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Reflexiones de un Aprendiz de Brujo https://aprendizdebrujo.net blog de Federico Firpo Bodner Thu, 01 Nov 2012 09:42:30 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.2 24856935 Final de Juego https://aprendizdebrujo.net/2012/11/01/final-de-juego/ https://aprendizdebrujo.net/2012/11/01/final-de-juego/#comments Thu, 01 Nov 2012 09:17:43 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1281

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Todo concluye al fin
nada puede escapar
todo tiene un final
todo termina

Vox Dei.

 

El día de mi muerte pueden pasar dos cosas. La primera y más probable es que mi cuerpo no llegue a comenzar a descomponerse antes de que, cumpliendo mi voluntad, ordenen quemarlo, sin que exista más que carne inútil, tendones y huesos viejos por todo saldo físico de mi existencia. La segunda es que compruebe con alegría que he vivido equivocado, y exista una vida eterna más allá de lo terrenal. En ese caso ―espero, aunque lo dudo― llegaría al cielo furioso, y lo primero que haría es pedir una entrevista con Dios. Me recibiría, por supuesto, porque allá arriba todo sería muy cordial. Me encararía con él echando espuma por la boca y con los ojos encendidos:

―¡Grandísimo hijo de puta! ―le diría―. Ahora que se terminó todo, ¿me vas a explicar por qué mierda, en lugar de dejarme ser feliz, me tuviste que hacer escritor?

Probablemente Él se reiría, y me soltaría una explicación trivial e insulsa. Y es que no solamente no creo en Dios, sino que creo que si existe y es como lo describe la Iglesia, entonces el tipo es, lisa y llanamente, un boludo.

Discusiones teológicas insulsas aparte, lo cierto es que ser escritor duele como la mierda. A veces mucho, otras no tanto, pero la convocatoria a la palabra no puede ocurrir si no se produce un contacto real entre el escritor y su dolor.

Duele cada coma, cada personaje vivo y cada personaje muerto. Duele el amor de los personajes, duele su dolor.

El dolor es material humano, es vivencia pura. Sin él no existe la posibilidad del placer ni de la risa. Sin él no existe ese punto indefinible y sustancial que separa genéticamente a un chimpancé de un ser humano, y, definitivamente, si no existe el dolor, entonces no hay nada que contar.

 

Hoy, que irónicamente en España se celebra el día de los muertos, es uno de esos días en los que ser escritor duele más que otros.

Siento el mismo dolor con eco de vacío que sentí cuando terminé cada una de mis novelas.

El mismo dolor de ausencia que cuando parte un amigo.

El mismo que se dibuja en sangre sobre la piel, el que te llena las tripas de espuma cuando estás enfermo.

El mismo dolor penetrante, agudo e inexplicable que se siente en los huesos, que te llena de adentro hacia afuera, hasta que lo único que queda es una simple cáscara visible, una piel vacía, una mirada perdida.

 

Hoy, después de más de tres años, estoy escribiendo el último texto de Reflexiones de un Aprendiz de Brujo.

Solamente puedo intentar, como me salga, agradecer a todos ustedes por estos tres años. Han sido ―desde el punto de vista de mi satisfacción personal― geniales. Escribí ―contando éste― ciento cuarenta y cinco artículos, que recibieron en total más de cien mil visitas, más de mil comentarios, y mucho, mucho amor. Amor de mi parte al escribirlos, amor de parte de ustedes al leerlos.

También hubo algunos momentos ingratos, pero hoy, en retrospectiva, no son más que anécdotas.

Lo cierto es que el ciclo de Reflexiones de un Aprendiz de Brujo llegó a su fin. Eso no significa que yo no tenga más que decir, ni que vaya a dejar de escribir. Simplemente significa que este formato, este blog y mi compromiso establecido de esta manera, llegaron a su fin.

Enterremos hoy, día de los muertos, a Reflexiones de un Aprendiz de Brujo como se merece, con dolor, pero con alegría, porque por lo menos a mí, me ha dado mucho.

Después, como siempre que alguien muere, la vida sigue. Ya veremos qué trae.

 

De todo corazón, muchas gracias por estos tres años.

 

Federico Firpo Bodner

Barcelona, 1 de noviembre de 2012

 

Nota: muchos de ustedes se preguntarán ¿y ahora qué? Intentaré responderlo brevemente:

  • En Reflexiones de un Aprendiz de Brujo no habrá más artículos. No obstante, en http://aprendizdebrujo.net, los artículos publicados permanecerán disponibles indefinidamente.
  • Seguiré escribiendo y publicando artículos, aunque con otra frecuencia (o la misma) y otra temática (o la misma, quién sabe?) en mi web/blog personal: http://www.federicofirpobodner.com.
  • Quienes estaban suscritos a este blog, quedarán automáticamente suscritos al nuevo. Está disponible en la página de inicio de mi web una nueva opción de suscribirse/desuscribirse, tanto para quienes quieran seguir mi trabajo como para quienes quieran dejar de hacerlo.
  • Me falta decidir si voy a publicar el tercer volumen de Reflexiones de un Aprendiz de Brujo en formato libro, con los artículos del último año. Lo decidiré antes de navidad. ¿Qué opinan?
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Enano Cabezón IV: que seis años no es nada https://aprendizdebrujo.net/2012/10/15/enano-cabezon-iv-que-seis-anos-no-es-nada/ https://aprendizdebrujo.net/2012/10/15/enano-cabezon-iv-que-seis-anos-no-es-nada/#comments Mon, 15 Oct 2012 11:38:07 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1276

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Tengo miedo del encuentro, con tu inocencia que vuelve a preguntarme por mi vida. Tengo miedo de las noches, que pobladas de fantasmas, amenazan tu soñar. Pero el padre que reflexiona, tarde o temprano, encuentra el valor, mi chiquitín. Una vez más, el otoño me encuentra sentado frente al mapa de bits de mi pantalla, intentando dibujar en él las letras que puedan narrarte lo que siento, lo que pienso y lo que creo. Yo sé, mi amor ―no hace falta que me lo cuentes― que las hojas de tu calendario se caen muy lentamente, a la lentitud exasperante de la infancia. Sé, porque puedo adivinarlo, de tu anhelo secreto de crecer rápido, de ser más grande que tu hermano, de que tu cabeza se aleje del suelo y tus ojos se acerquen a los míos. Pero no estamos acá para hablar de lo que ya sé, mi amor, sino para intentar contarte lo que no sabés de mí. O al menos una parte, porque los grandes, mi amor, estamos repletos de inconfesables secretos inútiles, de alfombras pesadas con la mugre barrida debajo, de mochilas de piedras que, por nada del mundo, estamos dispuestos a soltar.

Y lo que no sabés, mi amor, lo que no lograrías imaginar con tu corazoncito casi nuevo y sin cicatrices, es que las hojas de mi calendario se caen como granitos de arena en un reloj pequeño y mezquino, que la sombra alargada de la cuarentena me espera ahí nomás, a la vuelta de la esquina, en la vieja calle, donde el eco dijo que ser papá duele, y lo repite hasta el cansancio. Y esa sombra va a alcanzarme, mi amor, un año más, lejos de mi tierra, de mis amigos y de mi familia, y recién ahora, una docena de años después, entiendo lo triste que es eso, mi amor. Pero la parte buena es que va a alcanzarme en esta tierra que es tuya y de tu hermano, la que vas a amar como amo yo la mía, la misma que tu amor me regala de tarde en tarde, compartiéndose en tus brazos, en tus ojos que cada día son más grandes, más redondos, más asombrados y más mágicos.

A veces, Cabezón, no sé qué decirte. Es tonto, porque las palabras son mi elemento y los hijos uno de mis motivos principales, pero es tu ternura y tu entrega la que me deja mudo, la que me quita el aire, la que me silencia por la fascinación de intentar escuchar lo que tu corazón cuenta.

Quiero explicarte, chiquitín, que yo me hice hombre en un mundo donde a los hombres nos estaba casi prohibida la ternura. Vos estás creciendo y vas a hacerte hombre en un mundo en el que vas a oír hablar mucho de la lucha y las conquistas de las mujeres ―lucha con la cual, como hombre, comulgo―, pero en el que nadie habla del durísimo camino que eso implica para nosotros, los hombres. La ternura, como te decía, era un tabú, igual que el amor de hombre a hombre, el contacto físico masculino, los abrazos y los besos. Los hombres éramos espectadores de primera fila en la crianza de los hijos, en el gobierno del hogar y en el ejercicio del amor filial.

Y a veces, mi amor, en el mundo las cosas que son cambian mucho más lentamente que las cosas que deberían ser. Así, los papás de mi generación, nos encontramos de la noche a la mañana con que teníamos que ser los hombres nuevos y ejemplares que nadie sabe cómo son. Protectores y proveedores, dulces, cariñosos e implicados, pero nunca machistas ni machos, nunca dominantes, pero todavía héroes: un auténtico macho beta. Fallamos estrepitosamente, mi amor. No por descuido, ni por falta de amor, sino por pura y simple ignorancia.

Pero quiero que entiendas, enano cabezón, que no te digo esto para disculparme por mis errores como padre: fueron cometidos con tanto amor que el simple intento de disculpa sería una falta de respeto.

Te lo cuento porque, a medida que vas creciendo, una de las cosas que más me conmueve de vos es tu inmensa capacidad de ternura: me quita el sueño pensar que mi torpe ejemplo puede, algún día, esconderte el camino tan franco que tenés hacia tu propio corazón. Te lo explico porque puedo adivinar en vos a ese hombre que nadie sabe cómo es, al macho beta que el mundo exige, sin explicar antes cómo debe ser. Te lo digo para confesarte mi admiración por tu talento para el amor, para dejar constancia hoy para mañana de que me maravilla que hayas aprendido lo que no soy capaz de enseñarte, porque lo ignoro completamente.

Me toca ser tu padre, mi amor, y me quita el sueño, me llena de angustia saber que es mi mal ejemplo el que puede, algún día, obligarte a esconder tu ternura, a ser más alfa y menos beta, a proteger de falsos enemigos sentimientos verdaderos. Entonces invoco, de mis pobres recursos, al que mejor manejo: la palabra. Ojalá no fuera necesario decirte todo esto. Sería porque soy capaz de hacer que lo leas en mis actos. Pero yo, mi amor, soy todavía una crisálida. Por suerte la pobreza de mi metamorfosis es suficiente para que sea capaz de darme cuenta, para convocarme a decirte que, entre vos y yo, sos el más maduro, el que está verdaderamente listo para ser hombre en un mundo nuevo, el que posee las claves para ser lo que debería. Necesito decirte que es tu corazón el más sabio, que lo sigas, que cuando dudes entre tu instinto y mi ejemplo elijas con sabiduría y no con respeto.

Necesito decirte, mi amor, entre lágrimas, que seis años no es nada, y además de rendirte mi amor, suplicar por tu paciencia y prometerte que tal vez, solo tal vez, en veinte años más ―la verdadera medida de lo que no es nada― yo sea capaz de aprender lo suficiente de vos.

Y mientras tanto, cabezón, me entrego por completo al parpadeo de tus ojos, que a lo lejos, van marcando mi camino. Bajo el burlón mirar de las estrellas, que con su indiferencia, hoy me ven celebrar tus primeros seis años, tu existencia, tu ternura y tu amor.

 

Feliz cumpleaños.

Te adora, papá.

Barcelona, 16 de Octubre de 2012.

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El estigma de lo que quisiéramos ser https://aprendizdebrujo.net/2012/09/24/el-estigma-de-lo-que-quisieramos-ser/ https://aprendizdebrujo.net/2012/09/24/el-estigma-de-lo-que-quisieramos-ser/#comments Mon, 24 Sep 2012 09:16:18 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1270

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Mi padre, que es un hombre lúcido, me dijo una vez algo que, en su momento, no alcancé a comprender cabalmente. Contaba yo menos de veinte años, y andaba por esos días aquejado de algún mal de amores de esos que te atacan tan fuerte que solo unos pocos años después, ya no te acordás ni de quién se trataba. Me confié entonces a mi padre y mentor, que vaso de Fernet con hielo en mano, tabaco rubio entre los labios y mirada pensativa perdida en la ventana gris de la cocina, me bañó con su sabiduría extrema:

El problema, hijo, es que muchas veces uno no se enamora de la mujer para el hombre que uno es, sino de la mujer para el hombre que uno quisiera ser.

En ese momento, la magnitud del concepto se me escapó por completo. Sea porque a los veinte años no hay diferencias evidentes entre lo que uno es y lo que uno quisiera ser, sea por el atolondramiento hormonal típico de la edad, sea por la más que probable resaca que tenía yo en el momento de ser investido de tal clarividencia, lo cierto es que no entendí un carajo.

Sin embargo, veinte años dan para mucho. Entre otras cosas para que la vida te baje a cachetazos de casi todos los caballos a los que te alcanzaste a subir, y para descubrir que, contrariamente a lo que indica la sabiduría popular, con la trompa contra el suelo la perspectiva y la visibilidad mejoran bastante.

Hoy, acercándome al vigésimo aniversario de tan remarcable adiestramiento, me descubro aprendiendo por fin el significado de esa revelación, y profundizando en el concepto.

Entiendo, entonces, que lo primero que hacemos mal es criar a los hijos. Les enseñamos a vivir la vida que quisiéramos que tengan, pero no la que van a tener. Con paciencia les explicamos cómo gestionar la felicidad y la estabilidad, cómo recibir las maravillosas enseñanzas de un sistema educativo modelo, y cómo comportarse en una sociedad perfecta. Los dejamos preparadísimos para que la vida los cague a sopapos.

Después, estos tipos entrenados a conciencia por padres que quisieran ser excelentes padres, pero que son personas de carne y hueso, acceden a la vida, compran, venden, aman, roban, matan y legislan.

Entonces, la base reguladora social de las actividades económicas está preparada para funcionar con las empresas que quisiéramos tener, que son honestos empleadores que pagan a sus trabajadores lo que merecen ganar, de acuerdo también a sus propias ganancias, que respetan el medio ambiente, pagan escrupulosamente sus impuestos y les preocupa la sustentabilidad de sus actividades industriales. Las empresas que tenemos en su lugar, son entidades macabras sin dueños reconocibles, borrachas de poder y con el único y último fin de ganar dinero y más dinero, sin escrúpulos y habituadas y cómodas en la hipocresía como lenguaje de intercambio natural. Una auténtica cofradía de ladrones inescrupulosos, que se mueven a sus anchas con una legislación y una cultura que los trata como a distinguidos caballeros. Nada le gusta más a un mafioso que ser tomado por un hombre de paz.

Mientras tanto, el llamado cuarto poder, la prensa, está tipificada como el faro luminoso que abre el camino de las ideas. Son los vigías incorruptibles que velan por la verdad, el brazo irreductible que mantiene el pulso contra la corrupción y la vergüenza. La ley los reconoce como independientes, protege sus fuentes y su derecho a informar, porque la prensa que quisiéramos tener es un dechado de virtudes éticas, un repositorio de pensamiento humanitario y, por sobre todas las cosas, el último bastión de la defensa pública de la verdad, la encargada de denunciar a quienes nos roban, de identificar a quienes nos engañan, y de decir en voz alta todo lo que no está permitido pensar. En lugar de esto, la prensa que tenemos (al menos la mayoría de la prensa que tenemos), responde a grandes grupos económicos, los mismos que financian campañas electorales, los que explotan a sus empleados, los que imponen líneas editoriales, los que se apertrechan detrás de un argumento inválido como si fuese una razón. No existe la reflexión ni la denuncia, sino solamente la opinión, el amparo en la libertad de información para comerciar con los trapitos sucios de los famosetes de turno y la manipulación de la opinión pública detrás de intereses explícitos.

Y por último, pero no menos importante ―último en este artículo, porque existen miles de casos más― la clase política. El pacto social establece que los políticos son, sobre todo, personas preocupadas por los demás, a quienes la injusticia no deja dormir. Prohombres honestos que buscan por sobre todas las cosas el bien común, ilustres defensores de pensamiento de vanguardia, mentalidades modernas al servicio del progreso y de la comunidad. Por lo tanto, las normas y leyes que regulan la actividad política están escritas suponiendo que los hombres y mujeres que ostentan los cargos públicos están hechos de esa madera. Mientras dormimos tranquilos, pensando que la ley de transparencia nos protege, la gran mayoría de las personas que triunfan en la carrera política, lo hacen porque no les tiembla nunca el pulso, porque no tienen sentido del asco, porque son capaces de cualquier cosa con tal de tener un poco más de poder, porque escriben la ley a conciencia para que se aplique a los demás, para fortalecer sus posiciones, para amparar a las empresas que los llevan al poder, para decorar sus mansiones con dinero público, y, como diría Joan Manuel Serrat, para colgar en las escuelas su retrato.

Por supuesto, siempre existen excepciones, pero estoy convencido de que el principio de la solución a los problemas del mundo es abandonar la línea de la ingenuidad legislativa. La normativa de la vida pública debe estar escrita bajo el supuesto completamente contrario al vigente: que los seres humanos somos egoístas y viles, que siempre que tengamos poder lo utilizaremos en provecho propio, que el que puede quedarse con lo ajeno, o enriquecerse a costa del sufrimiento de otros lo hará sin dudarlo, y que nadie, en ninguna parte, hace nada por los demás por puras buenas intenciones, al menos si puede haber dinero de por medio.

Es una visión escéptica, lo sé. No es la que quisiera tener. Pero tampoco soy el padre que quisiera ser, ni el ciudadano que digo que soy, ni el escritor que prometo ser. Después de dos mil años de fracasos, tal vez vaya siendo hora de que empecemos a vivir nuestras vidas, en lugar de como los hombres y mujeres que quisiéramos ser, como los que en verdad somos. Liberarnos del estigma de lo que quisiéramos ser haría que nos fuese mucho mejor, o al menos, que no nos decepcionáramos tanto.

 

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¡No hagan hambre! https://aprendizdebrujo.net/2012/08/22/no-hagan-hambre/ https://aprendizdebrujo.net/2012/08/22/no-hagan-hambre/#comments Tue, 21 Aug 2012 23:01:03 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1261

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Una de las cosas que adoro de las vacaciones en familia, es que mis hijos esperan con ilusión la sobremesa de la cena, todas las noches, para pedirme: “Papá, cuéntanos historias de cuando tú eras niño.” Pocas cosas hay que seduzcan más a un escritor que el pedido de una historia, y más aún cuando los que piden son cuatro ojitos ávidos, dos bocas abiertas de sorpresa, las cabezas atentas en la penumbra del porche de un bungalow perdido en alguna parte de la Comunitat Valenciana. Entonces me enciendo un cigarrillo, reclino un poco mi espalda y me dejo llevar por la nostalgia. A ellos no les importa demasiado si repito historias, solamente quieren el placer de la narración, mi placer al narrar, el suyo al escuchar, la idea prohibida de su padre haciendo cagadas, quebrando la ley, el cosquilleo instantáneo de un recuerdo que asusta, o simplemente el sonido de mi voz en medio de una noche tranquila, que cuando se deja invadir por la nostalgia, tiene timbres suaves y protectores.

Cuando esto pasa, es inevitable que se siente a la mesa, con nosotros, el espectro de mi abuela Marina. Nunca falta a la cita, porque era una abuela de pocas palabras, de hechos, griega de origen y soviética de carácter; austera para dar amor y más austera aún para recibirlo. Mis abuelos eran pobres. Supongo que ahora se llamarían “clase media-baja” o algún eufemismo similar, pero la verdad es que eran dos ancianos jubilados que vivían en el Uruguay. Uruguay es un país pobre. Nació pobre, hace quinientos años que es pobre, y será pobre hasta que algún iluminado presione el botón rojo y todo deje de importar.

Lo que quiero decir, es que en el Uruguay la pobreza no es una tragedia, como en España, o incluso en Argentina. En Uruguay se puede ser pobre y ya está, sin que todo el mundo te compadezca y sin que sea un motivo de tremenda vergüenza.

Mis abuelos eran pobres.

Y mis padres, que eran un poco menos pobres, trabajaban todo el verano. Entonces nos mandaban a los cuatro niños, durante dos meses, a la casa de mis abuelos, en Montevideo. Para nosotros se abría un paréntesis temporal, un mundo distinto, verdadero, un paraíso en el que había árboles frutales, una parra que daba sombra fresca, gallinas que ponían huevos todos los días y tres perras que jugaban sin parar. Si existía algo parecido a la idea de un palacio, era la casa de mis abuelos. Recuerdo que no pensé por primera vez en que ellos eran pobres hasta bastante avanzada la década de los noventa, cuando en la Argentina todos éramos ricos y los pesos valían como dólares en la imaginación trastornada de Domingo Cavallo.

Nosotros invadíamos el silencio sagrado de la casa de mis abuelos, que era oscura y con manchas de humedad, con el griterío y la bullaranga que nos acompañaba a todas partes. Subvertíamos la casa entera, nos peleábamos a gritos todo el día, íbamos y veníamos de la playa siguiendo el paso elástico e interminable de mi tío Ramiro, irrumpiendo en la casa a las corridas, presas de esa incomprensible ansiedad locomotriz que sufren los niños, que hace que se desplacen siempre corriendo, aunque el destino a alcanzar se encuentre ridículamente cercano.

Entonces, mi abuela Marina, que era pobre, se llevaba las manos a la cabeza al vernos correr, y mirando al cielo invocaba a su dios particular, gritándonos con su voz profunda y algo cascada: “¡No hagan hambre! ¡No hagan hambre!”. Nosotros, niños por sobre todas las cosas, interpretábamos el grito ritual en clave de inocencia: sospechábamos que se refería a lo mucho que comíamos, quizás al trabajo de cocinar tanto para tantos, o simplemente a un juego como tantos otros que teníamos. Por las noches, los cuatro niños acostados en la misma habitación veíamos cómo mi abuela hacía la ronda por la casa echando flit. El aire se enrarecía de un vapor venenoso y nos picaban los ojos, y mi abuela cantaba: “Sheltox con vapona no perdona…”. Ni entonces ni nunca supimos que el grito de guerra no era más que una ironía, y que la mirada cómplice con mi abuelo trataba del enorme esfuerzo que significaba llenar la olla. No hacía falta.

Hace unos días, aquí en España comenzó a haber asaltos organizados a supermercados ―cosa sobre la que no opino, pero que, de opinar, me parecería bien―, y no pude evitar recordar, entre el olor a laurel de los guisos de mi abuela Marina, que era pobre, y las alarmas encendidas en la televisión hispalense, hechos similares en la Argentina hiperinflacionaria de 1989.

Los tertulianos a sueldo, paladines de la eurobasura, defienden a gritos, enojadísimos, los sacrosantos valores del Estado de Derecho, y se rasgan las vestiduras mientras concluyen con absoluta certeza que los responsables de tal tropelía deben ser encarcelados: están robando supermercados de los que muy probablemente sean accionistas los mismos bancos que resulta imperioso rescatar, y vuelven a llover los miles de millones de euros que rápidamente se esfuman en las manos mágicas de gestores con corbata, que no solamente no irán a la cárcel a acompañar a los asaltantes de supermercados, sino que incrementarán sus patrimonios personales al amparo de la ley universal del aprovechado: toda crisis es una oportunidad.

Y yo recuerdo a mi abuela Marina, que era pobre, haciendo milagros durante dos meses, con una jubilación ridícula, multiplicando los huevos de sus gallinas del fondo, echando laurel verde en la olla del puchero para que no se note que dentro, sobre todo, había agua, y espantando las moscas a manotazos debajo de la parra; y aún así, devolviendo al final del verano a Buenos Aires a los niños más felices del mundo, bien alimentados, con la piel llena de sol y salitre, habiéndonos bañado menos de una vez a la semana, y a pesar de todo limpios, sin prejuicios, con la risa en flor.

Treinta años después, mi abuela, que era pobre, descansa con la frente alta. Mientras tanto, la pobreza quiere volver a una España que la había desterrado, y puedo ver en mis vecinos, y en mí mismo, que mirarla a los ojos causa terror en la sociedad occidental del siglo XXI: ya no sabemos cómo ser pobres. La pobreza causa vergüenza y pánico. Las bolsas se desploman, y Mariano Rajoy, con el vestido naranja de flores blancas que le prestó mi abuela, recorre desesperado la geografía española, echando enloquecido flit a los inmigrantes y gritando desaforado: “¡No hagan hambre! ¡No hagan hambre!”, mientras los españolitos de a pie, con la mierda hasta el cuello, se miran unos a otros, inmóviles, y susurran: “¡No hagan olas! ¡No hagan olas!”.

Y yo, mientras relato a mis hijos los milagros caseros de mi abuela Marina, que era pobre, no puedo evitar sentir que la pobreza que debería dar pánico y vergüenza es la de espíritu. La otra es poco más que falta de dinero. Mi abuela, que era pobre, tenía la valentía y la humanidad de hacer de la pobreza una virtud, de vivirla con salud y buen humor, y de no entrar en pánico por no poder comprar un lavarropas.

No hagan olas, pero el hambre, hoy y siempre, es fundamental para encontrar el camino del cambio. Sobre todo si somos capaces de reírnos de él, y de derrotarlo desde la creatividad, el amor y el ingenio.

¡Hagan hambre!

 

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Los amigos son unos hijos de puta https://aprendizdebrujo.net/2012/07/19/los-amigos-son-unos-hijos-de-puta/ https://aprendizdebrujo.net/2012/07/19/los-amigos-son-unos-hijos-de-puta/#comments Thu, 19 Jul 2012 21:05:48 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1249

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Hace dos días, el hijo de puta de uno de mis más grandes amigos cumplió cuarenta años, y no pude estar con él. No pude abrazarlo, besarlo y decirle a la cara que es un hijo de puta. Y hoy es el día del amigo, una boludez del tamaño de un huevo de avestruz, que cuando vivía en Buenos Aires me importaba un carajo, y ahora me hace crujir las tripas de tristeza y nostalgia.

Y como siempre que los fantasmas vuelan bajo, acechando mi montaña privada, esa a la que suelo mirar buscando una inspiración que no llega, que se niega a comparecer y que a veces me asusta con sus presagios premonitorios, una fuerza superior a mí me convoca al teclado, a la descarga emotiva y balsámica de la podredumbre privada de mis vísceras.

Aureliano Babilonia, uno de mis personajes preferidos de Cien años de soledad, que es, por cierto, uno de mis libros favoritos, ahogado en su soledad después de la partida del Sabio Catalán, una noche aulló entre sus propias lágrimas: “Los amigos son unos hijos de puta”. Es una frase que, cada vez que la leí, me golpeó con fuerza.

Tenía doce años la primera vez que me hundí por completo en la lectura de este libro, y aunque no entendí de la misa la mitad, me impresionó enormemente ―entre otras muchas cosas― este concepto. Veintiocho años después, me encuentro pensando en eso, rememorándolo y descubriendo su sentido profético: recién ahora entiendo por qué los amigos son unos hijos de puta.

En la candidez de esos doce años, los hijos de puta de mis amigos chapoteaban sin rumbo en el final de la infancia, en algunos casos feliz, y en otros difícil. Me pasaban a buscar por casa, y tan pronto jugábamos a Flash Gordon como nos perdíamos en la contemplación prohibida de las tetitas incipientes de las hijas de puta de nuestras amigas. Nos movía el alma por igual el reestreno de una película mala de aventuras en el cine Olavarría, de La Boca, que las curvas suaves y redondas que nuestras contemporáneas empezaban a ostentar. Y entonces, nada como los hijos de puta de mis amigos para hacerme pasar vergüenza frente a una niña linda, o para contar secretos de esos que sabe todo el mundo y que hacen que te quieras morir cuando ves que dos chicas hablan en voz muy baja, te miran y se ríen como tontas.

Y durante la primera adolescencia no fue diferente. Me sentí un hombre cuando los hijos de puta de mis amigos me invitaron por primera vez a una cerveza, que se transformó en tres botellas, que se transformaron en un pedo para el recuerdo y en un vómito agrio con la frente apoyada en el tronco de un árbol, y más hombre aún cuando aprendí a imitarlos en cómo mirar torcido a las damas, a exponer en público una virilidad incipiente y más impostada que genuina, a discutir de fútbol a los gritos en los bares, a llorar amargamente las derrotas de la Selección Argentina, y a gritar como un desaforado sus victorias.

Después, con los hijos de puta de mis amigos descubrí la política, las fiestas trasnochadas, la marihuana y los amaneceres en dudoso estado de conciencia, mientras aprendíamos todos juntos a disfrutar de los primeros rayos furtivos del sol sobre los empedrados de Buenos Aires, las caminatas kilométricas para volver a casa cuando nos habíamos gastado hasta el último peso invitando a las chicas con vino de mala calidad, y por supuesto, a comentar entre hombres los triunfos prohibidos de la cacería implacable de corpiños y bombachas.

Entonces los hijos de puta de mis amigos empezaron a trabajar, algunos, y otros sus rutas trasnochadas por universidades en las que se enseñan cosas de esas que ya no le importan a nadie. Estábamos ―los hijos de puta de mis amigos y yo― convencidos de que ya éramos grandes. Todos teníamos más de veinte años y menos kilos de sobra. Todos habíamos salido disparados a comernos el mundo, a demostrarle a esos viejos agrios que veníamos con empuje, con fuerza y con ideas, y que nada ni nadie podría pararnos. ¡Qué hijos de puta! Nos fuimos diluyendo como azúcar en el café. Fuimos encontrando trabajos y moderando nuestros ímpetus. Fuimos teniendo parejas estables, y aprendimos a querernos igual, viéndonos menos. Pero seguíamos siendo estrepitosamente amigos. Seguíamos siendo igual de hijos de puta.

Y llegó lo inevitable. Primero fue el hijo de puta de uno de mis más entrañables amigos, que se fue a estudiar a Nueva York. Después, otros tantos hijos de puta siguieron sus propios caminos. Algunos empezaron a formar familias, otros ―como yo― salimos a buscar fortuna en el viejo mundo. Por suerte, podíamos seguir siendo hijos de puta por mail, por teléfono y por avión, cuando había tres pesos para vernos.

Después, los treinta avanzaron sin piedad sobre todos. Entonces, los hijos de puta de mis amigos, y yo también, empezamos a tener hijos, a quererlos con locura, y a contarles que del otro lado del mundo, tenemos unos amigos que son unos hijos de puta.

El primero de los hijos de puta ya cumplió cuarenta, y a lo largo de los próximos doce meses, casi todos los hijos de puta de mis amigos, y yo mismo, vamos a cumplir cuarenta años. No son más especiales que otros, pero tienen el encanto helado de los números redondos, esa magia sorda que nos encandila sin querer, el tópico social del comienzo de la vida y toda esa basura. Aún así, es importante.

Y yo vivo lejos.

Estoy del otro lado del mundo.

Es entonces cuando vuelvo a mirar mi montaña, que no es la más alta, ni la mejor, ni la más linda, pero es la mía, la que se ve desde mi ventana, y me permito por primera vez desde que vivo acá escuchar plenamente el dolor de mis entrañas, la tristeza cerrada e invencible de tener lejos a los hijos de puta de mis amigos, el silencio de mi pecho, y entiendo, de golpe, como en una revelación, que Aureliano Babilonia tenía toda la razón del mundo. Cada uno elige su camino, y está bien que así sea. Nadie me toca ya el timbre para jugar a Flash Gordon, pero frecuentemente hago videoconferencias con los hijos de puta de mis amigos, y nos mostramos unos a otros nuestros hijos, nos contamos las dolencias del cuerpo y del alma, nos reímos de nosotros mismos por cualquier pavada, y nos dejamos saber, sin ceremonias, que seguimos ahí, juntos, hermanados por una fuerza indisoluble y mucho más genuina que la barba de cualquier Dios: la amistad.

Brindo por vos, Aureliano Babilonia, y por todos mis amigos, estén cerca o lejos, porque me duele tanto la distancia que no me queda más opción que reconocer ante mí mismo que sin amistad no puedo vivir. Levanto mi vaso hacia mi montaña, brindo con un gesto en el aire y suelto sin pudor un grito silencioso: ¡Que hijos de puta!

 

Todo esta terminando, sin embargo los tipos

Se prenden al mármol, eterno testigo

Discuten, se abrazan, recuerdan, sonríen

Es simple junarlos, son viejos amigos

 

Uno tiene en los ojos el humo del billar

Otro a las ilusiones se las llevo el remate

El tercero es el único que se dice normal

Justo él que ha vivido cuidando un empate

 

Jaime Roos. Las luces del estadio (fragmento).

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Porque lo digo yo, que soy tu padre III: ¡Más madera! https://aprendizdebrujo.net/2012/06/22/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre-iii-mas-madera/ https://aprendizdebrujo.net/2012/06/22/porque-lo-digo-yo-que-soy-tu-padre-iii-mas-madera/#comments Fri, 22 Jun 2012 21:37:00 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1241

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Tus años son mis años, mi amor. Desde que naciste, y de eso hace hoy ocho, no hacés más que cumplir años. Solito, sin que nadie te ayude, te las fuiste arreglando para cumplir cada vez más. Y digo que los tuyos son los míos porque, si fuera por mí, no te dejaría seguir cumpliendo. Tu viejo, mi amor, es un hombre mortal. Hasta hace poco no me importaba: la certeza de la muerte tiene la extraña virtud de hacer mágico el presente, de obligarte a mover el culo, a buscar lo que sea que busques, a pelear sin descanso por causas perdidas, a emprender gestas, a vestir la piel de los héroes para ir a comprar el pan, a reencontrarte una y otra vez repasando una lista de pendientes que no hace más que crecer y crecer.

 

Y entonces, un día llegaste vos, con tus manitos de bebé, tus piecitos de bebé y tu cabecita pelirroja. Yo no podía saber, mi amor, que se te llenaría tan rápidamente de preguntas. No podía adivinarlo, mi amor, porque hasta ese día era solamente eso y nada más que eso: un hombre mortal.

 

Pero llegaste vos, te decía, y entonces empezó a importarme más. Mucho más. ¿Sabés por qué, mi amor? Porque los límites de un hombre mortal no se parecen en nada a los del padre de un niño de ocho años con la cabeza llena de preguntas, con el pecho desbordado de fantasías, con sueños tan reales que pueden verse flotar por encima de tu pelo, a veces en globos rojizos que destellan, otras en burbujas fluorescentes que, por las noches, rompen la oscuridad de tu cuarto. No se parecen porque mientras los hombres mortales, en el camino de su vida, evitan los peligros de muerte, los padres los enfrentamos cara a cara, nos arriesgamos por puro placer del riesgo, por darle a nuestros hijos una gesta más que sumar a una lista interminable de heroísmos de papel picado. No se parecen, mi amor, porque mientras los hombres mortales sostienen un desacuerdo leve con la mediocridad, mientras sufren silenciosamente día a día por todo lo que intuyen que ya no van a conseguir, los padres estamos obligados a superarnos diariamente, a inventar historias para rellenar los agujeritos de la fantasía, a aprender más, a saberlo todo para contestar a las preguntas, a preguntarlo todo para dar lugar a las respuestas, y a forzar las fronteras de la realidad si es que no queremos romper la magia inverosímil de un hijo creciendo. Esos límites, mi amor, son diferentes porque mientras los hombres mortales ven la noche, los padres vemos la luna y las estrellas. Los límites son distintos, mi amor, porque los hombres mortales no saben volar, y cuando uno de esos hombres mortales, como me pasó a mi, se transforma en padre, entonces vuelven, sin saber cómo, todos los superpoderes que, de niños, teníamos con solo desearlos. Con tu nacimiento, sencillamente recordé cómo volar. Y no solo eso, sino también cómo combatir el mal, cómo proteger a los indefensos y cómo ser rico gratis. Mis piernas recuperaron el beso del viento, y pude nuevamente ir y volver corriendo a China en diez segundos, solamente para probar que se puede, y saltar edificios sin tomar carrera, patear la cima de las montañas y sentarme de piernas cruzadas a jugar. Mis brazos, mi amor, al amparo de tu niñez, crecieron en envergadura, se desplegaron, y además de transformarse en alas cada vez que quiero, recuperaron el abrazo primigenio, el mismo que le das a tu león de peluche para dormir, que es también el de mi cuello, el de tu madre y el de tus guerras privadas. Mis ojos, hijo, se revelaron instantáneamente poseedores de visión de rayos X, que además de permitirme ver desnuda a tu madre cada vez que quiero, me devolvió el poder de ver el color real de los pedos, la forma secreta de las nubes y los mecanismos cromados que mueven el cuerpo humano, y que los médicos se empecinan en ocultar detrás de unas láminas de colores con dibujos de vísceras asquerosas. Mi panza, mi amor, en lugar de ser una bola de intestinos sobredimensionados, recuperó su centro, volvió a ser el territorio neutral en el que indios y vaqueros fuman la pipa de la paz, la pista de despegue de las cosmonaves que uso para ir y volver a Madrid cuando tengo que trabajar, y el estadio donde mi equipo de fútbol es siempre campeón. Y mi pecho, mi amor, mi pecho es un tanque de guerra, un panzer blindado que, día y noche, te protege de las tropas enemigas.

 

Pero toda esta magia, pendejo, no te quita lo difícil, los pucheros constantes, la rebeldía que llevás en sangre, esa que te obliga a protestar, a patear el suelo y agitar los puños, ni la terquedad infame con la que, a pesar de creer cualquier cosa que te explique sobre el espacio exterior, me discutís las verdades pequeñas, las enseñanzas simples, las paredes de cemento armado que mi cultura y mi civilización me obligan a inculcarte. Este último año, mi amor, despertó tu preadolescencia. Demasiado temprano, quizás, descubriste el poder de los argumentos, la posibilidad de convencer al otro, la herramienta del lenguaje al servicio del capricho. La mitad de las veces te mataría, cuando te emperrás, cuando no querés comprender, cuando negás tus acciones argumentando conjuras inexistentes contra tu inocencia.

Pero la verdad más profunda, mi amor, es que me siento orgulloso también de eso. Me maravilla tu potencia racional, y me hipnotiza tu capacidad de ternura. No me importa, mi amor, que tan pronto empieces a disputarme el lugar en el sofá que delimita mi condición de macho alfa de la casa, ni que me pruebes constantemente. Sé que pierdo la paciencia a veces. Sé que a veces grito, pero ninguna de esas veces ―y creeme, porque es cierto― dejo de adorar tus explicaciones fantasiosas, tu sentido de la justicia que, de alguna forma, siempre te declara inocente.

 

Tu viejo, mi amor, sigue siendo un hombre mortal. Pocos días después de tu llegada vino La Muerte en persona a recordármelo. Yo estaba tirado en el sofá de nuestra casa de Málaga, y vos dormías, hecho un ovillo, sobre mi pecho. Miré hacia la ventana, en la que reverberaba el calor de la tarde, y allí estaba, de pie. No era una calavera, ni traía una guadaña, ni tenía una capa negra. Era una mujer bella y pálida, con un pelo negro y lacio que le caía hasta la cintura, y tenía un sencillo vestido blanco. Se acercó, sonriendo, se sentó de medio culo en el sofá, a mi lado, y empezó a acariciarte la cabeza.

―Es una pena, ¿verdad? ―me dijo―. Te vas a morir igual, en la misma fecha en la que te hubieses muerto aunque no fueras padre.

―Entonces no es ninguna pena ―respondí―, es solamente un motivo más para quererlo.

―Puede ser. Pero acordate lo que te digo: esto dura poco. Aprovechá el tiempo, nene, porque haber tenido un hijo no cambia nada.

Te dio un beso tierno en la frente, y se fue por donde había venido. Entonces te abracé, mi amor, y me prometí a mi mismo que tu infancia sería feliz, que te daría amor todas las veces que fuera posible, y que no dejaría escapar ni un solo segundo de verte crecer.

Por eso, mi amor, hoy quiero decirte que tu viejo es un hombre mortal, que ya vivimos más de la mitad de tu infancia, y que nos queda poco tiempo para volar juntos. Eso no es malo, mi amor. Después tendremos que aprender a caminar uno al lado del otro, y a hablar como personas adultas, pero una vez que crezcas, es muy probable que, nuevamente, los dos olvidemos cómo volar. Al menos hasta que un día seas padre vos también, y entonces mi nieto nos lo recuerde a ambos.

Mientras tanto, mi amor, no pares. Seguí probándome, llevándome al límite, obligándome a ser mejor solamente para ser suficiente para vos. Y como diría Groucho: ¡Más madera!

 

 

Barcelona, 24 de junio de 2012

Feliz cumpleaños

Te adora, Papá

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Sobre dar y recibir, o Vamo’ vamo’ vamo’ el Avellané https://aprendizdebrujo.net/2012/05/28/sobre-dar-y-recibir-o-vamo-vamo-vamo-el-avellane/ https://aprendizdebrujo.net/2012/05/28/sobre-dar-y-recibir-o-vamo-vamo-vamo-el-avellane/#comments Mon, 28 May 2012 18:09:47 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1232

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Muy raras veces en esta vida uno recibe, sin proponérselo, más de lo que da. Cuando eso sucede ―al menos a mí― se me eriza la piel, la fortaleza de carácter se me hace de papel y tiembla, y entonces me dan ganas de llorar sin pudor, como los adultos responsables no sabemos hacer, o al menos nos empeñamos en olvidar.

Llegué a Buenos Aires hace diez días, para presentar Matalobos. No soy capaz de relatar lo que pasó. A cambio de mi trabajo, de solamente doscientas páginas llenas de letras, recibí abrazos, miradas, cariño, palabras, alegría, nostalgia, voces y luces. Me van a perdonar quienes esperen una crónica más detallada, pero diez días después todavía no soy capaz de ponerlo en palabras.

Como si eso fuera poco, hoy tenía una charla con alumnos del Colegio Nicolás Avellaneda. Mi Colegio. El Colegio donde, hace casi veinticinco años, descubrí que quería ser escritor. El lugar en el que conocí a mis amigos del alma, donde los docentes supieron devolver mis pasos perdidos y errantes a un camino difícil, pero claro y sano, donde viví amores y desengaños. El Colegio que construyó el germen del escritor y la persona que soy hoy, del que me llevé un capital humano absolutamente incalculable, enorme, del que todavía hoy me nutro día a día.

No importa cuánto tiempo pase, a veces bajamos la guardia y la soberbia nos vuelve a sorprender. Hace un mes pensé que ahora, como escritor que venía a la Argentina a presentar un libro, podía ser interesante ir al Avellaneda y dar una charla para los alumnos. Por alguna razón absurda, supuse que era una buena manera de comenzar a devolverle a ese colegio aunque sea una ínfima parte de lo que me dio. Enrique Vázquez, que hace veintitrés años fue profesor mío de historia, y hoy es Vicerrector, lo hizo posible. Acordamos hacer la charla, y esta mañana me levanté feliz, y allá fui, al colegio, convencido de estar haciendo justicia. Los chicos iban a tener la oportunidad de conversar con un escritor.

Me salió rematadamente mal.

Una vez más, y veinticinco años después, me llevo del Avellaneda mucho más de lo que aporté.

Me llevo la calidez de Quique Vázquez.

Me llevo la emoción genuina de la Profesora Silvia Di Marzo.

Pero sobre todo, y por encima de todo, me llevo la ternura de los chicos, su madurez sorprendente, su conversación entrañable, sus caras atentas, sus risas sanas y sinceras, sus aplausos ―con toda seguridad, los más gratificantes que recibí en mi vida― y la promesa silenciosa de otra generación de hombres y mujeres vivos, con inquietudes, llenos de curiosidad, con ganas de vida, mundo y pasión.

En realidad, solamente quería colgar el texto que leí en la charla, pero no puedo evitar estas palabras, no puedo evitar sentirme tremendamente agradecido, y no puedo evitar reconocer, no sin cierta vergüenza, que no fueron los chicos los que tuvieron la oportunidad de conversar con un escritor, sino un escritor que tuvo una oportunidad invaluable para conversar con los chicos.

Los dejo con el texto, y con la promesa sincera de estar siempre disponible para el Avellaneda, para los docentes y para los chicos. Mi corazón sigue ahí, para siempre.

 

 

Me llamo Federico Firpo Bodner. Tengo 39 años, y soy ex-alumno del Avellaneda. Tengo un hijo de cinco años y otro de siete, y casi nada en este mundo me gusta tanto como hablar y jugar con ellos. Ellos me enseñaron a comunicarme con los niños. Además de padre soy escritor, y mis lectores, a su pesar, casi sin querer, me enseñaron a comunicarme con los adultos.

Cuando, hablando con Quique Vázquez, surgió la posibilidad de venir a hacer esta charla con ustedes, me senté a pensar en lo que iba a decir, y me di cuenta de que no estoy habituado a comunicarme con adolescentes ―con perdón por la etiqueta―. Mis hijos aún no lo son, y mi mundo es el de jóvenes y adultos. Eso me preocupó un poco, porque pensé que no domino el registro de lenguaje habitual para llegar a ustedes. No lo domino como escritor, porque mi público es, en general, un poco más viejo, y no lo domino todavía como padre, porque mis hijos aún no me pusieron a prueba en este terreno.

Entonces pensé que, aunque para personas que tienen entre catorce y diecisiete años, treinta y nueve es la edad de un viejo, en realidad no hace tanto que yo mismo tenía quince, y que venía todos los días a este colegio. Por ese entonces, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota acababan de publicar Un Baión para el Ojo Idiota, y el Gordo Urribarri cantaba Masacre en el puticlub a gritos por los pasillos del colegio. Ustedes no conocen al Gordo Urribarri, pero usaba un pañuelo de pirata en la cabeza y medía como seis metros de alto y dos de ancho, y tenía una voz grave y bonita. Y recordé, con alegría en la piel, que una de las cosas que me gustaban del Avellaneda, era que en esa época el equipo docente ―o al menos la mayoría de los docentes― nos trataba como a personas, y no como a adolescentes. Recordé que detestaba la condescendencia de algunos adultos, que me rompía las pelotas sentir que, por ser teenager, ellos me trataban como si fuera imbécil.

Así que decidí hablarles hoy a ustedes como a mis propios compañeros de colegio, como a mis amigos, porque me parece que si yo mismo no creo en que podemos comunicarnos de igual a igual, entonces esta charla no tendría ningún sentido. Quizás tendría que sentarme frente a ustedes, y recomendarles que estudien, que no fumen, que no se metan en líos, que se abriguen en invierno y que no acepten caramelos de ningún desconocido, pero la verdad es que no creo en las frases hechas para sembrar virtud, y en cualquier caso, no es mi papel en este juego. Cuando los adultos no somos capaces de recordar lo que sentíamos durante la primera juventud, dejamos de tener sentido para los más jóvenes, con toda justicia.

 

Entonces, sin más preámbulos, mi historia.

 

Llegué al Avellaneda en marzo de 1988, literalmente a finales del milenio pasado, con quince años recién cumplidos, expulsado de dos colegios y con los sueños truncados por algunos problemas prematuros con las drogas. Pesaba treinta kilos menos, y tenía el pelo igual de largo que ahora. Aunque les parezca mentira, solamente veinticuatro años después, los chicos criamos panza, las chicas echan culo, y las tetas se nos caen a todos. Ese año, 1988, fue ―creo yo― un hito en la historia del Avellaneda. Los Alfonsinistas de Franja Morada fueron derrotados por primera vez en las elecciones para el Centro de Estudiantes por una coalición de izquierda en la que yo participaba. Fue un año espléndido y movilizante. Conseguimos sacar ―si no recuerdo mal― dos números de La Regla, y Ana Dávila ―por entonces Jefa de Preceptores― nos perseguía por los pasillos del colegio para que dejáramos de fumar por los rincones, de hablar de política, de faltar a clases y de jugar al truco en el bar de la esquina.

Como habrán adivinado, yo era lo que los adultos suelen llamar un adolescente conflictivo. Los dos colegios que me habían expulsado parecían estar de acuerdo en eso. Para mí, sin embargo, viéndolo retrospectivamente, no era más que un pibe un poco perdido, que estaba equivocándose a toda velocidad, con verdaderas ganas. Además de los porros y las chicas, me gustaba leer y escribir historias cortas. Y como a cualquiera de ustedes, las fiestas, la música y, un poco menos, el fútbol.

En esta casa, que para mis adentros todavía llamo con respeto “Colegio Nacional Número 4, Nicolás Avellaneda”, y en mi corazón se llama nada más que “El Avellané”, encontré dos cosas que me cambiaron completamente la vida.

La primera fue que, por primera vez en mi vida escolar, el Rector de este Colegio ―supongo que ustedes estarán bastante hartos de oír hablar de Raúl Aragón, pero para mí es imposible no mencionarlo, porque era una persona excepcional― sabía mi nombre, me tuteaba, me daba un beso cuando me lo cruzaba en el pasillo de la rectoría, y lo que es más importante, me miraba a los ojos al hablar conmigo, sin miedo a lo que podía ver en ellos. De la mano de ese rector tan poco común, muchos ―muchísimos― de los profesores hacían de este colegio un lugar diferente. La propuesta no era repetir como loros un montón de datos escritos en libros ―a veces parece que, por el solo hecho de estar escrita en un libro, una cosa es automáticamente verdadera―, sino aprender a pensar por nosotros mismos, tener una visión crítica de las cosas y, como se dice en España, buscarnos la vida. Había ido a parar a un colegio en donde éramos estudiantes, y no alumnos. La diferencia es sutil, pero implica que nos dejaban la iniciativa, que confiaban en nosotros. No nos hacían formar filas ni cantar himnos ni aprender tablas. Nos enseñaban algo mucho más importante: a vivir.

La segunda cosa que encontré acá, y que también me acompaña todavía, y me acompañará toda la vida, fueron amigos de verdad. Sé que parece una obviedad, porque probablemente cada uno de ustedes es extremadamente amigo de las dos personas que tiene al lado, pero quiero hablarles un poco más allá. A la edad que tienen ustedes, lo principal ―en mi humilde opinión, y a pesar de lo que todo el mundo dice― no es estudiar, ni sacar buenas notas, ni pensar en el futuro. Lo más importante, desde los catorce a los veinte años, es que cada uno de ustedes está fabricando una persona, el adulto que va a ser. La educación primaria y secundaria no es más que una torpe ayuda social a la que quizás sea la tarea más difícil de la vida de una persona: fabricar hombres y mujeres sanos, y aunque suene estúpido decirlo, buenas personas. Lo más importante que van a aprender durante estos pocos años es a tener la frente alta, a estar orgullosos de las personas que son, a emprender el camino que elijan con auténtica pasión, a amar a otras personas, a Soñar con Mayúsculas, a pensar en el futuro como el momento donde van a conseguir todo lo que se propongan. Créanme lo que les digo: los planes de estudio, ir todos los días a la escuela y presentarse a los exámenes de matemática no son más que una excusa pobre, una tapadera para traerlos a todos a un lugar como este, para que se conozcan, para que interactúen, para que aprendan a quererse, a ser amigos y a respetarse unos a otros. De paso, si pueden, tienen que aprender a calcular polinomios y a ubicar el Aconcagua en un mapa, pero es secundario.

 

En tercer año, tuve un profesor de Lengua y Literatura de que tal vez hayan oído hablar. Se llama Constantino Santurio, y tenía fama de “difícil”. Era exigente, costaba aprobar con él, y me acuerdo que me preocupaba su materia. Se suponía que yo escribía, y que por lo tanto me tenía que resultar fácil, pero la verdad es que el análisis sintáctico se me daba bastante mal: no me gustaba ni un poco. El primer día de clase que tuvimos con él, nos mandó a hacer una redacción para la clase siguiente. Tema: el aula. No era La Vaca pero se le parecía bastante. Me pregunté que podía escribir sobre semejante idiotez, porque estaba decidido a impresionarlo. Quería probarme a mí mismo, por primera vez, escribiendo.

Cuando llegué a mi casa, después de haber estado pensando acerca de la redacción durante los setenta y cinco minutos que duraba el viaje en colectivo, casi eterno ―sí, valía la pena viajar setenta y cinco minutos de ida y setenta y cinco de vuelta para venir al Avellaneda―, ya no me parecía tan estúpido el tema. Recuerdo que me latía fuerte el corazón, porque me había dado cuenta de que si uno pone las suficientes ganas, si uno se vacía por completo, si pone verdadera pasión en lo que está haciendo, entonces nada es trivial. Un tema tan soso como el aula tenía infinidad de posibilidades, y al sentarme a escribirlo creí entender que esa era la intención oculta de Santurio. A la siguiente clase entregamos las redacciones. Dos días después, en una nueva clase, entró en el aula como iluminado por un resplandor seráfico, y creo que nunca voy a olvidar sus palabras de ese día. “Hay una persona que está de más en mi clase”, dijo apenas se sentó. Hablaba con dureza, siempre. Prosiguió diciendo: “Estaba en casa corrigiendo las tonterías que escribieron la mayoría de ustedes. Casi todas las redacciones son iguales.” ―puso una voz burlona― “El aula es cuadrada y tiene bancos. Hay un pizarrón adelante y está pintada de blanco. Pero una persona de esta clase escribió una redacción en la que se nota todo lo que leyó. A mí me da lo mismo que sepa o no sepa hacer análisis sintáctico. Después de leer esa redacción, me da lo mismo que venga o que no venga a mi clase. No le pienso corregir ninguna prueba. Para mí esa persona tiene aprobado todo el año. El que escribió esta redacción tiene una mente que es producto de no una, sino muchas bibliotecas enteras.” Entonces bajó la vista a la montaña de papeles que tenía en la mano, y se puso a leer en voz alta la redacción, a medida que yo me ponía colorado, un poco por vergüenza, y mucho más por orgullo. Era la primera vez que escuchaba un texto mío leído por otra persona, y esa persona era un profesor al que yo admiraba. Efectivamente, no volvió a corregir nada de lo que hice, y ese año aprobé Lengua y Literatura con la nota más alta.

No aprendí nada de análisis sintáctico, ni tuve que leer El Lazarillo de Tormes, ni hacer exámenes ni nada más para esa materia, pero aprendí algo mucho más valioso, y es lo que quiero intentar compartir con ustedes.

Aprendí que escribir es mucho más que contar historias con palabras bonitas. Escribir es vaciarse por completo, dejar todo lo que uno es en un papel, sangrar por la pluma. Escribir es abrirse el vientre con una navaja, y en medio del dolor, pintar acuarelas con las tripas sobre un papel en blanco. Escribir es llorar en cada letra, sufrir en cada coma y morir en cada punto final, para renacer intacto a un nuevo papel en blanco. Desde ese día en que Santurio me hizo pasar tanta vergüenza frente a todos mis compañeros de clase, debo haber escrito más de diez mil páginas, y cada vez que me siento a escribir invoco ese recuerdo. No me importa sobre qué estoy escribiendo. Siempre, siempre, tengo ese recuerdo conmigo, para que me ayude a no olvidar que, hagamos lo que hagamos, lo que lo hace único es el amor y la pasión que consigamos poner en ese momento.

En mi casa tengo tres sombreros, cada uno con un cartelito pintado. En uno dice papá, y cuando me lo pongo todo el mundo espera que levante el dedo índice y adoctrine a mis hijos sobre lo que está bien y lo que está mal. En lugar de eso, al ponérmelo me gusta tirarme por el suelo a jugar con ellos, y comérmelos a besos.

El segundo sombrero dice Computer’s Freak, y cuando me lo pongo todo el mundo espera que mi barriga crezca todavía más, que tome Coca-cola de la botella y se me chorree por la barba, que sea un inepto social, que tenga callos en los dedos de jugar a la Play Station y que haga solamente lo que hago para vivir, que es programar computadoras. En vez de hacer eso, cuando tengo puesto ese sombrero me gusta mirar a la gente a los ojos, contarles que soy escritor además de bicho raro, y tratar de establecer contacto humano con ellos.

Y el tercer sombrero, el que más me gusta, es el que tiene un cartelito que dice Escritor. Cuando me pongo ese sombrero, la gente espera que sea serio, que tenga una mirada profunda y soñadora y que solamente diga cosas inteligentísimas, plagadas de referencias literarias y verdades plenas de significado, mientras con tres dedos me meso la barba, en un gesto profundo y reflexivo. Pero en vez de eso, cuando tengo ese sombrero me gusta soñar en voz alta, hacer chistes malos, recordar que la vida vale la pena solamente por un día de sol, y escaparme de la cueva en la que me encierro a escribir para venir a lugares como éste, traicionando a los personajes que, como pálidos fantasmas, suelen habitar mi fantasía, abandonándolos definitivamente, nada más que para encontrarme a charlar de cualquier cosa con personas de carne y hueso, con seres humanos de verdad, sin los cuales la literatura no tiene ningún sentido ni razón de ser.

Probablemente muchos de ustedes sueñen con ser escritores, músicos, actores, deportistas o ingenieros civiles. Da lo mismo. El éxito es una tabla de medir infame, con la que nos van sometiendo poco a poco a la mediocridad. La fama, el dinero y la admiración de otras personas son elementos que suelen acompañar al éxito, pero no lo definen. Me atrevería a decir, incluso, que no son más que subproductos perversos del éxito real. El verdadero éxito es mucho más abundante de lo que parece, porque no se trata de nada más que de ser fiel a los propios sueños, de amar y ser amado, y de encontrar algo que hacer con verdadera pasión, hasta sangrar, hasta morir.

Para mí, el éxito es haber escrito todo lo que escribí, seguir escribiendo y aún tener cosas que decir, amar a mis hijos hasta la locura, ser feliz con mi barriga de cuarentón y mis tetas caídas, y que me hayan invitado hoy a venir acá, para charlar con ustedes. Y eso, chicos, lo aprendí en el Avellaneda. Muchas gracias.

 

 

 

 

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El insomnio del escriba https://aprendizdebrujo.net/2012/05/13/el-insomnio-del-escriba/ https://aprendizdebrujo.net/2012/05/13/el-insomnio-del-escriba/#comments Sun, 13 May 2012 08:46:02 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1225

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La vida del escritor es, en muchos sentidos, una suma infame de tópicos archiconocidos y desgastados. Supongo que, de alguna manera, así como el mercado exige a los actores ciertos cánones de belleza que no deberían tener relación con el talento, o a las Rock Stars se les pide una extensa colección de extravagancias, tanto más extensa y tanto más extravagante cuanto más internacionalmente famosos, los escritores estamos condicionados a algunos mandatos que, finalmente, nos guste o no, acabamos cumpliendo. Personalmente, no fumo en pipa ni tengo una estufa a leña ni un gato gordo de actitud augusta que duerma la siesta sobre el piano de cola ―que, dicho sea de paso, tampoco tengo―, pero intento reírme de mí mismo cada vez que me descubro cumpliendo la ley no escrita de los escribas.

Así, mi colección personal de manías, malas costumbres, vicios del cuerpo y del alma y pequeñas arrogancias mundanas, crece día a día, alimentada sin querer por cada letra que veo aparecer en mi pantalla, por la generosidad con que el mundo ofrece oportunidades de ser criticado y por mi afición oculta a vengarme con palabras de afrentas que, en rigor de verdad, no sufrí.

Como casi todos los maniáticos, experimento insomnio crónico desde la primera juventud. Cualquier motivo, por pequeño que sea, desde que mi conciencia terrenal se empeña en considerarme un homínido racional, un auténtico macho adulto de bípedo implume, me provoca una crisis de sueño. Jamás duermo en vísperas de un viaje, de una entrevista de trabajo o del estreno de una película que espero con ansia. No soy capaz ―no era, porque hace rato que estoy fuera de mercado― de conciliar el sueño si al día siguiente saldré a cenar con una mujer, ni consigo dormir si de forma inminente espero el resultado de cualquier cosa que haya hecho y me importe aunque sea un poco. Esto se extiende, pero no se limita a: exámenes, concursos, revisiones médicas, pruebas de embarazo ―no mías, evidentemente―, eventos sociales de poca o mucha relevancia, finales jugadas por la selección argentina de fútbol, reuniones familiares, vuelos en avión, conciertos en locales con capacidad para más de tres mil personas, cumpleaños propios o de terceros muy cercanos, fiestas para más de treinta y cinco personas, y tantos otros que sería imposible enumerarlos todos.

El insomnio, ya de por sí un mal a combatir con uñas y dientes, es tanto peor cuando sucede en cuerpo y alma de un escriba. Mientras cualquier otra persona se limita a dar vueltas en la cama, a levantarse a tomar un vaso de leche tibia, a joderse con resignación, o a rendirse, mudarse al sofá y encender la tele, los escritores, jodidos por la razón que sea, nos ponemos a narrar mentalmente el transcurrir del acontecimiento que nos quita el sueño. Al mismo tiempo que hacemos asomar un pie descalzo por el costado de la sábana, con la esperanza absurda de que el aire fresquito del exterior opere un hechizo hipnótico sobre la planta del pie y caer dormidos al instante, mientras dudamos sobre si deberíamos tener los brazos por encima o por debajo de las sábanas y si la posición de la cabeza es la correcta para conciliar el sueño, imaginamos detalladamente los diálogos posibles, los escenarios, las reacciones, las respuestas ingeniosas a las preguntas mordaces, las miradas, opacas algunas veces, cargadas de sensualidad otras, y experimentamos físicamente una paradoja temporal: los minutos son eternos, pero las horas pasan volando.

Es en esos momentos, sin lugar a dudas, cuando escribo mis mejores páginas. Son las que nunca pasan a papel, las que se mueren en mi cabeza sin llegar a nacer. Son la prueba física del escritor que puedo ser, que inmediatamente se transforman en un eslabón perdido, en las pruebas fundamentales del watergate, en la fórmula sencilla que, supuestamente, demuestra el teorema de Fermat, o en una traducción prístina de la piedra roseta.

Entonces, cuando eso pasa, el insomnio se complica todavía más: sobreviene la lucha interna entre la seguridad de que estamos a punto de dormirnos y la necesidad de levantarnos a escribir lo que estamos imaginando, sabiendo que no seremos capaces de escribirlo tal cual lo estamos pensando, porque solamente salir de la cama romperá la frontera invisible entre la duermevela y la vigilia, y el torrente de pensamiento consciente irrumpirá de golpe, contaminando la genialidad presente con la necesidad de arreglar la gotita que cae de la cisterna del baño, o el recuerdo infame de que mañana tendremos, sin falta, que ir a comprar un tubo fluorescente para cambiar el de la cocina, que no para de titilar y someternos a un auténtico electroencefalograma mientras cocinamos.

 

Los escritores insomnes, como yo, estamos condenados a velar armas, noche tras noche, para combates que nunca llegaremos a pelear. Los dragones invisibles del insomnio nunca despiertan a enemigos reales. Son batallas perdidas, noche tras noche.

 

Desde hace un poco más dos semanas, la inminencia de la presentación de Matalobos en Buenos Aires me tiene sin dormir. Se mezclan la proximidad de un viaje, la ansiedad por el reencuentro con amigos, con la familia ―o al menos con parte de ella― y con la ciudad de mis amores, la más bella, La Reina del Plata, creando un cóctel insomne poderosísimo, invencible y atroz, que hoy, agotado por la falta de sueño, intento conjurar nada menos que denunciándolo en voz alta.

El viernes que viene voy a estar de vuelta en mi país, de donde me fui hace doce años como un programador de computadores con un sueño frustrado de ser escritor. Voy a comparecer frente a mis amigos, frente a las personas que me vieron crecer, en la ciudad que me vio convertirme en la persona que soy, a compartir con todos ellos, orgulloso de mí mismo, que al fin soy el escritor al que había renunciado ser. Voy a poder contarles que renací, voy a ofrecerles una resurrección terrenal, nada religiosa, pero cargada de fe. Voy a invitarlos a compartir una charla y un vaso de vino, y voy a tener oportunidad de firmarles un ejemplar de Matalobos, mirarlos a los ojos y darles las gracias, por la persona que soy, por el escritor que rescaté de la muerte, y por el escritor que puedo ser, que es aún más poderoso que el que se levantó de la tumba.

Solamente diez días después de la presentación, estoy invitado, como ex-alumno, a dar una charla para estudiantes del Colegio Nacional Número 4, Nicolás Avellaneda. La perspectiva de meterme en una habitación con veinte, treinta, cincuenta ―no tengo ni idea de cuántos― adolescentes a charlar de literatura y de la vida, me pone los pelos de punta, en el buen sentido. Los adultos solemos no tomarlos en serio, hasta menospreciarlos, a veces, pero esta circunstancia y los insomnios que la rodean, me hicieron recordar el adolescente que fui, pensarlo del derecho y del revés, y descubrí que no recuerdo mentes más agudas, curiosidades más genuinas ni pasiones más fuertes que las de esa etapa de la vida. El encuentro con ellos me llena de ilusión, y al mismo tiempo de dudas. No estoy seguro de tener algo que ofrecerles, pero los soliloquios de mis noches en blanco juran que harán su mejor esfuerzo.

Pido disculpas, lectores habituales de Reflexiones de un Aprendiz de Brujo, por esta confesión a medias, esta catarsis pública de mi ansiedad, de mis largas horas a oscuras, mirando el techo, pero lo necesitaba. La fecha se acerca, mi pulso se acelera, mis párpados se abren de par en par, y estoy sensible como una embarazada, barrigón como una de ellas, también, y desbordado de ganas, de ilusión y de alegría.

 

¿Es o no es como para perder el sueño?

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Lloro por vos, España https://aprendizdebrujo.net/2012/05/05/lloro-por-vos-espana/ https://aprendizdebrujo.net/2012/05/05/lloro-por-vos-espana/#comments Sat, 05 May 2012 07:38:01 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1222

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Que el hábito no hace al monje lo demuestra la Iglesia Católica constantemente. Lo demostró en los setenta bendiciendo la mano de los torturadores y asesinos consagrados de la última dictadura militar Argentina, y lo demuestra hoy defendiendo a sus párrocos violadores de niños o prohibiendo los condones en África a pesar del HIV. Eso, por supuesto, no invalida la labor de miles de monjes de verdad, que bajo bandera equivocada ―desde mi punto de vista― llevan consuelo y ayuda a millones de personas en todo el mundo.

De la misma manera, recortar compulsivamente derechos sociales no se parece ni un poquito a la gestión económica de un estado en crisis, ni agrandar descaradamente la lista de prohibiciones que se supone que es la ley se acerca a gobernar correctamente.

Cuando todavía vivía en Argentina, antes del mes de mayo del año dos mil, al menos tres veces por semana tenía una oportunidad genuina de decir en voz alta y con rabia: “¡Qué país de mierda!”. Un día era porque algún amigo cercano se había quedado sin trabajo. Otro día era por las AFJP’s, porque se tardaba un año en obtener un DNI o porque Telefónica de España tenía derecho, por contrato firmado con y por argentinos, a cobrar por hablar por teléfono como si te estuviese donando un riñón.

Cuando decidí irme, aposté por no sufrir nunca más algunas de esas cosas. Elegí un país civilizado, del primer mundo, económicamente potente y socialmente estable. No era por mí, era por los hijos que un día iba a tener. Quería que tuviesen una oportunidad mejor, regalarles la capacidad genuina de elegir qué querían ser, y sobre todo, cómo querían serlo, y a qué precio.

 

De esto hace ya doce años.

 

La España a la que llegué, a otra escala, se parecía un poco a la Argentina de los noventa. Amparados en unos pocos sortilegios económicos, los gobernantes habían hundido el país en una falsa prosperidad, que más adelante ―ahora― tendría un precio altísimo. Mientras tanto, la población ―y yo entre ellos―, cómoda, elegía creer sólidos los espejismos que veía, porque no existe una ilusión más fácil de vender que la de la riqueza.

 

Hoy, España, toca llorar por vos.

 

Yo lloro por vos. Lloro porque, día tras día, sufro en carne propia la hipocresía sin límites de una clase política que, lejos de apostar por el desarrollo intelectual de su población, utiliza la educación y a los niños como arma arrojadiza entre gobierno y oposición, entre nacionalistas Españoles y nacionalistas autonómicos, entre moralistas perversos y falsos progresistas.

 

Lloro porque, mas allá de mi posición personal al respecto, situaciones como la de Repsol-YPF ponen de manifiesto hasta qué punto es moneda de cambio la manipulación emocional de la población por parte de los gobernantes, cuando enterrados los españoles en una crisis que parece infinita, perdiendo rápidamente los restos de su estado de bienestar, reduciendo la educación, la sanidad, la investigación, y con uno de cada cuatro ciudadanos sin trabajo, la única idea que tienen sus gobernantes es intentar transformar un litigio entre una empresa carroñera, fiscalmente opaca y mucho menos española de lo que quieren vender, con un estado extranjero, en una causa nacional. En estos momentos, defender con los recursos de los pobres la propiedad de los ricos, me parece la causa nacional más innoble, ruin y cínica que puede defender un país.

 

Lloro, España, porque descubro con amargura que lo que yo creía diferente ―un país serio― no era otra cosa que exactamente lo mismo, pero convenientemente tapado por la sobreabundancia fiscal de la que disfrutaba un estado tan especulador y corrupto como aquél que me hacía decir, tres veces por semana, “¡Qué país de mierda!”. Y es que, cuando hay tanto dinero dando vueltas, se nota menos que todos, absolutamente todos, los azules, los rojos, los patriotas y los independentistas, la gaviota, la rosa y el puño en alto, se están quedando con los vueltos.

 

Lloro por vos, España, porque aunque la monarquía en pleno tenga las vergüenzas al aire, aunque sepamos los ciudadanos, la justicia, la prensa y los gobernantes que Alí Babá aplaudiría de pie al Rey Juan Carlos I y a su corte de mangantes, desfalcadores, corruptos y artesanos del expolio organizado, no va a pasar nada. Don Juan Carlos Campechano, pobrecito, no podrá cazar más elefantes, y a sus yernos testaferros del Robo para la Corona, no va a pasarles más que la obligación de devolver un poquito de lo robado, un tirón de orejas y para casa a cuidar a los príncipes y el patrimonio Real. Y a pesar de eso, los españoles van ―vamos, porque tengo también esta nacionalidad― a permitir que estos señores sigan reinando, sigan representándonos.

 

Lloro por vos, también, España, porque tiene un sabor mucho más que agrio ver cómo se desafuera a uno de los pocos hombres realmente honestos y valiosos que ocupaba una posición de poder en el conjunto del Estado ―sí, me refiero, otra vez, al juez Baltasar Garzón―, mientras con la otra mano el señor Camps ―y tantos otros― es juzgado inocente, a pesar de haberse enriquecido impúdicamente, de haber hundido a la Comunidad Valenciana en su propio beneficio, y de estar demostrada su deshonestidad, simplemente por cuestiones “técnicas”.

 

Lloro mucho, pero mucho, por vos, España, cuando veo, todos los días, que tus jóvenes no tienen ninguna oportunidad. No hay posibilidad alguna de que el mercado laboral ―al menos durante los próximos veinte años― pueda hacerles un lugar, y el mismo tejido social cuidadosamente elaborado durante las últimas décadas los transforma en adolescentes permanentes, los consuela con proclamas y los relega a un estado de pre-población activa de por vida. Y sobre todo, me hace llorar ver que esa juventud, en lugar de romperlo todo, en lugar de reclamar su lugar por la razón y por la fuerza, en lugar de destronar a quienes los condenan, está tan, pero tan bien educada, que no hace más que sentarse en los bancos de las plazas, a lamentarse en voz alta de su mala suerte.

 

Lloro por vos, España, porque con la que está cayendo, con un gobierno sordo y ciego al drama que se vive en las calles, con una perspectiva de desempleo creciente, al menos hasta 2015, con dos millones de familias sin ningún ingreso regular, aún así, los centros comerciales están llenos, no se consiguen entradas para un Barça-Real Madrid, y entre los mismos de siempre van a seguir repartiéndose, durante los próximos años, la Presidencia del Gobierno, los escaños de las Cámaras, las Alcaldías, los asientos groseramente bien pagados en los Consejos de Administración de las grandes empresas y los pingües beneficios de la miseria y la crisis. Donde debería ver un estallido social, veo un rebaño de vacas anestesiadas, que rumian la hierba seca y muerta despacio, esperando que pase la tormenta.

 

Y sobre todo, España, lloro por vos porque lo que veo, día tras día, cada vez me hace acordar más a esa Argentina de hace doce años, la misma que me expulsó a mí y a tantos otros, la misma que te malvendió algunos de sus más importantes recursos naturales y económicos, la misma que protegió antes a sus empresarios que a los argentinos, la misma que se bajó los pantalones cada vez que fue necesario. La misma que me hacía decir, tres veces por semana, en voz alta, “¡Qué país de mierda!”.

 

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Es todo mentira https://aprendizdebrujo.net/2012/04/12/es-todo-mentira/ https://aprendizdebrujo.net/2012/04/12/es-todo-mentira/#comments Thu, 12 Apr 2012 20:48:28 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1218

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Hace varios años ya que, harto de consumir voluntariamente, aún con espíritu crítico, los canales regulares de información masiva, decidí felizmente prescindir de la oferta pública de información. Dejé de ver los noticieros, telediarios, noticiosos o cualquier otro nombre engañoso para el comercio masivo de datos. Dejé de comprar diarios, y dejé de consultar las ediciones digitales de los principales periódicos de habla hispana.

Mi sistema de información pasó a nutrirse básicamente de un ofuscado silencio, seguido por escuchas involuntarias de lo que se comenta por ahí, tamizado por un filtro de cinismo radical en referencia a absolutamente todo lo que llega a mi conocimiento. En resumen: no me creo nada.

Hoy, solo en una habitación de hotel, vencido por el aburrimiento, me permití durante un rato el visionado de varios informativos de diferente signo, y mi indignación crece de manera exponencial. Ya no se trata de tendencias políticas o ideológicas. Ni siquiera de burdos intereses económicos. Se trata pura y exclusivamente de esconder la verdad, de enterrarla lo más profundamente posible bajo un sinfín de medias verdades y mentiras completas. El nuevo papel de los “informadores” en la, valga la redundancia, sociedad de la información, es el de confundir todo lo posible al gran público.

Durante los años noventa, los militantes de izquierda (sí, en los noventa era militante, y todavía era de izquierda. Ahora, viendo los principales exponentes de ambas categorías, me produce asco y vergüenza llamarme cualquiera de las dos) estábamos preocupados e indignados por el vaticinio apocalíptico de la muerte de las ideologías. Apenas quince años después, me encuentro añorando la posibilidad de que las ideologías fuesen lo único muerto, pero lamentablemente, han muerto también la decencia, la honradez, la ética y el bien común.

El artificio está hábilmente construido sobre una falsa premisa nacida en Hollywood y exportada al resto del mundo: si existen dos o más oponentes sobre un mismo tema, al menos uno de ellos representa a los buenos, y por supuesto, dice la verdad. Más aún: es verdad todo lo que dice.

Aferrados a esta falsedad, cualquier argumento es válido para aplastar a los demás, y cualquier agujero es trinchera.

Que los políticos mientan no es algo que me preocupe: es inherente a su actividad. No se puede convencer a la gente con la verdad. El Partido Popular no habría ganado las elecciones en España diciendo que el país está quebrado, y que en lugar de actuar contra los verdaderos responsables para recuperar las decenas de miles de millones que nos llevan robando décadas, van a ahorrar miguitas destrozando a la clase media y destruyendo el tan publicitado Estado de Bienestar. Y el PSOE hubiese cosechado una derrota aún más generosa si hubiese confesado su absoluta falta de coraje al rescatar a la banca nacional, probablemente la más usurera y sanguinaria de Europa, o si hubiese dicho en voz alta que no tiene la menor idea de lo que significa ser de izquierda en el siglo XXI. CiU no gobernaría Catalunya si hubiese dicho que se pasaría por sus partes nobles la promesa ―ante notario, por supuesto― de no volver a pactar con el PP, ni si confesara que sus quijotescas defensas del catalán en Madrid no son más que una puesta en escena para arañar unos cuantos euros, otros tantos votos, y esconder su proverbial incompetencia a la hora de gestionar la crisis.

En este contexto, lo verdaderamente preocupante es que no hay contrapartida. El famoso Cuarto Poder, cuyo verdadero papel debería ser, al menos, ofrecer además de su opinión, cada tanto, alguna verdad, hace tiempo que encontró una veta de enriquecimiento mucho mas fructífera: enrarecerlo todo.

Paralelamente, el ciudadano de a pie, agobiado por hipotecas, préstamos a plazo fijo, tarjetas de crédito a interés criminal y batallas fraticidas en el fútbol, prefiere evitar problemas y entregar su conciencia de manera total y absoluta al bando de los buenos, que varía según cada cual, y entonces consume solamente prensa afín a ese bando. Entre el afán de lucro de unos y la permisividad de los otros, nadie protege a la verdad.

Ahora, más que nunca, la verdad no es más que un punto de vista.

Y el problema se nos fue de las manos. Ya no se limitan a mentir cuando cuentan los muertos de las dictaduras o cuando estiman el porcentaje de adhesión a una huelga.

Mienten siempre. Por costumbre y vicio, y sobre todo por beneficio.

Mienten cuando informan sobre política, pero también cuando hacen un diagnóstico de la realidad. Mienten cuando hablan de guerras remotas, cuando explican las causas de la batalla entre España y Argentina a título de Repsol-YPF, mienten todas las partes, los implicados y los supuestos observadores. Mienten cuando analizan los resultados de las leyes de violencia de género y cuando hablan de ecología. Mienten cuando dicen separar a la Iglesia del Estado. Mienten cuando proclaman la libertad religiosa. Mienten en las aulas y mienten en los juzgados. Mienten los sindicalistas y mienten las empresas. Mienten cuando dicen decir la verdad, y mienten cuando acusan de mentir al otro bando. Mienten cuando evalúan los resultados de los dispositivos de seguridad vial, y cuando explican tres o cuatro muertos en la “dispersión” de una manifestación supuestamente violenta. Mienten los jugadores de fútbol cuando dicen que lo importante es el equipo. Mienten los protagonistas y mienten los actores secundarios. Mienten todos. Mienten cuando pelean, pero también cuando agradecen. Mienten cuando se disculpan y cuando perdonan.

Hoy no es posible recibir absolutamente ninguna información sobre ningún tema, que no esté teñida del color del informador.

Y lo que es aún más grave es que las pocas voces que denuncian no tienen eco: a nadie le interesa escuchar que vamos mal, que por este camino no hay futuro, que el silencio nos hace responsables también, que casi todos los ídolos que adoramos son de cartón piedra, que ya no hay ideas, sino productos. A nadie le interesa la verdad.

No puedo sacudirme del cuerpo la sensación de que todo es un enorme show, un espectáculo grotesco dirigido por los cuatro dueños del mundo, para que entre tanto griterío y peleas de gatos, no se vea cómo entierran muertos, cómo esconden trapos sucios, cómo se lavan sangre ajena de las propias manos, y cómo se llevan, entre bambalinas, toneladas infames de dinero que, entre todos, pagamos por alquilar una ficción que lleva años muerta: la libertad.

 

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La vida termina a los treinta y nueve https://aprendizdebrujo.net/2012/03/27/la-vida-termina-a-los-treinta-y-nueve/ https://aprendizdebrujo.net/2012/03/27/la-vida-termina-a-los-treinta-y-nueve/#comments Mon, 26 Mar 2012 23:00:20 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1215

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Una de las leyes indiscutibles del universo físico es que nuevas cosas suelen comenzar donde terminan otras. Es un capricho de la naturaleza, tan inútil como otros tantos, como la redondez de los ojos, como la caída del pelo, la mugre de las uñas o la facilidad con la que se acumula cerumen en las orejas.

Por esa razón, y no por otra, cada vez que me siento al final de un camino, no puedo evitar preguntarme por el otro, por el que se abre ahí nomás, un poquito después. ¿Será una senda única, indiscutible, o habrá elección? ¿Se bifurcará en una, dos, tres alternativas? ¿Ofrecerá vuelta atrás?

 

Una vez más, la vida me ofrece un final. Un camino que se acaba. Es un tópico manido, aquél de que la vida comienza a los cuarenta. Hoy cumplo treinta y nueve años, y entonces, inevitablemente, me visualizo desde atrás, veo mi espalda, mientras estoy de pie al borde de un acantilado. A punto de comenzar mi nueva vida, me pregunto que fue y que será de la que, por definición, debe terminar para que eso suceda. Con apenas un año por delante para cerrar todos los capítulos abiertos de esa vida que termina, no encuentro mejor momento para la reflexión, para las respuestas postergadas durante tanto tiempo, para soplar con un viento profético los cabos de las velas consumidas de mis primeros cuarenta años de vida.

 

Entonces detengo todos los relojes, pido minuto.

 

Lleno mis pulmones maltratados por el humo del tabaco, exhalo un aliento que no sabe aún si es de desazón o de esperanza, y me pongo a la tarea.

 

Cuarenta años. Uno a uno. Catorce mil seiscientos diez días, contando años bisiestos. Veintiún millones treinta y ocho mil cuatrocientos minutos vividos. Calcular los segundos me produce pánico, porque la pregunta fundamental es cuántos de todos esos minutos fueron bien vividos, cuántos aprovechados y cuántos desperdiciados. Cuántos me enseñaron a ser una persona mejor, y cuántos me envilecieron. ¿En qué proporción, de esos veintiún millones de minutos, hice exactamente lo que deseaba, y en qué otra hice solamente lo que debía?

 

Y por alguna razón que, valga la redundancia, la razón me esconde, lo primero que acude a mis sentidos son los olores de mi infancia. Se define con fuerza el olor de una lluvia de primavera sobre el pelo blanco de mi perra Rosa, muerta hace ya tantos años. Un amor que no hace falta explicar, y el olor fétido y pastoso de su lengua en mi cara infantil, su aliento dulce de perro y mis manos de niño. Sin lugar a dudas, minutos bien vividos.

En seguida, acude a mi piel el tacto de mis hermanos mezclados en una montaña indescifrable de niños uno encima de otro, las tardes de juegos y las mañanas de susurros, y el aliento tibio del sol en los amaneceres de verano, en Uruguay, cuando en casa de mi abuela, me levantaba antes que nadie y salía a un jardín que, a esas horas, era aún territorio de los pájaros y del silencio verde de los árboles frutales. Si me concentraba, podía adivinar la espuma del mar a cuatrocientos metros de distancia, después de un desierto en miniatura de arena blanca y fina. Mi abuela hacía cremosa de doña espumosa, un caldo infame y dulce de leche, avena y azúcar; y los niños desayunábamos, corríamos y éramos felices con tan poco… Horas, días y minutos bien aprovechados, sin lugar a dudas.

Entonces toso convulsivamente con el humo de primer cigarrillo, cerca de la cancha de Boca, con amigos que no eran, equivocándome a toda velocidad, irrumpiendo en la adolescencia con estrépito, con inocencia, con un galope incontrolable de sangre y carne, de pasión sin más objeto que la pasión misma, que las ganas de probar, de hacer lo contrario, de hundirme y de resucitar. Y de golpe un aula llena de adolescentes asustados que se miran de reojo, manos transpiradas, voces buscando su tono, preguntas, más preguntas, y por fin, amigos de verdad. También horas y días que jamás podré arrepentirme de haber vivido.

Una cena con mi padre. Los dos solos en el restaurante Le Famiglie, al que solíamos ir con amigos, con mis hermanos y, por supuesto, con hambre. Pero esa vez estábamos solos. La tormenta negra de mi adolescencia aclaraba por el horizonte, y después de haber sabido a ciencia cierta que mi padre era un imbécil que no sabía nada, comenzaba a comprender cuánto me había equivocado, a acercarme a él, a ser su amigo desde otro lugar. Había sido una cena muy amena. Charlábamos de hombre a hombre, la paz filial firmada de una vez para siempre. Se llevaron los platos sucios, y me preguntó:

―¿Querés postre?

―No, pero me fumaría un cigarro -respondí, mirándolo a los ojos. Me miró divertido. Se lo pensó unos segundos eternos, y finalmente sonrió, resignado.

―Bueno ―me dijo, tendiéndome el paquete. Era la primera vez que fumaba en su presencia, y sentí que me reconocía como hombre, que me hacía un lugar en la mesa de los adultos, que aceptaba que mi madurez era ya suficiente para tomar algunas decisiones sobre mi vida, aunque fueran equivocadas. No se puede renegar de esos minutos, de esas horas.

Y mis manos, como guiadas por una inspiración genética, descubren un día el tacto pálido de una piel femenina en penumbra, apretados los dos en una cama de una plaza, que en ese mismo instante deja de ser de niño. El descubrimiento final: ¿y esto era? El sexo no es para tanto. Y el redescubrimiento: sí es para tanto, pero el mismo miedo animal que me empujó a probarlo me impidió disfrutarlo la primera vez, y la segunda, y la tranquilidad vino piel a piel, cuando me olvidé de lo trascendental del momento, y supe vivir un momento trascendente sin saber que lo era. De ahí a los primeros amores. De ahí al vértigo imposible, a las vigilias atormentadas flanqueando un teléfono que se niega a sonar, a las cartas manuscritas, febriles, chorreando pasiones, tópicos y lugares comunes, amor de tinta, papel y piel, sobre todo piel. Imposible pensar en esas vivencias como tiempo no aprovechado.

Me bajo de un camión en los lagos del sur argentino. Sin lugar a dudas, entre amigos. Con los que iban a ser los de toda la vida. Hermandad como destino, por elección, por sufrimiento, por vivencias compartidas, por simple derecho adquirido. Un valle se precipita sobre la falda de las montañas, los lagos las duplican bajo el celeste imposible de un cielo tan despejado y verdadero que parece de mentira. Vino, marihuana y fogatas, gargantas jóvenes atronando las canciones de siempre, un par de guitarras criollas templadas al fuego, y otra vez el vino y los porros que pasan de mano en mano: el mundo es nuestro, infinito y mágico, la vida, eterna y poderosa. Nada puede salir mal. Sería casi una herejía pensar en que eso no es sano.

Después, todo se precipita. El trabajo, la vida adulta, los desengaños encadenados del amor, la política y mi Argentina voraz y única, amante generosa y al mismo tiempo brutal, egoísta, acostumbrada a quedarse con todo lo que los argentinos tenemos dentro. Algunos viajes dementes, otros hermanados con mis amigos incombustibles, hasta una noche neoyorquina, al final de otra transformación, en la que decidí que mi destino inmediato era ibérico. Volver, renunciar, venderlo todo y resumir mi vida en dos valijas. El viejo mundo. No se puede decir que haya perdido el tiempo.

Y aprenderlo todo otra vez. Cómo mirar, cómo bromear, cómo dar pasos temblorosos hasta el primer beso, cómo pedir en un restaurante, cómo moverse por las ciudades laberínticas, ancestrales, de piedra gris. Aprender la lejanía y resignificar la nostalgia. Beber solo de la pobreza de mi alma, de los sonidos de mis tripas, reescribir con sangre la nueva definición de la palabra soledad. Pedir permiso hasta para saludar, por miedo a ofender, por no conocer, de tan viejas que son, las reglas europeas que, luego, con amargura, descubriría que no son las mismas cuando el dinero sobra y cuando el dinero falta. Minutos, horas, días, años intensos.

Vuelvo a la Argentina, esta vez de visita. Cargado de ilusión y con algunos regalos. Descubro, una vez más, con amargura, que la vida sigue, que mi mundo siguió girando sin mí, que asfaltaron algunos de mis empedrados, que mis calles fueron mojadas por otras lluvias. ¿Qué esperaba? Desentierro, después de esa primera desilusión, mis amores eternos, mi Argentina de siempre, mi San Telmo adorable e infame, mi Palermo de adolescente, los mismos bares, los bares nuevos y, sobre todo, las personas que no dejaré de querer nunca. Tiempo ganado, indiscutiblemente.

Y conozco a una mujer, la beso en la barra de un bar y me caso con ella. Entonces el regalo inverosímil de los hijos. Dos pares de ojos enormes, abiertos, que se beben cada una de mis palabras con devoción, con desesperación. Bracitos alrededor de mi cuello. Tarde, pero felizmente entiendo el auténtico mérito de mis padres, lo puedo leer en lo difícil de mis hijos, en la frecuencia con la que confundo lo correcto con lo fácil mientras intento educarlos, en el dolor que me produce su llanto, en la felicidad instantánea de su risa, en la ferocidad de su amor impreso en los dientes, en las manos, en los ojos. Nada que objetar.

 

Por fin, un día, tengo en mis manos un libro escrito por mí. Otro día firmo un ejemplar, sonriendo sin poder controlar mi sonrisa.

 

Y hace nada más que un mes, un nuevo encuentro de mosqueteros, al pie de las paredes de una Barcelona que, a veces, no sé hacer del todo mía. Mis dos amigos, otra vez mano a mano, fabricando a pulso el milagro de encontrarnos, viniendo de tres lugares tan distantes en el mundo que duelen de solo pensarlo. Un río de palabras, y ese umbral a partir del cual, refrendar la amistad con palabras es tan vano que no hace falta.

 

Finalmente, un día cualquiera, me pongo al teclado para reflexionar sobre el final de este camino: cumplo treinta y nueve años, y me quedan trescientos sesenta y cinco días, quinientos veinticinco mil seiscientos minutos para morir en paz con mi alma, y renacer a esa vida prometida que comienza a los cuarenta libre de cargas. Repaso mi lista de heridas, y una vez más, demasiado tarde, pero a tiempo, me doy cuenta de que no tengo nada que sanar, de que ni uno solo de los veintiún millones de minutos vividos fue desperdiciado, de que todas y cada una de las miserias y las penas que soporté valieron la pena para llegar aquí, para ver crecer a mis hijos, para tener una mesa donde escribir, palabras que decir y un corazón que, resignado, se prepara para latir sin parar durante, al menos, otros treinta millones de minutos. Mi vida, la que me gusta vivir, no ha hecho más que empezar.

 

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Hoy no tengo ganas de escribir https://aprendizdebrujo.net/2012/03/18/hoy-no-tengo-ganas-de-escribir/ https://aprendizdebrujo.net/2012/03/18/hoy-no-tengo-ganas-de-escribir/#comments Sun, 18 Mar 2012 10:07:53 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1212

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Hoy no tengo ganas de escribir. Ayer no tenía ganas de escribir. Hace semanas que no tengo ganas de escribir, pero por alguna razón —hace mucho ya que dejé de intentar comprender las causas de algunas de mis razones oscuras—, al sentarme frente a mi pantalla y recorrer con la mirada las pequeñas heridas de mi teclado, los secretos profanados de sus manchas piadosas, el silencio inverosímil de sus teclas dormidas, la textura apagada de su aluminio mate, algo me asaltó de improviso, y necesité de su tacto de plástico y metal, de las quejas rítmicas de sus pulsaciones sincopadas, del encuentro casi místico hombre-máquina que, hoy por hoy, parece constituir la ley única y final de la comunicación humano-humano.

 

Y ese recorrido por las teclas insomnes me devuelve, momentáneamente y sin piedad, a todas las palabras derramadas durante los últimos años, a las que no conseguí derramar, a las que se me atragantan sin descanso todos los días, al principio y al final de la conciencia.

 

 

Y entonces sucede.

 

 

 

Tengo veintiséis años otra vez. Estoy sentado nuevamente en un avión, y una chica desconocida, a mi lado, tiembla de miedo. Contemplo, por primera vez, Barcelona. Desde el aire, un sol adolescente de mayo la pinta de colores caprichosos de atardecer. Sus edificios sueltan brillos sin estridencia. Los rebotes del mar cuentan historias crípticas, indescifrables.

 

El avión toma tierra, con un quejido de doscientas cincuenta toneladas de acero, plástico y carne humana impactando contra el cemento. Ya llegamos, y un insomnio absurdo y sonámbulo de más de veinte horas toca a su fin, solamente para saber que mi equipaje se perdió, y mi nueva vida acaba de empezar.

 

Llegué atesorando un puñadito de ilusiones íntimas y pensamientos nobles. Aplastado por los desengaños habituales de mi Argentina herida, y hablando de estabilidad, seguridad y futuro, seducido por el paraguas protector, económico y moral de la Unión Europea, por la europrosperidad, por el pleno empleo, por la promesa irrenunciable de un futuro plácido para los hijos que, algún día, deseaba tener.

 

Y entonces voy sentado en un tren. Por las ventanillas, muros cubiertos de graffitis se deslizan hacia atrás, hacia Argentina, hacia mi pasado, hacia el tercer mundo. En ese momento no alcanzo a comprender que la única diferencia palpable es el aire acondicionado en el vagón, el confort de la población, los fondos europeos que tapizan los asientos, la ausencia de mendicidad, la falta de vendedores ambulantes proponiendo algo infaltable en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, el silencio de los raíles bajo la circulación perfecta de las ruedas de un tren moderno, impecable.

 

Vuelvo al presente y peso quince quilos más, tengo veinte sueños menos, y como soy profundamente ateo, doy gracias a la suerte o a la casualidad por tener trabajo. Me instalo a escribir en mi balcón, abro un paquete de tabaco de cuatro euros con diez, e instalo a mi derecha las montañas, borrachas de una bruma ligera que el sol de la mañana aún no consiguió disipar.

 

 

Y entonces sucede otra vez.

 

 

Tengo treinta y un años nuevamente, y por la ventana de un hospital intento entender que pasó con las lágrimas de emoción que siempre supe que iba a llorar en este preciso instante, y que, sin embargo, no acudieron a la cita. Tengo en brazos a mi primer hijo, y lo miro desconcertado. En lugar del bebé rollizo, sonrosado y de ocho quilos que prometían las películas, tengo uno flaquito, de tres quilos y poco, con la cabeza apepinada y que parece que se me va a romper en las manos. Agita los pequeños puños y berrea. Me llena de ternura, lo adoro, y siento pánico.

 

Y ahora tengo treinta y tres. Otra vez un hospital, un pasillo sin ventanas, y una enfermera me pone en brazos al segundo. Pesa parecido al primero. Tiene una manchita en la nariz. Tiene las uñas de papel encerado. Tiene los párpados rojizos. También lo adoro. Ya no siento miedo.

 

El cursor parpadea, mientras deposito a un lado del teclado un vaso de té, y al otro un cenicero repleto de colillas. A mi alrededor, las infinitas variantes del silencio lastiman en aire, patrullan el barrio como mastines enardecidos por el olor de la sangre. El paisaje es el mismo, pero el país es otro.

 

 

Y vuelve a pasar.

 

 

Tengo treinta y seis años, y por primera vez en mi vida me quedo sin trabajo. Recorro esperanzado las salas de espera, una tras otra, donde siempre hay alguien con corbata que me mira de arriba abajo, estudiándome, y que termina por entender que, por la misma plata, en las condiciones actuales de mercado, puede conseguir algo mejor. O tal vez lo mismo pero por menos plata. O aún mejor, quizás puede hacer que los que ya están trabajen más duro para no perder el empleo, y entonces ahorrarse un sueldo y un número impar de problemas.

 

Los días pasan uno tras otro, y la inactividad que me corroe me convoca nuevamente, después de diez años, al papel en blanco: vuelvo a escribir. Lleno páginas y páginas de ideas, de historias, de alegrías y lamentos, de tristezas explosivas y un miedo que a menudo las resume. Recupero de mi abismo personal al ser humano que tendría que haber sido, el escritor, el de los sueños, el de las ideas, el de las palabras. El ser humano que, al final, no fue.

 

Vuelvo a hoy, y en unos días cumpliré treinta y nueve. Treinta y todos, como dice mi amigo Emilio. Son treinta y nueve que pesan como cien, como dos mil, como la historia de la palabra escrita, como el silencio que hay ahí fuera.

Ahora vivo en un país que se desangra, devuelto violentamente al lugar que ocupa, cuando el agujero sin fin de la banca se fuma los euromillones como si fuesen chinitas de porros magros y egoístas. Las razones originales por las que vine a vivir aquí han muerto, una a una, a manos del cinismo. Los eurolíderes quieren hacernos creer que se trata de simple incompetencia de otros, de los que gobernaron ayer y de los que van a gobernar mañana. La verdad es mucho más simple y mucho más cruel: cuando sobra el dinero queda bien ocuparse de los pobres. Cuando el dinero falta, que cada perro se chupe su propia pija, al son del grito de guerra más mentado: hijoputa el último. Descubro, tarde, que siempre, en esta vida, es un error posponer los sueños en función de la practicidad: ya no estoy a tiempo de conseguir vivir de lo que escribo, ese tren pasó a los veinte años, y, como diría Jaime Roos, nadie me dijo nada.

 

Hoy no tengo ganas de escribir.

 

Entonces, apenas intuyendo el amanecer incipiente detrás de las ventanas, escucho las voces de mis hijos en el living. Me levanto, en calzoncillos, y los encuentro frente a frente, sentados a la mesita ratona, con mi caja de fichas esparcidas sobre el fieltro verde, reinventando las reglas del póker y apostando euros de mentira, entre risas.

 

Les preparo el desayuno.

 

Vuelvo a mi pantalla, y continúo sin ganas de escribir, pero las cicatrices imperceptibles de mi teclado, después de cientos de miles de pulsaciones que formaron mis palabras, me susurran al oído que mis ganas dejaron de importar hace mucho tiempo, que no es cuestión de inspiración, sino de la salvación de mi alma. No puedo permitirme no tener ganas de escribir. Es mi deber. Hace falta.

 

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Yanquetruz https://aprendizdebrujo.net/2012/02/09/yanquetruz/ https://aprendizdebrujo.net/2012/02/09/yanquetruz/#comments Wed, 08 Feb 2012 23:36:50 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1208

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No es un secreto que en mi familia nunca sobró el dinero, ni tampoco que la certeza de ser intelectuales de izquierda de mis padres era tan profunda que nos hornearon a fuego lento una cultura de culto al trabajo y al esfuerzo que superaba ampliamente lo razonable, y que probablemente sea la causa fundamental de que ni yo ni ninguno de mis hermanos vayamos a ser nunca funcionarios públicos. En nuestra primera infancia, mi padre era un padre de carne y hueso, pero era también, y sobre todo, una imagen de lo que debe ser un padre, una proyección a medio camino entre lo místico y lo terrenal de cómo tenía que ser un padre intelectual de izquierda a finales de los setenta y principios de los ochenta. Se iba de casa antes de que saliera el sol, y volvía muchas veces después de la cena. Era un padre que trabajaba y hacía ravioles con salsa los domingos y tortafritas las tardes de lluvia. Era un padre que muchas veces no podía estar, pero como la razón era siempre el trabajo y el esfuerzo, nosotros teníamos que entenderlo. Era, por supuesto, un padre cariñoso y cercano, pero rígido en su moral inquebrantable de izquierda. A veces pienso que, contra el predicado de apertura mental en el que nos embanderamos muchas veces los progres, al final terminamos siendo tan dogmáticos como los judíos ortodoxos o los pontífices todopoderosos de ademanes lánguidos, faldas blancas y gorrito rojo que tanta pena nos dan.

No era que fuésemos pobres, nada más lejos de la realidad. Pero no es menos cierto que había que pensarlo dos veces al hacer la compra, y que el arroz formaba parte importante del menú del hogar, así que crecimos valorando el trabajo como un fin en sí mismo, como una cultura de esfuerzo que tiene su premio en la honradez, y en la satisfacción personal de saber que uno se ha ganado todo lo que tiene, y parte de lo que no tiene, que indefectiblemente ha quedado en manos de empresarios inescrupulosos y conspiradores a sueldo que aún no han entendido que el capitalismo está básicamente mal.

Así las cosas, cuando tenía quince años, borracho de ideas nobles y enamorado del todo lo que podía imprimirse en un papel, conseguí que mi padre hablara con un conocido, que me dio trabajo en una librería de la calle Corrientes. Era un empresario despiadado, grosero y vulgar, que vendía libros profanándolos como si fuesen tomates o zapatillas de deporte, y al que le daba lo mismo la letra que la sangre, mientras le pagasen su mercancía. Tenía una librería enorme, de dos plantas, en Corrientes y Suipacha, en cuyo salón alcancé por primera vez en mi vida un estado nirvanáceo casi absoluto, rodeado de miles de volúmenes, cientos de miles de páginas impresas, millones de letras moldeadas con tinta sobre papeles de calidades diversas. En mi primer día de trabajo en la librería, pensé que no podía ser más feliz. Y encima me pagaban.

A los tres meses de sudar la gota gorda moviendo libros del sótano a la segunda planta y viceversa, desengañado una vez que comprendí que mientras tuviese quince años, cara de nena y voz de pito el avaro dueño de la librería nunca me iba a dejar vender en salón (que era lo que yo quería, aconsejar a lectores y ayudarlos a elegir bien), sino que se aprovechaba de un pendejo barato para que hiciera lo que nadie más quería hacer, y desencantado por el derrumbe de mi paraíso privado de letras efímeras en viejos libracos cubiertos de polvo, empezaba a perder la fe, mientras intentaba perder el tiempo para recuperar el aliento entre viaje y viaje al sótano infame donde las polillas almorzaban con las obras completas de ilustres olvidados, y el polvo se colaba entre las páginas, la ropa y la memoria.

Entonces, una tarde cualquiera, aburrido, mientras charlaba por lo bajito con un compañero al que sí le dejaban vender, pero que no sabía apreciar la suerte que tenía, apareció Yanquetruz. Estábamos apoyados contra una de las mesas de exposición de novedades, comentando la cercanía de las elecciones generales que finalmente llevarían a Menem al poder en 1989, cuando contra la claridad que reverberaba la puerta de calle se recortó la figura totémica de un gordo inverosímil. Caminó por el pasillo central hacia nosotros, y entonces pude verlo mejor. Tenía una edad indefinida entre los cincuenta y los sesenta años, y pesaba por lo menos ciento treinta kilos. Vestía unos pantalones de dril manchados de lo que parecía mierda de paloma, pintura y tuco con cebolla, una camisa grande como una sábana, color remolacha y con rayas blancas que envolvía su panza innoble, también recorrida en toda su geografía por rastros de pinceles, restos de comidas picantes y sospecho que algunas sustancias alucinógenas, y llevaba el pelo y la barba bastante largos, de color rojizo, ya encanecidos ambos. Pero el detalle que me desconcertó por completo, descolocándome del todo, fue que para evitar que el pelo le tapase la cara, utilizaba una bombacha común de mujer. No lencería erótica ni nada parecido, sino una simple bombacha de diario, negra, decorada con diminutas florcitas lilas. El elástico destinado a la cintura ceñía su frente, y por el orificio destinado a cada una de las piernas asomaba un mechón de pelo sucio, quebradizo y revuelto. Se acercó a nosotros sin dudarlo.

–       Soy Yanquetruz – dijo, como esperando que una revelación seráfica nos indicara qué hacer a continuación. – ¿Está el dueño?

Pronunció la palabra dueño con cierto desprecio, como si la sola idea de la propiedad privada le resultase irritante de manera manifiesta. Mi compañero y yo nos miramos con sorna y desconcierto, preguntándonos silenciosamente por qué razón teníamos que conocer de antemano la existencia de tal personaje, y la oscura razón de su presencia allí. Le indicamos el camino a la planta noble del local, y lo observamos subir con pisadas de elefante asmático, refunfuñando quejas ininteligibles que quedaban atrapadas en su barba enmarañada mientras ascendía lentamente. No parecía conocer la prisa, y su sola presencia hacía que el aire se arremolinase a su alrededor, como si todo él fuese un polo de gravedad indiscutible.

Cuando llevábamos unos minutos de cavilaciones teóricas sobre los motivos de su presencia imposible, escuchamos su voz de barítono arropada por sus pasos densos emprendiendo la bajada junto al propietario de la librería. Resultó ser pintor de carteles, y durante las tres semanas siguientes se dedicó a redecorar las vitrinas del local, porque hablamos de una época en la que la sola mención del plástico se consideraba todavía una grosería, y era necesario pintar las letras a mano, con pinceles de verdad.

Fueron las mejores tres semanas de los escasos meses durante los que trabajé para ese miserable. Cada vez que podía me escapaba para verlo pintar. Mientras dibujaba primorosamente las letras de la vidriera, midiendo espacios, rellenando agujeritos y mintiendo al revés, desde dentro, para que se viese desde fuera, Yanquetruz conversaba conmigo de literatura y política, de filosofía y de arte, de tetas y culos y chistes verdes. Me contó historias de lugares ignotos y tiempos remotos, me mintió con descaro, mientras yo me dejaba mentir por el puro placer de creerle, sabiendo que mentía, pero disfrutando de su voz mitológica, de su riqueza de lenguaje, de su pasado fantasma y de su carisma indiscutible.

No se quitó la bombacha de la cabeza ni una sola vez, y sospecho que tampoco se lavó el pelo, aunque ni entonces ni ahora me importó demasiado su higiene personal. Cuando terminó de pintar los carteles, recogió sus bártulos de pintor atolondrado, la frontera infinita de su panza transatlántica, los alambres rebeldes de su barba soviética y los chirimbolos y trapitos imposibles en los que limpiaba los pinceles cuando no encontraba espacio libre en los pantalones, y se fue por donde había venido, sin dejar señas ni ninguna pista para retomar nuestra asimétrica amistad. Lo perdí de vista.

 

En 1993, mi amigo Pablo era un aventajado estudiante de Filosofía, y yo era un charlatán seductor y un poco rufián, que escribía para mí mismo y para encantar serpientes con susurros ofidios, con palabras dulces, con intenciones procaces y con vocación verdadera. Solía esperarlo, a él y a un tercer mosquetero que también se llamaba Pablo, en el bar de la Facultad de Filosofía y Letras, en la calle Puán. Me sentaba en el bar y era una verdadera delicia degustar una cerveza, mientras hojeaba un libro y, distraídamente, censaba el tránsito constante de la nutrida representación femenina que honraba con su presencia las carreras de humanidades, que de tan exquisita bastaba para recuperar la fe en el género humano. Una tarde cualquiera, de esas en las que la cerveza no está muy fría y no hay demasiada gente en el bar, una intuición repentina atrajo mi atención hacia la puerta: ahí estaba, mastodóntico, monumental, con su melena rojiza y su barba puntiaguda, con sus anteojitos redondos, dorados, que enmarcaban su mirada azul y negra.

Yanquetruz.

Alucinado una vez más por lo inverosímil de su presencia física, por el aura de mugre augusta que lo rodeaba y por la certeza ineludible de que tenía que existir una razón para que volviésemos a encontrarnos, me apresuré a llamarlo con señas elocuentes. Me reconoció al instante, a pesar de que para entonces yo tenía casi veinte años, y el pelo me llegaba ya a la cintura. Nos regalamos el estruendo de un abrazo fabuloso en medio del bar, ajenos a la sorpresa de los demás, y se sentó en mi mesa. Por esa época yo corregía las pruebas de mi malograda primera novela, con la intención de enviarla a un concurso de poca monta que, dicho sea de paso, perdí estrepitosamente y sin ningún pudor. Comentamos la jugada como viejos amigos reencontrados, a pesar de que difícilmente podía imaginarse una amistad de igual a igual entre personajes tan dispares. Yo era flaco hasta el extremo, con una melena lacia, color castaño claro que, en esos días, era la envidia de muchas mujeres, y usaba siempre un sombrero tanguero, de ala corta, porque estaba convencido de que reforzaba el poder gris y verde de mi mirada y de los sueños que ocultaba. Él era grotesco, enorme y ruidoso, y traía consigo un terremoto instantáneo, invocado por la amplitud de sus pulmones cetáceos y los rastros de nicotina que podían adivinarse en su barba.

En seguida llegaron los dos Pablos, y resultó que uno de ellos también conocía a Yanquetruz, a la sazón vecino de la zona de la Facultad, y merodeador asiduo de sus pasillos, su cultura y su conocimiento. Tras un par de horas de charla animada, nos prometió invitarnos a su casa a cenar, y nos despedimos en un estrépito de abrazos y juramentos vanos de amistad.

 

Tan solo un par de meses después, nos recibió a los tres amigos en su casa. Era una noche de primavera tímida, despejada y tan bonaerense que daba la sensación de que en cualquier esquina te podías cruzar con Homero Manzi, o con el mismísimo Irineo Leguizamo. Teníamos la dirección apuntada con letras apresuradas en un papelito arrancado, o tal vez en una servilleta de bar. Deambulamos por las calles empedradas hasta localizar la puerta. Era una pensión desvencijada y maloliente, una pocilga inhumana, y sin embargo enorme, en la que despojos sociales de la más variada condición compartían penurias arrastrando los pies por los pasillos, deambulando como espectros resucitados contra su voluntad, a pesar de sí mismos. No sé cuántas habitaciones tendría, pero la recuerdo enorme, inabarcable y, sobre todo, demasiado habitada. Yanquetruz nos recibió alegre, orgulloso de su pobreza y de su humildad, mientras cocinaba para nosotros un sancocho guisado en una cocina compartida, compitiendo con otros inquilinos por una hornalla, por un pedacito de mesada, por cinco minutitos más de fuego. La cocina era tan pequeña que picaba las verduras en su habitación, y luego las llevaba sobre la tabla, por los pasillos, hasta la olla que hervía en un chup-chup sordo, en la penumbra de cuarenta voltios de lamparita transparente que, al menos, disimulaba la mugre ancestral de los azulejos. Nos acomodamos como buenamente pudimos, los cuatro, en su habitación, apartando pilas de libros, papeles, lienzos, instrumentos musicales, cajas de cartón y otro montón de pertenencias inclasificables, para disfrutar en platos dispares y con cubiertos cada uno de su padre y de su madre, de un guiso exquisito cuya principal virtud era que había sido hecho con amor. Charlamos a gritos, sirviéndonos vino de una damajuana peleona, y sosteniendo los platos sobre las rodillas.

Después nos invitó a subir a la terraza, y entonces todo cambió. El ambiente sórdido de la pensión se deshizo en jirones de cielo limpio, y apenas nos veíamos las caras bajo una noche sin luna, flanqueados por luces escasas de vecinos trasnochados.

Yanquetruz subió con él una guitarra española, vieja, maltratada, desafinada, pero con alma de novia que todo lo perdona, y cantó para nosotros. Cantó con voz grave y clara, cantó con vino en el alma y con generosidad, una canción tras otra, todas con mensaje, todas eran canciones sobre luchar y sobre mejorar el mundo. Algunas, solamente algunas, eran simplemente poesía, y unas pocas, nada más que tristeza.

Solamente entonces, viendo la silueta de su pelambre descontrolada recortándose contra el resplandor de un cielo húmedo, pude advertir la profundidad de su soledad, la generosidad de su alma y su enorme carencia de afecto. Sentí profunda pena, porque por primera vez en mi vida entendí que la pobreza puede vivirse con dignidad, pero que la soledad de un alma noble es un despropósito tan grande que no tiene reparación posible.

Sin embargo, la juventud nos pesaba tanto que, completamente borrachos, a las cuatro de la mañana abandonamos para siempre a Yanquetruz y a su guitarra, a su bombacha en la cabeza, al ánimo nostálgico de sus canciones de protesta, y salimos los tres amigos, abrazados, rompiendo el silencio nocturno de Buenos Aires, cantando tangos a los gritos mientras caminábamos, haciendo eses, sobre los adoquines empedrados de una calle que comenzaba a humedecerse con el rocío del alba.

 

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De buenas intenciones y malas consecuencias https://aprendizdebrujo.net/2012/02/05/de-buenas-intenciones-y-malas-consecuencias/ https://aprendizdebrujo.net/2012/02/05/de-buenas-intenciones-y-malas-consecuencias/#comments Sun, 05 Feb 2012 09:25:01 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1204

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“Papá, yo no había hecho nada malo”.

Al principio ni siquiera lo escuché. Estábamos en el sofá de casa, riendo y charlando, todos juntos. Daniel a mi lado, con sus cinco añitos repletos de ternura e inocencia. Pablo, de pie, explicaba alguna historia desbordante de fantasías, como suele hacer, mientras Gloria y yo le prestábamos atención. Daniel había estado jugando con un cachirulo compuesto de piezas triangulares de plástico, que van unidas por dentro con un cordel de nylon transparente. Uno de esos juguetes de la modernidad, destinados a romperse sin remedio al poco tiempo de uso, fabricados en Asia a quince céntimos la unidad, por mano de obra infantil y eurocomercializados a cero noventa y nueve en las tiendas de los barrios, previa inspección de euroseguridad.

Entonces lo sentí temblar, pegado a mi brazo derecho. Giré mi cara hacia él y, sorprendido, descubrí lagrimones. No lagrimitas. No un llantito, sino un desconsuelo incontenible, un torrente de agua cristalina y espasmos de angustia que sacudían su pechito dulce, mientras continuaba repitiendo, entrecortadamente, como podía, intentando atravesar el sonido trágico de su propio llanto:

“Papá, yo no había hecho nada malo”.

 

Lo primero que hice, lo que me salió del alma, fue abrazarlo. Al acercarme a él bajé la vista, y entonces comprendí. El juguete se había roto definitivamente, sus piezas se dispersaban entre las manitos empapadas de lágrimas y su regazo de niño, como una víctima grotesca de un asesinato de plástico y cuerda.

Quizás sea justo, en este punto, explicar que, tanto a su madre como a mí, nos horroriza a veces el patrimonio en juguetes del que disponen los niños de hoy en día. Entonces solemos aleccionarlos sobre cómo se deben cuidar las cosas, sobre la suerte de tenerlas y demás aburrimientos propios de adultos responsables. Y tal vez sea justo considerar que, a veces – sólo a veces – nos pasamos un poco con la potencia y vehemencia de los argumentos.

Me costó tremendamente consolarlo, y el único argumento posible fue asegurarle que yo sabía que no había hecho nada malo, que había sido un accidente, que él no había querido romper el juguete.

Se sentó a horcajadas sobre mí, imitando sin saberlo a un Koala, como le gusta hacer, y apoyó su carita bañada en llanto sobre mi pecho, mientras lentamente, su aliento entrecortado recuperaba la normalidad, y los nubarrones negros de su angustia se disipaban a la misma velocidad a la que habían llegado.

Comencé entonces a acariciarle distraídamente el pelo, como me gusta hacer a mí cuando lo tengo encima, y a pensar en lo sucedido. Apaciguado por el compás regular de su respiración de niño, reflexioné sobre lo que acababa de pasar.

En el primer abismo al que me asomé, me sorprendió la profundidad y el valor absoluto que tienen nuestras verdades al ser reflejadas sobre las verdades de nuestros hijos: la angustia de Daniel solo puede entenderse en esa clave. Sintió que había traicionado lo que somos como familia, lo que le enseñamos y también lo que hacemos, lo que ve en casa, porque si de algo estoy seguro es de que los niños, de lo que se les enseña solamente con palabras aprenden más bien poco, y en cambio son la esencia pura de lo que ven hacer a sus padres, combinado, por supuesto, con su propia personalidad.

Pero lo que más me impresionó, lo que me llevó a pensar en este artículo, fue comprender que su angustia, su profundo sentimiento de culpa, se debía a las consecuencias de lo que, aún sin querer hacerlo, había hecho. Él no tenía intención de romper el juguete. No deseaba romperlo, y era plenamente consciente de no haberlo maltratado, de estar dándole un uso normal. Sin embargo, la frase que repetía una y otra vez en su llanto dulce no era “Yo no fui”. Ni siquiera “Fue sin querer”. La frase era “Papá, yo no estaba haciendo nada malo”. Quizás sea rizar el rizo, pero me hizo pensar en que estaba presenciando una actitud verdaderamente honesta. Asumía su responsabilidad, había sido él, pero lo que le dolía era que no había tenido malas intenciones. No había hecho nada malo. Comprendía perfectamente que el juguete se había roto como consecuencia de su uso, y además sabía que romper las cosas está mal, pero al mismo tiempo estaba convencido de no haber maltratado el juguete.

 

Y aún así, estaba asumiendo las consecuencias.

 

Entonces pensé, enternecido y conmovido, que más allá de reconocerlo públicamente o no, si los adultos fuésemos capaces de separar intenciones de consecuencias, y si, además, pudiésemos experimentar un arrepentimiento tan genuino cada vez que las consecuencias de nuestros actos se separan de nuestras intenciones, e involuntariamente hacen daño, entonces las reglas del juego, desde el punto de vista social, serían absolutamente diferentes para todos.

 

Quizás deberíamos aprender a asumir, con naturalidad, las malas consecuencias de nuestras buenas intenciones.

 

Y, sobre todo, deberíamos ser capaces, cuando alguien argumenta buenas intenciones como explicación para las malas consecuencias de sus actos, de otorgarle, al menos, el sanísimo beneficio de la duda.

 

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Declaración de Principios https://aprendizdebrujo.net/2012/01/12/declaracion-de-principios/ https://aprendizdebrujo.net/2012/01/12/declaracion-de-principios/#comments Thu, 12 Jan 2012 12:05:06 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1201

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Vivimos tiempos aciagos para los escritores no consagrados. La Industria Editorial, que históricamente ha sido un nido de mafiosos, hoy se encuentra en jaque por las nuevas tecnologías. Al igual que la Industria Musical y que la Audiovisual, la Editorial no está sabiendo leer el cariz de los tiempos que corren, ni adaptar su modelo de negocio a las nuevas tecnologías. Como todos los avaros, cuando les entra el pánico pretenden ganar cuanto antes todo lo posible, por si vinieran mal dadas, y en lugar de apostar por un modelo más accesible a los consumidores y más justo para los autores, se atrincheran detrás de sus contratos y sus despachos y corbatas, como han hecho toda la vida.

Como resultado de la combinación letal de su mezquindad y sus pañales sucios, los primeros perjudicados son los lectores, y los segundos, los autores, entre los que me cuento. Actualmente, de un libro que llega al público con un precio de tapa de 20 €, el autor recibe entre 1,50 y 2 €, quitando a los súper ventas, que tienen por sí mismos fuerza suficiente para firmar otro tipo de contratos. Por si no bastara con eso, además, las editoriales liquidan las ventas con un margen de error que suele favorecerlas, y en el medio, los grandes distribuidores se quedan con diez de esos veinte euros. Mientras tanto, los lectores pagan un precio desorbitado por los libros.

Y como no podía ser de otra manera, de a poco surgen iniciativas que plantan cara a los de siempre. El mejor ejemplo – para mí – es la Editorial Orsai, proyecto de Hernán Casciari (recomiendo a todos que inviertan veinte minutos en ver el vídeo explicativo que encontrarán en http://www.editorialorsai.com).

En medio de este maremágnum, yo, como autor que intenta abrirse paso en un mundo feroz, miraba con cariño estas iniciativas, pero pensaba que no era el momento para mí. Pensaba que, siendo un autor casi desconocido – y digo casi porque son casi dos mil las personas que me leen habitualmente –, si regalaba mi obra me estaba auto condenando a no poder vivir nunca de ella.

Sin embargo, tras mucho reflexionar, me di cuenta de dos cosas fundamentales. La primera es que la Industria Editorial es mucho más que mezquina, ya que obliga a pagar por algo que desconocemos totalmente, y una vez que lo conocemos, nadie nos devolverá el dinero si no nos gustó un libro. La segunda es que, personalmente, estaba errando el concepto y el camino. El camino porque quería hacerme lo suficientemente conocido como para poder vender bien mis libros antes de permitir la descarga digital gratuita. Y el concepto porque creía que permitir esa descarga era regalar mi material.

Yo trabajo mucho y muy duro para escribir. Quisiera poder vivir de eso algún día, y por lo tanto, no estoy dispuesto a regalarlo. Sin embargo, me parece justo que la gente pueda leerlo antes de pagar por él. Por eso, decidí colgar todos mis libros para descarga digital gratuita, pidiendo a los lectores que respeten un pacto sagrado autor-lector antes de la descarga. El pacto consiste en lo siguiente:

  • Quienes no disfruten de la lectura de mis libros, no me deberán absolutamente nada.
  • A quienes les gusten mis libros, les pido como contribución que me ayuden a difundirlos, que los compartan, que los envíen a sus amigos, que los recomienden.
  • A quienes les gusten mucho, pero mucho, les sugiero entonces que se acerquen a mi blog y hagan una donación de dinero a través de PayPal. Piensen que, si mis libros estuviesen publicados por una gran editorial, entonces difícilmente recibiría dos euros por ejemplar vendido, así que ninguna donación es poco. La donación puede hacerse desde http://aprendizdebrujo.net/donacion/
  • A quienes les gusten muchísimo mis libros, les sugiero la compra de un ejemplar en papel, que puede además estar firmado. La compra de ejemplares en formato papel puede hacerse desde http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/

 

Me parece un trato justo, y como en todos los tratos, hay que empezar por hacer un gesto, extender una mano, tender un puente. Por eso, a partir de hoy, mis libros están disponibles gratuitamente en formato digital, en http://aprendizdebrujo.net/descargas/

 

 

Muchas gracias a todos los lectores por suscribir este acuerdo, por entender y por apoyarme.

Federico Firpo Bodner

Barcelona, 12 de enero de 2012.

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2012: Ensayo sobre el fin del mundo https://aprendizdebrujo.net/2011/12/26/2012-ensayo-sobre-el-fin-del-mundo/ https://aprendizdebrujo.net/2011/12/26/2012-ensayo-sobre-el-fin-del-mundo/#comments Mon, 26 Dec 2011 10:47:28 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1193

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El año 2000 no iba a llegar nunca. Quienes vivimos durante los 70’s, 80’s y 90’s, conocimos un mundo de otro color, más pedestre, menos profesional y, en mi humilde opinión, mucho más auténtico. El siglo XX parecía que iba a ser eterno, que no se acabaría. Cuando por fin lo hizo, arrastró una marea de pánico social: se iban a caer aviones, la informática mundial estaba preparada para enloquecer y destrozar nuestras vidas almacenadas digitalmente a la medianoche en punto del cambio de milenio, los automatismos planetarios al completo se conjuraban para que el orbe se sacudiese, por fin, a la especie humana de su agrietada piel.

 

Por supuesto, no pasó nada.

 

Tan solo una década y migas después, se acerca el temido 2012. Amén de las archiconocidas profecías Mayas sobre el fin de su calendario – archiconocidas de nombre, porque pocos de sus archiconocedores las conocen realmente – existen bastantes numerologías de diversos orígenes que intentan aludir a la verdadera ciencia para fundamentar sus razones matemáticas, astrológicas y físicas, profetizando un cambio de ciclo, una posible destrucción de especies, la muerte del mundo tal y como lo conocemos.

 

Personalmente, doy un crédito menor que cero a todas – absolutamente todas – las predicciones de estos profetas de la catástrofe, y me inclino a creer que es especialmente redituable alimentar la ignorancia humana: a la gente le encanta comprar libros sobre el fin del mundo, sentirse informada, comentar con sus amigos en las reuniones sociales tal o cual secreto de los chamanes, de los brujos de la tribu y las formidables coincidencias matemáticas que hacen del 2012 un año tan especial. Entretanto, los predicadores a sueldo del nuevo apocalipsis se llenan los bolsillos, y no se molestarán en devolver el dinero el primero de enero de 2013, cuando sus profecías huecas caigan por su propio peso.

 

Sin embargo, no puedo evitar recordar que, pisándole los talones a la cuarentena, hace tiempo ya que decidí intentar ser más abierto de mente, y a pesar de todo, me parece interesante detenerse un segundo a pensar en esa posibilidad:

 

¿Y si estuviese a punto de llegar el fin del mundo?

 

En primer lugar, la enorme soberbia de la especie humana, solamente comparable a su infinita incompetencia, se ha empeñado durante miles de años en asociar su desaparición con el fin del mundo. Nada más falso. Los dinosaurios se extinguieron, sí, pero la Tierra sobrevivió tan campante. No estoy tan seguro de que la destrucción de los humanos sea lo peor que le puede pasar al planeta, más bien lo contrario. Pero de lo que sí estoy seguro, es de que si finalmente conseguimos aquello en lo que tanto nos empeñamos: desertizar la tierra por deforestación, envenenar definitivamente los ríos, desequilibrar los ecosistemas y demás perlas que tan rentables resultan a unos pocos, entonces los humanos desapareceremos de la faz de la Tierra, y lentamente, dentro de un millón de años, o dos, o cien, otra forma de vida tendrá su oportunidad.

 

No somos capaces de destruir el planeta. Solamente conseguiremos hacerlo inhabitable durante el tiempo suficiente para extinguirnos, nada más.

 

En segundo lugar, tenemos por delante una excelente oportunidad para pensar en voz alta si nos merecemos o no ese final con el aire envenenado.

Hoy, la Tierra es un planeta repleto de individuos encantadores. Vistos uno por uno, a corta distancia, la inmensa mayoría de los seres humanos tiene rasgos entrañables, un perrito tierno al que sacarle fotos, un amor conmovedor por los suyos, ganas de vivir, alguna que otra idea noble y media docena de convicciones profundas que, erradas o no, solamente persiguen el bien común.

Sin embargo, al alejar la cámara, cuando los rostros de los individuos pierden definición y lo que se ve es una multitud, entonces los seres humanos nos volvemos ignorantes, intolerantes, temerosos, xenófobos, embrutecidos, pendencieros, beligerantes, egoístas y salvajes. Toda la bondad y la poca o mucha sabiduría de los individuos se diluye por completo en las masas. Sólo sabemos compartir lo negativo. Somos una especie capaz de unirse solamente por obligación o por odio. Nos uniremos para la guerra, para evitar que los del país vecino vengan a vivir a nuestro país, para imponer nuestra religión y moral a los otros, pero jamás para compartir, para recibir a los demás en nuestra casa, para hacer del mundo un lugar mejor.

Somos los responsables de dos guerras mundiales.

Somos los inventores de las bombas de hidrógeno.

Somos los creadores de las leyes de mercado.

Somos los culpables de la pobreza.

Somos la causa directa de la desaparición de cientos de miles de especies.

Somos los únicos, en este planeta, que hemos matado en nombre de Dios, de la Ley o del Rey.

Somos los únicos capaces de matar por razones diferentes a la estricta supervivencia.

 

Pero antes de condenar a la especie humana, volvamos a manipular la cámara, y enfoquemos otra vez hasta donde se distinguen los rostros, hasta donde se escuchan las voces, hasta donde estamos al alcance de los abrazos.

Entonces la nitidez nos descubre el otro rostro de los seres humanos, el de las personas que inventaron la música y descubrieron el uso de la penicilina, el de los pintores, actores, médicos y astronautas, el de los que soñaron con volar como pájaros y lo consiguieron, el de quienes desearon nadar como peces, y lo consiguieron. Miremos a la cara tantos rostros, escuchemos tantas voces de los que desearon contar historias, bailar para deleite de los demás, liberar a la piedra de sus demonios esculpidos.

Y sí.

Somos los creadores de gran parte de las cosas bellas de este mundo.

Somos los que aprendieron a escuchar, a mirar con otros ojos y a contar cuentos.

Somos también los que supieron hacer de los animales algunos de los mejores compañeros.

Somos quienes disfrutan con el aire limpio.

Somos dos adolescentes con el corazón golpeando fuerte, mientras caminan de la mano en una ciudad cualquiera, intentando adivinar como mirarse a los ojos sin morir de vergüenza.

Somos los que, según decimos, queremos un mundo mejor para los niños.

 

No puedo evitar sentirme desorientado en medio de tanta contradicción, no puedo evitar que mi piel y mi sangre llame a la vida de los individuos y a la condenación de las masas. No puedo evitar sentirme lleno de rabia, a la vez que conmovido y desbordado de amor.

 

Y entonces recuerdo la pregunta: ¿Nos merecemos nuestro final, como especie?

 

Por suerte, recuerdo también mi promesa de intentar ser menos categórico, más amplio de miras, menos convencido acerca de mí mismo y mas dispuesto a escuchar a los otros. Y más pronto que tarde, comprendo que no soy capaz de encontrar la respuesta. Es demasiada responsabilidad, y la pregunta tiene demasiadas aristas, es demasiado filosa, amante y traicionera, espada y capa a la vez.

Quizás la respuesta sea sencillamente esa. Me quedo con esa idea: Aún no hemos hecho méritos suficientes para merecer indiscutiblemente la extinción, pero es muy probable que sea el momento de entonar un profundo mea culpa, de pensar de nuevo las razones de todo lo que hacemos, y de pedir, de implorar con humildad, a quienes comparten el planeta con nosotros, 2012 años de prórroga, para tener tiempo de demostrar que, por fin, aprendimos algo.

Y si no, el fin del mundo será en el año 4024.

 

Feliz 2012, y gracias una vez más por haberme acompañado otro año.

Barcelona, 26 de diciembre de 2011.

Federico Firpo Bodner.

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Se acerca el invierno https://aprendizdebrujo.net/2011/12/17/se-acerca-el-invierno/ https://aprendizdebrujo.net/2011/12/17/se-acerca-el-invierno/#comments Sat, 17 Dec 2011 10:50:01 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1190

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Se acerca el invierno.

 

Para los seguidores de la saga Game of Thrones, la frase “Se acerca el invierno” estará repleta de significados. Para los demás, probablemente resultará poco más que una obviedad del hemisferio norte. De alguna manera lo es, pero así como en la ya mentada saga, la frase alude simbólicamente a las desgracias que se ciernen sobre el reino, en la vieja Europa pasa algo parecido. No es simbólico. Se acerca el invierno en muchos sentidos.

En España en particular, el nuevo gobierno conservador – ojalá fuese conservador, es mucho, pero mucho más que eso – aún antes de asumir ya está imponiendo su intolerancia política en el Congreso de los Diputados, impidiendo que la Izquierda Abertzale – tampoco santo de mi devoción, por cierto – tenga, como ha conseguido en las urnas, grupo propio en el hemiciclo. Y no solo impondrán su intolerancia, sino un absurdo credo absolutista según el cual, aparentemente, el discutiblemente legítimo derecho a gobernar proporciona, adicionalmente, la prerrogativa de decidir por todos lo que está bien y lo que está mal.

Es una simple anécdota, de las que, estoy seguro, cuatro y probablemente ocho años de gobierno de extrema derecha nos proporcionarán a miles, lamentablemente.

Lo que no es una anécdota es que la sociedad moderna parece evolucionar en contra de los paradigmas que se proclaman como verdades. Mientras los Paladines de la Democracia anuncian a los cuatro vientos su pluralidad, cada vez es menos posible la diversidad de ideas. Después de cuarenta años de exigir que los independentistas Vascos renuncien a las armas y hagan política en el marco de su amada democracia, cuando por fin lo hacen son vergonzosamente traicionados, les cambian las reglas del juego y los intentan dejar fuera del pastel. Los que se dicen más demócratas se rasgan las vestiduras porque una parte de la sociedad vasca – que evidentemente no les gusta, pero que indiscutiblemente existe y es numerosa – tiene representación parlamentaria.

El mismo tipo de artificio puede reconocerse en casi todas las democracias occidentales, donde por fuerza estamos reducidos ideológicamente a estar a favor o en contra, conmigo o contra mí, a querer más a mamá o a papá. Se espera de nosotros que optemos por una de las opciones existentes, pero en ningún caso que creemos opciones nuevas.

A pesar de las diferencias teóricas, las fuerzas políticas aceptables para los demócratas occidentales se homogenizan a una velocidad alarmante, y esa igualación ostenta el espíritu del temor de los poderosos a perder su poder: condena la pluralidad y la diferencia, denostando cualquier forma de pensamiento que difiera un ápice de lo que está escrito en los libros que ellos mismos han redactado.

Solamente han cambiado los instrumentos. La telebasura ha reemplazado a la Santa Madre Iglesia en la labor de adoctrinamiento de los corderos, y la opinión pública al Santo Oficio en el arduo menester de perseguir, humillar, reprimir y castigar la diferencia. De la misma manera, nuevos valores occidentales reemplazan los ancestrales. La deshonestidad y el dinero sobre el honor, la estupidez sobre la ilustración, la igualación al nivel más bajo sobre la singularidad y la violencia sobre la valentía.

 

Y no sucede solamente en política.

 

El invierno se acerca también en los valores sociales, y en la cultura. Como padre, asisto horrorizado al deplorable y continuo espectáculo televisivo, mientras los Paladines de la Democracia se disputan a dentelladas el derecho a adoctrinar que da el control de la educación, y se ocupan de regular el lenguaje adulto, fomentan sin pudor el culto a la imbecilidad, la pobreza de espíritu, y la chatura de conceptos. Tom & Jerry o La Pantera Rosa ya no son bien vistos, por el exceso de violencia de sus argumentos. En cambio ocupan su lugar en la pequeña pantalla decenas de personajes deplorables, como Bob Esponja, orgullosos portaestandartes de su propia idiotez, que no conformes con degradar el valor de la inteligencia y el conocimiento, destrozan también, cuidadosamente, los conceptos de amistad, trabajo, honradez y, por supuesto, rebeldía bien entendida.

Mientras tanto, la maquinaria legislativa de los vencedores, puesta al servicio de la Libertad, la retrata, ridiculizándola, reduciéndola al mínimo común denominador, según el cual solamente somos libres si podemos hablar por teléfono móvil en la cima de una montaña, aunque no podamos cancelar el contrato con la compañía telefónica.

 

Se acerca el invierno.

 

Se acerca el invierno porque nunca antes los poderosos tuvieron tan bien aceitados los mecanismos que los perpetúan en el poder. A lo largo de los siglos, han conseguido cambiar el origen teórico de su poder, que provenía de Dios cuando eran Reyes y Nobles, a la soberanía popular, ahora que se fundamenta en los votos. Nos han convencido de que la diferencia es sustancial, pero yo creo que no es más que el cuento de hadas que la mayoría de nosotros necesita comprar para creer en un futuro mejor. Simplemente cambian los roles, los instrumentos y los argumentos, para servir a un único fin: mantener la casta de poderosos que manda, que permanece impune, que se enriquece con el trabajo de todos, y que, continuamente, sigue decidiendo por los demás lo que está bien y lo que está mal.

Se acerca el invierno porque, como sociedad, como conjunto, nos hemos envilecido. Somos más vagos, más cómodos, y hemos abrazado la mercadotecnia como una religión absoluta. Los cruzados estaban dispuestos a morir por Dios, mientras nosotros estamos dispuestos a vivir para el nuevo Dios moderno, que necesita pilas, electrónica y yogures envasados, amortizaciones, intereses sobre saldo y préstamos prendarios. Es un Dios difuso, que a veces se viste de neón naranja y otras se oculta entre papeles timbrados que dan fe, pero al final es tan incomprensible, arbitrario y caprichoso como el otro. La diferencia es la sinceridad: mientras el primero quería que los hombres muriésemos en su nombre, por orgullo, el segundo quiere que los mortales vivamos en su nombre, para calmar su codicia.

Se acerca el invierno porque la inocencia de los niños dura cada vez menos, porque la obscenidad pública de los poderosos es cada vez más ostentosa, porque la estupidez continúa a lo alto de las listas de los más vendidos. Se acerca el invierno porque ya los empresarios son venerados a su muerte como inventores o creadores, y porque el cinismo público alcanza niveles que lo hacen invisible a los ojos. Se acerca el invierno porque las ideas ya no son un valor en activo, sino un entretenimiento de majaderos, y porque un deportista tiene más prestigio social que un pensador o que un médico, y a todos nos parece normal.

 

Sencillamente, se acerca el invierno.

 

Personalmente, no creo que sea del todo malo. Por muy largos que sean los inviernos, por muy duros que sean, por muchos muertos que siembren en sus nevadas inclementes, al final siempre nos espera una primavera. Solamente espero que este invierno sea como la caída de Roma en poder de los Turcos Otomanos, como el fin del Feudalismo o como la derrota de Napoleón: el apogeo de la vileza de una sociedad, y la catástrofe que la lleva a reinventarse a sí misma.

Lo he dicho antes y lo repito. No tengo ninguna duda: hay esperanza. Puedo verla en los ojos de mis hijos, puedo sentirla bajo mis dedos cuando escribo, puedo adivinarla en el hartazgo contagioso de unos pocos, que empieza a sonar como tam-tams guerreros, bajito, al final de la noche, augurando un nuevo día que tal vez – sólo tal vez – anuncie la llegada de la primavera.

 

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Diciembre sin sol https://aprendizdebrujo.net/2011/12/11/diciembre-sin-sol/ https://aprendizdebrujo.net/2011/12/11/diciembre-sin-sol/#comments Sun, 11 Dec 2011 10:30:32 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1184

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No es un secreto para nadie: crecí en un país difícil, amargo muchas veces y maravilloso otras, donde en apenas treinta años mi padre vio dos veces escurrirse entre los dedos el producto de una vida de trabajo, y en el que, muchas veces – tantas que la memoria me traiciona si trato de hacer números – escuchamos al vecino gruñir por lo bajo, masticando sin disimulo su amarga ironía: “¡Qué país generoso!”.

No es nuevo para nadie que la Argentina arrastra un caos congénito y vital, una herencia maldita y poderosa a la vez, que la hace única. Y esa herencia, esa marca indeleble, ese no se qué distintivo del que nos enorgullecemos los argentinos y del que, muchas veces, recelan los demás, no está hecho de sus llanuras interminables, ni de las Cataratas del Iguazú. No se puede encontrar en la cima del Aconcagua, ni en la rompiente del glaciar Perito Moreno. No es de hierba ni de tierra, no es de cuero ni de sangre, no es el viento pampero que arrecia, ni la sudestada infame que anega de mierda líquida los barrios pobres.

Ese plus, ese algo intangible y esquivo, puede encontrarse en los ojos de la gente, en las manos, en los abrazos, en los silencios, en los encuentros y, sobre todo, en las ausencias. Se puede encontrar en las miradas de las Madres de Plaza de Mayo, en las voces que aún resuenan de treinta mil almas truncadas por la infamia, pero también en la sonrisa y los dedos blanquecinos de harina del que te vende el pan, en el abrazo tembloroso de cualquier reencuentro entre amigos de verdad, en los cuerpos que se entrechocan en el caos urbanita de la calle Florida, en la mirada profunda con que cualquier ex profesor reconoce a cualquier ex alumno, en todos y cada uno de los domingos por la tarde, viendo fútbol en un bar cualquiera.

La Argentina es un país de personas de carne y hueso, de rostros y voces, de piel y tacto. Es un país con demasiados muertos enterrados, pero también con muchas ganas de vivir. Es un país de gente que te mira a los ojos, hombres y mujeres que pueden y saben escuchar cuando les hablan.

 

Pero, sobre todo, la Argentina es un país donde diciembre trae, indefectiblemente,  treinta y un días de sol.

Treinta y un días de cielos líquidos, limpios, salpicados de nubes que lo dibujan de celeste y blanco.

Treinta y un días de sofoco, de calores tórridos que aplastan Buenos Aires con furia, pero invitando a los porteños a desnudarse el torso, a reconocer en propia piel el sudor, a saber del otro en carne propia.

 

Y no es trivial. Supersticiosos o no, religiosos o no, practicantes de rituales que creíamos piadosos, y que están hoy prostituidos por la voracidad infame de la industria, o no, lo cierto es que no podemos – no puedo – evitar hacer balances en diciembre, pensar la vida, pensar el año que se va y el que viene, los pocos aciertos y los muchos errores, los días de tu vida que pasan, empaquetados de a trescientos sesenta y cinco, mientras lo único que aparentemente cambia es la altura de los hijos, lo incisivo de sus preguntas, el tamaño de sus manos ya no tan pequeñas, lo redondo de sus ojitos asombrados, cada vez más redondos, cada vez más asombrados.

Entonces me siento en mi balcón, desde donde las montañas presiden la llegada del invierno a una tierra hermosa, pero con la memoria histórica repleta de malos recuerdos, las manos enchastradas hasta los codos de sangre derramada en nombre de Dios, o en nombre del oro necesario para pagar las guerras de Dios, que viene a ser lo mismo; y enciendo uno más de tantos cigarrillos, con los dedos congelados, con el rostro que se vuelve de cristal bajo el arañazo infame y traidor de las uñas filosas de un viento helado, y contemplo los cielos encapotados de mi diciembre particular.

Bajo mi techo, es verdad, no falta sopa. No falta ni sopa ni amor. Pero es amargo reconocer en voz alta que me siento agradecido por tener lo que me he ganado con justicia. La sopa está tinta en sangre de una España que hoy tiene la cabeza gacha, derrotada en Europa por la consecuencia infame de su carácter latino, y en las urnas por la pereza de algunos, la cobardía de otros y el fascismo de unos cuantos. La sopa reconforta por su calor, pero tiene el sabor metálico de muchos otros platos vacíos. Mientras tanto, el amor es siempre un regalo, pero también un premio merecido a una vida vivida con honradez.

Mi diciembre particular trae, este año, por primera vez en los últimos once, miedo ambiental.

Miedo porque una vez más, la intolerancia se abandera de votos que, aunque insuficientes, le dan derecho a gobernar con la voz autoritaria de algunos, sobre el silencio de todos los demás.

Miedo porque la promesa del primer mundo que hace ya más de una década me trajo a estas tierras se desmorona, se despedaza, embarullada en medio de un terremoto en cámara lenta, mientras la gente pierde lo que queda del bienestar que el estado repartía cuando sobraba pan y no alcanzaban las manos para llenarse los bolsillos, y los de siempre caen de pie, y también los de siempre – los otros de siempre – sufren la falta de esperanza.

Miedo porque todas las mañanas me pregunto cual será la mala noticia del día.

Miedo porque, a pesar de todo, la anestesia social sigue en el top ten en la lista de los más vendidos, y hacemos entonces gala de una extrema pasividad para aceptar la desgracia y la derrota.

 

No puedo evitar, a pesar de ser este un otoño suave y soleado, ver mi diciembre repleto de cielos oscuros, un horizonte de nubes negras, y mucha, mucha melancolía.

Tampoco puedo, ni quiero evitar, el recuerdo transparente de los diciembres argentinos, con su luz particular, con su brillo. Eran otros tiempos y otras voces, pero a pesar de que también en Argentina, en su día, el balance del año que se iba era negro, a pesar de tener también la memoria manchada de sangre, a pesar de que, sin lugar a dudas, la falta de pan alrededor fue siempre allá mucho más grave, es imposible sustraerse al encanto tórrido de los cielos de diciembre, a las noches azul marino alfombradas de gargantas entonando fiesta, los pasos de pies al descubierto bailando una danza narcótica que espante los fantasmas.

 

Lo que quiero decir, lo que quería decir antes de enredarme en la retórica de siempre, es que la fortuna y la memoria suelen conjurarse para mal de muchos, de este y de aquél lado del océano. Todos tenemos manchas en el expediente, y las vacas gordas se mudan de barrio cada vez que a un montón de ladrones con corbata y carnet les da la gana. Pero cuando llega el momento de echar cuentas, cuando la vida te sugiere una de esas pausas arbitrarias que el tiempo marca en un calendario para pensar, no es lo mismo un diciembre frío y lluvioso que un verano incipiente que te sugiere que desbordes las pasiones.

No es igual enfrentarte a otro año que promete ser miserable cuando estás refugiado en tu casa, comiendo algo caliente y compartiendo tu esperanza en familia, que hacerlo volcado en la calle, en una romería de vino, amigos y música gritada a las estrellas.

Se acaba el año, y no puedo ni quiero renunciar a la nostalgia de los diciembres soleados, de las voces recibiendo el año nuevo a grito pelado bajo un cielo interminable y generoso, danzando danzas guerreras con mucha piel al descubierto.

 

No es, ni será nunca, ni remotamente parecido, enfrentarse al comienzo de un año difícil tapado con una manta hasta los ojos, o saltando sin camiseta, empapado de sudor, rodeado de piel y brazos y manos y labios y ojos. No es lo mismo.

 

Por suerte para mí, en las manos de mi mujer y en los ojos redondos y grandotes de mis hijos, aún soy capaz de adivinar el celeste y blanco infinito de los cielos soleados de mi diciembre más auténtico. Y aunque las cosas pinten negras en esta España castigada, no renuncio a creer que, entre todos, podemos convocar un rayito de sol, pálido y genuino, para que ilumine este diciembre negro.

La realidad, la verdad y la crisis no son más que un punto de vista. Hay otros. Solamente hay que aprender a verlos, solamente hay que aprender a permitir que el rayo de sol convocado entre todos aporte una luz distinta, que nos permita imaginar, en la piel y en la sangre, que otro diciembre es posible.

 

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Siete mentiras capitales https://aprendizdebrujo.net/2011/11/19/siete-mentiras-capitales/ https://aprendizdebrujo.net/2011/11/19/siete-mentiras-capitales/#comments Sat, 19 Nov 2011 10:02:11 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1181

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Una vez más me encuentro al inicio de una jornada de reflexión previa a unas elecciones generales. A pesar mío, casi sin quererlo, evoco el 29 de octubre de 1983, jornada previa a las primeras elecciones que viví, con diez años, para que la Argentina comenzara a dejar atrás uno de los períodos mas tristes y vergonzosos de su historia reciente: la última dictadura militar. Yo era un niño, pero aún puedo revivir en mi carne las precauciones de mis padres, la sombra alada del miedo en sus ojos, entre nuestros amigos, en la calle. Puedo sentir, también, la rabia, la impotencia, el rastro doloroso de tantos muertos.

Y, por supuesto, no necesito documentación histórica ni ninguna clase de sortilegio de memoria para revivir en la piel esa jornada previa, sus días anteriores, la campaña electoral, la euforia de la gente. No necesito que nadie me recuerde el olor dulce de la esperanza, que volvía a flotar en el aire.

Solamente veintiocho años después, por primera vez en mi vida, no siento ninguna esperanza, pero tampoco expectativas. Ni siquiera curiosidad. Solamente consigo experimentar miedo y frustración. Ahora que la democracia es, por fin, indiscutible, es cuando menos calidad tiene, menos espíritu participativo y menos verdad en el alma. La sociedad occidental de hoy está basada en siete mentiras capitales.

 

I. La democracia

 

La democracia hoy no es más que un juego perverso, en el que el que no quiere jugar también juega, y al final ganan siempre los mismos. Es un entramado regulatorio, leguleyo y tramposo, que lo único que certifica y salvaguarda es el poder perpetuo para la clase política, para los empresarios oscuros que la financian y para poderosos sin nombre ni rostro. El mantra de ser acusado de antidemocrático tiene tal fuerza pública que nadie se anima a decir en voz alta, seriamente, que es un modelo caduco y que debe ser reemplazada por otra cosa. Mientras tanto, las opciones diferentes no tienen representación, y la voz de muchos se queda sin expresión.

La perversidad de la democracia es tal, que permite a los vencedores usufructuar un supuesto mandato popular que no es tal. Los candidatos no se molestan en explicar su programa, si no más bien se esfuerzan en blandir miedos y en exorcizar fantasmas en voz alta, para luego atribuirse el derecho de decidir por la mayoría.

 

II. Cambiar el sistema desde dentro

 

Los resortes del sistema democrático están tan engrasados, que la primera acusación que se enrostra a los rebeldes, a los que verdaderamente intentan hacer algo diferente, es la de antisistema. Los medios de comunicación enarbolan esa bandera, y suena como si fueran verdaderas amenazas. Los políticos, interrogados sobre los antisistema, los invitan gentilmente a Cambiar el sistema desde dentro. Y lo hacen porque saben, porque han vivido en carne propia, que el proceso, el largo camino desde que una persona se hace militante de un partido, hasta que se transforma en dirigente, corrompe. Cualquiera que intente cambiar el sistema desde dentro será devorado por la codicia inherente al ser humano, por sus propias debilidades, y por una clase política infestada de buitres, de carroña y de culpables que se tapan las vergüenzas entre ellos.

 

III. La soberanía

 

Otro de los conceptos-fuerza de los Paladines de la Democracia es la Soberanía. Un concepto casi tan viejo como el de Estado, pero muchísimo más pervertido por manoseos corruptos y tratos sobre ella a espaldas de quienes la ejercen, o al menos deberían ejercerla. La clase política del mundo occidental, entera y sin excepciones, ha depositado la soberanía de los Estados a plazo fijo en manos de la banca. Nos han hecho rehenes de la banca a todos los ciudadanos, y se niegan a reconocerlo.

 

IV. La libertad

 

Nos la han prometido. La han vendido barata, regalado en bolsitas sorpresa después de las fiestas patrias, ofertado a voz en cuello en los mercados. Nos han querido hacer creer que es necesario regularla, porque nuestra libertad comienza donde termina la de los demás. La han legislado tanto, la han maniatado tanto, que ya no es reconocible. Y no lo es porque, desde el principio de los tiempos, quienes legislan y regulan se niegan a reconocer la naturaleza humana.

Cada día somos menos libres, porque la ley, en lugar de buscar asegurar la libertad de todos, en lugar de ampliarla, la está reduciendo al mínimo común denominador: somos totalmente libres de no hacer nunca nada, ni la más mínima cosa que pueda importunar a alguien en alguna parte.

 

V. Los mercados

 

Con la crisis y demás eurobasura, se pusieron de moda Los Mercados. Resulta que tenemos que hacer una serie de sacrificios para contentar a Los Mercados. Tenemos que renunciar a derechos sociales, a prestaciones públicas, rebajar la calidad de la enseñanza de nuestros hijos, minar la salud pública y permitir que sea más fácil despedirnos. Todo para no enfadar a Los Mercados, que aparentemente son un ente anónimo imposible de controlar.

Los famosos Mercados son una banda de especuladores inescrupulosos con nombre y apellido, cuyo único objetivo es ganar más dinero a costa de los demás, y que son los tenedores de la inmensa deuda de los Estados, que sometidos a su voluntad, y avergonzados, no queriendo reconocer públicamente la debacle financiera a la que nos ha llevado la clase política, no tienen más opción que ceder a las exigencias de la peor carroña del panorama político y económico mundial.

No hay voluntad política ni cojones para pararles los pies, pero no es verdad que en la práctica estemos tan sometidos a ellos como quieren hacernos creer. Si por una sola vez, en lugar de cambiarnos las reglas del juego a nosotros, se las cambiasen a ellos, entonces veríamos si son tan Mercados y tan Libres.

 

VI. La educación

 

Otro de los caballitos de batalla de la democracia es, y siempre ha sido, la educación. No hace falta más que observar, en España, cómo la Administración del Estado y las Comunidades Autónomas batallan con absoluta deslealtad, desvergüenza y ferocidad por el control de la educación pública; para darse cuenta de que las escuelas ya no están para educar, ni para aglutinar, ni para intentar eliminar las diferencias de clase social.

Hoy, al menos en España, las escuelas no son más que usinas de adoctrinamiento. Fábricas de futuros adultos que no protesten, que repitan como loros una lección aprendida sin razones, marcada y grabada para siempre con un cincel de miedo abstracto, profundamente arraigado.

Las escuelas ya no enseñan.

 

VII. La información

 

Y por último, pero no menos importante, la prensa. La información dejó de existir hace tiempo. No existe ni un solo medio de comunicación, ni de derecha, ni de izquierda, ni de grandes monopolios, ni de pequeños emprendimientos, que informe.

Es imposible encontrar en la prensa un artículo que se limite a narrar los hechos objetivos y contrastables. Ni en política, ni en economía, ni en sociedad. Ni siquiera en deportes.

De la información televisada directamente me niego a hablar, superado por el asco.

La información ha muerto, asesinada por la opinión.

Y la opinión, lamentablemente, ya no pertenece a los individuos que la emiten, sino a los orgullosos y felices propietarios del cadáver contaminado y podrido de la información.

 

 

El futuro

 

Pero no todo es tan apocalíptico ni tan terrible. Quizás lo es para nosotros y para nuestros hijos y nietos, pero en términos históricos no creo que lo sea. Al igual que el Imperio Romano, la Democracia Representativa parece estar alcanzando su nivel máximo de corrupción y vileza, y por lo tanto, estar acercándose a su triste final. Serán veinte años, serán cincuenta o serán cien, pero poco falta para certificar que esta pantomima, esta farsa occidental y cristiana, está definitivamente muerta.

Y entonces, tal vez, sólo tal vez, la humanidad sea capaz de reconocer sus errores de una vez por todas; de parir, con esfuerzo y con dolor, un sistema de organización común que sea equitativo y justo, en el que no pierdan siempre los mismos.

Ojalá.

De nosotros depende.

 

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La fragilidad de los sueños https://aprendizdebrujo.net/2011/11/01/la-fragilidad-de-los-suenos/ https://aprendizdebrujo.net/2011/11/01/la-fragilidad-de-los-suenos/#comments Tue, 01 Nov 2011 10:14:44 +0000 http://aprendizdebrujo.net/?p=1175

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Soñar despierto es uno de los tópicos más comunes de la mala literatura desde que el mundo es mundo. Y sin embargo, parece que no hay otra manera de decirlo, que no existe otra imagen capaz de resumir ese concepto, la idea de los sueños presentes en la vigilia, la capacidad de ver y perseguir un horizonte que se dibuja y define mucho más allá de la cintura del planeta.

A pesar de eso, a pesar del tópico y a riesgo de parecer vencido por él, hoy quiero hablar de soñar despierto.

 

Lo hago desde muy niño, sin falsos pudores ni orgullos injustificados. Lo hago sin jactancia y sin humildad, sin planificación ni estrategia, a los tumbos, desde un rincón oscuro en el que, solamente a veces, soy capaz de imaginar una vida sin sueños; y entonces, amenazado por un pánico atroz, me entrego a las fantasías más absurdas. De niño fueron, cómo no, héroes y dragones, hazañas mitológicas de desenlace incierto, poderes obvios y fuerza descomunal, pero fueron también diálogos imaginarios, amigos invisibles y vuelos de órbita baja, siempre con una capa roja flameando al viento. Fueron lugares ignotos, pasados y futuros diferentes, amores vencidos que renacían y dolores que, en el sueño, nunca había sentido.

Después, de adolescente, los sueños se diversificaron. Algunos, los de hazañas legendarias y repartir justicia, permanecieron allí, no sin cierta vergüenza y bajo el secreto más absoluto, protegidos por un manto de pudor. Pero se abrieron camino entre mis juegos infantiles otros sueños más reales, casi palpables. Soñé el sueño de todos los adolescentes: el de la estrella de rock. Soñé, infinidad de veces, la piel femenina y sus ojos, cerca. Soñé un mundo más justo, también, en cuanto aprendí a reconocer la injusticia. Soñé un liderazgo de masas, y soñé palabras, muchas palabras que, con esfuerzo y poco éxito, intenté atrapar en cuadernos Meridiano.

Entonces, bajo el hechizo de algún par de ojos femenino, como casi todo lo que aprendí en la vida, entendí sin quererlo que los sueños son como las mujeres: si se intenta atraparlos como a moscas, aunque parezca que es posible, se escapan a último momento, esquivando la torpeza de unos dedos que nunca son lo suficientemente rápidos. En cambio, para alcanzarlos, hace falta cortejarlos despacio, seducirlos con delicadeza, conquistarlos lentamente con homenaje y paciencia, haciendo honor a su belleza. Y aún así, muchos de ellos son, de cualquier manera, inalcanzables.

Después, inevitablemente, sucumbí a los sueños pragmáticos de los adultos: una casa, un trabajo mejor, un televisor más grande, un país lejano. En esos días, cuando la adolescencia, como las hojas ocres de un otoño más, se desprende sin dolor del cuerpo y cae al suelo, muerta, un día cualquiera en el que, después comer en un restaurante, te das cuenta de golpe que en algún momento dejaste de pedir banana con dulce de leche de postre, y en cambio te estás comiendo una ensalada de frutas, los sueños de soñar despierto se anestesian un poco. Ya habrá tiempo para soñar, porque la juventud es para siempre, y mientras tanto es necesario hacerse con un lugar en el mundo real.

 

Mentira.

 

Son pequeñas trampas, engaños sin importancia para postergar los sueños, para dejar de perseguir sombras cuando uno empieza a sentirse cansado, para ejercer en primera persona la ilusión insuficiente de haber crecido, madurado, de asentarse, de ser un hombre de provecho.

Por suerte, al menos en mi caso, los hijos acuden al rescate. Simplemente llegan, sin avisar, como de visita, pero para quedarse. Primero son como un juguete frágil, como un bichito sin más voluntad que la de llorar a gritos y apretar sus puños rosados, para reír después con la boca y los ojitos.

 

Pero crecen.

 

Y entonces los sueños vuelven a habitar la casa. La recuperan entera, como un territorio hostil para los adultos, sembrado de piezas de plástico repartidas por el suelo y dibujos animados. Entonces hay que volver a aprender a soñar despierto, para permitir que un héroe de diez centímetros luche con otro de veinticinco de igual a igual, y que un dragón de peluche sea tan terrorífico como uno de goma. Los cochecitos vuelan, y corren carreras de igual a igual con arañas de plástico.

Y por las noches, cuando los sueños se van a dormir, abrazados a sus muñecos de felpa, los adultos nos sentamos en el sofá a inclinar la cabeza con ternura, y sintiéndonos, por primera vez en el día, a salvo de la fantasía.

Y recién ahora alcanzo el punto donde puedo empezar a contar la historia que hoy me carga el pecho, la que me hizo volver a pensar en los sueños, volver a sentirlos tan adentro que duele.

Siete años después, de la mano de mi hijo Pablo, Harry Potter entró en mi casa. Es verdad que yo – no me avergüenza decirlo – había leído los libros, y los había disfrutado. Por eso se me ocurrió, después de que Pablo hubiese acabado varios libros de menor entidad (Gaturro, Gerónimo Stilton, etc.), cuando preguntaba, apesadumbrado: “¿Y ahora qué puedo leer?”, ofrecerle Harry Potter y la Piedra Filosofal. “Es muy gordo, y no tiene dibujos”, se quejó, anticipando pucheros. “No te preocupes. Empiézalo. Si te aburres lo dejas”, le respondí, hablándole de tú en lugar de vos, como siempre que quiero ser didáctico.

Aceptó de mala gana. Abrió el libro con la actitud perezosa de quien está obligado a escalar una montaña, resoplando y pensando más en el esfuerzo de coronar la cima que en el disfrute del ascenso.

Y entonces, los sueños desbordaron su cabecita pelirroja, y una chispa mágica – nunca mejor dicho – se afirmó en sus ojos marrones. La carita se le encendió de colores vivos, y supo con total certeza, en su corazón de niño, que había descubierto un mundo nuevo.

Al día siguiente me pidió que viésemos la película. Después de verla, la discutimos largamente, interpretándola, explorando sus razones y la lógica propia de su fantasía. Desde entonces, todas las noches, durante media hora, antes de dormir, regresa al libro, empapándose de él, identificando los detalles que en la película no estaban, y sobre todo, soñando despierto. Él y su hermano se lanzan hechizos mortales con sus varitas imaginarias, se persiguen descalzos y en pijama por toda la casa, escupiendo conjuros a voz en cuello y discutiendo a gritos las consecuencias de los embrujos.

Ayer, después de una semana de Pottermanía, mientras hablábamos un rato en el sofá, antes de irnos a la cama, Pablo me seguía hablando con entusiasmo del momento, para él, mágico, donde Harry Potter, a los once años, se entera de que es un mago porque recibe la carta del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería que le confirma una plaza para ir a estudiar allí. Con los ojos desorbitados y una sonrisa que debía estar pinchándole las orejas, me dijo:

 

–        Papá, si cuando cumpla once años recibo la carta, ¿me dejarás ir?

 

Lo miré a los ojos con mucha ternura, y pude ver en él una ilusión tan profunda, un anhelo tan arraigado, tan fuerte y tan poderoso, que sentí vértigo. El adulto racional se apoderó de mí, y por un instante pude sentir la desilusión que sufriría cuando, al cumplir once años, no le llegase la carta. Me sentí en la obligación de traerlo a la realidad lo más pronto posible.

 

–        Pablo, mi amor, tienes que saber que todo esto es fantasía, hijo. Por mucho que lo desees, la carta no te llegará. Hogwarts no existe.

Sus ojitos se llenaron de lágrimas, y el labio inferior le tembló un poco, como cuando está a punto de llorar. Bajó la mirada, y luego, con un orgullo que le desconocía, se enfrentó a mi, con profunda tristeza:

 

–        Ya sé que no existe – me dijo. – Pero tú ni siquiera me dejas creer que existe.

 

Entonces me sentí vil. Me di cuenta de golpe de su profunda sabiduría: hay un lugar en el que sabe que todo es fantasía, pero para soñar despierto necesita creer que es verdad, que puede pasarle a él, que va a pasarle a él. Entendí, a los treinta y ocho años y siendo educado por mi hijo de siete, la inmensa fragilidad de los sueños, y que lo verdaderamente importante, para mantenerlos vivos, es creer de verdad en ellos, con la inocencia de un niño. Le acaricié la cabeza, y mirándolo a los ojos, le dije:

 

–        ¿Sabes qué? Vamos a esperar hasta que cumplas los once. Probablemente te llegue la carta. Y si no te llega, entonces capaz que somos muggles1.

 

Su carita volvió a encenderse, y siguió soñando en voz alta, relatándome lo que haría al llegar al Colegio Hogwarts de Magia. Pero yo ya no estaba ahí, sino preguntándome si, con el mismo criterio absurdo de adulto, no habría asesinado también buena parte de mis propios sueños.

 

  1. Para los magos, personas que no son mágicas
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