web analytics

Lo Ridículamente Correcto o llamar a las cosas por su nombre

En la Tienda de París, no se puede decir ni Sí ni No, ni Blanco ni Negro, ni Claro ni Oscuro, ni Cómo ni Cuándo, ni Por ni Por Qué. De niño me gustaba mucho ese juego. Era un ejercicio importante de imaginación: conseguir un objetivo de mayor o menor complejidad sin llamar a las cosas por su nombre. Pasábamos horas con mi madre y mis hermanos en el entramado retórico imprescindible para conseguir que un vendedor rematadamente idiota se aviniese a vendernos una bicicleta de las que – lamentablemente – sólo disponía en blanco y negro, o un maletín con la misma dolencia cromática, después de explicar una y mil veces, de forma indirecta y diagonal, para qué lo queríamos, por qué lo necesitábamos comprar y otras tantas trabas dialécticas casi insalvables. Había que estrujarse los sesos, esforzarse hasta el límite de lo imaginable para no gritarle que sí, que déme el blanco de una puta vez, que estoy tratando de comprar, carajo, no de vender.

¿Recuerdan cómo era? Se trataba de acercarse al dependiente y pedir cualquier cosa. Por ejemplo un sombrero. Él respondía: “Cómo no, me quedan blancos y negros”. Y el cliente, azorado: “Cualquiera, me da lo mismo”, “Elija”, “Me da lo mismo, elija usted por mí”, “Es que no nos permiten elegir por los clientes. ¿El blanco o el negro?”, “Déme uno de cada color”, “No puedo, es que solamente puedo vender una pieza por persona. ¿El blanco o el negro?”. Desesperante.

Y sin embargo nunca, ni siquiera en mis momentos más disparatados, imaginando un futuro inverosímil, alcancé a vislumbrar hasta qué punto este juego iba a dominar nuestras vidas adultas. Si alguien me hubiese dicho que tenía que practicar tanto para adaptarme a las dificultades de la retórica de la Era de lo Ridículamente Correcto, no hubiese jugado tan a gusto, con placer de niño.

Y es que en los tiempos que corren, la regla no escrita es más o menos así:

En la Vida Real no se puede decir ni Negro ni Judío, ni Chino ni Portorriqueño, ni Feo ni Pobre, ni Puto ni Torta, ni Macho ni Hembra, ni Loco ni Enfermo, ni Sudaca ni Travesti… ni tantas otras cosas. Si intento completar la lista capaz que me llevan preso antes de llegar a la mitad.

Somos impecables. Hablamos con corrección y no llamamos a las cosas por su nombre. Penalizamos instantáneamente cualquier traspié verbal. Barrer bajo la alfombra ahora se llama respetar a los demás. No es que quiera hacer una bolsa de gatos con todas las palabras controvertidas de nuestro tiempo. Me da igual el nombre de las cosas, porque no es más que un artificio semántico. Evidentemente, algunas palabras son per se ofensivas, como Marica o Sudaca, y otras no deberían serlo, como Negro o Judío. Pero lo importante es lo que hay detrás.

El racista no deja de ser racista porque diga Afroamericanos o Morenitos en lugar de Negros.

El homófobo no deja de serlo porque diga Gays y Lesbianas en vez de Putos y Tortas.

El putero no deja de serlo por Contratar servicios sexuales en lugar de Irse de putas.

Los Pobres no tienen mágicamente qué comer por ser indigentes o necesitados.

Pero eso sí. Todos nos sentimos mucho más cómodos evitando las palabras marcadas por la intolerancia, el desprecio o el prejuicio. Todos nos escandalizamos si alguien suelta un término tabú sin flagelarse, justificarse o lavarse la boca con jabón. ¿Por qué?

Porque a los Negros se les decía Negros en la época de la esclavitud.

A los homosexuales se les llamaba Putos y Tortas cuando era razonable que la homosexualidad estuviese prohibida por ley, cuando era considerado una enfermedad, cuando los ciudadanos probos evitaban que entrasen en contacto con sus hijos.

A mí me parece perfecto luchar contra los prejucios, desempolvar los valores fijos de una sociedad a la que su moral de mármol se le deshace velozmente, y revisarlos de punta a punta para reescribirlos, pero me preocupan enormemente dos cosas:

La primera es que muchas veces siento que en lugar de enfrentar los problemas de raíz, de atacarlos allí donde duele, simplemente estamos barriendo bajo la alfombra, silbando bajito y mirando para otro lado. Hablar con corrección y respeto por los demás es sin duda un activo social, pero no elimina el odio ni los prejuicios ni mejora los valores. Simplemente inculca un sentimiento pecaminoso de “portarse mal” cuando a uno se le escapa una palabra marcada. Es un sentimiento según el cual está mal decirlo, pero no necesariamente está mal pensarlo.

Y la segunda cosa que me preocupa sobre este tema, es que doscientos años después de abolir la esclavitud, aún no hemos sido capaces de desestigmatizar la palabra “Negro”, de decirla sin culpa. Nadie se escandaliza porque a un blanco lo llamen blanco, pero sin embargo los Negros, los Chinos, los Indios y tantas otras etnias, tienen marcado a fuego el nombre de su característica distintiva, aquello que los identifica como hermanos entre sí. Me parece penoso. Lo que tiene que llenarnos de vergüenza es que la esclavitud haya existido, y que a día de hoy continúe habiendo prejuicios raciales, y los negros sigan siendo una minoría necesitada de discriminación positiva. En lugar de eso, parece que lo que nos da vergüenza es que los negros sean negros, y es una condición que procuramos disimular, como si fuese un defecto evidente. No soy capaz de concebir un artificio de hipocresía de mayor tamaño.

Desde que vivo en España, digo y sostengo que soy Sudaca con auténtico orgullo, y es algo que me acerca a otras personas que también están lejos de su casa. Me gustaría que la sociedad en conjunto fuese capaz de eliminar la connotación negativa del término, en lugar de esconderlo como si fuese una mancha en el honor de alguien.

Y que se me entienda bien. No estoy diciendo que debamos eliminar los términos respetuosos de nuestro vocabulario. Hablarnos con delicadeza no puede ser malo, siempre que no esconda un desprecio, un prejuicio o una descalificación. Simplemente estoy diciendo que una sociedad que por el solo hecho de hablar con corrección cree que ha dejado atrás sus prejucios históricos, es una sociedad que se miente a sí misma, y que los individuos que creen que por llamar Gay a un homosexual de verdad lo han aceptado plenamente, deberían darse cuenta de que la nomenclatura no es suficiente para certificar la apertura mental, la aceptación plena de las diferencias y la tolerancia bien entendida; sino solamente para fingirla.

A mí personalmente me gustaría un mundo en el que el nombre de las cosas no fuese más importante que las cosas mismas, y en el que lo que juzgásemos fuese el qué y no el cómo, porque a menudo los que más se esfuerzan en demostrar públicamente su corrección lingüística, son quienes fomentan, sostienen y perpetúan los prejuicios, desde sus convicciones más profundas. Me gustaría que, después de tanta sangre, tanta muerte, tanto dolor, y tantos años transcurridos, entre todos capitalizáramos la experiencia, nos sacudiésemos los formalismos acartonados, nos sincerásemos unos con otros, y aprendiésemos, de una vez por todas, sin falsos sonrojos, a llamar a las cosas por su nombre.

Enlace permanente a este artículo: https://aprendizdebrujo.net/2010/10/30/lo-ridiculamente-correcto-o-llamar-a-las-cosas-por-su-nombre/

7 pings

Ir al formulario de comentarios

  1. […] This post was mentioned on Twitter by Marcela Puig Sanchez and Federico Firpo, Federico Firpo. Federico Firpo said: Nuevo Post en el blog: http://fb.me/MHoPJwVY […] United StatesUnited States

Deja una respuesta

Tu email nunca se publicará.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.