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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; fantasía</title>
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		<title>El insomnio del escriba</title>
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		<pubDate>Sun, 13 May 2012 08:46:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Así, mi colección personal de manías, malas costumbres, vicios del cuerpo y del alma y pequeñas arrogancias mundanas, crece día a día, alimentada sin querer por cada letra que veo aparecer en mi pantalla, por la generosidad con que el mundo ofrece oportunidades de ser criticado y por mi afición oculta a vengarme con palabras de afrentas que, en rigor de verdad, no sufrí.</p>
<p>Como casi todos los maniáticos, experimento insomnio crónico desde la primera juventud. Cualquier motivo, por pequeño que sea, desde que mi conciencia terrenal se empeña en considerarme un homínido racional, un auténtico macho adulto de bípedo implume, me provoca una crisis de sueño. Jamás duermo en vísperas de un viaje, de una entrevista de trabajo o del estreno de una película que espero con ansia. No soy capaz ―no era, porque hace rato que estoy fuera de mercado― de conciliar el sueño si al día siguiente saldré a cenar con una mujer, ni consigo dormir si de forma inminente espero el resultado de cualquier cosa que haya hecho y me importe aunque sea un poco. Esto se extiende, pero no se limita a: exámenes, concursos, revisiones médicas, pruebas de embarazo ―no mías, evidentemente―, eventos sociales de poca o mucha relevancia, finales jugadas por la selección argentina de fútbol, reuniones familiares, vuelos en avión, conciertos en locales con capacidad para más de tres mil personas, cumpleaños propios o de terceros muy cercanos, fiestas para más de treinta y cinco personas, y tantos otros que sería imposible enumerarlos todos.</p>
<p><span id="more-1225"></span>El insomnio, ya de por sí un mal a combatir con uñas y dientes, es tanto peor cuando sucede en cuerpo y alma de un escriba. Mientras cualquier otra persona se limita a dar vueltas en la cama, a levantarse a tomar un vaso de leche tibia, a joderse con resignación, o a rendirse, mudarse al sofá y encender la tele, los escritores, jodidos por la razón que sea, nos ponemos a narrar mentalmente el transcurrir del acontecimiento que nos quita el sueño. Al mismo tiempo que hacemos asomar un pie descalzo por el costado de la sábana, con la esperanza absurda de que el aire fresquito del exterior opere un hechizo hipnótico sobre la planta del pie y caer dormidos al instante, mientras dudamos sobre si deberíamos tener los brazos por encima o por debajo de las sábanas y si la posición de la cabeza es la correcta para conciliar el sueño, imaginamos detalladamente los diálogos posibles, los escenarios, las reacciones, las respuestas ingeniosas a las preguntas mordaces, las miradas, opacas algunas veces, cargadas de sensualidad otras, y experimentamos físicamente una paradoja temporal: los minutos son eternos, pero las horas pasan volando.</p>
<p>Es en esos momentos, sin lugar a dudas, cuando escribo mis mejores páginas. Son las que nunca pasan a papel, las que se mueren en mi cabeza sin llegar a nacer. Son la prueba física del escritor que puedo ser, que inmediatamente se transforman en un eslabón perdido, en las pruebas fundamentales del <em>watergate</em>, en la fórmula sencilla que, supuestamente, demuestra el teorema de Fermat, o en una traducción prístina de la piedra roseta.</p>
<p>Entonces, cuando eso pasa, el insomnio se complica todavía más: sobreviene la lucha interna entre la seguridad de que estamos a punto de dormirnos y la necesidad de levantarnos a escribir lo que estamos imaginando, sabiendo que no seremos capaces de escribirlo tal cual lo estamos pensando, porque solamente salir de la cama romperá la frontera invisible entre la duermevela y la vigilia, y el torrente de pensamiento consciente irrumpirá de golpe, contaminando la genialidad presente con la necesidad de arreglar la gotita que cae de la cisterna del baño, o el recuerdo infame de que mañana tendremos, sin falta, que ir a comprar un tubo fluorescente para cambiar el de la cocina, que no para de titilar y someternos a un auténtico electroencefalograma mientras cocinamos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="size-medium wp-image-1227 alignleft" title="insomnio-1" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/insomnio-1-300x238.jpg" alt="" width="300" height="238" />Los escritores insomnes, como yo, estamos condenados a velar armas, noche tras noche, para combates que nunca llegaremos a pelear. Los dragones invisibles del insomnio nunca despiertan a enemigos reales. Son batallas perdidas, noche tras noche.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Desde hace un poco más dos semanas, <a href="http://www.federicofirpobodner.com/2012/05/presentacion-de-matalobos-en-buenos-aires-dossier-de-prensa/" target="_blank">la inminencia de la presentación de <em>Matalobos</em> en Buenos Aires</a> me tiene sin dormir. Se mezclan la proximidad de un viaje, la ansiedad por el reencuentro con amigos, con la familia ―o al menos con parte de ella― y con la ciudad de mis amores, la más bella, <em>La Reina del Plata</em>, creando un cóctel insomne poderosísimo, invencible y atroz, que hoy, agotado por la falta de sueño, intento conjurar nada menos que denunciándolo en voz alta.</p>
<p>El viernes que viene voy a estar de vuelta en mi país, de donde me fui hace doce años como un programador de computadores con un sueño frustrado de ser escritor. Voy a comparecer frente a mis amigos, frente a las personas que me vieron crecer, en la ciudad que me vio convertirme en la persona que soy, a compartir con todos ellos, orgulloso de mí mismo, que al fin soy el escritor al que había renunciado ser. Voy a poder contarles que renací, voy a ofrecerles una resurrección terrenal, nada religiosa, pero cargada de fe. Voy a invitarlos a compartir una charla y un vaso de vino, y voy a tener oportunidad de firmarles un ejemplar de Matalobos, mirarlos a los ojos y darles las gracias, por la persona que soy, por el escritor que rescaté de la muerte, y por el escritor que puedo ser, que es aún más poderoso que el que se levantó de la tumba.</p>
<p>Solamente diez días después de la presentación, estoy invitado, como ex-alumno, a dar una charla para estudiantes del Colegio Nacional Número 4, Nicolás Avellaneda. La perspectiva de meterme en una habitación con veinte, treinta, cincuenta ―no tengo ni idea de cuántos― adolescentes a charlar de literatura y de la vida, me pone los pelos de punta, en el buen sentido. Los adultos solemos no tomarlos en serio, hasta menospreciarlos, a veces, pero esta circunstancia y los insomnios que la rodean, me hicieron recordar el adolescente que fui, pensarlo del derecho y del revés, y descubrí que no recuerdo mentes más agudas, curiosidades más genuinas ni pasiones más fuertes que las de esa etapa de la vida. El encuentro con ellos me llena de ilusión, y al mismo tiempo de dudas. No estoy seguro de tener algo que ofrecerles, pero los soliloquios de mis noches en blanco juran que harán su mejor esfuerzo.</p>
<p>Pido disculpas, lectores habituales de <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>, por esta confesión a medias, esta catarsis pública de mi ansiedad, de mis largas horas a oscuras, mirando el techo, pero lo necesitaba. La fecha se acerca, mi pulso se acelera, mis párpados se abren de par en par, y estoy sensible como una embarazada, barrigón como una de ellas, también, y desbordado de ganas, de ilusión y de alegría.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Es o no es como para perder el sueño?</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>2012: Ensayo sobre el fin del mundo</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Dec 2011 10:47:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Por supuesto, no pasó nada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tan solo una década y migas después, se acerca el temido 2012. Amén de las archiconocidas profecías Mayas sobre el fin de su calendario – archiconocidas de <em>nombre</em>, porque pocos de sus <em>archiconocedores</em> las conocen realmente – existen bastantes numerologías de diversos orígenes que intentan aludir a la verdadera ciencia para fundamentar sus razones matemáticas, astrológicas y físicas, profetizando un <em>cambio de ciclo</em>, una posible destrucción de especies, la muerte del mundo tal y como lo conocemos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1193"></span>Personalmente, doy un crédito menor que cero a todas – absolutamente todas – las predicciones de estos profetas de la catástrofe, y me inclino a creer que es especialmente redituable alimentar la ignorancia humana: a la gente le encanta comprar libros sobre el fin del mundo, sentirse <em>informada</em>, comentar con sus amigos en las reuniones sociales tal o cual secreto de los chamanes, de los brujos de la tribu y las formidables coincidencias matemáticas que hacen del 2012 un año tan especial. Entretanto, los predicadores a sueldo del nuevo apocalipsis se llenan los bolsillos, y no se molestarán en devolver el dinero el primero de enero de 2013, cuando sus profecías huecas caigan por su propio peso.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Sin embargo, no puedo evitar recordar que, pisándole los talones a la cuarentena, hace tiempo ya que decidí intentar ser más abierto de mente, y a pesar de todo, me parece interesante detenerse un segundo a pensar en esa posibilidad:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>¿Y si estuviese a punto de llegar el fin del mundo?</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>En primer lugar, la enorme soberbia de la especie humana, solamente comparable a su infinita incompetencia, se ha empeñado durante miles de años en asociar su desaparición con el fin del mundo. Nada más falso. Los dinosaurios se extinguieron, sí, pero la Tierra sobrevivió tan campante. No estoy tan seguro de que la destrucción de los humanos sea lo peor que le puede pasar al planeta, más bien lo contrario. Pero de lo que sí estoy seguro, es de que si finalmente conseguimos aquello en lo que tanto nos empeñamos: desertizar la tierra por deforestación, envenenar definitivamente los ríos, desequilibrar los ecosistemas y demás perlas que tan rentables resultan a unos pocos, entonces los humanos desapareceremos de la faz de la Tierra, y lentamente, dentro de un millón de años, o dos, o cien, otra forma de vida tendrá su oportunidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No somos capaces de destruir el planeta. Solamente conseguiremos hacerlo inhabitable durante el tiempo suficiente para extinguirnos, nada más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En segundo lugar, tenemos por delante una excelente oportunidad para pensar en voz alta si nos merecemos o no ese final con el aire envenenado.</p>
<p>Hoy, la Tierra es un planeta repleto de individuos encantadores. Vistos uno por uno, a corta distancia, la inmensa mayoría de los seres humanos tiene rasgos entrañables, un perrito tierno al que sacarle fotos, un amor conmovedor por los suyos, ganas de vivir, alguna que otra idea noble y media docena de convicciones profundas que, erradas o no, solamente persiguen el bien común.</p>
<p>Sin embargo, al alejar la cámara, cuando los rostros de los individuos pierden definición y lo que se ve es una multitud, entonces los seres humanos nos volvemos ignorantes, intolerantes, temerosos, xenófobos, embrutecidos, pendencieros, beligerantes, egoístas y salvajes. Toda la bondad y la poca o mucha sabiduría de los individuos se diluye por completo en las masas. Sólo sabemos compartir lo negativo. Somos una especie capaz de unirse solamente por obligación o por odio. Nos uniremos para la guerra, para evitar que los del país vecino vengan a vivir a nuestro país, para imponer nuestra religión y moral a los otros, pero jamás para compartir, para recibir a los demás en nuestra casa, para hacer del mundo un lugar mejor.</p>
<p>Somos los responsables de dos guerras mundiales.</p>
<p>Somos los inventores de las bombas de hidrógeno.</p>
<p>Somos los creadores de las leyes de mercado.</p>
<p>Somos los culpables de la pobreza.</p>
<p>Somos la causa directa de la desaparición de cientos de miles de especies.</p>
<p>Somos los únicos, en este planeta, que hemos matado en nombre de Dios, de la Ley o del Rey.</p>
<p>Somos los únicos capaces de matar por razones diferentes a la estricta supervivencia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero antes de condenar a la especie humana, volvamos a manipular la cámara, y enfoquemos otra vez hasta donde se distinguen los rostros, hasta donde se escuchan las voces, hasta donde estamos al alcance de los abrazos.</p>
<p>Entonces la nitidez nos descubre el otro rostro de los seres humanos, el de las personas que inventaron la música y descubrieron el uso de la penicilina, el de los pintores, actores, médicos y astronautas, el de los que soñaron con volar como pájaros y lo consiguieron, el de quienes desearon nadar como peces, y lo consiguieron. Miremos a la cara tantos rostros, escuchemos tantas voces de los que desearon contar historias, bailar para deleite de los demás, liberar a la piedra de sus demonios esculpidos.</p>
<p>Y sí.</p>
<p>Somos los creadores de gran parte de las cosas bellas de este mundo.</p>
<p>Somos los que aprendieron a escuchar, a mirar con otros ojos y a contar cuentos.</p>
<p>Somos también los que supieron hacer de los animales algunos de los mejores compañeros.</p>
<p>Somos quienes disfrutan con el aire limpio.</p>
<p>Somos dos adolescentes con el corazón golpeando fuerte, mientras caminan de la mano en una ciudad cualquiera, intentando adivinar como mirarse a los ojos sin morir de vergüenza.</p>
<p>Somos los que, según decimos, queremos un mundo mejor para los niños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No puedo evitar sentirme desorientado en medio de tanta contradicción, no puedo evitar que mi piel y mi sangre llame a la vida de los individuos y a la condenación de las masas. No puedo evitar sentirme lleno de rabia, a la vez que conmovido y desbordado de amor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces recuerdo la pregunta: ¿Nos merecemos nuestro final, como especie?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por suerte, recuerdo también mi promesa de intentar ser menos categórico, más amplio de miras, menos convencido acerca de mí mismo y mas dispuesto a escuchar a los otros. Y más pronto que tarde, comprendo que no soy capaz de encontrar la respuesta. Es demasiada responsabilidad, y la pregunta tiene demasiadas aristas, es demasiado filosa, amante y traicionera, espada y capa a la vez.</p>
<p>Quizás la respuesta sea sencillamente esa. Me quedo con esa idea: Aún no hemos hecho méritos suficientes para merecer indiscutiblemente la extinción, pero es muy probable que sea el momento de entonar un profundo <em>mea culpa</em>, de pensar de nuevo las razones de todo lo que hacemos, y de pedir, de implorar con humildad, a quienes comparten el planeta con nosotros, 2012 años de prórroga, para tener tiempo de demostrar que, por fin, aprendimos algo.</p>
<p>Y si no, el fin del mundo será en el año 4024.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz 2012, y gracias una vez más por haberme acompañado otro año.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em></em><em>Barcelona, 26 de diciembre de 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner.</em></p>
<p style="text-align: right;"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class="shr-publisher-1193"></div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><div class='shareaholic-like-buttonset' style='float:none;height:60px;'><a class='shareaholic-fblike' data-shr_layout='box_count' data-shr_showfaces='false' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F12%2F26%2F2012-ensayo-sobre-el-fin-del-mundo%2F' data-shr_title='2012%3A+Ensayo+sobre+el+fin+del+mundo'></a><a class='shareaholic-fbsend' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F12%2F26%2F2012-ensayo-sobre-el-fin-del-mundo%2F'></a><a class='shareaholic-googleplusone' data-shr_size='tall' data-shr_count='true' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F12%2F26%2F2012-ensayo-sobre-el-fin-del-mundo%2F' data-shr_title='2012%3A+Ensayo+sobre+el+fin+del+mundo'></a><a class='shareaholic-tweetbutton' data-shr_count='vertical' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F12%2F26%2F2012-ensayo-sobre-el-fin-del-mundo%2F' data-shr_title='2012%3A+Ensayo+sobre+el+fin+del+mundo'></a></div><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><!-- End Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><p>Artículos relacionados:<ol>
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		<title>La fragilidad de los sueños</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Nov 2011 10:14:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
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<p>A pesar de eso, a pesar del tópico y a riesgo de parecer vencido por él, hoy quiero hablar de soñar despierto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo hago desde muy niño, sin falsos pudores ni orgullos injustificados. Lo hago sin jactancia y sin humildad, sin planificación ni estrategia, a los tumbos, desde un rincón oscuro en el que, solamente a veces, soy capaz de imaginar una vida sin sueños; y entonces, amenazado por un pánico atroz, me entrego a las fantasías más absurdas. De niño fueron, cómo no, héroes y dragones, hazañas mitológicas de desenlace incierto, poderes obvios y fuerza descomunal, pero fueron también diálogos imaginarios, amigos invisibles y vuelos de órbita baja, siempre con una capa roja flameando al viento. Fueron lugares ignotos, pasados y futuros diferentes, amores vencidos que renacían y dolores que, en el sueño, nunca había sentido.</p>
<p><span id="more-1175"></span>Después, de adolescente, los sueños se diversificaron. Algunos, los de hazañas legendarias y repartir justicia, permanecieron allí, no sin cierta vergüenza y bajo el secreto más absoluto, protegidos por un manto de pudor. Pero se abrieron camino entre mis juegos infantiles otros sueños más reales, casi palpables. Soñé el sueño de todos los adolescentes: el de la estrella de rock. Soñé, infinidad de veces, la piel femenina y sus ojos, cerca. Soñé un mundo más justo, también, en cuanto aprendí a reconocer la injusticia. Soñé un liderazgo de masas, y soñé palabras, muchas palabras que, con esfuerzo y poco éxito, intenté atrapar en cuadernos <em>Meridiano</em>.</p>
<p>Entonces, bajo el hechizo de algún par de ojos femenino, como casi todo lo que aprendí en la vida, entendí sin quererlo que los sueños son como las mujeres: si se intenta atraparlos como a moscas, aunque parezca que es posible, se escapan a último momento, esquivando la torpeza de unos dedos que nunca son lo suficientemente rápidos. En cambio, para alcanzarlos, hace falta cortejarlos despacio, seducirlos con delicadeza, conquistarlos lentamente con homenaje y paciencia, haciendo honor a su belleza. Y aún así, muchos de ellos son, de cualquier manera, inalcanzables.</p>
<p>Después, inevitablemente, sucumbí a los sueños pragmáticos de los adultos: una casa, un trabajo mejor, un televisor más grande, un país lejano. En esos días, cuando la adolescencia, como las hojas ocres de un otoño más, se desprende sin dolor del cuerpo y cae al suelo, muerta, un día cualquiera en el que, después comer en un restaurante, te das cuenta de golpe que en algún momento dejaste de pedir banana con dulce de leche de postre, y en cambio te estás comiendo una ensalada de frutas, los sueños de soñar despierto se anestesian un poco. Ya habrá tiempo para soñar, porque la juventud es para siempre, y mientras tanto es necesario hacerse con un lugar en el mundo real.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mentira.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Son pequeñas trampas, engaños sin importancia para postergar los sueños, para dejar de perseguir sombras cuando uno empieza a sentirse cansado, para ejercer en primera persona la ilusión insuficiente de haber crecido, madurado, de asentarse, de ser un hombre de provecho.</p>
<p>Por suerte, al menos en mi caso, los hijos acuden al rescate. Simplemente llegan, sin avisar, como de visita, pero para quedarse. Primero son como un juguete frágil, como un bichito sin más voluntad que la de llorar a gritos y apretar sus puños rosados, para reír después con la boca y los ojitos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero crecen.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces los sueños vuelven a habitar la casa. La recuperan entera, como un territorio hostil para los adultos, sembrado de piezas de plástico repartidas por el suelo y dibujos animados. Entonces hay que volver a aprender a soñar despierto, para permitir que un héroe de diez centímetros luche con otro de veinticinco de igual a igual, y que un dragón de peluche sea tan terrorífico como uno de goma. Los cochecitos vuelan, y corren carreras de igual a igual con arañas de plástico.</p>
<p>Y por las noches, cuando los sueños se van a dormir, abrazados a sus muñecos de felpa, los adultos nos sentamos en el sofá a inclinar la cabeza con ternura, y sintiéndonos, por primera vez en el día, a salvo de la fantasía.</p>
<p>Y recién ahora alcanzo el punto donde puedo empezar a contar la historia que hoy me carga el pecho, la que me hizo volver a pensar en los sueños, volver a sentirlos tan adentro que duele.</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-1177" title="harry-potter-y-la-piedra-filosofal-1" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/harry-potter-y-la-piedra-filosofal-1-300x185.jpg" alt="" width="300" height="185" />Siete años después, de la mano de mi hijo Pablo, <em>Harry Potter</em> entró en mi casa. Es verdad que yo – no me avergüenza decirlo – había leído los libros, y los había disfrutado. Por eso se me ocurrió, después de que Pablo hubiese acabado varios libros de menor entidad (<em>Gaturro, Gerónimo Stilton, etc.</em>), cuando preguntaba, apesadumbrado: <em>“¿Y ahora qué puedo leer?”</em>, ofrecerle <em>Harry Potter y la Piedra Filosofal</em>. <em>“Es muy gordo, y no tiene dibujos”</em>, se quejó, anticipando pucheros. <em>“No te preocupes. Empiézalo. Si te aburres lo dejas”</em>, le respondí, hablándole de tú en lugar de <em>vos</em>, como siempre que quiero ser didáctico.</p>
<p>Aceptó de mala gana. Abrió el libro con la actitud perezosa de quien está obligado a escalar una montaña, resoplando y pensando más en el esfuerzo de coronar la cima que en el disfrute del ascenso.</p>
<p>Y entonces, los sueños desbordaron su cabecita pelirroja, y una chispa mágica – nunca mejor dicho – se afirmó en sus ojos marrones. La carita se le encendió de colores vivos, y supo con total certeza, en su corazón de niño, que había descubierto un mundo nuevo.</p>
<p>Al día siguiente me pidió que viésemos la película. Después de verla, la discutimos largamente, interpretándola, explorando sus razones y la lógica propia de su fantasía. Desde entonces, todas las noches, durante media hora, antes de dormir, regresa al libro, empapándose de él, identificando los detalles que en la película no estaban, y sobre todo, soñando despierto. Él y su hermano se lanzan hechizos mortales con sus varitas imaginarias, se persiguen descalzos y en pijama por toda la casa, escupiendo conjuros a voz en cuello y discutiendo a gritos las consecuencias de los embrujos.</p>
<p>Ayer, después de una semana de <em>Pottermanía</em>, mientras hablábamos un rato en el sofá, antes de irnos a la cama, Pablo me seguía hablando con entusiasmo del momento, para él, mágico, donde <em>Harry Potter</em>, a los once años, se entera de que es un mago porque recibe la carta del <em>Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería</em> que le confirma una plaza para ir a estudiar allí. Con los ojos desorbitados y una sonrisa que debía estar pinchándole las orejas, me dijo:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>-        Papá, si cuando cumpla once años recibo la carta, ¿me dejarás ir?</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo miré a los ojos con mucha ternura, y pude ver en él una ilusión tan profunda, un anhelo tan arraigado, tan fuerte y tan poderoso, que sentí vértigo. El adulto racional se apoderó de mí, y por un instante pude sentir la desilusión que sufriría cuando, al cumplir once años, no le llegase la carta. Me sentí en la obligación de traerlo a la realidad lo más pronto posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Pablo, mi amor, tienes que saber que todo esto es fantasía, hijo. Por mucho que lo desees, la carta no te llegará. <em>Hogwarts</em> no existe.</p>
<p>Sus ojitos se llenaron de lágrimas, y el labio inferior le tembló un poco, como cuando está a punto de llorar. Bajó la mirada, y luego, con un orgullo que le desconocía, se enfrentó a mi, con profunda tristeza:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>-        Ya sé que no existe – me dijo. – Pero tú ni siquiera me dejas creer que existe.</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces me sentí vil. Me di cuenta de golpe de su profunda sabiduría: hay un lugar en el que sabe que todo es fantasía, pero para soñar despierto necesita creer que es verdad, que puede pasarle a él, que <em>va a pasarle a él</em>. Entendí, a los treinta y ocho años y siendo educado por mi hijo de siete, la inmensa fragilidad de los sueños, y que lo verdaderamente importante, para mantenerlos vivos, es creer de verdad en ellos, con la inocencia de un niño. Le acaricié la cabeza, y mirándolo a los ojos, le dije:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        ¿Sabes qué? Vamos a esperar hasta que cumplas los once. Probablemente te llegue la carta. Y si no te llega, entonces capaz que somos <em>muggles</em><sup class='footnote'><a href='#fn-1175-1' id='fnref-1175-1'>1</a></sup>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Su carita volvió a encenderse, y siguió soñando en voz alta, relatándome lo que haría al llegar al Colegio <em>Hogwarts</em> de Magia. Pero yo ya no estaba ahí, sino preguntándome si, con el mismo criterio absurdo de adulto, no habría asesinado también buena parte de mis propios sueños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-1175-1'>Para los magos, personas que no son mágicas <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-1175-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Como agua entre los dedos</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Aug 2011 09:27:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Como todos los años, a una semana de empezar mis vacaciones de verano, y por lo tanto alcanzar la frontera que divide dos períodos arbitrarios de trabajo, colegio de los niños, cuotas de la hipoteca y compras de súper, no puedo evitar hacer las cuentas de la vieja, y reconocer para mí mismo, una vez más, que el saldo económico del año es, nuevamente, igual a cero. Hemos vivido doce meses, y hemos alimentado a los niños, que desgraciadamente ya es bastante más de lo que muchos pueden decir. Hemos ido al cine, paseado y comido afuera. <a title="Juntos, mezclados y revueltos" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/07/02/juntos-mezclados-y-revueltos/" target="_blank">Hemos podido recibir a la familia en casa e invitarles con café y jamón de medio pelo</a>, y hasta nos vamos a poder pagar una semanita en un <em>Bungalow</em> en alguna parte de Palamós. Tenemos una miserable lista de posesiones nuevas – cosas que no necesitábamos pero que deseábamos -, y debemos un poquito menos de otras tantas deudas. Esa es toda la ganancia neta, en términos monetarios, de un año de esfuerzo y trabajo duro de todo el núcleo familiar.</p>
<p><span id="more-1096"></span>Sin embargo, y como todos los años también, me resisto a tener una visión meramente contable del año que se va, y terco como un perro viejo y gruñón, me empeño en encontrar otras cosas que hagan que valga la pena vivir y seguir luchando. Hace dos años y medio – nada más y nada menos que treinta meses -, después de diez años de silencio, recuperé para mi vida el viejo hábito y placer de escribir, aprovechando que la crisis me había dejado sin trabajo y que disponía de mucho &#8211; pero mucho &#8211; tiempo libre. Entonces descubrí que, no solamente el viejo vicio de castigar teclados con pavadas de rutina seguía vivo, intacto entre mis dedos, conociendo sin mi ayuda los caminos inciertos que dibujan palabras por el único arte de la memoria táctil, sino que, además, sentía renacer la vieja pasión, el placer íntimo de narrar historias, de deshilachar pensamientos, de mentir con elegancia y naturalidad. Reencontré en mi garganta el sabor dulce de algunas palabras y el tacto áspero de otras, liberé muchas de mis oscuridades ancestrales, invitando a los mezquinos fantasmas que me habitan a sentarse a mi mesa, a hundir su cuchara innoble en mi alimento único. Rescaté, casi sin proponérmelo, el dolor constante, el aliento helado que te empuja a la tinta y al papel una y otra vez, y pude identificar sus razones nuevamente. Las razones de ese dolor, múltiples, mutantes, hechas muchas veces de mi propia historia, y otras tantas de la historia del planeta, de los niños que pasan hambre, de las guerras del petróleo, de la Iglesia rechazando preservativos para gente que se muere de SIDA, siempre en el nombre de Dios, de las atalayas desde donde los poderosos contabilizan su cinismo, de la injusticia en general y la pobreza en particular.</p>
<p>Descubrí, además, ayudado por la vida dos punto cero, la satisfacción de compartir, de ser leído por muchos pares de ojos que, a su vez, tienen ideas, pensamientos, respuestas y más preguntas.</p>
<p>Ayer, víctima de un ataque repentino de frustración por no poder dedicarme por entero a escribir, me preguntaba públicamente si, debido a la falta de rentabilidad de la profesión de escritor, habría que dedicarse definitivamente a otra cosa. No era más que un mensaje en una botella, algo lanzado al aire por pura rabia, porque muchas veces siento que sería justo y merecido poder vivir de mi pasión. Inmediatamente después reflexiono y me doy cuenta de que, amén de la base injusta que rige el intercambio de bienes, servicios y pasiones de este mundo, en otro orden de cosas subyace una justicia anónima, regida por un ente superior que no es otro que la suma de los individuos que componemos la humanidad, y según esas leyes, casi todos estamos, más o menos, aproximadamente donde debemos estar. Por esa misma ley, tarde o temprano, si de verdad uno lo merece, podrá vivir de lo que le apasiona, y si no, deberá admitir entonces que no lo merece. En medio de esas tribulaciones, Nelson, un entrañable amigo de mi padre que, además, es lector habitual de este <em>blog</em>, me decía, no sin sabiduría, que siguiera adelante, pero sin olvidar el <em>Plan B</em>, porque es necesario sobrevivir. Le respondí con amargura que, la mayoría de las veces, el <em>Plan B</em> es tan costoso en tiempo y energía como el <em>A</em>, o más, tal era la razón fundamental de mi rabia. Entonces pensé en toda la gente válida que hay por el mundo haciendo cosas, creando, desangrándose de pasión y esfuerzo en ilusiones, en proyectos irrealizables, en quimeras inalcanzables, y sin embargo no renuncian, no se caen, siguen ahí, con sus planes <em>A</em> y <em>B</em>, aguantando, persiguiendo sueños vaporosos día tras día, sin que sea tan importante llegar como transitar el camino.</p>
<p>Y como siempre en tiempos de reflexión y de echar cuentas, llegué al mismo callejón sin salida. Tras treinta meses y más de dos mil páginas escritas, tras cuatrocientos ejemplares vendidos a puro esfuerzo, a labor de hormiga, tras dos presentaciones de mi novela, tras más de mil quinientos seguidores habituales de mis devaneos, no puedo quejarme. La paciencia es la principal virtud de la araña que consigue atrapar una presa en su tela. La constancia es la principal virtud de la hormiga que consigue su refugio para pasar el invierno. Y el trabajo, sin lugar a dudas, es la principal virtud de todos aquéllos que consiguen salir adelante, sea de la forma que sea.</p>
<p>Estos treinta meses, durante veinticuatro de los cuales he publicado un artículo semanal en este <em>blog</em>, han operado sobre mí un cambio fundamental. Ya no creo que el éxito pueda medirse solamente por la ganancia neta sobre los años vividos. Aprendí, con dolor y con placer, que el éxito es también levantarse cada mañana con la conciencia tranquila, sabiendo que la pasión privada, los sueños personales y la verdadera vocación tienen un lugar privilegiado en mi día a día. Invierto, semana tras semana, una montaña de horas y de esfuerzo – horas que dejo de pasar con mi mujer y con mis hijos – en escribir, sin recibir a cambio más que palabras. Palabras de todos ustedes. Comentarios públicos en el <em>blog</em>, y muchos, muchos emails por vía privada. Si lo sigo haciendo, semana tras semana, es porque el ejercicio de mi pasión, sumado a la retribución en especie, hace que valga la pena.</p>
<p>Vale la pena el tiempo, vale la pena cada una de las palabras de ida, y cada una de las palabras de vuelta. Vale la pena soñar, creer en que un día, si hago las cosas bien, podré saber bajo mi piel que puedo alimentar a mis hijos solamente haciendo lo que más me gusta. Vale la pena la esperanza, cuando puedo leer en los ojos de mis <a href="http://taller.federicofirpobodner.com" target="_blank">alumnos del Taller Literario</a> que les gustan mis clases, que los ayudo con su inspiración y su motivación. Vale la pena dormir menos, descansar menos y correr sin parar detrás de una zanahoria que parece inalcanzable, porque siempre acabo recibiendo soplos de aire fresco. Vale la pena otro año, un año más de horas y horas solo frente a mi pantalla, llenando papeles virtuales de letras reales, porque del otro lado de mi línea de fuego existen cientos de personas que, como pueden y quieren, me hacen saber que mis palabras, además de reales son útiles algunas veces y bellas otras. Vale la pena mi rabia, porque no es rabia de frustración, sino rabia de saber en carne propia cuánto duelen las manos cuando uno tiene que construir su propio camino.</p>
<p>Definitivamente, vale la pena, a pesar de que, un año más, el dinero se escape como agua entre los dedos. Vale la pena porque las palabras, por sí mismas, son indiscutiblemente mucho más valiosas, y de ésas tengo muchas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><em>Gracias a todos por seguir “Reflexiones de un Aprendiz de Brujo” un año más.</em></p>
<p align="right"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p align="right"><em>Barcelona, Agosto de 2011.</em></p>
<p align="right"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Fri, 22 Apr 2011 10:38:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>El asunto es que, desde el punto de vista de la civilización occidental, que mal que nos pese es, a esta altura, la nuestra, la Argentina es un país joven, y por lo tanto no tiene tradiciones milenarias, ni héroes medievales, ni princesas atrapadas en castillos, ni rancios linajes de reyes anacrónicos. No se narra la historia de cómo Sir Moncho Perales derrotó a una vaca de tres toneladas de peso, rescatando a diecisiete gauchos y chinas aterrados, para luego carnearla con sus propias manos, valiéndose sólo de su <em>facón</em> de doble filo, y asarla con el fuego de sus ojos, repartiendo tres mil kilogramos de tira de asado entre la población local, ni la tradición milenaria de ejércitos feudales jugándose el honor en encarnizados torneos de <em>pato</em>. Nuestra épica más antigua se remite a <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Mart%C3%ADn_Fierro" target="_blank">Martín Fierro</a>, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Moreira_(gaucho)" target="_blank">Juan Moreira</a></em>, <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Facundo_Quiroga" target="_blank">Facundo Quiroga</a>,</em> <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Chacho_Pe%C3%B1aloza" target="_blank">El Chacho Peñaloza</a></em> y <em>Vicente López y Planes</em>. El resto de las cosas las solucionamos con un asado, ensalada y un torneo de truco previo al partidito de solteros contra casados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1005"></span>Cuando llegué a España me encontré con una cultura repleta de leyendas, mitos y tradiciones, y aunque me pone de mal humor el acuerdo tácito entre la mayoría de la población y el estado, que no permite discutir ninguna cosa que se haga así desde hace más de doscientos años (esto ha sido así, <em>“de toda la vida”</em>), es cierto que esa riqueza tiene una amplia galería de personajes, héroes olvidados, gestas épicas y sueños al alcance de la mano. Y aunque en muchas de estas tradiciones se puede palpar la mano oscura y manipuladora de masas de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, lo cierto es que son pintorescas, alegres, muchas de ellas divertidas y algo salvajes otras, como la de lanzar una cabra viva desde lo alto de un campanario en el pueblo zamorano de <em>Maganenses de la Polverosa</em>, con motivo de las fiestas patronales en honor a San Vicente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una de las leyendas que, cuando vives en Barcelona, escuchas durante el primer año, es la de Sant Jordi. Para quienes no la conocen, me tomaré el atrevimiento de hacer un pequeño resumen. Parece ser que Sant Jordi (también conocido como San Jorge en círculos íntimos) era un Caballero Cruzado – quizás de los caballeros a los que menos simpatía les tengo, encargados de expandir la Fe Única a base de sangre, fuego y muerte –, que regresaba del frente de batalla. En su periplo, fue a dar a un reino acosado por un Dragón malvado, que como precio por no destruir completamente la ciudad y a todos sus habitantes, exigía la vida de la joven y bella princesa. El Rey, deshecho en lágrimas, antepuso la vida de sus súbditos a la de su hija – lo que nos alerta de que esto es nada más que una leyenda, porque los reyes suelen ser vanidosos y egoístas, y la mayoría de las veces cederían cien millones de vidas plebeyas antes que una vida noble -, y entregó a su hija, quien, además, en un acto de generosidad sin par, estuvo de acuerdo con la difícil decisión. Sant Jordi, al enterarse de semejante tropelía, galopa raudo y veloz, guarnecido por su bruñida armadura, su afilada espada y su cruz roja, a enfrentarse con la bestia. Afortunadamente, encuentra al Dragón justo antes de que éste pueda devorar a la princesa, y tiene lugar un combate épico y brutal, en el que, a punto de ser devorado, con el último aliento, Sant Jordi tiene la valentía y la fortuna de clavar su espada en el negro corazón del monstruo. Sobre el cadáver enorme y humeante, la princesa, agradecida, ofrece entre lágrimas su reino, su vida y su amor al valiente Caballero. Quiso la fortuna que una de las lágrimas de la bella fuese a caer sobre la sangre del Dragón, y la mezcla de ambas produjo, por arte de magia, la rosa más bella que se había visto jamás. Sant Jordi tomó la rosa, y la ofreció a la princesa, junto con su renuncia de Caballero a una vida en común, rechazando así su amor y su reino, y después de dejarla junto al Rey, partió, solitario, sin detenerse a disfrutar ninguna recompensa.</p>
<p>Esta leyenda dio lugar a una tradición catalana. Todos los 23 de abril, día de Sant Jordi, los hombres regalan a las mujeres una rosa, y ellas regalan a ellos un libro. Esta tradición resulta curiosa, porque la rosa en cuestión fue símbolo de un amor no correspondido, y el libro de la sabiduría y la fuerza de un hombre que abandonó a su dama. Ahora bien, el paso del tiempo y el cambio de criterios sobre la igualdad de género decidió que, además, era una tradición machista, y que había que regalar un libro a las mujeres también. Por esta razón, a día de hoy, las mujeres reciben una rosa y un libro, y los hombres solamente un libro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como no podía ser de otra manera, la tradición incorporó también a los escritores. Por eso, durante este día, por toda Barcelona hay autores firmando sus libros. En centros comerciales, en librerías, en puestitos en la calle. Por todas partes. La ciudad se llena de rosas y de libros. Es un día de fiesta, todo el mundo sale, y se respira un aire de flores frescas, tinta y papel.</p>
<p>Desde hace más de diez años, viviendo en esta ciudad, camino sus calles el 23 de abril, viviendo en carne propia el ambiente literario, casi fabuloso, respirando sus miles y miles de páginas, trajinando sus pétalos abiertos, sus esquinas características, sus monumentos milenarios, y soñando en secreto con ser un día parte de la fiesta, con tener mi mesita, mi puestito, mis libros y mi público, con dibujar mi firma con tinta de sangre de Dragón en muchas primeras páginas.</p>
<p>Por primera vez, este año, mi épica personal encontrará campo de batalla. Es cierto que mis libros son autopublicados, sí. Es cierto que los firmaré en una mesa hecha de dos caballetes y una tabla, en el quiosco librería de mi pueblo, sí. Pero no es menos cierto que el esfuerzo y el amor que se necesitan para escribir un libro son los mismos si se trata de un <em>best-seller</em> que si se trata de un autor independiente. No es menos cierto que muchos de los grandes empezaron así.</p>
<p>Por eso esta noche pienso recuperar una de las bellas tradiciones de los Caballeros: la de velar las armas. Pienso afilar mi pluma, inventariar mis libros, disponerlos en un orden ficticio, ofrecerlos a mi dios insomne, que en vísperas de cualquier evento importante de mi vida, aparece para cobrarse el tributo de mi sueño, y representar mañana con gallardía y orgullo mi papel de escritor. No importa si firmo un libro o si firmo cien. No importa si llueve y truena y paso el día contemplando la tormenta bajo un alero con goteras, secando de las portadas de mis libros las gotas ocasionales.</p>
<p>Lo que importa es la épica. Lo que verdaderamente importa es marcar con un puntito rojo mi calendario de batallas ganadas, ofrecer a mis vecinos y amigos la ofrenda sin rosa de mi sangre, y poder recordar para siempre cómo empezó todo – termine como termine -, mi primera novela, mi primer Sant Jordi y mi guerra personal: ser un escritor.</p>
<p>Silencio, por favor. Estoy velando mis armas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La inconmensurable fe de los enanos</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Feb 2011 10:19:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p><img class="alignright size-medium wp-image-941" title="monjas_ataque" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/monjas_ataque-300x196.jpg" alt="" width="300" height="196" />Mis padres me enseñaron cosas. Muchísimas cosas. Una gran cantidad de ellas proverbialmente inútiles, como levantar la tapa del inodoro para hacer pis, sostener a la perra por el pellejo de la nuca para bañarla, comer la carne con pan – parece ser que así es más digestiva – o a <a title="No Robarás" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/06/no-robaras/" target="_blank">no quedarme con los vueltos</a>. Otras, sin embargo, resultaron fundantes de la persona que soy, erigiéndose en verdaderos pequeños aciertos, entre los que puedo contar, estando seguro de no mentir: ser <em>jipi</em>, de izquierda, profundamente ateo, carnívoro, respetuoso con los mayores, buena persona en general, generoso en particular, solidario – un dechado de virtudes, vea – el amor por los animales – también por mis hermanos –, y seguramente el gusto por las <em>tortafritas</em><sup class='footnote'><a href='#fn-938-1' id='fnref-938-1'>1</a></sup> los domingos de lluvia.</p>
<p>Cuando cumplí los seis años, se dieron cuenta de que habían tenido demasiado éxito inculcándome valores y buenas intenciones. Este descubrimiento los hizo temer por mi posible buen desempeño en la vida adulta, enfrentando los malos tragos que seguramente me depararía; ya que soltar una buena persona al mundo, así, sin más, sin proporcionarle un poco de mala leche para defenderse de los otros, era sin duda una locura injustificable y una irresponsabilidad. Entonces me mandaron a la escuela, donde el gran sistema educativo argentino hizo un excelente trabajo, transformándome en un hombre de provecho. A pesar de los esfuerzos de mis maestros y educadores, algunas de las virtudes originales heredades de mis padres sobreviven aún en mi carácter mundano y cosmopolita. Entre ellas, como no podía ser de otra manera, se cuenta la absoluta carencia de fe religiosa, una arraigada y secreta pasión por el desorden personal, el desaliño en el vestir y la pérdida constante de objetos pequeños en la rutina diaria, y el amor secreto e incondicional por la carne bovina en general, y vacuna en particular – que continúo comiendo con pan, aunque sigo sin creerme del todo que así sea más digestiva –.</p>
<p><span id="more-938"></span>Por supuesto, fueron años felices. Mi herencia familiar, desordenada, impuntual, apasionada y juguetona, resistiendo los envites constantes de una educación para hombres de bien. En el medio, lo único que había, señoras y señores, era un niño.</p>
<p>Los niños – y me permito una explicación breve, para quienes no los conozcan – son esas personas chiquititas que joden y joden, que lloran en los aviones, gritan en los restaurantes, corretean en lugares inoportunos y, sobre todo, nos impiden a los mayores hablar, comunicarnos entre nosotros y vivir nuestras vidas tranquilamente.</p>
<p>Estos <em>enanos</em>, además, tienen otro montón de defectos que es preciso identificar si queremos comprender cabalmente al fenómeno que nos ocupa. Enumeraré a continuación algunas de sus características mas peligrosas para el hombre moderno:</p>
<p>&nbsp;</p>
<ul>
<li>Son aterradoramente <em>espontáneos</em>. Dicen la verdad de lo que se les pasa por la cabeza, sin medir las consecuencias ni preocuparse cívicamente – como corresponde – por no herir, ofender o poner en evidencia a alguien.</li>
<li><em>Juegan</em>. Seguramente una de sus características más temibles. Parecen empeñados en hacer ruido, divertirse y abusar de una espantosa mueca a la que llaman <em>risa</em>, que aturde e impide ver la televisión en condiciones.</li>
<li><em>No esconden lo que sienten</em>.<em> </em>Estos enanos urbanos, que podemos encontrar en casi cualquier casa de familia, tienen la fea costumbre de pregonar en voz alta y sin ningún decoro sus sentimientos más profundos. No conformes con ello, además, lo hacen interpelando en primera persona a gente proba y honorable, que jamás haría gala de una falta de tacto tal como para decir a otro, frente a terceros: <em>“te quiero mucho”</em>, exponiéndolo sin piedad a la obligación social de una respuesta inmediata, al oprobio de expresar públicamente y en voz alta un sentimiento verdadero.</li>
<li><em>Miran a los Ojos</em>. Sin rastro alguno de civilización, constantemente buscan la mirada de los demás, el <em>contacto</em>.</li>
<li><em>Abrazan, besan y tocan</em>.<em> </em>Como aún no están convenientemente enseñados, ceden continuamente a sus incívicos impulsos de abrazar, besar y tocar a otras personas, invadiendo su espacio vital e incomodándolos en las más pintorescas y rocambolescas situaciones.</li>
</ul>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y podría continuar, pero estas características son ya de dominio público, o casi, y en mi reflexión de hoy pretendo focalizarme en el aspecto <em>religioso</em>. Son muchas las corrientes de opinión sobre la fe. Muchos la profesan auténticamente – <a title="Domingos rituales" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/11/14/domingos-rituales/" target="_blank">y vaya para ellos mi admiración y mi envidia</a> –, otros se aprovechan de los primeros y viven de administrar la fe ajena – negocio redondo desde que el mundo es mundo, y es redondo –, y otros, como un servidor, simplemente la negamos. Así, la negamos, y ya está. “Pero señor Aprendiz de Brujo – me preguntan –, ¿usted no cree en Dios? ¿No tiene fe?”. “No – respondo, convencido –. Pero no solamente no creo en Dios, sino en ningún tipo de instrumentación de la fe, en sus muchas formas, de las que el hombre es tan aficionado a profesar. Esto incluye, pero no se limita a: Iglesias, religiones y Dioses de cualquier tipo, forma y color, espectros, fantasmas, ángeles, mesías, chamanes, curanderos, gran parte de los ejercicios de medicina alternativa, gran parte de los ejercicios de la medicina tradicional, ministros, diputados, presidentes, reyes, iluminados, formadores de opinión, periodistas a sueldo, investigadores a sueldo, benefactores a sueldo, beneficiarios en general de la ingenuidad ajena, teleoperadores, compañías de seguros, bancos, el sistema financiero en general, la gripe A, el efecto 2000, la resurrección de la carne, la resurrección de Pinocho, el <em>Feng Shui</em>, <em>Aquaman</em> y que las personas algún día levantarán la caca de sus perros.”</p>
<p>Los religiosos me miran, entre desconcertados y ofendidos. Los administradores de la fe ajena me apuntan con el dedo desde su púlpito dominical. Los demás se ríen bajito, de costado.</p>
<p>Lo cierto es que, desde que terminé mi <em>educación</em>, &#8211; larguísimo período de mi vida durante el cual mis padres y el Ministerio de Educación y Justicia se contradijeron permanentemente –, los restos vitales de mi ética y moral resultantes y yo, convivimos así, en la ausencia de fe y soñando despiertos con <em>tortafritas</em> los domingos de lluvia, por la tarde.</p>
<p>Y entonces, algunos meses después de haber sido padre, un día cualquiera, te das cuenta de que se te ha instalado en casa uno de estos <em>enanos </em>– ahora ya son dos –. Entre sus muchos defectos, algunos de ellos previamente explicados, se cuenta el preguntar y preguntar, sin parar de preguntar.</p>
<p>Y otros meses más tarde, sin que nadie te avise nada, te ves reflejado en dos ojos enormes, abiertos, perplejos, iluminados, que beben con la mirada tus palabras, tu explicación, tu paciencia y tu falta de paciencia, lo poco que te queda de ternura, tu capacidad de asombro, tu falta de sueño, tu <em>status</em> de hombre moderno. Todo eso con dos ojos redondos y grandes. Dos ojos en los que ya no cabe el asombro.</p>
<p>Y te das cuenta, con un dolor en el pecho, que detrás de esos dos ojos, en ese cuerpecito <a title="Enano Cabezón" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/14/enano-cabezon/" target="_blank"><em>enano</em> y muy probablemente <em>cabezón</em></a>, hay un montón de amor. Y ese montón de amor cree que lo sabés todo, que el bastión último de la sabiduría ancestral, la encarnación hecha hombre de la verdad y la justicia, el prototipo de Dios en la tierra, se llama <em>Papá</em>. Te das cuenta que nadie, nunca, te había mirado de esa forma. Ni tus padres, ni tus amigos, ni tu mujer. Nadie había tenido tanta fe en vos. Y te das cuenta también de que nadie, nunca, volverá a tenerla. Ni siquiera tus hijos, cuando descubran que ese dios barrigón y malhumorado es solamente un hombre.</p>
<p>Pero mientras tanto, con todo el bagaje a la espalda, sos Dios en la tierra. No hay manera, humana ni divina, de eludir esa responsabilidad. Sos el Dios depositario de la fe más inconmensurable que puede experimentar el hombre: <em>la fe de los enanos</em>. No existe fe más absoluta y total. Y cada una de tus palabras la impacta, la amplía o la reduce, la educa o la lastima.</p>
<p>Y lo que es indiscutible, es que la fe humana puede con todo. No hay arma más poderosa que la fe. No la fe de la que venden los escribanos, sino esa que brilla en los ojos de los niños, esa que los adultos moldeamos a cada momento, sin darnos cuenta, sin sentir la responsabilidad extrema de estar cimentando el potencial del hombre del futuro.</p>
<p>A mi fe se la llevaron los demonios desde un principio, dejándome ateo y desamparado, pero hoy ha vuelto. Hoy sé que la fe existe. Me la devolvió la mirada de mis hijos, y en esa mirada deposito mi fe nueva. Hay esperanza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Mis palabras, mi silencio y viceversa</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Feb 2011 10:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Cargo un silencio demoledor. Nadie, en ninguna parte, conoce sus claves, su peso redondo y consistente, sus aristas cambiantes, sus filos innovadores, su pluriempleo silencioso, callado, poblado sin embargo de sonidos inverosímiles. Soy mi silencio y mis palabras. De un lado callo lo que no puedo ni quiero ni sé decir, desde el otro predico &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/02/12/mis-palabras-mi-silencio-y-viceversa/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p><strong>I. El silencio</strong></p>
<p>El silencio perpetuo, obligado, encerrado, inerte, me habla de derrota, de batallas perdidas, de amores marchitos, de miedos presentes. Trae hasta mí, desapasionado, el perfil claro del edificio donde transcurrió parte de mi infancia. Un frente de minúsculas baldosas en tonos diferentes de azul y granates oscuros, mezclados con alguna ausencia esporádica disfrazada de hormigón. Y me cuenta, como casi cada día, el caos ilegible del aeropuerto el día que dejé mi casa, un ir y venir de personas desconocidas en traje de sombra. Revive en mi pecho una sensación de anestesia, una fuga hacia adelante de lágrimas que en silencio no saben caer.</p>
<p><span id="more-927"></span>Lo dejo seguir, lo escucho, atento, vigilante. Habla de cosas que no son, pero están. Habla del dolor que ya no duele. El dolor actual, el que todavía duele, vive del lado de las palabras. Los dolores viejos, cuando pierden vigencia, cuando ya no duelen, se suman de a poco a las filas del silencio, mirándome con ojos tristes, como los perros que te siguen durante una noche de lluvia, y con esa tristeza vitrificada suman derrota a mi silencio, aportan ternura, también, y un poco de esa tranquilidad inusual que tiene el final de un episodio vital, cuando ya no puede empeorar ni mejorar; cuando hay una parte de la vida que simplemente deja de ser, por mucho que sus restos sean voluminosos y aseguren la presencia eterna de esa falta.</p>
<p>Y lejos de ser nada más que tristeza, mi silencio atesora voces amigas, palabras dichas hace mucho tiempo, tanto que es casi al inicio; pero dichas con la verdad en los labios, con amor en los dientes. Y esas palabras, convocadas contra su voluntad al silencio perpetuo en el que transcurre la memoria, dibujan rostros, encarnan piel y pelo y uñas, manos y brazos que dan y reciben, hombros que, lejos de ser para llorar, son para apoyarse durante una borrachera feroz, para asegurar una mochila y salir a recorrer mundo, para apuntalar un equilibrio deficiente durante una noche de fiesta o para colgar el abrigo cuando todos los otros soportes se esfuman mágicamente.</p>
<p>Mi silencio guarda también, para tenerlo a mano cuando lo necesite, el olor espeso, tibio y dulce de la <em>cremosa de doña espumosa</em> que mi abuela cocinaba largamente sobre un fuego de gas metano, naranja, con llamitas que lamían para siempre los fogones ennegrecidos de su cocina polvorienta. Y en el mismo sitio, sus respuestas sabias, siempre a mano: <em>“Abuela, me duele la cabeza”. </em>Un silencio, un gesto comprensivo con las cejas y un dedo índice en alto: <em>“Señal de que la tienes, hijo mío. Si no la tuvieras, no te dolería.”</em></p>
<p>Mi silencio, con una chispa en la mirada, me permite observar, cada vez que quiero, como acompañaba, tablero de ajedrez y una sillita de <em>cámping</em> en mano, a mi hermano a hacer caca, y nuestras caras concentradas, ignorando a conciencia el tufo de los vapores fecales humanos, para intentar descifrar el movimiento esquivo de un peón enemigo. Tiene también cada uno de los abrazos de mis hijos, porque cada vez que me abrazan, aunque ya lo sé, un estremecimiento profundo me asalta por sorpresa, y su ternura me deshace por dentro, dejando sólo un calorcito invencible y una razón poderosa para hacer bueno el futuro.</p>
<p><strong>II. Las palabras</strong></p>
<p>Mis palabras, en cambio, son el presente rabioso, la guerra que no acaba, el hambre perpetuo que te obliga a seguir buscando, la furia incansable que no cede al silencio. Están todo el tiempo, gobernando mi corriente de pensamiento, llenándolo de juegos absurdos, de peces en movimiento, de siluetas armónicas y púas sibilantes. Mis palabras se encargan de poblar el momento, de pintar con cuidado las líneas de ida y vuelta, los contornos sinuosos de lo que va sucediendo. Saben relatar la risa de mis hijos y los recuerdos de mis padres.</p>
<p>Y sin proponérselo, constantemente me someten a la tiranía escrupulosa de intentar sostener con hechos lo que digo, de proponerme cumplir con lo que prometo, de trabajar para ser la persona que digo ser.</p>
<p>Mis palabras juegan juegos, también. Hablan de mis ganas de jugar, de la tenacidad con que trabajo para rescatar de mi memoria los hechos que me construyeron, mi pasado menos poético, menos ejemplar, menos heroico, menos memorable. Hay en mis palabras episodios rescatados del silencio. Hay sonidos con la misma voz, para hablar de pasión y para hablar de quedarse sentado en el sofá.</p>
<p>Pero mi boca, bastión principal desde el que las palabras dejan de pertenecerme, se llena de espuma fresca y chispas de chocolate cuando digo palabras que me gustan, como el nombre de mis hijos, como <em>tambor, labiodental, ortorrómbico o flambeado</em>, cuando pronuncio las claves que me delatan amando o disfrutando. Y se me llena de un regusto de pétalos lilas cada vez que pienso en Buenos Aires en primavera, dibujando con los labios un jacarandá en flor, y de un sabor de salitre cuando relato a mis hijos los veranos en mi Montevideo natal, de playas de arena interminable, peces al alcance de la mano y mis tíos tomando mate y cantando. Otro sabor, esta vez de sangre y miel, me desborda hasta los labios cada vez que hablo del silencio, cada vez que las palabras traen desde mi pecho a mis dientes el silencio que me habita.</p>
<p>Pero una vez más, y siempre, son las risas de mis hijos las que acuden al rescate, las que perforan mi silencio, dejando salir las palabras más bonitas que su coraza de latón encierra. Y entonces recupero mis palabras, las reparto, las regalo, las difundo, las arrojo por encima de los muros, las dejo en los bancos de las plazas, las suelto con disimulo en las góndolas del supermercado, las escondo entre las páginas de libros ajenos, para que puedan así asaltar a los lectores por sorpresa, las quemo sobre una torta para que mis hijos, al soplarlas, escuchen mi voz más auténtica celebrando sus cumpleaños, las lanzo por debajo de las puertas, sin saber quién está del otro lado, y aún así poniéndolas a sus pies.</p>
<p>Y cada vez lo sé con mayor certeza: soy mis palabras, y también mi silencio. Mi silencio conserva para mí el pasado, devolviéndomelo de a pedacitos cuando quiero relatarlo. Mis palabras avanzan sobre el futuro. Y yo, aunque parezca lo contrario, ni siquiera por un segundo me divido entre ambos.</p>
<p>Mis palabras no se oponen a mi silencio, y viceversa.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sun, 16 Jan 2011 11:07:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En ese pedacito mundo que se ve desde donde estoy hay varias montañas. A veces, cuando hace frío, blanquean sus cimas pintadas de blanco nuclear, refractando los rayos del sol hasta mi ventana. Otras veces esconden sus dientes de roca y tierra entre los vapores oportunos de las brumas matutinas, y me gusta porque sé que la montaña está ahí, y no puedo verla. Es como mis amigos de toda la vida. Sé que están ahí, en las calles de Buenos Aires, en otras ciudades más al norte o más al sur, perdidos muchos de ellos en su exilio privado, y no puedo verlos. Tienen la solidez de la montaña y el misterio de la bruma, la mirada transparente del sol de invierno y las mismas raíces profundas, estables bajo el peso de miles de toneladas de cimientos, sólidas, eternas. Otras veces, cuando la noche llega sigilosa a instalarse en el techo, se transforman en una sombra oscura, una silueta recortada contra un fondo azul marino, que solamente se deja adivinar como la frontera secreta a partir de la cual las estrellas abandonan su parpadeo insomne para retirarse a dormir, al menos por un rato.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un planeta que estornuda su resfrío monumental, apenado, mientras sufre en silencio la soberbia de los seres humanos, que creen tontamente que están destruyéndolo, cuando lo único que están destruyendo son sus posibilidades de sobrevivir en él. Se ve un planeta que sabe que, cuando los humanos terminen de matarse, diez, veinte millones de años después, habrá otra forma de vida, como pasó siempre desde el principio de los tiempos. No es otra cosa que la soberbia lo que va a matarlos. No es otra cosa que soberbia lo que les impide ver.</p>
<p><span id="more-898"></span>Desde donde estoy se ven millones de personas diminutas, sin rostro y sin pelo, que todos los días van a trabajar, vuelven, cenan, se pelean, se perdonan, se odian y se abrazan. Después fornican y dicen a los demás que fornican más de lo que fornican en realidad. Beben cerveza y dicen a los demás que podrían beber más cerveza de la que en realidad pueden beber. Se aburren de sí mismos y dicen a los demás que saben estar solos. Son como sombras recortadas sobre papeles sucios. Aman a las personas que hay en su vida más de lo que están dispuestos a admitir, y no les dicen nada acerca de ese amor, porque prefieren el silencio al vértigo de no saberse correspondidos en exactamente igual medida, o más.</p>
<p>Desde donde estoy se ven ciudades arrasadas por la furia del mar, árboles caídos; soplados hasta la muerte por un viento terminal. Se ven niños descalzos con el barro a la cintura, intentando salvar una cesta de fruta semipodrida, un muñeco de peluche y dos aviones de papel de los destrozos de la inundación. Se ve que la policía y los bomberos no saben qué hacer. Se ve el avión de los ricos tirando en paracaídas la comida que les sobra, mientras desde sus casas confortables se lamentan así: <em>“¡Pobrecitos los pobres!”</em>.</p>
<p>Desde donde estoy se ve el aire cargado de palabras transmitidas exculpando a los culpables. Casi pueden oírse sin esfuerzo, sus letras negras mintiendo las razones turbias de los males, las excusas plausibles de las catástrofes y las frases salpicadas de anestesia de los analistas expertos en pavadas.</p>
<p>Desde donde estoy puedo ver, también, y sin ningún esfuerzo, los demonios pacíficos de mi infancia. El aliento de pasto tierno de mi perra en la cara y el silencio de la hora de la siesta frente a un cuaderno de deberes escolares sin hacer. Un gesto con la lengua, un soplido y un renuncio, justo cuando el grafito de mi lápiz comenzaba a arañar en el papel rayado una suma de líneas temblorosas. Puedo ver, de grande, el regreso previsible de esos demonios alados, que sobrevuelan las camitas de mis hijos sin asustarme, prometiendo con sus ojos rojos más infancia, más dolor de adolescencia, más tiempo y tiempo de fantasías.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un horizonte difuso y borroso, en el límite de un mar que no tiene del otro lado a mi tierra, pero es como si la tuviese, es como si cada una de las olas pudiese deshacer en sus espumarajos un trocito de mi costa infinita, un recuerdo de ballenas y pingüinos, una promesa de mi Uruguay natal, una fiesta de sol y playa con mis hermanos, las pieles de niños oscurecidas por el sol, los sueños intactos, el tiempo aún como una medida infinita de lo que no va a llegar nunca.</p>
<p>Desde donde estoy se ve claramente el miedo. No es el mío. No es el tuyo. Es el miedo de todos y el de nadie. Es el miedo con el que estamos aprendiendo a vivir, al que nos vamos acostumbrando sin protestar. Es un cuerpo espeso y dos alas nervadas, enormes, un paraguas siniestro que tejemos sobre nuestras cabezas con paciencia y cautela, como la mortaja interminable de <em>Amaranta Buendía</em>, una labor primorosa y siniestra, una bolsa de gatos infame donde se mezclan las emisiones de <em>Gran Hermano</em> con media docena de guerras remotas, un brote epidémico de enfermedades mortales y las aberraciones modernas de una ciencia sin mas ética que la financiación renovable año a año.</p>
<p>Desde donde estoy se ven, perfectamente y sin interferencias, las huellas indelebles que me trajeron hasta aquí, mis marcas lloradas a fuego lento sobre aviones y trenes, la decisión lenta de abandonar mi casa, los abrazos de despedida y los pares de labios marcando un adiós temporal que se haría permanente. Se ve el rastro de ese camino, la nostalgia derrochada semana a semana de mi barrio, la falta aguda y diaria de tres medialunas de grasa, el reguero de gotitas de sangre de ternera sobre una parrilla de asado con amigos, la letra y música de <em>Patricio Rey</em>, contando en frases criptográficas el dolor de la partida, y una década después, en las mejillas de mis hijos, se ve el resumen lisito e impoluto de todo lo bueno que me pasó desde la última vez que viví en América.</p>
<p>Desde donde estoy, desde mi ventana, se ve perfectamente el parque de enfrente, una canchita de fútbol, la biblioteca y la plaza en la que vamos a andar en bicicleta. Se ve perfectamente todo lo que rodea mi casa. Se ve que hoy, ahora, ésta es mi casa. Me gusta mi ventana. Me gusta mirar por ella, aunque siempre, a mi espalda, aguarde una pared.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class="shr-publisher-898"></div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><div class='shareaholic-like-buttonset' style='float:none;height:60px;'><a class='shareaholic-fblike' data-shr_layout='box_count' data-shr_showfaces='false' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F01%2F16%2Fdesde-donde-estoy-se-ve%2F' data-shr_title='Desde+donde+estoy+se+ve'></a><a class='shareaholic-fbsend' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F01%2F16%2Fdesde-donde-estoy-se-ve%2F'></a><a class='shareaholic-googleplusone' data-shr_size='tall' data-shr_count='true' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F01%2F16%2Fdesde-donde-estoy-se-ve%2F' data-shr_title='Desde+donde+estoy+se+ve'></a><a class='shareaholic-tweetbutton' data-shr_count='vertical' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F01%2F16%2Fdesde-donde-estoy-se-ve%2F' data-shr_title='Desde+donde+estoy+se+ve'></a></div><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><!-- End Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><p>Artículos relacionados:<ol>
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		<title>En mi casa no te morís, carajo</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Jan 2011 19:01:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En mi casa siempre hubo muchos animales, pero hubo uno, con permiso de mis dos perras, reinas absolutas del zoofondo de casa, que fue especial para mí y para mis hermanos. Fue <em>Dailan Kifki</em>, con su dueña atolondrada que paseaba su malvón (y recuerdo con mucha ternura que el libro comience precisamente cuando ella sale a pasear su malvón. De niño me parecía lo más normal del mundo, porque no tenía ni idea de lo que era un malvón), y el bombero que siempre hablaba en rima, y el hermano Roberto, que siempre decía: <em>“Estamos fritos!”</em>, y la sopita de avena, y el club de remontadores de barriletes, y la tía Clodomira, y tanta magia en tan pocas páginas…</p>
<p><em>Dailan Kifki</em> aterciopeló las noches de mi primera infancia, con la voz suave de mi madre leyéndolo en voz alta, debajo de un cuadro que teníamos en el que podía verse un hipopótamo enorme, lleno de corazones, con un cartel que decía “<em>Te quiero tanto que duele</em>”. Teníamos el clásico ejemplar de tapas amarillas, destrozado de leerlo y releerlo, de intercambiarlo con <em>Chaucha y Palito</em>, con <em>El Reino del Revés</em>, y esos dibujos de niños siempre con cuatro pelos en la cabeza.</p>
<p><em><span id="more-891"></span>El twist del Mono Liso</em>, <em>El Brujito de Gulubú</em> y tantas otras constituyen la banda sonora de mi escuela primaria, los primeros recuerdos. Siempre estuviste ahí, con tu música, con tu alegría, con el corazón herido de tu <em>Pájara Pinta</em>, los temblores de miedo de la <em>Reina Batata</em> y un mundo repleto de riqueza que, hoy, treinta años después, sé que es parte de lo que soy, que me constituyó como persona, que me aportó algunos de los valores que trato de enseñar a mis hijos.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Justo cuando hace poco más de un año, leímos en voz alta, con mis hijos, <em>Dailan Kifki</em>, y pude palpar sus fantasías de papel, sus caritas de ilusión, la ternura sabia que drenaban sus páginas. Por primera vez pude imaginar parte de lo que debían sentir mis padres al leerlo para nosotros. Pude compartir con ellos, en silencio, con un secreto pactado también contigo, la maravilla de ilusionar a los niños, de relatarles fantasía, de enseñarles a querer casi sin querer, de costadito. Entendí, ya grande, de qué está hecha toda esa ternura.</p>
<p>Y sí, te tuviste que morir, carajo.</p>
<p>No te conocí personalmente. No pude decirte que tuve que ser padre para entender lo importante que fuiste para mí. Dejame darme ese lujo ahora, sin ser pretencioso. Porque sin saberlo, pero queriendo, con tus canciones me regalaste parte de lo que ahora doy a mis hijos. Justo este fin de año pasamos las vacaciones de navidad escuchando una y otra vez tus canciones. Mi hijo Daniel, de cuatro años, canta <em>El twist del Mono Liso</em> a todas horas, llenándome de orgullo y de ternura.</p>
<p>Y fue ahora, justo ahora, que entendí la subversión callada de tus letras, el llamado pacífico a la rebeldía, el poder infinito de tu ternura. Fue ahora que pude comprender que, si puedo llamarme buen padre, parte del mérito es tuyo.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Tu partida me encontró solo en Madrid, en una habitación de hotel, con treinta y siete años y en viaje de trabajo. Me arrancó lágrimas de verdad, un picor en la nariz (que por suerte no se me cayó dentro de la taza) y en los ojos, profundo, cavernoso. Me sentí muy solo, y con una tremenda necesidad de abrazar a mis hijos, de decirles lo afortunados que son por el simple hecho de que una vez, su papá, cuando era niño, escuchó tus canciones, leyó tus libros y te hizo parte de su vida. Sentí necesidad de apretujarlos, de bajarles la luna en camisón, de bañarlos en un charquito con jabón, de regalarles tu perro pequinés que se cae para arriba y no puede bajar después. Quise invocar el tesón de Manuelita para ir, un poquito caminando y otro poquitito a pié, hasta Barcelona, solamente para besarlos, para decirles que es en la corte del rey donde siempre se oculta la naranja paseandera que a todos nos roban cuando dejamos de ser niños. Quise ir en tranvía a Tucumán, para regocijarme una última vez en tu gato y chacarera, y a la vuelta pasar por la quebrada de Humahuaca, donde la Vaca continúa rumiando sola la lección, y volver aquí, manejando un <em>cuatrimotor</em>.</p>
<p>Y te moriste nomás, carajo.</p>
<p>Entonces recordé que soy un hombre, que los hombres no lloramos, y que sabemos que la muerte es parte de la vida. Intenté dejarte ir, y otra vez la distancia de mi tierra y la nostalgia de tu voz rompieron mis lágrimas.</p>
<p>Y entonces decidí que en mi casa no te morís, carajo.</p>
<p>Porque cada una de las millones de lágrimas de todos los que fuimos niños y supimos de tu grandeza, de tu ternura y de tu magia nos obligan a mantenerte viva para nuestros hijos. Ahora y siempre, María Elena.</p>
<p>En mi casa no te morís. No te doy permiso.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sat, 01 Jan 2011 10:44:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Sin lugar a dudas, un cambio de década como el que acabamos de vivir no es más que una fantasía colectiva, una ilusión convencional, una frontera vacía que, entre todos, fijamos mediante un acuerdo tácito y multitudinario en un punto temporal aleatorio, tan indistinguible de los otros por su intrascendencia real como cualquier otro, pero que por un azar caprichoso ha resultado elegido entre todos los demás momentos para ser especial. El año nuevo es como un ganador de la lotería, como un hombre común al que la suerte transforma en inolvidable por alguna razón sin sentido aparente. Una medianoche de todos los días que de pronto se transforma en única.</p>
<p>Y sin embargo, es imposible no dotarlo de significado. Aprovechamos para purgarnos levemente, para sacudirnos la crisis de la piel, para renovar los acuerdos diminutos sobre los que formalizamos nuestras familias y nuestros amores, para refrendar las amistades, a golpe de vista y tacto, para fijarnos nuevamente objetivos que incumplir, para identificar las pérdidas del último giro, e incorporarlas sin ceremonias al estado de cuentas vigente.</p>
<p><span id="more-866"></span>Por eso digo que no hay mejor manera de empezar que escribiendo. Para mí, el año que entra será un año de escribir, de ponerle puntos y rayas a otro montón de palabras, de continuar fabricando, letra a letra, con las yemas de mis dedos, palabras para regalar.</p>
<p><strong>Uno</strong></p>
<p>Mi familia, sin lugar a dudas.</p>
<p>Otro año repleto del amor de mi mujer y mis hijos no es un año que se va, sino una montaña de horas capitalizadas, una colección irrepetible de roces piel a piel, de besos de verdad, de ojitos con ilusión, de risas hechas de <em>pop-rocks</em><sup class='footnote'><a href='#fn-866-1' id='fnref-866-1'>1</a></sup> y cosquillas en la panza.</p>
<p><strong>Dos</strong></p>
<p>Privilegio.</p>
<p>La conciencia brutal de una crisis que se nos escurre entre los dedos, y a pesar de eso tener la suerte de trabajar, de que no nos falte nada, de disponer aún de tiempo para cosas diferentes que pensar en la supervivencia.</p>
<p><strong>Tres</strong></p>
<p>Publicar.</p>
<p>El año en el que publiqué <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/" target="_blank">mis primeros dos libros</a>. Los méritos son, cuando menos, sospechosos, al ser yo y nadie más que yo quien decide qué se publica y qué no. En una época el valor de los editores era precisamente ese, decidir qué era bueno y qué no lo era. Hoy tiene más que ver con ser capaz de decidir qué venderá y qué no, y financiar la operación de distribución y promoción. Y sin embargo, ustedes, los lectores, me acompañaron de cerca, compraron los libros más de lo que pensé que iban a hacerlo. Firmé más libros de los que había soñado al decidir publicarlos. Solamente puedo decir gracias.</p>
<p><strong>Cuatro</strong></p>
<p>La amistad.</p>
<p>Una vez más, a pesar de las distancias, del dinero, de las responsabilidades y de la puta mala suerte que nos llevó a vivir cada uno en un rincón diferente del orbe, <a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">mis amigos del alma y yo fuimos capaces de fabricar un encuentro</a>, de regalarnos cinco días de intimidad para compartir, de inventar un encuentro, un abrazo a tres bandas, un vaso de licor bajo un cielo tropical.</p>
<p><strong>Cinco</strong></p>
<p>Ustedes.</p>
<p><em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> no paró de crecer. Mes a mes, pude ver cómo yo escribía menos y tenía más visitas, cómo mis palabras calaban, llegaban a algunas personas, se compartían, se enviaban por mail, y me devolvían risas, lágrimas y palabras de aliento.</p>
<p><strong>Seis</strong></p>
<p>Matalobos.</p>
<p>Indiscutiblemente, la experiencia de la publicación de <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em> por entregas, y su <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">posterior publicación</a>, fueron artífices de una de las grandes cosas buenas del 2010. Pude sentir un proyecto crecer y culminar. Pude cerrarlo bien, como quise, entero y mío. Pude regalarlo un poco y venderlo otro poco. Impagable.</p>
<p><strong>Siete</strong></p>
<p><em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>.</p>
<p>Me sentí este año más cómodo que nunca escribiendo artículos. De algunos me llegó de vuelta mucho más de lo que esperaba. De otros esperaba más, y volvió menos, pero lo importante es que me sentí bien diciendo lo que creo que tengo que decir, aportando lo que creo que puedo aportar. Lo importante es que disfruté de escribir, que nunca llegó a ser una obligación, que me emocioné, me divertí, hice catarsis de muchas cosas, y descubrí muchas personas. No puedo dejar de mencionar el que, para mí, es el <em>pódium</em> de artículos del año:</p>
<ul>
<li><em><img class="size-medium wp-image-710 alignright" title="David de Miguel Angel 2" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/David-de-Miguel-Angel-2-284x300.jpg" alt="" width="284" height="300" /><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Sobre el confuso oficio de ser Hombre</a></em>: Fue un artículo que trabajé mucho, que pensé mucho y que disfruté mucho al escribir. Fue el artículo más compartido de la historia del blog.</li>
<li><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/07/04/charlas-de-hombre-a-hombre-iii-gracias-por-el-futbol/" target="_blank">Charlas de Hombre a Hombre III: Gracias por el fútbol</a></em>: Este artículo narra la que, para mí, fue una de las experiencias más intensas del año. La derrota de la selección Argentina en cuartos del final del Mundial de Sudáfrica, en compañía de mi hijo Pablo.</li>
<li><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/06/19/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre/" target="_blank">Porque lo digo yo, que soy tu padre</a></em>: Usualmente escribo una carta a cada uno de mis hijos por su cumpleaños. Este año, la que escribí al mayor me conmovió especialmente, y lo sigue haciendo cada vez que la releo.</li>
</ul>
<p><strong>Ocho</strong></p>
<p>Nostalgia.</p>
<p>A medida que pasan los años desde que me fui de Argentina (y van diez), me invaden dos certezas. La primera es que hace tiempo que sé que ya es demasiado tarde para volver. Esta es la tierra de mis hijos. La segunda es la nostalgia profunda de una tierra y una gente que me hizo la persona que soy, para lo bueno y para lo malo, y un deseo casi doloroso en el pecho de volver a pisar el suelo que me vio crecer.</p>
<p><strong>Nueve</strong></p>
<p>Docencia.</p>
<p>Por fin, este año pude hacer realidad mi sueño de ponerme de pie frente a una clase. Fue una experiencia única, gratificante y aleccionadora, que se repetirá en 2011, y espero que durante muchos años más. Es una de las cosas que elijo para mi vida.</p>
<p><strong>Diez</strong></p>
<p>Por supuesto, literatura.</p>
<p>Este año, como siempre, además de intentar producir, también he consumido literatura. De la buena y de la mala. Lo importante es absorber historias, disfrutar del lenguaje ajeno, aprender y descubrir. Me quedo quizás con tres autores este año. Como <em>Rookie</em>, <em>David Monteagudo</em> y su maravilloso <em>FIN</em>, como injusticia reparada, <em>José Saramago</em>, a quien después de negarme con necedad a leer durante muchos años, disfruté enormemente y pienso seguir haciéndolo. Y por último, como revelación anunciada, <em>Roberto Bolaño</em>. Es todo lo que prometía y más.</p>
<p><strong>Once</strong></p>
<p>Futuro.</p>
<p>A salvo de cualquier suspicacia y fuera de toda sombra de duda. Lo mejor, siempre, es lo que vendrá. Trescientos sesenta y cinco días para amar, para escribir, para leer, para trabajar y para inventar, poco a poco, una vida mejor.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Gracias por este año, y que el siguiente nos encuentre aún compartiendo.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 1 de enero de 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="size-full wp-image-563 alignright" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-866-1'>Peta-zetas, en España <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-866-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Sobre el escepticismo, la inocencia y la ilusión</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Dec 2010 09:44:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>Asomándome peligrosa y sigilosamente a la cuarentena, estoy cansado ya de escucharme proclamar a los cuatro vientos sospechosas virtudes apergaminadas de intelectual de izquierda, ex-bolchevique derrotado y fundamentalista del materialismo histórico, entre las que figuran – pero sin limitarse a – un ateísmo profundo, convencido e indiscutible, la negación paradigmática de cualquier artificio de sobrenaturalidad, magia, brujería, hechicería y en general cualquier disciplina no basada estrictamente en principios científicos contrastados, escepticismo férreo a prueba de balas, siempre a mano y listo para usarse, una ironía aguda como defensa contra cualquier posible cuestionamiento a mis principios, y unos cuantos más que hasta me da vergüenza enumerar, porque contienen palabras de los años setenta, como <em>imperialismo</em>, <em>capitalismo salvaje</em> y <em>clase obrera</em>.</p>
<p>Crecí y viví aferrado a estas convicciones de hormigón armado. Recuerdo, desde que tengo memoria, oír relatar la anécdota no verificada históricamente acerca de Marx. Cuentan que llevaba a sus hijos a oír misa, no por religioso sino porque era prácticamente la única oportunidad de que escuchasen música en directo. Entonces, un domingo cualquiera, uno de sus hijos, señalando a Jesús crucificado, preguntó a su padre: <em>“¿Quién es, Papá?”</em>. Marx, contrariado por tener que responder a una pregunta directa, y a la vez firme en sus convicciones de no mentir a sus hijos, se pasó lentamente la mano por la barba cana, y respondió: <em>“Es el hijo de un carpintero pobre, que lo mataron los ricos.”</em> Independientemente de la veracidad de la anécdota – sinceramente me preocupa poco -, ésta ilustra perfectamente cómo he vivido la relación con las religiones, y de qué forma siempre es posible encontrar una vía adecuada para racionalizar cualquier experiencia vital, sin importar su naturaleza.</p>
<p><span id="more-856"></span>Todavía hoy recuerdo vívidamente una conversación de recreo, durante 1982, año en el que cursaba el tercer grado de la escuela primaria, con mi amigo Martín López, hijo de una familia religiosa y practicante. Él argumentaba la existencia más que probada de su Dios temible y castigador, simplemente como excusa para no sumarse a alguna travesura que yo proponía. Le respondí: <em>“Nada que ver. Si Dios existiera, entonces no habría accidentes de autos, ni guerras, ni robos, ni nada.”</em> Recuerdo, además, claramente, la profunda convicción con que lo dije. Él no supo qué contestar. Esa vez gané la partida.</p>
<p>También recuerdo con amargura el ligero rescoldo de decepción que experimenté la primera vez que reconocí a mi madre debajo del gorro rojo, la barba blanca y la enorme barriga de almohadón de gomaespuma, ensayando unas carcajadas graves y sonoras que no lograban ocultar plenamente el timbre femenino de su voz. Y lo recuerdo vívidamente porque más que una revelación profunda, fue como la confirmación de una sospecha que aún no se había materializado, fue comprender que de alguna forma siempre lo había sabido, y fue decidirme de inmediato por el silencio, para no robarle la ilusión a mis hermanos más pequeños.</p>
<p>A los veinte años, pensaba que estaba todo el pescado vendido. Mi visión del mundo era absolutamente correcta, precisa y fundamentalmente verdadera. La misma certeza acerca de la no existencia de Dios se llevaba por delante cualquier posibilidad de magia en este mundo. La suerte estaba echada, iba a vivir así hasta el fin de mis días, convencido, y convencido de que ese convencimiento era una espada de Damocles, un beneficio impagable en cuanto a lucidez, y un castigo que, al mismo tiempo, me impedía disfrutar plenamente de algunas de las cosas más sencillas y bonitas de la vida.</p>
<p>Diez años después, fui padre.</p>
<h3>II. La inocencia</h3>
<p>Hace unos cuantos días, <a href="http://es.akinator.com/" target="_blank">descubrí un juego en internet que trata de adivinar personajes</a>. La mecánica es simple: la máquina va haciendo preguntas que el jugador responde con sí o no, y acaba adivinando prácticamente cualquier cosa. Obviamente, a mis hijos les encantó el juego, así que nos pasamos largos ratos en el sofá, <em>iPhone</em> en mano, probando, uno por uno, cientos de <em>Pokémons</em>, casi todos los <em>Gormiti</em>, personajes de Disney, y muchas variantes. En uno de los giros del juego, Pablo eligió como personaje a <em>Melchor</em>, dada la cercanía del gran evento. Comenzamos el juego, yo leyendo en voz alta las preguntas, y él respondiendo. Como se pueden elegir tanto personas como personajes de ficción, una de las preguntas típicas del robot es: <em>“¿Su personaje es real?”</em>. Cuando salió, casi presiono automáticamente el botón de <em>“No”</em>, pero un microsegundo de reflejos me hizo detenerme. Hice la pregunta mirando fijamente a los ojos a mi hijo, y pude identificar, muy en el fondo de su mirada de niño, un destello de luz propia, cuando respondía, haciendo un gesto contundente con ambas manos:</p>
<p><em>“¡Claro! ¡Qué pregunta!”</em></p>
<p>Y entonces, una vez más, la número ciento cincuenta mil desde que soy padre, algo volvió a romperse dentro mío: el edificio axiomático sobre el que fabriqué mi persona y mi personaje, rindiéndose nuevamente a la evidencia de la inocencia. En ese momento descubrí varias cosas. Descubrí que me gusta la inocencia de mis hijos, su candidez, la ternura con la que creen en la magia, su sorpresa sincera cuando encuentran las cáscaras de mandarina que dejan los reyes a su paso, la emoción intensa con la que se espera en esta casa la inminente llegada, por primera vez, del <em>Ratoncito Pérez</em>, sus confusiones nebulosas entre lo que ven en los dibujos animados y mi materialismo práctico cuando respondo a sus preguntas fantásticas. Descubrí que disfruto su inocencia muchísimo más de lo que fui capaz de disfrutar la mía propia, a la que decapité sin piedad apenas pude intuir algunos de los males de este mundo. Descubrí que, si existe una razón en esta vida por la que valga la pena alimentar fábulas, contar historias y repetir los cuentos fantásticos que se cuentan desde que el mundo es mundo, esa razón es única y es la mirada de mis hijos, es la pureza que soy capaz de respirar cuando ellos creen en la magia, es un temblor debajo de la piel, una picazón intensa en la nariz porque no quiero llorar, una manito de dedos transpirados y uñas sucias.</p>
<p>Descubrí que la inocencia es un momento de la vida mágico en sí mismo, y que tenemos el deber de preservarla, de alargarla todo lo posible y protegerla.</p>
<p>Descubrí que inocencia es sinónimo de maravilla.</p>
<h3>III. La ilusión</h3>
<p>Y la inocencia, como diría el maestro <em>Yoda</em>, conduce a la ilusión. Cuando puedo palpar la intensidad de la ilusión que mis hijos son capaces de vivir, me siento un discapacitado emocional. Es hablar de los reyes magos, del Ratón Pérez, de su próximo cumpleaños, de la inminente visita de sus abuelos, o simplemente de jugar en familia una partida de <em>Uno</em>, y entonces la piel de sus caritas se enciende, los ojos resplandecen y se les dibuja una sonrisa que es mucho más que auténtica: <em>es inevitable, poderosa y total</em>. Es una sonrisa como los adultos ya no somos capaces de sonreír, una sonrisa a pesar suyo, mas allá de las ganas de sonreír. Es una sonrisa que lo abarca todo, que invade, que explota en el pecho, que baja barreras, que tiende puentes. Y sobre todo, es una sonrisa sincera, que comparte y que habla de amor.</p>
<p>Y es entonces cuando no puedo evitar preguntarme el sentido de luchar toda una vida para volver a obtener lo que de niño tenías tan fácilmente: ilusión y amor. No se consiguen con introspección, ni con materialismo dialéctico. Ni siquiera con sicoanálisis, ni con dinero. Solamente se experimenta ilusión y amor cuando dos seres humanos se encuentran, mas allá de la razón, por debajo de la piel. Entonces se respiran, se disfrutan, se saben incondicionales, aunque sea por un momento, y la ilusión traspasa la piel, exuda, supura, se adueña de todo y es tan grande que te lleva por delante. No hace falta saberlo, se siente, te atropella y te estampa contra la pared del salón.</p>
<p>Y al final, lo que quería decir, es que al reconocer por enésima vez la ilusión que mis hijos desparraman por la casa, descubrí el placer de claudicar sin vergüenza, de poner la rodilla en tierra con naturalidad, de derribar una convicción absoluta con alegría y con un calorcito en el pecho: <em>Sí que existe magia en mi mundo. Y puedo tocarla con las manos y probar un pedacito, solamente cuando soy capaz de compartir la ilusión de mis hijos.</em></p>
<p><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>Por suerte ganan siempre los buenos</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Nov 2010 10:22:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Crecí mirando con respeto las figuras incuestionables de próceres severos e incorruptibles. Los ojos fijos, encerrados en un brillo mate de Domingo Faustino Sarmiento, Don José de San Martín, Mariano Moreno y tantos otros hijos ilustres de la patria custodiaron las largas horas de nuestra educación primaria, siempre presentes, siempre vigilantes y enmarcados en una guarda celeste y blanca, recordándonos que los hombres de bien no ríen ni lloran ni hablan en clase, que están dispuestos a morir por la patria y se casan solamente con mujeres abnegadas que entenderán siempre que sus maridos partan a caballo a erradicar la injusticia de este mundo, y resignadas, un día llorarán su muerte con orgullo y generosidad, contentas porque su muerte fue por una causa noble.</p>
<p>Son hombres especiales. Nunca en su vida dijeron nada banal ni fútil, y crecieron obsesionados, desde niños, por la injusticia y el oprobio. Héroes desde chiquitos, que cuando los hieren mortalmente no se cagan en la puta madre que lo parió al reverendo hijo de puta que me mató, y carajo, cómo duele; sino que dicen cosas como “<em>Muero contento: hemos batido al enemigo</em>”.</p>
<p>Y lo más importante de todo es que nunca pierden. No toman malas decisiones, ni se equivocan, ni se benefician personalmente de sus posiciones de poder, ni sucumben a las tentaciones de la carne, ni son egoístas, ni pecan de soberbios. Y si por alguna razón absurda sufren una derrota, es producto de la incomprensión de los demás, de las circunstancias adversas, de la incompetencia de sus subordinados o de la simple mala suerte.</p>
<p>Ese era el modelo de hombre al que teníamos que aspirar. No podíamos perder.</p>
<p><span id="more-764"></span>II.</p>
<p>Hace un par de días, apoltronado en el sofá como seguramente no solían hacer mis héroes, que no descansaban nunca, y cálidamente flanqueado por mis dos hijos, mirábamos dibujos animados. Daban un capítulo repetido una y mil veces de <em>Gormiti, el regreso de los Señores de la Naturaleza</em>. Afortunadamente, ahora los héroes de nuestros hijos, además de las virtudes inmemoriales clásicas, poseen una conveniente conciencia ecológica y un rechazo teórico hacia la violencia que, inevitablemente, terminan ejerciendo contra los malos, obligados por la imperiosa necesidad de salvar al mundo.</p>
<p>El mundo se revoluciona. La tecnología lo cambia todo y los niños de hoy son máquinas de alto rendimiento. Necesitan acción, velocidad, explosión y colores vivos. Necesitan un ritmo que nosotros, de niños, difícilmente hubiésemos sido capaces de seguir. Vértigo puro, digitalmente inventado con sonido envolvente. Pero por alguna extraña razón, los malos continúan empecinados en explicar su villanía, en detallar sus pérfidos planes, regodeándose antes de aniquilar a sus rivales, aparentemente vencidos, y solazándose en su risa demoníaca.</p>
<p>Invariablemente, los buenos salen airosos, apelan a lo mejor de sí mismos, renuncian a cualquier tipo de reconocimiento o beneficio personal y vuelven a ganar. No conocen la derrota. El bien siempre triunfa.</p>
<p>Los niños lo celebran, entusiasmados. Parece increíble que vuelvan a sorprenderse de la habilidad de sus héroes para resolver las situaciones difíciles.</p>
<p>Y yo, derramado en los almohadones por los confines distantes de mi barriga, pensé, por primera vez en mi vida, que quizás no sea buena idea que ganen siempre los buenos.</p>
<p>III.</p>
<p>Con la inestimable colaboración de padres, profesionales de la educación, autoridades y empresarios, estamos blindando la infancia. Los niños crecen cercados por barreras de seguridad. No hay acceso al mundo real, salvo para los niños que forman parte de él. O estás en la realidad o estás en la fantasía. Hay niños en este planeta que conocen de primera mano la explotación infantil, el hambre, la pobreza y la violencia. El resto cree que el mundo es un sitio casi perfecto. Sus padres no tienen ningún tipo de problema visible, la televisión es un proveedor infinito de situaciones fantásticas, la calle solamente existe en compañía de adultos protectores, los gérmenes están convenientemente mantenidos a raya por una profilaxis que roza la obsesión, y papá y mamá siguien un guión social terriblemente opresor, pero que les indica claramente como proceder en todos los casos. Además, no hacemos más que proporcionarles maneras de evitar el esfuerzo personal, desde pistolas que hacen pompas de jabón sin soplar hasta formularios preimpresos para las tareas escolares, no se vayan a cansar demasiado copiando doce sumas del pizarrón. Y, por supuesto, ganan siempre los buenos. No hay problema. No hay nada que temer.</p>
<p>IV.</p>
<p>Mientras tanto, en el otro rincón, los padres y madres inocentes de este mundo, contrariados, nos compadecemos mutuamente y nos quejamos del calvario que nos toca vivir. Los niños son impertinentes. Son exigentes. No saben jugar solos. Sus caprichos son prácticamente imposibles de gestionar adecuadamente. No saben compartir.</p>
<p>La misma boca pequeña que comparte la denuncia susurrada, de boca de padre a oído de padre, es la que calla y permite todo lo que sucede. Compramos la pistola de pompas de jabón con tal de no escuchar cien veces que Pepito y Marianita la tienen, y que es la moda en el cole, y cedemos a los <em>Gormiti</em> la postestad del silencio y la tranquilidad del hogar, al tiempo que toleramos que la escuela, en lugar de ser una puerta al conocimiento, la apertura y la superación personal, sea una losa de granito que los aplasta bajo un manto de prejuicios, de intereses políticos y de conceptos marchitos. Avalamos que la institución principal de su infancia los equipare en lo peor, sin fomentar sus características individuales positivas, pero potenciando su individualismo. Permitimos que los prepare para un mundo hipotético en el que todo sale bien, en el que no existen los castigos pero sí las recompensas.</p>
<p>V.</p>
<p>Un día, no muy lejano, nos daremos cuenta de que hemos soltado a la calle toda una generación de hombres y mujeres que no toleran la frustración, que no saben perder, que no están acostumbrados a recorrer un camino para obtener algo. Solamente conocen el ya más inmediato, la satisfacción instantánea, el triunfo constante.</p>
<p>Y los recibirá un mundo hostil. Un mundo en el que las reglas están escritas con otra tinta, y donde les arrancarán la cabeza sin piedad ante el menor error. Un mundo en el que nadie les regalará nada, en el que la protección total a la que estaban acostumbrados sucumbirá ante la violencia civil y económica, y en el que la educación que recibieron, más que brindarles garantías de oportunidades, limitará sus opciones y su imaginación para abrirse camino en la vida.</p>
<p>Pero nosotros no seremos responsables. Nosotros habremos hecho todo lo posible, desde el infinito amor que les profesamos, para prepararlos.</p>
<p>Les habremos dejado ganar a las cartas, les habremos hecho gran parte de sus deberes escolares, les habremos permitido televisión sin límites y les habremos protegido de la realidad hasta límite en el que es la misma realidad la que nos supera.</p>
<p>Pero lo más importante de todo, es que tanto nosotros como nuestros hijos, sin ningún tipo de dudas, estamos en el bando de los buenos. Somos los buenos. No podemos perder. Estaremos a salvo siempre que recordemos eso, siempre que no perdamos de vista que en este mundo, por suerte, ganan siempre los buenos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sat, 18 Sep 2010 09:50:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Al llegar al mediodía hemos tocado y compartido automatismos con cien, doscientos, quinientos objetos de naturalezas variadas, materiales sintéticos, orígenes dispersos. Objetos que trajeron desde China su absurdo coste industrial de cero coma cero cero quince euros, el dolor de los dedos de un operario al final de su jornada de catorce horas, su presencia oscura e instantánea en la vida de personas de carne y hueso. Es así. No es triste. No es bueno ni malo ni requiere ningún calificativo que lo valore. Es humano, con su dualidad característica, su pobreza de espíritu o la grandeza infinita de su imaginación, según se mire.</p>
<p><span id="more-702"></span>Pero, ¿qué pasaría si esos objetos fuesen capaces de contar su historia? ¿Qué pasaría si, al sentarnos a la mesa en un bar, la fórmica pegajosa y corrupta nos hablase en voz baja de la pareja que, minutos antes, en esta misma mesa, acaba de romper? ¿Qué sentiríamos si nos contase la dureza de las palabras de él, la humedad de las lágrimas de ella, los rincones oscuros de los sentimientos de culpa de ambos? ¿Podríamos continuar desayunando sin más?</p>
<p>A veces juego a imaginar, y me imagino un mundo donde las voces de los objetos hablan de nosotros. Me imagino la narración intermitente del suelo, espectador tartamudo de los pasos que anticipan la tragedia y de los que conducen a la dicha, también. Me imagino la felicidad de las barandas de los puentes, que relatan sin parar cientos y cientos de declaraciones de amor, de peticiones de matrimonio, de besos a escondidas de los padres, de niños sorprendidos, maravillados por el aliento siseante del río, y luego dan paso a lágrimas saladas, para confesar unos cuantos suicidios, algunas rupturas y un accidente automotor. Imagino también las cosquillas de los columpios, borrachos a causa de la risa constante de los niños, y la envidia malhumorada, callada y oscura, de los cercos de madera que suelen rodearlos, no se sabe bien por qué.</p>
<p>Si hago un esfuerzo, puedo escuchar el orgullo incondicional de las pizarras de la escuela de mis hijos, que los ven crecer trimestre a trimestre, despacito, atesorando las legañas de las mañanas, las vocecitas a coro que repiten una y otra vez las mismas letras de siempre, las risas desordenadas cuando alguien se equivoca, los llantos desconsolados que nunca faltan.</p>
<p>Imagino también la burla histriónica de los espejos de los ascensores, relatando cómo el chico de la sexta planta se explota los granitos, para luego esparcir la  grasienta sustancia resultante por su superficie, intentando que no se note, o cómo la señora del cuarto be se acomoda el tetamen desbordante que le presiona las carnes, para que el pico del cuello del suéter coincida con el canalillo sudoroso, o también la satisfacción sorda de las flatulencias solitarias en la cabina de muchos de los vecinos, y por supuesto las exploraciones nasales constantes, el estiramiento de ojos, narices y bocas que se miran de cerca, las decepciones continuas al descubrir nuevas arrugas, el desprecio inocuo de quienes ya se han visto tanto que no se interesan a sí mismos, la vanidad a flor de piel de algunos adolescentes y la vergüenza infinita de otros.</p>
<p>Es lógico creer que todo esto son puras fantasías, que los objetos – sobre todo los de escaso valor monetario – son materia bruta, moléculas muertas en reposo agrupadas según la voluntad caprichosa de los humanos, material inerte sin alma ni más razón de ser que su utilidad primaria, cumplir a rajatabla con aquello para lo que fueron concebidos. Yo también lo creía así, pero ayer me llegó el primer ejemplar de mi primer libro, que si bien es una autoedición sin más mérito que la voluntad de compilarla, era la primera vez que mis palabras tomaban forma de libro. Lo sostuve entre las manos y lo recorrí despacio. Me habló en susurros, me llevó por caminos extraños, me obligó a revivir las emociones que me hicieron escribir cada uno de los textos que contiene, me forzó a cuestionar su estatus indiscutible de objeto.</p>
<p>Entonces pensé en el León de felpa de mi hijo Pablo. Ese muñeco que tiene desde la misma semana en que nació, y que durante los últimos seis años, todas y cada una de las noches, vigiló su sueño de niño, atrapado en un abrazo a sus entrañas rellenas de bolitas. No me costó imaginarme un encontronazo futuro, dentro de veinte, veinticinco años, acomodando cajas de trastos. No me costó imáginarmelo relatándome la infancia de mi hijo, mi propia historia como padre, ni la traducción en el vacío que será, seguramente, que para ese entonces mis hijos ya no vivan en casa, ya no sean niños, ya no reclamen su León de felpa para sentirse seguros para dormir. Pensé en mi hijo Daniel, que cada noche pide un juguete para llevarse a la cama, que elige cada vez un custodio diferente para su noche privada, y me dí cuenta de que los niños hablan con los objetos sin ninguna dificultad, como algo natural. Pensé en la historia vital de cada uno de esos juguetes, muchos de los cuales terminarán rotos en una montaña anónima de basura, y otros guardados como tesoros en una caja amontonada en un desván con una bicicleta vieja, una cama desmontada, una pantalla de ordenador que todavía funciona y dos cajones de fotos y papeles llenos de polvo, cada uno con su propia historia y su propia voz, quebrada por el polvo y el silencio.</p>
<p>Y decidí, ahí mismo, con mi libro en las manos, que me gusta creer que los objetos, por insignificantes que sean, tienen una historia que contar, y una misión sagrada de mantener a salvo de los incrédulos su secreto fundamental, de parecer lo que no son, de obstinarse en su silencio mineral hasta que un día cualquiera, una chispa traviesa de ternura incontrolada les otorgue un permiso fugaz para violar su juramento, y liberar así sus emociones privadas, sólo para quien lo merezca, sólo por una vez, sólo para quien sepa escuchar.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Jun 2010 08:51:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-597"></span>Éramos tan niños que ni una sola vez, durante todos esos años, nos paramos a pensar que esa era la única casa “pobre” del barrio. Durante los dos meses al año que pasábamos allí, en un verano que será perenne en mi memoria, éramos tan felices que ni siquiera advertíamos que no había dinero, que no había parques de diversiones, que no había juguetes nuevos ni viejos, que mi abuela apañaba la comida sancochando arroces y fideos y verduras y trocitos de carne de una forma que a nosotros siempre nos parecía deliciosa, que no sobraba nunca nada. No se tiraba nada, ni mucho menos se despilfarraba. Bebíamos agua fresca y leche.</p>
<p>Y jugábamos. Todo el día. Setenta días seguidos. Dábamos de comer a las gallinas, provocábamos un estruendo de alas y gorjeos en el palomar repleto de torcazas de mi tío, alimentábamos a dos enormes tortugas marinas que habitaban un estanque junto al gallinero, cortábamos delicadamente tres, no, cuatro hojitas de laurel para sazonar el puchero, corríamos de arriba a abajo con <em>Canela, </em><em>Brancia</em> y <em>Nicola</em>, los perros de la casa, arrancábamos de los árboles las ciruelas y los limones, nos comíamos directamente del racimo las uvas recalentadas por el sol, bajo la mirada atenta y vigilante de un halcón plateado que mi tío tenía en el árbol más grande de la finca, y, sobre todo, los adultos nos hacían <em>verdadero</em> caso. Nos trataban como a niños, pero no como si fuésemos tontos o incapaces, sino simplemente como a niños. Nos escuchaban. Jugaban con nosotros. Hablaban con nosotros. Nos involucraban en una vida doméstica en la cual las cosas no eran simplemente un paso necesario para llegar al siguiente, sino un fin en sí mismo. La comida no era una costumbre, sino un ritual. Se preparaba laboriosamente y luego se disfrutaba en conjunto. Confiaban en nosotros, nos dejaban jugar, gritar, correr y pelearnos sin vigilancia continua. Luego, mi tío nos llevaba a la playa. En esas se nos iba el verano entero, y volvíamos a Buenos Aires aindiados, silvestres, morenos por todo el cuerpo menos en la zona del bañador, con las plantas de los pies curtidas por setenta días sin usar zapatos y un olor salino, de sol y de mar, impregado en la piel.</p>
<p>Inevitablemente, durante cada verano llovía alguna vez. Esos días nos poníamos bajo la parra del patio, tan espesa que nos protegía de la lluvia, y organizábamos un negocio de venta de limonada imaginaria con dinero imaginario, llenando de agua la enorme olla del sancocho de mi abuela, y fundamentalmente inundando el tracto digestivo de mi abuelo, que con paciencia infinita se bebía uno tras otro los vasos de latón rebosantes de agua que le llevábamos durante una hora interminable. Después, Ramiro nos llevaba a buscar <em><a href="http://www.glacoxan.com/plagas/Bichocanastobichodecesto.htm" target="_blank">bichos canasto</a></em>, que no eran otra cosa que orugas con su cestito de palillos entretejidos con un finísimo hilo de baba. Buscábamos los más grandes. Cada uno de los niños elegía su campeón, y los disponíamos en una fila sobre la mesa. Entonces comenzaba la trepidante carrera de bichos canasto, que consistía en esperar pacientemente a ver cuál de los cuatro asomaba primero, y avanzaba algo arrastrándose, reptando sobre la mesa con el canastito a cuestas.</p>
<p>Sé que suena tremendamente aburrido, pero nosotros lo vivíamos con auténtica emoción. Vibrábamos esperando que alguno de los gusanos asomase el cuerpecito rechoncho por el agujero del cestito. Gritábamos y sacudíamos las manos. Festejábamos cada milímetro de avance con auténtica pasión. Y entre pitos y flautas, o salía el sol o una tarde lluviosa más se iba para siempre.</p>
<p>Esta mañana, Barcelona amaneció con lluvia. Me despertaron poco después de las siete las vocecitas de mis hijos discutiendo algo que no llegué a descifrar. Semidormido, me preparé un café y me senté en la terraza a ver llover. En seguida, los dos se acercaron. Como tantas otras veces, me pidieron que les contase una historia, y el olor fresco de la lluvia y la temperatura agradable recuperaron de mi memoria las apasionantes carreras de bichos canasto. Les relaté minuciosamente cómo revisábamos los árboles en busca de los corredores, cómo desprendíamos el cestito de la rama, con mucho cuidado para no lastimar a nuestro campeón, como discutíamos y negociábamos cada vez las reglas de la contienda, y cómo esperábamos con el corazón desbocado que alguno de los bichos se moviese aunque sea una milésima de milímetro. Les conté cómo, después del certamen, los devolvíamos a su ambiente sin lastimarlos, y cómo comentábamos los pormenores de la competición hasta la hora de la cena.</p>
<p>Ellos, atentos como siempre, escucharon cada palabra con los dos ojazos abiertos de par en par, intercalando cada tanto alguna pregunta, sonriendo cuando aparecían nombres conocidos, preguntando por otros tíos, riendo de cuando en cuando. Pero al finalizar la historia parecían algo decepcionados, como si no fuesen del todo capaces de hacer suya la emoción de las cuadrigas de bichos canasto.</p>
<p>Entonces pensé que solamente han pasado treinta años, y sin embargo los niños de hoy no tienen nada que ver con los niños que fuimos. Es cierto que son terriblemente más despiertos, inteligentes y agudos, pero es también tristemente cierto que, hagamos lo que hagamos los padres, nuestros hijos han sido picados por el insecto de la ansiedad. Ayer por la tardé les dí <em>danoninos helados</em>, y Daniel no se quería comer el final. Me decía:</p>
<blockquote><p>-       <em>Está bajo en grasa</em>.</p></blockquote>
<p>Y mientras me enseñaba el fondo del bote, entendí que la publicidad dice “<em>bajo en grasa</em>”, y él lo había traducido como “<em>la grasa está abajo</em>”. Los hemos transformado en eso, en animalitos publicitarios, en miembros activos de la sociedad de consumo y su biorritmo insoportable. Pensé también que, hoy por hoy, cuando un día amanece lluvioso, los padres cambiamos miradas asustadas, sintiendo auténtico pánico ante la perspectiva de un domingo de lluvia entero en casa con los niños. Ellos necesitan combustible, necesitan quemar emoción, necesitan todo ya, rápido, dinámico, cambiante, atractivo, de colores, con láseres.</p>
<p>Quizás los padres de ahora deberíamos hacer un esfuerzo y rescatar de nuestro pecho los niños que chapoteaban en los charcos, los que jugaban con bloques de madera, los que tenían las rodillas y las uñas sucias, los que atrapaban ranas con las manos, los que hacían carreras de bichos canasto; y entonces poder enseñarles a los niños de ahora un poco de paz, que la vida puede tener un ritmo más lento sin que por eso sea aburrida, que no hace falta que las cosas brillen, lleven pilas y tengan luces para ser atractivas.</p>
<p>Quizás vaya siendo hora de comenzar una cruzada, una nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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										</div>Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/05/30/el-color-de-los-recuerdos/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El juicio de los Jueces y el inmenso orgullo de su Papá</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Apr 2010 09:40:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>Solamente seis o siete años después de eso, cuando unos centímetros más de altura, el pelo largo, las boinas al estilo del <em>Che</em> y la plenitud de la adolescencia ya estaba instalada en mi vida, las mismas aficiones, los mismos gustos, la consecuencia inmediata de mis “rarezas” infantiles, me ayudaron a ganarme un espacio en el colegio secundario. Participé en política, trabajábamos haciendo una revista, no me iba del todo mal con las chicas, y hasta gané unas elecciones a delegado del consejo consultivo. Uno nunca sabe qué parte oscura de la personalidad puede esconder sus mejores armas.</p>
<p><span id="more-554"></span>Y ahora hagamos un ejercicio de fantasía. Imaginemos a un niño que iba a la escuela en España a mediados de los años sesenta. Imaginemos que ese niño era callado, en un país oprimido por una dictadura brutal. Yo lo imagino solitario, lector, extremadamente inteligente, lúcido, reflexivo y sensible. Probablemente blanco de las burlas de sus compañeros. Probablemente los maestros del régimen no lo apreciasen demasiado. Probablemente los padres de este niño sufrían por esas características de su hijo, probablemente intentaban hacer que cambie. Probablemente estaban orgullosos de él. Este niño tiene un profundo sentido de lo que está bien y lo que está mal. Y, lo que es más importante aún, este niño tiene su propio criterio a la hora de decidir lo que está bien y lo que está mal. Lo que le dicen sus maestros le parece bien a veces, le parece mal otras. Lo mismo le sucede con sus padres. Me lo imagino en la escuela secundaria, flaco y con gafas, profundizando sus lecturas, y seguramente también con conflictos acerca de lo que está bien y lo que está mal con sus profesores, con el discurso plagado de doctrina de los educadores franquistas.</p>
<p>Ese niño podría haberse llamado Baltasar Garzón. Desconozco su historia, pero no me resulta difícil imaginarla de esa manera.</p>
<p>Cuando comencé este blog, hace ya casi diez meses, hice en secreto un voto silencioso y personal: <em>No hablaría de política</em>.</p>
<p>Y ese voto no se debía a falta de convicciones ni de ideas. Ni siquiera de ganas. Simplemente se debía a que, como he dicho más de una vez y más de dos, considero que para hablar de ciertos temas es mejor que lo hagan quienes verdaderamente trabajan sobre ese ejercicio, dominan sus claves y están al día de la última información disponible. Yo pretendía crear solamente un espacio en el que, manoteando algunos recursos literarios que no se me dan mal, narrar cosas pequeñas, fragmentos de mi vida, emociones sueltas o agrupadas, pedacitos de lo que sueño, de lo que siento y de lo que me gustaría. No obstante, cada dos por tres se me escapa un contenido un poco más ideológico, porque es imposible dejar al margen de uno mismo aquello en lo que creemos de verdad.</p>
<p>Entonces, cuando siento que necesito hablar de algo así, como no soy un analista ni me dedico a esto, intento darle un enfoque personal, narrarlo desde el ángulo enteramente mío y auténtico, el que solamente se ve desde mi rincón del mundo, porque esta es la única manera en la que siento que soy capaz de aportar algo sobre un tema del que puede que ya esté todo dicho.</p>
<p>Hecha esta aclaración, continúo narrando lo que quiero narrar. Es algo que, más que sentir, vengo intuyendo que siento desde hace algunas semanas. Como todos sabrán, en España estamos – como sociedad, porque basta que suceda una cosa así para que todos los ciudadanos, por activa o por pasiva, seamos responsables – a punto de sentar en el banco de los acusados al juez Baltasar Garzón. Para más inri, coincidiendo con el juicio contra altos cargos del Partido Popular por corrupción, en el que este juez tuvo un papel protagónico durante la investigación. Como si esto fuera poco, los demandantes son miembros de la Falange. No puede ser peor. No voy a hacer un análisis político ni moral. Mi mirada es la de un ciudadano avergonzado de no estar protestando en la calle cuando uno de nuestros mejores hombres, reconocido internacionalmente por su integridad, independencia política y honestidad, es señalado con el dedo para crear cortinas de humo que le salven el culo a los auténticos culpables.</p>
<p>Mi mirada es, también, la de un padre. Parece ridículo, Garzón tiene casi veinte años más que yo, y ha demostrado que no necesita un padre, y mucho menos a mí haciendo las veces de. Simplemente imagino a los padres de ese niño, asombrados a diario por sus extravagancias, pero secretamente orgullosos de su singularidad. Imagino como paulatinamente, a medida que el niño crece y se hace hombre, el orgullo de sus padres aumenta y se desborda. Imagino la sensación de profunda injusticia, de vergüenza ajena y de dolor que esos padres pueden estar experimentando hoy.</p>
<p>Me pongo en ese lugar porque Pablo, mi propio hijo – afortunadamente en un contexto social mucho más moderno y menos prejuicioso con los niños que el de entonces – tiene sus señas de identidad, sus extravagancias y singularidades, que a veces me hacen sufrir por él, y otras sentir un miedo intenso y abstracto por su futuro, a la vez que me llenan de orgullo y me hacen reconocerme en él. Temo que sufra algunas de las cosas que yo sufrí, y deseo que sus recursos más genuinos le sirvan, como me sirvieron a mí, para recuperar la mejor versión de sí mismo en algún momento de su vida.</p>
<p>Hace tres días a mi hijo Pablo le regalaron una libreta pequeña con un bolígrafo. El primer día estuvo encantado con la libreta, jugando con ella, dibujando alguna cosa en sus hojas, trayéndola y llevándola. Al atardecer del segundo día, cuando él había vuelto de la escuela y yo abandonaba mi asiento de trabajar, me atajó, emocionado, en cuanto me vio entrar al salón.</p>
<p>-          ¡Papá! – dijo – Mira, he decidido empezar a escribir mi diario.</p>
<p>En sus ojos marrones resplandecían una ilusión nueva, una fantasía infinita y una determinación positiva. Me tendía la libretita, temblando por la emoción y sonriendo. Tomé la libreta, y la abrí por la primera página, para leer, con letras mayúsculas de niño, escrita con pulso tembloroso, una frase épica y reveladora:</p>
<blockquote><p>OIMELOEPASADOPIPA</p></blockquote>
<p>Lo felicité, emocionado, devolviéndole su diario. Al día siguiente se levantó temprano, y cuando lo alcancé en el comedor, me volvió a tender la libreta con orgullo, para invitarme a leer la segunda entrada de su diario:</p>
<blockquote><p>OIEDORMIDOMEGORQENUNCA</p></blockquote>
<p>No puedo evitar un nudo en la garganta cuando me reconozco tanto en él, ni un calorcito de orgullo, de fascinación por su autenticidad. Jamás lo incito a escribir. No le corrijo sus faltas de ortografía ni su estilo, porque me parece que un niño de cinco años debería estar haciendo otras cosas, pero puedo verme de niño a través de los trazos temblorosos de su caligrafía infantil, y entonces temo por él, al mismo tiempo que albergo grandes esperanzas para su futuro.</p>
<p>Yo no soy el padre de Baltasar Garzón. Soy el de Pablo y Daniel Firpo Molina, pero si lo fuese, me sentaría voluntariamente junto a él en el banco de los acusados, diciéndole que, junto a él, soy responsable de lo bueno y de lo malo, de lo que tenga en su interior que lo haya llevado a estar allí, y me declararía ante el juez y el mundo culpable. Culpable de estar – como estoy – orgulloso de mi hijo hasta el infinito. Culpable de sostener hasta el final las cosas en las que creo. Culpable de coherencia, de integridad y de hombría de bien.</p>
<p>Yo no soy el padre de Baltasar Garzón, pero me encantaría poder decirle que entiendo su orgullo de padre, y que nadie que lleve su apellido tiene ningún motivo para bajar la cabeza.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sat, 20 Mar 2010 09:42:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-542"></span>Entonces pensé que cada una de esas colillas tenía una historia detrás. A lo largo de los últimos meses, una persona se detuvo a fumar allí por cada una de esas colillas. Una pareja que venía discutiendo en un coche se detuvo porque él estaba exasperado al volante. Ella se bajó, intentando no llorar, para no darle ese gusto, y fumó nerviosamente. Aplastó el cigarrillo por la mitad y volvió al coche, para seguir su camino, ofuscados ambos y en silencio. Una chica joven, que estudia en otra ciudad, regresa apresurada a casa porque su abuela está enferma. Se detiene, fuma, apura el cigarrillo hasta el filtro. Enciende otro, camina nerviosa, quizás llama a su madre, mientras el susurro del viento constante en su teléfono móvil impide la conversación, plagada de silencios y ruido de estática. Yo vuelvo de varios días en Madrid por trabajo, ansioso por reencontrarme con mi mujer y mis hijos, e intento no molestar a una familia entera que come bocadillos preparados a toda prisa, sentados sobre el murito de piedra. No soy capaz de imaginarlas todas, pero me impresiona la sensación de que detrás de cada uno de esos desechos se oculta una historia vital, una porción minúscula de la vida de una persona, un momento de relax, de dolor, de placer, de aburrimiento, de nostalgia, tal vez un par de lágrimas. Es probable que, evidentemente perjudicado por mi insana afición a la ciencia ficción, recrearme en la posibilidad casi esotérica de que cada uno de esos objetos relate su historia, solo para mí, sea una pérdida de tiempo. Pero me es imposible no pensarlo, y me es imposible no perseguir ese pensamiento hasta lugares más lejanos, hasta los comienzos de todo.</p>
<p>Entonces imagino ese mismo lugar, solamente ciento cincuenta años atrás, y me doy cuenta de que casi todo lo que veo tiene una historia que contar. Cada piedra, cada elemento del paisaje fue traído. Alguien lo puso allí. Ese alguien también tenía una historia vital, ese día estaba preocupado o feliz por algo. Ese elemento puesto allí por ese alguien, también proviene de alguna parte. La arena para mezclar el cemento que pisoteo proviene de una playa que ha visto personas amarse, jugar entre ellas y ahogarse sin remedio.</p>
<p>Encendí otro cigarrillo, porque pensaba conducir sin volver a detenerme durante las dos horas siguientes. Lo miré. Un cilindro casi perfecto, la línea del filtro delimitada claramente, las rayitas paralelas de su cuerpo blanco, trazadas en orden. De golpe, y sin aviso, me di cuenta de que sería incapaz de diferenciar una planta de tabaco de una de remolachas. Desconozco los datos históricos, pero seguramente alguien, alguna vez, después de intentar comerse la planta de tabaco y que resultase horrible, después de intentar hacerla té y que resultase espantosa, después de vaya uno a saber qué cantidad de cosas, se le ocurrió quemarla, y le gustó el aroma, y después se le ocurrió fumarla, y aunque tosió y le lloraron los ojos, le pareció que le sentaba bien despedir humo a voluntad por la nariz y la boca. No consigo imaginar el resto del proceso hasta la fabricación industrial de cigarrillos todos igualitos, pero casi cualquier cosa en la que pongamos nuestra atención es una auténtica maravilla con implicaciones enormes. Parece ser que nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos, y sus abuelos, tenían una curiosidad proverbial por el mundo que los rodeaba. Vivían en un mundo en el que <em>lo que podía ser</em> tenía potencialmente mucho más peso que <em>lo que realmente era</em>. Estaba todo por probar. Se habrán muerto envenenados por hacer mermelada tóxica de bayas exóticas. Habrán sufrido accesos de vómito y diarrea a raíz de unos frutos verdes y oblongos, pero también molieron granos de café y generaron una cultura eterna, y cocinaron la carne, y pelaron las papas, y crudas eran incomibles. Las cocieron y descubrieron el puré.</p>
<p>Alguien, alguna vez, en alguna parte, encontró un Kiwi, y a pesar de lo feo que es lo partió en dos y lo probó. Alguien rompió un huevo por primera vez y se comió lo que había dentro. Otra vez, en otro lugar, una persona hizo queso, otra probó el membrillo y alguien decidió mezclar tomate con palta para hacer guacamole. Una vez, no sé donde, otro decidió moler el trigo, conseguir harina, mezclarle cosas y hacer pan.</p>
<p>Por alguna razón, estudiamos los nombres de las personas que sometieron pueblos, las que ganaron guerras, las que conquistaron continentes a fuerza de sangre ajena. Estudiamos también en qué momento la prepotencia humana repartió el continente africano dibujando fronteras con regla, y cómo la humanidad inventó la cárcel y las reglas arbitrarias que hoy llamamos leyes. No se nos escapa el momento solemne en que un iluminado mezcló tiras de colores para hacer la bandera nacional. También sabemos perfectamente quién inventó el teléfono y la radio, y cómo la Santa Madre Iglesia, de la mano de sus ejércitos mercenarios impuso el culto al Dios verdadero tras un baño de sangre multitudinario. Registramos cuidadosamente todas las matanzas en nombre de Dios de la historia de la humanidad, y anotamos las fechas de la muerte donde no se vayan a perder.</p>
<p>Y es nuestra propia soberbia la que nos ha impedido, a lo largo de los años, registrar las auténticas maravillas de la sensibilidad humana. ¿Por qué son más importantes diez mil asesinos matando de manera coordinada que un soñador que probó por primera vez el azúcar? ¿Por qué es un héroe Cristóbal Colón, que posibilitó uno de los holocaustos más grandes de la historia, seguido de siglos de robo organizado, y no lo es quien descubrió que las naranjas se pueden exprimir?</p>
<p>¿Y por qué nos dirigimos hacia un mundo en el que es más importante <em>lo que ya está descubierto</em> que <em>lo que aún está por descubrir</em>? Cuando estaba por terminar mi segundo cigarrillo, mientras la madre de la familia de al lado le limpiaba la boca a uno de sus chiquillos, pensé que estamos suprimiendo de nuestras vidas esa curiosidad que nos hace tan humanos. Nadie se pregunta, al encender un televisor, cómo es posible que utilicemos el aire para transportar imagen y sonido. Nadie valora la acumulación de conocimiento que hay detrás de un interruptor de la luz al encenderla. No pensamos, al abrir un grifo, que los abuelos de nuestros abuelos iban a buscar el agua a un pozo con un balde. Estamos entrando en la época en la que, finalmente, <em>ya está todo inventado</em>. Ya nadie se sorprende de lo nuevo, hemos olvidado el esfuerzo de imaginación que supuso inventar la rueda, construir la primera escalera, idear el ascensor, inventar el cuchillo, pelar una zanahoria. Y junto con la memoria estamos perdiendo la pulsión curiosa fundamental. La mayoría de nosotros no prueba en su vida cosas que no se venden en los supermercados, ni intenta resolver un problema práctico desconocido, ni se pregunta si las plantitas de abajo tendrán sabor. La mayoría de nosotros, a lo largo de su vida, solamente experimentará lo que ya está probado y aceptado por el conjunto.</p>
<p>Sumé mi segunda colilla al mapa de desechos que había al borde del camino, hice un gesto con la cabeza a la familia que terminaba su vianda, a modo de saludo, y me subí a mi coche, pensando en que lo verdaderamente absurdo no es que alguien, alguna vez, haya partido una sandía para ver lo que había dentro. Lo verdaderamente absurdo, lo increíblemente mágico de este mundo es que <em>exista</em> la sandía.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Volver a la nada de los últimos veinte años</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2010 10:29:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.</p>
<p><span id="more-485"></span>Hace veinte años entraba en la década de los noventa, y aún creía que nunca iba a cumplir veinte años. Creía que el tango era cosa de viejos, y que nunca jamás me iría de la Argentina. Creía que el amor era como en las películas, y que las películas se parecían a la vida. Creía que la vida era ilimitada, que mis pulmones eran de amianto y mi estómago – plano y musculado, sin ningún esfuerzo – era indestructible. Hace veinte años creía que estaba llamado a ser un líder. Creía que mi inteligencia y mi pasión infinita tenían un destino insoslayable de tinta y papel, de tormenta eléctrica y una primavera perenne de ideas nobles.</p>
<p>Hace veinte años ya, y un poco más quizás, cuando la persona que soy recién empezaba a asomar del cascarón, descubrí de la mano de Pablo y Emilio, mis dos grandes amigos, el verdadero significado de la amistad masculina. No la gran amistad que narra la épica, ni la de las personas sabias que intercambian correspondencia para la posteridad y solaz de los historiadores. Ni siquiera la amistad de los adolescentes, la de darse empujones entre risas durante una noche de invierno en la entrada de un <em>boliche</em>. Descubrí la amistad de andar por casa, la que te hace sentirte cómodo. La amistad calzada con pantuflas y que no teme reconocer que fue ella la que se tiró el pedo. La amistad de las confesiones susurradas a la hora en la que no queda nadie más levantado, sino solamente un par de borrachos que son tan amigos que no tienen nada mejor que hacer que decirse cuánto se quieren, confesarse las vergüenzas más profundas y quejarse de sus padres y sus novias, mientras riegan el amanecer incipiente con sus propias lágrimas de sal.</p>
<p>Hace veinte años también – redondeando – que descubrí la piel. No el envoltorio de los homínidos, sino la superficie de intercambio con el mundo, la máxima expresión de la pequeña frontera que nos define, permitiéndonos compartirnos enteros con quien nos parezca. Descubrí la piel femenina, y que las hormonas alborotadas e impacientes, después de la urgencia de conocer y de saber de qué se trataba eso del sexo, podían y sabían, sin que nadie les enseñe, dejar paso a una emoción profunda, a un misterio oscuro de tacto y suavidad. Descubrí también, al descubrir eso, que no había descubierto nada, que no sabía nada y que tenía que aprender a invocar al silencio, para permitirme escuchar, en un susurro casi inaudible, los secretos que en penumbra cuenta la piel de una mujer cuando se la acaricia con verdadera ternura. Después descubrí también, con amargura, que el amor no estaba hecho de eso. O al menos no solamente: hacía falta entrega, corazón, humildad, complicidad y otro montón de cosas todavía más difíciles.</p>
<p>Hace veinte años descubrí que tenía un enorme talento para sufrir, y un pequeño montón de habilidades moderadas para dar sin esperar recibir, para la generosidad, el egoísmo, la comprensión, la lealtad, la vergüenza, el silencio, las palabras, la contemplación, la sinceridad y la mentira, y sobre todo, para admirar a personas comunes, que es mucho más difícil que admirar a los héroes y a los probos. Hace falta mucho esfuerzo para aprender a admirar el trabajo de nuestros padres, a nuestros amigos, a los viejos, a las mujeres que lo dan todo por sus hijos.</p>
<p>Y como parece ser que hace veinte años de todo, hace también veinte años que empecé a pensar que tenía que deshacerme de mi niño privado, de ese pichón de Aprendiz de Brujo que disfrutaba con la fantasía y la ciencia ficción, que adoraba a <em>Batman</em>, al <em>Zorro</em>, a <em>Flash Gordon</em> y a <em>Spiderman</em>, pero también a <em>Tom Sawyer</em>, a <em>Sandokán, Peter Pan</em> y <em>La Pequeña Lulú</em>. Hice mucho esfuerzo, hasta que lo maté sin ningún sentimiento de culpa y supe que podía dedicarme a hacerme <em>grande</em>. No sospechaba cuánto me iba a arrepentir, ni cuánto trabajo me costaría recuperarlo para mis hijos, de a pedacitos.</p>
<p>Hace la mitad de veinte años que dejé la Argentina, asustado, sintiéndome pequeño e ilusionado, en un avión que transportaba veinticinco toneladas de carne humana y tres valijas con todas mis posesiones terrenales, entre otras cosas. Tenía los sueños torcidos y la ambición a flor de labios. Tenía miedo, valentía y un puñado de cicatrices escondidas detrás de un racimo de amores muertos. Tenía quince discos de <em>Joan Manuel Serrat</em> y cuatro o cinco pequeñas venganzas pendientes. Tenía algunos trajes, y muchos papeles viejos llenos de letras sin sentido aparente. Tenía un tatuaje en el hombro derecho y dos cartones de cigarrillos argentinos.</p>
<p>No podía imaginar que, cuando hubiese pasado la primera mitad de la segunda mitad de esos veinte años, la cabecita rosada y deformada por el esfuerzo del parto de mi primer hijo haría soplar un viento fresco que se llevase las venganzas muertas, como hojas secas, ni que un llanto rojo y espeso me inundaría el pecho para reclamar el regreso al país de nunca jamás, la vuelta definitiva de todos los niños que fui, el perdón absolutorio para todos los pequeños rencores que alimentaba con paciencia. Tampoco sabía que era el primer paso de un camino de vuelta, del regreso a la primera mitad de la primera mitad de esos veinte años, el resurgir de mis palabras apertrechadas. No sabía que, al final de esos veinte años de nada, iba a tener tantos motivos para recuperar de las cenizas la mejor versión de mí mismo, que iba a mudar la piel, como las serpientes, y encontrar debajo una piel nueva, igual a la vieja, pero más sensible y mejor conservada, dispuesta a aprender nuevamente de cada contacto, de cada chispa, de cada golpe.</p>
<p>Y ahora que termina la segunda mitad de la segunda mitad de los últimos veinte años, entonces descubro que peso veinte kilos más, que sigo sin saber nada de todas las cosas de las que no sabía nada hace veinte años, pero en cambio aprendí a recordar que no sé nada antes de equivocarme. Y aunque <em>veinte años no es nada</em>, esa nada me deja entre las manos dos hijos perfectos, la mujer con la que quiero estar, un puñado de amigos de verdad, varios montones de personas a las que quiero cerca y un montón de palabras por decir.</p>
<p>Hace seis días que empezaron los próximos veinte años, y ahora que estoy viviendo la primera mitad de la primera mitad de esos próximos veinte años, no encuentro mejor manera de hacerlo que compartiendo con todos ustedes lo poco que aprendí en la nada de los últimos veinte años, y teniendo siempre presente que no hay mejor manera de vivir que <em>con el alma aferrada</em>, pero no solamente a los dulces recuerdos, no solamente a las lágrimas, sino a lo que viene, a lo que <em>hacemos</em> venir con nuestra energía, con nuestra pasión, con nuestras ideas y nuestras palabras.</p>
<p>Los reyes me trajeron una letra de tango con música de <em>Rock &amp; Roll</em>, ejecutada por una orquesta sinfónica, con coros guturales de conjunto de <em>Gospel</em> y estética <em>Pop</em>, y a pesar de que las partituras están amarillentas y ajadas, son vigentes y frescas, y más allá de la absurda mescolanza, la música resultante suena maravillosamente bien, es dulce y profunda, y hace que sea imposible no sentirse lleno de optimismo.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El año nuevo de la época del dos mil cero</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Jan 2010 10:40:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
		<category><![CDATA[buenos aires]]></category>
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<p>Así que me levanté de mal humor, y por primera vez en el año ejecuté automáticamente los rituales diarios de la mañana. El paso por el baño, sin detalles de interés para los lectores – quiero imaginar –, el café, encender la máquina con los ojos enrojecidos frente a la pantalla, un cigarro y entonces mi resurrección privada, íntima, la de cada día, la del primer sorbo de café con leche y la primera calada de vapor cancerígeno, la de la conciencia de mí mismo que aparece lentamente, se propaga por mis dedos y mi piel, me devuelve al mundo de los vivos.</p>
<p>Me puse frente a mis letras, sin lograr conectar la sinapsis en grupos de más de tres neuronas. La resaca del año nuevo, y la sensación absurda que me invade siempre en estas fechas. Desde que existe la cultura occidental no hacemos más que poner fronteras. Alambramos nuestra parcelita de tierra, amurallamos nuestras ciudades, inventamos los países, las provincias, los continentes. A todo le ponemos nombres y límites, es una afición peligrosa. Primero descubrimos algo, algo que ya estaba ahí, pero la soberbia de la especie humana se empeña en que lo que es nuevo a sus ojos debe serlo también para el mundo entero, para el universo y para la verdad. Una vez descubierto ese algo, lo encerramos en un límite real, imaginario o inevitable. Puede ser un alambre de púas, un océano o una cadena de montañas, pero cuando el límite natural no existe y el real es impracticable (no se puede alambrar un país), entonces inventamos un límite imaginario con lápiz y papel. Después escribimos las reglas para pasar ese límite, y esas reglas siempre establecen un valor de comparación. Si es más fácil cruzar ese límite en un sentido que en otro, entonces automáticamente lo que está de un lado se califica por encima de lo que está del otro, y a ninguno de nosotros se le ocurre discutir esa calificación.</p>
<p><span id="more-479"></span>Con el tiempo hemos hecho lo mismo, hemos numerado los momentos, codificado los instantes para mapear y direccionar correctamente nuestra vida, para organizar los recuerdos, para cuantificar el alcance de nuestra vida, para identificar con una coordenada universal el momento en el que sucedió cualquier cosa, el punto en el que comenzamos a envejecer, el último suspiro de los pulmones, el milagro de los nacimientos. Lo primero que hacemos cuando alguien nace y cuando alguien muere es anotar la hora, en vez de entregarnos al disfrute o al dolor.</p>
<p>Ayer a las doce de la noche cambió el año. Me pasa lo mismo que al cumplir años, es como obedecer una orden superior: a partir de uno&#8230; dos&#8230; tres&#8230; ¡ahora! Hay que sentirse distinto, hemos cruzado una frontera, algo se rompió, tiene que cambiar el paisaje. Es quizás el más arbitrario de los límites imaginarios que nos rodean. A partir de las doce de la noche miles de millones de personas obedecen sin preguntas, todos, sin sombra de dudas, se sienten testigos de un hito, de un momento marcado, de la magia de los contadores puestos a cero. Y lo celebramos, levantamos las copas, nos besamos, nos abrazamos, perpetuando sin dudarlo la obsesión y la estupidez humana.</p>
<p>Así que cuando me levanté estaba de mal humor, como decía. Seguro de haber obedecido otra vez, consciente de formar parte de un álgebra oscura que es a la vez regla y ley, indiscutible, incuestionable. Preparados, listos, ya, año nuevo.</p>
<p>Después de pasar noventa y tres minutos frente a la pantalla sin conseguir una sola letra coherente, transporté mi mal humor a la mesa familiar, al escenario del desayuno. Gloria y yo nos miramos con resaca, los niños alborotaban su mañana como cada día, y compartiendo unos donuts espantosos y grasientos, nos sentamos alrededor de la mesa. Y cómo no, Pablo, con su niñez fresca, con su magia infantil, con sus ojitos de chispas, acudió a mi rescate con una frase que inmediatamente no supe interpretar.</p>
<blockquote><p>-          ¿Sabes en qué época nació Jesús? En la época del dos mil cero.</p></blockquote>
<p>Simplemente me hizo reír. Miré por la ventana y las copas de los árboles en movimiento y un cielo despejado y claro inundado de la luz mágica de invierno disiparon mi mal humor. Terminé de desayunar y volví a mi puesto de escriba aficionado, convencido de que no sería un buen día.</p>
<p>Y entonces la ternura de las palabras de mi hijo me invadió de pronto. Pensé que su cabecita infantil aún no consigue manejar las magnitudes de las fronteras imaginarias del mundo de sus padres. Dos mil diez años de historia judeocristiana son para él lo mismo que saber que tiene exactamente cinco años, seis meses y ocho días: nada. A veces, cuando mi hermana Florencia llama por teléfono desde Buenos Aires, y Pablo y Daniel hablan con su primo Matías, él me insiste:</p>
<blockquote><p>-          ¿Por qué no vamos a Buenos Aires esta tarde?</p></blockquote>
<p>Y a pesar de que sé que recuerda perfectamente los últimos viajes que hicimos a Buenos Aires, por alguna razón lo que está impreso en su memoria son los buenos momentos, y no las veinte horas de ida y las veinte horas de vuelta, ni el precio de los pasajes de avión.</p>
<p>Descubrí, tarde y por segunda vez en mi vida – descubriendo también en el mismo momento que había olvidado la primera – que los seres humanos somos capaces de disfrutar la parte pura y dulce de las numeraciones y los rituales y las fronteras. No son solamente cosas que dividen. Mi hijo, lo que vivió anoche, no fue un cambio de año, sino una ocasión especial, en la que nos juntamos alrededor de una mesa, celebramos, brindamos, nos abrazamos, nos besamos, estuvimos juntos y nos dijimos cosas bonitas. La ocasión le da lo mismo. Le importa un rábano la diferencia entre los dos mil diez años que contamos desde un momento arbitrario. Le da igual saber que a partir de este minuto es otro año. No le importa, cuando vamos a Buenos Aires, que haya que pagar y pasar muchas horas encerrado en un avión y cruzar fronteras y sellar pasaportes. Siempre se queda con lo sustancial, con el encuentro, con las vivencias, con lo que la ocasión propicia y no con el nombre de la ocasión.</p>
<p>¿Por qué perdemos ese talento natural con los años? ¿Por qué él se queda con lo mejor sin ningún esfuerzo, y yo tengo que darme cuenta de eso a través suyo?</p>
<p>Es verdad que estamos encerrados en nuestras propias leyes. Es verdad que las fiestas de fin de año son ocasiones inventadas y vacías. Es verdad que en cada momento, en cada instante se cumple un año, dos, diez mil de otro que hubo en el pasado. Es verdad que uno no envejece a tirones una vez al año, el día de su cumpleaños, sino segundo a segundo y sin celebrarlo.</p>
<p>Pero también es verdad que es delicioso tener tantas excusas, tantos hitos imaginarios que nos hagan recuperar la sensibilidad, producir un momento especial y único, reunirnos, mirarnos a los ojos y decirnos que somos importantes los unos para los otros. Las fronteras, reales o imaginarias, dividen, compartimentan y nos encorsetan, pero también nos brindan la ocasión de cruzarlas juntos, de la mano, de invitar a quienes queremos a que las traspasen, y de saber siempre que, estemos de uno u otro lado de ese límite imaginario, si mantenemos nuestra piel lo suficientemente permeable, siempre habrá alguien que, con un soplo de ternura, una sonrisa o un poco de magia, nos haga darnos cuenta de que lo verdaderamente importante no son los límites, sino lo que contienen.</p>
<p>El año nuevo es especial, es el momento en el que cruzamos la frontera, pero lo que de verdad importa es como vivimos cada uno de sus días, y en este año que entra espero contar nuevamente con los tres pares de ojos que me marcan ese camino. Nunca puede ser malo un año que comienza así, con la inocencia y el amor de un niño marcando el camino. Y el camino no es el espacio vacío entre dos límites, no es lo que sobra contando desde la alambrada, sino la naturalidad necesaria para romperlos, para encontrar un sendero propio, para vivir con el corazón a flor de labios.</p>
<p>2010, bienvenido seas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Y en el 2010 también</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Dec 2009 10:50:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Lo que no podía prever <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Santos_Discepolo" target="_blank">Discépolo</a> ni nadie, es que el <em>despliegue de maldad insolente</em> característico del siglo XX se traduciría a sí mismo, refinándose, volviéndose sutil, altamente engañoso y cada vez más escurridizo. No se podía prever que la maldad franca y llana del crimen organizado de principios del siglo pasado evolucionase de esta forma en cinismo e hipocresía, ni que los jefes absolutos de las organizaciones criminales se sintiesen más cómodos en despachos de cargos oficiales que en suburbios impracticables para las personas honradas.</p>
<p>No se podía vislumbrar que las guerras perderían todo su espantoso significado soberanista, conquistador y su pasión por la expansión territorial a manos de un complicado entramado de negocios divididos entre el continuismo de la industria armamentista y los enormes beneficios que proporciona la reconstrucción de los países invadidos y la explotación de sus recursos naturales a manos de las fuerzas de ocupación.</p>
<p>Nadie podía imaginar que el presidente de una de las mayores potencias mundiales, General Máximo de varias guerras en activo, sería premiado con el Nobel de la Paz solamente a causa de un montón de palabras, sin respaldo alguno en los hechos.</p>
<p><span id="more-469"></span>No creo que la primera década del siglo XXI haya sido una sorpresa para nadie. Al menos en lo  que se refiere al rumbo errático y peligroso de la vida pública, el empeoramiento progresivo de las condiciones de vida, el agravamiento de la pobreza y la salud de las personas, que vemos como poco a poco aumenta la esperanza de vida, solamente a efectos de contraer enfermedades que además de mortales y raras, en lugar de tener nombres románticos y literarios como la Tisis o la Tuberculosis, son terriblemente mortales y dolorosas, y se etiquetan con nombres técnicos como HIV o H1N1. Todo es así ahora, codificado, reglamentado y preparado. Todos sabemos cómo comportarnos en función de las nuevas reglas escritas.</p>
<p>Pero a pesar de todo esto y mucho más, que no soy capaz de escribir ni analizar (y como siempre digo, ya hay personas más preparadas e informadas que yo para hablar de estos temas), tanto a nivel personal como público, estos primeros diez años del milenio también traen vientos de cambio y algunas alegrías mezcladas.</p>
<p>Hemos visto cómo poco a poco, sobre todo en América Latina, una izquierda que parecía completamente derrotada desde la caída del muro de Berlín, comenzó a reinventarse, a generar una propuesta socialdemócrata y a ganar espacio en muchos países del cono sur. Personalmente siento diferentes grados de acuerdo con cada uno de los líderes de estos movimientos. Algunos de ellos me dan bastante repelús, pero lo que quiero resaltar, lo que me parece importante, es que hay personas en este mundo que creen que la ultraliberalización no es el único camino posible. El binomio inamovible capitalismo-comunismo se fisura, y aparecen otras posibilidades. Eso me gusta.</p>
<p>También hemos asistido, después de tanto criticar a Estados Unidos y a su gente, como alcanzaban colectivamente la madurez suficiente como para tener por primera vez un presidente negro.</p>
<p>En muchos países Europeos, y en algunos Americanos, se empieza a legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Lamentablemente en muchas ocasiones aparece como una cuestión de <em>“tolerancia”</em> en lugar de <em>“reconocimiento de un derecho”</em>, pero al menos es un avance importante.</p>
<p>Y aunque hay mucho negocio y mucha basura alrededor, el mundo entero parece estar pensando seriamente qué hacer con nuestro planeta. Los cínicos de siempre se enriquecen con esto, pero es un tema del que se habla. Muy lentamente, la responsabilidad individual crece al respecto.</p>
<p>En lo personal, hace diez años mi vida parecía sentenciada. Había dejado de escribir y centraba todos mis esfuerzos en crecer profesionalmente. No era feliz, pero había elegido. Me mudé a Barcelona (hace ya diez años!) y con una segunda oportunidad en la manga, aposté todo al rojo y adelante.</p>
<p>Fue muy difícil. Me sentí muy solo muchas veces. Me sentí de ninguna parte. Me sentí fuera de mi país y un eterno inmigrante en España, donde los Argentinos y Uruguayos ni siquiera somos inmigrantes del todo. Los inmigrantes del resto de Latinoamérica y de África no nos ven en las mismas condiciones que ellos, pero tampoco somos de aquí. Estamos inmersos en un auténtico paréntesis gigante.</p>
<p>Trabajé para empresas pequeñas y para enormes multinacionales. Trabajé miles de horas. Conocí a Gloria, que hoy es mi mujer. Hace cinco años, en la mitad de este periplo, Pablo vino al mundo y me conmocionó entero, me hizo temblar, reír y llorar. Me dio una vida nueva que no era capaz de adivinar que existía. Dos años y medio después Daniel trajo otro montón de ternura y dos ojazos enormes llenos de preguntas.</p>
<p>Todo se precipitó, llegué al punto más alto. Fui Director de Tecnología de una compañía de investigación y desarrollo, con un sueldo increíble y unas condiciones de trabajo que jamás me hubiese atrevido a soñar ocho años antes, cuando partí de ezeiza con tres valijas y una mochila por todo saldo de veintiséis años de vida.</p>
<p>Entonces, esta década de locos reventó, y el mundo entero conoció una crisis sin precedentes. Los beneficios de la hiperinformación y las tecnologías de comunicación jugaron en contra. La crisis se propagó a velocidad alarmante, como nunca antes, y mi trabajo soñado voló junto con los sueños de muchos millones de personas en todo el mundo. Era un punto de quiebre. El último año de la década empezaba y me encontraba desempleado, con dos hijos por los que me sentía capaz de cualquier cosa y unas perspectivas a corto plazo mucho más que negras.</p>
<p>La búsqueda de trabajo era desesperante. Todo estaba parado. Todo a la espera de ver cómo evoluciona la crisis. Yo buscaba algo acorde a lo que venía haciendo. Grandes empresas, sueldos altos, condiciones ventajosas.</p>
<p>Por alguna clase de misterio que no busco comprender, cuando los días se me escapaban uno tras otro caminando en círculos mientras comprobaba cada diez minutos que el teléfono no estuviese roto, porque no sonaba, cuando mi mutismo y mi neurosis alcanzaban un punto máximo, cuando me parecía que iba a volverme loco, se me ocurrió volver a escribir, después de exactamente diez años de haber escrito la última letra.</p>
<p>Empecé a escribir la novela que siempre había querido escribir, que había empezado varias veces sin éxito, y por increíble que parezca, todo empezó a fluir con naturalidad. De pronto me encontré mucho mejor. Me descubrí soñando nuevamente. Me reconocí valorando el apoyo de mi mujer. Miré jugar a mis hijos y me di cuenta de que eran mucho más de lo que había soñado cuando soñaba con ser padre algún día.</p>
<p>Y apareció una oportunidad de trabajo. Un proyecto ambicioso pero modesto. Trabajar desde casa. Nada de mega organizaciones ni coches de empresa ni oficinas de lujo. Mi cuartito de escribir y mucho que hacer.</p>
<p>Luego llegó la idea de <em><a href="#">Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</a></em>, y nuevamente los resultados fueron muchísimo más gratificantes de lo que me atrevía a soñar al iniciarlo.</p>
<p>Ahora, a punto de iniciar la publicación de <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em> (el primer fruto de este gran año), mientras continúo trabajando en <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/category/avances-de-algebra-maldita/" target="_blank">Álgebra Maldita</a></em>, disfrutando de mis hijos, de mi mujer y soltando palabras sin ton ni son en cuanto documento Word se me pone delante, me doy cuenta de cuánto he aprendido.</p>
<p>Esta década loca y enferma me deja como saldo una nueva definición del éxito. Ya no creo que se trate de dinero, sino de hacer las cosas que me hacen feliz. Éxito es que el trabajo que tengo me dé para vivir, permitiéndome tiempo para jugar con mis hijos. Es también disponer de ideas y tiempo para escribir. Es, sin lugar a dudas, que mi mujer crea en lo que hago y me apoye tanto como lo está haciendo. Éxito es ser feliz con la vida que uno tiene.</p>
<p>Éxito es cerrar el año con un número creciente de personas que siguen lo que hago, contento e inquieto. No puedo pedir más.</p>
<p>Diez años de locura y <em>stress</em> resultan hoy, en retrospectiva, un precio bajo para lo que estoy obteniendo a cambio.</p>
<p>Y por eso este <em>post</em> atípico, queridos lectores. Porque sin todas estas palabras previas, el significado de lo que voy a decir no sería el mismo.</p>
<p>Muchas gracias. Por leer, por comentar, por acompañarme, por acordar y desacordar. Muchas gracias por estar ahí, por hacerme sentir que lo que tengo que decir interesa a algunas personas, por devolverme la confianza en mi forma de escribir. Muchas gracias por acompañarme con <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em>, que me produce una ilusión única. Muchas gracias por estos meses juntos, escribiendo, leyendo y compartiendo opiniones. Este <em>post</em> es diferente a lo que suelo hacer, pero no quería dejar escapar el año sin agradecerles, y sin desearles a cada uno de ustedes ese éxito íntimo que tiene que ver con sentirse orgulloso y feliz con lo que uno hace y dice. El valor de las palabras es precisamente ese, reflejar verdades del corazón.</p>
<p>Nada más por este año, salvo pedirles que me acompañen con el mismo calor, con la misma franqueza y con la misma lealtad, que tanto me conmueven, en el 2010 también!</p>
<p style="text-align:right;"><em>Feliz año nuevo para todos!</em></p>
<p style="text-align:right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align:right;"><em>Barcelona, 26 de diciembre de 2009.</em></p>
<p><img class="size-full wp-image-123 alignright" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sun, 20 Dec 2009 10:27:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En mi caso particular, el bajo precio del ADSL, la crisis económica mundial producto de las hipotecas <em>subprime</em> y una tendencia difícilmente controlable hacia permanecer sentado el mayor tiempo posible, han traído a mi vida esta nueva maravilla del mundo moderno. Los beneficios son evidentes: Ahorro de tiempo, porque no paso dos horas diarias en el coche para ir y volver del trabajo, como antes. Ahorro de dinero, porque no como más en restaurantes a diario, y un consiguiente aumento del tiempo restante para dedicar a mi familia y a mis aficiones más oscuras, como la de atormentar a los internautas publicando artículos insufribles como éste.</p>
<p>Las desventajas, en cambio, tardan más en aparecer, son más difíciles de identificar claramente y, como la adicción a las drogas psicoactivas, son asimiladas lentamente como rasgos característicos de la personalidad, como si en vez de ser un mal hábito adquirido fuesen un mal congénito inevitable, una desgracia instalada en la tierra por un poder supremo o un mal premio obtenido en una tómbola benéfica.</p>
<p><span id="more-456"></span>Lo primero que se ve afectado es la higiene personal, sobre todo en los hombres, que tenemos una tendencia a adoptar rápidamente inercias negativas y perjudiciales para nuestro buen nombre y fortuna. Así las cosas, cuando en mayo de 2009 acepté trabajar desde casa, comencé a ver como mi impecable aspecto personal se degradaba rápidamente. Lo primero que hice fue dejar de ponerme zapatos. Como no veía a clientes ni personas respetables de ninguna clase, me parecían un accesorio innecesario para una vida cómoda, y el placer ancestral de caminar descalzo rápidamente dominó mis días. Luego, claro está y en consonancia con la falta de necesidad, dejé de afeitarme, porque para qué, total. Mis ciclos de afeitado se modificaron, de rasurarme al ras con una frecuencia de entre dos y tres veces por semana, a un podado mal hecho cada treinta y ocho días si es que me da la gana y el tiempo acompaña.</p>
<p>Lo siguiente fue – y en este aspecto no siento remordimiento alguno – desterrar definitivamente de mi vida a la pérfida y odiosa profesión de los peluqueros. Llevo diez meses sin pisar una peluquería, y entonces es cuando uno empieza a entender la diferencia entre dejarse el pelo largo y simplemente no cortárselo. Los primeros tienen una idea clara sobre su cabeza, mientras que los segundos tenemos un desorden incontrolado de pelo que hace su vida sin que nadie lo moleste, creciendo caprichosamente para donde le da la gana.</p>
<p>Pero la progresiva erosión de las buenas costumbres no se detiene ahí, porque mientras que cuando iba diariamente a una oficina era incapaz de salir de mi casa sin ducharme, y solamente me concedía un descanso uno de los dos días del fin de semana, totalizando así seis duchas semanales como mínimo, desde que trabajo en casa este fue uno de los hábitos más duramente perjudicados, reduciéndose hasta en un cincuenta por ciento. No salgo, no sudo, no me muevo, no me ensucio, ergo no me ducho, y entonces mi mujer me persigue a los gritos por toda la casa, enviándome a bañarme como a los adolescentes, pero peor, porque yo le hago menos caso.</p>
<p>Así las cosas, en poco más de ocho meses experimenté una metamorfosis que, en lugar de convertir a la oruga en mariposa funcionó al revés, y el destacable hombre de negocios, siempre de traje y corbata, siempre impecable, con el pelo y las uñas cortos y cuidados, ha cedido paso a un aborigen salvaje, una especie de <em>hippie</em> de la tecnología, sepultado e irreconocible bajo una mata de pelo descuidado y con unos hábitos de higiene y convivencia que dejan mucho que desear. Por suerte me sigo lavando los dientes.</p>
<p>Y desde que teletrabajo, claro está, paso mucho más tiempo en casa – a decir verdad, salgo lo imprescindible, creo que estoy a punto de sufrir atrofia muscular en el 85% del cuerpo, excluyendo las funciones motoras de los dedos (teclear en el ordenador) y del habla – y, por lo tanto, mis hijos se han acostumbrado a que estoy siempre presente, siempre encerrado en la habitación que uso de despacho. Si a eso le sumamos que los sábados y los domingos utilizo toda la mañana para escribir, la situación de uno de ellos abriendo mi puerta y recibiendo la frase: <em>“Papá está trabajando, ve a jugar al salón”</em> se produce un número impar de veces al día con cada uno.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/4541-450x-r2_1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-461" title="4541-450x-r2_1" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/12/4541-450x-r2_1.jpg?w=300" alt="" width="300" height="200" /></a>Y antes de continuar, me voy a permitir una breve disgregación que viene al caso. Si bien está claro y es indiscutible que la industria cinematográfica y televisiva en España nunca tuvo nada parecido al sentido del ridículo, y desde tiempos inmemoriales encadenan una herejía tras otra en la traducción de los títulos de las películas, a veces los argentinos también nos hemos cubierto de gloria en este campo. Así, mientras la inmortal <em>After Hour</em> en Argentina se llamó <em>Después de hora</em> – traducción, a mi entender, bastante decorosa – en España la titularon <em>“¡Jo, qué noche!”</em> y se quedaron tan anchos. Presumiblemente fueron los mismos psicópatas que bautizaron <em>Gustavo</em> a la <em>Rana René</em>, luego de designar como <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Muppets" target="_blank">Teleñecos</a></em> a los <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Muppets" target="_blank">Muppets</a></em> y quedar impunes de tal atrocidad. La lista es interminable, pero cada vez que sale el tema, mi mujer me hace callar la boca recordándome que en la primera traducción de <em>La Guerra de las Galaxias</em> que se hizo en Argentina, el mítico y simpático robot <em>R2D2</em> se llamó <em>Arturito</em>, y su dorado amigo, en lugar de <em>C3PO</em> fue bautizado como <em>Citripio</em>, debido a una horrorosa y atroz disfunción fonética de quienes tradujeron el filme. Desde que le conté esto, cada vez que me quejo de una traducción, Gloria me dice <em>“Cállate, Arturito”</em>, y el decoro, la ética y la vergüenza ajena me impiden seguir discutiendo.</p>
<p>Ahora que la familia en pleno está embarcada en el <em>revival</em> de <em>La Guerra de las Galaxias</em>, mis hijos hablan sobre ella y juegan a menudo a representar sus personajes. Tenemos un <em>R2D2</em> de aproximadamente veinticinco centímetros de alto, y otro exactamente igual que no supera los ocho.</p>
<p>Hace unos pocos días Daniel, que apenas tiene los tres añitos, jugaba solo, como hacen los niños cuando están en su mundo y creen que nadie los ve ni escucha. Tenía los dos <em>Arturitos</em> en sus manitas pequeñas, e imaginaba conversaciones y situaciones entre ellos. Yo observaba, enternecido, desde el quicio de la puerta, y escuchaba sus idas y venidas. No tardó en personificarlos como <em>“el papá”</em> y <em>“el hijito”</em>. Entonces, justo en ese momento en el que empezaba a sentirme orgulloso y emocionado a causa de que incluyese a su padre en las fantasías de juego, sus dos <em>R2D2</em> mantuvieron la siguiente conversación:</p>
<blockquote><p>-          Hola Papá.</p>
<p>-          Hola Hijo.</p>
<p>-          ¿Vamos a jugar?</p>
<p>-          No, vete, ahora estoy trabajando.</p></blockquote>
<p>Mi posición de convidado de piedra me había jugado una mala pasada, y no atiné más que a volverme a mi habitación / despacho invadido por mi ancestral sentimiento de culpa judeocristiana – a la que, dicho sea de paso, le importa un pito que yo me declare ateo – a sentarme frente al ordenador, sin poder evitar preguntarme, una y otra vez:</p>
<blockquote><p>-          <em>¿Y no será que el padre de Arturito trabaja demasiado?</em></p></blockquote>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><a href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2009%2F12%2F20%2Fel-teletrabajo-del-padre-de-arturito-y-los-titulos-de-las-peliculas%2F&amp;linkname=El%20teletrabajo%20del%20Padre%20de%20Arturito%20y%20los%20t%C3%ADtulos%20de%20las%20pel%C3%ADculas"><img src="http://static.addtoany.com/buttons/share_save_256_24.png" alt="Share" /></a></p>
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		<title>Dai Verde o la conveniencia de la iniciación temprana en la vida friki</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Nov 2009 16:29:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Considero que una de las virtudes de la edad adulta es la disminución de la vergüenza. A mí, por lo menos, hace años ya que no me da vergüenza reconocer públicamente mi afición por este tipo de sagas (espero que nadie tenga el mal gusto de nombrar <em>Star Trek, </em>que no le llega a <em>Star Wars</em> ni a la suela de los zapatos), o que leo con la misma concentración a García Márquez o a Paul Auster que los libros de <em>Harry Potter</em> o <em>La Trilogía de Terramar</em>. Simplemente considero que, a mi edad, es un derecho adquirido. Trabajo, pago mis impuestos, soy un ciudadano modelo y, por lo tanto, tengo derecho legítimo a invertir mi tiempo libre como mejor me parezca, y además, a adoctrinar a mis hijos en la senda de la profunda sabiduría de <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Yoda" target="_blank">Yoda</a></em>.</p>
<p><span id="more-365"></span>Después de más de cinco años víctima del insomnio, la pérdida de apetito y los ataques crónicos de mal humor que me producía escuchar <em>“todavía son muy chiquitos”</em>, al fin hace dos semanas mi querida esposa autorizó el visionado de <em>Star Wars</em> en casa. Ni lerdo ni perezoso, me llevé a mis dos jóvenes <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Padawan#Padawan" target="_blank">padawan</a></em> al sofá y les dije: <em>“¿Quién quiere ver con papá una película de naves espaciales?”</em>. El entusiasmo ante la idea fue total. Mi mujer opinaba que se aburrirían, y yo, en secreto, sospechaba lo mismo. Comenzamos, como corresponde, por el <em>Episodio IV: Una nueva esperanza</em>.</p>
<p>Mis hijos abrieron los ojos como platos. Una vez más, asistí fascinado al prodigio de la herencia genética, y pude disfrutar de la iniciación de mis hijos en el culto a la saga. No solamente se fumaron la película entera sin moverse un milímetro de su asiento, sino que en seguida comenzaron las preguntas y los juegos. Durante toda la semana, Pablo anduvo fascinado por ahí contándole a quien quisiera oírlo que era <em>Luc Escaiuoquer</em>, y Daniel agitaba cualquier cosa que tuviese en la mano proclamando <em>“¡Soy Dai Verde!”</em>.</p>
<p>El primer momento memorable ocurrió el sábado siguiente, cuando, cumpliendo lo prometido, puse mi edición coleccionista, mejorada y remasterizada digitalmente del <em>Episodio V: El Imperio contraataca</em>. Nuevamente los dos se sentaron, uno a cada lado de mi cultivada barriga, y se dispusieron a otras dos horas de aventuras. Recordará el lector (y pido disculpas a los seguidores de la saga porque, por deferencia hacia los lectores que no lo son, explicaré alguna que otra obviedad) el momento culminante en el que <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Luke_Skywalker" target="_blank">Luke</a></em> se enfrenta al malo malísimo <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Darth_Vader" target="_blank">Darth Vader</a></em> en la ciudad gobernada por <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Lando_Calrissian" target="_blank">Lando Calrissian</a></em>. Después de una lucha encarnizada en la que no falta de nada (sables láser, objetos arrojados al enemigo mediante el poder de la fuerza, todo roto por todos lados), <em>Luke</em>, desarmado, discute con <em>Vader</em>. Pablo, nervioso, se aferraba a mi brazo con ambas manos, estrujándomelo, en el momento en el que <em>Vader</em>, vencedor, le dice a <em>Luke</em>:</p>
<blockquote><p>-          <em>Luke</em>, yo soy tu padre.</p></blockquote>
<p>Su rostro pequeño y lampiño se desencajó por completo. Sus ojitos marrones se abrieron más que nunca, y en seguida buscó mi mirada y la de su madre, implorándonos silenciosamente que por favor le dijésemos que no era verdad. No podía ser cierto. Un héroe no puede tener un padre tan malo. No había lugar en su universo infantil para admitir una brutalidad semejante, un despropósito de tal calibre. Finalizada la película, no dejaba de hacer preguntas. Por suerte, su hermano continuaba proclamando que era <em>Dai Verde</em> y luchando con su propia sombra.</p>
<p>Al día siguiente, domingo, preocupado por el efecto devastador que <em>El Imperio contraataca</em> había tenido en el imaginario de mi hijo mayor, decidí que la mejor solución era ver el <em>Episodio VI: El regreso de Jedi</em>. Pensé que verla juntos y discutirla luego lo ayudaría a asumir que, pase lo que pase, un padre siempre querrá a su hijo.</p>
<p>Una vez más, ambos pichones de <em>friki</em> se sentaron con su padre a ver la peli. Esta vez, la reacción de Pablo fue aún más asombrosa. Adoró que <em>Vader</em> volviese a ser bueno una vez más, pero se le hizo insoportable la idea de que muriese en brazos de su hijo. Una vez terminada la película, me dijo y repitió hasta el cansancio:</p>
<p>-          Papá, la última película me encantó, pero la próxima vez que la veamos la quitamos en la parte que se muere <em>Vader</em>. Esa parte no me gusta.</p>
<p>Le prometí que así sería, pero no fue suficiente. Durante toda la semana, los juegos en los que se hace la inevitable distribución de personajes, presentaron un problema para Pablo. Sin lugar a dudas, a él le tocaba ser <em>Luke Skywalker</em>, y por supuesto, a Gloria la <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Princesa_Leia" target="_blank">Princesa </a><em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Princesa_Leia" target="_blank">Leia</a></em>. Daniel, que en un principio había preferido ser <em>Dai Verde</em>, terminó eligiendo ser <em>Han Solo</em> para poder ser el novio de <em>Leia</em>. Quedaba mi personaje. <em>“Yo soy Darth Vader”</em>, me ofrecí. <em>“No”</em>, me corrigió Pablo. <em>“Para ser Darth Vader te tienes que morir”</em>. En otros juegos en los que me tocaba morir nunca hubo problema, pero en este caso el vínculo filial le impedía elegir esa opción. Sencillamente se negaba a matar a su padre por partida doble: la realidad sumada a la ficción era más de lo que podía soportar.</p>
<p>Así que un servidor se tuvo que conformar con ser <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Chewbacca" target="_blank">Chewbacca</a></em> y pasarse toda la semana gruñendo hasta quedarse ronco. Fue una semana especial, en la que tuvimos frecuentes conversaciones acerca del bien y del mal, mezclándolas con la fantasía de la saga, la fabricación de los robots y la posibilidad de que <em>Darth Vader</em> no hubiese sido, en verdad, malo nunca. Su conclusión terminó siendo que <em>“El malo de verdad, el más malo es el Emperador. Darth Vader es menos malo. Es muy malo pero un poquito menos malo que el Emperador</em>”.</p>
<p>Pensé que el asunto estaba zanjado, pero una vez más me equivoqué. Aprovechando que McDonald’s entrega en la cajita feliz juguetes de <em>Star Wars</em>, ayer sábado fuimos a comer los cuatro allí. Tuvimos una comida apacible, y al terminar nos quedamos jugando en la mesa con unos muñequitos de <em>Yoda</em> que salieron en el <em>Happy Meal</em>. La caja de cartón en la que vienen las hamburguesas de los niños tenía una enorme foto de <em>Darth Vader</em>. Pablo, después de una semana de reflexión continua, sosteniendo la caja y mirando la foto de <em>Vader</em> con profunda tristeza, me preguntó:</p>
<blockquote><p>-          Papá, ¿qué es lo que hace que las personas se vuelvan malas?</p></blockquote>
<p>No solamente no supe darle una razón válida, sino que me quedé pensando quién de los dos aprendió más de la película. A pesar de que yo la vi por primera vez con ocho años, creo que ni entonces ni en ninguna de las incontables veces en las que volví a verla, tuve una percepción tan precisa del conflicto. Mi hijo no solamente será mejor <em>friki</em> que yo, sino que seguramente, también será mejor persona. ¡Que la fuerza lo acompañe!</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El descanso de los Héroes</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Nov 2009 17:02:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[filosofía]]></category>
		<category><![CDATA[heroísmo]]></category>
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<p>Desde mi infancia más remota recuerdo la emoción y la admiración que sentía por los héroes. <em>Superman</em> o <em>Spiderman</em> encarnaban los valores fundamentales que la cultura occidental le atribuye a los héroes: un sentido de la justicia infalible, aunque no siempre comulgue con la ley, el don absoluto de la oportunidad más ubicua, es decir, estar siempre allí donde se les necesita, la generosidad de otorgar perdón aún después de haber sido brutalmente agredido y la falta total de deseos de reconocimiento, gloria o cualquier tipo de ambición personal.</p>
<p>Este esquema me funcionó perfectamente hasta los siete u ocho años. Después, empecé a percibir una cierta ironía en el asunto. <em>Superman</em> era invulnerable. Podía volar, las balas le rebotaban y solamente le hacía daño la <em>Kriptonita</em>, una piedra verde brillante muy difícil de conseguir. No era cuestión de entrar a un almacén y pedir media docena de huevos, ciento cincuenta de salchichón primavera y medio kilo de <em>Kriptonita verde</em>. La misma condición de invulnerabilidad era casi obligante. Un tipo así no tiene más remedio que ser héroe o villano, y aún siéndolo comenzó a parecerme que el mérito era escaso: no había nada en juego. Tres cuartos de lo mismo para el arácnido mutante: los poderes sobrenaturales le daban una ventaja comparativa que paulatinamente fue obligando a Hollywood a crear villanos más y más poderosos y sobrenaturales, con lo cual la esencia misma del villano le restaba espectacularidad a los poderes de los superhéroes.</p>
<p><span id="more-320"></span>Por entonces comencé a fijarme en otro tipo de héroes, cuyo máximo exponente fue y sigue siendo <em>El Zorro</em> (<em>Batman</em> también pertenece a esta clase, al menos en sus orígenes). Ese sí era un héroe de verdad. Un hombre excepcional, sin más ayuda que su entrenamiento físico, su picardía y astucia y un criado mudo que se hacía pasar por sordo. Pero no cualquier <em>Zorro</em>. <em>El Zorro</em> de <em>Alain Delon</em> era, a pesar suyo, medio puto y poco creíble, además de tremendamente aburrido. El de <em>Tyrone Power</em> fue un <em>Zorro</em> pueril, casi inocente, con poco drama. Ni hablar de la herejía que hizo años más tarde <em>Antonio Banderas</em>, en la que ni siquiera era <em>Don Diego de la Vega</em>, sino un vagabundo borracho y ladrón que se transforma en <em>El Zorro</em> después de veinte minutos de hacer flexiones y tres o cuatro clases de esgrima en una cueva mal iluminada con velas. Para principios de los noventa Hollywood ya había perdido completamente la ética de los héroes. El verdadero <em>Zorro</em>, el que me hizo vibrar de emoción de niño, fue el de <em>Guy Williams</em>. Conflictos reales, problemas de personas reales, y las características infaltables de todo héroe, que, para más inri, se juega la vida interviniendo en donde no lo llaman por puro amor a la justicia.</p>
<p>Pasaron los años. De adolescente, si bien continué admirando en secreto ese <em>Zorro</em> perfecto, y soñándolo como modelo personal, no quedaba muy de “grande” profesar ese culto. No se podía andar por ahí con una camiseta o un pin del zorro, hubiese sido el blanco de las burlas generalizadas de todos mis congéneres. Sin embargo, la semilla del heroísmo estaba sembrada en mí como, supongo, en tantos otros chicos de mi edad. Entonces iniciamos la verdadera búsqueda de los héroes, porque al final la épica es también un reflejo de lo que nos pasa. En la vida real hubo muchos héroes, algunos anónimos, otros famosos, incluso a su pesar.</p>
<p>Últimamente he pensado mucho en el <em>Che Guevara</em>. Fue un héroe y quizás uno de los principales modelos para mi generación. Al igual que <em>Superman, Spiderman, El Zorro</em> y <em>Nippur de Lagash</em>, no tuvo un momento descanso ni sosiego mientras sintió que había viva una injusticia contra la que pelear. Sólo que él y tantos otros se jugaban la vida debajo de una piel de verdad, y no de una capa negra bajo los focos de un plató. Lo cito solamente a él porque, sin negar una incontable cantidad de héroes del siglo XX, lo considero ejemplo más que suficiente y me aterra, solamente unas pocas décadas después, ver que le han hecho lo mismo que al <em>Zorro</em>. La codicia de Hollywood y la industria textil han prostituido y comercializado su imagen sin tregua, hasta transformarla en una caricatura de sí mismo parecida al <em>Zorro </em>de <em>Banderas</em>. Somos una generación derrotada, nos han vendido nuestros propios héroes envueltos en plástico de colores junto a un cono de <em>Pop-Corn</em>, y los hemos comprado. Nosotros lo hemos permitido.</p>
<p>Ahora tengo hijos, y sufro viendo los modelos que les proporcionamos los mismos adultos que hace veinte años creíamos en los héroes de verdad. El sistema está tan establecido que el <em>FMI</em> se puede permitir poner al <em><a href="http://www.abc.com.py/abc/nota/30722-Canción-al-Che-Guevara-concluyó-una-rueda-de-prensa-del-FMI/" target="_blank">Che Guevara</a></em> como ejemplo para los mortales aplastados en que nos hemos convertido. Por eso cuando intento darles a mis hijos héroes que imitar, no puedo evitar rescatar la épica de cuando yo era niño.</p>
<p>Desde que el mundo es mundo, desde que los hombres peleamos en guerras, defendemos ideas y atacamos a los que creemos que están equivocados, – sin entrar a valorar quién tenía razón en cada caso, ni si la guerra era o no el mejor camino a seguir – desde el principio de todo, hemos tenido héroes de carne y hueso, personas que sangraban y sufrían, pero a pesar de eso asumían una responsabilidad, empuñaban una espada, un fusil o una máquina de escribir o una guitarra, y lideraban la rebelión de los oprimidos. Los oprimidos aún existen, pero por primera vez en más de diez mil años, los héroes parecen estar descansando, mirando para otro lado aunque la tormenta arrecia. Hace algunos meses me dediqué a ver con mis hijos la serie completa de <em>El Zorro</em> de <em>Guy Williams</em>, y al ver sus ojitos brillando de admiración, y los juegos posteriores que transformaban cualquier cosa medianamente rígida en una espada, no pude evitar preguntarme si no será que nos estamos volviendo demasiado egoístas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Enano Cabezón</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Oct 2009 14:32:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y en la escuela te dirán que es especial. Y vendrá tu abuelo también a decirte que es especial. Y también lo harán tus <em>Yayos</em>, y todas las personas que te vean en la plaza.</p>
<p>Por eso, con treinta y seis años llevados como pude y siendo origen de muchas muescas grabadas con la uña en los revólveres de otros, no puedo evitar pensar en vos y en la <em>Maga Rocamadour</em>, cuando le decía a su bebé: <em><a href="http://www.literaberinto.com/CORTAZAR/rayuela32.htm" target="_blank">“Te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría, o te escribiría cosas importantes”</a></em>. No puedo evitar pensar en el esfuerzo que invertimos los adultos en hacer solemnes las cosas importantes, y en quitar importancia a las que realmente la tienen. Los adultos somos necios y obstinados. Estamos parados sobre un montoncito de creencias absurdas y certezas absolutas que defendemos con la vida, y muchas veces eso nos hace perder la perspectiva.</p>
<p><span id="more-255"></span>Aunque en una carta motivada por el día de tu cumpleaños no sea lo más adecuado, dejame hablarte un poco de tu hermano. Cuando Pablo nació yo no sabía nada. Es sorprendente lo poco que puede saber de niños alguien que ha sido niño no hace tanto. Es otro truco de los grandes: hacer el mejor esfuerzo posible por perder la espontaneidad, y después pagar a un siquiatra para que nos ayude a recuperarla, y tener así una fingida, mucho peor que la original. Pero te hablaba de tu hermano. Cuando él nació mi vida se desbordó, llenándose vertiginosamente de fantasmas novedosos y un miedo animal desconocido. La primera vez que lo tuve en brazos supe que estaba mirando a la única persona por la que sería capaz de morir, aparte de mí mismo (el egoísmo es otra de las especialidades de los <em>grandes</em>), pero sentí también que yo ya había muerto un poco, que ya no estaba entero. Comprobar que en su oreja derecha tiene una marca exactamente igual a la mía, e irme reconociendo en él a medida que empezó a crecer fueron, uno tras otro, momentos en los que volvía a morir un poco más, transfiriendo a él ese pedacito de vida que se me iba. No lo digo como una renuncia, ni como una queja, sino como algo que simplemente ocurre. Cada día de tu vida te parece que tus hijos no pueden importarte más, no se puede quererlos más, y entonces una sonrisa, un abracito, un gesto, un llanto inoportuno, una primera palabra, un paso tambaleante o cualquier otra nimiedad hacen que esa barrera vuelva a romperse, y los querés todavía un poquito más, y siempre hay más espacio para quererlos más, y entonces esa pequeña muerte que va creciendo en el pecho representa la posibilidad de que algo malo les ocurra, el miedo a no estar siendo un buen padre, el terror a no darles <em>lo mejor</em>, como si lo mejor fuese o pudiese ser algo diferente al amor filial, como si se tratara de poner en cifras o en regalos o en grandes actos lo poco que hace falta, que es solamente y nada más que amor.</p>
<p>Cuando naciste vos ya no tenía tanto miedo, había pasado por eso. Sin embargo sí que había un pensamiento que me atormentaba: creía que no iba a poder sentir tan intensamente ese amor que tenía por tu hermano hacia un segundo hijo. No porque no lo deseara, sino porque era tan fuerte y tan absoluto lo que me pasaba, que me parecía imposible que algo tan único se repitiese con tanta facilidad.</p>
<p>Y entonces naciste, un domingo a las tres de la mañana, y te tuve en brazos durante media hora antes de que te llevaran con mamá. Tenías una manchita de nacimiento en la nariz, y la carita manchada de sangre por la cesárea. Tenías dos ojos enormes y los deditos con uñas de papel. Y yo volví a morir en vos. Mi pecho se duplicó sin ninguna piedad, y entonces supe que no importa cuántos hijos tenga, ni siquiera cómo sean, porque siempre aparece esa pequeña muerte que te mata con el sonajero y el chupete, la que te agarra el dedo con las uñas de papel, la que se lleva con el llanto lo que te quedaba dentro, a cambio de un pánico irracional sobre si algo le pasa al bebé.</p>
<p>Y el juego no hacía más que empezar. Te revelaste completamente distinto a tu hermano, Enano Cabezón. Y a veces, complicado en mi visión esquemática del mundo, se me hace difícil entender que dos enanitos tan distintos sean los más lindos del planeta, cada uno por su cuenta, sin pedir permiso.</p>
<p>Y ahora ya hace tres años, y no paro de jugar contigo juegos privados. Supongo que algún día leerás esto y entonces recordarás que varias veces al día te pregunto: <em>“¿Qué eres más: Enano o Cabezón?”</em>, y entonces se te enciende la carita, y una sonrisa interminable te la invade de lado a lado, y riéndote con la risa sincera de los niños me contestás: <em>“Cabezón”</em>, y yo me río, me río como un niño más, y, solamente por unos instantes, permito que el calor de tu pecho ocupe el vacío de la pequeña muerte que hay en el mío. No existe cosa que me devuelva mi propia infancia más en este mundo que las risas, la tuya y la de tu hermano, los juegos del <em>Chancho barato</em>, las fantasías emitidas a media lengua en voz alta, los bracitos buscando consuelo nocturno tras un sueño angustioso, los pasitos de pies descalzos, con los pantalones por los tobillos, cuando me pedís que te suba el pantalón.</p>
<p>No soy capaz, a pesar de llevar ya más de cinco años <em>haciéndome el padre</em>, de hablar de estas cosas sin que una humedad traicionera pueble mis ojos, porque en realidad lo que más me asusta, y la razón primaria por la que te estoy escribiendo, es pensar que algún día perderás al <em>Enano Cabezón</em>, y lo perderás porque el mundo de <em>los grandes</em> presiona y empuja para que los niños sean grandes. Y necesito decirte que no lo hacemos por malos, ni por egoístas. Ni siquiera por cómodos. Lo hacemos porque no somos capaces de enfrentar el terror de vivir con las emociones a flor de piel como lo hacen los niños. No somos capaces de llorar violentamente porque no podemos comer una piruleta antes del almuerzo, ni de transformar ese llanto en una explosión de risa porque otro hizo una mueca estúpida. No somos capaces de vivir según el deseo más inmediato, ni de jugar la mayor parte del día, ni de dejar de lado la vergüenza para hacer las cosas que nos gustan, aunque sean ridículas.</p>
<p>Necesito pedirte perdón por dejar que esa misma pequeña muerte que habita en mí desde el nacimiento tuyo y de tu hermano me obligue a sentir que tengo que prepararlos para la vida, <em>enseñarles</em> a ser adultos y a vivir como buenas personas, aún sabiendo que de a poco eso mismo irá escondiendo a los niños detrás de los jóvenes que van a ser, hasta hacerlos desaparecer casi por completo. Pero algún día tendrás hijos, y descubrirás que solamente ellos son capaces de rescatar al <em>Enano Cabezón</em> del escondite que le habremos hecho los adultos, y entonces quizás un día te emocione tanto como me emociona a mí ahora darte cuenta de que, por más que cuides tu sistema de creencias con tanto celo como lo hacemos todos, con los hijos haces lo que puedes, deseando con todas tus fuerzas que sea suficiente.</p>
<p>Y también quiero pedirte algo, Daniel. Más que pedirte, quiero llamarte a la desobediencia. Quiero que me desobedezcas. A mí, a tu madre, a los maestros de la escuela, a la televisión y a todas las cosas solemnes e importantes, a todas las fuerzas que te pidan que crezcas y que te hagas hombre. Quiero que a pesar de que vas a ser un día un hombre, cuando yo sea un viejo y te vuelva a hacer la pregunta que no te habré hecho durante más de treinta años, me respondas sin vacilar, con una risa franca instalada en la boca y tus ojitos de siempre echando chispas de picardía: <em>“Cabezón”</em>.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Me gusta, no me gusta</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Oct 2009 15:10:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[fantasía]]></category>
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										</div>Me gusta levantarme cuando aún es de noche, en invierno, y preparar un cappuccino con mucha espuma. Me gusta escuchar el sonido casi imperceptible de cada uno de los granitos de azúcar al penetrar en la espuma, hundiéndose lentamente. No me gusta el sedimento de melaza marrón que queda en el fondo de la taza &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/08/me-gusta-no-me-gusta/">Continuar leyendo &#187;</a>
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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p><img class="alignright size-full wp-image-241" title="cafe con sonrisa en la espuma" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/10/cafe-con-sonrisa-en-la-espuma.jpg" alt="cafe con sonrisa en la espuma" width="240" height="240" />Me gusta levantarme cuando aún es de noche, en invierno, y preparar un <em>cappuccino</em> con mucha espuma. Me gusta escuchar el sonido casi imperceptible de cada uno de los granitos de azúcar al penetrar en la espuma, hundiéndose lentamente. No me gusta el sedimento de melaza marrón que queda en el fondo de la taza cuando me termino el café.</p>
<p>Me gusta que una brisa suave me mueva el pelo, despacio, y sentir las puntas haciéndome cosquillas en las mejillas, como una caricia con finísimos dedos sin uñas. No me gusta que el viento se cuele por mi nariz y mi boca, dificultando el flujo normal del aire por las vías respiratorias.</p>
<p>Me gusta acariciar suavemente la piel de alguien a quien quiero, y me gusta que tenga diminutas perlas de sudor fresco, ese que huele al otro levemente, dejando adivinar su presencia en las yemas de mis dedos cuando retiro la mano. No me gusta el contacto físico violento, chocar con otra persona, contactar en diferentes puntos al mismo tiempo, en un caos instantáneo e imposible de traducir en un movimiento coordinado.</p>
<p>Me gusta el sabor a combustible suave que deja en la boca encender un cigarrillo con un encendedor cargado con bencina, como un aliento dulce y orgánico. Me gusta la primera bocanada de humo, sentir cómo se abre paso en mis pulmones, los recorre y los abandona, fluyendo lentamente por la nariz en un vaho de formas caprichosas. No me gusta adivinar cómo mis células pulmonares se corrompen y achicharran con cada calada, ni el rugir interno de mi respiración cuando intento dormir.</p>
<p><span id="more-239"></span>Me gusta, como casi nada en este mundo, el sonido sibilante que hace la equiparación de presión cuando se abre despacito una botella de <em>Coca-Cola</em>, y el sonido de chispas invisibles al llenar un vaso desde una botella recién abierta, y las burbujitas rebotando contra mi nariz al beber el primer trago, áspero y dulce. No me gusta la empresa que la fabrica ni lo que sea que haga con el dinero que gana.</p>
<p>Me gusta, me encanta, me seduce y me derrite sentir alrededor de mi cuello los bracitos de alguno de mis hijos, y sus labios frescos cuando me los como a besos. Me gusta la certeza total y absoluta, que no se puede tener con nada más en ese mundo, de la entrega que hay en sus abrazos y en su amor. No me gusta ver que mi barba incipiente les deja marquitas rojas en la cara.</p>
<p>Me gusta, aunque parezca cruel, ver llorar a mis hijos cuando lloran por algo que no es grave. No porque me guste especialmente su llanto, sino porque adoro verlos expresar una emoción genuina, y la intensidad de sus gestos y sus expresiones en esos momentos son únicas, algo para recordar, para no dejar escapar con la cantidad infinita de detalles que cada día se lleva de la memoria sin un respiro para el recuerdo. No me gusta que mis hijos sufran.</p>
<p>Me gustan el olor y el tacto de un libro nuevo, cuando de verdad me apetece leerlo. Me gusta abrirlo por la primera página y sorprenderme porque me atrapa desde la frase inicial. Me gusta tener que luchar tibiamente contra la aspereza y porosidad del papel, que intenta evitar que pueda dar vuelta una página, y conseguirlo y confirmar que también está llena de letras, como la anterior. No me gusta que un libro que me gusta mucho se termine, ni un final que no le hace justicia al resto del relato.</p>
<p>Me gusta reencontrarme con mis amigos, cuando hace mucho que no los veo, y comprobar en cada abrazo y cada gesto, que las cosas verdaderamente importantes se degradan mucho menos a causa del tiempo que las intrascendentes. No me gusta vivir lejos de mis amigos.</p>
<p>Me gusta recibir en brazos a un recién nacido, y darle mi dedo índice para que lo estruje con sus manitas, que suelen tener una fuerza sorprendente para alguien tan pequeño. Me gusta cuando un bebé calma su llanto si lo pongo contra mi pecho, y me encanta dormir con un bebé dormido encima. Odio saber que hay gente que le hace daño a los niños.</p>
<p>Me gusta cuando un recuerdo grato me asalta por sorpresa, y me llena el estómago de pájaros pintados. Me gusta recrearme en ese recuerdo, trabajarlo despacio y saborearlo, saber que es mío y de alguien más que también aparece en él. No me gusta el olvido tan tedioso al que es lamentablemente propensa la raza humana.</p>
<p>Me gusta levantarle a uno de mis hijos la camiseta, y estampar en sus barriguitas suaves una señora pedorreta soplada entre los labios. Me gusta su risa contagiosa y el momento en el que paran de reírse. No me gusta haber dejado de ser niño tan rápidamente.</p>
<p>Me gusta pensar en todos los primeros besos que en mi vida le di a alguna mujer. Me gustan los besos de mi mujer. Me gusta saber que los ojos y los labios son capaces de un lenguaje único para decir secretos sin palabras. No me gusta cuando los besos están hechos de rutina.</p>
<p>Me gusta subir a un avión para iniciar un viaje. Me gusta la presión abdominal y las cosquillas cuando el aparato carretea para despegar, mientras me ilusiono con un destino en el que habrá reencuentros o simplemente cosas nuevas. No me gustan los viajes de vuelta.</p>
<p>Me gusta sentarme a escribir y que las palabras fluyan con naturalidad. Me encanta cuando me puedo sentir orgulloso de un texto mío. Detesto cuando no tengo ideas para escribirlas.</p>
<p>Me gusta mucho mi vida. No me gusta cuando siento que la desperdicio.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El Aprendiz de Brujo y la Ranita Parlanchina (pequeña fábula batracia)</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Oct 2009 18:28:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mentiras Verdaderas]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
		<category><![CDATA[fantasía]]></category>
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<p>El Aprendiz de Brujo paseaba por la orilla de un estanque. Llevaba sus gafas de cuatro dioptrías, con lo que se aseguraba que el paisaje era lo suficientemente claro, que sus ojos no lo engañaban, y que no caería al agua. El estanque estaba precioso, con la tensión superficial del agua lisa reflejando un cielo azul sin nubes, y solamente rota por esporádicos nenúfares que flotaban aquí y allá. Nuestro héroe regresaba a su casa, después de una agotadora partida de rol, de la que había sido desterrado por un hechicero malvado con poderes robados a siete variados y pintorescos habitantes de la tierra media, mediante artificios de magia oscura, claramente reprobables, y cavilando sobre la posibilidad de desarrollar un algoritmo infalible para calcular el intervalo óptimo de tiempo entre masturbación y masturbación, ya que le preocupaba tanto no ceder al vicio como la necesidad de tener la mente libre de pensamientos impuros, para concentrarse así en lo verdaderamente importante. En ésas estaba cuando una vocecita aguda llamó su atención.</p>
<p><span id="more-218"></span>-          ¡Hola! ¡Hola!</p>
<p>Miró hacia el suelo, tardando varios segundos en identificar positivamente el origen de la llamada. Era una pequeña rana verde, común, con sus ojitos amarillos y saltones y una papada que se movía rítmicamente, de lo más graciosa. Quizás el único elemento destacable en el espécimen era su habilidad para el habla. Nuestro Aprendiz de Brujo, habituado a realizar operaciones matemáticas de ocho dígitos mentalmente, y al ejercicio mental de imaginarse a sí mismo blandiendo un sable láser en plena clase de química, no se alteró ni sorprendió en lo más mínimo. Se arrodilló frente al animal, respondiendo cortésmente a sus requerimientos.</p>
<p>-          ¿Qué pasa? – le dijo.</p>
<p>-          ¡Al fin un hombre! – dijo la rana – Pensé que nunca más iba a pasar ninguno.</p>
<p>El Aprendiz de Brujo, cauto como siempre ante las manifestaciones del medio, sean reales o virtuales, esperó unos segundos antes de alzarla en sus manos y ponerla frente a sus ojos amplificados por los dos gruesos cristales de 4,0 y 3,75.</p>
<p>-          Pues ya has encontrado a un hombre – le dijo.</p>
<p>-          Mira, sé que te sonará raro esto. Soy una princesa extremadamente bella y no menos rica. Hace ya dos años una bruja envidiosa me hizo un maleficio, que solamente se romperá con un beso de tornillo. Si me besas, te prometo que te recompensaré.</p>
<p>-          No creo que sea tan terrible. El genoma humano y el de Rana coinciden en más de un 80% de sus bases piramídicas. ¿Qué clase de recompensa?</p>
<p>-          No lo sé… Te daré dinero. Mucho dinero.</p>
<p>-          Mmmmm. No.</p>
<p>Dicho esto, nuestro héroe procedió a introducir el pequeño batracio parlante en el bolsillo derecho de su pantalón, mientras proseguía su marcha, bordeando el estanque. La Rana, desesperada, comenzó a tirar de la tela interna de los bolsillos, provocando un movimiento que llamó la atención del joven. Volviendo a ponerla frente a su vista, le preguntó:</p>
<p>-          ¿Y ahora qué pasa?</p>
<p>-          Mira, soy una mujer hermosa. Me parezco mucho a <em><a href="http://www.elsapataky.com/" target="_blank">Elsa Pataky</a></em>. Antes de transformarme todos los hombres se morían por acostarse conmigo. Si me besas y rompes el hechizo seré tu esclava sexual para siempre. Y cuando digo esclava quiero decir <em>esclava</em>. No te diré que no a nada.</p>
<p>-          Es que a mí me va más el tipo <em><a href="http://www.tombraider.com/server.php?action=setCountry&amp;country=Spain&amp;countryCode=es&amp;outputLang=Tr4" target="_blank">Lara Croft</a></em>. Esa sí que es una mujer. Elsa Pataky la verdad es que no me motiva demasiado.</p>
<p>-          Escucha, tengo un palacio a las afueras de Madrid. Viviremos juntos. Seré tu esclava sexual y serás rico. ¿Qué más puedes pedir?</p>
<p>-          Gracias, pero no.</p>
<p>Volviendo a meter a la Rana en el bolsillo, nuestro Aprendiz de Brujo se dispuso a reanudar la marcha, intentando recuperar de recónditos rincones de su memoria las variables correspondientes al estado de ánimo, la tensión sexual y el consumo de pornografía por internet para culminar su algoritmo sobre masturbación, cuando el batracio, enfadado ya por la falta de receptividad, comenzó un ataque con sus patas delanteras sobre la zona noble del muchacho, produciendo dolor testicular agudo y pérdida parcial de visión, y obligándolo a una nueva extracción del bolsillo.</p>
<p>-          ¡Ay! ¡Me has hecho daño!</p>
<p>-          Estoy dispuesta a la sodomía, a escribir en todos los foros de internet que encuentre que eres el mejor amante del mundo, y a jugar rol contigo si hace falta, pero por favor bésame ya, o déjame libre para esperar otro hombre.</p>
<p>-          Te lo voy a explicar, a ver si te callas ya. Lo de las riquezas está muy bien, pero pienso hacerme mucho más rico desarrollando software de bajo nivel, – no te lo explico porque no lo entenderías – así que por ese lado no me convences. Lo del sexo también está bien, pero cuando sea rico voy a poder conseguir finalmente a Julia, una compañera de secundaria que… bueno, no viene al caso. Si de verdad quiero impresionar a mis amigos y hacerlos morir de envidia, en vez de todo eso tengo algo mucho mejor: ¡Una ranita que habla!</p>
<blockquote><p>Moraleja: Escoge bien tus argumentos antes de intentar convencer a un Aprendiz de Brujo, porque puede que su cerebro no funcione como el del resto de los mortales. Y si algún día encuentras una Ranita que habla, por favor no la beses. Avísame, que la echo mucho de menos…</p></blockquote>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Fotocopia de una fantasía</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Sep 2009 13:02:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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		<category><![CDATA[fantasía]]></category>
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<blockquote><p><em>“Ah, tú veías las películas en blanco y negro porque eran fotocopias!”</em></p></blockquote>
<p>Lo descubrió con la misma naturalidad con la que hace todo, una frescura que solamente tienen los niños, y no se paró a pensar en los inconvenientes técnicos del asunto, ni en la posibilidad de que quizás la ausencia de color se debiese a que, cuando nosotros éramos niños, el mundo era un lugar mucho más precario. Simplemente llegó a esa conclusión, e inmediatamente el tema dejó de preocuparle. Pero a mí me hizo pensar en las fantasías infantiles. Creo que tuve la suerte de tener una infancia fantasiosa, poblada, rica en mitos, leyendas y personajes, y ahora, siendo padre, me doy cuenta de que muchas veces los adultos, sin querer, limitamos la fantasía de los niños, o la reprimimos porque tenemos una mirada cargada de significados en <em>technicolor</em> del mundo real. Son las imágenes filtradas de una vida de grandes, censuradas, recortadas, amortajadas por la mirada pútrida de los noticieros y las guerras y la mierda de este mundo.</p>
<p><span id="more-185"></span>Mi hijo me hizo recordar una de las tantas fantasías infantiles que hicieron mejor mi niñez. En mi casa había muchos libros, pero uno en especial era misterioso. Tenía dibujos, y estaba escrito en otro idioma (ahora sé que era inglés). Mi hermano Pancho un día quiso mirar el libro, y mi padre se lo quitó y lo puso en el estante más alto de la biblioteca. <em>“Este libro no es para niños”</em> dijo, por toda explicación. Cuando nos quedamos solos en la habitación, con la luz apagada para dormir, le pregunté que había en el libro. Me dijo que había dibujos de <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Isidoro_Cañones" target="_blank">Isidoro Cañones</a></em> con el culo al aire. Desde ese día, el libro nos quitó el sueño. Nos producía una curiosidad inmensa, era una fuente de diversión prohibida, algo por lo que hubiésemos dado cien tardes de la <em>Pantera Rosa </em>o el <em>Zorro </em>por ver.</p>
<p>Al fin, un día en el que mis padres no estaban, con la ayuda de una silla, conseguimos atrapar el libro. Aún hoy no tengo la menor idea acerca de qué trataba, pero tenía un protagonista indudable, que era ese personaje parecido a <em>Isidoro Cañones</em>, que en todas las viñetas estaba desnudo, al igual que el resto de los personajes. Recuerdo especialmente dos dibujos. En uno de ellos se veía lo que claramente era una reunión de alta sociedad, en la que todo el mundo bebía y charlaba completamente desnudo. Los dibujos no eran obscenos, simplemente se veía alguna que otra teta y los culos de la gente. En la otra viñeta, el personaje principal estaba sentado, también desnudo, en la mesa de un restaurante. Tenía una abertura en el pecho y su corazón estaba en un plato frente a él, aún conectado a su sistema circulatorio por tubos que entraban por la abertura de su pecho. Empuñaba un cuchillo y un tenedor, y estaba por comenzar a  comérselo, mientras un lagrimón le caía por la mejilla. Lo recuerdo con inmensa tristeza. El dibujo era en blanco y negro.</p>
<p>Más tarde, mi padre supo que mirábamos el libro a escondidas, y de alguna manera nos empezó a permitir verlo. Lo llamábamos <em>“Los colaalaire”</em>, y solíamos pedírselo para jugar. <em>“Papá, ¿podemos leer el libro de los colaalaire?”</em>. Apoyados en la absoluta ignorancia del inglés, inventábamos toda clase de historias, miles de situaciones en las que aquél personaje triste y narigón acababa solo y triste.</p>
<p>A día de hoy, son dos las reflexiones que me vienen a la cabeza sobre esta historia. La primera es que seguramente, el primer reflejo de mi padre al prohibirnos el libro, provenía de una concepción de adulto de la desnudez, necesariamente relacionada con la sexualidad y, por lo tanto, impropia para los niños, que paradójicamente viven la desnudez como algo natural, hasta que la escuela y los adultos les llenamos la cabeza de prejuicios. Para nosotros el significado era completamente distinto, era inocente, era pura fantasía. Quizás después se dio cuenta de que los dibujos no representaban nada más que gente sin ropa. No había ninguna actitud sexual ni traumática para un niño – aparte de la viñeta del corazón, que tampoco era sangrienta, sino mas bien patética –. O tal vez simplemente, al saber que ya lo habíamos visto, pensó que no tenía sentido seguirlo prohibiendo – es verdad que mi padre nunca fue especialmente aficionado a las prohibiciones –. La cuestión es que su concepción adulta del mundo estuvo a punto de privarnos de una fuente de juegos, fantasía y diversión, y muchas veces es el cariz que yo mismo, como padre, aplico para gestionar la información que reciben mis hijos. La segunda reflexión tiene que ver con el poder de la imaginación. A través de unas cuantas letras sin sentido y de algunos dibujos, mis hermanos y yo vivimos un montón de historias de tinta y papel, de palabras mudas, de lágrimas y emoción, que son parte de lo que nos ha enriquecido, y, estoy seguro, ha terminado por hacernos un poquito mejores.</p>
<p>Por eso, por momentos, lamento sentir que mi condición de adulto probablemente recorte a veces la riqueza de la imaginación infantil de mis hijos, que mis inevitables prejuicios y mi manera de ver el mundo empobrezcan sus juegos. De ahora en adelante, estoy decidido a fotocopiar al instante cada fantasía que se me ocurra o recuerde, para regalársela a mis hijos en blanco y negro, invitándolos a que ellos mismos la coloreen, sin más tecnología que la de su imaginación.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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