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Textos, mentiras y un sueño

El veintiocho de agosto de 2009 decidí, sin más razón que la necesidad de repartir unas cuantas palabras que me sobraban, agregar uno más a la población mundial de blogs, que por aquél entonces superaba ya los 300 millones.

No fue una decisión trivial.

Las palabras, es cierto, me sobraban. Estaba escribiendo una novela (que luego se transformaría en dos, pero aún no lo sabía) y aún así sentía ahogo. Había ideas, pedazos de textos, párrafos enteros, frases astutas, diálogos ingeniosos, tristezas sepultadas que asomaban, recuerdos con luz propia… Todos ellos egoístas, centrados en sí mismos, en su necesidad de abandonar mi piel perforando las yemas de mis dedos. Algunos de ellos más afortunados que otros, algunos más poéticos, otros más cotidianos, algunos con dolor, otros con placer, otros con desconcierto.

Y había un denominador común: el escriba aficionado que guardaba para mí desde la adolescencia se había despertado. Quería traducirse a sí mismo en escritor. Quería descargar toda su rabia, su dolor, su ausencia, pero también su felicidad, sus pequeñas dosis de suerte, sus amores actuales y antiguos, los secretos pálidos de una vida repleta de vaivenes, las migajas crujientes de cientos de miles de horas de observación ilícita y malintencionada del prójimo, los jirones de lenguaje que tejía y destejía en el silencio de su retiro.

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El Aprendiz de Brujo y el pecado de la vanidad

Una de las principales (y de las pocas) ventajas de no ser religioso es que uno solamente rinde cuentas de sus pecados a su propia conciencia, y, en todo caso, a los posibles perjudicados por la actividad pecaminosa. Hace poco más de tres semanas, cuando empecé a escribir este blog, hablaba en el post La verdad de la milanesa de las razones que me llevaron a hacerlo. Acabo de releer ese post, y si bien todo lo que escribí en el es cierto, faltan razones y argumentos. Quizás porque son mas privados, quizás porque pueden resultar vergonzosos, o quizás porque cuando escribo las entradas del blog tengo diferentes estados de ánimo y esos estados de ánimo se ven inevitablemente reflejados en los textos que me salen.

Siempre pensé que quienes escribimos con el deseo o la ilusión de ser leídos por los demás (hay muchísimas personas que lo hacen para sí mismos) escondemos un fondo de vanidad en el acto mismo de la escritura. No necesariamente es algo malo, ni condenable. Ni siquiera algo de lo que uno debería avergonzarse, aunque parezca lo contrario. Simplemente pienso que solamente el hecho de creer que a otras personas (sí, en plural) puede llegar a interesarles leer regularmente lo que uno tiene que decir, es de por sí un acto que implica cierta dosis de vanidad, sea o no refrendado por el interés real de los lectores.

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