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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; infancia</title>
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		<title>La vida termina a los treinta y nueve</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Mar 2012 23:00:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Por esa razón, y no por otra, cada vez que me siento al final de un camino, no puedo evitar preguntarme por el otro, por el que se abre ahí nomás, un poquito después. ¿Será una senda única, indiscutible, o habrá elección? ¿Se bifurcará en una, dos, tres alternativas? ¿Ofrecerá vuelta atrás?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una vez más, la vida me ofrece un final. Un camino que se acaba. Es un tópico manido, aquél de que <em>la vida comienza a los cuarenta</em>. Hoy cumplo treinta y nueve años, y entonces, inevitablemente, me visualizo desde atrás, veo mi espalda, mientras estoy de pie al borde de un acantilado. A punto de comenzar mi nueva vida, me pregunto que fue y que será de la que, por definición, debe terminar para que eso suceda. Con apenas un año por delante para cerrar todos los capítulos abiertos de esa vida que termina, no encuentro mejor momento para la reflexión, para las respuestas postergadas durante tanto tiempo, para soplar con un viento profético los cabos de las velas consumidas de mis primeros cuarenta años de vida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1215"></span>Entonces detengo todos los relojes, pido minuto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lleno mis pulmones maltratados por el humo del tabaco, exhalo un aliento que no sabe aún si es de desazón o de esperanza, y me pongo a la tarea.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuarenta años. Uno a uno. Catorce mil seiscientos diez días, contando años bisiestos. Veintiún millones treinta y ocho mil cuatrocientos minutos vividos. Calcular los segundos me produce pánico, porque la pregunta fundamental es cuántos de todos esos minutos fueron bien vividos, cuántos aprovechados y cuántos desperdiciados. Cuántos me enseñaron a ser una persona mejor, y cuántos me envilecieron. ¿En qué proporción, de esos veintiún millones de minutos, hice exactamente lo que deseaba, y en qué otra hice solamente lo que <em>debía</em>?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y por alguna razón que, valga la redundancia, la razón me esconde, lo primero que acude a mis sentidos son los olores de mi infancia. Se define con fuerza el olor de una lluvia de primavera sobre el pelo blanco de mi perra <em>Rosa</em>, muerta hace ya tantos años. Un amor que no hace falta explicar, y el olor fétido y pastoso de su lengua en mi cara infantil, su aliento dulce de perro y mis manos de niño. Sin lugar a dudas, minutos bien vividos.</p>
<p>En seguida, acude a mi piel el tacto de mis hermanos mezclados en una montaña indescifrable de niños uno encima de otro, las tardes de juegos y las mañanas de susurros, y el aliento tibio del sol en los amaneceres de verano, en Uruguay, cuando en casa de mi abuela, me levantaba antes que nadie y salía a un jardín que, a esas horas, era aún territorio de los pájaros y del silencio verde de los árboles frutales. Si me concentraba, podía adivinar la espuma del mar a cuatrocientos metros de distancia, después de un desierto en miniatura de arena blanca y fina. Mi abuela hacía <em>cremosa de doña espumosa</em>, un caldo infame y dulce de leche, avena y azúcar; y los niños desayunábamos, corríamos y éramos felices con tan poco&#8230; Horas, días y minutos bien aprovechados, sin lugar a dudas.</p>
<p>Entonces toso convulsivamente con el humo de primer cigarrillo, cerca de la cancha de Boca, con amigos que no eran, equivocándome a toda velocidad, irrumpiendo en la adolescencia con estrépito, con inocencia, con un galope incontrolable de sangre y carne, de pasión sin más objeto que la pasión misma, que las ganas de probar, de hacer lo contrario, de hundirme y de resucitar. Y de golpe un aula llena de adolescentes asustados que se miran de reojo, manos transpiradas, voces buscando su tono, preguntas, más preguntas, y por fin, amigos de verdad. También horas y días que jamás podré arrepentirme de haber vivido.</p>
<p>Una cena con mi padre. Los dos solos en el restaurante <em>Le Famiglie</em>, al que solíamos ir con amigos, con mis hermanos y, por supuesto, con hambre. Pero esa vez estábamos solos. La tormenta negra de mi adolescencia aclaraba por el horizonte, y después de haber sabido a ciencia cierta que mi padre era un imbécil que no sabía nada, comenzaba a comprender cuánto me había equivocado, a acercarme a él, a ser su amigo desde otro lugar. Había sido una cena muy amena. Charlábamos de hombre a hombre, la paz filial firmada de una vez para siempre. Se llevaron los platos sucios, y me preguntó:</p>
<p>―¿Querés postre?</p>
<p>―No, pero me fumaría un cigarro -respondí, mirándolo a los ojos. Me miró divertido. Se lo pensó unos segundos eternos, y finalmente sonrió, resignado.</p>
<p>―Bueno ―me dijo, tendiéndome el paquete. Era la primera vez que fumaba en su presencia, y sentí que me reconocía como hombre, que me hacía un lugar en la mesa de los adultos, que aceptaba que mi madurez era ya suficiente para tomar algunas decisiones sobre mi vida, aunque fueran equivocadas. No se puede renegar de esos minutos, de esas horas.</p>
<p>Y mis manos, como guiadas por una inspiración genética, descubren un día el tacto pálido de una piel femenina en penumbra, apretados los dos en una cama de una plaza, que en ese mismo instante deja de ser de niño. El descubrimiento final: <em>¿y esto era?</em> El sexo no es para tanto. Y el redescubrimiento: sí es para tanto, pero el mismo miedo animal que me empujó a probarlo me impidió disfrutarlo la primera vez, y la segunda, y la tranquilidad vino piel a piel, cuando me olvidé de lo trascendental del momento, y supe vivir un momento trascendente sin saber que lo era. De ahí a los primeros amores. De ahí al vértigo imposible, a las vigilias atormentadas flanqueando un teléfono que se niega a sonar, a las cartas manuscritas, febriles, chorreando pasiones, tópicos y lugares comunes, amor de tinta, papel y piel, sobre todo piel. Imposible pensar en esas vivencias como tiempo no aprovechado.</p>
<p>Me bajo de un camión en los lagos del sur argentino. Sin lugar a dudas, entre amigos. Con los que iban a ser los de toda la vida. Hermandad como destino, por elección, por sufrimiento, por vivencias compartidas, por simple derecho adquirido. Un valle se precipita sobre la falda de las montañas, los lagos las duplican bajo el celeste imposible de un cielo tan despejado y verdadero que parece de mentira. Vino, marihuana y fogatas, gargantas jóvenes atronando las canciones de siempre, un par de guitarras criollas templadas al fuego, y otra vez el vino y los porros que pasan de mano en mano: el mundo es nuestro, infinito y mágico, la vida, eterna y poderosa. Nada puede salir mal. Sería casi una herejía pensar en que eso no es sano.</p>
<p>Después, todo se precipita. El trabajo, la vida adulta, los desengaños encadenados del amor, la política y mi Argentina voraz y única, amante generosa y al mismo tiempo brutal, egoísta, acostumbrada a quedarse con todo lo que los argentinos tenemos dentro. Algunos viajes dementes, otros hermanados con mis amigos incombustibles, hasta una noche neoyorquina, al final de otra transformación, en la que decidí que mi destino inmediato era ibérico. Volver, renunciar, venderlo todo y resumir mi vida en dos valijas. El viejo mundo. No se puede decir que haya perdido el tiempo.</p>
<p>Y aprenderlo todo otra vez. Cómo mirar, cómo bromear, cómo dar pasos temblorosos hasta el primer beso, cómo pedir en un restaurante, cómo moverse por las ciudades laberínticas, ancestrales, de piedra gris. Aprender la lejanía y resignificar la nostalgia. Beber solo de la pobreza de mi alma, de los sonidos de mis tripas, reescribir con sangre la nueva definición de la palabra <em>soledad</em>. Pedir permiso hasta para saludar, por miedo a ofender, por no conocer, de tan viejas que son, las reglas europeas que, luego, con amargura, descubriría que no son las mismas cuando el dinero sobra y cuando el dinero falta. Minutos, horas, días, años intensos.</p>
<p>Vuelvo a la Argentina, esta vez de visita. Cargado de ilusión y con algunos regalos. Descubro, una vez más, con amargura, que <a title="La vida sigue" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/07/15/la-vida-sigue/">la vida sigue</a>, que mi mundo siguió girando sin mí, que asfaltaron algunos de mis empedrados, que mis calles fueron mojadas por otras lluvias. <em>¿Qué esperaba?</em> Desentierro, después de esa primera desilusión, mis amores eternos, mi Argentina de siempre, mi San Telmo adorable e infame, mi Palermo de adolescente, los mismos bares, los bares nuevos y, sobre todo, las personas que no dejaré de querer nunca. Tiempo ganado, indiscutiblemente.</p>
<p>Y conozco a una mujer, la beso en la barra de un bar y me caso con ella. Entonces el regalo inverosímil de los hijos. Dos pares de ojos enormes, abiertos, que se beben cada una de mis palabras con devoción, con desesperación. Bracitos alrededor de mi cuello. Tarde, pero felizmente entiendo el auténtico mérito de mis padres, lo puedo leer en lo difícil de mis hijos, en la frecuencia con la que confundo lo correcto con lo fácil mientras intento educarlos, en el dolor que me produce su llanto, en la felicidad instantánea de su risa, en la ferocidad de su amor impreso en los dientes, en las manos, en los ojos. Nada que objetar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por fin, un día, tengo en mis manos un libro escrito por mí. Otro día firmo un ejemplar, sonriendo sin poder controlar mi sonrisa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y hace nada más que un mes, un nuevo encuentro de mosqueteros, al pie de las paredes de una Barcelona que, a veces, no sé hacer del todo mía. Mis dos amigos, otra vez mano a mano, fabricando a pulso el milagro de encontrarnos, viniendo de tres lugares tan distantes en el mundo que duelen de solo pensarlo. Un río de palabras, y ese umbral a partir del cual, refrendar la amistad con palabras es tan vano que no hace falta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Finalmente, un día cualquiera, me pongo al teclado para reflexionar sobre el final de este camino: cumplo treinta y nueve años, y me quedan trescientos sesenta y cinco días, quinientos veinticinco mil seiscientos minutos para morir en paz con mi alma, y renacer a esa vida prometida que comienza a los cuarenta libre de cargas. Repaso mi lista de heridas, y una vez más, demasiado tarde, pero a tiempo, me doy cuenta de que no tengo nada que sanar, de que ni uno solo de los veintiún millones de minutos vividos fue desperdiciado, de que todas y cada una de las miserias y las penas que soporté valieron la pena para llegar aquí, para ver crecer a mis hijos, para tener una mesa donde escribir, palabras que decir y un corazón que, resignado, se prepara para latir sin parar durante, al menos, otros treinta millones de minutos. Mi vida, la que me gusta vivir, no ha hecho más que empezar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>De buenas intenciones y malas consecuencias</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Feb 2012 09:25:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Al principio ni siquiera lo escuché. Estábamos en el sofá de casa, riendo y charlando, todos juntos. Daniel a mi lado, con sus cinco añitos repletos de ternura e inocencia. Pablo, de pie, explicaba alguna historia desbordante de fantasías, como suele hacer, mientras Gloria y yo le prestábamos atención. Daniel había estado jugando con un cachirulo compuesto de piezas triangulares de plástico, que van unidas por dentro con un cordel de nylon transparente. Uno de esos juguetes de la modernidad, destinados a romperse sin remedio al poco tiempo de uso, fabricados en Asia a quince céntimos la unidad, por mano de obra infantil y eurocomercializados a cero noventa y nueve en las tiendas de los barrios, previa inspección de euroseguridad.</p>
<p>Entonces lo sentí temblar, pegado a mi brazo derecho. Giré mi cara hacia él y, sorprendido, descubrí lagrimones. No lagrimitas. No un llantito, sino un desconsuelo incontenible, un torrente de agua cristalina y espasmos de angustia que sacudían su pechito dulce, mientras continuaba repitiendo, entrecortadamente, como podía, intentando atravesar el sonido trágico de su propio llanto:</p>
<p><span id="more-1204"></span></p>
<blockquote><p><em>“Papá, yo no había hecho nada malo”</em>.</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo primero que hice, lo que me salió del alma, fue abrazarlo. Al acercarme a él bajé la vista, y entonces comprendí. El juguete se había roto definitivamente, sus piezas se dispersaban entre las manitos empapadas de lágrimas y su regazo de niño, como una víctima grotesca de un asesinato de plástico y cuerda.</p>
<p>Quizás sea justo, en este punto, explicar que, tanto a su madre como a mí, nos horroriza a veces el patrimonio en juguetes del que disponen los niños de hoy en día. Entonces solemos aleccionarlos sobre cómo se deben cuidar las cosas, sobre la suerte de tenerlas y demás aburrimientos propios de adultos responsables. Y tal vez sea justo considerar que, a veces – sólo a veces – nos pasamos un poco con la potencia y vehemencia de los argumentos.</p>
<p>Me costó tremendamente consolarlo, y el único argumento posible fue asegurarle que yo sabía que no había hecho nada malo, que había sido un accidente, que él no había querido romper el juguete.</p>
<p>Se sentó a horcajadas sobre mí, imitando sin saberlo a un Koala, como le gusta hacer, y apoyó su carita bañada en llanto sobre mi pecho, mientras lentamente, su aliento entrecortado recuperaba la normalidad, y los nubarrones negros de su angustia se disipaban a la misma velocidad a la que habían llegado.</p>
<p>Comencé entonces a acariciarle distraídamente el pelo, como me gusta hacer a mí cuando lo tengo encima, y a pensar en lo sucedido. Apaciguado por el compás regular de su respiración de niño, reflexioné sobre lo que acababa de pasar.</p>
<p>En el primer abismo al que me asomé, me sorprendió la profundidad y el valor absoluto que tienen nuestras verdades al ser reflejadas sobre las verdades de nuestros hijos: la angustia de Daniel solo puede entenderse en esa clave. Sintió que había traicionado lo que somos como familia, lo que le enseñamos y también lo que hacemos, lo que ve en casa, porque si de algo estoy seguro es de que los niños, de lo que se les enseña solamente con palabras aprenden más bien poco, y en cambio son la esencia pura de lo que ven hacer a sus padres, combinado, por supuesto, con su propia personalidad.</p>
<p>Pero lo que más me impresionó, lo que me llevó a pensar en este artículo, fue comprender que su angustia, su profundo sentimiento de culpa, se debía a las <em>consecuencias</em> de lo que, aún sin querer hacerlo, había hecho. Él no tenía intención de romper el juguete. No deseaba romperlo, y era plenamente consciente de no haberlo maltratado, de estar dándole un uso normal. Sin embargo, la frase que repetía una y otra vez en su llanto dulce no era <em>“Yo no fui”</em>. Ni siquiera <em>“Fue sin querer”</em>. La frase era <em>“Papá, yo no estaba haciendo nada malo”.</em> Quizás sea rizar el rizo, pero me hizo pensar en que estaba presenciando una actitud verdaderamente honesta. Asumía su responsabilidad, había sido él, pero lo que le dolía era que no había tenido malas intenciones. <em>No había hecho nada malo</em>. Comprendía perfectamente que el juguete se había roto como consecuencia de su uso, y además sabía que <em>romper las cosas está mal</em>, pero al mismo tiempo estaba convencido de no haber <em>maltratado </em>el juguete.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y aún así, estaba asumiendo las consecuencias.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces pensé, enternecido y conmovido, que más allá de reconocerlo públicamente o no, si los adultos fuésemos capaces de separar <em>intenciones</em> de <em>consecuencias</em>, y si, además, pudiésemos experimentar un arrepentimiento tan genuino cada vez que las <em>consecuencias</em> de nuestros actos se separan de nuestras <em>intenciones</em>, e involuntariamente hacen daño, entonces las reglas del juego, desde el punto de vista social, serían absolutamente diferentes para todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Quizás deberíamos aprender a asumir, con naturalidad, las <em>malas consecuencias</em> de nuestras <em>buenas intenciones</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y, sobre todo, deberíamos ser capaces, cuando alguien argumenta <em>buenas intenciones</em> como explicación para las <em>malas consecuencias</em> de sus actos, de otorgarle, al menos, el sanísimo beneficio de la duda.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La fragilidad de los sueños</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Nov 2011 10:14:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>A pesar de eso, a pesar del tópico y a riesgo de parecer vencido por él, hoy quiero hablar de soñar despierto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo hago desde muy niño, sin falsos pudores ni orgullos injustificados. Lo hago sin jactancia y sin humildad, sin planificación ni estrategia, a los tumbos, desde un rincón oscuro en el que, solamente a veces, soy capaz de imaginar una vida sin sueños; y entonces, amenazado por un pánico atroz, me entrego a las fantasías más absurdas. De niño fueron, cómo no, héroes y dragones, hazañas mitológicas de desenlace incierto, poderes obvios y fuerza descomunal, pero fueron también diálogos imaginarios, amigos invisibles y vuelos de órbita baja, siempre con una capa roja flameando al viento. Fueron lugares ignotos, pasados y futuros diferentes, amores vencidos que renacían y dolores que, en el sueño, nunca había sentido.</p>
<p><span id="more-1175"></span>Después, de adolescente, los sueños se diversificaron. Algunos, los de hazañas legendarias y repartir justicia, permanecieron allí, no sin cierta vergüenza y bajo el secreto más absoluto, protegidos por un manto de pudor. Pero se abrieron camino entre mis juegos infantiles otros sueños más reales, casi palpables. Soñé el sueño de todos los adolescentes: el de la estrella de rock. Soñé, infinidad de veces, la piel femenina y sus ojos, cerca. Soñé un mundo más justo, también, en cuanto aprendí a reconocer la injusticia. Soñé un liderazgo de masas, y soñé palabras, muchas palabras que, con esfuerzo y poco éxito, intenté atrapar en cuadernos <em>Meridiano</em>.</p>
<p>Entonces, bajo el hechizo de algún par de ojos femenino, como casi todo lo que aprendí en la vida, entendí sin quererlo que los sueños son como las mujeres: si se intenta atraparlos como a moscas, aunque parezca que es posible, se escapan a último momento, esquivando la torpeza de unos dedos que nunca son lo suficientemente rápidos. En cambio, para alcanzarlos, hace falta cortejarlos despacio, seducirlos con delicadeza, conquistarlos lentamente con homenaje y paciencia, haciendo honor a su belleza. Y aún así, muchos de ellos son, de cualquier manera, inalcanzables.</p>
<p>Después, inevitablemente, sucumbí a los sueños pragmáticos de los adultos: una casa, un trabajo mejor, un televisor más grande, un país lejano. En esos días, cuando la adolescencia, como las hojas ocres de un otoño más, se desprende sin dolor del cuerpo y cae al suelo, muerta, un día cualquiera en el que, después comer en un restaurante, te das cuenta de golpe que en algún momento dejaste de pedir banana con dulce de leche de postre, y en cambio te estás comiendo una ensalada de frutas, los sueños de soñar despierto se anestesian un poco. Ya habrá tiempo para soñar, porque la juventud es para siempre, y mientras tanto es necesario hacerse con un lugar en el mundo real.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mentira.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Son pequeñas trampas, engaños sin importancia para postergar los sueños, para dejar de perseguir sombras cuando uno empieza a sentirse cansado, para ejercer en primera persona la ilusión insuficiente de haber crecido, madurado, de asentarse, de ser un hombre de provecho.</p>
<p>Por suerte, al menos en mi caso, los hijos acuden al rescate. Simplemente llegan, sin avisar, como de visita, pero para quedarse. Primero son como un juguete frágil, como un bichito sin más voluntad que la de llorar a gritos y apretar sus puños rosados, para reír después con la boca y los ojitos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero crecen.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces los sueños vuelven a habitar la casa. La recuperan entera, como un territorio hostil para los adultos, sembrado de piezas de plástico repartidas por el suelo y dibujos animados. Entonces hay que volver a aprender a soñar despierto, para permitir que un héroe de diez centímetros luche con otro de veinticinco de igual a igual, y que un dragón de peluche sea tan terrorífico como uno de goma. Los cochecitos vuelan, y corren carreras de igual a igual con arañas de plástico.</p>
<p>Y por las noches, cuando los sueños se van a dormir, abrazados a sus muñecos de felpa, los adultos nos sentamos en el sofá a inclinar la cabeza con ternura, y sintiéndonos, por primera vez en el día, a salvo de la fantasía.</p>
<p>Y recién ahora alcanzo el punto donde puedo empezar a contar la historia que hoy me carga el pecho, la que me hizo volver a pensar en los sueños, volver a sentirlos tan adentro que duele.</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-1177" title="harry-potter-y-la-piedra-filosofal-1" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/harry-potter-y-la-piedra-filosofal-1-300x185.jpg" alt="" width="300" height="185" />Siete años después, de la mano de mi hijo Pablo, <em>Harry Potter</em> entró en mi casa. Es verdad que yo – no me avergüenza decirlo – había leído los libros, y los había disfrutado. Por eso se me ocurrió, después de que Pablo hubiese acabado varios libros de menor entidad (<em>Gaturro, Gerónimo Stilton, etc.</em>), cuando preguntaba, apesadumbrado: <em>“¿Y ahora qué puedo leer?”</em>, ofrecerle <em>Harry Potter y la Piedra Filosofal</em>. <em>“Es muy gordo, y no tiene dibujos”</em>, se quejó, anticipando pucheros. <em>“No te preocupes. Empiézalo. Si te aburres lo dejas”</em>, le respondí, hablándole de tú en lugar de <em>vos</em>, como siempre que quiero ser didáctico.</p>
<p>Aceptó de mala gana. Abrió el libro con la actitud perezosa de quien está obligado a escalar una montaña, resoplando y pensando más en el esfuerzo de coronar la cima que en el disfrute del ascenso.</p>
<p>Y entonces, los sueños desbordaron su cabecita pelirroja, y una chispa mágica – nunca mejor dicho – se afirmó en sus ojos marrones. La carita se le encendió de colores vivos, y supo con total certeza, en su corazón de niño, que había descubierto un mundo nuevo.</p>
<p>Al día siguiente me pidió que viésemos la película. Después de verla, la discutimos largamente, interpretándola, explorando sus razones y la lógica propia de su fantasía. Desde entonces, todas las noches, durante media hora, antes de dormir, regresa al libro, empapándose de él, identificando los detalles que en la película no estaban, y sobre todo, soñando despierto. Él y su hermano se lanzan hechizos mortales con sus varitas imaginarias, se persiguen descalzos y en pijama por toda la casa, escupiendo conjuros a voz en cuello y discutiendo a gritos las consecuencias de los embrujos.</p>
<p>Ayer, después de una semana de <em>Pottermanía</em>, mientras hablábamos un rato en el sofá, antes de irnos a la cama, Pablo me seguía hablando con entusiasmo del momento, para él, mágico, donde <em>Harry Potter</em>, a los once años, se entera de que es un mago porque recibe la carta del <em>Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería</em> que le confirma una plaza para ir a estudiar allí. Con los ojos desorbitados y una sonrisa que debía estar pinchándole las orejas, me dijo:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>-        Papá, si cuando cumpla once años recibo la carta, ¿me dejarás ir?</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo miré a los ojos con mucha ternura, y pude ver en él una ilusión tan profunda, un anhelo tan arraigado, tan fuerte y tan poderoso, que sentí vértigo. El adulto racional se apoderó de mí, y por un instante pude sentir la desilusión que sufriría cuando, al cumplir once años, no le llegase la carta. Me sentí en la obligación de traerlo a la realidad lo más pronto posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Pablo, mi amor, tienes que saber que todo esto es fantasía, hijo. Por mucho que lo desees, la carta no te llegará. <em>Hogwarts</em> no existe.</p>
<p>Sus ojitos se llenaron de lágrimas, y el labio inferior le tembló un poco, como cuando está a punto de llorar. Bajó la mirada, y luego, con un orgullo que le desconocía, se enfrentó a mi, con profunda tristeza:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>-        Ya sé que no existe – me dijo. – Pero tú ni siquiera me dejas creer que existe.</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces me sentí vil. Me di cuenta de golpe de su profunda sabiduría: hay un lugar en el que sabe que todo es fantasía, pero para soñar despierto necesita creer que es verdad, que puede pasarle a él, que <em>va a pasarle a él</em>. Entendí, a los treinta y ocho años y siendo educado por mi hijo de siete, la inmensa fragilidad de los sueños, y que lo verdaderamente importante, para mantenerlos vivos, es creer de verdad en ellos, con la inocencia de un niño. Le acaricié la cabeza, y mirándolo a los ojos, le dije:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        ¿Sabes qué? Vamos a esperar hasta que cumplas los once. Probablemente te llegue la carta. Y si no te llega, entonces capaz que somos <em>muggles</em><sup class='footnote'><a href='#fn-1175-1' id='fnref-1175-1'>1</a></sup>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Su carita volvió a encenderse, y siguió soñando en voz alta, relatándome lo que haría al llegar al Colegio <em>Hogwarts</em> de Magia. Pero yo ya no estaba ahí, sino preguntándome si, con el mismo criterio absurdo de adulto, no habría asesinado también buena parte de mis propios sueños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class='footnotes'>
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<ol>
<li id='fn-1175-1'>Para los magos, personas que no son mágicas <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-1175-1'>&#8617;</a></span></li>
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		<title>Enano Cabezón III: Las nieves del tiempo platearon tu sien</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Oct 2011 08:53:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Es ya el tercer año que, pocos días antes de tu cumpleaños, me siento a pensar en vos, a escribirte, a intentar dejarte un sendero de palabras sinceras que puedan, algún día, ser el mejor regalo; el que te haga descubrir, sin artificios, algunas verdades sobre tu viejo. No hay mejor manera de dejarte saber sobre mis sentimientos, mis dudas y mis miedos, sobre mi rol de padre y mi papel de educador, sobre mi adulto pobre, sobre las lágrimas que te escondo, sobre las palabras que, como los adultos creemos que los niños <em>no entienden</em>, ahora no puedo decirte, pero te voy dejando en alguna parte, custodiadas quién sabe por qué arcano tenebroso, para que puedas recibirlas cuando tu edad sea de dos dígitos, cuando tus ojitos maravillosos ya no amenacen con desbordar tu cara, cuando tus labios encierren otra boca, una que haya cambiado los pucheros adorables que a veces te sacuden por un ansia indomable de besos lenguaraces y palabras mal dibujadas.</p>
<p><span id="more-1171"></span></p>
<p>Como te decía antes de perderme en mi retórica, en esas vueltas dialécticas que suelo dar antes de entrarle de lleno a los temas, es esta carta la tercera conversación que tenemos de hombre a hombre, entre mis palabras y tu silencio, y es hora de que vayas sabiendo algunas cosas que aún no podés saber. Quiero contarte un secreto acerca de mí, pero quiero decírtelo en voz baja, en un susurro apenas audible, en un cónclave sólo para los dos, que nadie me oiga, porque me da pánico: Soy un hombre, mi amor. Sé que a veces creés que tu papá es un héroe, que lo puede todo, que no teme ni padece, y te confieso que me gusta jugar contigo ese juego en el que mi presencia basta para garantizar que nada malo puede pasarte, pero no es verdad, mi amor. A veces, te miro jugar con tu hermano, desparramando fantasías por el salón de casa, y un miedo infame me atenaza, me atormenta y me duele físicamente. Es un miedo sin cara ni nombre, absurdo y abstracto. Un miedo que habla de no estar un día para vos, de no saber claramente cuál es el siguiente paso, de estar errando los valores que quiero enseñarte. Un miedo atroz por la certeza de la presencia física de mis defectos en ustedes dos, la inevitable repetición de mis errores, la reproducción en chiquito, otra vez, de mis fantasmas de niño. Entonces, cuando ese miedo me asalta, con todo lo hombre que soy, con todo lo fuerte que me ves, con mis treinta y ocho otoños cargados a la espalda, siento ganas de llorar. Y no sólo siento ganas de llorar, sino que necesito que seas vos quien me consuele. Necesito llorar entre tus brazos, necesito dejar que mis lágrimas dibujen caprichosamente su rastro salado sobre tu carita infantil, sobre tus hombros, tan chiquitos que parece mentira que puedan sostener tu cabeza.</p>
<p>Pero también, además de la nobleza inherente a la paternidad, la que tengo yo y seguramente cada uno de los padres de tus compañeros de clase, de tus amiguitos y de la mayoría de los niños de este mundo, tengo momentos de auténtico mal padre, mi amor. A veces caminamos por la calle, y voy pensando en mis cosas, apenas consciente del sudor limpio de tu manito infantil apretada entre mis dedos, y entonces vos necesitás compartir tu día de niño, repleto de trivialidades, haciéndolo competir con mis miserias de adulto, los problemas del trabajo, mis anhelos oscuros e inalcanzables, mi mal humor de la tarde. Y caminamos, uno junto al otro, yo con la vista perdida, pensando en mis cosas, y vos sin parar de relatar un suceso nimio, un encontronazo en el patio, una canción que habla de estrellas y de luna, un nuevo otoño que te maravilla porque solamente viste otros cuatro, una conversación con tus abuelos. Vas hablando, mientras tratás de mantener mi paso, de mirar hacia adelante y al mismo tiempo buscás mis ojos con los tuyos. Y yo camino, ignorando tu discurso con unas cuantas acotaciones vacías de <em>“¿Sí?”</em> o <em>“¿En serio?”</em>, mientras íntimamente deseo que te calles de una vez, y que me dejes pensar. Inevitablemente, por la noche recupero esos momentos, y me pregunto cuántas tardes de inocencia nos quedan, cuántos trayectos de tu parloteo simultáneo con el de tu hermano, cuántas canciones de estrellas y lunas tenemos por compartir antes de que tu Dios Padre privado y total se transforme en un hombre de carne y hueso, desmoronándose en tu universo privado hasta que seas capaz de reconstruirlo, como hice yo con el mío, después de varios años de trabajo. Y es entonces cuando me arrepiento de mi silencio y me prometo escucharte con más atención la próxima vez, sabiendo que no voy a ser capaz de hacerlo, porque los adultos, mi amor, siempre tenemos problemas <em>urgentes</em> que sepultan lo verdaderamente <em>importante</em> bajo una montaña de papeles sin sentido. Todos los adultos, hijo, somos ciegos con ojos, hundidos bajo el peso de una realidad que a veces es tan siniestra que mejor ni pensarlo, y por eso solemos perdernos los momentos mágicos de los niños, porque aunque sean mágicos, se repiten, y eso hace que pensemos que ya los veremos la próxima vez.</p>
<p>Y no quiero dejar esta carta hasta el año que viene, mi amor, sin contarte que este año – como todos – hiciste algo que, para mí, fue un poco más especial que las otras cosas especiales que hacés. Este año escuchaste <em><a href="http://www.musica.com/letras.asp?letra=809903" target="_blank">Volver</a></em>, uno de mis tangos preferidos, sobre todo desde que vivo lejos de mi hogar, y te gustó. No me preguntes por qué, no consigo explicármelo, pero <em>Volver</em> te emocionó. Elijo pensar que tu sensibilidad de niño supo captar mi emoción profunda, mi nostalgia dulce y triste, y que esas emociones te hicieron incorporar ese tango desde dentro, sentirlo y reescribirlo para vos. Entonces, no sé bien cómo, acabaste aprendiendo todo el estribillo, e interpretándolo con emoción auténtica.</p>
<p>Y escuchar, mi amor, la dulzura de tu voz de cuatro años, que hablaba seriamente y con sentimiento de <em>Volver, con la frrrrrente marrrchita, las nieves del tiempo, platearon mi sien</em>, una vez más, invocó en mi interior el milagro de la paternidad. Me hizo saber que todo mi dolor, toda mi angustia, todos mis errores, sean de la naturaleza que sean, también constituyen la esencia de tu amor filial. Supe, sin necesidad de preguntártelo, que la Argentina de mis amores que hoy tengo tan lejos tiene también un trocito de tu pecho, una gota de tu sangre, aire en tus pulmones y tu amor de niño.</p>
<p>Y parece estúpido, mi amor, pero en este momento de mi vida, cuando tanta nostalgia siento, que sea precisamente tu voz la que me traiga esos versos, me provoca una emoción que no sé explicar. Solamente quiero agradecértelo. Quiero contarte, dejarte por escrito que, sin saberlo, me devolviste un pedacito de mí que se había quedado en Argentina, me conmoviste, me dejaste ver mi propia niñez a través de tus ojazos.</p>
<p>Quiero decirte, mi amor, con palabras que no sean de papel, sino de sangre y piel, que te adoro, que no importa lo que pase en adelante, porque tu canción dulce, las palabras de Gardel en tu boca que es mía, escribieron ya de forma indeleble, para siempre, tu amor de hijo, tu empatía con mi dolor, tu capacidad de emocionarme. No importa nada más, mi amor. Ahora que, precisamente en este instante, mientras te escribo, <em>las nieves del tiempo platean mi sien</em>, es el mejor momento para decirte, de una vez y para siempre, que con errores y aciertos, con mezquindades y promesas, con todo lo que soy, mi amor de padre es indestructible y total, es tuyo y genuino, y es el refugio perfecto, al que pase lo que pase en tu vida, siempre, siempre y sin necesidad de dar ninguna explicación, vas a poder <em>Volver.</em></p>
<p align="right"><em>Feliz cumpleaños.</em></p>
<p align="right"><em>Te adora,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Papá.</em></p>
<p style="text-align: right;"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sat, 24 Sep 2011 08:37:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Aún hoy, muchos años después, soy incapaz de ver llover sin revivir en mi pecho un Buenos Aires pequeñito, pero igual al de mis veinte años. Puedo sentir, justo al lado de donde mi corazón ejerce de músculo, entre sístoles y diástoles, las hojas marrón y ocre del otoño bonaerense, empapándose lentamente para amontonarse junto a las alcantarillas. Puedo ver, sin ningún esfuerzo de imaginación, los empedrados de Palermo Viejo brillando sus reflejos, lustrándose bajo la lluvia sucia de una ciudad que, aunque no lo sepa, es mía, y aún más mía cuando llueve, y mas mía cuanto más arrecia la tormenta.</p>
<p><span id="more-1149"></span>Revivo, a mi pesar, la emoción violenta de un beso profundo y lenguaraz, con alguna novia ocasional, intentando protegernos de la lluvia bajo algún portal de la avenida Santa Fé, y la tristeza eterna de los sauces de Parque Lezama. Me encarno, sin quererlo pero sin evitarlo, en las farolas de mi San Telmo tanguero y locuaz, testigos invisibles de feria, noche, pasos, bares, personas de carne y hueso, y el repiqueteo sordo de las gotas gordas, grandes, sobre el ala de fieltro de mi sombrero.</p>
<p>Finalmente, como siempre en estos casos, cuando uno, con gusto, se deja atrapar por la memoria, arribo a la Vuelta de Rocha, donde siempre me espera una verdad desnuda. Es la verdad de mi infancia boquense, de mis hermanos sucios de arena de la Plaza Malvinas, de las tardes de lluvia en las que, armados de botas de goma, Mamá nos dejaba bajar a jugar con los charcos, sin supervisión de los adultos ni consejos de seguridad ni más restricciones que volver a casa a la hora de la merienda. Y es esa verdad desnuda la que me interroga cara a cara, y me pregunta de qué está hecho mi inmenso amor por Buenos Aires.</p>
<p>Al principio me sorprendo, o tal vez me hago el sorprendido. El amor por las ciudades no puede estar hecho de otra cosa que hormigón armado y un montón de horas vividas. Pero la lluvia, cuando arrecia, cuando golpea contra las ventanas a tantos kilómetros de tu casa, es como un suero de la verdad. Bajo los ojos, enciendo otro cigarrillo y me dispongo a responder, justo debajo del Puente de La Boca, mientras dudo que esos botes maltrechos y oxidados que flotan ante mis ojos, sean realmente capaces de flotar como lo están haciendo.</p>
<p>Es cierto que Buenos Aires guarda entre sus piedras la historia aburrida de cómo me hice hombre. Sabe de los esfuerzos de mi Padre y de los litigios de amor de mis dos Madres. Sabe de mis hermanos, cerca, y de mis hermanos, lejos, cruzando el río. Buenos Aires conoce al niño que, todos los años, empezaba el primer día de escuela con el pelo engominado de <em>Lord Cheseline</em>, muerto de asco por el tacto helado de la gelatina azul, y del adolescente seguro de sí mismo que un día decidió fumar, que descubrió los porros, la cerveza rubia y las mujeres, sin importar tanto el color de piel o de pelo como el perfil redondo de sus camisetas. Buenos Aires me vio, junto a las Madres y las Abuelas, en casi todas las <em>marchas de la resistencia</em>, y sabe de mis convicciones ideológicas, de mis guerras personales y de mi odio profundo contra tantos, tantos que se llenan los bolsillos sin importar a quién le faltará un vaso de leche por su avaricia, que no vale la pena nombrarlos. Buenos Aires fue testigo, también, de mi pasión futbolera, de los festejos en el obelisco, besando la celeste y blanca con lágrimas en los ojos, de la alegría explosiva del beso histórico entre el Diez y el Pájaro, del fondo azul y oro de mis tardes de domingo, solo o con amigos, pero siempre con el estómago encogido detrás del giro errante de una pelota cualquiera.</p>
<p>Pero lo que mejor sabe Buenos Aires de mí, lo que más conoce, no es ninguna de estas cosas. No es que soy buena o mala persona, ni mis convicciones profundas, ni mi intransigencia sobre algunos temas, ni mis novias de adolescente, ni mis hermanos, ni mi niñez, ni mis tantos colegios. Lo que mejor sabe Buenos Aires de mí es con cuánta intensidad, con cuánto dolor auténtico y qué profundamente quise y quiero a mis amigos. Y por supuesto, aunque Buenos Aires se esfuerce por ignorarlo, es Barcelona la que sabe bien cuánta falta me hacen, la ausencia permanente que me habita desde hace más de una década, la necesidad innombrable de mirarte a los ojos con un cómplice, de costado, para saber en una décima de segundo lo que estamos pensando, lo que estamos sintiendo, lo que vamos a hacer.</p>
<p>Es, sin duda, Barcelona, la que conoce mi plenitud de Padre y de Esposo, la que me vio hacer una familia, y la que conoce el inventario secreto de mi soledad de Hombre, la sombra alargada de la amistad masculina, imprescindible como el agua, y tan lejos que ni siquiera las gaviotas infames del Mediterráneo son capaces de convocarla cuando hace falta.</p>
<p>Y cuando Barcelona decide llover, justo frente a mi balcón, le gusta jugar con mi nostalgia, y entonces se sienta conmigo a mi mesita de madera, se queja bajito de tanta azúcar en mi café, y repasa para mí ese inventario tan temido. Le gusta, cuando la lluvia me humedece los ojos, recordarme que puedo ser feliz como Padre y como Marido, pero que el tiempo solamente agranda el arcón donde escondo mi soledad de Hombre.</p>
<p>Allí, a salvo del polvo y de la humedad, están los amigos de mi primera infancia, con los que descubrí las fantasías soñadas a plena luz, los juegos de superhéroes y los libros de aventuras. Están las noches de sábado, quedándome a dormir en sus casas, conversando asuntos de niños en voz baja, en la oscuridad, y las llamadas de atención de los padres: <em>“¡A dormir, que es muy tarde!”</em>. Están las tardes de domingo, cuando mi madre hacía una pila de panqueques con dulce de leche, y yo me sentía orgulloso y generoso de convidar a mis amigos.</p>
<p>Después, a la misma caja, fueron a parar las primeras fiestas hasta la madrugada, los primeros desayunos de café con leche y medialunas de grasa al amanecer, intentando conjurar una borrachera feroz antes de volver a casa, el descubrimiento sorprendente de la piel femenina y las caminatas eternas, cantando tangos a gritos sobre los adoquines necios de una ciudad dormida. Guardo también, los primeros viajes al Sur Argentino, con mochilas e ilusión, y muy especialmente una noche de 1991, junto a mis dos amigos del alma, acurrucados en una tienda de campaña rota, bajo una lluvia torrencial, empapados, intentando escuchar por la radio cómo estallaba la guerra del Golfo Pérsico, sintiéndonos más cerca que nunca.</p>
<p>Pero lo que más espacio ocupa en ese cofre, el verdadero secreto que atesora, son las claves rioplatenses de la amistad masculina, del amor de hombre a hombre. Son palabras, las charlas interminables regadas con cerveza o con ginebra, los cientos, miles de horas, mano a mano, relatando penurias o escuchándolas, los abrazos, como hermanos. Es la certeza, única, de haber hecho una elección de amistad que durará para siempre, inmune al tiempo, pero que sufre la distancia. Es el recuerdo físico de cada encuentro, de las charlas de café, de los viajes, de los sueños en común.</p>
<p>Y figuran también, en ese inventario, todos los momentos en los que los necesito, y están lejos. Cuando me casé. Las dos veces que fui Padre. Cada vez que conseguí un trabajo. Cuando publiqué mis libros. Cada una de las tardes de lluvia y fútbol. Los momentos donde arrasa la nostalgia. La certeza de una vida por delante extrañando a mis amigos, y, fundamentalmente, los días en los que no pasa nada, pero simplemente me haría bien un café, una palmada en el hombro, un abrazo de oso, el amor de un amigo, de hombre a hombre.</p>
<p>Pero ahora mismo toca levantar la vista, y volver a mi balcón antes de que, sin aviso, la lluvia se detenga, y se cierre la ventana de mi nostalgia profunda. Porque aunque a veces lo perdamos de vista, aunque a veces la tristeza no nos deje ver más allá, es indiscutible que, siempre que llovió, paró.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Juntos, mezclados y revueltos</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jul 2011 09:21:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y yo estaba casi sin dormir, ansioso por el fantasma mezquino de un oficial de migraciones que, víctima de un estreñimiento inoportuno o una pelea conyugal vespertina, pusiese trabas para el traspaso de mis hermanos de este lado de la tan preciada eurofrontera.</p>
<p>Y de golpe salieron. Ya no era el miedo sino una efervescencia compulsiva de manos, brazos y bocas que saludan, niños que saltan en brazos y hermanos estrepitosamente reencontrados. Si bien en esta familia de locos yo tengo hermanos que no son hermanos entre sí, y ellos a su vez tienen hermanos que no son hermanos míos, este encuentro era de los cuatro hermanos que crecimos juntos, una recreación histórica de la casa familiar, treinta años después, ahora que todos somos padres, para que nuestros hijos sean testigos de un auténtico amor de hermanos.</p>
<p><span id="more-1067"></span>Madrid amaneció a un día caluroso y de buenos presagios. Marchamos todos a casa de Dolly, una amiga de la familia, una abuela postiza que, a pesar de ser mayor – cuando se habla de damas la edad es un detalle grosero, que nos reservaremos esta vez, dada su indiscutible condición de Dama, y otros muchos méritos que la hacen acreedora de tal cortesía – hizo gala de espíritu de cuerpo y juventud de alma, nos abrió su casa madrileña de par en par, permitiéndonos invadir su regreso – ella viajaba en el mismo avión desde Buenos Aires – a gritos, lágrimas, peleas y besos ruidosos. A media mañana partimos hacia Sol, donde la acampada nos recibió con los brazos abiertos, y caminando las calles de Madrid, redescubrimos los bares de tapas, los edificios señoriales y orgullosos, las plazas rectangulares e infinitas, empedradas de malos y buenos recuerdos, y los monumentos blanquísimos desafiando la inclemencia solar con su indolente y petrificada actitud.</p>
<p>Más tarde llegó el menor de los hermanos, que no por vivir en Córdoba se iba a perder el pistoletazo de salida, así que al volante de su furgoneta rebobinó la última distancia que nos separaba, y al fin pudimos decir que – salvo mi Señor Padre -, estábamos todos.</p>
<p>Y para qué detallar de más. Dimos vueltas, hicimos asado en la terraza de Dolly, bajo un cielo estrellado y madrileño, y después partimos. Ellos hacia Córdoba, yo, sólo, hacia Barcelona. Solamente para tomar aire, recoger a mi familia, y precipitar entonces el segundo encuentro, a pleno, en Málaga y Córdoba.</p>
<p>Ahora sí, estábamos todos.</p>
<p>Y como no puede ser de otra manera entre hermanos, nos quisimos y nos peleamos, volvimos a hacer asado y a mortificarnos unos a otros con las mismas cosas que nos mortificaban de niños, pero entre el humo del tabaco, las sierras cordobesas y nuestros hijos revoloteando. Nuestros hijos, primos entre sí, se mortificaban unos a otros entre ellos, igual que lo habían hecho sus padres tres décadas antes, y al igual que nuestros padres entonces, nosotros éramos torpes para intervenir y apaciguar algunas veces, y otras, iluminados por una inspiración seráfica, los hacíamos reír y quererse entre ellos, jugar juntos y reproducirnos en chiquito, ser felices, ser hermanos, piel y piel, sonrisa y sonrisa.</p>
<p>Era como una película de Kusturica, donde un montón de adultos se desparraman en un espacio pensado para una pareja, rodeados de niños que son de todos y de perros que se disputan a dentelladas las sobras de comida. Mi Padre y mi Madre, separados hace ya veinticinco años, orgullosos responsables de una prole ruidosa y en constante estrépito, casi sin querer, casi sin darse cuenta, nos daban una vez más, a todos, el ejemplo vivo de que, a la larga, siempre el amor prevalece sobre las diferencias, y se puede seguir queriéndose con locura para toda la vida, compartiendo los hijos y los nietos, los amores gritados bajo las estrellas, los silencios de siesta y las ruedas de mate y charla que te charla. Era una dinámica imposible, en la que el ochenta por ciento del tiempo vivible de cada uno de los días que pasamos juntos se empleaba en decidir que íbamos a comer, cocinar, comer, alimentar a los niños, limpiar, hacer la sobremesa y vuelta a empezar.</p>
<p>Nos despedimos otra vez entre abrazos, besos y caos, pero solamente para dejar paso al tercer y último asalto de la maratón familiar: Barcelona, mi casa.</p>
<p>Pero el encuentro todavía guardaba en su manga mágica, tramposa y entrañable, una sorpresa más. Y es que, así como he contado más de una vez en este <em>blog</em> que a mí me tocó la extraña suerte de tener dos madres en activo a la vez – cosa que a mis hermanos no -, a mi hermano mayor le tocó la extraña suerte de tener dos padres. Por circunstancias de la vida, uno de ellos no había estado en activo durante muchos, muchos años. Y vive en Barcelona.</p>
<p>Me encontré con él y su mujer en el aeropuerto del Prat, una hora antes de que otro avión depositara a toda la parentela en suelo Catalán. Y a pesar de lo extraño de la situación, esa sensación absurda de <em>“Voy a encontrarme con el otro padre de mi hermano”</em>, una vez más, tuve que volver a aprender que el corazón humano puede con todo. De golpe y sin aviso previo, me encontré en una mesa del bar del aeropuerto, tomando un café con un señor indiscutiblemente uruguayo, del que sabía poco más que eso: el padre de mi hermano. Y me encontré descubriéndolo tan parecido a él, que tuve que ayudarme con mi <em>coca-cola</em> para poder tragarme entera la evidencia incontrastable de la biología. Y me adiviné a mí mismo deseando, antes de que ellos se encontraran, que como dos adultos que son, supiesen aceptarse, llevarse bien, y si es posible, quererse.</p>
<p>Otra vez las puertas correderas del aeropuerto escupieron la procesión interminable de hermanos y sobrinos, y Padre e Hijo se encontraron después de veinte largos años, pudieron abrazarse y empezar, allí mismo, en el aeropuerto, a aceptarse, quererse y llevarse bien. Partimos todos hacia mi casa, y hoy puedo asegurar que la única fórmula para sobrevivir catorce personas durante una semana en noventa metros cuadrados con dos baños es solamente y nada más que el amor.</p>
<p>Parecíamos estar inmersos en una ruleta infame, todo volvía a suceder igual, pero con ligeros cambios de escenario, con nuevos personajes y con un fondo distinto, pero otra vez las deliberaciones interminables para decidir el menú, los ciento setenta y dos minutos de rigor para estar listos para salir hacia cualquier parte, el calor insoportable de Barcelona y yo trabajando en mi cuartito mientras los sobrinos y los hijos corrían por ahí, peleando a gritos, jugando a risotadas y saltándose las normas de dos en dos.</p>
<p>El apogeo final de veinticinco días memorables fue el cumpleaños de mi hijo Pablo, donde además de sus amiguitos y los padres de sus amiguitos, se dieron cita: mi Padre, mi Madre – mi otra Madre estaba demasiado lejos para venir -, tres de mis hermanos, mi cuñada, mis sobrinos, el otro Padre de mi hermano y su Mujer, otro de los hermanos de mi hermano y su mujer, la hermana de mi Padre – mi tía -, y su hija – mi prima –, acompañada de marido e hija, y representando a la línea materna mía – ya que había una de mis madres ausentes – una prima, con marido e hijos, y, por supuesto, mi mujer, mis hijos y mis suegros, sorprendidos ante lo prolífico, mezclado y revuelto de mi clan.</p>
<p>Todos familia.</p>
<p>Todos bien.</p>
<p>Todos riendo.</p>
<p>Todos queriéndonos.</p>
<p>Todos aceptándonos.</p>
<p>Y entonces supe, una vez más, en la piel, el corazón y la sangre, que la familia no tiene más fronteras que la capacidad emocional de sus integrantes, que los niños siempre tienen espacio en su corazón para un abuelo más, que los abuelos siempre tienen espacio en su corazón para un nieto más, y que somos nosotros, la generación de los padres, los responsables de producir el encuentro, de hacer las cosas fáciles y, sobre todo, de permitir que los niños, los grandes y los mayores se quieran desordenadamente, como salga y como puedan, porque es la única manera de que el amor sea sincero, sin reglas, sin imposiciones, sin obligaciones. Cuando somos capaces de algo tan sencillo y tan difícil, entonces todo sale bien.</p>
<p>Y como no podía ser de otra manera, hubo un <em>finale escandalosi</em>, todos llorando a gritos en un aeropuerto más, despidiéndonos quién sabe hasta cuando, emocionados, queriéndonos a golpes y empujones, entre equipajes circenses y relojes de pulsera arañando cuellos, soltando a granel lágrimas legítimas, ignorando cuándo seremos capaces de volver a darnos un abrazo así de grande, en el que, sin importar los caprichos de la biología, la genética y la sangre, todos nosotros, y muchos más que no estaban físicamente allí, somos, indiscutiblemente, de la misma familia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 2 de Julio de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>A mis hermanos, que los quiero con locura</em></p>
<div class="shr-publisher-1067"></div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><div class='shareaholic-like-buttonset' style='float:none;height:60px;'><a class='shareaholic-fblike' data-shr_layout='box_count' data-shr_showfaces='false' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F07%2F02%2Fjuntos-mezclados-y-revueltos%2F' data-shr_title='Juntos%2C+mezclados+y+revueltos'></a><a class='shareaholic-fbsend' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F07%2F02%2Fjuntos-mezclados-y-revueltos%2F'></a><a class='shareaholic-googleplusone' data-shr_size='tall' data-shr_count='true' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F07%2F02%2Fjuntos-mezclados-y-revueltos%2F' data-shr_title='Juntos%2C+mezclados+y+revueltos'></a><a class='shareaholic-tweetbutton' data-shr_count='vertical' data-shr_href='http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2011%2F07%2F02%2Fjuntos-mezclados-y-revueltos%2F' data-shr_title='Juntos%2C+mezclados+y+revueltos'></a></div><div style="clear: both; min-height: 1px; height: 3px; width: 100%;"></div><!-- End Shareaholic LikeButtonSetBottom Automatic --><p>Artículos relacionados:<ol>
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		<title>Porque lo digo yo, que soy tu padre II: palabra de ex-perroflauta</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jun 2011 17:10:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Cuando te escribo es diferente porque sé que ahora no podés oírme, que ahora no podés entender estas palabras, pero que algún día te dirán de tu padre mucho más que lo que entonces seré capaz de contarte, y no porque vaya a estar viejo, sino porque dos hombres – entonces serás un hombre vos también – difícilmente consiguen comunicarse con las palabras y el corazón de un niño.</p>
<p><span id="more-1064"></span>Y me gusta que sea diferente. Al menos una vez al año. Tengo ese derecho de hablarte de vos, de tu hermano, de tu madre y de mí, cada vez que vas cumpliendo años. Tengo ese deber, porque mis palabras, espero, serán algún día el más importante de los legados que podré dejarte. Las palabras, mi amor, pueden ser cajitas vacías encadenadas sin sentido, lugares comunes que los adultos se brindan lentamente, para vivir con cortesía; o pueden también ser el tesoro más preciado, el pacto más sincero entre dos personas, la revelación primera que te ayude, ese día aún lejano, a comprender quién eres. Tu inocencia de niño se diluye de a poco, lentamente, al mismo ritmo que mi candor de padre reciente se va transformando en una lista de reglas y leyes de padre experimentado, que cree que sabe ser padre, cuando en realidad muchas veces pierdo de vista que cada uno de tus días sigue siendo una primera vez para mí. Vas creciendo, mi amor, te vas haciendo más grande, más persona, más niño, más inteligente, más rebelde, más sensible, más Pablo que nunca. Más hijo mío que nunca. Cada día me ponés a prueba con un límite nuevo, con una rebeldía indómita, con una pregunta irreverente, con una sonrisa distinta, que de a poco se va poblando de agujeros y bordes serrados, de nuevos dientes torcidos que suplantan a los blanquísimos y diminutos que te hicieron llorar de bebé.</p>
<p>Es que nuestras vidas, últimamente, parecen más que nunca estar hechas de palabras. Yo escribo y escribo en una soledad artificial, fabricada de cemento y madera, para inventar un espacio silencioso y aislado. Y vos, mi amor, también vas, de a poco, día a día, hilvanando palabras nuevas, mensajes enteros sin cifrar, sin engaños ni trampas. Vas aprendiendo, solito y con mi ayuda, el poder de tu retórica infantil, de tu interés por el mundo, de tus preguntas sin solución y de las respuestas que, entre tu madre y yo, a veces conseguimos darte, y otras te negamos con un argumento universal: <em>eso son cosas de grandes</em>. Vas inventando, sin prisa, una rebeldía incipiente, una voluntad clara, una protesta en voz alta, un enfado de niño grande, de labios apucherados, de llantos explosivos que a veces dan paso a tu risa luminosa, a tus ojitos de castañas asadas e interrogantes vivos.</p>
<p>Y un día cualquiera, en medio de una tormenta social que ahora mismo conmueve a España – porque vas a aprender, también, mi amor, que entre los adultos hay personas poderosas y mezquinas, hay luchas sin sentido y mucha amargura, pobreza, desilusión y fracaso, y también espíritus rebeldes con causas nobles, personas que luchan por los demás y por sí mismos, y en este momento en tu país natal hay una guerra en paz, una pelea que tus padres consideran justa, y que otros consideran un capricho de un montón de <em>perroflautas</em>, hombres y mujeres jóvenes que buscan su espacio en el país como vos lo buscás en casa, con protesta y rebeldía, con amor, con pasión y con un deseo genuino de un futuro mejor. En medio de esa tormenta – te decía, cuando me distraje contándote más cosas de los <em>grandes</em> – apareciste un día con el primer símbolo perfecto de tu voluntad e identidad: te hiciste una trenza de colores pastel en tu pelo rojizo. Con tus seis añitos llegando a su fin, mientras el verano amenazaba con instalarse y resquebrajar el suelo de tu patio escolar, un día decidiste solo, sin consultar con tus papás ni con nadie, que te gustaba una trenza en el pelo. Una seña de identidad típicamente <em>perroflauta</em>, un adorno por el que muchos pagan, en este mundo, el precio del prejuicio ajeno y de la estigmatización. Llegaste de la escuela, y tu madre y yo nos miramos, sorprendidos, divertidos, y nos dijimos con la mirada:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>¡Se nos hizo perroflauta!</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Al día siguiente, en la escuela, el resto de los niños se comportaron contigo como se comportan los adultos cuando alguien hace algo diferente: te señalaron con el dedo. Al son de la burla colectiva, te cantaron: <em>“Pablo es una niña, tiene una trenza!”</em>. Ese mismo día, como si de principios se tratase, te hiciste otra trenza igual, del otro lado de la cabeza. Y volviste a casa decidido y orgulloso de tus trenzas.</p>
<p>Y yo, mi amor, una vez más, sorprendido por tu madurez de niño, por tu intuición precisa de <em>perroflauta </em>en ciernes, no soy capaz de explicarte el orgullo que sentí por tu convicción, por la fuerza de tu identidad, por tu rebeldía encausada, por tu sensibilidad única, por una actitud natural de afirmación de algo en lo que crees. Parece una tontería, pero hoy creo que es una señal, algo que tu madre y yo nos esforzamos mucho en darte, y que en la primera oportunidad que te dio la vida, pusiste en práctica sin ayuda y sin dramatismo: la convicción sobre las ideas propias.</p>
<p>¿Y sabés que? Te voy a contar un secreto: yo fui <em>perroflauta</em>. Cuando era poco más que un niño, no existía esa palabra, pero el concepto es el mismo. En vez de pintarme el pelo me disfrazaba de <em>Che Guevara</em>, con mi atuendo guerrillero, una boina negra de medio lado y fumando tabaco para armar. Y, como vos, tenía el corazón sensible y peleador. Creía en un montón de cosas que vos, todavía, no sabés que existen. Pero lo principal es que era inflexible e indomable. Creía de verdad, y obraba en consecuencia. Y con tu actitud me hiciste acordar a ese casi niño que un día fue tu padre, y que peleaba y protestaba, convencido de estar llamado a cambiar el mundo.</p>
<p>Hoy, mi amor, cuando te veo, cuando veo que sos capaz de sostener tus convicciones, me doy cuenta de cuánto éxito tuve. Cambié el mundo, lo hice un lugar mejor, porque traje a una persona que cree en sus ideas, que tiene voluntad propia y personalidad. Por eso este año, para tus siete añitos, además de otras porquerías envueltas en papel de regalo, quiero regalarte un compromiso a futuro: el de aceptar tus ideas, discutiéndolas si no estoy de acuerdo, pero respetándolas siempre y en cualquier caso. Quiero que tengas, entre tu corazón, tu cabeza y tus manos, la seguridad de que lo mejor que puedes devolverle a tu padre es esa fortaleza de carácter, la convicción de las ideas propias, y la certeza de que sabrás defender tus decisiones cuando sea necesario.</p>
<p>Por todo eso, mi amor, mi chiquitín, además de decirte feliz cumpleaños, hoy quiero prometerte que siempre, pase lo que pase, creas lo que creas, defiendas lo que defiendas, tendrás a tu viejo de tu parte. Palabra de <em>ex–perroflauta</em>.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>¡Feliz cumpleaños!</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Te adora, Papá</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 24 de Junio de 2011</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<pubDate>Sat, 04 Jun 2011 09:38:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente hombre, fue cuando me ajusté, de medio lado, un chambergo gris prestado, bajé su ala desgastada, puse un cigarrillo apagado en mis labios y me adiviné en un espejo, haciendo coincidir el borde del ala con los dos focos verdegrises que señalan el centro de mi mirada. Me gustó lo que vi, y decidí que, desde ese momento en adelante, esa sería mi imagen. Ese mismo día, aún con el sombrero y varios cigarrillos más tarde, en una mesa de café, con quien hoy es un amigo entrañable, sellamos nuestra amistad con un pacto sagrado que tiene ya veintitrés años de vigencia: me sentí hombre porque descubrí, al mismo tiempo, mi cara y el significado de la <a title="Sobre la amistad, justo antes de partir" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">amistad de hombre a hombre</a>.</p>
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<p><span id="more-1044"></span><a title="Sobre el confuso oficio de ser Hombre" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Después me sentí hombre muchas veces</a>. Me sentí hombre la primera vez que protegí a una mujer de la lluvia, cuando me enfrenté a la policía por defender cosas en las que creía, cuando dije verdades y cuando defendí mentiras por creer que así servía a una causa mayor. Me sentí hombre cuando supe con certeza, en la piel y en la sangre, que amaba a las mujeres en general, y más hombre aún cuando aprendí a amar a una en particular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino no fue cuando me pincharon en la solapa del guardapolvo blanco una escarapela celeste y blanca, rematada en el centro por un botón celeste, ni cuando, rodeado de la solemnidad de cartón piedra del salón de actos de mi escuela, aprendí los versos sincopados del Himno Nacional, mientras la señorita Graciela Amor danzaba con sus manos de marfil sobre las teclas de un piano desafinado. Tampoco fue el dos de abril de 1982, cuando un montón de adolescentes muertos de frío, bajo el mando errante de un general borracho, tomaron por la fuerza las Islas Malvinas, ni poco más tarde, el 20 de junio de ese mismo año, cuando repitiendo palabras huecas que me habían enseñado mis maestras, prometí lealtad a la bandera, preguntándome íntimamente cómo hace un niño para serle leal a un trapo de colores.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino fue cuando, a pesar de contar solamente cinco añitos, me asomé por el techo abierto de un <em>Peugeot 504</em> blanco, flanqueado por mis hermanos, para bañar mi cabecita en papeles de colores, gritando: <em>¡Argentina! ¡Argentina!</em> Habíamos ganado el mundial de 1978, y aunque mi familia era de izquierda y comprometida con la lucha contra la dictadura, nuestra inocencia infantil estaba a salvo de los horrores que tapaba ese triunfo. Me sentí argentino cantando, por los pasillos de la escuela, que veinticinco millones de argentinos ganaríamos ese mundial. Me sentí argentino viendo en blanco y negro los bigotes de Luque, los brazos abiertos del <em>matador</em> Kempes y el casquito de pelo ridículo de Daniel Pasarella. Me sentí argentino viendo a Mario Sapag imitando a Menotti, mientras repetía hasta el cansancio: <em>“No lo pongo a Pernía porque Pernía es triste”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí argentino muchas veces, con diversas emociones y grados de conciencia, pero nunca más volví a experimentar una sensación tan plena, tan claramente infantil, tan abstracta para un niño, y sin embargo tan absolutamente desbordante, enorme, motivo de orgullo y de gloria, de pasión, de emoción y de alegría. Por eso para mí, ser argentino es, sobre todo, ese sentimiento intraducible que, de cuando en cuando, nos une a todos los argentinos con cualquier excusa, pero borrachos del cual nos basta solamente una mirada para saber, sin ninguna duda, que estamos todos en el mismo bando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre no fue cuando me pusieron en brazos un bebé enrojecido, berreando y con la cabeza apepinada por el trabajo de parto. Me invadió una emoción profunda y difícil de explicar, pero en ella había más de miedo y felicidad mezclados que de paternidad. Tampoco fue algunas horas más tarde, cuando, con las manos temblorosas, intentaba despegar de su culito rosado el <em>meconio</em>, pegajoso y casi negro, sosteniéndolo por los tobillos con un miedo animal a rompérselos en pos de mi torpeza. No fue ni siquiera cuando me morí de ternura al verlo intentar mamar por primera vez, ni cuando el hospital dijo: <em>“A casa, buenas tardes”</em>, y salimos por la puerta con un bebé en brazos para el que, a pesar de haber leído concienzudamente, preguntado a nuestros padres, y habernos preocupado más allá de lo razonable, no estábamos preparados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre fue el día que vi a Pablo – mi hijo mayor – con sus piecitos desnudos y sus piernas flaquitas, tambaleándose de puro bebé, y su pelo rojo y lacio y sus dos ojos marrones y enormes, y sus manitos blancas, sus deditos diminutos coronados por uñas de mentira, todo él iluminado de felicidad, chorreando amor por todos lados, señalarme con el dedo e inventar, solo para mí, la palabra <em>Papá</em>. Un impacto en el pecho me dolió profundamente, y supe de una vez para siempre que él me reconocía como tal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí padre muchas veces, y a diferencia de otras cosas, es cada vez, si se puede, más gratificante que la anterior. Al menos por ahora, mientras mis hijos son aún pequeños, y la palabra <em>Papá</em> es sinónimo de héroe, Dios, guapo, listo, fuerte y admirable. En unos años, supongo, lo será de palabras menos elogiosas, pero tan auténticas como lo son éstas ahora mismo, y, espero, me harán sentir igual de padre, aunque probablemente no tan feliz. Por eso para mí, ser padre es, antes que nada, emplearse a fondo, con toda la pasión posible, en el intercambio filial, sin importar de qué se trate, sino la naturaleza del vínculo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor no fue cuando, con el pulso alterado por la emoción, abrí el paquete donde venían los libros con mi nombre en la portada. Tampoco fue el día que puse el punto y final de mi primera novela, ni la primera vez que me felicitaron sinceramente. No fue cuando, por primera vez, vino un periodista a mi casa a entrevistarme, ni cuando, orgulloso y conmovido, presenté mi libro en la biblioteca del pueblo. Ni siquiera fue cuando descubrí que mi cabeza está llena de historias, que voy por la vida narrando para mis adentros todo lo que me conmueve, me divierte o me emociona. No fue tampoco la primera vez que adiviné admiración en la lectura de alguien a quien respeto desde el punto de vista literario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor fue cuando, sentado en una vereda ventosa, bajo un porche gris que me protegía de un cielo encapotado, durante la fiesta de <em><a title="Velando armas: La Rosa, el Dragón, la Espada y la Pluma" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/04/22/velando-armas-la-rosa-el-dragon-la-espada-y-la-pluma/" target="_blank">Sant Jordi</a></em>, por primera vez miré a los ojos a un completo desconocido, le firmé un ejemplar de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> y se lo di en mano, sonriendo y agradeciéndole por apoyar a los escritores independientes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí escritor varias veces más, como cuando<a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona/" target="_blank"> me ofrecieron firmar en el libro de honor de visitantes de la biblioteca</a>, o cuando me entrevistaron por la radio. Me sentí escritor cuando, consultando el catálogo por internet, descubrí que los dos ejemplares de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> de la biblioteca estaban prestados, en casas de desconocidos, siendo leídos por personas de las que no sé más que su filiación bibliotecaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces pensé en las primeras veces, en lo difícil que es identificar esos momentos cuando están sucediendo, cuando son reales, cuando su <em>ahora</em> es tan inmediato y tan fugaz que apenas nos da tiempo para intentar ser nosotros mismos y hacerlo lo mejor posible. Y pensé que es necesario aprender de esa reflexión, e intentar vivir la vida con la ternura a flor de piel, con las emociones bien dispuestas, porque en cualquier momento, detrás de cualquier esquina, dibujada con desparpajo sobre cualquier papel, nos puede asaltar de improviso la vivencia imperdible de una primera vez maravillosa, y supe también que siempre será más importante estar bien dispuesto a vivirla que preparado para reconocerla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Mi bisabuela, novelera y novelada</title>
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		<pubDate>Fri, 20 May 2011 06:52:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Así, después de descartar – a mi pesar- las hipótesis más arriesgadas, como el desfile con elefantes, <em>ecuyeres, </em>tragasables y tramoyistas escupiendo llamaradas, los fuegos de artificio pintando mi nombre en letras rojas y violetas sobre un firmamento azul petróleo, y las manifestaciones pasionales de multitudes enloquecidas por la revelación profunda que algún día iba a escribir, me juraba a mí mismo, una y otra vez, que jamás sometería a las personas que me apreciasen lo suficiente como para asistir a mi presentación a un aburrimiento de tales proporciones.</p>
<p><span id="more-1029"></span>Es por eso que hoy he decidido saltarme la parte de las citas eruditas y las astutas referencias literarias, para simplemente celebrar la maravilla de haber llegado hasta aquí, de haber conseguido escribir <em>Matalobos</em>, publicarla y recibir sólo buenas cosas de quienes lo han leído. He decidido saltarme la parte en la que hablo de mi carrera de escritor, la parte en la que hablo de literatura universal, la parte en la que honro a los escritores que admiro, reconociendo sus influencias sobre mi libro, y la parte en la que hablo de <em>Matalobos</em>, que ustedes ya habrán leído o leerán, si se da la oportunidad. La parte que no puedo, ni quiero, ni sería justo saltarme, es la que habla de las razones de <em>Matalobos</em>, del enorme esfuerzo que supuso escribirlo, y de la porción de mérito que corresponde a otras personas, que no han pulsado directamente las teclas que dibujaron sus palabras, pero aún así han hecho posible que yo la escribiese, sufriendo conmigo, personaje a personaje, sílaba a sílaba, aguantándome mientras escribía, ayudándome con opiniones sinceras, o simplemente queriéndome mientras necesitaba tiempo y espacio para pensar solamente en María de las Angustias Matalobos.</p>
<p>Crecí en el contexto caótico de una familia de locos. Un puñado generoso de hermanos, tan en movimiento que aún hoy son difíciles de contar, aunque conozco perfectamente el número final: cinco, que a su vez tienen varios más, que tienen otros hermanos, totalizando nueve. Además, dos madres en activo a la vez, una comparsa inacabable de tíos y primos, y las historias rocambolescas que siempre circulan alrededor. Y como en toda familia de locos que se precie, en la mía no faltaban las historias, los rumores y los personajes pintorescos.</p>
<p>Por supuesto, yo veía todo este familión con la naturalidad cándida de los niños, sin preocuparme demasiado por las diferencias entre los parentescos sanguíneos y los que estaban hechos por el roce, por el cariño o por la simple costumbre: al final, en todos ellos subyace el amor. Entre toda esta maraña de personajes, no podía faltar el tío jovial al que todos admirábamos, la tía estricta que, durante los veranos en su casa nos hacía marcar el paso, la abuela que guisaba dulce, cantando y contando historias de abuela, con los lentes montados en la punta de la nariz, y la bisabuela casi centenaria, mujer profundamente religiosa, que se empeñaba en llamar <em>Florinda</em> a mi hermana Florencia, sabiendo perfectamente su nombre, pero negándose a pronunciarlo por considerarlo impropio de una dama, mientras la perseguía por la casa, instándola a cumplir su deber femenino de rezar varias veces al día. La misma anciana diminuta y encorvada que por las noches tórridas de las fiestas navideñas del cono sur, asaltaba la heladera, armada de una cucharita de café, para hundirla sin piedad en la mantequilla, en el dulce de leche, y en todo aquello que le gustase, sin importar el estado hepático, el orden normal entre lo dulce y lo salado, ni la mezcla estomacal resultante. La misma de la cual, mi padre, con su sentido del humor de siempre, nos relataba: <em>“La Bisa mató cuatro maridos. Por eso cuando viene en navidad yo la emborracho, a ver si alguna vez confiesa la verdad”.</em> La misma anciana que es origen y razón de mi novela. La misma que no confesó nunca, que se llevó a la tumba el secreto, junto a un puñado de rosarios y novenas rezados en voz baja, y diversos recuerdos familiares labrados en plata barata.</p>
<p>La ví cumplir noventa y cinco años, perfectamente lúcida, los ojos claros encharcados por unas cataratas sin solución, la espalda vencida por el peso de los años, la piel tan desgastada que parecía de ceniza apelmazada y papel encerado. La oí cantar sevillanas con la voz cascada por los años, durante más de una nochebuena, recuperando para nosotros su sangre andaluza, su vitalidad legendaria y su alegría de anciana, animándose incluso a levantar varios centímetros sus vestidos estampados de flores, enseñándonos las pantorrillas labradas de caminitos de arañas, que luego supe que se llamaban várices, y sus enaguas blancas, casi grises de tanto lavarlas con jabón <em>Federal</em> en el piletón del patio.</p>
<p>Los adultos disfrutaban, y los niños nos moríamos de aburrimiento, sin entender por qué razón debíamos guardar silencio mientras la vieja cantaba con lo que parecía su último aliento, apenas haciéndose oír sobre el estruendo caótico de los petardos navideños, el sonido sibilante que produce el calor húmedo en las noches de verano y los ladridos de los perros, aterrados por los estallidos, la pólvora y el olor a azufre que, en mi tierra, certifica durante la navidad la presencia casi palpable del diablo, susurrándonos al oído malas ideas para divertirnos.</p>
<p>Las navidades de mi infancia están todas pobladas de recuerdos parecidos. Calor, petardos, ladridos, noches diáfanas, alegría y l<em>a Bisa</em> de visita, molestándonos porque había que cederle una cama, persiguiéndonos para obligarnos a rezar letanías que, en el ateísmo profundo de la familia, desconocíamos por completo, golpeando la puerta del baño con la empuñadura de su bastón, horrorizada ante la sola idea de lo que podríamos estar haciendo, tanto tiempo encerrados en el baño. Por cierto, lo único que hacíamos por ese entonces era leer cómics y jugar interminables partidas de ajedrez, uno sentado en el váter, el otro en una sillita de <em>cámping</em>, y a intentar concentrarse entre los vapores de caca y los golpes feroces de <em>la Bisa</em> en la puerta del baño, invocando una decencia que, en nuestra niñez, no tenía razón de ser.</p>
<p>En 1993, con diecinueve años, me tocó llevar al hombro su ataúd, y enterrarla casi sin pena, casi como quien hace un trámite. Tengo un recuerdo vívido de sorpresa física ante el poco peso de la caja de madera, con una cruz de bronce en la tapa. No la lloré porque hasta el día de su muerte, no había hecho más que pellizcarme las mejillas y reprimirme, intentar evangelizarme y castigarme, a mí y a mis hermanos. No la lloré porque desconocía su pasado, su valentía de mujer sola, el poder andaluz de su sangre casi centenaria y los secretos que se llevó a la tumba. No la lloré porque a los diecinueve años la muerte es una idea incomprensible para la mayoría de nosotros.</p>
<p>Después pasaron algunos años, y cuando mi cabeza empezó a asentarse sobre mis hombros, me descubrí más de una vez pensando en ella con nostalgia y con cariño. Tarde, me dí cuenta de cuánto lamentaba no haber tenido con ella una oportunidad de adulto, una tarde entera para escucharla hablar, para que me contase de su Cádiz natal, de sus maridos muertos, de su alegría inquebrantable, y también de su soledad final. Tarde advertí que, si tan sólo hubiese vivido cinco o seis años más, habríamos podido encontrarnos, hablar, ser amigos, ser bisabuela y bisnieto.</p>
<p>Entonces comencé a pensar en ella, no como la ancianita encorvada que yo conocía, sino como la mujer imponente que todos en la familia decían que había sido. Lentamente, la mezcla de la frase ritual de mi padre: <em>“La Bisa mató cuatro maridos.”</em>, los testimonios de una fuerza de carácter indiscutible, y la falta de datos reales sobre ella, fueron fabricando en mi mente una mujer fabulosa, fuerte, una superviviente. Una mujer obligada a vivir su vida durante la primera mitad del siglo XX, cuando las mujeres aún estaban a medio camino entre el derecho al voto y el fregadero de la cocina. La imaginé egoísta, sensual, increíblemente atractiva, luchadora, indómita, con clase. La imaginé aventurera y más propensa a ser amada que a amar. La imaginé fuerte, enteramente andaluza, orgullosa de su origen y completamente dueña de sus silencios. Y lo que es más importante, imaginé cómo sería la vida de una mujer que, en esas condiciones, no estaba dispuesta a aceptar que nadie le dijese cómo debía vivir. Atrapada en su doble moral, y abriéndose paso en un mundo en el que, todavía, no había lugar para las mujeres como ella.</p>
<p>No me importa demasiado, a esta altura, qué parte de toda mi historia imaginada es verdad, ni qué parte es ficción. Me importa saber, íntimamente, que no hay mejor tributo a las tardes de té con galletas que no pudieron ser, a la sangre que me dio la posibilidad de vivir hoy en esta tierra, a sus raíces andaluzas y a la fantasía colectiva de mi familia, que esta novela que, aunque pueda de algún modo ensuciar su ya dudosa reputación, sin ninguna duda honra su apellido: <em>Matalobos</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>* Nota: este texto fué escrito para la presentación de la novela <em>Matalobos</em>, y fué leído por el autor durante la misma. <a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona" target="_blank">Los vídeos del evento pueden verse aquí.</a></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de Mayo de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>De pobres, ricos, vientos, tempestades, siembras y cosechas.</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Apr 2011 09:58:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos, cuando descubren un lugar cualquiera del mundo en el que la naturaleza ha sido especialmente generosa, se apresuran a encerrarlo con un muro rojo de ladrillo a la vista, y le ponen un enorme portón de hierro a control remoto, en el que cuelgan un cartel que dice: <em>“Todo esto es mío”</em>. Inmediatamente después, llaman por teléfono a sus amigos ricos, para darles el dato, para reírse de ellos porque lo descubrieron primero y tienen la mejor ubicación, y para convencerlos de que encierren con otro muro las zonas colindantes, no sea cosa que el vecindario se llene de pobres y la propiedad se devalúe. Después traen a un ejército de pobres, y les mandan construir una piscina olímpica, una casa con diecisiete habitaciones, varias canchas para deportes de pelota y parquizar los jardines. Cuando todo está listo, van seis fines de semana al año, con cuatro miembros de su familia. El resto del tiempo la casa está cerrada, la belleza del paisaje oculta por un muro, y la servidumbre, ociosa, vigila el patrimonio, pero no puede disfrutar de él.</p>
<p><span id="more-996"></span>Los pobres, cuando descubrimos un lugar cualquiera del mundo en el que la naturaleza ha sido especialmente generosa, nos sentimos muy felices. Entonces nos acercamos con mucho respeto, plantamos una tienda de campaña, cuidando de no romper nada, y pasamos una semana inolvidable bajo las hojas de los árboles. Al volver a casa, le contamos a nuestros amigos pobres lo que hemos visto, así que volvemos pronto, con unos cuantos pobres más, y plantamos diez tiendas de campaña, y hacemos un fuego y por las noches bailamos danzas tontas, creyendo que son tribales, mientras nos emborrachamos con vino peleón. Al día siguiente jugamos un partido de fútbol con arcos delimitados con dos piedras, y todos gritamos: <em>“¡Alto!”</em> cuando la pelota pasa sobre la cabeza del arquero, imaginando cada uno el travesaño a una altura diferente. Luego limpiamos todo, y cuando nos vamos el lugar está recuperado. Pero al volver a casa, todos los amigos le cuentan a sus amigos pobres, que a su vez tienen más amigos pobres. A los seis meses de descubierto, el lugar es una romería. Por las noches el brillo de las fogatas puede verse cada pocos pasos, y por las mañanas un tendal de basura infame testimonia los excesos de la noche, y los arbustos sufren intentando biodegradar los desechos de látex del amor instantáneo y fugaz de las parejas ocasionales, mientras una nube de moscas marca definitivamente la ubicación improvisada de un nuevo basural. Hasta que viene un municipio, y lo encierra con un muro de cemento y argamasa, y le pone un portón enorme con un cartel que dice: <em>“Prohibido el paso”</em>. Después, le dan la explotación de la zona a una empresa turística – suelen llamarlo “<em>concesión”</em>- y los pobres tenemos que pagar para seguir disfrutando del mismo sitio, con una serie de servicios de valor añadido y una colección de prohibiciones de lo más civilizadas, que ayudan a pagar la piscina olímpica de los ricos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>II. Siembra</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos siembran muros, mansiones y envidias entre sus amigos. Siembran la prohibición y los cimientos que someten a la naturaleza y la transforman en zona residencial. Los ricos siembran la pobreza de los pobres, el sonido de motores de alta cilindrada sobre el pavimento con olor a nuevo y la mordida sincopada de las aspas de las hélices de sus helicópteros privados, evitándoles el atasco ritual de la escapada de fin de semana. Los ricos siembran fábricas en las que trabajan niños pobres, hombres pobres y mujeres pobres, fábricas que vomitan su bazofia sin control, protegidas por un soborno y una contribución generosa para una campaña electoral cualquiera. Los ricos educan a sus hijos en colegios caros, y les enseñan a cuidarse de los pobres, a proteger el patrimonio, a expandir el tesoro y a estar de acuerdo con todas aquéllas ideas que perpetúen su riqueza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los pobres sembramos la tierra, respiramos el humo tóxico de las fábricas de los ricos y cultivamos la amistad. Sembramos el germen de disconformidad que rompe las reglas, nos enamoramos estrepitosamente por las calles, nos amamos sin ningún glamour sobre el césped de los parques, y nos desenamoramos a gritos en el salón de casa, al tiempo que hacemos gestos con la mano que significan <em>“no grites tanto, que vas a despertar a los niños”</em>, bajo la escucha atenta de los oídos vecinos, pegados a nuestras paredes de papel. Los pobres sembramos los estadios de abrazos de triunfo y de lágrimas de derrota, nos vaciamos a gritos alentando a los ricos (ex pobres) que juegan sobre un césped más caro que el suelo de nuestras casas de pobre.</p>
<p>Los pobres, entre nosotros, somos horrorosamente amigos. Sembramos la amistad desde chiquitos, nos queremos sin elegancia y cultivamos ese amor por los amigos toda la vida. No podemos confiar en los bancos de los ricos, ni en los ricos que nos gobiernan, ni en la paz armada de los ricos, ni en la nueva <em>política verde</em> de los ricos, que mientras subvenciona vehículos híbridos y multa a los pobres que no reciclan, permite que los ricos emitan gases y trafiquen armas. No podemos confiar en casi nada, pero podemos creer en esa amistad sembrada con tanto amor que dura para siempre, y por eso, lo primero que hacemos los pobres cuando tenemos algo que celebrar, es rodearnos de amigos, beber vino y cerveza de pobres, bailar música de pobres (la música de ricos casi nunca se puede bailar), frotarnos unos contra otros y sucumbir a los abrazos y besos de una borrachera feroz, en la que la verdad última es siempre una confesión de amor.</p>
<p>Los pobres educamos a nuestros hijos en la honradez de la pobreza, en las escuelas de pobres, donde los maestros de pobres no tienen diecisiete títulos colgados en las paredes, y les enseñamos a respetar a los ricos, a votarlos, a comprar las revistas en las que salen fotos de ricos, a creer en las promesas vacías de los políticos de los ricos, solamente porque normalmente son los ricos los que nos dan trabajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>III. Tempestades y cosechas</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los ricos, a pesar de lo perverso de su siembra, cosechan más riqueza. Y como si fuera poco, los brotes reverdecidos de su riqueza producen algunos frutos extra: impunidad ante la justicia, privilegios varios ante las administraciones públicas, en el acceso a la salud y en las colas de los aeropuertos.</p>
<p>Los ricos no pueden confiar en nadie, porque nunca sabrán si son queridos por sus méritos o por su riqueza. Cosechan desconfianza entre ellos, una vida entregada a proteger el dinero que no han ganado con sus manos, y una soledad dorada, un desacuerdo íntimo dentro del cual la verdad final es inmensamente cruel: mueren sin saber quién los quiso de verdad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los pobres, a pesar de lo cándido de nuestra siembra, de la honestidad con la que vivimos nuestras vidas de pobres, cosechamos el maltrato sistemático de los poderosos, el ninguneo organizado de las administraciones públicas y un expolio constante de nuestros impuestos, que no son otra cosa que una colecta que hacemos los pobres para intentar vivir todos un poco mejor, y cometemos, una y otra vez, el error de dársela a los ricos para que la administren, empeñándonos en creer que su riqueza garantiza su honradez.</p>
<p>Pero los pobres cosechamos también, a lo largo de nuestras vidas de pobre, el amor desordenado de nuestra familia y nuestros amigos, el sabor dulce que deja en la boca el ayudarse unos a otros, la conciencia tranquila, al morir en paz, de haber trabajado una vida entera para dar pan y amor a nuestros hijos, y la certeza infalible de la correspondencia del amor de todos a quienes hemos amado, o casi todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>IV. Siembra vientos…</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así, mientras veo desde mi ventana cómo el mundo se despedaza tras las montañas, puedo girar mi silla hacia adentro de mi casa, y escuchar atentamente cómo mis hijos pelean a gritos por unos centímetros de sofá, y cómo a los pocos minutos se abrazan enternecidos, y se quieren como niños.</p>
<p>Por eso, cuando me pregunto qué clase de mundo vamos a dejarles, me tranquiliza saber que los pobres somos más, y al final, a la hora de echar cuentas, siempre, indefectiblemente y con justicia poética, uno cosecha lo que siembra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Besos en la boca o la siesta juntos</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Mar 2011 10:46:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>Sin embargo, y a pesar de eso, suelo aprovechar los circulitos rojos en el calendario para pensar sobre las cosas, porque nunca está de más dedicar, aunque sea un día al año, a reflexionar acerca de los entresijos de algo aparentemente menor, pero que tiene una importancia, relativa según cada cual, y absoluta en lo particular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y la paternidad es uno de esos temas. Al menos lo es para mí, porque siento que, así como el mundo está cambiando de forma indiscutible para las mujeres, y ese es un tema instalado en la sociedad, y del que se habla muchísimo, el efecto <em>boomerang</em> de esa evolución social es – entre muchos otros – <a title="Sobre el confuso oficio de ser Hombre" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">un profundo cambio en la forma de ejercer la masculinidad, y por lo tanto, la paternidad</a>. Mientras hace apenas cien años, las mujeres no podían votar, los hombres no podían besar a sus hijos. Mientras las mujeres tenían prohibido conducir, los hombres no conocían los detalles cotidianos de la crianza de sus hijos, ni sabían cambiar un pañal, ni disfrutaban de un beso babeado desparramado por toda la cara, ni jugaban juegos con los niños, ni les limpiaban el culo cuando dejaban los pañales, ni perdían la paciencia luchando con una cucharada de puré de verduras, ni escuchaban preguntas imposibles. Los niños empezaban a existir para sus padres al inicio de la escuela primaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-966"></span>Definitivamente, es uno de los grandes avances de nuestro siglo: la implicación total del hombre en la crianza. No tengo dudas de que es bueno para las mujeres, aún mejor para los hombres, e indiscutiblemente fantástico para los niños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entre las cosas que los hombres aprendimos no hace tanto, está el contacto físico con los hijos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>I. </strong><strong>Besos en la boca</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los besos son una más de las convenciones sociales. En Argentina los hombres nos saludamos con un beso en la mejilla. En España no. En Argentina hombres y mujeres nos saludamos con un beso en la mejilla. En España, hombres y mujeres nos saludamos con un beso en cada mejilla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo beso a mis hijos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los besos en la boca son quizás una de las expresiones de intimidad más profundas y hermosas de las que somos capaces los seres humanos. Interviene la mirada, el rostro entero y los labios. Interviene el amor, la dulzura y la cercanía. Los labios son una frontera, que marca el límite del cuerpo a partir del cual no permitimos que cualquiera nos toque. Labios con labios es algo que solamente se puede entre personas que se aman, y ese amor es condición necesaria, pero no suficiente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo beso a mis hijos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los beso en la boca porque no soy capaz de besarlos como beso a una persona que me presentan en una reunión, o como beso a su maestra cuando voy a una reunión en la escuela. Los beso de forma íntima, cercana y total. Y ellos lo viven como algo natural.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mi mujer y yo hemos sido capaces de enseñar a nuestros hijos a expresar el amor. Los cuatro nos besamos en la boca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y sin embargo, por alguna razón, no soy capaz de besar a mi padre como beso a mis hijos. A mis casi cuarenta años sigo siendo víctima de algunos tabúes inmemoriales, y eso me hace temer que suceda lo mismo cuando mis hijos sean hombres. Los hombres, entre hombres, no sabemos darnos amor. Nos abrazamos como osos, nos palmeamos las espaldas unos a otros y nos gritamos como gorilas dominantes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tendrán que pasar otros mil años, y quince o veinte revoluciones socioculturales más, para que los hombres aprendamos a darnos amor con naturalidad entre padres e hijos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y aún así, sin importarme el reflejo social que pueda tener, yo beso a mis hijos en la boca, y los seguiré besando hasta que su propia hombría les prohíba a ellos besar a su padre sin sentirse, por eso, menos hombres, como me pasa a mí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>II. </strong><strong>La siesta juntos</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una de las cosas que primero aprendí a disfrutar de la paternidad, antes incluso que los besos en la boca, fueron las siestas con mi bebé dormido en el pecho. Pablo nació en Málaga, en pleno verano. Entonces yo tenía jornada intensiva en el trabajo, y salía disparado para mi casa, bajo el sol inclemente de las tres de la tarde, desesperado por meterme cualquier cosa entre pecho y espalda, y tumbarme en el sofá con mi bebé encima. Él se ovillaba entre mi barbilla y mi panza innoble, y cruzaba sus manitos de bebé por debajo de sus mejillas de bebé, acompasaba su respiración de bebé a mi respiración de padre, y encontraba la paz absoluta: <em>la paz de los bebés</em>. Todos los días dormíamos esa siesta. Yo no descansaba, porque en el fondo temía moverme y tirarlo al suelo, así que cerraba los ojos, con los músculos tensos, y jugaba a ser la cuna de mi bebé. Acariciaba su espalda, su cuello, y escuchaba atento como su respiración profunda purificaba mi propio aire.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero las siestas juntos duran poco. En seguida son más grandes, y ya no duermen en tu pecho. Pablo, con seis años, hace más de dos que se niega a dormir siesta. Daniel, con cuatro, empieza a negarse. Quiere quedarse jugando con su hermano, en vez de dormir conmigo la siesta que todos los sábados y domingos hacemos juntos después de la comida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El domingo pasado, cuando acabamos de comer, y después de fumar en mi balcón el cigarrito ritual, le dije:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Daniel, ¿vamos a dormir una siestita?</p>
<p>-        No quiero. – dijo, firme y convencido.</p>
<p>-        Venga, vamos a dormir juntos un ratito.</p>
<p>-        Quiero quedarme viendo la tele.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Íbamos a salir a un cumpleaños, y yo quería que durmiese, porque luego se cansa y se pone como todos sabemos que se ponen los niños cansados, así que apelé a lo que apelamos los padres cuando queremos convencer sin castigar ni levantar la voz: <em>la culpa</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Daniel, si tú no vienes papá no puede dormir.</p>
<p>-        Pero no quiero – insistió.</p>
<p>-        Hagamos algo – propuse -. Tú no duermas. Solamente ven conmigo a la cama para que yo me pueda dormir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me miró con recelo, pero en seguida se sintió importante, así que sonrió y vino de buen grado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Yo no me voy a tumbar – me dijo –. Me quedaré sentadito hasta que te duermas.</p>
<p>-        Vale.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me acosté, y él se sentó a mi lado, mirándome con picardía. Se tapó las piernitas con la manta y se dispuso a esperar que me durmiera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        No puedo dormir – mentí &#8211; ¿Por qué no me haces mimitos en la cabeza?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Su cara, como siempre, se iluminó de punta a punta, y pareció que la sonrisa se le iba a salir por las mejillas. Se recostó despacito junto a mí, y empezó a acariciarme el pelo con tanto amor y ternura como no estoy seguro de haber sabido hacerlo yo alguna vez. Me miraba fijamente, y cada algunos segundos pegaba su mejilla a la mía, sin dejar de acariciarme, sólo para ofrecerme el contacto de su piel.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nos despertamos abrazados una hora más tarde, y sus ojitos somnolientos dejaban aún adivinar su sonrisa y su felicidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y solamente una semana después, es el día del padre. No me hagan regalos, gracias. Estoy servido.</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>A mis hijos y a mi padre, con todo el amor del mundo.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de marzo de 2011.</em></p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La inconmensurable fe de los enanos</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Feb 2011 10:19:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>Cuando cumplí los seis años, se dieron cuenta de que habían tenido demasiado éxito inculcándome valores y buenas intenciones. Este descubrimiento los hizo temer por mi posible buen desempeño en la vida adulta, enfrentando los malos tragos que seguramente me depararía; ya que soltar una buena persona al mundo, así, sin más, sin proporcionarle un poco de mala leche para defenderse de los otros, era sin duda una locura injustificable y una irresponsabilidad. Entonces me mandaron a la escuela, donde el gran sistema educativo argentino hizo un excelente trabajo, transformándome en un hombre de provecho. A pesar de los esfuerzos de mis maestros y educadores, algunas de las virtudes originales heredades de mis padres sobreviven aún en mi carácter mundano y cosmopolita. Entre ellas, como no podía ser de otra manera, se cuenta la absoluta carencia de fe religiosa, una arraigada y secreta pasión por el desorden personal, el desaliño en el vestir y la pérdida constante de objetos pequeños en la rutina diaria, y el amor secreto e incondicional por la carne bovina en general, y vacuna en particular – que continúo comiendo con pan, aunque sigo sin creerme del todo que así sea más digestiva –.</p>
<p><span id="more-938"></span>Por supuesto, fueron años felices. Mi herencia familiar, desordenada, impuntual, apasionada y juguetona, resistiendo los envites constantes de una educación para hombres de bien. En el medio, lo único que había, señoras y señores, era un niño.</p>
<p>Los niños – y me permito una explicación breve, para quienes no los conozcan – son esas personas chiquititas que joden y joden, que lloran en los aviones, gritan en los restaurantes, corretean en lugares inoportunos y, sobre todo, nos impiden a los mayores hablar, comunicarnos entre nosotros y vivir nuestras vidas tranquilamente.</p>
<p>Estos <em>enanos</em>, además, tienen otro montón de defectos que es preciso identificar si queremos comprender cabalmente al fenómeno que nos ocupa. Enumeraré a continuación algunas de sus características mas peligrosas para el hombre moderno:</p>
<p>&nbsp;</p>
<ul>
<li>Son aterradoramente <em>espontáneos</em>. Dicen la verdad de lo que se les pasa por la cabeza, sin medir las consecuencias ni preocuparse cívicamente – como corresponde – por no herir, ofender o poner en evidencia a alguien.</li>
<li><em>Juegan</em>. Seguramente una de sus características más temibles. Parecen empeñados en hacer ruido, divertirse y abusar de una espantosa mueca a la que llaman <em>risa</em>, que aturde e impide ver la televisión en condiciones.</li>
<li><em>No esconden lo que sienten</em>.<em> </em>Estos enanos urbanos, que podemos encontrar en casi cualquier casa de familia, tienen la fea costumbre de pregonar en voz alta y sin ningún decoro sus sentimientos más profundos. No conformes con ello, además, lo hacen interpelando en primera persona a gente proba y honorable, que jamás haría gala de una falta de tacto tal como para decir a otro, frente a terceros: <em>“te quiero mucho”</em>, exponiéndolo sin piedad a la obligación social de una respuesta inmediata, al oprobio de expresar públicamente y en voz alta un sentimiento verdadero.</li>
<li><em>Miran a los Ojos</em>. Sin rastro alguno de civilización, constantemente buscan la mirada de los demás, el <em>contacto</em>.</li>
<li><em>Abrazan, besan y tocan</em>.<em> </em>Como aún no están convenientemente enseñados, ceden continuamente a sus incívicos impulsos de abrazar, besar y tocar a otras personas, invadiendo su espacio vital e incomodándolos en las más pintorescas y rocambolescas situaciones.</li>
</ul>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y podría continuar, pero estas características son ya de dominio público, o casi, y en mi reflexión de hoy pretendo focalizarme en el aspecto <em>religioso</em>. Son muchas las corrientes de opinión sobre la fe. Muchos la profesan auténticamente – <a title="Domingos rituales" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/11/14/domingos-rituales/" target="_blank">y vaya para ellos mi admiración y mi envidia</a> –, otros se aprovechan de los primeros y viven de administrar la fe ajena – negocio redondo desde que el mundo es mundo, y es redondo –, y otros, como un servidor, simplemente la negamos. Así, la negamos, y ya está. “Pero señor Aprendiz de Brujo – me preguntan –, ¿usted no cree en Dios? ¿No tiene fe?”. “No – respondo, convencido –. Pero no solamente no creo en Dios, sino en ningún tipo de instrumentación de la fe, en sus muchas formas, de las que el hombre es tan aficionado a profesar. Esto incluye, pero no se limita a: Iglesias, religiones y Dioses de cualquier tipo, forma y color, espectros, fantasmas, ángeles, mesías, chamanes, curanderos, gran parte de los ejercicios de medicina alternativa, gran parte de los ejercicios de la medicina tradicional, ministros, diputados, presidentes, reyes, iluminados, formadores de opinión, periodistas a sueldo, investigadores a sueldo, benefactores a sueldo, beneficiarios en general de la ingenuidad ajena, teleoperadores, compañías de seguros, bancos, el sistema financiero en general, la gripe A, el efecto 2000, la resurrección de la carne, la resurrección de Pinocho, el <em>Feng Shui</em>, <em>Aquaman</em> y que las personas algún día levantarán la caca de sus perros.”</p>
<p>Los religiosos me miran, entre desconcertados y ofendidos. Los administradores de la fe ajena me apuntan con el dedo desde su púlpito dominical. Los demás se ríen bajito, de costado.</p>
<p>Lo cierto es que, desde que terminé mi <em>educación</em>, &#8211; larguísimo período de mi vida durante el cual mis padres y el Ministerio de Educación y Justicia se contradijeron permanentemente –, los restos vitales de mi ética y moral resultantes y yo, convivimos así, en la ausencia de fe y soñando despiertos con <em>tortafritas</em> los domingos de lluvia, por la tarde.</p>
<p>Y entonces, algunos meses después de haber sido padre, un día cualquiera, te das cuenta de que se te ha instalado en casa uno de estos <em>enanos </em>– ahora ya son dos –. Entre sus muchos defectos, algunos de ellos previamente explicados, se cuenta el preguntar y preguntar, sin parar de preguntar.</p>
<p>Y otros meses más tarde, sin que nadie te avise nada, te ves reflejado en dos ojos enormes, abiertos, perplejos, iluminados, que beben con la mirada tus palabras, tu explicación, tu paciencia y tu falta de paciencia, lo poco que te queda de ternura, tu capacidad de asombro, tu falta de sueño, tu <em>status</em> de hombre moderno. Todo eso con dos ojos redondos y grandes. Dos ojos en los que ya no cabe el asombro.</p>
<p>Y te das cuenta, con un dolor en el pecho, que detrás de esos dos ojos, en ese cuerpecito <a title="Enano Cabezón" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/14/enano-cabezon/" target="_blank"><em>enano</em> y muy probablemente <em>cabezón</em></a>, hay un montón de amor. Y ese montón de amor cree que lo sabés todo, que el bastión último de la sabiduría ancestral, la encarnación hecha hombre de la verdad y la justicia, el prototipo de Dios en la tierra, se llama <em>Papá</em>. Te das cuenta que nadie, nunca, te había mirado de esa forma. Ni tus padres, ni tus amigos, ni tu mujer. Nadie había tenido tanta fe en vos. Y te das cuenta también de que nadie, nunca, volverá a tenerla. Ni siquiera tus hijos, cuando descubran que ese dios barrigón y malhumorado es solamente un hombre.</p>
<p>Pero mientras tanto, con todo el bagaje a la espalda, sos Dios en la tierra. No hay manera, humana ni divina, de eludir esa responsabilidad. Sos el Dios depositario de la fe más inconmensurable que puede experimentar el hombre: <em>la fe de los enanos</em>. No existe fe más absoluta y total. Y cada una de tus palabras la impacta, la amplía o la reduce, la educa o la lastima.</p>
<p>Y lo que es indiscutible, es que la fe humana puede con todo. No hay arma más poderosa que la fe. No la fe de la que venden los escribanos, sino esa que brilla en los ojos de los niños, esa que los adultos moldeamos a cada momento, sin darnos cuenta, sin sentir la responsabilidad extrema de estar cimentando el potencial del hombre del futuro.</p>
<p>A mi fe se la llevaron los demonios desde un principio, dejándome ateo y desamparado, pero hoy ha vuelto. Hoy sé que la fe existe. Me la devolvió la mirada de mis hijos, y en esa mirada deposito mi fe nueva. Hay esperanza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-938-1'>Torta de masa frita en grasa de vaca, con azúcar <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-938-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Mis palabras, mi silencio y viceversa</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Feb 2011 10:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Cargo un silencio demoledor. Nadie, en ninguna parte, conoce sus claves, su peso redondo y consistente, sus aristas cambiantes, sus filos innovadores, su pluriempleo silencioso, callado, poblado sin embargo de sonidos inverosímiles. Soy mi silencio y mis palabras. De un lado callo lo que no puedo ni quiero ni sé decir, desde el otro predico &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/02/12/mis-palabras-mi-silencio-y-viceversa/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p><strong>I. El silencio</strong></p>
<p>El silencio perpetuo, obligado, encerrado, inerte, me habla de derrota, de batallas perdidas, de amores marchitos, de miedos presentes. Trae hasta mí, desapasionado, el perfil claro del edificio donde transcurrió parte de mi infancia. Un frente de minúsculas baldosas en tonos diferentes de azul y granates oscuros, mezclados con alguna ausencia esporádica disfrazada de hormigón. Y me cuenta, como casi cada día, el caos ilegible del aeropuerto el día que dejé mi casa, un ir y venir de personas desconocidas en traje de sombra. Revive en mi pecho una sensación de anestesia, una fuga hacia adelante de lágrimas que en silencio no saben caer.</p>
<p><span id="more-927"></span>Lo dejo seguir, lo escucho, atento, vigilante. Habla de cosas que no son, pero están. Habla del dolor que ya no duele. El dolor actual, el que todavía duele, vive del lado de las palabras. Los dolores viejos, cuando pierden vigencia, cuando ya no duelen, se suman de a poco a las filas del silencio, mirándome con ojos tristes, como los perros que te siguen durante una noche de lluvia, y con esa tristeza vitrificada suman derrota a mi silencio, aportan ternura, también, y un poco de esa tranquilidad inusual que tiene el final de un episodio vital, cuando ya no puede empeorar ni mejorar; cuando hay una parte de la vida que simplemente deja de ser, por mucho que sus restos sean voluminosos y aseguren la presencia eterna de esa falta.</p>
<p>Y lejos de ser nada más que tristeza, mi silencio atesora voces amigas, palabras dichas hace mucho tiempo, tanto que es casi al inicio; pero dichas con la verdad en los labios, con amor en los dientes. Y esas palabras, convocadas contra su voluntad al silencio perpetuo en el que transcurre la memoria, dibujan rostros, encarnan piel y pelo y uñas, manos y brazos que dan y reciben, hombros que, lejos de ser para llorar, son para apoyarse durante una borrachera feroz, para asegurar una mochila y salir a recorrer mundo, para apuntalar un equilibrio deficiente durante una noche de fiesta o para colgar el abrigo cuando todos los otros soportes se esfuman mágicamente.</p>
<p>Mi silencio guarda también, para tenerlo a mano cuando lo necesite, el olor espeso, tibio y dulce de la <em>cremosa de doña espumosa</em> que mi abuela cocinaba largamente sobre un fuego de gas metano, naranja, con llamitas que lamían para siempre los fogones ennegrecidos de su cocina polvorienta. Y en el mismo sitio, sus respuestas sabias, siempre a mano: <em>“Abuela, me duele la cabeza”. </em>Un silencio, un gesto comprensivo con las cejas y un dedo índice en alto: <em>“Señal de que la tienes, hijo mío. Si no la tuvieras, no te dolería.”</em></p>
<p>Mi silencio, con una chispa en la mirada, me permite observar, cada vez que quiero, como acompañaba, tablero de ajedrez y una sillita de <em>cámping</em> en mano, a mi hermano a hacer caca, y nuestras caras concentradas, ignorando a conciencia el tufo de los vapores fecales humanos, para intentar descifrar el movimiento esquivo de un peón enemigo. Tiene también cada uno de los abrazos de mis hijos, porque cada vez que me abrazan, aunque ya lo sé, un estremecimiento profundo me asalta por sorpresa, y su ternura me deshace por dentro, dejando sólo un calorcito invencible y una razón poderosa para hacer bueno el futuro.</p>
<p><strong>II. Las palabras</strong></p>
<p>Mis palabras, en cambio, son el presente rabioso, la guerra que no acaba, el hambre perpetuo que te obliga a seguir buscando, la furia incansable que no cede al silencio. Están todo el tiempo, gobernando mi corriente de pensamiento, llenándolo de juegos absurdos, de peces en movimiento, de siluetas armónicas y púas sibilantes. Mis palabras se encargan de poblar el momento, de pintar con cuidado las líneas de ida y vuelta, los contornos sinuosos de lo que va sucediendo. Saben relatar la risa de mis hijos y los recuerdos de mis padres.</p>
<p>Y sin proponérselo, constantemente me someten a la tiranía escrupulosa de intentar sostener con hechos lo que digo, de proponerme cumplir con lo que prometo, de trabajar para ser la persona que digo ser.</p>
<p>Mis palabras juegan juegos, también. Hablan de mis ganas de jugar, de la tenacidad con que trabajo para rescatar de mi memoria los hechos que me construyeron, mi pasado menos poético, menos ejemplar, menos heroico, menos memorable. Hay en mis palabras episodios rescatados del silencio. Hay sonidos con la misma voz, para hablar de pasión y para hablar de quedarse sentado en el sofá.</p>
<p>Pero mi boca, bastión principal desde el que las palabras dejan de pertenecerme, se llena de espuma fresca y chispas de chocolate cuando digo palabras que me gustan, como el nombre de mis hijos, como <em>tambor, labiodental, ortorrómbico o flambeado</em>, cuando pronuncio las claves que me delatan amando o disfrutando. Y se me llena de un regusto de pétalos lilas cada vez que pienso en Buenos Aires en primavera, dibujando con los labios un jacarandá en flor, y de un sabor de salitre cuando relato a mis hijos los veranos en mi Montevideo natal, de playas de arena interminable, peces al alcance de la mano y mis tíos tomando mate y cantando. Otro sabor, esta vez de sangre y miel, me desborda hasta los labios cada vez que hablo del silencio, cada vez que las palabras traen desde mi pecho a mis dientes el silencio que me habita.</p>
<p>Pero una vez más, y siempre, son las risas de mis hijos las que acuden al rescate, las que perforan mi silencio, dejando salir las palabras más bonitas que su coraza de latón encierra. Y entonces recupero mis palabras, las reparto, las regalo, las difundo, las arrojo por encima de los muros, las dejo en los bancos de las plazas, las suelto con disimulo en las góndolas del supermercado, las escondo entre las páginas de libros ajenos, para que puedan así asaltar a los lectores por sorpresa, las quemo sobre una torta para que mis hijos, al soplarlas, escuchen mi voz más auténtica celebrando sus cumpleaños, las lanzo por debajo de las puertas, sin saber quién está del otro lado, y aún así poniéndolas a sus pies.</p>
<p>Y cada vez lo sé con mayor certeza: soy mis palabras, y también mi silencio. Mi silencio conserva para mí el pasado, devolviéndomelo de a pedacitos cuando quiero relatarlo. Mis palabras avanzan sobre el futuro. Y yo, aunque parezca lo contrario, ni siquiera por un segundo me divido entre ambos.</p>
<p>Mis palabras no se oponen a mi silencio, y viceversa.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Con Arturito no se juega</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Feb 2011 09:53:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Mi madre, como casi todas las madres que había por ahí cuando yo era chico, tenía un plumero. Hoy en día casi no se usan. Debe hacer al menos quince años que no veo un plumero como la gente. Estoy seguro de que mis hijos no tienen ni idea de lo que es un plumero. &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/02/05/con-arturito-no-se-juega/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<blockquote><p><em> “¡Con el Plumero no se juega!”</em></p></blockquote>
<p><span id="more-917"></span>El grito era automático, autoritario y potente, y anunciaba una catástrofe. Nos paralizaba. Sabíamos perfectamente que vendría, y aún así nos dejaba en <em>orsai</em>, totalmente indefensos, asustados, con un pánico instantáneo pintado en las pupilas. Era como si hubiésemos tocado el cetro del Rey, la llave de la caja de Pandora, o las botas de Siete Leguas. Mi madre era una madre permisiva, y no solía gritarnos o castigarnos más de lo necesario, sino más bien menos de lo necesario, pero algo inexplicable, oscuro, violento y peligroso le ocurría cuando le tocábamos el plumero. Era como el símbolo de su gobierno del hogar, difuso, alborotado, perdido entre disfraces desparramados en un baúl y frascos de mermelada casera, mezclado con el silencio rasgado por el runrún de un lavarropas vertical de tres aspas, y la mala imitación de una cascada de espuma del fregadero con los platos y vasos de seis personas.</p>
<p>En esa casa, casi todo se podía tocar. Con casi todo se podía jugar, pero en esta vida todo tiene un límite. Podíamos hacer silbar la correa de la perra, revoleándola como una hélice, o jugar con unos palos de escoba cortados  y pintados o con los cojines del sofá. Podíamos saltar y correr dentro de casa. Podíamos atacar los cajones y desparramar la ropa en busca de un disfraz o simplemente una capa para improvisar un <em>Zorro</em> gallardo, valiente e imberbe. Podíamos llenar el suelo de bolitas de colores, y competir a gritos por la <em>japonesa,</em> la <em>lecherita</em>, o el <em>acerito</em>. Podíamos, incluso, jugar con los libros de la biblioteca. Podíamos voltear dos sillones individuales que había para fabricar un quiosco imaginado a la hora de la siesta, y vender desde él golosinas inexistentes con sabor a manos sucias. Podíamos marcar los vidrios de las ventanas con huellas digitales de grasa de pan con manteca y azúcar, y desde el sofá jugar a luchas con la perra, que se apuntaba a todas, ladrando y dejando un rastro inequívoco de goterones de baba. Podíamos gritar, hacer aviones de papel y a veces comer caramelos a deshoras. Podíamos tener secretos, bajar solos a la plaza con la bici o sin ella. Podíamos jugar con dardos verdaderos. Podíamos tener peces, pájaros y reptiles diversos. Podíamos, el mismo día, invitar cada uno a un amigo a dormir, y armar lo que llamábamos <em>“el campamento gitano”</em>, llenado el suelo del <em>living</em> de colchones y bolsas de dormir, y cubriendo las lámparas con telas de colores, para acostarnos todos mezclados, hablando bajito en medio de la noche, y despertar fusionados en una sola montaña de niños somnolientos. Podíamos festejar los cumpleaños en casa. Podíamos pedirle a mi madre que hiciese una montaña de <em>panqueues</em><sup class='footnote'><a href='#fn-917-1' id='fnref-917-1'>1</a></sup>, y otra vez invitar amigos, y decorar las paredes con dulce de leche, ensuciar la mesa y hablar a gritos con la boca llena. Podíamos organizar, una vez a la semana, el <em>día del eructo</em>, durante el cual todos los malos modales imaginables estaban permitidos en la mesa familiar, sin consecuencias para el ejecutante. Podíamos pelearnos, y aún puedo sentir la vergüenza cuando, yendo a delatar a alguno de mis hermanos, mi madre me respondía, simulando enfado: <em>“Vos no seas loro.”</em> Podíamos hacer de todo y más. Éramos indómitos, infinitos, juguetones, traviesos y dispersos. Pero el límite estaba ahí, claro, preciso y tajante: <em>con el Plumero no se juega</em>.</p>
<p>Treinta años después, es una preocupación social omnipresente lo poco que los niños respetan los límites. Lo que no solemos preguntarnos es por qué lo que eran cuatro o cinco límites claros y precisos, se transformaron desordenadamente en una lista interminable y en constante crecimiento de reglas difíciles de cumplir hasta para un monje de clausura. ¿Qué nos pasó? Nuestros hogares han dejado de ser espacios para el juego y el disfrute, y se han convertido en un quirófano que hay que mantener en orden. Hay que quitarse los zapatos al entrar, no se puede comer fuera de la mesa, no se tocan los vidrios, no se trae más de un juguete a la vez al salón, cuidado no tires nada que vas a romper la tele, no toques las paredes que se ensucian, no manches el sofá, en casa no se corre, no grites que vas a molestar a los vecinos, no toques nada, por favor, que no, que te digo que no. El ordenador de papá ni lo mires, no se puede usar si yo no estoy, cuidado con la alfombra, no recortes papel que lo pones todo perdido, con plastilina dentro de la casa no. No pintes fuera del papel. No toques ninguno de esos aparatitos con lucecitas que parpadean y brillan, ni abras las cajas de los trescientos mil cedés que hay en la estantería. Quieto ahí, a mirar dibujos. Pero no mucho, que mucha tele tampoco es bueno.</p>
<p>Y para colmo de males, ya no existen los plumeros. En su lugar, nosotros tenemos un aspirador de mano, y un robot de aspiración <em>Roomba</em>, al que llamamos <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/20/el-teletrabajo-del-padre-de-arturito-y-los-titulos-de-las-peliculas/" target="_blank">Arturito</a></em>. Esta maravilla tecnológica patrulla la casa sin descanso, aspirando puliendo y barriendo, con su luz naranja sobre la espalda, y cuando los niños se acercan a él, fascinados por su autonomía y su habilidad para esquivar obstáculos, tengo que ser yo en lugar de mi madre quien grite, con voz autoritaria y seca:</p>
<blockquote><p><em>“¡Con Arturito no se juega!”</em></p></blockquote>
<p>¿No será que son tantos los límites que es imposible moverse sin traspasar uno?</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
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</ol>
</div>
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		<title>Desde donde estoy se ve</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Jan 2011 11:07:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>En ese pedacito mundo que se ve desde donde estoy hay varias montañas. A veces, cuando hace frío, blanquean sus cimas pintadas de blanco nuclear, refractando los rayos del sol hasta mi ventana. Otras veces esconden sus dientes de roca y tierra entre los vapores oportunos de las brumas matutinas, y me gusta porque sé que la montaña está ahí, y no puedo verla. Es como mis amigos de toda la vida. Sé que están ahí, en las calles de Buenos Aires, en otras ciudades más al norte o más al sur, perdidos muchos de ellos en su exilio privado, y no puedo verlos. Tienen la solidez de la montaña y el misterio de la bruma, la mirada transparente del sol de invierno y las mismas raíces profundas, estables bajo el peso de miles de toneladas de cimientos, sólidas, eternas. Otras veces, cuando la noche llega sigilosa a instalarse en el techo, se transforman en una sombra oscura, una silueta recortada contra un fondo azul marino, que solamente se deja adivinar como la frontera secreta a partir de la cual las estrellas abandonan su parpadeo insomne para retirarse a dormir, al menos por un rato.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un planeta que estornuda su resfrío monumental, apenado, mientras sufre en silencio la soberbia de los seres humanos, que creen tontamente que están destruyéndolo, cuando lo único que están destruyendo son sus posibilidades de sobrevivir en él. Se ve un planeta que sabe que, cuando los humanos terminen de matarse, diez, veinte millones de años después, habrá otra forma de vida, como pasó siempre desde el principio de los tiempos. No es otra cosa que la soberbia lo que va a matarlos. No es otra cosa que soberbia lo que les impide ver.</p>
<p><span id="more-898"></span>Desde donde estoy se ven millones de personas diminutas, sin rostro y sin pelo, que todos los días van a trabajar, vuelven, cenan, se pelean, se perdonan, se odian y se abrazan. Después fornican y dicen a los demás que fornican más de lo que fornican en realidad. Beben cerveza y dicen a los demás que podrían beber más cerveza de la que en realidad pueden beber. Se aburren de sí mismos y dicen a los demás que saben estar solos. Son como sombras recortadas sobre papeles sucios. Aman a las personas que hay en su vida más de lo que están dispuestos a admitir, y no les dicen nada acerca de ese amor, porque prefieren el silencio al vértigo de no saberse correspondidos en exactamente igual medida, o más.</p>
<p>Desde donde estoy se ven ciudades arrasadas por la furia del mar, árboles caídos; soplados hasta la muerte por un viento terminal. Se ven niños descalzos con el barro a la cintura, intentando salvar una cesta de fruta semipodrida, un muñeco de peluche y dos aviones de papel de los destrozos de la inundación. Se ve que la policía y los bomberos no saben qué hacer. Se ve el avión de los ricos tirando en paracaídas la comida que les sobra, mientras desde sus casas confortables se lamentan así: <em>“¡Pobrecitos los pobres!”</em>.</p>
<p>Desde donde estoy se ve el aire cargado de palabras transmitidas exculpando a los culpables. Casi pueden oírse sin esfuerzo, sus letras negras mintiendo las razones turbias de los males, las excusas plausibles de las catástrofes y las frases salpicadas de anestesia de los analistas expertos en pavadas.</p>
<p>Desde donde estoy puedo ver, también, y sin ningún esfuerzo, los demonios pacíficos de mi infancia. El aliento de pasto tierno de mi perra en la cara y el silencio de la hora de la siesta frente a un cuaderno de deberes escolares sin hacer. Un gesto con la lengua, un soplido y un renuncio, justo cuando el grafito de mi lápiz comenzaba a arañar en el papel rayado una suma de líneas temblorosas. Puedo ver, de grande, el regreso previsible de esos demonios alados, que sobrevuelan las camitas de mis hijos sin asustarme, prometiendo con sus ojos rojos más infancia, más dolor de adolescencia, más tiempo y tiempo de fantasías.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un horizonte difuso y borroso, en el límite de un mar que no tiene del otro lado a mi tierra, pero es como si la tuviese, es como si cada una de las olas pudiese deshacer en sus espumarajos un trocito de mi costa infinita, un recuerdo de ballenas y pingüinos, una promesa de mi Uruguay natal, una fiesta de sol y playa con mis hermanos, las pieles de niños oscurecidas por el sol, los sueños intactos, el tiempo aún como una medida infinita de lo que no va a llegar nunca.</p>
<p>Desde donde estoy se ve claramente el miedo. No es el mío. No es el tuyo. Es el miedo de todos y el de nadie. Es el miedo con el que estamos aprendiendo a vivir, al que nos vamos acostumbrando sin protestar. Es un cuerpo espeso y dos alas nervadas, enormes, un paraguas siniestro que tejemos sobre nuestras cabezas con paciencia y cautela, como la mortaja interminable de <em>Amaranta Buendía</em>, una labor primorosa y siniestra, una bolsa de gatos infame donde se mezclan las emisiones de <em>Gran Hermano</em> con media docena de guerras remotas, un brote epidémico de enfermedades mortales y las aberraciones modernas de una ciencia sin mas ética que la financiación renovable año a año.</p>
<p>Desde donde estoy se ven, perfectamente y sin interferencias, las huellas indelebles que me trajeron hasta aquí, mis marcas lloradas a fuego lento sobre aviones y trenes, la decisión lenta de abandonar mi casa, los abrazos de despedida y los pares de labios marcando un adiós temporal que se haría permanente. Se ve el rastro de ese camino, la nostalgia derrochada semana a semana de mi barrio, la falta aguda y diaria de tres medialunas de grasa, el reguero de gotitas de sangre de ternera sobre una parrilla de asado con amigos, la letra y música de <em>Patricio Rey</em>, contando en frases criptográficas el dolor de la partida, y una década después, en las mejillas de mis hijos, se ve el resumen lisito e impoluto de todo lo bueno que me pasó desde la última vez que viví en América.</p>
<p>Desde donde estoy, desde mi ventana, se ve perfectamente el parque de enfrente, una canchita de fútbol, la biblioteca y la plaza en la que vamos a andar en bicicleta. Se ve perfectamente todo lo que rodea mi casa. Se ve que hoy, ahora, ésta es mi casa. Me gusta mi ventana. Me gusta mirar por ella, aunque siempre, a mi espalda, aguarde una pared.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>En mi casa no te morís, carajo</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Jan 2011 19:01:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En mi casa siempre hubo muchos animales, pero hubo uno, con permiso de mis dos perras, reinas absolutas del zoofondo de casa, que fue especial para mí y para mis hermanos. Fue <em>Dailan Kifki</em>, con su dueña atolondrada que paseaba su malvón (y recuerdo con mucha ternura que el libro comience precisamente cuando ella sale a pasear su malvón. De niño me parecía lo más normal del mundo, porque no tenía ni idea de lo que era un malvón), y el bombero que siempre hablaba en rima, y el hermano Roberto, que siempre decía: <em>“Estamos fritos!”</em>, y la sopita de avena, y el club de remontadores de barriletes, y la tía Clodomira, y tanta magia en tan pocas páginas…</p>
<p><em>Dailan Kifki</em> aterciopeló las noches de mi primera infancia, con la voz suave de mi madre leyéndolo en voz alta, debajo de un cuadro que teníamos en el que podía verse un hipopótamo enorme, lleno de corazones, con un cartel que decía “<em>Te quiero tanto que duele</em>”. Teníamos el clásico ejemplar de tapas amarillas, destrozado de leerlo y releerlo, de intercambiarlo con <em>Chaucha y Palito</em>, con <em>El Reino del Revés</em>, y esos dibujos de niños siempre con cuatro pelos en la cabeza.</p>
<p><em><span id="more-891"></span>El twist del Mono Liso</em>, <em>El Brujito de Gulubú</em> y tantas otras constituyen la banda sonora de mi escuela primaria, los primeros recuerdos. Siempre estuviste ahí, con tu música, con tu alegría, con el corazón herido de tu <em>Pájara Pinta</em>, los temblores de miedo de la <em>Reina Batata</em> y un mundo repleto de riqueza que, hoy, treinta años después, sé que es parte de lo que soy, que me constituyó como persona, que me aportó algunos de los valores que trato de enseñar a mis hijos.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Justo cuando hace poco más de un año, leímos en voz alta, con mis hijos, <em>Dailan Kifki</em>, y pude palpar sus fantasías de papel, sus caritas de ilusión, la ternura sabia que drenaban sus páginas. Por primera vez pude imaginar parte de lo que debían sentir mis padres al leerlo para nosotros. Pude compartir con ellos, en silencio, con un secreto pactado también contigo, la maravilla de ilusionar a los niños, de relatarles fantasía, de enseñarles a querer casi sin querer, de costadito. Entendí, ya grande, de qué está hecha toda esa ternura.</p>
<p>Y sí, te tuviste que morir, carajo.</p>
<p>No te conocí personalmente. No pude decirte que tuve que ser padre para entender lo importante que fuiste para mí. Dejame darme ese lujo ahora, sin ser pretencioso. Porque sin saberlo, pero queriendo, con tus canciones me regalaste parte de lo que ahora doy a mis hijos. Justo este fin de año pasamos las vacaciones de navidad escuchando una y otra vez tus canciones. Mi hijo Daniel, de cuatro años, canta <em>El twist del Mono Liso</em> a todas horas, llenándome de orgullo y de ternura.</p>
<p>Y fue ahora, justo ahora, que entendí la subversión callada de tus letras, el llamado pacífico a la rebeldía, el poder infinito de tu ternura. Fue ahora que pude comprender que, si puedo llamarme buen padre, parte del mérito es tuyo.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Tu partida me encontró solo en Madrid, en una habitación de hotel, con treinta y siete años y en viaje de trabajo. Me arrancó lágrimas de verdad, un picor en la nariz (que por suerte no se me cayó dentro de la taza) y en los ojos, profundo, cavernoso. Me sentí muy solo, y con una tremenda necesidad de abrazar a mis hijos, de decirles lo afortunados que son por el simple hecho de que una vez, su papá, cuando era niño, escuchó tus canciones, leyó tus libros y te hizo parte de su vida. Sentí necesidad de apretujarlos, de bajarles la luna en camisón, de bañarlos en un charquito con jabón, de regalarles tu perro pequinés que se cae para arriba y no puede bajar después. Quise invocar el tesón de Manuelita para ir, un poquito caminando y otro poquitito a pié, hasta Barcelona, solamente para besarlos, para decirles que es en la corte del rey donde siempre se oculta la naranja paseandera que a todos nos roban cuando dejamos de ser niños. Quise ir en tranvía a Tucumán, para regocijarme una última vez en tu gato y chacarera, y a la vuelta pasar por la quebrada de Humahuaca, donde la Vaca continúa rumiando sola la lección, y volver aquí, manejando un <em>cuatrimotor</em>.</p>
<p>Y te moriste nomás, carajo.</p>
<p>Entonces recordé que soy un hombre, que los hombres no lloramos, y que sabemos que la muerte es parte de la vida. Intenté dejarte ir, y otra vez la distancia de mi tierra y la nostalgia de tu voz rompieron mis lágrimas.</p>
<p>Y entonces decidí que en mi casa no te morís, carajo.</p>
<p>Porque cada una de las millones de lágrimas de todos los que fuimos niños y supimos de tu grandeza, de tu ternura y de tu magia nos obligan a mantenerte viva para nuestros hijos. Ahora y siempre, María Elena.</p>
<p>En mi casa no te morís. No te doy permiso.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Sobre el escepticismo, la inocencia y la ilusión</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Dec 2010 09:44:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Asomándome peligrosa y sigilosamente a la cuarentena, estoy cansado ya de escucharme proclamar a los cuatro vientos sospechosas virtudes apergaminadas de intelectual de izquierda, ex-bolchevique derrotado y fundamentalista del materialismo histórico, entre las que figuran – pero sin limitarse a – un ateísmo profundo, convencido e indiscutible, la negación paradigmática de cualquier artificio de sobrenaturalidad, magia, brujería, hechicería y en general cualquier disciplina no basada estrictamente en principios científicos contrastados, escepticismo férreo a prueba de balas, siempre a mano y listo para usarse, una ironía aguda como defensa contra cualquier posible cuestionamiento a mis principios, y unos cuantos más que hasta me da vergüenza enumerar, porque contienen palabras de los años setenta, como <em>imperialismo</em>, <em>capitalismo salvaje</em> y <em>clase obrera</em>.</p>
<p>Crecí y viví aferrado a estas convicciones de hormigón armado. Recuerdo, desde que tengo memoria, oír relatar la anécdota no verificada históricamente acerca de Marx. Cuentan que llevaba a sus hijos a oír misa, no por religioso sino porque era prácticamente la única oportunidad de que escuchasen música en directo. Entonces, un domingo cualquiera, uno de sus hijos, señalando a Jesús crucificado, preguntó a su padre: <em>“¿Quién es, Papá?”</em>. Marx, contrariado por tener que responder a una pregunta directa, y a la vez firme en sus convicciones de no mentir a sus hijos, se pasó lentamente la mano por la barba cana, y respondió: <em>“Es el hijo de un carpintero pobre, que lo mataron los ricos.”</em> Independientemente de la veracidad de la anécdota – sinceramente me preocupa poco -, ésta ilustra perfectamente cómo he vivido la relación con las religiones, y de qué forma siempre es posible encontrar una vía adecuada para racionalizar cualquier experiencia vital, sin importar su naturaleza.</p>
<p><span id="more-856"></span>Todavía hoy recuerdo vívidamente una conversación de recreo, durante 1982, año en el que cursaba el tercer grado de la escuela primaria, con mi amigo Martín López, hijo de una familia religiosa y practicante. Él argumentaba la existencia más que probada de su Dios temible y castigador, simplemente como excusa para no sumarse a alguna travesura que yo proponía. Le respondí: <em>“Nada que ver. Si Dios existiera, entonces no habría accidentes de autos, ni guerras, ni robos, ni nada.”</em> Recuerdo, además, claramente, la profunda convicción con que lo dije. Él no supo qué contestar. Esa vez gané la partida.</p>
<p>También recuerdo con amargura el ligero rescoldo de decepción que experimenté la primera vez que reconocí a mi madre debajo del gorro rojo, la barba blanca y la enorme barriga de almohadón de gomaespuma, ensayando unas carcajadas graves y sonoras que no lograban ocultar plenamente el timbre femenino de su voz. Y lo recuerdo vívidamente porque más que una revelación profunda, fue como la confirmación de una sospecha que aún no se había materializado, fue comprender que de alguna forma siempre lo había sabido, y fue decidirme de inmediato por el silencio, para no robarle la ilusión a mis hermanos más pequeños.</p>
<p>A los veinte años, pensaba que estaba todo el pescado vendido. Mi visión del mundo era absolutamente correcta, precisa y fundamentalmente verdadera. La misma certeza acerca de la no existencia de Dios se llevaba por delante cualquier posibilidad de magia en este mundo. La suerte estaba echada, iba a vivir así hasta el fin de mis días, convencido, y convencido de que ese convencimiento era una espada de Damocles, un beneficio impagable en cuanto a lucidez, y un castigo que, al mismo tiempo, me impedía disfrutar plenamente de algunas de las cosas más sencillas y bonitas de la vida.</p>
<p>Diez años después, fui padre.</p>
<h3>II. La inocencia</h3>
<p>Hace unos cuantos días, <a href="http://es.akinator.com/" target="_blank">descubrí un juego en internet que trata de adivinar personajes</a>. La mecánica es simple: la máquina va haciendo preguntas que el jugador responde con sí o no, y acaba adivinando prácticamente cualquier cosa. Obviamente, a mis hijos les encantó el juego, así que nos pasamos largos ratos en el sofá, <em>iPhone</em> en mano, probando, uno por uno, cientos de <em>Pokémons</em>, casi todos los <em>Gormiti</em>, personajes de Disney, y muchas variantes. En uno de los giros del juego, Pablo eligió como personaje a <em>Melchor</em>, dada la cercanía del gran evento. Comenzamos el juego, yo leyendo en voz alta las preguntas, y él respondiendo. Como se pueden elegir tanto personas como personajes de ficción, una de las preguntas típicas del robot es: <em>“¿Su personaje es real?”</em>. Cuando salió, casi presiono automáticamente el botón de <em>“No”</em>, pero un microsegundo de reflejos me hizo detenerme. Hice la pregunta mirando fijamente a los ojos a mi hijo, y pude identificar, muy en el fondo de su mirada de niño, un destello de luz propia, cuando respondía, haciendo un gesto contundente con ambas manos:</p>
<p><em>“¡Claro! ¡Qué pregunta!”</em></p>
<p>Y entonces, una vez más, la número ciento cincuenta mil desde que soy padre, algo volvió a romperse dentro mío: el edificio axiomático sobre el que fabriqué mi persona y mi personaje, rindiéndose nuevamente a la evidencia de la inocencia. En ese momento descubrí varias cosas. Descubrí que me gusta la inocencia de mis hijos, su candidez, la ternura con la que creen en la magia, su sorpresa sincera cuando encuentran las cáscaras de mandarina que dejan los reyes a su paso, la emoción intensa con la que se espera en esta casa la inminente llegada, por primera vez, del <em>Ratoncito Pérez</em>, sus confusiones nebulosas entre lo que ven en los dibujos animados y mi materialismo práctico cuando respondo a sus preguntas fantásticas. Descubrí que disfruto su inocencia muchísimo más de lo que fui capaz de disfrutar la mía propia, a la que decapité sin piedad apenas pude intuir algunos de los males de este mundo. Descubrí que, si existe una razón en esta vida por la que valga la pena alimentar fábulas, contar historias y repetir los cuentos fantásticos que se cuentan desde que el mundo es mundo, esa razón es única y es la mirada de mis hijos, es la pureza que soy capaz de respirar cuando ellos creen en la magia, es un temblor debajo de la piel, una picazón intensa en la nariz porque no quiero llorar, una manito de dedos transpirados y uñas sucias.</p>
<p>Descubrí que la inocencia es un momento de la vida mágico en sí mismo, y que tenemos el deber de preservarla, de alargarla todo lo posible y protegerla.</p>
<p>Descubrí que inocencia es sinónimo de maravilla.</p>
<h3>III. La ilusión</h3>
<p>Y la inocencia, como diría el maestro <em>Yoda</em>, conduce a la ilusión. Cuando puedo palpar la intensidad de la ilusión que mis hijos son capaces de vivir, me siento un discapacitado emocional. Es hablar de los reyes magos, del Ratón Pérez, de su próximo cumpleaños, de la inminente visita de sus abuelos, o simplemente de jugar en familia una partida de <em>Uno</em>, y entonces la piel de sus caritas se enciende, los ojos resplandecen y se les dibuja una sonrisa que es mucho más que auténtica: <em>es inevitable, poderosa y total</em>. Es una sonrisa como los adultos ya no somos capaces de sonreír, una sonrisa a pesar suyo, mas allá de las ganas de sonreír. Es una sonrisa que lo abarca todo, que invade, que explota en el pecho, que baja barreras, que tiende puentes. Y sobre todo, es una sonrisa sincera, que comparte y que habla de amor.</p>
<p>Y es entonces cuando no puedo evitar preguntarme el sentido de luchar toda una vida para volver a obtener lo que de niño tenías tan fácilmente: ilusión y amor. No se consiguen con introspección, ni con materialismo dialéctico. Ni siquiera con sicoanálisis, ni con dinero. Solamente se experimenta ilusión y amor cuando dos seres humanos se encuentran, mas allá de la razón, por debajo de la piel. Entonces se respiran, se disfrutan, se saben incondicionales, aunque sea por un momento, y la ilusión traspasa la piel, exuda, supura, se adueña de todo y es tan grande que te lleva por delante. No hace falta saberlo, se siente, te atropella y te estampa contra la pared del salón.</p>
<p>Y al final, lo que quería decir, es que al reconocer por enésima vez la ilusión que mis hijos desparraman por la casa, descubrí el placer de claudicar sin vergüenza, de poner la rodilla en tierra con naturalidad, de derribar una convicción absoluta con alegría y con un calorcito en el pecho: <em>Sí que existe magia en mi mundo. Y puedo tocarla con las manos y probar un pedacito, solamente cuando soy capaz de compartir la ilusión de mis hijos.</em></p>
<p><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>Por suerte ganan siempre los buenos</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Nov 2010 10:22:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>Crecí mirando con respeto las figuras incuestionables de próceres severos e incorruptibles. Los ojos fijos, encerrados en un brillo mate de Domingo Faustino Sarmiento, Don José de San Martín, Mariano Moreno y tantos otros hijos ilustres de la patria custodiaron las largas horas de nuestra educación primaria, siempre presentes, siempre vigilantes y enmarcados en una guarda celeste y blanca, recordándonos que los hombres de bien no ríen ni lloran ni hablan en clase, que están dispuestos a morir por la patria y se casan solamente con mujeres abnegadas que entenderán siempre que sus maridos partan a caballo a erradicar la injusticia de este mundo, y resignadas, un día llorarán su muerte con orgullo y generosidad, contentas porque su muerte fue por una causa noble.</p>
<p>Son hombres especiales. Nunca en su vida dijeron nada banal ni fútil, y crecieron obsesionados, desde niños, por la injusticia y el oprobio. Héroes desde chiquitos, que cuando los hieren mortalmente no se cagan en la puta madre que lo parió al reverendo hijo de puta que me mató, y carajo, cómo duele; sino que dicen cosas como “<em>Muero contento: hemos batido al enemigo</em>”.</p>
<p>Y lo más importante de todo es que nunca pierden. No toman malas decisiones, ni se equivocan, ni se benefician personalmente de sus posiciones de poder, ni sucumben a las tentaciones de la carne, ni son egoístas, ni pecan de soberbios. Y si por alguna razón absurda sufren una derrota, es producto de la incomprensión de los demás, de las circunstancias adversas, de la incompetencia de sus subordinados o de la simple mala suerte.</p>
<p>Ese era el modelo de hombre al que teníamos que aspirar. No podíamos perder.</p>
<p><span id="more-764"></span>II.</p>
<p>Hace un par de días, apoltronado en el sofá como seguramente no solían hacer mis héroes, que no descansaban nunca, y cálidamente flanqueado por mis dos hijos, mirábamos dibujos animados. Daban un capítulo repetido una y mil veces de <em>Gormiti, el regreso de los Señores de la Naturaleza</em>. Afortunadamente, ahora los héroes de nuestros hijos, además de las virtudes inmemoriales clásicas, poseen una conveniente conciencia ecológica y un rechazo teórico hacia la violencia que, inevitablemente, terminan ejerciendo contra los malos, obligados por la imperiosa necesidad de salvar al mundo.</p>
<p>El mundo se revoluciona. La tecnología lo cambia todo y los niños de hoy son máquinas de alto rendimiento. Necesitan acción, velocidad, explosión y colores vivos. Necesitan un ritmo que nosotros, de niños, difícilmente hubiésemos sido capaces de seguir. Vértigo puro, digitalmente inventado con sonido envolvente. Pero por alguna extraña razón, los malos continúan empecinados en explicar su villanía, en detallar sus pérfidos planes, regodeándose antes de aniquilar a sus rivales, aparentemente vencidos, y solazándose en su risa demoníaca.</p>
<p>Invariablemente, los buenos salen airosos, apelan a lo mejor de sí mismos, renuncian a cualquier tipo de reconocimiento o beneficio personal y vuelven a ganar. No conocen la derrota. El bien siempre triunfa.</p>
<p>Los niños lo celebran, entusiasmados. Parece increíble que vuelvan a sorprenderse de la habilidad de sus héroes para resolver las situaciones difíciles.</p>
<p>Y yo, derramado en los almohadones por los confines distantes de mi barriga, pensé, por primera vez en mi vida, que quizás no sea buena idea que ganen siempre los buenos.</p>
<p>III.</p>
<p>Con la inestimable colaboración de padres, profesionales de la educación, autoridades y empresarios, estamos blindando la infancia. Los niños crecen cercados por barreras de seguridad. No hay acceso al mundo real, salvo para los niños que forman parte de él. O estás en la realidad o estás en la fantasía. Hay niños en este planeta que conocen de primera mano la explotación infantil, el hambre, la pobreza y la violencia. El resto cree que el mundo es un sitio casi perfecto. Sus padres no tienen ningún tipo de problema visible, la televisión es un proveedor infinito de situaciones fantásticas, la calle solamente existe en compañía de adultos protectores, los gérmenes están convenientemente mantenidos a raya por una profilaxis que roza la obsesión, y papá y mamá siguien un guión social terriblemente opresor, pero que les indica claramente como proceder en todos los casos. Además, no hacemos más que proporcionarles maneras de evitar el esfuerzo personal, desde pistolas que hacen pompas de jabón sin soplar hasta formularios preimpresos para las tareas escolares, no se vayan a cansar demasiado copiando doce sumas del pizarrón. Y, por supuesto, ganan siempre los buenos. No hay problema. No hay nada que temer.</p>
<p>IV.</p>
<p>Mientras tanto, en el otro rincón, los padres y madres inocentes de este mundo, contrariados, nos compadecemos mutuamente y nos quejamos del calvario que nos toca vivir. Los niños son impertinentes. Son exigentes. No saben jugar solos. Sus caprichos son prácticamente imposibles de gestionar adecuadamente. No saben compartir.</p>
<p>La misma boca pequeña que comparte la denuncia susurrada, de boca de padre a oído de padre, es la que calla y permite todo lo que sucede. Compramos la pistola de pompas de jabón con tal de no escuchar cien veces que Pepito y Marianita la tienen, y que es la moda en el cole, y cedemos a los <em>Gormiti</em> la postestad del silencio y la tranquilidad del hogar, al tiempo que toleramos que la escuela, en lugar de ser una puerta al conocimiento, la apertura y la superación personal, sea una losa de granito que los aplasta bajo un manto de prejuicios, de intereses políticos y de conceptos marchitos. Avalamos que la institución principal de su infancia los equipare en lo peor, sin fomentar sus características individuales positivas, pero potenciando su individualismo. Permitimos que los prepare para un mundo hipotético en el que todo sale bien, en el que no existen los castigos pero sí las recompensas.</p>
<p>V.</p>
<p>Un día, no muy lejano, nos daremos cuenta de que hemos soltado a la calle toda una generación de hombres y mujeres que no toleran la frustración, que no saben perder, que no están acostumbrados a recorrer un camino para obtener algo. Solamente conocen el ya más inmediato, la satisfacción instantánea, el triunfo constante.</p>
<p>Y los recibirá un mundo hostil. Un mundo en el que las reglas están escritas con otra tinta, y donde les arrancarán la cabeza sin piedad ante el menor error. Un mundo en el que nadie les regalará nada, en el que la protección total a la que estaban acostumbrados sucumbirá ante la violencia civil y económica, y en el que la educación que recibieron, más que brindarles garantías de oportunidades, limitará sus opciones y su imaginación para abrirse camino en la vida.</p>
<p>Pero nosotros no seremos responsables. Nosotros habremos hecho todo lo posible, desde el infinito amor que les profesamos, para prepararlos.</p>
<p>Les habremos dejado ganar a las cartas, les habremos hecho gran parte de sus deberes escolares, les habremos permitido televisión sin límites y les habremos protegido de la realidad hasta límite en el que es la misma realidad la que nos supera.</p>
<p>Pero lo más importante de todo, es que tanto nosotros como nuestros hijos, sin ningún tipo de dudas, estamos en el bando de los buenos. Somos los buenos. No podemos perder. Estaremos a salvo siempre que recordemos eso, siempre que no perdamos de vista que en este mundo, por suerte, ganan siempre los buenos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Enano Cabezón II: Mi papá me ama</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Oct 2010 08:33:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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										</div>Hola, mi amor. Hola otra vez, mi chiquitín. Parece mentira, pero ya pasó otro año, y los pedacitos tiernos y crocantes de tu infancia desaparecen de mis manos como almendras garrapiñadas picoteadas por pájaros rebeldes. Quiero contarte un secreto. Como cuando te acercás y me pedís que me agache, para decirme a la oreja: “Papá, &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/17/enano-cabezon-ii-mi-papa-me-ama/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Quiero contarte un secreto. Como cuando te acercás y me pedís que me agache, para decirme a la oreja: <em>“Papá, ¿te digo un secreto?: Los Dinosaurios están muertos”</em>, me decís, con tu susurro infantil, con tu respiración de niño. Ahora hace ya un año, cuando cumpliste tres, vos y yo iniciamos, sin saberlo, sin quererlo, una tradición doméstica, informal y privada. <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/14/enano-cabezon/" target="_blank">Por tu cumpleaños te escribí una carta</a>, y para mí fue balsámico. Te hablé de mis angustias de padre inexperto, de mis emociones de hombre tonto, de los disfraces con los que los adultos nos enfrentamos a la realidad, de nuestros juegos privados, de tu sonrisa luminosa&#8230; Y hablarte me hizo sentir tan bien, que luego escribí otra a tu hermano por su cumpleaños de seis, y entonces decidí que intentaré hacerlo todos los años, escribirte una carta a vos y otra a tu hermano. Un momento anual de reflexión, un instante íntimo para recapitular, para pensar en lo que va pasando, para contarte cómo te veo, cómo te siento, como te respiro.</p>
<p>Es un regalo hecho hoy, para el futuro. Me encanta pensar que un día podrás comprender la humedad de mis palabras, adivinar el rastro de mis lágrimas de emoción en mi bigote escaso. Entonces te sentarás y leerás, una por una, doce, tal vez quince cartas escritas solamente para vos, una por cada octubre tuyo. Sabrás cómo te ví crecer, al tiempo que yo envejecía un poco, maduraba otro poco, engordaba otro poco, y te adoraba cada vez más, a pesar de que cada vez me parecía imposible adorarte más. Sabrás, siendo ya un muchacho, las palabras que solamente puedo decirte ahora, porque sos todavía un niño, porque tu corazón de algodón de azúcar no tiene vueltas complejas, ni sabe de dobles sentidos, ni busca mensajes ocultos, ni elige lo que las palabras no dicen en vez de lo que intentan decir.</p>
<p><span id="more-717"></span>Quiero aprovechar ésta, la segunda de las cartas que te escribo, para hablarte de vos, para decirte lo que pienso, lo que siento y lo que creo, para contarte cómo me estremecen, de los pies a la cabeza, tus abrazos interminables de niño, tu ternura enorme, tus ojitos que me miran con devoción, con orgullo, con dulzura, tus besos tibios, profundos, sinceros. Y, si puedo, quiero también enseñarte alguna cosa. ¿Sabés? Cuando seas grande, adulto o muchacho, vas a encontrarte con que, sin saber cómo, todo lo que era fácil de niño, la naturalidad de los besos y los abrazos, la ternura directa, la frescura infinita, se recubre poco a poco de respuestas razonadas, de reacciones controladas, de prejuicios inevitables, de malos pensares insufribles, se decora con una cautela emocional incontrolable, se recubre con una armadura hecha de un enorme apego por uno mismo, que muchas veces te impide llegar a los demás, o que los demás lleguen a vos.</p>
<p>Pero, mi amor – y aquí va el segundo secreto del día –, esa ternura que te constituye y te define, sigue ahí, está en vos, es tuya por derecho y por conquista, y aunque la vida te dé sinsabores y dolores varios, aunque las personas no sepamos, muchas veces, verla, siempre, siempre, tenés que guardar en vos un camino secreto para regresar a ella, porque va a ser el talismán que te rescate en los momentos más difíciles, y porque va a ser la estrella que quieras regalar entera el día que descubras que amas a alguien. Es parte de lo mejor que tienes, es lo que más dolor puede causarte, y lo que puede hacer que recibas más amor.</p>
<p>Quizás una de las cosas más asombrosas de ser padre (ojalá lo experimentes algún día) es descubrir, día a día, cuánto se te parecen tus hijos, al mismo tiempo que se revelan tan únicos, tan diferentes que te asustan. La mitad de lo que vos y tu hermano son, puedo reconocerla sin dificultad en tu madre y en mí. La otra mitad es cosecha propia, y nos sorprende todo el tiempo. Es en esa mitad única y auténtica en la que los padres descubrimos que nuestros hijos son mejores personas que nosotros. Es precisamente ahí donde se encuentra eso tan inexplicable que los religiosos llaman alma, y los escépticos como tu padre intentamos nombrar con mil apodos diferentes.</p>
<p>Y en vos esa mitad es magia pura. Tenés el corazón blandito y cómodo, y un talento natural para la felicidad como no he visto jamás en ninguna otra persona. Y el secreto es que sos capaz de ser profundamente feliz con las cosas más pequeñas. No me voy a cansar nunca de ver tu carita iluminada, tu sonrisa desbordante y las chispas de tus ojos cuando me ves, por ejemplo, al regresar de un viaje. Tenés, también, una seguridad sobre tu amor que te permite repartirlo sin cuidado, ir por ahí diciéndole a las personas que querés que las querés, y cuánto las querés. No voy a olvidar nunca una tarde de septiembre en la que estábamos en la plaza, en un banco. Vos estabas sentado entre Santi – sí, Santi, el papá de tu amigo Sergio – y yo, y por alguna razón me dio por apoyar mi cabeza en tu pechito infantil. Quería escuchar tu corazoncito. Entonces pusiste tus manos sobre mi pelo, me acariciaste y se te encendió la carita, te brillaron los ojos, te desbordó tu sonrisa traviesa. Buscaste a Santi con la mirada y le dijiste:</p>
<blockquote><p><em>“¡Mi papá me ama!”</em></p></blockquote>
<p>Lo dijiste con auténtica alegría, con sinceridad infantil. Lo dijiste sin afectación, sin teatro, sin magnificencia. Lo dijiste de verdad, simplemente. Y tu felicidad de niño, tu orgullo de hijo se te notaba a pesar tuyo.</p>
<p>Para mí fue un momento mágico. Pero no tanto por el regalo simplemente maravilloso de tu alegría, sino por haber sido, por primera vez, capaz de palpar tu certeza absoluta sobre mi amor de padre. Esa certeza no tiene precio, mi chiquitín. He visto hombres hechos y derechos, pasados los cuarenta, romper en lágrimas por esa duda palpable, por no conocer de primera mano el amor de sus papás.</p>
<p>Por eso hoy, en tu cumpleaños de cuatro, quiero volver a regalártela. No quiero regalarte mi amor, porque el amor de padre se regala día a día, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo. No hacen falta situaciones especiales. Quiero regalarte, junto a un voto secreto entre nosotros dos de renovarla año a año, la certeza final y absoluta de mi amor. Quiero regalarte ese talismán, un acceso directo a mi corazón, la llave maestra que te permita saber con seguridad, cada vez que lo necesites, que tu papá te ama, que ese amor es incondicional, que nada ni nadie, nunca, podrá cambiar eso.</p>
<p>Quiero regalarte, en un sobre sellado con lacre, la promesa sagrada de que, a lo largo de tu vida, cada vez que lo necesites, estaré ahí para repetirte las claves de mi amor, para decírtelo sin vueltas, para brindarte un espacio en mi pecho que te ayude a rescatar tu sonrisa solar, un refugio tibio en el que, hombre o no, puedas decir, a quien quiera oírlo, sin afectación ni vergüenza, cuánto te ama tu papá.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 16 de Octubre de 2010.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz cumpleaños.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Te adora, </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Papá.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>La emoción privada de los objetos</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Sep 2010 09:50:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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		<category><![CDATA[cosas pequeñas]]></category>
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										</div>Vivimos trajinando cosas pequeñas, imponiéndoles nuestros biorritmos caprichosos, las delicias involuntarias del tacto, los malos humores instantáneos de despertares indeseables, los gestos imperceptibles de las reacciones mecánicas, las sorpresas predecibles de su temperatura, los tics propios de la vida humana. Desde que nos levantamos hasta que nos volvemos a la cama, manipulamos objetos constantemente, sin &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/09/18/la-emocion-privada-de-los-objetos/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Al llegar al mediodía hemos tocado y compartido automatismos con cien, doscientos, quinientos objetos de naturalezas variadas, materiales sintéticos, orígenes dispersos. Objetos que trajeron desde China su absurdo coste industrial de cero coma cero cero quince euros, el dolor de los dedos de un operario al final de su jornada de catorce horas, su presencia oscura e instantánea en la vida de personas de carne y hueso. Es así. No es triste. No es bueno ni malo ni requiere ningún calificativo que lo valore. Es humano, con su dualidad característica, su pobreza de espíritu o la grandeza infinita de su imaginación, según se mire.</p>
<p><span id="more-702"></span>Pero, ¿qué pasaría si esos objetos fuesen capaces de contar su historia? ¿Qué pasaría si, al sentarnos a la mesa en un bar, la fórmica pegajosa y corrupta nos hablase en voz baja de la pareja que, minutos antes, en esta misma mesa, acaba de romper? ¿Qué sentiríamos si nos contase la dureza de las palabras de él, la humedad de las lágrimas de ella, los rincones oscuros de los sentimientos de culpa de ambos? ¿Podríamos continuar desayunando sin más?</p>
<p>A veces juego a imaginar, y me imagino un mundo donde las voces de los objetos hablan de nosotros. Me imagino la narración intermitente del suelo, espectador tartamudo de los pasos que anticipan la tragedia y de los que conducen a la dicha, también. Me imagino la felicidad de las barandas de los puentes, que relatan sin parar cientos y cientos de declaraciones de amor, de peticiones de matrimonio, de besos a escondidas de los padres, de niños sorprendidos, maravillados por el aliento siseante del río, y luego dan paso a lágrimas saladas, para confesar unos cuantos suicidios, algunas rupturas y un accidente automotor. Imagino también las cosquillas de los columpios, borrachos a causa de la risa constante de los niños, y la envidia malhumorada, callada y oscura, de los cercos de madera que suelen rodearlos, no se sabe bien por qué.</p>
<p>Si hago un esfuerzo, puedo escuchar el orgullo incondicional de las pizarras de la escuela de mis hijos, que los ven crecer trimestre a trimestre, despacito, atesorando las legañas de las mañanas, las vocecitas a coro que repiten una y otra vez las mismas letras de siempre, las risas desordenadas cuando alguien se equivoca, los llantos desconsolados que nunca faltan.</p>
<p>Imagino también la burla histriónica de los espejos de los ascensores, relatando cómo el chico de la sexta planta se explota los granitos, para luego esparcir la  grasienta sustancia resultante por su superficie, intentando que no se note, o cómo la señora del cuarto be se acomoda el tetamen desbordante que le presiona las carnes, para que el pico del cuello del suéter coincida con el canalillo sudoroso, o también la satisfacción sorda de las flatulencias solitarias en la cabina de muchos de los vecinos, y por supuesto las exploraciones nasales constantes, el estiramiento de ojos, narices y bocas que se miran de cerca, las decepciones continuas al descubrir nuevas arrugas, el desprecio inocuo de quienes ya se han visto tanto que no se interesan a sí mismos, la vanidad a flor de piel de algunos adolescentes y la vergüenza infinita de otros.</p>
<p>Es lógico creer que todo esto son puras fantasías, que los objetos – sobre todo los de escaso valor monetario – son materia bruta, moléculas muertas en reposo agrupadas según la voluntad caprichosa de los humanos, material inerte sin alma ni más razón de ser que su utilidad primaria, cumplir a rajatabla con aquello para lo que fueron concebidos. Yo también lo creía así, pero ayer me llegó el primer ejemplar de mi primer libro, que si bien es una autoedición sin más mérito que la voluntad de compilarla, era la primera vez que mis palabras tomaban forma de libro. Lo sostuve entre las manos y lo recorrí despacio. Me habló en susurros, me llevó por caminos extraños, me obligó a revivir las emociones que me hicieron escribir cada uno de los textos que contiene, me forzó a cuestionar su estatus indiscutible de objeto.</p>
<p>Entonces pensé en el León de felpa de mi hijo Pablo. Ese muñeco que tiene desde la misma semana en que nació, y que durante los últimos seis años, todas y cada una de las noches, vigiló su sueño de niño, atrapado en un abrazo a sus entrañas rellenas de bolitas. No me costó imaginarme un encontronazo futuro, dentro de veinte, veinticinco años, acomodando cajas de trastos. No me costó imáginarmelo relatándome la infancia de mi hijo, mi propia historia como padre, ni la traducción en el vacío que será, seguramente, que para ese entonces mis hijos ya no vivan en casa, ya no sean niños, ya no reclamen su León de felpa para sentirse seguros para dormir. Pensé en mi hijo Daniel, que cada noche pide un juguete para llevarse a la cama, que elige cada vez un custodio diferente para su noche privada, y me dí cuenta de que los niños hablan con los objetos sin ninguna dificultad, como algo natural. Pensé en la historia vital de cada uno de esos juguetes, muchos de los cuales terminarán rotos en una montaña anónima de basura, y otros guardados como tesoros en una caja amontonada en un desván con una bicicleta vieja, una cama desmontada, una pantalla de ordenador que todavía funciona y dos cajones de fotos y papeles llenos de polvo, cada uno con su propia historia y su propia voz, quebrada por el polvo y el silencio.</p>
<p>Y decidí, ahí mismo, con mi libro en las manos, que me gusta creer que los objetos, por insignificantes que sean, tienen una historia que contar, y una misión sagrada de mantener a salvo de los incrédulos su secreto fundamental, de parecer lo que no son, de obstinarse en su silencio mineral hasta que un día cualquiera, una chispa traviesa de ternura incontrolada les otorgue un permiso fugaz para violar su juramento, y liberar así sus emociones privadas, sólo para quien lo merezca, sólo por una vez, sólo para quien sepa escuchar.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Porque lo digo yo, que soy tu padre</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jun 2010 09:30:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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		<description><![CDATA[La vida te engaña de todas las maneras que puede. Nada acaba siendo como creías que iba a ser, y sospecho que, en muchos casos, tampoco es como creés que es una vez que empezó. Y perdoname que te escriba en argentino, pero es que aunque parezca un contrasentido, mis palabras más sinceras ocurren en mi pecho con acento rioplatense.

Y cuando digo que la vida te engaña, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.

Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.
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<p>Y cuando digo que <em>la vida te engaña</em>, en realidad quiero decir que una de las cosas que hacemos con más frecuencia es engañarnos a nosotros mismos, hacernos creer que todo va a salir bien siempre, que vamos a ganar el mundial, que esa tos seca que no nos deja dormir no será nada, que todo lo que viene será mejor que lo que hay, que el último año no hemos subido de peso, y cómo no, que no nos vamos a morir nunca.</p>
<p>Pero de todos los engaños sucesivos, las diminutas trampas personales, los artificios privados que usamos para salir adelante, de los pequeños y los grandes, mi amor, quizás uno de los más absurdos sea el de la paternidad. La paternidad es un héroe, un prócer intocable que posee unas credenciales tan impresionantes que nadie se atreve a decir la verdad sobre él, y al mismo tiempo es un roedor esquivo y egoísta, una sombra oscura que me visita por las noches para recordarme los peligros de fallar, y lo mucho que lo hago.</p>
<p><span id="more-617"></span>Todos hablamos sobre la paternidad. Los que hemos sido padres y los que aún no lo han sido. Y parece ser que estamos obligados a decir <em>“Es lo mejor que me pasó en la vida” </em>como primera frase. Creo que hay un pacto social tácito al respecto. Probablemente si los padres dijésemos la verdad cuando los que no lo son preguntan, la continuidad de la especie humana se vería seriamente amenazada, mi amor.</p>
<p>Cuando tu madre estaba embarazada, te esperábamos con auténtica ilusión, y yo en particular con muchísima ansiedad. Intentaba poner mi mano sobre la panza grande y rendonda cada vez que podía. Era mi forma de hacer algo para no sentirme fuera del proceso, porque hablarle a una bola redonda y brillante me hacía sentir definitivamente ridículo. Te decía que ponía la mano sobre la panza de mamá, y esperaba hasta que te movías. Entonces eran los únicos momentos en los que íntimamente conseguía sentir que eras real, que venías de verdad, que no era un invento mío.</p>
<p>Durante toda mi vida había creído que el día que naciese mi primer hijo sería el más feliz para mí. Estaba convencido de que, en el momento que te pusiesen en mis brazos no sería capaz de contener la emoción, y sospechaba que tu llegada sería la llave que abriese una puerta mágica a un mundo fantástico y maravilloso.</p>
<p>En lugar de eso, tu llegada fue un acceso a un quirófano aséptico, en el que todo sucedía a una velocidad falseada. Usábamos unos trajes azules que seguramente te harían mucha gracia, y mamá estaba cansada y dolorida. Me puse a su lado y le sostuve la mano, mientras ella aguantaba los dolores de parto y yo me callaba por vergüenza las molestias que me provocaba una pierna dormida y acalambrada.</p>
<p>Entonces naciste.</p>
<p>Te pusieron sobre mamá. Es que a los padres, por razones obvias, todo el mundo nos ignora un poco cuando nace un niño.</p>
<p>La primera vez que te tuve en brazos sentía una expectativa enorme. Esperaba que una luz seráfica me iluminase el rostro, que una paz interior me desbordase por completo y una sensación de ingravidez total. Esperaba un torrente de lágrimas tibias y la creación de un sol propio y privado con el que darte calor. Esperaba ser un hombre nuevo y la revelación final de el secreto mejor guardado: una felicidad sin límites.</p>
<p>En lugar de todo eso me sentí torpe. Te doblabas como un muñeco de trapo en mis manos inexpertas, tenías la cabecita ligeramente ovalada y los piecitos rosados y las piernas flexionadas hacia el vientre. Cuando por fin encontré la forma de sostenerte, bajo la mirada atenta y vigilante de todos los presentes, me quedé muy quieto, esperando el rayo redentor que tenía que entrar por la ventana. En lugar de la maravilla y la felicidad completa, lo único que conseguí identificar plenamente entre una maraña de emociones mezcladas fue una sensación de pánico creciente. Tuve miedo, mi amor, miedo de verdad. Miedo auténtico, del que te deja seco, miedo del que te da mordiscos en las tripas desde adentro, del que hace sentir vértigo. Miedo del que te acecha desde arriba y desde abajo, el que te impide tragar y respirar. Las lágrimas de emoción que esperaba no llegaron, y en lugar de eso me encontré disimulando frente a tus abuelos, ocultando mi miedo, que es lo que hacemos los adultos cuando lo sentimos. Sonreí para la galería y seguí el guión que todos conocemos.</p>
<p>Caminé unos pasos contigo en brazos. Efectivamente, continuaba sintiendo más miedo que otra cosa.</p>
<p>Pero pronto, muy pronto, supe por qué las claves auténticas de la paternidad son el secreto mejor guardado: porque a los pocos días de tenerte, descubrí que el hombre que yo creía ser se había desecho, y en su lugar habitaba mi pecho una señora gorda, tetona y generosa, con una redecilla y ruleros y pinzas en el pelo, vestida permanentemente con una ridícula bata de flores, que solamente quería ser tu mamá y bailar danzas clásicas bajo el sol, contigo en brazos, amamantarte, darte de comer carne de su carne, de mi carne, besarte con ruido y con baba, hacerte saber su amor con palabras cursis, llorar cada una de tus lágrimas, sacramentar tu sueño de bebé y regocijarse en el tufo ácido de tu caca. Y claro, eso no es de hombres. Los hombres – y te lo digo porque vos también vas a ser hombre un día, y vas a estar atado a tus actos por el mismo reglamento absurdo – somos fuertes, somos machos, somos el sustento y la protección. Tenemos que callarnos a la señora gorda y hacer retroceder las lágrimas (las mismas que ahora, en este momento, solo frente a mi pantalla, intento contener mientras te escribo). Los hombres, mi amor, los hombres como vos y yo somos la ley, somos la fuerza y somos los primeros idiotas que nos creemos cazadores y guerreros, que cuidamos la imagen de varón y estigmatizamos la ternura. Las claves principales de la hombría son otra de las grandes mentiras de nuestra cultura, y a pesar de saberlo perfectamente, por alguna razón soy uno más de los que la sostienen, y me hago el hombre cada vez que es necesario.</p>
<p>Me hago el hombre cuando te digo que no llores por eso, que es una tontería, aún sabiendo que a pesar de ser una tontería tu sufrimiento es auténtico. Me hago el hombre cuando te educo, cuando te escucho y cuando te mando callar. Cuando, para poner fin a tu rebeldía, tiro del cargo, diciéndote: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre.”</em> Me hago el hombre para enfrentar tus miedos infantiles por la noche, y en vez de acurrucarme a tu lado te acaricio el pelo y te aseguro que no pasa nada, que no hay que tener miedo. Me hago el hombre cuando escucho tu lucidez de niño, tu tremenda y brutal agudeza emocional, tus cuestionamientos impertinentes, tus juegos de ternura.</p>
<p>Han pasado casi media docena de años, y ahora que estamos a pocos días de tu sexto cumpleaños, puedo decirte que el día que naciste no fue el más feliz de mi vida, sino uno de los que más miedo pasé. Está marcado en mi historia porque me obligaste a hacerme hombre de verdad, renunciando íntimamente a la imagen de hombre en la que hasta entonces creía. Puedo contarte que con tu llegada refundaste para mí el concepto de ternura. Puedo agradecerte que abrieras para mí una nueva dimensión de lo que significa para un hombre el amor.</p>
<p>Quizás debería darte consejos, decirte que te laves las orejas o que te portes bien. Tal vez debería encomendarte que estudies, que seas un hombre de bien, que crezcas en la dirección correcta, que no te comas los mocos y que no le pegues a tu hermano, pero lo que de verdad me sale es agradecerte el haber hecho de mí una persona mejor, el mostrarme un camino diferente para llegar a mí. Lo demás sé que vendrá, porque amén de todo lo que nos equivocamos los padres a pesar nuestro, de hijos criados con amor solamente pueden esperarse buenas personas.</p>
<p>Han pasado media docena de años, mi amor, y dejáme decirte que el miedo sigue ahí, velando mi sueño cada noche, respirando mi aire durante el día. Nada, ni siquiera la muerte, me da más miedo que no ser un buen padre para vos y para tu hermano, pero dejáme que te cuente un secreto: no quiero que el miedo se vaya, porque su presencia es la salvaguarda de todo lo bueno que tenemos. Mientras tenga miedo de no hacerlo bien seguiré intentando hacerlo mejor cada día.</p>
<p>Y sé que desde tus seis añitos de vida, ves a tu padre un escalón por debajo de tus héroes, y muchos por encima del resto de los hombres. Sé que crees que lo sé todo, y que soy capaz de protegerte de todos los males de este mundo, y no soy capaz de decirte con palabras cuánto me enternezco cada vez que me doy cuenta de tu devoción infantil, ni hasta qué punto me siento insignificante cuando no puedo darte las certezas que tus preguntas de niño me piden constantemente. Pero un día, mi amor, dentro de muy poco, empezarás a pensar que tu viejo es imbécil, que se equivoca y que no sabe nada. Será el momento en el que empieces a fabricar tu propio hombre, tu guerrero cazador y macho alfa que sabe que es el líder del mundo libre y que lo que no haga él no estará bien hecho. Solamente espero ser lo suficientemente hombre como para aceptarlo, sabiendo que probablemente, si algún día llegás a ser padre, comiences a pensar, cada vez con más frecuencia: <em>“Cuánta razón tenía papá”.</em> Quizás un día te descubras con las cejas crispadas y el dedo índice señalando a tu propio hijo, mientras le decís: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”,</em> y entonces un ataque de risa te obligue a darte cuenta que somos animales de costumbres, y que lo que tus padres te dan excede la ciencia y la genética, te hace y te constituye.</p>
<p>Y así entre nosotros, mi amor, permitime contarte que convivimos en mi cuerpo los tres: tu padre, el miedo animal y la señora gorda. Nos llevamos bastante bien, porque cada uno hace su trabajo. El miedo me mantiene alerta y vigilante, me corrige cuando me equivoco y me propone treguas para acercarme a vos. La señora gorda es la que te abraza y te llena de besos, la que juega contigo y te protege entre sus tetas descomunales, la que te besa por las noches y te toma la fiebre cuando estás enfermito. Y tu padre soy yo, el que se divide, el que te adora hasta la locura, el que te escribe pobremente lo que no sabe decirte, el que te manda a recoger los juguetes, y el que, cuando protestás, te apunta con el dedo índice, frunce el entrecejo y te dice con voz varonil, de hombre: <em>“Porque lo digo yo, que soy tu padre”.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz cumpleaños. Te adora, Papá</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de junio de 2010.</em></p>
<p><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a><br />
</em></p>
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		<title>La nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Jun 2010 08:51:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-597"></span>Éramos tan niños que ni una sola vez, durante todos esos años, nos paramos a pensar que esa era la única casa “pobre” del barrio. Durante los dos meses al año que pasábamos allí, en un verano que será perenne en mi memoria, éramos tan felices que ni siquiera advertíamos que no había dinero, que no había parques de diversiones, que no había juguetes nuevos ni viejos, que mi abuela apañaba la comida sancochando arroces y fideos y verduras y trocitos de carne de una forma que a nosotros siempre nos parecía deliciosa, que no sobraba nunca nada. No se tiraba nada, ni mucho menos se despilfarraba. Bebíamos agua fresca y leche.</p>
<p>Y jugábamos. Todo el día. Setenta días seguidos. Dábamos de comer a las gallinas, provocábamos un estruendo de alas y gorjeos en el palomar repleto de torcazas de mi tío, alimentábamos a dos enormes tortugas marinas que habitaban un estanque junto al gallinero, cortábamos delicadamente tres, no, cuatro hojitas de laurel para sazonar el puchero, corríamos de arriba a abajo con <em>Canela, </em><em>Brancia</em> y <em>Nicola</em>, los perros de la casa, arrancábamos de los árboles las ciruelas y los limones, nos comíamos directamente del racimo las uvas recalentadas por el sol, bajo la mirada atenta y vigilante de un halcón plateado que mi tío tenía en el árbol más grande de la finca, y, sobre todo, los adultos nos hacían <em>verdadero</em> caso. Nos trataban como a niños, pero no como si fuésemos tontos o incapaces, sino simplemente como a niños. Nos escuchaban. Jugaban con nosotros. Hablaban con nosotros. Nos involucraban en una vida doméstica en la cual las cosas no eran simplemente un paso necesario para llegar al siguiente, sino un fin en sí mismo. La comida no era una costumbre, sino un ritual. Se preparaba laboriosamente y luego se disfrutaba en conjunto. Confiaban en nosotros, nos dejaban jugar, gritar, correr y pelearnos sin vigilancia continua. Luego, mi tío nos llevaba a la playa. En esas se nos iba el verano entero, y volvíamos a Buenos Aires aindiados, silvestres, morenos por todo el cuerpo menos en la zona del bañador, con las plantas de los pies curtidas por setenta días sin usar zapatos y un olor salino, de sol y de mar, impregado en la piel.</p>
<p>Inevitablemente, durante cada verano llovía alguna vez. Esos días nos poníamos bajo la parra del patio, tan espesa que nos protegía de la lluvia, y organizábamos un negocio de venta de limonada imaginaria con dinero imaginario, llenando de agua la enorme olla del sancocho de mi abuela, y fundamentalmente inundando el tracto digestivo de mi abuelo, que con paciencia infinita se bebía uno tras otro los vasos de latón rebosantes de agua que le llevábamos durante una hora interminable. Después, Ramiro nos llevaba a buscar <em><a href="http://www.glacoxan.com/plagas/Bichocanastobichodecesto.htm" target="_blank">bichos canasto</a></em>, que no eran otra cosa que orugas con su cestito de palillos entretejidos con un finísimo hilo de baba. Buscábamos los más grandes. Cada uno de los niños elegía su campeón, y los disponíamos en una fila sobre la mesa. Entonces comenzaba la trepidante carrera de bichos canasto, que consistía en esperar pacientemente a ver cuál de los cuatro asomaba primero, y avanzaba algo arrastrándose, reptando sobre la mesa con el canastito a cuestas.</p>
<p>Sé que suena tremendamente aburrido, pero nosotros lo vivíamos con auténtica emoción. Vibrábamos esperando que alguno de los gusanos asomase el cuerpecito rechoncho por el agujero del cestito. Gritábamos y sacudíamos las manos. Festejábamos cada milímetro de avance con auténtica pasión. Y entre pitos y flautas, o salía el sol o una tarde lluviosa más se iba para siempre.</p>
<p>Esta mañana, Barcelona amaneció con lluvia. Me despertaron poco después de las siete las vocecitas de mis hijos discutiendo algo que no llegué a descifrar. Semidormido, me preparé un café y me senté en la terraza a ver llover. En seguida, los dos se acercaron. Como tantas otras veces, me pidieron que les contase una historia, y el olor fresco de la lluvia y la temperatura agradable recuperaron de mi memoria las apasionantes carreras de bichos canasto. Les relaté minuciosamente cómo revisábamos los árboles en busca de los corredores, cómo desprendíamos el cestito de la rama, con mucho cuidado para no lastimar a nuestro campeón, como discutíamos y negociábamos cada vez las reglas de la contienda, y cómo esperábamos con el corazón desbocado que alguno de los bichos se moviese aunque sea una milésima de milímetro. Les conté cómo, después del certamen, los devolvíamos a su ambiente sin lastimarlos, y cómo comentábamos los pormenores de la competición hasta la hora de la cena.</p>
<p>Ellos, atentos como siempre, escucharon cada palabra con los dos ojazos abiertos de par en par, intercalando cada tanto alguna pregunta, sonriendo cuando aparecían nombres conocidos, preguntando por otros tíos, riendo de cuando en cuando. Pero al finalizar la historia parecían algo decepcionados, como si no fuesen del todo capaces de hacer suya la emoción de las cuadrigas de bichos canasto.</p>
<p>Entonces pensé que solamente han pasado treinta años, y sin embargo los niños de hoy no tienen nada que ver con los niños que fuimos. Es cierto que son terriblemente más despiertos, inteligentes y agudos, pero es también tristemente cierto que, hagamos lo que hagamos los padres, nuestros hijos han sido picados por el insecto de la ansiedad. Ayer por la tardé les dí <em>danoninos helados</em>, y Daniel no se quería comer el final. Me decía:</p>
<blockquote><p>-       <em>Está bajo en grasa</em>.</p></blockquote>
<p>Y mientras me enseñaba el fondo del bote, entendí que la publicidad dice “<em>bajo en grasa</em>”, y él lo había traducido como “<em>la grasa está abajo</em>”. Los hemos transformado en eso, en animalitos publicitarios, en miembros activos de la sociedad de consumo y su biorritmo insoportable. Pensé también que, hoy por hoy, cuando un día amanece lluvioso, los padres cambiamos miradas asustadas, sintiendo auténtico pánico ante la perspectiva de un domingo de lluvia entero en casa con los niños. Ellos necesitan combustible, necesitan quemar emoción, necesitan todo ya, rápido, dinámico, cambiante, atractivo, de colores, con láseres.</p>
<p>Quizás los padres de ahora deberíamos hacer un esfuerzo y rescatar de nuestro pecho los niños que chapoteaban en los charcos, los que jugaban con bloques de madera, los que tenían las rodillas y las uñas sucias, los que atrapaban ranas con las manos, los que hacían carreras de bichos canasto; y entonces poder enseñarles a los niños de ahora un poco de paz, que la vida puede tener un ritmo más lento sin que por eso sea aburrida, que no hace falta que las cosas brillen, lleven pilas y tengan luces para ser atractivas.</p>
<p>Quizás vaya siendo hora de comenzar una cruzada, una nueva lucha por la supervivencia del bicho canasto.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>El color de los recuerdos</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
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		<title>Mi Boca</title>
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		<pubDate>Sun, 09 May 2010 09:45:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Estaba medio dormido, pero un miedo irreverente me despertó sin sutilezas de ninguna clase. Asustado, me concentré en repasar cuidadosamente la imagen cruel que estaba frente a mí, mientras recordaba que, cuando cumplí veinte años, mi padre me dijo una vez: <em>“A partir de los veinte años, cada uno es responsable de la cara que tiene”</em>. Recordé también haber leído que un hombre sabe que ha empezado a envejecer cuando comienza a parecerse a su padre. Es un proceso lento, largo y suave, pero hasta en la pendiente más leve hay un punto a partir del cual te das cuenta de que no estás situado horizontalmente.</p>
<p><span id="more-570"></span>Desde que fui padre por primera vez, hace casi seis años ya, soy consciente de escucharme decir en voz alta las mismas frases que decía mi padre, y de ir dándome cuenta, de a trozos, cuánta razón tenía en muchos aspectos, y qué poca en otros. Es algo un poco mágico, porque no recuerdo haber decidido nunca sobre qué cosas acordar con él y en cuáles disentir, y sin embargo, cuando las ocasiones se presentan, emerge claramente una actitud, una respuesta, una decisión segura. No soy capaz de explicar el proceso, pero en ambos casos (cuando repito exactamente lo que decía mi padre y cuando digo lo contrario) soy perfectamente consciente de estar haciéndolo, y siempre, siempre, me parece absolutamente natural.</p>
<p>Después de esta pequeña digresión, volví a centrar mi atención en el espejo, para explorar mejor al hombre nuevo que tenía frente a mí, y solamente entonces reconocí al niño. Esperaba oculto en la mirada. Esfumados ya los últimos rastros del sueño, mis ojos habían recuperado su mirar habitual. Son dos círculos de color verde-grisáceo, que si se miran muy de cerca tienen pintitas pardas y un movimiento de magma errante. Hay algo en ellos que titila, y son mi recurso último cuando intento transmitir confianza o tranquilidad. Son capaces de sostener cualquier mirada, y aunque esa habilidad es entrenada y aprendida, su viveza original es patrimonio indiscutible de mi niñez.</p>
<p>Mis sienes llamaron entonces mi atención. Descubrí muchas nuevas canas restando brillo a mi pelo, opacándolo, quitándole la sensación fresca que solía tener. Lo repasé con cuidado con un cepillo, y entonces afloraron los reflejos que, a los veinte años, me gustaba provocar acomodándomelo con las manos, convencido de que ese gesto seducía y gustaba. Lo importante es que esos reflejos estaban vivos, presentes. Ya no asomaban constantemente, ofreciéndose para la guerra, sino que buscaban refugio entre mis canas, para proteger y tener siempre a mano los brillos caprichosos de mi juventud. Ya no son para seducir, sino para negarme a mí mismo la posibilidad de olvidar lo que fui, lo que soy.</p>
<p>Mi frente, agredida por diez años de agua europea, áspera y repleta de agentes abrasivos, se cruza de lado a lado por cuatro o cinco surcos definidos, profundos, que no llegan aún a ser arrugas, pero se erigen, sin dudarlo, en los cimientos donde esas arrugas que vendrán plantarán sus raíces. Son los anaqueles vivos en los que se atesorarán los testimonios de las batallas ganadas y de las perdidas, junto a las huellas indelebles de todas mis malas y buenas ideas. Y a pesar de eso, sigo reconociéndola como mi frente, la de toda la vida.</p>
<p>Mis cejas me sorprendieron especialmente. Solían ser dos líneas definidas, compuestas por pequeños pelos suaves, parecidos los unos a los otros, casi todos del mismo tamaño, ordenados, mirando siempre hacia el mismo lado. En su lugar encontré dos franjas gruesas de pilosidades alteradas, con un espíritu de maleza errante, una vocación perpetua de expresar raíces, arraigo, fortaleza, como si de alguna manera quisieran negar la evidencia de los años que pasan, y en lugar de conseguirlo, lo certifican.</p>
<p>Mi nariz, definitivamente, da sentido a todo el conjunto. Ya no es un porotito sonrosado en el centro de una carita iluminada. A sus costados, si se mira lo suficientemente bien, se descubren minúsculas venas rojas y azules. Su superficie se ha vuelto extremadamente más porosa, y por sus narinas se asoman en son de burla montones de pelillos negros que antes no existían. Parece una catástrofe, y sin embargo, vista en perspectiva, da carácter a mi gesto. No se puede dudar de que es la nariz de un hombre y no la de un muchacho, pero aún así me gusta.</p>
<p>Mis mejillas aparecen como tierra herida, agredida una y otra vez por el acero inoxidable de un arado constante, con la piel desmigajada, perforada por puntos negros y algunos blancos, también. Su tacto es áspero, sin recuerdos evidentes de niñez, sin rastros detectables de suavidad, y a pesar suyo, me muestran como soy ahora, con una imagen obtenida tras años y años de custodiar los flancos de mi rostro. Son altamente reconocibles, parte de mi identidad, y su aspereza no es otra cosa que el reflejo de la pérdida de la inocencia, la marca indeleble de los desengaños, y las cicatrices de los amores viejos y de los nuevos, también. Mis mejillas son como una bitácora viva de mi rostro.</p>
<p>Y en el centro y al sur de todo está mi boca. Mi Boca. Mis labios son gruesos, siempre lo fueron. Representan la fortaleza final desde la que custodio lo que pienso. Son el arma desde la que disparo mentiras, regalo verdades y prometo promesas. Son la superficie de intercambio de ideas y de adioses, la ventana última desde la que digo lo que quiero decir, y callo lo que quiero callar. Y lo más importante es que es Mi Boca, la boca con la que beso a las personas que quiero, los labios con los que dibujo una caricia sobre las personas de mi vida. Mi Boca es la síntesis de la cara que tengo – de la que soy enteramente responsable –, y es, sin lugar a dudas, la misma que de niño besó a mis padres, la que repitió hasta el cansancio las tablas de multiplicar y la lección de historia, la que cantaba el cumpleaños feliz, la que descubrió el sabor de la carne roja, la que besó por primera vez a una mujer, la que besa a mis hermanos en los reencuentros, la que se despide de mis amigos antes de las ausencias, la que encuentra el camino al corazón de las personas cuando la mirada lo pierde. Mi Boca es mía, y la comparto, cada vez que puedo, con las personas más importantes para mí. Por eso, cada vez que beso a mis hijos, lo hago con cuidado, con delicadeza y suavidad, directamente en los labios. Para dejarles saber, siempre en primera persona, la verdad única del amor absoluto y total que siento por ellos, mano a mano, boca a boca.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Los pequeños escondites de mi casa</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Jan 2010 10:25:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Mi casa está repleta de fantasmas ocultos, trampas del recuerdo que esperan, agazapadas, para aparecer cuando uno menos se lo espera. Un día cualquiera abrí una cajita de cartón en la que tengo cosas que siempre estoy por revisar,  y encontré una vieja billetera en desuso, repleta de papelitos, entre los que aparecieron, sin piedad con mi nostalgia, un billete de un Real brasileño que me regaló mi hermano Sergio en 1991, un boleto de tren que en su día me debe haber llevado a algún lugar importante, pero no recuerdo dónde, ni por qué era importante, y un ticket de acceso al mirador de las torres gemelas en febrero del año 2000, entre otras cosas pequeñas, castigadas, que de golpe y sin previo aviso pueden cobrar un significado tremendo y brutal, o transformarse simplemente en basura pendiente de tirar.</p>
<p><span id="more-494"></span>Entonces pensé que son como pequeñas trampas que uno va dejando para sí mismo, a ver si algunos años más tarde encuentra algo que le haga llorar o reír, un indicio, una pista que permita recuperar un sentimiento intenso, un perfume lejano, una historia impregnada de olvido o una emoción sincera. Otro día abrí un libro que tengo desde los 12 años, y que releo con cierta insistencia, y encontré una nota escrita primorosamente con letra femenina. No sé de quién es, ni de qué año, ni por qué me la escribieron. Ni siquiera recuerdo si me alegré al recibirla, pero al leer esas palabras escritas con letra de adolescente, una sensación fugaz pobló mi pecho. Y es que hace muchos años, alguien pensó en mí, quiso decirme algo, me regaló un puñado de palabras. Es una tontería que se repite infinidad de veces en la vida de una persona, sin que le demos mayor importancia, pero por alguna razón, esa vez quedó el papelito, detenido para siempre entre las páginas, nada menos, que de <em>Cien años de soledad</em>.</p>
<p>Y están también los escondites cotidianos, inocentes y arbitrarios. A veces, preocupado porque acabo de utilizar las últimas tres cucharadas de azúcar, y el frasco de vidrio para rellenar el azucarero está vacío, le digo a Gloria: <em>“Hay que comprar azúcar”</em>, y entonces ella, en unas décimas de segundo repone la que había en el frasco de reponer, abriendo un paquete que saca de uno de sus tantos escondites domésticos. <em>“¿Donde estaba?”</em>, pregunto, sorprendido. <em>“Donde va el azúcar</em>”, responde, enigmática, cobrándose una pequeña y justificada venganza porque yo no sé <em>dónde va el azúcar</em>. Entonces salvo las apariencias diciéndole: <em>“Cómo te gusta acovachar cosas. Me lo escondés todo.”</em> Ella se ríe y niega con la cabeza.</p>
<p>En el fondo, lo ridículamente inverosímil, además de que en casa tengamos <em>un lugar donde va el azúcar</em>, y otro <em>donde van los frutos secos</em> (que tampoco encuentro nunca), es que aunque convivimos en el mismo espacio, en escasos noventa metros cuadrados, desde hace varios años, las mismas cuatro personas, cada uno de nosotros tiene lugares, recovecos, porciones de estantes, áreas de cajones, que son, para quien los utiliza, parte habitual de su rutina, y para los demás, escondites oscuros e inaccesibles.</p>
<p>Mi casa, y cualquier casa en la que vivan dos o más personas, tiene cientos, quizás miles de rincones, lugares, coordenadas invisibles en las que cada uno de sus habitantes guarda algo que, sin haber necesariamente sido guardado con intención de ocultarlo, queda escondido a los ojos de los demás, a pesar de resultar estúpidamente evidente para el “guardador”, a pesar de estar, increíblemente, <em>a la vista</em>.</p>
<p>Intentando atrapar mi sorpresa hasta el final, perseguí el razonamiento por túneles oscuros, y me di cuenta de que no solamente mi casa está llena de pequeños escondites, sino también mi memoria, la de mi mujer y la de mis hijos. Estamos llenos de infinitos fragmentos, retazos de situaciones, información y datos que, por pequeños e irrelevantes que sean, nos componen, son fundantes de lo que somos, constituyentes. A veces, sin darnos cuenta, rescatamos uno de esos pequeños fragmentos, durante una conversación casual, y entonces nuestro interlocutor se sorprende. Con los niños resulta más evidente, porque no tienen ninguna razón para creer que sus padres no saben lo mismo, exactamente, que ellos. No son conscientes de tener sus propios escondites, pequeños, tiernos, con olor a pañal.</p>
<p>Mi hijo Pablo, que es una verdadera Caja de Pandora (seguramente igual que todos los otros niños de su edad, pero la diferencia es que él es mi hijo), ostenta un dudoso récord de masticabilidad.  Desde siempre le ha costado masticar. Se le hacen las famosas “bolas”. Al principio era, sobre todo, con los cárnicos, que se le atragantaban. Luego sumó las pastas, los farináceos y los alimentos con fibra. Después, y sin ir en desmedro de lo ya dicho, incorporó algunos purés y los yogures, que es capaz de masticar durante cuarenta o cincuenta segundos antes de tragarlos. Lo último, la semana pasada, es la sopa. Créanme, es atrozmente desesperante observar a una persona masticando sopa por espacio de un minuto antes de tragarla. Irritado, le dije:</p>
<p>-          Pablo, entiendo que tengas dificultades con la carne y las salchichas. Hasta puedo llegar a entender que mastiques el yogur. ¿Pero la sopa? La sopa no se mastica, hijo. Traga de una vez.</p>
<p>Él, que otra cosa no, pero los gestos y las expresiones los tiene muy por la mano, se concentró en acabar de masticar a conciencia la cucharada de sopa que tenía en la boca, mientras con la mano me hacía el gesto de “espera”. Tragó, despacio, y abriendo ambas manos en un gesto de fatal incomprensión hacia su persona, arqueando las cejas y expresando sufrimiento y congoja, me reveló uno de sus escondites secretos de niño. Con cierto grado de culpa hacia mí por mi conocida afición a la ingesta de cadáveres, se confesó sin tapujos:</p>
<blockquote><p>-          Papá, es que tú no lo sabes, pero yo soy herbívoro.</p></blockquote>
<p>Rápidamente y conteniendo la risa, revisé el manual de usuario que me dieron con el niño cuando lo retiramos del hospital en que nació, pero no venía nada sobre hábitos de alimentación absurdos, así que me limité a explicarle su <em>omnivorez</em>, guardándome en uno de mis pequeños escondites, para abrirla en el futuro, la pureza y la inocencia de su confesión.</p>
<p>Aprendí, una vez más, de mis hijos, que uno comienza a esconder antes que a caminar, pero no a esconder con intención, sino a guardar cositas en rincones. Y lo hace durante toda la vida. Cada palabra, cada pensamiento, cada sentimiento, espera en su rincón, pacientemente, hasta que aparezca la persona adecuada, en la situación propicia. Entonces, una confesión inoportuna la alivia para siempre del olvido de su encierro.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Ideología</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Dec 2009 07:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<div id="attachment_732" class="wp-caption alignright" style="width: 379px"><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/Ideologia_by_Gabriela_Sennes.jpg"><img class="size-large wp-image-732   " title="Ilustración original de Gabriela Sennes" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/Ideologia_by_Gabriela_Sennes-652x1024.jpg" alt="Ilustración original de Gabriela Sennes" width="369" height="581" /></a><p class="wp-caption-text">Ilustración original de Gabriela Sennes</p></div>
<p>Desde chico, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde que formaba un lazo. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suave al tacto, mirándome con dos enormes ojos profundos y alegres. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la acurrucaba en el nacimiento de mi cuello, donde se quedaba durante horas al calor de mi niñez. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, de construir un planeta un poco más cuerdo, un poco más justo, un poco menos disparatado. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás, me recordaba mis privilegios, la suerte cotidiana de un plato de comida caliente en la mesa, de una familia orgánica y funcional, de la presencia del amor en mi vida.</p>
<p>Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener buenos sueños. Cuando aparecía un mal sueño, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor, me invitaba a ser parte de una conjura contra el mal de este mundo.</p>
<p>Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres se negaron. “<em>Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”</em>, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Fue ella, mi ideología, la que me llamó a desobedecer, así que no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, satisfecho por el cosquilleo agradable que me hacía su contacto en la piel, agarrándose con sus pequeñas y  suaves manos, rematadas por dedos de uñas romas.</p>
<p>Durante el transcurrir de la mañana me di cuenta de que mi ideología me hacía un niño mejor. Ese día presté mis lápices, no peleé con los demás, y en el recreo, persuadido por ella, decidí compartir las cuatro galletas que llevaba con tres niños que no eran amigos míos, de esos con los que nadie quiere jugar y que siempre están solos en un rincón del patio, mirando cómo juegan los otros, sabiéndose excluidos por ser diferentes. En un acceso de amistad repentina, los invité a mi cumpleaños, a pesar de que no sería hasta varios meses después. Regresé a casa sintiéndome bien, totalmente convencido de que su presencia en mi vida solamente me traería alegrías, la opción diaria de sentirme mejor conmigo mismo.</p>
<p><span id="more-445"></span>Desde entonces nos hicimos completamente inseparables. Bastaba que me vistiese para que ella se me trepara a un bolsillo, dispuesta a venir conmigo a donde fuese. Yo se lo permitía, porque cuando ella estaba cerca me sentía seguro, y mucho mejor que cuando no lo estaba. Nos hicimos socios de juegos, camaradas de travesura, compinches incondicionales para cada cosa que me tocaba vivir.</p>
<p>Llegamos a la adolescencia juntos, casi al mismo tiempo. A ella le salieron unas tetitas incipientes, se le estilizó la figura, se le llenaron los labios y se volvió apasionada y luchadora, generosa con las palabras y siempre dispuesta a regalar consuelo. A mí no me salía la barba, pero por suerte perdí la voz de pito y los demás dejaron de confundirme con una niña, a pesar de llevar el pelo muy largo. Entonces nos preocupábamos mucho por todo el mundo, participábamos en política estudiantil y estábamos – mi ideología y yo – convencidos de estar construyendo un mundo mejor, de estar llamados y destinados a encabezar una rebelión que trajese por fin justicia, una revolución en toda regla.</p>
<p>Una vez nos enfrentamos con la policía, y cuando el escuadrón antidisturbios cargó contra doscientos cincuenta adolescentes temerosos como si fueran mercenarios en pie de guerra, mi ideología y yo nos asustamos mucho. Ella más que yo. Se escondió debajo de mi cama y se negó a salir durante varios días. Recuerdo que fue la primera vez que, juntos, nos preguntamos para qué todo esto, si valía la pena recibir palos en nombre de una guerra que parecía perdida antes de empezar. Al final la convencí, y organizamos una manifestación de protesta que una semana después convocó a varios miles de estudiantes. Al volver a casa, después de esa segunda manifestación, solos en la penumbra de mi habitación la miré con detenimiento, y me di cuenta de que ya era una mujercita. Los labios asomaban entre su pelaje blanco, más rojos que nunca, y sus pintitas de colores estaban en flor. Su rostro estaba serio, pero terriblemente hermoso, y en su mirada podía adivinarse el brillo inmaculado que solamente tienen quienes verdaderamente creen en algo. También descubrí sus primeras cicatrices. Una marca muy fea le cruzaba el pecho y parte del vientre, pero la llevaba con orgullo y elegancia.</p>
<p>Cuando terminé la escuela secundaria, contaba los años por desengaños amorosos y políticos. La Argentina se ultraliberalizaba y yo ampliaba mis horizontes hacia nuevas experiencias vitales. Entonces comencé a no llevarla conmigo siempre que salía de casa, como había hecho toda la vida, sino solamente algunas veces. Cuando me veía con amigos, fumaba porros y me emborrachaba, no la invitaba a venir conmigo. Cuando salía con alguna chica tampoco la traía. Su salud desmejoró. El pelaje blanco perdió brillo, y todas las pintitas de colores vivos de antaño se volvieron de ceniza oscura. Sus cicatrices eran más evidentes que nunca. Ahora le trazaban rutas de dolor en la espalda y en las piernas, pero yo, sin embargo, me sentía intacto.</p>
<p>Después llegó la vida casi adulta. Mi cabeza estaba lo suficientemente separada del suelo como para sentirme <em>grande</em>. Empecé a trabajar para una poderosa corporación multimedios, y comenzó a interesarme seriamente el dinero y los modales recios que lo acompañan. Me compré tres trajes y ocho corbatas de colores serios, y por esos días la guardé de nuevo en la misma cajita de cartón en que me la habían regalado. Puse la caja en lo más alto del armario. Así pude evitar el asco subyacente que me producía la mecánica laboral en la que estaba metido, y dedicarme a crecer profesionalmente. Por primera vez en muchos años, recuperé para mí el hueco junto a mi pecho que antes ocupaba mi ideología de toda la vida, y pude llenarlo de ambición, un coche y televisión por cable. Me fue muy bien. No hice dinero porque trabajando para otros no se hace dinero, pero hice ganar mucho dinero a mis jefes, y me sentía contento y orgulloso de mí mismo. Sin remordimientos ni miradas reprobadoras.</p>
<p>Algunas veces, los domingos por la tarde, solo en mi departamento de soltero, mientras rumiaba silenciosamente la resaca poderosa del fin de semana, recordaba la caja en lo alto del armario, y me sentía tentado de abrirla y tener una conversación seria con ella, pero en seguida me invadía como un torrente la culpa violenta de quien se sabe en falta, y me daba cuenta de que no podría soportar su mirada decepcionada, y mucho menos el perdón absolutorio que estaba seguro de conseguir. Entonces me refugiaba en la televisión. Por suerte, los domingos por la tarde siempre se podía confiar en que un buen partido de fútbol acudiese al rescate, armado de un poco de anestesia.</p>
<p>Cuatro años más tarde, con tres úlceras a cuestas y seis trajes más en mi guardarropa, me sentí agotado. Entonces decidí irme a vivir a España. Fueron momentos difíciles, porque desarmar una casa y una vida, por más que se haga con ilusión, es algo que siempre duele. Revolviendo papeles viejos y trasvasando cajas y cosas acumuladas durante años y varias mudanzas, apareció la cajita de cartón que me habían regalado mis padres. La abrí, con una mezcla amarga de nostalgia, temor y remordimiento, y dentro, contra todo pronóstico, mi ideología seguía viva. Estaba muy desmejorada, eso sí. Se le había caído bastante pelo, y en los claros irregulares entre su pelaje, se adivinaba la piel de un color rosado pálido medio enfermizo, los ojos sin brillo y los labios no tan besables como antaño. Quise acariciarla, pero estaba dolida y ofendida. Por primera vez desde que me la habían regalado, me enseñó los dientes y un gruñido de rabia, así que cerré la caja con un enorme sentimiento de culpa. En el proceso de guardar en cajas lo que no podía traerme a Europa, tuve una duda mortal: ¿La dejaba o la traía? Pensé que hacía tanto tiempo que no la utilizaba que no valía la pena cargar con el peso, porque los dueños de los aviones no entienden nada de recuerdos ni de nostalgia, y mucho menos de buenas ideologías heredadas de los padres de uno. Al final, la certeza de que, aún maltrecha y desmejorada, era el mejor regalo que mis padres me habían hecho, decidí traerla.</p>
<p>Una vez instalado en Barcelona, la cajita fue a parar al fondo de un armario nuevamente, y, ocupado como estaba en abrirme paso en el primer mundo, la olvidé sin culpas.</p>
<p>Luego conocí a Gloria, y un poco de tiempo después llegó el primer embarazo. Pablo nació al principio de un verano caluroso y feliz, durante el que vivíamos temporalmente en Málaga, nuevamente invadidos de cajas de tantas y tantas mudanzas. La primera vez que lo tuve en brazos mi mundo entero tembló, y mi sistema de creencias se tambaleó para volver a afirmarse completamente sobre una simiente nueva. Al ser padre no se puede evitar aprender a sufrir por toda la injusticia contra los niños que hay en este mundo.</p>
<p>A final de ese año nos volvimos a vivir a Barcelona, y volvimos a abrir las cajas tantas veces mudadas y vueltas a mudar. Recuerdo que había armado la cuna de mi hijo, y estaba en su habitación, cubierto de polvo y cansado por el esfuerzo. Había vaciado una caja y me disponía a plegarla para tirarla a la basura, cuando advertí que en el fondo quedaba la cajita de cartón de color madera. Preguntándome cómo habría llegado allí, estiré las manos y me la puse sobre el regazo, temblando, asaltado por una emoción nueva y desconocida. Temí que al abrirla mi ideología estuviese muerta, o que se hubiese transformado en un animal herido, que me saltase a la cara con intención de herirme, con toda razón. En contra de mis malos augurios, cuando desanudé la cinta verde, no la vi como esperaba verla, según la imagen mental de ella que había ido fraguando a lo largo de los años, inconscientemente, sino que la encontré como era cuando me la regalaron, un ovillo blanco brillante y peludo, con sus pintitas de colores renacidas y dos ojazos tiernos y dulces. El corazón me latió fuerte, impulsando una ola de sangre nueva que me navegó las venas como un viento profético. La tomé entre mis manos, sintiendo como ella temblaba de emoción, y la acerqué a mi cara, como tantas otras veces, pero esta vez con lágrimas en los ojos. Ella estiró sus manos pequeñas y suaves, y sin dejar de mirarme a los ojos, recogió en el hueco formado por sus manos una lágrima mía y se lavó lentamente la cara, sacudiéndose las gotitas con un movimiento de cabeza. Después me besó en una mejilla. Me levanté, apretándola suavemente contra mí, y aún con el sabor salado en los labios la deposité suavemente en la cuna de Pablo. Vi que ya no tenía ninguna cicatriz, y que su cuerpo era nuevamente cuerpo de niña. Ella me miró, sonrió y se hizo un ovillo junto al cuello de mi hijo.</p>
<p>Ahora Pablo tiene cinco años, y no se separa de ella para nada. Está saludable y crece otra vez fuerte y bonita como nunca. Pablo no deja que nadie la toque, porque la ha hecho enteramente suya, y a mí me parece bien. Yo hago como si no supiese de su complicidad, ni que la lleva a todas partes como hacía yo. A veces cuando finjo no enterarme, intuyo que mi padre me hacía un juego parecido, para permitirme así conquistarla por pleno derecho y no por la fuerza de un legado. No le hablo de ella, pero observo en segundo plano todo lo que viven juntos. Algunas noches, cuando Pablo duerme y Gloria no me ve, me acerco sigilosamente a su cama y la tengo un rato en mis brazos. Nos miramos profundamente a los ojos, y ya no hacen falta palabras entre nosotros. No quedan heridas abiertas. Simplemente sabe que confío plenamente en ella para que enseñe a mis hijos a ser buenas personas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sun, 13 Dec 2009 11:36:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Desde mi punto de vista, es indiscutible que hay patrones de similitud entre grandes grupos de hombres y grandes grupos de mujeres, y es también conocido por todos que nuestra torpeza congénita y la facilidad que tenemos para generalizar ayudan a crear los estereotipos, de los que luego terminamos prisioneros, y viviendo casi en función a unas verdades de andar por casa en las que no terminamos de creer.</p>
<p>Durante los últimos años, cada vez tengo una sensación más fuerte y marcada de vivir en una sociedad que elige mal. Ahora, como hemos demostrado a lo largo de toda la historia de la humanidad que parte del patrón común del grupo mayoritario de hombres tiende a ocupar espacios de poder, a someter y a ordenar, hemos decidido que necesitamos que la ley marque los límites, y hemos, una vez más, sometido a hombres y mujeres a la llamada <em>discriminación positiva</em>.</p>
<p><span id="more-439"></span>Como no somos capaces de respetarnos los unos a los otros, tiramos del crimen y castigo para plantear nuevas reglas del juego que garanticen ese respeto, a veces socavando la libertad y los derechos de los anteriores culpables de forma pendular, y en este contexto es inevitable que todos los hombres caigamos como en bolsa en el grupo mayoritario que responde al patrón. En la España de hoy, todos los hombres, por el solo hecho de serlo, somos sospechosos de ser abusadores de menores, golpeadores de mujeres y de hacer pis fuera del inodoro por la noche. Y que se me entienda bien, no estoy en contra de que se legisle para proteger a las mujeres de la violencia de género, sino que me preocupa enormemente sentir que nadie se pregunta por qué es necesario llegar a esto, a que la inmensa mayoría de los hombres seamos sospechosos por la brutalidad de unos cuantos salvajes.</p>
<p>Hace ya mucho tiempo, una vez que Pablo había sufrido un golpe fuerte sobre el ojo derecho, y lo tenía morado e hinchado, lo llevé al médico. Pasé auténtico miedo de ser acusado de golpear a mi hijo, y tuve que sumar ese miedo a la preocupación genuina por su golpe y tragármelo todo entero, controlarlo y poner cara de que aquí no pasaba nada. Afortunadamente la doctora que nos atendió tuvo la suficiente pericia para darse cuenta de que no se trataba de un niño maltratado, sino de uno que se había dado un golpe como los que se dan la mayoría de los niños a lo largo de su vida.</p>
<p>En realidad, mi intención no es hacer un alegato de injusticia contra los hombres, porque encuentro que no tiene sentido. Simplemente intento pensar en términos de igualdad absoluta y total, y me encuentro perdido. Y me encuentro perdido porque, como dije antes, sí que creo que la mayoría de las mujeres tienen dones que la mayoría de los hombres no tenemos, y viceversa, y aún a riesgo de caer en los estereotipos que detesto, me permitiré nombrar solamente unos pocos, pero no por masificar a hombres y mujeres, sino por celebrar la diferencia.</p>
<p>Las mujeres tienen una inteligencia emocional que a veces los hombres detestamos, pero que en el fondo nos enamora. Los hombres somos protectores, y ellas se quejan, pero les gusta sentirse protegidas.</p>
<p>Las mujeres son las dueñas de la dulzura, las propietarias de la magia de los besos y las auténticas generadoras de ternura. Los hombres emprendemos aventuras mortales y nos jugamos la vida por la china y la prole.</p>
<p>Las mujeres entienden el coraje y la valentía con el estómago y el corazón. Los hombres con los brazos y la espalda.</p>
<p>Las mujeres son las depositarias naturales de la magia absoluta de engendrar vida, de replicar la genética propia y de la persona que aman en su descendencia. Los hombres tenemos el don de fecundar, y el instinto agresivo de cuidar de los cachorros.</p>
<p>Las mujeres saben, sin necesidad de que nadie les enseñe, aglutinar, compartir, trabajar en equipo, juntar a los que quieren alrededor del fuego, prodigar hospitalidad. Los hombres saben, sin necesidad de que nadie les enseñe, competir, atacar y defender.</p>
<p>Las mujeres son fuertes, saben utilizar la fuerza con inteligencia y comprenden instintivamente que de su fuerza nacen casi todas las cosas bellas de este mundo. Los hombres somos fuertes, y vivimos la fuerza desde nuestro lado más imbécil, sacando pecho y empujando, intentando impresionarlas como gallos de pelea, mientras ellas se dejan impresionar, y, solamente algunas veces, somos capaces de utilizar esa fuerza con auténtica nobleza.</p>
<p>Las mujeres fueron, son y serán, siempre, el motivo y la razón para construir, amar y que los hombres intenten ser mejores personas. Los hombres estamos aprendiendo, después de veinte siglos, un poco de humildad.</p>
<p>Nada, repito, nada en este mundo puede compararse a la belleza del cuerpo femenino, a la cosquilla interminable de sus manos, el remanso y la paz de su vientre, el calor de sus piernas y la frontera infinita de sus labios. Los hombres lo sabemos desde siempre, y en un alarde histórico de estupidez que hoy estamos pagando, en lugar de compartir esa belleza hemos intentado poseerla.</p>
<p>De lo que estoy seguro, sin lugar a dudas, a pesar de tener la visión parcial del asunto que me impone mi propia masculinidad, es que celebro la diferencia  – y a veces ni siquiera hace falta ser de distinto sexo, cosa que también celebro – , que es a todas luces de una riqueza incalculable, y el motivo único que nos permite, entre otras cosas, enamorarnos, pelearnos, amar, ser amados, hacer el amor, reproducirnos, disfrutarnos, buscarnos, encontrarnos, vestirnos, desvestirnos, querer estar mejor, sufrir, llorar, reír.</p>
<p>Es triste y habla muy mal de nosotros mismos que, a estas alturas, tengamos que imponernos leyes cortas de miras y terriblemente sexistas para poder convivir en paz, en lugar de encontrar el camino para compartir y disfrutar de la diferencia que nos hace únicos. Somos tan únicos que para respetarnos los unos a los otros tenemos que igualarnos violentamente por el artículo quince, haciendo del mundo un lugar cada vez más chato y desagradable, donde empieza a importar más la forma que el fondo, y donde tenemos tanto pánico a la singularidad que no hacemos más que igualar, uniformar y parametrizar todo en los valores medios. Nada ni nadie debe destacar, ni ser diferente, ni pensar distinto.</p>
<p>Yo soy un hombre. Me gusta ser un hombre, y me gustaría no tener que avergonzarme ni sentirme perseguido ni sospechoso por una condición que no elegí, pero que si pudiese, eligiría. Y como hombre, nada hay en este mundo, excepto tal vez mis hijos, que admire, adore, idolatre, disfrute y ame más que las mujeres.</p>
<p>Lo único que espero, más allá de leyes, ignorancias, brutalidades, machismos, feminismos, políticas sociales y demás mentecatos dedicados a embrutecernos, igualarnos y enfrentarnos, es ser capaz de enseñar a mis hijos que la diferencia es lo mejor que tenemos. No la diferencia entre hombres y mujeres, sino la diferencia entre individuos, entre cada uno de los hombres y mujeres de este planeta, y que esa matriz de diferencias nos brinda una posibilidad de riqueza humana virtualmente infinita, mucho más importante, noble y poderosa que la mezquindad con la que hemos vivido hasta hoy, y con la que seguimos viviendo, marginando, discriminando positiva y negativamente.</p>
<p>Porque de lo que estoy más seguro, es que solamente educando bien a los niños e este respecto, llegaremos un día, como civilización, a no necesitar de leyes y reglas absurdas y baremos para respetarnos los unos a los otros, para ser iguales en la diferencia y poder, de una vez por todas, celebrarla como se merece.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>¡Te mataré&#8230; Bellota!</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Dec 2009 09:42:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Soy como un observador que carece de la información genética necesaria para interpretar el fenómeno. Estoy inserto en un grupo humano que funciona durante diez meses y medio con relativa normalidad, siguiendo unos patrones de comportamiento y respetando el dictamen irrevocable de un sinnúmero de estadísticas que a veces, en lugar de revelarnos cómo nos comportamos, nos dicen cómo <em>debemos</em> hacerlo.</p>
<p>Entonces, de repente, al acercarse el final del año y sin previo aviso, los emporios comerciales dan el pistoletazo de salida, y comienza el período navideño, que al igual que el desgaste de los polos o las temperaturas medias de la superficie terrestre, desde mi niñez hasta hoy, esta época de crisis colectiva se ha ampliado a razón de cinco o seis horas anuales: antes la navidad duraba dos semanas. Hoy, ya estamos en el mes y medio, y dentro de trescientos años se prevé que dure catorce meses al año, superponiéndose de un año para otro y generando una escasez mundial de juguetes, frutos secos, turrones y muérdago de plástico que llevará a la crisis economía mundial, definitiva y total, que acabará para siempre con la especie humana.</p>
<p><span id="more-432"></span>Para más inri, crecí en un país en el que la navidad se celebra con cuarenta grados de calor, y como se trata de una tradición inamovible, regida por leyes divinas que nadie se atreve a contravenir, nos pasábamos dos o tres semanas desparramando nieve fingida en árboles de plástico, venerando a un macaco rojo y barbudo que nunca nadie supo explicar de dónde había salido, enchufando lucecitas de colores que olían a plástico quemado, y comiendo pavo y turrón y almendras y nueces y bellotas, víctimas de una serie de severas indigestiones y padeciendo un constante exceso de consumo calórico y aún así, haciendo gala de una completa carencia de sentido del ridículo, mirábamos películas invernales y jugábamos a imitar la risa gutural del gordo rojo: <em>Ho ho ho ho!</em></p>
<p>La completa ausencia de fervor religioso en el seno de mi familia completaba el cuadro de confusión general, porque no se hablaba de la tradición, ni de la Virgen María, ni del niño Jesús ni nada de eso. Simplemente <em>“era navidad”</em> y ya está. Entonces los niños observábamos ese repentino giro en las costumbres de mis padres con sorpresa y desconcierto, pero sabiendo como sabíamos, que en la culminación del proceso caían regalos, elegíamos no preguntar demasiado, por si las moscas.</p>
<p>Algunos años después, cuando me hice adulto, la cosa no hizo más que empeorar. No solamente me quedaba fuera del sentimiento colectivo por falta de raíces cristianas, sino por convencimiento personal. Empecé a detestar la última quincena de diciembre, hasta el día treinta, porque la fiesta de año nuevo siempre fue de mis preferidas, mucho menos encorsetada, menos comercializada, menos encerrada en símbolos que no me identifican. Para colmo de males, hace diez años me vine a vivir a Europa, y entonces, a la desazón propia de detestar la fiesta, de estar lejos de la familia y los amigos, se sumaron el desencanto, la indignación y la vergüenza de observar y ser parte de un despilfarro grotesco y absurdo cimentado en la opulencia económica. No es que en la Argentina no sea vergonzoso y disparatado el consumo rabioso de la navidad, pero en Europa la cosa se dispara hasta un límite que supera la imaginación. Las montañas de regalos, las fortunas que gastan los ayuntamientos en llenar las ciudades y los pueblos con – literalmente – millones de lucecitas de colores y motivos navideños, el derroche de energía y la campaña de consumo son completamente babélicos, disparatados, desmesurados y vergonzosos en un continente que se ufana públicamente de preocuparse por la pobreza del tercer mundo y comprometerse con el medio ambiente y la ecología.</p>
<p>Pero todo guerrero tiene su Talón de Aquiles, y el mío, sin lugar a dudas, y sin caer en el despropósito común de utilizarlos como explicación y excusa de algunos de los más sonados disparates del mundo de los adultos, son mis hijos. Cuando son muy pequeños, digamos hasta los tres años, la navidad les resbala como la baba que se les cae de la boca. Ni la entienden, ni les importa, y los adultos nos frustramos viendo cómo, tras sepultarlos bajo una montaña de regalos que los supera en altura, volumen y peso, los niños prefieren jugar con el papel roto de los envoltorios, y casi ni se dan cuenta de que su patrimonio personal se ha visto incrementado considerablemente.</p>
<p>Pero después, cuando son un poquito más grandes, conseguimos convencerlos, y entonces esperan la navidad con ilusión y con verdadera ansiedad. Nosotros llenamos la casa de motivos navideños, y aprovechamos al vuelo la ocasión para el chantaje: <em>“Mirá que los reyes están viendo todo, y si no comés no te van a dejar regalos”</em>, decimos, apuntando con el dedo al pesebre en el que los muñequitos observan con sus miradas petrificadas el despropósito.</p>
<p>Hace un par de navidades, en los días previos a la nochebuena, estábamos un día jugando en una plaza con Pablo y Gloria. Éramos piratas, y él, un héroe espadachín con una vara de sauce. Unos bancos de piedra eran la borda del barco, y corríamos y saltábamos, disfrutando del juego.</p>
<p>Pablo, que por entonces aprendía a saltar desde la sorprendente altura de cuarenta y cinco centímetros, estaba de pie sobre el banco de piedra. Con un gesto atlético y osado, saltó hacia dentro de mi bajel, gritando a voz en cuello:</p>
<blockquote><p>-          ¡Al reportaje!</p></blockquote>
<p>Acto seguido, con valor y gallardía, apuntó su vara de sauce al centro de mi pecho, sin poder evitar que se flexionase ligeramente, pero sin perder por eso su estampa de héroe rescatando a su dama de los malvados piratas. Me miró fijamente a los ojos, y por primera vez en su vida, me amenazó:</p>
<blockquote><p>-          ¡Te mataré&#8230; Bellota!</p></blockquote>
<p>Sus ojitos marrones eran luz y fuego, eran ilusión infinita y, sobre todo, felicidad. Entre risas, lo abracé y lo besé, cosa por supuesto impropia de un auténtico y malvado pirata, me explicaba él intentando zafarse del abrazo para continuar el combate. Ese día entendí que había perdido una batalla conmigo mismo, entendí que a pesar de no estar de acuerdo, que a pesar de no creer y a pesar de la vergüenza y el despilfarro, un solo instante de ilusión en los ojos de mis hijos es suficiente para motivarme a celebrar la navidad, el hanuka y hasta un ritual de sacrificio umbanda, si hace falta. Ojalá sea capaz de encontrar el equilibrio entre alimentar esa ilusión y mantener la cordura y la coherencia.</p>
<p>Ojalá fuésemos capaces, entre todos, de garantizar, al menos una vez al año, y sin importar lo sagrado de la ocasión, un brillo de ilusión genuino en los ojos de cada niño del planeta. Ojalá pudiésemos crear una forma menos vergonzosa, menos opulenta y menos despilfarradora de regalarle ilusión a nuestros hijos, como por ejemplo, jugar con ellos con los trozos de papel de colores, en lugar de enseñarles el aprecio por el valor de los juguetes.</p>
<p style="text-align:right;"><em>Feliz navidad para todos.</em></p>
<p style="text-align:right;"><em>Aprendiz de Brujo.</em></p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Charlas de Hombre a Hombre II: Un nuevo enfoque</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 16:17:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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										</div>Recordarán quienes sigan las vicisitudes de la accidentada vida emocional de mi hijo Pablo (ver Charlas de Hombre a Hombre y Charlas de Mujer a Mujer), que dejamos el relato de sus tribulaciones amorosas en el álgido punto en que su pretendida, acosada por el ímpetu seductor de más de dos y de más de &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/01/charlas-de-hombre-a-hombre-ii-un-nuevo-enfoque/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Ensombrecido por la derrota, Pablo eligió el camino que tantas veces nos hemos prometido algunos a nosotros mismos: <em>“Nunca más me voy a enamorar de nadie”</em>. Simplemente lo decidió y ya está, de un día para otro, Celia quedó borrada para siempre de su dolorido corazón.</p>
<p>Nosotros, como padres modernos y sin prejuicios que somos, siempre le hemos dicho a Pablo que se pueden casar también hombres con hombres y mujeres con mujeres, y que, llegado el caso, pueden adoptar niños. Así que rápidamente halló la solución definitiva y perfecta para su mal de amores:</p>
<p><span id="more-409"></span>-          Papá, ya lo decidí: me voy a casar con el Alex. – es su mejor amigo y compañero de clase.</p>
<p>-          ¿Sí? – pregunté, sorprendido.</p>
<p>-          Sí, total, vamos y buscamos un niño de ésos, y ya está.</p>
<p>-          Vale, me parece perfecto.</p>
<p>Durante varias semanas mantuvo esa postura. El tema salía con relativa frecuencia, y él ya hacía sus planes. Dado que su intento previo de hacerlo su hermano y traerlo a vivir a casa había fracasado repetidas veces frente a nuestra negativa y la de los padres de Alex, había decidido que ni bien pudiesen irían a vivir juntos: vida resuelta. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que una tarde de sábado, mientras perréabamos toda la familia en el sofá, a Gloria y a mí nos dio por besarnos (cosa que por otra parte hacemos con frecuencia y que los niños habían visto ya miles de veces). Algo llamó la atención de Pablo, y preguntó:</p>
<p>-          ¿Por qué os besáis?</p>
<p>-          Bueno&#8230; porque somos novios, y los novios hacen eso: se besan.</p>
<p>-          Ah&#8230; ¿Todos los novios se besan?</p>
<p>-          Claro. Mira, por ejemplo tú, si te vas a casar con Alex, tendrás que dormir con él y darle besos en la boca, como todos los novios.</p>
<p>Primero puso cara de incredulidad, pero la seriedad mía y de su madre le confirmaron que se trataba de una verdad como un templo: <em>Los novios se besan en la boca</em>. Entonces su carita se contrajo y los planes de las últimas semanas quedaron instantáneamente desbaratados con una sola exclamación:</p>
<blockquote><p>-          ¡¡¡¡¡Qué asco!!!!!</p></blockquote>
<p>Su futuro estaba nuevamente oscuro. La boda se suspendió para siempre en el mismo momento en el que supo que entre sus deberes conyugales se encontraba la pernoctación conjunta y el intercambio salival. De nuevo estábamos como al principio&#8230; ¡Cinco años y el pescado sin vender!</p>
<p>Pero el cerebrito inquieto de mi joven <em>padawan</em> no se detiene nunca. Durante los días siguientes a la fatídica conversación durante la que descubrió algunos oscuros secretos de la vida matrimonial, Pablo dedicó largas horas de plaza a mantener cónclaves secretos con Alex y tres miembros más de la cofradía, llamémosles, como siempre, para mantener su anonimato, Xavi, Jorge y Pedro. Sabiendo que tramaban algo, ayer, después del baño, aproveché que estábamos solos, mientras lo secaba y vestía, y le dije:</p>
<p>-          Ahora que no nos escucha mamá, cuéntame: ¿Te gusta alguna chica?</p>
<p>-          No, papá. ¿Por qué siempre quieres que me guste alguna niña? – se enfadó, con toda razón.</p>
<p>-          No, no, no quiero que te guste alguna. Te lo pregunto para saber, para que hablemos de hombre a hombre.</p>
<p>Inmediatamente reconoció el santo y seña de las secretas confesiones masculinas, y sus ojos se iluminaron instantáneamente con ese brillo de travesura y confidencia que solamente los niños logran de manera auténtica. Entonces me abrió su corazón.</p>
<p>-          No, papá. Ya lo tengo todo decidido. Yo, Alex, Xavi, Jorge y Pedro no nos vamos a casar nunca. Vamos a vivir todos juntos en una casa sin novias, donde no pueden entrar las niñas.</p>
<p>-          ¿Ninguna mujer?</p>
<p>-          No.</p>
<p>-          ¿Y qué van a hacer?</p>
<p>-          Vamos a hacer fiestas. Tú podrás venir, y mamá también. Todas nuestras mamás y nuestros papás podrán venir, pero las otras niñas no.</p>
<p>-          Pero Pablo, me parece que cuando sean más grandes van a querer que vayan niñas a las fiestas.</p>
<p>-          No. Ninguna niña.</p>
<p>-          Pero se van a aburrir todos los chicos solos en la casa.</p>
<p>-          No nos vamos a aburrir. Vamos a jugar a todas las cosas que las niñas nunca quieren jugar.</p>
<p>-          ¿Y los otros chicos que tengan novia?</p>
<p>-          Pueden venir, pero tienen que dejar a las novias abajo.</p>
<p>Llegado este punto de la conversación, no pude más que reírme en silencio, para no herirlo, y tuve claras dos enseñanzas de su corazoncito infantil, que son tan obvias que a veces no nos paramos a pensarlas. La primera es lo mucho que el amor tiene de exclusión. Al final importa poco si es un niño, una niña o varios: el asunto es tener un núcleo fuerte de vínculos en los que el resto del mundo queda fuera. De alguna manera él intuye que los seres humanos siempre necesitamos pertenecer a algo especial. Los afortunados encuentran el amor, y si son muy afortunados (como en mi caso particular) uno o dos amigos con los que tener algo tan especial y único que una frontera invisible lo separa del resto de nuestro universo afectivo. La segunda fue que el amor, cuando es verdaderamente puro, como en el caso de los niños, no se detiene a considerar detalles como el sexo o <em>lo que debe ser</em>. Pablo ama verdaderamente a su amigo Alex, y quiere compartir su vida con él. Pongamos las dificultades que pongamos los adultos, él encontrará siempre su camino, y aunque no sea un camino posible, será un camino verdadero.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>La Masacre de los Hipocampos</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Nov 2009 16:11:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mentiras Verdaderas]]></category>
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		<category><![CDATA[buenos aires]]></category>
		<category><![CDATA[cosas pequeñas]]></category>
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		<category><![CDATA[relato]]></category>

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<ul>
<li>Mascotas: son los animales domésticos típicos, como los perros, gatos, conejos y algunas clases de loros. Con estos animales se da una relación vincular afectuosa, se genera una identificación positiva y hasta se parecen a sus dueños. Son cariñosos y rencorosos, como los seres humanos, traman pequeñas venganzas y grandes recompensas.</li>
<li>Bichos: en esta categoría clasifico las especies indiferentes, con las que se puede tener una convivencia pacífica, casi sin darse cuenta uno de que existe el otro, incluyendo, pero no limitándose a: <em>hámsters</em>, peces, canarios, tortugas y demás miembros del reino animal que casi podrían pasar por mobiliario. En general suelen ser inocuos, poco ruidosos y cómodos.</li>
<li>Fieras: animales salvajes que decididamente no están hechos para vivir fuera de su entorno natural, a pesar de tener, en algunos casos, capacidades empáticas parecidas a las de las mascotas. No se adaptan bien al medio urbano y hacen que tu casa huela como una jungla. En esta categoría encontramos a los primates pequeños (monitos), zorros, pumas, cuervos, tucanes, peces exóticos y venenosos, serpientes constrictoras y algunos roedores grandes.</li>
<li>Alimañas: son la clase de animales que una mujer nunca quiere tener en su casa. Fácilmente podemos encuadrar en esta categoría a culebras, serpientes, roedores varios, reptiles de todas las clases, arácnidos venenosos, murciélagos, escorpiones, cucarachas y especies semejantes. Son viles, agresivos o, en el mejor de los casos, indiferentes.</li>
</ul>
<p><span id="more-379"></span>Llegado este punto, pensará el lector que exagero diciendo que pueden encontrarse en las casas de los seres humanos. Probablemente tendrá algo de razón, aunque me propongo relatar, escueta y concisamente, cómo he convivido con, al menos, dos representantes de cada categoría, en simultaneidades diversas y con diferentes grados de éxito. Aparte del curioso – por improbable, dada la fauna del hogar – y notable hecho de que todos los miembros de mi familia aún continúen con vida, los desastres hogareños, pequeñas matanzas y carnicerías domésticas fueron una constante durante nuestra infancia y nuestra adolescencia. La compulsión incontrolable de mi hermano mayor (hoy biólogo de profesión, científico loco por naturaleza y delirante por convicción) fue superior a las fuerzas de mis padres, a la resistencia de mi hermana y a la imaginación de cualquier persona normal.</p>
<p>Lo primero que recuerdo es tener una perra, blanca y marrón, llamada Rosa. Por esa época vivía también con nosotros una gata blanca y negra. No sé cómo llegó a casa, pero por esos días mi padre comenzaba a instalarse por su cuenta con una imprenta de serigrafía, así que recibió el ridículo nombre de <em>Tinta</em>. Dada la ejemplar tolerancia de ambas mascotas en lo que a la convivencia se refiere, mi hermano rápidamente se entusiasmó, y apareció con una gatita gris que recibió el nombre de <em>Tintilla</em>, y semanas más tarde con otra, atigrada esta vez, bautizada como <em>Serruchita</em>, tristemente fallecida en un incidente que no vale la pena relatar. Todo iba bien, hasta que una pareja de amigos de mis padres, poseedores de una casa con patio en la que habitaba un monito <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Titi" target="_blank">Tití</a> – originalmente llamado <em>Tití</em> – decidió irse de viaje. Preguntados frente a mi hermano si podían cuidar del mono, y ante el entusiasmo mostrado por él, mis padres no pudieron negarse. El viaje, que inicialmente sería de un mes y medio, se prolongó durante más de seis.</p>
<p>Mi padre no tuvo más remedio que instalar estanterías altas para que el nuevo inquilino del hogar pudiese mantenerse alejado de <em>Tinta</em> y <em>Rosa</em>, que manifestaron una aversión instantánea hacia la fiera y su olor animal de selva fresca. <em>Tití</em>, que tenía un pelo muy gracioso detrás de las orejas y dos ojos saltones y redondos, tenía cara de inocente, pero era un verdadero hijo de puta. Además de provocar sistemáticamente a los cuadrúpedos de la casa con sonidos y movimientos pendencieros, pronto descubrió que su trinchera en alto le permitía arrojar objetos con absoluta impunidad. Teniendo en cuenta que esto sucedía en un departamento de tres ambientes, habitado además por dos adultos y cuatro niños, se imaginará el lector el trámite de la vida diaria en nuestro hogar.</p>
<p><em>Tinta, Tintilla y Rosa</em> murieron en diversas circunstancias, y <em>Tití</em> finalmente regresó con sus dueños. Mis padres decidieron no volver a tener animales. Pasamos un par de años de tranquilidad, durante los cuales lo único que tuvimos fueron unos graciosos pollitos que regalaban en el supermercado, y que acabaron transformándose en pollos grandotes y agresivos, un conejo que hacía bolitas de caca y poco más, y un gorrión que mi hermano encontró herido, cuidó hasta que se repuso y luego liberó. Pancho apareció un día con un gato gordo y grande que encontró en la calle, y lo llamamos Tom, por <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Tom_y_Jerry" target="_blank">Tom &amp; Jerry</a></em>. Al principio mis padres se negaron, pero al final acabaron cediendo, con un suspiro resignado: <em>“Total, por un gatito no va a pasar nada”</em>. Después de varias semanas de llamarlo Tom de acá y Tom de allá, un veterinario lo examinó y nos dijo que Tom era gata, así que pasó, sin más, a llamarse <em>Toma</em>. Por esos días, también, decidió Pancho que quería montar una pecera. Dado lo inofensivo del asunto, mis padres se lo permitieron. Compró entonces un acuario de un metro de largo por cincuenta centímetros de altura y cuarenta de profundidad. Al principio solamente trajo <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Carassius" target="_blank">Carassius</a></em>, <em>Lebistes</em> y esa clase de peces imbéciles y decorativos. Luego ahorró durante no sé cuánto tiempo para comprar unas sales especiales fabricadas en Alemania, que permitían hacer una pecera de agua salada, que rápidamente se habitó con <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Hippocampus" target="_blank">Hipocampos</a></em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Hippocampus" target="_blank"> </a>(caballitos de mar), cangrejitos de agua salada, y algún que otro pez.</p>
<p>Cuando ya había seis peceras de dimensiones similares, una tortuga que a día de hoy desconozco cómo llegó a casa, <em>Toma</em>, otro gato blanco aquejado por una mutación genética que derivaba en tener seis dedos en cada pata, lo que le valió el nombre de <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Mendel" target="_blank">Mendel</a></em>, y nuestra segunda perra, llamada <em>Pacha</em>, que tuvo en cuatro partos consecutivos nada menos que treinta y dos cachorros, la cosa se empezó a complicar. Para colmo, un día, al regresar mi madre de trabajar, se encontró víboras reptando por el pasillo, en número de tres, y a mi hermano persiguiéndolas con más vocación que éxito. Además, paulatinamente los <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ciclidos" target="_blank">Cíclidos</a></em>, peces más agresivos y, en general, carnívoros, fueron reemplazando los bonitos peces de colores en los acuarios.</p>
<p>Para alimentar a los peces carnívoros, en la heladera de casa se podía encontrar siempre un cuenco del tamaño de un puño repleto de minúsculas lombrices, llamadas <em><a href="http://www.elacuarista.com/abc/alimentacion/tubifex.htm" target="_blank">tubifex</a></em>, que al sentir la vibración de la puerta se contraían como un organismo único, semejándose a un corazón en plena sístole. Para rematar,  – y juro que es verdad – como las culebras se murieron, la mejor idea que tuvo mi hermano fue reemplazarlas por una boa constrictora, que animaba las noches de nuestra habitación con un silencio de cazadora insomne y rápidos movimientos de su lengua bífida. Para alimentar al nuevo reptil fue necesario tener ratones, porque resulta que el churrasco no le gustaba y a las ensaladas les hacía ascos. Empezó un período sangriento. Los hámsters se mataban a mordiscos entre ellos, los peces se comían a sus propias crías y cada tres semanas la boa organizaba una orgía carnívora con los ratoncitos blancos muertos de miedo.</p>
<p>Entonces Pancho fue a bucear, y pescó <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Actiniaria" target="_blank">anémonas</a>, que son como unas flores acuáticas carnívoras, que nada más llegar se merendaron a los cangrejos y los hipocampos. La tortuga de tierra, víctima de una depresión brutal a causa de las bajas, se suicidó arrojándose desde el balcón de una planta doce.</p>
<p><em>Pacha</em>, mientras tanto, era la compañera fiel de todas nuestras andanzas. Por las noches salíamos con ella a jugar y correr en la calle, hasta que una noche trágica, mientras perseguíamos un gato, el noble animal intentó treparse a un árbol, mientras nosotros le dábamos ánimo, y solamente cuando estaba en la tercera rama se dio cuenta de que eso no son cosas de perros, precipitándose al suelo, lo que le valió una fractura en la pata delantera derecha, y una renguera de por vida.</p>
<p><em>Mendel</em> tuvo un trágico accidente en un ascensor, y <em>Toma </em>murió por causas que ya no recuerdo. Recuerdo, en cambio, claramente, la muerte de <em>Pacha</em>, la reina absoluta de todo el equipo, y un emocionante funeral que hicimos en la plaza de abajo, donde aún está enterrada y donde pueden verse todavía, paseando, algunos de sus treinta y dos hijos perros.</p>
<p>Lamentablemente, la alta tasa de mortalidad del parque zoológico hizo que la población menguase. Mencionaré por encima algunos otros habitantes de la casa, sólo para dejar testimonio de que existieron, como una cucaracha de seis centímetros de longitud, supuestamente de una especie rara de Borneo o Madagascar, que mi hermano cuidó con esmero hasta su muerte y por la que pagó la exorbitante suma de diez dólares, un escorpión negro, malísimo, un par de canarios, un par de cobayos, una tortuga de agua y alguno seguramente me debo estar olvidando, como otra tortuga de tierra que tuvimos poco tiempo, porque mi hermano Felipe la sacó a pasear y la perdió en la plaza. También vale la pena mencionar algunos intentos fallidos de adoptar mascotas especialmente peligrosas, como un pez escorpión, cuyo veneno mata a un adulto en cuestión de horas, un zorro que mi padre logró impedir a tiempo que mi hermano fuese a buscarlo y reptiles y lagartos en varias ocasiones.</p>
<p>Pasados unos años, cuando mis padres ya se habían separado y solamente sobrevivían algunos de los peces, hubo un pequeño rebrote. Mi padre, Pancho y yo vivíamos entonces en una casa preciosa en San Telmo con un gato siamés llamado <em>Ulises</em>, y mi madre, su marido, Florencia y Felipe en la que había sido la casa familiar (donde hoy vive Pancho, y tiene perro y peces). Resulta que un festejante de mi hermana, desesperado por no encontrar fórmula de seducción válida, tuvo la brillante idea de regalarle un mono <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Saimiri" target="_blank">Saimiri</a> </em>llamado <em>Totó</em>. Previamente, Pancho, a pesar de la oposición de mi padre y mía propia, había instalado en nuestra casa un terrario en el que comenzó a criar tarántulas. Cuando Florencia apareció en su casa con el nuevo mono, se armó un auténtico escándalo. El Negro (apodo cariñoso que recibe el marido de mi madre) aún relata sorprendido que, cuando al ver el mono exclamó:</p>
<blockquote><p><em>“O se va el mono o me voy yo</em>”.</p></blockquote>
<p>Entonces la familia al completo se retiró a deliberar a la cocina, dejándolo en el salón. La decisión final fue, como no, enviar el mono a Pancho. Florencia lo trajo en su jaula, y en principio mi padre intentó negarse también, pero el primate, ni bien lo soltamos dentro de la casa, fue derecho al terrario y se almorzó, una por una, a las tarántulas. Esto le valió la autorización para quedarse, pero luego, su afición por el latrocinio de alimentos, la rotura de libros y fotos, su olor salvaje y su mala costumbre de complacerse en presencia de las señoras le valieron el destierro definitivo en el zoo de Buenos Aires.</p>
<p>Ahora Gloria no me deja tener ni siquiera un gatito, pero todos mis hermanos tienen perros, y cuando Pablo y Daniel los ven, empiezan a pedir que quieren una mascota. Todo llegará, aunque, por supuesto, si alguna vez vuelvo a convivir con animales, solamente serán de la primera categoría.</p>
<p>Y eso sí, que nadie dude, ni por un segundo, de que en mi familia todos, sin excepción, amamos a los animales.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Dai Verde o la conveniencia de la iniciación temprana en la vida friki</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Nov 2009 16:29:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Considero que una de las virtudes de la edad adulta es la disminución de la vergüenza. A mí, por lo menos, hace años ya que no me da vergüenza reconocer públicamente mi afición por este tipo de sagas (espero que nadie tenga el mal gusto de nombrar <em>Star Trek, </em>que no le llega a <em>Star Wars</em> ni a la suela de los zapatos), o que leo con la misma concentración a García Márquez o a Paul Auster que los libros de <em>Harry Potter</em> o <em>La Trilogía de Terramar</em>. Simplemente considero que, a mi edad, es un derecho adquirido. Trabajo, pago mis impuestos, soy un ciudadano modelo y, por lo tanto, tengo derecho legítimo a invertir mi tiempo libre como mejor me parezca, y además, a adoctrinar a mis hijos en la senda de la profunda sabiduría de <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Yoda" target="_blank">Yoda</a></em>.</p>
<p><span id="more-365"></span>Después de más de cinco años víctima del insomnio, la pérdida de apetito y los ataques crónicos de mal humor que me producía escuchar <em>“todavía son muy chiquitos”</em>, al fin hace dos semanas mi querida esposa autorizó el visionado de <em>Star Wars</em> en casa. Ni lerdo ni perezoso, me llevé a mis dos jóvenes <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Padawan#Padawan" target="_blank">padawan</a></em> al sofá y les dije: <em>“¿Quién quiere ver con papá una película de naves espaciales?”</em>. El entusiasmo ante la idea fue total. Mi mujer opinaba que se aburrirían, y yo, en secreto, sospechaba lo mismo. Comenzamos, como corresponde, por el <em>Episodio IV: Una nueva esperanza</em>.</p>
<p>Mis hijos abrieron los ojos como platos. Una vez más, asistí fascinado al prodigio de la herencia genética, y pude disfrutar de la iniciación de mis hijos en el culto a la saga. No solamente se fumaron la película entera sin moverse un milímetro de su asiento, sino que en seguida comenzaron las preguntas y los juegos. Durante toda la semana, Pablo anduvo fascinado por ahí contándole a quien quisiera oírlo que era <em>Luc Escaiuoquer</em>, y Daniel agitaba cualquier cosa que tuviese en la mano proclamando <em>“¡Soy Dai Verde!”</em>.</p>
<p>El primer momento memorable ocurrió el sábado siguiente, cuando, cumpliendo lo prometido, puse mi edición coleccionista, mejorada y remasterizada digitalmente del <em>Episodio V: El Imperio contraataca</em>. Nuevamente los dos se sentaron, uno a cada lado de mi cultivada barriga, y se dispusieron a otras dos horas de aventuras. Recordará el lector (y pido disculpas a los seguidores de la saga porque, por deferencia hacia los lectores que no lo son, explicaré alguna que otra obviedad) el momento culminante en el que <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Luke_Skywalker" target="_blank">Luke</a></em> se enfrenta al malo malísimo <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Darth_Vader" target="_blank">Darth Vader</a></em> en la ciudad gobernada por <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Lando_Calrissian" target="_blank">Lando Calrissian</a></em>. Después de una lucha encarnizada en la que no falta de nada (sables láser, objetos arrojados al enemigo mediante el poder de la fuerza, todo roto por todos lados), <em>Luke</em>, desarmado, discute con <em>Vader</em>. Pablo, nervioso, se aferraba a mi brazo con ambas manos, estrujándomelo, en el momento en el que <em>Vader</em>, vencedor, le dice a <em>Luke</em>:</p>
<blockquote><p>-          <em>Luke</em>, yo soy tu padre.</p></blockquote>
<p>Su rostro pequeño y lampiño se desencajó por completo. Sus ojitos marrones se abrieron más que nunca, y en seguida buscó mi mirada y la de su madre, implorándonos silenciosamente que por favor le dijésemos que no era verdad. No podía ser cierto. Un héroe no puede tener un padre tan malo. No había lugar en su universo infantil para admitir una brutalidad semejante, un despropósito de tal calibre. Finalizada la película, no dejaba de hacer preguntas. Por suerte, su hermano continuaba proclamando que era <em>Dai Verde</em> y luchando con su propia sombra.</p>
<p>Al día siguiente, domingo, preocupado por el efecto devastador que <em>El Imperio contraataca</em> había tenido en el imaginario de mi hijo mayor, decidí que la mejor solución era ver el <em>Episodio VI: El regreso de Jedi</em>. Pensé que verla juntos y discutirla luego lo ayudaría a asumir que, pase lo que pase, un padre siempre querrá a su hijo.</p>
<p>Una vez más, ambos pichones de <em>friki</em> se sentaron con su padre a ver la peli. Esta vez, la reacción de Pablo fue aún más asombrosa. Adoró que <em>Vader</em> volviese a ser bueno una vez más, pero se le hizo insoportable la idea de que muriese en brazos de su hijo. Una vez terminada la película, me dijo y repitió hasta el cansancio:</p>
<p>-          Papá, la última película me encantó, pero la próxima vez que la veamos la quitamos en la parte que se muere <em>Vader</em>. Esa parte no me gusta.</p>
<p>Le prometí que así sería, pero no fue suficiente. Durante toda la semana, los juegos en los que se hace la inevitable distribución de personajes, presentaron un problema para Pablo. Sin lugar a dudas, a él le tocaba ser <em>Luke Skywalker</em>, y por supuesto, a Gloria la <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Princesa_Leia" target="_blank">Princesa </a><em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Princesa_Leia" target="_blank">Leia</a></em>. Daniel, que en un principio había preferido ser <em>Dai Verde</em>, terminó eligiendo ser <em>Han Solo</em> para poder ser el novio de <em>Leia</em>. Quedaba mi personaje. <em>“Yo soy Darth Vader”</em>, me ofrecí. <em>“No”</em>, me corrigió Pablo. <em>“Para ser Darth Vader te tienes que morir”</em>. En otros juegos en los que me tocaba morir nunca hubo problema, pero en este caso el vínculo filial le impedía elegir esa opción. Sencillamente se negaba a matar a su padre por partida doble: la realidad sumada a la ficción era más de lo que podía soportar.</p>
<p>Así que un servidor se tuvo que conformar con ser <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Chewbacca" target="_blank">Chewbacca</a></em> y pasarse toda la semana gruñendo hasta quedarse ronco. Fue una semana especial, en la que tuvimos frecuentes conversaciones acerca del bien y del mal, mezclándolas con la fantasía de la saga, la fabricación de los robots y la posibilidad de que <em>Darth Vader</em> no hubiese sido, en verdad, malo nunca. Su conclusión terminó siendo que <em>“El malo de verdad, el más malo es el Emperador. Darth Vader es menos malo. Es muy malo pero un poquito menos malo que el Emperador</em>”.</p>
<p>Pensé que el asunto estaba zanjado, pero una vez más me equivoqué. Aprovechando que McDonald’s entrega en la cajita feliz juguetes de <em>Star Wars</em>, ayer sábado fuimos a comer los cuatro allí. Tuvimos una comida apacible, y al terminar nos quedamos jugando en la mesa con unos muñequitos de <em>Yoda</em> que salieron en el <em>Happy Meal</em>. La caja de cartón en la que vienen las hamburguesas de los niños tenía una enorme foto de <em>Darth Vader</em>. Pablo, después de una semana de reflexión continua, sosteniendo la caja y mirando la foto de <em>Vader</em> con profunda tristeza, me preguntó:</p>
<blockquote><p>-          Papá, ¿qué es lo que hace que las personas se vuelvan malas?</p></blockquote>
<p>No solamente no supe darle una razón válida, sino que me quedé pensando quién de los dos aprendió más de la película. A pesar de que yo la vi por primera vez con ocho años, creo que ni entonces ni en ninguna de las incontables veces en las que volví a verla, tuve una percepción tan precisa del conflicto. Mi hijo no solamente será mejor <em>friki</em> que yo, sino que seguramente, también será mejor persona. ¡Que la fuerza lo acompañe!</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Sobre la crueldad de los niños y la nariz de mi tía</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Nov 2009 10:38:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>La naturaleza humana es cruel, pero los adultos nos empeñamos en disfrazar esa naturaleza, en matizarla, en vestirla de seda para que no parezca mona. Hace un par de días estábamos en la plaza varios padres con niños de edades entre tres y cinco años. Como solemos hacer, los adultos charlábamos sentados en los bancos mientras los niños jugaban en unas escaleras cercanas. De repente, todos los niños vinieron hacia nosotros gritando asustados. <em>“Un ladrón, un ladrón”</em>. <em>“Es un ladrón de zapatos”. “Tiene una cámara secreta donde guarda lo que roba”</em>.</p>
<p>Ante la avalancha de susto que nos sepultó en dos segundos, cada padre se encaró con sus hijos para intentar averiguar qué pasaba. Sobre todo porque, como ya he dicho alguna vez, vivimos en un pueblo tranquilo en el que solamente roba el ayuntamiento, y desgraciadamente lo hace amparado por la ley.</p>
<p><span id="more-359"></span>Resulta que en la oscuridad de las seis y media de la tarde, por las escaleras en las que jugaban los niños había bajado uno de nuestros vecinos, que es de raza negra. Viendo a los niños jugar les hizo algún tipo de broma que no logramos descifrar del todo, pero que tenía que ver con que era un ladrón o algo por el estilo. Los niños lo tomaron al pie de la letra, se asustaron y vinieron corriendo a buscar consuelo paterno.</p>
<p>Evidentemente, nuestra primera reacción fue reírnos del tema. <em>“Está jugando con ustedes, les está haciendo una broma”.</em> Sin embargo, el miedo de los niños era brutal, real y absoluto. No había manera de convencerlos de que el pobre hombre solamente había querido jugar con ellos. Hay que decir, en favor de los niños, que el hombre en cuestión es altísimo, de espaldas anchas y usa un birrete africano de colores. En la penumbra de la tarde tenía un aspecto imponente. Sin embargo, ante nuestros intentos de consuelo – era asombroso ver como todos los padres reaccionamos igual – los niños seguían en sus trece. Más de uno, para rebatir el argumento nuestro acerca de que era un juego, utilizó la frase: <em>“Pero es que es negro”</em> como demostración total y absoluta de que no existía otra posibilidad que la de que fuese, en efecto, un ladrón.</p>
<p>Finalmente los niños volvieron al juego. Los padres nos miramos entre nosotros, como dudando entre avergonzarnos o divertirnos. Finalmente el episodio se saldó con el acuerdo común y tácito de que la razón de todo el equívoco era que <em>“los niños son crueles”</em>. Entonces comencé a preguntarme si es la razón verdadera. Ninguno de los padres que estábamos allí es racista. Es imposible que ninguno de los niños presentes haya escuchado en su casa un comentario racista. Sin embargo su reacción natural fue racista. Es cierto que no están habituados a ver negros, porque es uno de los pocos que viven en el pueblo, y es cierto también que forma parte de la naturaleza humana desconfiar de lo diferente y desconocido. Pero también es cierto que la reacción podría haber sido de curiosidad y no de miedo unánime, como resultó serlo, y también es cierto que, aunque lo neguemos por activa y por pasiva, vivimos en una sociedad racista. Uno por uno, el 99% de la población blanca y occidental negará ser racista y tendrá diez mil argumentos para refrendarlo, pero es indiscutible que el conjunto resultante lo es.</p>
<p>Y sin embargo, en lugar de preguntarnos qué clase de sociedad somos, en la que los niños que estamos criando reaccionan naturalmente así a la presencia de lo diferente, preferimos mirarnos incómodos entre nosotros y saldar el episodio echando la culpa a la <em>“crueldad de los niños”</em>.</p>
<p>Pero nada más lejos de mi intención, al comenzar este artículo, que teorizar sobre cosas de las que ya se ocupan personas más informadas que yo, que suelo hablar desde la simple observación y no desde los méritos académicos ni desde decenas de libros leídos sobre el tema.</p>
<p>Ayer, mientras cocinaba, estaba recordando el verano – mis hermanos y yo solíamos veranear en Uruguay, con mi tío Ramiro (ver <em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/09/11/el-aprendiz-de-brujo-y-el-superman-humano/" target="_blank">El Aprendiz de Brujo y el Supermán Humano</a></em>) – en que conocimos a mi tía Iliana. Me vino a la memoria una de las características de su rostro. Es una mujer hermosa, de piel tostada y un cabello negro azabache y lacio. Su buen humor y su espíritu alegre y juguetón hacían que nuestros veranos en su casa fuesen deliciosos, divertidos e inolvidables.</p>
<p>Cuando la conocimos,  – decía – haciendo gala de la misma falta de disimulo que caracteriza a los niños, no pudimos dejar de advertir un rasgo fundamental en la belleza de mi tía. Su nariz, aparte de ser ligeramente grande en relación con el tamaño de su rostro, es afilada y estilizada, una nariz digna de Cleopatra o de un poema de Quevedo, pero además, tenía una particularidad funcional que la hacía única. Al hablar, la punta de la nariz se retraía en una escala de entre uno y tres milímetros, marcando el compás de su discurso como lo hacen los <em>leds</em> de los ecualizadores con el ritmo de la música.</p>
<p>No tardamos ni dos horas desde que la conocimos en advertir el indicador de nivel de voz que la naturaleza había instalado en su cara, y por supuesto ni cinco segundos más en bromear sobre el tema y reírnos francamente de los movimientos nasales que acompañaban el hablar de mi tía Iliana.</p>
<p>Afortunadamente, ella es una mujer con un sentido del humor extraordinario, y lejos de sentirse incómoda, rápidamente incorporó las bromas sobre su nariz a la liturgia familiar, y desde entonces, cada vez que nos vemos hacemos referencia a ello y nos reímos todos juntos. Pero lo que me hizo pensar en la nariz de mi tía, fue que, por primera vez desde que la conozco, se me ocurrió que pudo haber sido distinto. Pudo haber sido un rasgo que la acomplejase, y entonces nuestra actitud infantil de reírnos de su nariz la hubiese hecho sufrir y la hubiese angustiado, y seguramente, quien la consolase habría apelado a la frase: <em>“Es que los niños son crueles”</em>.</p>
<p>Entonces me pregunté: <em>¿Qué hace diferente la situación de reírnos de la nariz de mi tía a la de todos los niños afirmando que el negro es ladrón?</em></p>
<p>Seguramente la diferencia está en el significado que tiene para cada uno de nosotros cada hecho aislado. Si mi tía hubiese sufrido algún tipo de complejo con su nariz, en lugar de una divertida anécdota familiar y un juego cómplice, ahora tendríamos un episodio que olvidar. Si los niños se asustan tanto solamente porque un negro grandote quiere jugar con ellos en una plaza oscura, quizás deberíamos preguntarnos cuántos de sus padres, a pesar de jurar y perjurar que no somos racistas, al cruzarnos con él a solas en una calle oscura tendríamos aunque sea un mínimo reflejo, un pensamiento primario, un deseo inconfesable de cruzar de acera, solamente por si acaso.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Domingos rituales</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Nov 2009 10:43:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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		<category><![CDATA[cosas pequeñas]]></category>
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<p>Pero, de todas las cosas que envidio a los religiosos, una de las que más envidia me produce es la capacidad de establecer rituales. Que un hombre serio sea capaz de ponerse una falda larga y una bufanda violeta y un sombrero ridículo, y lentamente, concentrado, se beba su traguito de vino frente a ciento cincuenta personas, y todos se lo tomen en serio, me parece un logro más meritorio que descifrar la <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Cuadratura_del_círculo" target="_blank">cuadratura del círculo</a></em>, o incluso que la llegada a la luna.</p>
<p>Por eso, y haciendo gala de mi mala tolerancia a sentir envidia, soy tremendamente eficaz a la hora de establecer rituales propios. En mi vida personal, con las personas que quiero y, por supuesto, con mis hijos. No es que de repente me dé por decir una misa atea en casa, disfrazado con un vestido de Gloria, ni que siente a mis niños a verme tomar vino, sino un esfuerzo, muchas veces inconsciente, por llenar mi vida de detalles rituales, fórmulas cotidianas que se repiten hasta el cansancio.</p>
<p><span id="more-348"></span>Por citar algunos ejemplos, a veces estamos viendo la tele con Gloria y le digo: <em>“Cada vez hay más publicidad en formato panorámico”</em>. Ella responde, invariablemente: <em>“Es verdad, no me había fijado”</em>. Suena estúpido, pero los dos nos reímos por lo bajito. O, como ya relaté en el <em>post </em><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/14/enano-cabezon/" target="_blank">Enano Cabezón</a></em>, me gusta preguntarle a Daniel: <em>“¿Qué eres más: Enano o Cabezón?”</em>. Él, que entiende de juegos perfectamente, me responde invariablemente: <em>“Cabezón”</em>. Tanto es así, que un día, hace algunos meses, intenté una variante del juego. Estábamos en la plaza y le pregunté: <em>“¿Qué eres más: Tarambana o troglodita?”</em>. Él cambió la vista de un lado a otro, ligeramente desconcertado, antes de reír y responderme: <em>“Cabezón”</em>.</p>
<p>No sé por qué, pero los rituales pequeños, casi invisibles, dan una sensación reconfortante de algo conocido, propio, genuino. Me gusta practicarlos, y me gusta establecerlos. Por eso, desde hace ya un par de años, he establecido un ritual dominical que reemplaza el ir a la iglesia en familia: nosotros compramos pollo al as con papas asadas. Todos los domingos, a las once y un minuto, llamo por teléfono a la pollería (que abre a las once) y reservo un pollo y medio. Las señoras ya me conocen, ya saben que soy yo, me llaman por mi nombre y me preguntan: <em>“¿Qué hay, Federico? ¿Uno y medio para la una y media?”</em>. Yo agradezco y cuelgo. La conversación dura unos veinticinco segundos.</p>
<p>Después voy con Pablo, los dos solos, caminando, a buscar los pollos. Y es otro ritual de domingo. Se llama <em>“ir a buscar los pollos”</em>, y Pablo se lo toma como un deber y como un derecho. Si alguna vez no lo dejo venir porque llueve o hace frío, protesta, patalea y llora. Es como negarle la posibilidad de comulgar.</p>
<p>Los domingos por la tarde-noche, la liturgia familiar impone un baño de los niños, y luego es mi responsabilidad una actividad que llamamos <em>“limpiar el pollo”</em>, que no es otra cosa que picar todo lo que sobró para hacernos una ensalada. El asunto es que Pablo y Daniel siempre me “ayudan”. Traen cada uno un taburete y, trepados a él, uno de cada lado, me van pidiendo trocitos de pollo mientras corto. El juego es que se supone que Gloria nos prohíbe comer pollo mientras lo limpiamos, y finge enfadarse y nosotros juramos que no vamos a comer ni un poco. Pablo me hace gestos con el pulgar hacia arriba cuando supuestamente Gloria no ve, y se desarma de risa cuando ella, con el rostro enfadado, le pregunta: <em>“¿Qué es ese gesto? No iréis a comer pollo, ¿verdad?”</em>.  <em>“No, mamá, ni un poco, te lo prometo”</em> y luego me hace otra vez un gesto cómplice a espaldas de su madre.</p>
<p>Lo sorprendente es que, domingo tras domingo, vivimos una repetición casi calcada de esta pantomima, y a pesar de eso, a pesar de que todos sabemos que es un juego, Pablo y Daniel se mueren de risa con la idea de hacerlo clandestinamente, a espaldas de su madre. Se regocijan en la complicidad conmigo para hacer algo prohibido. Y a mí me hace disfrutar más esa complicidad que cualquier otro ritual de los domingos.</p>
<p>El domingo pasado, después de haber cumplido todos los pasos necesarios, de haber repetido de la misma manera cada uno de los gestos y bromas, estábamos los tres en plena faena. Pablo a mi derecha, Daniel a mi izquierda y yo en el centro, empuñando una cuchilla de carnicero, picando los restos de pollo y dándoles daditos de carne blanca, seca y fría de la pechuga, que ellos devoraban con placer, mientras le gritaban a su madre que no estaban comiendo ni un poco. Entonces Pablo, con su lucidez habitual, hizo una pausa en la ingesta para mirarme a los ojos y declarar:</p>
<blockquote><p>-          ¿Sabes, Papá? A mí no me gusta mucho el pollo. Pero limpiarlo contigo me encanta.</p></blockquote>
<p>Entonces pensé que, una vez más, había encontrado en él algo mío, el gusto por los rituales. Pensé también en la importancia que tiene para él hacer lo mismo cada domingo, ejercer la complicidad padre e hijo. Es una somatización tan positiva de algo nuestro, que hasta le gusta comerse un montón de pollo que sobre la mesa no se comería. Y pensé, para cerrar un nuevo domingo ritual, que el amor verdadero del que tanto se habla, en realidad está hecho de esas cosas, de compartir un secreto, de una complicidad chiquita, de un guiño privado entre dos personas que se aman, de la tranquilidad de volver a encontrar una respuesta afirmativa a la pregunta tantas veces hecha, que no por conocer la respuesta se hace menos importante.</p>
<p>Y mientras enjuagaba la cuchilla de carnicero y tiraba los huesos a la basura, pensé que por fin había conseguido darle a mi familia la paz espiritual que da una religión: la de comer pollo los domingos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Mon, 09 Nov 2009 16:34:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mentiras Verdaderas]]></category>
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<p>Supongo también que de alguna manera en mi casa se disponía de un cóctel altamente inestable de pasiones latinas con ascendencia italiana, resultando en un día a día nunca falto de emociones fuertes, <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ravioles" target="_blank">ravioles</a> </em>con salsa de tomate los domingos a modo de religión, tortafritas los días de lluvia y ninguna aprensión por gritar cuando era necesario.</p>
<p>Pero a pesar de crecer en una casa con cuatro niños, dos adultos, amigos itinerantes, bisabuela intermitente para las fiestas, perro, un número variable de gatos, ocasionalmente algún mono, peces variados, hámsters con frecuencia, ratones de laboratorio, serpientes comunes en número impar, una boa constrictora con la que compartí habitación durante tres años y alimañas de diverso tipo que mi hermano aportaba al patrimonio familiar con más frecuencia de la deseable, a pesar de que tanta presencia viva – humanos y animales por igual – hacía inevitables y hasta folklóricas y necesarias las peleas, recuerdo especialmente sentirme como un animalito asustado cuando los que discutían eran mis padres.</p>
<p><span id="more-334"></span>No es que sucediera con demasiada frecuencia, pero las pocas veces que ocurría la casa entera respiraba pesadamente y escuchaba. El maullido de los gatos en celo cesaba de golpe, el rasguido incansable de la perra combatiendo sus pulgas incombustibles paraba sin aviso, los peces nadaban en círculos concéntricos, espiando tras los vidrios cubiertos de musgo, la ruedita metálica imparable de los hámsters se detenía por completo, el aliento mortal y sigiloso de la boa aguardaba inmóvil, como si tuviese una presa delante, y hasta el mono, en la época en que lo tuvimos, aguardaba tenso sobre algún estante el desenlace de la catástrofe inminente. Los niños, por supuesto, bajábamos la vista y nos mimetizábamos con el resto de la fauna, guardando silencio, mientras la bisabuela, si es que coincidía con una de sus visitas, como era un poco sorda, permanecía ajena, disfrutando en silencio del olor acre de sus propios pedos, que la sordera creciente le permitía creer que los demás no escuchábamos, y daban una nota tragicómica al momento tenso.</p>
<p>Como casi todos los actos de la vida cotidiana, la pequeña, esa que está hecha de cosas chiquitas, las peleas de mis padres tenían un ritual litúrgico, un mecanismo funcional que hacía las veces de guión e hilo conductor de la disputa. Quizás las recuerdo también porque sucedían con más frecuencia durante los últimos años de su matrimonio – que afortunadamente para todos acabó pacíficamente, y hoy son buenos amigos – y nosotros ya no éramos tan pequeños.</p>
<p>Básicamente el desarrollo de la disputa comenzaba, como todas las peleas tontas, con cualquier excusa. Si los niños están demasiado abrigados para ir a la escuela o si no lo están, si llegamos tarde porque anoche los dejaste quedarse viendo tele o porque no, o cualquier otro argumento que funcionara en contexto para comenzar la discusión. No duraba mucho. Pero lo que realmente recuerdo una y otra vez, y tengo una galería de imágenes mentales al respecto, es que independientemente de la razón de la pelea y de su grado, invariablemente llegaba un momento en el que mi padre decía.</p>
<p>-          Siiiii Móooonica. Tenés razón.</p>
<p>Era matemático, no fallaba. Cuando se cansaba de discutir decía esa frase. Y entonces mi madre, que no por uruguaya y descendiente de franceses y griegos se quedaba atrás en el italianismo, soltaba su grito de guerra preferido:</p>
<p>-          ¡No me digas “<em>sí como a los locos”</em>!</p>
<p>Esa frase solía poner fin a la disputa, y entonces todo volvía a la normalidad. Los gatos se dedicaban a frotarse contra las paredes y los sofás, maullando palabras imposibles, el mono recuperaba su algarabía típica lanzando frutas semimasticadas y a veces medio podridas a los otros animales, la perra arremetía contra las pulgas y le ladraba al mono, la boa recuperaba su insomnio de cazadora encerrada, la bisabuela continuaba dando rienda suelta a la flatulencia típica de sus intestinos maltrechos por el abuso de los lípidos y los hermanos recuperábamos el habla y las ganas de pelearnos entre nosotros, como corresponde.</p>
<p>Pero a mí, uno más en la jungla habitada que era mi casa, siempre me quedaba la espinita clavada, la pregunta que no me animaba a hacer. <em>“¿Cómo se le dice que sí a los locos?”</em>. De alguna forma sobrenatural intuía que no era una buena pregunta para hacer en esos momentos, pero sentía una curiosidad inmensa por saberlo. ¿Era que los locos no entendían el sí normal? ¿O había un significado oculto en esa frase que se me escapaba? Claro, a los ocho años, el único loco que yo conocía era uno del barrio que se llamaba <em>Kuki</em>, y andaba por la calle con una radio, escuchando los partidos de River y gritando los resultados y discutiendo a gritos con los demás. Pero yo no veía que nadie le dijese que sí a nada.</p>
<p>La pregunta, por supuesto, quedó sin respuesta y, con los años, la olvidé por completo. Me hice hombre (o al menos lo intenté lo mejor que pude) y emigré a España. Es justo recalcar que después de un par de años difíciles mis padres se separaron amigablemente, y desde entonces, y a pesar de que seguimos siendo muchos, en la familia se vive un ambiente de armonía muy parecido al que hubo toda la vida, cuando estaban juntos.</p>
<p>Volviendo a la pregunta que dejé en el camino, no la recuperé para la memoria hasta que viví en mis propias carnes la variante ibérica para la misma frase. Gloria y yo no peleamos casi nunca, pero ella tiene un arma retórica secreta, que utiliza hábilmente contra mí cuando me pongo pesado o maniático con cualquier cosa. Me dice: <em>“No, es igual”</em>. Sea cual sea la situación, sea cual sea mi demanda, ella me responde, sin alterarse y sin pelear: <em>“No, es igual”</em>. Tardé más de cinco años de vida conyugal en darme cuenta de que ella, por descontado, no es italiana, y como nosotros por toda fauna tenemos dos niños preciosos y no existe una tribuna de espectadores tan amplia para fiscalizar nuestra realidad diaria, no fue hasta hace muy poco que comencé a preguntarme: <em>“¿No me estará diciendo Sí como a los locos?”</em></p>
<p><em><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
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		<title>El descanso de los Héroes</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Nov 2009 17:02:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[filosofía]]></category>
		<category><![CDATA[heroísmo]]></category>
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<p>Desde mi infancia más remota recuerdo la emoción y la admiración que sentía por los héroes. <em>Superman</em> o <em>Spiderman</em> encarnaban los valores fundamentales que la cultura occidental le atribuye a los héroes: un sentido de la justicia infalible, aunque no siempre comulgue con la ley, el don absoluto de la oportunidad más ubicua, es decir, estar siempre allí donde se les necesita, la generosidad de otorgar perdón aún después de haber sido brutalmente agredido y la falta total de deseos de reconocimiento, gloria o cualquier tipo de ambición personal.</p>
<p>Este esquema me funcionó perfectamente hasta los siete u ocho años. Después, empecé a percibir una cierta ironía en el asunto. <em>Superman</em> era invulnerable. Podía volar, las balas le rebotaban y solamente le hacía daño la <em>Kriptonita</em>, una piedra verde brillante muy difícil de conseguir. No era cuestión de entrar a un almacén y pedir media docena de huevos, ciento cincuenta de salchichón primavera y medio kilo de <em>Kriptonita verde</em>. La misma condición de invulnerabilidad era casi obligante. Un tipo así no tiene más remedio que ser héroe o villano, y aún siéndolo comenzó a parecerme que el mérito era escaso: no había nada en juego. Tres cuartos de lo mismo para el arácnido mutante: los poderes sobrenaturales le daban una ventaja comparativa que paulatinamente fue obligando a Hollywood a crear villanos más y más poderosos y sobrenaturales, con lo cual la esencia misma del villano le restaba espectacularidad a los poderes de los superhéroes.</p>
<p><span id="more-320"></span>Por entonces comencé a fijarme en otro tipo de héroes, cuyo máximo exponente fue y sigue siendo <em>El Zorro</em> (<em>Batman</em> también pertenece a esta clase, al menos en sus orígenes). Ese sí era un héroe de verdad. Un hombre excepcional, sin más ayuda que su entrenamiento físico, su picardía y astucia y un criado mudo que se hacía pasar por sordo. Pero no cualquier <em>Zorro</em>. <em>El Zorro</em> de <em>Alain Delon</em> era, a pesar suyo, medio puto y poco creíble, además de tremendamente aburrido. El de <em>Tyrone Power</em> fue un <em>Zorro</em> pueril, casi inocente, con poco drama. Ni hablar de la herejía que hizo años más tarde <em>Antonio Banderas</em>, en la que ni siquiera era <em>Don Diego de la Vega</em>, sino un vagabundo borracho y ladrón que se transforma en <em>El Zorro</em> después de veinte minutos de hacer flexiones y tres o cuatro clases de esgrima en una cueva mal iluminada con velas. Para principios de los noventa Hollywood ya había perdido completamente la ética de los héroes. El verdadero <em>Zorro</em>, el que me hizo vibrar de emoción de niño, fue el de <em>Guy Williams</em>. Conflictos reales, problemas de personas reales, y las características infaltables de todo héroe, que, para más inri, se juega la vida interviniendo en donde no lo llaman por puro amor a la justicia.</p>
<p>Pasaron los años. De adolescente, si bien continué admirando en secreto ese <em>Zorro</em> perfecto, y soñándolo como modelo personal, no quedaba muy de “grande” profesar ese culto. No se podía andar por ahí con una camiseta o un pin del zorro, hubiese sido el blanco de las burlas generalizadas de todos mis congéneres. Sin embargo, la semilla del heroísmo estaba sembrada en mí como, supongo, en tantos otros chicos de mi edad. Entonces iniciamos la verdadera búsqueda de los héroes, porque al final la épica es también un reflejo de lo que nos pasa. En la vida real hubo muchos héroes, algunos anónimos, otros famosos, incluso a su pesar.</p>
<p>Últimamente he pensado mucho en el <em>Che Guevara</em>. Fue un héroe y quizás uno de los principales modelos para mi generación. Al igual que <em>Superman, Spiderman, El Zorro</em> y <em>Nippur de Lagash</em>, no tuvo un momento descanso ni sosiego mientras sintió que había viva una injusticia contra la que pelear. Sólo que él y tantos otros se jugaban la vida debajo de una piel de verdad, y no de una capa negra bajo los focos de un plató. Lo cito solamente a él porque, sin negar una incontable cantidad de héroes del siglo XX, lo considero ejemplo más que suficiente y me aterra, solamente unas pocas décadas después, ver que le han hecho lo mismo que al <em>Zorro</em>. La codicia de Hollywood y la industria textil han prostituido y comercializado su imagen sin tregua, hasta transformarla en una caricatura de sí mismo parecida al <em>Zorro </em>de <em>Banderas</em>. Somos una generación derrotada, nos han vendido nuestros propios héroes envueltos en plástico de colores junto a un cono de <em>Pop-Corn</em>, y los hemos comprado. Nosotros lo hemos permitido.</p>
<p>Ahora tengo hijos, y sufro viendo los modelos que les proporcionamos los mismos adultos que hace veinte años creíamos en los héroes de verdad. El sistema está tan establecido que el <em>FMI</em> se puede permitir poner al <em><a href="http://www.abc.com.py/abc/nota/30722-Canción-al-Che-Guevara-concluyó-una-rueda-de-prensa-del-FMI/" target="_blank">Che Guevara</a></em> como ejemplo para los mortales aplastados en que nos hemos convertido. Por eso cuando intento darles a mis hijos héroes que imitar, no puedo evitar rescatar la épica de cuando yo era niño.</p>
<p>Desde que el mundo es mundo, desde que los hombres peleamos en guerras, defendemos ideas y atacamos a los que creemos que están equivocados, – sin entrar a valorar quién tenía razón en cada caso, ni si la guerra era o no el mejor camino a seguir – desde el principio de todo, hemos tenido héroes de carne y hueso, personas que sangraban y sufrían, pero a pesar de eso asumían una responsabilidad, empuñaban una espada, un fusil o una máquina de escribir o una guitarra, y lideraban la rebelión de los oprimidos. Los oprimidos aún existen, pero por primera vez en más de diez mil años, los héroes parecen estar descansando, mirando para otro lado aunque la tormenta arrecia. Hace algunos meses me dediqué a ver con mis hijos la serie completa de <em>El Zorro</em> de <em>Guy Williams</em>, y al ver sus ojitos brillando de admiración, y los juegos posteriores que transformaban cualquier cosa medianamente rígida en una espada, no pude evitar preguntarme si no será que nos estamos volviendo demasiado egoístas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>El día de la bolsa verde</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Oct 2009 10:40:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>Regresamos a casa a la hora de comer, y como hacemos en general los sábados, los niños durmieron la siesta, se levantaron, merendaron y decidimos volver a ir a la plaza. Entonces Gloria me preguntó: <em>“¿Y la bolsa verde?”</em>. Yo argumenté que la genética masculina no está preparada para transportar objetos de mano, razón por la que, por ejemplo, prefiero mojarme antes de llevar un paraguas que seguramente olvidaré en cualquier parte. La veracidad e irrefutabilidad de mi argumento no parecieron ser suficientes para evitar un gesto de amarga decepción en el rostro de mi esposa, que Pablo observó con profunda atención, mientras ella decía: <em>“¡Con lo que me gustaba esa bolsa verde!”</em>. Al bajar a la plaza la rastreamos como mastines de presa, pero no apareció por ningún lado, cosa que nos extrañó porque en general en el pueblo en el que vivimos solamente se roba de las puertas del ayuntamiento para adentro, mientras que el resto del territorio es bastante seguro y respetuoso con la propiedad ajena. Pensé que seguramente alguien habría advertido el olvido y en algún momento traería la dichosa bolsa.</p>
<p><span id="more-304"></span>El domingo por la mañana volví a ir a la plaza con Pablo y Daniel. Esta vez llevaba yo una bolsa blanca, y una preocupación especial por no perderla. He de señalar que, en general, la plaza tiene un público por la mañana y otro diferente por las tardes, por lo tanto, supuse que era probable que alguno de los que estaban en la plaza hubiese encontrado la bolsa, así que recorrí la plaza, perseguido de cerca por mi hijo, que montado en su monopatín (conocido en España, también inexplicablemente, como <em>patinete</em>) hacía suya mi pregunta reiterativa: <em>“Perdona, ¿no has visto si ayer me dejé olvidada una bolsa verde?”</em>. No hubo suerte, así que repetí mi ritual de sentarme en un banco a cavilar sobre nada, mientras mis críos quemaban el exceso de energía básicamente rompiendo los huevos por ahí.</p>
<p>A los pocos minutos, vi a Pablo que, montado en su monopatín, venía velozmente a mi encuentro, con el rostro encendido por el orgullo de un hallazgo.</p>
<p>-          ¡Papá! – gritó al llegar a donde yo estaba, para luego bajar la voz hasta el tono de secreto – Creo que ya sé donde está la bolsa verde. – Sus ojitos señalaban el arenero, en donde un inocente padre al que yo ya había interrogado al respecto, jugaba con su pequeña hija, sacando objetos de una bolsa verde.</p>
<p>-          No, mi amor. – le dije – Esa no es nuestra bolsa.</p>
<p>-          ¡Sí, sí que es! Ve y dile que te la muestre.</p>
<p>-          Pablo, ya le pregunté si vio la bolsa que nos dejamos ayer, y me dijo que no. Además, cuando se lo pregunté, vi la bolsa que tiene y no es la nuestra. ¿Por qué me iba a mentir?</p>
<p>-          Capaz que es un ladrón, y nos quiere robar y quedarse con nuestra bolsa.</p>
<p>-          No, hijo, que no es nuestra bolsa.</p>
<p>-          ¡Sí, sí que es, yo la vi!</p>
<p>Durante los siguientes ocho minutos discutimos acaloradamente sobre el tema. El estaba convencido de que era nuestra bolsa, y yo de que no lo era. Su negativa a aceptar mi palabra me exasperaba.</p>
<p>-          Pablo, es importante que entiendas que si papá te dice una cosa, es porque lo sabe. ¿Tú confías en mí?</p>
<p>-          Sí.</p>
<p>-          Entonces si yo te digo que esa no es nuestra bolsa, me tienes que creer y punto.</p>
<p>-          Pero es que puede ser que sea un ladrón y nos quiera robar la bolsa de mamá – insistía. Perdí los nervios.</p>
<p>-          ¡Basta! Vamos a hacer una cosa. Vamos los dos hasta donde está el señor. Tú le preguntas si es nuestra bolsa y le pides que te la deje ver. Si no es, le pides disculpas por haber pensado que era un mentiroso y un ladrón. ¿Te parece bien?</p>
<p>-          No, ve tú.</p>
<p>-          No, porque yo lo veo a ese hombre siempre en la plaza y le creo. Además, te estoy diciendo que estoy seguro de que no es nuestra bolsa, así que vas tú, le pides que te la deje ver y si no es, le dices: <em>“Perdón, señor, por haber pensado que era un mentiroso y un ladrón”</em>.</p>
<p>Pablo rompió a llorar de frustración, y yo estaba enojado, con él por no confiar en mí, y conmigo mismo por no ser capaz de convencerlo de algo tan simple.</p>
<p>-          Si no vas a hacer lo que te digo, vete a jugar.</p>
<p>Salió en su monopatín, secándose las lágrimas y los mocos con la manga, y comenzó a dar vueltas en círculo por la plaza, acercándose con evidente disimulo al pérfido ladrón que nos ocultaba nuestra preciada bolsa verde. Daba largos rodeos, y luego pasaba lo más cerca posible, intentando ver la bolsa, mientras yo lo observaba, cada vez más ofuscado. Finalmente, volvió a venir hacia mí.</p>
<p>-          Tenías razón, papá. No es nuestra bolsa.</p>
<p>-          ¿Has visto? – dije, aliviado por su reconocimiento. – Espero que hayas aprendido algo. ¿Has aprendido algo?</p>
<p>-          No. ¿Qué?</p>
<p>-          Que cuando papá o mamá te dicen una cosa es porque saben lo que están diciendo. No está bien que no me creas si te digo que estoy seguro de algo. Tienes que confiar más en nosotros. ¿Está claro? ¿Lo has aprendido?</p>
<p>-          Sí. – Bajó la cabeza y se marchó en su monopatín.</p>
<p>Tres semanas después, una noche cualquiera, cenábamos en casa. Ya no recuerdo cómo se inició la discusión, pero Pablo, una vez más, cuestionando mi posición de macho alfa, empleaba toda la capacidad de argumentación de sus cinco años para disentir conmigo sobre alguna menudencia terriblemente obvia. En un intento por ser consecuente con su educación, lo miré fijamente y le dije:</p>
<p>-          Pablo, esto es como lo de la bolsa verde. ¿Te acuerdas del día de la bolsa verde?</p>
<p>-          No. ¿Qué día?</p>
<p>-          El día en la plaza que pensabas que un señor nos había robado la bolsa verde. ¿No te acuerdas?</p>
<p>-          ¡Ah! Sí, me acuerdo.</p>
<p>-          Pues esto es igual. Ese día te dije que esperaba que hubieses aprendido algo. Que papá y mamá cuando te dicen una cosa es porque la saben.</p>
<p>-          Ya – respondió, sonriendo – pero es que hoy no es el día de la bolsa verde.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Ideología</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Oct 2009 18:37:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<blockquote><p>Con motivo de su publicación en una revista digital, este artículo ha sido corregido. Puedes leer la versión nueva haciendo click <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/19/ideologia-version-remasterizada/" target="_self">aquí</a>.</p></blockquote>
<p>Desde chiquito, muy chiquito, tuve una ideología. Me la regalaron mis papás en una cajita de cartón color madera, atada con una cinta verde. Es el primer regalo que recuerdo en mi vida, cuando cumplí los cuatro años. Abrí la caja y allí estaba, blanca, con pintitas muy pequeñas de colores limpios que salpicaban un pelaje algodonado y suavecito al tacto. Yo la quería mucho, porque era una ideología graciosa, juguetona y dulce. Cuando me veía se estremecía y me saltaba a los brazos, feliz. Yo la acariciaba y la besaba. La cuidaba como a nada en este mundo. Era una buena ideología. Era una ideología que hablaba de ser un buen hombre en el futuro, en un planeta un poco más cuerdo y más justo. Era una ideología generosa, que me hacía pensar en los demás.</p>
<p>Dormía conmigo en mi cama de niño, y me ayudaba a tener sueños bonitos. Cuando aparecía un sueño malo, al despertar sobresaltado mi ideología me consolaba, se acurrucaba contra mí y me contaba historias divertidas en las que los buenos ganábamos siempre, me prometía una vida genial cuando fuese mayor.</p>
<p>Cuando empecé la escuela primaria, un día la quise llevar, convencido de que mi ideología tenía que conocer ese lugar donde pasaba tan largos ratos de mi vida. Mis padres me dijeron que no. “<em>Una ideología es muy importante, algo que hay que cuidar mucho. No la saques de casa, a ver si la vas a perder”</em>, dijeron, balanceando el dedo índice, como hacen los mayores cuando quieren dar énfasis a una orden, pero que parezca un consejo sensato. Yo no hice caso. Me gustaba tanto mi ideología que me la escondí en la ropa, contento por el cosquilleo agradable que me hacía en contacto con la piel, agarrándose con sus manitos suaves de ideología buena.</p>
<p><span id="more-295"></span>Durante el transcurrir de la mañana, me di cuenta de que mi ideología me hacía un niño mejor. Ese día presté mis lápices, no peleé con los demás, y en el recreo, persuadido por ella, decidí compartir las cuatro galletas que llevaba con tres niños que no eran amigos míos, de esos con los que nadie quiere jugar y que siempre están solos en un rincón del patio, a los que además, en un acceso de amistad repentina, invité a mi cumpleaños, que no sería hasta varios meses después.</p>
<p>Desde entonces nos hicimos inseparables por completo. Bastaba que me vistiese para que ella se me trepara a un bolsillo, dispuesta a venir conmigo a donde fuese. Yo se lo permitía, porque cuando ella estaba cerca me sentía seguro, y mucho mejor que cuando no lo estaba.</p>
<p>Nos hicimos adolescentes juntos. A ella le salieron unas tetitas incipientes, y se le estilizó la figura. A mí no me salía la barba, pero por suerte perdí la voz de pito y los demás dejaron de confundirme con una niña, a pesar de llevar el pelo muy largo. Entonces nos preocupábamos mucho por los demás, participábamos en política estudiantil y estábamos – mi ideología y yo – convencidos de estar construyendo un mundo mejor, de estar llamados y destinados a encabezar una rebelión que trajese por fin justicia, una revolución en toda regla. Una vez nos enfrentamos con la policía, y cuando el escuadrón antidisturbios cargó contra doscientos cincuenta adolescentes asustados como si fueran mercenarios en pie de guerra, mi ideología y yo nos asustamos mucho. Ella más que yo. Se escondió debajo de mi cama y no quería salir. Recuerdo que fue la primera vez que, juntos, nos preguntamos para qué todo esto. Al final la convencí, y organizamos una manifestación de protesta que una semana después convocó a varios miles de estudiantes. Al volver a casa, después de esa segunda manifestación, solos en la penumbra de mi habitación la miré con detenimiento, y me di cuenta de que ya era una mujercita. Los labios asomaban entre sus pelitos blancos, más rojos que nunca, y sus pintitas de colores estaban en flor. También descubrí sus primeras cicatrices. Una marca muy fea le cruzaba el pecho, pero la llevaba con orgullo y elegancia.</p>
<p>Cuando terminé la escuela secundaria, contaba los años por desengaños amorosos y políticos. La Argentina se ultraliberalizaba y yo ampliaba mis horizontes. Entonces comencé a no llevarla conmigo siempre que salía de casa, como había hecho toda la vida, sino solamente algunas veces. Cuando me veía con amigos, fumaba porros y me emborrachaba no la invitaba a venir conmigo. Su salud desmejoró. El pelaje blanco perdió brillo, y todas las pintitas de colores vivos de antaño se pintaron de ceniza. Sus cicatrices eran más evidentes que nunca, pero yo, sin embargo, me sentía intacto.</p>
<p>Y después llegó la vida casi adulta. Empecé a trabajar en una corporación multimedios, y comenzó a interesarme seriamente el dinero. Me compré tres trajes y ocho corbatas, y por esos días la guardé de nuevo en la misma cajita de cartón en que me la habían regalado, y puse la caja en lo más alto del armario. Así pude evitar el asco que me producía la mecánica empresarial en la que estaba metido, y dedicarme a crecer profesionalmente. Por primera vez, el huequito junto a mi pecho que antes ocupaba mi ideología de toda la vida, pude llenarlo de ambición. Me fue muy bien. No hice dinero porque trabajando para otros no se hace dinero, pero hice ganar mucho dinero a mis jefes, y me sentía contento y orgulloso. Sin remordimientos.</p>
<p>Cuatro años más tarde, con tres úlceras a cuestas y seis trajes más en mi armario, me sentí agotado. Entonces decidí irme a vivir a España. Fueron momentos difíciles, porque desarmar una casa y una vida, por más que se haga con ilusión, es algo que siempre duele. Revolviendo papeles viejos y trasvasando cajas y cosas acumuladas durante años y varias mudanzas, apareció la cajita de cartón que me habían regalado mis padres. La abrí, lleno de nostalgia, y dentro, contra todo pronóstico, mi ideología seguía viva. Estaba muy desmejorada, eso sí. Se le había caído bastante pelo, y tenía la piel de un color rosado pálido medio enfermizo, los ojos sin brillo y los labios no tan besables como antaño. Quise acariciarla, pero estaba dolida y ofendida, así que cerré la caja con un enorme sentimiento de culpa. En el proceso de dejar en cajas lo que no podía traerme a Europa, tuve una duda mortal: ¿La dejaba o la traía? Pensé que hacía tanto tiempo que no la utilizaba que no valía la pena cargar con el peso, porque los dueños de los aviones no entienden nada de recuerdos ni de nostalgia, y mucho menos de buenas ideologías heredadas de los padres de uno. Al final, la certeza de que, aún maltrecha y desmejorada, era el mejor regalo que mis padres me habían hecho, decidí traerla.</p>
<p>Una vez instalado en Barcelona, la cajita fue a parar al fondo de un armario nuevamente, y, ocupado como estaba en abrirme paso en el primer mundo, la olvidé sin culpas.</p>
<p>Luego conocí a Gloria, y un poco de tiempo después llegó el primer embarazo. Pablo nació al principio de un verano caluroso y feliz, durante el que vivíamos temporalmente en Málaga, nuevamente invadidos de cajas de tantas y tantas mudanzas. La primera vez que lo tuve en brazos mi mundo entero tembló, y mi sistema de creencias se tambaleó para volver a cimentarse completamente. Al ser padre no se puede evitar sufrir por toda la injusticia contra los niños que hay en este mundo.</p>
<p>A final de ese año nos volvimos a vivir a Barcelona, y volvimos a abrir las cajas tantas veces mudadas y vueltas a mudar. Recuerdo que había armado la cuna de mi hijo, y estaba solo en su habitación, cubierto de polvo y cansado por el esfuerzo. Había vaciado una caja y me disponía a plegarla para tirarla a la basura, cuando advertí que en el fondo quedaba la cajita de cartón de color madera. Estiré las manos y me la puse sobre el regazo, temblando por una emoción nueva y desconocida. Temí que al abrirla mi ideología se hubiese transformado en un animal herido, que me saltase a la cara con intención de herirme, con toda razón. Contra todo pronóstico, cuando desanudé la cinta verde, la encontré como era cuando me la regalaron, un ovillito blanco brillante y peludo, con sus pintitas de colores renacidas y dos ojazos tiernos y dulces. El corazón me latió fuerte. La tomé entre mis manos y la acerqué a mi cara, como tantas otras veces, pero esta vez con lágrimas en los ojos. Ella estiró sus manitos suaves, recogió una lágrima mía y se lavó lentamente la carita. Después me besó en una mejilla. Me levanté, y con el sabor salado en los labios la deposité suavemente en la cunita de Pablo. Vi que no tenía ninguna cicatriz. Ella me miró, sonrió y se hizo un ovillo junto al cuello de mi hijo.</p>
<p>Ahora Pablo tiene cinco años, y no se separa de ella. Está saludable y crece otra vez fuerte y bonita como nunca. Pablo no deja que nadie la toque, porque la ha hecho suya, pero cuando él duerme y Gloria no me ve, me acerco sigilosamente a su cama y la tengo en mis brazos un ratito. Nos miramos profundamente a los ojos, y ya no hacen falta palabras entre nosotros. No quedan heridas abiertas. Simplemente, ella sabe que confío plenamente en ella para que enseñe a mis hijos a ser buenas personas.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Enano Cabezón</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Oct 2009 14:32:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y en la escuela te dirán que es especial. Y vendrá tu abuelo también a decirte que es especial. Y también lo harán tus <em>Yayos</em>, y todas las personas que te vean en la plaza.</p>
<p>Por eso, con treinta y seis años llevados como pude y siendo origen de muchas muescas grabadas con la uña en los revólveres de otros, no puedo evitar pensar en vos y en la <em>Maga Rocamadour</em>, cuando le decía a su bebé: <em><a href="http://www.literaberinto.com/CORTAZAR/rayuela32.htm" target="_blank">“Te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría, o te escribiría cosas importantes”</a></em>. No puedo evitar pensar en el esfuerzo que invertimos los adultos en hacer solemnes las cosas importantes, y en quitar importancia a las que realmente la tienen. Los adultos somos necios y obstinados. Estamos parados sobre un montoncito de creencias absurdas y certezas absolutas que defendemos con la vida, y muchas veces eso nos hace perder la perspectiva.</p>
<p><span id="more-255"></span>Aunque en una carta motivada por el día de tu cumpleaños no sea lo más adecuado, dejame hablarte un poco de tu hermano. Cuando Pablo nació yo no sabía nada. Es sorprendente lo poco que puede saber de niños alguien que ha sido niño no hace tanto. Es otro truco de los grandes: hacer el mejor esfuerzo posible por perder la espontaneidad, y después pagar a un siquiatra para que nos ayude a recuperarla, y tener así una fingida, mucho peor que la original. Pero te hablaba de tu hermano. Cuando él nació mi vida se desbordó, llenándose vertiginosamente de fantasmas novedosos y un miedo animal desconocido. La primera vez que lo tuve en brazos supe que estaba mirando a la única persona por la que sería capaz de morir, aparte de mí mismo (el egoísmo es otra de las especialidades de los <em>grandes</em>), pero sentí también que yo ya había muerto un poco, que ya no estaba entero. Comprobar que en su oreja derecha tiene una marca exactamente igual a la mía, e irme reconociendo en él a medida que empezó a crecer fueron, uno tras otro, momentos en los que volvía a morir un poco más, transfiriendo a él ese pedacito de vida que se me iba. No lo digo como una renuncia, ni como una queja, sino como algo que simplemente ocurre. Cada día de tu vida te parece que tus hijos no pueden importarte más, no se puede quererlos más, y entonces una sonrisa, un abracito, un gesto, un llanto inoportuno, una primera palabra, un paso tambaleante o cualquier otra nimiedad hacen que esa barrera vuelva a romperse, y los querés todavía un poquito más, y siempre hay más espacio para quererlos más, y entonces esa pequeña muerte que va creciendo en el pecho representa la posibilidad de que algo malo les ocurra, el miedo a no estar siendo un buen padre, el terror a no darles <em>lo mejor</em>, como si lo mejor fuese o pudiese ser algo diferente al amor filial, como si se tratara de poner en cifras o en regalos o en grandes actos lo poco que hace falta, que es solamente y nada más que amor.</p>
<p>Cuando naciste vos ya no tenía tanto miedo, había pasado por eso. Sin embargo sí que había un pensamiento que me atormentaba: creía que no iba a poder sentir tan intensamente ese amor que tenía por tu hermano hacia un segundo hijo. No porque no lo deseara, sino porque era tan fuerte y tan absoluto lo que me pasaba, que me parecía imposible que algo tan único se repitiese con tanta facilidad.</p>
<p>Y entonces naciste, un domingo a las tres de la mañana, y te tuve en brazos durante media hora antes de que te llevaran con mamá. Tenías una manchita de nacimiento en la nariz, y la carita manchada de sangre por la cesárea. Tenías dos ojos enormes y los deditos con uñas de papel. Y yo volví a morir en vos. Mi pecho se duplicó sin ninguna piedad, y entonces supe que no importa cuántos hijos tenga, ni siquiera cómo sean, porque siempre aparece esa pequeña muerte que te mata con el sonajero y el chupete, la que te agarra el dedo con las uñas de papel, la que se lleva con el llanto lo que te quedaba dentro, a cambio de un pánico irracional sobre si algo le pasa al bebé.</p>
<p>Y el juego no hacía más que empezar. Te revelaste completamente distinto a tu hermano, Enano Cabezón. Y a veces, complicado en mi visión esquemática del mundo, se me hace difícil entender que dos enanitos tan distintos sean los más lindos del planeta, cada uno por su cuenta, sin pedir permiso.</p>
<p>Y ahora ya hace tres años, y no paro de jugar contigo juegos privados. Supongo que algún día leerás esto y entonces recordarás que varias veces al día te pregunto: <em>“¿Qué eres más: Enano o Cabezón?”</em>, y entonces se te enciende la carita, y una sonrisa interminable te la invade de lado a lado, y riéndote con la risa sincera de los niños me contestás: <em>“Cabezón”</em>, y yo me río, me río como un niño más, y, solamente por unos instantes, permito que el calor de tu pecho ocupe el vacío de la pequeña muerte que hay en el mío. No existe cosa que me devuelva mi propia infancia más en este mundo que las risas, la tuya y la de tu hermano, los juegos del <em>Chancho barato</em>, las fantasías emitidas a media lengua en voz alta, los bracitos buscando consuelo nocturno tras un sueño angustioso, los pasitos de pies descalzos, con los pantalones por los tobillos, cuando me pedís que te suba el pantalón.</p>
<p>No soy capaz, a pesar de llevar ya más de cinco años <em>haciéndome el padre</em>, de hablar de estas cosas sin que una humedad traicionera pueble mis ojos, porque en realidad lo que más me asusta, y la razón primaria por la que te estoy escribiendo, es pensar que algún día perderás al <em>Enano Cabezón</em>, y lo perderás porque el mundo de <em>los grandes</em> presiona y empuja para que los niños sean grandes. Y necesito decirte que no lo hacemos por malos, ni por egoístas. Ni siquiera por cómodos. Lo hacemos porque no somos capaces de enfrentar el terror de vivir con las emociones a flor de piel como lo hacen los niños. No somos capaces de llorar violentamente porque no podemos comer una piruleta antes del almuerzo, ni de transformar ese llanto en una explosión de risa porque otro hizo una mueca estúpida. No somos capaces de vivir según el deseo más inmediato, ni de jugar la mayor parte del día, ni de dejar de lado la vergüenza para hacer las cosas que nos gustan, aunque sean ridículas.</p>
<p>Necesito pedirte perdón por dejar que esa misma pequeña muerte que habita en mí desde el nacimiento tuyo y de tu hermano me obligue a sentir que tengo que prepararlos para la vida, <em>enseñarles</em> a ser adultos y a vivir como buenas personas, aún sabiendo que de a poco eso mismo irá escondiendo a los niños detrás de los jóvenes que van a ser, hasta hacerlos desaparecer casi por completo. Pero algún día tendrás hijos, y descubrirás que solamente ellos son capaces de rescatar al <em>Enano Cabezón</em> del escondite que le habremos hecho los adultos, y entonces quizás un día te emocione tanto como me emociona a mí ahora darte cuenta de que, por más que cuides tu sistema de creencias con tanto celo como lo hacemos todos, con los hijos haces lo que puedes, deseando con todas tus fuerzas que sea suficiente.</p>
<p>Y también quiero pedirte algo, Daniel. Más que pedirte, quiero llamarte a la desobediencia. Quiero que me desobedezcas. A mí, a tu madre, a los maestros de la escuela, a la televisión y a todas las cosas solemnes e importantes, a todas las fuerzas que te pidan que crezcas y que te hagas hombre. Quiero que a pesar de que vas a ser un día un hombre, cuando yo sea un viejo y te vuelva a hacer la pregunta que no te habré hecho durante más de treinta años, me respondas sin vacilar, con una risa franca instalada en la boca y tus ojitos de siempre echando chispas de picardía: <em>“Cabezón”</em>.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Sobre la evolución del asco</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Oct 2009 13:45:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Ahora bien, esto me llevó a pensar en el asco. El asco es abstracto, caprichoso. Un día te da asco algo que al día siguiente eres capaz de desear con toda tu alma. De niño no te da asco nada. En principio un gatito bebé es tan acariciable como una bola de pelusa del ombligo, aunque no es difícil darse cuenta de que las bolas de pelusa son menos agradecidas, y no saben jugar a casi nada. A lo primero que te enseñan a tenerle asco es a tu propia caca. Es justo en el momento en el que dejas los pañales y aprendes a caminar. El mundo se abre ante ti como un paraíso lleno de cosas curiosas, de texturas que reconocer, de sabores que intentar, de sensaciones para percibir. Como es lógico, vas por ahí, caminando como puedes debido a lo precario del equilibrio incipiente, intentando tocarlo todo, aprenderlo, descifrar cada superficie de cada objeto que se te cruza. Y dos pasos atrás te persigue tu madre, blandiendo el grito de guerra preferido de los adultos: <em>“¡No, caca!”</em>. Y claro, como has aprendido a tenerle asco a tu propia caca, la de los demás es sensiblemente más asquerosa. Este proceso es responsable de una confusión científica que mina el inicio del proceso de aprendizaje de la mayoría de los niños. Hasta que estudian el aparato digestivo de los mamíferos, suelen creer que la caca es una sustancia mutante, que se camufla adoptando las formas caprichosas de diversas clases de basura u objetos inertes, y que todos esos objetos y formas de caca deben ser rechazados con igual cantidad de asco por los sujetos activos. Hasta que un día, un maestro de primaria explica las maravillas del tracto digestivo y el bolo alimenticio, y entonces un chispazo ilumina la oscuridad: <em>“¡Ah! ¡Pero entonces la caca solamente es mierda!”.</em></p>
<p><span id="more-193"></span>Un día, cuando eres un poco más grande, y estás demasiado ocupado librando la batalla del <em>“No, caca”</em> con tus progenitores, mientras te tomas un respiro, aferrado a la pata de una mesa, buscando qué tocar sin que te digan las dos palabras mágicas, distraídamente te metes un dedo en la nariz, y compruebas que sale una sustancia gelatinosa de un atractivo color que abarca toda la gama de verdes, y además de variadas texturas, desde un verde agua casi líquido hasta un verde oliva con formas rígidas y consistencia crocante. Lo pruebas, y descubres que los mocos son saladitos y sabrosos. Encantado con el hallazgo, vas por ahí con un moco en la punta del dedo índice, invitando a tus seres queridos: <em>“Prueba, prueba, están buenos”</em>. Al menos eso fue lo que hizo Pablo (lamentablemente no recuerdo mi caso particular), hasta que cumplimos con nuestro deber de padres, diciéndole que eso también es caca, y enseñándole a tener asco de sus propios mocos.</p>
<p>Aunque no sea capaz de recordar mi propio descubrimiento con respecto a las mucosas nasales (sí recuerdo claramente la actividad exploradora y el pecado secreto de saborearlos cuando nadie me veía), mi memoria sí que retiene alguna que otra experiencia interesante relativa al asco. Con doce años, es decir, aún en la escuela primaria, percibía a los <em>Homo Erectus</em> de sexo femenino como seres incomprensibles, la mayoría de las veces quejosos y molestos, que sin embargo tenían un misterio que – sabía yo – algún día querría desentrañar. Mientras tanto, cuanto más lejos mejor. De repente, por ventura de algún proceso aún excluido de mi entonces pobre espectro científico, las niñas molestas y quejosas de mi clase comenzaron a redondearse, a adquirir relieves morfológicos misteriosos, atractivos, sumamente interesantes. Casi al mismo tiempo que la mutación geológica de sus cuerpos tenía lugar, perdían completamente el interés por nosotros, y se fijaban en chicos más grandes. Era una injusticia, justo cuando empezaban a dejar de ser un incordio, nos rechazaban sin explicaciones ni escrúpulos.</p>
<p>Con trece años recién cumplidos, mis amigos y yo estábamos obsesionados con la idea de besar a una chica por primera vez. Hablábamos continuamente de eso, y si bien el discurso formal era decidido y valiente, íntimamente la idea de besar a alguien me aterraba. Supongo que el rechazo ancestral, el <em>“No, caca”</em> machacado y vuelto a machacar durante tantos años, de alguna manera me hacía sentir bastante asco hacia las secreciones ajenas de cualquier tipo y naturaleza. No dejaba de imaginar, angustiado y en solitario, una enorme boca, roja y húmeda, en 3D. La gigantesca lengua, cubierta por pequeñas manchas blancas de distribución aleatoria, provocaba mares de saliva, en la que flotaban restos de pollo, lechuga y semillas de sésamo, y cuyas olas tóxicas rompían contra afiladas escolleras de dientes torcidos y manchados, mientras se abría y cerraba expulsando vientos fétidos de carne vacuna en descomposición, y vapores clorhídricos producto de los procesos digestivos. En esas estaba cuando, una tarde en que nos habíamos hecho <em>La Rata</em> del colegio, vagaba por el Parque Lezama con una compañera de curso (la llamaremos Alejandra, para no caer en el chismorreo) que ya había experimentado por completo su correspondiente mutación, y no paraba de lanzarme signos seductores. <em>Lenguaje corporal</em>, que le llaman ahora. Nos sentamos tranquilamente bajo un ombú, hablando de cualquier cosa, mientras yo luchaba internamente entre el atractivo de sus labios y el fantasma de su gigantesca boca en 3D con olor a podrido, no, caca. Moría por besarla, y no podía con mi asco. Finalmente, como la cosa no avanzaba, ella tomó la iniciativa.</p>
<p>Una violenta conmoción se apoderó de mi centro de gravedad, haciéndome sentir auténtico miedo a mi reacción al asco, justo en el momento en que su boca invadía la mía. Una brisa fresca se llevó el asco de allí, y descubrí que a pesar de la terriblemente fea vida microscópica que habita las secreciones bucales, y lo poco decoroso de la función trituradora de alimentos de la boca, y de los residuos que esa función genera, besar a una chica era una actividad poderosamente estimulante, que además de bonito, romántico y sumamente dulce, también producía una serie de reacciones fisiológicas y de secreciones corporales diversas, en forma de sudor frío repentino, y algunas otras menos decorosas. La imagen de la boca gigante desapareció para siempre.</p>
<p>Pero volvamos al asco. Unos años más tarde, la aterradora frecuencia con la que me veía obligado a asistir a alguno de mis amigos, impelido a vomitar por beneficio de una borrachera cruel, me hizo sufrir constantemente arcadas involuntarias, y a pesar de lo habitual de tan provechoso ejercicio, no lograba superar el tremendo asco que el vómito ajeno me producía.</p>
<p>Así llegué a los treinta años, convencido de que el asco a la caca, tan bien enseñado por mis mayores, y el asco al vómito ajeno eran absolutamente insuperables, estaban arraigados en mi forma de ser y de vivir. Lo cual no dejaba de ser una ventaja, porque después de todo es bastante indiscutible que ambas cosas son asquerosas.</p>
<p>Sin embargo, una vez más, la paternidad echó por tierra algunas de mis convicciones más profundas, y una mañana de primavera, mientras estábamos en la terracita de un bar dándole a Pablo su puré de frutas, cucharada a cucharada, el pobrecito se atragantó. Me dí cuenta de que iba a vomitar una fracción de segundo antes de que lo hiciese, y como estábamos en la calle, sin ropita de recambio, e íbamos a alguna parte, sin ni siquiera dudarlo, puse ambas manos debajo de su boca, formando un cuenco, y permití que descargara sobre mis manos el contenido completo de su estómago. En ese instante aprendí dos cosas. La primera fue que es absolutamente impresionante el volumen de materia que cabe en el estómago de un niño de un año y poco, aún siendo flaquito y pequeñajo. La segunda fue que la paternidad es un momento tan clave en la vida de una persona, que puede que sin darte cuenta descubras que has cambiado por completo tu escala de valores, y que lo que te hubiese parecido una tragedia y una desgracia solamente dos años antes, ahora es solamente una anécdota divertida. Si el amor por un hijo puede con el asco, que es una de las reacciones involuntarias más difíciles de controlar y que más violentamente se expresa, entonces, a partir de ahí todo puede suceder. Termino aquí, queridos lectores, no porque no tenga más asco a nada, sino porque tengo que ir a limpiarle el culito a Daniel, que acaba de hacer caca.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Fotocopia de una fantasía</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Sep 2009 13:02:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<blockquote><p><em>“Ah, tú veías las películas en blanco y negro porque eran fotocopias!”</em></p></blockquote>
<p>Lo descubrió con la misma naturalidad con la que hace todo, una frescura que solamente tienen los niños, y no se paró a pensar en los inconvenientes técnicos del asunto, ni en la posibilidad de que quizás la ausencia de color se debiese a que, cuando nosotros éramos niños, el mundo era un lugar mucho más precario. Simplemente llegó a esa conclusión, e inmediatamente el tema dejó de preocuparle. Pero a mí me hizo pensar en las fantasías infantiles. Creo que tuve la suerte de tener una infancia fantasiosa, poblada, rica en mitos, leyendas y personajes, y ahora, siendo padre, me doy cuenta de que muchas veces los adultos, sin querer, limitamos la fantasía de los niños, o la reprimimos porque tenemos una mirada cargada de significados en <em>technicolor</em> del mundo real. Son las imágenes filtradas de una vida de grandes, censuradas, recortadas, amortajadas por la mirada pútrida de los noticieros y las guerras y la mierda de este mundo.</p>
<p><span id="more-185"></span>Mi hijo me hizo recordar una de las tantas fantasías infantiles que hicieron mejor mi niñez. En mi casa había muchos libros, pero uno en especial era misterioso. Tenía dibujos, y estaba escrito en otro idioma (ahora sé que era inglés). Mi hermano Pancho un día quiso mirar el libro, y mi padre se lo quitó y lo puso en el estante más alto de la biblioteca. <em>“Este libro no es para niños”</em> dijo, por toda explicación. Cuando nos quedamos solos en la habitación, con la luz apagada para dormir, le pregunté que había en el libro. Me dijo que había dibujos de <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Isidoro_Cañones" target="_blank">Isidoro Cañones</a></em> con el culo al aire. Desde ese día, el libro nos quitó el sueño. Nos producía una curiosidad inmensa, era una fuente de diversión prohibida, algo por lo que hubiésemos dado cien tardes de la <em>Pantera Rosa </em>o el <em>Zorro </em>por ver.</p>
<p>Al fin, un día en el que mis padres no estaban, con la ayuda de una silla, conseguimos atrapar el libro. Aún hoy no tengo la menor idea acerca de qué trataba, pero tenía un protagonista indudable, que era ese personaje parecido a <em>Isidoro Cañones</em>, que en todas las viñetas estaba desnudo, al igual que el resto de los personajes. Recuerdo especialmente dos dibujos. En uno de ellos se veía lo que claramente era una reunión de alta sociedad, en la que todo el mundo bebía y charlaba completamente desnudo. Los dibujos no eran obscenos, simplemente se veía alguna que otra teta y los culos de la gente. En la otra viñeta, el personaje principal estaba sentado, también desnudo, en la mesa de un restaurante. Tenía una abertura en el pecho y su corazón estaba en un plato frente a él, aún conectado a su sistema circulatorio por tubos que entraban por la abertura de su pecho. Empuñaba un cuchillo y un tenedor, y estaba por comenzar a  comérselo, mientras un lagrimón le caía por la mejilla. Lo recuerdo con inmensa tristeza. El dibujo era en blanco y negro.</p>
<p>Más tarde, mi padre supo que mirábamos el libro a escondidas, y de alguna manera nos empezó a permitir verlo. Lo llamábamos <em>“Los colaalaire”</em>, y solíamos pedírselo para jugar. <em>“Papá, ¿podemos leer el libro de los colaalaire?”</em>. Apoyados en la absoluta ignorancia del inglés, inventábamos toda clase de historias, miles de situaciones en las que aquél personaje triste y narigón acababa solo y triste.</p>
<p>A día de hoy, son dos las reflexiones que me vienen a la cabeza sobre esta historia. La primera es que seguramente, el primer reflejo de mi padre al prohibirnos el libro, provenía de una concepción de adulto de la desnudez, necesariamente relacionada con la sexualidad y, por lo tanto, impropia para los niños, que paradójicamente viven la desnudez como algo natural, hasta que la escuela y los adultos les llenamos la cabeza de prejuicios. Para nosotros el significado era completamente distinto, era inocente, era pura fantasía. Quizás después se dio cuenta de que los dibujos no representaban nada más que gente sin ropa. No había ninguna actitud sexual ni traumática para un niño – aparte de la viñeta del corazón, que tampoco era sangrienta, sino mas bien patética –. O tal vez simplemente, al saber que ya lo habíamos visto, pensó que no tenía sentido seguirlo prohibiendo – es verdad que mi padre nunca fue especialmente aficionado a las prohibiciones –. La cuestión es que su concepción adulta del mundo estuvo a punto de privarnos de una fuente de juegos, fantasía y diversión, y muchas veces es el cariz que yo mismo, como padre, aplico para gestionar la información que reciben mis hijos. La segunda reflexión tiene que ver con el poder de la imaginación. A través de unas cuantas letras sin sentido y de algunos dibujos, mis hermanos y yo vivimos un montón de historias de tinta y papel, de palabras mudas, de lágrimas y emoción, que son parte de lo que nos ha enriquecido, y, estoy seguro, ha terminado por hacernos un poquito mejores.</p>
<p>Por eso, por momentos, lamento sentir que mi condición de adulto probablemente recorte a veces la riqueza de la imaginación infantil de mis hijos, que mis inevitables prejuicios y mi manera de ver el mundo empobrezcan sus juegos. De ahora en adelante, estoy decidido a fotocopiar al instante cada fantasía que se me ocurra o recuerde, para regalársela a mis hijos en blanco y negro, invitándolos a que ellos mismos la coloreen, sin más tecnología que la de su imaginación.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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