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	<title>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo &#187; nostalgia</title>
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		<title>El insomnio del escriba</title>
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		<pubDate>Sun, 13 May 2012 08:46:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Así, mi colección personal de manías, malas costumbres, vicios del cuerpo y del alma y pequeñas arrogancias mundanas, crece día a día, alimentada sin querer por cada letra que veo aparecer en mi pantalla, por la generosidad con que el mundo ofrece oportunidades de ser criticado y por mi afición oculta a vengarme con palabras de afrentas que, en rigor de verdad, no sufrí.</p>
<p>Como casi todos los maniáticos, experimento insomnio crónico desde la primera juventud. Cualquier motivo, por pequeño que sea, desde que mi conciencia terrenal se empeña en considerarme un homínido racional, un auténtico macho adulto de bípedo implume, me provoca una crisis de sueño. Jamás duermo en vísperas de un viaje, de una entrevista de trabajo o del estreno de una película que espero con ansia. No soy capaz ―no era, porque hace rato que estoy fuera de mercado― de conciliar el sueño si al día siguiente saldré a cenar con una mujer, ni consigo dormir si de forma inminente espero el resultado de cualquier cosa que haya hecho y me importe aunque sea un poco. Esto se extiende, pero no se limita a: exámenes, concursos, revisiones médicas, pruebas de embarazo ―no mías, evidentemente―, eventos sociales de poca o mucha relevancia, finales jugadas por la selección argentina de fútbol, reuniones familiares, vuelos en avión, conciertos en locales con capacidad para más de tres mil personas, cumpleaños propios o de terceros muy cercanos, fiestas para más de treinta y cinco personas, y tantos otros que sería imposible enumerarlos todos.</p>
<p><span id="more-1225"></span>El insomnio, ya de por sí un mal a combatir con uñas y dientes, es tanto peor cuando sucede en cuerpo y alma de un escriba. Mientras cualquier otra persona se limita a dar vueltas en la cama, a levantarse a tomar un vaso de leche tibia, a joderse con resignación, o a rendirse, mudarse al sofá y encender la tele, los escritores, jodidos por la razón que sea, nos ponemos a narrar mentalmente el transcurrir del acontecimiento que nos quita el sueño. Al mismo tiempo que hacemos asomar un pie descalzo por el costado de la sábana, con la esperanza absurda de que el aire fresquito del exterior opere un hechizo hipnótico sobre la planta del pie y caer dormidos al instante, mientras dudamos sobre si deberíamos tener los brazos por encima o por debajo de las sábanas y si la posición de la cabeza es la correcta para conciliar el sueño, imaginamos detalladamente los diálogos posibles, los escenarios, las reacciones, las respuestas ingeniosas a las preguntas mordaces, las miradas, opacas algunas veces, cargadas de sensualidad otras, y experimentamos físicamente una paradoja temporal: los minutos son eternos, pero las horas pasan volando.</p>
<p>Es en esos momentos, sin lugar a dudas, cuando escribo mis mejores páginas. Son las que nunca pasan a papel, las que se mueren en mi cabeza sin llegar a nacer. Son la prueba física del escritor que puedo ser, que inmediatamente se transforman en un eslabón perdido, en las pruebas fundamentales del <em>watergate</em>, en la fórmula sencilla que, supuestamente, demuestra el teorema de Fermat, o en una traducción prístina de la piedra roseta.</p>
<p>Entonces, cuando eso pasa, el insomnio se complica todavía más: sobreviene la lucha interna entre la seguridad de que estamos a punto de dormirnos y la necesidad de levantarnos a escribir lo que estamos imaginando, sabiendo que no seremos capaces de escribirlo tal cual lo estamos pensando, porque solamente salir de la cama romperá la frontera invisible entre la duermevela y la vigilia, y el torrente de pensamiento consciente irrumpirá de golpe, contaminando la genialidad presente con la necesidad de arreglar la gotita que cae de la cisterna del baño, o el recuerdo infame de que mañana tendremos, sin falta, que ir a comprar un tubo fluorescente para cambiar el de la cocina, que no para de titilar y someternos a un auténtico electroencefalograma mientras cocinamos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="size-medium wp-image-1227 alignleft" title="insomnio-1" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/insomnio-1-300x238.jpg" alt="" width="300" height="238" />Los escritores insomnes, como yo, estamos condenados a velar armas, noche tras noche, para combates que nunca llegaremos a pelear. Los dragones invisibles del insomnio nunca despiertan a enemigos reales. Son batallas perdidas, noche tras noche.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Desde hace un poco más dos semanas, <a href="http://www.federicofirpobodner.com/2012/05/presentacion-de-matalobos-en-buenos-aires-dossier-de-prensa/" target="_blank">la inminencia de la presentación de <em>Matalobos</em> en Buenos Aires</a> me tiene sin dormir. Se mezclan la proximidad de un viaje, la ansiedad por el reencuentro con amigos, con la familia ―o al menos con parte de ella― y con la ciudad de mis amores, la más bella, <em>La Reina del Plata</em>, creando un cóctel insomne poderosísimo, invencible y atroz, que hoy, agotado por la falta de sueño, intento conjurar nada menos que denunciándolo en voz alta.</p>
<p>El viernes que viene voy a estar de vuelta en mi país, de donde me fui hace doce años como un programador de computadores con un sueño frustrado de ser escritor. Voy a comparecer frente a mis amigos, frente a las personas que me vieron crecer, en la ciudad que me vio convertirme en la persona que soy, a compartir con todos ellos, orgulloso de mí mismo, que al fin soy el escritor al que había renunciado ser. Voy a poder contarles que renací, voy a ofrecerles una resurrección terrenal, nada religiosa, pero cargada de fe. Voy a invitarlos a compartir una charla y un vaso de vino, y voy a tener oportunidad de firmarles un ejemplar de Matalobos, mirarlos a los ojos y darles las gracias, por la persona que soy, por el escritor que rescaté de la muerte, y por el escritor que puedo ser, que es aún más poderoso que el que se levantó de la tumba.</p>
<p>Solamente diez días después de la presentación, estoy invitado, como ex-alumno, a dar una charla para estudiantes del Colegio Nacional Número 4, Nicolás Avellaneda. La perspectiva de meterme en una habitación con veinte, treinta, cincuenta ―no tengo ni idea de cuántos― adolescentes a charlar de literatura y de la vida, me pone los pelos de punta, en el buen sentido. Los adultos solemos no tomarlos en serio, hasta menospreciarlos, a veces, pero esta circunstancia y los insomnios que la rodean, me hicieron recordar el adolescente que fui, pensarlo del derecho y del revés, y descubrí que no recuerdo mentes más agudas, curiosidades más genuinas ni pasiones más fuertes que las de esa etapa de la vida. El encuentro con ellos me llena de ilusión, y al mismo tiempo de dudas. No estoy seguro de tener algo que ofrecerles, pero los soliloquios de mis noches en blanco juran que harán su mejor esfuerzo.</p>
<p>Pido disculpas, lectores habituales de <em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>, por esta confesión a medias, esta catarsis pública de mi ansiedad, de mis largas horas a oscuras, mirando el techo, pero lo necesitaba. La fecha se acerca, mi pulso se acelera, mis párpados se abren de par en par, y estoy sensible como una embarazada, barrigón como una de ellas, también, y desbordado de ganas, de ilusión y de alegría.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Es o no es como para perder el sueño?</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La vida termina a los treinta y nueve</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Mar 2012 23:00:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Por esa razón, y no por otra, cada vez que me siento al final de un camino, no puedo evitar preguntarme por el otro, por el que se abre ahí nomás, un poquito después. ¿Será una senda única, indiscutible, o habrá elección? ¿Se bifurcará en una, dos, tres alternativas? ¿Ofrecerá vuelta atrás?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una vez más, la vida me ofrece un final. Un camino que se acaba. Es un tópico manido, aquél de que <em>la vida comienza a los cuarenta</em>. Hoy cumplo treinta y nueve años, y entonces, inevitablemente, me visualizo desde atrás, veo mi espalda, mientras estoy de pie al borde de un acantilado. A punto de comenzar mi nueva vida, me pregunto que fue y que será de la que, por definición, debe terminar para que eso suceda. Con apenas un año por delante para cerrar todos los capítulos abiertos de esa vida que termina, no encuentro mejor momento para la reflexión, para las respuestas postergadas durante tanto tiempo, para soplar con un viento profético los cabos de las velas consumidas de mis primeros cuarenta años de vida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1215"></span>Entonces detengo todos los relojes, pido minuto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lleno mis pulmones maltratados por el humo del tabaco, exhalo un aliento que no sabe aún si es de desazón o de esperanza, y me pongo a la tarea.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuarenta años. Uno a uno. Catorce mil seiscientos diez días, contando años bisiestos. Veintiún millones treinta y ocho mil cuatrocientos minutos vividos. Calcular los segundos me produce pánico, porque la pregunta fundamental es cuántos de todos esos minutos fueron bien vividos, cuántos aprovechados y cuántos desperdiciados. Cuántos me enseñaron a ser una persona mejor, y cuántos me envilecieron. ¿En qué proporción, de esos veintiún millones de minutos, hice exactamente lo que deseaba, y en qué otra hice solamente lo que <em>debía</em>?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y por alguna razón que, valga la redundancia, la razón me esconde, lo primero que acude a mis sentidos son los olores de mi infancia. Se define con fuerza el olor de una lluvia de primavera sobre el pelo blanco de mi perra <em>Rosa</em>, muerta hace ya tantos años. Un amor que no hace falta explicar, y el olor fétido y pastoso de su lengua en mi cara infantil, su aliento dulce de perro y mis manos de niño. Sin lugar a dudas, minutos bien vividos.</p>
<p>En seguida, acude a mi piel el tacto de mis hermanos mezclados en una montaña indescifrable de niños uno encima de otro, las tardes de juegos y las mañanas de susurros, y el aliento tibio del sol en los amaneceres de verano, en Uruguay, cuando en casa de mi abuela, me levantaba antes que nadie y salía a un jardín que, a esas horas, era aún territorio de los pájaros y del silencio verde de los árboles frutales. Si me concentraba, podía adivinar la espuma del mar a cuatrocientos metros de distancia, después de un desierto en miniatura de arena blanca y fina. Mi abuela hacía <em>cremosa de doña espumosa</em>, un caldo infame y dulce de leche, avena y azúcar; y los niños desayunábamos, corríamos y éramos felices con tan poco&#8230; Horas, días y minutos bien aprovechados, sin lugar a dudas.</p>
<p>Entonces toso convulsivamente con el humo de primer cigarrillo, cerca de la cancha de Boca, con amigos que no eran, equivocándome a toda velocidad, irrumpiendo en la adolescencia con estrépito, con inocencia, con un galope incontrolable de sangre y carne, de pasión sin más objeto que la pasión misma, que las ganas de probar, de hacer lo contrario, de hundirme y de resucitar. Y de golpe un aula llena de adolescentes asustados que se miran de reojo, manos transpiradas, voces buscando su tono, preguntas, más preguntas, y por fin, amigos de verdad. También horas y días que jamás podré arrepentirme de haber vivido.</p>
<p>Una cena con mi padre. Los dos solos en el restaurante <em>Le Famiglie</em>, al que solíamos ir con amigos, con mis hermanos y, por supuesto, con hambre. Pero esa vez estábamos solos. La tormenta negra de mi adolescencia aclaraba por el horizonte, y después de haber sabido a ciencia cierta que mi padre era un imbécil que no sabía nada, comenzaba a comprender cuánto me había equivocado, a acercarme a él, a ser su amigo desde otro lugar. Había sido una cena muy amena. Charlábamos de hombre a hombre, la paz filial firmada de una vez para siempre. Se llevaron los platos sucios, y me preguntó:</p>
<p>―¿Querés postre?</p>
<p>―No, pero me fumaría un cigarro -respondí, mirándolo a los ojos. Me miró divertido. Se lo pensó unos segundos eternos, y finalmente sonrió, resignado.</p>
<p>―Bueno ―me dijo, tendiéndome el paquete. Era la primera vez que fumaba en su presencia, y sentí que me reconocía como hombre, que me hacía un lugar en la mesa de los adultos, que aceptaba que mi madurez era ya suficiente para tomar algunas decisiones sobre mi vida, aunque fueran equivocadas. No se puede renegar de esos minutos, de esas horas.</p>
<p>Y mis manos, como guiadas por una inspiración genética, descubren un día el tacto pálido de una piel femenina en penumbra, apretados los dos en una cama de una plaza, que en ese mismo instante deja de ser de niño. El descubrimiento final: <em>¿y esto era?</em> El sexo no es para tanto. Y el redescubrimiento: sí es para tanto, pero el mismo miedo animal que me empujó a probarlo me impidió disfrutarlo la primera vez, y la segunda, y la tranquilidad vino piel a piel, cuando me olvidé de lo trascendental del momento, y supe vivir un momento trascendente sin saber que lo era. De ahí a los primeros amores. De ahí al vértigo imposible, a las vigilias atormentadas flanqueando un teléfono que se niega a sonar, a las cartas manuscritas, febriles, chorreando pasiones, tópicos y lugares comunes, amor de tinta, papel y piel, sobre todo piel. Imposible pensar en esas vivencias como tiempo no aprovechado.</p>
<p>Me bajo de un camión en los lagos del sur argentino. Sin lugar a dudas, entre amigos. Con los que iban a ser los de toda la vida. Hermandad como destino, por elección, por sufrimiento, por vivencias compartidas, por simple derecho adquirido. Un valle se precipita sobre la falda de las montañas, los lagos las duplican bajo el celeste imposible de un cielo tan despejado y verdadero que parece de mentira. Vino, marihuana y fogatas, gargantas jóvenes atronando las canciones de siempre, un par de guitarras criollas templadas al fuego, y otra vez el vino y los porros que pasan de mano en mano: el mundo es nuestro, infinito y mágico, la vida, eterna y poderosa. Nada puede salir mal. Sería casi una herejía pensar en que eso no es sano.</p>
<p>Después, todo se precipita. El trabajo, la vida adulta, los desengaños encadenados del amor, la política y mi Argentina voraz y única, amante generosa y al mismo tiempo brutal, egoísta, acostumbrada a quedarse con todo lo que los argentinos tenemos dentro. Algunos viajes dementes, otros hermanados con mis amigos incombustibles, hasta una noche neoyorquina, al final de otra transformación, en la que decidí que mi destino inmediato era ibérico. Volver, renunciar, venderlo todo y resumir mi vida en dos valijas. El viejo mundo. No se puede decir que haya perdido el tiempo.</p>
<p>Y aprenderlo todo otra vez. Cómo mirar, cómo bromear, cómo dar pasos temblorosos hasta el primer beso, cómo pedir en un restaurante, cómo moverse por las ciudades laberínticas, ancestrales, de piedra gris. Aprender la lejanía y resignificar la nostalgia. Beber solo de la pobreza de mi alma, de los sonidos de mis tripas, reescribir con sangre la nueva definición de la palabra <em>soledad</em>. Pedir permiso hasta para saludar, por miedo a ofender, por no conocer, de tan viejas que son, las reglas europeas que, luego, con amargura, descubriría que no son las mismas cuando el dinero sobra y cuando el dinero falta. Minutos, horas, días, años intensos.</p>
<p>Vuelvo a la Argentina, esta vez de visita. Cargado de ilusión y con algunos regalos. Descubro, una vez más, con amargura, que <a title="La vida sigue" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/07/15/la-vida-sigue/">la vida sigue</a>, que mi mundo siguió girando sin mí, que asfaltaron algunos de mis empedrados, que mis calles fueron mojadas por otras lluvias. <em>¿Qué esperaba?</em> Desentierro, después de esa primera desilusión, mis amores eternos, mi Argentina de siempre, mi San Telmo adorable e infame, mi Palermo de adolescente, los mismos bares, los bares nuevos y, sobre todo, las personas que no dejaré de querer nunca. Tiempo ganado, indiscutiblemente.</p>
<p>Y conozco a una mujer, la beso en la barra de un bar y me caso con ella. Entonces el regalo inverosímil de los hijos. Dos pares de ojos enormes, abiertos, que se beben cada una de mis palabras con devoción, con desesperación. Bracitos alrededor de mi cuello. Tarde, pero felizmente entiendo el auténtico mérito de mis padres, lo puedo leer en lo difícil de mis hijos, en la frecuencia con la que confundo lo correcto con lo fácil mientras intento educarlos, en el dolor que me produce su llanto, en la felicidad instantánea de su risa, en la ferocidad de su amor impreso en los dientes, en las manos, en los ojos. Nada que objetar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por fin, un día, tengo en mis manos un libro escrito por mí. Otro día firmo un ejemplar, sonriendo sin poder controlar mi sonrisa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y hace nada más que un mes, un nuevo encuentro de mosqueteros, al pie de las paredes de una Barcelona que, a veces, no sé hacer del todo mía. Mis dos amigos, otra vez mano a mano, fabricando a pulso el milagro de encontrarnos, viniendo de tres lugares tan distantes en el mundo que duelen de solo pensarlo. Un río de palabras, y ese umbral a partir del cual, refrendar la amistad con palabras es tan vano que no hace falta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Finalmente, un día cualquiera, me pongo al teclado para reflexionar sobre el final de este camino: cumplo treinta y nueve años, y me quedan trescientos sesenta y cinco días, quinientos veinticinco mil seiscientos minutos para morir en paz con mi alma, y renacer a esa vida prometida que comienza a los cuarenta libre de cargas. Repaso mi lista de heridas, y una vez más, demasiado tarde, pero a tiempo, me doy cuenta de que no tengo nada que sanar, de que ni uno solo de los veintiún millones de minutos vividos fue desperdiciado, de que todas y cada una de las miserias y las penas que soporté valieron la pena para llegar aquí, para ver crecer a mis hijos, para tener una mesa donde escribir, palabras que decir y un corazón que, resignado, se prepara para latir sin parar durante, al menos, otros treinta millones de minutos. Mi vida, la que me gusta vivir, no ha hecho más que empezar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Hoy no tengo ganas de escribir</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Mar 2012 10:07:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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		<category><![CDATA[argentina]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Y ese recorrido por las teclas insomnes me devuelve, momentáneamente y sin piedad, a todas las palabras derramadas durante los últimos años, a las que no conseguí derramar, a las que se me atragantan sin descanso todos los días, al principio y al final de la conciencia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1212"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces sucede.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tengo veintiséis años otra vez. Estoy sentado nuevamente en un avión, y una chica desconocida, a mi lado, tiembla de miedo. Contemplo, por primera vez, Barcelona. Desde el aire, un sol adolescente de mayo la pinta de colores caprichosos de atardecer. Sus edificios sueltan brillos sin estridencia. Los rebotes del mar cuentan historias crípticas, indescifrables.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El avión toma tierra, con un quejido de doscientas cincuenta toneladas de acero, plástico y carne humana impactando contra el cemento. Ya llegamos, y un insomnio absurdo y sonámbulo de más de veinte horas toca a su fin, solamente para saber que mi equipaje se perdió, y mi nueva vida acaba de empezar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Llegué atesorando un puñadito de ilusiones íntimas y pensamientos nobles. Aplastado por los desengaños habituales de mi Argentina herida, y hablando de <em>estabilidad, seguridad y futuro</em>, seducido por el paraguas protector, económico y moral de la Unión Europea, por la <em>europrosperidad</em>, por el pleno empleo, por la promesa irrenunciable de un futuro plácido para los hijos que, algún día, deseaba tener.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces voy sentado en un tren. Por las ventanillas, muros cubiertos de <em>graffitis</em> se deslizan hacia atrás, hacia Argentina, hacia mi pasado, hacia el tercer mundo. En ese momento no alcanzo a comprender que la única diferencia palpable es el aire acondicionado en el vagón, el confort de la población, los fondos europeos que tapizan los asientos, la ausencia de mendicidad, la falta de vendedores ambulantes proponiendo algo infaltable en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, el silencio de los raíles bajo la circulación perfecta de las ruedas de un tren moderno, impecable.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Vuelvo al presente y peso quince quilos más, tengo veinte sueños menos, y como soy profundamente ateo, doy gracias a la suerte o a la casualidad por tener trabajo. Me instalo a escribir en mi balcón, abro un paquete de tabaco de cuatro euros con diez, e instalo a mi derecha las montañas, borrachas de una bruma ligera que el sol de la mañana aún no consiguió disipar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces sucede otra vez.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tengo treinta y un años nuevamente, y por la ventana de un hospital intento entender que pasó con las lágrimas de emoción que siempre supe que iba a llorar en este preciso instante, y que, sin embargo, no acudieron a la cita. Tengo en brazos a mi primer hijo, y lo miro desconcertado. En lugar del bebé rollizo, sonrosado y de ocho quilos que prometían las películas, tengo uno flaquito, de tres quilos y poco, con la cabeza apepinada y que parece que se me va a romper en las manos. Agita los pequeños puños y berrea. Me llena de ternura, lo adoro, y siento pánico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y ahora tengo treinta y tres. Otra vez un hospital, un pasillo sin ventanas, y una enfermera me pone en brazos al segundo. Pesa parecido al primero. Tiene una manchita en la nariz. Tiene las uñas de papel encerado. Tiene los párpados rojizos. También lo adoro. Ya no siento miedo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El cursor parpadea, mientras deposito a un lado del teclado un vaso de té, y al otro un cenicero repleto de colillas. A mi alrededor, las infinitas variantes del silencio lastiman en aire, patrullan el barrio como mastines enardecidos por el olor de la sangre. El paisaje es el mismo, pero el país es otro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y vuelve a pasar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tengo treinta y seis años, y por primera vez en mi vida me quedo sin trabajo. Recorro esperanzado las salas de espera, una tras otra, donde siempre hay alguien con corbata que me mira de arriba abajo, estudiándome, y que termina por entender que, por la misma plata, en las condiciones actuales de mercado, puede conseguir algo mejor. O tal vez lo mismo pero por menos plata. O aún mejor, quizás puede hacer que los que ya están trabajen más duro para no perder el empleo, y entonces ahorrarse un sueldo y un número impar de problemas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los días pasan uno tras otro, y la inactividad que me corroe me convoca nuevamente, después de diez años, al papel en blanco: vuelvo a escribir. Lleno páginas y páginas de ideas, de historias, de alegrías y lamentos, de tristezas explosivas y un miedo que a menudo las resume. Recupero de mi abismo personal al ser humano que tendría que haber sido, el escritor, el de los sueños, el de las ideas, el de las palabras. El ser humano que, al final, no fue.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Vuelvo a hoy, y en unos días cumpliré treinta y nueve. Treinta y todos, como dice mi amigo Emilio. Son treinta y nueve que pesan como cien, como dos mil, como la historia de la palabra escrita, como el silencio que hay ahí fuera.</p>
<p>Ahora vivo en un país que se desangra, devuelto violentamente al lugar que ocupa, cuando el agujero sin fin de la banca se fuma los euromillones como si fuesen chinitas de porros magros y egoístas. Las razones originales por las que vine a vivir aquí han muerto, una a una, a manos del cinismo. Los eurolíderes quieren hacernos creer que se trata de simple incompetencia de otros, de los que gobernaron ayer y de los que van a gobernar mañana. La verdad es mucho más simple y mucho más cruel: cuando sobra el dinero queda bien ocuparse de los pobres. Cuando el dinero falta, que cada perro se chupe su propia pija, al son del grito de guerra más mentado: <em>hijoputa el último</em>. Descubro, tarde, que siempre, en esta vida, es un error posponer los sueños en función de la practicidad: ya no estoy a tiempo de conseguir vivir de lo que escribo, ese tren pasó a los veinte años, y, como diría Jaime Roos, <em>nadie me dijo nada</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hoy no tengo ganas de escribir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces, apenas intuyendo el amanecer incipiente detrás de las ventanas, escucho las voces de mis hijos en el living. Me levanto, en calzoncillos, y los encuentro frente a frente, sentados a la mesita ratona, con mi caja de fichas esparcidas sobre el fieltro verde, reinventando las reglas del póker y apostando euros de mentira, entre risas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Les preparo el desayuno.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Vuelvo a mi pantalla, y continúo sin ganas de escribir, pero las cicatrices imperceptibles de mi teclado, después de cientos de miles de pulsaciones que formaron mis palabras, me susurran al oído que mis ganas dejaron de importar hace mucho tiempo, que no es cuestión de inspiración, sino de la salvación de mi alma. No puedo permitirme no tener ganas de escribir. Es mi deber. Hace falta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Yanquetruz</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Feb 2012 23:36:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><span id="more-1208"></span>No era que fuésemos pobres, nada más lejos de la realidad. Pero no es menos cierto que había que pensarlo dos veces al hacer la compra, y que el arroz formaba parte importante del menú del hogar, así que crecimos valorando el trabajo como un fin en sí mismo, como una cultura de esfuerzo que tiene su premio en la honradez, y en la satisfacción personal de saber que uno se ha ganado todo lo que tiene, y parte de lo que no tiene, que indefectiblemente ha quedado en manos de empresarios inescrupulosos y conspiradores a sueldo que aún no han entendido que el capitalismo <em>está básicamente mal</em>.</p>
<p>Así las cosas, cuando tenía quince años, borracho de ideas nobles y enamorado del todo lo que podía imprimirse en un papel, conseguí que mi padre hablara con un conocido, que me dio trabajo en una librería de la calle Corrientes. Era un empresario despiadado, grosero y vulgar, que vendía libros profanándolos como si fuesen tomates o zapatillas de deporte, y al que le daba lo mismo la letra que la sangre, mientras le pagasen su <em>mercancía</em>. Tenía una librería enorme, de dos plantas, en Corrientes y Suipacha, en cuyo salón alcancé por primera vez en mi vida un estado <em>nirvanáceo</em> casi absoluto, rodeado de miles de volúmenes, cientos de miles de páginas impresas, millones de letras moldeadas con tinta sobre papeles de calidades diversas. En mi primer día de trabajo en la librería, pensé que no podía ser más feliz. Y encima me pagaban.</p>
<p>A los tres meses de sudar la gota gorda moviendo libros del sótano a la segunda planta y viceversa, desengañado una vez que comprendí que mientras tuviese quince años, cara de nena y voz de pito el avaro dueño de la librería nunca me iba a dejar vender en salón (que era lo que yo quería, aconsejar a lectores y ayudarlos a elegir bien), sino que se aprovechaba de un pendejo barato para que hiciera lo que nadie más quería hacer, y desencantado por el derrumbe de mi paraíso privado de letras efímeras en viejos libracos cubiertos de polvo, empezaba a perder la fe, mientras intentaba perder el tiempo para recuperar el aliento entre viaje y viaje al sótano infame donde las polillas almorzaban con las obras completas de ilustres olvidados, y el polvo se colaba entre las páginas, la ropa y la memoria.</p>
<p>Entonces, una tarde cualquiera, aburrido, mientras charlaba por lo bajito con un compañero al que sí le dejaban vender, pero que no sabía apreciar la suerte que tenía, apareció Yanquetruz. Estábamos apoyados contra una de las mesas de exposición de novedades, comentando la cercanía de las elecciones generales que finalmente llevarían a Menem al poder en 1989, cuando contra la claridad que reverberaba la puerta de calle se recortó la figura totémica de un gordo inverosímil. Caminó por el pasillo central hacia nosotros, y entonces pude verlo mejor. Tenía una edad indefinida entre los cincuenta y los sesenta años, y pesaba por lo menos ciento treinta kilos. Vestía unos pantalones de dril manchados de lo que parecía mierda de paloma, pintura y tuco con cebolla, una camisa grande como una sábana, color remolacha y con rayas blancas que envolvía su panza innoble, también recorrida en toda su geografía por rastros de pinceles, restos de comidas picantes y sospecho que algunas sustancias alucinógenas, y llevaba el pelo y la barba bastante largos, de color rojizo, ya encanecidos ambos. Pero el detalle que me desconcertó por completo, descolocándome del todo, fue que para evitar que el pelo le tapase la cara, utilizaba una bombacha común de mujer. No lencería erótica ni nada parecido, sino una simple bombacha de diario, negra, decorada con diminutas florcitas lilas. El elástico destinado a la cintura ceñía su frente, y por el orificio destinado a cada una de las piernas asomaba un mechón de pelo sucio, quebradizo y revuelto. Se acercó a nosotros sin dudarlo.</p>
<p>–       Soy Yanquetruz – dijo, como esperando que una revelación seráfica nos indicara qué hacer a continuación. – ¿Está el dueño?</p>
<p>Pronunció la palabra <em>dueño</em> con cierto desprecio, como si la sola idea de la propiedad privada le resultase irritante de manera manifiesta. Mi compañero y yo nos miramos con sorna y desconcierto, preguntándonos silenciosamente por qué razón teníamos que conocer de antemano la existencia de tal personaje, y la oscura razón de su presencia allí. Le indicamos el camino a la planta noble del local, y lo observamos subir con pisadas de elefante asmático, refunfuñando quejas ininteligibles que quedaban atrapadas en su barba enmarañada mientras ascendía lentamente. No parecía conocer la prisa, y su sola presencia hacía que el aire se arremolinase a su alrededor, como si todo él fuese un polo de gravedad indiscutible.</p>
<p>Cuando llevábamos unos minutos de cavilaciones teóricas sobre los motivos de su presencia imposible, escuchamos su voz de barítono arropada por sus pasos densos emprendiendo la bajada junto al propietario de la librería. Resultó ser pintor de carteles, y durante las tres semanas siguientes se dedicó a redecorar las vitrinas del local, porque hablamos de una época en la que la sola mención del plástico se consideraba todavía una grosería, y era necesario pintar las letras a mano, con pinceles de verdad.</p>
<p>Fueron las mejores tres semanas de los escasos meses durante los que trabajé para ese miserable. Cada vez que podía me escapaba para verlo pintar. Mientras dibujaba primorosamente las letras de la vidriera, midiendo espacios, rellenando agujeritos y mintiendo al revés, desde dentro, para que se viese desde fuera, Yanquetruz conversaba conmigo de literatura y política, de filosofía y de arte, de tetas y culos y chistes verdes. Me contó historias de lugares ignotos y tiempos remotos, me mintió con descaro, mientras yo me dejaba mentir por el puro placer de creerle, sabiendo que mentía, pero disfrutando de su voz mitológica, de su riqueza de lenguaje, de su pasado fantasma y de su carisma indiscutible.</p>
<p>No se quitó la bombacha de la cabeza ni una sola vez, y sospecho que tampoco se lavó el pelo, aunque ni entonces ni ahora me importó demasiado su higiene personal. Cuando terminó de pintar los carteles, recogió sus bártulos de pintor atolondrado, la frontera infinita de su panza transatlántica, los alambres rebeldes de su barba soviética y los chirimbolos y trapitos imposibles en los que limpiaba los pinceles cuando no encontraba espacio libre en los pantalones, y se fue por donde había venido, sin dejar señas ni ninguna pista para retomar nuestra asimétrica amistad. Lo perdí de vista.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En 1993, mi amigo Pablo era un aventajado estudiante de Filosofía, y yo era un charlatán seductor y un poco rufián, que escribía para mí mismo y para encantar serpientes con susurros ofidios, con palabras dulces, con intenciones procaces y con vocación verdadera. Solía esperarlo, a él y a un tercer mosquetero que también se llamaba Pablo, en el bar de la Facultad de Filosofía y Letras, en la calle Puán. Me sentaba en el bar y era una verdadera delicia degustar una cerveza, mientras hojeaba un libro y, distraídamente, censaba el tránsito constante de la nutrida representación femenina que honraba con su presencia las carreras de humanidades, que de tan exquisita bastaba para recuperar la fe en el género humano. Una tarde cualquiera, de esas en las que la cerveza no está muy fría y no hay demasiada gente en el bar, una intuición repentina atrajo mi atención hacia la puerta: ahí estaba, mastodóntico, monumental, con su melena rojiza y su barba puntiaguda, con sus anteojitos redondos, dorados, que enmarcaban su mirada azul y negra.</p>
<p>Yanquetruz.</p>
<p>Alucinado una vez más por lo inverosímil de su presencia física, por el aura de mugre augusta que lo rodeaba y por la certeza ineludible de que tenía que existir una razón para que volviésemos a encontrarnos, me apresuré a llamarlo con señas elocuentes. Me reconoció al instante, a pesar de que para entonces yo tenía casi veinte años, y el pelo me llegaba ya a la cintura. Nos regalamos el estruendo de un abrazo fabuloso en medio del bar, ajenos a la sorpresa de los demás, y se sentó en mi mesa. Por esa época yo corregía las pruebas de mi malograda primera novela, con la intención de enviarla a un concurso de poca monta que, dicho sea de paso, perdí estrepitosamente y sin ningún pudor. Comentamos la jugada como viejos amigos reencontrados, a pesar de que difícilmente podía imaginarse una amistad de igual a igual entre personajes tan dispares. Yo era flaco hasta el extremo, con una melena lacia, color castaño claro que, en esos días, era la envidia de muchas mujeres, y usaba siempre un sombrero tanguero, de ala corta, porque estaba convencido de que reforzaba el poder gris y verde de mi mirada y de los sueños que ocultaba. Él era grotesco, enorme y ruidoso, y traía consigo un terremoto instantáneo, invocado por la amplitud de sus pulmones cetáceos y los rastros de nicotina que podían adivinarse en su barba.</p>
<p>En seguida llegaron los dos Pablos, y resultó que uno de ellos también conocía a Yanquetruz, a la sazón vecino de la zona de la Facultad, y merodeador asiduo de sus pasillos, su cultura y su conocimiento. Tras un par de horas de charla animada, nos prometió invitarnos a su casa a cenar, y nos despedimos en un estrépito de abrazos y juramentos vanos de amistad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tan solo un par de meses después, nos recibió a los tres amigos en su casa. Era una noche de primavera tímida, despejada y tan bonaerense que daba la sensación de que en cualquier esquina te podías cruzar con Homero Manzi, o con el mismísimo Irineo Leguizamo. Teníamos la dirección apuntada con letras apresuradas en un papelito arrancado, o tal vez en una servilleta de bar. Deambulamos por las calles empedradas hasta localizar la puerta. Era una pensión desvencijada y maloliente, una pocilga inhumana, y sin embargo enorme, en la que despojos sociales de la más variada condición compartían penurias arrastrando los pies por los pasillos, deambulando como espectros resucitados contra su voluntad, a pesar de sí mismos. No sé cuántas habitaciones tendría, pero la recuerdo enorme, inabarcable y, sobre todo, demasiado habitada. Yanquetruz nos recibió alegre, orgulloso de su pobreza y de su humildad, mientras cocinaba para nosotros un sancocho guisado en una cocina compartida, compitiendo con otros inquilinos por una hornalla, por un pedacito de mesada, por cinco minutitos más de fuego. La cocina era tan pequeña que picaba las verduras en su habitación, y luego las llevaba sobre la tabla, por los pasillos, hasta la olla que hervía en un <em>chup-chup</em> sordo, en la penumbra de cuarenta voltios de lamparita transparente que, al menos, disimulaba la mugre ancestral de los azulejos. Nos acomodamos como buenamente pudimos, los cuatro, en su habitación, apartando pilas de libros, papeles, lienzos, instrumentos musicales, cajas de cartón y otro montón de pertenencias inclasificables, para disfrutar en platos dispares y con cubiertos cada uno de su padre y de su madre, de un guiso exquisito cuya principal virtud era que había sido hecho con amor. Charlamos a gritos, sirviéndonos vino de una damajuana peleona, y sosteniendo los platos sobre las rodillas.</p>
<p>Después nos invitó a subir a la terraza, y entonces todo cambió. El ambiente sórdido de la pensión se deshizo en jirones de cielo limpio, y apenas nos veíamos las caras bajo una noche sin luna, flanqueados por luces escasas de vecinos trasnochados.</p>
<p>Yanquetruz subió con él una guitarra española, vieja, maltratada, desafinada, pero con alma de novia que todo lo perdona, y cantó para nosotros. Cantó con voz grave y clara, cantó con vino en el alma y con generosidad, una canción tras otra, todas con mensaje, todas eran canciones sobre luchar y sobre mejorar el mundo. Algunas, solamente algunas, eran simplemente poesía, y unas pocas, nada más que tristeza.</p>
<p>Solamente entonces, viendo la silueta de su pelambre descontrolada recortándose contra el resplandor de un cielo húmedo, pude advertir la profundidad de su soledad, la generosidad de su alma y su enorme carencia de afecto. Sentí profunda pena, porque por primera vez en mi vida entendí que la pobreza puede vivirse con dignidad, pero que la soledad de un alma noble es un despropósito tan grande que no tiene reparación posible.</p>
<p>Sin embargo, la juventud nos pesaba tanto que, completamente borrachos, a las cuatro de la mañana abandonamos para siempre a Yanquetruz y a su guitarra, a su bombacha en la cabeza, al ánimo nostálgico de sus canciones de protesta, y salimos los tres amigos, abrazados, rompiendo el silencio nocturno de Buenos Aires, cantando tangos a los gritos mientras caminábamos, haciendo eses, sobre los adoquines empedrados de una calle que comenzaba a humedecerse con el rocío del alba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Diciembre sin sol</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Dec 2011 10:30:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No es nuevo para nadie que la Argentina arrastra un caos congénito y vital, una herencia maldita y poderosa a la vez, que la hace única. Y esa herencia, esa marca indeleble, ese <em>no se qué</em> distintivo del que nos enorgullecemos los argentinos y del que, muchas veces, recelan los demás, no está hecho de sus llanuras interminables, ni de las Cataratas del Iguazú. No se puede encontrar en la cima del <em>Aconcagua</em>, ni en la rompiente del glaciar Perito Moreno. No es de hierba ni de tierra, no es de cuero ni de sangre, no es el viento <em>pampero</em> que arrecia, ni la <em>sudestada</em> infame que anega de mierda líquida los barrios pobres.</p>
<p>Ese <em>plus</em>, ese algo intangible y esquivo, puede encontrarse en los ojos de la gente, en las manos, en los abrazos, en los silencios, en los encuentros y, sobre todo, en las ausencias. Se puede encontrar en las miradas de las Madres de Plaza de Mayo, en las voces que aún resuenan de treinta mil almas truncadas por la infamia, pero también en la sonrisa y los dedos blanquecinos de harina del que te vende el pan, en el abrazo tembloroso de cualquier reencuentro entre amigos de verdad, en los cuerpos que se entrechocan en el caos urbanita de la calle <em>Florida</em>, en la mirada profunda con que cualquier <em>ex profesor</em> reconoce a cualquier <em>ex alumno</em>, en todos y cada uno de los domingos por la tarde, viendo fútbol en un bar cualquiera.</p>
<p><span id="more-1184"></span>La Argentina es un país de personas de carne y hueso, de rostros y voces, de piel y tacto. Es un país con demasiados muertos enterrados, pero también con muchas ganas de vivir. Es un país de gente que te mira a los ojos, hombres y mujeres que pueden y saben escuchar cuando les hablan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero, sobre todo, la Argentina es un país donde diciembre trae, indefectiblemente,  treinta y un días de sol.</p>
<p>Treinta y un días de cielos líquidos, limpios, salpicados de nubes que lo dibujan de celeste y blanco.</p>
<p>Treinta y un días de sofoco, de calores tórridos que aplastan Buenos Aires con furia, pero invitando a los porteños a desnudarse el torso, a reconocer en propia piel el sudor, a saber del otro en carne propia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y no es trivial. Supersticiosos o no, religiosos o no, practicantes de rituales que creíamos piadosos, y que están hoy prostituidos por la voracidad infame de la industria, o no, lo cierto es que no podemos – no puedo – evitar hacer balances en diciembre, pensar la vida, pensar el año que se va y el que viene, los pocos aciertos y los muchos errores, los días de tu vida que pasan, empaquetados de a trescientos sesenta y cinco, mientras lo único que aparentemente cambia es la altura de los hijos, lo incisivo de sus preguntas, el tamaño de sus manos ya no tan pequeñas, lo redondo de sus ojitos asombrados, cada vez más redondos, cada vez más asombrados.</p>
<p>Entonces me siento en mi balcón, desde donde las montañas presiden la llegada del invierno a una tierra hermosa, pero con la memoria histórica repleta de malos recuerdos, las manos enchastradas hasta los codos de sangre derramada en nombre de Dios, o en nombre del oro necesario para pagar las guerras de Dios, que viene a ser lo mismo; y enciendo uno más de tantos cigarrillos, con los dedos congelados, con el rostro que se vuelve de cristal bajo el arañazo infame y traidor de las uñas filosas de un viento helado, y contemplo los cielos encapotados de mi diciembre particular.</p>
<p>Bajo mi techo, es verdad, no falta sopa. No falta ni sopa ni amor. Pero es amargo reconocer en voz alta que me siento agradecido por tener lo que me he ganado con justicia. La sopa está tinta en sangre de una España que hoy tiene la cabeza gacha, derrotada en Europa por la consecuencia infame de su carácter latino, y en las urnas por la pereza de algunos, la cobardía de otros y el fascismo de unos cuantos. La sopa reconforta por su calor, pero tiene el sabor metálico de muchos otros platos vacíos. Mientras tanto, el amor es siempre un regalo, pero también un premio merecido a una vida vivida con honradez.</p>
<p>Mi diciembre particular trae, este año, por primera vez en los últimos once, miedo ambiental.</p>
<p>Miedo porque una vez más, la intolerancia se abandera de votos que, aunque insuficientes, le dan derecho a gobernar con la voz autoritaria de algunos, sobre el silencio de todos los demás.</p>
<p>Miedo porque la promesa del primer mundo que hace ya más de una década me trajo a estas tierras se desmorona, se despedaza, embarullada en medio de un terremoto en cámara lenta, mientras la gente pierde lo que queda del bienestar que el estado repartía cuando sobraba pan y no alcanzaban las manos para llenarse los bolsillos, y los de siempre caen de pie, y también los de siempre – los otros de siempre – sufren la falta de esperanza.</p>
<p>Miedo porque todas las mañanas me pregunto cual será la mala noticia del día.</p>
<p>Miedo porque, a pesar de todo, la anestesia social sigue en el <em>top ten</em> en la lista de los más vendidos, y hacemos entonces gala de una extrema pasividad para aceptar la desgracia y la derrota.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No puedo evitar, a pesar de ser este un otoño suave y soleado, ver mi diciembre repleto de cielos oscuros, un horizonte de nubes negras, y mucha, mucha melancolía.</p>
<p>Tampoco puedo, ni quiero evitar, el recuerdo transparente de los diciembres argentinos, con su luz particular, con su brillo. Eran otros tiempos y otras voces, pero a pesar de que también en Argentina, en su día, el balance del año que se iba era negro, a pesar de tener también la memoria manchada de sangre, a pesar de que, sin lugar a dudas, la falta de pan alrededor fue siempre allá mucho más grave, es imposible sustraerse al encanto tórrido de los cielos de diciembre, a las noches azul marino alfombradas de gargantas entonando fiesta, los pasos de pies al descubierto bailando una danza narcótica que espante los fantasmas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo que quiero decir, lo que quería decir antes de enredarme en la retórica de siempre, es que la fortuna y la memoria suelen conjurarse para mal de muchos, de este y de aquél lado del océano. Todos tenemos manchas en el expediente, y las vacas gordas se mudan de barrio cada vez que a un montón de ladrones con corbata y <em>carnet </em>les da la gana. Pero cuando llega el momento de echar cuentas, cuando la vida te sugiere una de esas pausas arbitrarias que el tiempo marca en un calendario para pensar, no es lo mismo un diciembre frío y lluvioso que un verano incipiente que te sugiere que desbordes las pasiones.</p>
<p>No es igual enfrentarte a otro año que promete ser miserable cuando estás refugiado en tu casa, comiendo algo caliente y compartiendo tu esperanza en familia, que hacerlo volcado en la calle, en una romería de vino, amigos y música gritada a las estrellas.</p>
<p>Se acaba el año, y no puedo ni quiero renunciar a la nostalgia de los diciembres soleados, de las voces recibiendo el año nuevo a grito pelado bajo un cielo interminable y generoso, danzando danzas guerreras con mucha piel al descubierto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No es, ni será nunca, ni remotamente parecido, enfrentarse al comienzo de un año difícil tapado con una manta hasta los ojos, o saltando sin camiseta, empapado de sudor, rodeado de piel y brazos y manos y labios y ojos. No es lo mismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por suerte para mí, en las manos de mi mujer y en los ojos redondos y grandotes de mis hijos, aún soy capaz de adivinar el celeste y blanco infinito de los cielos soleados de mi diciembre más auténtico. Y aunque las cosas pinten negras en esta España castigada, no renuncio a creer que, entre todos, podemos convocar un rayito de sol, pálido y genuino, para que ilumine este diciembre negro.</p>
<p>La realidad, la verdad y la crisis no son más que un punto de vista. Hay otros. Solamente hay que aprender a verlos, solamente hay que aprender a permitir que el rayo de sol convocado entre todos aporte una luz distinta, que nos permita imaginar, en la piel y en la sangre, que otro diciembre es posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Enano Cabezón III: Las nieves del tiempo platearon tu sien</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Oct 2011 08:53:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Es ya el tercer año que, pocos días antes de tu cumpleaños, me siento a pensar en vos, a escribirte, a intentar dejarte un sendero de palabras sinceras que puedan, algún día, ser el mejor regalo; el que te haga descubrir, sin artificios, algunas verdades sobre tu viejo. No hay mejor manera de dejarte saber sobre mis sentimientos, mis dudas y mis miedos, sobre mi rol de padre y mi papel de educador, sobre mi adulto pobre, sobre las lágrimas que te escondo, sobre las palabras que, como los adultos creemos que los niños <em>no entienden</em>, ahora no puedo decirte, pero te voy dejando en alguna parte, custodiadas quién sabe por qué arcano tenebroso, para que puedas recibirlas cuando tu edad sea de dos dígitos, cuando tus ojitos maravillosos ya no amenacen con desbordar tu cara, cuando tus labios encierren otra boca, una que haya cambiado los pucheros adorables que a veces te sacuden por un ansia indomable de besos lenguaraces y palabras mal dibujadas.</p>
<p><span id="more-1171"></span></p>
<p>Como te decía antes de perderme en mi retórica, en esas vueltas dialécticas que suelo dar antes de entrarle de lleno a los temas, es esta carta la tercera conversación que tenemos de hombre a hombre, entre mis palabras y tu silencio, y es hora de que vayas sabiendo algunas cosas que aún no podés saber. Quiero contarte un secreto acerca de mí, pero quiero decírtelo en voz baja, en un susurro apenas audible, en un cónclave sólo para los dos, que nadie me oiga, porque me da pánico: Soy un hombre, mi amor. Sé que a veces creés que tu papá es un héroe, que lo puede todo, que no teme ni padece, y te confieso que me gusta jugar contigo ese juego en el que mi presencia basta para garantizar que nada malo puede pasarte, pero no es verdad, mi amor. A veces, te miro jugar con tu hermano, desparramando fantasías por el salón de casa, y un miedo infame me atenaza, me atormenta y me duele físicamente. Es un miedo sin cara ni nombre, absurdo y abstracto. Un miedo que habla de no estar un día para vos, de no saber claramente cuál es el siguiente paso, de estar errando los valores que quiero enseñarte. Un miedo atroz por la certeza de la presencia física de mis defectos en ustedes dos, la inevitable repetición de mis errores, la reproducción en chiquito, otra vez, de mis fantasmas de niño. Entonces, cuando ese miedo me asalta, con todo lo hombre que soy, con todo lo fuerte que me ves, con mis treinta y ocho otoños cargados a la espalda, siento ganas de llorar. Y no sólo siento ganas de llorar, sino que necesito que seas vos quien me consuele. Necesito llorar entre tus brazos, necesito dejar que mis lágrimas dibujen caprichosamente su rastro salado sobre tu carita infantil, sobre tus hombros, tan chiquitos que parece mentira que puedan sostener tu cabeza.</p>
<p>Pero también, además de la nobleza inherente a la paternidad, la que tengo yo y seguramente cada uno de los padres de tus compañeros de clase, de tus amiguitos y de la mayoría de los niños de este mundo, tengo momentos de auténtico mal padre, mi amor. A veces caminamos por la calle, y voy pensando en mis cosas, apenas consciente del sudor limpio de tu manito infantil apretada entre mis dedos, y entonces vos necesitás compartir tu día de niño, repleto de trivialidades, haciéndolo competir con mis miserias de adulto, los problemas del trabajo, mis anhelos oscuros e inalcanzables, mi mal humor de la tarde. Y caminamos, uno junto al otro, yo con la vista perdida, pensando en mis cosas, y vos sin parar de relatar un suceso nimio, un encontronazo en el patio, una canción que habla de estrellas y de luna, un nuevo otoño que te maravilla porque solamente viste otros cuatro, una conversación con tus abuelos. Vas hablando, mientras tratás de mantener mi paso, de mirar hacia adelante y al mismo tiempo buscás mis ojos con los tuyos. Y yo camino, ignorando tu discurso con unas cuantas acotaciones vacías de <em>“¿Sí?”</em> o <em>“¿En serio?”</em>, mientras íntimamente deseo que te calles de una vez, y que me dejes pensar. Inevitablemente, por la noche recupero esos momentos, y me pregunto cuántas tardes de inocencia nos quedan, cuántos trayectos de tu parloteo simultáneo con el de tu hermano, cuántas canciones de estrellas y lunas tenemos por compartir antes de que tu Dios Padre privado y total se transforme en un hombre de carne y hueso, desmoronándose en tu universo privado hasta que seas capaz de reconstruirlo, como hice yo con el mío, después de varios años de trabajo. Y es entonces cuando me arrepiento de mi silencio y me prometo escucharte con más atención la próxima vez, sabiendo que no voy a ser capaz de hacerlo, porque los adultos, mi amor, siempre tenemos problemas <em>urgentes</em> que sepultan lo verdaderamente <em>importante</em> bajo una montaña de papeles sin sentido. Todos los adultos, hijo, somos ciegos con ojos, hundidos bajo el peso de una realidad que a veces es tan siniestra que mejor ni pensarlo, y por eso solemos perdernos los momentos mágicos de los niños, porque aunque sean mágicos, se repiten, y eso hace que pensemos que ya los veremos la próxima vez.</p>
<p>Y no quiero dejar esta carta hasta el año que viene, mi amor, sin contarte que este año – como todos – hiciste algo que, para mí, fue un poco más especial que las otras cosas especiales que hacés. Este año escuchaste <em><a href="http://www.musica.com/letras.asp?letra=809903" target="_blank">Volver</a></em>, uno de mis tangos preferidos, sobre todo desde que vivo lejos de mi hogar, y te gustó. No me preguntes por qué, no consigo explicármelo, pero <em>Volver</em> te emocionó. Elijo pensar que tu sensibilidad de niño supo captar mi emoción profunda, mi nostalgia dulce y triste, y que esas emociones te hicieron incorporar ese tango desde dentro, sentirlo y reescribirlo para vos. Entonces, no sé bien cómo, acabaste aprendiendo todo el estribillo, e interpretándolo con emoción auténtica.</p>
<p>Y escuchar, mi amor, la dulzura de tu voz de cuatro años, que hablaba seriamente y con sentimiento de <em>Volver, con la frrrrrente marrrchita, las nieves del tiempo, platearon mi sien</em>, una vez más, invocó en mi interior el milagro de la paternidad. Me hizo saber que todo mi dolor, toda mi angustia, todos mis errores, sean de la naturaleza que sean, también constituyen la esencia de tu amor filial. Supe, sin necesidad de preguntártelo, que la Argentina de mis amores que hoy tengo tan lejos tiene también un trocito de tu pecho, una gota de tu sangre, aire en tus pulmones y tu amor de niño.</p>
<p>Y parece estúpido, mi amor, pero en este momento de mi vida, cuando tanta nostalgia siento, que sea precisamente tu voz la que me traiga esos versos, me provoca una emoción que no sé explicar. Solamente quiero agradecértelo. Quiero contarte, dejarte por escrito que, sin saberlo, me devolviste un pedacito de mí que se había quedado en Argentina, me conmoviste, me dejaste ver mi propia niñez a través de tus ojazos.</p>
<p>Quiero decirte, mi amor, con palabras que no sean de papel, sino de sangre y piel, que te adoro, que no importa lo que pase en adelante, porque tu canción dulce, las palabras de Gardel en tu boca que es mía, escribieron ya de forma indeleble, para siempre, tu amor de hijo, tu empatía con mi dolor, tu capacidad de emocionarme. No importa nada más, mi amor. Ahora que, precisamente en este instante, mientras te escribo, <em>las nieves del tiempo platean mi sien</em>, es el mejor momento para decirte, de una vez y para siempre, que con errores y aciertos, con mezquindades y promesas, con todo lo que soy, mi amor de padre es indestructible y total, es tuyo y genuino, y es el refugio perfecto, al que pase lo que pase en tu vida, siempre, siempre y sin necesidad de dar ninguna explicación, vas a poder <em>Volver.</em></p>
<p align="right"><em>Feliz cumpleaños.</em></p>
<p align="right"><em>Te adora,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Papá.</em></p>
<p style="text-align: right;"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Inventario de soledad masculina</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Sep 2011 08:37:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Aún hoy, muchos años después, soy incapaz de ver llover sin revivir en mi pecho un Buenos Aires pequeñito, pero igual al de mis veinte años. Puedo sentir, justo al lado de donde mi corazón ejerce de músculo, entre sístoles y diástoles, las hojas marrón y ocre del otoño bonaerense, empapándose lentamente para amontonarse junto a las alcantarillas. Puedo ver, sin ningún esfuerzo de imaginación, los empedrados de Palermo Viejo brillando sus reflejos, lustrándose bajo la lluvia sucia de una ciudad que, aunque no lo sepa, es mía, y aún más mía cuando llueve, y mas mía cuanto más arrecia la tormenta.</p>
<p><span id="more-1149"></span>Revivo, a mi pesar, la emoción violenta de un beso profundo y lenguaraz, con alguna novia ocasional, intentando protegernos de la lluvia bajo algún portal de la avenida Santa Fé, y la tristeza eterna de los sauces de Parque Lezama. Me encarno, sin quererlo pero sin evitarlo, en las farolas de mi San Telmo tanguero y locuaz, testigos invisibles de feria, noche, pasos, bares, personas de carne y hueso, y el repiqueteo sordo de las gotas gordas, grandes, sobre el ala de fieltro de mi sombrero.</p>
<p>Finalmente, como siempre en estos casos, cuando uno, con gusto, se deja atrapar por la memoria, arribo a la Vuelta de Rocha, donde siempre me espera una verdad desnuda. Es la verdad de mi infancia boquense, de mis hermanos sucios de arena de la Plaza Malvinas, de las tardes de lluvia en las que, armados de botas de goma, Mamá nos dejaba bajar a jugar con los charcos, sin supervisión de los adultos ni consejos de seguridad ni más restricciones que volver a casa a la hora de la merienda. Y es esa verdad desnuda la que me interroga cara a cara, y me pregunta de qué está hecho mi inmenso amor por Buenos Aires.</p>
<p>Al principio me sorprendo, o tal vez me hago el sorprendido. El amor por las ciudades no puede estar hecho de otra cosa que hormigón armado y un montón de horas vividas. Pero la lluvia, cuando arrecia, cuando golpea contra las ventanas a tantos kilómetros de tu casa, es como un suero de la verdad. Bajo los ojos, enciendo otro cigarrillo y me dispongo a responder, justo debajo del Puente de La Boca, mientras dudo que esos botes maltrechos y oxidados que flotan ante mis ojos, sean realmente capaces de flotar como lo están haciendo.</p>
<p>Es cierto que Buenos Aires guarda entre sus piedras la historia aburrida de cómo me hice hombre. Sabe de los esfuerzos de mi Padre y de los litigios de amor de mis dos Madres. Sabe de mis hermanos, cerca, y de mis hermanos, lejos, cruzando el río. Buenos Aires conoce al niño que, todos los años, empezaba el primer día de escuela con el pelo engominado de <em>Lord Cheseline</em>, muerto de asco por el tacto helado de la gelatina azul, y del adolescente seguro de sí mismo que un día decidió fumar, que descubrió los porros, la cerveza rubia y las mujeres, sin importar tanto el color de piel o de pelo como el perfil redondo de sus camisetas. Buenos Aires me vio, junto a las Madres y las Abuelas, en casi todas las <em>marchas de la resistencia</em>, y sabe de mis convicciones ideológicas, de mis guerras personales y de mi odio profundo contra tantos, tantos que se llenan los bolsillos sin importar a quién le faltará un vaso de leche por su avaricia, que no vale la pena nombrarlos. Buenos Aires fue testigo, también, de mi pasión futbolera, de los festejos en el obelisco, besando la celeste y blanca con lágrimas en los ojos, de la alegría explosiva del beso histórico entre el Diez y el Pájaro, del fondo azul y oro de mis tardes de domingo, solo o con amigos, pero siempre con el estómago encogido detrás del giro errante de una pelota cualquiera.</p>
<p>Pero lo que mejor sabe Buenos Aires de mí, lo que más conoce, no es ninguna de estas cosas. No es que soy buena o mala persona, ni mis convicciones profundas, ni mi intransigencia sobre algunos temas, ni mis novias de adolescente, ni mis hermanos, ni mi niñez, ni mis tantos colegios. Lo que mejor sabe Buenos Aires de mí es con cuánta intensidad, con cuánto dolor auténtico y qué profundamente quise y quiero a mis amigos. Y por supuesto, aunque Buenos Aires se esfuerce por ignorarlo, es Barcelona la que sabe bien cuánta falta me hacen, la ausencia permanente que me habita desde hace más de una década, la necesidad innombrable de mirarte a los ojos con un cómplice, de costado, para saber en una décima de segundo lo que estamos pensando, lo que estamos sintiendo, lo que vamos a hacer.</p>
<p>Es, sin duda, Barcelona, la que conoce mi plenitud de Padre y de Esposo, la que me vio hacer una familia, y la que conoce el inventario secreto de mi soledad de Hombre, la sombra alargada de la amistad masculina, imprescindible como el agua, y tan lejos que ni siquiera las gaviotas infames del Mediterráneo son capaces de convocarla cuando hace falta.</p>
<p>Y cuando Barcelona decide llover, justo frente a mi balcón, le gusta jugar con mi nostalgia, y entonces se sienta conmigo a mi mesita de madera, se queja bajito de tanta azúcar en mi café, y repasa para mí ese inventario tan temido. Le gusta, cuando la lluvia me humedece los ojos, recordarme que puedo ser feliz como Padre y como Marido, pero que el tiempo solamente agranda el arcón donde escondo mi soledad de Hombre.</p>
<p>Allí, a salvo del polvo y de la humedad, están los amigos de mi primera infancia, con los que descubrí las fantasías soñadas a plena luz, los juegos de superhéroes y los libros de aventuras. Están las noches de sábado, quedándome a dormir en sus casas, conversando asuntos de niños en voz baja, en la oscuridad, y las llamadas de atención de los padres: <em>“¡A dormir, que es muy tarde!”</em>. Están las tardes de domingo, cuando mi madre hacía una pila de panqueques con dulce de leche, y yo me sentía orgulloso y generoso de convidar a mis amigos.</p>
<p>Después, a la misma caja, fueron a parar las primeras fiestas hasta la madrugada, los primeros desayunos de café con leche y medialunas de grasa al amanecer, intentando conjurar una borrachera feroz antes de volver a casa, el descubrimiento sorprendente de la piel femenina y las caminatas eternas, cantando tangos a gritos sobre los adoquines necios de una ciudad dormida. Guardo también, los primeros viajes al Sur Argentino, con mochilas e ilusión, y muy especialmente una noche de 1991, junto a mis dos amigos del alma, acurrucados en una tienda de campaña rota, bajo una lluvia torrencial, empapados, intentando escuchar por la radio cómo estallaba la guerra del Golfo Pérsico, sintiéndonos más cerca que nunca.</p>
<p>Pero lo que más espacio ocupa en ese cofre, el verdadero secreto que atesora, son las claves rioplatenses de la amistad masculina, del amor de hombre a hombre. Son palabras, las charlas interminables regadas con cerveza o con ginebra, los cientos, miles de horas, mano a mano, relatando penurias o escuchándolas, los abrazos, como hermanos. Es la certeza, única, de haber hecho una elección de amistad que durará para siempre, inmune al tiempo, pero que sufre la distancia. Es el recuerdo físico de cada encuentro, de las charlas de café, de los viajes, de los sueños en común.</p>
<p>Y figuran también, en ese inventario, todos los momentos en los que los necesito, y están lejos. Cuando me casé. Las dos veces que fui Padre. Cada vez que conseguí un trabajo. Cuando publiqué mis libros. Cada una de las tardes de lluvia y fútbol. Los momentos donde arrasa la nostalgia. La certeza de una vida por delante extrañando a mis amigos, y, fundamentalmente, los días en los que no pasa nada, pero simplemente me haría bien un café, una palmada en el hombro, un abrazo de oso, el amor de un amigo, de hombre a hombre.</p>
<p>Pero ahora mismo toca levantar la vista, y volver a mi balcón antes de que, sin aviso, la lluvia se detenga, y se cierre la ventana de mi nostalgia profunda. Porque aunque a veces lo perdamos de vista, aunque a veces la tristeza no nos deje ver más allá, es indiscutible que, siempre que llovió, paró.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<pubDate>Sun, 21 Aug 2011 08:48:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1104"></span>Se llamaba Juan José Laporte, pero todos le decían <em>Fausto</em>. Sus amigos más cercanos le decían <em>Fausto</em>. Su mujer, de apellidos griegos y maneras soviéticas, lo llamaba <em>Fausto</em>, y sus dos hijos lo llamaban <em>Fausto</em>. A él le resultaba irónico. Una infausta infancia, seguida de una lucha a brazo partido contra la pobreza y quizás – tan sólo quizás – la mala suerte le habían impedido dedicarse por completo a su vocación de escritor. Es verdad que había publicado tres novelas, pero ninguna había sido un éxito de crítica, y mucho menos de público. Así que, desde principios de siglo, se empleaba en el diario <em>El Observador Oriental</em>, el segundo más importante del Uruguay, corrigiendo la basura que escribían otros. Acudía allí día tras día, perseguido por el fantasma de la pobreza, adorado en silencio por su esposa taciturna, alentado por amigos escasos, amado por sus hijos, pero aún así escondiendo una tristeza profunda, la nostalgia de todas las novelas que no había escrito, el silencio añorado de muchas tardes a solas con su <em>Remington</em> maltratando el papel tac tac tac.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para certificar el cierre de la jornada, otro <em>clac</em> metálico, seco, abstracto. Retiró la ficha: 23:02. Se encasquetó el <em>Stetson</em> hasta las orejas y se enfrentó al viento frío de las noches montevideanas de invierno, caminando hacia la Avenida General Rivera. Cien metros y a la izquierda, otros cien metros, hasta la parada. Esperó nueve minutos, como todas las noches durante los últimos treinta y dos años, hasta que el ómnibus se detuvo con un resoplido de frenos de aire. Era el mismo <em>Leyland</em> de fabricación inglesa, blindado de acero y remaches a la vista. Hacía once años que CUTCSA había renovado la flota, y desde entonces, ni un solo día había tomado un coche diferente. La puerta se abrió con su soplido característico, y Fausto, cansado, se encaramó a los peldaños, quitándose el sombrero, más por educación que por superstición. El mismo chófer. El mismo guarda. Los mismos tres pasajeros de todas las noches. Hizo una inclinación imperceptible, con la cabeza descubierta, en señal de reconocimiento. Recorrió despacio la primera mitad del interior del coche, hasta el asiento del guarda. Puso en su mano dos monedas de a peso, con la vista fija en las uñas sucias del hombre, que cortó el boleto y se lo regresó, acompañado de tres vintenes. Un nuevo asentimiento tímido, silencioso, y se sentó en el mismo asiento que usaba todas las noches para volver a casa, poniéndose el sombrero, mientras intentaba reflexionar, esforzándose en no escuchar la cháchara inconsistente del chófer y el guarda, pero escuchándola con atención, a su pesar: que si Nacional, que si Peñarol, que si <em>Los Colorados</em> o <em>Los Blancos</em>. Que qué cara está la vida. Que adónde vamos a parar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-        Una semana más y se acaba, viejo – lo animó Marina, llenándole por segunda vez la taza de café negro, sin azúcar. Fausto asintió. Le gustaba tomarse el café en silencio, mientras por la ventanita de la cocina adivinaba las formas caprichosas que la escarcha del amanecer esparcía por el jardín. Esa noche había helado, como casi todas las noches de invierno. Dejó perderse su vista más allá, por el caminito de piedras que llevaba al portón de entrada. Una semana más y estaría jubilado. Entonces podría escribir todas las novelas que tenía pendientes.</p>
<p>Se preguntó a sí mismo cuántos de los empleados de <em>El Observador Oriental</em> notarían su ausencia. Se lo preguntó sin afectación ni tristeza, sin nostalgia y sin pudor. Solamente una pregunta. Sabía que no era de los que hacen muchos amigos. <em>“Pocos pero buenos”</em>, solía pensar. Sabía que no era de los que acaban la jornada laboral con una cerveza en los bares de 18 de julio, ni frecuentaba las carreras de <em>Sulkys</em> con los amigos, ni se apuntaba a los torneos de truco que se jugaban el tercer domingo de cada mes. No le importaba. Fausto prefería su cocina pequeña, humilde, con una bombilla de 40 vatios desnuda y la mano húmeda de su mujer en la penumbra, mientras tomaban un aguardiente de caña cada uno antes de irse a la cama. Prefería el silencio de su jardín de árboles frutales, el cielo limpio y claro del Montevideo de sus amores y sus cavilaciones errantes. Pero no podía dejar de preguntarse si él extrañaría el día a día del periódico. Desde luego no a Ramírez, pero Cícero Jiménez era un buen periodista, y le gustaba corregir sus artículos. Seguramente echaría de menos, también, las cortas y ocasionales charlas con Rivero, el de deportes, que aunque sabía perfectamente que Fausto no distinguía entre un <em>penal</em> que no fue y un tiro libre indirecto, insistía en comentar con el los pormenores del <em>Danubio</em>, el <em>Defensor</em> o el <em>Fénix.</em> <em>“Es que si hablamos solamente de Nacional o Peñarol, entonces los demás van a desaparecer, no creés, Fausto?”</em>. Fausto asentía en silencio, dejándole al otro decidir su posición, mientras pensaba que en su casa de Carrasco lo esperaba Marina, con la mano húmeda y un vasito de caña o <em>Grappa</em>, y su <em>Remington</em> incombustible, engrasada y lista para revelar la próxima historia inconfesable.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La semana siguiente llegó, llena de días iguales. El lunes fue como todos los lunes, con las crónicas deportivas y los artículos de opinión política que abrían la semana. El martes fue igual que el lunes, pero no se habló tanto de deportes, y, en cambio, sí de economía y de política internacional. El miércoles fue igual que el martes, pero Rivero pasó por su escritorio para recordarle que tenía razón, que <em>Nacional</em> había vencido al <em>Club Atlético Cerro </em>por dos goles, como seguramente recordaría que le había dicho la semana anterior, y Fausto le dijo que sí, que lo recordaba, y que tenía razón. El jueves estuvo lluvioso, pero por lo demás, fue igual al miércoles.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El viernes por la mañana, el café le supo a achicoria, y el <em>La Paz</em> negro y sin filtro con el que solía acompañarlo, a pasto seco quemado. Había dormido mal, atenazado por una sensación vaga en el centro del pecho. Marina, ofuscada por los resoplidos nocturnos de Fausto, se había levantado antes del amanecer, y para cuando él asomó por la puerta de la cocina, dos tazones de café negro ya humeaban sobre la mesa. A las siete menos cuarto ya estaba sentado frente a la <em>Remington</em>, sin nada que decir. La mañana se pasó, fugaz, mientras él encendía un cigarrillo tras otro y llenaba la papelera de hojas con tres o cuatro líneas mecanografiadas. Mientras tanto, contempló extasiado como un sol tímido e invernal deshacía los copos blanquecinos de escarcha sobre el césped, creyó por dos veces adivinar el graznido hambriento de las gaviotas sobrevolando el islote de Playa Carrasco, aún sabiendo que era muy improbable en pleno julio, invirtió varios pares de minutos en contemplar los jugueteos de <em>Brancia </em>y <em>Canela</em>, cachorras, revolcándose por el pasto, y acompañó mentalmente la rutina matinal de Marina, que hizo las camas, redistribuyó el polvo del porche en un simulacro de barrido que ejecutaba cada dos días, pasó el trapo por el suelo del baño, alimentó a las gallinas, regresando con dos huevos cubiertos de caca seca y polvo, alimentó a las perras, cortó un limón para el mediodía y tres hojas de laurel, repasó el estanque de las tortugas y después, satisfecha, se preparó un mate que cebó una y otra vez, sola, sentada bajo el alero del porche a pesar del frío, porque había sol, y le gustaba el porche cuando había sol. Cuando se acabó el mate, lo remató con una medidita de <em>Grappa</em> marca <em>Ancap</em>.</p>
<p>A eso de las doce y cuarto almorzaron arroz con trocitos de ternera, cocido con sal y las hojitas de laurel que había cortado Marina. Comieron en silencio, como tantas otras veces. Después, Fausto hizo su siesta de quince minutos, se enfundó la gabardina y el sombrero con la sensación extraña de estar condenado a muerte, besó a su mujer en un lugar indefinido entre la nariz y el labio superior, y perezoso, se encaminó hacia las oficinas de <em>El Observador Oriental</em> para cumplir con su último día de trabajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ramírez lo observó fichar, esperando su turno para asentir con la cabeza. Fausto se detuvo un segundo más de lo habitual, para regodearse en el sonido mecánico del reloj mientras introducía la ficha. La miró con atención: 14:02, igual o muy parecido a todos los días durante los últimos treinta y dos años. Dejó la ficha en el fichero que colgaba de la pared, y recién entonces ejecutó el saludo ritual para el conserje.</p>
<p>Sobre su mesa de trabajo lo esperaban tres artículos mecanografiados. Evidentemente, el resto del trabajo se lo habrían dado ya a los nuevos correctores. Al sentarse, por primera vez en sus tres décadas en el periódico, se le ocurrió comparar su mesa con las de sus compañeros. Era una mesa de madera barata, barnizada sin amor por un carpintero sin oficio. Sobre ella no había nada. Ni fotos de familiares, ni papeles desordenados. Ni siquiera una estampita religiosa. Nada. Solamente una fina capa de polvo mostraba herida el rastro que habían dejado los tres artículos al aterrizar sobre su superficie. Pensó en la mesa de Fazio, con las fotos de sus hijas – dos gemelas bastante feas – y su mujer, una pila de diarios viejos y, enmarcado para sobremesa, el primer artículo que había publicado en <em>El Observador Oriental</em>. Montalbán tenía muchos papeles y carpetas, también fotos de su esposa y su perro y un rosario con cuentas de madera de cedro. Rivero tenía fotos de un montón de tipos en pantalón corto posando detrás de una pelota, con varias firmas en tinta azul, y un marco de plata con la foto de su madre.</p>
<p>Fausto no tenía nada.</p>
<p>Pero no le importó, ni se sintió diferente. Simplemente no tenía nada porque los objetos que no eran de trabajo le molestaban sobre la mesa.</p>
<p>Estudió durante un rato a Jacopo, que transportaba los tipos de plomo con pinzas metálicas, componiendo cada una de las páginas del periódico para su impresión. Le fascinaba la velocidad asombrosa del italiano manipulando las piezas, y su facilidad para leer en espejo y con el texto cabeza abajo. Usaba unas lentes gruesas, y sobre su bigote cano siempre humeaba un <em>Nevada</em>. Luego, sonrió sin amargura y se dispuso a corregir los artículos.</p>
<p>A las 22:45 hacía ya varias horas que esperaba con los codos apoyados sobre la mesa. Había terminado su trabajo, y esperaba el fin de la jornada para irse a casa por última vez, cuando Rivero, Jacopo, Fazio, Martínez y algunos más se acercaron con una botella de <em>Old Smuggler</em> recién abierta y varios vasos.</p>
<p>-        Hielo no hay, Fausto, pero no te vas sin brindar con los amigos – dijo Rivero. Fausto se sintió íntimamente agradecido, pero en cambio solamente sonrió con una mueca ligeramente torcida.</p>
<p>-        Para mí un dedo, nomás, que si no me mareo en el ómnibus. – Mentía, pero no quería llegar a casa oliendo a <em>whisky</em>. No lo había hecho en treinta y dos años, y no lo iba a hacer el último día.</p>
<p>Rivero le sirvió bastante más de un dedo. Dos dedos y medio, quizás. Fausto se levantó de su mesa, y fue al lavabo con el vaso en la mano. Una vez allí, volcó un poco de <em>whisky</em> en la pileta, y rellenó el vaso con un chorrito de agua. Regresó, y se sintió ligeramente triste al comprobar que sus compañeros charlaban entre ellos, como si se celebrase su partida en lugar de lamentarla, como si fuera un alivio, después de tantos años, que dejase de acudir diariamente a la redacción. Finalmente, Rivero lo vio, por el rabillo del ojo, parado a un costadito, como tratando de no molestar.</p>
<p>-        ¡Bueno, che, un brindis por el amigo Fausto! – dijo, en voz muy alta, para imponerse al murmullo general &#8211; ¡Que nos deja después de un montón de años!</p>
<p>Todos levantaron el vaso. Fausto lo hizo también, sintiéndose agradecido hacia Rivero.</p>
<p>-        ¡Que hable! ¡Que hable! – varias voces se elevaban sobre el estallido suave de los aplausos y el tintineo de los vasos.</p>
<p>-        No, no… &#8211; murmuró Fausto, pero era tarde. Rivero le daba unas palmaditas en la espalda, y todos hacían silencio para oírlo hablar. Carraspeó, y repasó la concurrencia con la mirada fija a la altura del pecho de los demás. No eran ni diez. Podía hacerlo, se dijo. Se aclaró la garganta una vez más.</p>
<p>-        Este… Gracias. Muchas gracias – un silencio inesperado lo inmovilizó. Retrocedió un paso, dio un sorbito al vaso de <em>whisky</em>, y entonces notó que la emoción le trepaba el pecho, así que apuró el resto del vaso, para disimular las lágrimas -. Muchas gracias, de verdad. Nunca los voy a olvidar, compañeros.</p>
<p>Dejó el vaso sobre su ya antigua mesa, dándose a sí mismo ligeras palmaditas en el pecho, para recuperarse del licor y de la emoción, y fue hacia el perchero. Con parsimonia, se puso por última vez la gabardina y el sombrero, siendo brutalmente consciente de que era la última vez. Respiró profundo, giró sobre sí mismo, y se acercó a sus compañeros, para darles la mano uno a uno, y agradecerles la despedida.</p>
<p>-        Esperá, Fausto, que voy con vos – dijo Rivero – Vas para Rivera, no?</p>
<p>-        Sí, sí, claro &#8211; respondió.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Salieron al frío invernal de Montevideo como dos figuras fantasmales. Fausto empotrado en las solapas alzadas de su gabardina atemporal, y Rivero, diez o quince años más joven, guiándolo con una mano en el codo izquierdo, como si fuera un abuelo necesitado de ayuda, que no lo era.</p>
<p>-        Yo me voy caminando – dijo Rivero. &#8211; ¿Por qué no te tomás el 142 en la parada siguiente, así me acompañás un par de cuadras?</p>
<p>-        No sé – dijo Fausto, receloso. Ya iban un par de minutos tarde, y temía perder el último 142, lo que le supondría volver a casa en taxi, difíciles de encontrar y mucho, muchísimo más caros.</p>
<p>-        No me seas maricón, Fausto, que es tu último día – sentenció Rivero, comenzando a caminar, y arrastrando al otro por el codo. Fausto se resignó.</p>
<p>Avanzaron despacio, atormentados por un viento gélido que subía desde el Río de la Plata, allí donde se confunde con el aire salado, proveniente del Océano Atlántico. Rivero hablaba de cualquier cosa, sin necesidad de ayuda, como siempre. Fausto solamente pensaba en llegar a casa, en la mano húmeda de Marina y en el último vasito de caña antes de irse a la cama. Doblaron a la derecha por la Avenida General Rivera, alejándose de la parada habitual en la que Fausto abordaba siempre el 142. Ciento cincuenta metros más adelante, un poste indicaba una nueva parada. Fausto se sintió extraño. En treinta y dos años, nunca había tomado el 142 en esa parada. Siempre en la anterior. Eso lo incomodaba.</p>
<p>-        Bueno, Fausto, te dejo. Fue un placer trabajar contigo. No te pierdas – Rivero lo abrazó. <em>“Los hombres no nos abrazamos</em>”, alcanzó a pensar Fausto, incómodo con el contacto físico del otro. Finalmente, le dio una palmada en el hombro, y continuó su camino por General Rivera, hacia Carrasco, en la misma dirección en la que Fausto tomaría el ómnibus.</p>
<p>Desde donde estaba, veía claramente su parada habitual, y estuvo tentado de recorrer los doscientos cincuenta metros que lo separaban de ella. Consultó el reloj. Quedaban menos de dos minutos para que llegase el ómnibus, y, si lo hacía, corría el riesgo de perderlo, por primera vez en treinta y dos años. Suspiró, resignado, y se dispuso a esperar. En seguida divisó la mole de acero gris, con el número 142 levemente iluminado en su pequeña marquesina. El coche se detuvo en la parada anterior, en su parada habitual. A Fausto le pareció extraño, porque nadie esperaba allí, y nadie descendió – ni descendía nunca – del coche. El ómnibus permaneció allí, detenido, con las puertas cerradas. Fausto se acomodó los lentes sobre la nariz, y haciendo un pequeño esfuerzo, pudo distinguir al chófer de siempre, que consultaba su reloj de pulsera. Pudo ver al guarda, inquieto, mirando por las ventanillas.</p>
<p>No sabía qué hacer. El coche llevaba dos o tres minutos detenido. Si caminaba hacia allí, podía ser que el ómnibus arrancara, y entonces lo perdería. ¿Cuánto se tardaba en recorrer esos doscientos cincuenta metros? Calculó entre tres y cuatro minutos, a paso cansado. Y ya habían pasado casi cinco. Distinguía claramente las siluetas del chófer y el guarda, y también las de los tres pasajeros habituales de la línea, que no parecían inquietarse por la demora, permaneciendo en sus asientos de siempre.</p>
<p>Finalmente, tras casi once minutos de espera, el ómnibus se puso en marcha. Fausto, aliviado, descendió a la calzada y extendió el brazo, para que el chófer detuviese el ómnibus. Como siempre, le gustó escuchar el silbido grave de los frenos de aire, y el chasquido metálico de las puertas al accionarse. Con cuidado, se aferró del pasamanos exterior, y subió al coche.</p>
<p>-        ¡Menos mal! – exclamó el guarda, abriendo los brazos. En seguida sonrió, satisfecho. – Lo estábamos esperando en la otra parada, en la de siempre.</p>
<p>Fausto, sorprendido, solamente atinó a agradecer en voz baja, consciente de su inoportuno sonrojo.</p>
<p>-        ¿Sabe que pasa? – continuó el guarda – Es que hoy me jubilo, y me daba pena jubilarme sin despedirme de usted. Le decía aquí a mi compañero, a Juan Carlos: <em>“¿Dónde estará el señor del sombrero? Me daría mucha pena no despedirme de él.”</em> Pase, pase, que hoy no le cobro el boleto.</p>
<p>-        No, por favor, cóbreme – dijo Fausto, intentando darle las dos monedas de un peso.</p>
<p>-        De ninguna manera, no me ofenda. – El guarda fingió su ofensa, acomodando el cuerpo rechoncho al vaivén acompasado del ómnibus, ya en marcha.</p>
<p>-        Bueno, bueno, muchas gracias. Y que tenga una feliz jubilación – dijo Fausto, tendiéndole la mano.</p>
<p>El guarda se la estrechó, palmeándole el hombro con la otra, y también le agradeció y habló durante unos minutos, aún cuando Fausto ya se había sentado en el asiento de siempre, aún cuando era evidente que, mientras intentaba contener las lágrimas de emoción, pensaba más en la mano húmeda de Marina, en su vasito de caña y en el porche íntimo de su casa de Carrasco que en la jubilación del guarda.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La amistad y el mate</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Jul 2011 07:08:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Su sabor no es más agradable que su aspecto. Personalmente, un sorbo pequeño me produce arcadas instantáneas, y una enorme necesidad de vomitar. Se bebe en grupos, pasando el <em>mate</em> de mano en mano, todos de la misma bombilla, que, además de ser depositaria de los restos biológicos de todos los participantes de la rueda, quema los labios, produciendo una sensación sumamente desagradable. Es diurético, y favorece el tracto intestinal, por decirlo de manera <em>fina</em>. Vamos, que es un milagro que, cuando hay <em>mate</em>, no se peleen todos a golpes de puño por ir primeros al baño.</p>
<p><span id="more-1089"></span>En Argentina y Uruguay, sobre todo, el <em>mate</em> es mucho más que una infusión para beber en grupo. Es una seña de identidad. Todo el mundo toma <em>mate</em>. Lo toman por las calles, en casa, en la oficina, en la vida privada y en la pública. Es normal, a nadie le llama la atención ver a una persona rellenando una calabaza con un termo de agua caliente a intervalos regulares, para aspirar después por un tubo de metal, produciendo un sonido gorgoriteante, grosero y vulgar. Los Uruguayos, incluso, mucho más aficionados al <em>mate</em> en la vía pública que los Argentinos, han desarrollado la sorprendente habilidad de llevar el <em>mate</em> en la mano izquierda, y simultáneamente sostener el termo entre el bíceps y la musculatura pectoral, con el mismo brazo, de tal manera que la mano derecha queda libre para realizar operaciones mundanas, y el grupo motor del lado izquierdo superior se encarga de suministrar <em>mate</em> regular y precisamente, al ritmo necesario para el organismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>¿Uruguayo y no tomás mate?</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Desde mi más temprana adolescencia, escuché esa pregunta unas catorce millones de veces. Mi disgusto por el <em>mate</em> fue una cruz escarlata en el pecho. Me transformó en la deshonra de mi tierra oriental, y me obligó a dar explicaciones reiteradas sobre el mismo tema: <em>“Es que no tomo infusiones, a menos que sean de grano molido.”</em> Es decir, café.</p>
<p>Ser Uruguayo y no tomar <em>mate</em> es como ser Mexicano y no tomar tequila, o ser Valenciano y que no te guste la paella, o ser Chino y… lo que sea que hagan la gran mayoría de los Chinos. Es una traición a la patria, es la negación más vil de los orígenes, y motivo de condena moral por parte de la población civil. Una vez, hasta me quisieron entrevistar de un conocido matutino. <em>“Uruguayo que no toma mate vive escondido en pleno centro de Buenos Aires.”</em> Por supuesto, me negué, alegando el deseo de permanecer en el anonimato, y solamente confesar mi deficiencia congénita a mis amigos más íntimos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Contra lo que muchas de las personas que me conocen piensan, no tomar <em>mate</em> no me privó de conocerlo, de aprender sus secretos y sus rituales, de saber que los Uruguayos lo toman <em>sin palo </em>y los Argentinos lo toman <em>con palo, </em>mientras, a gritos, se acusan unos a otros de hacerlo mal; de estar presente en las rondas interminables de <em>mates</em> giratorios, ayudándolo a circular, pasándolo entre manos cercanas, entre personas agrupadas con razón o sin ella, alrededor de un fuego o de una mesa, siempre, siempre, entre amigos.</p>
<p>Y es que el <em>mate</em>, además de ser un jugo horrible, cumple una función social única. El <em>mate </em>se toma en grupo, mano a mano, boca a boca, con miradas a los ojos. El <em>mate</em> se <em>comparte</em>, sí o sí. Se hace una rueda, y el <em>cebador</em>, que no es otro que el encargado de meterle el agua, <em>ceba</em> un mate y lo pasa a la persona a la que le toca, de mano en mano. Esa persona se toma el <em>mate</em>, y entonces la bendita calabaza hace el camino inverso, para que el <em>cebador</em> vuelva a llenarla y le toque el turno al siguiente, y así hasta que se acabe el agua o el cuerpo aguante. Mientras tanto, se charla en ronda. El <em>mate</em> rueda de mano en mano, y nadie lo agradece. Pero no por mala educación, sino porque estar sentado en una rueda de <em>mate</em>, aunque, como yo, no tomes, significa ser aceptado por el grupo, quiere decir que estás <em>entre amigos</em>, que las personas en esa rueda aceptan, tácitamente, poner sus labios donde pusiste los tuyos. Estar en una rueda de <em>mate</em>, entre otras cosas, significa que esas personas te quieren y aceptan, sin necesidad de decirlo en voz alta.</p>
<p>Y cuando una de las personas de la rueda no quiere más, al aceptar el último <em>mate</em>, al devolver la calabaza a la rueda, entonces dice, por primera vez desde que comenzó el ritual, <em>“gracias”</em>. Eso significa que en la rueda siguiente ya no beberá. El <em>cebador</em> lo registra, y sin decirle nada, comienza a saltearlo en las ruedas siguientes. Pero lo que se agradece no es el <em>mate</em>, porque el <em>mate</em> es eso que se da entre amigos, y que no necesita agradecimiento, ni genera deudas. El <em>mate</em> es amor del más simple, el amor de sentarse unos junto a otros y compartir una intimidad de acero y agua caliente, de <em>yerba</em>, manos, ojos y bocas. Se dice <em>gracias</em>, simplemente para que los demás sepan que son tus amigos, aunque no haga falta.</p>
<p>A mí no me gusta el <em>mate</em>, pero adoro todo lo relacionado con su ritual, con su magia indígena, con su hermandad instantánea y fugaz, con la invitación a ser parte de algo especial que siempre trae.</p>
<p>Otra de las versiones del <em>mate</em> es entre dos, cuando encontrados en la calle por casualidad, o haciendo planes por teléfono, uno le dice al otro: <em>“¿Te venís a casa a tomar unos mates?”</em>. Mis amigos más cercanos, que saben perfectamente que no me gusta el <em>mate</em>, me han invitado miles de veces, y lo siguen haciendo. Y yo, cuando aún vivía en Buenos Aires, lo hacía también. Lo hacíamos porque esa frase, <em>“¿Te venís a casa a tomar unos mates?”</em>, significa en realidad otra cosa, y debe leerse de otra manera. Cuando alguien te invita a su casa a tomar unos <em>mates</em>, lo que en realidad está diciendo es que quiere celebrar la amistad, la letra subyacente es: <em>“No hace falta ninguna razón especial para que vengas a mi casa, ni necesitamos que haya asuntos que tratar, ni inventar ninguna excusa para vernos”</em>. Invitar a alguien a pasarse por casa a tomar unos <em>mates</em> es, definitivamente, reconocer en voz alta la seriedad de una amistad, es certificar, sin necesidad de decirlo, el amor que une a dos personas, las ganas de verse porque sí, nomás, porque se disfrutan el uno al otro.</p>
<p>Por eso hoy, que en Argentina es el día del amigo, estando tan lejos, me levanté a las siete de la mañana necesitado de <em>mate</em>. Metí en mi pantalla mi <em>yerba</em> personal de palabras, acentos, puntos y comas, y con el agua destilada de mi nostalgia profunda, <em>cebé</em> este <em>mate</em> pequeñito, lavado y mal hecho, pero <em>cebado </em>con todo el amor del que soy capaz, para meterlo en una ronda enorme que de la vuelta al mundo, y hacerlo circular entre mis amigos, que están lejos, y entre todos los que quieran sumarse a la ronda, cerca, lejos o aún más lejos, con las manos, con los ojos, con los labios.</p>
<p><em>            Gracias.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Escribir sin sentido</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Jul 2011 09:28:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>No es que no tenga nada que decir. Ni siquiera se trata de que no haya temas de los que hablar. Se trata simplemente de que hoy me siento así.</p>
<p>Podría escribir sobre las elecciones en mi Buenos Aires del alma, de la esperanza que veo en algunos de mis amigos argentinos con las alternativas que hay, o del hastío que veo en la mayoría de ellos. Podría, incluso, ensayar un análisis político, pero a la distancia, poco a poco, voy dejando de sentirme con derecho a opinar sobre la política de un país en el que hace más de once años que dejé de vivir y sufrir codo a codo con sus habitantes. Y es curioso, porque tampoco termino de sentirme con derecho a opinar sobre política española, aunque llevo once años viviendo y sufriendo codo a codo con sus habitantes. Son los altísimos costes de no ser del todo de ninguna parte.</p>
<p><span id="more-1083"></span>Podría escribir, también, sobre mis hijos. Siempre tengo cosas bellas que decir sobre ellos, sobre sus miradas mágicas, la picardía infantil que se les desborda, se les chorrea por la cara y los descubre, riéndose y jugueteando al mismo tiempo. Y cuando hablo de ellos hablo de amor, de responsabilidad y de pasión, hablo de ternura infinita, de sus manos pequeñas encontrándose con las mías, de mi corazón trastornado cuando algo les pasa, del dolor intenso que me acompaña con cada uno de sus llantos, de los mocos colgando insomnes de sus naricitas diminutas. De todo eso, pero también de la preocupación que siento cuando identifico en sus personalidades casi todos mis defectos, y la alegría que me produce reconocerles algunas de mis virtudes, mejoradas por simple ley de vida. Hablar de mis hijos es hablar de un motivo primario para mejorar como hombre, de una razón fundamental para ganarme el pan, de un secreto a voces sobre el punto más débil de mí como individuo. Hablar de mis hijos es, clara y sencillamente, hablar de amor. Pero hoy me siento especialmente retraído, y no quiero hablar de mis hijos sin hacer justicia a la maravilla luminosa de sus sonrisas.</p>
<p>Podría – por qué no – hablar de mi familia. Tengo, por suerte o por desgracia, una familia única, enredada, donde padres y madres de distintas generaciones se mezclan, se entorpecen, paren hijos como quien corta pizza, y un tropel de hermanas y hermanos repartidos por todo el globo, confundidos entre ellos, tanto que a veces unos no saben de la existencia de los otros, no son hermanos entre ellos, pero están unidos por una cadena absurda, en la que a es hermano de b, b es hermano de c y c es hermano de d. A esto se le suman, por supuesto, una auténtica maraña de tíos y primos, en primer, segundo y tercer grado, y montañas de cuñados, cuñadas, sobrinos y eso que siempre se dice y nunca se sabe bien qué quiere decir: <em>allegados</em>. Y en todo ese desorden abundan las anécdotas, los conflictos y, una vez más, y por sobre todas las cosas, el amor. Seguramente hablar de mi familia sería también bonito, pero especialmente hoy, tengo ganas de soltar palabras y nada más, sin que nadie se ofenda ni se sienta halagado, sin encontrar destinatario fijo. Palabras giratorias, sin más.</p>
<p>Indiscutiblemente podría escribir sobre la amistad. Especialmente sobre la amistad masculina, siempre a medio camino entre los golpes de puño, los abrazos de oso, las demostraciones innecesarias de virilidad y los pocos espacios ocasionalmente abiertos, casi únicos, en los cuales dos hombres podemos querernos de hombre a hombre, abrir el corazón y decirnos la verdad, lejos del fantasma autoritario que aún hoy, en pleno siglo XXI, nos convoca frecuentemente a abandonar el abrazo de un amigo, incómodos, para repetir, a coro: <em>“Sin mariconadas, eh?”</em>. Podría hablar de algunos de mis amigos más entrañables, que están lejos, muy lejos, mucho más de lo que el corazón humano es capaz de tolerar, o podría hablar de otros que están más cerca, que van despacio, pero que poco a poco van descubriendo y dejándose descubrir. Pero, insisto, hoy tampoco es día para eso, sino para jugar con el verbo, entretenernos en rozar los temas serios, pero sin entrar en ellos, escribir por escribir, por simple vicio de las manos, del cuerpo y de la voz.</p>
<p>Podría escribir – cómo no hacerlo – sobre lo mal que está el mundo, sobre las revueltas sociales que recorren Europa, no como el fantasma incorpóreo que en su día predijo Karl Marx, sino como un animal herido, una rabia ciudadana con cara y ojos, una ruptura que  &#8211; espero – sea final entre los europeos y su clase política, muda, sorda y ciega, que no se cansa de llenarse los bolsillos y anteponer la individualidad incluso a los individuos, que están perdiendo sus libertades en pos de la libertad colectiva, que no es otra cosa que la suma de la mínima expresión de la libertad individual. Podría gritar mi dolor latinoamericano, la herida que no cierra, al igual que en otras partes del globo, de ser el montón de personas que pagan con su pobreza el exceso de otros. Podría, sin ninguna duda, pensar en voz alta sobre el camino errante que parece estar tomando todo. Pero tampoco es el momento, al menos hoy.</p>
<p>Hoy quiero, nada más, y solamente, señoras y señores, contarles mi placer de escribir, mi disfrute secreto y silencioso, cada vez que una palabra nueva asoma por las esquinas de mi teclado, cada vez que un caminito caprichoso de hormigas negras ilustra mis papeles para decir cosas. Quiero rescatar, de una vez y para siempre, el solaz íntimo del verbo y la palabra, mi jugueteo errante, a veces demasiado adjetivado, el eco infame que hay en mi santuario privado, donde cada concepto y cada palabra rebota entre las paredes y mi frente, una y otra vez, antes de ser estampado en un papel virtual, tan real que a veces me asusta. Me complace, de manera individual y egoísta, solo para mí, por esta vez, recrearme en mi prosa, dejar que las palabras hagan fila y salgan como quieran, para, por una vez en la vida, escribir por escribir, por el placer del texto, por la construcción sintáctica, por la siguiente oración subordinada, sin demasiado significado, sin hablar de cosas importantes, sin mencionar a los grandes arcanos que me habitan, que me obligan a pensar en voz alta y clara.</p>
<p>Solamente escribir, sin deberle nada a nadie, solamente para mí, solamente esta vez, permitirme escribir sin sentido.</p>
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		<title>Juntos, mezclados y revueltos</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jul 2011 09:21:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y yo estaba casi sin dormir, ansioso por el fantasma mezquino de un oficial de migraciones que, víctima de un estreñimiento inoportuno o una pelea conyugal vespertina, pusiese trabas para el traspaso de mis hermanos de este lado de la tan preciada eurofrontera.</p>
<p>Y de golpe salieron. Ya no era el miedo sino una efervescencia compulsiva de manos, brazos y bocas que saludan, niños que saltan en brazos y hermanos estrepitosamente reencontrados. Si bien en esta familia de locos yo tengo hermanos que no son hermanos entre sí, y ellos a su vez tienen hermanos que no son hermanos míos, este encuentro era de los cuatro hermanos que crecimos juntos, una recreación histórica de la casa familiar, treinta años después, ahora que todos somos padres, para que nuestros hijos sean testigos de un auténtico amor de hermanos.</p>
<p><span id="more-1067"></span>Madrid amaneció a un día caluroso y de buenos presagios. Marchamos todos a casa de Dolly, una amiga de la familia, una abuela postiza que, a pesar de ser mayor – cuando se habla de damas la edad es un detalle grosero, que nos reservaremos esta vez, dada su indiscutible condición de Dama, y otros muchos méritos que la hacen acreedora de tal cortesía – hizo gala de espíritu de cuerpo y juventud de alma, nos abrió su casa madrileña de par en par, permitiéndonos invadir su regreso – ella viajaba en el mismo avión desde Buenos Aires – a gritos, lágrimas, peleas y besos ruidosos. A media mañana partimos hacia Sol, donde la acampada nos recibió con los brazos abiertos, y caminando las calles de Madrid, redescubrimos los bares de tapas, los edificios señoriales y orgullosos, las plazas rectangulares e infinitas, empedradas de malos y buenos recuerdos, y los monumentos blanquísimos desafiando la inclemencia solar con su indolente y petrificada actitud.</p>
<p>Más tarde llegó el menor de los hermanos, que no por vivir en Córdoba se iba a perder el pistoletazo de salida, así que al volante de su furgoneta rebobinó la última distancia que nos separaba, y al fin pudimos decir que – salvo mi Señor Padre -, estábamos todos.</p>
<p>Y para qué detallar de más. Dimos vueltas, hicimos asado en la terraza de Dolly, bajo un cielo estrellado y madrileño, y después partimos. Ellos hacia Córdoba, yo, sólo, hacia Barcelona. Solamente para tomar aire, recoger a mi familia, y precipitar entonces el segundo encuentro, a pleno, en Málaga y Córdoba.</p>
<p>Ahora sí, estábamos todos.</p>
<p>Y como no puede ser de otra manera entre hermanos, nos quisimos y nos peleamos, volvimos a hacer asado y a mortificarnos unos a otros con las mismas cosas que nos mortificaban de niños, pero entre el humo del tabaco, las sierras cordobesas y nuestros hijos revoloteando. Nuestros hijos, primos entre sí, se mortificaban unos a otros entre ellos, igual que lo habían hecho sus padres tres décadas antes, y al igual que nuestros padres entonces, nosotros éramos torpes para intervenir y apaciguar algunas veces, y otras, iluminados por una inspiración seráfica, los hacíamos reír y quererse entre ellos, jugar juntos y reproducirnos en chiquito, ser felices, ser hermanos, piel y piel, sonrisa y sonrisa.</p>
<p>Era como una película de Kusturica, donde un montón de adultos se desparraman en un espacio pensado para una pareja, rodeados de niños que son de todos y de perros que se disputan a dentelladas las sobras de comida. Mi Padre y mi Madre, separados hace ya veinticinco años, orgullosos responsables de una prole ruidosa y en constante estrépito, casi sin querer, casi sin darse cuenta, nos daban una vez más, a todos, el ejemplo vivo de que, a la larga, siempre el amor prevalece sobre las diferencias, y se puede seguir queriéndose con locura para toda la vida, compartiendo los hijos y los nietos, los amores gritados bajo las estrellas, los silencios de siesta y las ruedas de mate y charla que te charla. Era una dinámica imposible, en la que el ochenta por ciento del tiempo vivible de cada uno de los días que pasamos juntos se empleaba en decidir que íbamos a comer, cocinar, comer, alimentar a los niños, limpiar, hacer la sobremesa y vuelta a empezar.</p>
<p>Nos despedimos otra vez entre abrazos, besos y caos, pero solamente para dejar paso al tercer y último asalto de la maratón familiar: Barcelona, mi casa.</p>
<p>Pero el encuentro todavía guardaba en su manga mágica, tramposa y entrañable, una sorpresa más. Y es que, así como he contado más de una vez en este <em>blog</em> que a mí me tocó la extraña suerte de tener dos madres en activo a la vez – cosa que a mis hermanos no -, a mi hermano mayor le tocó la extraña suerte de tener dos padres. Por circunstancias de la vida, uno de ellos no había estado en activo durante muchos, muchos años. Y vive en Barcelona.</p>
<p>Me encontré con él y su mujer en el aeropuerto del Prat, una hora antes de que otro avión depositara a toda la parentela en suelo Catalán. Y a pesar de lo extraño de la situación, esa sensación absurda de <em>“Voy a encontrarme con el otro padre de mi hermano”</em>, una vez más, tuve que volver a aprender que el corazón humano puede con todo. De golpe y sin aviso previo, me encontré en una mesa del bar del aeropuerto, tomando un café con un señor indiscutiblemente uruguayo, del que sabía poco más que eso: el padre de mi hermano. Y me encontré descubriéndolo tan parecido a él, que tuve que ayudarme con mi <em>coca-cola</em> para poder tragarme entera la evidencia incontrastable de la biología. Y me adiviné a mí mismo deseando, antes de que ellos se encontraran, que como dos adultos que son, supiesen aceptarse, llevarse bien, y si es posible, quererse.</p>
<p>Otra vez las puertas correderas del aeropuerto escupieron la procesión interminable de hermanos y sobrinos, y Padre e Hijo se encontraron después de veinte largos años, pudieron abrazarse y empezar, allí mismo, en el aeropuerto, a aceptarse, quererse y llevarse bien. Partimos todos hacia mi casa, y hoy puedo asegurar que la única fórmula para sobrevivir catorce personas durante una semana en noventa metros cuadrados con dos baños es solamente y nada más que el amor.</p>
<p>Parecíamos estar inmersos en una ruleta infame, todo volvía a suceder igual, pero con ligeros cambios de escenario, con nuevos personajes y con un fondo distinto, pero otra vez las deliberaciones interminables para decidir el menú, los ciento setenta y dos minutos de rigor para estar listos para salir hacia cualquier parte, el calor insoportable de Barcelona y yo trabajando en mi cuartito mientras los sobrinos y los hijos corrían por ahí, peleando a gritos, jugando a risotadas y saltándose las normas de dos en dos.</p>
<p>El apogeo final de veinticinco días memorables fue el cumpleaños de mi hijo Pablo, donde además de sus amiguitos y los padres de sus amiguitos, se dieron cita: mi Padre, mi Madre – mi otra Madre estaba demasiado lejos para venir -, tres de mis hermanos, mi cuñada, mis sobrinos, el otro Padre de mi hermano y su Mujer, otro de los hermanos de mi hermano y su mujer, la hermana de mi Padre – mi tía -, y su hija – mi prima –, acompañada de marido e hija, y representando a la línea materna mía – ya que había una de mis madres ausentes – una prima, con marido e hijos, y, por supuesto, mi mujer, mis hijos y mis suegros, sorprendidos ante lo prolífico, mezclado y revuelto de mi clan.</p>
<p>Todos familia.</p>
<p>Todos bien.</p>
<p>Todos riendo.</p>
<p>Todos queriéndonos.</p>
<p>Todos aceptándonos.</p>
<p>Y entonces supe, una vez más, en la piel, el corazón y la sangre, que la familia no tiene más fronteras que la capacidad emocional de sus integrantes, que los niños siempre tienen espacio en su corazón para un abuelo más, que los abuelos siempre tienen espacio en su corazón para un nieto más, y que somos nosotros, la generación de los padres, los responsables de producir el encuentro, de hacer las cosas fáciles y, sobre todo, de permitir que los niños, los grandes y los mayores se quieran desordenadamente, como salga y como puedan, porque es la única manera de que el amor sea sincero, sin reglas, sin imposiciones, sin obligaciones. Cuando somos capaces de algo tan sencillo y tan difícil, entonces todo sale bien.</p>
<p>Y como no podía ser de otra manera, hubo un <em>finale escandalosi</em>, todos llorando a gritos en un aeropuerto más, despidiéndonos quién sabe hasta cuando, emocionados, queriéndonos a golpes y empujones, entre equipajes circenses y relojes de pulsera arañando cuellos, soltando a granel lágrimas legítimas, ignorando cuándo seremos capaces de volver a darnos un abrazo así de grande, en el que, sin importar los caprichos de la biología, la genética y la sangre, todos nosotros, y muchos más que no estaban físicamente allí, somos, indiscutiblemente, de la misma familia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 2 de Julio de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>A mis hermanos, que los quiero con locura</em></p>
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		<title>Días de Radio: una voz amiga</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jun 2011 12:29:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>La semana era un auténtico calvario. Visitar a los posibles <em>sponsors</em>, negociar una cuña de 20 segundos por cien o ciento cincuenta pesos, intentar convencerlos por argumento de ventas primero, de sonrisa después, y de llanto, súplica y artificios de magia negra, vudú y amenazas esotéricas por último. Necesitábamos cuatro patrocinadores para sostener el programa sin poner dinero de nuestros paupérrimos bolsillos. Además, mientras tanto, estudiar, trabajar y preparar el guión. Yo revisaba los diarios de la semana en busca de noticias absurdas para comentar, e inspirándome en los horóscopos errantes de los matutinos, me inventaba predicciones verídicas, supuestamente susurradas directamente a mis oídos por un Zodíaco privado, una revelación astrológica absurda y apócrifa, mentirosa, dibujada y parafraseada que ni siquiera ensayaba la pretensión de la verdad: augurábamos desgracias personales, catástrofes naturales, debacles financieras y escándalos amorosos para todo el mundo. <span id="more-1047"></span>Después, satisfechas las necesidades caprichosas de la futurología, escribía un folletín semanal en forma de radionovela, llamado <em>Perfidia</em>, cuya cortina musical era el conocido bolero. Era un culebrón infumable, irónico y pueril, en el que, para que el rosario de personajes fuese medianamente creíble, debíamos caracterizar cuatro o cinco de ellos cada uno de nosotros. Yo hacía todas las voces masculinas, y para sostener la veracidad en el cambio instantáneo de personajes, el único recurso físico que encontré para no mezclar las voces fue asignarle a cada uno de ellos un <em>set </em>de gesticulación particular, que incluía manos, boca, ojos, dedos y pies. Los amoríos triviales de un montón de frívolos se desencadenaban sobre los micrófonos avejentados de la <em>FM</em>, mientras nuestras voces variaban constantemente de timbre, y mis manos dibujaban el aire, ora trazando caminitos inciertos de peces voladores, ora decorándolo de pájaros pintados. Normalmente, y como debe ser en estos casos, terminábamos todo a último momento, y partíamos a las corridas, a bordo de un taxi, hacia la emisora, sin apenas tiempo para ensayar. En una ocasión introduje un personaje nuevo en los complejos laberintos de <em>Perfidia</em>: un anciano. Mi automatismo gestual le asignó a este anciano perverso y malvado un par de manos temblorosas, que ponía sobre el papel con el guión, vibrando al ritmo de las palabras mientras leía sus líneas. Durante el programa de esa noche, Florencia y Natalia apenas habían leído el guión, y mucho menos habían visto mi nuevo gesto. Comenzamos, como siempre, el folletín en vivo. Todo iba bien hasta que intervino el anciano. Es importante aclarar que yo tenía entonces diecinueve años, el pelo largo y lacio, casi hasta la cintura, y llevaba siempre un sombrero negro, de tango, incluso dentro del caluroso estudio de radio. Cuando imposté la voz de anciano y comencé a leer mis líneas, concentrado en el micrófono y haciendo temblar mis dos manos paralelas, Florencia y Natalia, al sufrir el visionado grotesco de mi post-adolescencia decorada con pelos y sombreros, los gestos rituales y la voz de anciano, estallaron en carcajadas explosivas en medio del episodio. Yo, primero rojo como un tomate y después conquistado por sus risas estrepitosas, me desbarranqué también. El operador del programa acudió al rescate con un tema de los <em>Ratones Paraonicos</em>, para darnos tiempo a calmarnos.</p>
<p>Un tema musical y dos anuncios después, estábamos listos para retomar. Pedimos disculpas a la audiencia y reiniciamos el episodio de <em>Perfidia</em>. Hasta tres veces, porque nuestra juventud, las ganas de divertirnos y la risa se volvían a detonar una y otra vez. Disfrutamos como locos, el programa de esa noche fue horrible, y abandonamos la emisora entre risas y empujones, siendo, más que nunca, lo que éramos por entonces: niños jugando a ser grandes.</p>
<p>Ni siquiera recuerdo cuántos episodios del programa logramos emitir (no creo que hayan sido más de diez), pero me es imposible negar que, desde entonces, quedó en mi pecho el germen de la radio, la magia modulada que comienza en cuanto se enciende la luz piloto que indica aire, el pulso acelerado de la consciencia física que te da intuir, del otro lado, muchos pares de orejas, muchos corazones escuchando palabras soltadas al viento. Como todas las cosas importantes de la vida de todas las personas, nuestra aventura de radio se construyó con ilusiones, con ganas, con algunas buenas ideas y muchas malas ideas, pero sobre todo y por encima de todo, con muchísimo amor y muchísima pasión. No tuvimos un éxito imparable, ni nos hicimos famosos, pero aprendimos que el aire puede transportar amor en frecuencia modulada. Aprendimos que la radio es una magia compartida, un motor que puede acercarnos, entre personas, la maravilla de descubrirnos unos a otros. Dicen que los ojos son las ventanas del alma, y si eso es así, entonces la voz es su sonido, su susurro secreto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Casi veinte años después, volví a pisar un estudio de radio. No fueron las puertas imponentes de los lujosos estudios de la Cadena SER, ni las oficinas alfombradas de un importante grupo multimedios. Fue, nuevamente, un estudio sucuchito, apretadito, pequeño, apretrechado con los muebles que sobraban en casa, donde un puñado de personas jóvenes – mucho más experimentados y mucho más profesionales de lo que éramos nosotros – hacen radio con el mismo espíritu: por pura pasión, por amor a las palabras y a las voces, y, fundamentalmente, porque tienen algo que decir, algo que merece ser escuchado. Fueron los estudios en la Costa del Sol desde donde <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo Mazzolini</a> emite su programa <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a></em>, de, por y para argentinos, pero con espacio en su alma noble para quien quiera acercarse, sin importar su filiación.</p>
<p>Habíamos convenido que estaría allí a las 9:30 de la mañana, porque Pablo me entrevistaría con motivo de la presentación de mi novela <em>Matalobos</em> en la ciudad de Málaga ese mismo día. Apuré un cigarrillo en la vereda, bajo el sol malicioso de junio, y toqué el timbre con el pulso alterado por la certeza de la proximidad de los micrófonos. Como tardaban en responder, volví a tocar. Entonces Pablo bajó corriendo las escaleras, me abrazó con afecto, como si me conociera desde siempre, y me soltó un argentinazo:</p>
<p><em> </em></p>
<blockquote><p><em>Boludo, estoy haciendo el programa, pasá, pasá.</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>En ese mismo instante me sentí parte, y mientras lo seguía escaleras arriba, apretando el paso para continuar la cita ineludible con sus oyentes, supe que estaba de nuevo en casa: radio hecha por seres humanos, con esfuerzo y sacrificio, para otros seres humanos que, más que la verdad, necesitan oír una voz amiga.</p>
<p>Esperé durante algunos minutos, mirando embelesado el trajín de la radio en vivo. Mauricio hablaba de deportes, hablaba de un torneo en el que en Independiente jugaba todavía la <em>Chancha Mazzoni</em>, y me transportó inmediatamente a esa época, a ese Buenos Aires, a esa sensación reconfortante de sentirse entre amigos. Entonces me tocó el turno. Me senté a una mesa oval, sin más lujos que cuatro micrófonos y cuatro pares de auriculares. Enfundé mis orejas y atendí a razones. Comenzaba la entrevista, y Pablo, mientras operaba el programa, los audios almacenados en una computadora, las entradas y salidas de aire, y a la vez me entrevistaba, me hizo sentir como nunca antes en radio: relajado, feliz, entre amigos. Hablamos de todo un poco, de esto y de lo de más allá, de mi novela y de los indignados, de las palabras y de sus significados, de lo bello y de lo bueno. Ni siquiera una sombra oscureció los mejores veintidós minutos de radio que hice en mi vida, y la calidez del ambiente me permitió recuperar instantáneamente el germen vivaz que aún habita mi pecho. Todo apareció de golpe: las noches oscuras de La Boca, las paredes desvencijadas del estudio, las voces radiadas de tres casi niños que buscaban su identidad jugando con aparatos serios, el misterio insondable de los radioescuchas por ahí, por internet, por el aire, por el mundo.</p>
<p>Entonces supe, sin necesidad de que nadie me lo dijese, dos cosas. La primera fue que, veinte años y quince mil kilómetros después, haga lo que haga y me dedique a lo que me dedique, la radio sigue siendo, por derecho y por amor, un poco mi casa. La segunda fue que, en este país repleto de inmigrados argentinos, de personas que nos necesitamos las unas a las otras para salir adelante, y de soledades criminales que, quienes escribimos, hablamos o inventamos cosas siempre queremos combatir, <a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio" target="_blank">Pablo Mazzolini</a> y su <em><a href="http://www.facebook.com/Cambalache.Radio.Argentina" target="_blank">Cambalache</a></em> tienen y regalan, sin ninguna duda y sin pedir nada a cambio, lo que todos, de una u otra manera, siempre estamos buscando: una voz amiga.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Málaga, 12 de Junio de 2011</em></p>
<blockquote>
<p style="text-align: left;"><a href="http://aprendizdebrujo.net/?attachment_id=1050" target="_blank">Para escuchar el audio de la entrevista, pinchar aquí</a></p>
</blockquote>
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		<title>Las primeras veces siempre fueron buenas</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Jun 2011 09:38:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente hombre, fue cuando me ajusté, de medio lado, un chambergo gris prestado, bajé su ala desgastada, puse un cigarrillo apagado en mis labios y me adiviné en un espejo, haciendo coincidir el borde del ala con los dos focos verdegrises que señalan el centro de mi mirada. Me gustó lo que vi, y decidí que, desde ese momento en adelante, esa sería mi imagen. Ese mismo día, aún con el sombrero y varios cigarrillos más tarde, en una mesa de café, con quien hoy es un amigo entrañable, sellamos nuestra amistad con un pacto sagrado que tiene ya veintitrés años de vigencia: me sentí hombre porque descubrí, al mismo tiempo, mi cara y el significado de la <a title="Sobre la amistad, justo antes de partir" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">amistad de hombre a hombre</a>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-1044"></span><a title="Sobre el confuso oficio de ser Hombre" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Después me sentí hombre muchas veces</a>. Me sentí hombre la primera vez que protegí a una mujer de la lluvia, cuando me enfrenté a la policía por defender cosas en las que creía, cuando dije verdades y cuando defendí mentiras por creer que así servía a una causa mayor. Me sentí hombre cuando supe con certeza, en la piel y en la sangre, que amaba a las mujeres en general, y más hombre aún cuando aprendí a amar a una en particular.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino no fue cuando me pincharon en la solapa del guardapolvo blanco una escarapela celeste y blanca, rematada en el centro por un botón celeste, ni cuando, rodeado de la solemnidad de cartón piedra del salón de actos de mi escuela, aprendí los versos sincopados del Himno Nacional, mientras la señorita Graciela Amor danzaba con sus manos de marfil sobre las teclas de un piano desafinado. Tampoco fue el dos de abril de 1982, cuando un montón de adolescentes muertos de frío, bajo el mando errante de un general borracho, tomaron por la fuerza las Islas Malvinas, ni poco más tarde, el 20 de junio de ese mismo año, cuando repitiendo palabras huecas que me habían enseñado mis maestras, prometí lealtad a la bandera, preguntándome íntimamente cómo hace un niño para serle leal a un trapo de colores.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente argentino fue cuando, a pesar de contar solamente cinco añitos, me asomé por el techo abierto de un <em>Peugeot 504</em> blanco, flanqueado por mis hermanos, para bañar mi cabecita en papeles de colores, gritando: <em>¡Argentina! ¡Argentina!</em> Habíamos ganado el mundial de 1978, y aunque mi familia era de izquierda y comprometida con la lucha contra la dictadura, nuestra inocencia infantil estaba a salvo de los horrores que tapaba ese triunfo. Me sentí argentino cantando, por los pasillos de la escuela, que veinticinco millones de argentinos ganaríamos ese mundial. Me sentí argentino viendo en blanco y negro los bigotes de Luque, los brazos abiertos del <em>matador</em> Kempes y el casquito de pelo ridículo de Daniel Pasarella. Me sentí argentino viendo a Mario Sapag imitando a Menotti, mientras repetía hasta el cansancio: <em>“No lo pongo a Pernía porque Pernía es triste”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí argentino muchas veces, con diversas emociones y grados de conciencia, pero nunca más volví a experimentar una sensación tan plena, tan claramente infantil, tan abstracta para un niño, y sin embargo tan absolutamente desbordante, enorme, motivo de orgullo y de gloria, de pasión, de emoción y de alegría. Por eso para mí, ser argentino es, sobre todo, ese sentimiento intraducible que, de cuando en cuando, nos une a todos los argentinos con cualquier excusa, pero borrachos del cual nos basta solamente una mirada para saber, sin ninguna duda, que estamos todos en el mismo bando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre no fue cuando me pusieron en brazos un bebé enrojecido, berreando y con la cabeza apepinada por el trabajo de parto. Me invadió una emoción profunda y difícil de explicar, pero en ella había más de miedo y felicidad mezclados que de paternidad. Tampoco fue algunas horas más tarde, cuando, con las manos temblorosas, intentaba despegar de su culito rosado el <em>meconio</em>, pegajoso y casi negro, sosteniéndolo por los tobillos con un miedo animal a rompérselos en pos de mi torpeza. No fue ni siquiera cuando me morí de ternura al verlo intentar mamar por primera vez, ni cuando el hospital dijo: <em>“A casa, buenas tardes”</em>, y salimos por la puerta con un bebé en brazos para el que, a pesar de haber leído concienzudamente, preguntado a nuestros padres, y habernos preocupado más allá de lo razonable, no estábamos preparados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente padre fue el día que vi a Pablo – mi hijo mayor – con sus piecitos desnudos y sus piernas flaquitas, tambaleándose de puro bebé, y su pelo rojo y lacio y sus dos ojos marrones y enormes, y sus manitos blancas, sus deditos diminutos coronados por uñas de mentira, todo él iluminado de felicidad, chorreando amor por todos lados, señalarme con el dedo e inventar, solo para mí, la palabra <em>Papá</em>. Un impacto en el pecho me dolió profundamente, y supe de una vez para siempre que él me reconocía como tal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí padre muchas veces, y a diferencia de otras cosas, es cada vez, si se puede, más gratificante que la anterior. Al menos por ahora, mientras mis hijos son aún pequeños, y la palabra <em>Papá</em> es sinónimo de héroe, Dios, guapo, listo, fuerte y admirable. En unos años, supongo, lo será de palabras menos elogiosas, pero tan auténticas como lo son éstas ahora mismo, y, espero, me harán sentir igual de padre, aunque probablemente no tan feliz. Por eso para mí, ser padre es, antes que nada, emplearse a fondo, con toda la pasión posible, en el intercambio filial, sin importar de qué se trate, sino la naturaleza del vínculo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor no fue cuando, con el pulso alterado por la emoción, abrí el paquete donde venían los libros con mi nombre en la portada. Tampoco fue el día que puse el punto y final de mi primera novela, ni la primera vez que me felicitaron sinceramente. No fue cuando, por primera vez, vino un periodista a mi casa a entrevistarme, ni cuando, orgulloso y conmovido, presenté mi libro en la biblioteca del pueblo. Ni siquiera fue cuando descubrí que mi cabeza está llena de historias, que voy por la vida narrando para mis adentros todo lo que me conmueve, me divierte o me emociona. No fue tampoco la primera vez que adiviné admiración en la lectura de alguien a quien respeto desde el punto de vista literario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La primera vez que me sentí plenamente escritor fue cuando, sentado en una vereda ventosa, bajo un porche gris que me protegía de un cielo encapotado, durante la fiesta de <em><a title="Velando armas: La Rosa, el Dragón, la Espada y la Pluma" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/04/22/velando-armas-la-rosa-el-dragon-la-espada-y-la-pluma/" target="_blank">Sant Jordi</a></em>, por primera vez miré a los ojos a un completo desconocido, le firmé un ejemplar de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> y se lo di en mano, sonriendo y agradeciéndole por apoyar a los escritores independientes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después me sentí escritor varias veces más, como cuando<a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona/" target="_blank"> me ofrecieron firmar en el libro de honor de visitantes de la biblioteca</a>, o cuando me entrevistaron por la radio. Me sentí escritor cuando, consultando el catálogo por internet, descubrí que los dos ejemplares de <em><a title="Comprar Matalobos" href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">Matalobos</a></em> de la biblioteca estaban prestados, en casas de desconocidos, siendo leídos por personas de las que no sé más que su filiación bibliotecaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces pensé en las primeras veces, en lo difícil que es identificar esos momentos cuando están sucediendo, cuando son reales, cuando su <em>ahora</em> es tan inmediato y tan fugaz que apenas nos da tiempo para intentar ser nosotros mismos y hacerlo lo mejor posible. Y pensé que es necesario aprender de esa reflexión, e intentar vivir la vida con la ternura a flor de piel, con las emociones bien dispuestas, porque en cualquier momento, detrás de cualquier esquina, dibujada con desparpajo sobre cualquier papel, nos puede asaltar de improviso la vivencia imperdible de una primera vez maravillosa, y supe también que siempre será más importante estar bien dispuesto a vivirla que preparado para reconocerla.</p>
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<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Mi bisabuela, novelera y novelada</title>
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		<pubDate>Fri, 20 May 2011 06:52:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Así, después de descartar – a mi pesar- las hipótesis más arriesgadas, como el desfile con elefantes, <em>ecuyeres, </em>tragasables y tramoyistas escupiendo llamaradas, los fuegos de artificio pintando mi nombre en letras rojas y violetas sobre un firmamento azul petróleo, y las manifestaciones pasionales de multitudes enloquecidas por la revelación profunda que algún día iba a escribir, me juraba a mí mismo, una y otra vez, que jamás sometería a las personas que me apreciasen lo suficiente como para asistir a mi presentación a un aburrimiento de tales proporciones.</p>
<p><span id="more-1029"></span>Es por eso que hoy he decidido saltarme la parte de las citas eruditas y las astutas referencias literarias, para simplemente celebrar la maravilla de haber llegado hasta aquí, de haber conseguido escribir <em>Matalobos</em>, publicarla y recibir sólo buenas cosas de quienes lo han leído. He decidido saltarme la parte en la que hablo de mi carrera de escritor, la parte en la que hablo de literatura universal, la parte en la que honro a los escritores que admiro, reconociendo sus influencias sobre mi libro, y la parte en la que hablo de <em>Matalobos</em>, que ustedes ya habrán leído o leerán, si se da la oportunidad. La parte que no puedo, ni quiero, ni sería justo saltarme, es la que habla de las razones de <em>Matalobos</em>, del enorme esfuerzo que supuso escribirlo, y de la porción de mérito que corresponde a otras personas, que no han pulsado directamente las teclas que dibujaron sus palabras, pero aún así han hecho posible que yo la escribiese, sufriendo conmigo, personaje a personaje, sílaba a sílaba, aguantándome mientras escribía, ayudándome con opiniones sinceras, o simplemente queriéndome mientras necesitaba tiempo y espacio para pensar solamente en María de las Angustias Matalobos.</p>
<p>Crecí en el contexto caótico de una familia de locos. Un puñado generoso de hermanos, tan en movimiento que aún hoy son difíciles de contar, aunque conozco perfectamente el número final: cinco, que a su vez tienen varios más, que tienen otros hermanos, totalizando nueve. Además, dos madres en activo a la vez, una comparsa inacabable de tíos y primos, y las historias rocambolescas que siempre circulan alrededor. Y como en toda familia de locos que se precie, en la mía no faltaban las historias, los rumores y los personajes pintorescos.</p>
<p>Por supuesto, yo veía todo este familión con la naturalidad cándida de los niños, sin preocuparme demasiado por las diferencias entre los parentescos sanguíneos y los que estaban hechos por el roce, por el cariño o por la simple costumbre: al final, en todos ellos subyace el amor. Entre toda esta maraña de personajes, no podía faltar el tío jovial al que todos admirábamos, la tía estricta que, durante los veranos en su casa nos hacía marcar el paso, la abuela que guisaba dulce, cantando y contando historias de abuela, con los lentes montados en la punta de la nariz, y la bisabuela casi centenaria, mujer profundamente religiosa, que se empeñaba en llamar <em>Florinda</em> a mi hermana Florencia, sabiendo perfectamente su nombre, pero negándose a pronunciarlo por considerarlo impropio de una dama, mientras la perseguía por la casa, instándola a cumplir su deber femenino de rezar varias veces al día. La misma anciana diminuta y encorvada que por las noches tórridas de las fiestas navideñas del cono sur, asaltaba la heladera, armada de una cucharita de café, para hundirla sin piedad en la mantequilla, en el dulce de leche, y en todo aquello que le gustase, sin importar el estado hepático, el orden normal entre lo dulce y lo salado, ni la mezcla estomacal resultante. La misma de la cual, mi padre, con su sentido del humor de siempre, nos relataba: <em>“La Bisa mató cuatro maridos. Por eso cuando viene en navidad yo la emborracho, a ver si alguna vez confiesa la verdad”.</em> La misma anciana que es origen y razón de mi novela. La misma que no confesó nunca, que se llevó a la tumba el secreto, junto a un puñado de rosarios y novenas rezados en voz baja, y diversos recuerdos familiares labrados en plata barata.</p>
<p>La ví cumplir noventa y cinco años, perfectamente lúcida, los ojos claros encharcados por unas cataratas sin solución, la espalda vencida por el peso de los años, la piel tan desgastada que parecía de ceniza apelmazada y papel encerado. La oí cantar sevillanas con la voz cascada por los años, durante más de una nochebuena, recuperando para nosotros su sangre andaluza, su vitalidad legendaria y su alegría de anciana, animándose incluso a levantar varios centímetros sus vestidos estampados de flores, enseñándonos las pantorrillas labradas de caminitos de arañas, que luego supe que se llamaban várices, y sus enaguas blancas, casi grises de tanto lavarlas con jabón <em>Federal</em> en el piletón del patio.</p>
<p>Los adultos disfrutaban, y los niños nos moríamos de aburrimiento, sin entender por qué razón debíamos guardar silencio mientras la vieja cantaba con lo que parecía su último aliento, apenas haciéndose oír sobre el estruendo caótico de los petardos navideños, el sonido sibilante que produce el calor húmedo en las noches de verano y los ladridos de los perros, aterrados por los estallidos, la pólvora y el olor a azufre que, en mi tierra, certifica durante la navidad la presencia casi palpable del diablo, susurrándonos al oído malas ideas para divertirnos.</p>
<p>Las navidades de mi infancia están todas pobladas de recuerdos parecidos. Calor, petardos, ladridos, noches diáfanas, alegría y l<em>a Bisa</em> de visita, molestándonos porque había que cederle una cama, persiguiéndonos para obligarnos a rezar letanías que, en el ateísmo profundo de la familia, desconocíamos por completo, golpeando la puerta del baño con la empuñadura de su bastón, horrorizada ante la sola idea de lo que podríamos estar haciendo, tanto tiempo encerrados en el baño. Por cierto, lo único que hacíamos por ese entonces era leer cómics y jugar interminables partidas de ajedrez, uno sentado en el váter, el otro en una sillita de <em>cámping</em>, y a intentar concentrarse entre los vapores de caca y los golpes feroces de <em>la Bisa</em> en la puerta del baño, invocando una decencia que, en nuestra niñez, no tenía razón de ser.</p>
<p>En 1993, con diecinueve años, me tocó llevar al hombro su ataúd, y enterrarla casi sin pena, casi como quien hace un trámite. Tengo un recuerdo vívido de sorpresa física ante el poco peso de la caja de madera, con una cruz de bronce en la tapa. No la lloré porque hasta el día de su muerte, no había hecho más que pellizcarme las mejillas y reprimirme, intentar evangelizarme y castigarme, a mí y a mis hermanos. No la lloré porque desconocía su pasado, su valentía de mujer sola, el poder andaluz de su sangre casi centenaria y los secretos que se llevó a la tumba. No la lloré porque a los diecinueve años la muerte es una idea incomprensible para la mayoría de nosotros.</p>
<p>Después pasaron algunos años, y cuando mi cabeza empezó a asentarse sobre mis hombros, me descubrí más de una vez pensando en ella con nostalgia y con cariño. Tarde, me dí cuenta de cuánto lamentaba no haber tenido con ella una oportunidad de adulto, una tarde entera para escucharla hablar, para que me contase de su Cádiz natal, de sus maridos muertos, de su alegría inquebrantable, y también de su soledad final. Tarde advertí que, si tan sólo hubiese vivido cinco o seis años más, habríamos podido encontrarnos, hablar, ser amigos, ser bisabuela y bisnieto.</p>
<p>Entonces comencé a pensar en ella, no como la ancianita encorvada que yo conocía, sino como la mujer imponente que todos en la familia decían que había sido. Lentamente, la mezcla de la frase ritual de mi padre: <em>“La Bisa mató cuatro maridos.”</em>, los testimonios de una fuerza de carácter indiscutible, y la falta de datos reales sobre ella, fueron fabricando en mi mente una mujer fabulosa, fuerte, una superviviente. Una mujer obligada a vivir su vida durante la primera mitad del siglo XX, cuando las mujeres aún estaban a medio camino entre el derecho al voto y el fregadero de la cocina. La imaginé egoísta, sensual, increíblemente atractiva, luchadora, indómita, con clase. La imaginé aventurera y más propensa a ser amada que a amar. La imaginé fuerte, enteramente andaluza, orgullosa de su origen y completamente dueña de sus silencios. Y lo que es más importante, imaginé cómo sería la vida de una mujer que, en esas condiciones, no estaba dispuesta a aceptar que nadie le dijese cómo debía vivir. Atrapada en su doble moral, y abriéndose paso en un mundo en el que, todavía, no había lugar para las mujeres como ella.</p>
<p>No me importa demasiado, a esta altura, qué parte de toda mi historia imaginada es verdad, ni qué parte es ficción. Me importa saber, íntimamente, que no hay mejor tributo a las tardes de té con galletas que no pudieron ser, a la sangre que me dio la posibilidad de vivir hoy en esta tierra, a sus raíces andaluzas y a la fantasía colectiva de mi familia, que esta novela que, aunque pueda de algún modo ensuciar su ya dudosa reputación, sin ninguna duda honra su apellido: <em>Matalobos</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>* Nota: este texto fué escrito para la presentación de la novela <em>Matalobos</em>, y fué leído por el autor durante la misma. <a href="http://www.federicofirpobodner.com/2011/05/concurrida-presentacion-de-matalobos-en-barcelona" target="_blank">Los vídeos del evento pueden verse aquí.</a></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 19 de Mayo de 2011</em></p>
<p style="text-align: right;"><em><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El 38!</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Mar 2011 07:41:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Un día, el veintisiete de marzo de mil novecientos setenta y tres, para quienes gusten de la exactitud en las referencias, decidí nacer. Y nací, nomás. O como se diría en algunos círculos no especialmente aficionados al correcto uso de la palabra, ni en su forma oral ni mucho menos en la escrita: agarré y &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/03/27/el-38/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Como decía, agarré y nací. Decidí nacer porque estaba aburrido de flotar en líquido amniótico – suponiendo que flotase y que ese líquido fuese realmente amniótico, palabra de la que me siento orgulloso de desconocer su origen y significado, aunque todos sabemos que es algo relativo a los embarazos y al líquido –, y pensaba que el mundo exterior ofrecería una alternativa mejor para un bebé dispuesto a comérselo. Al final resultó que nací <em>pa ná</em>, porque fui a dar a una cuna, rodeado de muñequitos y mirando el techo todo el día, para que de cuando en cuando apareciese algún adulto haciendo morisquetas y soltando palabras en tonos de voz melosos. Así que, aburrido del techo, agarré y crecí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y cuando crecí, me topé de frente con mis hermanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-976"></span>Mis hermanos, para quienes no lo sepan, son ésos con los que me peleé todo lo que pude y más, librando descarnadas guerras fraticidas por un botín tan exiguo como una lata de <em>bolitas</em>, un macaquito cualquiera o un par de patines. También son esos con los que lloré, hombro a hombro, la muerte de mis dos perras y de mis abuelos; esos con los que viajé una y otra vez en alíscafos destartalados, vomitando de a parejas, a vivir veranos inolvidables en las playas orientales – orientales del Uruguay, que a las orientales de oriente no las vimos ni en pintura –, y con los que disputé, centímetro cúbico a centímetro cúbico, una botella de <em>Coca-Cola</em> de litro (en vidrio, que la grosería del plástico todavía no estaba inventada), solamente algunos domingos especiales, cuando mis padres creían que sobraban dos vintenes y nos habíamos portado lo suficientemente bien como para permitir la entrada de la corrupción imperialista en nuestro santo – e intelectual de izquierda &#8211; hogar. Son esos enanos con los que compartí fantasías de papel pintado al descubrir los cómics, y los mismos con los que aprendí a pescar, a competir por cualquier cosa y a estar siempre disponible cuando el otro nos necesitaba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y crecí un poquito más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y otra vez, mis hermanos estaban ahí, cuando me hice adolescente y me compré un disfraz de <em>Che Guevara</em> y otro de <em>Tanguero Mini</em>, compuesto de tres sombreros en tonos gris, negro y marrón, y una buena media docena de chalecos de vestir. Cuando me esforzaba en tener voz de hombre y seguía teniendo voz de niño y no me salía barba. También estaban cuando me emborraché la primera vez y cuando me fumé los primeros porros, cuando tuve la primera novia, a la que, entre beso y beso, abandonaba para escaparme a ver <em>El Zorro</em>. También estaban ahí mis hermanos cuando reventó el <em>Challenger</em>, liquidando a una Solitaria Vaca Cubana, que vestida luego de pentagramas sería el emblema musical de mi adolescencia, durante la cual, por cierto, mis hermanos estaban ahí. Los que vivían en Argentina, todos los días. Los que vivían en Uruguay, como podían. Todos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces, agarré y volví a crecer.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y sorprendentemente – <em>anque</em> previsiblemente -, mis hermanos seguían ahí. Me estaba transformando en un hombre. Me gustaba el vino blanco y las fiestas ruidosas. Mis hermanos estaban ahí cuando tuve mi primer trabajo fuera de la empresa familiar. Me vieron abandonar las camisetas estampadas a manos de un traje serio y camisas planchadas los domingos por la tarde. Me vieron dejar la boina negra ladeada sobre un estante de la biblioteca, y atarme el pelo en una coleta formal. Me vieron comprar mi primer coche – un Ford Taunus color <em>Beige</em> (caca clarito, para ser sincero) del año 1983 -, y estaban ahí cuando yo empecé a creerme grande, para burlarse de mí con cariño, y quererme todavía con más cariño, a pesar de mí mismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y crecí otro poco más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me transformé en <em>Jefe de Departamento</em>, cosa que aún hoy, dieciocho años después, continúo sin saber qué significaba. Pero tenía un montón de responsabilidades, un montón de estrés y a pulso y regla me gané un montón de úlceras. Y sé que nadie sería capaz de adivinarlo, pero mis hermanos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces agarré y me cansé.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me cansé de las fiestas ruidosas y de las responsabilidades y de mí mismo. Me cansé de la Argentina que tanto amo y que tanto amaba. Me cansé de las cenas de los martes y del cine de los miércoles. Me cansé del fútbol de los domingos, de la <em>Plaza Dorrego</em>, de los empedrados de <em>Palermo</em>, que entonces no era ni <em>Hollywood </em>ni <em>Soho</em> ni nada que se le parezca, sino un barrio arbolado de calles empedradas, de las que también me cansé. Hice un concilio secreto con mis amigos del alma y les confesé mi cansancio, y entonces decidí dejar el Río de la Plata para entregarme a la seducción milenaria de la vieja Europa, y una vez más, mis hermanos estaban ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y agarré y me fui, mientras crecía otro poco, para los costados y para el hemisferio norte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Europa me recibió a tontas y a locas. Caminé Barcelona de arriba a abajo, vaciándome de lágrimas y de recuerdos que hoy, arrepentido, atesoro. Patrullé las noches del Raval, el <em>Passeig de Gràcia</em> y los trenes interminables decorados con <em>graffiti</em>. Conocí muchas personas, y aprendí a aferrarme a cualquier rastro de mi pasado sin entristecerme, a incorporarlas a mi vida y a dejarlas ir, también. Y por teléfono, por email, por señales de humo y mensajes cifrados en un cielo opuesto, mis hermanos estaban ahí, incansables, lejanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces agarré y me casé y tuve un hijo y después otro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los dos embarazos de mi mujer se quedaron en mi barriga. Las pieles tersas, los ojos enormes y asombrados y la respiración plácida de mis hijos se quedaron en mí, impregnados, mezclados con lo que había sido yo hasta entonces y con lo que jamás podría dejar de ser: su papá. Me mudé tres veces de ciudad, cambié de trabajos y estrujé a mis hijos a besos, aprovechando el poco tiempo que me queda antes de que empiecen a creer que soy un idiota, para volver a valorarme unos años después. Y mis hermanos, una vez más, estaban ahí, emborronándose, haciéndose difusos en la niebla de la distancia, pero intensos cada vez que nos veíamos. Estaban ahí, peleándose conmigo como cuando éramos niños, queriéndome con violencia, con espanto, con dulzura, con mar y aire de por medio, con hermandad de la buena.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces, de mis cinco hermanos, los dos que quedan en Argentina, agarraron y este verano vienen, familias al hombro, a visitarnos. Van a estar aquí. Vamos a recuperar el espíritu socarrón de las cenas de los martes. Vamos a querernos a gritos en medio del desorden y a alterar los horarios de las comidas y a decirnos las verdades que podamos, y perdonarnos las mentiras que no podamos. Vamos a gritar y a llorar y a reír, y por supuesto, a tocarnos las manos, a mirarnos a los ojos, a sabernos cerca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo importante es que hoy, porque me da la gana, agarro y cumplo treinta y ocho años, y sé que mi mujer va a estar ahí, mis hijos van a estar ahí, mis padres van a estar ahí, y mis hermanos, cómo no, van a estar ahí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y yo voy a estar acá, tranquilo, esperando para abrazarlos a todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<pubDate>Sun, 13 Mar 2011 09:19:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Como no podía ser de otra manera, al llegar al aeropuerto de Barcelona mi equipaje se había perdido, y lo sentí como una venganza, una reprimenda caprichosa de una vieja madre <em>ítalo-judía </em>herida, que en su dolor materno no atiende a razones: el resumen reducido a dos valijas de todo mi pasado había desaparecido. La Argentina no me permitía una huida digna, conservando todas mis piezas. Iba a costarme abandonarla sin más explicaciones que una decepción profunda, un sentimiento apático y la certeza oscura de que, tarde o temprano, la patria celeste y blanca golpea duro y sin piedad a quienes le son leales. Un día un <em>Rodrigazo</em>, otra vez un <em>Corralito</em>, y si hace falta, un <em>Efecto Tequila</em>; el país de Jorge Luis Borges, Diego Armando Maradona y Doña Tota es extremadamente creativo para ser cruel con quienes labran sus tierras, habitan sus rincones, sacrifican y devoran a sus vacas, fornican por todas partes y casi nunca duermen la siesta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-955"></span>Sin embargo, y a pesar de todo, yo me fui.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me fui <em>antes</em> del <em>Corralito, antes </em>de la crisis bestial y última, <em>antes </em>de la estampida brutal que desparramó argentinos por todo el primer mundo. Me fui abrumado por mis derrotas personales, porque no podía ya con el peso permanente en la nuca, ese que se desarrolla cuando nunca podés estar seguro del momento en el que va a llegarte el próximo golpe. Me fui escupiendo sobre mi hombro izquierdo en la puerta de salida, cansado de remar a contracorriente, desencantado del tango, el mate, el dulce de leche, el asado de los domingos, la cancha de boca, el colectivo veintinueve, los bocaditos <em>Holanda</em>, <em>Martín Karadagián</em> y la mar en coche.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me fui para no volver.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y entonces, en diciembre de 2001 explotó todo. Los pedazos saltaron por todas partes. La sangre nos salpicó a todos. Y en medio de esa ola, mi padre, después de 30 años de trabajar como una mula de sol a sol, lo perdía todo por segunda vez, a manos de la ingratitud financiera de un país dominado por usureros y despedazado por buitres, en el que no era de ningún modo buena idea intentar ser un empresario honesto.</p>
<p>Mi padre llegó a Barcelona por esos días, y en marzo de 2002 alquilamos un bar. Lo llamamos <em>Volvé que te perdono</em>. Era un tugurio pequeñito en la Barceloneta, donde besé por primera vez a la mujer que hoy es la madre de mis hijos. Tenía seis mesas, dieciséis sillas y una barra de dudosa limpieza histórica. Barcelona estaba llena de argentinos pidiendo favores. Llena de argentinos expatriados, buscando un hogar y una oportunidad mejor. Algunas veces la conseguían, como por ejemplo Karina, una amiga mía que terminó siendo mi mano derecha en la empresa donde yo trabajaba, y otras veces, muchas otras, personas que en Argentina jamás hubiesen hecho un trabajo que no fuese en su profesión, terminaban amasando pizza en una trastienda sórdida, trabajando en negro y sin papeles, soñando con una amnistía o un matrimonio que arreglase las cosas.</p>
<p>También estaba Barcelona, por ese entonces, llena de amigos. Estaba mi amigo – mi hermano – Pepe, digitando arte en sus monitores de 21 pulgadas, Carolina, Mariana, Matilde Lila, Cecilia, Diego… y muchos, muchos más. Ezeiza escupía argentinos a mayor velocidad que la pereza con la que los aceptaba de vuelta. Y yo los recibía a todos en casa, cuando podía los ayudaba a llegar, cuando no podía los invitaba a comer, al menos. Tapeábamos <em>patatas bravas</em> criticando en voz alta a la madre patria, todos de acuerdo en que la ruptura era final y absoluta: <em>no se puede confiar en ese país</em>.</p>
<p>En algún momento dejaron de llegar, y poco más tarde, comenzaron a volver. Entonces se abrió una etapa de reconciliación. Uno a uno, los amigos que compartían exilio conmigo, fueron replegando las uñas, perdonando con disimulo a la madre voraz, terrible y a la vez amante y hospitalaria, cariñosa y peligrosa, que los recibió envuelta en un manto de lágrimas celeste y blanco, les curó las heridas con una pomada mágica y les permitió tener sueños otra vez.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Argentina se recuperaba, y el resto del mundo empeoraba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para entonces, <em>Volvé que te perdono</em> era solamente un buen recuerdo. Mi padre se había trasladado a Andalucía, encontrando un camino más auténtico y más parecido a su verdadera vocación de empresario de la tinta y el papel. Los sueños de cerveza fría y <em>chivitos uruguayos </em>eran de otro momento y otras personas.</p>
<p>Y yo seguí con mi vida, contemplando con tristeza, silencio y un poco de alegría como mis amigos volvían a sus vidas rioplatenses, cómo cada vez menos argentinos llenaban los bares barceloneses durante los mundiales, con la cara pintada y las camisetas que, años después, siguen llevando el nombre de Maradona en la espalda. Comencé a ver crecer a mis hijos, al mismo ritmo que la nostalgia auténtica de los empedrados de San Telmo se deshacía en jirones, bajo el mismo cielo celeste y blanco que, habiendo protegido la partida de tantos argentinos, les otorgaba su perdón para volver.</p>
<p>Tantas palabras de dolor, tanta rabia contra la tierra primaria, tanta sangre y tanta saliva malgastadas en alimentar sordamente las razones rencorosas de la partida, fueron desapareciendo, pegadas a la piel de los que volvían, enredadas en su pelo, mezcladas con los equipajes vueltos a hacer y deshacer, anudadas en los pañuelos que siempre enjugan las despedidas y los reencuentros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y un día cualquiera, despedí al anteúltimo de mis amigos que volvía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces supe con certeza que yo no volvería nunca. No por rencor, ni rabia, ni dolor, ni tristeza. Solamente porque vivo en la tierra de mis hijos, y eso es algo que debo respetar, que no puedo cambiar, y que es mucho más grande que yo mismo.</p>
<p>Pero esa verdad no impide que lleguen a mis oídos las palabras de esperanza, cuando ahora mismo, los últimos de mis amigos que vuelven, los padres de mi ahijada, están comenzando lentamente a empaquetar sus cosas para poner fin a más de diez años de aventura ibérica, y volver a plantar la bandera de su patria familiar en el barrio de La Boca.</p>
<p>Y como un sortilegio silencioso, hace un par de noches apareció a los pies de mi cama un espectro celeste y blanco. No era una figura terrorífica, sino más bien una abuela dulce llevando un gorro frigio. Me miró durante un rato, y sonrió, con más tristeza que amargura. Se acercó despacio. Pensé que iba a besarme en la frente, pero en cambio, me susurró al oído:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p><em>- &#8220;Volvé, que te perdono.&#8221;</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y comprendí, inmediatamente, que entre la madre Argentina y yo no quedan rencores, ni heridas, ni rabia guardada. Solamente hay un espacio abierto donde lo único que podemos darnos es amor.</p>
<p>No voy a volver, pero es balsámico sentir, de manera plena y total, el alivio absoluto y la paz nueva que uno siente cuando perdona de verdad, con el corazón. <em>No vuelvo, pero yo también te perdono.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Mis palabras, mi silencio y viceversa</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Feb 2011 10:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p><strong>I. El silencio</strong></p>
<p>El silencio perpetuo, obligado, encerrado, inerte, me habla de derrota, de batallas perdidas, de amores marchitos, de miedos presentes. Trae hasta mí, desapasionado, el perfil claro del edificio donde transcurrió parte de mi infancia. Un frente de minúsculas baldosas en tonos diferentes de azul y granates oscuros, mezclados con alguna ausencia esporádica disfrazada de hormigón. Y me cuenta, como casi cada día, el caos ilegible del aeropuerto el día que dejé mi casa, un ir y venir de personas desconocidas en traje de sombra. Revive en mi pecho una sensación de anestesia, una fuga hacia adelante de lágrimas que en silencio no saben caer.</p>
<p><span id="more-927"></span>Lo dejo seguir, lo escucho, atento, vigilante. Habla de cosas que no son, pero están. Habla del dolor que ya no duele. El dolor actual, el que todavía duele, vive del lado de las palabras. Los dolores viejos, cuando pierden vigencia, cuando ya no duelen, se suman de a poco a las filas del silencio, mirándome con ojos tristes, como los perros que te siguen durante una noche de lluvia, y con esa tristeza vitrificada suman derrota a mi silencio, aportan ternura, también, y un poco de esa tranquilidad inusual que tiene el final de un episodio vital, cuando ya no puede empeorar ni mejorar; cuando hay una parte de la vida que simplemente deja de ser, por mucho que sus restos sean voluminosos y aseguren la presencia eterna de esa falta.</p>
<p>Y lejos de ser nada más que tristeza, mi silencio atesora voces amigas, palabras dichas hace mucho tiempo, tanto que es casi al inicio; pero dichas con la verdad en los labios, con amor en los dientes. Y esas palabras, convocadas contra su voluntad al silencio perpetuo en el que transcurre la memoria, dibujan rostros, encarnan piel y pelo y uñas, manos y brazos que dan y reciben, hombros que, lejos de ser para llorar, son para apoyarse durante una borrachera feroz, para asegurar una mochila y salir a recorrer mundo, para apuntalar un equilibrio deficiente durante una noche de fiesta o para colgar el abrigo cuando todos los otros soportes se esfuman mágicamente.</p>
<p>Mi silencio guarda también, para tenerlo a mano cuando lo necesite, el olor espeso, tibio y dulce de la <em>cremosa de doña espumosa</em> que mi abuela cocinaba largamente sobre un fuego de gas metano, naranja, con llamitas que lamían para siempre los fogones ennegrecidos de su cocina polvorienta. Y en el mismo sitio, sus respuestas sabias, siempre a mano: <em>“Abuela, me duele la cabeza”. </em>Un silencio, un gesto comprensivo con las cejas y un dedo índice en alto: <em>“Señal de que la tienes, hijo mío. Si no la tuvieras, no te dolería.”</em></p>
<p>Mi silencio, con una chispa en la mirada, me permite observar, cada vez que quiero, como acompañaba, tablero de ajedrez y una sillita de <em>cámping</em> en mano, a mi hermano a hacer caca, y nuestras caras concentradas, ignorando a conciencia el tufo de los vapores fecales humanos, para intentar descifrar el movimiento esquivo de un peón enemigo. Tiene también cada uno de los abrazos de mis hijos, porque cada vez que me abrazan, aunque ya lo sé, un estremecimiento profundo me asalta por sorpresa, y su ternura me deshace por dentro, dejando sólo un calorcito invencible y una razón poderosa para hacer bueno el futuro.</p>
<p><strong>II. Las palabras</strong></p>
<p>Mis palabras, en cambio, son el presente rabioso, la guerra que no acaba, el hambre perpetuo que te obliga a seguir buscando, la furia incansable que no cede al silencio. Están todo el tiempo, gobernando mi corriente de pensamiento, llenándolo de juegos absurdos, de peces en movimiento, de siluetas armónicas y púas sibilantes. Mis palabras se encargan de poblar el momento, de pintar con cuidado las líneas de ida y vuelta, los contornos sinuosos de lo que va sucediendo. Saben relatar la risa de mis hijos y los recuerdos de mis padres.</p>
<p>Y sin proponérselo, constantemente me someten a la tiranía escrupulosa de intentar sostener con hechos lo que digo, de proponerme cumplir con lo que prometo, de trabajar para ser la persona que digo ser.</p>
<p>Mis palabras juegan juegos, también. Hablan de mis ganas de jugar, de la tenacidad con que trabajo para rescatar de mi memoria los hechos que me construyeron, mi pasado menos poético, menos ejemplar, menos heroico, menos memorable. Hay en mis palabras episodios rescatados del silencio. Hay sonidos con la misma voz, para hablar de pasión y para hablar de quedarse sentado en el sofá.</p>
<p>Pero mi boca, bastión principal desde el que las palabras dejan de pertenecerme, se llena de espuma fresca y chispas de chocolate cuando digo palabras que me gustan, como el nombre de mis hijos, como <em>tambor, labiodental, ortorrómbico o flambeado</em>, cuando pronuncio las claves que me delatan amando o disfrutando. Y se me llena de un regusto de pétalos lilas cada vez que pienso en Buenos Aires en primavera, dibujando con los labios un jacarandá en flor, y de un sabor de salitre cuando relato a mis hijos los veranos en mi Montevideo natal, de playas de arena interminable, peces al alcance de la mano y mis tíos tomando mate y cantando. Otro sabor, esta vez de sangre y miel, me desborda hasta los labios cada vez que hablo del silencio, cada vez que las palabras traen desde mi pecho a mis dientes el silencio que me habita.</p>
<p>Pero una vez más, y siempre, son las risas de mis hijos las que acuden al rescate, las que perforan mi silencio, dejando salir las palabras más bonitas que su coraza de latón encierra. Y entonces recupero mis palabras, las reparto, las regalo, las difundo, las arrojo por encima de los muros, las dejo en los bancos de las plazas, las suelto con disimulo en las góndolas del supermercado, las escondo entre las páginas de libros ajenos, para que puedan así asaltar a los lectores por sorpresa, las quemo sobre una torta para que mis hijos, al soplarlas, escuchen mi voz más auténtica celebrando sus cumpleaños, las lanzo por debajo de las puertas, sin saber quién está del otro lado, y aún así poniéndolas a sus pies.</p>
<p>Y cada vez lo sé con mayor certeza: soy mis palabras, y también mi silencio. Mi silencio conserva para mí el pasado, devolviéndomelo de a pedacitos cuando quiero relatarlo. Mis palabras avanzan sobre el futuro. Y yo, aunque parezca lo contrario, ni siquiera por un segundo me divido entre ambos.</p>
<p>Mis palabras no se oponen a mi silencio, y viceversa.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Desde donde estoy se ve</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Jan 2011 11:07:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En ese pedacito mundo que se ve desde donde estoy hay varias montañas. A veces, cuando hace frío, blanquean sus cimas pintadas de blanco nuclear, refractando los rayos del sol hasta mi ventana. Otras veces esconden sus dientes de roca y tierra entre los vapores oportunos de las brumas matutinas, y me gusta porque sé que la montaña está ahí, y no puedo verla. Es como mis amigos de toda la vida. Sé que están ahí, en las calles de Buenos Aires, en otras ciudades más al norte o más al sur, perdidos muchos de ellos en su exilio privado, y no puedo verlos. Tienen la solidez de la montaña y el misterio de la bruma, la mirada transparente del sol de invierno y las mismas raíces profundas, estables bajo el peso de miles de toneladas de cimientos, sólidas, eternas. Otras veces, cuando la noche llega sigilosa a instalarse en el techo, se transforman en una sombra oscura, una silueta recortada contra un fondo azul marino, que solamente se deja adivinar como la frontera secreta a partir de la cual las estrellas abandonan su parpadeo insomne para retirarse a dormir, al menos por un rato.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un planeta que estornuda su resfrío monumental, apenado, mientras sufre en silencio la soberbia de los seres humanos, que creen tontamente que están destruyéndolo, cuando lo único que están destruyendo son sus posibilidades de sobrevivir en él. Se ve un planeta que sabe que, cuando los humanos terminen de matarse, diez, veinte millones de años después, habrá otra forma de vida, como pasó siempre desde el principio de los tiempos. No es otra cosa que la soberbia lo que va a matarlos. No es otra cosa que soberbia lo que les impide ver.</p>
<p><span id="more-898"></span>Desde donde estoy se ven millones de personas diminutas, sin rostro y sin pelo, que todos los días van a trabajar, vuelven, cenan, se pelean, se perdonan, se odian y se abrazan. Después fornican y dicen a los demás que fornican más de lo que fornican en realidad. Beben cerveza y dicen a los demás que podrían beber más cerveza de la que en realidad pueden beber. Se aburren de sí mismos y dicen a los demás que saben estar solos. Son como sombras recortadas sobre papeles sucios. Aman a las personas que hay en su vida más de lo que están dispuestos a admitir, y no les dicen nada acerca de ese amor, porque prefieren el silencio al vértigo de no saberse correspondidos en exactamente igual medida, o más.</p>
<p>Desde donde estoy se ven ciudades arrasadas por la furia del mar, árboles caídos; soplados hasta la muerte por un viento terminal. Se ven niños descalzos con el barro a la cintura, intentando salvar una cesta de fruta semipodrida, un muñeco de peluche y dos aviones de papel de los destrozos de la inundación. Se ve que la policía y los bomberos no saben qué hacer. Se ve el avión de los ricos tirando en paracaídas la comida que les sobra, mientras desde sus casas confortables se lamentan así: <em>“¡Pobrecitos los pobres!”</em>.</p>
<p>Desde donde estoy se ve el aire cargado de palabras transmitidas exculpando a los culpables. Casi pueden oírse sin esfuerzo, sus letras negras mintiendo las razones turbias de los males, las excusas plausibles de las catástrofes y las frases salpicadas de anestesia de los analistas expertos en pavadas.</p>
<p>Desde donde estoy puedo ver, también, y sin ningún esfuerzo, los demonios pacíficos de mi infancia. El aliento de pasto tierno de mi perra en la cara y el silencio de la hora de la siesta frente a un cuaderno de deberes escolares sin hacer. Un gesto con la lengua, un soplido y un renuncio, justo cuando el grafito de mi lápiz comenzaba a arañar en el papel rayado una suma de líneas temblorosas. Puedo ver, de grande, el regreso previsible de esos demonios alados, que sobrevuelan las camitas de mis hijos sin asustarme, prometiendo con sus ojos rojos más infancia, más dolor de adolescencia, más tiempo y tiempo de fantasías.</p>
<p>Desde donde estoy se ve un horizonte difuso y borroso, en el límite de un mar que no tiene del otro lado a mi tierra, pero es como si la tuviese, es como si cada una de las olas pudiese deshacer en sus espumarajos un trocito de mi costa infinita, un recuerdo de ballenas y pingüinos, una promesa de mi Uruguay natal, una fiesta de sol y playa con mis hermanos, las pieles de niños oscurecidas por el sol, los sueños intactos, el tiempo aún como una medida infinita de lo que no va a llegar nunca.</p>
<p>Desde donde estoy se ve claramente el miedo. No es el mío. No es el tuyo. Es el miedo de todos y el de nadie. Es el miedo con el que estamos aprendiendo a vivir, al que nos vamos acostumbrando sin protestar. Es un cuerpo espeso y dos alas nervadas, enormes, un paraguas siniestro que tejemos sobre nuestras cabezas con paciencia y cautela, como la mortaja interminable de <em>Amaranta Buendía</em>, una labor primorosa y siniestra, una bolsa de gatos infame donde se mezclan las emisiones de <em>Gran Hermano</em> con media docena de guerras remotas, un brote epidémico de enfermedades mortales y las aberraciones modernas de una ciencia sin mas ética que la financiación renovable año a año.</p>
<p>Desde donde estoy se ven, perfectamente y sin interferencias, las huellas indelebles que me trajeron hasta aquí, mis marcas lloradas a fuego lento sobre aviones y trenes, la decisión lenta de abandonar mi casa, los abrazos de despedida y los pares de labios marcando un adiós temporal que se haría permanente. Se ve el rastro de ese camino, la nostalgia derrochada semana a semana de mi barrio, la falta aguda y diaria de tres medialunas de grasa, el reguero de gotitas de sangre de ternera sobre una parrilla de asado con amigos, la letra y música de <em>Patricio Rey</em>, contando en frases criptográficas el dolor de la partida, y una década después, en las mejillas de mis hijos, se ve el resumen lisito e impoluto de todo lo bueno que me pasó desde la última vez que viví en América.</p>
<p>Desde donde estoy, desde mi ventana, se ve perfectamente el parque de enfrente, una canchita de fútbol, la biblioteca y la plaza en la que vamos a andar en bicicleta. Se ve perfectamente todo lo que rodea mi casa. Se ve que hoy, ahora, ésta es mi casa. Me gusta mi ventana. Me gusta mirar por ella, aunque siempre, a mi espalda, aguarde una pared.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>En mi casa no te morís, carajo</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Jan 2011 19:01:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>En mi casa siempre hubo muchos animales, pero hubo uno, con permiso de mis dos perras, reinas absolutas del zoofondo de casa, que fue especial para mí y para mis hermanos. Fue <em>Dailan Kifki</em>, con su dueña atolondrada que paseaba su malvón (y recuerdo con mucha ternura que el libro comience precisamente cuando ella sale a pasear su malvón. De niño me parecía lo más normal del mundo, porque no tenía ni idea de lo que era un malvón), y el bombero que siempre hablaba en rima, y el hermano Roberto, que siempre decía: <em>“Estamos fritos!”</em>, y la sopita de avena, y el club de remontadores de barriletes, y la tía Clodomira, y tanta magia en tan pocas páginas…</p>
<p><em>Dailan Kifki</em> aterciopeló las noches de mi primera infancia, con la voz suave de mi madre leyéndolo en voz alta, debajo de un cuadro que teníamos en el que podía verse un hipopótamo enorme, lleno de corazones, con un cartel que decía “<em>Te quiero tanto que duele</em>”. Teníamos el clásico ejemplar de tapas amarillas, destrozado de leerlo y releerlo, de intercambiarlo con <em>Chaucha y Palito</em>, con <em>El Reino del Revés</em>, y esos dibujos de niños siempre con cuatro pelos en la cabeza.</p>
<p><em><span id="more-891"></span>El twist del Mono Liso</em>, <em>El Brujito de Gulubú</em> y tantas otras constituyen la banda sonora de mi escuela primaria, los primeros recuerdos. Siempre estuviste ahí, con tu música, con tu alegría, con el corazón herido de tu <em>Pájara Pinta</em>, los temblores de miedo de la <em>Reina Batata</em> y un mundo repleto de riqueza que, hoy, treinta años después, sé que es parte de lo que soy, que me constituyó como persona, que me aportó algunos de los valores que trato de enseñar a mis hijos.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Justo cuando hace poco más de un año, leímos en voz alta, con mis hijos, <em>Dailan Kifki</em>, y pude palpar sus fantasías de papel, sus caritas de ilusión, la ternura sabia que drenaban sus páginas. Por primera vez pude imaginar parte de lo que debían sentir mis padres al leerlo para nosotros. Pude compartir con ellos, en silencio, con un secreto pactado también contigo, la maravilla de ilusionar a los niños, de relatarles fantasía, de enseñarles a querer casi sin querer, de costadito. Entendí, ya grande, de qué está hecha toda esa ternura.</p>
<p>Y sí, te tuviste que morir, carajo.</p>
<p>No te conocí personalmente. No pude decirte que tuve que ser padre para entender lo importante que fuiste para mí. Dejame darme ese lujo ahora, sin ser pretencioso. Porque sin saberlo, pero queriendo, con tus canciones me regalaste parte de lo que ahora doy a mis hijos. Justo este fin de año pasamos las vacaciones de navidad escuchando una y otra vez tus canciones. Mi hijo Daniel, de cuatro años, canta <em>El twist del Mono Liso</em> a todas horas, llenándome de orgullo y de ternura.</p>
<p>Y fue ahora, justo ahora, que entendí la subversión callada de tus letras, el llamado pacífico a la rebeldía, el poder infinito de tu ternura. Fue ahora que pude comprender que, si puedo llamarme buen padre, parte del mérito es tuyo.</p>
<p>Y te tenías que morir, carajo.</p>
<p>Tu partida me encontró solo en Madrid, en una habitación de hotel, con treinta y siete años y en viaje de trabajo. Me arrancó lágrimas de verdad, un picor en la nariz (que por suerte no se me cayó dentro de la taza) y en los ojos, profundo, cavernoso. Me sentí muy solo, y con una tremenda necesidad de abrazar a mis hijos, de decirles lo afortunados que son por el simple hecho de que una vez, su papá, cuando era niño, escuchó tus canciones, leyó tus libros y te hizo parte de su vida. Sentí necesidad de apretujarlos, de bajarles la luna en camisón, de bañarlos en un charquito con jabón, de regalarles tu perro pequinés que se cae para arriba y no puede bajar después. Quise invocar el tesón de Manuelita para ir, un poquito caminando y otro poquitito a pié, hasta Barcelona, solamente para besarlos, para decirles que es en la corte del rey donde siempre se oculta la naranja paseandera que a todos nos roban cuando dejamos de ser niños. Quise ir en tranvía a Tucumán, para regocijarme una última vez en tu gato y chacarera, y a la vuelta pasar por la quebrada de Humahuaca, donde la Vaca continúa rumiando sola la lección, y volver aquí, manejando un <em>cuatrimotor</em>.</p>
<p>Y te moriste nomás, carajo.</p>
<p>Entonces recordé que soy un hombre, que los hombres no lloramos, y que sabemos que la muerte es parte de la vida. Intenté dejarte ir, y otra vez la distancia de mi tierra y la nostalgia de tu voz rompieron mis lágrimas.</p>
<p>Y entonces decidí que en mi casa no te morís, carajo.</p>
<p>Porque cada una de las millones de lágrimas de todos los que fuimos niños y supimos de tu grandeza, de tu ternura y de tu magia nos obligan a mantenerte viva para nuestros hijos. Ahora y siempre, María Elena.</p>
<p>En mi casa no te morís. No te doy permiso.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Tenía (léase con tango de fondo)</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Jan 2011 10:42:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Tenía varias ideas jugosas, sexies, de ésas que empalagan el paladar, sabrosas, de las que te hacen disfrutar a priori, antes de ejecutarlas, para escribir varios posts sobre temas diferentes, y sin embargo esta mañana, que con su gris plomo amenaza ensombrecer mi ánimo, parecen haberse disipado lentamente, tras un halo de volutas sin perfumar, &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/01/09/tenia-lease-con-tango-de-fondo/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Tenía la propiedad indiscutible de mis silencios, uno tras otro, encadenados, fabricados sin esfuerzo, por mí y para mí, cada vez que necesitaba pensar, dolerme, regocijarme o simplemente escuchar los secretos susurrados del viento. Ahora se los alquilo a mis hijos, con trabajo, pagando una altísima tasa de puertas cerradas y reprimendas con el dedo índice en alto, para convocar un silencio artificial que, pobrecitos, no saben ni quieren ni pueden mantener.</p>
<p>Tenía una cintura menos redonda, de peor diámetro de la que tengo ahora, y más fuerza en las piernas y en los brazos. Tenía los bíceps femorales y los abductores a tono de tanto bailar, moldeados por el tango que solía dibujar con pasos seguros en las noches de los miércoles en <em>La Viruta</em>, y por las sacudidas coordinadas a ritmo de músicas diversas. Tenía ganas de fiesta. Ahora la música está desde otro lado. Mis ganas de fiesta se transformaron en ganas de encuentro. Más tranquilo todo.</p>
<p><span id="more-881"></span>Tenía seis tazones de cerámica avejentados, estampados con publicidades de sopa de los años sesenta. Eran cálidos, ásperos al tacto, y del tamaño justo para una sopa invernal de esas que calientan la nariz. Me gustaba sostenerlos con las dos manos, y poner la nariz cerquita, para que la columna de vapor de caldo me reconfortase de los resfriados con un rescoldo de verduras ligeramente saladas. Me gustaba sentir en el pecho el calor, casi al límite del dolor, que proporciona a lo largo del esófago una sopa bien caliente.</p>
<p>Tenía tres estantes con ciento diez discos compactos, en orden casi demente por el apellido de su autor. Me molestaba que los cambiasen de lugar. Me volvía loco si alguien guardaba un disco en la caja de otro. Llegaba a casa de trabajar, muchas veces pasadas las once de la noche, y me servía un centímetro de <em>whisky</em> con cola, mientras escuchaba música durante quince o veinte minutos, al amparo gélido del humo azulado por la iluminación dicroica de un cigarro póstumo, antes de irme a dormir el sueño pesado de los solteros.</p>
<p>Tenía un <em>Fiat Spazio</em> blanco, al que, todas las mañanas, echaba agua del grifo en la batería, porque de lo contrario no arrancaba. Sus cuatro ruedas podridas fueron testigos giratorios de viajes, de encuentros, de amores y de despedidas.</p>
<p>Tenía una máquina de escribir eléctrica de impacto, roja, hábilmente sustraída a mi padre, en la que solía empezar a escribir grandes novelas. Sospecho que a veces – solamente a veces – escribía simplemente por el placer del tacto de las teclas plásticas en las yemas de mis dedos, por el sonido dopante del tac tac tac contra el tambor, por la magia renovada una y otra vez del cartoncito de <em>liquid paper</em><sup class='footnote'><a href='#fn-881-1' id='fnref-881-1'>1</a></sup> sólido que utilizaba para repasar las letras erradas, que desaparecían sin más misterio que una herida color hueso sobre el papel.</p>
<p>Tenía una perra negra, toda dulzura, hocico húmedo y cola agitada, que murió con ojos tristes, y tuvo el entierro que se merecía.</p>
<p>Tenía un disfraz de <em>Che Guevara</em>, compuesto de chaqueta militar, pantalones de fajina y boina negra de medio lado, cuidadosamente complementado con hebras de tabaco rubio para armar, humedecido con una rodaja de papa cruda, borceguíes negros visiblemente perjudicados y un morral en bandolera.</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-885" title="Ilustración de Ricardo Carpani" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/carpani3.jpeg" alt="Ilustración de Ricardo Carpani" width="200" height="295" />Tenía también cuatro <em>chambergos</em><sup class='footnote'><a href='#fn-881-2' id='fnref-881-2'>2</a></sup> de ala baja, en gris, negro, marrón y gris de nuevo, con sus cintas de raso y una estudiada colección de gestos oculares para insinuar bajo la frontera cercana que marcaba el ala, donde el humo del cigarro permanente colgando de los labios encontraba un techo fugaz antes de perderse en los cielos de todo un año bonaerense, incluyendo veranos tórridos con el cuero cabelludo transpirado e inviernos duros habitados por lluvias de gotas gordas.</p>
<p>Tenía una colección de ceniceros robados, cada uno de ellos con una historia que contar, cada uno con las cicatrices de cientos, si no miles de colillas aplastadas en sus cuerpos de vidrio, cerámica o madera. Y uno de todos preferido: el que había sido de mi abuelo.</p>
<p>Tenía una máquina de hacer sánguches calientes, en la que los preparaba para todos mis amigos los domingos por la tarde, para espantar la resaca de alcohol y fiesta mientras esperábamos que el once inicial de Boca asomase por el túnel del vestuario. Me gustaba prepararlos con jamón, queso fundido y un huevo frito dentro.</p>
<p>Tenía – y afortunadamente conservo – una veintena de cuadernos llenos de letras apretadas, inclinadas, a veces ilegibles, que narran ilusiones y tristezas, penurias, adioses, encuentros y amores. Los más antiguos son los típicos espiralados de estudiante, tapa blanda. Los diez o doce últimos son todos marca <em>Meridiano</em>, todos iguales, y se pueden guardar en una estantería. La mayoría de las páginas están escritas en tinta negra. El resto en tinta violeta.</p>
<p>Tenía un <em>walkman</em> plateado, enorme, al que las pilas le duraban lo justo para escuchar cinco <em>casettes</em>, pero era <em>Sony</em>.</p>
<p>Tenía una bicicleta azul, un par de <em>walkie talkies</em> con código morse, un cubo de <em>miki moco</em> y el álbum de figuritas de <em>Titanes en el Ring</em>, completo. Tenía una lata de <em>Nesquik</em> de medio llena de bolitas, un <em>yo-yo bronko</em> y la pelota <em>armariola</em>.</p>
<p>Tenía un caballito blanco, de plástico, del tamaño de un encendedor, hábilmente montado por un zorro estático e inmóvil, repleto de rebarbas que se confundían con su espada envainada, alterado por un viento petrificado permanente, ordenada al origen de mis fantasías.</p>
<p>Tenía un amigo invisible, al que relataba mis penas de niño mientras acariciaba a mi otra perra, la que era blanca con manchas marrones.</p>
<p>Tenía pañales de tela, y un andar torpe e inseguro.</p>
<p>Y tengo aún, aquí y ahora, vivos los olores, los sabores, el tacto, la emoción de cada una de esas cosas, y más. Tengo la nostalgia a flor de piel, como me pasa en cada comienzo de año, y ganas de abrazar a muchas personas que están lejos. Tengo, por suerte, una historia que atesorar, una mujer que abrazar y dos hijos que me curan la nostalgia a golpe de besos y de abrazos.</p>
<p>Y tengo un par de ideas para nuevos <em>posts</em>, pero ya los escribiré otro día.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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</ol>
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		<pubDate>Sat, 01 Jan 2011 10:44:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Difícilmente seré capaz de pensar una manera más apropiada de empezar el año que escribiendo. Y una vez más, que no se me malentienda. Probablemente depurar lentamente la resaca hepática, vegetando en el sofá junto a mi mujer e hijos, sería una decisión más entrañable, más inteligente, más acertada, sin lugar a dudas más correcta, &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2011/01/01/once-puntos/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Sin lugar a dudas, un cambio de década como el que acabamos de vivir no es más que una fantasía colectiva, una ilusión convencional, una frontera vacía que, entre todos, fijamos mediante un acuerdo tácito y multitudinario en un punto temporal aleatorio, tan indistinguible de los otros por su intrascendencia real como cualquier otro, pero que por un azar caprichoso ha resultado elegido entre todos los demás momentos para ser especial. El año nuevo es como un ganador de la lotería, como un hombre común al que la suerte transforma en inolvidable por alguna razón sin sentido aparente. Una medianoche de todos los días que de pronto se transforma en única.</p>
<p>Y sin embargo, es imposible no dotarlo de significado. Aprovechamos para purgarnos levemente, para sacudirnos la crisis de la piel, para renovar los acuerdos diminutos sobre los que formalizamos nuestras familias y nuestros amores, para refrendar las amistades, a golpe de vista y tacto, para fijarnos nuevamente objetivos que incumplir, para identificar las pérdidas del último giro, e incorporarlas sin ceremonias al estado de cuentas vigente.</p>
<p><span id="more-866"></span>Por eso digo que no hay mejor manera de empezar que escribiendo. Para mí, el año que entra será un año de escribir, de ponerle puntos y rayas a otro montón de palabras, de continuar fabricando, letra a letra, con las yemas de mis dedos, palabras para regalar.</p>
<p><strong>Uno</strong></p>
<p>Mi familia, sin lugar a dudas.</p>
<p>Otro año repleto del amor de mi mujer y mis hijos no es un año que se va, sino una montaña de horas capitalizadas, una colección irrepetible de roces piel a piel, de besos de verdad, de ojitos con ilusión, de risas hechas de <em>pop-rocks</em><sup class='footnote'><a href='#fn-866-1' id='fnref-866-1'>1</a></sup> y cosquillas en la panza.</p>
<p><strong>Dos</strong></p>
<p>Privilegio.</p>
<p>La conciencia brutal de una crisis que se nos escurre entre los dedos, y a pesar de eso tener la suerte de trabajar, de que no nos falte nada, de disponer aún de tiempo para cosas diferentes que pensar en la supervivencia.</p>
<p><strong>Tres</strong></p>
<p>Publicar.</p>
<p>El año en el que publiqué <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/" target="_blank">mis primeros dos libros</a>. Los méritos son, cuando menos, sospechosos, al ser yo y nadie más que yo quien decide qué se publica y qué no. En una época el valor de los editores era precisamente ese, decidir qué era bueno y qué no lo era. Hoy tiene más que ver con ser capaz de decidir qué venderá y qué no, y financiar la operación de distribución y promoción. Y sin embargo, ustedes, los lectores, me acompañaron de cerca, compraron los libros más de lo que pensé que iban a hacerlo. Firmé más libros de los que había soñado al decidir publicarlos. Solamente puedo decir gracias.</p>
<p><strong>Cuatro</strong></p>
<p>La amistad.</p>
<p>Una vez más, a pesar de las distancias, del dinero, de las responsabilidades y de la puta mala suerte que nos llevó a vivir cada uno en un rincón diferente del orbe, <a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/21/sobre-la-amistad-justo-antes-de-partir/" target="_blank">mis amigos del alma y yo fuimos capaces de fabricar un encuentro</a>, de regalarnos cinco días de intimidad para compartir, de inventar un encuentro, un abrazo a tres bandas, un vaso de licor bajo un cielo tropical.</p>
<p><strong>Cinco</strong></p>
<p>Ustedes.</p>
<p><em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em> no paró de crecer. Mes a mes, pude ver cómo yo escribía menos y tenía más visitas, cómo mis palabras calaban, llegaban a algunas personas, se compartían, se enviaban por mail, y me devolvían risas, lágrimas y palabras de aliento.</p>
<p><strong>Seis</strong></p>
<p>Matalobos.</p>
<p>Indiscutiblemente, la experiencia de la publicación de <em><a href="http://www.matalobos.net" target="_blank">Matalobos</a></em> por entregas, y su <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">posterior publicación</a>, fueron artífices de una de las grandes cosas buenas del 2010. Pude sentir un proyecto crecer y culminar. Pude cerrarlo bien, como quise, entero y mío. Pude regalarlo un poco y venderlo otro poco. Impagable.</p>
<p><strong>Siete</strong></p>
<p><em>Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</em>.</p>
<p>Me sentí este año más cómodo que nunca escribiendo artículos. De algunos me llegó de vuelta mucho más de lo que esperaba. De otros esperaba más, y volvió menos, pero lo importante es que me sentí bien diciendo lo que creo que tengo que decir, aportando lo que creo que puedo aportar. Lo importante es que disfruté de escribir, que nunca llegó a ser una obligación, que me emocioné, me divertí, hice catarsis de muchas cosas, y descubrí muchas personas. No puedo dejar de mencionar el que, para mí, es el <em>pódium</em> de artículos del año:</p>
<ul>
<li><em><img class="size-medium wp-image-710 alignright" title="David de Miguel Angel 2" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/David-de-Miguel-Angel-2-284x300.jpg" alt="" width="284" height="300" /><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/10/09/sobre-el-confuso-oficio-de-ser-hombre/" target="_blank">Sobre el confuso oficio de ser Hombre</a></em>: Fue un artículo que trabajé mucho, que pensé mucho y que disfruté mucho al escribir. Fue el artículo más compartido de la historia del blog.</li>
<li><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/07/04/charlas-de-hombre-a-hombre-iii-gracias-por-el-futbol/" target="_blank">Charlas de Hombre a Hombre III: Gracias por el fútbol</a></em>: Este artículo narra la que, para mí, fue una de las experiencias más intensas del año. La derrota de la selección Argentina en cuartos del final del Mundial de Sudáfrica, en compañía de mi hijo Pablo.</li>
<li><em><a href="http://aprendizdebrujo.net/2010/06/19/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre/" target="_blank">Porque lo digo yo, que soy tu padre</a></em>: Usualmente escribo una carta a cada uno de mis hijos por su cumpleaños. Este año, la que escribí al mayor me conmovió especialmente, y lo sigue haciendo cada vez que la releo.</li>
</ul>
<p><strong>Ocho</strong></p>
<p>Nostalgia.</p>
<p>A medida que pasan los años desde que me fui de Argentina (y van diez), me invaden dos certezas. La primera es que hace tiempo que sé que ya es demasiado tarde para volver. Esta es la tierra de mis hijos. La segunda es la nostalgia profunda de una tierra y una gente que me hizo la persona que soy, para lo bueno y para lo malo, y un deseo casi doloroso en el pecho de volver a pisar el suelo que me vio crecer.</p>
<p><strong>Nueve</strong></p>
<p>Docencia.</p>
<p>Por fin, este año pude hacer realidad mi sueño de ponerme de pie frente a una clase. Fue una experiencia única, gratificante y aleccionadora, que se repetirá en 2011, y espero que durante muchos años más. Es una de las cosas que elijo para mi vida.</p>
<p><strong>Diez</strong></p>
<p>Por supuesto, literatura.</p>
<p>Este año, como siempre, además de intentar producir, también he consumido literatura. De la buena y de la mala. Lo importante es absorber historias, disfrutar del lenguaje ajeno, aprender y descubrir. Me quedo quizás con tres autores este año. Como <em>Rookie</em>, <em>David Monteagudo</em> y su maravilloso <em>FIN</em>, como injusticia reparada, <em>José Saramago</em>, a quien después de negarme con necedad a leer durante muchos años, disfruté enormemente y pienso seguir haciéndolo. Y por último, como revelación anunciada, <em>Roberto Bolaño</em>. Es todo lo que prometía y más.</p>
<p><strong>Once</strong></p>
<p>Futuro.</p>
<p>A salvo de cualquier suspicacia y fuera de toda sombra de duda. Lo mejor, siempre, es lo que vendrá. Trescientos sesenta y cinco días para amar, para escribir, para leer, para trabajar y para inventar, poco a poco, una vida mejor.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Gracias por este año, y que el siguiente nos encuentre aún compartiendo.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Feliz 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 1 de enero de 2011.</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><img class="size-full wp-image-563 alignright" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /><br />
</em></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-866-1'>Peta-zetas, en España <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-866-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>La Navidad de los Ateos</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Nov 2010 10:11:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Acerca de las cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
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<p>Es que, al final, de qué sirve ser Rey si no se pueden tomar medidas autoritarias, absolutistas y caprichosas. Amén de que me declare abiertamente republicano, creo que ser Rey de adorno como Juan Carlos I no sirve de mucho. Demasiados compromisos que cumplir y pocos beneficios (si quitamos la ingente cantidad de dinero público para sufragar la pantomima). Si yo fuera Rey, me gustaría ser Rey de los de verdad. Nombrar Senador a mi caballo, como Calígula, o alterar el calendario a mi gusto para que sea mi cumpleaños una vez por semana, mientras vasallos reverentes me sonríen y me dicen que qué buena idea, Majestad, que al pueblo le va a encantar. Para gobernar ya tendría esbirros serviles que se ocuparían de las nimiedades, como mantener a la población civil conforme con el expolio tributario, educarlos y sanarlos y demás tonterías que hacen falta para que un país, medianamente, funcione.</p>
<p><span id="more-788"></span>Pero sin lugar a dudas, mi primera víctima mortal sería la Navidad. Organizaría una quemazón nerónica de pinos de plástico en la plaza pública, mandaría pasar por el garrote vil a todos los que ponen lucecitas en los balcones y penalizaría con cuarenta latigazos la imagen de Papá Noel.</p>
<p>En algún <a href="http://aprendizdebrujo.net/2009/12/08/te-matare-bellota/" target="_blank">post antiguo</a> he hablado de la confusión que suponía, de niños, para mis hermanos y para mí, crecer en el seno de una familia declaradamente atea, pero que no se saltaba una sola de las celebraciones rituales de la sociedad occidental y cristiana. El mensaje era contradictorio: <em>Dios no existe, pero vamos a festejar el cumpleaños de su hijo</em>. En cualquier caso, a los niños nos importaban más los regalos y la magia enlatada de la noche navideña que los fundamentos teológicos del ágape, así que tirábamos adelante con el paripé sin demasadias preguntas.</p>
<p>Sin embargo, cuando ya se descubrió el pastel (no cuando supe que Papá Noel son los padres, sino cuando mis padres supieron que yo lo sabía), empecé a vivir las fiestas navideñas con vergüenza ideológica y moral. Empecé a sentirme hipócrita por llenar la mesa en exceso, por desenvolver regalos en un ritual obsceno, frente a medio mundo que no puede celebrar otra cosa que la pobreza, y que, paradójicamente, suele ser mucho más devoto y mucho más sincero en el ejercicio de su fe.</p>
<p>Entonces hice un esfuerzo de autoconvencimiento: decidí que las fiestas no eran más que una excusa crónica para juntarnos, para querernos, para regalarnos, para comer cosas ricas y compartir unas cuantas horas en familia, permitiéndonos una sensibilidad que durante el resto del año se guarda en una caja de madera sin barnizar. Protestando torcido, ladrando bajito y refunfuñando fuerte, asistí todos los años a la cena, compré regalitos y los envolví, los puse debajo del árbol y, a pesar mío, sentí ilusión cada vez que ví a alguien a quien quiero rasgar papel de regalo.</p>
<p>También descubrí que la misma argumentación servía para montar fiestas babilónicas, emborracharnos hasta la frontera final y amanecer en brazos desconocidos, tersos y tibios, con una resaca potente y una nueva batalla que contar a los amigos.</p>
<p>Después me tocó emigrar. Llegar a españa con ventiséis años y una soledad nueva, desconocida e inesperada. Entonces, las fiestas comenzaron a ser un suplicio involuntario. Juntarnos entre varios expatriados y ensayar una alegría forzada, levantar los vasos, brindar por el nuevo año a las cuatro de la mañana y una molestia en el pecho, durante toda la noche, que te recuerda que no deberías estar ahí, sino con tus amigos de siempre, con la familia, arropado, en tu lugar verdadero, el que te vió transformarte en un adulto. Acercarme a la ventana y reconocer fuera un frío tan intenso que casi puede verse, mientras añoraba las fiestas de <em>FM La Tribu</em>, con treinta y siete grados centígrados, y mis amigos más queridos mezclados en una multitud alcoholizada y empática, mala y conocida, o las bacanales ingentes de la <em>Placita Serrano</em>, y su final previsible a botellazos limpios, las veredas patinosas de vómitos múltiples y vino barato, antes de que febo regrese para recordarnos que la vida real se trata de otra cosa. Y después, los infaltables patrullajes por la avenida Santa Fé, buscando algún bar abierto para invocar un café con leche con medialunas de grasa, que nos devolviese salud al cuerpo maltratado, antes de irnos al refugio a yacer en pecado mortal con la compañía de turno.</p>
<p>Pero, como todo en esta vida, la angustia brutal también fue, con los años, disipándose en una nostalgia suave y dulce, y los pasitos descalzos de mis hijos llegaron al rescate, entibiaron de ternura las mañanas heladas del diciembre europeo, y convocaron lentamente a mi vida la ilusión infantil, la emoción profunda de la sorpresa, la explosión instantánea de alegría genuina, de la que solamente son capaces los niños.</p>
<p>Y entonces, sin comerla ni beberla, y siendo más ateo que nunca, y además plenamente consciente de la orquestación política y social de una Operación Consumo Navideño que cada año es más grande, muerto de asco por la eurohipocresía, que pregona a los cuatro vientos solidaridad y preocupación por la pobreza y, con la otra mano, despilfarra millones en lucecitas de colores, me encuentro, nuevamente, esperando la navidad con ilusión.</p>
<p>Ni el niño Dios, ni la generosidad de espíritu, ni la fiesta pantagruélica de ingesta desmesurada, ni las llamadas telefónicas de los seres queridos. Nada de eso me hacía realmente disfrutar de la navidad. Pero las caritas encedidas de mis niños, su dulzura profunda cuando hojean, con la mirada iluminada por un resplandor fantástico, catálogos y más catálogos de juguetes para elegir los que pedirán en su carta a los Reyes, su profunda ignorancia acerca de ser los sujetos objetivo de la mayor campaña de márketing de los últimos dos mil años, la intensidad con la que son capaces de desear algo, la ingenuidad con la que nos miran, a mí y a su madre, mientras especulan sobre lo que los magos traerán este año… todo eso me hace bajar mis puentes levadizos, retroceder un poco en mis convicciones de cemento armado, comprender las razones ancestrales de mis padres y, derrotado, pactar con la navidad una tregua que dure exactamente lo mismo que la inocencia de mis hijos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Charlas de hombre a hombre III: Gracias por el fútbol</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jul 2010 08:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>El cigarrillo se consumía, y entonces rescaté mi recuerdo más antiguo de un mundial. Fue el 25 de junio de 1978. Yo tenía entonces cinco años, y no se podía decir de mí que sintiese verdadera pasión por los deportes de contacto. Era mas bien un niño tranquilo. Me gustaba leer y armar rompecabezas. Me gustaban las palabras, como ahora.</p>
<p><span id="more-629"></span>La dictadura militar Argentina ocultaba bajo las gradas repletas de hinchas entusiasmados los cuerpos masacrados de los opositores al régimen, pero de esto tampoco me enteraba.</p>
<p>Sin embargo, y a pesar de eso, sucedió.</p>
<p>Argentina fue campeón del mundo.</p>
<p>Y entonces todo fue euforia. No tengo imágenes propias del partido, ni de los jugadores, más allá de los bigotes borrosos del <em>Matador </em>Kempes<sup class='footnote'><a href='#fn-629-1' id='fnref-629-1'>1</a></sup>, y el casquillo de pelo de Daniel Pasarella. Ni siquiera recuerdo en qué momento salimos de casa, ni cómo llegamos a la calle. Pero lo que no olvidaré jamás es la sensación de la alegría desbordada. Cerrando los ojos aún puedo verme, de pie sobre el asiento trasero de un Peugeot 504 blanco, asomando en medio de dos de mis hermanos por la abertura del techo, mientras mi padre conducía a 6 Km/h en medio de una multitud enloquecida, y los papelitos, miles, millones de papelitos volando, revoloteando y tapizando las calles de ilusión y alegría. Y yo viendo el mundo desde mis ojos de niño, gritando, cantando, festejando.</p>
<p>Y a pesar de el campeonato, seguí sin estar interesado en los deportes de contacto.</p>
<p>Cuando me quise acordar, llegó México 86. Tenía trece años.</p>
<p>Todavía puedo sentir la explosión de ira en aquél maravilloso gol de Diego a Italia que empataba definitivamente un partido trabado y aburrido, en un bar abarrotado de adolescentes gritando, cerveza y humo de tabaco. No tengo que hacer ningún esfuerzo para evocar el corazón golpeando fuerte durante la galopada interminable de Maradona para hacer el memorable gol que le endosó a Inglaterra después de quebrarles la cadera a seis jugadores rivales. Y nunca voy a olvidar cuando me desperté, a las 6:30 de la mañana del 29 de junio, con el cuerpo completamente pintado de rojo de la cintura para arriba, cubierto de miles de molestos granitos producto de una inoportuna escarlatina. Mi padre me acostó en su cama, y movió nuestro televisor blanco y negro hitachi de catorce pulgadas a su habitación, para que todos viesen el partido a mi alrededor. Noventa minutos de angustia y magia, y unos ridículos cartelitos sobreimpresos que proclamaban ¡¡¡ARGENTINA CAMPEÓN MUNDIAL!!!, mientras la alegría desbordante se diluía en una frustración infinita al darme cuenta de que me perdería el festejo, la celebración que mareó las calles de Buenos Aires de una borrachera de pelota y gol.</p>
<p>Seguí sin ser demasiado aficionado a los deportes, pero Italia 90 me volvió a encontrar desbordado de emociones, sensaciones, miedos profundos y gritos desgarradores en las interminables tandas de tiros penales que volvieron a llevar a la Argentina a una final. Y todavía, sin esfuerzo, puedo saborear la amargura de la derrota injusta en la final contra Alemania.</p>
<p>Toda mi historia está salpicada de esos momentos. Como cuando nos juntamos varios amigos muy cercanos para ver, de madrugada, en casa de Emilio, el partido de repechaje contra Australia para ir a Estados Unidos 94, o el maravilloso 30 de junio de 1998, en el que eliminamos a Inglaterra por penales en los octavos de final del mundial de Francia.</p>
<p>Y sin embargo, sigo sin practicar deportes de contacto.</p>
<p>Mis hijos tampoco lo hacen demasiado, porque los padres intentamos transmitirles nuestras mejores cosas, muchas veces sin éxito, pero sin querer les transmitimos exitosamente todos nuestros defectos.</p>
<p>La mañana transcurrió sin novedades. Mis hijos se pusieron sus camisetas de Argentina y allá nos fuimos los tres a la plaza, ataviados con nuestras galas de fútbol.</p>
<p>Después de comer, me preparaba para irme a un bar a ver el partido en compañía de un amigo, cuando Pablo se me acercó.</p>
<p>-       Papá, ¿puedo ir contigo a ver el partido?</p>
<p>Una vez más, mi debilidad de hombre moderno, mi superyó políticamente correcto de la era de la hipocresía, me dictó lo que debía decir. Le respondí como un padre:</p>
<p>-       De ninguna manera. Tú te quedas en casa.</p>
<p>-       ¿Por qué? – preguntó, haciendo pucheros.</p>
<p>-       Porque un bar no es un lugar para niños. Estará todo el mundo fumando, y te aburrirás.</p>
<p>-       No, no me aburriré.</p>
<p>-       Pablo, – argumenté – cuando papá ve un partido en casa te aburres como un hongo. Es un partido muy largo, y papá lo quiere ver tranquilo.</p>
<p>-       Es que quiero ver a Argentina.</p>
<p>-       Mi amor, no. Si quieres te llamo cada vez que algún equipo marque un gol.</p>
<p>Mi hijo me miró con profunda decepción. Rompió a llorar con auténtico desconsuelo mientras, entre lágrimas, repetía sin parar: “<em>Es que quiero ver el partido. Quiero ver a Argentina. Quiero ir contigo</em>”. Yo intentaba calmarlo, y convecerlo de que mi decisión era correcta, que no correspondía llevar a un niño de seis años, que se aburriría, que me pediría que lo trajese de vuelta a casa a mitad del primer tiempo, que esto son cosas de <em>grandes</em>.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Continuaba llorando sin parar.</p>
<p>Entonces, de golpe, me dí cuenta de que estaba actuando como un padre, pero lo que mi hijo necesitaba en ese momento no era un padre. Era un hombre. Era un conciliábulo de hombre a hombre. Dos amigos que aguantan juntos la ilusión, los nervios, el nudo en el estómago. Él no percibía el fútbol, sino mis emociones, y no estaba dispuesto a quedarse fuera de eso. Necesitaba un compañero de juergas, un borracho emocionado que le dijese cuánto lo quería, para olvidarlo al día siguiente. Necesitaba un igual con quien compartir su ilusión y su dolor.</p>
<p>-       Ven aquí – lo llamé, emocionado. Se acercó, con el pechito sacudido por espasmos de pena, los ojos brillando al calor inclemente de la tarde y los mocos transparentes perlando su labio superior.</p>
<p>-       ¿Qué? – me respondió, enojado conmigo y con el mundo.</p>
<p>-       ¿Por qué te importa tanto?</p>
<p>-       Porque quiero ver a Argentina contigo.</p>
<p>Le limpié las lágrimas con mis pulgares y lo miré profundamente a los ojos.</p>
<p>-       Está bien, vale – concedí. – Vas a venir conmigo, pero prométeme que te portarás bien, y que si te aburres te aguantas.</p>
<p>Su carita se iluminó de golpe, los ojos se le abrieron grandes, más grandes que nunca, y una felicidad nueva le renació por debajo de la angustia. Su sonrisa repentina amenazó con salirse de su rostro.</p>
<p>-       Búscate un juguete pequeño para llevarlo, así puedes jugar si te aburres.</p>
<p>En dos minutos se plantó ante mí. En una mano tenía un cachirulo para armar que le regaló su abuela por su cumpleaños, y en la otra una libretita con las tapas del Barcelona y un bolígrafo.</p>
<p>-       Llevo esto para anotar los goles.</p>
<p>En una página había escrito: “Argentina   Alemania”, separados por la típica “T” para anotar tanteos.</p>
<p>Allá nos fuimos.</p>
<p>Se sentó como un auténtico hombrecito, algo que no tuve que enseñarle, lo sabía desde antes de nacer, porque aunque no queramos llevamos escrito en la sangre cómo se mira un partido de fútbol, cómo se sufre y como se recuerda. Un codo sobre la mesa, sosteniendo con la misma mano su vaso de té helado, mientras miraba la pantalla gigante dentro de la cual Alemania, lentamente, comenzaba a aplicarnos un doloroso correctivo.</p>
<p>Finalizada la primera parte, yo estaba de mal humor, nervioso, intranquilo. Casi me había olvidado que el tercer hombre de nuestra mesa era mi hijo de seis años. Me había comportado como se comporta un hombre entre hombres. Entonces lo miré, y no pude evitar sonreírle. El sonrió y me dijo:</p>
<p>-       ¿Pedimos algo para picar?</p>
<p>Después, el desastre. Nos pasaron por encima. Grité, me enrabieté. Cuando una sarta irrepetible de insultos brotaban de mi garganta, cerrando el bullicio del tercer gol, mi hijo me trajo de vuelta, diciéndome:</p>
<blockquote><p><em>“Papá, no grites así, que no estamos en casa”.</em></p></blockquote>
<p>Me aguanté como un hombre las ganas de llorar, y pensé que ni siquiera él sabía cuánta razón tenía. Volví a acariciar sus mejillas infantiles, y por primera vez en mi vida sentí alivio durante una derrota de mi selección. No me importó tanto perder, porque me dí cuenta de que no recordaré el 3 de julio de 2010 como el día que Alemania nos humilló frente al mundo entero, echándonos nuevamente en cuartos de final de un mundial, sino como el día en el que mi hijo de seis años me brindó su ilusión, me ofreció como un hombre su corazón de niño, arrimó su hombro al mío para soportar juntos la derrota – que es mucho más difícil de compartir que la victoria – y me hizo saber, a pesar suyo, que aunque viva a diez mil kilómetros de mi casa, siempre puedo contar con él.</p>
<p>Gracias por el fútbol.</p>
<p><a href="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-629-1'>Mi amigo <a href="http://joacoramos.wordpress.com/">Joaco Ramos</a> me apunta que el de los bigotes era Luque, y que el Matador nunca llevó bigote. Trampas de la memoria <img src='http://aprendizdebrujo.net/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' />  <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-629-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 08:54:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/05/30/el-color-de-los-recuerdos/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p><span id="more-586"></span>Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “<em>hablar argentino</em>” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa.</p>
<p>Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos.</p>
<p>Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo.</p>
<p>Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido.</p>
<p>Las correrías de niño por mi <em><a href="	Como rioplatense desde y hasta las tripas que soy, y como exiliado voluntario y confeso, practico el ejercicio de la nostalgia en muchas de sus variantes y formas, situaciones, momentos y sabores. ¡Y ojo! No es que ande por ahí arrastrándome y sufriendo por los rincones, ni que llore a la Madre Patria cada vez que se presenta la ocasión. Ni siquiera leo el Clarín por internet, ni estoy al tanto de la política argentina, ni sigo al día el desempeño del club de mis amores: Boca Juniors. Simplemente siento con frecuencia ese calor doloroso en el pecho que llena el espacio de lo que ya no está. Soy incapaz de escuchar un solo acorde de un tango sin que una niebla espesa me habite a traición, empapándome las paredes internas de las tripas con suspiros helados de nostalgia, o de probar una cucharada de dulce de leche sin explicarle a los profanos que tengo cerca que la leche condensada no es lo mismo en ningún caso, ni lo será jamás, digan lo que digan y hagan lo que hagan, y que es una auténtica herejía la simple comparación. No puedo, de ninguna manera, triturar con los dientes un trozo de entraña sin que, mientras disfruto el líquido escurrirse de la sangre entre mis dientes de carnívoro, venga a mí un aire dulce de pampa húmeda, un momento mágico de bosta de vaca y trenes desvencijados, la línea caprichosa del sobrevolar de un tero o un puñado de papeles plateados, restos de envoltorio de bocaditos Holanda, y menos que menos dejar iniciar la primavera sin evocar, al menos una vez, el violeta pálido de los jacarandás florecidos en los alrededores del cementerio de la Recoleta. Me es genéticamente imposible escuchar hablar de fútbol sin que acuda a mi memoria, con nitidez, orgullo y cosquillas en la boca del estómago, el gol de Diego a los ingleses, o aquél beso con el pájaro Caniggia en plena Bombonera, con un fondo azul y oro y millones de papelitos volando sus caprichos, desde el estadio hasta la Vuelta de Rocha.  Y así como está grabado en mi ADN el gusto y la propensión a estas y otras trampas de nostalgia rioplatense, también sufro en carne propia y vivo auténticamente la otra cara de la moneda, la que, cuando vivimos fuera, hace que automáticamente nos pongamos en guardia cuando escuchamos “hablar argentino” cerca, el recelo instantáneo hacia el emisor de las palabras que lo delatan como argentino, y un sentimiento de rechazo inevitable, algo así como un displacer evidente que intentamos ocultar bajo la alfombra, barriendo a diestra y siniestra con el pie y sin dejar de sonreír. Es curioso lo de vivir fuera. El mundo entero parece creer que dos personas, por el solo hecho de haber nacido y crecido en la misma ciudad, y estar fuera de ella, además de conocerse o conocer gente en común, están obligadas a ser afines, a caerse bien, a congeniar y a ser estrepitosamente amigos. No comulgo, aunque al final, un poco de razón tienen, porque te acaba surgiendo un sentimiento solidario y callado, y si el otro argentino, después de la primera lucha interior, no te cae del todo mal, entonces comienzan las complicidades sin palabras, el acuerdo sobreentendido y, mas allá de todo, un amor inexplicable, compartido y clandestino por el celeste y blanco y las medialunas de grasa. Pero me estoy yendo por las ramas, como me suele pasar cuando me siento a conversar – otra de las aficiones rioplatenses por excelencia – y me desvío del tema central de mi texto de hoy, que no es otro que el color de los recuerdos. Espero evitar caer en el engaño común de afirmar convencido que todos los recuerdos de pasión son de color rojo furioso, y que los tristes son azules, blancos los puros e inocentes y dorados los felices. Nada hay más lejos de mi ánimo, intención y credo. Los colores de la vida real no son puros, y mucho menos los de la memoria, trastocados y alterados por la naturaleza de los recuerdos que los encierran. Y así como los colores se pervierten con el tiempo, también lo hace la memoria humana, salpicando de manchas recortadas con bordes caprichosos los restos finales de lo que vivimos. Hoy, ya cerca de los cuarenta años, la paleta de colores de mis recuerdos tiene tonos pardos, brillos ocasionales y un enorme fondo mate, y sin embargo está salpicada de chispas, regada con momentos felices y a salvo de la oscuridad del olvido. Las correrías de niño por mi Catalinas Sur incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un collage interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata. Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar. Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el sanguchito. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca Richmond, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar Ombú. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de El Salvador y Humboldt. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser. En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las equis intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos. La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas. Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla. Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.  Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de flashbacks, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:  -	Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores... En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos. " target="_blank">Catalinas Sur</a></em> incombustible están, invariablemente, enmarcadas en un fondo rosa chicle, del color de las baldosas de la calle, y sus tardes jugando en la vereda tienen trazos caprichosos en azul francia y amarillo limón, y destellos plateados de óxido de aluminio del rebote del sol en los rayos de las ruedas de mi bicicleta, mientras que las noches mágicas de teatro en la plaza del barrio guardan un ambiente multicolor, un <em>collage</em> interminable salpicado de rostros y de manos, trocitos de emociones que se mezclan en un sancocho primoroso de colores vivos, bajo una techo vaporoso azul petróleo, perforado de azules brillantes diminutos del cielo del Río de la Plata.</p>
<p>Los veranos, en mi Uruguay natal, son de color blanco sucio y burbujas, de la rompiente de las olas de las playas de carrasco, con una base de amarillo opaco y dunas de arena con plantas de hojas grandes como sábanas, y tienen también una infinidad de puntitos naranjas que vienen del caminito de piedras de la casa de mis abuelos, y redondeles borravino de las ciruelas maduras y polvorientas de los árboles del fondo del patio. Más tarde esos mismos recuerdos incorporan el blanco nuclear de cal y salitre de las calles de La Paloma, y un celeste pálido de cristales incoloros lastimando la nariz al respirar el perfume del mar.</p>
<p>Los años de adolescencia, en el colegio que me vio crecer, llorar y hacer amigos de verdad, tienen pinceladas de cerveza dorada robada por las tardes, y un color ocre brillante del tintineo de las monedas que reuníamos entre todos, pidiendo para el cigarro, para la cerveza o para el <em>sanguchito</em>. Tienen el pelo marrón rizado de hebras de tabaco rubio para armar, marca <em>Richmond</em>, y un decorado verde manzana de la caja de papeles de liar <em>Ombú</em>. Tienen el fondo de color celeste sucio de graffitis de las paredes del Avellaneda, y marcas grises abrillantadas de gotas de lluvia de los adoquines del empedrado de la esquina de <em>El Salvador</em> y <em>Humboldt</em>. Tienen, también, rayones naranjas que me cruzan el pecho, uno por cada amigo que me llevé de allí, y varios de color violeta oscuro, por los amores que no pudieron ser.</p>
<p>En la primera juventud, los recuerdos son de colores ambarinos, de vino blanco y de sangre de uvas. Tienen volutas grises de humo de marihuana y tabaco, y líneas castañas por mi pelo infinitamente largo. Sin lugar a dudas, un fondo rojo y negro marca la presencia constante de los mismos amigos, que una y otra vez persisten en imprimir sus colores en mí, y un gris plomo y acero de los años trabajando en la imprenta de mi padre. El blanco hueso es la superficie de tantos libros disfrutados, y las <em>equis</em> intermitentes de granate oscuro son otros tantos amores muertos.</p>
<p>La partida de argentina es una enorme flor marchita, de color marrón clarito, y la llegada a España un pequeñísimo brote verde intenso, cargado de promesas.</p>
<p>Y ahora, hoy por hoy, mis días y mis noches se tiñen de un amarillo deslumbrante del sol de verano en España, y del fondo blanco del papel virtual en el que escribo palabras de verdad. Un lila pálido de nostalgia tiene todos los rostros de los que están lejos, y una fiesta de colores cambiantes pinta mis horas con el nombre de mis amores actuales, las caritas de mis hijos y el pelo rubio de mi mujer. Hay una rama rota en mi pecho, de color gris pardo, que sabe que ya nunca volveré a vivir en el Río de la Plata, y un manchón escarlata de sangre viva es la piel y mis hermanos, la piel y mi padre, la piel y mis dos madres, la distancia inabarcable que se pinta una túnica verde petróleo, en la que puedo hundirme cada vez que intento atravesarla.</p>
<p>Y al final de este recorrido hay un punto gris que soy yo, sobre el fondo de color terrazo de mi sofá, y dos siluetas multicolores a los lados, que son mis hijos.</p>
<p>Hace un par de días compartíamos un rato de dibujos animados antes de cenar, como solemos hacer. Daban el último capítulo de una serie que a ellos les encanta, y este capítulo estaba lleno de <em>flashbacks</em>, que aparecían en pantalla coloreados en sepia. Mi hijo mayor, propietario de una lucidez única que brilla y cambia de tonos constantemente, me miró y preguntó:</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: normal;">-       Papá, ¿cuando uno recuerda lo tiene que hacer siempre en blanco y negro? Porque yo lo hago todo el tiempo y me sale en colores&#8230;</span></p></blockquote>
<p>En ese momento le respondí como respondemos los adultos, le expiqué que el tono sepia es un recurso visual que sirve para que entendamos que están recordando, pero que los recuerdos tienen sus propios colores, y que está perfecto que el recuerde así… Por supuesto, me quedé pensando, como casi siempre que me suelta alguna cosa de este calibre, y sufrí por mi falta de reflejos, por no haber sabido responderle a tiempo que sí, mi amor, que sí, que los recuerdos son magia pura, son tuyos por derecho y podés pintarlos de los colores que más te gusten, jugar con ellos día y noche, cambiarlos de ropa y de lugar, pero nunca, nunca, por lo que más quieras, permitas que pierdan sus colores, porque entonces te habrás quedado sin lo mejor que tienen, su esencia, su temperatura, su tacto, su sabor, su verdad íntima, el amor original que hizo que los atesoraras… No dejes nunca que nadie te quite el verdadero color de tus recuerdos.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>La chica que se vestía de japonesa</title>
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		<pubDate>Sun, 23 May 2010 08:41:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[buenos aires]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
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<p>Ella entraba con las mejillas encendidas y el corazón golpeando fuerte, le rozaba los labios fugazmente con un beso robado a otro hombre y a otra vida. Recién cuando se quitaba el abrigo, cuando dejaba el bolso a un costado, parecía sacudirse la culpa, el estigma de la traición y la duda, y era otra vez ella misma, a solas con él, refugiada en sus brazos. Sus ojos de blanco y miel encontraban el remanso de la otra mirada, sin pedir más permiso que el que traía en la piel. Entonces le regalaba uno a uno, despacio, sus besos húmedos, sus labios generosos, mientras sus manos pequeñas redibujaban la forma de los hombros, la caída de las mangas, el abrazo reinventado que no fue.</p>
<p><span id="more-579"></span>Él se entorpecía de impulsos contradictorios, de urgencias acumuladas, de palabras sin decir. Necesitaba hablarle, necesitaba besarla, necesitaba contarle, necesitaba pedirle otra vez, de manera definitiva, que abandonase su vida real para vivir juntos una fantasía hecha de paredes, pasión, tinta y papel. Necesitaba amarla y compartirla entre los dos, saberla de ambos. Entonces la desvestía despacio, cediendo a la más animal de sus torpezas, a la más urgente. Le recorría con las yemas de los dedos la piel salpicada de pecas, la espalda blanca y suave, las piernas fuertes de bailarina, el vientre tenso, los brazos estilizados, las nalgas redondas. Adivinaba su pulso alterado bajo la piel, descifraba los jeroglíficos de su respiración pesada, leía su temperatura boca a boca, naufragaba en ella, amándola, sabiéndola fugaz. Ella jugaba con él, con los dos. Le gustaba su tacto y era más generosa con los labios y las manos que con las palabras. Se entregaba entera, definitiva y total, pero solamente por un rato. Él jugaba con ella. Le gustaba su cuerpo pequeño y compacto, su destreza de mujer, los labios esponjosos y confortables, su voz grave y profunda, su pelo enmarañado, su mirada dulce y triste.</p>
<p>Después emergían de un sopor, reposaban juntos una desnudez robada. Se vestían con las manos temblando y hablaban de otra cosa. Ella sabía que una vez más se llevaría las palabras de él en papel rayado, las mismas ideas, las mismas promesas vestidas con letras diferentes. <em>“Estoy ensayando </em>La Japonesa<em>”</em>, le contaba. <em>“Me visto de Japonesa y uso una sombrilla de colores”</em>.<em> </em>Él sabía que se acercaba el momento de perderla una vez más, de verla partir hacia los brazos de otro hombre, la vida de otro hombre, la casa de otro hombre, los labios de otro hombre. Él sabía todo eso y la escuchaba a pesar de de todo eso. La sentía a pesar de todo eso. La deseaba todavía más, a razón de todo eso.</p>
<p><em>“¿Voy a poder ver a </em>La Japonesa<em>”?</em>, preguntaba él, fantaseando con dos espectáculos simultáneos. Uno en el que ella era <em>La Japonesa</em> y bailaba en el escenario, para todos y, secretamente, solo para él. Giraba sobre sí misma, hacía tramoyas indescifrables con la sombrilla. Era ella y era Japonesa, para él y para todos los presentes. En esa primera fantasía ella seducía y subyugaba, el público la adoraba, y él se regodeaba en secreto, sabiendo íntimamente y sin fisuras que <em>La Japonesa</em> se iría a casa con él, le brindaría sus artes a solas, bailaría una noche más sobre su cintura, y dejaría de ser <em>Japonesa</em> en el mismo instante en que la furia de su piel la obligase a ser nuevamente ella misma, transpirada y jadeante, agotada y purificada por su amor. En el segundo espectáculo él era toda la sala, y toda la sala sabía que él era el hombre de <em>La Japonesa</em>. Toda la sala lo admiraba y lo envidiaba, y él sonreía con una sonrisa infinita, mientras abandonaba el teatro llevándose tomada de la mano a <em>La Japonesa</em>, y en la otra mano la sombrilla incombustible, la identidad de tela y alambre de la bailarina oriental.</p>
<p><em>“Puede ser…”</em>, respondía ella.<em> “Pero me da un poco de miedo. Nunca sé si me va a venir a buscar…”</em>. Entonces el encanto se quebraba sin ruido, el aire de la habitación se congelaba y todo volvía a ser absurdamente real, sin artificios para soñar, sin trucos que permitiesen creer, durante un rato más, que eran un hombre y una mujer y nada más. El silencio posterior, invariablemente lo rompía ella. <em>“Ahora me voy, ¿sí? No me llames por un tiempo, tengo miedo. Te llamo yo cuando pueda verte. ¿Si?”</em>. El asentía con la cabeza, mientras apalabraba su silencio sin lágrimas, conteniendo un desgarro íntimo. Volvía a sentirse el único responsable de su dolor, volvía a culparse por elegir la otredad que tanto daño le hacía. La acompañaba en silencio a la parada del autobús, solamente por robarle un beso más, un instante más de sus labios y una mirada triste mientras la mole de metal y caucho se alejaba despidiendo humo. Entonces volvía a casa, cabizbajo, a comenzar a escribir la nueva sarta de pasiones en tinta violeta que le daría durante el próximo encuentro, a sentirse herido, a jurarse a sí mismo que sería la última vez, que cuando ella llamase le diría que no, que no podía seguir, que no tenía espacio en el pecho para otra despedida, que no le quedaba superficie en la piel para otra cicatriz. Ella entendería. Ella siempre entendía. Él siempre volvía a ceder a la tentación de verla.</p>
<p>Pero una vez fue diferente. Ella enfundaba los brazos en una camiseta verde, de mangas largas, preparándose para despedirse, mientras él la observaba, oculto tras un cigarrillo humeante, una línea de defensa pobre contra la ruptura que sabía que venía después del amor. Ella sonrió con una sonrisa llena de dientes, luminosa, con ilusión y brillo en la mirada. Él sintió intriga, y entonces bajó su cigarrillo, desprotegiéndose, interrogando en silencio las razones de esa ruptura en la rutina. <em>“Vas a ver a </em>La Japonesa<em>”</em>, dijo ella, sonriendo. <em>“¿Cuándo?”. “La próxima vez que venga. Voy a traer el kimono, la sombrilla y la música. Lo voy a hacer acá, para vos solo”.</em> Era una solución de compromiso, pero también estaba llena de promesas. Un espectáculo íntimo. Una muestra de amor. <em>“Me encanta”</em>, dijo él.</p>
<p>Esa vez la despidió sin dolor. Había robado algo más que labios y piel. Había robado una promesa, un proyecto, una complicidad casera y fresca. Caminaron hasta la parada del autobús hablando y riendo. Él saboreaba la idea del próximo encuentro, y su sabor le bastaba para conjurar la pena y la ruptura. Era una noche de invierno, estrellada y caótica, ruidosa, llena de presagios. Él vió acercarse el autobús. Entonces hizo como siempre. Tomó el rostro de ella entre ambas manos, memorizándolo, y la besó en los labios. Después le acarició ambas mejillas con suavidad, leyendo con los dedos el tacto sutil de las pecas, la parte invisible de la piel. Se alejó lentamente y dibujó con los labios un último <em>“te quiero”</em>, que ella atrapó con las pupilas, al pie de la escalera de subida al coche. Hizo un ademán de adiós con la mano enguantada, y el rugido del motor se tragó sin piedad la magia de la despedida. Él se quedó de pie, viendo alejarse el autobús, y sientiendo en el pecho el calor de la promesa. Por los reflejos miel en los ojos de ella, sabía sin necesidad de pensarlo que la promesa era cierta, era sentida, era profunda. A pesar de eso, sólo pudo intuír, muchos días después, que algo debió torcerse, porque el pelo asomando bajo el gorro de lana, a través del vidrio sucio de la ventana del autobús que se alejaba,fue lo último que supo de la chica que se vestía de japonesa.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-563" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Sobre la amistad, justo después de regresar</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Mar 2010 10:02:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
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<p>Y el primer amanecer en México no fue una excepción.</p>
<p>A pesar de estar con el reloj mareado, los ritmos corporales alterados por nada menos que siete horas de diferencia y las emociones alborotadas por los encuentros, el primer sol del Caribe me encontró abriendo los ojos bajo un aplastamiento de cansancio, un hormigueo reptando por las piernas y la cabeza como si me hubiesen dado un mazazo. Llegué – el segundo de los tres amigos en pisar territorio Mexicano – la noche anterior, a medianoche. Me acosté tarde, biológicamente perjudicado por veinticuatro horas de transporte, y abrí los ojos sin piedad a las siete y quince minutos de la mañana, creyendo que estaba a punto de morir de cansancio.</p>
<p><span id="more-530"></span>Entonces salí al patio, y descubrí una tormenta tropical de gotas gordas, limpias y grandes, que salpicaban con generosidad y salud al impactar contra las hojas de las plantas, grandes como orejas de elefantes verdes que no saben volar, dormidas y frescas. Era imposible negar la evidencia de la vida, frente a la frondosidad y los sonidos líquidos de la lluvia. Insectos desconocidos, grandes como almendras, zumbadores y caprichosos, se sacudían las gotas de las alas revoloteando por el aire, bajo unas nubes desacomplejadamente grises y plomo. Me senté a contemplar el escenario insultantemente abundante, desproporcionado, claramente americano, encendí un cigarrillo y pensé que tenía la fortuna de estar en uno de los pocos lugares de la tierra en donde la naturaleza continúa siendo más próspera que la especie humana.</p>
<p>Y el Caribe es como una mujer joven, de piel dorada bañada por el mar, seductor y ligeramente caprichoso, cambiante. Te inunda de luz y alegría tan pronto como te sepulta bajo una tormenta vengativa y noble, que se disipa rápidamente con un perdón redentor y un reencuentro. Un soplido vivo separó el cielo en dos partes distintas, y se llevó el plomo pesado de las nubes bajas como si fuesen juguetes de papel, instalando en su lugar un sol redondo y grande, protector, alegre, que parece estar más cerca de la tierra que en ningún otro lugar de los que he estado antes. Nos trasladamos desde la ciudad a un <em>Resort</em>, en donde nos reunimos con el mosquetero que faltaba, acabado de aterrizar, y pudimos al fin darnos un abrazo a tres bandas con el equipo completo.</p>
<p>Nos recibió en un mostrador un personaje simpático, orgulloso de estar allí mismo en ese momento, y nos dio la bienvenida al escenario perfecto para la industria de la felicidad alquilada. El hotel ocupaba un solar de un par de kilómetros cuadrados, con edificios repartidos, separados entre sí. Una arquitectura claramente Mexicana, de casas bajas, con balcones y arcos de medio punto, rodeadas de jardines cuidados, y una exagerada profusión de piscinas y restaurantes anticipaban el acceso a una playa extensa, de arena blanca y fina, llena de personas mostrando una diversión prefabricada, exagerada, ineludible, con el vaso infaltable en la mano y nachos con guacamole.</p>
<p>El personal del hotel estaba en todas partes, siempre amable, siempre simpático, siempre sonriente, y sin exagerar. Lo justo. Era sorprendente ver a cientos (muchos cientos) de personas masacrarse bajo un sol poderoso, regándose los tractos digestivos con alcohol abundante durante todo el día, y atentos permanentemente a las instrucciones de la tripulación, que les enseñaba en cada momento lo que debían hacer para divertirse.</p>
<p>Mientras tanto, nosotros tres, atípicos en ese contexto, &#8211; no éramos ni una familia con tres hijos, ni un matrimonio mayor de vacaciones ni una parejita de recién casados –, esquivando el poder solar, pálidos y completamente reencontrados. Buscamos los rincones de brisa fresca, el amparo de las sombrillas de paja, el cobijo de las tumbonas azules, el sonido del mar y los caprichos del clima, y entonces, sabiéndonos privilegiados, con tranquilidad y tiempo por delante, volvimos a encontrarnos. Esta vez no en el calor del abrazo del primer instante, ni en el entusiasmo y la incredulidad de haber podido hacer el viaje, sino en el remanso de lo auténtico, en el placer de conversar escuchando de verdad, y sabiéndonos escuchados. Destejimos nuestras tramas, deshicimos los complejos laberintos de frases hechas que suelen protegernos, aislando lo que verdaderamente nos ocurre del mundo real, y supimos llegar al fondo de cada uno de nosotros. Nos desprendimos de las cáscaras de huevo, de la resaca mineral de las ciudades, del estrépito cotidiano de la vida diaria, del mascarón de proa de las rutinas personales, de los artificios habituales para conjurar el miedo. Aunque estaba escrito en el guión antes de partir, sigue sorprendiéndome que tan cerca de los cuarenta, continuemos siendo capaces de ofrecernos sinceridad total, encuentro, respaldo, y lo más importante de todo, una opinión comprometida, una posición física que puede resultar chocante, dolorosa o cruel, y que por eso mismo solamente puede tener lugar entre grandes amigos.</p>
<p>Cuando tres tipos son tan descarnadamente amigos, cuando se quieren como la mayoría de los hombres no se atreven a decirse que se quieren, entonces el diálogo es diferente. No hay espacio para frases de consuelo. No se puede decir <em>“estoy seguro de que todo va a ir bien”</em>, o <em>“vas a ver como no pasa nada”</em>. La mínima justicia que exige ser capaz de la amistad de hombre a hombre, es tener los hígados suficientes para decir la verdad, para poner el dedo en la llaga con buenas intenciones, y para escucharla, también, sin sentirse agredido, sino agradecido por recibir un martillazo en la frente, una verdad desnuda y dolorosa que solamente es saludable y generosa en boca de un amigo verdadero.</p>
<p>Y hubo tiempo para todo. Pudimos salir de bambalinas, de la zona donde todo es feliz y luminoso, y pisar unos metros cuadrados de México auténtico, donde además de turistas hay pobreza y hay dolor. Pudimos ver que, aún cuando no están trabajando para decirles a los turistas cómo ser felices, los Mexicanos conservan su sonrisa repleta de dientes blancos, y tienen escrito en la piel el orgullo histórico de sus antepasados nobles, de su gente auténtica, de una cultura densa y compleja, que a pesar de los años de invasión y expropiación a manos blancas, conserva intacta su altivez, su dominio celeste, su sabiduría profunda, su religión sin complejos, donde los dioses sanguinarios y los festivos son amigos y se dan la mano. Pudimos ver ruinas Mayas, y lamentar con vergüenza el poco respeto del hombre blanco por su grandeza. Pudimos ver casas de caña y paja, donde la gente duerme colgando hamacas. Pudimos leer los letreros inverosímiles de negocios disparatados que funcionan en domicilios particulares, donde la vida y el comercio se mezclan con el amor y la siesta. Pudimos reconocer que hay otras maneras de vivir.</p>
<p>Y pronto el tiempo se acabó, tuvimos que deshacer lo deshecho, y rehacer las armaduras calcáreas que usamos para la vida diaria, dejando, eso sí, despejado, el espacio de piel necesario para el reencuentro con los hijos, con la mujer, con las sábanas propias, con nuestra casa.</p>
<p>Nos despedimos lentamente, satisfechos, recuperados, reconstituidos, sabiendo una vez más, de primera mano, que somos capaces de una amistad sin fronteras, que no nos hace falta nada más que respirar para querernos estrepitosamente y sin condiciones, que los amigos forman parte de la salud, y que pondremos sobre la mesa, las veces que haga falta, nuestra sangre, nuestro orgullo y nuestros cojones, con tal de repetir el encuentro, de traicionar una vez más la dinámica del olvido, de recuperar los comodines de la suerte de nuestras mangas, y jugar con ellos la partida definitiva, la de vivir la vida con amor.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>Sobre la amistad, justo antes de partir</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Feb 2010 10:24:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y no es que tema volar. Probablemente si sumo las horas que he pasado en aeropuertos y aviones, obtendría dos o tres meses de buena vida. No me produce el menor nerviosismo el hecho de sumar mis noventa kilogramos al espeluznante cóctel de más de trescientas cincuenta toneladas de metal, carne humana, combustible altamente inflamable y bandejitas con comida tibia que conforman un vuelo de pasajeros transcontinental. Simplemente altera la línea de tiempo de mi consciencia el compás de espera, las largas horas muertas, el murmullo dormido durante una docena de horas de los motores diciendo su letanía contaminante, los rostros desconocidos por doquier, la suma de pares de ojos que ocultan verdades y vergüenzas variadas, la pantomima de amabilidad y servicio degradadas a un espacio cúbico ínfimo. Y es que no puedo concebir una manera más efectiva de perder el tiempo.</p>
<p><span id="more-525"></span>Lo curioso, sin embargo, es que tamaño despropósito suele compensarse por un resultado posterior. Normalmente un aparato de aviación civil me lleva a un encuentro. Esta vez, con dos amigos.</p>
<p>Éramos tres amigos, en Buenos Aires, en las noches de invierno y en las de verano. En viajes delirantes al sur de la Argentina, mochila al hombro, muchos pasos y pocos pesos, latas de arvejas y linternas sin pilas, lagos fríos, café instantáneo calentito en jarros de peltre. Éramos muchos más, por supuesto, más amigos, más adolescentes, más soñadores, más inquietos.</p>
<p>Pero los naipes son los naipes, y su orden de salida es caprichoso, arbitrario y absurdamente honesto, bajo la permanente sospecha de deshonestidad. La baraja es algo que nadie domina sin hacer trampas. Y los naipes salieron como salieron. Mezcladas entre muchas historias de amigos que se quieren, de amigos que se pelean, de amigos que siguen y de amigos que ya no están, de recuerdos amargos y dulces, de personas imborrables que dejaron una sombra de presencia aunque hayan partido, la historia de estos tres amigos siguió su curso, un derrotero escarpado y misterioso, un río que a veces fluye caudaloso, y otras se transforma en un hilillo de agua tibia, pero que nunca se detiene.</p>
<p>Éramos tres amigos que descubríamos juntos el mundo. La pasión de las palabras, la política, la esperanza y la decepción. Exploramos juntos muchos senderos, por separado otros. El camino de la piel femenina, bajo una emoción intensa cargada de hormonas, de descubrimientos. A veces creo que hacer asomar a un hombre joven desde los huesos de un adolescente no se trata de otra cosa que de aprender que la mayoría de las cosas, cuando suceden, no tienen nada que ver con la idea previa que se construye desde los sueños, la fantasía, los libros y las películas. Así, el amor de una mujer es mucho menos rosa, pero más profundamente maravilloso y misterioso, inabarcable y oscuro, perverso, también. No sólo gratifica, sino que además duele, lastima, castiga y recompensa. El trabajo, por su parte, no es la panacea de la realización personal y las metas conseguidas, sino una larga sucesión de rutinas enredadas, entrelazadas, que se perpetúan a sí mismas, esporádicamente interrumpidas por pequeños avances, por ínfimas conquistas, por batallas ganadas con un tenedor y una cuchara. La paternidad, en cambio, es una sorpresa violenta. Lo que estaba destinado a ser el día más feliz de tu vida, se transforma sin previo aviso en el susto más grande que eres capaz de experimentar, seguido de una vergüenza secreta por creer que no estás viviendo lo que se supone que deberías estar viviendo. Y entonces, cuando empiezas a creer que no sirves para eso, se revela como una tarea de todos los días, como una pequeña comunión cotidiana, en la que las cosas van acomodándose sin permiso, sin advertencias, y también sin remedio, para hacerte feliz, pero también cauteloso, contradictorio, juguetón y claramente insuficiente. Y la amistad, claro está, no puede faltar a la cita. La amistad se transforma, y te vas dando cuenta de que la intensidad que se puede vivir en una amistad a los quince años, está hecha justamente de ese material ingrávido que ocupa el pecho antes de tantas batallas perdidas y desengaños, cuando todavía el mundo es una fruta pendiente de madurar. Después, cuando eres capaz de comprenderlo, ya es tarde. Puedes hacer lo que quieras, lo que te parezca, intentarlo de mil formas diferentes, pero un hombre nunca volverá a ser capaz de abrir su corazón a otro hombre como lo hacía a los quince años.</p>
<p>Cuando, después de tantas millas voladas, de tantas cicatrices invisibles, de tantos golpes arteros, finalmente te das cuenta de cuánto te importa, resulta que hace demasiado tiempo que todo explotó. El reverso de los naipes que cada uno de los amigos tiene en las manos es de diferente color. Están jugando con barajas distintas, y ya no es posible volver a la misma partida.</p>
<p>En la historia de estos tres amigos en particular, uno de ellos tuvo hijos en Buenos Aires. Otro en Montreal, Canadá, y un servidor en Barcelona. Nos hicimos hombres a una distancia de cinco dígitos en kilómetros.</p>
<p>Y sin embargo, la distancia sumada de estas tres ciudades no ha podido con lo más auténtico, con el núcleo vital de lo que nos dimos en su momento, el puñado de confesiones y secretos más antiguo. Desde entonces, cada vez que podemos, coincidimos. Pero esta vez es especial. Hemos hecho un esfuerzo enorme para encontrarnos en un punto intermedio: México.</p>
<p>Cada uno de los tres ha conseguido una pausa en sus trabajos, con sus mujeres, con sus hijos, solamente para robar cinco días completos, ciento veinte horas seguidas para renovar la amistad, para mezclar las tres barajas con reversos de colores distintos y jugar a solas una partida interminable, una tanda de confesiones de hombres que no han olvidado cómo eran de adolescentes, un intercambio sincero de ilusiones vivas, de derrotas personales, de pequeñas victorias, de fantasías de esas que solamente se pueden confesar entre grandes amigos.</p>
<p>Por eso estoy conmovido. Me esperan cinco días que me obligarán a reconocer, sin concesiones, frente a dos <em>amigos</em>, quién soy hoy. Las partidas que he perdido y las que he ganado. Lo que hago bien y lo que hago mal. Lo que soy capaz de dar y lo que soy capaz de recibir, también.</p>
<p>Por eso, queridos lectores, pido disculpas, porque la semana que viene faltaré a la cita religiosa con este <em>blog</em>. Sepan que no habrá <em>post</em>, pero será porque estoy concentrado en reunirme con algo propio, personal, que luego me dará materia prima para muchos otros <em>posts</em>.</p>
<p>Y los tres amigos brindaremos, con alcohol y con café. Fumaremos tabaco rubio y, sobre todo, nos daremos el permiso, entre hombres, de hablar una vez más como chicos. Después, el control de seguridad del aeropuerto de salida, nos obligará a volver a separar las tres barajas por colores, y lo haremos, obedientes, para regresar a nuestras vidas, armadas con esfuerzo y con amor, que nos gustan, a pesar de transcurrir lejos de los amigos. Pero esos cinco días de encuentro nos darán fuerza e ilusión, y de esa fuerza surgirá la habilidad, frente al guardia del aeropuerto, para que cada uno de nosotros, al guardar su baraja, se lleve, oculto en una manga, un comodín de la baraja de cada uno de sus dos amigos.</p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
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		<title>No Robarás</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Feb 2010 09:39:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>A nosotros nos encanta robar objetos de culto. Que se me entienda bien, no somos ladrones ni muchísimo menos. Ni siquiera cleptómanos de poca monta. Simplemente disfrutamos de pequeñas actividades de latrocinio inofensivo, y siempre siguiendo unas estrictas normas éticas y de conducta: -          La víctima del hurto es indefectiblemente alguien que no sale perjudicado &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2010/02/06/no-robaras/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>-          La víctima del hurto es indefectiblemente alguien que no sale perjudicado económicamente.</p>
<p>-          Los objetos sustraídos nunca nos proporcionan valor monetario, sino sentimental o espiritual.</p>
<p>-          No lo hacemos por diversión o por deporte, sino cuando está especialmente dotado de significado.</p>
<p>Sin ir más lejos, recuerdo un caso que ejemplifica perfectamente el mensaje que nos daban mis padres al respecto. Siendo niños, digamos de siete y nueve años, un verano estábamos mi hermano y yo jugando en la plaza frente a nuestra casa. Vivíamos en una planta doce, desde la que se dominaba perfectamente toda la plaza, incluyendo la calle que había detrás y el frigorífico que estaba cruzándola. Precisamente en esa calle, estacionó un camión cargado de naranjas. Miles de ellas. Sobresalían las naranjas por la caja abierta del camión. El chófer, tranquilo, se metió dentro del frigorífico. Mi hermano y yo no resistimos la tentación de hacernos con algunas naranjas, así que allá fuimos, con la mala suerte de que mi padre lo presenció todo desde nuestro balcón. Cuando volvimos a casa estaba hecho una furia. Pero no de gritarnos, ni de castigarnos. Estaba dolorido y decepcionado. Nunca olvidaré su cara de tristeza mientras nos decía:</p>
<p><span id="more-510"></span>-          Niños, ¿yo les enseño eso? ¿Yo les enseño a <em>robar</em>?</p>
<p>-          Pero papá, son tres naranjas.</p>
<p>-          Me da lo mismo, es un pobre trabajador que es responsable por lo que lleva.</p>
<p>Creo que nunca hasta entonces había sentido tanta vergüenza de mí mismo – aunque, por supuesto, la vida se encargó de proporcionarme en el futuro un sinnúmero ocasiones para superar ampliamente ese sentimiento de vergüenza, con razones bien distintas, variopintas y dispares –. Prometimos no volver a hacerlo y el incidente se saldó sin más castigo que un larguísimo discurso sobre la honradez, el trabajo y lo que cuesta en esta vida ganarse las cosas. Aprendimos la lección: <em>robar está mal</em>.</p>
<p>Pocos años más tarde, sin embargo, un episodio aislado nos brindó un mensaje ligeramente distinto. Era una época en la que no estábamos especialmente bien de dinero. Un empresario adinerado encargó un trabajo a mi padre, y jamás le pagó. Era bastante dinero. Mi madre era la especialista en esos casos. Recuerdo escuchar las largas conversaciones telefónicas durante las que ella perseguía al moroso: “<em>Yo tengo cuatro hijos, Frasca, necesito cobrar</em>”. Hizo de todo: lo volvió loco por teléfono, se le plantaba en la sala de espera de la oficina, durante horas, leyendo un libro, a pesar de que su secretaria juraba que no estaba, lo llamaba por la noche y creo que hasta le practicó hechizos de magia negra y vudú. Hizo de todo, pero el tipo no pagó. Él vivía en un edificio muy fino de la calle Arroyo, en el barrio de La Recoleta de Buenos Aires. Cuando mi madre se dio por vencida y supo que no cobraríamos la deuda, compró un bote de aerosol negro y se introdujo subrepticiamente en el edificio una madrugada de un día de semana. Pintó el espejo y las paredes del <em>hall</em> del edificio con letreros de denuncia: “<em>Frasca es un moroso. Frasca no paga sus deudas”. </em>Además, subió al ascensor y, deteniéndolo entre dos plantas, con un destornillador quitó la placa circular de acero esmaltado que enseñaba el número de piso y pintó más carteles en su lugar. Regresó a casa satisfecha y con el número cuatro y el catorce pintados en sendos discos esmaltados, de veintidós centímetros de diámetro, que pasaron a decorar las puertas de nuestras habitaciones. Todos nos sentimos orgullosos de ella: no era un robo, era justicia simbólica.</p>
<p>Los años continuaron pasando, y mi hermano – el mismo de las naranjas, pero como tengo tres hermanos varones dejaré su nombre en el anonimato – y yo comenzamos a desarrollar un gusto desmedido por la lectura. Si bien en casa nunca faltaron libros (siendo mi padre impresor de ellos y gran lector los teníamos a cientos, sino miles), no eran suficientes para saciar nuestra voracidad. El dinero, fiel a su forma de ser, también escaseaba por entonces. Mi hermano, mucho más osado que yo, desarrolló cuidadosamente una depurada técnica de apropiación indebida de libros, que consistía básicamente en entrar a una librería (escogía las más grandes, las que tenían diez sucursales, las de los libreros poderosos, nunca las chiquitas y humildes), ponerse a hojear un libro distraídamente y salir del local caminando con el libro abierto en las manos, leyéndolo con una cara de tonto a prueba de balas. Sé que parece increíble, pero jamás lo atraparon, y en pocos años reunió una biblioteca de varios cientos de volúmenes confiscados a los más selectos libreros de Buenos Aires. Evidentemente, tal furiosa actividad de acopio de libros era imposible de ocultar en casa. Si bien mis padres cumplían su rol de reprenderlo severamente cada vez, lo cierto es que hoy, en retrospectiva, creo que preferían que robase libros y no cualquier otra cosa. Era para cubrir una necesidad real: no hubiésemos podido comprarlos.</p>
<p>Todo esto que relato es para explicar que las cosas estaban muy claras. Robar no estaba permitido, era un acto repulsivo y condenable sin miramientos. Sin embargo, conseguir determinadas cosas al filo de lo que está bien y está mal era tolerable hasta cierto punto. Nunca fuimos más allá. Siempre nos quedamos en eso: libros, y algunas veces ceniceros y otros objetos simbólicos como recuerdo de viajes o noches especiales en alguna parte. Esto es así a tal punto que, a día de hoy, soy terriblemente escrupuloso en cuanto a estas cosas. Soy de la clase de personas que, si le dan mal un vuelto inmediatamente rectifica, sin pensarlo. Soy incapaz de quedarme con algo que no es mío, y eso no es casualidad. Y viene a cuento porque hace pocos días, comiendo en un restaurante de Madrid que disponía de vajilla especialmente bonita, me dieron ganas de llevarme algo de recuerdo (aunque no me animé), y entonces rememoré una noche mágica, a mediados de los noventa.</p>
<p>Mis padres ya estaban separados, pero reinaba un buen clima, así que habíamos ido a cenar todos juntos a un restaurante bonito de Buenos Aires, llamado “<em>Pichuco”</em>,<a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Pichuco" target="_blank"> en homenaje al gran bandoneonista y compositor</a>. Los platos y ceniceros estaban primorosamente decorados con una guarda roja y un bandoneón. Como era una gran ocasión – no recuerdo cuál – bebimos vino tinto. Mi madre no se emborrachó porque las madres, al igual que los políticos y los ricos, no se emborrachan sino que se <em>ponen alegres</em>, a menos que estén al borde del coma etílico, en cuyo caso el estado de embriaguez es innegable. Yo sí que estaba un poco borracho, así que, terminados los platos principales, le dije a mi madre, que estaba sentada a mi lado: <em>“¿Viste qué lindos son los platos?”. “Preciosos” </em>– me dijo – <em>“¿querés uno?”</em>. <em>“Claro”</em>, respondí. Entonces, muy elegante ella, repasó el local con la vista, desplegó una servilleta, envolvió el plato sucio y lo metió en su bolso. Mi padre abrió los ojos como dos <em>gongs</em>, lanzándonos un dardo envenenado con la mirada y reprobándonos calladamente. Reímos, obteniendo la inmediata complicidad de mis hermanos. <em>“¿Otro?”</em>, pregunté. Así fueron a parar al bolso de mi madre otro plato más, dos platos de postre, una cucharilla, un cenicero y una copa, entre risas y una tremenda habilidad para el disimulo.</p>
<p>Cuando la adrenalina nos bajó un poco, encendí un cigarrillo. Evidentemente la mesa ya no disponía de cenicero, así que, cuando el camarero se acercó, le pedí, con la absoluta corrección que nos caracteriza:</p>
<p>-          Perdone, ¿me puede traer un cenicero, por favor?</p>
<p>El hombre sonrió torcido, y haciendo una imperceptible reverencia respondió:</p>
<blockquote><p>-          Cómo no, ¿es para llevar?</p></blockquote>
<p>No pude contestar, porque tuve que concentrar todas mis capacidades neuromotoras en contener la risa y esquivar la mirada reprobadora de mi padre, pero he de decir que a día de hoy conservo el cenicero, al que le tengo un especial apego y cariño. Por supuesto, aprendí la lección, y ya tengo preparadas en mi garganta las palabras que les diré a mis hijos, en el caso improbable de que alguna vez sientan tentación de apropiarse de lo ajeno: <em>No robarás.</em></p>
<p><a href="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a></p>
<p><em><br />
</em></p>
<p><a href="http://www.addtoany.com/share_save?linkurl=http%3A%2F%2Faprendizdebrujo.net%2F2010%2F02%2F06%2Fno-robaras%2F&amp;linkname=No%20Robar%C3%A1s"><img src="http://static.addtoany.com/buttons/share_save_256_24.png" alt="Share" /></a></p>
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		<title>Los pequeños escondites de mi casa</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Jan 2010 10:25:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Pensamiento Científico]]></category>
		<category><![CDATA[aprendiz de brujo]]></category>
		<category><![CDATA[cosas pequeñas]]></category>
		<category><![CDATA[infancia]]></category>
		<category><![CDATA[nostalgia]]></category>
		<category><![CDATA[verdad]]></category>

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										</div><!-- Start Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><!-- End Shareaholic LikeButtonSetTop Automatic --><p><img class="alignright size-full wp-image-495" title="Memoria_Emocional" src="http://pilux.files.wordpress.com/2010/01/memoria_emocional.jpg" alt="" width="299" height="296" />Mi casa está repleta de pequeños escondites invisibles, habitados silenciosamente por objetos inocentes, ignorantes de ser escondidos. Y es que las personas escondemos cosas constantemente. A veces, sin intención, protegiéndolas de nosotros mismos, del paso del tiempo y de los errores involuntarios de la memoria, y otras, directamente sin darnos cuenta. Escondemos cosas importantes, cosas que creemos que serán importantes y que al encontrarlas, años después, ni siquiera recordamos qué eran, y cosas insignificantes que ni siquiera pretendíamos esconder.</p>
<p>Mi casa está repleta de fantasmas ocultos, trampas del recuerdo que esperan, agazapadas, para aparecer cuando uno menos se lo espera. Un día cualquiera abrí una cajita de cartón en la que tengo cosas que siempre estoy por revisar,  y encontré una vieja billetera en desuso, repleta de papelitos, entre los que aparecieron, sin piedad con mi nostalgia, un billete de un Real brasileño que me regaló mi hermano Sergio en 1991, un boleto de tren que en su día me debe haber llevado a algún lugar importante, pero no recuerdo dónde, ni por qué era importante, y un ticket de acceso al mirador de las torres gemelas en febrero del año 2000, entre otras cosas pequeñas, castigadas, que de golpe y sin previo aviso pueden cobrar un significado tremendo y brutal, o transformarse simplemente en basura pendiente de tirar.</p>
<p><span id="more-494"></span>Entonces pensé que son como pequeñas trampas que uno va dejando para sí mismo, a ver si algunos años más tarde encuentra algo que le haga llorar o reír, un indicio, una pista que permita recuperar un sentimiento intenso, un perfume lejano, una historia impregnada de olvido o una emoción sincera. Otro día abrí un libro que tengo desde los 12 años, y que releo con cierta insistencia, y encontré una nota escrita primorosamente con letra femenina. No sé de quién es, ni de qué año, ni por qué me la escribieron. Ni siquiera recuerdo si me alegré al recibirla, pero al leer esas palabras escritas con letra de adolescente, una sensación fugaz pobló mi pecho. Y es que hace muchos años, alguien pensó en mí, quiso decirme algo, me regaló un puñado de palabras. Es una tontería que se repite infinidad de veces en la vida de una persona, sin que le demos mayor importancia, pero por alguna razón, esa vez quedó el papelito, detenido para siempre entre las páginas, nada menos, que de <em>Cien años de soledad</em>.</p>
<p>Y están también los escondites cotidianos, inocentes y arbitrarios. A veces, preocupado porque acabo de utilizar las últimas tres cucharadas de azúcar, y el frasco de vidrio para rellenar el azucarero está vacío, le digo a Gloria: <em>“Hay que comprar azúcar”</em>, y entonces ella, en unas décimas de segundo repone la que había en el frasco de reponer, abriendo un paquete que saca de uno de sus tantos escondites domésticos. <em>“¿Donde estaba?”</em>, pregunto, sorprendido. <em>“Donde va el azúcar</em>”, responde, enigmática, cobrándose una pequeña y justificada venganza porque yo no sé <em>dónde va el azúcar</em>. Entonces salvo las apariencias diciéndole: <em>“Cómo te gusta acovachar cosas. Me lo escondés todo.”</em> Ella se ríe y niega con la cabeza.</p>
<p>En el fondo, lo ridículamente inverosímil, además de que en casa tengamos <em>un lugar donde va el azúcar</em>, y otro <em>donde van los frutos secos</em> (que tampoco encuentro nunca), es que aunque convivimos en el mismo espacio, en escasos noventa metros cuadrados, desde hace varios años, las mismas cuatro personas, cada uno de nosotros tiene lugares, recovecos, porciones de estantes, áreas de cajones, que son, para quien los utiliza, parte habitual de su rutina, y para los demás, escondites oscuros e inaccesibles.</p>
<p>Mi casa, y cualquier casa en la que vivan dos o más personas, tiene cientos, quizás miles de rincones, lugares, coordenadas invisibles en las que cada uno de sus habitantes guarda algo que, sin haber necesariamente sido guardado con intención de ocultarlo, queda escondido a los ojos de los demás, a pesar de resultar estúpidamente evidente para el “guardador”, a pesar de estar, increíblemente, <em>a la vista</em>.</p>
<p>Intentando atrapar mi sorpresa hasta el final, perseguí el razonamiento por túneles oscuros, y me di cuenta de que no solamente mi casa está llena de pequeños escondites, sino también mi memoria, la de mi mujer y la de mis hijos. Estamos llenos de infinitos fragmentos, retazos de situaciones, información y datos que, por pequeños e irrelevantes que sean, nos componen, son fundantes de lo que somos, constituyentes. A veces, sin darnos cuenta, rescatamos uno de esos pequeños fragmentos, durante una conversación casual, y entonces nuestro interlocutor se sorprende. Con los niños resulta más evidente, porque no tienen ninguna razón para creer que sus padres no saben lo mismo, exactamente, que ellos. No son conscientes de tener sus propios escondites, pequeños, tiernos, con olor a pañal.</p>
<p>Mi hijo Pablo, que es una verdadera Caja de Pandora (seguramente igual que todos los otros niños de su edad, pero la diferencia es que él es mi hijo), ostenta un dudoso récord de masticabilidad.  Desde siempre le ha costado masticar. Se le hacen las famosas “bolas”. Al principio era, sobre todo, con los cárnicos, que se le atragantaban. Luego sumó las pastas, los farináceos y los alimentos con fibra. Después, y sin ir en desmedro de lo ya dicho, incorporó algunos purés y los yogures, que es capaz de masticar durante cuarenta o cincuenta segundos antes de tragarlos. Lo último, la semana pasada, es la sopa. Créanme, es atrozmente desesperante observar a una persona masticando sopa por espacio de un minuto antes de tragarla. Irritado, le dije:</p>
<p>-          Pablo, entiendo que tengas dificultades con la carne y las salchichas. Hasta puedo llegar a entender que mastiques el yogur. ¿Pero la sopa? La sopa no se mastica, hijo. Traga de una vez.</p>
<p>Él, que otra cosa no, pero los gestos y las expresiones los tiene muy por la mano, se concentró en acabar de masticar a conciencia la cucharada de sopa que tenía en la boca, mientras con la mano me hacía el gesto de “espera”. Tragó, despacio, y abriendo ambas manos en un gesto de fatal incomprensión hacia su persona, arqueando las cejas y expresando sufrimiento y congoja, me reveló uno de sus escondites secretos de niño. Con cierto grado de culpa hacia mí por mi conocida afición a la ingesta de cadáveres, se confesó sin tapujos:</p>
<blockquote><p>-          Papá, es que tú no lo sabes, pero yo soy herbívoro.</p></blockquote>
<p>Rápidamente y conteniendo la risa, revisé el manual de usuario que me dieron con el niño cuando lo retiramos del hospital en que nació, pero no venía nada sobre hábitos de alimentación absurdos, así que me limité a explicarle su <em>omnivorez</em>, guardándome en uno de mis pequeños escondites, para abrirla en el futuro, la pureza y la inocencia de su confesión.</p>
<p>Aprendí, una vez más, de mis hijos, que uno comienza a esconder antes que a caminar, pero no a esconder con intención, sino a guardar cositas en rincones. Y lo hace durante toda la vida. Cada palabra, cada pensamiento, cada sentimiento, espera en su rincón, pacientemente, hasta que aparezca la persona adecuada, en la situación propicia. Entonces, una confesión inoportuna la alivia para siempre del olvido de su encierro.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Volver a la nada de los últimos veinte años</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2010 10:29:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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<p>Y no es solo que vuelvan, es que los muy jodidos se encaprichan en no volver solos. Vuelven con lágrimas y risas, con aroma de arroz hervido y ojos y manos y bocas que preguntan, con amigos que están lejos o que ya no están, con amores olvidados y amores presentes, vuelven recordándome que era hijo, justo ahora que estoy aprendiendo a ser padre a medida que me equivoco. Vuelven con ira y vino y humo de marihuana, con vasos tintineando y partidas de póker bajo una luz mortecina y fichas de plástico barato, con discos de vinilo y pantallas de color ámbar, con pósters de papel pintado y memorias en sepia. Vuelven para quedarse.</p>
<p><span id="more-485"></span>Hace veinte años entraba en la década de los noventa, y aún creía que nunca iba a cumplir veinte años. Creía que el tango era cosa de viejos, y que nunca jamás me iría de la Argentina. Creía que el amor era como en las películas, y que las películas se parecían a la vida. Creía que la vida era ilimitada, que mis pulmones eran de amianto y mi estómago – plano y musculado, sin ningún esfuerzo – era indestructible. Hace veinte años creía que estaba llamado a ser un líder. Creía que mi inteligencia y mi pasión infinita tenían un destino insoslayable de tinta y papel, de tormenta eléctrica y una primavera perenne de ideas nobles.</p>
<p>Hace veinte años ya, y un poco más quizás, cuando la persona que soy recién empezaba a asomar del cascarón, descubrí de la mano de Pablo y Emilio, mis dos grandes amigos, el verdadero significado de la amistad masculina. No la gran amistad que narra la épica, ni la de las personas sabias que intercambian correspondencia para la posteridad y solaz de los historiadores. Ni siquiera la amistad de los adolescentes, la de darse empujones entre risas durante una noche de invierno en la entrada de un <em>boliche</em>. Descubrí la amistad de andar por casa, la que te hace sentirte cómodo. La amistad calzada con pantuflas y que no teme reconocer que fue ella la que se tiró el pedo. La amistad de las confesiones susurradas a la hora en la que no queda nadie más levantado, sino solamente un par de borrachos que son tan amigos que no tienen nada mejor que hacer que decirse cuánto se quieren, confesarse las vergüenzas más profundas y quejarse de sus padres y sus novias, mientras riegan el amanecer incipiente con sus propias lágrimas de sal.</p>
<p>Hace veinte años también – redondeando – que descubrí la piel. No el envoltorio de los homínidos, sino la superficie de intercambio con el mundo, la máxima expresión de la pequeña frontera que nos define, permitiéndonos compartirnos enteros con quien nos parezca. Descubrí la piel femenina, y que las hormonas alborotadas e impacientes, después de la urgencia de conocer y de saber de qué se trataba eso del sexo, podían y sabían, sin que nadie les enseñe, dejar paso a una emoción profunda, a un misterio oscuro de tacto y suavidad. Descubrí también, al descubrir eso, que no había descubierto nada, que no sabía nada y que tenía que aprender a invocar al silencio, para permitirme escuchar, en un susurro casi inaudible, los secretos que en penumbra cuenta la piel de una mujer cuando se la acaricia con verdadera ternura. Después descubrí también, con amargura, que el amor no estaba hecho de eso. O al menos no solamente: hacía falta entrega, corazón, humildad, complicidad y otro montón de cosas todavía más difíciles.</p>
<p>Hace veinte años descubrí que tenía un enorme talento para sufrir, y un pequeño montón de habilidades moderadas para dar sin esperar recibir, para la generosidad, el egoísmo, la comprensión, la lealtad, la vergüenza, el silencio, las palabras, la contemplación, la sinceridad y la mentira, y sobre todo, para admirar a personas comunes, que es mucho más difícil que admirar a los héroes y a los probos. Hace falta mucho esfuerzo para aprender a admirar el trabajo de nuestros padres, a nuestros amigos, a los viejos, a las mujeres que lo dan todo por sus hijos.</p>
<p>Y como parece ser que hace veinte años de todo, hace también veinte años que empecé a pensar que tenía que deshacerme de mi niño privado, de ese pichón de Aprendiz de Brujo que disfrutaba con la fantasía y la ciencia ficción, que adoraba a <em>Batman</em>, al <em>Zorro</em>, a <em>Flash Gordon</em> y a <em>Spiderman</em>, pero también a <em>Tom Sawyer</em>, a <em>Sandokán, Peter Pan</em> y <em>La Pequeña Lulú</em>. Hice mucho esfuerzo, hasta que lo maté sin ningún sentimiento de culpa y supe que podía dedicarme a hacerme <em>grande</em>. No sospechaba cuánto me iba a arrepentir, ni cuánto trabajo me costaría recuperarlo para mis hijos, de a pedacitos.</p>
<p>Hace la mitad de veinte años que dejé la Argentina, asustado, sintiéndome pequeño e ilusionado, en un avión que transportaba veinticinco toneladas de carne humana y tres valijas con todas mis posesiones terrenales, entre otras cosas. Tenía los sueños torcidos y la ambición a flor de labios. Tenía miedo, valentía y un puñado de cicatrices escondidas detrás de un racimo de amores muertos. Tenía quince discos de <em>Joan Manuel Serrat</em> y cuatro o cinco pequeñas venganzas pendientes. Tenía algunos trajes, y muchos papeles viejos llenos de letras sin sentido aparente. Tenía un tatuaje en el hombro derecho y dos cartones de cigarrillos argentinos.</p>
<p>No podía imaginar que, cuando hubiese pasado la primera mitad de la segunda mitad de esos veinte años, la cabecita rosada y deformada por el esfuerzo del parto de mi primer hijo haría soplar un viento fresco que se llevase las venganzas muertas, como hojas secas, ni que un llanto rojo y espeso me inundaría el pecho para reclamar el regreso al país de nunca jamás, la vuelta definitiva de todos los niños que fui, el perdón absolutorio para todos los pequeños rencores que alimentaba con paciencia. Tampoco sabía que era el primer paso de un camino de vuelta, del regreso a la primera mitad de la primera mitad de esos veinte años, el resurgir de mis palabras apertrechadas. No sabía que, al final de esos veinte años de nada, iba a tener tantos motivos para recuperar de las cenizas la mejor versión de mí mismo, que iba a mudar la piel, como las serpientes, y encontrar debajo una piel nueva, igual a la vieja, pero más sensible y mejor conservada, dispuesta a aprender nuevamente de cada contacto, de cada chispa, de cada golpe.</p>
<p>Y ahora que termina la segunda mitad de la segunda mitad de los últimos veinte años, entonces descubro que peso veinte kilos más, que sigo sin saber nada de todas las cosas de las que no sabía nada hace veinte años, pero en cambio aprendí a recordar que no sé nada antes de equivocarme. Y aunque <em>veinte años no es nada</em>, esa nada me deja entre las manos dos hijos perfectos, la mujer con la que quiero estar, un puñado de amigos de verdad, varios montones de personas a las que quiero cerca y un montón de palabras por decir.</p>
<p>Hace seis días que empezaron los próximos veinte años, y ahora que estoy viviendo la primera mitad de la primera mitad de esos próximos veinte años, no encuentro mejor manera de hacerlo que compartiendo con todos ustedes lo poco que aprendí en la nada de los últimos veinte años, y teniendo siempre presente que no hay mejor manera de vivir que <em>con el alma aferrada</em>, pero no solamente a los dulces recuerdos, no solamente a las lágrimas, sino a lo que viene, a lo que <em>hacemos</em> venir con nuestra energía, con nuestra pasión, con nuestras ideas y nuestras palabras.</p>
<p>Los reyes me trajeron una letra de tango con música de <em>Rock &amp; Roll</em>, ejecutada por una orquesta sinfónica, con coros guturales de conjunto de <em>Gospel</em> y estética <em>Pop</em>, y a pesar de que las partituras están amarillentas y ajadas, son vigentes y frescas, y más allá de la absurda mescolanza, la música resultante suena maravillosamente bien, es dulce y profunda, y hace que sea imposible no sentirse lleno de optimismo.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Casi casi atrapar una idea</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Oct 2009 18:25:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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										</div>Estaba sentado en el sofá, mirando por la ventana. Afuera, la lluvia diagonal que solamente aparece cuando el viento empuja su quejido transparente. Dentro, penumbra. Podía escuchar mi respiración, imaginando el aire entrar en mis pulmones, oxigenando mis glóbulos rojos. Era consciente de cada una de las fibras de mi carne en reposo, tensándose en &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://aprendizdebrujo.net/2009/10/22/casi-casi-atrapar-una-idea/">Continuar leyendo &#187;</a>
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<p>Pasó por mi cabeza el sonido alegre, de chispas pintadas de dorado, de la grasa de vaca burbujeando en la sartén, cuando los domingos de lluvia, por la tarde, mi viejo hacía <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Torta_frita" target="_blank">tortafritas</a></em>. Mis hermanos y yo alrededor, esperando ansiosos. Cucharadas de azúcar que se quedaba pegada en la masa grasienta y crocante, y el recuerdo material de sus manos de hombre en mis manos de niño, una barba oscura que ahora es entrecana. Los ojos, iguales. Lo demás, accesorio.</p>
<p>Me asaltó el recuerdo de una mano femenina investigándome la piel, la curiosidad manifiesta por delante del placer. Una calle del barrio de Palermo en otoño, alfombrada de hojas secas, algunas apelmazadas por lluvias esporádicas, otras combadas, arañando las baldosas sucias con sus uñas ocres, empujadas por el viento. Otra vez dedos de mujer, casi niña, sobre mis párpados, buscando debajo de mis ojos lo que no se transparenta, la verdad única que ni siquiera yo conozco.</p>
<p>Y una lengua húmeda de perro en la cara. Con olor a perro. A pelo sucio, un aliento dulzón, con reminiscencias de carne podrida entre los dientes, las patas sobre el pecho, una cola negra dibujando un vaivén, dos ojos marrones, infinitos, profundos, reflejo de gratitud a cambio de nada, una palmada en la cabeza. Mi perra volvió de la muerte para decirme que aún me adora, a pesar de que la tierra hace rato que absorbió sus huesos, su pelambre, su ternura de perro, su mirada pacífica.</p>
<p>Regresó a mi memoria una noche, hace algunos inviernos. Mi hijo Pablo pequeño. Tenía tos, el pecho cargado. Le pusimos una cebolla partida al medio al lado de la cama. Brujerías de abuela que hacen que respire mejor. Le dejamos una botella de agua. La noche es lenta. Se levantó, castigando el suelo con sus piecitos descalzos. Se pasó a nuestra cama. Traía en sus manos la cebolla, la botella de agua y su león de felpa. Metido en la cama con nosotros no necesitaba nada más.</p>
<p><span id="more-262"></span>Una noche en el patio de la casa de mi vieja, en San Telmo. Una manta bailando al compás del viento otoñal. Mis hermanos, luz amarilla y una cena rica. Que me voy a España, digo. No te vayas, dicen. Me voy, digo. Te apoyamos, dicen. Las voces mezcladas con los vasos que hacen tín tín. Varios pares de ojos que buscan el miedo en los míos, y encuentran ilusión. Y encuentran, también, miedo.</p>
<p>Un mediodía de verano se pasó también por mi sillón. Estaba en la estación de trenes de Retiro. Mi hermano Sergio con un sombrero, llevaba el pelo largo y una camiseta amarilla. Me agradeció los días que pasamos juntos. Se volvería a Brasil. Mis amigos, Pablo y Emilio. Mochilas y un tren rumbo al sur. Canciones y humo de marihuana y tabaco rubio. Vino en <em>Tetra-brik</em> acompañado de guitarras criollas. El inicio de un viaje que nos transformaría en más de lo que hoy somos. Amigos.</p>
<p>Una noche en una playa. Una noche de luna clara, y un faro tajeando la oscuridad con tres rayos de luz que giraban. La espuma sucia brillando a la luz de las hogueras y los faros de un camión alumbrando rostros amigos. Voces compitiendo con el sonido tranquilizador del mar. Tiempo fresco y un amanecer más. Gotas de rocío sobre la piel.</p>
<p>También se convocó a mi presente una fiesta en un bar, al final del invierno. Mucha gente. Mi padre tirando cerveza detrás de la barra. Música de fondo. El primer beso de mi mujer, antes de saber que nos casaríamos, que tendríamos hijos, una vida. Nada de perros. Una caminata por Barcelona a lo largo de una noche fría. Una despedida susurrada en los labios en un portal del barrio de Gràcia.</p>
<p>Volvieron a mí, sin aspavientos, las tardes de naipes en un patio de San Telmo, cuando aprendía a jugar al <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Truco_(juego_de_naipes)" target="_blank">truco</a></em>, y más tarde los dados a solas con mi madre, rumiando sordos sobre un paño verde para no perturbar la siesta, cargados de números de mala y buena suerte.</p>
<p>Y entonces pensé que es placentero dejarse invadir por la melancolía. Los buenos recuerdos tienen la virtud de asomarse solos, sin ser invocados, durante los momentos de paz. Pude adivinar bajo mi piel juventud, pude saber lágrimas por llorar en mis ojos, esperando su momento, y millones de sonrisas atrapadas en mis mandíbulas, pendientes de su turno. Pude intuir apretones de manos, abrazos por venir, magia silenciosa que todavía tengo por vivir, durante muchos años. Pensé también en mis hijos, en los hijos de mis hijos, y en sus hijos. Pensé que hacia atrás hay mucha hermosura, y hacia adelante muchas cosas buenas por vivir, mucho amor por utilizar sin prejuicio. Y entonces pensé en escribir sobre todo eso, pero algo pasó. No pude, y solamente me quedó en la piel y en la mirada una marquita más, la certeza de que esta tarde, casi casi atrapo una idea.</p>
<p><img class="alignright size-full wp-image-123" title="PILUX" src="http://pilux.files.wordpress.com/2009/09/pilux.gif" alt="PILUX" width="132" height="37" /></p>
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