las puertas correderas del aeropuerto escupieron la procesión interminable de hermanos y sobrinos, y Padre e Hijo se encontraron después de veinte largos años, pudieron abrazarse y empezar, allí mismo, en el aeropuerto, a aceptarse, quererse y llevarse bien. Partimos todos hacia mi casa, y hoy puedo asegurar que la única fórmula para sobrevivir catorce personas durante una semana en noventa metros cuadrados con dos baños es solamente y nada más que el amor.</p>
<p>Parecíamos estar inmersos en una ruleta infame, todo volvía a suceder igual, pero con ligeros cambios de escenario, con nuevos personajes y con un fondo distinto, pero otra vez las deliberaciones interminables para decidir el menú, los ciento setenta y dos minutos de rigor para estar listos para salir hacia cualquier parte, el calor insoportable de Barcelona y yo trabajando en mi cuartito mientras los sobrinos y los hijos corrían por ahí, peleando a gritos, jugando a risotadas y saltándose las normas de dos en dos.</p>
<p>El apogeo final de veinticinco días memorables fue el cumpleaños de mi hijo Pablo, donde además de sus amiguitos y los padres de sus amiguitos, se dieron cita: mi Padre, mi Madre – mi otra Madre estaba demasiado lejos para venir -, tres de mis hermanos, mi cuñada, mis sobrinos, el otro Padre de mi hermano y su Mujer, otro de los hermanos de mi hermano y su mujer, la hermana de mi Padre – mi tía -, y su hija – mi prima –, acompañada de marido e hija, y representando a la línea materna mía – ya que había una de mis madres ausentes – una prima, con marido e hijos, y, por supuesto, mi mujer, mis hijos y mis suegros, sorprendidos ante lo prolífico, mezclado y revuelto de mi clan.</p>
<p>Todos familia.</p>
<p>Todos bien.</p>
<p>Todos riendo.</p>
<p>Todos queriéndonos.</p>
<p>Todos aceptándonos.</p>
<p>Y entonces supe, una vez más, en la piel, el corazón y la sangre, que la familia no tiene más fronteras que la capacidad emocional de sus integrantes, que los niños siempre tienen espacio en su corazón para un abuelo más, que los abuelos siempre tienen espacio en su corazón para un nieto más, y que somos nosotros, la generación de los padres, los responsables de producir el encuentro, de hacer las cosas fáciles y, sobre todo, de permitir que los niños, los grandes y los mayores se quieran desordenadamente, como salga y como puedan, porque es la única manera de que el amor sea sincero, sin reglas, sin imposiciones, sin obligaciones. Cuando somos capaces de algo tan sencillo y tan difícil, entonces todo sale bien.</p>
<p>Y como no podía ser de otra manera, hubo un <em>finale escandalosi</em>, todos llorando a gritos en un aeropuerto más, despidiéndonos quién sabe hasta cuando, emocionados, queriéndonos a golpes y empujones, entre equipajes circenses y relojes de pulsera arañando cuellos, soltando a granel lágrimas legítimas, ignorando cuándo seremos capaces de volver a darnos un abrazo así de grande, en el que, sin importar los caprichos de la biología, la genética y la sangre, todos nosotros, y muchos más que no estaban físicamente allí, somos, indiscutiblemente, de la misma familia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 2 de Julio de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>A mis hermanos, que los quiero con locura</em></p>
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		<title>Porque lo digo yo, que soy tu padre II: palabra de ex-perroflauta</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jun 2011 17:10:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Otra vez, mi amor, estamos aquí, en este espacio privado donde nos hablamos bajito, sin que te enteres, sin que escuches, por un rato, mi voz de hombre y de papá. No es como si te susurrase, ni como cuando te cuento un secreto haciéndote cosquillas en la oreja, y ambos prometemos no decírselo a &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/06/23/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre-ii-palabra-de-ex-perroflauta/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Cuando te escribo es diferente porque sé que ahora no podés oírme, que ahora no podés entender estas palabras, pero que algún día te dirán de tu padre mucho más que lo que entonces seré capaz de contarte, y no porque vaya a estar viejo, sino porque dos hombres – entonces serás un hombre vos también – difícilmente consiguen comunicarse con las palabras y el corazón de un niño.</p>
<p><span id="more-1064"></span>Y me gusta que sea diferente. Al menos una vez al año. Tengo ese derecho de hablarte de vos, de tu hermano, de tu madre y de mí, cada vez que vas cumpliendo años. Tengo ese deber, porque mis palabras, espero, serán algún día el más importante de los legados que podré dejarte. Las palabras, mi amor, pueden ser cajitas vacías encadenadas sin sentido, lugares comunes que los adultos se brindan lentamente, para vivir con cortesía; o pueden también ser el tesoro más preciado, el pacto más sincero entre dos personas, la revelación primera que te ayude, ese día aún lejano, a comprender quién eres. Tu inocencia de niño se diluye de a poco, lentamente, al mismo ritmo que mi candor de padre reciente se va transformando en una lista de reglas y leyes de padre experimentado, que cree que sabe ser padre, cuando en realidad muchas veces pierdo de vista que cada uno de tus días sigue siendo una primera vez para mí. Vas creciendo, mi amor, te vas haciendo más grande, más persona, más niño, más inteligente, más rebelde, más sensible, más Pablo que nunca. Más hijo mío que nunca. Cada día me ponés a prueba con un límite nuevo, con una rebeldía indómita, con una pregunta irreverente, con una sonrisa distinta, que de a poco se va poblando de agujeros y bordes serrados, de nuevos dientes torcidos que suplantan a los blanquísimos y diminutos que te hicieron llorar de bebé.</p>
<p>Es que nuestras vidas, últimamente, parecen más que nunca estar hechas de palabras. Yo escribo y escribo en una soledad artificial, fabricada de cemento y madera, para inventar un espacio silencioso y aislado. Y vos, mi amor, también vas, de a poco, día a día, hilvanando palabras nuevas, mensajes enteros sin cifrar, sin engaños ni trampas. Vas aprendiendo, solito y con mi ayuda, el poder de tu retórica infantil, de tu interés por el mundo, de tus preguntas sin solución y de las respuestas que, entre tu madre y yo, a veces conseguimos darte, y otras te negamos con un argumento universal: <em>eso son cosas de grandes</em>. Vas inventando, sin prisa, una rebeldía incipiente, una voluntad clara, una protesta en voz alta, un enfado de niño grande, de labios apucherados, de llantos explosivos que a veces dan paso a tu risa luminosa, a tus ojitos de castañas asadas e interrogantes vivos.</p>
<p>Y un día cualquiera, en medio de una tormenta social que ahora mismo conmueve a España – porque vas a aprender, también, mi amor, que entre los adultos hay personas poderosas y mezquinas, hay luchas sin sentido y mucha amargura, pobreza, desilusión y fracaso, y también espíritus rebeldes con causas nobles, personas que luchan por los demás y por sí mismos, y en este momento en tu país natal hay una guerra en paz, una pelea que tus padres consideran justa, y que otros consideran un capricho de un montón de <em>perroflautas</em>, hombres y mujeres jóvenes que buscan su espacio en el país como vos lo buscás en casa, con protesta y rebeldía, con amor, con pasión y con un deseo genuino de un futuro mejor. En medio de esa tormenta – te decía, cuando me distraje contándote más cosas de los <em>grandes</em> – apareciste un día con el primer símbolo perfecto de tu voluntad e identidad: te hiciste una trenza de colores pastel en tu pelo rojizo. Con tus seis añitos llegando a su fin, mientras el verano amenazaba con instalarse y resquebrajar el suelo de tu patio escolar, un día decidiste solo, sin consultar con tus papás ni con nadie, que te gustaba una trenza en el pelo. Una seña de identidad típicamente <em>perroflauta</em>, un adorno por el que muchos pagan, en este mundo, el precio del prejuicio ajeno y de la estigmatización. Llegaste de la escuela, y tu madre y yo nos miramos, sorprendidos, divertidos, y nos dijimos con la mirada:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>¡Se nos hizo perroflauta!</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Al día siguiente, en la escuela, el resto de los niños se comportaron contigo como se comportan los adultos cuando alguien hace algo diferente: te señalaron con el dedo. Al son de la burla colectiva, te cantaron: <em>“Pablo es una niña, tiene una trenza!”</em>. Ese mismo día, como si de principios se tratase, te hiciste otra trenza igual, del otro lado de la cabeza. Y volviste a casa decidido y orgulloso de tus trenzas.</p>
<p>Y yo, mi amor, una vez más, sorprendido por tu madurez de niño, por tu intuición precisa de <em>perroflauta </em>en ciernes, no soy capaz de explicarte el orgullo que sentí por tu convicción, por la fuerza de tu identidad, por tu rebeldía encausada, por tu sensibilidad única, por una actitud natural de afirmación de algo en lo que crees. Parece una tontería, pero hoy creo que es una señal, algo que tu madre y yo nos esforzamos mucho en darte, y que en la primera oportunidad que te dio la vida, pusiste en práctica sin ayuda y sin dramatismo: la convicción sobre las ideas propias.</p>
<p>¿Y sabés que? Te voy a contar un secreto: yo fui <em>perroflauta</em>. Cuando era poco más que un niño, no existía esa palabra, pero el concepto es el mismo. En vez de pintarme el pelo me disfrazaba de <em>Che Guevara</em>, con mi atuendo guerrillero, una boina negra de medio lado y fumando tabaco para armar. Y, como vos, tenía el corazón sensible y peleador. Creía en un montón de cosas que vos, todavía, no sabés que existen. Pero lo principal es que era inflexible e indomable. Creía de verdad, y obraba en consecuencia. Y con tu actitud me hiciste acordar a ese casi niño que un día fue tu padre, y que peleaba y protestaba, convencido de estar llamado a cambiar el mundo.</p>
<p>Hoy, mi amor, cuando te veo, cuando veo que sos capaz de sostener tus convicciones, me doy cuenta de cuánto éxito tuve. Cambié el mundo, lo hice un lugar mejor, porque traje a una persona que cree en sus ideas, que tiene voluntad propia y personalidad. Por eso este año, para tus siete añitos, además de otras porquerías envueltas en papel de regalo, quiero regalarte un compromiso a futuro: el de aceptar tus ideas, discutiéndolas si no estoy de acuerdo, pero respetándolas siempre y en cualquier caso. Quiero que tengas, entre tu corazón, tu cabeza y tus manos, la seguridad de que lo mejor que puedes devolverle a tu padre es esa fortaleza de carácter, la convicción de las ideas propias, y la certeza de que sabrás defender tus decisiones cuando sea necesario.</p>
<p>Por todo eso, mi amor, mi chiquitín, además de decirte feliz cumpleaños, hoy quiero prometerte que siempre, pase lo que pase, creas lo que creas, defiendas lo que defiendas, tendrás a tu viejo de tu parte. Palabra de <em>ex–perroflauta</em>.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>¡Feliz cumpleaños!</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Te adora, Papá</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 24 de Junio de 2011</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Las primeras veces siempre fueron buenas</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Jun 2011 09:38:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente hombre, fue cuando me ajusté, de medio lado, un chambergo gris prestado, bajé su ala desgastada, puse un cigarrillo apagado en mis labios y me adiviné en un espejo, haciendo coincidir el borde del ala con los dos focos verdegrises que señalan el centro de mi mirada. Me gustó lo que vi, y decidí que, desde ese momento en adelante, esa sería mi imagen. Ese mismo día, aún con el sombrero y varios cigarrillos más tarde, en una mesa de café, con quien hoy es un amigo entrañable, sellamos nuestra amistad con un pacto sagrado que tiene ya veintitrés años de vigencia: me sentí hombre porque descubrí, al mismo tiempo, mi cara y el significado de la <a title="Sobre la amistad, justo antes de partir" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">amistad de hombre a hombre</a>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1044"></span><a title="Sobre el confuso oficio de ser Hombre" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Después me sentí hombre muchas veces</a>. Me sentí hombre la primera vez que protegí a una mujer de la lluvia, cuando me enfrenté a la policía por defender cosas en las que creía, cuando dije verdades y cuando defendí mentiras por creer que así servía a una causa mayor. Me sentí hombre cuando supe con certeza, en la piel y en la sangre, que amaba a las mujeres en general, y más hombre aún cuando aprendí a amar a una en particular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino no fue cuando me pincharon en la solapa del guardapolvo blanco una escarapela celeste y blanca, rematada en el centro por un botón celeste, ni cuando, rodeado de la solemnidad de cartón piedra del salón de actos de mi escuela, aprendí los versos sincopados del Himno Nacional, mientras la señorita Graciela Amor danzaba con sus manos de marfil sobre las teclas de un piano desafinado. Tampoco fue el dos de abril de 1982, cuando un montón de adolescentes muertos de frío, bajo el mando errante de un general borracho, tomaron por la fuerza las Islas Malvinas, ni poco más tarde, el 20 de junio de ese mismo año, cuando repitiendo palabras huecas que me habían enseñado mis maestras, prometí lealtad a la bandera, preguntándome íntimamente cómo hace un niño para serle leal a un trapo de colores.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino fue cuando, a pesar de contar solamente cinco añitos, me asomé por el techo abierto de un <em>Peugeot 504</em> blanco, flanqueado por mis hermanos, para bañar mi cabecita en papeles de colores, gritando: <em>¡Argentina! ¡Argentina!</em> Habíamos ganado el mundial de 1978, y aunque mi familia era de izquierda y comprometida con la lucha contra la dictadura, nuestra inocencia infantil estaba a salvo de los horrores que tapaba ese triunfo. Me sentí argentino cantando, por los pasillos de la escuela, que veinticinco millones de argentinos ganaríamos ese mundial. Me sentí argentino viendo en blanco y negro los bigotes de Luque, los brazos abiertos del <em>matador</em> Kempes y el casquito de pelo ridículo de Daniel Pasarella. Me sentí argentino viendo a Mario Sapag imitando a Menotti, mientras repetía hasta el cansancio: <em>“No lo pongo a Pernía porque Pernía es triste”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí argentino muchas veces, con diversas emociones y grados de conciencia, pero nunca más volví a experimentar una sensación tan plena, tan claramente infantil, tan abstracta para un niño, y sin embargo tan absolutamente desbordante, enorme, motivo de orgullo y de gloria, de pasión, de emoción y de alegría. Por eso para mí, ser argentino es, sobre todo, ese sentimiento intraducible que, de cuando en cuando, nos une a todos los argentinos con cualquier excusa, pero borrachos del cual nos basta solamente una mirada para saber, sin ninguna duda, que estamos todos en el mismo bando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre no fue cuando me pusieron en brazos un bebé enrojecido, berreando y con la cabeza apepinada por el trabajo de parto. Me invadió una emoción profunda y difícil de explicar, pero en ella había más de miedo y felicidad mezclados que de paternidad. Tampoco fue algunas horas más tarde, cuando, con las manos temblorosas, intentaba despegar de su culito rosado el <em>meconio</em>, pegajoso y casi negro, sosteniéndolo por los tobillos con un miedo animal a rompérselos en pos de mi torpeza. No fue ni siquiera cuando me morí de ternura al verlo intentar mamar por primera vez, ni cuando el hospital dijo: <em>“A casa, buenas tardes”</em>, y salimos por la puerta con un bebé en brazos para el que, a pesar de haber leído concienzudamente, preguntado a nuestros padres, y habernos preocupado más allá de lo razonable, no estábamos preparados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre fue el día que vi a Pablo – mi hijo mayor – con sus piecitos desnudos y sus piernas flaquitas, tambaleándose de puro bebé, y su pelo rojo y lacio y sus dos ojos marrones y enormes, y sus manitos blancas, sus deditos diminutos coronados por uñas de mentira, todo él iluminado de felicidad, chorreando amor por todos lados, señalarme con el dedo e inventar, solo para mí, la palabra <em>Papá</em>. Un impacto en el pecho me dolió profundamente, y supe de una vez para siempre que él me reconocía como tal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí padre muchas veces, y a diferencia de otras cosas, es cada vez, si se puede, más gratificante que la anterior. Al menos por ahora, mientras mis hijos son aún pequeños, y la palabra <em>Papá</em> es sinónimo de héroe, Dios, guapo, listo, fuerte y admirable. En unos años, supongo, lo será de palabras menos elogiosas, pero tan auténticas como lo son éstas ahora mismo, y, espero, me harán sentir igual de padre, aunque probablemente no tan feliz. Por eso para mí, ser padre es, antes que nada, emplearse a fondo, con toda la pasión posible, en el intercambio filial, sin importar de qué se trate, sino la naturaleza del vínculo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor no fue cuando, con el pulso alterado por la emoción, abrí el paquete donde venían los libros con mi nombre en la portada. Tampoco fue el día que puse el punto y final de mi primera novela, ni la primera vez que me felicitaron sinceramente. No fue cuando, por primera vez, vino un periodista a mi casa a entrevistarme, ni cuando, orgulloso y conmovido, presenté mi libro en la biblioteca del pueblo. Ni siquiera fue cuando descubrí que mi cabeza está llena de historias, que voy por la vida narrando para mis adentros todo lo que me conmueve, me divierte o me emociona. No fue tampoco la primera vez que adiviné admiración en la lectura de alguien a quien respeto desde el punto de vista literario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor fue cuando, sentado en una vereda ventosa, bajo un porche gris que me protegía de un cielo encapotado, durante la fiesta de <em><a title="Velando armas: La Rosa, el Dragón, la Espada y la Pluma" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/04/22/velando-armas-la-rosa-el-dragon-la-espada-y-la-pluma/" target="_blank">Sant Jordi</a></em>, por primera vez miré a los ojos a un completo desconocido, le firmé un ejemplar de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> y se lo di en mano, sonriendo y agradeciéndole por apoyar a los escritores independientes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí escritor varias veces más, como cuando<a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona/" target="_blank"> me ofrecieron firmar en el libro de honor de visitantes de la biblioteca</a>, o cuando me entrevistaron por la radio. Me sentí escritor cuando, consultando el catálogo por internet, descubrí que los dos ejemplares de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> de la biblioteca estaban prestados, en casas de desconocidos, siendo leídos por personas de las que no sé más que su filiación bibliotecaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces pensé en las primeras veces, en lo difícil que es identificar esos momentos cuando están sucediendo, cuando son reales, cuando su <em>ahora</em> es tan inmediato y tan fugaz que apenas nos da tiempo para intentar ser nosotros mismos y hacerlo lo mejor posible. Y pensé que es necesario aprender de esa reflexión, e intentar vivir la vida con la ternura a flor de piel, con las emociones bien dispuestas, porque en cualquier momento, detrás de cualquier esquina, dibujada con desparpajo sobre cualquier papel, nos puede asaltar de improviso la vivencia imperdible de una primera vez maravillosa, y supe también que siempre será más importante estar bien dispuesto a vivirla que preparado para reconocerla.</p>
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<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Mi bisabuela, novelera y novelada</title>
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		<pubDate>Fri, 20 May 2011 06:52:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Así, después de descartar – a mi pesar- las hipótesis más arriesgadas, como el desfile con elefantes, <em>ecuyeres, </em>tragasables y tramoyistas escupiendo llamaradas, los fuegos de artificio pintando mi nombre en letras rojas y violetas sobre un firmamento azul petróleo, y las manifestaciones pasionales de multitudes enloquecidas por la revelación profunda que algún día iba a escribir, me juraba a mí mismo, una y otra vez, que jamás sometería a las personas que me apreciasen lo suficiente como para asistir a mi presentación a un aburrimiento de tales proporciones.</p>
<p><span id="more-1029"></span>Es por eso que hoy he decidido saltarme la parte de las citas eruditas y las astutas referencias literarias, para simplemente celebrar la maravilla de haber llegado hasta aquí, de haber conseguido escribir <em>Matalobos</em>, publicarla y recibir sólo buenas cosas de quienes lo han leído. He decidido saltarme la parte en la que hablo de mi carrera de escritor, la parte en la que hablo de literatura universal, la parte en la que honro a los escritores que admiro, reconociendo sus influencias sobre mi libro, y la parte en la que hablo de <em>Matalobos</em>, que ustedes ya habrán leído o leerán, si se da la oportunidad. La parte que no puedo, ni quiero, ni sería justo saltarme, es la que habla de las razones de <em>Matalobos</em>, del enorme esfuerzo que supuso escribirlo, y de la porción de mérito que corresponde a otras personas, que no han pulsado directamente las teclas que dibujaron sus palabras, pero aún así han hecho posible que yo la escribiese, sufriendo conmigo, personaje a personaje, sílaba a sílaba, aguantándome mientras escribía, ayudándome con opiniones sinceras, o simplemente queriéndome mientras necesitaba tiempo y espacio para pensar solamente en María de las Angustias Matalobos.</p>
<p>Crecí en el contexto caótico de una familia de locos. Un puñado generoso de hermanos, tan en movimiento que aún hoy son difíciles de contar, aunque conozco perfectamente el número final: cinco, que a su vez tienen varios más, que tienen otros hermanos, totalizando nueve. Además, dos madres en activo a la vez, una comparsa inacabable de tíos y primos, y las historias rocambolescas que siempre circulan alrededor. Y como en toda familia de locos que se precie, en la mía no faltaban las historias, los rumores y los personajes pintorescos.</p>
<p>Por supuesto, yo veía todo este familión con la naturalidad cándida de los niños, sin preocuparme demasiado por las diferencias entre los parentescos sanguíneos y los que estaban hechos por el roce, por el cariño o por la simple costumbre: al final, en todos ellos subyace el amor. Entre toda esta maraña de personajes, no podía faltar el tío jovial al que todos admirábamos, la tía estricta que, durante los veranos en su casa nos hacía marcar el paso, la abuela que guisaba dulce, cantando y contando historias de abuela, con los lentes montados en la punta de la nariz, y la bisabuela casi centenaria, mujer profundamente religiosa, que se empeñaba en llamar <em>Florinda</em> a mi hermana Florencia, sabiendo perfectamente su nombre, pero negándose a pronunciarlo por considerarlo impropio de una dama, mientras la perseguía por la casa, instándola a cumplir su deber femenino de rezar varias veces al día. La misma anciana diminuta y encorvada que por las noches tórridas de las fiestas navideñas del cono sur, asaltaba la heladera, armada de una cucharita de café, para hundirla sin piedad en la mantequilla, en el dulce de leche, y en todo aquello que le gustase, sin importar el estado hepático, el orden normal entre lo dulce y lo salado, ni la mezcla estomacal resultante. La misma de la cual, mi padre, con su sentido del humor de siempre, nos relataba: <em>“La Bisa mató cuatro maridos. Por eso cuando viene en navidad yo la emborracho, a ver si alguna vez confiesa la verdad”.</em> La misma anciana que es origen y razón de mi novela. La misma que no confesó nunca, que se llevó a la tumba el secreto, junto a un puñado de rosarios y novenas rezados en voz baja, y diversos recuerdos familiares labrados en plata barata.</p>
<p>La ví cumplir noventa y cinco años, perfectamente lúcida, los ojos claros encharcados por unas cataratas sin solución, la espalda vencida por el peso de los años, la piel tan desgastada que parecía de ceniza apelmazada y papel encerado. La oí cantar sevillanas con la voz cascada por los años, durante más de una nochebuena, recuperando para nosotros su sangre andaluza, su vitalidad legendaria y su alegría de anciana, animándose incluso a levantar varios centímetros sus vestidos estampados de flores, enseñándonos las pantorrillas labradas de caminitos de arañas, que luego supe que se llamaban várices, y sus enaguas blancas, casi grises de tanto lavarlas con jabón <em>Federal</em> en el piletón del patio.</p>
<p>Los adultos disfrutaban, y los niños nos moríamos de aburrimiento, sin entender por qué razón debíamos guardar silencio mientras la vieja cantaba con lo que parecía su último aliento, apenas haciéndose oír sobre el estruendo caótico de los petardos navideños, el sonido sibilante que produce el calor húmedo en las noches de verano y los ladridos de los perros, aterrados por los estallidos, la pólvora y el olor a azufre que, en mi tierra, certifica durante la navidad la presencia casi palpable del diablo, susurrándonos al oído malas ideas para divertirnos.</p>
<p>Las navidades de mi infancia están todas pobladas de recuerdos parecidos. Calor, petardos, ladridos, noches diáfanas, alegría y l<em>a Bisa</em> de visita, molestándonos porque había que cederle una cama, persiguiéndonos para obligarnos a rezar letanías que, en el ateísmo profundo de la familia, desconocíamos por completo, golpeando la puerta del baño con la empuñadura de su bastón, horrorizada ante la sola idea de lo que podríamos estar haciendo, tanto tiempo encerrados en el baño. Por cierto, lo único que hacíamos por ese entonces era leer cómics y jugar interminables partidas de ajedrez, uno sentado en el váter, el otro en una sillita de <em>cámping</em>, y a intentar concentrarse entre los vapores de caca y los golpes feroces de <em>la Bisa</em> en la puerta del baño, invocando una decencia que, en nuestra niñez, no tenía razón de ser.</p>
<p>En 1993, con diecinueve años, me tocó llevar al hombro su ataúd, y enterrarla casi sin pena, casi como quien hace un trámite. Tengo un recuerdo vívido de sorpresa física ante el poco peso de la caja de madera, con una cruz de bronce en la tapa. No la lloré porque hasta el día de su muerte, no había hecho más que pellizcarme las mejillas y reprimirme, intentar evangelizarme y castigarme, a mí y a mis hermanos. No la lloré porque desconocía su pasado, su valentía de mujer sola, el poder andaluz de su sangre casi centenaria y los secretos que se llevó a la tumba. No la lloré porque a los diecinueve años la muerte es una idea incomprensible para la mayoría de nosotros.</p>
<p>Después pasaron algunos años, y cuando mi cabeza empezó a asentarse sobre mis hombros, me descubrí más de una vez pensando en ella con nostalgia y con cariño. Tarde, me dí cuenta de cuánto lamentaba no haber tenido con ella una oportunidad de adulto, una tarde entera para escucharla hablar, para que me contase de su Cádiz natal, de sus maridos muertos, de su alegría inquebrantable, y también de su soledad final. Tarde advertí que, si tan sólo hubiese vivido cinco o seis años más, habríamos podido encontrarnos, hablar, ser amigos, ser bisabuela y bisnieto.</p>
<p>Entonces comencé a pensar en ella, no como la ancianita encorvada que yo conocía, sino como la mujer imponente que todos en la familia decían que había sido. Lentamente, la mezcla de la frase ritual de mi padre: <em>“La Bisa mató cuatro maridos.”</em>, los testimonios de una fuerza de carácter indiscutible, y la falta de datos reales sobre ella, fueron fabricando en mi mente una mujer fabulosa, fuerte, una superviviente. Una mujer obligada a vivir su vida durante la primera mitad del siglo XX, cuando las mujeres aún estaban a medio camino entre el derecho al voto y el fregadero de la cocina. La imaginé egoísta, sensual, increíblemente atractiva, luchadora, indómita, con clase. La imaginé aventurera y más propensa a ser amada que a amar. La imaginé fuerte, enteramente andaluza, orgullosa de su origen y completamente dueña de sus silencios. Y lo que es más importante, imaginé cómo sería la vida de una mujer que, en esas condiciones, no estaba dispuesta a aceptar que nadie le dijese cómo debía vivir. Atrapada en su doble moral, y abriéndose paso en un mundo en el que, todavía, no había lugar para las mujeres como ella.</p>
<p>No me importa demasiado, a esta altura, qué parte de toda mi historia imaginada es verdad, ni qué parte es ficción. Me importa saber, íntimamente, que no hay mejor tributo a las tardes de té con galletas que no pudieron ser, a la sangre que me dio la posibilidad de vivir hoy en esta tierra, a sus raíces andaluzas y a la fantasía colectiva de mi familia, que esta novela que, aunque pueda de algún modo ensuciar su ya dudosa reputación, sin ninguna duda honra su apellido: <em>Matalobos</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>* Nota: este texto fué escrito para la presentación de la novela <em>Matalobos</em>, y fué leído por el autor durante la misma. <a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona" target="_blank">Los vídeos del evento pueden verse aquí.</a></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de Mayo de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>De pobres, ricos, vientos, tempestades, siembras y cosechas.</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Apr 2011 09:58:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos, cuando descubren un lugar cualquiera del mundo en el que la naturaleza ha sido especialmente generosa, se apresuran a encerrarlo con un muro rojo de ladrillo a la vista, y le ponen un enorme portón de hierro a control remoto, en el que cuelgan un cartel que dice: <em>“Todo esto es mío”</em>. Inmediatamente después, llaman por teléfono a sus amigos ricos, para darles el dato, para reírse de ellos porque lo descubrieron primero y tienen la mejor ubicación, y para convencerlos de que encierren con otro muro las zonas colindantes, no sea cosa que el vecindario se llene de pobres y la propiedad se devalúe. Después traen a un ejército de pobres, y les mandan construir una piscina olímpica, una casa con diecisiete habitaciones, varias canchas para deportes de pelota y parquizar los jardines. Cuando todo está listo, van seis fines de semana al año, con cuatro miembros de su familia. El resto del tiempo la casa está cerrada, la belleza del paisaje oculta por un muro, y la servidumbre, ociosa, vigila el patrimonio, pero no puede disfrutar de él.</p>
<p><span id="more-996"></span>Los pobres, cuando descubrimos un lugar cualquiera del mundo en el que la naturaleza ha sido especialmente generosa, nos sentimos muy felices. Entonces nos acercamos con mucho respeto, plantamos una tienda de campaña, cuidando de no romper nada, y pasamos una semana inolvidable bajo las hojas de los árboles. Al volver a casa, le contamos a nuestros amigos pobres lo que hemos visto, así que volvemos pronto, con unos cuantos pobres más, y plantamos diez tiendas de campaña, y hacemos un fuego y por las noches bailamos danzas tontas, creyendo que son tribales, mientras nos emborrachamos con vino peleón. Al día siguiente jugamos un partido de fútbol con arcos delimitados con dos piedras, y todos gritamos: <em>“¡Alto!”</em> cuando la pelota pasa sobre la cabeza del arquero, imaginando cada uno el travesaño a una altura diferente. Luego limpiamos todo, y cuando nos vamos el lugar está recuperado. Pero al volver a casa, todos los amigos le cuentan a sus amigos pobres, que a su vez tienen más amigos pobres. A los seis meses de descubierto, el lugar es una romería. Por las noches el brillo de las fogatas puede verse cada pocos pasos, y por las mañanas un tendal de basura infame testimonia los excesos de la noche, y los arbustos sufren intentando biodegradar los desechos de látex del amor instantáneo y fugaz de las parejas ocasionales, mientras una nube de moscas marca definitivamente la ubicación improvisada de un nuevo basural. Hasta que viene un municipio, y lo encierra con un muro de cemento y argamasa, y le pone un portón enorme con un cartel que dice: <em>“Prohibido el paso”</em>. Después, le dan la explotación de la zona a una empresa turística – suelen llamarlo “<em>concesión”</em>- y los pobres tenemos que pagar para seguir disfrutando del mismo sitio, con una serie de servicios de valor añadido y una colección de prohibiciones de lo más civilizadas, que ayudan a pagar la piscina olímpica de los ricos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>II. Siembra</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos siembran muros, mansiones y envidias entre sus amigos. Siembran la prohibición y los cimientos que someten a la naturaleza y la transforman en zona residencial. Los ricos siembran la pobreza de los pobres, el sonido de motores de alta cilindrada sobre el pavimento con olor a nuevo y la mordida sincopada de las aspas de las hélices de sus helicópteros privados, evitándoles el atasco ritual de la escapada de fin de semana. Los ricos siembran fábricas en las que trabajan niños pobres, hombres pobres y mujeres pobres, fábricas que vomitan su bazofia sin control, protegidas por un soborno y una contribución generosa para una campaña electoral cualquiera. Los ricos educan a sus hijos en colegios caros, y les enseñan a cuidarse de los pobres, a proteger el patrimonio, a expandir el tesoro y a estar de acuerdo con todas aquéllas ideas que perpetúen su riqueza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los pobres sembramos la tierra, respiramos el humo tóxico de las fábricas de los ricos y cultivamos la amistad. Sembramos el germen de disconformidad que rompe las reglas, nos enamoramos estrepitosamente por las calles, nos amamos sin ningún glamour sobre el césped de los parques, y nos desenamoramos a gritos en el salón de casa, al tiempo que hacemos gestos con la mano que significan <em>“no grites tanto, que vas a despertar a los niños”</em>, bajo la escucha atenta de los oídos vecinos, pegados a nuestras paredes de papel. Los pobres sembramos los estadios de abrazos de triunfo y de lágrimas de derrota, nos vaciamos a gritos alentando a los ricos (ex pobres) que juegan sobre un césped más caro que el suelo de nuestras casas de pobre.</p>
<p>Los pobres, entre nosotros, somos horrorosamente amigos. Sembramos la amistad desde chiquitos, nos queremos sin elegancia y cultivamos ese amor por los amigos toda la vida. No podemos confiar en los bancos de los ricos, ni en los ricos que nos gobiernan, ni en la paz armada de los ricos, ni en la nueva <em>política verde</em> de los ricos, que mientras subvenciona vehículos híbridos y multa a los pobres que no reciclan, permite que los ricos emitan gases y trafiquen armas. No podemos confiar en casi nada, pero podemos creer en esa amistad sembrada con tanto amor que dura para siempre, y por eso, lo primero que hacemos los pobres cuando tenemos algo que celebrar, es rodearnos de amigos, beber vino y cerveza de pobres, bailar música de pobres (la música de ricos casi nunca se puede bailar), frotarnos unos contra otros y sucumbir a los abrazos y besos de una borrachera feroz, en la que la verdad última es siempre una confesión de amor.</p>
<p>Los pobres educamos a nuestros hijos en la honradez de la pobreza, en las escuelas de pobres, donde los maestros de pobres no tienen diecisiete títulos colgados en las paredes, y les enseñamos a respetar a los ricos, a votarlos, a comprar las revistas en las que salen fotos de ricos, a creer en las promesas vacías de los políticos de los ricos, solamente porque normalmente son los ricos los que nos dan trabajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>III. Tempestades y cosechas</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos, a pesar de lo perverso de su siembra, cosechan más riqueza. Y como si fuera poco, los brotes reverdecidos de su riqueza producen algunos frutos extra: impunidad ante la justicia, privilegios varios ante las administraciones públicas, en el acceso a la salud y en las colas de los aeropuertos.</p>
<p>Los ricos no pueden confiar en nadie, porque nunca sabrán si son queridos por sus méritos o por su riqueza. Cosechan desconfianza entre ellos, una vida entregada a proteger el dinero que no han ganado con sus manos, y una soledad dorada, un desacuerdo íntimo dentro del cual la verdad final es inmensamente cruel: mueren sin saber quién los quiso de verdad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los pobres, a pesar de lo cándido de nuestra siembra, de la honestidad con la que vivimos nuestras vidas de pobres, cosechamos el maltrato sistemático de los poderosos, el ninguneo organizado de las administraciones públicas y un expolio constante de nuestros impuestos, que no son otra cosa que una colecta que hacemos los pobres para intentar vivir todos un poco mejor, y cometemos, una y otra vez, el error de dársela a los ricos para que la administren, empeñándonos en creer que su riqueza garantiza su honradez.</p>
<p>Pero los pobres cosechamos también, a lo largo de nuestras vidas de pobre, el amor desordenado de nuestra familia y nuestros amigos, el sabor dulce que deja en la boca el ayudarse unos a otros, la conciencia tranquila, al morir en paz, de haber trabajado una vida entera para dar pan y amor a nuestros hijos, y la certeza infalible de la correspondencia del amor de todos a quienes hemos amado, o casi todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>IV. Siembra vientos…</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así, mientras veo desde mi ventana cómo el mundo se despedaza tras las montañas, puedo girar mi silla hacia adentro de mi casa, y escuchar atentamente cómo mis hijos pelean a gritos por unos centímetros de sofá, y cómo a los pocos minutos se abrazan enternecidos, y se quieren como niños.</p>
<p>Por eso, cuando me pregunto qué clase de mundo vamos a dejarles, me tranquiliza saber que los pobres somos más, y al final, a la hora de echar cuentas, siempre, indefectiblemente y con justicia poética, uno cosecha lo que siembra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El 38!</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Mar 2011 07:41:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Como decía, agarré y nací. Decidí nacer porque estaba aburrido de flotar en líquido amniótico – suponiendo que flotase y que ese líquido fuese realmente amniótico, palabra de la que me siento orgulloso de desconocer su origen y significado, aunque todos sabemos que es algo relativo a los embarazos y al líquido –, y pensaba que el mundo exterior ofrecería una alternativa mejor para un bebé dispuesto a comérselo. Al final resultó que nací <em>pa ná</em>, porque fui a dar a una cuna, rodeado de muñequitos y mirando el techo todo el día, para que de cuando en cuando apareciese algún adulto haciendo morisquetas y soltando palabras en tonos de voz melosos. Así que, aburrido del techo, agarré y crecí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y cuando crecí, me topé de frente con mis hermanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-976"></span>Mis hermanos, para quienes no lo sepan, son ésos con los que me peleé todo lo que pude y más, librando descarnadas guerras fraticidas por un botín tan exiguo como una lata de <em>bolitas</em>, un macaquito cualquiera o un par de patines. También son esos con los que lloré, hombro a hombro, la muerte de mis dos perras y de mis abuelos; esos con los que viajé una y otra vez en alíscafos destartalados, vomitando de a parejas, a vivir veranos inolvidables en las playas orientales – orientales del Uruguay, que a las orientales de oriente no las vimos ni en pintura –, y con los que disputé, centímetro cúbico a centímetro cúbico, una botella de <em>Coca-Cola</em> de litro (en vidrio, que la grosería del plástico todavía no estaba inventada), solamente algunos domingos especiales, cuando mis padres creían que sobraban dos vintenes y nos habíamos portado lo suficientemente bien como para permitir la entrada de la corrupción imperialista en nuestro santo – e intelectual de izquierda &#8211; hogar. Son esos enanos con los que compartí fantasías de papel pintado al descubrir los cómics, y los mismos con los que aprendí a pescar, a competir por cualquier cosa y a estar siempre disponible cuando el otro nos necesitaba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y crecí un poquito más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y otra vez, mis hermanos estaban ahí, cuando me hice adolescente y me compré un disfraz de <em>Che Guevara</em> y otro de <em>Tanguero Mini</em>, compuesto de tres sombreros en tonos gris, negro y marrón, y una buena media docena de chalecos de vestir. Cuando me esforzaba en tener voz de hombre y seguía teniendo voz de niño y no me salía barba. También estaban cuando me emborraché la primera vez y cuando me fumé los primeros porros, cuando tuve la primera novia, a la que, entre beso y beso, abandonaba para escaparme a ver <em>El Zorro</em>. También estaban ahí mis hermanos cuando reventó el <em>Challenger</em>, liquidando a una Solitaria Vaca Cubana, que vestida luego de pentagramas sería el emblema musical de mi adolescencia, durante la cual, por cierto, mis hermanos estaban ahí. Los que vivían en Argentina, todos los días. Los que vivían en Uruguay, como podían. Todos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces, agarré y volví a crecer.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y sorprendentemente – <em>anque</em> previsiblemente -, mis hermanos seguían ahí. Me estaba transformando en un hombre. Me gustaba el vino blanco y las fiestas ruidosas. Mis hermanos estaban ahí cuando tuve mi primer trabajo fuera de la empresa familiar. Me vieron abandonar las camisetas estampadas a manos de un traje serio y camisas planchadas los domingos por la tarde. Me vieron dejar la boina negra ladeada sobre un estante de la biblioteca, y atarme el pelo en una coleta formal. Me vieron comprar mi primer coche – un Ford Taunus color <em>Beige</em> (caca clarito, para ser sincero) del año 1983 -, y estaban ahí cuando yo empecé a creerme grande, para burlarse de mí con cariño, y quererme todavía con más cariño, a pesar de mí mismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y crecí otro poco más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me transformé en <em>Jefe de Departamento</em>, cosa que aún hoy, dieciocho años después, continúo sin saber qué significaba. Pero tenía un montón de responsabilidades, un montón de estrés y a pulso y regla me gané un montón de úlceras. Y sé que nadie sería capaz de adivinarlo, pero mis hermanos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces agarré y me cansé.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me cansé de las fiestas ruidosas y de las responsabilidades y de mí mismo. Me cansé de la Argentina que tanto amo y que tanto amaba. Me cansé de las cenas de los martes y del cine de los miércoles. Me cansé del fútbol de los domingos, de la <em>Plaza Dorrego</em>, de los empedrados de <em>Palermo</em>, que entonces no era ni <em>Hollywood </em>ni <em>Soho</em> ni nada que se le parezca, sino un barrio arbolado de calles empedradas, de las que también me cansé. Hice un concilio secreto con mis amigos del alma y les confesé mi cansancio, y entonces decidí dejar el Río de la Plata para entregarme a la seducción milenaria de la vieja Europa, y una vez más, mis hermanos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y me fui, mientras crecía otro poco, para los costados y para el hemisferio norte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Europa me recibió a tontas y a locas. Caminé Barcelona de arriba a abajo, vaciándome de lágrimas y de recuerdos que hoy, arrepentido, atesoro. Patrullé las noches del Raval, el <em>Passeig de Gràcia</em> y los trenes interminables decorados con <em>graffiti</em>. Conocí muchas personas, y aprendí a aferrarme a cualquier rastro de mi pasado sin entristecerme, a incorporarlas a mi vida y a dejarlas ir, también. Y por teléfono, por email, por señales de humo y mensajes cifrados en un cielo opuesto, mis hermanos estaban ahí, incansables, lejanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces agarré y me casé y tuve un hijo y después otro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los dos embarazos de mi mujer se quedaron en mi barriga. Las pieles tersas, los ojos enormes y asombrados y la respiración plácida de mis hijos se quedaron en mí, impregnados, mezclados con lo que había sido yo hasta entonces y con lo que jamás podría dejar de ser: su papá. Me mudé tres veces de ciudad, cambié de trabajos y estrujé a mis hijos a besos, aprovechando el poco tiempo que me queda antes de que empiecen a creer que soy un idiota, para volver a valorarme unos años después. Y mis hermanos, una vez más, estaban ahí, emborronándose, haciéndose difusos en la niebla de la distancia, pero intensos cada vez que nos veíamos. Estaban ahí, peleándose conmigo como cuando éramos niños, queriéndome con violencia, con espanto, con dulzura, con mar y aire de por medio, con hermandad de la buena.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces, de mis cinco hermanos, los dos que quedan en Argentina, agarraron y este verano vienen, familias al hombro, a visitarnos. Van a estar aquí. Vamos a recuperar el espíritu socarrón de las cenas de los martes. Vamos a querernos a gritos en medio del desorden y a alterar los horarios de las comidas y a decirnos las verdades que podamos, y perdonarnos las mentiras que no podamos. Vamos a gritar y a llorar y a reír, y por supuesto, a tocarnos las manos, a mirarnos a los ojos, a sabernos cerca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo importante es que hoy, porque me da la gana, agarro y cumplo treinta y ocho años, y sé que mi mujer va a estar ahí, mis hijos van a estar ahí, mis padres van a estar ahí, y mis hermanos, cómo no, van a estar ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y yo voy a estar acá, tranquilo, esperando para abrazarlos a todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Besos en la boca o la siesta juntos</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Mar 2011 10:46:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>Sin embargo, y a pesar de eso, suelo aprovechar los circulitos rojos en el calendario para pensar sobre las cosas, porque nunca está de más dedicar, aunque sea un día al año, a reflexionar acerca de los entresijos de algo aparentemente menor, pero que tiene una importancia, relativa según cada cual, y absoluta en lo particular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y la paternidad es uno de esos temas. Al menos lo es para mí, porque siento que, así como el mundo está cambiando de forma indiscutible para las mujeres, y ese es un tema instalado en la sociedad, y del que se habla muchísimo, el efecto <em>boomerang</em> de esa evolución social es – entre muchos otros – <a title="Sobre el confuso oficio de ser Hombre" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">un profundo cambio en la forma de ejercer la masculinidad, y por lo tanto, la paternidad</a>. Mientras hace apenas cien años, las mujeres no podían votar, los hombres no podían besar a sus hijos. Mientras las mujeres tenían prohibido conducir, los hombres no conocían los detalles cotidianos de la crianza de sus hijos, ni sabían cambiar un pañal, ni disfrutaban de un beso babeado desparramado por toda la cara, ni jugaban juegos con los niños, ni les limpiaban el culo cuando dejaban los pañales, ni perdían la paciencia luchando con una cucharada de puré de verduras, ni escuchaban preguntas imposibles. Los niños empezaban a existir para sus padres al inicio de la escuela primaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-966"></span>Definitivamente, es uno de los grandes avances de nuestro siglo: la implicación total del hombre en la crianza. No tengo dudas de que es bueno para las mujeres, aún mejor para los hombres, e indiscutiblemente fantástico para los niños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entre las cosas que los hombres aprendimos no hace tanto, está el contacto físico con los hijos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>I. </strong><strong>Besos en la boca</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los besos son una más de las convenciones sociales. En Argentina los hombres nos saludamos con un beso en la mejilla. En España no. En Argentina hombres y mujeres nos saludamos con un beso en la mejilla. En España, hombres y mujeres nos saludamos con un beso en cada mejilla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo beso a mis hijos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los besos en la boca son quizás una de las expresiones de intimidad más profundas y hermosas de las que somos capaces los seres humanos. Interviene la mirada, el rostro entero y los labios. Interviene el amor, la dulzura y la cercanía. Los labios son una frontera, que marca el límite del cuerpo a partir del cual no permitimos que cualquiera nos toque. Labios con labios es algo que solamente se puede entre personas que se aman, y ese amor es condición necesaria, pero no suficiente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo beso a mis hijos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los beso en la boca porque no soy capaz de besarlos como beso a una persona que me presentan en una reunión, o como beso a su maestra cuando voy a una reunión en la escuela. Los beso de forma íntima, cercana y total. Y ellos lo viven como algo natural.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mi mujer y yo hemos sido capaces de enseñar a nuestros hijos a expresar el amor. Los cuatro nos besamos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y sin embargo, por alguna razón, no soy capaz de besar a mi padre como beso a mis hijos. A mis casi cuarenta años sigo siendo víctima de algunos tabúes inmemoriales, y eso me hace temer que suceda lo mismo cuando mis hijos sean hombres. Los hombres, entre hombres, no sabemos darnos amor. Nos abrazamos como osos, nos palmeamos las espaldas unos a otros y nos gritamos como gorilas dominantes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tendrán que pasar otros mil años, y quince o veinte revoluciones socioculturales más, para que los hombres aprendamos a darnos amor con naturalidad entre padres e hijos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y aún así, sin importarme el reflejo social que pueda tener, yo beso a mis hijos en la boca, y los seguiré besando hasta que su propia hombría les prohíba a ellos besar a su padre sin sentirse, por eso, menos hombres, como me pasa a mí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>II. </strong><strong>La siesta juntos</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una de las cosas que primero aprendí a disfrutar de la paternidad, antes incluso que los besos en la boca, fueron las siestas con mi bebé dormido en el pecho. Pablo nació en Málaga, en pleno verano. Entonces yo tenía jornada intensiva en el trabajo, y salía disparado para mi casa, bajo el sol inclemente de las tres de la tarde, desesperado por meterme cualquier cosa entre pecho y espalda, y tumbarme en el sofá con mi bebé encima. Él se ovillaba entre mi barbilla y mi panza innoble, y cruzaba sus manitos de bebé por debajo de sus mejillas de bebé, acompasaba su respiración de bebé a mi respiración de padre, y encontraba la paz absoluta: <em>la paz de los bebés</em>. Todos los días dormíamos esa siesta. Yo no descansaba, porque en el fondo temía moverme y tirarlo al suelo, así que cerraba los ojos, con los músculos tensos, y jugaba a ser la cuna de mi bebé. Acariciaba su espalda, su cuello, y escuchaba atento como su respiración profunda purificaba mi propio aire.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero las siestas juntos duran poco. En seguida son más grandes, y ya no duermen en tu pecho. Pablo, con seis años, hace más de dos que se niega a dormir siesta. Daniel, con cuatro, empieza a negarse. Quiere quedarse jugando con su hermano, en vez de dormir conmigo la siesta que todos los sábados y domingos hacemos juntos después de la comida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El domingo pasado, cuando acabamos de comer, y después de fumar en mi balcón el cigarrito ritual, le dije:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Daniel, ¿vamos a dormir una siestita?</p>
<p>-        No quiero. – dijo, firme y convencido.</p>
<p>-        Venga, vamos a dormir juntos un ratito.</p>
<p>-        Quiero quedarme viendo la tele.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Íbamos a salir a un cumpleaños, y yo quería que durmiese, porque luego se cansa y se pone como todos sabemos que se ponen los niños cansados, así que apelé a lo que apelamos los padres cuando queremos convencer sin castigar ni levantar la voz: <em>la culpa</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Daniel, si tú no vienes papá no puede dormir.</p>
<p>-        Pero no quiero – insistió.</p>
<p>-        Hagamos algo – propuse -. Tú no duermas. Solamente ven conmigo a la cama para que yo me pueda dormir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me miró con recelo, pero en seguida se sintió importante, así que sonrió y vino de buen grado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Yo no me voy a tumbar – me dijo –. Me quedaré sentadito hasta que te duermas.</p>
<p>-        Vale.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me acosté, y él se sentó a mi lado, mirándome con picardía. Se tapó las piernitas con la manta y se dispuso a esperar que me durmiera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        No puedo dormir – mentí &#8211; ¿Por qué no me haces mimitos en la cabeza?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Su cara, como siempre, se iluminó de punta a punta, y pareció que la sonrisa se le iba a salir por las mejillas. Se recostó despacito junto a mí, y empezó a acariciarme el pelo con tanto amor y ternura como no estoy seguro de haber sabido hacerlo yo alguna vez. Me miraba fijamente, y cada algunos segundos pegaba su mejilla a la mía, sin dejar de acariciarme, sólo para ofrecerme el contacto de su piel.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nos despertamos abrazados una hora más tarde, y sus ojitos somnolientos dejaban aún adivinar su sonrisa y su felicidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y solamente una semana después, es el día del padre. No me hagan regalos, gracias. Estoy servido.</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>A mis hijos y a mi padre, con todo el amor del mundo.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de marzo de 2011.</em></p>
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		<title>Volvé que te perdono</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Mar 2011 09:19:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Como no podía ser de otra manera, al llegar al aeropuerto de Barcelona mi equipaje se había perdido, y lo sentí como una venganza, una reprimenda caprichosa de una vieja madre <em>ítalo-judía </em>herida, que en su dolor materno no atiende a razones: el resumen reducido a dos valijas de todo mi pasado había desaparecido. La Argentina no me permitía una huida digna, conservando todas mis piezas. Iba a costarme abandonarla sin más explicaciones que una decepción profunda, un sentimiento apático y la certeza oscura de que, tarde o temprano, la patria celeste y blanca golpea duro y sin piedad a quienes le son leales. Un día un <em>Rodrigazo</em>, otra vez un <em>Corralito</em>, y si hace falta, un <em>Efecto Tequila</em>; el país de Jorge Luis Borges, Diego Armando Maradona y Doña Tota es extremadamente creativo para ser cruel con quienes labran sus tierras, habitan sus rincones, sacrifican y devoran a sus vacas, fornican por todas partes y casi nunca duermen la siesta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-955"></span>Sin embargo, y a pesar de todo, yo me fui.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me fui <em>antes</em> del <em>Corralito, antes </em>de la crisis bestial y última, <em>antes </em>de la estampida brutal que desparramó argentinos por todo el primer mundo. Me fui abrumado por mis derrotas personales, porque no podía ya con el peso permanente en la nuca, ese que se desarrolla cuando nunca podés estar seguro del momento en el que va a llegarte el próximo golpe. Me fui escupiendo sobre mi hombro izquierdo en la puerta de salida, cansado de remar a contracorriente, desencantado del tango, el mate, el dulce de leche, el asado de los domingos, la cancha de boca, el colectivo veintinueve, los bocaditos <em>Holanda</em>, <em>Martín Karadagián</em> y la mar en coche.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me fui para no volver.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces, en diciembre de 2001 explotó todo. Los pedazos saltaron por todas partes. La sangre nos salpicó a todos. Y en medio de esa ola, mi padre, después de 30 años de trabajar como una mula de sol a sol, lo perdía todo por segunda vez, a manos de la ingratitud financiera de un país dominado por usureros y despedazado por buitres, en el que no era de ningún modo buena idea intentar ser un empresario honesto.</p>
<p>Mi padre llegó a Barcelona por esos días, y en marzo de 2002 alquilamos un bar. Lo llamamos <em>Volvé que te perdono</em>. Era un tugurio pequeñito en la Barceloneta, donde besé por primera vez a la mujer que hoy es la madre de mis hijos. Tenía seis mesas, dieciséis sillas y una barra de dudosa limpieza histórica. Barcelona estaba llena de argentinos pidiendo favores. Llena de argentinos expatriados, buscando un hogar y una oportunidad mejor. Algunas veces la conseguían, como por ejemplo Karina, una amiga mía que terminó siendo mi mano derecha en la empresa donde yo trabajaba, y otras veces, muchas otras, personas que en Argentina jamás hubiesen hecho un trabajo que no fuese en su profesión, terminaban amasando pizza en una trastienda sórdida, trabajando en negro y sin papeles, soñando con una amnistía o un matrimonio que arreglase las cosas.</p>
<p>También estaba Barcelona, por ese entonces, llena de amigos. Estaba mi amigo – mi hermano – Pepe, digitando arte en sus monitores de 21 pulgadas, Carolina, Mariana, Matilde Lila, Cecilia, Diego… y muchos, muchos más. Ezeiza escupía argentinos a mayor velocidad que la pereza con la que los aceptaba de vuelta. Y yo los recibía a todos en casa, cuando podía los ayudaba a llegar, cuando no podía los invitaba a comer, al menos. Tapeábamos <em>patatas bravas</em> criticando en voz alta a la madre patria, todos de acuerdo en que la ruptura era final y absoluta: <em>no se puede confiar en ese país</em>.</p>
<p>En algún momento dejaron de llegar, y poco más tarde, comenzaron a volver. Entonces se abrió una etapa de reconciliación. Uno a uno, los amigos que compartían exilio conmigo, fueron replegando las uñas, perdonando con disimulo a la madre voraz, terrible y a la vez amante y hospitalaria, cariñosa y peligrosa, que los recibió envuelta en un manto de lágrimas celeste y blanco, les curó las heridas con una pomada mágica y les permitió tener sueños otra vez.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Argentina se recuperaba, y el resto del mundo empeoraba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para entonces, <em>Volvé que te perdono</em> era solamente un buen recuerdo. Mi padre se había trasladado a Andalucía, encontrando un camino más auténtico y más parecido a su verdadera vocación de empresario de la tinta y el papel. Los sueños de cerveza fría y <em>chivitos uruguayos </em>eran de otro momento y otras personas.</p>
<p>Y yo seguí con mi vida, contemplando con tristeza, silencio y un poco de alegría como mis amigos volvían a sus vidas rioplatenses, cómo cada vez menos argentinos llenaban los bares barceloneses durante los mundiales, con la cara pintada y las camisetas que, años después, siguen llevando el nombre de Maradona en la espalda. Comencé a ver crecer a mis hijos, al mismo ritmo que la nostalgia auténtica de los empedrados de San Telmo se deshacía en jirones, bajo el mismo cielo celeste y blanco que, habiendo protegido la partida de tantos argentinos, les otorgaba su perdón para volver.</p>
<p>Tantas palabras de dolor, tanta rabia contra la tierra primaria, tanta sangre y tanta saliva malgastadas en alimentar sordamente las razones rencorosas de la partida, fueron desapareciendo, pegadas a la piel de los que volvían, enredadas en su pelo, mezcladas con los equipajes vueltos a hacer y deshacer, anudadas en los pañuelos que siempre enjugan las despedidas y los reencuentros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y un día cualquiera, despedí al anteúltimo de mis amigos que volvía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces supe con certeza que yo no volvería nunca. No por rencor, ni rabia, ni dolor, ni tristeza. Solamente porque vivo en la tierra de mis hijos, y eso es algo que debo respetar, que no puedo cambiar, y que es mucho más grande que yo mismo.</p>
<p>Pero esa verdad no impide que lleguen a mis oídos las palabras de esperanza, cuando ahora mismo, los últimos de mis amigos que vuelven, los padres de mi ahijada, están comenzando lentamente a empaquetar sus cosas para poner fin a más de diez años de aventura ibérica, y volver a plantar la bandera de su patria familiar en el barrio de La Boca.</p>
<p>Y como un sortilegio silencioso, hace un par de noches apareció a los pies de mi cama un espectro celeste y blanco. No era una figura terrorífica, sino más bien una abuela dulce llevando un gorro frigio. Me miró durante un rato, y sonrió, con más tristeza que amargura. Se acercó despacio. Pensé que iba a besarme en la frente, pero en cambio, me susurró al oído:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>- &#8220;Volvé, que te perdono.&#8221;</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y comprendí, inmediatamente, que entre la madre Argentina y yo no quedan rencores, ni heridas, ni rabia guardada. Solamente hay un espacio abierto donde lo único que podemos darnos es amor.</p>
<p>No voy a volver, pero es balsámico sentir, de manera plena y total, el alivio absoluto y la paz nueva que uno siente cuando perdona de verdad, con el corazón. <em>No vuelvo, pero yo también te perdono.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<pubDate>Sun, 27 Feb 2011 10:19:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Cuando cumplí los seis años, se dieron cuenta de que habían tenido demasiado éxito inculcándome valores y buenas intenciones. Este descubrimiento los hizo temer por mi posible buen desempeño en la vida adulta, enfrentando los malos tragos que seguramente me depararía; ya que soltar una buena persona al mundo, así, sin más, sin proporcionarle un poco de mala leche para defenderse de los otros, era sin duda una locura injustificable y una irresponsabilidad. Entonces me mandaron a la escuela, donde el gran sistema educativo argentino hizo un excelente trabajo, transformándome en un hombre de provecho. A pesar de los esfuerzos de mis maestros y educadores, algunas de las virtudes originales heredades de mis padres sobreviven aún en mi carácter mundano y cosmopolita. Entre ellas, como no podía ser de otra manera, se cuenta la absoluta carencia de fe religiosa, una arraigada y secreta pasión por el desorden personal, el desaliño en el vestir y la pérdida constante de objetos pequeños en la rutina diaria, y el amor secreto e incondicional por la carne bovina en general, y vacuna en particular – que continúo comiendo con pan, aunque sigo sin creerme del todo que así sea más digestiva –.</p>
<p><span id="more-938"></span>Por supuesto, fueron años felices. Mi herencia familiar, desordenada, impuntual, apasionada y juguetona, resistiendo los envites constantes de una educación para hombres de bien. En el medio, lo único que había, señoras y señores, era un niño.</p>
<p>Los niños – y me permito una explicación breve, para quienes no los conozcan – son esas personas chiquititas que joden y joden, que lloran en los aviones, gritan en los restaurantes, corretean en lugares inoportunos y, sobre todo, nos impiden a los mayores hablar, comunicarnos entre nosotros y vivir nuestras vidas tranquilamente.</p>
<p>Estos <em>enanos</em>, además, tienen otro montón de defectos que es preciso identificar si queremos comprender cabalmente al fenómeno que nos ocupa. Enumeraré a continuación algunas de sus características mas peligrosas para el hombre moderno:</p>
<p>&nbsp;</p>
<ul>
<li>Son aterradoramente <em>espontáneos</em>. Dicen la verdad de lo que se les pasa por la cabeza, sin medir las consecuencias ni preocuparse cívicamente – como corresponde – por no herir, ofender o poner en evidencia a alguien.</li>
<li><em>Juegan</em>. Seguramente una de sus características más temibles. Parecen empeñados en hacer ruido, divertirse y abusar de una espantosa mueca a la que llaman <em>risa</em>, que aturde e impide ver la televisión en condiciones.</li>
<li><em>No esconden lo que sienten</em>.<em> </em>Estos enanos urbanos, que podemos encontrar en casi cualquier casa de familia, tienen la fea costumbre de pregonar en voz alta y sin ningún decoro sus sentimientos más profundos. No conformes con ello, además, lo hacen interpelando en primera persona a gente proba y honorable, que jamás haría gala de una falta de tacto tal como para decir a otro, frente a terceros: <em>“te quiero mucho”</em>, exponiéndolo sin piedad a la obligación social de una respuesta inmediata, al oprobio de expresar públicamente y en voz alta un sentimiento verdadero.</li>
<li><em>Miran a los Ojos</em>. Sin rastro alguno de civilización, constantemente buscan la mirada de los demás, el <em>contacto</em>.</li>
<li><em>Abrazan, besan y tocan</em>.<em> </em>Como aún no están convenientemente enseñados, ceden continuamente a sus incívicos impulsos de abrazar, besar y tocar a otras personas, invadiendo su espacio vital e incomodándolos en las más pintorescas y rocambolescas situaciones.</li>
</ul>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y podría continuar, pero estas características son ya de dominio público, o casi, y en mi reflexión de hoy pretendo focalizarme en el aspecto <em>religioso</em>. Son muchas las corrientes de opinión sobre la fe. Muchos la profesan auténticamente – <a title="Domingos rituales" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/11/14/domingos-rituales/" target="_blank">y vaya para ellos mi admiración y mi envidia</a> –, otros se aprovechan de los primeros y viven de administrar la fe ajena – negocio redondo desde que el mundo es mundo, y es redondo –, y otros, como un servidor, simplemente la negamos. Así, la negamos, y ya está. “Pero señor Aprendiz de Brujo – me preguntan –, ¿usted no cree en Dios? ¿No tiene fe?”. “No – respondo, convencido –. Pero no solamente no creo en Dios, sino en ningún tipo de instrumentación de la fe, en sus muchas formas, de las que el hombre es tan aficionado a profesar. Esto incluye, pero no se limita a: Iglesias, religiones y Dioses de cualquier tipo, forma y color, espectros, fantasmas, ángeles, mesías, chamanes, curanderos, gran parte de los ejercicios de medicina alternativa, gran parte de los ejercicios de la medicina tradicional, ministros, diputados, presidentes, reyes, iluminados, formadores de opinión, periodistas a sueldo, investigadores a sueldo, benefactores a sueldo, beneficiarios en general de la ingenuidad ajena, teleoperadores, compañías de seguros, bancos, el sistema financiero en general, la gripe A, el efecto 2000, la resurrección de la carne, la resurrección de Pinocho, el <em>Feng Shui</em>, <em>Aquaman</em> y que las personas algún día levantarán la caca de sus perros.”</p>
<p>Los religiosos me miran, entre desconcertados y ofendidos. Los administradores de la fe ajena me apuntan con el dedo desde su púlpito dominical. Los demás se ríen bajito, de costado.</p>
<p>Lo cierto es que, desde que terminé mi <em>educación</em>, &#8211; larguísimo período de mi vida durante el cual mis padres y el Ministerio de Educación y Justicia se contradijeron permanentemente –, los restos vitales de mi ética y moral resultantes y yo, convivimos así, en la ausencia de fe y soñando despiertos con <em>tortafritas</em> los domingos de lluvia, por la tarde.</p>
<p>Y entonces, algunos meses después de haber sido padre, un día cualquiera, te das cuenta de que se te ha instalado en casa uno de estos <em>enanos </em>– ahora ya son dos –. Entre sus muchos defectos, algunos de ellos previamente explicados, se cuenta el preguntar y preguntar, sin parar de preguntar.</p>
<p>Y otros meses más tarde, sin que nadie te avise nada, te ves reflejado en dos ojos enormes, abiertos, perplejos, iluminados, que beben con la mirada tus palabras, tu explicación, tu paciencia y tu falta de paciencia, lo poco que te queda de ternura, tu capacidad de asombro, tu falta de sueño, tu <em>status</em> de hombre moderno. Todo eso con dos ojos redondos y grandes. Dos ojos en los que ya no cabe el asombro.</p>
<p>Y te das cuenta, con un dolor en el pecho, que detrás de esos dos ojos, en ese cuerpecito <a title="Enano Cabezón" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/14/enano-cabezon/" target="_blank"><em>enano</em> y muy probablemente <em>cabezón</em></a>, hay un montón de amor. Y ese montón de amor cree que lo sabés todo, que el bastión último de la sabiduría ancestral, la encarnación hecha hombre de la verdad y la justicia, el prototipo de Dios en la tierra, se llama <em>Papá</em>. Te das cuenta que nadie, nunca, te había mirado de esa forma. Ni tus padres, ni tus amigos, ni tu mujer. Nadie había tenido tanta fe en vos. Y te das cuenta también de que nadie, nunca, volverá a tenerla. Ni siquiera tus hijos, cuando descubran que ese dios barrigón y malhumorado es solamente un hombre.</p>
<p>Pero mientras tanto, con todo el bagaje a la espalda, sos Dios en la tierra. No hay manera, humana ni divina, de eludir esa responsabilidad. Sos el Dios depositario de la fe más inconmensurable que puede experimentar el hombre: <em>la fe de los enanos</em>. No existe fe más absoluta y total. Y cada una de tus palabras la impacta, la amplía o la reduce, la educa o la lastima.</p>
<p>Y lo que es indiscutible, es que la fe humana puede con todo. No hay arma más poderosa que la fe. No la fe de la que venden los escribanos, sino esa que brilla en los ojos de los niños, esa que los adultos moldeamos a cada momento, sin darnos cuenta, sin sentir la responsabilidad extrema de estar cimentando el potencial del hombre del futuro.</p>
<p>A mi fe se la llevaron los demonios desde un principio, dejándome ateo y desamparado, pero hoy ha vuelto. Hoy sé que la fe existe. Me la devolvió la mirada de mis hijos, y en esa mirada deposito mi fe nueva. Hay esperanza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-938-1'>Torta de masa frita en grasa de vaca, con azúcar <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-938-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Mis palabras, mi silencio y viceversa</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Feb 2011 10:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><strong>I. El silencio</strong></p>
<p>El silencio perpetuo, obligado, encerrado, inerte, me habla de derrota, de batallas perdidas, de amores marchitos, de miedos presentes. Trae hasta mí, desapasionado, el perfil claro del edificio donde transcurrió parte de mi infancia. Un frente de minúsculas baldosas en tonos diferentes de azul y granates oscuros, mezclados con alguna ausencia esporádica disfrazada de hormigón. Y me cuenta, como casi cada día, el caos ilegible del aeropuerto el día que dejé mi casa, un ir y venir de personas desconocidas en traje de sombra. Revive en mi pecho una sensación de anestesia, una fuga hacia adelante de lágrimas que en silencio no saben caer.</p>
<p><span id="more-927"></span>Lo dejo seguir, lo escucho, atento, vigilante. Habla de cosas que no son, pero están. Habla del dolor que ya no duele. El dolor actual, el que todavía duele, vive del lado de las palabras. Los dolores viejos, cuando pierden vigencia, cuando ya no duelen, se suman de a poco a las filas del silencio, mirándome con ojos tristes, como los perros que te siguen durante una noche de lluvia, y con esa tristeza vitrificada suman derrota a mi silencio, aportan ternura, también, y un poco de esa tranquilidad inusual que tiene el final de un episodio vital, cuando ya no puede empeorar ni mejorar; cuando hay una parte de la vida que simplemente deja de ser, por mucho que sus restos sean voluminosos y aseguren la presencia eterna de esa falta.</p>
<p>Y lejos de ser nada más que tristeza, mi silencio atesora voces amigas, palabras dichas hace mucho tiempo, tanto que es casi al inicio; pero dichas con la verdad en los labios, con amor en los dientes. Y esas palabras, convocadas contra su voluntad al silencio perpetuo en el que transcurre la memoria, dibujan rostros, encarnan piel y pelo y uñas, manos y brazos que dan y reciben, hombros que, lejos de ser para llorar, son para apoyarse durante una borrachera feroz, para asegurar una mochila y salir a recorrer mundo, para apuntalar un equilibrio deficiente durante una noche de fiesta o para colgar el abrigo cuando todos los otros soportes se esfuman mágicamente.</p>
<p>Mi silencio guarda también, para tenerlo a mano cuando lo necesite, el olor espeso, tibio y dulce de la <em>cremosa de doña espumosa</em> que mi abuela cocinaba largamente sobre un fuego de gas metano, naranja, con llamitas que lamían para siempre los fogones ennegrecidos de su cocina polvorienta. Y en el mismo sitio, sus respuestas sabias, siempre a mano: <em>“Abuela, me duele la cabeza”. </em>Un silencio, un gesto comprensivo con las cejas y un dedo índice en alto: <em>“Señal de que la tienes, hijo mío. Si no la tuvieras, no te dolería.”</em></p>
<p>Mi silencio, con una chispa en la mirada, me permite observar, cada vez que quiero, como acompañaba, tablero de ajedrez y una sillita de <em>cámping</em> en mano, a mi hermano a hacer caca, y nuestras caras concentradas, ignorando a conciencia el tufo de los vapores fecales humanos, para intentar descifrar el movimiento esquivo de un peón enemigo. Tiene también cada uno de los abrazos de mis hijos, porque cada vez que me abrazan, aunque ya lo sé, un estremecimiento profundo me asalta por sorpresa, y su ternura me deshace por dentro, dejando sólo un calorcito invencible y una razón poderosa para hacer bueno el futuro.</p>
<p><strong>II. Las palabras</strong></p>
<p>Mis palabras, en cambio, son el presente rabioso, la guerra que no acaba, el hambre perpetuo que te obliga a seguir buscando, la furia incansable que no cede al silencio. Están todo el tiempo, gobernando mi corriente de pensamiento, llenándolo de juegos absurdos, de peces en movimiento, de siluetas armónicas y púas sibilantes. Mis palabras se encargan de poblar el momento, de pintar con cuidado las líneas de ida y vuelta, los contornos sinuosos de lo que va sucediendo. Saben relatar la risa de mis hijos y los recuerdos de mis padres.</p>
<p>Y sin proponérselo, constantemente me someten a la tiranía escrupulosa de intentar sostener con hechos lo que digo, de proponerme cumplir con lo que prometo, de trabajar para ser la persona que digo ser.</p>
<p>Mis palabras juegan juegos, también. Hablan de mis ganas de jugar, de la tenacidad con que trabajo para rescatar de mi memoria los hechos que me construyeron, mi pasado menos poético, menos ejemplar, menos heroico, menos memorable. Hay en mis palabras episodios rescatados del silencio. Hay sonidos con la misma voz, para hablar de pasión y para hablar de quedarse sentado en el sofá.</p>
<p>Pero mi boca, bastión principal desde el que las palabras dejan de pertenecerme, se llena de espuma fresca y chispas de chocolate cuando digo palabras que me gustan, como el nombre de mis hijos, como <em>tambor, labiodental, ortorrómbico o flambeado</em>, cuando pronuncio las claves que me delatan amando o disfrutando. Y se me llena de un regusto de pétalos lilas cada vez que pienso en Buenos Aires en primavera, dibujando con los labios un jacarandá en flor, y de un sabor de salitre cuando relato a mis hijos los veranos en mi Montevideo natal, de playas de arena interminable, peces al alcance de la mano y mis tíos tomando mate y cantando. Otro sabor, esta vez de sangre y miel, me desborda hasta los labios cada vez que hablo del silencio, cada vez que las palabras traen desde mi pecho a mis dientes el silencio que me habita.</p>
<p>Pero una vez más, y siempre, son las risas de mis hijos las que acuden al rescate, las que perforan mi silencio, dejando salir las palabras más bonitas que su coraza de latón encierra. Y entonces recupero mis palabras, las reparto, las regalo, las difundo, las arrojo por encima de los muros, las dejo en los bancos de las plazas, las suelto con disimulo en las góndolas del supermercado, las escondo entre las páginas de libros ajenos, para que puedan así asaltar a los lectores por sorpresa, las quemo sobre una torta para que mis hijos, al soplarlas, escuchen mi voz más auténtica celebrando sus cumpleaños, las lanzo por debajo de las puertas, sin saber quién está del otro lado, y aún así poniéndolas a sus pies.</p>
<p>Y cada vez lo sé con mayor certeza: soy mis palabras, y también mi silencio. Mi silencio conserva para mí el pasado, devolviéndomelo de a pedacitos cuando quiero relatarlo. Mis palabras avanzan sobre el futuro. Y yo, aunque parezca lo contrario, ni siquiera por un segundo me divido entre ambos.</p>
<p>Mis palabras no se oponen a mi silencio, y viceversa.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Con Arturito no se juega</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Feb 2011 09:53:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<blockquote><p><em> “¡Con el Plumero no se juega!”</em></p></blockquote>
<p><span id="more-917"></span>El grito era automático, autoritario y potente, y anunciaba una catástrofe. Nos paralizaba. Sabíamos perfectamente que vendría, y aún así nos dejaba en <em>orsai</em>, totalmente indefensos, asustados, con un pánico instantáneo pintado en las pupilas. Era como si hubiésemos tocado el cetro del Rey, la llave de la caja de Pandora, o las botas de Siete Leguas. Mi madre era una madre permisiva, y no solía gritarnos o castigarnos más de lo necesario, sino más bien menos de lo necesario, pero algo inexplicable, oscuro, violento y peligroso le ocurría cuando le tocábamos el plumero. Era como el símbolo de su gobierno del hogar, difuso, alborotado, perdido entre disfraces desparramados en un baúl y frascos de mermelada casera, mezclado con el silencio rasgado por el runrún de un lavarropas vertical de tres aspas, y la mala imitación de una cascada de espuma del fregadero con los platos y vasos de seis personas.</p>
<p>En esa casa, casi todo se podía tocar. Con casi todo se podía jugar, pero en esta vida todo tiene un límite. Podíamos hacer silbar la correa de la perra, revoleándola como una hélice, o jugar con unos palos de escoba cortados  y pintados o con los cojines del sofá. Podíamos saltar y correr dentro de casa. Podíamos atacar los cajones y desparramar la ropa en busca de un disfraz o simplemente una capa para improvisar un <em>Zorro</em> gallardo, valiente e imberbe. Podíamos llenar el suelo de bolitas de colores, y competir a gritos por la <em>japonesa,</em> la <em>lecherita</em>, o el <em>acerito</em>. Podíamos, incluso, jugar con los libros de la biblioteca. Podíamos voltear dos sillones individuales que había para fabricar un quiosco imaginado a la hora de la siesta, y vender desde él golosinas inexistentes con sabor a manos sucias. Podíamos marcar los vidrios de las ventanas con huellas digitales de grasa de pan con manteca y azúcar, y desde el sofá jugar a luchas con la perra, que se apuntaba a todas, ladrando y dejando un rastro inequívoco de goterones de baba. Podíamos gritar, hacer aviones de papel y a veces comer caramelos a deshoras. Podíamos tener secretos, bajar solos a la plaza con la bici o sin ella. Podíamos jugar con dardos verdaderos. Podíamos tener peces, pájaros y reptiles diversos. Podíamos, el mismo día, invitar cada uno a un amigo a dormir, y armar lo que llamábamos <em>“el campamento gitano”</em>, llenado el suelo del <em>living</em> de colchones y bolsas de dormir, y cubriendo las lámparas con telas de colores, para acostarnos todos mezclados, hablando bajito en medio de la noche, y despertar fusionados en una sola montaña de niños somnolientos. Podíamos festejar los cumpleaños en casa. Podíamos pedirle a mi madre que hiciese una montaña de <em>panqueues</em><sup class='footnote'><a href='#fn-917-1' id='fnref-917-1'>1</a></sup>, y otra vez invitar amigos, y decorar las paredes con dulce de leche, ensuciar la mesa y hablar a gritos con la boca llena. Podíamos organizar, una vez a la semana, el <em>día del eructo</em>, durante el cual todos los malos modales imaginables estaban permitidos en la mesa familiar, sin consecuencias para el ejecutante. Podíamos pelearnos, y aún puedo sentir la vergüenza cuando, yendo a delatar a alguno de mis hermanos, mi madre me respondía, simulando enfado: <em>“Vos no seas loro.”</em> Podíamos hacer de todo y más. Éramos indómitos, infinitos, juguetones, traviesos y dispersos. Pero el límite estaba ahí, claro, preciso y tajante: <em>con el Plumero no se juega</em>.</p>
<p>Treinta años después, es una preocupación social omnipresente lo poco que los niños respetan los límites. Lo que no solemos preguntarnos es por qué lo que eran cuatro o cinco límites claros y precisos, se transformaron desordenadamente en una lista interminable y en constante crecimiento de reglas difíciles de cumplir hasta para un monje de clausura. ¿Qué nos pasó? Nuestros hogares han dejado de ser espacios para el juego y el disfrute, y se han convertido en un quirófano que hay que mantener en orden. Hay que quitarse los zapatos al entrar, no se puede comer fuera de la mesa, no se tocan los vidrios, no se trae más de un juguete a la vez al salón, cuidado no tires nada que vas a romper la tele, no toques las paredes que se ensucian, no manches el sofá, en casa no se corre, no grites que vas a molestar a los vecinos, no toques nada, por favor, que no, que te digo que no. El ordenador de papá ni lo mires, no se puede usar si yo no estoy, cuidado con la alfombra, no recortes papel que lo pones todo perdido, con plastilina dentro de la casa no. No pintes fuera del papel. No toques ninguno de esos aparatitos con lucecitas que parpadean y brillan, ni abras las cajas de los trescientos mil cedés que hay en la estantería. Quieto ahí, a mirar dibujos. Pero no mucho, que mucha tele tampoco es bueno.</p>
<p>Y para colmo de males, ya no existen los plumeros. En su lugar, nosotros tenemos un aspirador de mano, y un robot de aspiración <em>Roomba</em>, al que llamamos <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/20/el-teletrabajo-del-padre-de-arturito-y-los-titulos-de-las-peliculas/" target="_blank">Arturito</a></em>. Esta maravilla tecnológica patrulla la casa sin descanso, aspirando puliendo y barriendo, con su luz naranja sobre la espalda, y cuando los niños se acercan a él, fascinados por su autonomía y su habilidad para esquivar obstáculos, tengo que ser yo en lugar de mi madre quien grite, con voz autoritaria y seca:</p>
<blockquote><p><em>“¡Con Arturito no se juega!”</em></p></blockquote>
<p>¿No será que son tantos los límites que es imposible moverse sin traspasar uno?</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class='footnotes'>
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</ol>
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		<title>Desde donde estoy se ve</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Jan 2011 11:07:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En ese pedacito mundo que se ve desde donde estoy hay varias montañas. A veces, cuando hace frío, blanquean sus cimas pintadas de blanco nuclear, refractando los rayos del sol hasta mi ventana. Otras veces esconden sus dientes de roca y tierra entre los vapores oportunos de las brumas matutinas, y me gusta porque sé que la montaña está ahí, y no puedo verla. Es como mis amigos de toda la vida. Sé que están ahí, en las calles de Buenos Aires, en otras ciudades más al norte o más al sur, perdidos muchos de ellos en su exilio privado, y no puedo verlos. Tienen la solidez de la montaña y el misterio de la bruma, la mirada transparente del sol de invierno y las mismas raíces profundas, estables bajo el peso de miles de toneladas de cimientos, sólidas, eternas. Otras veces, cuando la noche llega sigilosa a instalarse en el techo, se transforman en una sombra oscura, una silueta recortada contra un fondo azul marino, que solamente se deja adivinar como la frontera secreta a partir de la cual las estrellas abandonan su parpadeo insomne para retirarse a dormir, al menos por un rato.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un planeta que estornuda su resfrío monumental, apenado, mientras sufre en silencio la soberbia de los seres humanos, que creen tontamente que están destruyéndolo, cuando lo único que están destruyendo son sus posibilidades de sobrevivir en él. Se ve un planeta que sabe que, cuando los humanos terminen de matarse, diez, veinte millones de años después, habrá otra forma de vida, como pasó siempre desde el principio de los tiempos. No es otra cosa que la soberbia lo que va a matarlos. No es otra cosa que soberbia lo que les impide ver.</p>
<p><span id="more-898"></span>Desde donde estoy se ven millones de personas diminutas, sin rostro y sin pelo, que todos los días van a trabajar, vuelven, cenan, se pelean, se perdonan, se odian y se abrazan. Después fornican y dicen a los demás que fornican más de lo que fornican en realidad. Beben cerveza y dicen a los demás que podrían beber más cerveza de la que en realidad pueden beber. Se aburren de sí mismos y dicen a los demás que saben estar solos. Son como sombras recortadas sobre papeles sucios. Aman a las personas que hay en su vida más de lo que están dispuestos a admitir, y no les dicen nada acerca de ese amor, porque prefieren el silencio al vértigo de no saberse correspondidos en exactamente igual medida, o más.</p>
<p>Desde donde estoy se ven ciudades arrasadas por la furia del mar, árboles caídos; soplados hasta la muerte por un viento terminal. Se ven niños descalzos con el barro a la cintura, intentando salvar una cesta de fruta semipodrida, un muñeco de peluche y dos aviones de papel de los destrozos de la inundación. Se ve que la policía y los bomberos no saben qué hacer. Se ve el avión de los ricos tirando en paracaídas la comida que les sobra, mientras desde sus casas confortables se lamentan así: <em>“¡Pobrecitos los pobres!”</em>.</p>
<p>Desde donde estoy se ve el aire cargado de palabras transmitidas exculpando a los culpables. Casi pueden oírse sin esfuerzo, sus letras negras mintiendo las razones turbias de los males, las excusas plausibles de las catástrofes y las frases salpicadas de anestesia de los analistas expertos en pavadas.</p>
<p>Desde donde estoy puedo ver, también, y sin ningún esfuerzo, los demonios pacíficos de mi infancia. El aliento de pasto tierno de mi perra en la cara y el silencio de la hora de la siesta frente a un cuaderno de deberes escolares sin hacer. Un gesto con la lengua, un soplido y un renuncio, justo cuando el grafito de mi lápiz comenzaba a arañar en el papel rayado una suma de líneas temblorosas. Puedo ver, de grande, el regreso previsible de esos demonios alados, que sobrevuelan las camitas de mis hijos sin asustarme, prometiendo con sus ojos rojos más infancia, más dolor de adolescencia, más tiempo y tiempo de fantasías.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un horizonte difuso y borroso, en el límite de un mar que no tiene del otro lado a mi tierra, pero es como si la tuviese, es como si cada una de las olas pudiese deshacer en sus espumarajos un trocito de mi costa infinita, un recuerdo de ballenas y pingüinos, una promesa de mi Uruguay natal, una fiesta de sol y playa con mis hermanos, las pieles de niños oscurecidas por el sol, los sueños intactos, el tiempo aún como una medida infinita de lo que no va a llegar nunca.</p>
<p>Desde donde estoy se ve claramente el miedo. No es el mío. No es el tuyo. Es el miedo de todos y el de nadie. Es el miedo con el que estamos aprendiendo a vivir, al que nos vamos acostumbrando sin protestar. Es un cuerpo espeso y dos alas nervadas, enormes, un paraguas siniestro que tejemos sobre nuestras cabezas con paciencia y cautela, como la mortaja interminable de <em>Amaranta Buendía</em>, una labor primorosa y siniestra, una bolsa de gatos infame donde se mezclan las emisiones de <em>Gran Hermano</em> con media docena de guerras remotas, un brote epidémico de enfermedades mortales y las aberraciones modernas de una ciencia sin mas ética que la financiación renovable año a año.</p>
<p>Desde donde estoy se ven, perfectamente y sin interferencias, las huellas indelebles que me trajeron hasta aquí, mis marcas lloradas a fuego lento sobre aviones y trenes, la decisión lenta de abandonar mi casa, los abrazos de despedida y los pares de labios marcando un adiós temporal que se haría permanente. Se ve el rastro de ese camino, la nostalgia derrochada semana a semana de mi barrio, la falta aguda y diaria de tres medialunas de grasa, el reguero de gotitas de sangre de ternera sobre una parrilla de asado con amigos, la letra y música de <em>Patricio Rey</em>, contando en frases criptográficas el dolor de la partida, y una década después, en las mejillas de mis hijos, se ve el resumen lisito e impoluto de todo lo bueno que me pasó desde la última vez que viví en América.</p>
<p>Desde donde estoy, desde mi ventana, se ve perfectamente el parque de enfrente, una canchita de fútbol, la biblioteca y la plaza en la que vamos a andar en bicicleta. Se ve perfectamente todo lo que rodea mi casa. Se ve que hoy, ahora, ésta es mi casa. Me gusta mi ventana. Me gusta mirar por ella, aunque siempre, a mi espalda, aguarde una pared.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>En mi casa no te morís, carajo</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Jan 2011 19:01:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En mi casa siempre hubo muchos animales, pero hubo uno, con permiso de mis dos perras, reinas absolutas del zoofondo de casa, que fue especial para mí y para mis hermanos. Fue <em>Dailan Kifki</em>, con su dueña atolondrada que paseaba su malvón (y recuerdo con mucha ternura que el libro comience precisamente cuando ella sale a pasear su malvón. De niño me parecía lo más normal del mundo, porque no tenía ni idea de lo que era un malvón), y el bombero que siempre hablaba en rima, y el hermano Roberto, que siempre decía: <em>“Estamos fritos!”</em>, y la sopita de avena, y el club de remontadores de barriletes, y la tía Clodomira, y tanta magia en tan pocas páginas…</p>
<p><em>Dailan Kifki</em> aterciopeló las noches de mi primera infancia, con la voz suave de mi madre leyéndolo en voz alta, debajo de un cuadro que teníamos en el que podía verse un hipopótamo enorme, lleno de corazones, con un cartel que decía “<em>Te quiero tanto que duele</em>”. Teníamos el clásico ejemplar de tapas amarillas, destrozado de leerlo y releerlo, de intercambiarlo con <em>Chaucha y Palito</em>, con <em>El Reino del Revés</em>, y esos dibujos de niños siempre con cuatro pelos en la cabeza.</p>
<p><em><span id="more-891"></span>El twist del Mono Liso</em>, <em>El Brujito de Gulubú</em> y tantas otras constituyen la banda sonora de mi escuela primaria, los primeros recuerdos. Siempre estuviste ahí, con tu música, con tu alegría, con el corazón herido de tu <em>Pájara Pinta</em>, los temblores de miedo de la <em>Reina Batata</em> y un mundo repleto de riqueza que, hoy, treinta años después, sé que es parte de lo que soy, que me constituyó como persona, que me aportó algunos de los valores que trato de enseñar a mis hijos.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Justo cuando hace poco más de un año, leímos en voz alta, con mis hijos, <em>Dailan Kifki</em>, y pude palpar sus fantasías de papel, sus caritas de ilusión, la ternura sabia que drenaban sus páginas. Por primera vez pude imaginar parte de lo que debían sentir mis padres al leerlo para nosotros. Pude compartir con ellos, en silencio, con un secreto pactado también contigo, la maravilla de ilusionar a los niños, de relatarles fantasía, de enseñarles a querer casi sin querer, de costadito. Entendí, ya grande, de qué está hecha toda esa ternura.</p>
<p>Y sí, te tuviste que morir, carajo.</p>
<p>No te conocí personalmente. No pude decirte que tuve que ser padre para entender lo importante que fuiste para mí. Dejame darme ese lujo ahora, sin ser pretencioso. Porque sin saberlo, pero queriendo, con tus canciones me regalaste parte de lo que ahora doy a mis hijos. Justo este fin de año pasamos las vacaciones de navidad escuchando una y otra vez tus canciones. Mi hijo Daniel, de cuatro años, canta <em>El twist del Mono Liso</em> a todas horas, llenándome de orgullo y de ternura.</p>
<p>Y fue ahora, justo ahora, que entendí la subversión callada de tus letras, el llamado pacífico a la rebeldía, el poder infinito de tu ternura. Fue ahora que pude comprender que, si puedo llamarme buen padre, parte del mérito es tuyo.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Tu partida me encontró solo en Madrid, en una habitación de hotel, con treinta y siete años y en viaje de trabajo. Me arrancó lágrimas de verdad, un picor en la nariz (que por suerte no se me cayó dentro de la taza) y en los ojos, profundo, cavernoso. Me sentí muy solo, y con una tremenda necesidad de abrazar a mis hijos, de decirles lo afortunados que son por el simple hecho de que una vez, su papá, cuando era niño, escuchó tus canciones, leyó tus libros y te hizo parte de su vida. Sentí necesidad de apretujarlos, de bajarles la luna en camisón, de bañarlos en un charquito con jabón, de regalarles tu perro pequinés que se cae para arriba y no puede bajar después. Quise invocar el tesón de Manuelita para ir, un poquito caminando y otro poquitito a pié, hasta Barcelona, solamente para besarlos, para decirles que es en la corte del rey donde siempre se oculta la naranja paseandera que a todos nos roban cuando dejamos de ser niños. Quise ir en tranvía a Tucumán, para regocijarme una última vez en tu gato y chacarera, y a la vuelta pasar por la quebrada de Humahuaca, donde la Vaca continúa rumiando sola la lección, y volver aquí, manejando un <em>cuatrimotor</em>.</p>
<p>Y te moriste nomás, carajo.</p>
<p>Entonces recordé que soy un hombre, que los hombres no lloramos, y que sabemos que la muerte es parte de la vida. Intenté dejarte ir, y otra vez la distancia de mi tierra y la nostalgia de tu voz rompieron mis lágrimas.</p>
<p>Y entonces decidí que en mi casa no te morís, carajo.</p>
<p>Porque cada una de las millones de lágrimas de todos los que fuimos niños y supimos de tu grandeza, de tu ternura y de tu magia nos obligan a mantenerte viva para nuestros hijos. Ahora y siempre, María Elena.</p>
<p>En mi casa no te morís. No te doy permiso.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sat, 01 Jan 2011 10:44:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Sin lugar a dudas, un cambio de década como el que acabamos de vivir no es más que una fantasía colectiva, una ilusión convencional, una frontera vacía que, entre todos, fijamos mediante un acuerdo tácito y multitudinario en un punto temporal aleatorio, tan indistinguible de los otros por su intrascendencia real como cualquier otro, pero que por un azar caprichoso ha resultado elegido entre todos los demás momentos para ser especial. El año nuevo es como un ganador de la lotería, como un hombre común al que la suerte transforma en inolvidable por alguna razón sin sentido aparente. Una medianoche de todos los días que de pronto se transforma en única.</p>
<p>Y sin embargo, es imposible no dotarlo de significado. Aprovechamos para purgarnos levemente, para sacudirnos la crisis de la piel, para renovar los acuerdos diminutos sobre los que formalizamos nuestras familias y nuestros amores, para refrendar las amistades, a golpe de vista y tacto, para fijarnos nuevamente objetivos que incumplir, para identificar las pérdidas del último giro, e incorporarlas sin ceremonias al estado de cuentas vigente.</p>
<p><span id="more-866"></span>Por eso digo que no hay mejor manera de empezar que escribiendo. Para mí, el año que entra será un año de escribir, de ponerle puntos y rayas a otro montón de palabras, de continuar fabricando, letra a letra, con las yemas de mis dedos, palabras para regalar.</p>
<p><strong>Uno</strong></p>
<p>Mi familia, sin lugar a dudas.</p>
<p>Otro año repleto del amor de mi mujer y mis hijos no es un año que se va, sino una montaña de horas capitalizadas, una colección irrepetible de roces piel a piel, de besos de verdad, de ojitos con ilusión, de risas hechas de <em>pop-rocks</em><sup class='footnote'><a href='#fn-866-1' id='fnref-866-1'>1</a></sup> y cosquillas en la panza.</p>
<p><strong>Dos</strong></p>
<p>Privilegio.</p>
<p>La conciencia brutal de una crisis que se nos escurre entre los dedos, y a pesar de eso tener la suerte de trabajar, de que no nos falte nada, de disponer aún de tiempo para cosas diferentes que pensar en la supervivencia.</p>
<p><strong>Tres</strong></p>
<p>Publicar.</p>
<p>El año en el que publiqué <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/" target="_blank">mis primeros dos libros</a>. Los méritos son, cuando menos, sospechosos, al ser yo y nadie más que yo quien decide qué se publica y qué no. En una época el valor de los editores era precisamente ese, decidir qué era bueno y qué no lo era. Hoy tiene más que ver con ser capaz de decidir qué venderá y qué no, y financiar la operación de distribución y promoción. Y sin embargo, ustedes, los lectores, me acompañaron de cerca, compraron los libros más de lo que pensé que iban a hacerlo. Firmé más libros de los que había soñado al decidir publicarlos. Solamente puedo decir gracias.</p>
<p><strong>Cuatro</strong></p>
<p>La amistad.</p>
<p>Una vez más, a pesar de las distancias, del dinero, de las responsabilidades y de la puta mala suerte que nos llevó a vivir cada uno en un rincón diferente del orbe, <a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">mis amigos del alma y yo fuimos capaces de fabricar un encuentro</a>, de regalarnos cinco días de intimidad para compartir, de inventar un encuentro, un abrazo a tres bandas, un vaso de licor bajo un cielo tropical.</p>
<p><strong>Cinco</strong></p>
<p>Ustedes.</p>
<p><em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> no paró de crecer. Mes a mes, pude ver cómo yo escribía menos y tenía más visitas, cómo mis palabras calaban, llegaban a algunas personas, se compartían, se enviaban por mail, y me devolvían risas, lágrimas y palabras de aliento.</p>
<p><strong>Seis</strong></p>
<p>Matalobos.</p>
<p>Indiscutiblemente, la experiencia de la publicación de <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em> por entregas, y su <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">posterior publicación</a>, fueron artífices de una de las grandes cosas buenas del 2010. Pude sentir un proyecto crecer y culminar. Pude cerrarlo bien, como quise, entero y mío. Pude regalarlo un poco y venderlo otro poco. Impagable.</p>
<p><strong>Siete</strong></p>
<p><em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>.</p>
<p>Me sentí este año más cómodo que nunca escribiendo artículos. De algunos me llegó de vuelta mucho más de lo que esperaba. De otros esperaba más, y volvió menos, pero lo importante es que me sentí bien diciendo lo que creo que tengo que decir, aportando lo que creo que puedo aportar. Lo importante es que disfruté de escribir, que nunca llegó a ser una obligación, que me emocioné, me divertí, hice catarsis de muchas cosas, y descubrí muchas personas. No puedo dejar de mencionar el que, para mí, es el <em>pódium</em> de artículos del año:</p>
<ul>
<li><em><img class="size-medium wp-image-710 alignright" title="David de Miguel Angel 2" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/David-de-Miguel-Angel-2-284x300.jpg" alt="" width="284" height="300" /><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Sobre el confuso oficio de ser Hombre</a></em>: Fue un artículo que trabajé mucho, que pensé mucho y que disfruté mucho al escribir. Fue el artículo más compartido de la historia del blog.</li>
<li><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/07/04/charlas-de-hombre-a-hombre-iii-gracias-por-el-futbol/" target="_blank">Charlas de Hombre a Hombre III: Gracias por el fútbol</a></em>: Este artículo narra la que, para mí, fue una de las experiencias más intensas del año. La derrota de la selección Argentina en cuartos del final del Mundial de Sudáfrica, en compañía de mi hijo Pablo.</li>
<li><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/06/19/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre/" target="_blank">Porque lo digo yo, que soy tu padre</a></em>: Usualmente escribo una carta a cada uno de mis hijos por su cumpleaños. Este año, la que escribí al mayor me conmovió especialmente, y lo sigue haciendo cada vez que la releo.</li>
</ul>
<p><strong>Ocho</strong></p>
<p>Nostalgia.</p>
<p>A medida que pasan los años desde que me fui de Argentina (y van diez), me invaden dos certezas. La primera es que hace tiempo que sé que ya es demasiado tarde para volver. Esta es la tierra de mis hijos. La segunda es la nostalgia profunda de una tierra y una gente que me hizo la persona que soy, para lo bueno y para lo malo, y un deseo casi doloroso en el pecho de volver a pisar el suelo que me vio crecer.</p>
<p><strong>Nueve</strong></p>
<p>Docencia.</p>
<p>Por fin, este año pude hacer realidad mi sueño de ponerme de pie frente a una clase. Fue una experiencia única, gratificante y aleccionadora, que se repetirá en 2011, y espero que durante muchos años más. Es una de las cosas que elijo para mi vida.</p>
<p><strong>Diez</strong></p>
<p>Por supuesto, literatura.</p>
<p>Este año, como siempre, además de intentar producir, también he consumido literatura. De la buena y de la mala. Lo importante es absorber historias, disfrutar del lenguaje ajeno, aprender y descubrir. Me quedo quizás con tres autores este año. Como <em>Rookie</em>, <em>David Monteagudo</em> y su maravilloso <em>FIN</em>, como injusticia reparada, <em>José Saramago</em>, a quien después de negarme con necedad a leer durante muchos años, disfruté enormemente y pienso seguir haciéndolo. Y por último, como revelación anunciada, <em>Roberto Bolaño</em>. Es todo lo que prometía y más.</p>
<p><strong>Once</strong></p>
<p>Futuro.</p>
<p>A salvo de cualquier suspicacia y fuera de toda sombra de duda. Lo mejor, siempre, es lo que vendrá. Trescientos sesenta y cinco días para amar, para escribir, para leer, para trabajar y para inventar, poco a poco, una vida mejor.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Gracias por este año, y que el siguiente nos encuentre aún compartiendo.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 1 de enero de 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="size-full wp-image-563 alignright" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-866-1'>Peta-zetas, en España <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-866-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Sobre el escepticismo, la inocencia y la ilusión</title>
		<link>http://aprendizdebrujo.net/2010/12/18/sobre-el-escepticismo-la-inocencia-y-la-ilusion/</link>
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		<pubDate>Sat, 18 Dec 2010 09:44:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Asomándome peligrosa y sigilosamente a la cuarentena, estoy cansado ya de escucharme proclamar a los cuatro vientos sospechosas virtudes apergaminadas de intelectual de izquierda, ex-bolchevique derrotado y fundamentalista del materialismo histórico, entre las que figuran – pero sin limitarse a – un ateísmo profundo, convencido e indiscutible, la negación paradigmática de cualquier artificio de sobrenaturalidad, magia, brujería, hechicería y en general cualquier disciplina no basada estrictamente en principios científicos contrastados, escepticismo férreo a prueba de balas, siempre a mano y listo para usarse, una ironía aguda como defensa contra cualquier posible cuestionamiento a mis principios, y unos cuantos más que hasta me da vergüenza enumerar, porque contienen palabras de los años setenta, como <em>imperialismo</em>, <em>capitalismo salvaje</em> y <em>clase obrera</em>.</p>
<p>Crecí y viví aferrado a estas convicciones de hormigón armado. Recuerdo, desde que tengo memoria, oír relatar la anécdota no verificada históricamente acerca de Marx. Cuentan que llevaba a sus hijos a oír misa, no por religioso sino porque era prácticamente la única oportunidad de que escuchasen música en directo. Entonces, un domingo cualquiera, uno de sus hijos, señalando a Jesús crucificado, preguntó a su padre: <em>“¿Quién es, Papá?”</em>. Marx, contrariado por tener que responder a una pregunta directa, y a la vez firme en sus convicciones de no mentir a sus hijos, se pasó lentamente la mano por la barba cana, y respondió: <em>“Es el hijo de un carpintero pobre, que lo mataron los ricos.”</em> Independientemente de la veracidad de la anécdota – sinceramente me preocupa poco -, ésta ilustra perfectamente cómo he vivido la relación con las religiones, y de qué forma siempre es posible encontrar una vía adecuada para racionalizar cualquier experiencia vital, sin importar su naturaleza.</p>
<p><span id="more-856"></span>Todavía hoy recuerdo vívidamente una conversación de recreo, durante 1982, año en el que cursaba el tercer grado de la escuela primaria, con mi amigo Martín López, hijo de una familia religiosa y practicante. Él argumentaba la existencia más que probada de su Dios temible y castigador, simplemente como excusa para no sumarse a alguna travesura que yo proponía. Le respondí: <em>“Nada que ver. Si Dios existiera, entonces no habría accidentes de autos, ni guerras, ni robos, ni nada.”</em> Recuerdo, además, claramente, la profunda convicción con que lo dije. Él no supo qué contestar. Esa vez gané la partida.</p>
<p>También recuerdo con amargura el ligero rescoldo de decepción que experimenté la primera vez que reconocí a mi madre debajo del gorro rojo, la barba blanca y la enorme barriga de almohadón de gomaespuma, ensayando unas carcajadas graves y sonoras que no lograban ocultar plenamente el timbre femenino de su voz. Y lo recuerdo vívidamente porque más que una revelación profunda, fue como la confirmación de una sospecha que aún no se había materializado, fue comprender que de alguna forma siempre lo había sabido, y fue decidirme de inmediato por el silencio, para no robarle la ilusión a mis hermanos más pequeños.</p>
<p>A los veinte años, pensaba que estaba todo el pescado vendido. Mi visión del mundo era absolutamente correcta, precisa y fundamentalmente verdadera. La misma certeza acerca de la no existencia de Dios se llevaba por delante cualquier posibilidad de magia en este mundo. La suerte estaba echada, iba a vivir así hasta el fin de mis días, convencido, y convencido de que ese convencimiento era una espada de Damocles, un beneficio impagable en cuanto a lucidez, y un castigo que, al mismo tiempo, me impedía disfrutar plenamente de algunas de las cosas más sencillas y bonitas de la vida.</p>
<p>Diez años después, fui padre.</p>
<h3>II. La inocencia</h3>
<p>Hace unos cuantos días, <a href="http://es.akinator.com/" target="_blank">descubrí un juego en internet que trata de adivinar personajes</a>. La mecánica es simple: la máquina va haciendo preguntas que el jugador responde con sí o no, y acaba adivinando prácticamente cualquier cosa. Obviamente, a mis hijos les encantó el juego, así que nos pasamos largos ratos en el sofá, <em>iPhone</em> en mano, probando, uno por uno, cientos de <em>Pokémons</em>, casi todos los <em>Gormiti</em>, personajes de Disney, y muchas variantes. En uno de los giros del juego, Pablo eligió como personaje a <em>Melchor</em>, dada la cercanía del gran evento. Comenzamos el juego, yo leyendo en voz alta las preguntas, y él respondiendo. Como se pueden elegir tanto personas como personajes de ficción, una de las preguntas típicas del robot es: <em>“¿Su personaje es real?”</em>. Cuando salió, casi presiono automáticamente el botón de <em>“No”</em>, pero un microsegundo de reflejos me hizo detenerme. Hice la pregunta mirando fijamente a los ojos a mi hijo, y pude identificar, muy en el fondo de su mirada de niño, un destello de luz propia, cuando respondía, haciendo un gesto contundente con ambas manos:</p>
<p><em>“¡Claro! ¡Qué pregunta!”</em></p>
<p>Y entonces, una vez más, la número ciento cincuenta mil desde que soy padre, algo volvió a romperse dentro mío: el edificio axiomático sobre el que fabriqué mi persona y mi personaje, rindiéndose nuevamente a la evidencia de la inocencia. En ese momento descubrí varias cosas. Descubrí que me gusta la inocencia de mis hijos, su candidez, la ternura con la que creen en la magia, su sorpresa sincera cuando encuentran las cáscaras de mandarina que dejan los reyes a su paso, la emoción intensa con la que se espera en esta casa la inminente llegada, por primera vez, del <em>Ratoncito Pérez</em>, sus confusiones nebulosas entre lo que ven en los dibujos animados y mi materialismo práctico cuando respondo a sus preguntas fantásticas. Descubrí que disfruto su inocencia muchísimo más de lo que fui capaz de disfrutar la mía propia, a la que decapité sin piedad apenas pude intuir algunos de los males de este mundo. Descubrí que, si existe una razón en esta vida por la que valga la pena alimentar fábulas, contar historias y repetir los cuentos fantásticos que se cuentan desde que el mundo es mundo, esa razón es única y es la mirada de mis hijos, es la pureza que soy capaz de respirar cuando ellos creen en la magia, es un temblor debajo de la piel, una picazón intensa en la nariz porque no quiero llorar, una manito de dedos transpirados y uñas sucias.</p>
<p>Descubrí que la inocencia es un momento de la vida mágico en sí mismo, y que tenemos el deber de preservarla, de alargarla todo lo posible y protegerla.</p>
<p>Descubrí que inocencia es sinónimo de maravilla.</p>
<h3>III. La ilusión</h3>
<p>Y la inocencia, como diría el maestro <em>Yoda</em>, conduce a la ilusión. Cuando puedo palpar la intensidad de la ilusión que mis hijos son capaces de vivir, me siento un discapacitado emocional. Es hablar de los reyes magos, del Ratón Pérez, de su próximo cumpleaños, de la inminente visita de sus abuelos, o simplemente de jugar en familia una partida de <em>Uno</em>, y entonces la piel de sus caritas se enciende, los ojos resplandecen y se les dibuja una sonrisa que es mucho más que auténtica: <em>es inevitable, poderosa y total</em>. Es una sonrisa como los adultos ya no somos capaces de sonreír, una sonrisa a pesar suyo, mas allá de las ganas de sonreír. Es una sonrisa que lo abarca todo, que invade, que explota en el pecho, que baja barreras, que tiende puentes. Y sobre todo, es una sonrisa sincera, que comparte y que habla de amor.</p>
<p>Y es entonces cuando no puedo evitar preguntarme el sentido de luchar toda una vida para volver a obtener lo que de niño tenías tan fácilmente: ilusión y amor. No se consiguen con introspección, ni con materialismo dialéctico. Ni siquiera con sicoanálisis, ni con dinero. Solamente se experimenta ilusión y amor cuando dos seres humanos se encuentran, mas allá de la razón, por debajo de la piel. Entonces se respiran, se disfrutan, se saben incondicionales, aunque sea por un momento, y la ilusión traspasa la piel, exuda, supura, se adueña de todo y es tan grande que te lleva por delante. No hace falta saberlo, se siente, te atropella y te estampa contra la pared del salón.</p>
<p>Y al final, lo que quería decir, es que al reconocer por enésima vez la ilusión que mis hijos desparraman por la casa, descubrí el placer de claudicar sin vergüenza, de poner la rodilla en tierra con naturalidad, de derribar una convicción absoluta con alegría y con un calorcito en el pecho: <em>Sí que existe magia en mi mundo. Y puedo tocarla con las manos y probar un pedacito, solamente cuando soy capaz de compartir la ilusión de mis hijos.</em></p>
<p><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>La Navidad de los Ateos</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Nov 2010 10:11:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Es que, al final, de qué sirve ser Rey si no se pueden tomar medidas autoritarias, absolutistas y caprichosas. Amén de que me declare abiertamente republicano, creo que ser Rey de adorno como Juan Carlos I no sirve de mucho. Demasiados compromisos que cumplir y pocos beneficios (si quitamos la ingente cantidad de dinero público para sufragar la pantomima). Si yo fuera Rey, me gustaría ser Rey de los de verdad. Nombrar Senador a mi caballo, como Calígula, o alterar el calendario a mi gusto para que sea mi cumpleaños una vez por semana, mientras vasallos reverentes me sonríen y me dicen que qué buena idea, Majestad, que al pueblo le va a encantar. Para gobernar ya tendría esbirros serviles que se ocuparían de las nimiedades, como mantener a la población civil conforme con el expolio tributario, educarlos y sanarlos y demás tonterías que hacen falta para que un país, medianamente, funcione.</p>
<p><span id="more-788"></span>Pero sin lugar a dudas, mi primera víctima mortal sería la Navidad. Organizaría una quemazón nerónica de pinos de plástico en la plaza pública, mandaría pasar por el garrote vil a todos los que ponen lucecitas en los balcones y penalizaría con cuarenta latigazos la imagen de Papá Noel.</p>
<p>En algún <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/08/te-matare-bellota/" target="_blank">post antiguo</a> he hablado de la confusión que suponía, de niños, para mis hermanos y para mí, crecer en el seno de una familia declaradamente atea, pero que no se saltaba una sola de las celebraciones rituales de la sociedad occidental y cristiana. El mensaje era contradictorio: <em>Dios no existe, pero vamos a festejar el cumpleaños de su hijo</em>. En cualquier caso, a los niños nos importaban más los regalos y la magia enlatada de la noche navideña que los fundamentos teológicos del ágape, así que tirábamos adelante con el paripé sin demasadias preguntas.</p>
<p>Sin embargo, cuando ya se descubrió el pastel (no cuando supe que Papá Noel son los padres, sino cuando mis padres supieron que yo lo sabía), empecé a vivir las fiestas navideñas con vergüenza ideológica y moral. Empecé a sentirme hipócrita por llenar la mesa en exceso, por desenvolver regalos en un ritual obsceno, frente a medio mundo que no puede celebrar otra cosa que la pobreza, y que, paradójicamente, suele ser mucho más devoto y mucho más sincero en el ejercicio de su fe.</p>
<p>Entonces hice un esfuerzo de autoconvencimiento: decidí que las fiestas no eran más que una excusa crónica para juntarnos, para querernos, para regalarnos, para comer cosas ricas y compartir unas cuantas horas en familia, permitiéndonos una sensibilidad que durante el resto del año se guarda en una caja de madera sin barnizar. Protestando torcido, ladrando bajito y refunfuñando fuerte, asistí todos los años a la cena, compré regalitos y los envolví, los puse debajo del árbol y, a pesar mío, sentí ilusión cada vez que ví a alguien a quien quiero rasgar papel de regalo.</p>
<p>También descubrí que la misma argumentación servía para montar fiestas babilónicas, emborracharnos hasta la frontera final y amanecer en brazos desconocidos, tersos y tibios, con una resaca potente y una nueva batalla que contar a los amigos.</p>
<p>Después me tocó emigrar. Llegar a españa con ventiséis años y una soledad nueva, desconocida e inesperada. Entonces, las fiestas comenzaron a ser un suplicio involuntario. Juntarnos entre varios expatriados y ensayar una alegría forzada, levantar los vasos, brindar por el nuevo año a las cuatro de la mañana y una molestia en el pecho, durante toda la noche, que te recuerda que no deberías estar ahí, sino con tus amigos de siempre, con la familia, arropado, en tu lugar verdadero, el que te vió transformarte en un adulto. Acercarme a la ventana y reconocer fuera un frío tan intenso que casi puede verse, mientras añoraba las fiestas de <em>FM La Tribu</em>, con treinta y siete grados centígrados, y mis amigos más queridos mezclados en una multitud alcoholizada y empática, mala y conocida, o las bacanales ingentes de la <em>Placita Serrano</em>, y su final previsible a botellazos limpios, las veredas patinosas de vómitos múltiples y vino barato, antes de que febo regrese para recordarnos que la vida real se trata de otra cosa. Y después, los infaltables patrullajes por la avenida Santa Fé, buscando algún bar abierto para invocar un café con leche con medialunas de grasa, que nos devolviese salud al cuerpo maltratado, antes de irnos al refugio a yacer en pecado mortal con la compañía de turno.</p>
<p>Pero, como todo en esta vida, la angustia brutal también fue, con los años, disipándose en una nostalgia suave y dulce, y los pasitos descalzos de mis hijos llegaron al rescate, entibiaron de ternura las mañanas heladas del diciembre europeo, y convocaron lentamente a mi vida la ilusión infantil, la emoción profunda de la sorpresa, la explosión instantánea de alegría genuina, de la que solamente son capaces los niños.</p>
<p>Y entonces, sin comerla ni beberla, y siendo más ateo que nunca, y además plenamente consciente de la orquestación política y social de una Operación Consumo Navideño que cada año es más grande, muerto de asco por la eurohipocresía, que pregona a los cuatro vientos solidaridad y preocupación por la pobreza y, con la otra mano, despilfarra millones en lucecitas de colores, me encuentro, nuevamente, esperando la navidad con ilusión.</p>
<p>Ni el niño Dios, ni la generosidad de espíritu, ni la fiesta pantagruélica de ingesta desmesurada, ni las llamadas telefónicas de los seres queridos. Nada de eso me hacía realmente disfrutar de la navidad. Pero las caritas encedidas de mis niños, su dulzura profunda cuando hojean, con la mirada iluminada por un resplandor fantástico, catálogos y más catálogos de juguetes para elegir los que pedirán en su carta a los Reyes, su profunda ignorancia acerca de ser los sujetos objetivo de la mayor campaña de márketing de los últimos dos mil años, la intensidad con la que son capaces de desear algo, la ingenuidad con la que nos miran, a mí y a su madre, mientras especulan sobre lo que los magos traerán este año… todo eso me hace bajar mis puentes levadizos, retroceder un poco en mis convicciones de cemento armado, comprender las razones ancestrales de mis padres y, derrotado, pactar con la navidad una tregua que dure exactamente lo mismo que la inocencia de mis hijos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sun, 14 Nov 2010 10:22:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Crecí mirando con respeto las figuras incuestionables de próceres severos e incorruptibles. Los ojos fijos, encerrados en un brillo mate de Domingo Faustino Sarmiento, Don José de San Martín, Mariano Moreno y tantos otros hijos ilustres de la patria custodiaron las largas horas de nuestra educación primaria, siempre presentes, siempre vigilantes y enmarcados en una guarda celeste y blanca, recordándonos que los hombres de bien no ríen ni lloran ni hablan en clase, que están dispuestos a morir por la patria y se casan solamente con mujeres abnegadas que entenderán siempre que sus maridos partan a caballo a erradicar la injusticia de este mundo, y resignadas, un día llorarán su muerte con orgullo y generosidad, contentas porque su muerte fue por una causa noble.</p>
<p>Son hombres especiales. Nunca en su vida dijeron nada banal ni fútil, y crecieron obsesionados, desde niños, por la injusticia y el oprobio. Héroes desde chiquitos, que cuando los hieren mortalmente no se cagan en la puta madre que lo parió al reverendo hijo de puta que me mató, y carajo, cómo duele; sino que dicen cosas como “<em>Muero contento: hemos batido al enemigo</em>”.</p>
<p>Y lo más importante de todo es que nunca pierden. No toman malas decisiones, ni se equivocan, ni se benefician personalmente de sus posiciones de poder, ni sucumben a las tentaciones de la carne, ni son egoístas, ni pecan de soberbios. Y si por alguna razón absurda sufren una derrota, es producto de la incomprensión de los demás, de las circunstancias adversas, de la incompetencia de sus subordinados o de la simple mala suerte.</p>
<p>Ese era el modelo de hombre al que teníamos que aspirar. No podíamos perder.</p>
<p><span id="more-764"></span>II.</p>
<p>Hace un par de días, apoltronado en el sofá como seguramente no solían hacer mis héroes, que no descansaban nunca, y cálidamente flanqueado por mis dos hijos, mirábamos dibujos animados. Daban un capítulo repetido una y mil veces de <em>Gormiti, el regreso de los Señores de la Naturaleza</em>. Afortunadamente, ahora los héroes de nuestros hijos, además de las virtudes inmemoriales clásicas, poseen una conveniente conciencia ecológica y un rechazo teórico hacia la violencia que, inevitablemente, terminan ejerciendo contra los malos, obligados por la imperiosa necesidad de salvar al mundo.</p>
<p>El mundo se revoluciona. La tecnología lo cambia todo y los niños de hoy son máquinas de alto rendimiento. Necesitan acción, velocidad, explosión y colores vivos. Necesitan un ritmo que nosotros, de niños, difícilmente hubiésemos sido capaces de seguir. Vértigo puro, digitalmente inventado con sonido envolvente. Pero por alguna extraña razón, los malos continúan empecinados en explicar su villanía, en detallar sus pérfidos planes, regodeándose antes de aniquilar a sus rivales, aparentemente vencidos, y solazándose en su risa demoníaca.</p>
<p>Invariablemente, los buenos salen airosos, apelan a lo mejor de sí mismos, renuncian a cualquier tipo de reconocimiento o beneficio personal y vuelven a ganar. No conocen la derrota. El bien siempre triunfa.</p>
<p>Los niños lo celebran, entusiasmados. Parece increíble que vuelvan a sorprenderse de la habilidad de sus héroes para resolver las situaciones difíciles.</p>
<p>Y yo, derramado en los almohadones por los confines distantes de mi barriga, pensé, por primera vez en mi vida, que quizás no sea buena idea que ganen siempre los buenos.</p>
<p>III.</p>
<p>Con la inestimable colaboración de padres, profesionales de la educación, autoridades y empresarios, estamos blindando la infancia. Los niños crecen cercados por barreras de seguridad. No hay acceso al mundo real, salvo para los niños que forman parte de él. O estás en la realidad o estás en la fantasía. Hay niños en este planeta que conocen de primera mano la explotación infantil, el hambre, la pobreza y la violencia. El resto cree que el mundo es un sitio casi perfecto. Sus padres no tienen ningún tipo de problema visible, la televisión es un proveedor infinito de situaciones fantásticas, la calle solamente existe en compañía de adultos protectores, los gérmenes están convenientemente mantenidos a raya por una profilaxis que roza la obsesión, y papá y mamá siguien un guión social terriblemente opresor, pero que les indica claramente como proceder en todos los casos. Además, no hacemos más que proporcionarles maneras de evitar el esfuerzo personal, desde pistolas que hacen pompas de jabón sin soplar hasta formularios preimpresos para las tareas escolares, no se vayan a cansar demasiado copiando doce sumas del pizarrón. Y, por supuesto, ganan siempre los buenos. No hay problema. No hay nada que temer.</p>
<p>IV.</p>
<p>Mientras tanto, en el otro rincón, los padres y madres inocentes de este mundo, contrariados, nos compadecemos mutuamente y nos quejamos del calvario que nos toca vivir. Los niños son impertinentes. Son exigentes. No saben jugar solos. Sus caprichos son prácticamente imposibles de gestionar adecuadamente. No saben compartir.</p>
<p>La misma boca pequeña que comparte la denuncia susurrada, de boca de padre a oído de padre, es la que calla y permite todo lo que sucede. Compramos la pistola de pompas de jabón con tal de no escuchar cien veces que Pepito y Marianita la tienen, y que es la moda en el cole, y cedemos a los <em>Gormiti</em> la postestad del silencio y la tranquilidad del hogar, al tiempo que toleramos que la escuela, en lugar de ser una puerta al conocimiento, la apertura y la superación personal, sea una losa de granito que los aplasta bajo un manto de prejuicios, de intereses políticos y de conceptos marchitos. Avalamos que la institución principal de su infancia los equipare en lo peor, sin fomentar sus características individuales positivas, pero potenciando su individualismo. Permitimos que los prepare para un mundo hipotético en el que todo sale bien, en el que no existen los castigos pero sí las recompensas.</p>
<p>V.</p>
<p>Un día, no muy lejano, nos daremos cuenta de que hemos soltado a la calle toda una generación de hombres y mujeres que no toleran la frustración, que no saben perder, que no están acostumbrados a recorrer un camino para obtener algo. Solamente conocen el ya más inmediato, la satisfacción instantánea, el triunfo constante.</p>
<p>Y los recibirá un mundo hostil. Un mundo en el que las reglas están escritas con otra tinta, y donde les arrancarán la cabeza sin piedad ante el menor error. Un mundo en el que nadie les regalará nada, en el que la protección total a la que estaban acostumbrados sucumbirá ante la violencia civil y económica, y en el que la educación que recibieron, más que brindarles garantías de oportunidades, limitará sus opciones y su imaginación para abrirse camino en la vida.</p>
<p>Pero nosotros no seremos responsables. Nosotros habremos hecho todo lo posible, desde el infinito amor que les profesamos, para prepararlos.</p>
<p>Les habremos dejado ganar a las cartas, les habremos hecho gran parte de sus deberes escolares, les habremos permitido televisión sin límites y les habremos protegido de la realidad hasta límite en el que es la misma realidad la que nos supera.</p>
<p>Pero lo más importante de todo, es que tanto nosotros como nuestros hijos, sin ningún tipo de dudas, estamos en el bando de los buenos. Somos los buenos. No podemos perder. Estaremos a salvo siempre que recordemos eso, siempre que no perdamos de vista que en este mundo, por suerte, ganan siempre los buenos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Enano Cabezón II: Mi papá me ama</title>
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		<comments>http://aprendizdebrujo.net/2010/10/17/enano-cabezon-ii-mi-papa-me-ama/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 17 Oct 2010 08:33:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Quiero contarte un secreto. Como cuando te acercás y me pedís que me agache, para decirme a la oreja: <em>“Papá, ¿te digo un secreto?: Los Dinosaurios están muertos”</em>, me decís, con tu susurro infantil, con tu respiración de niño. Ahora hace ya un año, cuando cumpliste tres, vos y yo iniciamos, sin saberlo, sin quererlo, una tradición doméstica, informal y privada. <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/14/enano-cabezon/" target="_blank">Por tu cumpleaños te escribí una carta</a>, y para mí fue balsámico. Te hablé de mis angustias de padre inexperto, de mis emociones de hombre tonto, de los disfraces con los que los adultos nos enfrentamos a la realidad, de nuestros juegos privados, de tu sonrisa luminosa&#8230; Y hablarte me hizo sentir tan bien, que luego escribí otra a tu hermano por su cumpleaños de seis, y entonces decidí que intentaré hacerlo todos los años, escribirte una carta a vos y otra a tu hermano. Un momento anual de reflexión, un instante íntimo para recapitular, para pensar en lo que va pasando, para contarte cómo te veo, cómo te siento, como te respiro.</p>
<p>Es un regalo hecho hoy, para el futuro. Me encanta pensar que un día podrás comprender la humedad de mis palabras, adivinar el rastro de mis lágrimas de emoción en mi bigote escaso. Entonces te sentarás y leerás, una por una, doce, tal vez quince cartas escritas solamente para vos, una por cada octubre tuyo. Sabrás cómo te ví crecer, al tiempo que yo envejecía un poco, maduraba otro poco, engordaba otro poco, y te adoraba cada vez más, a pesar de que cada vez me parecía imposible adorarte más. Sabrás, siendo ya un muchacho, las palabras que solamente puedo decirte ahora, porque sos todavía un niño, porque tu corazón de algodón de azúcar no tiene vueltas complejas, ni sabe de dobles sentidos, ni busca mensajes ocultos, ni elige lo que las palabras no dicen en vez de lo que intentan decir.</p>
<p><span id="more-717"></span>Quiero aprovechar ésta, la segunda de las cartas que te escribo, para hablarte de vos, para decirte lo que pienso, lo que siento y lo que creo, para contarte cómo me estremecen, de los pies a la cabeza, tus abrazos interminables de niño, tu ternura enorme, tus ojitos que me miran con devoción, con orgullo, con dulzura, tus besos tibios, profundos, sinceros. Y, si puedo, quiero también enseñarte alguna cosa. ¿Sabés? Cuando seas grande, adulto o muchacho, vas a encontrarte con que, sin saber cómo, todo lo que era fácil de niño, la naturalidad de los besos y los abrazos, la ternura directa, la frescura infinita, se recubre poco a poco de respuestas razonadas, de reacciones controladas, de prejuicios inevitables, de malos pensares insufribles, se decora con una cautela emocional incontrolable, se recubre con una armadura hecha de un enorme apego por uno mismo, que muchas veces te impide llegar a los demás, o que los demás lleguen a vos.</p>
<p>Pero, mi amor – y aquí va el segundo secreto del día –, esa ternura que te constituye y te define, sigue ahí, está en vos, es tuya por derecho y por conquista, y aunque la vida te dé sinsabores y dolores varios, aunque las personas no sepamos, muchas veces, verla, siempre, siempre, tenés que guardar en vos un camino secreto para regresar a ella, porque va a ser el talismán que te rescate en los momentos más difíciles, y porque va a ser la estrella que quieras regalar entera el día que descubras que amas a alguien. Es parte de lo mejor que tienes, es lo que más dolor puede causarte, y lo que puede hacer que recibas más amor.</p>
<p>Quizás una de las cosas más asombrosas de ser padre (ojalá lo experimentes algún día) es descubrir, día a día, cuánto se te parecen tus hijos, al mismo tiempo que se revelan tan únicos, tan diferentes que te asustan. La mitad de lo que vos y tu hermano son, puedo reconocerla sin dificultad en tu madre y en mí. La otra mitad es cosecha propia, y nos sorprende todo el tiempo. Es en esa mitad única y auténtica en la que los padres descubrimos que nuestros hijos son mejores personas que nosotros. Es precisamente ahí donde se encuentra eso tan inexplicable que los religiosos llaman alma, y los escépticos como tu padre intentamos nombrar con mil apodos diferentes.</p>
<p>Y en vos esa mitad es magia pura. Tenés el corazón blandito y cómodo, y un talento natural para la felicidad como no he visto jamás en ninguna otra persona. Y el secreto es que sos capaz de ser profundamente feliz con las cosas más pequeñas. No me voy a cansar nunca de ver tu carita iluminada, tu sonrisa desbordante y las chispas de tus ojos cuando me ves, por ejemplo, al regresar de un viaje. Tenés, también, una seguridad sobre tu amor que te permite repartirlo sin cuidado, ir por ahí diciéndole a las personas que querés que las querés, y cuánto las querés. No voy a olvidar nunca una tarde de septiembre en la que estábamos en la plaza, en un banco. Vos estabas sentado entre Santi – sí, Santi, el papá de tu amigo Sergio – y yo, y por alguna razón me dio por apoyar mi cabeza en tu pechito infantil. Quería escuchar tu corazoncito. Entonces pusiste tus manos sobre mi pelo, me acariciaste y se te encendió la carita, te brillaron los ojos, te desbordó tu sonrisa traviesa. Buscaste a Santi con la mirada y le dijiste:</p>
<blockquote><p><em>“¡Mi papá me ama!”</em></p></blockquote>
<p>Lo dijiste con auténtica alegría, con sinceridad infantil. Lo dijiste sin afectación, sin teatro, sin magnificencia. Lo dijiste de verdad, simplemente. Y tu felicidad de niño, tu orgullo de hijo se te notaba a pesar tuyo.</p>
<p>Para mí fue un momento mágico. Pero no tanto por el regalo simplemente maravilloso de tu alegría, sino por haber sido, por primera vez, capaz de palpar tu certeza absoluta sobre mi amor de padre. Esa certeza no tiene precio, mi chiquitín. He visto hombres hechos y derechos, pasados los cuarenta, romper en lágrimas por esa duda palpable, por no conocer de primera mano el amor de sus papás.</p>
<p>Por eso hoy, en tu cumpleaños de cuatro, quiero volver a regalártela. No quiero regalarte mi amor, porque el amor de padre se regala día a día, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo. No hacen falta situaciones especiales. Quiero regalarte, junto a un voto secreto entre nosotros dos de renovarla año a año, la certeza final y absoluta de mi amor. Quiero regalarte ese talismán, un acceso directo a mi corazón, la llave maestra que te permita saber con seguridad, cada vez que lo necesites, que tu papá te ama, que ese amor es incondicional, que nada ni nadie, nunca, podrá cambiar eso.</p>
<p>Quiero regalarte, en un sobre sellado con lacre, la promesa sagrada de que, a lo largo de tu vida, cada vez que lo necesites, estaré ahí para repetirte las claves de mi amor, para decírtelo sin vueltas, para brindarte un espacio en mi pecho que te ayude a rescatar tu sonrisa solar, un refugio tibio en el que, hombre o no, puedas decir, a quien quiera oírlo, sin afectación ni vergüenza, cuánto te ama tu papá.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 16 de Octubre de 2010.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz cumpleaños.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Te adora, </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Papá.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>Sobre el confuso oficio de ser Hombre</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Oct 2010 09:12:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-708"></span>El Padre del Padre de mi Padre no toleraba la insolencia, ni el desaliño en el vestir al sentarse a la mesa. Como era un buen hombre, pegaba a su mujer poquísimo, justo lo imprescindible, y siempre con la mano abierta, más por su propio bien que por castigarla, y en su fuero interior la perdonaba en seguida. Creía que la infancia era un estado mental de inutilidad transitoria, y comenzaba a interesarse por sus hijos varones en el momento en el que eran capaces de sostener una escopeta sin que les temblasen las manos por el peso.</p>
<p>El Padre del Padre de mi Padre supo lo que tenía que hacer, desde que fue consciente de su hombría hasta la muerte, y murió sin faltar una sola vez a sus deberes de hombre y de protector.</p>
<p>Para el Padre de mi Padre, ser hombre se trataba de sabiduría y respeto, de ser el Jefe de la Familia y desempeñar el cargo con dignidad, de levantarse los sábados a las cuatro de la mañana y salir, acompañado de su varón primogénito, con dos escopetas y bastante munición, para volver al atardecer con una sarta de perdices y liebres que ayudasen a conjurar la pobreza durante toda la semana. Era, sobre todo, no permitir que nadie, nunca, pusiese en duda su capacidad para sacar adelante a su esposa y a su prole, ni su honradez militante, ni su anarquismo teórico, ni sus convicciones profundas que, bajo su propio techo, no admitían discusión.</p>
<p>El Padre de mi Padre casi nunca levantaba la mano a su mujer, pero como hombre que era le decía, de la mañana a la noche, lo que debía sentir y pensar, teniendo a mano, para cada ocasión, una de las tantas de una lista de reglas indiscutible que regían la vida en la casa. Ella le decía siempre que sí, esposo querido, y vivía en silencio y a la sombra según sus reglas propias. Jamás lo contradijo en voz alta, pero más de una vez se atrevió a cambiar, en voz baja, frente a sus hijos castigados, los dictámenes inamovibles que él repartía, porque era su deber.</p>
<p>El Padre de mi Padre no creía en la nobleza de sangre, pero sí en la de espíritu. Creía que había hombres mejores que otros, no por la pureza de su sangre, sino por la tradición de su apellido. Fue pobre con orgullo, y con los años se transformó en clase media con dignidad. Observó a su mujer criar a los hijos, quererlos con sus enormes tetas repletas de leche, amamantarlos hasta los cuatro años, y solamente intervino cuando se trataba de disciplina o moral. Intervino para castigar y enderezar, para legislar y para liderar.</p>
<p>El Padre de mi Padre quiso a sus hijos con locura, pero ellos nunca lo escucharon de su boca. El día que murió, mi abuela, por primera vez en su vida, sintió el enorme vértigo de la libertad: ya no había nadie que le dijera lo que tenía que hacer. Y si bien ella nunca lo reconoció – ni siquiera frente a sí misma – , supongo que, en algún lugar, sintió y reprimió algo de alivio.</p>
<p>El Padre de mi Padre sabía cómo ser hombre, lo que se esperaba de él, y así lo hizo desde el primero hasta el último de sus días.</p>
<p>Para mi Padre, ser hombre era luchar por cambiar el mundo. No había nada que hacer. No servía de nada educar a los hijos para vivir en un sistema que estaba condenado a desaparecer. <em>El mundo marchaba inexorablemente hacia el socialismo</em>, y él no iba a permitir que, cuando el gran día llegase, su familia no estuviese preparada. Se esperaba de él que llevase con soltura una barba descuidada, que fumase cigarrillos negros y bebiese aguardientes de alta graduación, que supiese combinar unas bonitas sandalias de cuero con pantalones de pata de elefante y que escuchase atenta y consideradamente a su esposa antes de decirle por qué estaba equivocada.</p>
<p>Mi Padre jamás le levantó la mano a ninguna de sus esposas ni novias, y fue tan comprensivo con la responsabilidad de ella sobre la casa, que cocinaba la mayoría de los domingos y se preocupaba activamente por la escolarización de los niños, mientras los adoctrinaba en voz alta sobre los principios de la Igualdad, la Libertad y la Solidaridad. El resto del tiempo, como corresponde, lo invertía en trabajar como un burro de sol a sol, y ver cómo poco a poco se desmoronaba su sueño de cambiar el mundo.</p>
<p>Mi Padre y sus camaradas de armas estaban tan ocupados intentando cambiar el mundo, que no se dieron del todo cuenta cuando el mundo empezó a cambiar solito, de forma caprichosa y claramente en una dirección diferente de la que ellos esperaban.</p>
<p>A mi Padre le cambiaron las reglas del juego, pero supo adaptarse. En algún momento dejó de esperarse de él todo lo que conocía, y comenzó a esperarse de él que fuese ambicioso, que aumentase su nivel de vida, que tuviese dos televisores a color y varias tarjetas de crédito, y que llevase a toda la familia de vacaciones y pidiese pizza y comida china por teléfono. El mundo había cambiado solo, y los que antes querían cambiarlo habían quedado en fuera de juego.</p>
<p>Mi Padre fue aplicado y aprendió las nuevas reglas. Se volvió a divorciar y aprendió a ser amigo de la madre de sus hijos. Se hizo empresario con honestidad, en un país regido por reglas hechas por deshonestos, para favorecer a los deshonestos. Aprendió a cocinar para recibir a sus hijos adolescentes en su casa de soltero, y lo disfrutó enormemente.</p>
<p>Mi Padre supo cómo tenía que ser hombre porque, cuando se hizo hombre, los hombres tenían tres o cuatro opciones, y todas estaban claras. Después le tocó adaptarse con velocidad o desaparecer. Se adaptó y hoy es un hombre entrañable, que ha sabido revisar los fundamentos de su hombría y traducirlos al ritmo al que la vida se lo fue exigiendo.</p>
<p>Sin lugar a dudas, mi Padre, al igual que su Padre y el Padre de su Padre, cada uno en su tiempo, fueron (o es, en el caso de mi Padre) buenos hombres.</p>
<p>Para mí, ser hombre se trata de… bueno, es algo confuso. Algunos creen que se trata de gritar muy fuerte cuando tu equipo de fútbol marca un gol. Otros piensan que se trata simplemente de ser atractivo para las mujeres, incluso para los hombres, también. Para otros se deben comprender cabalmente las reglas del <em>Rugby</em>, en cuyo caso jamás podé llamarme hombre.</p>
<p>Yo creo que no está claro. Quizás algún día mis hijos tengan perspectiva suficiente para saber qué significó para mí ser hombre, qué significa ser hombre en el año 2010.</p>
<p>Sé que se espera de mí mucho.</p>
<p>Se espera que seas metrosexual, pero sin mariconadas. Es necesario conectarse con las emociones, dar amor a los hijos como lo hicieron nuestras madres con nosotros, estar envueltos en ellos, mezclados con ellos, con entrega profunda, con el alma, pero sin mariconadas. Se debe ser varonil, viril, pero tierno y sensible, y claro, sin mariconadas. Sin ningún género de dudas, se debe trabajar duro para dar soporte económico a la familia, al 50% o más de lo necesario para vivir, y se debe compartir la carga de trabajo del hogar, al 50% o menos de lo necesario para vivir (y antes de que nadie me lo diga, lo reconozco, fallo radicalmente en este punto), y una vez más, sin mariconadas. Debemos proteger a nuestras compañeras, hacerlas sentir seguras, darles un marco de confianza, pero sin ser machistas, y sin mariconadas. Debemos ser comprensivos, cariñosos, cercanos y sensibles, pero no cargantes ni demasiado sensibles ni cercanos de más, y sin mariconadas.</p>
<p>Debemos expulsar de nuestros cuerpos al macho alfa ancestral y dominante, al cazador y al jefe de la manada, al semental reproductor y al  líder, porque todos ellos son machistas y homófobos y golpeadores y violentos, pero debemos hacerlo sin mariconadas, mientras cazamos y protegemos a nuestra compañera y a nuestros cachorros, mientras cumplimos igualmente muchas otras de las funciones, pero por lo bajito, sin hacer alarde y sin enorgullecernos públicamente. Y sin mariconadas.</p>
<p>A veces pienso que todo es igual, solo que vestido de políticamente correcto. En algunos sentidos realmente evolucionamos. Personalmente soy tremendamente feliz porque me haya tocado ser padre en la era de los besos y los abrazos, del contacto físico y la cercanía total con los hijos. Creo que es un espacio que a mi Padre y al Padre de mi Padre, y a su Padre, les estaba cultural y emocionalmente vedado. También me alegro enormemente de vivir en la era de la mujer, y aunque soy plenamente consciente de cuánto nos falta para hablar de plena igualdad de oportunidades (<a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/13/el-aprendiz-de-brujo-y-el-parecido-de-la-diferencia/" target="_blank">no me gusta hablar de igualdad total, porque celebro la diferencia</a>), es innegable que hemos avanzado. Y es también innegable, como en todos los avances y cambios vertiginosos, que nos estamos equivocando en algunas cosas.</p>
<p>Para mí, ser hombre en esta época empieza a ser difícil. No está nada clara la figura, y los castigos sociales son tremendamente duros, y en algunos casos exagerados. No se puede exigir a los hombres que se involucren con sus hijos en cuerpo y alma, que se entreguen por completo, estigmatizándolos socialmente si no lo hacen, para después, en caso de divorcio, no proporcionarles igualdad de derechos con respecto a la madre. No se puede imponer un ejercicio de apertura emocional total, para después ser considerado culpable por las dudas.</p>
<p>Evolucionamos a los tumbos, y a los hombres nos toca ser hombres en una época en la que estamos siendo juzgados por los errores de todos los hombres a lo largo de la historia de la humanidad. Revisarlos es la única manera de aprender y mejorar, pero si estamos dispuestos, entre todos, a dibujar un nuevo concepto de hombre, entonces debemos revisarlo todo, y eso incluye las recompensas y los castigos, las cosas buenas y las malas. A mí me parece justo. Revisemos la igualdad de oportunidades laborales, exijamos igualdad de trato a las empresas, esforcémonos en repartirnos el esfuerzo total a partes iguales, seamos leales el uno con el otro. Pero hagámoslo también ante la ley, seamos iguales en la fortuna y en la desgracia, para estar juntos y para dejar de estarlo. Para querernos y para dejar de hacerlo.</p>
<p>Y me entusiasma participar de esto. Me entusiasma ser hombre cuando estamos haciendo el nuevo concepto de masculinidad. Me encanta intentar ser el hombre que las nuevas generaciones de hombres deberán imitar para ser mejores personas, y prometo equivocarme con la mejor buena voluntad.</p>
<p>Lo único que pido a cambio es un poco de comprensión y tolerancia, y que me dejen tranquilo querer y proteger a mi mujer y a mis cachorros. El siguiente paso para hacer de este hombre un hombre mejor, es que todos empecemos, de manera auténtica, sin juicios ni prejuicios, a permitirle las mariconadas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Textos, mentiras y un sueño</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Aug 2010 09:12:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>El veintiocho de agosto de 2009 decidí, sin más razón que la necesidad de repartir unas cuantas palabras que me sobraban, agregar uno más a la población mundial de blogs, que por aquél entonces superaba ya los 300 millones. No fue una decisión trivial. Las palabras, es cierto, me sobraban. Estaba escribiendo una novela (que &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/08/22/textos-mentiras-y-un-sueno/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>No fue una decisión trivial.</p>
<p>Las palabras, es cierto, me sobraban. Estaba escribiendo una novela (que luego se transformaría en dos, pero aún no lo sabía) y aún así sentía ahogo. Había ideas, pedazos de textos, párrafos enteros, frases astutas, diálogos ingeniosos, tristezas sepultadas que asomaban, recuerdos con luz propia… Todos ellos egoístas, centrados en sí mismos, en su necesidad de abandonar mi piel perforando las yemas de mis dedos. Algunos de ellos más afortunados que otros, algunos más poéticos, otros más cotidianos, algunos con dolor, otros con placer, otros con desconcierto.</p>
<p>Y había un denominador común: el escriba aficionado que guardaba para mí desde la adolescencia se había despertado. Quería traducirse a sí mismo en escritor. Quería descargar toda su rabia, su dolor, su ausencia, pero también su felicidad, sus pequeñas dosis de suerte, sus amores actuales y antiguos, los secretos pálidos de una vida repleta de vaivenes, las migajas crujientes de cientos de miles de horas de observación ilícita y malintencionada del prójimo, los jirones de lenguaje que tejía y destejía en el silencio de su retiro.</p>
<p><span id="more-667"></span>Y créanme: no es fácil mantener callado durante tantos años a un escriba. Las construcciones sintácticas se te escapan en los momentos menos adecuados. Hace juegos de palabras sin tu permiso durante una entrevista de trabajo. Ensaya diálogos humorísticos con personas sin sentido del humor, solamente porque la oportunidad es única. Dota a tus hijos de un verbo aguerrido y contestatario que muchas veces te deja estampado en el sofá, sin saber qué responderle al mocoso atrevido que te acaba de destrozar seis millones de años de evolución y herencia genética en una sola frase. Suelta ironías sutiles en la cola de la carnicería, haciéndote subir involuntariamente los colores mientras todos te miran sin comprender, o comprendiendo y juzgándote fuera de lugar.</p>
<p>No es cómodo. De ninguna manera.</p>
<p>Ni elegante.</p>
<p>Ni, algunas veces, agradable.</p>
<p>Pero así nació <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>. Nació por esa acumulación de palabras, por un desecho tóxico de más de diez años sin escribirlas, dejándolas fermentar en el pecho. Nació por una idea absurda, por un comentario casual en casa de unos amigos. Nació por la necesidad de ser leídos que tenemos los escribas, para recolectar nuevas palabras cada vez que un artículo, ya escrito, te deja vacío. Nació para ser destino final de ideas, confesiones, lágrimas y risas. Nació para ser origen de reflexiones, algunas profundas, triviales otras, inútiles la mayoría. Nació para intentar ganarme por mérito un espacio que no me pertenecía por derecho. Nació para permitirme mentir sin culpa, exagerar sin vergüenza, y confesarme sin pudor, mientras me guardo para mí, de todos los textos, la clave para saber cuáles mienten, cuáles exageran y cuáles confiesan, y solamente los entrego para su disfrute, discusión, acuerdo y disenso.</p>
<p>Y ahora ya pasó un año entero.</p>
<p>Pasó sin piedad.</p>
<p>Estoy más viejo y más gordo; pero por suerte tengo la misma &#8211; o incluso más &#8211; cantidad de pelo.</p>
<p>Y durante este año que pasó, pasó de todo. Recibí comentarios que me hicieron sentir insultado (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/31/el-dia-de-la-bolsa-verde/" target="_blank">El día de la bolsa verde</a></em>), intentos de redención o recuperación de mi alma perdida (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/07/18/san-federico-y-las-verdades-absolutas-del-dios-de-los-ateos/" target="_blank">San Federico y las verdades absolutas del Dios de los ateos</a></em>), y recibí muchos – demasiados – mensajes de apoyo, halagos, palabras amistosas y cariño cibernético.</p>
<p>El resultado del experimento superó todas mis expectativas.</p>
<p>Hoy, solamente un año y treinta y cinco mil páginas vistas después, <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> tiene más de quinientos seguidores habituales, y se ha transformado en una parte fundante de mi vida. Es troncal, constituyente y balsámico. Me permite alzar la voz cuando siento rabia, encontrar palabras amigas cuando estoy triste, deshojar despacio los pétalos multicolores de la maravillosa infancia de mis hijos, decir en voz alta y con total impunidad cualquier cosa que me pase por la cabeza y, sobre todo, sentirme entre amigos.</p>
<p>No es baladí.</p>
<p>Sentirse entre amigos, para alguien que vive a diez mil kilómetros de su casa es un auténtico alto en el camino, un remanso privado, un poco de aire fresco en las mejillas.</p>
<p>Pero sobre todo, y más allá de todo, esta experiencia refundó mi sueño de juventud.</p>
<p>Ahora vuelvo a soñar con ser escritor, tras veinte años programando computadores a oscuras (aunque con verdadera pasión).</p>
<p>Y es curioso cómo suceden las cosas. Mejor dicho, cómo uno consigue, a veces sin proponérselo, que las cosas sucedan.</p>
<p>La pulsión inicial que me llevó a publicar en el blog fue egoísta: es la necesidad de recibir una palmada en la espalda, que los demás te digan lo bien que lo estás haciendo, perderte en la miel de las palabras, los agradecimientos y los halagos ajenos. No pensaba recibir a cambio más que eso.</p>
<p>Y sin embargo, y totalmente gratis, recuperé mi sueño de juventud, el mío más privado, el más personal, ese en el que no puede entrar nadie, ni mi mujer ni mis hijos ni mis amigos ni mis padres. El más íntimo, el de escribir de verdad, el de lograr alguna vez a vivir de la escritura.</p>
<p>No sé si alguna vez llegaré a ser escritor. Tampoco sé cómo se mide eso (¿se mide por la cantidad de gente que te lee o simplemente por lo que uno escribe? ¿Se mide por el éxito en ventas de una novela o por su calidad?), pero en este momento no me importa demasiado.</p>
<p>Quienes no escriban de ustedes, mis queridos lectores, no pueden ni imaginarse lo difícil que es soñar con ser escritor. Se te mezcla todo. A veces crees que estás arañando la soberbia. Otras veces sientes que es del todo imposible. Siempre te preguntas qué van a comer tus hijos, si lo único que quieres es escribir. Casi siempre acabas sintiendo que es una tontería, que mejor concentrarse en lo que te da de comer.</p>
<p>Es frustrante.</p>
<p>Por eso no pude sostener ese sueño. Por eso, en un momento de mi vida, renuncié a él y me dediqué con todas mis energías a programar computadores.</p>
<p>Diez años después, el ejercicio mismo de la escritura, el ritual privado de fin de semana de sentarme a escribir, pulir y corregir un texto, buscar una imagen que lo resuma, publicarlo en el blog y recibir a cambio palabras y más palabras, me permitió descubrir que eso era lo único que me hacía falta para mantener vivo mi sueño: <em>Palabras.</em> Las mías y las de ustedes. Las de aliento y las de desacuerdo.</p>
<p>¿A quién se le agradece?</p>
<p>¿A internet?</p>
<p>¿A mí solo?</p>
<p>¿A ustedes?</p>
<p>¿A mi mujer y a mis hijos?</p>
<p>¿A todos?</p>
<p>No lo sé, pero tampoco me importa demasiado en este momento. Lo que quiero es que celebremos juntos. Hay mucho que celebrar. El primer año de vida de <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> es un buen motivo, pero lo verdaderamente importante es el espacio en el que nos encontramos todos, escribiendo y leyendo, llorando y riendo, recuperando nuestros sueños, compartiéndolos y, sobre todo, creyendo que, poco a poco, los vamos haciendo realidad.</p>
<p>Gracias por leer.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, Agosto de 2010.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>La Muerte y las palabras</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 09:08:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Imposible de clasificar]]></category>
		<category><![CDATA[amistad]]></category>
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<p>Por la misma sabiduría de la naturaleza y del orden de la vida, durante la niñez no se muere casi nadie. A medida que uno va creciendo se comienzan a morir personas. Por lógica, primero tus abuelos. Después gente conocida. Después, probablemente, los padres de uno. Luego se empiezan a morir tus iguales, tus amigos, los que tienes cerca. Entonces empiezas a pensar que tu número puede venir en cualquier boleto. Cualquier giro de la ruleta te puede vestir con un traje de madera.</p>
<p>Es el orden natural de las cosas. Es la forma que tiene la vida de prepararnos para la muerte.</p>
<p>En mi caso, cuando murieron mis abuelos, estaba preparado. Lo recuerdo con dolor, pero no con excesiva angustia. Incluso recuerdo los velatorios como un momento de encuentro familiar. Lágrimas, sí. Tristeza, sí. Pero sin drama. Ancianos que habían vivido, fornicado, procreado, sufrido y disfrutado de la vida, y luego habían muerto.</p>
<p><span id="more-656"></span>La primera vez que me quebré en un velatorio fue en 1997, cuando murió el “Poyo” Pollini. Uno de los amigos verdaderamente cercanos de mi padre. Una persona entrañable. Había estado presente en toda mi vida. Yo tenía veinticuatro años. Lo quería, pero lo quería como quieren los niños a los amigos de sus padres. Cuando supe la noticia me entristeció, pero no derramé ni una lágrima. Sin embargo, por alguna razón, cuando estuve frente al féretro, algo se me rompió en el pecho. Lloré con amargura, desconsuelo y algo de vergüenza.</p>
<p>Años después, pensando en el tema, me dí cuenta de dos cosas. La primera fue que lo quería mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir, incluso a solas conmigo mismo. La segunda fue que mi angustia y mi llanto eran por él, pero también por mí. Era la primera vez que perdía a alguien fuera del guión. La primera vez que se moría alguien que no tenía por qué haberse muerto. No era un anciano. Era alguien como mi papá. Era una referencia fuerte de mi vida. Fue la primera vez que tuve la certeza de la muerte. Fue un aviso concreto. Fue el día que entendí por fin que todos nos podemos morir en cualquier momento.</p>
<p>Más adelante me he preguntado muchas veces por qué quedan los velatorios en el recuerdo tan difusos. Cuando intento recordar detalles, es bastante complicado. Creo que es porque son situaciones en las que el grupo humano se divide en dos. Por un lado los deudos principales: familiares directos, hijos, hermanos, cónyuges y amigos muy íntimos. Son los que lloran sin vergüenza y relatan a los demás los pormenores de la muerte. Del otro lado, todo el resto de los asistentes que echan mano de las mismas palabras de consuelo, las frases hechas, las palmaditas en el hombro.</p>
<p>Frente a la muerte nunca sabemos qué decir.</p>
<p>¿Qué se le dice a quien acaba de perder a alguien? ¿A un hombre hecho y derecho que se ha quedado huérfano a los cincuenta años? ¿A una anciana que cambia su estado civil a viuda, justo ahora que todo estaba tan tranquilo?</p>
<p>Durante muchos años pensé que era una situación tremendamente hipócrita. Sentía que a quien acaba de morírsele alguien importante, realmente le aporta poco consuelo que una tía de la hermana de su cuñado le diga, compungida, que cuánto lo siente, que hay que ver que injusticia, que nos dejan siempre los mejores. Pensaba que, estando en el sitio del que más sufre, del que se queda, el que aguanta en sus brazos el impacto brutal de la muerte, realmente tenía que ser un calvario aguantar el desfile de caras contritas, los susurros en los rincones, las fronteras de su propia familia cerrando filas para decir, uno tras otro, las mismas palabras vacías encerradas en un perfume de flores frescas. Pensaba que el aliento helado de la muerte se llevaba las palabras verdaderas, y que toda la situación tenía algo de ridículo, de grotesco y de tremenda incomodidad.</p>
<p>Muchas veces me he prometido a mí mismo, cuando estoy del lado de los que repiten la letanía litúrgica de condolencias formales a los deudos, no abrir la boca si no tengo algo sustancial que decir. Creía que era mejor no decir nada que informarle a una persona quebrada por el dolor que lo siento mucho, que acompaño, que estoy allí. Es algo que a pesar de las lágrimas puede verse, y me sonaba falso, vacío, sin contenido. Muchas veces me he quedado callado frente a una persona que lloraba una pérdida. Me he limitado a dar un abrazo, a una sonrisa medida y respetuosa, a una mirada a los ojos, a transmitir un apoyo silencioso, a intentar acompañar desde el tacto y la vista, más que desde el oído.</p>
<p>El jueves de esta semana ocurrió uno de esos casos que me dan rabia y dolor. Esas veces que la muerte se salta el guión, y en lugar de llevarse a alguien que ha vivido su vida, le arrebata el resto a una persona joven, a alguien que solamente ha consumido la mitad de lo que por derecho le correspondía.</p>
<p>Era una lectora de este <em>blog</em>. Una ex compañera de trabajo. La verdad es que nos conocimos más por internet después de dejar de trabajar juntos que cuando nos veíamos frecuentemente. Pero era una persona a la que yo apreciaba especialmente. Era una persona con ángel propio, con una historia repleta de emociones, una persona que tenía palabras bellas que dar. Una persona que me hacía sentir cercano a ella cuando comentaba mis textos, cuando bromeábamos por <em>facebook</em>. Una persona valiente, que no ocultaba ni negaba su drama personal, que lo miraba a la cara, que lo enfrentaba de forma directa, sin más miedo que el miedo necesario, el que no se puede esquivar, el que todos sentimos cuando comprendemos que la muerte ronda.</p>
<p>Una persona con la que me apetecía mucho encontrarme, y llevábamos ocho meses posponiendo una cerveza, siempre por razones prácticas, logísticas.</p>
<p>Una cerveza que ya no podrá ser.</p>
<p>Cuando me enteré –lamentablemente, vivir en otra ciudad me impidió acercarme –, intenté decirle algo a su novio, a quien también aprecio mucho, y de quien también he sido compañero de trabajo. De golpe vinieron a mí todos mis pensamientos sobre las frases comunes de la muerte, sus palabras oscuras y lo difícil que es transmitir apoyo. Quería enviarle un mensaje, decirle algo sincero, y solamente acudían a mí los lugares de siempre, las palabras maltratadas de los pésames prefabricados.</p>
<p>Entonces me dí cuenta de algo. Por primera vez sentí que el desfile de personas cercanas repitiendo fórmulas corteses no era una hipocresía, sino un ritual necesario, una liturgia convenida para dar, juntos, el primer paso de los que nos quedamos. Caí en que, una vez pasado lo peor, lo más difícil es encontrar el camino de vuelta a la normalidad. Seguir viviendo, continuar lo que había, pero sin el que se fue. Entonces, que los que te quieren mucho, los que te quieren bastante, los que te quieren un poco y los que te conocen y les caes simpático se acerquen, te den la mano, te digan lo que sabes que van a decir, te ofrezcan el apoyo que sabes que te van a ofrecer, y te repitan las palabras de la muerte, las que se dicen siempre, es una puerta clara para volver a ese camino, es una demostración de que las cosas siguen funcionando como funcionaban antes del paso de la muerte. Es la evidencia de que la vida sigue, que es lo más importante que pueden recibir los que se quedan.</p>
<p>Por eso hoy, he decidido romper el silencio respetuoso que siempre he guardado en estos casos, y pronunciar, yo también, las palabras de la muerte. Para decir en voz baja que, mientra seamos capaces de recordar a los que se fueron como se merecen, el camino sigue. Hay más lágrimas y más dolor a la vuelta de la esquina, pero también, unos metros más allá, puede que vuelva a salir el sol, puede que una lluvia nos refresque y nos limpie, y probablemente la mejor manera de honrar la memoria de los que se fueron sea vivir la vida con ganas y con vocación de disfrutarla.</p>
<p style="text-align: right;"><em>A Belén, que ya no está, y a Ricardo, con mucho afecto.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 25 de Julio de 2010</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>Porque lo digo yo, que soy tu padre</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jun 2010 09:30:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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		<description><![CDATA[La vida te engaña de todas las maneras que puede. Nada acaba siendo como creías que iba a ser, y sospecho que, en muchos casos, tampoco es como creés que es una vez que empezó. Y perdoname que te escriba en argentino, pero es que aunque parezca un contrasentido, mis palabras más sinceras ocurren en mi pecho con acento rioplatense.

Y cuando digo que la vida te engaña, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.

Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.
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<p>Y cuando digo que <em>la vida te engaña</em>, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.</p>
<p>Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.</p>
<p><span id="more-617"></span>Todos hablamos sobre la paternidad. Los que hemos sido padres y los que aún no lo han sido. Y parece ser que estamos obligados a decir <em>“Es lo mejor que me pasó en la vida” </em>como primera frase. Creo que hay un pacto social tácito al respecto. Probablemente si los padres dijésemos la verdad cuando los que no lo son preguntan, la continuidad de la especie humana se vería seriamente amenazada, mi amor.</p>
<p>Cuando tu madre estaba embarazada, te esperábamos con auténtica ilusión, y yo en particular con muchísima ansiedad. Intentaba poner mi mano sobre la panza grande y rendonda cada vez que podía. Era mi forma de hacer algo para no sentirme fuera del proceso, porque hablarle a una bola redonda y brillante me hacía sentir definitivamente ridículo. Te decía que ponía la mano sobre la panza de mamá, y esperaba hasta que te movías. Entonces eran los únicos momentos en los que íntimamente conseguía sentir que eras real, que venías de verdad, que no era un invento mío.</p>
<p>Durante toda mi vida había creído que el día que naciese mi primer hijo sería el más feliz para mí. Estaba convencido de que, en el momento que te pusiesen en mis brazos no sería capaz de contener la emoción, y sospechaba que tu llegada sería la llave que abriese una puerta mágica a un mundo fantástico y maravilloso.</p>
<p>En lugar de eso, tu llegada fue un acceso a un quirófano aséptico, en el que todo sucedía a una velocidad falseada. Usábamos unos trajes azules que seguramente te harían mucha gracia, y mamá estaba cansada y dolorida. Me puse a su lado y le sostuve la mano, mientras ella aguantaba los dolores de parto y yo me callaba por vergüenza las molestias que me provocaba una pierna dormida y acalambrada.</p>
<p>Entonces naciste.</p>
<p>Te pusieron sobre mamá. Es que a los padres, por razones obvias, todo el mundo nos ignora un poco cuando nace un niño.</p>
<p>La primera vez que te tuve en brazos sentía una expectativa enorme. Esperaba que una luz seráfica me iluminase el rostro, que una paz interior me desbordase por completo y una sensación de ingravidez total. Esperaba un torrente de lágrimas tibias y la creación de un sol propio y privado con el que darte calor. Esperaba ser un hombre nuevo y la revelación final de el secreto mejor guardado: una felicidad sin límites.</p>
<p>En lugar de todo eso me sentí torpe. Te doblabas como un muñeco de trapo en mis manos inexpertas, tenías la cabecita ligeramente ovalada y los piecitos rosados y las piernas flexionadas hacia el vientre. Cuando por fin encontré la forma de sostenerte, bajo la mirada atenta y vigilante de todos los presentes, me quedé muy quieto, esperando el rayo redentor que tenía que entrar por la ventana. En lugar de la maravilla y la felicidad completa, lo único que conseguí identificar plenamente entre una maraña de emociones mezcladas fue una sensación de pánico creciente. Tuve miedo, mi amor, miedo de verdad. Miedo auténtico, del que te deja seco, miedo del que te da mordiscos en las tripas desde adentro, del que hace sentir vértigo. Miedo del que te acecha desde arriba y desde abajo, el que te impide tragar y respirar. Las lágrimas de emoción que esperaba no llegaron, y en lugar de eso me encontré disimulando frente a tus abuelos, ocultando mi miedo, que es lo que hacemos los adultos cuando lo sentimos. Sonreí para la galería y seguí el guión que todos conocemos.</p>
<p>Caminé unos pasos contigo en brazos. Efectivamente, continuaba sintiendo más miedo que otra cosa.</p>
<p>Pero pronto, muy pronto, supe por qué las claves auténticas de la paternidad son el secreto mejor guardado: porque a los pocos días de tenerte, descubrí que el hombre que yo creía ser se había desecho, y en su lugar habitaba mi pecho una señora gorda, tetona y generosa, con una redecilla y ruleros y pinzas en el pelo, vestida permanentemente con una ridícula bata de flores, que solamente quería ser tu mamá y bailar danzas clásicas bajo el sol, contigo en brazos, amamantarte, darte de comer carne de su carne, de mi carne, besarte con ruido y con baba, hacerte saber su amor con palabras cursis, llorar cada una de tus lágrimas, sacramentar tu sueño de bebé y regocijarse en el tufo ácido de tu caca. Y claro, eso no es de hombres. Los hombres – y te lo digo porque vos también vas a ser hombre un día, y vas a estar atado a tus actos por el mismo reglamento absurdo – somos fuertes, somos machos, somos el sustento y la protección. Tenemos que callarnos a la señora gorda y hacer retroceder las lágrimas (las mismas que ahora, en este momento, solo frente a mi pantalla, intento contener mientras te escribo). Los hombres, mi amor, los hombres como vos y yo somos la ley, somos la fuerza y somos los primeros idiotas que nos creemos cazadores y guerreros, que cuidamos la imagen de varón y estigmatizamos la ternura. Las claves principales de la hombría son otra de las grandes mentiras de nuestra cultura, y a pesar de saberlo perfectamente, por alguna razón soy uno más de los que la sostienen, y me hago el hombre cada vez que es necesario.</p>
<p>Me hago el hombre cuando te digo que no llores por eso, que es una tontería, aún sabiendo que a pesar de ser una tontería tu sufrimiento es auténtico. Me hago el hombre cuando te educo, cuando te escucho y cuando te mando callar. Cuando, para poner fin a tu rebeldía, tiro del cargo, diciéndote: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre.”</em> Me hago el hombre para enfrentar tus miedos infantiles por la noche, y en vez de acurrucarme a tu lado te acaricio el pelo y te aseguro que no pasa nada, que no hay que tener miedo. Me hago el hombre cuando escucho tu lucidez de niño, tu tremenda y brutal agudeza emocional, tus cuestionamientos impertinentes, tus juegos de ternura.</p>
<p>Han pasado casi media docena de años, y ahora que estamos a pocos días de tu sexto cumpleaños, puedo decirte que el día que naciste no fue el más feliz de mi vida, sino uno de los que más miedo pasé. Está marcado en mi historia porque me obligaste a hacerme hombre de verdad, renunciando íntimamente a la imagen de hombre en la que hasta entonces creía. Puedo contarte que con tu llegada refundaste para mí el concepto de ternura. Puedo agradecerte que abrieras para mí una nueva dimensión de lo que significa para un hombre el amor.</p>
<p>Quizás debería darte consejos, decirte que te laves las orejas o que te portes bien. Tal vez debería encomendarte que estudies, que seas un hombre de bien, que crezcas en la dirección correcta, que no te comas los mocos y que no le pegues a tu hermano, pero lo que de verdad me sale es agradecerte el haber hecho de mí una persona mejor, el mostrarme un camino diferente para llegar a mí. Lo demás sé que vendrá, porque amén de todo lo que nos equivocamos los padres a pesar nuestro, de hijos criados con amor solamente pueden esperarse buenas personas.</p>
<p>Han pasado media docena de años, mi amor, y dejáme decirte que el miedo sigue ahí, velando mi sueño cada noche, respirando mi aire durante el día. Nada, ni siquiera la muerte, me da más miedo que no ser un buen padre para vos y para tu hermano, pero dejáme que te cuente un secreto: no quiero que el miedo se vaya, porque su presencia es la salvaguarda de todo lo bueno que tenemos. Mientras tenga miedo de no hacerlo bien seguiré intentando hacerlo mejor cada día.</p>
<p>Y sé que desde tus seis añitos de vida, ves a tu padre un escalón por debajo de tus héroes, y muchos por encima del resto de los hombres. Sé que crees que lo sé todo, y que soy capaz de protegerte de todos los males de este mundo, y no soy capaz de decirte con palabras cuánto me enternezco cada vez que me doy cuenta de tu devoción infantil, ni hasta qué punto me siento insignificante cuando no puedo darte las certezas que tus preguntas de niño me piden constantemente. Pero un día, mi amor, dentro de muy poco, empezarás a pensar que tu viejo es imbécil, que se equivoca y que no sabe nada. Será el momento en el que empieces a fabricar tu propio hombre, tu guerrero cazador y macho alfa que sabe que es el líder del mundo libre y que lo que no haga él no estará bien hecho. Solamente espero ser lo suficientemente hombre como para aceptarlo, sabiendo que probablemente, si algún día llegás a ser padre, comiences a pensar, cada vez con más frecuencia: <em>“Cuánta razón tenía papá”.</em> Quizás un día te descubras con las cejas crispadas y el dedo índice señalando a tu propio hijo, mientras le decís: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”,</em> y entonces un ataque de risa te obligue a darte cuenta que somos animales de costumbres, y que lo que tus padres te dan excede la ciencia y la genética, te hace y te constituye.</p>
<p>Y así entre nosotros, mi amor, permitime contarte que convivimos en mi cuerpo los tres: tu padre, el miedo animal y la señora gorda. Nos llevamos bastante bien, porque cada uno hace su trabajo. El miedo me mantiene alerta y vigilante, me corrige cuando me equivoco y me propone treguas para acercarme a vos. La señora gorda es la que te abraza y te llena de besos, la que juega contigo y te protege entre sus tetas descomunales, la que te besa por las noches y te toma la fiebre cuando estás enfermito. Y tu padre soy yo, el que se divide, el que te adora hasta la locura, el que te escribe pobremente lo que no sabe decirte, el que te manda a recoger los juguetes, y el que, cuando protestás, te apunta con el dedo índice, frunce el entrecejo y te dice con voz varonil, de hombre: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz cumpleaños. Te adora, Papá</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de junio de 2010.</em></p>
<p><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a><br />
</em></p>
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		<pubDate>Sun, 06 Jun 2010 08:51:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-597"></span>Éramos tan niños que ni una sola vez, durante todos esos años, nos paramos a pensar que esa era la única casa “pobre” del barrio. Durante los dos meses al año que pasábamos allí, en un verano que será perenne en mi memoria, éramos tan felices que ni siquiera advertíamos que no había dinero, que no había parques de diversiones, que no había juguetes nuevos ni viejos, que mi abuela apañaba la comida sancochando arroces y fideos y verduras y trocitos de carne de una forma que a nosotros siempre nos parecía deliciosa, que no sobraba nunca nada. No se tiraba nada, ni mucho menos se despilfarraba. Bebíamos agua fresca y leche.</p>
<p>Y jugábamos. Todo el día. Setenta días seguidos. Dábamos de comer a las gallinas, provocábamos un estruendo de alas y gorjeos en el palomar repleto de torcazas de mi tío, alimentábamos a dos enormes tortugas marinas que habitaban un estanque junto al gallinero, cortábamos delicadamente tres, no, cuatro hojitas de laurel para sazonar el puchero, corríamos de arriba a abajo con <em>Canela, </em><em>Brancia</em> y <em>Nicola</em>, los perros de la casa, arrancábamos de los árboles las ciruelas y los limones, nos comíamos directamente del racimo las uvas recalentadas por el sol, bajo la mirada atenta y vigilante de un halcón plateado que mi tío tenía en el árbol más grande de la finca, y, sobre todo, los adultos nos hacían <em>verdadero</em> caso. Nos trataban como a niños, pero no como si fuésemos tontos o incapaces, sino simplemente como a niños. Nos escuchaban. Jugaban con nosotros. Hablaban con nosotros. Nos involucraban en una vida doméstica en la cual las cosas no eran simplemente un paso necesario para llegar al siguiente, sino un fin en sí mismo. La comida no era una costumbre, sino un ritual. Se preparaba laboriosamente y luego se disfrutaba en conjunto. Confiaban en nosotros, nos dejaban jugar, gritar, correr y pelearnos sin vigilancia continua. Luego, mi tío nos llevaba a la playa. En esas se nos iba el verano entero, y volvíamos a Buenos Aires aindiados, silvestres, morenos por todo el cuerpo menos en la zona del bañador, con las plantas de los pies curtidas por setenta días sin usar zapatos y un olor salino, de sol y de mar, impregado en la piel.</p>
<p>Inevitablemente, durante cada verano llovía alguna vez. Esos días nos poníamos bajo la parra del patio, tan espesa que nos protegía de la lluvia, y organizábamos un negocio de venta de limonada imaginaria con dinero imaginario, llenando de agua la enorme olla del sancocho de mi abuela, y fundamentalmente inundando el tracto digestivo de mi abuelo, que con paciencia infinita se bebía uno tras otro los vasos de latón rebosantes de agua que le llevábamos durante una hora interminable. Después, Ramiro nos llevaba a buscar <em><a href="http://www.glacoxan.com/plagas/Bichocanastobichodecesto.htm" target="_blank">bichos canasto</a></em>, que no eran otra cosa que orugas con su cestito de palillos entretejidos con un finísimo hilo de baba. Buscábamos los más grandes. Cada uno de los niños elegía su campeón, y los disponíamos en una fila sobre la mesa. Entonces comenzaba la trepidante carrera de bichos canasto, que consistía en esperar pacientemente a ver cuál de los cuatro asomaba primero, y avanzaba algo arrastrándose, reptando sobre la mesa con el canastito a cuestas.</p>
<p>Sé que suena tremendamente aburrido, pero nosotros lo vivíamos con auténtica emoción. Vibrábamos esperando que alguno de los gusanos asomase el cuerpecito rechoncho por el agujero del cestito. Gritábamos y sacudíamos las manos. Festejábamos cada milímetro de avance con auténtica pasión. Y entre pitos y flautas, o salía el sol o una tarde lluviosa más se iba para siempre.</p>
<p>Esta mañana, Barcelona amaneció con lluvia. Me despertaron poco después de las siete las vocecitas de mis hijos discutiendo algo que no llegué a descifrar. Semidormido, me preparé un café y me senté en la terraza a ver llover. En seguida, los dos se acercaron. Como tantas otras veces, me pidieron que les contase una historia, y el olor fresco de la lluvia y la temperatura agradable recuperaron de mi memoria las apasionantes carreras de bichos canasto. Les relaté minuciosamente cómo revisábamos los árboles en busca de los corredores, cómo desprendíamos el cestito de la rama, con mucho cuidado para no lastimar a nuestro campeón, como discutíamos y negociábamos cada vez las reglas de la contienda, y cómo esperábamos con el corazón desbocado que alguno de los bichos se moviese aunque sea una milésima de milímetro. Les conté cómo, después del certamen, los devolvíamos a su ambiente sin lastimarlos, y cómo comentábamos los pormenores de la competición hasta la hora de la cena.</p>
<p>Ellos, atentos como siempre, escucharon cada palabra con los dos ojazos abiertos de par en par, intercalando cada tanto alguna pregunta, sonriendo cuando aparecían nombres conocidos, preguntando por otros tíos, riendo de cuando en cuando. Pero al finalizar la historia parecían algo decepcionados, como si no fuesen del todo capaces de hacer suya la emoción de las cuadrigas de bichos canasto.</p>
<p>Entonces pensé que solamente han pasado treinta años, y sin embargo los niños de hoy no tienen nada que ver con los niños que fuimos. Es cierto que son terriblemente más despiertos, inteligentes y agudos, pero es también tristemente cierto que, hagamos lo que hagamos los padres, nuestros hijos han sido picados por el insecto de la ansiedad. Ayer por la tardé les dí <em>danoninos helados</em>, y Daniel no se quería comer el final. Me decía:</p>
<blockquote><p>-       <em>Está bajo en grasa</em>.</p></blockquote>
<p>Y mientras me enseñaba el fondo del bote, entendí que la publicidad dice “<em>bajo en grasa</em>”, y él lo había traducido como “<em>la grasa está abajo</em>”. Los hemos transformado en eso, en animalitos publicitarios, en miembros activos de la sociedad de consumo y su biorritmo insoportable. Pensé también que, hoy por hoy, cuando un día amanece lluvioso, los padres cambiamos miradas asustadas, sintiendo auténtico pánico ante la perspectiva de un domingo de lluvia entero en casa con los niños. Ellos necesitan combustible, necesitan quemar emoción, necesitan todo ya, rápido, dinámico, cambiante, atractivo, de colores, con láseres.</p>
<p>Quizás los padres de ahora deberíamos hacer un esfuerzo y rescatar de nuestro pecho los niños que chapoteaban en los charcos, los que jugaban con bloques de madera, los que tenían las rodillas y las uñas sucias, los que atrapaban ranas con las manos, los que hacían carreras de bichos canasto; y entonces poder enseñarles a los niños de ahora un poco de paz, que la vida puede tener un ritmo más lento sin que por eso sea aburrida, que no hace falta que las cosas brillen, lleven pilas y tengan luces para ser atractivas.</p>
<p>Quizás vaya siendo hora de comenzar una cruzada, una nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
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		<title>El juicio de los Jueces y el inmenso orgullo de su Papá</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Apr 2010 09:40:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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										</div>Muchas veces pienso que algunas de las cosas que más nos hacen sufrir de niños se transforman luego en señas de identidad, en elementos constituyentes de nuestra personalidad, en las claves que nos hacen únicos. En mi caso, fui un niño muy tranquilo, que prefería leer a jugar a la pelota, y los juegos de &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/04/11/el-juicio-de-los-jueces-y-el-inmenso-orgullo-de-su-papa/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Solamente seis o siete años después de eso, cuando unos centímetros más de altura, el pelo largo, las boinas al estilo del <em>Che</em> y la plenitud de la adolescencia ya estaba instalada en mi vida, las mismas aficiones, los mismos gustos, la consecuencia inmediata de mis “rarezas” infantiles, me ayudaron a ganarme un espacio en el colegio secundario. Participé en política, trabajábamos haciendo una revista, no me iba del todo mal con las chicas, y hasta gané unas elecciones a delegado del consejo consultivo. Uno nunca sabe qué parte oscura de la personalidad puede esconder sus mejores armas.</p>
<p><span id="more-554"></span>Y ahora hagamos un ejercicio de fantasía. Imaginemos a un niño que iba a la escuela en España a mediados de los años sesenta. Imaginemos que ese niño era callado, en un país oprimido por una dictadura brutal. Yo lo imagino solitario, lector, extremadamente inteligente, lúcido, reflexivo y sensible. Probablemente blanco de las burlas de sus compañeros. Probablemente los maestros del régimen no lo apreciasen demasiado. Probablemente los padres de este niño sufrían por esas características de su hijo, probablemente intentaban hacer que cambie. Probablemente estaban orgullosos de él. Este niño tiene un profundo sentido de lo que está bien y lo que está mal. Y, lo que es más importante aún, este niño tiene su propio criterio a la hora de decidir lo que está bien y lo que está mal. Lo que le dicen sus maestros le parece bien a veces, le parece mal otras. Lo mismo le sucede con sus padres. Me lo imagino en la escuela secundaria, flaco y con gafas, profundizando sus lecturas, y seguramente también con conflictos acerca de lo que está bien y lo que está mal con sus profesores, con el discurso plagado de doctrina de los educadores franquistas.</p>
<p>Ese niño podría haberse llamado Baltasar Garzón. Desconozco su historia, pero no me resulta difícil imaginarla de esa manera.</p>
<p>Cuando comencé este blog, hace ya casi diez meses, hice en secreto un voto silencioso y personal: <em>No hablaría de política</em>.</p>
<p>Y ese voto no se debía a falta de convicciones ni de ideas. Ni siquiera de ganas. Simplemente se debía a que, como he dicho más de una vez y más de dos, considero que para hablar de ciertos temas es mejor que lo hagan quienes verdaderamente trabajan sobre ese ejercicio, dominan sus claves y están al día de la última información disponible. Yo pretendía crear solamente un espacio en el que, manoteando algunos recursos literarios que no se me dan mal, narrar cosas pequeñas, fragmentos de mi vida, emociones sueltas o agrupadas, pedacitos de lo que sueño, de lo que siento y de lo que me gustaría. No obstante, cada dos por tres se me escapa un contenido un poco más ideológico, porque es imposible dejar al margen de uno mismo aquello en lo que creemos de verdad.</p>
<p>Entonces, cuando siento que necesito hablar de algo así, como no soy un analista ni me dedico a esto, intento darle un enfoque personal, narrarlo desde el ángulo enteramente mío y auténtico, el que solamente se ve desde mi rincón del mundo, porque esta es la única manera en la que siento que soy capaz de aportar algo sobre un tema del que puede que ya esté todo dicho.</p>
<p>Hecha esta aclaración, continúo narrando lo que quiero narrar. Es algo que, más que sentir, vengo intuyendo que siento desde hace algunas semanas. Como todos sabrán, en España estamos – como sociedad, porque basta que suceda una cosa así para que todos los ciudadanos, por activa o por pasiva, seamos responsables – a punto de sentar en el banco de los acusados al juez Baltasar Garzón. Para más inri, coincidiendo con el juicio contra altos cargos del Partido Popular por corrupción, en el que este juez tuvo un papel protagónico durante la investigación. Como si esto fuera poco, los demandantes son miembros de la Falange. No puede ser peor. No voy a hacer un análisis político ni moral. Mi mirada es la de un ciudadano avergonzado de no estar protestando en la calle cuando uno de nuestros mejores hombres, reconocido internacionalmente por su integridad, independencia política y honestidad, es señalado con el dedo para crear cortinas de humo que le salven el culo a los auténticos culpables.</p>
<p>Mi mirada es, también, la de un padre. Parece ridículo, Garzón tiene casi veinte años más que yo, y ha demostrado que no necesita un padre, y mucho menos a mí haciendo las veces de. Simplemente imagino a los padres de ese niño, asombrados a diario por sus extravagancias, pero secretamente orgullosos de su singularidad. Imagino como paulatinamente, a medida que el niño crece y se hace hombre, el orgullo de sus padres aumenta y se desborda. Imagino la sensación de profunda injusticia, de vergüenza ajena y de dolor que esos padres pueden estar experimentando hoy.</p>
<p>Me pongo en ese lugar porque Pablo, mi propio hijo – afortunadamente en un contexto social mucho más moderno y menos prejuicioso con los niños que el de entonces – tiene sus señas de identidad, sus extravagancias y singularidades, que a veces me hacen sufrir por él, y otras sentir un miedo intenso y abstracto por su futuro, a la vez que me llenan de orgullo y me hacen reconocerme en él. Temo que sufra algunas de las cosas que yo sufrí, y deseo que sus recursos más genuinos le sirvan, como me sirvieron a mí, para recuperar la mejor versión de sí mismo en algún momento de su vida.</p>
<p>Hace tres días a mi hijo Pablo le regalaron una libreta pequeña con un bolígrafo. El primer día estuvo encantado con la libreta, jugando con ella, dibujando alguna cosa en sus hojas, trayéndola y llevándola. Al atardecer del segundo día, cuando él había vuelto de la escuela y yo abandonaba mi asiento de trabajar, me atajó, emocionado, en cuanto me vio entrar al salón.</p>
<p>-          ¡Papá! – dijo – Mira, he decidido empezar a escribir mi diario.</p>
<p>En sus ojos marrones resplandecían una ilusión nueva, una fantasía infinita y una determinación positiva. Me tendía la libretita, temblando por la emoción y sonriendo. Tomé la libreta, y la abrí por la primera página, para leer, con letras mayúsculas de niño, escrita con pulso tembloroso, una frase épica y reveladora:</p>
<blockquote><p>OIMELOEPASADOPIPA</p></blockquote>
<p>Lo felicité, emocionado, devolviéndole su diario. Al día siguiente se levantó temprano, y cuando lo alcancé en el comedor, me volvió a tender la libreta con orgullo, para invitarme a leer la segunda entrada de su diario:</p>
<blockquote><p>OIEDORMIDOMEGORQENUNCA</p></blockquote>
<p>No puedo evitar un nudo en la garganta cuando me reconozco tanto en él, ni un calorcito de orgullo, de fascinación por su autenticidad. Jamás lo incito a escribir. No le corrijo sus faltas de ortografía ni su estilo, porque me parece que un niño de cinco años debería estar haciendo otras cosas, pero puedo verme de niño a través de los trazos temblorosos de su caligrafía infantil, y entonces temo por él, al mismo tiempo que albergo grandes esperanzas para su futuro.</p>
<p>Yo no soy el padre de Baltasar Garzón. Soy el de Pablo y Daniel Firpo Molina, pero si lo fuese, me sentaría voluntariamente junto a él en el banco de los acusados, diciéndole que, junto a él, soy responsable de lo bueno y de lo malo, de lo que tenga en su in
